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quarta-feira, 22 de julho de 2026

O refuxio da vida en común

 


A «decencia común» maniféstase na xente corrente como un rexeitamento a facer o mal. Tamén como noxo ao ver cando outros o fan. 

Hoxe vivimos un tempo en que se utiliza moito a palabra «decencia» no discurso político, nun sentido de reconvención moralista, con frecuencia hipócrita, pero desprovista do imprescindíbel sentido comunitario. «A redescuberta da decencia común das vidas ordinarias», escribe Bruce Bégout, «constitúe a única esperanza de renovación política e social de Occidente». 

Da xente corrente dise que dixo Lincoln que Deus fixo moita porque gustaba dela. E foi deste tipo de xente sobre a que escribiu as súas primeiras obras George Orwell. Sen branca en París e Londres, O camiño de Wigan Pier e Homenaxe a Cataluña. Escritos, poderiamos dicir, cosidos na carne do mundo. Cando escribiu da vida das familias mineiras ou do mundo máis pobre e vulnerábel nos sotos e camiños do seu tempo, Orwell fíxoo sen sentimentalismo, mais cun tacto e fondura, o que nos obradoiros de pintura flamencos tería a calidade inconfundíbel de «man sincera e ollada fértil», que foi nesas experiencias onde levedou a súa defensa dunha democracia de base, de urda afectiva, formulada a partir de ese núcleo ou corazón central de common decency. 

A decencia común non se refire a un modelo de sociedade, nin a unha construción social estruturada, nin a un programa alternativo ou utopía. Mais a decencia común é o que mantén activados os valores que si poden facer posíbel un mundo máis xusto. A colaboración, a axuda mutua, a honestidade. Esas intuicións da xente traballadora e corrente, que non precisa acudir a ningunha autoridade para respectar a súa liberdade e ao tempo coidarse. A xente que ofrece resistencia a calquera forma de inxustiza, que mantén a raia a pulsión por dominar, que desconfía fronte a calquera xeito de recrutamento totalitario. «Só se sente dono do seu destino no pequeno círculo da vida cotiá». Mais ese círculo non deixa de conter o máis universal. 

O pesimismo verbo do estado de cousas no mundo pode ser compatíbel cunha alegría de vivir. Unha relación de curiosidade e afecto co máis real. Coa natureza. En ¿Por qué escribo? defende que manter a paixón da infancia pola vida salvaxe, a curiosidade polos seres miúdos, é tamén o que fai posíbel manter «a posibilidade dun porvir apetecíbel e decente». Orwell albiscou os perigos que empecen esa posibilidade dunha sociedade de decencia común, que para el se achegaría a un xeito de socialismo libertario e antitotalitario. O Tecnopoder, o armamentismo, a depredación do medio ambiente e o control das mentes pola mentira e degradación da linguaxe, fan cada vez máis realista a metáfora dun Titanic, afundido pola aceleración cara ningures. E neste punto vén moi a conto o que el mesmo escribiu: «Cando imos a bordo dun barco que se afunde non podemos evitar pensar nos barcos que se afunden». 

Non é que Orwell estea desesperado, senón que o mundo é cada vez máis desesperante. O que el describe no seu tempo de posguerra: «As bombas atómicas acumúlanse nos depósitos, as cidades están baixo vixía policial, os altofalantes vomitan mentiras, mais a Terra segue virando arredor do Sol e nin os ditadores nin os burócratas poden evitalo, por máis que lles amole». Está anguriado, mais pertence á estirpe dos desacougados con serenidade. A decencia común protexe a quen a preserva. E como o escribe o filósofo francés Bégout, seguindo o ronsel do mestre Orwell: a vida en común, o defender a solidariedade fronte a pillaxe, é o último refuxio do universal. En 1984 e no 2026. 

 

[Fonte: www.luzes.gal]

sexta-feira, 10 de julho de 2026

Rima Hassan: «Llegará un momento en que para nuestros políticos será muy costoso seguir apoyando a Israel»

La eurodiputada de La France Insoumise (LFI) se enfrenta el 7 de julio a un juicio por “apología del terrorismo”. Desde LFI denuncian persecución y vulneración de sus derechos más fundamentales. 

Rima Hassan en Estrasburgo

Escrito por Queralt Castillo Cerezuela 

Una de las caras más visibles de La France Insoumise es la franco-palestina Rima Hassan (campo de Neyrab, Siria, 1992). La eurodiputada, conocida por su postura clara contra el genocidio en Gaza y por haber participado en la penúltima flotilla que salió desde Barcelona, se enfrenta el 7 de julio a un juicio por “apología del terrorismo”, tras compartir en X una cita atribuida a Kōzō Okamoto, uno de los responsables de la masacre del aeropuerto de Lod [ahora aeropuerto Ben Gurión]. En el ataque, ocurrido el 30 de mayo de 1972, miembros del Ejército Rojo japonés, entre los que se encontraba Okamoto, mataron a 26 personas e hirieron a 80 más. La cita rezaba lo siguiente: “Entregué mi juventud a la causa palestina. Mientras exista opresión, la resistencia no es solo un derecho, es un deber”. 

“La cita alude a un principio que se encuentra en el corazón del derecho internacional: el derecho de los pueblos a resistir la colonización y la ocupación de su territorio por un ejército extranjero. La cita refleja una filosofía de resistencia a la opresión y la injusticia; en modo alguno constituye un comentario, un respaldo ni un apoyo a ningún crimen cometido”, asegura su equipo. 

Si bien Hassan eliminó la publicación, esto no ha sido suficiente para la Justicia francesa. El 2 de abril, la eurodiputada fue retenida en custodia policial durante más de 13 horas —a pesar de su inmunidad parlamentaria—, lo que para ella y su equipo “sienta un precedente peligroso en Europa: nunca antes un miembro del Parlamento Europeo había sido detenido bajo un procedimiento de flagrante delito por expresar opiniones políticas en redes sociales”.  

En dos años, se han iniciado hasta 16 procedimientos judiciales contra ella, de los cuales 13 han sido archivados. De los 16 procedimientos, ocho han sido iniciados tras denuncias presentadas por organizaciones proisraelíes. Según señalan desde su equipo, “estas actuaciones han sido iniciadas por el Ministerio Fiscal, que opera bajo la autoridad del poder ejecutivo” y tienen el objetivo de “silenciar y desacreditar a una adversaria política”. Todos estos procedimientos tienen su origen en las publicaciones de la política en sus redes sociales en solidaridad con la población palestina. La eurodiputada ha llegado a acumular, en estos dos años, más de 45 horas de interrogatorio y, a pesar de haberse podido valer de su inmunidad parlamentaria, ha acudido a todas las citaciones. En los últimos meses, Hassan ha denunciado vulneración a su derecho a la intimidad, investigaciones intrusivas y desproporcionadas y vigilancia estatal. “Su teléfono fue sometido a vigilancia retroactiva desde enero de 2026, varios meses antes de que se iniciara ningún procedimiento penal. Sus movimientos también fueron rastreados de forma exhaustiva. Se requirió a operadores de transporte, como la SNCF y Thalys, que facilitaran información, mientras que se solicitó a Europol y a Air France que revelaran el historial completo de sus viajes”, denuncia su equipo, que insiste que el juicio del próximo 7 de julio “forma parte de una estrategia política más amplia de intimidación y criminalización dirigida contra los defensores de Palestina”.  

