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domingo, 10 de maio de 2026

Patti Smith en el templo de la tradición

El Premio Princesa de Asturias a Patti Smith no es solo el reconocimiento a la figura punk de culto, sino también a la artista, escritora y poeta que, al proteger el legado de los muertos, anima a los más jóvenes a encontrar su propia voz. 


Escrito por José Homero 

Como indica la contraportada de Bread of angels (2025), la narrativa de Patti Smith tiene una cualidad dickensiana cuando aborda su infancia: niños enfermos, amenazas de desalojo, hambre continua y navidades sin regalos. Si bien el juicio describe el libro más reciente de Smith (significativamente etiquetado como “memorias”), en realidad compendia la actitud con que la artista recapitula su pasado: una mirada que repara en las carencias materiales que ella y su familia sufrieron en aquellos duros años de la posguerra, al tiempo que en esos recuerdos refulgen toques de esperanza, del mismo modo que en su penuria encontraron en las luciérnagas una fuente de luz. Como las de Dickens, las narraciones de Smith poseen una vena melodramática: conmovedoras por las penas que refieren, pero también por incluir motivos placenteros que atestiguan una infancia feliz pese a la pobreza.

Quizá la clave de este talento narrativo no provenga del narrador inglés –pese a la conjunción de penuria y alegría con que ella ha evocado esos años, tanto en Éramos unos niños (2010) como en Pan de ángeles–, sino de Robert Louis Stevenson, con quien tiene más elementos en común: la enfermedad, la voracidad lectora y la pasión por contar historias para entretener a sus oyentes.

Esta relación no es una desmesurada licencia poética de mi parte: bastaría recordar que uno de los libros más queridos por la niña Patti fue uno del escocés: el Jardín de versos para niños. Ahí nació la afición por la palabra de esa pequeña tusitala, quien congregaba en torno a su cama de enferma a sus hermanos y amigos mientras tramaba batallas o preparaba estrategias para las campañas que los niños emprendían bajo su mando.

Hay, sin embargo, un elemento que sella esta asociación: la devoción por Las mil y una noches. En Éramos unos niños, al referir su primer encuentro con Tom Verlaine, señala que ambos adoraban esa obra, también fundamental para el desarrollo de la poética del narrador escocés, quien encontró en Sherezade un modelo literario.

Con este bagaje y esta fascinación desde la infancia por el arte de fabular, resulta menos sorprendente el viraje que desde la segunda década del siglo XXI Patti Smith dio a su obra e imagen pública. A partir de ese primer libro de prosa, la llamada “Sacerdotisa del punk” dejó de ser exclusivamente una estampa de la iconografía del rock para paulatinamente reclamar un sitial en el panteón de la cultura contemporánea.  

Aun cuando Éramos unos niños se plantea desde una perspectiva biográfica, su enfoque es más restringido, como si Smith, a la manera en que solía trabajar su amado Robert Mapplethorpe en sus inicios, ajustara las opciones antes de decidir cuál será la distancia que asumirá frente al sujeto del relato y qué elementos dejará fuera del encuadre.  

Por ello, a pesar del sedimento veredictivo y de contar una historia arraigada en la existencia de la autora, por la visión con que se aborda bien podría leerse como una narración sin ficción inscrita dentro del subgénero alemán del Künstlerroman: la novela de formación de dos artistas: Robert Mapplethorpe y Patti Smith. También relato de iniciación: la asunción del arte como principal objetivo en la vida de sus protagonistas, quienes, en su relación profesional, intercambiaron papeles y fueron creador y musa, respectivamente: “Me escribió una nota para decirme que crearíamos arte juntos y triunfaríamos, con o sin el resto del mundo.”   

Hay cierta inclinación hagiográfica para perfilar que el arte era un destino. Así, al evocar una visita al Museo de Arte de Filadelfia, Smith acota que, aun cuando al salir parecía la misma niña larguirucha y desgarbada, “en mi fuero interno, sabía que me había transformado, conmovida por la revelación de que los seres humanos crean arte, de que ser artista era ver lo que otros no podían ver.”   

Si bien el recuento se concentra en la relación sentimental, igualmente refiere el crecimiento artístico de ambos, por lo que, en gran medida, documenta su consagración como artistas, una historia nostálgica, pero también de éxito. Libro de memorias que describe aquellos dorados años de penuria en una Nueva York sórdida y peligrosa, pero a la vez increíblemente vital, Éramos unos niños es un gran ejemplo de memoria personal, crónica cultural y Künstlerroman. A partir de este libro, al que se han sumado M Train (2015), Devoción (2017), El año del mono (2019) y recientemente Pan de ángeles, Smith ha elegido recapitular su existencia desde una identidad axial: la de la vida y el arte, como si para ella, el dilema de cómo se vinculan para la creación, se resolviera mediante la identificación y la disolución de límites: arte y vida son indisociables. Por eso, cuando uno lee sus ensayos y narraciones, las fronteras entre ambos géneros se diluyen, del mismo modo que en su obra performativa y poética lo hacen las diferencias entre música y poesía, y en sus relatos los límites entre la realidad y el sueño, entre lo vivido y lo soñado. Smith, además de creer en la unidad entre representación y esencia, destila la realidad en el alambique del arte. Con el símil como una de sus herramientas retóricas favoritas, su escritura abunda en comparaciones que remiten al mundo de la cultura. Así, describe la indumentaria que el niño Robert utilizó en la ceremonia de su primera comunión, evocando a sus amados poètes maudits: “Lucía un enorme lazo blanco como los de Baudelaire y un brazalete idéntico al que había llevado un Arthur Rimbaud muy altivo.”   

O asocia los pétalos de las violetas depositadas sobre la tumba de Jim Morrison en el cementerio Père Lachaise de París con las “flores del ramo de Ofelia”. Para Smith, como si fuera una esteta decadentista para quien el mundo solo existe como reflejo artístico, la vida es indisociable del filtro de la cultura.   

Esta conciencia y credo estético es la expresión más fehaciente de que el fundamento de la cosmovisión de Smith, la génesis de su pensamiento y actitud, es la tradición. Lejos de asumirse como una fuerza disruptiva o destructiva, a la manera en que Jim Morrison concebía el arte debido a su cosmovisión nihilista, se ha consagrado a velar el fuego sagrado, a la usanza de las vestales que preservaban el culto divino. Así lo escribe en M Train:  

No se puede juzgar una vida por un solo acto; se debe juzgar por la totalidad de su intención. Mi misión es mantener viva la llama de aquellos que me precedieron, para que otros puedan encontrar su propio fuego.   

Esa vocación reverente –que es intrínseca al arte, pues ¿qué artista no rinde homenaje en su obra a sus penates?–, al paso del tiempo se acentuó de forma natural. Aquello que había comenzado como un reconocimiento, en un extraño caso en el que en vez de sufrir por las influencias las reconocía abiertamente, sin menoscabo de ninguna angustia por servirles de caja de resonancia, se fue convirtiendo en un tributo a quienes morían, desde los primeros mártires del rock, como Brian Jones, Janis Joplin, Jimi Hendrix y Jim Morrison, hasta sus seres amados: Robert Mapplethorpe, Jim Carroll, Fred Smith, su esposo, Todd Smith, su hermano, y Sam Shepard, e incluso a personajes cercanos, como Sam Wagstaff, Sandy Pearlman, Allen Ginsberg, Susan Sontag y Lou Reed, entre otros. A partir del nuevo siglo, Patti ha sido una presencia constante en funerales y ceremonias conmemorativas, en los que suele leer un poema o una canción escrita en honor de esa ronda de personas que nos preceden y con quienes compartimos la brevedad del tiempo.   

Así, lo que era una inclinación desde su juventud, el gusto por visitar museos, cementerios y recorrer ciudades en busca de los rastros invisibles, de los gestos indelebles, del panteón personal –las casas de Frida Kahlo, Albert Camus y Roberto Bolaño–, paulatinamente se convirtió en una misión: proteger el legado de los muertos, no a la manera de un archivista que conserva las obras, sino de una sacerdotisa. A sus 79 años, se ha convertido en un oráculo, en la profetisa que continúa la gran corriente secreta que no cesa de confrontar la realidad: la dimensión profética del Romanticismo.   

