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sexta-feira, 23 de outubro de 2026

Un rock star en Sudamérica

Emmanuel Carrère lleva a Buenos Aires los dilemas de su escritura y su inquietud ante el futuro: «Tengo hijos y un nieto, y tengo la impresión de que van a vivir en un mundo de pesadillas». 

Emmanuel Carrère, durante su paso por Buenos Aires, una de las escalas de su gira por Argentina, Chile y Uruguay. 

Escrito por Pablo Perantuono 

A lo largo de sus más de 30 años de trayectoria, el público no solo ha podido conocer la obra de Emmanuel Carrère (París, 1957) y de ese modo disfrutar de títulos que rankean entre lo más alto de la no ficción de Occidente, sino que ha podido sumergirse en los pormenores de buena parte de su vida y de sus tribulaciones, habida cuenta de su inclinación a, o necesidad de, que ellas formen parte de muchos de sus relatos.

Se trata de un autor que desde muy temprano abandonó las producciones de ficción para, a comienzos de este siglo, empezar a narrar sucesos de la realidad, episodios que muchas veces albergaban situaciones o personajes que, de tan extraordinarias, parecían inventados. Pero esa elección tuvo un añadido, que fue la determinación, a la manera de Truman Capote, de involucrarse en esos relatos e incluso decidir que, agotadas las historias o disipados los personajes, él también podía ser el centro de esas construcciones. El salto estético, que bien pudo haber redundado en un ejercicio literario vacuo, una pirueta que poco tenía de artística y sí de un narcisismo mal procesado, al contrario, terminó consolidando su carrera literaria y situándolo en la elite literaria europea.

Entre 2009 y 2011 Carrère, que acaba de “girar” por Argentina, Chile y Uruguay en modo estrella de rock, publicó dos libros que lo dotaron de fama y prestigio universal. Hablamos de De vidas ajenas (Anagrama), un relato conmovedor que trata sobre, pongámoslo en términos grandilocuentes, la condición humana, y de Limonov (Anagrama), una especie de biografía diseccionada del hombre del título, un político y escritor ruso que, como muchos de los personajes que aborda el francés, de tan desmesurado y zigzagueante, resultaba inclasificable.

Iluminar esos claroscuros y bucear alrededor de los pliegues más turbios de sus criaturas -incluido él mismo- ha sido y es uno de los mayores atributos en el arte de Carrère. Para él, ninguna vida debe prescindir de sus pasiones más bajas, de sus miserias o de esos temores que las acechan. Dueño de una sensibilidad tan arrasadora como oblicua -hay pocos momentos de condescendencia en su literatura-, esa honestidad puesta al servicio del relato lo ha llevado a alcanzar cimas literarias infrecuentes.

Emmanuel Carrère conversa con periodistas durante su estancia en Buenos Aires. 

Ya antes, en El adversario (Anagrama, 2001), Carrère había rozado el genio con una inquietante capacidad para hundirse en las profundidades de la psiquis de un asesino, Jean-Claude Romand, reconstruyendo desde adentro los detalles más siniestros de un caso que sacudió a la opinión pública francesa a finales del siglo pasado. El libro se convirtió en best seller (vendió 250 mil ejemplares en todo el mundo) y fue llevado al cine. “Nunca llegué a sentir simpatía por el personaje de Romand -le dice a COOLT y a otros medios en un bar de Palermo, en Buenos Aires-, pero sí cierta empatía, como con cualquier ser humano. Con él hay una cosa muy paradójica. En general, el mal lo asociamos con la crueldad y el deseo de hacerle daño al otro, y eso está totalmente ausente en Romand. No es malo. Mató a todo el mundo para no generarles dolor a ellos. El mal en él está definido por la menticon cara y el miedo y no por la maldad tradicional, clásica. Eso fue muy perturbador para mí”.

Algunos años después, el éxito rotundo de De vidas ajenas posibilitó que Carrère pudiese abordar Limonov, su obra siguiente, en condiciones muy favorables. El proyecto le permitió reconstruir la desbordante aventura vital del biografiado y, de esa manera, poder adentrarse en una tierra y en una historia que, por linaje, siempre le interesó: la de la URSS y, más adelante, la de los territorios de la gran Rusia. Sus abuelos maternos eran de origen georgiano y su madre, la reconocida historiadora Hélène Carrère d’Encausse, se especializó en la Unión Soviética y llegó a ocupar cargos diplomáticos en Moscú. De ella habla en dos de sus últimos libros, Una novela rusa (Anagrama), que molestó a su madre y en la que repasa la historia familiar y, sobre todo, en Koljós (Anagrama), el más reciente de sus opus, que es una forma de hacer las paces con ella y, en simultáneo, resulta una especie de (auto)biografía suya, de sus padres y hermanos.

“Cuando publiqué Una novela rusa -cuenta- mi madre tenía miedo de que eso fuera una catástrofe para ella. Estuvimos distanciados varios años. Pero no pasó nada de eso. No hubo ningún problema de los que ella imaginaba. En el fondo, lo que creo es que ese libro la alivió. Finalmente fue una terapia muy violenta, pero una terapia al fin. Unos años después me dijo: “Creo que hiciste bien en escribir ese libro”. No se detuvo demasiado en la frase, pero lo dijo. Cuando tenés una espada de Damocles que te está pendiendo sobre la cabeza y de pronto ves que cae y no pasa nada, eso es algo positivo para tu vida. Creo que tal vez sea por eso que Koljós es un libro mucho más sereno, aplacado, a diferencia de Una novela rusa, que es algo más estridente, más transgresor y más nervioso”.

Emmanuel Carrère durante su participación en el Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires. 

