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domingo, 18 de outubro de 2026

La última batalla de Lula

La ventaja de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta dejó en suspenso la reelección del presidente brasileño. Pese a sus buenos resultados macroeconómicos, Luiz Inácio Lula da Silva perdió terreno entre una nueva clase media endeudada, emprendedora y seducida por la batalla cultural conservadora. El 25 de octubre, Brasil decidirá si sigue siendo un dique contra el avance reaccionario en la región. 

Escrito por Giancarlo Summa 

¿Cómo ha sido posible? En el Partido de los Trabajadores (PT) estaban convencidos de que, más allá del incierto resultado de la segunda vuelta, en la primera del 4 de octubre Luiz Inácio Lula da Silva quedaría primero, como ocurrió en 2022. Por eso los resultados –el 47 % para Flávio Bolsonaro y el 45 % para Lula– fueron un terremoto político para la izquierda. Ahora el presidente brasileño se encuentra en la incómoda situación de tratar de revertir el golpe inicial y reorganizar fuerzas para la segunda vuelta del próximo 25 de octubre. Para lograrlo, su campaña ha dado un giro brusco: más combativa, menos centrada en el balance de gestión y acompañada de una multiplicación de las movilizaciones militantes. El objetivo es recuperar parte de los electores que Lula ha perdido en favor de Bolsonaro y, aún más importante, entre los 40 millones que no acudieron a las urnas, votaron en blanco o anularon su voto: en total, aproximadamente una cuarta parte del electorado. 

En 2018, con la victoria de Jair Bolsonaro frente a Fernando Haddad, Brasil anticipaba un crecimiento de las extremas derechas en toda América Latina. Bolsonaro perdió contra Lula su reelección por menos de dos puntos porcentuales en 2022, pero como se confirma ahora, el bolsonarismo expresa una coalición social que se mantuvo en pie durante estos cuatro años.

La reacción de los partidarios de Lula frente al resultado de la primera vuelta, así como la de gran parte de la prensa extranjera y los círculos diplomáticos internacionales, fue de sorpresa, consternación y perplejidad. Aunque ya está lejos del apogeo de su popularidad al final de su segundo mandato, en 2010, Lula sigue siendo uno de los líderes globales más respetados, mientras que Flávio Bolsonaro –hijo mayor y heredero político designado de Jair Bolsonaro– es un político mediocre y sin carisma, con una larga historia de escándalos de corrupción, vinculado tanto a los círculos de la «internacional reaccionaria» como a las milicias paramilitares de Río de Janeiro. 

¿Es la economía?

El desconcierto frente a los resultados remite a la famosa (y tan manida) frase de James Carville, el estratega de Bill Clinton en las elecciones presidenciales estadounidenses de 1992: «Es la economía, estúpido». Y aquí nos encontramos frente a una situación llena de matices. Desde un punto de vista macroeconómico, el tercer mandato de Lula ha sido un éxito incontestable, casi un modelo de manual. Desde 2023, Brasil ha registrado una caída sostenida del desempleo, cuya tasa se situó en el 5,3 % en el trimestre de junio a agosto de 2026, cerca del mínimo histórico de la serie, y una moderación de la inflación -el 4,22 % interanual en agosto-, ligeramente por debajo de la media de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que se situó en el 4,3 % interanual en agosto de 2026. A ello se suma una reducción de alrededor del 20 % de la pobreza extrema entre 2023 y 2024, equivalente a 1,9 millones de personas menos; la reanudación y ampliación de los programas sociales, como Bolsa Família; y un crecimiento del PIB del 3,2 % en 2023, del 3,4 % en 2024 y del 2,3 % en 2025, lo que arroja una media anual cercana al 3 %. En el frente externo, el superávit comercial acumulado entre enero de 2023 y septiembre de 2026 rondó los 305.000 millones de dólares. Y ya entre las dos vueltas, el Congreso promulgó una reforma constitucional que fija la semana laboral en cinco días, una vieja reivindicación que garantiza dos días de descanso sin recorte salarial y reduce gradualmente la jornada de 44 a 40 horas.

Si esos indicadores hubieran bastado para traducirse en un consenso electoral, tal y como Lula y su séquito habían pensado y esperado, las elecciones habrían sido un trámite sencillo.

Pero, como solía repetir la economista progresista brasileña Maria da Conceição Tavares, quien en otros tiempos tuvo mucha influencia sobre Lula, «nadie come PIB, sino alimentos». Las pérdidas de poder adquisitivo acumuladas, fundamentalmente entre la recesión de 2014 (gobierno de Dilma Rousseff) y 2022 (último año del gobierno de Bolsonaro padre), aún no se han recuperado en la base y en el medio de la pirámide social. Para llegar a fin de mes, muchos brasileños completan sus ingresos con trabajos extra, a menudo en plataformas como Uber o de entregas a domicilio, recurren a préstamos bancarios y pagan sus compras a plazos. Incluso muchos recurren a las apuestas en línea (que Lula prohibió por decreto pocos días antes de las elecciones). En agosto de 2026, el 81,7 % de las familias tenía alguna deuda pendiente de pago, el nivel más alto jamás registrado, tres puntos más que en 2022. Las familias destinan casi el 29 % de sus ingresos al pago de deudas y, aun así, casi 30% de ellas están en mora y, en consecuencia, como se dice en Brasil, tienen el «nombre manchado» en el sistema bancario–, lo cual dificulta sus operaciones financieras. Son deudas prácticamente impagables, porque las tasas de interés que aplican los bancos brasileños están entre las más altas del planeta: el préstamo promedio a las familias cuesta alrededor del 62 % anual, y el crédito renovable de la tarjeta de crédito -cuando no se paga el total-, el 445 %. Así, el trabajador que consiguió un empleo y un aumento salarial durante el gobierno de Lula devolvió ambos al banco, con intereses. 

Los gobiernos del PT invirtieron en un gigantesco sistema de cobertura de salud universal (SUS) y en el acceso a la educación pública; sin embargo, ante las largas colas en los hospitales y el bajo nivel medio de las escuelas primarias públicas, un número cada vez mayor de familias, incluidas las de las clases populares, se esfuerza por pagar seguros médicos y colegios privados. En agosto de 2026, el 24,9 % de los brasileños tenía cobertura de un seguro médico privado y algo más del 20 % de los alumnos de educación primaria y secundaria estudiaba en colegios privados.

Los datos macroeconómicos definitivamente no reflejan las condiciones de vida reales de la mayoría ni dan respuesta a las necesidades, deseos y aspiraciones, tanto materiales como inmateriales, de una sociedad que ha cambiado profundamente en el cuarto de siglo que separa la primera llegada de Lula a la Presidencia, en 2002, de esta campaña electoral tan difícil para la izquierda. En estas últimas décadas, en gran parte gracias a las políticas públicas de los gobiernos del PT, Brasil ha dejado de ser un país mayoritariamente pobre para convertirse en un país de clase media y media-baja. La denominada «clase C», que incluye a todos los hogares con ingresos mensuales per cápita entre 610 y 2150 reales (entre 120 y 430 dólares), agrupa a más de 107 millones de personas, cerca de la mitad de la población. 