La referencia intertextual, manifiesta en “Gloria” y en “Horses”, distinguía ese primer disco, tanto como el carácter elegiaco de canciones como “Birdland”, “Break it up” y la significativamente titulada “Elegie”. Dicho carácter se ha convertido en uno de los rasgos más evidentes de la obra de Patti Smith: la preservación del legado. Ese himno a la mortalidad y a la vez a la vida con que concluía Horses se ha prolongado y encontrado nuevos cauces en su faceta literaria. Al respecto, dice en Éramos unos niños:  

Todo eso quedó plasmado en Horses, y también nuestro reconocimiento a quienes prepararon el terreno antes que nosotros. En “Birdland” nos embarcamos con el pequeño Peter Reich mientras esperaba a que su padre, Wilhelm Reich, bajara del cielo y se lo llevara. En “Break it up”, Tom Verlaine y yo escribimos sobre un sueño en el que Jim Morrison, atado como Prometeo, se liberaba de repente. En “Land”, imágenes de muchachos descontrolados se fundían con las etapas de la muerte de Hendrix. En “Elegie”, los recordamos a todos, pasados, presentes y futuros, a todos los que habíamos perdido, estábamos perdiendo y perderíamos.   

En Éramos unos niños, Smith se pregunta por qué no es posible escribir algo que resucite a los muertos, mientras que en Devoción sentencia: escribimos “porque no podemos limitarnos a vivir”: el arte como vehículo para la permanencia.  

Depositaria e intérprete de esa tradición, una de las últimas heroínas de ese inesperado vástago de la revolución romántica que fue el punk, Patti Smith es una superviviente.   

No siento ninguna necesidad de justificarme por ser una de las pocas supervivientes. Habría preferido verlos triunfar a todos, que alcanzaran el éxito. Al final, fui yo quien tenía uno de los caballos ganadores. (ibid).  

Por ello, el Premio Princesa de Asturias es un reconocimiento no únicamente a la figura punk de culto sino asimismo a la artista, escritora y poeta cuya voz, además de transmitir e interpretar el mensaje de los otros, ha servido de inspiración y estímulo para que otros, nuevos artistas, encuentren la suya y preserven el legado del arte.~~


[Foto: Ioann Maria Stacewicz/ZUMA Press Wire - fuente: www. letraslibres.com]


quarta-feira, 7 de janeiro de 2026

El pa de la Patti

A 'El pa dels àngels' (Club Editor) Patti Smith fa memòria i explica com emprèn el viatge d’una vida d’artista fins a les últimes conseqüències

Patti Smith al Palau de la Música 

Escrit per Júlia Bacardit  
El pa dels àngels de Patti Smith és una memòria artística, i vaig començar a llegir-la amb desgana. Em feia pensar en el dia que Bob Dylan va guanyar el Premi Nobel de Literatura. És aquell rau-rau d’escriptora desplaçada: impostura! Canta o escriu, però no facis totes dues coses! Ara puc dir que aquest despit és una bajanada i que és natural fer totes dues coses, sobretot si ets Patti Smith. De fet, més que prosista Smith és sobretot poeta, i una boja d’Arthur Rimbaud. Escriu llibres com cantava o dibuixava, tot forma part del mateix. Però si espereu trobar-hi una autobiografia us heu equivocat de llibre. El pa dels àngels no és la biografia de la Patti sinó la cronologia de com es va convertir en l’artista que és, i també és la història de la música, d’una generació i d’un moment dolç que ja s’ha acabat –i Patti Smith sap que s’ha acabat. Ella va gestar la contracultura que vindria i que ens és tan familiar als qui vam créixer amb el punk americà de banda sonora. Smith va tenir un dels germans Ramone als peus del sofà, va ser al llit de mort d’Allen Ginsberg, va tocar amb Bob Dylan i ha conegut el Dalai Lama. Escolteu-la mentre la llegiu, i així la tindreu ben a la vora. 
La primera i la segona part d’El pa dels àngels aconsegueixen contagiar una eufòria creadora. Ens parla de la gent que va conèixer, del món encara ‘antic’ de principis dels anys cinquanta que ella recorda vagament, i també de la lluita de la seva família i tantes altres per aconseguir un lloc estable on viure. Els seus pares van tenir una vida més dura de la que tindria ella, perquè van patir la Segona Guerra Mundial quan eren joves. La mare va fer de cambrera intermitent al llarg de molts anys, mentre la família vivia d’una pensió a l’altra i a la dona se li solapaven descontrolats els embarassos –la Patti no va cometre aquest error. En qualsevol cas, la personalitat de la nena que va ser apuntava la poeta que seria. Per com mirava el món abans de conèixer-lo –una vegada es va perdre i va parlar amb una tortuga durant un parell d’hores–, per com li agradava imaginar móns fantàstics amb els altres i per les malalties que va passar. Hi ha una relació directa entre els nens malaltissos i la pulsió artística, prova que no hi ha creació sense un cert avorriment. 

El pa dels àngels és una metàfora bíblica que Smith utilitza a favor del que de debò li interessa, que és la matèria de què està feta l’art, “una lluïssor sobtada que conté la vibració d’un moment particular”: el cordó que va regalar-li el primer amor, els dits d’una amiga que li va treure un fibló, les epifanies petites que ens acompanyen, s’acumulen i ens impulsen a crear. Però més enllà de la nena andrògina i entusiasta que era Smith, el temps i el lloc on va créixer, és a dir, els EUA dels seixanta i setanta, són indestriables de la trajectòria vital i artística que va fer. La llibertat de fugir i començar de nou a un altre lloc, aquests rampells tan propis d’ella, formen part de l’ADN del país, i és el que més ens captiva encara ara dels EUA. La diferència entre la filosofia generalista dels western i Patti Smith és que ella no en tenia prou amb rondar i deixar-se endur per la inspiració artística, sinó que a més insistia a voler canviar el món i a ‘donar veu als de baix’ –ho hem sentit moltes vegades, això, ara. La dèria utòpica li venia del cristianisme dels pares, que ella agafa i reinterpreta a la seva manera en tot el que fa. 

Patti Smith va néixer un any després de la Segona Guerra Mundial i va ser jove durant la guerra del Vietnam: tot estava per fer i tot era possible. De petita la obsessionava la llibertat del Tibet, de gran admirava Gandhi; ella i molts dels seus coetanis creien en l’amor universal i s’afegien a totes les lluites llunyanes. Llegir-ho amb la perspectiva del temps és divertit, perquè lluitaven per un futur gloriós per a tota la humanitat i no s’adonaven que el millor era el seu present local, és a dir ser jove a Nova York als anys seixanta. Surava en l’aire una il·lusió rebel deliciosament ingènua. Era l’època en què algú de classe baixa, i sabem que ella ho era, podia portar una vida bohèmia i tenir un estudi fosc al costat de Times Square. I tot això ho feia quan encara no la coneixien, és a dir, abans que el talent reconegut li obrís les portes a una vida millor. A banda de fer una mitja jornada a una llibreria quan era joveneta, en tot el llibre no hi ha cap moment en què treballi, i s’entén treballar per fer alguna cosa desagradable que no faries si no et paguessin. Patti Smith viu en motels, escriu cançons, dibuixa, va de gira. Es casa amb en Fred i es compren una casa amb pocs anys, i això que cap dels dos sembla tenir una feina fixa.  

