Mostrar mensagens com a etiqueta Javier Marías. Mostrar todas as mensagens
Mostrar mensagens com a etiqueta Javier Marías. Mostrar todas as mensagens

terça-feira, 13 de janeiro de 2026

Por qué ni fija, ni limpia, ni da esplendor

Crece la impresión de que la Real Academia Española ha dejado de ejercer, incluso renuncia deliberadamente a ello, su papel normativo y cultural con la claridad, coherencia y autoridad que el antiguo lema sugería

Escrito por  

La célebre divisa de la Real Academia Española -Limpia, fija y da esplendor- surgió con un nobilísimo propósito: la lengua española contaría con una institución encargada de cuidarla, ordenarla y ennoblecerla. Pero el tiempo no pasa en balde. Trescientos trece años después de su fundación, para un buen número de hablantes, lingüistas, escritores y lectores, esa promesa ya no se cumple. No porque el español esté en decadencia -al contrario, camina más vivo e imparable que nunca- sino porque crece la impresión de que la RAE ha dejado de ejercer, incluso renuncia deliberadamente a ello, su papel normativo y cultural con la claridad, coherencia y autoridad que el antiguo lema sugería. Decir que la RAE ya no limpia, ni fija, ni da esplendor es, lamentablemente, una impresión generalizada.

Intentaremos explicarlo, aunque ni sea fácil ni sea cómodo, ni agradable. Limpiar, en el origen del lema, significaba depurar el idioma de usos incorrectos, confusos o innecesarios. No se trataba de imponer un castellano o español rígido, sino de establecer criterios claros que facilitaran la comprensión y la alta calidad expresiva. Sin embargo, la Academia se repliega ahora hacia posiciones más descriptivas que normativas, aunque rara vez sus miembros lo admitamos en público. Esto da ocasión a debates académicos internos, a veces muy tensos, que por prudencia institucional no suelen ir más allá de la sala de plenos. Debates que a menudo han opuesto y oponen dos formas distintas de entender la RAE, su función y sus obligaciones.

El argumento habitual de un sector académico, en el que se sitúan principalmente lingüistas -aunque no se trata de grupos compactos-, es que la Academia registra el uso. El problema, replica a eso otro sector donde abundan escritores o creadores, es que registrar no es limpiar. Si todo uso mayoritario, por vulgar o incorrecto que sea, resulta automáticamente válido, la noción misma de corrección pierde sentido. Y ahí reside uno de los problemas. La actual RAE acepta construcciones que hace años habría considerado erróneas, no tras un debate lingüístico profundo, sino por presión externa. Doblegándose con demasiada facilidad y frecuencia al simple uso mediático, político o de redes sociales. El resultado es una normativa cada vez más laxa, ambigua y contradictoria, que deja al hablante sin referencias firmes, sometido a los vaivenes de las modas y, lo que es peor, a la proliferación de elementos con notable presencia pública pero con escasa formación cultural. Un tertuliano, youtuber o influencer analfabetos pueden tener más influencia lingüística que un premio Cervantes. Y no es una figura retórica exagerada. Es que realmente ocurre.

Como institución colectiva, y desde hace tiempo, la RAE ha estado esquivando la constante petición de algunos académicos -cada vez menos, pues los más combativos van falleciendo o se cansan de bregar- en los debates de los plenos de los jueves: una declaración pública anual sobre el estado de la lengua española, a modo de balance, y no para imponer normas policiales, sino para prevenir y advertir de errores y malos usos antes de que éstos sean irremediables. Pues, al no establecer límites claros, la RAE deja de proteger precisamente a quienes más necesitan normas o referencias claras: estudiantes, docentes y hablantes no nativos. Pero esa renuncia de la Academia a limpiar -advertir de las amenazas antes de que se asienten sin remedio- no responde sólo a la fría concepción científica de algunos académicos, sino también a un miedo general asentado en la RAE: miedo a parecer elitistas, conservadores o excluyentes en un ámbito cultural hipersensible, en una España y una Hispanoamérica propensas a desconfiar de toda autoridad lingüística aunque esa autoridad sea noblemente compartida por todos los componentes de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Que -a diferencia de la notoria incompetencia panhispánica del ministro español de Asuntos Exteriores, señor Albares- sí mantienen excelentes relaciones entre ellas y participan juntas en un Diccionario, una Ortografía y una Gramática milagrosamente comunes.

Fijar no es congelar la lengua

En cuanto a la segunda palabra del lema, Fijar, no pretendía en su origen congelar la lengua, sino establecer consensos estables. Todo idioma necesita puntos de anclaje; sin ellos, se fragmenta y empobrece. Paradójicamente, hoy la RAE se muestra incómoda con la idea de fijación, y las sucesivas reformas ortográficas son un ejemplo elocuente. Cambios poco justificados, explicaciones confusas y decisiones cuestionables erosionan la autoridad académica. ¿Se escribe solo sólo? ¿Guion guión? ¿Mayúsculas opcionales?... La respuesta académica suele ser tibia: «depende», «es válido», «se recomienda, pero no es obligatorio». Una institución que no fija, duda; y una que duda, deja de ser referencia. Además, y esto es asombroso, la RAE institucional hace caso omiso del criterio de escritores consagrados -muchos de ellos fueron en vida o son hoy académicos- para quienes la lengua era y es una herramienta con la que trabajan a diario. Sucede lo contrario: la Academia externaliza hoy parte de su función fijadora dejándola en manos de medios de comunicación y redes sociales, que se convierten en árbitros del asunto. Y con esa claudicación, en vez de orientar hacia el buen uso, la RAE lo desprecia.