Renato Meirelles, uno de los mayores expertos en opinión pública, consumo y comportamiento de las clases populares en Brasil, publicó en junio de 2026 Brasil da maioria: 25 anos de classe C [El Brasil de la mayoría: 25 años de clase C], un libro imprescindible para comprender los cambios sociales que se han producido en el país. A grandes rasgos, Meirelles identifica tres periodos distintos en el siglo XXI: 

1. Los dos primeros mandatos de Lula, hasta 2010, marcaron el ascenso de millones de brasileños a la clase C, impulsados por el crecimiento económico, la expansión del crédito y las políticas de inclusión y redistribución del ingreso. 

2. La década siguiente se caracterizó por el estancamiento de los ingresos, el fin de la euforia inicial y la transición hacia un periodo de frustración y reinvención personal y colectiva. Desde el punto de vista político, la década estuvo marcada por la crisis de los gobiernos de Dilma Rousseff (hasta su destitución en 2016), la operación «Lava Jato» y el surgimiento de una extrema derecha muy activa y agresiva, y antes prácticamente invisible, que llevó al poder a Jair Bolsonaro en 2018.

3. El presente: la clase C tiene hoy un mayor nivel educativo (el 70 % de los jóvenes ha estudiado más años que sus padres y, por primera vez, muchos llegan a la universidad), está muy conectada digitalmente, es emprendedora (con pequeños negocios y microempresas individuales) y es más exigente, tanto con los servicios públicos que recibe como con los productos que compra. Meirelles señala que este grupo rechaza las etiquetas ideológicas rígidas de izquierda y derecha, oscila entre posturas conservadoras y progresistas (por ejemplo, se puede mostrar en contra del aborto y a favor del matrimonio igualitario) y desempeña un papel decisivo en las urnas y en el consumo.

La clase C, según Meirelles, apoya los programas de transferencia de ingresos de los gobiernos del PT, como el Bolsa Família, considerados indispensables para prevenir el hambre y garantizar la supervivencia de las familias más vulnerables, y reconoce que las políticas públicas fueron determinantes para su propio ascenso social y el aumento de su poder adquisitivo en la década de 2000. Sin embargo, con el paso de los años, las prestaciones sociales dejaron de considerarse una bendición extraordinaria y pasaron a verse como un derecho adquirido («lo mínimo» o un «hecho de la realidad», señala Meirelles). Por otro lado, la visión de la clase C sobre las ayudas está fuertemente marcada por valores meritocráticos. Entre el 67 % y el 69 % de los brasileños consideran que «solo se debe ayudar a quien lo merece». Existe una opinión difusa, aunque infundada, de que los programas de ayuda desincentivan la búsqueda de empleo. Algo más del 70 % de la población –incluso entre los sectores de menores ingresos y entre los propios beneficiarios– coinciden en que las ayudas gubernamentales pueden hacer que las personas tengan menos ganas de trabajar. La clase C rechaza que se la trate como un mero público pasivo de la asistencia estatal. En lugar de limitarse a recibir prestaciones de subsistencia, la población de ingresos medios busca la autonomía y demanda el apoyo del Estado para emprender, acceder al crédito, obtener formación práctica y convertir pequeños negocios en microempresas. 

La cuestión de la relación con el Estado es fundamental para intentar descifrar las tendencias políticas y electorales de esta nueva clase media, cuya posición no deja de ser precaria: por un lado, se percibe al Estado como ausente cuando faltan servicios públicos de calidad (especialmente en salud y educación), pero también se lo ve como un obstáculo burocrático y fiscal cuando este intenta recaudar impuestos y dificulta la lucha por la supervivencia del trabajador autónomo. 

La visión de la importancia central del esfuerzo individual se entrelaza con la profunda religiosidad de la cultura popular y con el impetuoso crecimiento de las iglesias evangélicas neopentecostales, que predican que la fe, unida al esfuerzo personal, genera prosperidad terrenal: la llamada «teología de la prosperidad». Según Meirelles, para el 94 % de la clase C, profesar una religión contribuye directamente a vivir más tiempo y con una mejor calidad de vida. El 75% de los encuestados afirma que la fe es una de las cosas más importantes de sus vidas y el 58 % la considera esencial para la educación de los niños. Los evangélicos votan más a la derecha que los católicos, pero el voto de la clase C no es monolítico. 

Luchas comunicacionales

Todas las encuestas de opinión, por otro lado, indican desde hace tiempo el enfado y el cansancio de la mayoría de la población por su situación material, pero también su certidumbre respecto a mejoras futuras en su vida. El nuevo sueño de decenas de millones de brasileños es convertirse en empresarios. Los de más edad piensan en una pequeña tienda o un salón de belleza. Para los más jóvenes, el sueño suele situarse en el mundo digital. La antropóloga Rosana Pinheiro-Machado, que estudia cómo la economía de plataformas incide en las sociedades del Sur global, ha seguido durante tres años a cientos de «influencers de la prosperidad», quienes venden cursos y fórmulas sencillas para triunfar en internet y volverse rico: nueve de cada diez de ellos se alinean, de una u otra forma, con la extrema derecha. Es un universo marcado por una fe inquebrantable en la meritocracia y el individualismo, combinada con estilos de vida conservadores. 

No es casual que, en el tsunami reaccionario del 4 de octubre, al menos 13 jóvenes influencers bolsonaristas, con millones de seguidores en las redes sociales, hayan sido elegidos diputados federales y estatales desde las filas del Partido Liberal (PL) de los Bolsonaro. Dos de ellos, Nikolas Ferreira, de 30 años, en el estado de Minas Gerais, y Lucas Pavanato, de 28 años, en San Pablo, obtuvieron más de tres millones de votos: son los diputados más votados de la historia de Brasil. 

Es la punta del iceberg de lo que el politólogo Marcos Nobre ha bautizado como el «partido digital bolsonarista». El bolsonarismo no es solo un movimiento constituido alrededor del clan Bolsonaro, ni un conjunto disperso de influencers: funciona como un partido de verdad, con organización, jerarquía, disciplina y una gran capacidad de movilización permanente, no solo en periodos de campaña electoral. Es un poderoso instrumento para crear y mantener consensos políticos, así como valores culturales y de comportamiento. Es una batalla que la izquierda brasileña ha perdido sin siquiera intentar pelearla. A lo largo de todo el tercer mandato de Lula, la comunicación del gobierno ha sido lenta, formal, triunfalista y alejada de los problemas reales y las aspiraciones de la mayoría de la población. En la izquierda, han surgido algunos jóvenes que, a título individual, han sabido disputar la hegemonía digital con inteligencia y habilidad, y han convertido a sus seguidores en votos, como Erika Hilton, diputada transgénero del Partido Socialismo y Libertad (PSOL) en San Pablo (7,7 millones de seguidores entre Instagram y X, y 1,6 millones de votos); Ana Elisa Santos, de solo 21 años, del PT de Minas Gerais (6,3 millones de seguidores entre Instagram y TikTok, y más de 500.000 votos); o Rick Azevedo, concejal del PSOL de Río de Janeiro, que se dio a conocer en todo el país tras lanzar en 2023 una campaña en TikTok e Instagram para acabar con la semana de seis días de trabajo y uno de descanso, algo que, como mencionamos, se convirtió en reforma constitucional: fue elegido diputado federal con casi 200.000 votos. Pero, en general, la izquierda institucional brasileña se ha mostrado incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos de la comunicación y la política.

