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sábado, 9 de novembro de 2019

Cine de culto: « La planète sauvage »


Publicado por Emilio de Gorgot

En la era de Pixar, Ghibli y demás grandes estudios de animación, algunos espectadores pueden llegar a sentirse descolocados cuando comprueban que no disfrutan tanto como deberían de los largometrajes de dibujos animados que suelen recomendar sus amigos y conocidos, por lo general de manera entusiasta. Quizá seamos una minoría condicionada por algún tipo de defecto genético, pero he de admitir que —por citar algunos ejemplos— me costó un serio esfuerzo que no me venciera el sueño durante El viaje de Chihiro, y también que no recuerdo si llegué a cabecear con El castillo ambulante (aunque es posible que sí). O que Ratatouille y Wall-E me mantuvieron moderadamente entretenido (Wall-E durante la primera mitad, al menos) pero no despertaron en mí los mismos sentimientos de admiración que en sus devotos incondicionales, más allá de maravillarme con el nivel técnico de las animaciones propiamente dichas, eso sí. Tampoco suelo disntiguir entre términos como «manga», «anime», «hentai» y demás términos nipones que me suenan todos a nombre de planta de jardín. Sé que es un problema mío. Cada estilo de película tiene su público y los largometrajes de animación, por lo general, no suelen despertarme deseos de verlos una segunda vez, ya sean occidentales u orientales. No creo que se trate de una dificultad intrínseca de mi mente para aceptar los dibujos animados en sí, ya que incluso hoy sigo considerando ciertos cortos de Looney Tunes como algunas de las más grandes piezas de narrativa audiovisual jamás creadas. Véase por ejemplo Feed the Kitty, la pequeña obra maestra de Chuck Jones, que justamente podría formar parte de los temarios en las escuelas de cine. Pero confieso que acostumbro a necesitar ver objetos reales filmados —me gusta el concepto de fotografía— y sobre todo actores que aporten sus matices, o su carisma, a los personajes.
Pero, naturalmente, hay excepciones. Un buen día alguien me recomendó ver La planète sauvage, clásico de la animación que, entre otras cosas, ganó el premio especial del jurado en el festival de Cannes de 1973. Varios aspectos de la recomendación me llamaron la atención. Por un lado, que se trataba de una historia de ciencia ficción adulta en toda regla, nada de robots que se enamoran de otros robots ni historias amables para toda la familia. Por otro lado, que tenía una estética a medio camino entre las animaciones que Terry Gilliam hizo para Monty Pyhton, los dibujos psicodélicos de Yellow Submarine, la pintura surrealista y el cómic adulto europeo de los años setenta y ochenta. También que la música estaba compuesta por un pianista de jazz y era un interesante compendio de estilos vigentes por entonces. Cuando me dijeron todas estas cosas, supe que tenía que darle una oportunidad a esta película. Hoy no solamente me parece una película fascinante, sino que puedo volver a verla repetidas veces y sentirme  igualmente magnetizado.
La planète sauvage fue una coproducción franco-checoslovaca basada en la novela Oms en série, del escritor francés Stefan Wul. Estaba dirigida por René Laloux, quien se apuntó un considerable triunfo de crítica y público con este film (posteriormente adaptó otra novela de Wul, aunque con menos éxito). El título en español es El planeta salvaje, aunque también existe en versión doblada al inglés, bajo el nombre de Fantastic planet.
La historia transcurre en el planeta de los Draag, una gigantesca raza alienígena que un día visitó la Tierra y se llevó consigo algunos seres humanos. Para los Draag, los humanos son diminutos como un pequeño ratón, carecen de inteligencia y de hecho los seres humanos ocupan en su planeta un estatus similar al que los ratones ocupan para nosotros en la Tierra. En aquel planeta, algunos humanos son adoptados como mascotas, porque domesticarlos se ha puesto de moda entre los Draag niños y adolescentes, como si fuesen hámsters. Pero el resto de humanos —la inmensa mayoría— viven en estado salvaje y son considerados una plaga. De hecho, los alienígenas efectúan desinfecciones periódicas en diversos lugares para intentar aniquilar a los humanos silvestres.
