Isac Nunes da Luz Cordeiro
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Tradutor Público e
Intérprete do Comércio
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Idiomas: francês, espanhol, catalão e galego ***
Matriculado na Junta Comercial do Estado do Paraná
*** Curitiba ***
República Federativa do Brasil
Con su poética,
el Indio Solari despertó en su audiencia el dolor de la lucidez. Su obra sedujo
a cientos de miles de seguidores para que habitasen el país de sus canciones.
Carlos Indio Solari, al frente de Patricio
Rey y sus Redonditos de Ricota, durante una actuación en los años setenta.
Escrito por Pablo Perantuono
En la película Lugares comunes (2002, Adolfo
Aristarain), el profesor que interpreta Federico Luppi se para frente a sus
estudiantes y, sabiendo que algún día serán docentes, los anima y desafía: «Despierten en sus alumnos el dolor de la lucidez.
Sin límites. Y sin piedad».
De las muchas interpretaciones que pueden hacerse del extraordinario
fenómeno social que encarna el arte de Carlos
Indio Solari, el músico que murió el viernes 5 de junio en
Buenos Aires a los 77 años, esa podía ser una posible. Con su poética, Solari despertó
en su audiencia el dolor de la lucidez. Lo hizo sin pausa y sin tregua desde
mediados de los años 80, cuando emergió como un cantante singular y autónomo,
alejado de las convenciones a las que nos tenía acostumbrado la cultura rock y
el mercado.
Hubo, en aquel acto fundacional, un acuerdo tácito. La carta orgánica de
aquel bautismo ofrecía un pliego de condiciones que muchos interpretaron como
pintoresco o como uno más de los tantos detalles caprichosos que el rock era
capaz de ofrecer o demandar, dependiendo de quién estuviera enfrente. Pero fue
un detalle decisivo. Esa anomalía, que para algunos tuvo el rasgo de lo
intrascendente, consistió en la audacia de nacer emancipados. Emancipados del
mercado, es decir, ajenos a lo que la industria era capaz de exigir. Para su
público, el gesto adquirió categoría de sagrado y resultó crucial para
construir la liturgia alrededor de la banda, el espíritu indie -aunque
profesional- que humedeció toda su peripecia. No ir a la televisión (nunca), no
firmar con ningún sello internacional o vestirse no como rockeros sino como
oficinistas terminó siendo, además de una declaración de principios, una
transgresión, un gesto ético y estético de resistencia, un desaire al sistema.
Quienes leyeron eso, por supuesto, fueron los desfavorecidos, los que,
entregados a la experiencia peligrosa del rock y de la juventud, atisbaron en
esa decisión un gesto de libertad, de autenticidad y de rebeldía. Eran los que
empezaban a caerse del mapa, aquellos que no eran tenidos en cuenta por nadie,
aquellos a los que nadie les hablaba. Recordemos la fecha, además: fines de los
años 80, la democracia no nos había hecho mejores y el peronismo -la otra
religión plebeya- no podía escapar de sus contradicciones. El traspasamiento
fue instantáneo: los hijos del proletariado abrazaron la música de los Redonditos de Ricota como si
fuese el nuevo sermón de la montaña. Solari, calvo, misterioso y con casi 40
años, se transformó en Jesucristo.
Carlos
Indio Solari en los camarines del estadio Padre Martearena, en Salta, en 2011. EDGARDO ANDRÉS
KEVORKIAN
Por eso no
extrañaron en absoluto las manifestaciones de congoja popular de las que fue
testigo el país en los últimos cuatro días. Más de un millón de personas desafiaron
a la lluvia y al frío y se congregaron en un centro deportivo de Avellaneda,
una localidad pegada a la Capital Federal, para despedir a este hombre singular
cuyo cuerpo de menos de 1,70 albergaba ya no el amor de su gente, sino la
responsabilidad de su existencia. Porque eso es lo que despertaba Solari en los
desamparados, en esos hijos de la escuela pública que se cayeron del sistema,
en esos chicos de barrios desangelados de los años 90 -cuando se macera para
siempre el vínculo emocional- que ahora ya son padres y quizás abuelos, que
siguen ocupando el zócalo más bajo del edificio social, pero que les
transmitieron a sus hijos la pasión desenfrenada por su música. Solari, para
todos ellos, era una razón para vivir. Su mensaje provoca, y lo seguirá haciendo
durante décadas, un tipo de estremecimiento especial, una conmoción que no está
ligada al goce -aunque también- sino más bien al sostén, un combustible que
oxigena sus vidas en momentos de rabia o de derrota.
«El
Indio es el Dios de los rotos. Todos los que estamos acá tenemos algo en común
y es que estamos rotos un poco. Y sentimos que el Indio nos escribió y nos
habló a cada uno de nosotros. Fue una música que me caló cuando me rompí. Y lo
único que tenía más abajo era la muerte. Y ahí las letras del Indio empezaron a
tener sentido».
Quien pronunció ese alegato espontáneo, con una cadencia hipnótica que no
ocultaba su dolor, fue Agustina, una fan de 27 años llegada al velorio desde
Paraná, Entre Ríos (donde nació Solari), que sentada en el cordón de la vereda,
con un mate al lado, parecía desollada pero también parecía estar en paz. Ese
fue el sentimiento que dominó las exequias del cantante: un profundo dolor pero
también un agradecimiento insoslayable por todo lo que él había hecho por ellos.
