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segunda-feira, 14 de setembro de 2026

Novela y ensayo en Alan Pauls

Juan Francisco Herrerías reflexiona sobre los contrastes entre la lectura de la novela ‘La mitad fantasma’ y el ensayo ‘La vida descalzo’ 

Juan Francisco Herrerías 

Lo conocí por casualidad, buscando algo que ver en la tele. Presentaba el programa de cine Primer Plano en el recientemente difunto canal I.Sat. No entendía quién era, al principio debo haberlo tomado por una personalidad de la tele, apuesto, elocuente, cómodo en su cuerpo y frente a la cámara, me imaginaba que tendría su propio programa de entrevistas, que esa noche presentaba una película de Kiarostami y la siguiente hacía trivias y repartía automóviles y refrigeradores. Hasta que, de hecho, me pareció demasiado elocuente, como si esas palabras atinadas, sofisticadas, pequeños ensayos orales sobre películas independientes, no vinieran de un guionista sino de él mismo. Lo busqué en Internet y solo entonces me enteré que era un escritor, ya con el premio Herralde, amigo de Bolaño y Piglia. 

Tenía que adquirir a cuentagotas sus libros importados pero me convertí en un disciplinado lector suyo, de ese estilo hipnótico y particular, esas frases largas, con relieve, con cuerpo, que parece que no tienen prisa por llegar a ningún lugar, que lo importante es su paseo, de su manera de mezclar lo pop y lo literario –como recomienda, hay que hablar de la baja cultura como si fuera alta y viceversa–, lo social y lo íntimo, de esa capacidad para un análisis que no busca aclarar las cosas, ponerlas en limpio, sino complicarlas, descubrir los distintos ángulos que vuelven imposible una visión esquemática. 

Hace unos años aguardaba con ansias su más reciente novela, La mitad fantasma (2021), la primera desde Historia del dinero (2013). Al mismo tiempo me llevé en la librería La vida descalzo (2006), un librito de ensayos sobre la playa, casi por colección, creyendo que debía ser un libro secundario en su bibliografía, una curiosidad. Pues bien, La mitad fantasma fue una lectura en la que tuve que arrastrarme para llegar al final, lo sentía inesencial, falto de carne, y como si ese mismo estilo largo que me encantaba en este caso estuviera sosteniendo forzadamente una historia sin ninguna importancia, una historia que no creía en sí misma.  

Leí enseguida La vida descalzo y allí encontré lo que buscaba, allí Pauls brilla, solo se enfoca en analizar la playa y los objetos culturales que hablan de ella, como si se hubiera deshecho de todo lo accesorio y lo banal, el aparato de la ficción novelesca, y se hubiera dedicado solamente a escribir. La ventaja de la escritura del diario, propone César Aira en una de sus notas, es no tener que preocuparse por inventar, solo enfocarse en el estilo y la reflexión. Es lo que ocurre con Proust, que utiliza la ficción al mínimo, consiste apenas en cambiar algún nombre, de dos personas hacer una sola, voltear el género, modificar cómo ocurrió tal evento, arruinar la cronología. La ficción es un recurso pero no un fin en sí mismo. 

En vez de tomarlo como algo de Pauls, en vez de ser el caso específico de un escritor que tuvo un libro no tan bueno y uno muy bueno, hice el salto a la extrapolación total, como si por alguna razón lo que ocurre entre La mitad fantasma y La vida descalzo fuera el signo de la época. La conclusión (propia, quizá, de los incapaces que queremos arruinarle la fiesta a los demás): hay que abandonar las novelas y pasarnos al ensayo, el género del siglo XXI, rápido, necesario, en onda, etc.  

Pero entonces pensé que, por todo lo encantador que es La vida descalzo, quizá si Pauls le hubiera añadido una pequeña trama, si nos hubiera contado algo, por más chiquito, lo más fácil: un amor de verano, por decir, que nos hablara sobre una chica que veía en cada vacación, cómo se fueron transformando conforme crecían, la tragedia de que su padre decidiera un año ir a otra playa y no poder verla, etc., algo con el ambiente de La gaviota de García Ponce, cuánto habría ganado el libro, tener todo el análisis y el estilo y las referencias culturales, pero también contar con una historia de amor, añadir un poco de sal… una novelita. 

Quizás hacer caballos de Troya. Así como le parece a Greta Gerwig en su adaptación de Mujercitas que lo que hacía Shakespeare era contrabandear su poesía en un formato popular como el teatro, así como Proust disfrazó de novela un enorme ensayo sobre la percepción y la escritura, tal vez podríamos concentrarnos en textos de estilo y reflexión, como sugiere Aira, y dorar la píldora con alguna trama entretenida. Pero ¿cuál sería el truco, realmente? ¿Hacer la trampa de meter ensayos en un género más difundido? ¿O usar las técnicas del ensayo para permitirnos, ahora que parece tan difícil, seguir escribiendo novelas, darnos la impresión de estar todavía en la ligereza, en lo novelesco, en la aventura? 