El asunto central en el argumento es, por tanto, la relación entre una raza que se considera la única dueña legítima de su planeta y unas pequeñas alimañas cuya activa presencia y facilidad para reproducirse les resulta molesta. Aunque en este caso las alimañas somos nosotros, los seres humanos. Lo cual nos obliga, como espectadores, a adoptar una nueva perspectiva sobre muchas de nuestras costumbres y sobre nuestra relación con los animales. Por ejemplo: cuando vemos a los niños Draag jugando con los humanos —a veces de manera cruel— porque los consideran meros animalillos sin cerebro, la película pretende hacernos reflexionar sobre el trato que nosotros damos a otras criaturas. Más ejemplares (y ejemplarizantes) todavía resultan las secuencias de “desinfección” en que los Draag limpian una zona de presencia humana, que recuerdan a lo que nosotros podríamos hacer para exterminar un hormiguero. De hecho, varias veces durante el film y de manera muy deliberada se equipara a los humanos con las hormigas. El contemplar a nuestra propia raza rebajada a la condición de alimaña prescindible sirve como perfecta metáfora de nuestra relación con el entorno natural y en el concepto que tenemos de nuestro propio planeta como de algo que nos pertenece solo a nosotros.
Aparte de esta lectura biológica o ecologista, la película tiene otra lectura, la social. Diferentes culturas están condenadas bien a entenderse o bien a exterminarse mutuamente, no hay término medio. Dado que las costumbres en La planète sauvage (tanto las de los Draag como las de los humanos) son sumamente exóticas, para el espectador resultan igualmente extrañas y no parece que unas sean esencialmente “mejores” que las otras: solo son distintas. No hay buenos ni malos, sino sencillamente ignorantes, tanto de un lado como del otro. Como hace tan a menudo la ciencia ficción, las creencias y valores son totalmente relativizados, mostrando un entorno ajeno a nuestra sociedad humana convencional en el que nuestras creencias tradicionales son puestas en evidencia. Cuando vemos que incluso los seres humanos pueden adoptar características alienígenas si nacen y crecen en un planeta alienígena, pero que eso no les hace menos humanos, nos preguntamos cuánto de nuestra propia cultura es sencillamente accesorio. Son solo humanos con un bagaje cultural diferente y el espectador se obligado a juzgarles bajo una perspectiva distinta. Así pues, se ve obligado a entender que no todo aquello que le resulte extraño o incomprensible ha de ser considerado amenazador.
De hecho uno de los aspectos más interesantes de la película es precisamente la descripción de esas costumbres y ritos alienígenas. A menudo se ha citado La planète sauvage como una “película psicodélica” y esto es cierto solamente a medias. Es una película con una narrativa normal que, eso sí es cierto, contiene algunas secuencias y elementos puramente psicodélicos, pero que no son el cuerpo central de la obra sino recursos puntuales. Estas secuencias son sobre todo las que hacen referencia al modo de vida de los Draag y humanos de aquel planeta, a sus tradiciones y comportamientos. Desde la extraña forma de alimentarse y meditar de los Draag, hasta los hipnóticos ritos sexuales de Draag y humanos, u otros ritos que a veces no logramos identificar, pero que resultan sumamente intrigantes y están representados con gran belleza visual. Las descripciones en La planète sauvage son un alarde de imaginación, a menudo presentadas en forma de visión psicodélica.
También los propios paisajes —de una seca teatralidad— y el muestrario de flora y fauna local del planeta son un alarde de agudo gusto por la quimera visual. Algunas de las especies animales que se nos muestran son muy impactantes, a veces incluso concebidas con humor y hasta con sarcasmo (como aquella extraña criatura que ríe constantemente y no sabemos por qué… hasta que vemos a que se dedica a cazar criaturas voladoras por el simple placer de matar, u otra que se dedica a poner huevos para después devorar a sus propios polluelos). El planeta de los Draag hubiese dado para bastantes más horas de metraje “documental”, porque cada espécimen es sumamente interesante en sí mismo. Pese a lo relativamente primitivo de la animación —contemplada desde la tecnología actual—, La planète sauvage presenta un microcosmos más original e imaginativo que el algunas películas actuales con sus despliegues de medios y su 3D.