A punto de cumplir 81 años, Lula da Silva es el último superviviente de la «marea rosa» que, entre la primera elección de Hugo Chávez en Venezuela en 1998 y el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff en Brasil en 2016, dominó la escena política latinoamericana durante unas dos décadas. De los líderes de aquella época, algunos han fallecido y otros están presos, en el exilio o con órdenes de detención. 

Lula es un superviviente también en otros sentidos: al hambre del nordeste del Brasil, cuando era niño; al trabajo en la fábrica (se le cortó un dedo en una prensa cuando era operario metalúrgico); a la enfermedad (superó un cáncer de garganta tras el final de su segundo mandato); a la cárcel (la primera vez durante la dictadura militar; la segunda en 2018, cuando pasó un año y medio preso por una condena por corrupción que el Supremo Tribunal Federal [STF] anuló después); al intento de golpe de Estado que culminó en el asalto del 8 de enero de 2023, cuyo plan, elaborado por militares golpistas y bautizado como «Daga Verde y Amarilla», contemplaba el asesinato de Lula, de su vicepresidente Geraldo Alckmin y del ministro del STF Alexandre de Moraes. El juez que condenó a Lula, Sergio Moro, fue luego ministro de Justicia de Jair Bolsonaro y acaba de ser elegido gobernador de Paraná por el PL.

El pasado 16 de agosto, fecha del inicio oficial de la campaña electoral, el primer mitin de la séptima campaña presidencial de Lula (fue candidato en 1989, 1994 y 1998, antes de ser elegido por primera vez en 2002, reelegido en 2006 y elegido de nuevo en 2022) apostó por un simbolismo seguro y, al mismo tiempo, anticuado: el estadio de Vila Euclides, en São Bernardo do Campo, periferia de San Pablo, cuna del movimiento sindical de los metalúrgicos brasileños, donde Lula había iniciado su carrera en los años 70. Bajo un sol abrasador –el presidente llevaba sombrero por recomendación médica, tras someterse a radioterapia por un cáncer de piel en el cuero cabelludo–, Lula recordó a figuras vinculadas a los orígenes del PT ya fallecidas, como Antonio Candido y Sérgio Buarque de Holanda, y a referentes de las luchas sociales asesinados, como Chico Mendes y Margarida Alves. Evocó también a su madre, conocida como Dona Lindu, que murió mientras él estaba preso por su actividad sindical, y la convirtió en emblema de un llamamiento a las mujeres contra la violencia machista. 

En su discurso, repasó su vida política, desde el sindicalismo hasta la Presidencia, pasando por la cárcel, el regreso y los logros de sus gobiernos. Entre ellos, mencionó la creación de diez millones de puestos de trabajo, de una veintena de nuevas universidades federales y de cientos de campus de institutos técnicos, el paso de 5 a 25 millones de trabajadores con título universitario desde 2003 y las promesas de nuevos logros para el futuro. Toda su intervención osciló entre el recuerdo del pasado y la visión de un Brasil que produce chips y baterías eléctricas. Una arenga bastante triunfalista, de orgullo por todo lo que su gobierno y el PT habían hecho. En cuanto a temas espinosos como la delincuencia –una de las principales preocupaciones de la población–, Lula volvió a prometer la creación de un Ministerio de Seguridad Pública y darle prioridad a la educación, porque «es mucho más barato que invertir en cárceles». Sus palabras pueden haber conmovido a los antiguos militantes, pero no dialogaron con las preocupaciones de decenas de millones de votantes que, según indican las encuestas de opinión, tienen una opinión negativa sobre la labor del gobierno.

A unos cientos de kilómetros de distancia, Flávio Bolsonaro había elegido para su mitin inaugural la playa de Copacabana, uno de los emplazamientos tradicionales de las manifestaciones de la extrema derecha en Río de Janeiro, el bastión principal del clan familiar. Ante un público mucho más reducido que el que reunió Lula y bajo un cielo gris, Bolsonaro enumeró los temas que marcarían toda su campaña electoral: la «mano dura» contra la delincuencia, las dificultades de la vida cotidiana de las familias, el aumento del costo de vida, la reivindicación del legado político de Jair Bolsonaro, la oposición al aborto y a la legalización de las drogas, y la promesa de mejorar la gestión del Estado con un tesouraço (tijeretazo) en el gasto público, en referencia directa a la motosierra del presidente argentino, Javier Milei. En uno de sus primeros actos de campaña, en San Pablo, Flávio Bolsonaro blandió unas tijeras enormes, mientras que, a su lado, Milei se agitaba frenéticamente.

El tono de la campaña de los dos candidatos no cambió sustancialmente hasta el 4 de octubre. Fue, según la acertada definición del politólogo Pedro Abramovay, una disputa entre lo abstracto y lo concreto. Flávio Bolsonaro se movió en el terreno de lo abstracto. Reforzó los valores conservadores, apeló al antipetismo (un sentimiento muy fuerte en Brasil, continuación y actualización del anticomunismo de la época de la Guerra Fría), defendió el espíritu emprendedor, atacó al STF y aseguró que será implacable con los grupos criminales organizados, sin ofrecer detalles sobre ninguna propuesta concreta. Lula, por el contrario, fue demasiado «concreto», enumerando los muchos logros macroeconómicos de su gobierno y una lista de proyectos futuros, pero sin intentar siquiera transmitir la esperanza de que hay un país mejor por construir y de que eso pasa por su reelección.  

La ola conservadora

En la primera vuelta, los brasileños se decantaron por la visión abstracta y reaccionaria. Independientemente del resultado final, un análisis detallado de la elección ofrece un panorama desalentador para Lula, la izquierda y el futuro de la democracia. En términos absolutos, la diferencia entre Bolsonaro y Lula fue de 2,3 millones de votos: 56,1 millones para el primero y 53,8 millones para el segundo. En comparación con la primera vuelta de las presidenciales de 2022, Flávio Bolsonaro obtuvo cinco millones más que su padre Jair, quien perdió por estrecho margen en el balotaje, mientras que Lula perdió 3,4 millones de votos, a pesar de que el número total de electores aumentó ligeramente (158,7 millones de votantes en 2026 frente a 156,4 millones en 2022). Hace cuatro años, Lula se situó a la cabeza en 3.378 de los 5.569 municipios y en 14 estados del país; este año, en solo 2.663 municipios y 12 estados. Un estudio del periódico O Globo muestra que el presidente perdió votos en el 98,2 % de los municipios, mientras que el candidato de extrema derecha avanzó. La caída de los votos de Lula fue más acusada en las ciudades de menos de 20.000 habitantes (5,9 puntos porcentuales) y más leve en las grandes ciudades de más de 500.000 habitantes (casi un punto). Un relevo del diario Folha de S. Paulo, en el que se cruzan los resultados electorales de la primera vuelta con los del censo de 2022, muestra que, en general, Lula sigue gozando de una popularidad extraordinaria entre los brasileños más pobres –obtuvo el 76 % de los votos en los sectores con ingresos mensuales de hasta 1.100 reales (unos 220 dólares)–, pero que Flávio Bolsonaro obtuvo proporcionalmente más votos en todos los demás niveles de ingresos. Entre los votantes de la clase C, el retroceso de Lula ha sido especialmente acusado: el presidente ha perdido 5,1 puntos porcentuales de los votos con respecto a 2022, mientras que el hijo de Bolsonaro ha aumentado su apoyo en 4,9 puntos respecto a los resultados de su padre. Paradójicamente, Lula ha aumentado su apoyo, aunque en menor medida que su rival, entre los votantes con mayores ingresos. 