 

[Foto: Lennart Heim en Unsplash  - fuente: www.latempestad.mx]

terça-feira, 28 de julho de 2026

Llega a librerías de Chile «La sombra de los perros románticos», la biografía más completa sobre Roberto Bolaño

Desde su infancia en Chile hasta su consagración internacional, esta documentada investigación reconstruye las distintas vidas de Roberto Bolaño y examina el modo en que el escritor convirtió su propia experiencia en materia literaria y en parte de su personaje público. 

Escrito por Mariana Hales Beseler

Un niño nace en el seno de una humilde familia chilena. Medio siglo después, lejos de su país, morirá convertido en uno de los escritores más influyentes de la lengua española. Entre ambos extremos se despliega una vida atravesada por el exilio, la rebeldía, la precariedad y, sobre todo, el amor desmesurado por la literatura.

En La sombra de los perros románticos, Jose Serralvo, autor español, reconstruye con pulso narrativo y rigor documental la biografía de Roberto Bolaño. A partir de fuentes conocidas y materiales inéditos, este libro recompone la forja de un mito literario y la vida errante que lo alimentó, desde la infancia en Valparaíso, su adolescencia en Los Ángeles y Quilpué hasta la fundación del infrarrealismo en el agitado México de los años setenta, desde las cárceles de la dictadura de Pinochet hasta sus devaneos por diversos rincones de Cataluña. Una crónica vibrante sobre el ascenso a la cúspide del canon literario contemporáneo.

Narrada con el ritmo de una novela, La sombra de los perros románticos revisa los mitos que rodean a Bolaño, aborda episodios discutidos de su trayectoria y separa la experiencia biográfica de la leyenda que él mismo contribuyó a construir.

El libro recupera especialmente sus años chilenos, las primeras lecturas y los tempranos intentos de escritura. Al mismo tiempo, recorre su paso por México, el infrarrealismo, el exilio, la precariedad y su vida en España, hasta el reconocimiento internacional que llegó tardíamente.

Más que una biografía individual, la obra retrata a una generación atravesada por las utopías políticas y literarias de los años setenta, el desplazamiento y la rebeldía. Viajes, amistades, conflictos y descubrimientos literarios conforman el itinerario de quien llegaría a convertirse en una de las voces más influyentes de la literatura en lengua española.

Esta no es solo la historia de un escritor: es el retrato de una época convulsa, de una generación marcada por las utopías y las derrotas, y de un hombre que convirtió toda su vida —tanto las luces como los abismos— en materia prima con que urdir sus ficciones.

«Este libro sirve tanto a la hinchada de bolañistas como a quienes apenas se hayan asomado a su obra. A los primeros les ordena su vida y la convierte en relato fascinante […]; los segundos encontrarán una preciosa puerta de entrada a una obra fundamental de nuestra literatura». Juan Bonilla


JOSE SERRALVO (Jerez de la Frontera, 1984) es escritor y jurista especializado en derecho internacional. Ha realizado misiones humanitarias en países como Colombia, Afganistán, Armenia o la República Democrática del Congo. Sus novelas, entre las cuales destaca El niño que se desnudó delante de una webcam, indagan en cuestiones contemporáneas. Además de su obra de ficción, colabora con regularidad en medios culturales y literarios, incluidas las revistas Jot Down y Mercurio. Actualmente vive en Ginebra.

FICHA:
• Autor: Jose Serralvo
• Formato: Rústica | 14 x 21 cm | 208 páginas
• ISBN: 978-841-018-091-8
• Precio referencial: $27.900
• Editorial: Navona (España)
• Distribuye en Chile: Catalonia

 

[Fuente: www.pressenza.com]

domingo, 10 de maio de 2026

Patti Smith en el templo de la tradición

El Premio Princesa de Asturias a Patti Smith no es solo el reconocimiento a la figura punk de culto, sino también a la artista, escritora y poeta que, al proteger el legado de los muertos, anima a los más jóvenes a encontrar su propia voz. 


Escrito por José Homero 

Como indica la contraportada de Bread of angels (2025), la narrativa de Patti Smith tiene una cualidad dickensiana cuando aborda su infancia: niños enfermos, amenazas de desalojo, hambre continua y navidades sin regalos. Si bien el juicio describe el libro más reciente de Smith (significativamente etiquetado como “memorias”), en realidad compendia la actitud con que la artista recapitula su pasado: una mirada que repara en las carencias materiales que ella y su familia sufrieron en aquellos duros años de la posguerra, al tiempo que en esos recuerdos refulgen toques de esperanza, del mismo modo que en su penuria encontraron en las luciérnagas una fuente de luz. Como las de Dickens, las narraciones de Smith poseen una vena melodramática: conmovedoras por las penas que refieren, pero también por incluir motivos placenteros que atestiguan una infancia feliz pese a la pobreza.