Pero quizá lo más grave sea el abandono del Esplendor. Porque dar esplendor no es sólo pulir la ortografía y la gramática y hacer un Diccionario digno y eficaz; es, también, defender la riqueza literaria, histórica y simbólica del idioma. Desde su creación en 1713, la RAE estuvo asociada a una idea de la lengua como patrimonio cultural. Hoy, lamentablemente, esa ambición parece diluida. El sector oficial de la Academia responsable de las manifestaciones y comunicaciones exteriores vive obsesionado con que nadie asigne a la RAE la palabra elitista. En consecuencia, maneja un registro cada vez más vulgar, adaptado al lenguaje de redes sociales, con respuestas rápidas, ingeniosas y a menudo superficiales. A la altura intelectual de lo que hay.

Las redes sociales, desde luego, representan el grado extremo del problema. Son espacios donde priman la rapidez, la simplificación y la falta de contexto. Útiles como indicador sociolingüístico, resultan tóxicas como modelo normativo. Sin embargo, la RAE las menciona cada vez más como prueba de uso. El lenguaje de las redes, diseñado para impactar y no para pensar, es fragmentario, caótico, pobre en matices y proclive a la incorrección, la vulgaridad y el error. Cuando la Academia lo legitima, envía un mensaje peligroso: el cuidado, el rigor, no importan; basta con que algo circule lo suficiente. Esto tiene un efecto social devastador. Si todo vale porque se usa, ¿para qué esforzarse en escribir bien? ¿Por qué leer a buenos autores, estudiar o ampliar vocabulario? La lengua deja de ser una conquista cultural, una herramienta cuidada y noble, y se convierte en reflejo automático del confuso ruido social.

Y, bueno. Los resultados están a la vista. La sumisión de la RAE a las redes deteriora su imagen. El criterio académico se hace coloquial, el rigor es negociable. Todo vale y cualquier cateto audaz puede imponerse, si persevera, a Cervantes, Galdós o García Márquez. El antes buscado esplendor exigía distancia, profundidad, autoridad y exigencia sin complejos. Además, y como postre, la RAE ha mostrado una evidente falta de liderazgo cultural frente a la avalancha de anglicismos, tecnicismos innecesarios y empobrecimiento léxico. Aunque a veces los adapta, no siempre propone alternativas convincentes o realistas -todavía me sangran los ojos ante el amago de algún académico lingüista de proponer balé para sustituir a ballet-. Y cuando las alternativas razonables son asumidas, llegan tarde o no se aplican. El mensaje implícito es de resignación: la lengua cambia, y poco se puede hacer; sólo seguirle el paso, aunque sea cojeando.

La politización del lenguaje

Otro de los factores negativos para la autoridad de la RAE es su relación ambigua con el debate político, sobre todo respecto al llamado lenguaje inclusivo. La resistencia académica viene siendo honorable, pero sin la contundencia propia de su autoridad. No abrir la boca es la respuesta más frecuente, y dice poco en favor de la institución que las respuestas enérgicas se dejen a la iniciativa personal de los contados académicos -Javier Marías lo hizo siempre de forma destacada- que se atreven, por su cuenta y sobre todo su riesgo, a intervenir en el debate público. En la grotesca injerencia del oportunismo político, la ignorancia y la estupidez sectaria en materia lingüística, la Academia, en vez de sostener la posición firme y argumentada de su legítima autoridad, suele situarse entre el silencio administrativo y la cautela diplomática, intentando no incomodar a nadie. Esa prudencia, o ambigüedad, es interpretada como debilidad e incluso como cobardía. Cada vez que la Real Academia Española parece más preocupada por no irritar al poder político que por su propia coherencia y obligaciones, pierde autoridad. Y no se trata de negar debates sociales, que son necesarios, sino de establecer con claridad qué pertenece al ámbito de la lengua y qué al de la ideología, y ser inflexible con quienes desde el interés partidista intentan contaminar la lengua o adaptarla a sus intereses. Al no plantar cara públicamente a ese oportunismo ignorante e irresponsable, la RAE contribuye a la confusión general y abdica de su autoridad y prestigio.

Otro síntoma inquietante es la invisibilidad intelectual de muchos actuales académicos. Históricamente, la RAE estaba integrada por figuras literarias y filológicas de primer orden, cuya autoridad provenía tanto de su obra como de su pensamiento. Hoy, aunque sigue habiendo elementos brillantes entre los lingüistas -Ignacio Bosque, Pedro Álvarez de Miranda- y también hay escritores de reconocido prestigio y notables académicos de otras especialidades, sus voces públicas suenan aisladas, cuando suenan, y la institución en su conjunto no proyecta una voz prestigiosa y sólida. Las discusiones importantes sobre la lengua se dan fuera de la Academia, en universidades, medios, redes sociales y espacios independientes. La RAE suele reaccionar tarde y mal, y rara vez lidera el debate. Ha pasado de ser un faro que guía a comentarista de lo que hay.

