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sábado, 13 de junho de 2026

A RAE acolle a Álex Grijelmo, o gardián das palabras

O xornalista e escritor ocupará a cadeira ou, vacante desde a morte do arquitecto Antonio Fernández Alba 

Álex Grijelmo

Escrito por  Miguel Lorenci   

Álex Grijelmo (Burgos, 1956) será o novo titular dá a cadeira ou da Real Academia Española (RAE). O xornalista e escritor foi elixido na  sesión plenaria da Docta Casa celebrada este xoves. A súa candidatura, avalada polos académicos Juan Luis Cebrián, José Antonio Pascual e Salvador Gutiérrez Ordóñez, era a única que se votaba. Grijelmo ocupará a cadeira vacante desde o falecemento do arquitecto Antonio Fernández Alba en maio do 2024. Gardián das palabras e o bo uso da linguaxe nos medios, Grijelmo desenvolveu o groso da súa carreira profesional no diario O País. Foi responsable da redacción do pioneiro libro de estilo do rotativo nado fai agora medio século e no que foi redactor xefe de Madrid, Sociedade e Deportes. Doutor en Xornalismo pola Universidade Complutense, comezou a súa carreira no diario burgalés La Voz de Castela, para continuala na axencia Europa Press. Cursou o programa de alta dirección de empresas (PADE) na escola de negocios IESE. Impulsor de Fundéu, é un dos grandes defensores do bo uso da linguaxe nos medios. Foi director da cadea de xornais locais e rexionais do grupo Présa e director xeral de Contidos de présa Internacional.  

Desde o 2018 dirixe a Escola de Xornalismo UAM-O PAÍS. Entre o 2004 e o 2012 foi presidente da Axencia EFE, desde onde impulsou a creación en 2005 da Fundación do Español Urxente (Fundéu), hoxe asociada á RAE.   

Ensaios   

É autor de máis dunha decena de libros e ensaios sobre xornalismo e linguaxe, como 'O estilo do xornalista' (1997), 'Defensa apaixonada do idioma español' (1998), 'A sedución das palabras' (2000), 'A punta da lingua' (2004), 'O xenio do idioma' (2004), 'Palabras de dobre fío' (2015), 'Proposta de acordo sobre a linguaxe inclusiva' ( 2019) e 'Coa lingua fose' (2021).   

NA perversión do anonimato (2024) o seu último ensaio, denuncia os perigos do anonimato na internet. Coa filóloga Pilar García Mouton publicou Palabras moribundas (2011) e xunto ao académico da RAE e novelista José María Merino asinou 'A forza do español e como defendela' (2019). 

Discursos pendentes   

O pleno da RAE conta con corenta e seis cadeiras. A tricentenaria institución que «limpa, fixa e dá esplendor» ao noso idioma ten pendente a lectura do discurso de ingreso da filóloga Cristina Sánchez López, elixida para ocupar a cadeira p, vacante tras o falecemento de Francisco Rico. Tamén a do escritor hispanonicaragüense Sergio Ramírez, quen ocupará a cadeira L, da que fose titular Mario Vargas Llosa. 

[Imaxe: Mariscal | EFE - fonte: www.lavozdegalicia.es]

quinta-feira, 8 de maio de 2025

Llámalo equis

Quizás el genialoide Elon Musk oyó un día lejano esa expresión y ya se le quedó grabada para siempre

Retrato del hijo de Elon Musk, asesor de la Casa Blanca y CEO de Tesla y SpaceX, visto desde una ventana del avión Marine One del presidente de EE UU Donald Trump.

Escrito por Álex Grijelmo

Discutimos a veces sobre la denominación exacta de algo incluso cuando nos hemos puesto de acuerdo acerca del concepto que se desea nombrar. Y ante tal discrepancia, uno de los interlocutores termina diciendo: “Bueno, llámalo equis”. De ese modo, indica que no le importa tanto la palabra como el significado que los dos hablantes ya comparten.

El nombre de la letra constituye una rareza, porque no contiene el signo que refiere. Y como representa a la incógnita, suele venir bien para expresar algo que se queda en el aire.

–Tu amigo vuelve y vuelve al mismo tema hasta que logra lo que quiere. Es muy pesado.

–No, más bien es muy tenaz.

–Un obstinado, te lo aseguro.

–Yo lo veo como una persona muy constante.

–Bueno, pues llámalo equis.

No vale la pena discutir más en ese caso, puesto que los dos interlocutores están de acuerdo en que la persona de quien hablan suele mostrarse insistente, ya se vea eso como una virtud o como un defecto insoportable. Además, conforme señala el Diccionario del Español Actual dirigido por Manuel Seco, la puede referirse a algo que no interesa especificar.

Quizás el genialoide Elon Musk oyó un día lejano esta expresión y se le quedó grabada para siempre, porque a uno de sus 12 hijos, que ahora tiene cuatro años, le puso por nombre X. ¿Cómo llamaré a mi nuevo hijo?, se preguntaría él. ¿Le llamo Elon? ¿Le llamo Donald? “Llámalo equis”, oyó a lo mejor. Y lo hizo.