Tal fue la magnitud del funeral que se
constituyó, además de en un hecho cultural, en un hecho político. En primer
lugar, porque ante semejante movilización, el gobierno de Javier Milei enmudeció, excedido por la potencia de la gente en la calle. No
atinó a emitir ningún comunicado al respecto, sorprendido no solo por el tamaño
del evento sino por su carácter pacífico, por su organización. En simultáneo,
como todos los canales de TV transmitieron en vivo la larga marcha de
Avellaneda, un buen número de los testimonios de los dolientes finalizaba con
la misma apelación: «Milei, andate», y un rosario de insultos irreproducibles. Solari tenía una clara
identificación política con el peronismo y la muchedumbre lo manifestó
libremente, primero porque la muerte del ídolo les permitió acceder a la
consideración nacional, y segundo porque el dolor les daba impunidad para la
catarsis colectiva.
Porque, una vez más, hubo toda una Argentina que
salió a la calle y hubo toda otra Argentina que observó los acontecimientos con
un mohín de estupor y de sospecha.
Esa realidad, separada por unos pocos kilómetros
de distancia, pero también, por un océano de diferencias simbólicas, quedó
reflejada como nunca en una carta de lectores -una costumbre de
antaño- al diario liberal La Nación, unas pocas líneas que son la constatación,
por enésima vez, de la existencia de dos -o muchos, quien sabe- países en un
solo territorio.
Monona, una de las bailarinas más
emblemáticas de los primeros espectáculos ricoteros, junto al Indio Solari en
1978.
«Confieso
que empecé a mirar el velatorio del Indio Solari -escribió un tal José Felix
Gutiérrez Arana- como una noticia del día, pero ahora que veo todo lo que está
ocurriendo me pregunto dónde estaba yo. Algo no estoy viendo ni oyendo en
serio, me siento distraído, como la generación de los años 40, y apareció
Perón. Estoy impactado con esto. Diez kilómetros de cola. Se esperan más de
700.000 personas y sigue el velorio. No es solo el rock and roll... Hay algo
más y lo están gritando. Muchos jóvenes, demasiados. No salgo de mi asombro.
Los políticos deben abrir bien los ojos, para no sorprenderse después en las
urnas. Yo ya estoy sorprendido de cuán distraído estamos»”.
¿Puede
encontrar consensos una sociedad que alberga pulsiones y pasiones tan alejadas
unas de las otras? Acaso responder esa pregunta sea tan complejo como encontrar
los filamentos por los que circuló, y se mezcló, el arte de Solari, su lógica.
Es una pregunta inevitable, pero que nos excede y hasta resulta injusta. En
todo caso, acaso con su muerte el músico, como buen profeta, ofreció su último
acto heroico: miles y miles de argentinos descubrieron que el fenómeno excedía
largamente lo musical y que se incrustaba, con el filo y la tensión de una
revelación palpitante, bajo la piel de la sociedad y de la opinión pública.
Asistir a esa coronación, ver y sentir de cerca la euforia negra de esa fiebre
desconocida no puede dejar de intimidar.
Si es verdad que el objetivo ulterior del
verdadero arte es que el público finalice la obra, Solari ha sido el ejemplo
más acabado de ello. Zigzagueante, sombría, trufada de neologismos, su lírica
ha sido pródiga en iluminaciones, pero de ningún modo condescendió a la
demagogia. La gran conquista de toda su aventura es haber seducido y enamorado
a cientos de miles de seguidores para que habitasen con él el país de sus
canciones. No era una articulación servida, porque no son canciones prêt-à-porter,
tanto que durante largos años ni siquiera fueron pasadas por las radios. Había
que ir a buscarlas. Una vez que se encontraban, ya nada era igual. Eran
canciones que traficaban información, pero, sobre todo, desataban una
revolución interna, un estallido en los sentidos, el tipo de exaltación que
solo puede provocar un descubrimiento existencial, el milagro de saber que ya
nadie de ellos está solo.
Dans son ouvrage Towers of Ivory and Steel : How
Israeli Universities Deny Palestinian Freedom, l’anthropologue israélienne
Maya Wind, chercheuse à l’université de Colombie-Britannique au Canada,
décortique le rôle structurel des universités dans l’entreprise coloniale et
l’apartheid israéliens. Un plaidoyer argumenté en faveur du boycott académique.
Orient XXI l’a rencontrée à l’occasion de son passage par Paris.
Cérémonie
d’ouverture de l’Université hébraïque de Jérusalem (1925)
Propos recueillis
par Sarra Grira
Sarra Grira : Quand
on parle du rôle des universités israéliennes et de leur rôle dans la
colonisation et l’occupation de la Palestine, on pense surtout à leur
coopération avec l’institution militaire. Mais dans votre livre, vous montrez
que ces universités étaient destinées dès leur création à faire partie du
projet sioniste colonial, avec des citations de David Ben Gourion à l’appui.
Parmi les éléments que vous mettez en lumière, il y a le choix de la
localisation géographique de l’université hébraïque de Jérusalem, fondée avant
même la création de l’État d’Israël, et de l’université de Haïfa.
Maya Wind — Je considère les universités israéliennes comme des
structures destinées à faire partie de l’entreprise coloniale, dans le sens où elles représentent des
infrastructures centrales pour reproduire et maintenir le projet sioniste.