Pero lo más grave, en mi opinión, es que en el corazón de la Real Academia Española se registra un desplazamiento silencioso, lamentable, de su principal fuente de autoridad. Durante tres siglos, la RAE entendió que la lengua se establecía principalmente de abajo arriba, pero enriquecida, contrastada, analizada y devuelta desde arriba hacia abajo mediante la literatura, el pensamiento, la tradición escrita y el criterio de autores solventes cuya obra demostraba excelencia, precisión y capacidad de perdurar. Hoy, en cambio, entregados los aspectos técnicos de la RAE a lingüistas partidarios de asumir dócilmente cuanto ocurre y no prevenir lo que ocurra, la Academia invierte esa jerarquía: otorga más peso normativo a lo que se repite en periódicos mal escritos, titulares apresurados, tertulias descuidadas o redes sociales, que a la autoridad intelectual de escritores, filólogos y creadores que trabajaron o trabajan la lengua con rigor. Se anteponen, más de lo necesario, los usos de un tuitero analfabeto o el texto de un folleto farmacéutico mal traducido a la obra de Soledad Puértolas, Carlos García Gual, Juan Mayorga, José María Merino, Luis Mateo Díez, Álvaro Pombo, José Manuel Sánchez Ron, Clara Sánchez, Javier Cercas y tantos otros académicos vivos o muertos.

La inversión de la autoridad lingüística

Tradicionalmente, los buenos escritores no se limitaban a utilizar la lengua española: la afinaban. La literatura era un laboratorio de posibilidades expresivas, de creación e innovación, pero sobre todo un espacio de autoridad. Un uso reiterado en Cervantes, Galdós, Borges o Vargas Llosa tenía más peso que mil ocurrencias bastardas o efímeras. La Academia observaba todo eso registrando cuanto había, pero aconsejando utilizar lo mejor. Don Manuel Seco, al que mi querido don Gregorio Salvador definió como «el académico perfecto», abrió siempre su diccionario al lenguaje popular y su evolución natural, pero nunca perdió de vista la autoridad superior de los grandes escritores. Durante mucho tiempo -llevo 23 años en la RAE y he conocido otras épocas- los sucesivos directores de la RAE incluido Darío Villanueva, el penúltimo de ellos, mantuvieron un exquisito y útil equilibrio entre lingüistas y creadores. Hoy ocurre todo lo contrario. Los debates lingüísticos -aquellas tradicionales papeletas de toda la vida- han desaparecido de los plenos y se solventan en comisiones parciales o con decisiones casi personales, ajenas al criterio general. En 2009, cuando Ignacio Bosque iba a publicar su importantísima Gramática, todos los académicos leímos, comentamos y discutimos durante mucho tiempo el borrador. Hoy eso sería imposible: suele imponerse el hecho consumado.

Recuerdo con añoranza mi primera década en la Academia, en la que tardé años en abrir la boca si no me preguntaban. Hoy están lejos los tiempos en que los jueves suponían fascinantes discusiones de gran altura: lingüistas de categoría como García Yebra, Rodríguez Adrados, Manuel Seco, Gregorio Salvador, se medían y enfrentaban en debates inteligentes, respetables y amistosos con Camilo José Cela, José Luis Sampedro, Mario Vargas Llosa, Claudio Guillén, Carmen Iglesias, Francisco Ayala o Castilla del Pino. Ahora, lamentablemente, el núcleo de lingüistas al que la actual dirección confía las decisiones maneja con naturalidad y sin apenas control, como justificación normativa, titulares periodísticos redactados con descuido o usos masivos en redes sociales, aunque estos contradigan principios sintácticos, semánticos o estilísticos largamente asentados. La repetición cuantitativa ha sustituido a la calidad cualitativa. Se confunde frecuencia con legitimidad, visibilidad con corrección. Y esta inversión es muy grave, porque los medios de comunicación actuales -con pocas y honrosas excepciones- ya no funcionan como filtros de calidad lingüística. La presión del clic, la velocidad de publicación y la precariedad laboral han erosionado el cuidado del idioma. Que la Academia tome ese material como referencia prioritaria equivale a aceptar como patrón lo que antes habría considerado síntoma de deterioro.