Se supone que X funciona para ese niño como nombre de pila, el que usarán sus compañeros de colegio a fin de reclamarle que les pase el balón durante un partido; porque el nombre completo, ya con apellidos, es X Æ A-12.

Luego, en 2023, Musk extendió la marca del niño a la compañía que había comprado el año anterior por 44.000 millones de dólares: Twitter. ¿Esta red social es un medio de comunicación, es un medio informativo, es una plataforma, es el reino de las calumnias anónimas, de los bulos impunes? Llámala equis, le dirían. Y también lo hizo. El magnate sustituyó así el nombre Twitter y el pajarito azul por una tétrica letra X de trazo blanco sobre fondo oscuro, que, aislada, carece de referentes notorios salvo en el cine porno y en las matemáticas. De ese modo se daba el capricho de desahogar su obsesión con tal signo, que también ha usado para su empresa SpaceX.

Y con esta decisión sobre la marca de la red social, Musk ha planteado un problema léxico a todo el mundo mundial, como un arancel propio suyo. A partir del nombre Twitter (que en inglés se interpreta como “trinar”, “gorjear” o “piar”, de ahí el pajarito) se habían creado como referencia a los mensajes el sustantivo tweet y el equivalente “tuit” en español, con su plural “tuits”; y con la más cabal traducción “trino” y “trinos” en Colombia. No hay duda de que se trataba de una empresa muy adecuada para Musk, que tiene la cabeza llena de pájaros. A lo mejor por eso le cambió el nombre: para disimular.

El caso es que ahora deberíamos replantearnos el sustantivo que designa cada mensaje emitido en esa red, pues ha cambiado la palabra de referencia. ¿Podemos seguir hablando de trinos cuando ha desaparecido el pájaro? ¿Mantenemos el sustantivo “tuit” que se ha venido empleando hasta ahora? ¿Lo adaptamos al nuevo nombre de la plataforma?

Ante esta cuestión metódica, sin duda apropiada y consecuente, ya me estoy imaginando la visionaria respuesta de Musk:

“No te preocupes, llámalo equis”.


[Foto:Samuel Corum (EPA / EFE)  - fuente: www.elpais.com]



quarta-feira, 16 de abril de 2025

Ucranio y ucraniano, de nuevo

De Estonia, estonio; de Armenia, armenio; de Macedonia, macedonio; de Bosnia, bosnio; de Caledonia, caledonio

Las portadas de la prensa británica con la noticia de la invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022.

Escrito por Álex Grijelmo

Los periodistas de hoy en día se sienten mejor si se ven arropados por la corriente general que si se desmarcan libremente de ella. Por eso tienden a otorgar mucha importancia a los usos mayoritarios del lenguaje y se pliegan a ellos frente la posibilidad de hacer algo distinto pero también razonable. (De esto último suele surgir el estilo diferenciado; la personalidad propia que se manifiesta a través de la palabra). En eso el periodismo de hoy vive un espíritu contrario al que ejerció la generación anterior.

Tan extendida tendencia se manifiesta por ejemplo en la presión actual por escribir “ucraniano” y no “ucranio”, pese a que esta forma es válida también y más antigua, y aunque la otra derive de traducciones irreflexivas del inglés y del francés (ukrainian ukrainien) aplicadas por quienes al manejar los teletipos de las agencias internacionales desconocían la existencia previa de “ucranio”.

Volvemos tres años después sobre este asunto, a cuenta del rebrote de una vieja polémica que ya aparecía en la revista Noticias de Actualidad allá por el 1 de enero de 1959.

Entre los periodistas, los defensores de “ucraniano” se suelen apoyar en las quejas de algunos lectores frente a la opción “ucranio”, sin reparar en el sesgo de atención a la protesta: los disconformes con algo levantan la voz, mientras que quienes están de acuerdo se callan porque no ven motivo para reclamar. Por tanto, no se debe tomar como medida demoscópica un número de protestas si no se puede comparar con el número de conformidades.

Cuando nació EL PAÍS, en 1976, el único gentilicio de Ucrania que figuraba en el Diccionario académico, desde 1925, era “ucranio”, que antes ya se había citado en el Catálogo de las lenguas de las naciones conocidas, de 1802, de Lorenzo Hervás; y en el diccionario de la imprenta madrileña Gaspar y Roig en 1855, además de en el diccionario de la Dirección de Telégrafos, en 1858, entre otros muchos testimonios de uso.

La novedad “ucraniano” no la incluye la RAE hasta 1984, si bien seguía recomendando “ucranio”. En ese contexto, el Libro de estilo de EL PAÍS adopta “ucranio”, opción que mantiene hoy. Una de sus ventajas reside en el menor número de letras, lo cual facilita cuadrar los titulares. Y cuenta con la analogía de gentilicios europeos formados a partir de topónimos que terminan en -nia: de Estonia, estonio; de Armenia, armenio; de Macedonia, macedonio; de Bosnia, bosnio; de Caledonia, caledonio; de Ausonia, ausonio…

Ahora bien, desde 1992 las academias recomiendan (que no ordenan) “ucraniano”, por su mayor difusión; sin que por ello rechacen el gentilicio tradicional en español.