Elles contribuent à établir une société israélienne de peuplement sur le
territoire palestinien. Cette dynamique n’est pas propre à Israël. J’ai
beaucoup travaillé en Amérique du Nord, où j’ai beaucoup appris de chercheurs
autochtones qui étudient la relation entre une université et le projet colonial
de l’État dans lequel elle est établie. Bien sûr, chaque contexte colonial est
différent : les impérialismes français, britannique et espagnol ont connu
des temporalités et des méthodes distinctes. Mais à bien des égards, le projet
colonial israélien s’est développé sous l’égide de l’Empire britannique et partage de fait des caractéristiques
avec d’autres États coloniaux britanniques, comme l’Amérique du Nord,
l’Australie et la Nouvelle-Zélande. On peut également lui trouver des points
communs avec l’Afrique du Sud. Or, dans tous ces endroits, des chercheurs
autochtones ont montré que, souvent, les universités de l’État colonial ont non
seulement été établies sur des territoires saisis lors de l’extermination des
populations déjà installées, mais elles ont été actrices de leur déracinement
physique et culturel.
L’appropriation
de la terre est intrinsèque à tout État colonial. Je savais qu’il me fallait
commencer par traiter cette question quand je me suis intéressée au
fonctionnement du système universitaire israélien, notamment la localisation de
ces universités. Pourquoi avoir choisi tel ou tel emplacement pour les établir? Certaines régions intéressent
particulièrement Israël. La Galilée, par exemple, continue à abriter le plus
grand nombre de Palestiniens depuis la Nakba, alors qu’elle est centrale pour
les Israéliens qui craignent l’émergence de révoltes ou d’un mouvement de
libération nationale. À sa fondation dans les années 1970, l’université de
Haïfa a joué un rôle particulier dans ce sens, en mettant en place les programmes
de ce qu’Israël appelle la «judaïsation» — c’est-à-dire tout simplement la
colonisation — en réponse aux manifestations de la Journée de la terre1. Cette ville préoccupait beaucoup Israël
parce qu’elle était «très palestinienne». L’idée n’était donc pas seulement de
contrôler la région de Galilée, mais aussi de concrétiser et de matérialiser ce
contrôle dans la ville d’Haïfa elle-même.
Si l’on
regarde le Naqab2, la situation
est encore différente. Le problème des Israéliens là-bas, c’est que cette
région est désertique et que très peu d’entre eux voulaient y vivre. C’était la
plus grande parcelle de terre sous contrôle israélien, mais il était difficile
d’y installer des colonies de peuplement. En 1969, Israël y a donc établi l’université
Ben Gourion en utilisant des éléments du langage colonial typiques comme «faire fleurir le désert», et d’autres slogans du mouvement
sioniste. Il est impossible de comprendre la colonisation du Naqab sans
comprendre ce mécanisme. Plus tard, le projet s’est élargi pour inclure
l’armée, et aujourd’hui encore, Israël déplace ses grandes bases militaires du
centre du pays, où la terre est devenue très chère, vers le Naqab. L’université
Ben Gourion permet cette transition de façon très concrète et matérielle. Il
est d’ailleurs intéressant de constater que les étudiants eux-mêmes font partie
du projet colonial, en construisant ce qu’ils appellent des «villages étudiants», qui ne sont en fait rien d’autre que des
colonies étudiantes sur des terres palestiniennes bédouines. Ils aident donc
directement l’État à évincer ces communautés locales.
S. G.— : Vous
soulignez que la coopération entre les universités et l’État d’Israël dépasse
les domaines de l’ingénierie et de la défense, et touchent également aux sciences
humaines et au droit. On devine facilement pourquoi l’archéologie est une discipline très sensible étant donné
qu’Israël ressent le besoin de s’inventer une légitimité historique. Mais les
exemples des études du Proche-Orient (Middle East studies), et du droit,
sont particulièrement intéressants. Pourriez-vous en dire plus à ce sujet?
M. W.— : Ce sujet est important pour moi
parce qu’il existe des domaines de recherche sur la militarisation de
l’enseignement supérieur. Par exemple, à l’apogée de la guerre froide, les
universités étatsuniennes ont été très actives pour réaliser des projets
d’études régionales sur l’Asie de l’Est, la Russie ou encore la Chine. Certaines
matières ont été entièrement intégrées aux projets destinés à servir
l’impérialisme, que ce soit en produisant des connaissances ou en développant
des armes pour les États-Unis. Ces relations entre l’université et les
ambitions géopolitiques nationales continuent d’exister. Bien sûr, la France et
bien d’autres pays dans le monde sont aussi concernés. Mais en plus d’évoquer
les domaines militaires, je voulais aussi et peut-être surtout montrer que la
production de connaissances, et spécifiquement l’épistémologie sioniste
israélienne, est conçue et développée au service du projet colonial. Mon
objectif était d’exposer les manières les moins intuitives dont ce système
fonctionne, car je pense qu’il est crucial de les comprendre pour saisir à quel
point le projet colonial mobilise la société entière.
Quand on voit
le génocide en cours à Gaza, on se demande comment le monde n’est pas arrivé à
y mettre fin et à tenir des individus pour responsables, du point de vue du
droit international. Noura Erakat, une chercheuse en droit extraordinaire que
je cite et qui est une camarade chère avec qui j’ai travaillé pendant des
années, utilise souvent l’analogie suivante : le droit est une voile qui
avance au vent de la politique. Ce n’est pas quelque chose de fixe, appliqué à
la réalité de façon systématique, il est toujours soumis à l’interprétation de
ceux qui en font l’usage.
On constate de
façon flagrante que les universités israéliennes ont beaucoup œuvré en faveur
d’interprétations juridiques innovantes. Le droit international des droits
humains, qui inclut le droit de la guerre, est toujours sujet à interprétation.