Una de las actitudes más discutibles, siempre en mi opinión, es que la RAE apenas advierte ya con claridad del mal uso. Tiene verdadero miedo de hacerlo. Antes, el diccionario y la gramática no sólo indicaban qué se decía, sino qué se debía o podía evitar. En el Diccionario o fuera de él constaban marcas claras: incorrectoimpropiodesaconsejadovulgar... Hoy, esas advertencias se han atenuado o desaparecido, sustituidas por fórmulas ambiguas: se documentase usaes frecuente en la lengua hablada. El problema no es admitir que un uso existe, pues la RAE está obligada a registrarlo, sino elevarlo a la categoría de aceptable o correcto sin un juicio crítico. Cuando se deja de señalar un error, el error ya no se percibe como tal: el hablante pierde herramientas para distinguir entre el descuido y el rigor, entre una solución pobre y una rica, entre una desviación ocasional y una norma consolidada. Y de ese modo la Academia ya no corrige la incorrección, sino que la acepta a toro pasado. Espera a que el mal uso se imponga por cansancio, repetición o presión mediática y entonces lo incorpora al Diccionario; no como excepción a señalar, sino como variante válida. Y así, la autoridad normativa se convierte en simple notaria del hecho consumado.

La marginación de los escritores solventes

Mientras tanto, como dije, la voz de los académicos escritores que por naturaleza son creadores, trabajadores y especialistas del lenguaje, apenas cuenta hoy en la RAE. Muchos de ellos, vivos o recientemente fallecidos, han señalado errores, empobrecimientos y banalizaciones del idioma, sólo para ver cómo el sector ahora dominante en la Academia -los talibanes del todo vale- los ignora o trata como opiniones respetables, pero irrelevantes. Durante el mandato del actual director -al que por otra parte se deben importantes logros, como la labor panhispánica en América y la salvación económica de una RAE asfixiada por el expresidente Mariano Rajoy- se ha roto el vínculo histórico, el respeto mutuo, el equilibrio al que antes aludía entre creación literaria y técnica lingüística. Y esto es especialmente grave, porque los escritores no sólo conservan la lengua: la trabajan y proyectan hacia el futuro. Son quienes exploran sus límites sin romper su coherencia. Prescindir de su criterio equivale a amputar la dimensión estética e intelectual del idioma, reduciéndolo a un mero instrumento funcional. La lengua sin autoridad literaria se vuelve plana; y una academia que no escucha a quienes mejor la manejan renuncia a dar esplendor en el sentido más profundo del término.

El proceso es siniestro: en los medios se escribe peor, la Academia lo acepta, y al aceptarlo, legitima ese empeoramiento. Al legitimar, los medios se esfuerzan todavía menos. El hablante asume que la corrección es irrelevante y reproduce usos cada vez más pobres. Pero este empobrecimiento no es sólo estilístico, sino cognitivo: una lengua descuidada piensa peor. La precisión léxica, la complejidad sintáctica y la riqueza expresiva no son adornos superfluos, sino herramientas para comprender y describir la realidad. Cuando la norma se rebaja, también se reduce la capacidad de pensar con claridad.

Decir que la Real Academia Española ya no limpia, ni fija, ni da esplendor no es negar su utilidad, su hermosa y noble historia ni su necesario futuro, sino prevenir una crisis. La lengua española no necesita una policía autoritaria, pero sí una institución capaz de establecer criterios, defender la excelencia y asumir que toda norma implica incomodar a alguien. Sin limpieza no hay claridad; sin fijación no hay estabilidad; sin esplendor no hay belleza. Si la RAE no mantiene esa triple vocación, su lema será una reliquia retórica. La Real Academia Española no perderá autoridad porque la lengua evolucione y cambie; la perderá si continúa consagrando más el ruido que el pensamiento, más el error y la vulgaridad que la excelencia. Privilegiar a periódicos mal escritos y redes sociales sobre escritores solventes y tradiciones literarias sólo contribuirá a la pérdida de calidad del español. Mientras no practique la valentía de señalar el error en vez de certificarlo, y de sostener la autoridad superior de quienes a uno y otro lado del Atlántico mejor escribieron y escriben en nuestra lengua, la RAE será una institución útil pero traidora a sí misma: alguien que llega tarde, cuando el daño está hecho. Y una lengua que renuncia a la exigencia, el rigor y la belleza, acaba por renunciar a su grandeza.


Arturo Pérez-Reverte es miembro de la Real Academia Española desde el año 2003


[Ilustración: PATRICIA BOLINCHES - fuente: www.elmundo.es]


sábado, 27 de dezembro de 2025

Antonio Muñoz Molina: «Somos los creyentes de una religión erigida por el dinero»

Hace tiempo que las letras españolas visten el lazo negro de Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019) y de Javier Marías (1951-2022). Quizás el último vértice de esta sucesión de talento sea Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956). Como Ferlosio o Marías, Muñoz Molina valora la importancia del arranque de un texto. Diez veranos ha estado tomando notas, apuntando frases de Don Quijote de la Mancha. En su memoria pervive el prólogo de 1605 y esa frase de incierta semántica: se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación. Hablamos con el autor sobre política, literatura y sobre su libro ‘El verano de Cervantes‘ (Seix Barral, 2025). 


Por Miguel Ángel García Vega

La corrupción ha ocupado de nuevo las portadas. Este país parece que no se libra de vivir en el Crematorio de Rafael Chirbes: esa espléndida novela que recorría las raíces de esta España del engaño, la avaricia y la estafa.