También Lula perdió votos en uno de los principales bastiones del PT, el estado de Bahía, donde ha pasado del 69,7 % al 66,2 %, aunque el gobernador del PT, Jerônimo Rodrigues, ha sido reelegido en la primera vuelta. Flávio Bolsonaro, al contrario, ha ganado terreno en estados claves en los que Lula había superado a Jair Bolsonaro en 2022, como Minas Gerais, donde obtuvo 538.000 votos más que su padre en 2022 y se situó en primer lugar. En el estado de San Pablo, el más rico y poblado de la federación, donde el PT tiene sus raíces históricas y donde Jair Bolsonaro se había impuesto hace cuatro años, Flávio obtuvo 682.000 votos más, mientras que Lula perdió casi un millón. En paralelo, el exministro de Economía y delfín de Lula, Fernando Haddad, candidato por segunda vez a gobernador del estado, obtuvo un resultado ligeramente mejor que en 2022, pero no superó el 36 % de los votos, y Tarcísio de Freitas, alineado con el bolsonarismo, fue reelegido en la primera vuelta con el 62 % de los votos. 

El PL, actual formación política del clan Bolsonaro, se ha convertido en el primer partido de Brasil: ha elegido a cinco gobernadores en la primera vuelta y 121 diputados (de un total de 513, lo que supone el 23,6 % de los escaños de la Cámara baja) y 19 senadores (de los 54 en liza), que, sumados a los senadores que ya ocupaban su cargo, darán al PL 28 de los 81 escaños, es decir, el 34,6 %.

El bolsonarismo se renueva también como dinastía. Michelle Bolsonaro, ex-primera dama que este año protagonizó un sonado enfrentamiento público con Flávio por la sucesión política de su marido, fue la candidata más votada al Senado en el Distrito Federal, con casi un millón de votos, y su partido se quedó con los dos escaños en disputa en la capital. Evangélica y con un discurso centrado en la fe y la familia, Michelle encarna la alianza entre el clan y las iglesias neopentecostales. No es un caso aislado: cinco de los ocho familiares de Jair Bolsonaro que se presentaron a estas elecciones fueron elegidos o siguen en carrera, entre ellos su hijo Carlos, que llega al Senado por Santa Catarina.

Los partidos de izquierda se han mantenido: han elegido en total 124 diputados, frente a los 125 elegidos en 2022, y contarán con 15 senadores, frente a los 17 actuales. El PT de Lula sigue siendo, de lejos, el más fuerte del bloque progresista, con 88 diputados y 9 senadores. Sin embargo, en estas elecciones la izquierda sufrió derrotas de enorme peso simbólico: quedaron fuera del Senado Randolfe Rodrigues, líder del gobierno en el Congreso; la expresidenta del PT Gleisi Hoffmann, en Paraná; Benedita da Silva, en Río en Janeiro; Paulo Pimenta, en Rio Grande do Sul, y dos ministras emblemáticas del tercer mandato de Lula, Marina Silva y Simone Tebet, en San Pablo. José Dirceu, quien llegó a ser el segundo nombre más fuerte del PT tras Lula, no logró regresar a la Cámara de Diputados.

Si Flávio Bolsonaro gana la segunda vuelta, el PL y sus aliados de la derecha y del centrão podrán impulsar su agenda con pocos obstáculos. Flávio podría indultar por sí mismo a su padre, condenado por la trama golpista y hoy bajo arresto domiciliario. Destituir a ministros del STF exigiría dos tercios del Senado (54 votos), y reformar la Constitución, tres quintos de cada cámara: mayorías fuera del alcance del PL solo, pero no de una coalición conservadora que ha salido reforzada del 4 de octubre. No obstante, Brasil no se ha transformado de repente en un país con una extrema derecha hegemónica. El bolsonarismo, según indican las series históricas de diferentes encuestas de opinión, cuenta con una minoría que se identifica firmemente con él, del orden de una cuarta parte del electorado, pero es capaz de liderar una coalición electoral mucho mayor. Su peso no radica únicamente en el número de seguidores, sino en su capacidad para organizar a la derecha y atraer a votantes que no se consideran estrictamente bolsonaristas. Del mismo modo, el electorado del PT representa desde hace años alrededor del 30 % de los votantes. En el pasado, el lulismo –que históricamente tiene una capacidad de consenso electoral superior a la de su partido– lograba ampliar significativamente su apoyo electoral más allá de la izquierda propiamente dicha. Este año, al menos en la primera vuelta, ha sido el bolsonarismo el que ha logrado recabar un mayor consenso en casi todos los sectores de la población. Se pueden plantear al menos dos hipótesis, complementarias entre sí, para intentar explicar esta situación. 

La primera hipótesis, de orden concreto, nos devuelve a la economía: la política económica de todo el gobierno de Lula se ha caracterizado por una ortodoxia fiscal y monetaria que ha limitado en gran medida la capacidad de inversión pública. El gobierno se ató las manos al aprobar por ley un arcabouço fiscal [marco fiscal]. La regla es sencilla en su lógica: el gasto público solo puede crecer el 70 % de lo que crezcan los ingresos, y nunca más del 2,5 % por encima de la inflación. Aun así, la deuda pública no ha dejado de subir: pasó del 73,8 % del PIB en diciembre de 2023 al 82,9 % en agosto de 2026, casi 10 puntos más. Está muy por debajo de la media de los países de la OCDE (el 110,5 % del PIB en 2023), pero los mercados financieros y sus altavoces en los medios de comunicación la han convertido en uno de los temas principales del debate político (y le dieron así a Flávio Bolsonaro la oportunidad de comprometerse a «alcanzar, en el menor plazo posible, la estabilidad y, posteriormente, la reducción de la ratio deuda/PIB» mediante un brutal programa de ajuste). En realidad, Brasil no sufre una crisis de deuda, sino una crisis del costo de la deuda, tal y como explican economistas ajenos a los mercados financieros, como Pedro Paulo Zahluth Bastos, profesor en la Universidad Estatal de Campinas (Unicamp). El tipo de interés básico brasileño (Selic), des 13,75 % anual, es uno de los más altos del mundo en términos reales. El pago de intereses de la deuda pública absorbe así casi el 9 % del PIB, alrededor de 1,2 billones de reales al año, lo que equivale a unos 240.000 millones de dólares. Es más del doble de lo que paga Italia, cuya deuda es, sin embargo, un 60 % mayor que la brasileña. Los altísimos tipos de interés que paga el Estado brasileño imponen, por un lado, una limitación real de los recursos disponibles para invertir (por ejemplo, para mejorar la calidad de los servicios públicos básicos, como la salud, la educación, el transporte público y la seguridad social) y, por otro lado, son uno de los principales mecanismos de concentración de la riqueza del país en manos de una elite muy reducida, que concentra gran parte de los títulos de deuda interna: el 1 % más rico de la población poseía un 46,8 % de la riqueza total del país en 2021. Se trata de un viejo problema de Brasil que los gobiernos del PT, desde 2003 hasta la actualidad, nunca han enfrentado realmente, en un intento –fracasado– de evitar una confrontación con los poderes fácticos del país. Tras el inesperado éxito de Flávio Bolsonaro, la Bolsa de San Pablo subió el 7 % en un solo día y el real se apreció frente al dólar: a pesar de los buenos resultados macroeconómicos del gobierno de Lula III (y de los dos anteriores), los grandes grupos que influyen en el mercado financiero brasileño se han decantado abiertamente por la extrema derecha.