Au fil des années, Israël, à travers les études juridiques, a érodé de façon
systématique la légitimité des institutions internationales comme les Nations
unies (ONU), la Cour pénale internationale (CPI) et la
Cour internationale de justice (CIJ), et a sapé leur autorité à juger les crimes de guerre israéliens,
l’occupation et l’apartheid. Et quand des enquêtes juridiques internationales
se sont déployées, comme en 2014, lors de l’offensive massive sur Gaza —
horreurs que nous n’aurions jamais cru Israël capable de dépasser —, des crimes
de guerre extrêmement graves ont été perpétrés. Mais avec la complicité des
universités et des juristes, la justice israélienne s’est immédiatement
mobilisée pour minimiser toute responsabilité étatique. Par conséquent, Israël
n’a jamais été tenu responsable. Et nous revoilà dix ans plus tard. Je
voulais montrer dans mon livre que ce processus ne s’est donc pas fait du jour
au lendemain, mais qu’il s’est construit durant des décennies. Et bien que
j’aie soumis le manuscrit avant que la phase génocidaire de la colonisation ne
commence, mon livre expose les mécanismes qui l’ont rendue possible.
Les Middle
East studies constituent un autre exemple intéressant. La School of
Oriental Studies (l’école des études orientales) a été l’une des trois
premières facultés fondatrices de l’université hébraïque de Jérusalem, ce qui
montre l’importance qu’Israël accorde à la compréhension de ce qu’est l’«Orient», du moins de ce qu’il est de son point de vue.
Ce projet n’a jamais été un projet civil, mais profondément militaire dès le
départ. Le monde universitaire et les services de sécurité étatiques israéliens
étaient étroitement liés : les gouverneurs militaires affectés sur les
terres palestiniennes occupées devenaient souvent professeurs d’université, et
inversement. Ces interactions en disent long sur la façon dont Israël envisage
depuis toujours l’étude de l’arabe et du Proche-Orient comme un projet militaire.
On
peut voir que le premier département et le plus important des Middle East
studies à l’université Hébraïque comprend un programme de formation pour
les services de renseignement. Cet exemple témoigne des relations historiques
entre l’enseignement supérieur israélien et l’armée et de la façon dont cette
discipline continue à se mettre directement au service de l’État.
S. G.— : Malgré
tout ce que vous évoquez, dans des pays occidentaux comme la France, il est
difficile d’unir les gens derrière la revendication du boycott des universités
israéliennes. Les universités continuent à être perçues comme les derniers
espaces progressistes possibles dans une société israélienne d’extrême droite.
Vous montrez cependant qu’il faut déconstruire cette image des universités
israéliennes comme étant des lieux d’échanges intellectuels bienveillants et
progressistes, y compris à travers l’exemple des «nouveaux historiens israéliens» et comment ils ont été traités par leurs
institutions.
M. W.— : Absolument. L’une des raisons pour
lesquelles j’ai écrit ce livre, c’est que j’étais sans cesse confrontée au
discours présentant les universités israéliennes comme progressistes quand je
travaillais dans le monde universitaire nord-américain. Les mouvements
étudiants mobilisés en Occident pour la Palestine ont permis d’ouvrir un peu
plus les yeux sur ce sujet. Mais dans sa globalité, le monde universitaire
occidental s’est toujours attelé à produire de l’ignorance dès qu’il s’agit de
la Palestine : nous ne lisons pas les travaux palestiniens, nous
n’incluons pas les œuvres palestiniennes dans nos programmes, et il y a un gros
manque d’intérêt pour la pensée intellectuelle palestinienne en Occident. C’est
un phénomène qui produit beaucoup d’ignorance.
J’ai constaté
tout cela de mes propres yeux lorsque j’ai passé six semaines en Europe au
printemps 2024, pendant les mobilisations étudiantes. J’ai rencontré des
étudiants militants, des professeurs, du personnel, et j’ai conduit des
délégations pour rencontrer des recteurs d’universités européennes en Belgique,
aux Pays-Bas, en Irlande et au Royaume-Uni. À chaque fois que j’ai parlé aux
administrateurs, aux doyens et aux recteurs en charge des programmes d’échanges
internationaux et de l’administration de l’enseignement supérieur, je posais la
même question : «Connaissez-vous un seul responsable universitaire palestinien? Un seul doyen?» Ils n’ont aucune relation avec le monde
académique palestinien. Les Israéliens, eux, sont invités à venir en Europe
grâce à des bourses, des congés sabbatiques et des tournées de conférences,
tandis que les Palestiniens sont isolés par Israël. Et les Occidentaux
participent activement à l’isolement des intellectuels palestiniens. Sans
parler de la hasbara et de tous les efforts que l’État israélien a
déployés pour promouvoir sa propagande en Occident et sur les campus universitaires.
Tout cela
n’est pas nouveau et dure depuis, au moins, 20 ans, en particulier depuis
la deuxième intifada. Comme il y a de plus en plus d’activisme propalestinien
sur les campus occidentaux, Israël s’en est immédiatement beaucoup préoccupé.
Il commence donc à intercepter ces mouvements, à délégitimer les militants, à
les espionner et à promouvoir son propre discours à travers diverses formes de
propagande et de programmation sur les campus occidentaux. C’est une campagne
soigneusement calculée, financée et exécutée depuis des décennies.
S. G.— : C’est
aussi dû à une volonté de dépolitiser le monde académique et universitaire.