Escribir con libertad

Prolífico, ecléctico, Carrère se convirtió en una presencia permanente en el panorama periodístico y literario de Francia y buena parte de Europa. Desde fines del siglo pasado que el autor de El adversario escribe en medios galos, tanto ensayos como reportajes o incluso crónicas de largo aliento. Buena parte de ese material está reunido en otro de sus grandes libros, que quizás pasó algo desapercibido en Sudamérica pero que guarda un puñado de gemas entre sus páginas, Conviene tener un sitio adonde ir (Anagrama, 2017). Allí, Carrère ofrece dos perfiles extraordinarios narrados algunos años antes. El primero es uno sobre, justamente, Limonov, que serviría de base para su libro posterior. El otro, La vida de Julie (publicado originalmente en la revista Six Mois, en marzo de 2011), es una pequeña gran pieza en la que el escritor se sumerge en el oficio de Darcy Padilla, una galardonada fotorreportera norteamericana que, a su vez, trabaja en un ensayo fotográfico de largo aliento sobre la vida de la Julie del título, una madre soltera y adicta de la costa oeste de los Estados Unidos. Como muchos de sus textos, Carrère termina alumbrando un demoledor ensayo sobre los vínculos contemporáneos. “Soy consciente -asegura con hablar sereno y mirando a su interlocutor- de la suerte que tengo, de que gracias a mi notoriedad puedo permitirme escribir para un medio periodístico con la misma libertad y soltura con la que lo hago en un libro. Y la libertad significa también tener espacio. Además me gustaba esta limitante de tener que entregar una crónica los lunes después de haberla trabajado durante el fin de semana. Por más que la temática que estaba abordando era terrible, ese ritmo de trabajo me gustaba y me servía”.

En persona, Carrère tiene algo notable: su vestuario es juvenil y su presencia desprende un hálito vital que parece refutar su edad (cumple 69 años en dos meses), pero su rostro es como el mapa físico de un territorio surcado por ríos y canales. Hay vida consumida en esas arrugas. Su cabello desprolijo conserva un dejo de rebeldía que su mirada huidiza y ligeramente melancólica subraya. No sonríe muy a menudo pero, cuando lo hace, su boca es tan grande que allana la totalidad del hemisferio inferior de su cara, en un desplazamiento que más que una expansión parece una conquista. He aquí un hombre que ha puesto el cuerpo, que se ha caído, que se ha levantado y vuelto a caer. Él mismo se ha encargado de revelarlo en algunos de sus libros. Ha contado que es bipolar, que pasó por no menos de dos largas depresiones, que dos de sus matrimonios terminaron en pleitos desgastantes e incluso escandalosos. Esas experiencias han nutrido su literatura.

En Yoga (Anagrama, 2020), por caso, una de sus nonfiction menos celebradas pero igualmente potente, relató entre otras cosas la desintegración de su matrimonio, lo que le generó un conflicto legal con su ex y, debido a eso, a último momento debió mutilar parte del libro. El incidente no pareció dañar su reputación: al año siguiente ganó el Premio Príncipe de Asturias, uno de los más de 20 galardones que ha cosechado a lo largo de su carrera. “Uno tiene la plena libertad de contar lo que quiera cuando habla de sí mismo -dice sobre su trabajo-. Pero cuando uno habla de un tercero, siempre tiene que tener cuidado. Yo no tengo ningún problema en contar cosas que puedan resultar incómodas o para nada adorables respecto de mi persona; creo, incluso, que cuando uno puede decir esas cosas de sí mismo, le hace bien al lector, ve ahí algo auténtico y algo que produce identificación. Por otro lado, cuando uno escribe sobre sí mismo, es uno el que decide lo que cuenta: lo más problemático es escribir sobre los demás. En esos casos hay imperativos éticos que uno debe enfrentar en esas situaciones y que en Una novela rusa o Yoga claramente los transgredí. Lo hecho, hecho está, pero no me gustaría repetirlo”.

Emmanuel Carrère, ante un auditorio abarrotado en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires. 

La realidad se nos escapa

El paso de Carrère por Buenos Aires revalidó las credenciales de la ciudad como un enclave cultural inapelable: la charla que el escritor brindó en la facultad de derecho de la Universidad de Buenos Aires (UBA) fue presenciada por más de 800 personas, con gente que quedó afuera y espectadores parados o ubicados en lugares infrecuentes. A Carrère, esa condición de star no le produce temor, es decir, no parece habitar en él la neurosis por sentirse obligado a mantener con su próxima obra su condición de artista consagrado: “No me da miedo no tener un proyecto grande o un libro por delante”, asegura. “Ahora, cuando vuelva a Francia, voy a escribir para una revista una crónica para la que voy a estar durante 15 días en una comisaría. Me lo propusieron y dije: no puede no ser interesante. Hago cosas así. Tengo dos proyectos como guionista, algunos encargos periodísticos, así que no estoy desesperado.”

Una de sus participaciones en medios gráficos más destacadas ocurrió hace cinco años, cuando presenció las audiencias del juicio por los atentados yihadistas perpetrados en París en noviembre de 2015. El resultado de ese trabajo fue V13, crónica judicial (Anagrama, 2022), un libro que refleja su mirada sobre todo el proceso. Esa cercanía con el caso lo hizo empaparse del tema, de los fundamentalismos y del conflicto árabe-israelí, que desde los juicios a esta parte no ha dejado de intensificarse. “Por supuesto -confiesa- que comparto el sentimiento de espanto generalizado que hay respecto a la situación en Gaza y en los territorios ocupados. Es algo obvio, pero esa es mi posición en tanto ciudadano”. Carrère medita sus respuestas y, después de tomarse unos cuantos segundos, prosigue con el tema: “La verdad es que como escritor me cuesta mucho (tomar posición), porque siento que en este momento la realidad se nos escapa completamente. Y en todos los campos. En el de la política y la geopolítica… o en el campo de lo ecológico, obviamente. Me siento muy desamparado como hombre y también como padre. Tengo hijos, tengo un nieto, y tengo la impresión de que van a vivir en un mundo de pesadillas”. 

Carrère vuelve a su historia familiar en 'Koljós', su libro más reciente.

Una biografía doméstica 

Con cada nueva publicación, Carrère nos tiene acostumbrado a sacudir el panorama francés y europeo. Este año no fue la excepción. En febrero salió a la venta Koljós, obra de no ficción en la que, como señalamos arriba, repasa tierna pero quirúrgicamente la vida del núcleo duro de su familia. Es, en parte, una biografía doméstica. Los grandes protagonistas son sus padres: ella una reputada intelectual, de habitual presencia en los medios, y él un vendedor exitoso pero algo anodino, que coleccionaba y catalogaba recuerdos familiares y que vivió opacado por la figura imperial de esa mujer exigente, culta y de aires patricios. Aun cuando la crítica lo trató de forma dispar, o en todo caso señaló que no estaba a la altura de sus grandes obras, el libro tiene momentos extraordinarios, dignos del mejor Carrère, con esa capacidad única para ir hasta el grado cero de la existencia. Como cuando describe la tristeza que había engolfado el ánimo de su padre al momento de darse cuenta de que Hélène, esa monumental mujer con la que había tenido tres hijos, ya no tenía más interés en él. 