Hay grados de corrupción. Escribí un texto muy crítico sobre esta crisis: Todo lo que era sólido. En parte se basaba en mi propia experiencia como trabajador municipal en los años 80. Esto me dio una perspectiva bastante aguda, aunque limitada, sobre la corrupción. Cuando la izquierda llegó al poder en Europa por primera vez, se encontró con unos ayuntamientos que tenían muy poco dinero pero donde había funcionarios superiores muy bien preparados que eran de carrera. Existía un secretario general, un interventor… Esos cuerpos generales los creó Calvo Sotelo a imitación de los altos cargos administrativos franceses. Había que seguir un escalafón, de tal forma que las diputaciones no podían entrometerse en las alcaldías para evitar cualquier malversación. Cuando la izquierda llegó a los ayuntamientos había una queja de los políticos que decía que la burocracia era una imposición franquista, retardataria, que les impedía acometer proyectos. Esto era verdad solo parcialmente. En 1983, se publica una ley en la que casi nadie se ha fijado, que daba a las alcaldías un poder muy superior al que tenían antes y rebajaba el poder de veto. Además, se pierde el concepto de hacer carrera (no solo acumulando trienios) en la Administración y los políticos consiguen el poder de actuar sin control. En España —según Michael Reid, corresponsal de The Economist— hay más políticos que en cualquier país europeo. Unos 400.000. Cada uno de ellos tiene el poder de nombrar asesores, ayudantes. La corrupción existe por dos razones: el Estado en España siempre ha sido débil y ha estado bajo los intereses de corporaciones, grandes empresas, bancos. Y, la segunda, porque existe una Administración muy politizada, que resulta muy difícil de controlar. Los partidos han creado una cantidad de entidades, agencias que tienen en común que el personal se provee sin control: son todo cargos de confianza. En muchos países no existe ese concepto tan español de la «libre designación».

Cambiando de geografías y pensando en el Quijote, ¿ahora tenemos en Estados Unidos al loco al frente del manicomio?

No. Están llevando a cabo una propuesta profundamente calculada. Mucha gente religiosa y ultraconservadora apoyó a Trump en su primer mandato para situar en el Tribunal Supremo a estos grupos afines, algo que logró. Nada hay de locura. Están destruyendo la Administración. Fíjese, por ejemplo, en lo que ocurrió con la Dana. Es una muestra de ese intrusismo que le comentaba. La política ha ocupado la Administración. La defensa de la consejera es que ella no sabía nada. Cómo es posible que quienes tomasen las decisiones no fueran técnicos. Cómo es posible que estuvieran reservadas a los políticos. La Dana es un caso de corrupción igual que los otros que vemos. Corrupción en el sentido de una Administración [la valenciana] que resulta incapaz de cumplir su deber porque está sometida a las directrices políticas. No se dio la voz de alarma porque se acercaba un puente largo y no se quería perjudicar a la hostelería. Una persona que no tiene ninguna cualificación, que no sabe que existe el sistema de alarma, es el responsable de decidir. Esto es igual que alguien que decide llevarse el dinero en la adjudicación de una obra. Idéntica corrupción.

Hace algunos años hubo una controversia porque aceptó el Premio Jerusalén. ¿Hoy lo aceptaría?

Mi relación con Israel se ha terminado. Es un país muy dividido. Es una nación donde coexistía una clase liberal ilustrada muy potente con un sionismo muy reaccionario y con los ultraortodoxos. No existe el matrimonio civil.

Sin embargo, hasta el ataque de Hamás era la única democracia, imperfecta, pero democracia, de la región.

Con la «pega» de los territorios ocupados [Cisjordania]. Yo me identificaba con una clase intelectual progresista y muy crítica que, entonces, había en Israel. Hablo de gente como los escritores Amos Oz (1939-2018) o David Grossman. Estas personas se han callado y la inmensa mayoría de la población israelita apoya al Gobierno de Netanyahu. Algo que observé todas las veces que fui es que eran capaces de vivir como sí no existieran los territorios ocupados. Me han contactado varias veces: les he dicho que no.

Regresemos a la escritura. Cuando escribe, ¿lo hace con una estructura ya clara, con brújula? ¿Sabiendo qué les sucederá a los personajes o la línea de trama?

Necesito un punto de partida y un tono. Una vez que lo tengo puedo ir tanteando. Me hace falta una primera frase de arranque. A partir de ahí, fluyen rápido las palabras y luego vuelvo a ellas en una revisión profunda.

Dice el director Víctor Erice que el cine se crea en la sala de montaje.

Son dos cosas distintas. En mi caso, como le decía, el punto de partida es tener esa frase inicial. Tengo alguna novela trabajadísima, que fracasó porque carecía de un arranque bueno. En la primera fase tienes que descontrolarte y en la segunda debes controlarlo todo al máximo. No puedes estar una semana trabajando en una frase. De hecho, El verano de Cervantes llegó a partir de notas que iba tomando, citas del libro, referencias bibliográficas, frases… Durante unos diez veranos he ido completando cuadernos de esa manera. Empezaba un proyecto o una novela y lo dejaba aparcado. Así fue avanzando.