M. W.— : Les enseignants-chercheurs ont un
rôle particulier là-dedans. Même ceux qui se pensent critiques envers l’Occident
adhèrent à cette vision d’eux-mêmes comme s’ils étaient des philosophes un peu
hors sol, uniquement portés par leurs idées, sans lien avec la réalité
politique. Mais il manque à cela une analyse plus matérialiste. D’un point de
vue marxiste, on devrait poser la question des conditions matérielles qui
permettent l’existence des universités : les terres sur lesquelles elles
sont installées, les conditions de financement des laboratoires, la relation
entre l’université et l’État, ou encore le rôle que joue l’université dans le
projet colonial national. Bien souvent, même les chercheurs critiques ne se
posent pas ce genre de questions. Quand nous faisons nos études, quand nous
produisons des connaissances, nous devons nous demander dans quel but, à quelles
fins nous faisons cela. Ces questions, beaucoup d’enseignants évitent d’y
répondre. Mais maintenant, une génération d’étudiants met sous nos yeux ces
questions si préoccupantes et nous dit : «Nous voulons savoir pourquoi certains
documents sont exclus de nos bibliothèques. Comment avez-vous décidé de ce qui
figurait dans nos programmes? Vous devez nous répondre.» Le contenu des bibliothèques universitaires israéliennes est très parlant
à cet égard. Celles-ci ne contiennent pas de littérature, de pensée critique ni
de contributions intellectuelles palestiniennes.
S. G.— : La
Bibliothèque nationale d’Israël détient encore aujourd’hui plusieurs livres et
manuscrits palestiniens volés, grâce à la loi sur la propriété des absents
après la Nakba, qui n’a pas seulement concerné les maisons et les terres. Mais
depuis des décennies, les Palestiniens luttent pour les récupérer avec plus ou
moins de succès. Cette guerre est donc également une guerre contre le savoir.
M. W.— : Oui, c’est un autre aspect important
de ce que Karma Nabulsi appelle l’éducide, c’est-à-dire le fait d’empêcher la
population d’accéder à l’éducation afin de réprimer sa lutte pour la libération
— une tactique coloniale classique. L’identité intellectuelle et l’enjeu de
l’accès à l’éducation sont au cœur de tout mouvement de libération, c’est
pourquoi Israël a toujours ciblé toute forme d’instruction palestinienne depuis
le tout début. Mais l’Occident, qui a participé à ce projet, aurait aussi
beaucoup à se reprocher. Cette question est au cœur du tournant auquel nous
assistons aujourd’hui, maintenant que les étudiants occidentaux disent «plus jamais ça» et qu’ils exigent de savoir dans quoi leur
université s’engage, les programmes d’échanges qu’elle soutient, ses liens avec
les fabricants d’armes, y compris les fabricants locaux occidentaux. En somme,
ils posent des questions auxquelles bon nombre d’enseignants ont toujours évité
de répondre.
S. G.— : Diriez-vous
que les universités israéliennes sont complices du génocide en cours à Gaza?
M. W.— : Absolument. Une illustration très
concrète de cela est le fait que les lieux sur lesquels elles sont établies
servent aussi d’espaces d’entraînement de soldats, policiers, agents de la
police secrète, agents des services de sécurité… ce qui fait qu’elles gèrent
des programmes de formation des soldats. De plus, le génocide à Gaza ne serait
pas possible s’il n’y avait pas les réservistes qui représentent la majorité
des soldats. En effet, le nombre de soldats de métier est très faible; les rangs de l’armée israélienne
grossissent selon les besoins.
Israël dépend
aussi beaucoup des réservistes pour maintenir les fronts — non seulement à
Gaza, mais aussi en Cisjordanie, au Liban, en Iran, au Yémen, en Syrie et
aujourd’hui en Iran. C’est là que les universités israéliennes jouent un rôle
essentiel, car elles ont fait tout ce qui était en leur pouvoir pour faciliter
la vie de ces réservistes, afin qu’ils puissent perpétrer un génocide tout en
continuant leurs études. Par exemple, les établissements universitaires leur
ont accordé à trois reprises des avantages spéciaux comme des exemptions de
mission ou des aménagements d’examen. Elles ont travaillé main dans la main
avec l’armée pour offrir des bourses spéciales aux soldats réservistes qui
combattent actuellement à Gaza. Plus scandaleux encore, elles se sont
concertées avec le ministère de l’Enseignement supérieur et avec l’armée pour
définir une politique générale qui accorde des crédits universitaires pour les
étudiants effectuant un service de réserve. Imaginez : vous allez à Gaza,
vous participez au génocide, puis vous revenez à l’université et vous trouvez
votre crédit universitaire augmenté pour cela! Leur participation dans le génocide est donc
directe puisqu’elles facilitent sa mise en œuvre. Elles encouragent d’ailleurs
les Israéliens à servir dans l’armée en leur disant : nous allons vous
aider, ne vous inquiétez pas, nous vous trouverons un arrangement. Allez-y,
faites le job, et nous ferons en sorte qu’il en vaille la peine.
Les
universités sont aussi impliquées dans le développement des armes et des
technologies utilisées à Gaza. Elles répriment les mobilisations des étudiants
et des professeurs palestiniens contre la guerre et tentent autant que possible
de neutraliser les sources d’information sur cette Nakba toujours en cours. Ces
établissements continuent également de produire des supports de la hasbara
tout comme des travaux juridiques pour réfuter les accusations de génocide
devant la CIJ portées par l’Afrique du Sud. La répression des mobilisations
estudiantines a aussi empiré ces deux dernières années, alors qu’il s’agit d’un
lieu crucial de la résistance au génocide.