El pa dels àngels, que ens arriba amb una traducció de Ricard Gil, és cronològic a banda del principi i del final, i més que una introversió íntima s’assembla a una resposta a la pregunta següent: quines senyals hi havia que jo seria l’artista que soc ara? Se’ns emporta a la seva infantesa i a records molt específics, per entendre què l’ha portada a convertir-se en qui és. Fins i tot va més enrere de la pròpia biografia, i busca en la seva àvia una explicació d’aquesta inquietud i pulsió bohèmia que va governar-la. Si les dues primeres parts de l’obra són emocionants, la tercera és un descens a l’infern dels enterraments prematurs. És desolador i sense edulcorar, i va de bracet amb el desencís de l’entrada al segon mil·lenni: ella canta per aturar la guerra d’Iraq, però no serveix de res; la pau entre Israel i Palestina no existeix; el Tibet encara no és lliure; la sida fa dècades que s’ha endut un grapat dels seus amics. L’autora ens obre una finestra trista a la pèrdua de moltes de les persones que ha estimat. 

Més que personal, l’interès del llibre és històric. Smith ens parla de les cançons que va fer, de com va fer-les, de treballar en equip, de fonts d’inspiració, però en el fons no parla de si mateixa. Aquestes memòries no tenen res a veure amb el gènere literari de l’autoficció, que parteix de la matèria fosca d’un mateix per a sublimar-la en forma artística. Ens descriu el procés de crear, però no sabem gaire què li passava per dintre. Com va anar, el primer part als vint anys? Com va ser, deixar la criatura enrere amb el cos encara convalescent? De què es va morir el seu marit Fred? No ens ho diu. Ell no ho hauria volgut, era reservat. En aquest sentit el llibre és la prova que pots parlar de tu mateix sense explicar res, i això m’ha decebut, però és cosa meva: l’autora sap molt bé el que fa i la mena de pa que vol donar-nos.

[Foto Isaias Fanlo - font: www.nuvol.com]

sexta-feira, 28 de novembro de 2025

Na companhia de William S. Burroughs

Em 1978, em Nova Iorque, a obra do autor de Queer foi objeto de uma celebração muito especial, agora revisitada pelo cinema. 


Escrito por João Lopes 

A herança literária de William S. Burroughs (1914-1997) desafia qualquer categoria artística ou filosófica em que o tentemos encerrar. Prova eloquente poderá ser o fabuloso Queer (2024), de Luca Guadagnino, baseado na obra homónima de Burroughs, por certo o filme mais radical - entenda-se: de uma beleza radical - que este ano chegou às salas portuguesas. Agora, reencontramos Burroughs num belo documentário, Nova ‘78, coassinado pelo português Rodrigo Areias e o americano Aaron Brookner - já apresentado no Doclisboa, passa hoje no Porto/Post/Doc (Batalha Centro de Cinema, 21h30).

No sentido mais básico, e também mais cinematográfico, Nova ‘78 documenta um acontecimento. A saber: a chamada Nova Convention, uma série de encontros/espetáculos - concertos, performances, conversas, etc. - que teve lugar em Nova Iorque ao longo de três dias de 1978 (30 nov., 1 e 2 dez.). Imaginado por Sylvère Lotringer, crítico literário francês, na altura sediado em Nova Iorque, o acontecimento foi concebido como um tributo a Burroughs, regressado aos EUA em 1974.

A partir dessa data, em grande parte graças ao apoio do amigo Allen Ginsberg, Burroughs foi superando a toxicodependência, aliás amplamente espelhada na sua escrita, nomeadamente em Queer (escrito em 1951-53, mas só publicado em 1985). Com ecos da chamada Nova Trilogy (The Soft Machine, The Ticket that Exploded e Nova Express), lançada entre 1961 e 1967, os eventos da Nova Convention recordam-nos um Burroughs admirado como verdadeiro guru da chamada contracultura da década de 1970 (o termo “contracultura” tinha sido cunhado em 1969 pelo escritor e filósofo Theodore Roszak). Para os seus pares, através da crítica da sociedade pós-industrial e do sistema legal de monitorização das diferenças individuais, Burroughs justificava mesmo a aura de “filósofo do futuro”. 

Nesta perspetiva, o mínimo que se pode dizer da Nova Convention é que foi um fascinante painel de contrastes, mesmo quando (ou sobretudo porque) a organização não foi um prodígio de rigor logístico. Podemos, por exemplo, descobrir Philip Glass num solo (minimalista, pois claro) no seu sintetizador, Merce Cunningham numa performance com John Cage, Laurie Anderson numa exposição prospetiva sobre o futuro (com a voz eletronicamente modificada) e o próprio Burroughs em várias intervenções.

A apresentação inicial dos acontecimentos está a cargo de Terry Southern, companheiro da Geração Beat que, ao longo da década de 60, tinha participado na escrita de vários argumentos para cinema, incluindo Dr. Strangelove (1963) e Easy Rider (1969). Com alguma bizarra ironia, Patti Smith assume a tarefa de dizer aos espetadores que Keith Richards, inicialmente anunciado, não irá aparecer... tendo sido “substituído” por Frank Zappa!

As imagens de Nova ‘78 foram registadas por Howard Brookner, tio de Aaron Brookner, ele que viria a realizar o documentário Burroughs: The Movie (1983). Agora, Aaron e Rodrigo Areias trabalham essas imagens começando por evitar a facilidade de uma voz off que se limitasse a “descrever” o que estamos a ver. Na sua multiplicidade de acontecimentos, a Nova Convention renasce, assim, como cerimónia de uma criatividade (veja-se e ouça-se a vibração de Ginsberg a declamar um dos seus poemas) em tudo marcada pelas convulsões do seu tempo (há mesmo algumas palavras contundentes de Burroughs sobre a revolução dos aiatolás no Irão). Dito de outro modo: a ideia de uma contracultura não pode ser transposta de um contexto para outro, mas a sua herança contém uma energia contagiante.

 

[Fonte: www.dn.pt]

sábado, 6 de janeiro de 2024

Delmore Schwartz i altres escriptors inspiradors de Lou Reed

A The Velvet Underground, etc. (Cúpula) el periodista Rafa Cervera revela els gustos literaris de Lou Reed, des dels autors beat fins al seu professor de literatura, Delmore Schwartz, del qual LaBreu edità el 2022 En els somnis comencen les responsabilitats.

Escrit per Àlex Milian

The Velvet Underground, etc. (Libros Cúpula), del periodista valencià Rafa Cervera, aprofundeix en aquest grup icònic per a la història de la música (segons el subtítol “El grupo que pervirtió la música rock”) i en les influències literàries del seu líder, Lou Reed (que ací apareix, en la seua etapa juvenil, com a Lewis).

Cervera explica que Reed va convertir un dels professors de la Universitat de Siracusa en “una mena de figura paterna”. Qui el va captivar va ser Delmore Schwartz, escriptor que va arribar a aquell centre “en hores baixes degut a les paranoies que la beguda fomentava al seu cap”, però que havia signat un recull de contes que havia impactat l’autor de Lolita: “El mateix Nabokov havia elogiat En els somnis comencen les responsabilitats, la col·lecció de relats que va publicar el 1938, la qual situà a l’alçada d’obres de J. D. Salinger, John Cheever, John Updike i John Barth”.

Aquest recull de relats, En els somnis comencen les responsabilitats, està traduït al català per Andreu Gomila i va ser publicat per LaBreu Edicions l’any passat. Fins al 2022 només la revista Paper de vidre havia encarregat la traducció d’un dels contes a Dolors Udina.

A Schwartz, en Lou Reed “l’escoltava encisat mentre recitava passatges de Finnegan’s Wake [James Joyce], a l’Orange, el bar pròxim al campus de Siracusa, on es reunien els seus deixebles per debatre sobre literatura fora de les hores lectives”.

Però Cervera també explica altres escriptors de capçalera de Reed: “Llegia compulsivament autors beat —Ginsberg, Corso o Bukowski—, que, com [William] Burroughs, introduïen a les seues obres el consum de drogues i la pràctica d’una sexualitat que a voltes fugia del normatiu”.

Reed “s’havia proposat emprar la cançó pop com vehicle literari: per la brevetat i abast popular, considerava les cançons com contenidors perfectes de lírica”.

[Font: www.eltemps.cat]

segunda-feira, 16 de janeiro de 2023

Un viaje a la Generación Beat

 

Escrito por LUIS MARTÍN-SANTOS LAFFÓN

Fue un día de septiembre hace ya unos años. En París estaba en curso una gran exposición sobre la generación Beat en el Centro de Arte Pompidou, más conocido como el “Beaubourg”.