Quizá la clave de este talento narrativo no provenga del narrador inglés –pese a la conjunción de penuria y alegría con que ella ha evocado esos años, tanto en Éramos unos niños (2010) como en Pan de ángeles–, sino de Robert Louis Stevenson, con quien tiene más elementos en común: la enfermedad, la voracidad lectora y la pasión por contar historias para entretener a sus oyentes.

Esta relación no es una desmesurada licencia poética de mi parte: bastaría recordar que uno de los libros más queridos por la niña Patti fue uno del escocés: el Jardín de versos para niños. Ahí nació la afición por la palabra de esa pequeña tusitala, quien congregaba en torno a su cama de enferma a sus hermanos y amigos mientras tramaba batallas o preparaba estrategias para las campañas que los niños emprendían bajo su mando.

Hay, sin embargo, un elemento que sella esta asociación: la devoción por Las mil y una noches. En Éramos unos niños, al referir su primer encuentro con Tom Verlaine, señala que ambos adoraban esa obra, también fundamental para el desarrollo de la poética del narrador escocés, quien encontró en Sherezade un modelo literario.

Con este bagaje y esta fascinación desde la infancia por el arte de fabular, resulta menos sorprendente el viraje que desde la segunda década del siglo XXI Patti Smith dio a su obra e imagen pública. A partir de ese primer libro de prosa, la llamada “Sacerdotisa del punk” dejó de ser exclusivamente una estampa de la iconografía del rock para paulatinamente reclamar un sitial en el panteón de la cultura contemporánea.  

Aun cuando Éramos unos niños se plantea desde una perspectiva biográfica, su enfoque es más restringido, como si Smith, a la manera en que solía trabajar su amado Robert Mapplethorpe en sus inicios, ajustara las opciones antes de decidir cuál será la distancia que asumirá frente al sujeto del relato y qué elementos dejará fuera del encuadre.  

Por ello, a pesar del sedimento veredictivo y de contar una historia arraigada en la existencia de la autora, por la visión con que se aborda bien podría leerse como una narración sin ficción inscrita dentro del subgénero alemán del Künstlerroman: la novela de formación de dos artistas: Robert Mapplethorpe y Patti Smith. También relato de iniciación: la asunción del arte como principal objetivo en la vida de sus protagonistas, quienes, en su relación profesional, intercambiaron papeles y fueron creador y musa, respectivamente: “Me escribió una nota para decirme que crearíamos arte juntos y triunfaríamos, con o sin el resto del mundo.”   

Hay cierta inclinación hagiográfica para perfilar que el arte era un destino. Así, al evocar una visita al Museo de Arte de Filadelfia, Smith acota que, aun cuando al salir parecía la misma niña larguirucha y desgarbada, “en mi fuero interno, sabía que me había transformado, conmovida por la revelación de que los seres humanos crean arte, de que ser artista era ver lo que otros no podían ver.”   

Si bien el recuento se concentra en la relación sentimental, igualmente refiere el crecimiento artístico de ambos, por lo que, en gran medida, documenta su consagración como artistas, una historia nostálgica, pero también de éxito. Libro de memorias que describe aquellos dorados años de penuria en una Nueva York sórdida y peligrosa, pero a la vez increíblemente vital, Éramos unos niños es un gran ejemplo de memoria personal, crónica cultural y Künstlerroman. A partir de este libro, al que se han sumado M Train (2015), Devoción (2017), El año del mono (2019) y recientemente Pan de ángeles, Smith ha elegido recapitular su existencia desde una identidad axial: la de la vida y el arte, como si para ella, el dilema de cómo se vinculan para la creación, se resolviera mediante la identificación y la disolución de límites: arte y vida son indisociables. Por eso, cuando uno lee sus ensayos y narraciones, las fronteras entre ambos géneros se diluyen, del mismo modo que en su obra performativa y poética lo hacen las diferencias entre música y poesía, y en sus relatos los límites entre la realidad y el sueño, entre lo vivido y lo soñado. Smith, además de creer en la unidad entre representación y esencia, destila la realidad en el alambique del arte. Con el símil como una de sus herramientas retóricas favoritas, su escritura abunda en comparaciones que remiten al mundo de la cultura. Así, describe la indumentaria que el niño Robert utilizó en la ceremonia de su primera comunión, evocando a sus amados poètes maudits: “Lucía un enorme lazo blanco como los de Baudelaire y un brazalete idéntico al que había llevado un Arthur Rimbaud muy altivo.”   