El tono narrativo de la película es el propio de una novela de ciencia ficción y cualquier aficionado al género estará familiarizado con él. Nada de efectismos hollywoodienses —ni de, lo que sería probablemente peor, arrebatos sentimentalistas a lo japonés— sino una historia planteada de manera sencilla pero racional, en la que las ideas y la filosofía que hay detrás tienen más peso que los hechos puntuales y los personajes. Esto es, ciencia ficción racionalista al estilo de los clásicos literarios. No es exactamente ciencia ficción “hard”: no está fundamentalmente basada en conceptos científicos y la película contiene su pequeña cuota de elementos fantásticos. Pero estos toques de fantasía cumplen una función alegórica y poética —y desde luego también visual— más que una función argumental. No impiden que el argumento esté básicamente limitado a los cánones del género de la ciencia ficción, sin adentrarse en los terrenos de la fantasía pura. La planète sauvage es como el reverso intelectualizado de Avatar, es decir, el reverso de la aventura infantil camuflada de ciencia ficción sin serlo. Al contrario, es ciencia ficción ideológica disfrazada de aventura. Resulta interesante comparar ambas películas porque tocan temáticas similares desde perspectivas prácticamente opuestas. La planète sauvage no es una versión espacial de Pocahontas destinada a agradar al gran público ni tiene moralejas fáciles (excepto en el precipitado final de la película, quizá el único pero que se le puede poner a nivel narrativo, donde sí hay una moraleja explícita). En ella la aventura está supeditada a la filosofía y no a la inversa. Incluso los elementos fantásticos que citábamos suelen expresar conceptos o ideas, más que servir sencillamente de escape de la realidad. Naturalmente, al tratarse de una obra audiovisual existe un importante propósito artístico que no suele darse en la ciencia ficción escrita, y en determinados momentos el aspecto visual toma el timón sobre el narrativo, aunque siempre de forma breve. El film nunca se detiene demasiado tiempo en esteticismos contemplativos. No es, ni mucho menos, una película sin acción. De hecho resulta francamente entretenida.
Exactamente puede decirse lo mismo de su faceta poética, que huye de lo evidente y está más bien en segundo plano, desperdigada entre líneas, de una manera similar al Ray Bradbury de Crónicas Marcianas. Incluso podría decirse que de manera más inadvertida aún, pese a la adición de imágenes y música, que suelen tender a “ablandar” la ciencia ficción cuando es llevada al celuloide. Curiosamente, pese a tratarse de una película de dibujos animados —o quizá precisamente por serlo— La planète sauvage es más fiel al espíritu de la ciencia ficción clásica que muchos otros títulos cinematográficos.
La historia es relativamente sencilla —la vestimenta visual y musical es lo más barroco del film, mientras la acción u los argumentos suelen ser bastante directos— lo cual no implica que sea una obra intelectualmente simple. Contiene un argumento bastante lineal pero que tiene diversas lecturas y expresa ideas bastante más complejas de lo que parece a primera vista. También en este sentido tiene las características típicas de esa ciencia ficción clásica, en la que incluso relatos breves con arcos argumentales sencillos pueden dar pie a una miríada de interpretaciones.
Obviamente es una película que tiene ya varias décadas y hay algunos detalles que sitúan la película en la época en que fue producida, y no solo la tecnología empleada en la animación, sino la música, el enfoque casi freudiano de la simbología o una estética muy orgánica y pictórica, totalmente alejada de los alardes de hiperrealismo de las técnicas de animación modernas. Pero todo esto no hace que la película haya envejecido lo más mínimo: en todo caso, le confiere el encanto de lo “vintage”, el poder contemplar un modo de hacer animación y un estilo que puede haber pasado de moda en lo comercial, pero que sigue siendo tan artísticamente válido como el primer día. En definitiva, una película que no debe perderse ningún aficionado a la ciencia ficción. Ni tampoco, obviamente, ningún aficionado al cine de animación o incluso, por qué no, al arte en general.