Escribe Carrère: “Guardo una imagen muy nítida de ese sufrimiento, una imagen fija, como un plano cinematográfico. Para ir al baño, pasamos por delante de esa habitación del fondo en la que ahora está relegado. La puerta no cierra bien, siempre queda ligeramente entreabierta. Un resquicio de apenas unos centímetros, suficientes para ver lo que ocurre dentro. Mi padre, con camisa y corbata, está tumbado en el camastro, como una efigie funeraria. Tiene los ojos abiertos, mirando al techo. No me ve. No se mueve. Está petrificado por el sufrimiento. Todo lo que ama, todo lo que da sentido a su vida es mi madre, y mi madre le da la espalda. Ella quiere a otro hombre, lo abandona. Sin ella, no puede vivir.”

 

[Fotos: JINIVA IRAZABAL / FILBA - fuente: www.coolt.com]


terça-feira, 20 de outubro de 2026

Bloquer l’extrême droite : mobilisons-nous pour élire Lula au second tour !

Déclaration du Bureau exécutif de la IVe Internationale. Le premier tour de l’élection présidentielle brésilienne, le 4 octobre, a été marqué par une reprise de l’offensive électorale de l’extrême droite, à la fin du troisième mandat de Lula. Avec 47,03 % des voix, contre 45,16 % pour Lula, Flávio Bolsonaro est arrivé en tête du premier tour, devançant Lula de plus de deux millions de voix. L’extrême droite a également progressé au Parlement et dans les États : le parti de Bolsonaro a remporté 121 sièges à la Chambre des député·es (sur un total de 513) et est devenu la première force au Sénat. 

Ces résultats confirment l’enracinement de la frange la plus radicale de l’extrême droite (le bolsonarisme), quatre ans après la défaite de Jair Bolsonaro, aujourd’hui emprisonné pour sa participation à une tentative de coup d’État en 2023. Mais ils expriment aussi une crise profonde du système politique brésilien, en particulier au sommet du pouvoir judiciaire, enlisé dans les privilèges et les soupçons de corruption – plusieurs de ses membres étant impliqués dans un scandale de relations avec un banquier fraudeur. Comme la Cour suprême (Supremo Tribunal Federal) a joué auparavant un rôle progressiste pour contenir les excès de Bolsonaro et le poursuivre en justice pour sa tentative de coup d’État, des secteurs populaires en sont venus à l’identifier au gouvernement, et donc à rejeter l’un et l’autre. 

De plus, la politique modérée et conciliante de Lula n’a pas répondu aux attentes populaires, alimentant un mécontentement que l’extrême droite a su exploiter en se présentant comme une force antisystème. 

Le projet du clan Bolsonaro – une famille mafieuse initialement liée à des milices criminelles de Rio de Janeiro – repose sur une alliance entre les franges les plus ultralibérales et antidémocratiques de l’agro-industrie, des banques et des fonds financiers, du grand commerce, des industriels et des courants religieux ultraconservateurs, s’appuyant sur une partie des officiers subalternes des forces armées et des membres des forces de police militarisées. Il combine un programme économique de démantèlement brutal des droits sociaux, des droits des travailleur·ses, des femmes et des personnes LGBT+, avec une offensive contre les libertés démocratiques et l’environnement, en particulier dans les grands biomes de l’Amazonie et du Cerrado. 

L’enjeu dépasse largement les frontières du Brésil. Donald Trump, qui intensifie ses ingérences en Amérique latine et parvient à faire élire des allié·es, de l’Amérique centrale jusqu’à l’extrême sud, compte trouver en Flávio Bolsonaro un allié de premier plan. Une victoire de son clan mettrait en péril la souveraineté du plus grand et du plus stratégique des pays d’Amérique latine et menacerait la région dans son ensemble. 

Les premières réactions de la moitié du pays qui ne souhaite pas le retour des Bolsonaro montrent que la société brésilienne n’est pas résignée. Au début du mois, des milliers de lycéen·nes et d’étudiant·es ont manifesté dans les grandes et moyennes villes contre le fascisme. La campagne de Lula a retrouvé son élan sur les réseaux sociaux. Des dirigeant·es de mouvements et des parlementaires de gauche, dont celles et ceux élu·es sur les listes du PSOL (Parti socialisme et liberté), organisent des brigades de « mobilisation électorale » dans les rues et les quartiers, participent à des rassemblements et appellent celles et ceux qui se sont abstenu·es à voter pour Lula. 

La lutte du peuple brésilien contre l’extrême droite, pour les droits sociaux, pour les libertés et pour l’indépendance face à l’impérialisme américain est aussi la nôtre. À l’heure actuelle, pour garantir qu’il n’y ait pas de recul, pour que les travailleur·ses, les jeunes, les populations noires et autochtones et tou·tes les Brésilien·nes opprimé·es conservent leur droit de lutter, de s’exprimer et aient la possibilité d’empêcher la soumission du Brésil à Washington, notre combat est celui de la réélection de Lula. 

Le 25 octobre, Lula président !

 

[Image : Ricardo Stuckert / PR - source : www.inprecor.fr - reproduit sur www.pressegauche.org]

segunda-feira, 19 de outubro de 2026

L’Alemanya d’avui a través del cinema

Del 22 al 24 d’octubre Barcelona acull el Cicle de Cinema Alemany Actual, en una edició més contemporània que mai.

Fotograma de Der Held vom Bahnhof Friedrichstraße, film inaugural del Cicle de Cinema Alemany

Escrit per Txell Plana

Filosofia i Filologia Catalana

La 15a edició del Cicle de Cinema Alemany Actual torna a Barcelona de la mà del Goethe-Institut Barcelona per oferir els títols més interessants i innovadors del panorama cinematogràfic alemany actual amb una selecció centrada en pel·lícules que reflecteixen desenvolupaments culturals i socials contemporanis. El cicle s’organitza en col·laboració amb l’Institut français Barcelona i amb el suport de German Films i l’associació Amigos Goethe-Institut España.