Llevaba varios días inquieto en Madrid. Acaba de terminar el curso de meditación que regularmente imparto, siempre en la primera quincena del mes y después de eso, mientras en mi casa continuaban con mi pareja las discusiones sin fin y un cierto mal ambiente, me daba la sensación de que el verano se escapaba entre mis dedos, hecho que me animó a realizar una escapada a la capital francesa. Así que, sin dar aviso ni noticia a mis más allegados, organicé el viaje con ayuda de Internet en apenas unas horas.

"La exposición venía girando por el mundo desde Nueva York, vía San Francisco, hasta París. Simplemente no me la podía perder"

No hacía mucho que aquí en Madrid, en compañía de tres amigos, habíamos culminado, tras un par de años de labores varias, —contratación, traducción, intercalados con inesperados retrasos provocados por una crisis financiera global, crisis personales, inseguridades y miedos escénicos varios—, la publicación de una obra de Jack Kerouac en castellano, y yo me encontraba más empapado que nunca de la historia y la “energía” de lo beat.

La exposición, había leído, incluía todo tipo de objetos relacionados con los Beats: el rollo original de papel donde Kerouac había escrito En la carretera, la novela fundacional, intervenciones grabadas de Allen Ginsberg, fotografías, murales, pinturas y mucho material y parafernalia de la época. La exposición venía girando por el mundo desde Nueva York, vía San Francisco, hasta París. Simplemente no me la podía perder.

Sentado en mi escritorio frente a la pantalla, una vez tomada la decisión y conforme aumentaban mis deseos de perderme y desaparecer, crecía en mi la excitación. Tecleé lo primero buscando un billete de avión económico en una página de aerolínea de bajo costo, donde enseguida localicé una ida y vuelta inferior a 150€, tan poco, tan barato, Madrid-Barajas a París-Orly. A continuación voy a por el hotel… No había estado en París desde hacía algunos  años y es una ciudad que apenas conozco más allá de los alrededores de Notre-Dame.

¿Hoteles baratos?, ¿una noche? Encuentro múltiples ofertas, pero sin tener idea de dónde están localizados. Finalmente distingo en el mapa: Père-Lachaise, el cementerio… no demasiado alejado del Beaubourg. Hipohotel, zona Metro Gambetta République, en la rue des Pyrénées, 20t arrondisement, barato. ¿Podrían ser 35 euros…?, no, fueron 50. Voy a hacer la reserva. Miro fecha. Mañana mismo.

"Dejo mi casa con una sensación de irrealidad y una cierta inseguridad: si esta locura que estoy haciendo tiene sentido, si lo pasaré bien"

En silencio y sin avisar a nadie saco los billetes… y me voy a acostar. Antes escribo a un amigo fotógrafo que he conocido hace unos años en Mallorca. Es profesor de fotografía y literatura en la Sorbona y conoce bien a los Beats. Le escribo y sorprendentemente me advierte que estará en París. Vive en Aix-en-Provence, pero viaja a París cada semana para dar unas clases y después regresa a su domicilio. Es algo mayor que yo, una persona calmada y entrañable; un verdadero profesor. Una excusa perfecta para tomar un café y tener una charla amiga en esas 24 horas que voy a pasar yo solo en París. Se llama Jacques Terrasa.

A la mañana siguiente termino mi maleta de un día y salgo andando para tomar el autobús en la calle O’Donnell, que me lleva a la vieja terminal 1 de Barajas. La terminal está tranquila, es sábado y acaba de empezar el fin de semana. Dejo mi casa con una sensación de irrealidad y una cierta inseguridad: si esta locura que estoy haciendo tiene sentido, si lo pasaré bien. Y de mala conciencia: abandonando sin avisar y adrede a la familia. Una vez pasado el control de seguridad y ya sentado esperando en la puerta de embarque, la megafonía nos invita a preparar billetes e identificación, ir subiendo al avión y, después de haber colocado la maleta en la parte superior de la cabina, a acomodarnos en los asientos de forma ordenada.

El avión despega y yo con él: me elevo hacia los cielos. Estoy encantado. Durante el vuelo permanece, sin embargo, una sutil sensación de vértigo. El avión va lleno y voy encajonado en los últimos asientos, al fondo de la cabina de pasajeros. A los tres cuartos de hora estamos volando sobre los Pirineos. Al pasar se distinguen bien las cumbres, y entramos en territorio francés en medio de las nubes, accediendo a un país más verde que la piel de toro. Una hora más tarde comenzamos las maniobras de aproximación y antes de darme cuenta, casi precipitadamente, me encuentro que estamos aterrizando. Justo al tocar tierra algo se conecta dentro de mí, debajo de mi ombligo, y desaparece la sensación de vértigo, que viene a sustituirse por una certeza acompañada de la natural excitación al darme cuenta de que ya estoy en París. Now it’s real!

"El Hipohotel tiene una entrada única y parece sacado de la película de Bertolucci, El último tango en París, o, luego me daría cuenta, ¿había llegado ya, sin querer, a la versión actual del mismo Beat Hotel?"

Bajo del avión, seguido de mi maleta de 24 horas demasiado cargada, y me subo al autobús que nos acercará a la terminal. De ahí rápidamente saltó en el OrlyVal que me acercará a la ciudad, a la estación Antony, desde donde tomo el metro que me lleva a plaza  Gambetta via Les Halles. Desde allí me dirijo rápidamente al hotel, que he reservado casi a ciegas en una zona no muy alejada de Beaubourg y junto al cementerio Père-Lachaise.

Camino desde la plaza, apenas unas manzanas por la Rue des Pyréneés. Son los últimos días de septiembre, sábado 24, y cuando llego a eso de las 21:00 ya ha anochecido. El Hipohotel tiene una entrada única y parece sacado de la película de Bertolucci, El último tango en París, o, luego me daría cuenta, ¿había llegado ya, sin querer, a la versión actual del mismo Beat Hotel?

En el portal, subiendo cuatro escalones a la derecha y debajo de las escaleras, hay un pequeño mostrador con una mujer de mediana edad, muy maquillada, que revisa la reserva, me da la llave, y me invita a subir a la habitación situada en el 2º piso, la primera puerta del pasillo, con techos bajos y color indefinido tirando a verde. Una vez dentro me encuentro con una cama de buenas dimensiones, alta. Mobiliario escueto, una silla, una mesa sujeta en la pared y en frente, junto a la ventana-balcón, un baño básico. Ducha con cortina, lavabo e inodoro. Mientras subo me cruzo con una pareja francófona joven de color que baja, con la que apenas intercambio una mirada cómplice. Paris is Jazz.

En todo el edificio hay una algarabía tremenda proveniente del bar restaurante que recorre la primera planta en la calle, a continuación del hotel, hasta la esquina y el próximo chaflán. Como no hay otra alternativa —ni me planteo quedarme con tanto escándalo—, dejo mi maleta 24 horas y, después de asearme un momento, me tiro a la calle buscando algo para cenar y para comprobar, con mis propios ojos, de donde proviene tanto ruido.

Salgo a la calle, doblo a la derecha y, efectivamente, el establecimiento de al lado tiene terraza y diferentes puertas y ventanales abiertas a la calle. Hace calor y hay muchísima animación. Está lleno de estudiantes, sentados y bebiendo en las mesas dispuestas en la acera, y dentro incluso un pequeño grupo de chicos y sobre todo chicas bailando con entusiasmo. Toda la escena me arranca una incontenible sonrisa.