Desde un punto de vista abstracto, Lula y el PT han perdido la capacidad de hacer soñar –de vivir «sin miedo a ser felices», como cantaba el inolvidable eslogan de la primera campaña electoral de 1989– y han renunciado en gran medida a cualquier intento de disputar seriamente la hegemonía cultural y la práctica político-económica neoliberal que prevalece en el país ya desde hace décadas. Mientras que la extrema derecha libra a diario una batalla cultural sin cuartel para imponer sus valores reaccionarios, la izquierda se ha acomodado a la tímida gestión de lo que considera posible, renunciando a cualquier tipo de rebeldía contra el statu quo, en el sentido que sugiere Pablo Stefanoni en su ya clásico libro ¿La rebeldía se volvió de derecha? (2021). Para decenas de millones de brasileños, Lula se ha convertido él mismo en la encarnación del establishment, del sistema, en un país que no les permite hacer realidad sus sueños ni llevar una vida menos dura. Flávio Bolsonaro, por el contrario, a pesar de todos los escándalos que lo salpican a él y a su familia, logró venderse como una alternativa de ruptura, aunque lleva décadas en la política. Salvando las diferencias que existen entre la situación de los dos países, se trata, en esencia, de la misma dinámica política y psicológica que, en 2024, llevó a amplios sectores de las clases populares de Estados Unidos a votar por Donald Trump en las elecciones presidenciales, o a abstenerse. 

En abril de 2026, en la Primera Reunión de la Movilización Progresista Global organizada en Barcelona por el gobierno español de Pedro Sánchez, Lula había reconocido el problema. El proyecto neoliberal, dijo Lula, «prometió prosperidad y trajo hambre, desigualdad e inseguridad». El progresismo «logró avanzar en la agenda de los derechos», pero «no consiguió superar el pensamiento económico dominante» y, en lugar de romper con ese modelo, «sucumbió a la ortodoxia» y se convirtió en gestor de sus propios males. «Los gobiernos de izquierda ganan las elecciones con un discurso de izquierda y practican la austeridad», reconoció Lula. La extrema derecha, por su parte, supo «sacar partido del malestar generado por las promesas incumplidas», canalizando la frustración y la desesperanza de quienes fueron abandonados por el sistema y por el progresismo que prometió cambiarlo. «Nos hemos convertido en el sistema», admitió Lula. Seis meses después, de la forma más dramática, los brasileños han confirmado ese diagnóstico en las urnas. 

En busca de la remontada

La posibilidad de dar vuelta el resultado del 4 de octubre, según revelan desde el comité de campaña de Lula, pasa ahora por una mayor movilización de los militantes de izquierda, pero también, y quizás sobre todo, por el miedo. Es decir, se trata de convencer a decenas de millones de indecisos y abstencionistas de que el regreso de Bolsonaro a la Presidencia pondría en peligro mortal los programas sociales del gobierno, empeoraría los servicios públicos, deterioraría los sueldos y las jubilaciones, dañaría sus vidas y cualquier posibilidad de ascenso social. En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2006 (Lula contra Alckmin, el actual vicepresidente) y de 2014 (Dilma Rousseff contra Aécio Neves), esta estrategia funcionó. Una semana después de la primera vuelta, se celebraron enormes manifestaciones en las grandes ciudades brasileñas, como la izquierda brasileña no había logrado organizar en décadas. En muchos casos, se trató de manifestaciones autoorganizadas por una gran variedad de grupos, grandes y pequeños, de militantes –a menudo muy jóvenes– y no por las estructuras partidarias ni sindicales. Las consignas y pancartas contra Bolsonaro se entremezclaban con banderas arcoíris y palestinas, atuendos de las religiones afrobrasileñas, grupos de samba y pancartas que reclamaban la defensa de las universidades públicas y la reducción de la jornada laboral. Todo ello, con una energía, e incluso una alegría, que habían brillado por su ausencia en los últimos años. 

Las encuestas indican que la ventaja de Flávio Bolsonaro empezó a reducirse. Pero el tiempo disponible es muy corto. Al último gigante de la izquierda latinoamericana solo le quedan ahora unos pocos días para intentar evitar que las limitaciones, los errores y las vacilaciones de su tercer mandato acaben entregando Brasil a la extrema derecha más reaccionaria. Están en juego el futuro de la democracia en un país de 215 millones de habitantes, la protección de la Amazonia y la posibilidad de resistir los ataques de Trump contra la soberanía de América Latina. Para Luiz Inácio Lula da Silva, esta será la última y más difícil prueba de supervivencia. 

 

[Imagen: Anadolu/Getty Images.- fuente: www.nuso.org]

sexta-feira, 16 de outubro de 2026

Campanha de Lula apresenta queixa contra Meta por interferência na campanha

Dona do Instagram, Facebook e WhatsApp é acusada de restringir acesso aos conteúdos da campanha de Lula da Silva, enquanto o algoritmo promove os de Flávio Bolsonaro. 

Lula da Silva 

A campanha eleitoralbrasileira está ao rubro nasegunda volta daspresidenciais e o papel nas redes sociais para o alcance da mensagemdos candidatos é crucial. Mas como já se verificou na primeira volta, trata-se de um terreno desequilibrado.

A campanha de Lula da Silva apresentou uma queixa junto do Tribunal Superior Eleitoral e dos observadores internacionais sobre o comportamento do algoritmo usado pelas redes da Meta - a empresa de Mark Zuckerberg que detém o Facebook, Instagram e WhatsApp - para favorecer o alcance da mensagem de Flávio Bolsonaro e restringir o de Lula.

Entre os exemplos apontados nesta queixa estão a suspensão temporária da conta de anúncios da campanha lulista, uma queda na contagem de visualizações dos posts afetos à candidatura, um bloqueio de 24 horas às publicações na conta Instagram e diferenças no tratamento dado pela inteligência artificial nas buscas no WhatsApp. Por exemplo, utilizadores que pediam à ferramenta de IA para criar um banner com apelo ao voto em Lula viam o pedido recusado, enquanto um pedido igual para o voto em Bolsonaro era prontamente gerado.