O asocia los pétalos de las violetas depositadas sobre la tumba de Jim Morrison en el cementerio Père Lachaise de París con las “flores del ramo de Ofelia”. Para Smith, como si fuera una esteta decadentista para quien el mundo solo existe como reflejo artístico, la vida es indisociable del filtro de la cultura.   

Esta conciencia y credo estético es la expresión más fehaciente de que el fundamento de la cosmovisión de Smith, la génesis de su pensamiento y actitud, es la tradición. Lejos de asumirse como una fuerza disruptiva o destructiva, a la manera en que Jim Morrison concebía el arte debido a su cosmovisión nihilista, se ha consagrado a velar el fuego sagrado, a la usanza de las vestales que preservaban el culto divino. Así lo escribe en M Train:  

No se puede juzgar una vida por un solo acto; se debe juzgar por la totalidad de su intención. Mi misión es mantener viva la llama de aquellos que me precedieron, para que otros puedan encontrar su propio fuego.   

Esa vocación reverente –que es intrínseca al arte, pues ¿qué artista no rinde homenaje en su obra a sus penates?–, al paso del tiempo se acentuó de forma natural. Aquello que había comenzado como un reconocimiento, en un extraño caso en el que en vez de sufrir por las influencias las reconocía abiertamente, sin menoscabo de ninguna angustia por servirles de caja de resonancia, se fue convirtiendo en un tributo a quienes morían, desde los primeros mártires del rock, como Brian Jones, Janis Joplin, Jimi Hendrix y Jim Morrison, hasta sus seres amados: Robert Mapplethorpe, Jim Carroll, Fred Smith, su esposo, Todd Smith, su hermano, y Sam Shepard, e incluso a personajes cercanos, como Sam Wagstaff, Sandy Pearlman, Allen Ginsberg, Susan Sontag y Lou Reed, entre otros. A partir del nuevo siglo, Patti ha sido una presencia constante en funerales y ceremonias conmemorativas, en los que suele leer un poema o una canción escrita en honor de esa ronda de personas que nos preceden y con quienes compartimos la brevedad del tiempo.   

Así, lo que era una inclinación desde su juventud, el gusto por visitar museos, cementerios y recorrer ciudades en busca de los rastros invisibles, de los gestos indelebles, del panteón personal –las casas de Frida Kahlo, Albert Camus y Roberto Bolaño–, paulatinamente se convirtió en una misión: proteger el legado de los muertos, no a la manera de un archivista que conserva las obras, sino de una sacerdotisa. A sus 79 años, se ha convertido en un oráculo, en la profetisa que continúa la gran corriente secreta que no cesa de confrontar la realidad: la dimensión profética del Romanticismo.   

La referencia intertextual, manifiesta en “Gloria” y en “Horses”, distinguía ese primer disco, tanto como el carácter elegiaco de canciones como “Birdland”, “Break it up” y la significativamente titulada “Elegie”. Dicho carácter se ha convertido en uno de los rasgos más evidentes de la obra de Patti Smith: la preservación del legado. Ese himno a la mortalidad y a la vez a la vida con que concluía Horses se ha prolongado y encontrado nuevos cauces en su faceta literaria. Al respecto, dice en Éramos unos niños:  

Todo eso quedó plasmado en Horses, y también nuestro reconocimiento a quienes prepararon el terreno antes que nosotros. En “Birdland” nos embarcamos con el pequeño Peter Reich mientras esperaba a que su padre, Wilhelm Reich, bajara del cielo y se lo llevara. En “Break it up”, Tom Verlaine y yo escribimos sobre un sueño en el que Jim Morrison, atado como Prometeo, se liberaba de repente. En “Land”, imágenes de muchachos descontrolados se fundían con las etapas de la muerte de Hendrix. En “Elegie”, los recordamos a todos, pasados, presentes y futuros, a todos los que habíamos perdido, estábamos perdiendo y perderíamos.   

En Éramos unos niños, Smith se pregunta por qué no es posible escribir algo que resucite a los muertos, mientras que en Devoción sentencia: escribimos “porque no podemos limitarnos a vivir”: el arte como vehículo para la permanencia.  

Depositaria e intérprete de esa tradición, una de las últimas heroínas de ese inesperado vástago de la revolución romántica que fue el punk, Patti Smith es una superviviente.   

No siento ninguna necesidad de justificarme por ser una de las pocas supervivientes. Habría preferido verlos triunfar a todos, que alcanzaran el éxito. Al final, fui yo quien tenía uno de los caballos ganadores. (ibid).  