La pel·lícula que inaugurarà el cicle d’enguany és Der Held vom Bahnhof Friedrichstraße (2025) (L’heroi de l’estació de Friedrichstraße) de Wolfgang Becker, director d’èxits internacionals com Good Bye, Lenin! (2003). La història relatada ens situa trenta anys més tard de la caiguda del Mur de Berlín, quan un home de Berlín Est es troba inesperadament al centre de l’atenció pública per haver estat identificat per un periodista com l’heroi anònim que als vuitanta va permetre que 127 persones fugissin cap a l’Oest de la ciutat. La pel·lícula serà projectada el 22 d’octubre a les vuit del vespre a l’Institut français de Barcelona.

L’endemà el cicle acollirà dues pel·lícules més. Primer podrem veure Luisa (2025), de Julia Rösler, un film que ofereix un marc de reflexió sobre la discapacitat i la sexualitat, més enllà de la visió normativa. A partir de la investigació sobre l’embaràs inesperat (amb indicis d’abús sexual) d’una jove que viu en una residència comunitària per a persones amb discapacitat, el relat explorarà el dilema entre la protecció davant els abusos, la importància de la privacitat i el dret a l’autodeterminació sexual.

Just després, tindrem Wilma will mehr (2025) (Wilma en vol més). Sota la direcció de Maren-Kea Freese la pel·lícula s’inscriu en la tradició de comèdies que tracten relacions entre l’est i l’oest d’Alemanya en el període posterior a la reunificació. Amb un esperit de cinema social britànic, se’ns presenta la història de la Wilma, una electricista a l’atur que deixa la seva ciutat natal de l’est d’Alemanya, colpejada pels canvis industrials, per provar sort a Viena. La seva descoberta d’un món completament diferent, malgrat la curta distància geogràfica que la separa de casa seva, esdevé el punt de partida de la historia.

El dia 24 d’octubre començarà amb la projecció del thriller Das geheime Stockwerk (2025) (La planta secreta), dirigida per Norbert Lechner. En un viatge en el temps inesperat, un noi de dotze anys vingut directament de l’actualitat apareix l’any 1938. El peculiar viatge es dona en el muntacàrregues d’unes obres de renovació a un antic gran hotel. En un escenari, més aviat macabre, presencia com els hostes jueus són assetjats pels nazis, senyal de la proximitat de temps funestos. El viatger intentarà advertir els seus nous amics, en un intent d’influir el curs de la història.

Per continuar amb els thrillers tindrem Hysteria (2025), de Mehmet Akif Büyükatalay, on s’abordarà qüestions urgents del present, situacions complexes i dilemes ètics que acompanyaran el públic més enllà de la pel·lícula. La història ens presenta un equip que mentre roda un llargmetratge sobre un atemptat racista es veu immers en una tensió entre el respecte per les sensibilitats religioses i la llibertat artística amb l’aparició d’un Alcorà cremat. Es tracta d’un intens thriller inspirat en un greu cas de xenofòbia.

Per acabar amb el cicle es presentarà Sehnsucht in Sangerhausen (2025) (Enyorança a Sangerhausen) com una mostra de la comèdia dramàtica de Julian Radlmeier, que busca explicar les diverses capes de la transformació històrica. Una idíl·lica ciutat de l’est d’Alemanya es converteix en l’escenari de nous inicis, trobades inesperades i, fins i tot, una cacera de fantasmes! La pel·lícula comença en la Revolució Francesa quan una jove intenta escapar de la seva condició de serventa i es dirigeix a París. La contrapart en l’actualitat es mostra quan es creuen els camins d’una cambrera local, una influencer de viatges refugiada de l’Iran i un conductor d’autobús originari de Corea. La producció combina amb una gran lleugeresa èpoques històriques i històries personals.

 Més informació aquí

[Font: www.nuvol.com]

domingo, 18 de outubro de 2026

Maria del Mar Bonet emociona l'Olympia de París amb una cançó censurada pel franquisme i dedicada a Puigdemont

La mallorquina interpreta 'Què volen aquesta gent' amb el president entre el públic 

Escrit per Ketty Calatayud 

Cinquanta-un anys després, Maria del Mar Bonet ha tornat a pujar a l'escenari de l'Olympia de París per retrobar-se amb la seva història, amb les seves cançons i amb la memòria d'un temps en què cantar en català també era una forma de resistència. El concert d'aquest diumenge ha estat molt més que una celebració musical: ha estat una vetllada carregada d'emoció, memòria i simbolisme polític. I el moment més especial ha arribat quan la cantant mallorquina ha interpretat Què volen aquesta gent, una de les peces més emblemàtiques de la lluita antifranquista, i l'ha dedicada a les persones represaliades a l'exili i al 130è president de la Generalitat, Carles Puigdemont, amic personal de l'artista, que es trobava entre el públic. "A totes les persones represaliades que encara són a l'exili, al nostre president", ha dit Bonet abans d'interpretar la cançó. La dedicatòria ha provocat una ovació entre els aproximadament 1.200 assistents. En acabar, Puigdemont ha estat el primer a aixecar-se per aplaudir, mentre una part del públic cridava "president!". La mateixa cançó que el franquisme havia intentat silenciar tornava a ressonar a París, aquesta vegada amb una dedicatòria explícita a l'exili polític català.

Una cançó que el franquisme no va poder silenciar a París  

L'escena tenia una càrrega simbòlica especial. El 27 d'abril del 1975, quan Franco encara era viu, Maria del Mar Bonet havia actuat per primera vegada a l'Olympia, en un recital matinal compartit amb Ovidi Montllor i Toti Soler. Aquell escenari parisenc li va permetre interpretar cançons que la censura franquista prohibia a Catalunya. Entre aquestes, Què volen aquesta gent, amb lletra de Lluís Serrahima i música de la mateixa Bonet, que denunciava la repressió policial i que s'havia convertit en un símbol de la resistència a la dictadura. "Durant unes hores podíem ser lliures", ha recordat la cantant sobre aquell concert històric en una entrevista a l'ACN. La llibertat, però, tenia fronteres. Bonet va poder interpretar la cançó davant del públic parisenc, però quan el recital es va publicar en disc, la censura va impedir que s'hi inclogués. No va ser fins a la reedició commemorativa del cinquantè aniversari que es va recuperar l'enregistrament original i la peça va poder ocupar el lloc que li corresponia.    