[Fuente: www.jotdown.es]

domingo, 31 de março de 2019

The Man Who Killed Don Quixote


The Man Who Killed Don Quixote
España-Bélgica-Francia-Reino Unido-Portugal, 2018, 132′ 
Dirigida por Terry Gilliam
Con Adam Driver, Jonathan Pryce, Stellan Skarsgard, Olga Kurylenko, Joana Ribeiro, Óscar Jaenada, Jordi Mollà.

Algo esEscrito por Andrés Brandariz
M’an dicho que no hay sali’a / por esta calle que voy / M’an dicho que no hay sali’a / yo la tengo que encontrar / aunque me cueste la vida / o aunque tenga que matar.
“Y ahora, después de 25 años de hacer… y deshacer…” rezan las placas iniciales previas al comienzo de The Man Who Killed Don Quixote. La película maldita de Terry Gilliam, tras un accidentadísimo periplo, ha llegado a grandes y pequeñas pantallas. El resultado, para decirlo rápido y dar paso a otras cuestiones, no es demasiado memorable: como la mayor parte de la filmografía reciente del ex Monty Phyton, Quixote es derivativa, atolondrada, inconexa: demasiado carente de peripecias emocionantes para ser una película pura de aventuras y demasiado llana para ser una búsqueda erudita de resignificar la obra de Cervantes en la actualidad. Si el largo aliento de este proyecto no fuera tan conocido por cualquier cinéfilo, casi sería mejor no saberlo para poder juzgarla con menos dureza. 

De cualquier forma, hay razones para festejar su existencia. Ante todo, la victoria personal de Gilliam, que no puede excepto despertar simpatía a cualquiera que se haya aventurado en los desiertos estériles de la realización cinematográfica; el excelente casting de Adam Driver (reemplazando a Johnny Depp) y Jonathan Pryce (montando a Rocinante en lugar de Jean Rochefort) y John Hurt, a quienes se dedica la película; la memorable escena de cierre, que no solo clausura la historia con una nota muy alta (casi impropia del resto) sino que oficia de punto final a esta, cómo no decirlo, quijotesca empresa que Gilliam emprendió desde que leyera El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha por primera vez. 
En su versión 2018, The Man Who Killed Don Quixote es la historia de Toby Grisoni (Adam Driver), un hastiado director de publicidades que vuelve a España a filmar luego de muchos años. El rodaje enfrenta múltiples inconvenientes, en un guiño a los infortunios registrados en el documental Lost in La Mancha (2002, Keith Fulton y Louis Pepe), a los cuales se suma el evidente desinterés de Grisoni. Durante una cena con el grupo de marketing, Toby se reencuentra, a través de un misterioso personaje que vende DVD’s truchos (Oscar Jaenada, más conocido en estas pampas como el deleznable Luis Rey de la serie de Luis Miguel), con la tesis de su escuela de cine, que filmó la última vez que visitó esas tierras de La Mancha. La película, en blanco y negro, rodada en fílmico y atiborrada de espectaculares planos en contrapicado, resulta otro guiño más de Gilliam hacia un cineasta tanto o más quijotesco que él: ni más ni menos que Orson Welles, quien filmó intermitentemente una versión del relato de Cervantes, que pasó a integrar la colección de sus proyectos inconclusos. 