Sarra Grira
Journaliste, rédactrice en chef d’Orient XXI
Maya Wind
Chercheuse au département d’anthropologie de l’université de Colombie-Britannique
Alberto Iglesias, músico que serve de medula à
estética chamada por Caetano Veloso de “almodrama”, embala Amarga
Navidad com acordes de rara sofisticação melódica no cinema europeu
contemporâneo. Há algo entre Georges Delerue e Michel Legrand. A banda sonora
acelera nos momentos mais refulgentes de uma narrativa que parece semiótica,
interessada na arte da dramaturgia, até revelar-se apaixonada pela arte de
viver, nas suas práticas imperfeitas, mas irretrocedíveis. Destoa por completo
da brandura de The Room Next Door, o anterior filme de Pedro
Almodóvar, que lhe valeu o Leão de Ouro. Ali havia cheiro de morte; aqui, há um
sopro de joie de vivre. Iglesias traduz essa energia nas suas
composições.
O elenco acompanha esse tom, em especial
Patrick Criado. No papel de Bonifácio, um bombeiro que, à noite, faz
striptease, exibe um carisma luminoso — uma espécie de Zac Efron ibérico. Ao
seu lado, Elsa, cineasta de “filmes de culto” (expressão que Almodóvar desmonta
com humor), dá a Bárbara Lennie um espaço amplo para revelar inteligência,
charme e força. A sua interpretação é das mais marcantes da 79.ª edição do
Festival de Cannes, na corrida pela Palma de Ouro.
Já estreado em Espanha, Amarga Navidad é
um Almodóvar particularmente sofisticado, próximo do nível de Volver,
e chegou à Croisette rodeado do habitual fervor que acompanha cada regresso do
realizador.
Aos 76 anos, o cineasta manchego volta a
transformar o melodrama num laboratório íntimo, aprofundando a vertente
autoficcional já presente em Dolor y gloria (2019). O que aqui
se vê é uma exposição mais crua. Na estreia espanhola, o filme foi acompanhado
pela frase: “Este é o filme em que fui mais cruelmente eu mesmo”. A
declaração prepara o espectador para uma autópsia sentimental.
Ambientado entre Madrid e as Ilhas Canárias, o
filme articula duas narrativas paralelas que se refletem. De um lado está Elsa
(Lennie), uma operária da publicidade devastada pela morte da mãe durante o
Natal. Consumida pelo luto e pelo excesso de trabalho, mesmo sob o afeto de
Bonifácio, abandona a capital e ruma a Lanzarote, numa tentativa de reorganizar
a própria subjetividade.
Do outro lado do tabuleiro semiológico, surge Raúl Durán, cineasta
vivido pelo argentino Leonardo Sbaraglia, cujas crises criativas de meia-idade
dissolvem fronteiras entre experiência pessoal e ficção, com uma certa dose de
oportunismo. A duplicação de histórias, olhares e emoções transforma o filme
numa engrenagem metalinguística em permanente combustão, fotografada por Pau
Esteve Birba, numa apetência voraz pelas cores da direção de arte de Antxón
Gómez.
O recurso do “filme dentro do filme”, frequente na obra de Pedro
Almodóvar, em especial desde La mala educación (2004),
ganha aqui um peso confessional. Em Amarga Navidad, a
narrativa parece menos interessada em separar realidade e invenção do que em
fundi-las num mesmo fluxo emocional, onde memória, desejo e perda coexistem sob
um colorido saturado e enquadramentos estilizados. Elsa, uma leoa, pode ser
apenas fantasia de Raúl. A imagem promocional — uma silhueta masculina que
contém a figura de uma mulher — sintetiza essa lógica de identidades
fragmentadas e afetos que sobrevivem como fantasmas internos. É um Persona que
sublima as suas tramas na passionalidade.
Produzido pela El Deseo em parceria com Movistar Plus+, Amarga
Navidad reúne ainda nomes históricos do universo do realizador,
como Rossy de Palma e Aitana Sánchez-Gijón, ao lado de intérpretes de uma
geração mais recente, entre eles Milena Smit e Quim Gutiérrez, que rouba cada
sequência em que surge, no papel do namorado de Raúl. O elenco reforça a
sensação de síntese de carreira: um filme que revisita obsessões antigas —
maternidade, desejo, abandono, performance — com maior depuração formal, sem abdicar
do excesso emocional que tornou Almodóvar uma assinatura estética reconhecível
em qualquer parte do mundo.
Mais do que disputar a Palma de Ouro que ainda lhe falta, Amarga
Navidad parece interessado em radicalizar o próprio “almodrama”.
Enquadra-se no que o teórico José Carvalho define como “metamelodrama” (ou
“quarto campo narrativo”): uma carpintaria melodramática cuja matéria não
reside na experiência sensível do real, mas no próprio cinema — um cinema onde
o sentimental nunca é fraqueza, mas matéria-prima de investigação estética e
existencial.
La película Amarga
Navidadde
Pedro Almodóvar se inscribe dentro de una etapa madura de su filmografía, donde
el exceso emocional característico de sus primeras obras se depura en favor de
una introspección más contenida, aunque no por ello menos intensa. En este
sentido, el film se presenta como una reflexión sobre la memoria, la pérdida y
la imposibilidad de reconciliar el pasado con el presente, articulada a través
de una estética que, fiel al autor, convierte el color, los espacios y los
silencios en vehículos narrativos fundamentales.
Uno de los aspectos más destacables de Amarga Navidad es
su tratamiento del tiempo. Almodóvar abandona la linealidad para construir una
estructura fragmentaria donde los recuerdos irrumpen sin aviso, generando una
sensación de discontinuidad que refleja el estado emocional de los personajes.
Esta elección formal no es gratuita: el relato se construye desde la
subjetividad, desde una memoria herida que no logra ordenarse ni clausurarse.
En este sentido, la película dialoga con una tradición de cine de la memoria
que va más allá del propio Almodóvar, acercándose a una sensibilidad más
europea, incluso bergmaniana, en su tratamiento del duelo y la introspección.