Hassan y su equipo vienen denunciando que, desde el inicio del genocidio en Gaza en octubre de 2023, los y las activistas por la causa palestina enfrentan represión y criminalización en Francia. Para ello, se remiten a las cifras: “El número de condenas por el delito de ‘apología del terrorismo’ se triplicó entre octubre de 2023 y noviembre de 2024 en comparación con el período comprendido entre enero y septiembre de 2023”. 

Hassan ha presentado dos denuncias: una por violación de la confidencialidad de la investigación, y otra por vulneración de la intimidad y abuso de autoridad, en relación con las filtraciones a la prensa durante su detención y el uso de sus datos de geolocalización por parte de los servicios policiales entre enero y marzo de 2026. También ha presentado quejas ante el Defensor del Pueblo francés por vulneraciones de la ética profesional por parte de agentes de policía.  

Acaba de firmarse un acuerdo entre Irán y Estados Unidos para poner fin a la guerra, pero el Ministerio de Defensa israelí ha declarado que Israel no se retirará de los territorios que ocupa en el Líbano, ni de los que ocupa en Siria y Gaza. En estos últimos días hemos visto a un Trump más combativo frente a Netanyahu. ¿Podría haber un cambio de posición por parte de Estados Unidos con respecto a Israel?

Creo que, en cierta medida, Irán se ha consolidado, al menos desde un punto de vista puramente geoestratégico, como una potencia regional. Ha logrado imponerse. Es interesante observar cómo ha evolucionado el lenguaje. Al principio, Trump decía que incluso iba a elegir el régimen que quería en Irán y hoy consiente en negociar sin que se haya producido un cambio de régimen. Considero que Trump tiene dos puntos débiles. El primero tiene que ver con su base electoral, que se opone firmemente a las invasiones terrestres, a causa del trauma que hay con lo que pasó en Irak y Afganistán. De hecho, durante su campaña, él prometió no llevar a cabo más invasiones terrestres. El segundo punto débil que tiene [Trump] es la política israelí, que perjudica directamente los intereses de Estados Unidos en la región. Israel no es un actor fiable, y en la base electoral de Trump cada vez hay más rechazo hacia Israel, no tanto por adhesión a la causa palestina, sino porque toda la base electoral del MAGA tiene en la cabeza el America First. La ciudadanía [estadounidense] es consciente porque sabe que todo esto les cuesta una enorme cantidad de dinero y se pregunta ‘¿por qué tenemos que hacerlo?’.  

NO TENGO CONFIANZA EN QUE LOS ACTUALES DIRIGENTES EUROPEOS ACTÚEN DE BUENA FE, NO SON PERSONAS RESPETUOSAS CON EL DERECHO INTERNACIONAL O LOS DERECHOS HUMANOS; NO TODOS, PORQUE TAMBIÉN HAY PERSONAS VALIENTES 

El Acuerdo de Asociación de la UE con Israel no ha sido cancelado y no se ha tomado ninguna medida significativa, aunque en las calles la posición de las organizaciones de la sociedad civil y de la población es bastante clara. ¿Qué hace falta para que se produzca un cambio de posición a nivel institucional?

No tengo confianza en que los actuales dirigentes europeos actúen de buena fe, no son personas respetuosas con el derecho internacional o los derechos humanos; no todos, porque también hay personas valientes. Tienen la posibilidad de actuar y de decidir, pero no lo hacen; o no la mayoría, a excepción de algunos Estados o de algunos jefes de la diplomacia. Para que el Acuerdo de Asociación sea suspendido, se necesita un consenso de los ministerios de Asuntos Exteriores de los Estados de la Unión Europea. Por lo tanto, no se trata solo de un asunto de las instituciones europeas, sino también de los representantes de los distintos Estados. Son ellos quienes deben posicionarse. Así que, a excepción de algunos Estados como España o Irlanda, la posición de la mayoría le permite a Israel seguir prosperando. Yo, además de llevar a cabo mi trabajo parlamentario, dedico muchísimo tiempo a las movilizaciones, a las conferencias, al trabajo con la opinión pública y con los actores de la sociedad civil. Porque creo que con Palestina pasará lo mismo que pasó con Sudáfrica: llegará un momento en que para nuestros políticos será muy costoso seguir apoyando a Israel. 

De hecho, el país ha perdido el relato de la opinión pública internacional, en general. 

En primer lugar, hay que ganar la batalla de la opinión pública. En el caso de Sudáfrica, la opinión internacional empezó a apoyar progresivamente el fin del apartheid. Empezó a luchar contra él, a boicotearlo. Hay que recurrir a los mismos sistemas y herramientas para con la causa palestina. Eso fue lo que hizo virar a los dirigentes del momento. Creo que con Palestina va a suceder lo mismo; en cierta manera, ya se está empezando a ver. Hay políticos que antes se mostraban orgullosos de estar siendo financiados por lobbies israelíes; ahora vemos cómo se distancian de ellos e incluso se disculpan. Hay otros políticos que están siendo elegidos precisamente por su postura firme en favor de Palestina, como Zack Polanski de los Verdes del Reino Unido. Creo que es la presión popular lo que puede hacer que los espacios institucionales den un giro. 

Hay un ejemplo interesante que muestra que, ahora mismo, apoyar a Israel sale caro, lo hemos visto recientemente en la votación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Alemania, por primera vez en su historia, no ha obtenido los votos necesarios para conseguir un asiento no permanente en el Consejo. No consiguió suficientes votos, y muchos observadores lo han interpretado como una forma de sancionar al país por su apoyo incondicional a Israel. 

El 7 de julio se te juzgará por “apología del terrorismo”. Desde tu partido se asegura que se trata “un asunto de Estado”. La cita judicial, además, coincide con el juicio por corrupción a Marine Le Pen. ¿Se trata de una coincidencia?

Por mi parte, me lo estoy preparando con serenidad. Estoy trabajando con mi abogado para preparar los elementos procesales que nos permitan impugnar el procedimiento por el incumplimiento de mi inmunidad y por las violaciones del secreto de la investigación que se produjeron durante mi detención, ya que hubo filtraciones organizadas por el portavoz del ministro de Justicia sobre una supuesta posesión de drogas, algo que fue desmentido posteriormente y que era información falsa. Por tanto, vamos a impugnar el procedimiento por su carácter abusivo, desproporcionado y por vulnerar totalmente mi inmunidad. También alegaremos sobre el fondo y vamos a solicitar la citación de algunos testigos. Contamos con el profesor Henri Lawrence, catedrático en el Collège de France y el historiador francés más importante sobre la cuestión palestina. Contamos también con un magistrado que testificará en este caso. Alegaremos e impugnaremos la cuestión de la apología del terrorismo por un tuit. Así que estoy bastante tranquila, a pesar de que se trata de un juicio político y, por lo tanto, no será, a mi entender, ni equitativo ni justo. Sabemos que habrá dos fiscales cuando en Francia, en los asuntos de apología del terrorismo, hay un solo fiscal. Se movilizan dos fiscales en los casos de atentados, cuando se trata de un asunto realmente grave. En mi caso, por un tuit, ya hay dos fiscales que van a estar presentes en la vista. 

En cuanto a la parte civil, los adversarios y las organizaciones de lobbying proisraelíes, parece ser, según me ha contado mi abogado, hay 11 abogados. Así que sí, se trata de un juicio político. Creo que lo que quieren es, en realidad, juzgar a Palestina a través de mí; a los y las activistas. Como dices, ese mismo día sale la sentencia del juicio de apelación de Marine Le Pen [será crucial, porque si se dictamina que es culpable, no podrá ser candidata por las presidenciales de 2027]. No es una coincidencia, efectivamente. Creo que han querido, en el año de las presidenciales, confrontar, de algún modo, a la extrema izquierda con la extrema derecha. 