El reencuentro con su tesis, recuerdo de una época en la cual estaba lleno de emoción por filmar, mueve a Toby a interesarse por los actores de aquella vieja película: pobladores de La Mancha sin experiencia en actuación, que él eligió dirigir en otro gesto estudiantil: un zapatero (Pryce) interpretó a Don Quijote y una joven de quince años (Joana Ribeiro) a Dulcinea. Toby encuentra a su protagonista, para descubrir una alarmante verdad: desde aquel rodaje, el zapatero se ha vuelto loco, cree realmente ser Don Quijote e identifica a Toby como su Sancho. A regañadientes, el cínico director emprende un absurdo periplo al lado de su chiflado protagonista. En ese camino se reencontrará, de a poco, con un sentido del honor y el compañerismo que había perdido por completo. 
Hay, en esta versión de la historia, cierta cuota de autorrevisionismo. A algunos elementos ya remanidos del cine dentro del cine (el arranque como una película que luego se revela como tal, la repetición de situaciones de manera idéntica con la intención de asemejar vida y cine) se suma una veta más introspectiva. En varias escenas en las cuales Toby se enfrenta a sus propias irresponsabilidades y su carácter de vendedor de humo: fue su insistencia en convertir en actor a un hombre que no lo era lo que enloqueció al zapatero; sus falsas promesas de estrellato perjudicaron la vida de Angélica, propinándole decepciones varias. En complemento del relato ligero de aventuras que propone, The Man Who Killed Don Quixote es una película sobre el daño colateral que el cine (y los cineastas), provocan en lo que los rodea; a veces evitable, a veces propio de una obsesión que puede convertirse en locura. El sugerente final desliza que abrazar esa obsesión quizás sea la única forma de entender al Quijote y perpetuar su legado, su inmortalidad; el legado de los que están dispuesto a todo en pos de la aventura, más allá de toda razón. 


[Fuente: www.perroblanco.net] 

quarta-feira, 6 de junho de 2018

Terry Gilliam: “Si el humor muere, será el final de la civilización”

El director británico clausura Cannes con su anhelado proyecto 'El hombre que mató a Don Quijote', al que ha dedicado dos décadas de su vida 