"Para cuando he terminado de cenar, deben ser ya las once. En la acera de enfrente ha cesado la música, y al rato, los grupos se han ido y se hace un cierto silencio"

Como no conozco a nadie, opto por instalarme en un acogedor bistró que se encuentra en la acera de enfrente, desde donde se divisa toda la acción. Llego con la buena fortuna de encontrar que todavía tienen abierta la cocina, y me pido un sabroso osobuco acompañado de un puré de patatas y regado con una jarra de cerveza alemana. La clientela del bistró varía entre parejas francesas en noche de sábado y hombres con aspecto de árabes sentados en grupo, alguno de los cuales se pasa un buen rato observándome, creo que con una cierta curiosidad sospechosa. Va cayendo definitivamente la noche y, mientras ceno, disfruto de los sabores, doy un largo trago la jarra de cerveza que me han traído, miro curioso todo a mi alrededor, la terraza de enfrente, la carta, escucho francés o lo hablo con el camarero, la atmósfera va tranquilizándose. Para cuando he terminado de cenar, deben ser ya las once. En la acera de enfrente ha cesado la música, y al rato, los grupos se han ido y se hace un cierto silencio. La calle ahora solo está transitada por grupos más pequeños, alguna joven regresando con paso rápido en dirección al metro, algún borracho. La noche sigue siendo cálida y yo cruzo tranquilamente de regreso al Hipohotel —qué nombre tan “enrollado”— con intención de descansar después de un día de transportes, aviones y aeropuertos. Paso por la recepción del hotel, camino de mi habitación, y esta vez está más animada: la conserje en conversación con dos parroquianas de su misma edad y maquillaje, hablando francés con marcado acento italiano sentadas en las escaleras.

Paso por delante, saludando con un escueto bonne nuit y sigo directo para mi cubículo. Llego a mi habitación con una cierta expectación, pero con el impulso suficiente para desnudarme, ponerme el pijama y meterme en la cama, donde caigo rápidamente dormido.

Por la mañana me despierta la primera claridad que consigue entrar entre las cortinas semicorridas y los visillos. Domingo por la mañana, el ambiente es muy tranquilo. Remoloneo un rato en la cama pero hacia las 9:30 me levanto, me doy una ducha y me decido a salir a la calle y emprender mi día tirando de mi maleta. La calle presenta las huellas de la noche anterior, algunos restos inevitables del botellón. Avanzo por le rue des Pirénées de regreso a la plaza Gambetta y para mi alegría compruebo que la plaza esta sembrada de cafés, a esa hora poblados por los franceses más madrugadores que ya se han hecho con una copia de Le Fígaro o L’Equipe y están ya sentados leyendo la prensa. Inefable me siento en una terraza, me pido un café au lait y un croissant.

"Es un cementerio que, leo en el cartel, acoge todo tipo de personajes ilustres, desde Jim Morrison, cantante de los Doors, hasta Marcel Proust, una lista interminable de escritores, intelectuales, científicos y artistas"

En seguida me dan las 11 y echo a andar. En esa época el Google Maps todavía no está tan popularizado y la itinerancia en los teléfonos hay que pagarla, lo mismo que los datos, de modo que voy tirando del mapa y la chuleta que he tenido precaución de prepararme. Había visto que el Père-Lachaise estaba muy cerca y efectivamente hay una calle desde la plaza Gambetta que lleva a una de las entradas. Está a 500 metros que recorro con calma seguido de mi maleta. Siento una cierta emoción. Suena en mis oídos internos la melodía de Malcolm Maclaren & Catherine Deneuve, Paris, Paris… La entrada es una puerta abierta en el muro sin verja, y en frente hay una explanada amplia. El cementerio tiene grandes avenidas, árboles y unos carteles que enumeran la lista de personalidades que descansan en este camposanto.

Es una mañana de domingo nublada y amenaza a llover, aunque esto sucederá solo una hora más tarde. Hay algunos paseantes —ahora me siento dentro de una película de Antonioni—, la soledad, el silencio del cementerio, el verde de los árboles y mi maleta. Echo a andar, recorro el primer boulevard y doblo hacia la izquierda por delante de las primeras tumbas.

Es un cementerio que, leo en el cartel, acoge todo tipo de personajes ilustres, desde Jim Morrison, cantante de los Doors, hasta Marcel Proust, una lista interminable de escritores, intelectuales, científicos y artistas. Algunos muy conocidos, otros no tanto. Es imposible visitarlo en una única mañana. Las avenidas generales son espaciosas y tienen un determinado relieve. En frente de esta entrada se levanta una colina que no subiré.

Mientras paseas entre tumbas y mausoleos, es obligado ir deteniéndose para poder leer las inscripciones, y quién sabe si descubrir ese personaje famoso o aquel epitafio inmortal que sugiera al paseante un momento de contemplación, llegar a conmovernos o incluso volver a arrancarnos una sonrisa.

"Me sorprende un monumento levantado en homenaje a los caídos españoles en la guerra europea y de liberación de los alemanes contra los nazis, exiliados primero de la guerra española"

Después de varias paradas llego por fin ante un mausoleo de buen tamaño: un bloque de piedra de veinte toneladas que lleva esculpida una estilizada esfinge alada. Se trata de la tumba de Oscar Wilde, promovida por sus amigos, realizada por un escultor y pagada por suscripción popular. Aunque es bastante más alta, está cubierta por un cristal transparente de dos metros de altura para protegerla de la costumbre de plantarle un beso que miles de visitantes adoptaron como forma de homenaje al escritor. En origen, la esfinge parece que estaba provista de unos generosos genitales masculinos de los que fue desprovisto en sucesivas ocasiones, de ahí también el cristal.

Yo, sin conocer entonces la historia, quedo impactado por el monumento y la energía del lugar. Luego me enteraré de que es la más popular después de la de Jim Morrison. Llego sin preguntar e igualmente después de un rato, unos veinte minutos de parada y poderosa inspiración, decido continuar adelante.

Una de las bellezas del Père-Lachaise es que es un cementerio urbano y al estar —según puedo apreciar asentado en la falda de una gran colina— por encima de sus muros, se divisa el skyline parisino en ese día nublado y, a partir de ese momento de la visita en el que comenzó a caer una pequeña llovizna, lluvioso.

Después de Wilde seguí caminando hasta el final de la calle para continuar a lo largo del muro que bajaba en suave pendiente bordeando las lápidas hasta la entrada principal. A ratos tengo que abrir mi paraguas. Las tumbas van cambiando y en algunas se ve la antigüedad, más de 200 años, las diferentes construcciones, templetes y estilos. Me sorprende un monumento levantado en homenaje a los caídos españoles en la guerra europea y de liberación de los alemanes contra los nazis, exiliados primero de la guerra española. Reconocimiento que no se puede encontrar en su país, España. Entre estas y otras cosas fui llegando hasta la entrada principal, por donde salí.

Después de este interludio silencioso regreso al bullicio, no tan intenso en domingo, y pongo dirección a la siguiente etapa, encontrarme con Jacques y visitar a la Beat Generation en Beaubourg.

"París es un marco perfecto para recibir una muestra así, pues fue parada obligada de todos sus protagonistas"

Un par de paradas de metro y estoy ya en los alrededores del BB, cuando me doy cuenta de que no tengo entrada. Me pongo a hacer la larga cola y a tratar de sacarla a través de la web del museo con mi móvil, lo que por cierto consigo hacer después de un rato. Ahora ya no recuerdo, pero creo que antes de entrar me vi con Tarrasa. Quedamos en la puerta de la exposición. Él ya la había visto, pero me cuenta que no hacía mucho que había hecho un trabajo sobre Bernard Plossu, un fotógrafo que había recorrido con los Beats la ruta mexicana del peyote y el yagé al que por supuesto trató, por lo que estaba muy puesto en el tema.

Yo creo que le hice entrega en ese momento de una copia de Despierta, nuestro libro budista, de Jack Kerouac.

Después de hora y media bien aprovechada, me acompaña hasta la puerta del museo justo a tiempo para entrar en mi turno asignado, que comenzaba a las 17:30.

Esta vez tuve que esperar menos. Subimos en el ascensor de este edificio transparente y pronto me encuentro en la puerta de la 4ª planta, listo para sumergirme en la expo beat.

BEAT GENERATION: New York, San Francisco, París

París es un marco perfecto para recibir una muestra así, pues fue parada obligada de todos sus protagonistas.