Hace unos días, en otra entrevista, asegurabas que las autoridades francesas habían desplegado mecanismos de vigilancia y geolocalización en tu contra. De hecho, has presentado un par de demandas por este asunto. 

Efectivamente, hemos solicitado la apertura de una investigación por vulneraciones de la vida privada y por medidas desproporcionadas en el marco de este procedimiento. Veremos qué pasa, pero sí, hemos denunciado.  

A LAS PERSONAS QUE DEFIENDEN CAUSAS PROGRESISTAS SE LAS LLEVA ANTE LOS TRIBUNALES, SE LAS PERSIGUE Y SE LES APLICAN LAS LEYES ANTITERRORISTAS, PORQUE ESTO VALE PARA PALESTINA, PERO TAMBIÉN PARA OTRAS CAUSAS 

¿En qué se distingue esta campaña de las anteriores?

Esta campaña presidencial va a ser determinante, porque en primer lugar contamos con la figura de Jean-Luc Mélenchon, y La Francia Insumisa es mayoritaria entre los simpatizantes de izquierda. Así que tenemos posibilidades de llevar a la izquierda a la segunda vuelta. También es cierto de que hay posibilidad de que Rassemblement National [el partido de Le Pen] obtenga más votos. Va a ser una votación reñida. Además, la extrema derecha está cada vez más normalizada y más cerca del sistema. Recientemente, Jordan Bardella ha declarado que ha mantenido reuniones con los dirigentes del CAC 40, es decir, los líderes de las empresas francesas más importantes. A ellos se les adula desde los medios y a LFI se la demoniza. La sociedad se ha vuelto más fascista. A las personas que defienden causas progresistas se las lleva ante los tribunales, se las persigue y se les aplican las leyes antiterroristas, porque esto vale para Palestina, pero también para otras causas. El ministro Darmanin [de Justicia] ha llegado incluso a hablar de “ecoterrorismo”.  

Se silencia a las voces progresistas y se normalizan los discursos de la extrema derecha. Es por eso que esta campaña es histórica para Francia. Hay dos bloques totalmente opuestos que van a enfrentarse. A esto hay que sumarle una dificultad añadida, y es la falta de unidad en la izquierda: el Partido Socialista y los ecologistas están aún divididos. También hay que añadirle la multiplicidad de candidatos: hay una decena de candidatos de izquierda, así que estas elecciones son un gran reto.  

La Francia Insumisa es hoy una referencia para las izquierdas europeas, que se encuentran en un estado de descomposición. ¿Cómo se trabaja para implicar políticamente a las clases populares?

Lo primero que hay que hacer es ampliar el bloque de simpatizantes de la izquierda, trabajar por la unión, dirigirse también a los militantes ecologistas de los Verdes, porque tenemos un programa sobre la biodiversidad ecológica que se inscribe en una línea clara contra el capitalismo, contra el neoliberalismo, y que es ambicioso. También tenemos que llegar a los simpatizantes de izquierda que aún no son cercanos a LFI y convencerlos. 

En segundo lugar, debemos ir a buscar a los abstencionistas, a aquellas personas que no militan políticamente, que quizás nunca hayan votado y que se sienten excluidas de la política, de la vida pública. Estas personas no solo están en los barrios populares, también se encuentran en la Francia rural.  

Por último, no debemos olvidarnos de los jóvenes, muy a menudo desvinculados de lo público. Por lo que respecta al voto y a la participación electoral, puede haber tasas de abstención muy elevadas entre los jóvenes. Hay que dirigirse a todos estos públicos y hacer campaña sobre el terreno para enviarles un mensaje fuerte. El concepto de una ‘Nueva Francia’ tiene que ser integrador, devolver la imagen de Francia tal como es, y no como dicen los otros que es. Debemos inscribir ese discurso dentro de las luchas progresistas y tenemos que trabajar para conseguir más paridad, más igualdad de género, menos discriminación, más inclusividad… Tenemos que abordar temáticas nuevas que conciernen a los más jóvenes, sin dejar de lado a nuestros mayores. Hay que proponer una articulación política de Francia que permita a un mayor número de personas sentirse incluidas en ella. 

¿Cómo crees que evolucionará el discurso sobre la identidad nacional durante la campaña electoral en Francia?

Respecto a la cuestión de la identidad, vamos a tener [en esta campaña electoral], efectivamente, dos apreciaciones ideológico-políticas. Para nosotros, la identidad nacional es una identidad republicana: ser francés se define por los compromisos comunes, una visión común, una sociedad común. Y para otros, en el caso de los adversarios de extrema derecha, se trata, ante todo, de una identidad nacional fija y excluyente. Por nuestra parte, la cuestión de la identidad tiene una vocación inclusiva. Los otros [la extrema derecha] distinguen entre el buen francés y el francés que nunca será verdaderamente francés, que está en Francia “en el papel”, tal y como dicen ellos. Este es un enfoque racista y tiene como objetivo crear jerarquías en torno a esta cuestión de la identidad nacional. Nuestro concepto de “la Nueva Francia” no solo aborda la cuestión de la identidad, sino que también mira hacia lo social: queremos una identidad nacional más inclusiva y más cercana a la realidad, alejarnos de la Francia con la que fantasea la extrema derecha.

 

[Foto: The Left - fuente: www.elsaltodiario.com]


segunda-feira, 29 de junho de 2026

La paraula que salva

No és la veu poètica de Jordi Casabona la que contempla el temps; és el temps que el contempla a ell, a ell en primera persona. 

Jordi Casabona 

Escrit per Anna Rossell

Filòloga, escriptora, crítica literària i gestora cultural

Hi ha llibres sobre els quals costa escriure, sobre tot quan els acabem de llegir; ens manquen les paraules. Totes semblen ineptes; ho són, perquè res no pot substituir aquelles primigènies a les quals volem referir-nos. I és que llegir les originals ens ha deixat justament sense paraules. La lectura ens fa emmudir, deixa empremta pregona.

Del temps, el seu esguard (Cal·lígraf) és poesia que, com ja ens anuncia el títol, ens parla sobre tot del temps. El temps, un d’aquests universals sagrats de què sabem que molts poetes parlen. I de braçet amb el temps, les veus poètiques llisquen envers la vellesa i la mort, dos altres eterns universals. I per bé que les reflexions que provoquen són sovint intenses també són fruit d’un pensament calmós, de la serenitat que atorguen etapes de la vida que tot humà va travessant i explora amb l’ànima intuïtiva, però serena, d’una experiència vital, d’un procés que recorre pas a pas el davallar de la vida. El poeta contempla el temps. 

Tanmateix, no és així en el cas de Jordi Casabona. No és la seva veu poètica la que contempla el temps; és el temps que el contempla a ell, a ell en primera persona. Perquè ho fa des de la inapel·lable realitat de qui veu la mort cara a cara, la mort li fita els ulls. Li arriba sense avisar. Són els anys de la pandèmia els que conformen el pal de paller del llibre i els que fa la diferència en aquest cas. Perquè és la immediatesa de les vivències que el subjecte poètic va travessant la que condiciona els seus sentiments i la seva percepció, ara una altra —molt més intensa—, del temps: el dolor, la por, l’amenaça constant de la mort, l’abatiment, l’espurna d’esperança.