Por ello, el Premio Princesa de Asturias es un reconocimiento no únicamente a la figura punk de culto sino asimismo a la artista, escritora y poeta cuya voz, además de transmitir e interpretar el mensaje de los otros, ha servido de inspiración y estímulo para que otros, nuevos artistas, encuentren la suya y preserven el legado del arte.~~


[Foto: Ioann Maria Stacewicz/ZUMA Press Wire - fuente: www. letraslibres.com]


domingo, 2 de fevereiro de 2025

Joel G. Morera: «Va ser mentre vivia al Japó que vaig necessitar escriure en català»

 

L'escriptor Joel G. Morera, en una imatge recent a Barcelona

Joel G. Morera (Barcelona, 1977) es defineix com a "badoc de professió" perquè al llarg dels anys ha anat explorant feines, països i aficions molt diverses que han acabat desembocant en l'escriptura de la seva primera novel·la, 3 a Denver, publicada a Quaderns Crema. "Tinc una dotzena de llibres a mig fer, i m'agradaria reprendre'n uns quants tan aviat com pugui", admet. Va ser arran del confinament pandèmic, el 2020, després d'haver viscut en ciutats com Londres, Tòquio i Hong Kong, que Morera es va marcar "començar una novel·la que pogués acabar". El resultat ha estat l'aventura, enginyosa, divertida i inclassificable de tres comercials d'una empresa de màrqueting digital que viatgen a Denver durant una fira d'activitats a l'aire lliure per captar nous clients. Res anirà tal com preveuen, perquè els protagonistes –en Woshley, en Limpsey i l'Stuart– quedaran subjugats per les peculiars troballes que fan a l'apartament on s'estan durant la fira.

"Mai havia escrit sobre els Estats Units. De fet, no hi he estat mai. Però em vaig documentar molt sobre Denver durant tot un any, abans de començar el llibre", explica Morera, que ha tingut "més tirada, per motius personals i professionals, a explorar països de l'est d'Àsia". "Vaig estudiar a la Universitat de Westminster i la meitat de la classe eren japonesos –recorda–. Hi vaig fer amistat amb uns quants, i el dia que em vaig cansar, d'Anglaterra me'n vaig anar cap a Tòquio". Fins llavors Morera havia escrit en castellà: "Era la llengua en què llegia més llibres i també és la llengua en què ha escrit el meu pare", admet. Quan era petit per casa del futur autor hi passaven escriptors com Roberto Bolaño o Jaume Benavente. Compartien amistat i neguits amb el pare de Morera, el també novel·lista A.G. Porta. "Va ser mentre vivia al Japó que vaig necessitar escriure en català –explica–. Hi vaig arribar el 2001. M'hi vaig emportar uns quants clàssics traduïts al català d'autors com Stefan Zweig i Herman Melville. Ells em van ajudar, en part, a fer el pas de canviar de llengua". També hi va tenir a veure la voluntat d'anotar les impressions sobre aquell nou país en format dietari.

Habitacions poc ventilades

Després de canviar el Japó per Hong Kong i de casar-s'hi, Morera va tornar a Barcelona. De l'experiència a la botiga de jocs de taula que tenia al barri de Sant Andreu va néixer la voluntat d'aprofundir en la "boira" que venen els tres comercials de la novel·la. "El model d'empresa per a la qual treballen és el del business to business, que vol dir que posen en relació empreses entre elles per fer que els seus negocis siguin més rendibles –resumeix–. Potser és un prejudici meu, però imagino que aquestes empreses es redueixen a quatre persones reunides en una habitació sense finestres i poc ventilades, avorrits, xerrant de quina manera poden connectar això amb allò per embutxacar-se més diners". A 3 a Denver no només són incapaços d'ampliar la cartera de clients del negoci de l'home per a qui treballen, el lluminós i il·luminat Jeff, sinó que cadascun d'ells aprofundeix en la història de la ciutat, del barri on són i de l'home que vivia a l'apartament que ocupen a partir de gravacions de camp, quaderns plens d'anotacions o el visionament repetitiu de dues pel·lícules de John Ford. "Encara que al principi em mirés els personatges des de la distància, he acabat apreciant-los una mica –afirma l'autor–. Tots tres viuen les seves obsessions de forma aïllada, i a mesura que van passant els dies s'allunyen de la seva quotidianitat, fins que arriba un punt en què potser ja no podran tornar enrere".

 

[Foto: Ruth Marigot - font: www.ara.cat]

segunda-feira, 25 de novembro de 2024

Javier Cercas, un escritor global, entra en la Real Academia Española

La institución de la lengua incorpora a uno de los novelistas españoles con mayor prestigio internacional, de enorme influencia en la literatura europea contemporánea

Javier Cercas, en su casa el pasado mes de junio. Albert Garcia

Escrito por Jordi Amat

Con la entrada de Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 62 años) en la Real Academia Española, la docta casa incorpora al escritor de las letras españolas con mayor prestigio global. Cercas ha sido reconocido como un autor internacional por los lectores de los principales sistemas literarios occidentales (no baja de los 30.000 ejemplares en francés, por ejemplo) y a través de la concesión de todo tipo de premios (la lista es interminable, muchos pero muchos más fuera de España que en España). Pero también por los colegas de profesión, muchos de ellos grandes figuras de la no ficción literaria europea. Hace años, por ejemplo, que empezó a recibir correos electrónicos de Éric Vuillard que aún era un desconocido y se confiesa discípulo suyo. El 14 de noviembre mantuvo un diálogo con Antonio Scurati, en el Festival Ñ de Madrid, y el autor de El hijo del siglo repitió que una de sus principales modelos para escribir su monumental novela sobre Mussolini había sido Anatomía de un instante (2009).