El universo visual, sin embargo, sigue siendo profundamente almodovariano.
El uso del color —especialmente los rojos intensos y los contrastes cromáticos—
no solo cumple una función estética, sino que actúa como un código emocional.
Los espacios interiores, cuidadosamente diseñados, funcionan como extensiones
de los estados psíquicos de los personajes: casas que parecen habitadas por
ausencias, habitaciones donde el pasado se vuelve casi tangible. En este
sentido, la dirección de arte y la fotografía contribuyen a crear una atmósfera
densa, casi asfixiante, que refuerza el tono melancólico del relato.
En cuanto a
las interpretaciones, el film apuesta por un registro contenido que se aleja
del melodrama más explícito. Los personajes no estallan, sino que se repliegan
sobre sí mismos, lo que genera una tensión interna constante. Este
desplazamiento hacia lo no dicho es uno de los grandes aciertos de la película,
ya que obliga al espectador a completar los vacíos, a leer entre líneas. La
emoción, por tanto, no se impone, sino que se filtra lentamente, generando un
efecto más duradero.
No obstante, esta misma contención puede percibirse también como una
limitación. En ciertos momentos, la película parece excesivamente
autoconsciente de su propio tono, lo que deriva en una cierta frialdad. La
distancia emocional, aunque coherente con la propuesta, puede dificultar la
identificación del espectador con los personajes, especialmente para aquellos
más acostumbrados al Almodóvar de pasiones desbordadas. Aquí, el director
parece más interesado en la contemplación que en la implicación directa, lo que
sitúa la obra en un territorio más reflexivo que visceral.
Otro elemento relevante es la dimensión metanarrativa que atraviesa el
film. Almodóvar, como en otras obras de su etapa reciente, introduce una
reflexión sobre el propio acto de narrar, sobre cómo las historias —personales
o ficcionales— funcionan como mecanismos para procesar el dolor. En este
sentido, Amarga Navidad puede leerse también
como una película sobre el cine, sobre su capacidad para reconstruir, deformar
o incluso traicionar la memoria. Esta capa añade profundidad al relato, aunque
también contribuye a su densidad, exigiendo un espectador activo y atento.
Desde una
perspectiva temática, la película aborda cuestiones recurrentes en la obra del
director —la familia, la pérdida, la identidad— pero lo hace desde un lugar más
sombrío. Aquí no hay redención clara ni reconciliación definitiva; lo que queda
es, más bien, una aceptación incompleta, una convivencia con la herida. Esta
visión, más cercana a una ética de la incertidumbre que a una resolución clásica,
conecta con sensibilidades contemporáneas en torno a la memoria y el trauma.
En conclusión, Amarga Navidad es
una obra coherente con la evolución reciente de Pedro Almodóvar, que apuesta
por la introspección, la fragmentación narrativa y una estética altamente
controlada para explorar los pliegues de la memoria y el duelo. Si bien puede
resultar menos accesible que otros títulos de su filmografía, su complejidad
formal y temática la convierten en una propuesta rica y sugerente, que confirma
al director como una figura capaz de reinventarse sin renunciar a su identidad
autoral.
El director manxec, que va
representar la frivolitat de la movida, s’ha convertit als seus 76
anys en un cineasta seriós i amb tendència a posar-se transcendent, com
succeeix a la seva última pel·lícula, on aborda els dubtes ètics de la creació
Escrit per Mauricio
Bach
A Amarga Navidad hi ha un
personatge de professió bomber i estríper en el seu temps lliure, que a més es
diu Bonifacio. I tanmateix, no hi ha a la nova pel·lícula de Pedro Almodóvar ni
rastre de l’astracanada que era habitual en etapes anteriors. La carrera del
cineasta presenta una evolució molt coherent (amb només algun pas enrere aïllat
com la vergonyosa comèdia queer Los amantes pasajeros).
Del desbocat petardeig dels
seus inicis underground a
la comèdia esbojarrada; d’aquí al melodrama passat de voltes,
amb ecos de fulletó i serial, que després esdevé melodrama pur i dur i
desemboca en drama a seques i en introspecció autoreferencial.
L’Almodóvar que en els temps de la movida cantava
amb McNamara profusament maquillat i vestit amb mitges de xarxa i sabates de
taló ha mutat en un senyor donat a prendre’s
molt seriosament i a posar-se transcendent (McNamara també
ha tingut la seva evolució, molt més delirant, que l’ha portat del travestisme
a la nostàlgia del franquisme). A mesura que Almodóvar ha anat complint anys
–ja en té 76, que no és poc–, el seu cinema ha anat guanyant gravitas i ha reduït l’humor més esbojarrat.
Després del joiós desplegament d’amour fou i homenatge al Franju de Els ulls sense rostre que va ser La piel que habito i del desastre de Los amantes pasajeros, els cinc llargmetratges que ha rodat Almodóvar en els
darrers deu anys tendeixen
a la solemnitat i la transcendència, i a una progressiva depuració estilística. A Julieta insistia en els universos femenins, adaptant diversos
relats d’Alice Munro; a Dolor
y gloria parlava de manera indissimula sobre ell mateix en la
seva condició d’artista sofrent, amb profunditat i cert excés d’autocomplaença; Madres
paralelas va ser un intent gens afortunat d’explorar la
maternitat amb un esbiaixat
i panfletari ús de la memòria històrica de la guerra
civil; mentre que La
habitación de al lado, el seu primer llarg rodat en anglès, era de nou
una adaptació literària –aquesta vegada d’una novel·la de Sigrid Nunez– que abordava la mort sense aconseguir commoure. I arriba ara Amarga
Navidad, que se situa entre els seus èxits més notables.