L’estructura del llibre reflecteix les diverses etapes de la confrontació amb la mort: a la remembrança del decés dels pares («Els pares»), que fa la introducció, segueixen els alts i baixos de la pandèmia («Baticors») viscuda en carn pròpia, els ecos de la qual Casabona, físicament i poètica, reprèn encara en els dos capítols següents («Del temps, el seu esguard» i «El vent a la posta»).   

El capítol inicial planteja una temàtica a la qual el subjecte poètic s’acosta a través del comiat dels progenitors, introduït per un text en prosa poètica, sense títol, que emmarca la situació: els pensaments del fill —monòleg interior— en el lloc compartit, la casa familiar amb els seus objectes, que li retornen els moments viscuts plegats i ara se li fan presents en forma de buidor: «Ara, els senyals inútils que a voltes criden les coses, la llum oscil·lant a través de la cortina, el joc d’ombres que es reflecteixen damunt l’armari […]. Tot, sota el serè esguard del seu retrat, esdevé enyoradís record, de la seva pertorbadora absència.»  

El primer poema del capítol fa una semblança de la vida del pare mentre acompanya els seus darrers moments en què l’autòpsia és imminent: «El cos endormiscat, quasi inert, / esperant la sagrada litúrgia, / el rasurat, el rentat de mans, la bata verd, / l’ascensor metàl·lic i el descens a l’inframón / on en celebració atàvica del ritus d’Esculapi, / el cos serà profanat amb precisió, / un tall llarg i fi per on els dits del cirurgià / cercaran en va l’ànima que s’esmuny.» («El pare I»). Als dos poemes introductoris predomina el record, esglaiós i lluminós alhora: «[…] // Queda la terrible absència, / l’enyor del dolç esguard, de la càlida carícia, […] // L’eternitat roman callada, / desolat i a les palpentes, sols el record ben viu / una espurna de llum enmig de l’eterna fosca que calla.» («La mare IV»).   

Tanmateix, els capítols següents ja no els protagonitza el record; el monòleg interior de la veu poètica esdevé cronista d’un present esfereïdor imposat sobtadament per l’amenaçadora malaltia i l’entorn de l’hospital; ara és la consciència que el final de la vida li pot sobrevenir a cada moment la que ocupa l’espai sensorial i mental. Al text inicial en prosa poètica llegim: «De sobte un dia saps que certament la vida és un instant […] saps que quedaran al calaix llistats de pendents i un munt d’objectes que ja orfes et perviuran en el desert de l’oblit».   

A l’hospital cada minut és angoixant: «Apagues el llum amb el desig i l’esperança / que el silenci de les hores fosques / […] / atorgui el petit miracle. / Però quan la tènue llum de l’alba / repassa obliqua els objectes de la cambra / i tenyeix de groc el llençols d’hospital, / el monstre segueix allí, devorant desigs i esperances» («La pandèmia I»), el desassossec constant, la basarda, no li dona treva: «Cada nit la por a tornar a les tenebres, a la soledat muda, / al despertar sobtat d’una infermera per treure sang. Cada / matí el dubte de la realitat imaginada i el desig d’arribar / al vespre sense febre. Un tel de pensament, una petita / esgarrifança, desvetlla de nou la gran dansa de la mort» («Retorn IV»).  

Els objectes que envolten el subjecte poètic en la seva prostrada situació esdevenen un microcosmos de redempció, de breu derivació a pensaments menys obscurs. L’observació d’un «poema visual» li suggereix la reflexió sobre El Perdó, El Temps i La Salvació, tres temàtiques que enceten, respectivamen, les tres estrofes que els dedica i que el poeta escriu en lletra cursiva i amb sagnat; és la veu de la cavil·lació, per diferenciar-les de l’altra veu, en lletra rodona, la de la crònica immediata de les sensacions i els sentiments: «El llit s’ha convertit en un petit univers, quatre llibres / estimats, els comandaments a distància que et donen / el poder de vèncer l’espai, però, qui ens ajuda a vèncer / el temps? Sense temps, sols l’eterna, muda i fosca / tenebra del no res. // […] // La Salvació no sols és poder respirar, és sobretot / llum, esperit, finestrals oberts, el ritme universal / de les hores i la natura, sortir al balcó, acaronar / els geranis vellutats, embadalir-se amb l’esclat / de primavera» («Retorn IV»). Els poemes d’aquest capítol segueixen donant compte de la sortida de l’hospital, però també d’implicacions posteriors de la malaltia. El poeta clou aquest apartat resumint la dolorosa trajectòria amb un poema en tres parts que intitula simptomàticament i descriptiva «El camí d’Orfeu», amb els subtítols respectius: Ad infernm, In purgatorio i In paradiso.   

El penúltim capítol, «Del temps, el seu esguard», recupera el to reflexiu de qui percep el camí a l’infern amb una certa distància. El subjecte poètic invoca i convoca la paraula que intueix com una possibilitat de salvació: «Salva’m paraula, / que els dies s’han fet curts / i no vull més pors ni amenaces / en la fosca basarda. // […] //Vull, si puc, deslligar la història / i dels dies que s’atansen fer-te’n una trena daurada; / vull, si pots, que em dibuixis el demà / amb els colors que tant t’agraden» («Salva’m paraula I»). I per bé que no trobem en cap moment la fe en la transcendència, sí que hi és present una espurna de dubte, un anhel: «On t’emportes mort l’encant i la bellesa? / On fugen els secrets de la cambra? / On els elaborats pensaments i les altives paraules? / On estels de la nit guardeu el secret pregó, / quan de l’esguard se n’apaga la fama / i fuig l’esma en la darrera alenada? // […] // Màgia i destí, record i polsim del diví» («On? IV»), una espiritualitat que el poeta lamenta com una gran pèrdua d’Occident. A la introducció que escriu Casabona llegim: «Crec que la societat occidental s’ha allunyat no sols del fet religiós, sinó també del sagrat en general i, per tant, del component espiritual associat al misteri de la vida i de la mort». Tot els poemes del llibre estan amarats d’aquesta espiritualitat.   

El darrer capítol, «El vent a la posta», ens regala, a mode de coda, un reguitzell de poemes de tres versos, inspirats en l’haiku japonès quant a la intenció de capturar un moment, un idea que colpeix, però, intencionadament, sense seguir la mètrica clàssica de cinc-set-cinc: «Dins el safareig / els colors es fonen amb l’aigua, / fora, jo amb l’eternitat.» («I»). «Els meus ossos, / canyes trencadisses, / amb el vent que passa», «Cloure els ulls / i deixar-se endur per l’onada que torna / vers el blau profund i el solemne silenci». Cal subratllar l’ús subtil, preciós i precís, del lèxic. És, en tots els sentits, bona poesia.   

El llibre duu un pròleg del poeta Miquel-Lluís Muntané, «L’art de conjurar el dolor».

 

[Foto cedida per Cal·lígraf - font: www.nuvol.com]

sexta-feira, 12 de junho de 2026

Esqueix

Diu un proverbi xinès que si vols ser feliç tota la vida, facis créixer un jardí



Moderato cantabile 

Diu un proverbi xinès que si vols ser feliç una hora, t’emborratxis, si vols ser feliç durant un any, et casis, i si vols ser feliç tota la vida, facis créixer un jardí. L’he trobat també com a dita popular danesa –sorpresa– i hi ha certa controvèrsia, no amb el sentit del proverbi, sinó amb les paraules mateixes: en algunes referències feia una hora feliç la gent gràcies a una becaina o assegurava felicitat anual com a resultat de matar un porc. El jardí, però, hi era sempre.