Recurriendo a otra cita: cuenta el arquitecto Norman Foster que las tecnologías creativas vuelven a las personas más creativas.

Para mí la tecnología es la pluma pero también el procesador de datos. Y facilita recabar información sobre todo para las piezas periodísticas. Lo que está cercano al dislate es la adoración por la tecnología que lleva a algunos a defender que la inteligencia artificial es buena para los procesos creativos. Por lo pronto, lo que está consiguiendo es destruir profesiones. Hay un gran papanatismo.

La IA te ofrece un resultado pero no te enseña cómo ha llegado hasta él.

Lo fundamental de los procesos creativos es que son eso, procesos. Es la diferencia entre un crítico y un artista. El primero se fija en el resultado final y al segundo lo que le interesa es el proceso; saber cómo se ha hecho todo. Somos los creyentes de una religión creada por el dinero. La más poderosa que ha existido nunca. Estamos renunciando alegremente a nuestra humanidad y agachando la cabeza y reverenciando a quienes se casan en Venecia [una alusión a las segundas nupcias de Jeff Bezos, propietario de Amazon, en las afueras de la ciudad italiana]. Hemos vendido nuestros datos y resulta imposible hablar de tecnología sin hablar de poder.

Es un tema del que casi no se escucha: The Guardian publicaba que los ingresos medios de un escritor británico son 8.000 libras (unos 9.200 euros) al año. Cuando Álvaro Pombo ganó el año pasado el premio Miguel de Cervantes comentó: «Es posible que para alcanzar la grandeza en España, tengamos que llegar a la pobreza». Hablaba de precariedad.

Creo que es todavía peor en el mundo de la música. El oficio de músico ha sido arrasado. El músico de sesión, el freelance. La precariedad del escritor hay que verla dentro de la precariedad de los oficios. No es menos precario el periodista. El escritor es distinto a un músico o un periodista. Hace una cosa que nadie le ha pedido que haga. ¿Y la precariedad de quien escribe poesía? Cuando publiqué mi primera novela no se me pasó por la cabeza que pudiera vivir de esto. La literatura unas veces atrae el público suficiente y otras no. Mi proyecto de vida a los 30 años era progresar en mi carrera administrativa en el sector cultural [en Granada] y tener tiempo para escribir. Un libro, independientemente de su calidad, puede atraer lectores o no.

Cervantes no tuvo una escuela como tampoco Velázquez. Dos genios.

Quizás eran demasiado singulares, demasiado distintos de su entorno.

España tiende a dar inmensos talentos de forma casi fortuita, Cervantes, Goya, Velázquez, Picasso… Surgen, sobre todo, en los momentos más inesperados o incluso difíciles.

Quizá porque no existen instituciones sólidas, se pierde mucho talento, pero a veces hay una especie de salto. Aunque, a pesar de todo, no hubo una continuidad como pudo haber en Francia, Italia o Inglaterra. Las ideas de Cervantes serían como las de cualquiera de su época. Lo que ocurre es que la parte más tonta del ser humano es, en general, la de las opiniones. Decía Fernando Pessoa (1888-1935): «Todas nuestras opiniones son de otros». La creación literaria se efectúa con la parte más profunda y menos consciente. Cervantes tenía la sensibilidad artística que le otorgaba la capacidad de crear personajes ricos y complejos.

Hay una frase de Don Quijote apaleado, humillado, cansado, viejo, en la que admite: «Yo no puedo más». Recuerda al final de El oficio de vivir, de Cesare Pavese: «Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más». Cogió un revólver, apuntó a la cabeza, en Turín, y no falló.

Es tremendo ese momento de Don Quijote. Resulta estremecedor.


[Foto: Iván Giménez - fuente: www.ethic.es]

terça-feira, 6 de junho de 2023

El nobel de Literatura J. M. Coetzee será el primer escritor residente en el Museo del Prado


El autor sudafricano vivirá dos meses en Madrid para empaparse de las obras de la pinacoteca, que usará como fuente de inspiración literaria

La iniciativa forma parte de un proyecto impulsado por el museo y la Fundación Loewe 


                                      J. M. Coetzee

El Museo del Prado tiene una larga lista de escritores que han convertido su encanto en literatura: Eugenio D'Ors, Philippe Lançon, Antonio Muñoz Molina, Javier Marías... En fin, hay muchos nombres. A ellos se le sumará ahora el de J. M. Coetzee. El nobel sudafricano vivirá dos meses en Madrid para empaparse de las obras de la pinacoteca, que usará como fuente de inspiración literaria. Él ha sido el elegido para inaugurar la inciativa 'Escribir el Prado', un proyecto impulsado por el museo y la Fundación Loewe, tal y como adelantó 'El Periódico' y ha podido confirmar ABC.

Coetzee tendrá acceso a los talleres, bibliografías, y salas de la colección, tanto públicas como privadas. Además, tendrá encuentros con especialistas, historiadores, historiadores del arte, técnicos y restauradores, así como con otros creativos para conversar, intercambiar conocimiento, ideas y creatividades. Esto es: tendrá la libertad de relacionarse con el Prado en toda su extensión material e inmaterial.