No que diz respeito ao desequilíbrio no alcance dos posts, a campanha de Lula regista que os de Bolsonaro têm quase o triplo das interações apesar de este ter menos 17% de seguidores do que Lula.

A justificação da Meta de que se tratam de falhas técnicas que ocorreram também noutros mercados e anunciantes não convencem a campanha de Lula, pois nenhuma prova foi apresentada de que outros candidatos tenham sido afetados.

A campanha de Lula lançou uma plataforma de denúncia de censura digital, que em três dias recebeu 2.700 denúncias, sobretudo relacionadas com incidentes no Instagram.

“A sucessão de problemas técnicos que a empresa não conseguiu explicar suscita fortes suspeitas de que as ações da Meta possam constituir uma tentativa de interferência no processo eleitoral brasileiro, em benefício da candidatura de Flávio Bolsonaro. A falta de transparência nos sistemas da empresa faz com que as suas explicações sejam limitadas e pouco claras”, afirma a campanha de Lula da Silva.

A denúncia destes casos junto de observadores internacionais tem por objetivo “chamar a atenção para os efeitos do controlo que as empresas transnacionais exercem sobre as infraestruturas de comunicações e sobre a segurança, o armazenamento, a distribuição e o fluxo de informação — um controlo que põe em causa a soberania de nações inteiras e constitui uma fonte crescente de preocupação a nível mundial”, conclui o comunicado.

[Foto: Ricardo Stuckert / PR - fonte: www.esquerda.net]

terça-feira, 13 de outubro de 2026

«Estem vivint un model social de canvi lingüístic immensament més ràpid que abans»

Entrevista al sociolingüista Toni Mollà, autor de ‘Les llengües de demà’. Entre el negoci i els algoritmes 

Toni Mollà

 

Escrit per Raül G. Aranzueque

El sociolingüista Toni Mollà acaba de publicar Les llengües de demà. Entre el negoci i els algoritmes (Bromera), un llibre que analitza el futur de les llengües i, en particular, la catalana, en el món globalitzat de l’era digital actual.

El català hi serà, entre les llengües de demà?

Això ho decidirà la comunitat lingüística catalana. Si som capaços de crear les condicions socioculturals, econòmiques i polítiques del que podríem anomenar la societat contemporània, això que diuen les societats postindustrials, postmodernes i tots els post del món, doncs el català serà una llengua de demà. Jo crec que té les possibilitats i les condicions i els punts forts de la majoria de les comunitats lingüístiques. Lògicament també en té molts de dèbils i dependrà del que farem. No és una cosa que ve donada per la natura. És un fet social. 

Entre les fortaleses que té el català hi ha, precisament, el món digital, gràcies, sobretot, a la comunitat que ha picat molta pedra durant molts anys.

I tant. En el món tradicional continua sent una llengua forta, una llengua de relació. Però és cert que les noves generacions, nadiues de l’era digital, i potser d’una manera no sé si intuitiva, autoorganitzada o com, han començat a intervenir en el diàleg, d’una manera virtual gràcies a les xarxes i internet i han aconseguit que el català siga la llengua 31a o 32a en el rànquing de presència digital. Això és una fortalesa molt gran. És una fortalesa desterritorialitzada. No necessàriament la gent que interactua en el món virtual és una gent que viu i treballa als Països Catalans.

Aquesta és una de les coses que destaqueu al llibre.

És una cosa que m’han ensenyat la filla i les seues amigues. La meua filla viu a Londres des de fa deu anys, però viu virtualment en català. I les seues amigues i amics d’infància viuen a Vancouver, a París, a Frankfurt… i no per això han abandonat la llengua ni han deixat d’interactuar, en la mesura que la tecnologia ho permet, en la seua llengua patrimonial.

Aquest fenomen dieu que obliga una mica a repensar les polítiques lingüístiques.

Les polítiques lingüístiques estan fetes amb sistemes d’idees, maneres de pensar que són pròpies d’unes altres circumstàncies. Jo no dic que s’hagen de superar perquè eren dolentes. Dic que s’han de superar perquè s’ha superat aquell temps. Els autors de la sociologia del coneixement ja deien que el pensament és situacional, no naix en el buit social i, per tant, si els nostres majors pensaven d’una determinada manera és perquè vivien en una societat concreta. Si Prat de la Riba, els noucentistes i els modernistes pensaven d’una altra manera és perquè en la seua societat, les seues idees s’arrelaven a una situació determinada. El que no pot ser és que la societat canvie, que canvien les seues estructures socials, culturals, etc. i que nosaltres continuem pensant en sistemes d’idees caducats, que és el que passa moltes vegades. Continuar avui amb idees romàntiques, no solament de la llengua, sinó del nacionalisme, del territori, no porta a res, portaria, en millor o en el pitjor dels casos, a la nostàlgia i a la impotència. Per tant, és imprescindible també en el terreny de les polítiques lingüístiques que adeqüem el nostre sistema d’idees a estes condicions d’existència que imposa la societat contemporània. 

Els catalanoparlants pràcticament han estat expulsats de zones de Barcelona, València i Palma

Ara comença a vincular-se l’estructura econòmica, el fenomen del turisme… amb la reculada de la llengua.

Ja era hora. Jo he conegut la transformació de la ciutat vella de Barcelona i de València. Eren zones d’una gran densitat catalanoparlant i ara eixos espais, que eren d’una gran densitat lingüística, estan ocupats pel turisme i els catalanoparlants pràcticament han estat expulsats d’aquelles zones i crec que a Palma passa exactament igual. És importantíssim que vinculem els nous moviments migratoris, legals, il·legals, turístics, no turístics, etcètera. Jo aporte una dada que és que els Països Catalans reben 50 milions de visites turístiques l’any. Si això no té impacte sociolingüístic, ja em diràs quin factor en tindrà.

A les Illes Balears, precisament, aquest debat està molt viu i es parla molt del concepte de sostenibilitat lingüística.

Sí, és clar, és que és imprescindible introduir-lo perquè, si no, sembla que tots els factors socials siguen importants, excepte el cultural i el lingüístic. Però no solament el turisme, sinó els nous moviments migratoris, que si tenen algun impacte en primer lloc és en les estructures culturals. I, per tant, haurem de dissenyar unes polítiques lingüístiques també sobre els fenòmens turístics o els fenòmens migratoris. Part de la meua família han sigut emigrants a París, als anys 50, 60. No es varen plantejar mai no aprendre francès, lògicament. El van aprendre al treball perquè la llengua francesa era una llengua imprescindible per a la introducció dins del món sociolaboral francès i, damunt, els permetia, a ells, i posteriorment, a les seues filles, una certa promoció dins de la societat francesa. Jo crec que si això passava als anys 50, 60 a França, de la mateixa manera que passava a Berlín, a Ginebra, a Londres, ha de passar en qualsevol país que vulga que la cohesió social s’establixca a partir de la seua pròpia llengua. Però això, curiosament, ni tan sols ho fan els jugadors del Barça. Els jugadors del Barça venen i s’integren en castellà. És a dir, la llengua d’integració a un dels emblemes de la catalanitat, que és el Barça, és el castellà.