Per Sant Jordi vaig fer-me regalar un llibre que em va cridar l’atenció des del prestatge. Una coberta florida amb lletres que deien La ment ben enjardinada. Els avantatges de viure al ritme de les plantes. Gol. Havia plantat llavors feia poc i al cap se’m va fer l’escena agradable de llegir sobre jardineria, història, psiquiatria i neurociència –això prometia la contracoberta– mentre mirava obsessivament els testos per si uns brins nous d’alfàbrega i menta fresca treien el cap. Segueixo el lema del títol i el llegeixo al ritme que em creixen les plantes –la resta de coses les faig com si competís al circuit de Montecarlo. El subratllo al·lucinada, el marco i hi escric amb entusiasme i m’aixeco i rego jardineres, inspecciono geranis i em miro les begònies que la pedregada de Sant Jordi em va trinxar i que han tornat a fer florida, un autèntic festival.

«La cura i l’atenció proporcionen importants beneficis de tipus neuroquímic», llegeixo al llibre. Sue Stuart-Smith, l’autora, especifica que tant per qui les procura com per qui les rep. És gràcies a la maquineta meravellosa que tenim a dins del cap, que allibera oxitocina, l’hormona del vincle afectiu i reina absoluta del part, i betaendorfines, neurotransmissors opiacis naturals del cervell. Sospito sense haver de ser gaire llesta que aquesta afició/obsessió nova de fer créixer coses té alguna arrel en l’altra cosa que he (hem) fet créixer els últims anys. En el fet que el brinet dependentíssim entri en temps –que arribarà lent com les plantes– de creixença salvatge, d’una desconnexió natural que afrontaré amb els dits creuats, confiant en el que l’ha alimentat fins ara i que en tindrà prou reserves fins que hi vulguipuguisàpiga tornar.

«Mai tenim el control absolut del jardí», tinc subratllat. Vaig escriure-hi un merda. Si el proverbi xinès és cert –i no el trobo del tot inexacte sobre borratxeres, becaines, porcs o matrimonis–, això de ser feliç va de regar. La Mireia Calafell en va escriure «Esqueix»:

 

Per tu
evocaré la paraula precisa,
un esqueix que arreli en terra humida
i creixi amb serenor, discretament.
Amb tu
vindré a regar les flors aquest estiu.

I l’altre.

 

“Moderato cantabile” és una indicació musical de tempo i caràcter, també és una novel·la de Marguerite Duras i, a Catorze, és una cambra pròpia on Andrea Jofre mira endins i escriu cap enfora. 

 

[Foto: Caleb Woods - font:www.catorze.cat ] 

sexta-feira, 13 de março de 2026

Darko Cvijetić: «Tengo el deber moral de vivir en el lugar donde transcurren mis historias»

En su primera novela, El rascacielos rojo, Darko Cvijetić realiza una exhumación de la tragedia que sufrió Bosnia-Herzegovina en la guerra de los años 90. 

El escritor Darko Cvijetić

Escrito por Marc Casals y Patricia Pizarroso 

El escritor Darko Cvijetić (Ljubija Rudnik, 1968) nos ha citado en Le Pont, un popular restaurante de su ciudad, Prijedor (Bosnia-Herzegovina). El establecimiento recibe ese nombre porque está en uno de los extremos de un puente sobre el río Sana. Mientras mantenemos esta conversación con el autor, a sus espaldas el sol poniente y su reflejo en las aguas del río conforman una estampa de placidez. Es justo lo contrario de lo que propone la narrativa de Cvijetić, una implacable exhumación de la tragedia que sufrió Bosnia-Herzegovina en la guerra de los años 90. Su primera novela, El rascacielos rojo (Báltica, 2026), cuenta las historias del edificio donde vive Cvijetić desde que era pequeño para recrear un microcosmos de un dramatismo conmovedor.

Aunque lleva 50 años viviendo en el rascacielos rojo, su primera infancia la pasó en el pueblo minero de Ljubija. ¿Cómo la recuerda?

Ahora Ljubija es un pueblo semiabandonado donde no vive su población de antes, sino desplazados de la guerra procedentes de Bosnia Central, al norte de Sarajevo. Pero cuando yo era pequeño era un sitio precioso. Hay una ciudad en Eslovenia que se llama Velenje y es conocida por su hermosura. Pues bien, a Ljubija la llamaban “la Velenje bosnia”. Crecí en los años 70, cuando Yugoslavia vivía una época dorada, así que los trabajadores gozaban de un buen sueldo y cada año íbamos todos de vacaciones a la costa. En el sistema socialista, los trabajadores eran respetados. Pero, por encima de todo, Ljubija era mi abuela. Mis padres trabajaban para la mina, mi padre como cilindrador y mi madre como asistente de laboratorio, así que era mi abuela materna quien me cuidaba de pequeño. Me contaba historias maravillosas de las que no creo que ni una décima parte fueran verdad, pero estoy convencido de que esa fuerza narrativa suya plantó en mí una semilla que, al crecer, se transformaría en mi amor por contar historias y por el arte.

La tradición minera es muy importante no solo en Ljubija, sino también en toda la región de Prijedor, y en el libro se hacen numerosas referencias a ella. Cuéntenos un poco sobre la importancia de la minería para usted y sus paisanos.
En esta comarca se descubrió una veta de hierro ya en la época del Imperio romano, pero fue a partir de la llegada del Imperio austrohúngaro a Bosnia en 1878 cuando la minería floreció, porque las nuevas autoridades construyeron las infraestructuras necesarias. Nuestra veta de mineral de hierro abarca Ljubija, mi pueblo natal, así como los pueblos de Omarska y Tomašica. Quién sabe hasta dónde llegará. Entonces Prijedor era un villorrio de provincias, pero al quedar como centro de este sistema minero empezó a desarrollarse. Todo lo que se ha construido en Prijedor ha sido gracias a la mina. De hecho, incluso el club de fútbol local se llama Rudar, que significa “minero”. Sin embargo, a partir de los años 80 se dejaron de hacer prospecciones porque cada vez había menos hierro y este ha perdido importancia como mineral. Se utilizan aleaciones porque son más rentables y, además, algunas de estas minas como la de Omarska, aún activa, tienen mala reputación porque fueron campos de concentración. En la de Tomašica, ya en desuso, se encontró una fosa común con más de 430 cadáveres.

Mi padre trabajaba en el taller, mientras que mi madre iba y venía a diario con el resto de trabajadores hasta el laboratorio de Ljubija en un autobús contratado por la mina. Yo estoy convencido de que la mina me hizo ser quien soy

El propio rascacielos rojo fue construido pensando sobre todo en los mineros.
Sí, como el resto de los edificios de mi barrio, porque junto al rascacielos estaba el taller central de la mina. Así que, de algún modo, el rascacielos rojo era la prolongación de la mina, y también de Ljubija. Como decía, en Ljubija cada vez había menos mineral, y también la gente quería vivir en Prijedor porque es una ciudad más grande. Cuando la dirección de la mina se trasladó aquí, todo el mundo empezó a mudarse con ella. Mi padre trabajaba en el taller, mientras que mi madre iba y venía a diario con el resto de trabajadores hasta el laboratorio de Ljubija en un autobús contratado por la mina. Yo estoy convencido de que la mina me hizo ser quien soy. En aquella época, los mineros estaban muy bien pagados. Por ejemplo, los del rascacielos rojo tenían mejores sueldos que los profesores que vivían en el edificio.

¿Cuáles fueron sus primeras impresiones del rascacielos rojo?