Ara, més de mig segle després, aquella cançó ha tornat a ser protagonista en el mateix escenari, davant d'un públic entregat i amb Puigdemont entre els espectadors. L'expresident, que ha assistit al recital acompanyat de l'expresidenta del Parlament Laura Borràs i de l'expresident d'Òmnium Cultural Jordi Cuixart, ha estat rebut amb mostres d'afecte i s'ha fotografiat amb nombrosos assistents. Puigdemont ha declinat fer declaracions als periodistes, tot argumentant que el protagonisme de la vetllada corresponia a Maria del Mar Bonet.

Un retrobament amb la història, però amb la mirada posada en el present  

Als 79 anys, Maria del Mar Bonet ha demostrat que la seva veu i la seva capacitat de connectar amb el públic continuen intactes. Vestida de negre, ha admès l'emoció de tornar a l'Olympia, una sala que considera "el temple més important de la música francesa" i que ha acollit figures llegendàries com Édith Piaf, Georges Brassens, Léo Ferré o Yves Montand.  

La cantant no ha volgut convertir la vetllada en un simple exercici de nostàlgia. El repertori ha establert un diàleg entre les peces que va interpretar el 1975 i les composicions del seu darrer treball, L'aigua no cansa, publicat aquest 2026. Cançons com Nina Ninona, Abril o Aigua han conviscut amb les noves creacions, acompanyades pels cinc músics habituals de l'artista: Toni Pastor, Marc Grasas, Marko Lohikari, Benjamí Salom i José Llorach.  

L'emblemàtic Olympia de París anuncia el concert de Maria del Mar Bonet

La vetllada també ha tingut un espai per al record d'Ovidi Montllor, que havia compartit amb Bonet aquell primer concert parisenc. El músic valencià Borja Penalba ha obert l'espectacle amb una actuació en què també han participat l'actor Sergi López i la filla del músic. Posteriorment, Penalba ha tornat a l'escenari per interpretar amb Bonet Homenatge a Teresa, una de les composicions més conegudes d'Ovidi.   

Entre el públic també hi havia la consellera de Cultura, Sònia Hernández; la delegada del Govern a França, Eva Doya Le Besnerais; la directora de l'Institut Ramon Llull, Anna Guitart; l'exministre Miquel Iceta i altres representants institucionals.   

El recital, impulsat per la Generalitat i l'Institut Ramon Llull, ha culminat un cap de setmana d'intensa presència cultural catalana a París, on també han actuat els cors de l'Orfeó Català amb la Filharmònica de Nova York sota la direcció de Gustavo Dudamel.   

La història ha acabat tornant al mateix escenari on havia començat. El 1975, Maria del Mar Bonet havia trobat a París la llibertat de cantar allò que la dictadura prohibia a casa. Aquest diumenge, 51 anys després, ha recuperat aquella mateixa veu per recordar el passat i fer una dedicatòria que connecta amb el present. I ho ha fet amb la força d'una cançó que ha sobreviscut a la censura, al pas del temps i als canvis polítics. Una cançó que, més de mig segle després, continua interpel·lant el públic amb la mateixa pregunta: "Què volen aquesta gent?" 

 

[Fotos: ACN - font: www.elnacional.cat]

 

sábado, 17 de outubro de 2026

Naza, um relato sobre a banalidade do mal e a urgência da dessionização do território palestino

 

NAZA (filme de Yuval Abraham e Rachel Szor)

Escrito por Rafael Domingos Oliveira

[…] os crimes que Israel comete contra os civis árabes, dos quais o massacre de Kafar-Qassim é um exemplo chocante, não decorrem de uma “má” aplicação da “excelente” herança sionista, mas sim de uma excelente aplicação da terrível herança sionista.

Mahmud Darwich, 1973, sobre o massacre de Kafar-Qassim em 1956

Em Tel Aviv, alguém prepara uma refeição. Uma televisão permanece ligada, os carros atravessam a cidade, uma criança é colocada para dormir. Cenas do cotidiano, da vida acontecendo nos edifícios da capital econômica de Israel. Nos terraços destes mesmos edifícios, homens e mulheres contam como participaram da destruição de outras casas, em Gaza, onde também havia crianças, televisões e pessoas esperando o jantar. É desse encontro terrível entre o que se vê e o que se ouve que Naza, de Yuval Abraham e Rachel Szor, retira boa parte de sua força. A vida segue em Tel Aviv. E a facilidade com que pode seguir, enquanto a algumas dezenas de quilômetros famílias inteiras são assassinadas, torna-se uma das questões mais perturbadoras deste documentário que revela uma sociedade vivendo na zona de interesse.

Filmados à noite, com rostos e vozes protegidos, 24 integrantes das forças militares e da inteligência israelense descrevem procedimentos de vigilância, seleção de alvos e autorização de ataques contra Gaza. O título vem de nezek agavi, expressão hebraica para “dano colateral”, que na linguagem dos operadores são pessoas cuja morte é prevista antes de um bombardeio. Elas não são mais pessoas; tornam-se uma quantidade de “naza”. Essa contabilidade antecede os cadáveres. O filme registra o trabalho necessário para produzi-los, as permissões que o tornam executável e as justificativas com que seus agentes voltam para casa. Seu valor como documento histórico está, desde aí, na possibilidade de acompanhar a violência sendo organizada por aqueles que conhecem bem seus procedimentos, já que os executam.