I això que ara és dels Barça més catalanoparlants que hi ha.

Per descomptat. Perquè són gent que s’han format ací. Hi ha gent que ha vingut de fora, com Fermín, que és d’un poble d’Andalusia, o els altres. Però la majoria diuen que estan aprenent castellà. Com si vols aprendre swahili. Em pareix molt bé, però és evident que no n’hi ha prou a dir que el Barça és més que un club. Això s’ha de demostrar i s’ha de demostrar a través de que la integració en el país, en el club, siga en català. Jo he dit moltes vegades que la persona dels Països Catalans que més impacte lingüístic té és l’entrenador del Barça perquè és el que fa més rodes de premsa a la setmana. Per tant, el moment de màxim impacte sociolingüístic va ser el Guardiola i, després, el de Xavi. Estic parlant de sociolingüística, no estic parlant de futbol. I el circuit èxit que va produir Guardiola, que damunt parlava català a tot arreu, va ser un moment en què el català deixava de ser només una llengua patrimonial i passava a ser una llengua global. Va ser un moment dolç de la política lingüística. I vull remarcar-ho perquè la política lingüística no és només allò que fan les institucions. La política lingüística la fan també les institucions socials, cíviques, ciutadanes, i per tant, crec que és tan important el que faça un club de futbol o un sindicat o una associació del que siga, com el que faça la Conselleria de Política Lingüística. Les institucions no ho poden fer tot.

En el llibre dieu que hi hauria d’haver un mercat lingüístic dels Països Catalans i poseu l’exemple de quan TV3, À Punt i IB3 van emetre, de forma conjunta, la pel·lícula ‘La mort de Guillem’. Allò va quedar com un bolet i ja no hi ha hagut més casos.

Això ve de lluny, no és nou d’ara. En l’època de l’inici de les televisions autonòmiques va haver-hi una reciprocitat amb Canal 9 i allò va funcionar d’una manera normal. I també hi hagué una època en què, després de la transició política, existia el que jo he dit alguna vegada el corredor cultural mediterrani: intel·lectuals, escriptors, cantants, actuaven exactament igual a Girona que a Alacant.

 

[Font: www.diaridelallengua.cat]

segunda-feira, 12 de outubro de 2026

El arte callejero ha muerto y Rusia se llena de arte bélico monumental

En el extranjero, arte y protesta toma caminos separados

Arte urbano «La guerra es ahora», de Philippenzo. Imagen de la autora

Escrito por Daria Dergacheva

Traducido por Priscila Bogado 

Este artículo es parte de la serie Spotlight de septiembre de 2026 de Global Voices, “Protesta en democracia”. Con esta serie, buscamos explorar las diversas formas de protesta, las tácticas que los Estados utilizan para deslegitimarlas y suprimirlas, y la compleja relación entre la protesta y la democracia. Puede apoyar esta cobertura con una donación aquí.

Nota editorial: Este artículo se basa en una exposición y entrevista con el artista callejero ruso Slava PTRK, originario de Ekaterimburgo, que actualmente vive en el exilio en el extranjero. Mediante su relato, Global Voices indaga si a los artistas callejeros de Rusia, que iniciaron sus protestas en 2022, se les expulsó del país o si fueron perseguidos y arrestados. ¿Cómo la inmigración cambió el arte de protesta? ¿Qué trabajos pueden seguir realizando quienes están en el extranjero? Y quienes se quedaron en Rusia, ¿están en silencio o trabajan para el Estado? Lo que queda son pequeños actos de protesta.

 

La primera aparición del arte callejero tuvo lugar en Rusia en el marco de la era de la Unión Soviética. Durante la década de 1980, la cultura opositora estaba en su apogeo e incluía música, samizdat (textos autopublicados) y una subcultura de arte callejero. Desde aquel entonces, el género ha crecido gracias a la organización frecuente de festivales internacionales de arte urbano en diversas regiones de Rusia y la participación de cientos de artistas callejeros, algunos reconocidos incluso en el extranjero. 

En febrero de 2022, cuando comenzó la invasión y la posterior guerra con Ucrania, los artistas callejeros, como muchos otros en Rusia, se dividieron. Algunos deseaban manifestar su descontento con el régimen y el conflicto bélico, pero fueron obligados a abandonar el país; otros deseaban permanecer en Rusia, pero mantenerse en silencio; y otros, después de un tiempo, optaron por respaldar al Gobierno. 

Pocos artistas callejeros y activistas —como Sasha Skochilenko, condenada a siete años en una prisión por intercambiar las etiquetas de una tienda por lemas antibélicos—han sido detenidos. A la larga, el 1 de agosto de 2024, Sasha fue liberada en Ankara en el marco de un intercambio internacional de prisioneros, y actualmente vive exiliada en un país extranjero. 

En la actualidad, hay artistas en Rusia a quienes se les paga por hacer grandes obras de arte con temática bélica en edificios altos en diversas ciudades del país. Sin embargo, pequeñas formas de protesta siguen sobreviviendo gracias a personas comunes que usan el arte callejero para manifestarse en un país donde esto puede ser peligroso. 

La guerra trajo protestas en las calles y represión que creció rápidamente 

En el primer mes tras la masiva invasión rusa a Ucrania, los lugares públicos en Rusia se transformaron en sitios de protestas espontáneas contra el conflicto bélico. Entre los participantes había artistas profesionales y ciudadanos comunes sin conocimiento de arte. Pintaron lemas antibélicos, pegaron autoadhesivos, crearon pequeñas instalaciones e intervinieron en materiales publicitarios oficiales.

 

 

 <<Hoy pinté sobre mi obra callejera «Juventud». Porque, en lugar de la juventud, llegó la guerra.>>

Durante este período, la distinción entre arte y activismo se desdibujaba por tantas intervenciones directas como los lemas de “No a la guerra”, grafitis antibélicos, emblemas oficiales alterados, etiquetas de supermercados y objetos urbanos:

<< La guerra es vergüenza.

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«Las paredes gritan»

Desde los primeros días de la guerra, se ha abierto un frente alternativo en las paredes de muchas ciudades rusas. Por todas partes aparecen —aunque inevitablemente les ponen pintura encima— letreros antibélicos, grafitis y dibujos. Pero vuelven a aparecer una y otra vez, llevan la protesta más allá de las manifestaciones y piquetes tradicionales, reprimidos activamente por el Gobierno. Hoy, todo el país es una gran plaza. Hoy, cada persona valiente y comprometida es una manifestación.

Puedes descargar el cartel en alta resolución en mi canal de Telegram. El enlace está en la cabecera de mi perfil.

 

Al mismo tiempo, la represión del Estado aumentó de manera acelerada. Se iniciaron procedimientos administrativos y delictivos, se censuró el término «guerra» y las declaraciones políticas directas se volvieron cada vez más peligrosas. 