Los factores que han convertido a Cercas en un autor global desde el español son múltiples. Todo empezó con Soldados de Salamina, en 2001, pero el origen es su cosmopolitismo como lector y como autor. Al margen del Quijote, que relee (en la edición de Francisco Rico, claro), y a Azorín y Unamuno, a los que se acercó después, sus raíces son más bien ajenas al siglo XX español. No es casualidad que fuera a mediados de la década de los setenta, cuando estudiaba tercero de BUP (traducción para millennials: primero de bachillerato) en los Maristas de Girona, que le deslumbrase la prosa de Jorge Luis Borges. Los dos volúmenes de la prosa completa de quien se decía que era un escritor inglés en castellano le abrieron un mundo de lecturas anglosajonas, incluido al H. G. Wells que traduciría para Anagrama. A principios de los ochenta vio por primera vez a Roberto Bolaño en su ciudad y no lo olvidó.

El escritor Salman Rushdie junto a Javier Cercas, el pasado mayo en Madrid. EFE

En su primera etapa en Barcelona, con un volumen de cuentos bajo el brazo, conoció a Joan Ferraté. Su maestro Ferraté, que le suscribió a The New York Review of Books y también le regaló la edición canónica del Ulyses de Joyce, hizo gestiones para editar El móvil (1987). Desde ese primer libro, la caja de herramientas lingüística de Cercas se ha caracterizado por ser una “lengua descastizada”, en expresión de Jordi Gracia. La extraterritorialidad de su lengua literaria se acrecentaría durante su estancia como profesor en la Illinois University, donde se empapó de los narradores posmodernos estadounidenses. Este aprendizaje le serviría como instrumental para su tesis doctoral sobre un raro de la tradición española: el escritor y cineasta Gonzalo Suárez. La tesis se publicó como monografía en 1993.

Durante el tramo central de la década de los noventa, “el primer escritor catalán que escribía en español” —la feliz ironía es de Juan Ferraté— era un profesor universitario de Filología Hispánica en Girona con una carrera literaria a medio gas. Pero un factor externo introduce una variación determinante en su carrera. El autor que construía artefactos literarios formalmente autosuficientes ensaya la escritura de la realidad: la edición catalana de EL PAÍS lo incorpora al equipo de cronistas (textos recopilados luego en Relatos reales de 2000). Del contacto entre ficción e historia o presente surge la innovadora fórmula de la no ficción literaria que ya es un clásico contemporáneo. El 11 de marzo de 1999 publica Un secreto esencial, embrión de Soldados de Salamina. Como explica Domingo Ródenas en su edición crítica de la novela, publicada en la canónica Letras Hispánicas de Cátedra, el 5 de marzo de 2001 salieron de la imprenta los 6.000 ejemplares de la primera edición publicada por Tusquets.

Javier Cercas en el desván de la casa de su familia, en Ibahernando. BERNARDO PÉREZ