Recuerdo el día en que mi padre me dijo: “Hijo, nos mudaremos a un edificio muy muy alto”. Probablemente, ni siquiera tuviera en su vocabulario la palabra “rascacielos”, ni ningún otro término capaz de describir ese tipo de construcción. Yo trataba de imaginarme cómo sería. Aún recuerdo mi sobrecogimiento cuando lo vi por primera vez, tan alto y hecho de ladrillo. Todavía hoy, 50 años después, continúa siendo el edificio más alto de la ciudad. Tiene 13 plantas, pero como el 13 da mala suerte, decidieron llamar a la primera planta “galería” y pasó a tener 12. Sin embargo, incluso así ha sido escenario de numerosas tragedias, tal como cuento en el libro. Es como si quien lo diseñó con trece plantas hubiera intuido algo de lo que iba a ocurrir en él, como si alguien hubiera enterrado un mal augurio en sus cimientos.

La convivencia tan estrecha se convirtió en un arma mortal, porque durante la guerra una información que tenías sobre tu vecino de otra nacionalidad podía costarle la vida

¿Cómo recuerda su infancia en ese rascacielos? ¿Notaba algún atisbo de animadversión entre nacionalidades?
Vivir allí fue como un cuento de hadas. Éramos chavales que proveníamos del mismo ambiente proletario y enseguida nos reconocimos entre nosotros. Además, la distribución de los apartamentos era tal que, en cada planta, había un serbio, un croata y bosniaco, así que, según la costumbre en Bosnia, nos visitábamos unos para felicitarnos las respectivas festividades religiosas: las Navidades católica y ortodoxa, el final de Ramadán, etc. Después esa misma convivencia tan estrecha se convirtió en un arma mortal, porque durante la guerra una información que tenías sobre tu vecino de otra nacionalidad podía costarle la vida. O podías cobrarte cuentas pendientes, aunque fuesen nimiedades: “¿Te acuerdas de aquella bici que me estropeaste aquella vez? Pues ahora te doy una paliza o te mato”. Últimamente leo mucho sobre el Holocausto en Ucrania, en la Segunda Guerra Mundial, de donde viene parte de mi familia, sobre cómo en Kiev la gente cambió de la noche a la mañana y eso desembocó en las masacres de Babi Yar. La gente cambió porque las personas corremos en pos de la seguridad, o en lo que instintivamente creemos que es la seguridad. No tiene que ser la nación, sino cualquier grupo donde nos sintamos entre los “nuestros”.

Al igual que sus padres, usted trabajó para la mina, en su caso en la de Omarska, que, tal como usted mismo ha explicado antes, luego sería un campo de concentración.

Mi padre estaba convencido de que trabajar en la mina era lo mejor que podía haber en el mundo, que una vez lograbas ser minero ya no podías aspirar a más. Terminé la Escuela Electrotécnica antes de cumplir los 18 años. Era verano, y los chicos nos bañábamos felices en el río Sana, pero un día mi padre llegó y me anunció, henchido de orgullo: “Tienes trabajo”. Me había encontrado un empleo en la mina de Omarska. Empecé allí como operario de una bomba de agua potable perdida en mitad del bosque. Pasaba el día solo en una cabaña junto a la bomba, que extraía el agua de una profundidad de 20 o 30 metros. Mi función era estar sentado oyéndola funcionar y, en caso de avería, llamar por teléfono a la central para que enviaran a alguien a repararla. No había nadie en cuatro o cinco kilómetros a la redonda, así que pasaba bastante miedo, pero me llevaba bolsas llenas de libros y me dedicaba a leer durante horas mientras la bomba rugía. Puedo decir que leí todo Dostoievski con 18 años en el turno de noche como operario de bomba en Omarska.

Luego también hizo de electricista.

Era algo que únicamente había estudiado porque mi padre me apuntó para que consiguiera un trabajo en la mina. Cuando yo le insistía en que quería ser escritor, me contestaba que no dijera sandeces, que pudiendo trabajar en la mina cómo iba a querer ser otra cosa. Luego estudié teatro en las academias de Banja Luka y Zagreb, pero a mi padre todo eso le parecían minucias en comparación con la posibilidad de ser minero: “Niño, tenlo presente: la mina es Dios”. Empecé a trabajar como electricista en unas oficinas, pero los ingenieros solo tardaron dos o tres días en darse cuenta de que no tenía la más mínima idea de electricidad y me mandaron a un rincón a dibujar esquemas. Uno incluso me aconsejó: “Darko, ni se te ocurra trabajar de verdad como electricista, porque te electrocutarás o le prenderás fuego a la mina”. Así que dibujaba los esquemas de marras y les llevaba café. Como sabían mucho sobre su especialidad, pero solo sobre eso, empezaron a preguntarme sobre literatura y filosofía, y empecé a hablarles de Sartre, Dostoievski y Tolstói. Eran un serbio, un bosniaco y un croata, pero jamás noté entre ellos la más mínima tensión nacional. Cuando la mina de Omarska fue transformada en campo de concentración, en el hangar sobre el que estaban esas oficinas fueron encerrados cientos de prisioneros.

¿Cuándo comprendió que la clase obrera había traicionado al socialismo y a Yugoslavia?

No me di cuenta hasta que sonó el primer disparo. En febrero de 1992 mi hermano tuvo que ir a hacer el servicio militar a Sarajevo. Mi padre le aconsejó que fuera, y eso que ya había guerra en Croacia a la que iban como voluntarios muchos jóvenes de Prijedor. Cuando le sugerían la posibilidad de que estallara la guerra también en Bosnia, mi padre contestaba: “Aquí eso es imposible”. Total, que cuando mi hermano se marchó a Sarajevo lo fue a despedir todo el rascacielos rojo: serbios, croatas y bosniacos. En abril de 1992, las tropas serbias depusieron a las autoridades de Prijedor y tomaron el poder. De repente los bosniacos y los croatas del rascacielos tenían que enseñar el documento de identidad para entrar en su propio edificio. Luego, una pequeña unidad bosniaca de un centenar de hombres trató de hacerse con el control de la ciudad y, al fracasar en el intento, el Ejército serbio inició una limpieza étnica sistemática. Un día vi cómo fusilaban a gente frente al rascacielos rojo y perdí los papeles. Corrí hacia mi padre increpándolo: “Pero ¿que estáis haciendo los serbios?”. Mi padre me dio una bofetada no porque estuviera ofendido, sino para que me calmara, para que me diera cuenta de que mi madre era croata y eso nos ponía en riesgo; de que la situación era grave y de que había que mantener la serenidad.

¿Cuáles fueron sus experiencias durante la guerra?

Mi padre y yo, como el resto de serbios, fuimos movilizados, pero como él ya era mayor no lo enviaron al frente, sino a vigilar puntos de control en la ciudad, y a mí con él. Hasta que un día nos recogieron en autobús y nos dijeron que nos llevaban a un punto de control a hacer una guardia. Pero lo que ocurrió fue que, cuando salí del bus, me encontré un campo de concentración para no serbios donde, entre otros, estaban presos amigos míos de la escuela. Comprendí al instante que la historia se repetía, porque en la Segunda Guerra Mundial mi abuelo y mi tío paternos habían sido asesinados en un campo de concentración. Pero yo ahora estaba en el otro lado del alambre de espino, con los guardias. Luego unos soldados borrachos me ordenaron que buscara a alguien que supiera degollar un cordero porque lo querían asar. Pregunté entre los cautivos y se ofreció un joven, hijo de un carnicero. Yo lo conduje hasta los soldados y me fui a casa. Al día siguiente, cuando nos volvieron a llevar al campo, lo encontré degollado en un maizal. En ese instante todo mi mundo se desmoronó y sufrí una crisis nerviosa. Me fui del ejército y, todavía no sé por qué, los militares no me buscaron. Me volvieron a admitir en el teatro donde trabajaba como actor antes de la guerra, y en ese teatro he estado hasta hoy.