La seva connexió més evident és amb Dolor y gloria, perquè aquí apareix de nou un director de
cinema que s’assembla sospitosament a Almodóvar i al qual, en un atac d’ego, el guionista Almodóvar fa
que un personatge compari ni més ni menys que amb Bergman i Fellini. El guió té una estructura complexa i és del més brillant que ha escrit el director a la
seva carrera. Perquè es tracta d’una mise en abyme que desplega una successió d’històries dins la història; és a dir, metacinema. En l’àmbit literari aquest recurs està
ja tan trillat que resulta cansat, però a la pantalla s’ha explorat molt menys
i la pirueta que proposa Amarga
Navidad és suggerent.
La pel·lícula
comença amb l’Elsa, una directora de cinema en dic sec (Bárbara Lennie), que es dedica
a guanyar diners amb la publicitat. Conviu amb el bomber estríper esmentat (Patrick Criado), a qui va
conèixer seleccionant-lo per a un anunci de calçotets. I té una amiga en plena crisi matrimonial (Victoria Luengo) i una altra passant un dol (Milena Smit) per la mort del
seu fill. La crisi d’ansietat en què estan submergides les tres –es consumeixen
molts ansiolítics en aquesta cinta– les porta a planificar una escapada
reparadora a Lanzarote. Allà
l’Elsa recupera les ganes d’escriure i ho fa creant un guió en què utilitza
aspectes de la vida i les desgràcies de les seves amigues.
En paral·lel, un director consagrat anomenat Raúl
Rossetti (Leonardo Sbaraglia) la parella
del qual (Quim Gutiérrez) és molt més
jove que ell, és informat per la seva fidel secretària (Aitana Sánchez-Gijón) que
deixarà de treballar per a ell. Vol centrar-se a cuidar una amiga –que va ser
en el passat alguna cosa més que una amiga–, destrossada per la mort del seu
fill. El cineasta està sortint d’un bloqueig creatiu i finalment troba una
història que l’apassiona, en què utilitza aspectes de la vida dels qui
l’envolten. L’espectador no trigarà a entendre que l’Elsa és un personatge imaginat pel Raúl i
d’aquí la mise en abyme: un director escriu
un guió sobre una directora que al seu torn està escrivint un guió.
Almodóvar amb els actors d’‘Amarga Navidad’
La
pel·lícula versa sobre el procés creatiu i els dubtes ètics que planteja la utilització de detalls íntims de les
persones que envolten els creadors. Això fa que, per una vegada, fins i tot els
estilemes almodovarians que poden resultar més irritants –els diàlegs excessivament emfàtics,
les situacions forçades, les interpretacions actorals sobrecarregades, els
decorats de color cridaner pop, la desmesurada
sobrecàrrega emocional de les omnipresents bandes sonores d’Alberto Iglesias…– remin a favor
de la pel·lícula. Perquè estem davant una ficció sobre com es construeixen les
ficcions i per tant l’artifici és benvingut.
El guió de vegades grinyola, amb situacions forçades com la rocambolesca cerca d’un ansiolític que
serveix d’excusa per acabar en una festa l’amfitriona de la qual és Rossy de Palma i on Amaia
Romero canta a l’Elsa una cançó de Chavela Vargas.
No és l’única que apareix a la cinta, en una altra escena Lennie i Luengo ploren
desconsoladament en un llarg pla sostingut, mentre escolten una gravació de la
mexicana. Tornar a encabir, amb calçador, la Chavela forma part d’aquests recursos culturetes d’Almodóvar –ho
va fer amb Pina Bausch a Hable con ella o
amb Els morts de Joyce a La habitación de al lado–, que
poden resultar carregosos, per molt que un admiri la Chavela, la Pina i en
Joyce. Tanmateix, a Amarga Navidad, les
dues seqüències amb la música de Chavela Vargas, molt discutibles des de la perspectiva de
l’ortodòxia narrativa, són objecte de discussió per part dels
mateixos personatges, que valoren si són o no pertinents, en un enginyós joc
d’autoficció.
El que ni tan
sols els seus detractors més acèrrims podran negar, és que la posada en escena d’Almodóvar és cada cop més
estilitzada i depurada. La composició dels seus plans és d’una
elegància superlativa. Amarga Navidad és
una intel·ligent reflexió sobre com i per a què construïm ficcions. Tot i que
no arriba a la magnificència de l’oscaritzada Valor sentimental de Joachim Trier, que, a través
d’un altre personatge de director de cinema, manega el joc de miralls entre realitat i ficció i
aborda les febleses del creador amb més profunditat i sense els artificis
melodramàtics del manxec.
Al seu cinema ja han aparegut uns quants cineastes com a personatges: a La ley del deseo, Átame, La mala educación,
Los abrazos rotos, Dolor y gloria i ara Amarga Navidad. És en aquesta
última on de manera més clara apareix retratat el creador com a vampir que xucla vivències alienes.
Almodóvar
ha vampiritzat molt, sense contemplacions, com qualsevol inventor de ficcions.
I això porta a l’escena clau de la pel·lícula, en què el personatge de
Sánchez-Gijón, que al principi sembla molt secundari, pren protagonisme. És en aquest moment decisiu, quan en Raúl cau finalment
en el compte d’alguna cosa, que ho canviarà tot: el guió que està escrivint i la seva manera d’entendre la vida.
Aquesta
escena és un dels cims del cinema de Pedro Almodóvar.
[Imatges: FERNANDO IGLESIAS MÁS- font: www.cronicaglobal.cat]