Catapultado por una tribuna clásica del académico Mario Vargas Llosa, la novela se convirtió en fenómeno cuando la memoria histórica empezaba a redefinir la identidad democrática española. Las ventas se dispararon y los elogios también, incluidos dos de los mandarines del siglo XX: Susan Sontag y George Steiner, que sugirió invitarle a impartir el ciclo de conferencias Weidenfeld en Oxford (origen de El punto ciego de 2016). Sontag, en una cena en Barcelona, supo por boca del editor Enrique Murillo del éxito del libro y esa noche no paró de repetirle, aterrorizada, una frase a Cercas: “Tienes que marcharte a Hong Kong”. Se trataba de gestionar las envidias que provoca el éxito. También su profesor Francisco Rico quiso prevenirle: “¡Váyase a Baden-Baden!”, le gritó por teléfono. El éxito fue el tema de su siguiente novela: La velocidad de la luz (2005).
Había empezado un despegue internacional del autor concomitante con el de un Emmanuel Carrère que en 2000 había publicado El adversario. Han dialogado en público y en privado. En una ocasión, Carrère le comentó que los escritores franceses que dicen admirar a Cercas le copian su estilo y que pasaba a la inversa en la literatura española. En una ocasión le preguntaron a Nicola Lagioia si se había inspirado en A sangre fría de Capote para escribir La ciudad de los vivos y el escritor italiano respondió que su modelo había sido El impostor (2014) de Cercas.
Javier Cercas, que solo perteneció a una capillita de escritores durante la segunda mitad de los años ochenta, “la etapa más feliz” de su vida, empezó su carrera como escritor global tras Soldados de Salamina. Además de colegas con los que ha tratado toda la vida —ya sean un Vila Matas o un Pàmies o un Juan Gabriel Vásquez— entonces estrenó presencia en el Masters Series de la literatura internacional y no ha dejado de jugar ese partido. 
Ha mantenido correspondencia privada con dos premios Nobel como J. M. Coetzee o Kenzaburō Ōe. En Barcelona se ha visto con frecuencia con Jonathan Littell o Mathias Enard. Puede contar noches de larga conversación con Paul Auster en Islandia. Su ayuda consta en obras de Philippe Sands. Ha compartido actos de muchas risas con Salman Rushdie, un modelo de intelectual que admira y que replica (como demuestra la recopilación de artículos No callar de 2023). No es extraño que haya pasado ya por el proceso de canonización que es la entrevista en The Paris Review. Su prestigio es tan alto que incluso el papa Francisco lo eligió para acompañarle en un viaje a Mongolia y pudo entrar en las cuevas del Vaticano. Tal vez no le será fácil aprender las liturgias de la RAE. A diferencia de la Academia francesa, eso sí, en su toma de posesión no es necesario que empuñe una espada.
 
[Fuente: www.elpais.com]


domingo, 13 de outubro de 2024

Una piedra lanzada contra el agua

Una reseña-conversación con el escritor chileno Diego Zúñiga sobre su novela más reciente, ‘Tierra de campeones’ (Random House)


Escrito por Luis Arce

Resulta inquietante la cantidad de novedades cuyo lenguaje parece haber aceptado la derrota del individuo que escribe. Volúmenes enteros permanecen en la individualidad que profesan, escritos con la lógica del contenido para redes sociales. Muestra de una identidad, una selfie, una anécdota destacada, poco más. Pero se empeñan en ser otra cosa, un artefacto más peligroso: un libro.

Pero el libro, cuando importa, lleva dentro de sí una especie de revolución, la convicción de que el individuo es al mismo tiempo todos los individuos. Como la idea de Nicanor Parra: no habla la persona sino el lenguaje a través suyo. El escritor incapaz de dominar el lenguaje hablará irremediablemente de sí mismo, aceptará la derrota y proyectará una imagen. Hace tiempo que esa cosmética rige buena parte de las publicaciones que arriban a las mesas de novedades en Latinoamérica (tendencia explicada en gran parte por la inclinación de muchos escritores a trabajar pensando en el mercado anglosajón, lo que toca a grandes sellos e independientes por igual). Es una lógica fácil de reproducir. Por ello sorprende que una de las editoriales encargadas de producir esas novedades haya publicado una novela que Juan Cárdenas definió recientemente como “más pertinente que nunca”.

Pisagua fue un campo de concentración, un tiradero de cadáveres envueltos en bolsas de plástico. Diego Zúñiga regresó al lugar para terminar su Tierra de campeones (Random House, 2023). Ahí no aparece como individuo sino como testigo. No el que da voz sino el que la recrea. Para ello “inventa” un personaje, Chungungo, una vida que cualquier escritor querría narrar: el niño con una habilidad sorprendente para aguantar la respiración bajo el agua se dedica a ser buzo y compite por su país a nivel mundial, coronándose como una leyenda de las aguas profundas chilenas.  

Un lugar cargado

¿Quién no quisiera contar una historia así? “Creo que si alguien más quisiera contar esa historia me parecería genial, yo no voy a hacerlo. Cuando comencé a escribir la novela me costó muchos años entender que el final era la novela. Volví a Pisagua, fue cuando vi con mayor claridad de qué iba a tratar la novela. Siempre ha sido un lugar políticamente muy cargado, no solo por Pinochet, el que haya sido utilizado como campo de concentración, sino también por la Guerra del Pacífico. Está marcado. Creo que por eso quería ir”. Lo que al escritor le pasó ahí le pasa también a su personaje. Entre lo que el testigo ve y lo que puede contar hay siempre algo que muere. Eso no pasa a la historia pero sí al lenguaje.

La vida de Zúñiga está tocada por el mar. Aunque no se considera un buen nadador, recuerda que en su juventud pasaba ahí días enteros. “El verano era ir todo el día a la playa. Se levantaba el grupo de amigos, íbamos como a las once, nos metíamos, después volvíamos a almorzar, esperábamos un poco y volvíamos. De pronto eran las siete, ocho de la noche, todo el rato en el mar. No sé qué hacíamos tanto ahí, pero sé que eso era la felicidad sí o sí”. El mar es la primera energía que recorre y abraza lo que ocurre en Tierra de campeones, no solo por la evidencia de los hechos descritos sino también por lo que callan, no solo por las proezas de los personajes sino porque al volver a tierra parece como si hubiesen entrado a un territorio inhóspito.