   Terry Guilliam el pasado mes de marzo en París

Escrito por GREGORIO BELINCHÓN 
El viaje ha acabado. Terry Gilliam (Minneapolis, 1940) ha cabalgado contra tormentas y huracanes, aviones de la OTAN, enfermedades de sus actores, productores que se escapaban sin poner el dinero, demandas judiciales y rumores de ictus. Pero finalmente El hombre que mató a Don Quijote clausura mañana sábado el festival de Cannes y el cineasta, que durante estas dos décadas de frustrantes intentos parecía sufrir él también el síndrome Alonso Quijano (al volverse loco en el intento de adaptar una novela de caballerías), sonríe. Nunca ha dejado de hacerlo en 20 años, pero ahora su risa suena más clara, sin matices. Y su mejor reflejo es el cartel con el que empieza la proyección de su película: "Y ahora, después de más de 25 años haciendo... y deshaciendo: un filme de Terry Gilliam".
En un encuentro con la prensa española en Cannes, Terry Gilliam se sabe el rey del momento. Esta misma mañana ha logrado su segunda victoria judicial contra el productor portugués Paulo Branco. Mañana, a la vez que se proyecta en el festival, se podrá estrenar comercialmente su Quijote en Francia. Esto, unido a que hace diez días la justicia también rechazó la demanda de Branco para que la película no se viera en Cannes, ha mejorado mucho el humor de Gilliam. "Estoy bien, de verdad, mi salud está estupenda, relax. Estoy encantado con el festival, porque ha apostado fuerte y protegido la película de los ataques de mi amigo portugués. Yo iba a enseñar la película de una manera o de otra en el certamen”.
¿Ha merecido la pena tamaño esfuerzo, que incluyen dos rodajes, un ristra de actores contratados y dos protagonistas fallecidos? "Probablemente, la única cosa buena que me pasa es que no tengo memoria, olvido todo lo malo y solo recuerdo lo bueno. Por eso he seguido haciendo películas”. A Gilliam ni le preocupan las críticas de su sacrosanto esfuerzo. "No, porque yo he escrito la mayoría", y suelta un de sus extrañas risotadas. Más en serio, reflexiona sobre el peligro de hacer realidad los sueños, porque en ocasiones no cumplen las expectativas. "A través de estos años, muchísima gente se ha hecho una idea de la película que probablemente sea mejor que la película real. Espero sorprender a algunos". Y durante este proceso ha ido depurando el guion, en el que ha desaparecido, por ejemplo, un viaje en el tiempo. "¡Porque era una idea malísima!". La estructura se mantiene desde que en 1991 Gilliam empezó a acariciar la idea, que logró llevar a cabo en octubre de 2000... solo durante seis días de rodaje en el desierto de las Bardenas Reales. Las inundaciones, la espalda de Jean Rochefort (que entonces encarnaba al Quijote) y el ruido del vuelo de los cazas de una cercana base de la OTAN mataron aquel intento.
Hoy, Adam Driver encarna a un personaje que arrancó con el rostro de Johnny Depp, Toby, un estudiante de cine que en un momento de idealismo rodó una versión del libro de Cervantes, y que años más tarde, convertido en un cínico director de publicidad, vuelve al pueblo español donde rodó su filme iniciático, para descubrir que el zapatero que hizo de don Quijote, Javier (Jonathan Pryce), se cree de verdad el caballero de la triste figura. A partir de ahí, la película delira como solo puedo hacerlo un trabajo de Gilliam, hipnotizado como su protagonista con esta aventura. "No, la pregunta no es si yo estaba obsesionado con el Quijote, sino por qué el Quijote se obsesionó conmigo. Nunca me dejó solo, me ha maltratado durante 25 años y yo le he culpado de todos mis problemas". Al menos, él lo ha acabado, porque otros lo dejaron por el camino, como Orson Welles. "Lo hice por Orson", bromea. "Dije que haría al menos una cosa mejor que Welles y así ha sido: ¡He finalizado la película!", y desvela un guiño que ha dejado en homenaje al director de Ciudadano Kane. El cineasta británico (hace años renunció a su nacionalidad estadounidense) no quiere recordar mucho cuánto ha cambiado en estos años. "Creo que ha mejorado mi humor. Si el humor muere, sería el final de la civilización. La vida se ha vuelto solemne. Me lo molesta mucho la gente que se toma todo en serio”.   
En su libro Gilliamismos, el cómico asegura: "Si algo es imposible, lo intento". En Cannes se reafirma: "Pero no solo yo, sino la humanidad. El Everest no existía hasta que se consideró imposible escalarlo. Creo que los retos imposibles son los que hacen avanzar al ser humano". Dicho lo cual, asegura que "sería más responsable invertir esfuerzos y dineros en cuidar la Tierra más que en escapar de ella en viaje espacial”. Y en esos imposibles entra adaptar la novela de Miguel de Cervantes. “Como todo el mundo, yo pensaba que sabía algo del Quijote. Hace 25 años le convencí a un productor para que me diera 25 millones de euros para adaptar Las aventuras del barón de Munchausen y el Quijote. Y entonces fue cuando leí el libro. Me pareció enorme, y sentí que tenía que traicionarlo para quedarme con su esencia. ¡Que se joda el libro! ¡Que se joda Cervantes! Pero la segunda parte me parece la primera novela moderna de la historia, sobre todo cuando el caballero se enfada al descubrir que están escribiendo y ficcionando sus aventuras”. 

Dicho eso, Gilliam se baja de Rocinante, pero deja para la siguiente generación un nuevo reto: “Puede que sea el momento de que lo encarne una mujer, de que veamos a Doña Quijota”.
 