Al entrar en la sala de la exposición, lo primero que me encuentro es una espina dorsal que la recorre. Es el rollo de escritura de On the road, extendido sobre una mesa baja iluminada de, calculo, 50 metros. Hay varias secciones de la exposición que inmediatamente llaman mi atención, que disfrutan de una atmósfera de performance. Hay una sección, por ejemplo, con varios teléfonos en la pared, todavía con rueda de números, titulada ‘Dial a poem’, en los que después de “descolgar” y marcar, puedes escuchar un poema-beat, cada vez diferente.

"Cuando viajar es todavía una grandísima aventura transformadora y no una industria. Y los héroes: Neal Cassidy, Ferlinghetti, Macluren, Snyder, Timothy Leary, the magic bus, Dylan..."

Lo que más me impacta son las habitaciones dedicadas al Beat hotel, donde se reproduce la Dream machine, la maquina de los sueños, que consiste en una habitación con una cama de hierro con dosel. La cama está hecha. La habitación, similar a la que he ocupado en el Hipohotel la pasada noche, está iluminada por una luz caleidoscópica que gira provocando un movimiento que barre ininterrumpidamente el espacio. Sincronizada, una música y sonidos de carácter repetitivo suenan de fondo. Su función es inducir un estado similar al producido por las drogas psicodélicas, LSD o psilocibina, a través de los cuales acceder a lo profundo de la psique y el arte.

Arte, fotografía, carteles, parafernalia, viejos automóviles. Mapas: San Francisco, Chicago, Denver, Nueva York. On the Road. La música del jazz: Dizzy Gillespie, Charlie Parker (Bird), Thelonius Monk, Art Blake, el Bebop…

Y luego México, las drogas, la bencedrina, los artistas, la búsqueda y la huida. Para Jack el retiro en la naturaleza, Desolation Mountain, la cabina de guardia forestal en el pico de la montaña, el misticismo en vena de los Dharma Bums…

Luego el viaje a Europa, París, Tánger, incluso brevemente España. Oriente para otros, India y Benarés para Alan y Orlowsky, y Extremo Oriente para Snyder, el zen, viajar en barco hasta el Japón. Cuando viajar es todavía una grandísima aventura transformadora y no una industria. Y los héroes: Neal Cassidy, Ferlinghetti, Macluren, Snyder, Timothy Leary, the magic bus, Dylan…

Antes de nada, al principio la película muda, Pluck my Daisy, son seis jovencitos estudiantes flipando en Nueva York en una mañana fría y aburrida.

Hubo un momento, se narra en la exposición, en el que Ginsberg, Kerouac, Burroughs y Corso se interesan en las teorías de Wilhelm Reich, los orgones y el orgasmo, como no podría ser de otra forma para este grupo de vividores/investigadores.

Se escucha la voz de Ginsberg, que lanza la perorata desde un televisor de tubo catódico en blanco y negro mientras en el exterior llueve y tras el cristal se distingue a lo lejos el Sacré-Coeur, coronando Montmartre, en un cielo en ese momento gris, gris, gris.

"Lo esencial, de todas maneras, no será la lealtad de Lamantia al credo surrealista, sino la práctica intempestiva del método surrealista; dicho de otra manera: la práctica constante por su parte del automatismo psíquico"

La historia de esta vinculación del surrealismo con lo beat no es solo una leyenda. El 8 de octubre de 1943, el joven poeta Philip Lamantia, con solo quince años, envía una carta a André Bretón, en aquel momento presente en los USA durante su exilio en Nueva York, quien está preparando un número especialmente rico de la revista View, retitulada para esta ocasión como VVV (triple V) en el que escribe: “proclamo mi adhesión formal al surrealismo, a sus posiciones concernientes a la literatura, el arte, la sociedad y la humanidad, que son de naturaleza puramente revolucionaria, y que forman parte de mi temperamento antes incluso que yo conociese las teorías del surrealismo”.

Lamantia participó diez años mas tarde en la primera lectura colectiva, el 7 de octubre de 1955, en la Six Gallery de San Francisco, en la que Ginsberg leyó su poema Howl, Aullido, en un evento organizado por Michael McClure y en la que participaron los poetas Gary Snyder y Philip Whalen, jaleados enérgicamente por un vociferante Jack Kerouac. De los cinco poetas, Lamantia es el único que ha participado ya en una lectura pública. La secuencia es considerada unánimemente como el acto público inaugural de la Beat Generation. Lo esencial, de todas maneras, no será la lealtad de Lamantia al credo surrealista, sino la práctica intempestiva del «método surrealista», dicho de otra manera, la práctica constante por su parte del automatismo psíquico. Lamantia no cesará de proclamar esta como su contribución al movimiento poético beat.

Son múltiples las pruebas y los testimonios de la cohabitación entre beats y surrealistas, mas será durante las prolongadas estancias de los primeros en París y las reuniones y encuentros entre ellos y los jóvenes americanos cuando esta se produzca.

Henry Miller, Anaïs Nin, Celine, y su Viaje al fin de la noche, Duchamps, Breton, Picabia, Apollinaire, incluso Genet. Corso, Lamantia, Burroughs, Snyder, Kerouac, Ginsberg… todos revolotean, como yo hoy, en ese París inspirando el mundo de las ideas, unos de otros, jóvenes y adultos y más mayores, casi ancianos, unos de vuelta y otros de ida, escribiéndose e inspirándose en un eterno corre, ve y dile, comunicativo y global.

El recorrido de la exposición, la última sala, está dedicada al vuelo del Enola Gay y el efecto aterrador de la bomba al caer, un 6 de agosto de 1945. El hongo atómico liberando más energía que mil volcanes, trayendo la destrucción, inaugurando una nueva era. La humanidad ya nunca será igual, se inicia la era atómica. Y como no puede ser de otra forma, simultáneamente surgen los Beats y el pacifismo, la revolución de la conciencia, la rebelión, la ecología y el hippismo.

Así fue mi viaje a París en 24 horas. Un aeropuerto, un hotel, un paseo por un cementerio en una mañana lluviosa, un café con un amigo y una conversación, una exposición… soledad dosificada, huida, retiro para el encuentro, impresiones en la memoria, alguna conclusión, descanso, la escapada… al encuentro de Kerouac y la caterva feliz e iluminada que para siempre será la Generación Beat.


[Fuente: www.zendalibros.com]

segunda-feira, 9 de janeiro de 2023

Durruti se cita con King Crimson

Los jóvenes contraculturales de la Cataluña de los 70 revitalizaron el movimiento libertario en los estertores del franquismo y trataron de ensamblar el ‘underground’ y la tradición anarquista. Una exposición recuerda su legado

                              Cartel promocional de la exposición Underground y contracultura en la Cataluña de los 70.

Escrito por César G. Calero

Una multitud desfiló por las calles de Barcelona a finales de noviembre de 1936 para despedir a Buenaventura Durruti, el carismático dirigente anarquista caído en Madrid. El corto verano del anarquismo daba paso a la triste realidad de una contienda que se antojaba larga. La posguerra enterraría el sueño de una nueva sociedad. Pero el surco libertario, aquel que habían comenzado a labrar un puñado de obreros y artesanos a finales del siglo XIX bajo el influjo de Bakunin y Fanelli, no desapareció. La utopía ácrata recobró vida en el tardofranquismo y prendió su mecha de nuevo en Cataluña al calor de los nuevos tiempos. Vientos de cambio que llegaban de California, de Londres, de Ámsterdam, del Mayo francés. Los jóvenes contestatarios devoraban el California Trip de María José Ragué y el Durruti de Julio C. Acerete mientras fumaban marihuana o emprendían un viaje lisérgico. La banda sonora también había cambiado. En los bares del Barrio Chino, Las Ramblas o el Born no sonaban los acordes de Hijos del Pueblo sino la distorsión del Purple Haze de Jimmy Hendrix o la psicodelia envolvente del Epitaph de King Crimson. La CNT y el underground, aunque con cierto recelo, se daban la mano. Federica Montseny regresaba a una Barcelona abarrotada de banderas rojinegras en Montjuic, la misma ciudad por donde Ocaña paseaba su inconformismo radical. Nacía el teatro independiente de Comediants, la música layetana de Pau Riba, Jaume Sisa y Gato Pérez, el cómic sacrílego de Nazario y Pepichek, el periodismo contracultural de Ajoblanco que se atrevía con todo: feminismo, ecologismo, antimilitarismo, homosexualidad, antipsiquiatría… Eran los años 70 y Barcelona se iluminaba de nuevo.