Ha contado esta estremecedora historia en uno de sus libros, Por qué duermes en el suelo (Što na podu spavaš, Buybook, 2020), e incluso, en su adaptación teatral, se interpretó a sí mismo conduciendo sin saberlo a ese joven a la muerte. ¿Cómo fue esa experiencia?
Kokan Mladenović, uno de los principales directores de teatro de Yugoslavia, hizo una adaptación de El rascacielos rojo y nos enamoramos intelectualmente. Me pidió si podía actuar en Por qué duermes en el suelo, pero me dijo que solo sería pasar un par de veces por el escenario durante la función como recurso metateatral. Sin embargo, me fui dando cuenta de que mi papel tenía cada vez más peso, de que tenía que estar todo el rato sobre el escenario llamando a los actores según la escena que se fuera a representar y, al final, Kokan me pidió que representara lo ocurrido. Había ensayos en los que me resultaba imposible, porque no veía la cara de mi compañero de reparto, sino la del chico degollado en el maizal, y entonces Kokan lo paraba todo y me llevaba a tomar una cerveza para que me calmara. Me decía: “Llegará un día en que veas la cara del actor y no la del chico del maizal, y entonces te habrás curado”, pero eso no sucedía. Después de una cincuentena de funciones en las que yo terminaba exhausto, una noche al llegar la escena en que le daba la vuelta al cadáver del chico no vi la cara de aquel hijo de carnicero, sino la de mi compañero de reparto. Me entraron ganas de darle un beso en la boca.

A menudo me pregunto hasta cuándo escribiré sobre la guerra, pero es que en Bosnia es imposible escribir sin que la guerra o sus consecuencias aparezcan de una forma u otra

Vuelve una y otra vez al tema de la guerra. ¿Por qué y hasta cuándo?

Mi madre tiene Alzheimer, y a veces me pregunto si nace de su conciencia, que se defiende y trata de olvidar lo que ocurrió. En cualquier caso, yo he cogido el camino opuesto: lo escribo todo, porque no sé si algún día lo olvidaré y no quiero. Cuando mi familia se marchó a los Estados Unidos, es decir, se puso a salvo, y tras casarme y convertirme en padre, decidí que había llegado el momento de afrontar todo lo sucedido y contar esas historias. No se trata tanto de contarlas todas, porque es imposible, pero sí de plantear algunos temas cruciales para que, dentro de 20 o 30 años se pueda hablar con franqueza sobre ciertas cuestiones. A menudo me pregunto hasta cuándo escribiré sobre la guerra, pero es que en Bosnia es imposible escribir sin que la guerra o sus consecuencias aparezcan de una forma u otra. Después de la Primera Guerra Mundial tuvimos la Segunda, y luego la de los 90. No hay ninguna generación cuya vida haya transcurrido sin verse afectada por la guerra. Por eso, de Ivo Andrić en adelante, el tema de la guerra está presente en todos los autores balcánicos, incluido yo.

¿Cómo es seguir viviendo en el rascacielos rojo, siendo un lugar donde han ocurrido tantas cosas terribles?
Creo que tengo el deber moral de vivir donde transcurren mis historias. Es el escenario de mi infancia, de mi literatura, de mi amor y de mi vida. Abandonarlo ahora después de todo lo ocurrido sería una traición. Hace poco estuve en un festival literario en Polonia y el presidente del jurado me preguntó por qué seguía viviendo en el bloque. Yo me acordé del gran escritor polaco Bruno Schulz, quien en la Segunda Guerra Mundial se quedó en el gueto de Drohóbych hasta que ya no pudo salir y, al final, fue asesinado de un tiro por un oficial nazi. Le respondí: “Quizás soy como Bruno Schulz y estoy esperando mi bala”. Observo cómo el lugar cambia, cómo desaparece el jardín de Taib sobre el que hablo en el libro, cómo de su manzano podrido ha brotado un nuevo bloque, y esta observación de cómo cambia mi mundo alimenta mi literatura. Además, mis amigos del rascacielos, que están todos fuera, a veces vuelven y me dicen: “Colega, si volvemos es por ti”. Soy como un punto de anclaje para ellos. Cuando vienen y vamos a tomar una cerveza o a comer, se me abre el alma.

Hay un señor ya mayor de lo más agradable que siempre saluda: “¿Cómo está, vecino? Que le vaya bien el día”. Y yo en la guerra lo recuerdo como un monstruo con rifle que causaba verdadero terror

En Prijedor ocurre a menudo que perpetradores y víctimas se cruzan por la calle. ¿Hay antiguos perpetradores en su edificio?

Sí, y es asombroso ver cómo los humanos pasan de ser conejitos inofensivos a monstruos y luego vuelven a ser conejitos inofensivos. Hay un señor ya mayor de lo más agradable que siempre saluda: “¿Cómo está, vecino? Que le vaya bien el día”. Y yo en la guerra lo recuerdo como un monstruo con rifle que causaba verdadero terror. También está un personaje del libro, el operario de excavadora en la mina que se dedicaba a derruir las casas musulmanas de Prijedor. Un día subimos juntos en el ascensor, justo cuando acababa de publicarse la novela. Teníamos que ir hasta el noveno piso y, mientras subíamos, me dijo: “He leído lo que has escrito”. Yo pensaba que iba a apretar el stop para darme una paliza, pero solo añadió: “Es muy bueno. Y has hecho bien en mencionar a varios vecinos que ya no están”. No sé si le hacía ilusión formar parte de algo o es que estaba intentando que lo metiera también en mi siguiente libro [se ríe].

Usted es de padre serbio y madre croata, tuvo la experiencia que ha relatado en el campo de concentración, escribe desde un lugar mayoritariamente serbio acerca de crímenes perpetrados por el bando serbio... Por otra parte, ha contado que algunos bosniacos, incluso amigos suyos, le han acusado de haberse hecho famoso a partir de su tragedia. ¿Cómo definiría su posición en la Bosnia actual?

En las guerras civiles a veces te encuentras en la posición de víctima y otras, en la de verdugo. Ambas son intercambiables: en el mismo año puedes pasar varias veces de una a la otra. Lo que yo quería hacer en El rascacielos rojo era escribir sobre la tragedia de unas personas no porque fuesen bosniacos, sino porque eran mis vecinos. A los serbios de aquí no les gusto porque les recuerdo lo que ocurrió, y me ignoran por completo. En Croacia tampoco me aprecian porque, aunque mi madre es croata, mi padre es serbio. En Serbia ocurre lo mismo, porque al escribir uso la variante croata de la lengua. En la entrega del premio polaco Angelus, el resto de finalistas tenían una embajada que les había pagado el viaje, los gastos, etc., y su embajador asistía al acto. Yo estaba allí, con la bandera bosnia detrás, solo. Así que, al final, te encuentras con que no estás en ningún lugar, ni eres de nadie. Pero para un escritor esta es una buena posición, e incluso diría que es una posición ética.