[Foto: S. DE SAKUTIN AFP - fuente: www.elpais.com]





terça-feira, 5 de junho de 2018

De quoi Don Quichotte peut-il être le nom ?


L'Homme qui tua Don Quichotte : Adam Driver, Terry Gilliam. Diego Lopez Calvin


Écrit par Damien Richard
Enseignant chercheur en management, INSEEC Business School


Le 19 mai 2018 est sorti en France un film improbable, L’homme qui tua Don Quichotte de Terry Gilliam, fruit d’une aventure de près de 20 ans, qui a failli ne jamais voir le jour. Ce film est le fruit du combat acharné du grand réalisateur britannique, ex-Monty Pithon (réalisateur de Sacré Graal, Brazil, ou Les aventures du Baron de Munchausen) pour le mener à son terme contre vents et marées. Jusqu’au bout, ce “Don Quichotte” aura bien failli ne jamais exister. Comme le montre cette magistrale saisie en référé du tribunal de grande instance de Paris de la part du producteur portugais pour que le film de Gilliam ne fasse pas la clôture du festival de Canne 2018.

Terry Gilliam e(s)t Don Quichotte…

En 2000, Terry Gilliam commence à tourner en Espagne une première version du film avec Jean Rochefort dans le rôle de Don Quichotte et Johnny Depp dans celui de Toby, avatar de Sancho Pança. Mais le tournage multiplie les difficultés avec une météo exécrable, des ennuis de santé pour Jean Rochefort et la défection de Vanessa Paradis, qui devait interpréter le rôle de Dulcinea. Le naufrage de ce tournage est retracé dans un documentaire unique en son genre réalisé par Keith Fulton et Louis Pepe (2002) intitulé Lost in La Mancha.


Jean Rochefort dans le documentaire de Keith Fulton et Louis Pepe, Lost in La Mancha (2002).

Terry Gilliam relance le projet en 2009 avec Robert Duvall et Ewan McGregor qui reprennent les rôles titres, mais le financement capote et le tournage est reporté à 2012, puis finalement annulé. En 2014, le réalisateur, en digne héritier de Georges Méliès ou Orson Welles, reprend le scénario et planifie un nouveau tournage avec John Hurt (Don Quichotte) et Jack O’Connell (Toby), mais Hurt se voit diagnostiqué d’un cancer.