La exposición “Underground y contracultura en la Cataluña de los 70”, comisariada por Pepe Ribas, fundador de la revista Ajoblanco y autor de Los 70 a destajo, refleja de manera muy ilustrativa esa efervescencia cultural, social y política que experimentó Cataluña en la década del 70. La muestra, en la que Ribas ha contado con la colaboración de Canti Casanovas (creador de la web sense nom) y el arquitecto y diseñador Dani Freixes, puede verse en CentroCentro (Ayuntamiento de Madrid) hasta el 12 de febrero tras su presentación hace un año en el Palau Robert de Barcelona.

Fue un tiempo acelerado en el que miles de jóvenes desafiaron los últimos vestigios de la dictadura

Aquella revolución cultural que había comenzado tímidamente a finales de los años sesenta eclosionó a mediados de los setenta y se difuminó antes de que concluyera esa década. Fue un tiempo acelerado en el que miles de jóvenes desafiaron los últimos vestigios de la dictadura y se propusieron cambiar los modos de vida franquistas. El rock se coló por la rendija del aperturismo económico y el incipiente turismo. Y junto a la música anglosajona llegaron también las influencias del esoterismo oriental, el LSD y los libros de autores foráneos que publicaba la editorial Kairós (Aldous Huxley, Jack Kerouac, Erich Fromm, Paul Goodman, Murray Bookchin, Alan Watts…). Esa editorial, fundada por el filósofo Salvador Pániker, sacó a la luz California Trip, de María José Ragué, una obra capital en los inicios de la contracultura catalana. Durante su estancia en la cuna del movimiento hippy norteamericano, Ragué recogió testimonios como el del poeta Allen Ginsberg, figura señera de la generación beat: “Nuestra percepción, nuestros sentidos, están bloqueados. Estamos condicionados por un círculo de ‘dinero-máquina-coche-banco-tv-familia-oficina-avión’ que no nos deja ver el circuito de la existencia”.

Los jóvenes contraculturales transforman en esos años todas las disciplinas artísticas. El rock psicodélico y progresivo se mezcla con el folclore nacional. Pau Riba, el primer hippy catalán, publica Dioptría en 1970. Jaume Sisa, la Companyia Elèctrica Dharma y Gato Pérez experimentan con diferentes ritmos en el templo musical de la contracultura: la sala Zeleste. En bares como el London, el Ascensor y el Cafè de l’Òpera se citan estudiantes, macarras y libertarios. Toda transgresión es bienvenida. Aparece un poeta en cada esquina de Las Ramblas y del Barrio Chino (el Raval actual). Pau Maragall, más conocido como Pau Malvido, hace un recuento de su generación en Nosotros, los malditos. Nace la Asamblea de Actores y Directores que organiza el Festival Grec en el verano del 76 y, en noviembre de ese año, la Asociación de Trabajadores del Espectáculo (ADTE), de tendencia anarquista, lleva a escena el Don Juan Tenorio de El Born en el mercado abandonado del barrio. “Aparecían en escena quince Doña Inés y nueve Don Juan, actuando desde diferentes puntos y bajo la dirección de varias personas”, destacaba la crónica del diario El País. Las influencias del Living Theatre de Julian Beck se pasan por la batidora mediterránea de los pasacalles y la fiesta pagana. El cómic rompe todos los esquemas de lo políticamente correcto con publicaciones como El Rrollo Enmascarado. Las autoridades franquistas se llevan las manos a la cabeza con La Divina Piraña, de Nazario Luque, o Pauperrimus comix, de Pepichek (pseudónimo de Josep Farriol).

Toda esa explosión creativa tiene que lidiar con la España de los tricornios y las sotanas. La represión estatal no frena a una generación que apuesta decididamente por la libertad

La censura cae sobre estos autores que hacen bandera de la irreverencia. Toda esa explosión creativa tiene que lidiar con la España de los tricornios y las sotanas. Pero la represión estatal no frena a una generación que apuesta decididamente por la libertad. Músicos y dibujantes, letraheridos y pasotas, se juntan en comunas y pisos donde todo se comparte. Pau Riba (fallecido en marzo de 2022) ya había fundado en 1968 una comuna en el Tibidabo junto a su pareja, Mercè Pastor. Cuando fueron desalojados de allí se instalan en Formentera. Riba dirá entonces: “Huí del cementerio de un lugar burgués y cristiano para inventarme una nueva forma de vida”.

Las revistas alternativas son en esos años fuente de comunicación y debate de esa nueva forma de vida. Star, dirigido por Juanjo Fernández, o el Ajoblanco de Ribas, Toni Puig y Fernando Mir, se constituyen en una suerte de redes sociales de papel y tinta. Ambas publicaciones sufrirán la censura de una dictadura agonizante. El primer número de Ajoblanco sale a la calle en octubre de 1974. En el momento de su máximo esplendor la revista vende cien mil ejemplares. Con sus monográficos sobre feminismo, ecología o antipsiquiatría genera una gigantesca comunidad de lectores y se erige como puente de confluencia entre el viejo anarquismo y los nuevos movimientos sociales hasta su cierre en 1980. La revista se reeditaría entre 1987 y 1999 y tendría una fugaz resurrección en 2017.

Fuera del sistema

“La contracultura –explica Ribas– implica vivir fuera del sistema. En aquella época esto solo se podía hacer en Barcelona porque había barrios en los que la policía no entraba. Hubo una ruptura con la moral franquista pero también con la moral victoriana europea. Y con el marxismo. Los grupos marxistas-leninistas, trotskistas o maoístas trataban mal a los homosexuales porque decían que eran gente débil que podía cantar la Traviata ante la policía. Y a las mujeres las usaban de secretarias. Nosotros, los contraculturales, no éramos machistas. El trato era de tú a tú en las comunas. La identidad sexual no estaba clara, había mucha gente bisexual. Se trataba de vivir al margen del sistema”.

La militancia se llevaba mejor si, como recuerda Ribas, uno salía de casa después de haber escuchado algo de rock. O se dejaba caer por un concierto, como los que ofreció King Crimson en el Palacio de Deportes de Granollers en noviembre de 1973 (durante dos jornadas). Hubo sus más y sus menos con la policía. Pero lo importante era flipar un rato mientras sonaban In the Court of the Crimson King y otros himnos de la banda de Robert Fripp. La ceremonia de los conciertos de rock no había hecho más que empezar. Cataluña tendrá pronto su particular Woodstock con el primer Canet Rock celebrado en julio de 1975 (con Pau Riba, Sisa, María del Mar Bonet y la Orquesta Platería, entre otros artistas).

En los años 70 proliferan también en Cataluña las comunas, rurales o urbanas, en las que los sentimientos colectivos priman sobre los impulsos individuales. Canti Casanovas tenía poco más de 20 años cuando alquiló una casa cerca de Igualada a la que se fueron a vivir varios amigos durante cinco años: “Teníamos reuniones para saber cómo debíamos plantar las lechugas y qué tipo de huerto nos interesaba más”. Casanovas había visitado una de las comunas del sur de Francia que había creado el filósofo y poeta Lanza del Vasto, un discípulo de Gandhi de origen italiano: “Tanto en las comunas como en los pisos de talleres de dibujantes se compartía todo, había dinero en común, nos conformábamos con comer arroz integral y salsa de soja”. El fenómeno de los neorrurales que prende a partir de los años 80 y llega hasta nuestros días debe mucho a esas primeras experiencias de vida compartida en el campo.