Otra energía habita la novela y ordena lo que sucede. El estallido social de 2019 en Chile podría ser una forma de resumirla pero, como en el mar, es solo superficie. Esa energía es la del Chile de los setenta.

Otra energía habita la novela y ordena lo que sucede. El estallido social de 2019 en Chile podría ser una forma de resumirla pero, como en el mar, es solo superficie. Esa energía es la del Chile de los setenta. La batalla de Chile de Patricio Guzmán, la Unidad Popular. Un Chile vivo entre quienes han decidido voltear a verlo en lugar de agachar la mirada. “De pronto pude cerrar la novela porque supe que tenía que haber un estallido; tú utilizas la palabra cataclismo, me parece bien, habría que llegar a esas dimensiones”. Y en la novela pasa, como una bomba, una luz que de pronto ilumina y reacomoda lo que acaba de ser narrado. El lenguaje está vivo más allá de cualquier anécdota, porque Diego Zúñiga no solo se preguntó cómo contar una historia que cualquiera pudo contar, se preguntó qué podía hacer la literatura con la energía de octubre de 2019, donde “de pronto veía que todo estaba pasando, que salíamos, que marchábamos, que nos reuníamos para la marcha más grande en la historia de Chile. Algo estaba enardecido”.

La novela debía terminar así, bajo ese clima. Si bien el registro más remoto del personaje apareció en la antología Bogotá 39 (2018), el Chungungo solo dejaría de ser una anécdota cuando su historia alcanzase a sacudirnos el polvo de la cabeza. Cuando hubiésemos puesto un pie fuera de la literatura del yo como productor de emociones. Cuando, aunque no estemos del todo convencidos de un futuro común, tratáramos de pensar otros futuros. Cuando la furia, y la sospecha de que algo anda mal, hubiese madurado en nuestras ideas colectivas.  Algo espeluznante a nuestras espaldas

“Había conseguido un librito de Joseph Roth que yo no conocía, donde se recopilan sus textos de cuando ya está en el exilio. En el fondo está Hitler en el poder y estamos a puertas de la Segunda Guerra Mundial. Al leer esos textos yo muchas veces me decía: chuta, esto se parece demasiado a ciertas cosas. Digo, no quiero creer que vamos hacia allá, pero cuando uno mira los nuevos fascismos no es tan difícil rastrear ese nivel de incertidumbre”. Se refiere a La filial del infierno en la Tierra, un compilado donde Roth escribe con la independencia que le queda en una época en la que, si la cosa iba bien, arderían solamente los libros y no las personas. En Tierra de campeones aparece esa idea, la sensación de que algo espeluznante está pasando a nuestras espaldas y apenas tenemos forma de nombrarlo.

Hay, también, algo que encontramos en autores como Juan Carlos Onetti o Julio Ramón Ribeyro: un respeto muy grande por el material con el que se trabaja. Lección de primer orden que consiste en hacer presente al otro a través del yo narrativo.

Hay, también, algo que encontramos en autores como Juan Carlos Onetti o Julio Ramón Ribeyro: un respeto muy grande por el material con el que se trabaja. Lección de primer orden que consiste en hacer presente al otro a través del yo narrativo. El libro de Diego Zúñiga deja un sabor distinto: la historia de sus personajes se entrelaza con la suya, sí, pero los hilos del libro contienen a autores como Horacio Castellanos Moya y Rubem Fonseca, Enrique Lihn y la insuperable mirada de Gonzalo Millán, Roberto Bolaño y Don Balón, una revista chilena de mediados de los noventa que Zúñiga leyó con pasión. “Luego me enteré de que a esa revista la dirigió Francisco Mouat, un periodista y escritor muy bueno. Junto a ella, obviamente que me puse a mirar mucho de la prensa deportiva de la época, era otra forma de narrar los deportes”. De ahí le vienen dos de los referentes inmediatos del libro: el Jean Echenoz de Correr y Ota Pavel, el checo que primero publicó crónicas deportivas, luego su historia, y finalmente enloqueció para que nada fuera dañado.

Al final Tierra de campeones parece escrita contra la sospecha de que todos estamos leyendo lo mismo, contra la idea de una literatura latinoamericana signada por su ensimismamiento, por “la clase social que la dictadura asignó a la escritura”. Es un libro que rechaza la obsesión por ser autor de algo. Si sus efectos alcanzan a ser transformadores es algo sobre lo que conviene tener reservas, el hecho es que opera como la piedra lanzada contra el agua cuyas ondas pueden mover la quietud de nuestras lecturas colectivas.

 

 

[Fuente:www.latempestad.mx]