Pero la regla de los usos mayoritarios implica ciertas consecuencias contrarias a un estilo periodístico coherente. Así, no procedería ya escribir “Oriente Próximo” como se impuso EL PAÍS, sino “Oriente Medio” (Middle East), opción más extendida en los diarios por influencia estadounidense. Y se habría de adoptar “el cóvid” frente a “la covid”, cuando en este acrónimo la letra representa a disease –en inglés “enfermedad”–, la palabra básica para el género de la sigla en español. Y así deberían sucederse otras decisiones que podrían acabar con la personalidad distintiva de quien las asumiese y, de paso, con la precisión, la cohesión y la riqueza de la lengua cultivada.

Optar por “ucraniano” sería legítimo, claro. Pero el argumento aportado muestra el actual vértigo periodístico de hablar en minoría, que aboca a dejarse llevar siempre por la corriente sin nadar ni razonar de vez en cuando contra ella. Y a veces, sin siquiera razonar a favor. 

 

[Foto: Jeff J Mitchell (GETTY IMAGES) - fuente: www.elpais.com]

domingo, 16 de fevereiro de 2025

Órdenes ejecutivas, pues claro

Nadie piensa que esas órdenes de Donald Trump se han dictado para que no se ejecuten, salvo que un milagro nos salve de ellas

El presidente de EE UU Donald Trump se dirige a los periodistas que le acompañan en el Despacho Oval de la Casa Blanca mientras firma órdenes administrativas este 10 de febrero.

Escrito por Álex Grijelmo

Donald Trump se hinchó a firmar papeles nada más tomar posesión. El rango legal en inglés de sus disposiciones se denomina executive orders, lo cual hizo que cientos de periodistas se apresuraran a traducirlas como “órdenes ejecutivas” sin mayor reflexión. Y así se ha publicado repetidas veces durante días y días. De acuerdo, el nuevo presidente de Estados Unidos va muy deprisa y hace falta escribir a toda velocidad sobre cada asunto en el que se empecina, pero estuvimos más de dos semanas leyendo eso de las órdenes ejecutivas, primero con los anuncios y luego con las consecuencias. Y también con el goteo posterior, como la “orden ejecutiva” destinada a sancionar al personal del Tribunal de La Haya que hubiese participado en causas contra Estados Unidos. Y digo yo que en algún momento podía pararse alguien a pensar qué se está diciendo con esa expresión.

 

En español todas las órdenes son ejecutivas. Si me permiten la broma, son ejecutivas incluso las órdenes religiosas, que suelen mandar mucho. Por ejemplo, los sacerdotes primero son ordenados y luego ya podrán ordenar.

 

El orden está pensado para eso, para que se siga y se reproduzca; sobre todo si se trata del orden establecido. El orden incumplido ya no es un orden, sino un batiburrillo.

 

Chanzas aparte, entre las muchas acepciones de la palabra “orden” la que aquí nos concierne más específicamente, por tratarse sin duda del tipo de órdenes que firmó Donald Trump, queda definida de este modo en el Diccionario académico: “Mandato que se debe obedecer, observar y ejecutar”.

 

Y en efecto, cuando alguien dice “esto es una orden” está mandando que se haga algo; o sea, que se ejecute su voluntad así en la empresa como en el clero. Por tanto, todas las órdenes son ejecutivas, pues llevan dentro de sí la intención de ejecutarse, al margen de que luego se ejecuten o no.

 

En el caso de Trump, seguramente nadie piensa que las haya dictado para que no se cumplan. Así que serán ejecutivas en cualquier caso, salvo que un milagro nos salve de ellas.

 

En español se puede hablar de esas órdenes como “decretos”, pues en su definición encaja bien el acto acometido —y en cierta forma cometido— por Trump: “Decisión de un gobernante o de una autoridad, o de un tribunal o juez, sobre la materia o negocio en que tenga competencia”.

 

Pero si, por razones de rango jurídico, se desea esquivar ese término, podemos hablar de “órdenes administrativas”, diferentes de las órdenes judiciales pues se basan en las competencias de la Administración. (Entendiendo que en el sistema legal estadounidense no equivalen a las “órdenes ministeriales” de España, que son de menor rango). En definitiva, estamos ante instrucciones formales que el presidente dicta para que los organismos administrativos se pongan en marcha y cumplan con ellas.

 

La locución inglesa executive orders se refiere por tanto a que forman parte del ámbito de aplicación del poder ejecutivo, encabezado por el presidente del país. Pero al usar en español el calco “órdenes ejecutivas” se está señalando que hay órdenes que no lo son.

Ya tenemos suficiente con soportar a Donald Trump como para que encima se le traduzca mal.

 

[Foto: Alex Brandon (AP / LaPresse) - fuente: www.elpais.com]