La contracultura catalana de los 70 ha sido silenciada a lo largo de los años, pero aquellos jóvenes rompieron tabúes y dogmas y se atrevieron a reivindicar derechos civiles de los que hoy disfrutamos

La contracultura catalana de los 70 ha sido silenciada a lo largo de los años como si nunca hubiera existido, pero aquellos jóvenes rompieron tabúes y dogmas y se atrevieron a reivindicar derechos civiles de los que hoy disfrutamos: la libertad sexual, los derechos de los homosexuales, el feminismo, el ecologismo, el antimilitarismo… Algunos se dejaron la vida en ello. Otros acabaron marginados por el sistema o absorbidos por las instituciones. Esa juventud rupturista exploraba nuevas formas de acción y protesta, alejadas del dogmatismo de las organizaciones marxistas. La vieja acracia exiliada o reprimida en las cárceles se encontraba con los jóvenes melenudos atraídos tanto por la pulsión libertaria como por el rock psicodélico. Pese a las diferencias generacionales y a algunas reticencias, la CNT y los movimientos sociales emergentes estaban condenados a entenderse: eran parte de la misma lucha antipactista. El sindicato anarcosindicalista mostró su pujanza en el mitin del 2 de julio de 1977. Unas 250.000 personas se congregan ese día en Montjuic, mucha más gente que en cualquier otro acto de masas de la izquierda. El surco sigue abriéndose. A finales de ese mes de julio llega el momento dorado de aquel renacimiento libertario. Los anarquistas toman Barcelona durante las Jornadas Libertarias organizadas por el Sindicato del Espectáculo de la CNT con la colaboración de Ajoblanco y otros colectivos.

Barcelona rojinegra

Entre el 22 y el 25 de julio Barcelona es una fiesta revolucionaria en la que no faltan los debates y las reivindicaciones políticas y sociales. Hubo música y baile en el Parque Güell, marchas a la cárcel Modelo para reclamar la libertad de los presos políticos y sesudos debates en el Saló Diana. Allí, ante la mirada de los cenetistas más veteranos, un joven Jordi Alemany, de la revista ecologista Alfalfa (financiada por Ajoblanco), criticó los sectarismos que impedían la unidad de acción: “Nadie tiene la exclusividad de un tipo de lucha”, proclamó. La cultura de masas obligaba a una reinvención del movimiento libertario que fuera capaz de superar los esquemas y estrategias tradicionales del anarcosindicalismo basados en las relaciones laborales y la producción. Las actividades de las jornadas quedaban consignadas diariamente en Barcelona Libertaria, cuaderno de bitácora que distribuía 40.000 ejemplares. En el número dos podía leerse: “De lo que se trata es de abrir las puertas al Comunismo Libertario, proyecto de futuro que se forja en nuestras manos (…) El anarquismo es la afirmación de un individuo y de una sociedad solidaria, sin clases ni patronos ni poderes”. Y se informaba del motín de 400 presos en la cárcel Modelo. Unos 40 reclusos lograron ocupar la cúpula del edificio. Era el primer motín –señalaba el diario– en que por primera vez los llamados presos comunes y presos políticos luchaban unidos ante la injusticia y la represión. Las reivindicaciones políticas se mezclaban esos días con las ganas de diversión y de liberación sin límites. El artista-activista Pepe Ocaña y Nazario lo entendieron muy bien cuando se subieron un día al escenario en el que tocaba un grupo de rock. Acompañados de un amigo y con su atrevidísimo look travesti, improvisaron una performance que entusiasmó a la entregada parroquia. Ocaña entonó un pasodoble y luego exclamó: “No soy gitana pura, soy gitana libertaria, por eso pido la amnistía para todas las mariquitas”.

“Creo que las Jornadas Libertarias, en las que participó medio millón de personas, fueron prematuras –asegura Ribas–. Se tenía que haber esperado más tiempo porque asustamos a los poderes; vieron que la acracia había resucitado y que no iba a pactar. Esto era muy peligroso en aquella situación, sobre todo para la socialdemocracia. Se creó un relato que no tiene nada que ver con lo que sucedió. Esta exposición, de alguna forma, pone de manifiesto lo que pasó, porque la gente se emocionaba y se reencontraba a sí misma (…) El encuentro de la cultura underground con el mundo de la CNT fue muy rápido, explosivo. El tiempo transcurrió demasiado deprisa. Los cuadros del sindicato estaban saliendo de la cárcel (aquellos que tenían 35 o 40 años) o habían estado en el exilio durante 40 años. Los exiliados eran mayores y se habían ido de España de una determinada manera y volvían a un país completamente distinto y que no comprendían. En muy poco tiempo –1977– la CNT alcanzó los ciento y pico mil militantes. Una locura. Por otro lado, la gente joven estaba inmersa en un proceso muy acelerado de cambio de costumbres, de huida de la casa y de la influencia del paterfamilias. Mi conclusión es que no hubo tiempo suficiente para que el movimiento libertario se articulara con la CNT tradicional”.

La decadencia

El fervor libertario del verano del 77 duraría poco. Seis meses después, en enero de 1978, el “caso Scala” reventaría las costuras de la renacida CNT. Se responsabilizó al sindicato por el incendio de la sala de fiestas y la muerte de cuatro trabajadores al término de una manifestación contra los Pactos de la Moncloa. Años después se sabría que todo fue orquestado por los aparatos policiales de un Estado que veía con extrema preocupación el auge del movimiento libertario. El acoso y derribo a la CNT coincidió con la aprobación de esos pactos entre los partidos políticos tradicionales. El régimen del 78 iba tomando forma y acabaría imponiendo su relato de la Transición.

En las barriadas más desfavorecidas de Barcelona irrumpía el punk, un movimiento nihilista pero no contestatario que atrapó a una juventud sin trabajo y sin futuro en un contexto de crisis económica. Ribas subraya que ese periodo coincide con la debacle del movimiento libertario: “Los partidos de extrema izquierda que no entraron en el Parlamento en el 77 se introdujeron en los movimientos sociales libertarios y comenzaron los enfrentamientos y las pugnas. Algunos de los que habían coordinado esos movimientos acabaron integrándose en las áreas de Juventud y Cultura de los nuevos ayuntamientos. Empezaba la cultura de la subvención”. En aquella época vertiginosa asoma también como actor destacado el nacionalismo. Casanovas siempre ha abogado por una mayor defensa del catalán, su lengua materna, pero rechaza la manera en que el pujolismo impuso el catalanismo como una cultura basada en símbolos nacionales: la sardana y los castells, Tàpies y Miró: “Yo quería dar una visión más amplia al crear la web sense nom (dedicada al periodo contracultural de los 70). El nacionalismo lo entiendo como opuesto a la contracultura, es la unidad en torno a elementos como la lengua o la bandera”.

Los jóvenes contraculturales no solo pretendían erradicar los modos de vida franquistas. Buscaban una transformación social de arriba abajo

El nuevo escenario sociopolítico y la crisis económica de finales de los 70 aceleran la decadencia de la contracultura catalana. El capitalismo inaugura una nueva fase especulativa, la carestía de la vida golpea a las familias más vulnerables y los barrios marginales se descomponen con el desembarco de la heroína, una droga de efectos devastadores que sustituye a ese “sacramento” de la espiritualidad que había sido el LSD. La era del nosotros y la solidaridad se apaga y surge la cultura del yo y la sublimación del dinero.

Los jóvenes contraculturales no solo pretendían erradicar los modos de vida franquistas. Su aliento iba más lejos. Buscaban una transformación social de arriba abajo. O, para ser exactos, de abajo arriba. “Queríamos una revolución cultural y nos quedamos a la mitad –reconoce Ribas–. Se impuso la cultura del mercado, el mundo de la estética, y se anuló el mundo de la ética y el pensamiento. Hoy hay poca libertad mental, estamos adocenados, muy instrumentalizados. Pero nos queda lo que hicimos. De todo aquello quedan las libertades civiles, el antimilitarismo, la laicidad, el feminismo... La huella está ahí y creo que en los márgenes de la sociedad todavía hay contracultura”.

 

[Fuente: www.ctxt.es]