[Foto: Ana Bogišić.- fuente: www.elsaltodiario.com ]

segunda-feira, 23 de fevereiro de 2026

El Thyssen propone habitar el silencio y la calma de Hammershøi

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza acaba de abrir ‘El ojo que escucha’, la primera gran retrospectiva en España dedicada a Vilhelm Hammershøi, pintor danés que desarrolló su trabajo a lo largo del último tercio del siglo XIX y el primer quindenio del XX, cuya extensa obra fue ampliamente reconocida en vida, pero que se vio abocada al ostracismo tras la Primera Gran Guerra y que solo ha vuelto a recuperarse desde hace algunos años relacionando su trabajo con otros maestros del pasado, como los holandeses del siglo XVII y las grandes figuras de las vanguardias históricas europeas. Es el silencio el elemento alrededor del que se articula y estructura, dotándola de coherencia, la obra de este artista escandinavo, silencio que llena los espacios vacíos, los interiores domésticos, las ciudades y los paisajes. Y esta propuesta del Thyssen sí que es inmersiva de verdad: nos propone alejarnos de tanto ruido y espectáculo hueco, y habitar el silencio y la calma de Hammershøi. 

Vilhelm Hammershøi. ‘Una habitación en la casa del artista en Strandgade, Copenhague, con su mujer’, 1902. National Gallery of Denmark, Copenhague.

Escrito por Javier (los díez)

Con una paleta cromática reducida (grises, cremas, negros y ocres) y un limitado repertorio de temas (interiores, espacios urbanos, paisajes y algunos retratos), Hammershøi fue capaz de crear un mundo propio y reconocible; tal vez sean sus habitaciones, comunicadas unas veces, acotadas otras por puertas, abiertas o cerradas, o dotadas de ventanas que más que incitar a mirar por ellas funcionan como tamices que filtran la luz que llega desde el exterior, su sello de identidad más reconocible. Como anécdota, comentar que tanto puertas como ventanas están siempre pintadas en un blanco roto que muy bien podría coincidir con el que la empresa Pantone ha designado como color del año 2026, el Cloud Dancer, describiéndolo como “un blanco elevado que se lee como un soplo de aire fresco y está impregnado de una sensación de serenidad”, o bien como “un susurro de tranquilidad y paz en un mundo ruidoso”.

El desconocimiento general que de su obra se tiene en nuestro país, paliado solo en parte gracias a la exposición Hammershøi i Dreyer celebrada en el CCCB de Barcelona en 2006 y en la que se vinculaba la obra del pintor danés con la de su compatriota el director y guionista Carl Theodor Dreyer –cineasta que indagó en el misterio íntimo de la existencia, el silencio y la duda–, contrasta con la profusa presencia que tienen sus pinturas en escaparates y mesas de novedades de nuestras librerías. Son sus interiores motivo recurrente en multitud de portadas, como si esos espacios domésticos, habitados por el vacío y el misterio, funcionasen, por la atracción que emanan, como una invitación a ser ocupados y transitados, convirtiendo las puertas y ventanas en ellas representadas en los umbrales que se nos invita a atravesar para llegar al interior del libro que anuncian.

Al título de la exposición, El ojo que escucha, yo le añadiría un anexo, el silencio que se oye, que resume, en mi opinión, la esencia del trabajo de Hammershøi, de tal modo que al efecto sinestésico del título original, que vincula los sentidos de la vista y el oído, se añade el de la contradicción que enfrenta la ausencia de sonido alguno con la capacidad de este de ser percibido, poniendo de manifiesto la afirmación de Miles Davis según la cual “el silencio es el ruido más fuerte, quizá el más fuerte de todos los ruidos”.

Es el silencio, creo, el elemento alrededor del que se articula y estructura, dotándola de coherencia, la obra de este artista escandinavo, silencio que llena los espacios vacíos, los interiores domésticos, las ciudades y los paisajes campestres en los que la ausencia de la figura humana, salvo la ocasional de su esposa Ida, crea escenarios enigmáticos, pero no inquietantes, sigilosos pero no amenazantes, ambientes que con su quietud y mutismo incitan al espectador a ocuparlos.

Por ello, invitaría al posible visitante de esta exposición a que no se conforme con verla, recorrerla o contemplarla, a que se olvide de las cartelas, a que ignore el título de las obras, su técnica, propiedad y procedencia, a que se olvide incluso de la autoría de los cuadros que tiene delante, y por lo que más quiera, a que no los fotografíe y mucho menos a que se haga un selfie con ellos –máximo desprecio que puede hacerse a una obra de arte precisamente al darle la espalda–. Invitaría a penetrar en ella hasta llegar a habitarla, a traspasar sus umbrales, transitar sus pasillos y a mirar a través de sus ventanas, a recorrer sus calles y arquitecturas y a caminar por sus campos. Invitaría al posible visitante, frente a un hábitat hostil en el que el ruido, el griterío y el escándalo inundan nuestras vidas, y en el que las consignas, los bulos y los eslóganes, difundidos –no desde ubicuos altavoces como sucedía en las novelas de Milan Kundera–, sino desde los que paradójicamente se hacen llamar dispositivos personales de comunicación, invaden nuestra misma privacidad, a refugiarse en este oasis de quietud, calma y sosiego. Invitaría a enfrentarse al vacío, a la soledad que habita sus estancias, convirtiendo esta exposición no meramente en una experiencia perceptiva, sino sobre todo vivencial, haciendo de la misma una travesía por la cartografía más íntima de la existencia humana.

Vilhelm Hammershøi. ‘Puertas abiertas’, 1905. The David Collection, Copenhague

Vilhelm Hammershøi. ‘Interior, mujer vista de espaldas’, hacia 1904. Kunstmuseum, Randers

Solo habría una objeción o simplemente un aspecto que podría haber hecho de la visita a esta retrospectiva una experiencia plena; siendo como es habitual en las exposiciones que presenta el Thyssen, el cuidado de todos y cada uno de los detalles de su montaje, tal vez haya pasado desapercibido para sus organizadores un factor que en otras circunstancias resultaría secundario, por no decir irrelevante; mientras que para su contemplación es suficiente mantener una mirada concentrada y atenta en la obra que tengamos delante para así abstraernos del entorno visual circundante, del ruido, o simplemente incluso del murmullo atenuado que el propio público genera, dicho aislamiento es imposible, al menos de manera voluntaria. Para esta exposición hubiese sido interesante y conveniente haber proporcionado a los visitantes que así lo hubiesen solicitado unos auriculares que en esta ocasión no funcionasen como audioguías, sino que contasen con un canal que permitiese la audición de un ruido blanco, de un silencio que, aislándonos del entorno sonoro, nos proporcionase una comunión íntima con la obra observada, convirtiendo la visita en una verdadera experiencia inmersiva, y todo ello sin necesidad de recurrir al casi olvidado y ya obsoleto metaverso o de la ubicua IA, simple y llanamente dejándonos guiar por los dos sentidos que mayor cantidad de información nos suministran, la vista y el oído, aunque en esta ocasión, este último, por omisión. Otra posibilidad –que yo ya he puesto en práctica– es la de acudir a esta muestra provistos de unos simples tapones antirruidos.

Sea como sea, no pierdan la oportunidad de contemplar la obra de  Hammershøi en directo, más allá de las portadas de los libros, y recuerden, si pueden, habitándola.

La exposición ‘El ojo que escucha’, de Vilhelm Hammershøi, organizada por el Museo Thyssen  en cooperación con la Kunsthaus Zürich, estará abierta hasta el 31 de mayo en Madrid. A partir de julio podrá verse en Zúrich. Comisariado de Clara Marcellán, conservadora de Pintura Moderna del Thyssen.


[Fuente: www.elasombrario.publico.es]