Ilustration de Gustave Doré pour Don Quichotte. El Pais

Retour aux sources du Don Quixote de la Mancha


Don Quichotte. Page titre de la première édition (1605).
Roman des origines et origine du roman, El ingenioso hidalgo don Quixote de la Mancha, l’œuvre de Miguel de Cervantès, est publiée en deux volumes en 1605 et 1615. Il s’agit à la fois d’un roman médiéval, d’un roman de chevalerie et du roman de la modernité naissante. La figure du chevalier errant, fou ou poète, inventeur de mondes irréels, qui dénonce la fausseté de la société, pose la question de la critique de l’ancien par le nouveau, ainsi que du risque de la pureté d’une intention : « être chaste en ses pensées, honnête en ses paroles, vrai dans ses actions, patient dans l’adversité, miséricordieux à l’égard de ceux qui sont dans la nécessité, et enfin, combattant de la vérité, même si sa défense devait coûter la vie » : telle est la vocation que s’est donné Don Quichotte.
Mais il est impossible d’évoquer le chevalier errant à la triste figure sans référence à son fidèle serviteur Sancho Pança, sensé, posé modérateur qui essaie de raisonner son maître tout au long du roman. Comme dans l’épisode mythique dans lequel Don Quichotte combat des moulins à vent, qu’il prend pour des géants envoyés par des magiciens :
« En ce moment ils découvrirent trente ou quarante moulins à vent qu’il y a dans cette plaine, et, dès que don Quichotte les vit, il dit à son écuyer :
– La fortune conduit nos affaires mieux que ne pourrait y réussir notre désir même. Regarde, ami Sancho ; voilà devant nous au moins trente démesurés géants, auxquels je pense livrer bataille et ôter la vie à tous tant qu’ils sont. Avec leurs dépouilles nous commencerons à nous enrichir ; car c’est prise de bonne guerre, et c’est grandement servir Dieu que de faire disparaître si mauvaise engeance de la face de la terre.
- Quels géants ?, demanda Sancho Panza.
- Ceux que tu vois là-bas, lui répondit son maître, avec leurs grands bras, car il y en a qui les ont de presque deux lieues de long.
- Prenez donc garde, répliqua Sancho, ce que nous voyons là-bas ne sont pas des géants, mais des moulins à vent et ce qui paraît leurs bras, ce sont leurs ailes, lesquelles, tournées par le vent, font tourner à leur tour la meule du moulin.
- On voit bien, répondit don Quichotte, que tu n’es pas expert en fait d’aventures : ce sont des géants, te dis-je et, si tu as peur, ôte-toi de là et va te mettre en oraison pendant que je leur livrerai une inégale et terrible bataille.
En parlant ainsi, il donna de l’éperon à son cheval Rossinante, sans prendre garde aux avis de son écuyer Sancho, qui lui criait qu’à coup sûr c’était des moulins à vent et non des géants qu’il allait attaquer. »
Tout le monde est Don Quichotte
Et si Don Quichotte était la figure de cet « Autre que nous ne pouvons être », selon l’expression de Daniel Serra et Jaume Serra (2004), dans Cervantes y la leyenda de don Quijote ? Et si le roman racontait la rencontre improbable entre Sancho Pança, l’homme du réel, et Don Quichotte, l’homme du rêve pour qui « le réel n’a pas eu lieu » ? Et si le grand Jacques (Brel) avait raison :
« Tout le monde est Don Quichotte… Tout le monde a un certain nombre de rêves dont il s’occupe… La phrase importante est “Et la folie suprême n’est-elle pas de voir la vie telle qu’elle est, et non telle qu’elle devrait être ?” C’est un triomphe du rêve. Qu’il gagne ou qu’il ne gagne pas, le rêve gagne toujours. »




Mais si le rêve peut gagner comme le suggère Brel, « c’est précisément au moment où il devient visible pour un autre, parce qu’alors il quitte la sphère de l’illusion pour devenir quelque chose d’autre. En assumant le rôle de cautionner Don Quichotte, Sancho incarne la dimension fondatrice de l’acte de faire confiance », nous explique le philosophe Emmanuel Delessert dans Oser faire confiance (2015).
Don Quichotte et Sancho Pança, c’est l’histoire de l’acte fou d’un homme de la terre, d’un paysan, qui choisit de faire confiance à un intellectuel dévoyé, un être fantasque qui s’est perdu dans le monde des rêves et des idées. Le véritable héros de Don Quichotte est Sancho pour Michel Onfray car il ose faire confiance, c’est-à-dire qu’il décide que l’Autre peut être réel, avec sa part de folie et de rêve. Ce geste créateur de faire confiance est premier, central, scandaleux en ce qu’il conteste la réalité de l’ordre établi pour imposer l’urgence d’une réalité plus humaine.
Dans Don Quichotte, « Sancho incarne cette puissance de l’acte de confiance à créer un espace humain où la sortie de la solitude est enfin possible », écrit Emmanuel Delessert (2015, p. 64).
Terry Gilliam (réalisateur) et Paulo Branco (producteur) se sont fait confiance, malgré leurs conflits et déboires, pour faire surgir devant nous ce film qui vient de clôturer ce 71e festival de Cannes. L’Homme qui tua Don Quichotte existe comme la trace d’une aventure humaine et artistique unique en son genre et comme une élégante leçon de cinéma. A voir pour le croire !

[Source : www.theconversation.com]