Los artistas dejaron de manifestar sus protestas explícitamente y optaron por enviar mensajes metafóricos y cifrados:

 <<Lo siento, hija.

Nuestros ... con muñecos de nieve con Beznadega.🏔️ 🏔️ 🏔️

La emigración lleva el arte callejero ruso al extranjero 

Tras el reclutamiento militar en el segundo semestre de 2022, muchos artistas rusos se trasladaron a países como Georgia, Armenia, Montenegro, Serbia, Turquía, Alemania, Reino Unido e Israel, y continuaron trabajando a pesar de que su propósito comenzó a cambiar poco a poco. 

En un principio, gran parte de sus trabajos continuaban tratando directamente el tema de la guerra y su partida de Rusia. Después, los asuntos se expandieron para abarcar la pérdida del hogar, la identidad, el desplazamiento y la soledad:

 <<“Sigo pensando en mi propio idioma”.

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Hace más de un año que no estoy en casa, y hoy se cumple exactamente un año desde que me instalé temporalmente en Georgia. Tiflis es una ciudad maravillosa que me ha recibido con los brazos abiertos. Aquí trabajo mucho con lienzos, y también en nuevos proyectos de investigación. Todo esto lo presentaré más adelante. Casi no he pintado en la calle, aunque aquí hay muchísimos lugares con texturas que me encantan. Pero surgen muchas dudas éticas sobre la posibilidad de dedicarme al arte callejero como visitante en este país. Además, se trata de un país con un contexto histórico y social complejo, vinculado a Rusia.

También entiendo que probablemente sea necesario renunciar a las obras con textos en ruso hechas en el extranjero, o transformar de alguna manera mi perspectiva. Pero si cambio mi perspectiva, ¿cómo no perder la sinceridad, el juego de palabras y los significados que se generan precisamente en mi idioma nativo? ¿Cómo ser pertinente y comprensible? ¿Quién es el público? ¿O estas obras son simplemente un «diario personal»? Parecería que, al cabo de un año, en general habría que empezar a pensar de otra manera. Pero sigo pensando en mi idioma nativo. Es mi base, incluso (o especialmente) lejos de casa.

Después de reflexionar mucho, me permití salir al entorno urbano. Como siempre, trato de ser responsable al elegir el lugar. Internamente, solo me convencí de elegir un lugar recóndito y abandonado para no molestar a nadie. Al salir a la calle con mi obra en mi idioma nativo, «oculté» el texto y opté por escribirlo transliterado. Es un intento de mimetizarme, pero sin dejar de ser yo mismo. 

 

Al mismo tiempo, gran parte del arte visual contra el conflicto pasó a difundirse en línea a través de afiches digitales, composiciones, archivos y aplicaciones de redes sociales, que ganan cada vez más relevancia. Algunos de los artistas tuvieron la oportunidad de vender sus creaciones en el extranjero, de hacer afiches y colaborar en anuncios publicitarios:

 <<Ekaterimburgo. Te extraño.

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¡Por fin están listas las nuevas impresiones!

Casi tres años después del trabajo de edición anterior, por fin encontré la oportunidad de imprimir una nueva edición de impresiones, que incluye una obra nueva. «Te extraño» de Ekaterimburgo, ahora puedes colgarla en tu pared y, por supuesto, así también apoyas al autor. La calidad de impresión quedó excelente; la técnica usada para las reproducciones realmente nos ayudó en eso. Así que esta obra sencilla, pero sincera y personal, ha encontrado una encarnación digna en formato de edición.

Entonces, «Ekaterimburgo, te extraño» — impresiones.

Técnica de impresión: giclée (impresión a color de alta calidad)
Papel: papel mate Hahnemühle William Turner, 310 g.
Tamaño: A2, 420 × 594 mm.
Edición: 47 copias + 3 A/P.
Todas las copias están firmadas y numeradas, y además vienen con un certificado de autenticidad.
Envío a todo el mundo.
Los métodos de pago se debaten y acuerdan individualmente con cada comprador.

Las primeras diez copias de la obra tienen un precio de 200 euros cada una más gastos de envío. A partir de ahí, el precio aumentará en 50 euros por cada 10 copias siguientes de la edición.

Para hacer un pedido, escribe aquí por mensaje directo o envía un correo electrónico a: ptrkteam@gmail.com
Gracias. 


Quienes se quedaron 

Mientras tanto, dentro de Rusia, la situación cambió de manera drástica. En la vía pública, el arte callejero antibélico está próximo a desaparecer debido a que los artistas que decidieron quedarse no disponen de un rango de posibilidades demasiado amplio:

 <<Firma y etiquetas.

————
“Esperar y tener esperanza. Estoy jodidamente cansado”. 

El lenguaje que empleaban los artistas se ha vuelto confuso.

Entiendo todo. Solo que no puedo decir nada. Imagen de la autora

Algunos comenzaron a trabajar en festivales oficiales, en comerciales por encargo o en proyectos promovidos por el Estado. Aparecieron muchos murales de carácter patriótico y a favor de la guerra: soldados, el símbolo militar Z, figuras heroicas, retratos e imágenes que aluden a la propaganda monumental soviética: 

Arte callejero ruso. Imagen de la autora

Por ejemplo, en 2023, artistas que participaron del popular festival Stenograffia que antes independiente crearon un mural de ocho pisos de altura de santa Catalina, santa tradicional de la Iglesia ortodoxa: 

Foto del mural de santa Catalina en Ekaterimburgo. Autor: organizadores del festival Stenograffia (CC BY 4.0).

Actualmente, algunos artistas parecen considerar sus creaciones como meras piezas decorativas remuneradas y no una manifestación ideológica personal, mientras que otros optan por mantener una postura públicamente apolítica.

Mural en Rusia. Imagen de la autora

Ellos siguen participando en actividades y produciendo obras abstractas, decorativas, folclóricas, religiosas o históricas, a la vez que evitan hacer declaraciones explícitas acerca de la guerra. 

Persisten manifestaciones de protesta cotidianas 

Pese a la represión y desaparición masiva de actividades antibélicas, la protesta no ha cesado por completo, pero sí ha disminuido y se ha vuelto anónima. 

La antropóloga Alexandra Archipova conserva estos artefactos en un archivo digital. Los autoadhesivos, las inscripciones breves, los dibujos pequeños, las flores, los gestos simbólicos y los mensajes antibélicos codificados siguen apareciendo en espacios públicos, como se muestra en el archivo. 

Al concluir su presentación, el artista exiliado, Slava PTRK, sintetiza la situación claramente: “No les tengo buenas noticias. ¿El arte se fortaleció por la guerra? No. Si alguien tenía la esperanza de que las manifestaciones artísticas se intensificaran o que la guerra generara de algún modo imágenes más impactantes, dudo que eso haya ocurrido. Parece que se ha vuelto imposible hacer alguna manifestación de cualquier tipo de dentro de Rusia. No obstante, la fuerza no tiene nada que ver con ser directo ni se trata de ser visualmente llamativo. ¿Se ha vuelto más fuerte el arte en sí mismo? No, no lo creo». 

 

[Fuente: www.globalvoices.org]