Assisto Naza e vem à mente Eichmann em Jerusalém, de Hannah Arendt (1963), sobretudo pela relação entre linguagem, julgamento e responsabilidade. Ao acompanhar o julgamento, em 1961, do funcionário nazista encarregado pelo planejamento e operacionalização da chamada “solução final”, Arendt encontrou uma desproporção assombrosa entre a enormidade dos crimes e a pobreza das fórmulas com que ele explicava sua atuação. A banalidade dizia respeito a essa maneira de agir e pensar, incapaz de considerar a posição do outro, sem diminuir a gravidade do que se havia feito.1 No filme, impressiona a desenvoltura com que conhecimentos sofisticados convivem com uma compreensão moral tão estreita da própria atividade. Aqueles agentes israelenses sabem fazer cálculos, operar sistemas, interpretar informações. O que deixam de sustentar é a pergunta sobre o direito de fazer aquilo. Arendt examina as regras de linguagem que permitiam aos funcionários nazistas conhecer o extermínio sem associá-lo às palavras pelas quais reconheciam um assassinato. O vocabulário de Naza cumpre uma função que podemos ler nessa chave. A criança continua ali, mas aparece no cálculo sob uma designação que dispensa imaginar sua vida. Há uma distância fabricada dentro da própria frase.

Quando um entrevistado diz que, se questionassem o que faziam, o sistema desmoronaria, ele revela o trabalho político exigido para conservar essa distância. Outro oferece uma justificativa familiar: “Se não fosse eu fazendo isso, seria outra pessoa”. A possibilidade de substituição é apresentada como dispensa de responsabilidade, embora confirme que houve alguém disponível para realizar a tarefa.

Também merece atenção a passagem em que Arendt descreve o alívio de Eichmann diante da adesão das autoridades reunidas em Wannsee: a aprovação da sociedade respeitável autorizava sua consciência.2 Em Naza, a confiança na hierarquia, nos especialistas e nos procedimentos oferece uma proteção semelhante ao julgamento de quem executa. Tudo recebeu uma autorização; portanto, cada um pode ocupar-se de sua parte. Essa divisão faz o crime atravessar muitas mãos, e cada uma delas procura entregá-lo à seguinte. A responsabilidade, porém, precisa percorrer o caminho inverso, reconstruindo quem decidiu, quem autorizou e quem realizou.

Há ainda algo que excede a imagem do funcionário indiferente. O intelectual palestino Abdaljawad Omar, em sua crítica ao filme, chama a atenção para a satisfação de alguns entrevistados com o poder que exerciam. Ele encontra uma inflexão no conhecido modelo israelense de “atirar e chorar”: aparecem o prazer da operação bem-sucedida e a perda daquele poder quando o serviço termina.3 Essa observação deve acompanhar a leitura arendtiana. A rotina pode conviver com entusiasmo, racismo e orgulho profissional. A morte administrada não deixa de ter desejos por trás dela. É justamente por conservar essas diferenças, sem oferecer a todos um mesmo roteiro de arrependimento, que Naza consegue ser tão incômodo.

Os aspectos formais do filme sustentam as ambivalências. As entrevistas acontecem no alto dos edifícios, contra uma cidade iluminada, e a câmera observa pelas janelas a continuidade da vida doméstica. A noite protege as fontes, mas também permite ver a sociedade que abriga seus relatos. A ausência de trilha musical entrega a cena às vozes, às pausas e aos sons da cidade. O cotidiano entra pelos ouvidos com uma indiferença que nenhuma música precisaria acentuar. Enquanto escutamos a descrição de uma família atingida, vemos a intimidade preservada de outra. Os diretores nos fazem permanecer nessa simultaneidade, sem o alívio de uma emoção previamente conduzida. Os prédios em construção de Tel Aviv, intercalados com os relatos da destruição de Gaza, dão espessura material a essa relação. De um lado, novas moradias projetam vidas futuras; do outro, a destruição das casas impede o retorno. Os terraços de onde se fala se opõem, nessa geografia do filme, à vida palestina empurrada para baixo das lajes, aos corpos soterrados, aos sobreviventes procurados entre ruínas. A verticalidade tem uma distribuição política. A cidade que cresce pode continuar a reconhecer-se como lugar de progresso enquanto participa da eliminação das condições de existência de outra população. O florescimento de uma vida aparece protegido da obrigação de responder pela devastação da outra.

A inteligência artificial amplia a escala dessa administração. Lavender, o sistema de inteligência artificial investigado pelo próprio diretor do documentário, Abraham Yuval, na +972 e no Local Call em 2024, classificava palestinos como suspeitos de vínculo com organizações armadas. Segundo as fontes da reportagem, o sistema chegou a assinalar cerca de 37 mil pessoas, com verificações humanas de apenas vinte segundos. Eram suspeitos produzidos por um procedimento de classificação, sem que isso comprovasse a condição de combatente de cada pessoa.4 O intervalo entre uma recomendação e um ataque torna-se tão curto que a revisão corre o risco de funcionar apenas como um carimbo. A responsabilidade humana permanece na definição dos critérios, na aceitação dos resultados e na decisão de transformar uma indicação em sentença de morte.

Já o sistema chamado Where’s Daddy? (onde está o papai?), também apresentado na voz dos depoentes genocidas do documentário, acrescenta uma perversidade a esse processo: a volta de alguém à casa da família pode produzir o alerta para um ataque. Os relatos incluem a escuta de telefones e o acesso à intimidade doméstica. Um agente pode saber que há crianças, reconhecer conversas, ouvir a vida acontecendo e autorizar sua destruição. A distância tecnológica convive, portanto, com uma proximidade invasiva. Aquelas pessoas são suficientemente conhecidas para serem localizadas, mas seus vínculos não lhes conferem proteção. Na entrevista à NPR, Rachel Szor destaca precisamente o quanto os operadores sabiam sobre as famílias que seriam bombardeadas. Yuval recorda ainda o depoimento sobre incendiar casas e destruir seus álbuns e cadernos: apagavam-se as marcas de quem vivera ali.5 A técnica organiza uma forma de conhecimento da qual se procura retirar toda obrigação diante do conhecido.

É nesse ponto que a expressão “efeito colateral” precisa enfrentar o que pretende encobrir. Prever mortes civis, nos níveis macabros em que são descritas e normalizadas, demonstra a intenção específica exigida para caracterizar genocídio. A questão envolve os alvos, os meios empregados, as precauções, os padrões de destruição e os objetivos políticos. Um dos oficiais ouvidos resume sua compreensão da missão: “Você entende que o objetivo é destruir”. Em Naza, a repetição dos procedimentos torna insuficiente a explicação de um acidente ou de um excesso localizado. A casa palestina torna-se unidade recorrente de ataque e a população perde os meios de permanecer no território. É necessário examinar a finalidade do conjunto, em vez de aceitar que cada família morta seja isolada da seguinte por um novo cálculo.