«La iniciativa pretende desarrollar nuevos caminos artísticos entre disciplinas y forjar una conexión emocional a través de experiencias que promuevan la creación y en todo el mundo difusión de obras literarias perdurables», explicaban desde el museo cuando presentaron la iniciativa, aún sin nombre propio.

Coetzee debutó en la novela en 1974 con 'Tierras en penumbra', una historia ambientada en la Sudáfrica del apartheid. Desde entonces ha publicado más de veinte obras, muchas de ellas con un fuerte componente autobiográfico y crítico con la sociedad sudafricana. Su libro más aclamado es 'Desgracia', de 1999, donde narra la caída en desgracia de un profesor universitario denunciado por acoso que se refugia en la granja de su hija. En 2003 recibió el Nobel de Literatura, y además tiene en su haber dos premios Booker.

 

[Fuente: www.abc.es]

sexta-feira, 7 de outubro de 2022

O declínio

 

Escrito por Pedro Correia

Annie Ernaux - escritora francesa que há 38 anos só publica «obras autossociobiográficas», cheia de pergaminhos politicamente correctos - foi ontem proclamada vencedora do Nobel 2022. Um dos atributos que lhe reconhecem é ter «coragem». Embora, no mundo contemporâneo, pareça demasiado fácil alguém que se proclama da esquerda radical criticar a burguesa e tolerante França por ser «um país de direita», como ela desabafou em recente entrevista ao El País.

Imagino o que aconteceria se fosse iraniana em vez de ser francesa e ousasse sair à rua com o véu mal posto...

A propósito: Salman Rushdie, como era de prever, voltou a ser esquecido. O júri de Estocolmo quer continuar a dormir sem estar sujeito a uma fátua proclamada pelo totalitarismo iraniano.

Como há 17 dias escrevi aqui, «é intolerável que Rushdie, perseguido há 33 anos pelo mais repugnante extremismo que usa a religião como pretexto para impor a lei do silêncio, seja igualmente vítima da atmosfera de medo que vigora em Estocolmo».

Parecia que adivinhava: fica sempre muito bem proclamar a coragem, mas outros que a pratiquem lá bem longe.

Se há sintoma de irreversível declínio da Academia Nobel, este é o mais evidente. Não admira que nunca tenha premiado Hannah Arendt, Borges, Orwell, Yourcenar, Nabokov, Javier Marías ou Cabrera Infante.

Declínio também da língua de Molière e de Malraux: apesar de a vencedora deste ano ser francesa, o presidente do júri anunciou a notícia ao mundo, na capital sueca, falando em inglês. O idioma da «indústria cultural», com inequívoca caução do império americano, em que a literatura se vai transformando.

Mesmo aquela que se proclama «transgressora». Ou sobretudo esta: porque só «transgride» quando não incomoda nem belisca ninguém.

 

[Fonte: delitodeopiniao.blogs.sapo.pt]

quarta-feira, 21 de setembro de 2022

O Nobel para Rushdie

  

descarregar.jfif

Escrito por Pedro Correia

Falta pouco para a atribuição do Nobel da Literatura. Deixo já a minha proposta ao Comité Nobel: deve ser galardoado Salman Rushdie. É mais que tempo, é mais que merecido. Para que não ocorra outra injustiça gritante, como a que agora se registou, ao morrer Javier Marías, grande escritor espanhol ignorado pelo júri sueco que teima em distinguir autores menores enquanto ignora gigantes da literatura - a lista é imensa, irei recordá-la aqui muito em breve.

A 12 de agosto, Rushdie foi alvo da mais recente tentativa de assassínio. Com uma diferença em relação às anteriores: esta quase chegou a ser consumada. O escritor britânico nascido em Bombaim há 75 anos recebeu vários golpes de faca no abdómen e no pescoço quando se preparava para fazer uma conferência em Nova Iorque. Escapou por pouco a esta nova demonstração do ódio que lhe dedicam os muçulmanos fanáticos desde que o sinistro aiatolá Khomeiny lhe lançou uma fátua - sentença de morte - em 1989 por alegado crime de «blasfémia contra o Islão» no romance Versículos Satânicos.

Desde então, vários tradutores desta obra têm sido ameaçados e perseguidos em todo o mundo. Um morreu assassinado. É muito provável que a persistente ameaça do totalitarismo islâmico continue a tolher as sumidades que todos os anos se reúnem na capital sueca para proclamarem o melhor escritor do ano. Como se também elas fossem alvo de uma fátua.

É intolerável que Rushdie, perseguido há 33 anos pelo mais repugnante extremismo que usa a religião como pretexto para impor a lei do silêncio, seja igualmente vítima da atmosfera de medo que vigora em Estocolmo. Se algum escritor merece o Nobel, neste ano concreto, é ele. Aliás já o merecia desde que publicou Os Filhos da Meia-Noite, em 1981 - fabuloso cruzamento de relato histórico com realismo mágico expondo as feridas entre hindus e muçulmanos no subcontinente indiano como tema central.

Dúvida nenhuma: o prémio deve ser para ele.