A noção de genocídio por atrição permite compreender essa destruição continuada das condições que permitem a um povo sobreviver: água, alimento, abrigo, cuidados médicos. Ela se combina com a morte imediata provocada pelos bombardeios. A Convenção de 1948 inclui a imposição deliberada de condições de vida destinadas à destruição física, total ou parcial, de um grupo, quando presente a intenção de destruí-lo enquanto tal. Foi examinando atos e intenção que a Comissão Internacional Independente de Inquérito da ONU concluiu, em setembro de 2025, que Israel cometeu genocídio em Gaza.6 O filme acrescenta relatos internos a esse conhecimento. A supressão de uma casa alcança também a possibilidade de recomeçar nela. Destruir o lugar a que alguém poderia voltar prolonga a violência para além do instante da explosão.

Os depoimentos também dificultam a tentativa de atribuir tudo a Netanyahu e aos setores mais ostensivamente fascistas de seu governo. Como observa Sebastian Ben Daniel, estão sob exame integrantes das unidades prestigiosas, ligados ao universo educado e tecnológico que a sociedade israelense costuma apresentar como sua face liberal. Há uma base social para essa violência. Em pesquisa do Pew realizada em 2024, apenas 4% dos judeus israelenses entrevistados consideravam que a resposta militar havia ido longe demais, diante de 74% entre os cidadãos classificados pelo instituto como árabes israelenses (palestinos que vivem em Israel).7 Esses números mostram uma enorme desigualdade na disposição de reconhecer o excesso, que depende, curiosamente, do pertencimento identitário de cada entrevistado. A normalidade filmada em Tel Aviv tem instituições e convicções que ajudam a sustentá-la. A ocupação e a despossessão palestina atravessam governos; sua continuidade não se explica pelo temperamento de um primeiro-ministro, por pior e grotesco que seja.

Essa cadeia de decisões estende-se para além de Israel. Segundo levantamento do projeto Costs of War, da Universidade Brown, e do Quincy Institute, os Estados Unidos destinaram ao menos US$ 21,7 bilhões à ajuda militar a Israel entre outubro de 2023 e setembro de 2025.8 Essa continuidade material precisa entrar na discussão sobre a posição internacional diante do genocídio. A iniciativa da África do Sul na Corte Internacional de Justiça e as mobilizações pela Palestina enfrentam uma ordem em que governos podem reconhecer o sofrimento e, ao mesmo tempo, continuar fornecendo os meios de produzi-lo. A fabricação de uma bomba, seu financiamento e sua entrega têm responsáveis. O procedimento burocrático atravessa fronteiras antes de encontrar o operador que aparece na tela. Também as disputas no interior das comunidades judaicas fazem parte dessa história. Em janeiro de 2024, a CONIB condenou o apoio brasileiro à ação sul-africana e sustentou que Israel apenas se defendia. Coletivos como Vozes Judaicas por Libertação e Jewish Voice for Peace, por sua vez, organizam-se como movimentos judaicos antissionistas, denunciam o genocídio e exigem o fim do fornecimento de armas.9 São escolhas políticas que impedem tratar judaísmo, sionismo e Estado de Israel como uma única coisa. As organizações que legitimam a violência devem responder por suas posições concretas, sem receber das identidades que invocam uma imunidade à crítica, como deseja Israel. A dissidência judaica importa porque rompe a pretensão de que a segurança dos judeus dependa necessariamente da sujeição dos palestinos. Essa ruptura precisa produzir consequências para os que seguem submetidos à violência.

A perseguição aos realizadores ajuda a compreender o que está em disputa. Abraham e Szor foram ameaçados de perder a cidadania; extremistas se manifestaram diante da casa da família de Szor, com palavras de ordem pedindo a morte de traidores. No início de outubro de 2026, Netanyahu pediu uma investigação contra os participantes do filme e que fossem processados.10 A proteção das fontes tem, portanto, razões concretas. A denúncia pode expor quem fala a uma punição que os crimes relatados não produziram, isto é, uma espécie de punição pelo “crime errado”. Esse esforço de intimidação torna ainda mais necessário defender o filme e seus autores, mantendo diante de nós a pergunta sobre os atos de cada entrevistado. Ter rompido o silêncio não apaga o que alguém fez antes de falar.

As críticas palestinas são indispensáveis para que essa defesa não se acomode. Ayat Abou Shmeiss, poeta palestina de Jaffa que perdeu familiares num bombardeio, escreveu sobre a proposta e a recepção de Naza, declarando que não o havia visto e não o pretendia ver. Ela reconhece a importância de acessar decisões internas às quais os palestinos dificilmente teriam acesso. Seu incômodo está na possibilidade de que sua família, suas casas e seus mortos se tornem a matéria de uma recuperação moral israelense. O que acontece depois que os responsáveis se olham? Quem deve receber a reparação?11

Segundo essa crítica, a exposição tem valor, mas não contém, por si, uma resposta a essas perguntas. O sofrimento de um povo não pode terminar convertido em recurso para que seus algozes voltem a sentir-se humanos. Essa tensão alcança a recepção internacional.

O médico Omar Abdel-Mannan questiona por que as denúncias ganham uma credibilidade diferente quando chegam pelas vozes israelenses e adverte que assistir a Naza deve ampliar a escuta dos palestinos.12 Há nisso uma expressão do apartheid cognitivo, noção que venho defendendo neste debate: as vítimas produzem conhecimento sobre a própria destruição, mas seu relato permanece sob suspeita até receber a confirmação de quem ocupa uma posição reconhecida de autoridade. Os jornalistas palestinos já haviam mostrado famílias exterminadas e hospitais destruídos. Muitos pagaram com a vida por esse trabalho. O filme deve ser incorporado a esse arquivo, preservando a precedência e a autonomia de quem documentou a violência enquanto a sofria.

Acredito que Naza deve ser visto também por isso. Um documento histórico não precisa inaugurar o conhecimento de um crime para ter importância. Pode revelar sua organização, registrar vocabulários, fornecer elementos para reconstruir responsabilidades e dificultar a negação. A proteção jornalística de uma fonte, por meio do anonimato preservado no documentário, não equivale a uma absolvição. O filme pode ganhar força política nos usos que faremos dele: sua circulação pode alimentar investigações, ampliar a pressão pelo fim da cooperação militar e fortalecer exigências palestinas de justiça. A emoção da sessão não deve encerrar o assunto.

Durante quase todo o documentário, ouvimos mais porque vemos menos de Gaza. A ausência prolongada de suas imagens concentra nossa atenção nos mecanismos descritos, até que o desfecho nos leva a um pai procurando os filhos sob os escombros. A passagem é devastadora. Também permanece aberta à pergunta palestina sobre o lugar atribuído às vítimas: depois de tanto tempo escutando os operadores, que existência lhes é devolvida? Para mim, a cena deve ser recebida como a interrupção brutal da linguagem que as havia reduzido a uma quantidade. Ali, o que se procura é alguém. Um filho, com uma história que o filme não nos pode restituir inteira.

A consequência política dessa leitura ultrapassa a mera troca de governo ou a promessa de procedimentos militares mais “humanizados”, como querem sionistas moderados (assassinos moderados?). Assim como muitos movimentos palestinos e de judeus antissionistas, não vejo solução justa e duradoura fora da construção de um único Estado democrático em todo o território da Palestina histórica, com igualdade de direitos para palestinos e judeus. Isso exige um processo de dessionização daquela sociedade: o desmonte das instituições que organizam o privilégio nacional e a despossessão palestina, acompanhado de um processo de justiça, retorno dos refugiados e reparação. A igualdade deve assegurar a permanência, a segurança e a liberdade religiosa e cultural de todos, sem expulsões ou punições coletivas. Os palestinos precisam participar como sujeitos da definição desse futuro, com o direito de recuperar sua terra, sua memória e suas condições de vida. Os sionistas precisam ir ao banco dos réus, e serem julgados pelos seus crimes, como ocorreu em Nuremberg. A paz não pode continuar sendo o nome dado à administração da derrota palestina.

Em “Alarme de incêndio”, Walter Benjamin escreve sobre a urgência de interromper um processo histórico destrutivo antes que a centelha alcance a dinamite.13 A imagem conserva sua força porque exige uma intervenção no tempo presente. Em Gaza, o incêndio já começou; há muito começou. Naza pode fazer seu alarme atravessar algumas das paredes que ainda protegem a indiferença, embora eu acredite que mesmo isso, depois de tudo o que já vimos, seja quase impossível. Diante da banalidade do mal, a tarefa é reconhecer as decisões que mantêm o fogo aceso e agir sobre elas.

* * *

Enquanto ouvimos, ainda há gente sob os escombros.

* * *

Notas

1.     ARENDT, Hannah. Eichmann em Jerusalém: um relato sobre a banalidade do mal (1963). Trad. José Rubens Siqueira. São Paulo: Companhia das Letras, 1999. ↩︎

2.     ARENDT, op. cit., caps. VII (Conferência de Wannsee) e VIII (dever e obediência). ↩︎

3.     OMAR, Abdaljawad. Shooting and craving: on NAZA and the mediated obscene. Mondoweiss, 8 out. 2026. ↩︎

4.     ABRAHAM, Yuval. ‘Lavender’: The AI machine directing Israel’s bombing spree in Gaza. +972/Local Call, 3 abr. 2024. ↩︎

5.     FADEL, Leila. ‘NAZA’ filmmakers on what they learned making the doc and the backlash it received. NPR/WUSF, 30 set. 2026. Entrevista com Abraham e Szor. ↩︎

6.     ONU. Convenção do Genocídio, art. II; Comissão Internacional Independente de Inquérito. Conclusão sobre genocídio em Gaza, 16 set. 2025. Trata-se da conclusão da Comissão, não de sentença definitiva da Corte Internacional de Justiça. ↩︎

7.     BEN DANIEL, Sebastian. Why ‘NAZA’ terrifies Israel’s liberal elite. +972, 2 out. 2026; PEW. Views of the Israel-Hamas war, 30 maio 2024. Entrevistas de 3 mar. a 4 abr. 2024. ↩︎

8.     HARTUNG, William D. U.S. Military Aid and Arms Transfers to Israel, October 2023 – September 2025. Costs of War/Quincy Institute, 7 out. 2025. ↩︎

9.     CONIB. Condenação do apoio brasileiro à ação sul-africana, 10 jan. 2024; JEWISH VOICE FOR PEACE. Over two years of unspeakable loss. No more., consulta em 13 out. 2026. ↩︎

10.   [1] CPJ. Netanyahu escalates threats against ‘NAZA’ filmmakers, 17 set. 2026; MOSKOWITZ, Sarah. Netanyahu demands prosecution of ‘NAZA’ film participants. The Jerusalem Post, 11 out. 2026, atualizado em 12 out. ↩︎

11.   ABOU SHMEISS, Ayat. ‘NAZA’ is forcing Israelis to reflect. But we Palestinians are not your mirror. +972, 23 set. 2026. ↩︎

12.   ABDEL-MANNAN, Omar. Naza and whose testimony we believe. Middle East Monitor, 8 out. 2026. ↩︎

13.   BENJAMIN, Walter. “Alarme de incêndio”. In: Rua de mão única (1928). ↩︎

**** Rafael Domingos Oliveira é Historiador e educador, doutorando em História pela UNIFESP e pesquisador do Núcleo de Estudos e Pesquisas das Afro-Américas (NEPAFRO). É autor de Vozes Afro-Atlânticas: autobiografias e memórias da escravidão e da liberdade (Elefante, 2022) e organizador de Gaza no coração: história, resistência e solidariedade na Palestina (Elefante, 2024) e Diários de Gaza, volume 1: a memória é uma casa indestrutível (Tabla, 2024). Atua nas áreas de história da escravidão e abolição nas Américas, história pública e memória palestina. 

 

 [Fonte: blogdaboitempo.com.br]