 

[Fonte: delitodeopiniao.blogs.sapo.pt]

terça-feira, 20 de setembro de 2022

Na morte de Javier Marías (1951-2022)

 

Escrito por Pedro Correia

Durante anos, li Javier Marías com prazer e proveito na revista dominical do El País. Bastavam as crónicas dele (e guardei várias, arquivando-as entre as páginas de livros, como sempre faço quando gosto muito de certos textos) para justificar a compra do jornal, que há mais de um ano deixou de se publicar nos quiosques portugueses, ao contrário do ABC ou do El Mundo, outros diários do reino vizinho.

Era culto, cáustico e corajoso - três características que aprecio num cronista. Não hesitava em remar contra a maré das modas dominantes, não perdia tempo com bajulações nem ocultava a erudição para seduzir "novas camadas de leitores" em busca da facilidade. Se havia que romper consensos, contassem com ele. Para integrar coros afinados, podiam dispensá-lo.

Este meu interesse pelo Marías cronista alargou-se ao Marías ensaísta. Há um livro dele sobre escritores e leituras que sempre recomendo: Vidas Escritas, em que nos fala de vários dos seus autores preferidos em textos concisos mas luminosos. Ali desfilam Faulkner, Conrad, Rilke, Stevenson, Mishima, Nabokov. E mulheres mestras das letras, como Emily Brontë e a fabulosa Isak Dinesen. 

Daí passei ao Marías romancista. Com obras como Todas as Almas (1989) e Coração Tão Branco (1992), em que exibe sem complexos a sua formação anglo-saxónica, a experiência como professor em Oxford, o gosto em ter traduzido Laurence Sterne e Thomas Hardy, a eleição de Shakespeare como autor de cabeceira.

Obra-prima da literatura espanhola, que incluo sem favor entre os cem melhores romances do século XX, Coração Tão Branco (título inspirado em frase de Lady Macbeth) tem um dos melhores parágrafos iniciais que conheço em ficção literária. Daqueles que nos agarram de imediato e nos prendem ao livro do princípio ao fim.

Eis essas primeiras linhas (com sábia tradução de Fátima Alice Rocha para a editora Alfaguara):
«Não queria saber, mas soube que uma das meninas, quando já não era menina e tinha regressado da viagem de núpcias havia pouco tempo, entrou na casa de banho, pôs-se diante do espelho, abriu a blusa, despiu o sutiã e procurou o coração com a ponta da pistola do próprio pai, que se encontrava na sala de jantar com alguns membros da família e três convidados.»

Perguntem-me o que é escrever bem. Respondo com esta admirável frase de abertura.

Grande escritor, Marías - prematuramente desaparecido, a escassos dias de completar 71 anos. E sem o Nobel, em nova injustiça cometida pela academia sueca: há muito que o merecia.

Ser politicamente incorrecto, e fazer gala disso, não o favoreceu nesta época de consensos bem comportados. Ele, que não fingia modéstia e exibia «o sorriso da inteligência», como dele disse Juan Cruz. Atributos nada valorizados nos dias que vão correndo.

Até por isso o aprecio. E continuarei a escrever sobre ele no presente, não no passado.

[Fonte: delitodeopiniao.blogs.sapo.pt]

terça-feira, 13 de setembro de 2022

Morre o escritor e académico Javier Marías, figura esencial da literatura española

 

Faleceu aos 70 anos por mor dunha afección pulmonar e deixa unha das obras máis sólidas e singulares das letras españolas

                                    Javier Marías asinando unha das súas obras na Feira do Libro de Madrid

Escrito por MIGUEL LORENCI

O escritor, académico, articulista, tradutor, profesor e selecto editor Javier Marías faleceu na súa Madrid natal aos 70 anos. Levaba varias semanas loitando contra unha grave afección pulmonar que obrigou á súa hospitalización a mediados de agosto. Coa súa morte, as letras españolas perden a un dos seus grandes referentes, o noso escritor seica máis respectado e recoñecido internacionalmente, dono dunha obra tan sólida como persoal desenvolvida nunha vintena de títulos ao longo de medio século. «Pensar na posteridade é ridículo; é un concepto pasado», repetía Marías, que ten asegurado un lugar preeminente nos anais da literatura española do século XX. Shakespeariano ata a medula, era o único autor español contemporáneo incluído na colección Modern Classics do prestixioso selo inglés Penguin.

Eterno candidato ao premio Cervantes, que aseguraba estaba disposto a rexeitar -como rexeitou o Nacional de Narrativa no 2012, fixo nas quinielas do Nobel e multipremiado en Europa e Latinoamérica, a súa esixente ambición literaria foi o motor dunha carreira froito dunha temperá vocación. Vendeu máis de oito millóns de libros dunha obra traducida a medio centenar de idiomas e que se publica en case 60 países. O poeta John Ashbery comparou a súa prosa coa de Marcel Proust ou Henry James e J.M.Coetze e insistiu en que a Academia Sueca debía outorgarlle o galardón que xa ten o narrador surafricano.

Fillo do pensador, catedrático e académico Julián Marías, estudante brillante, precoz narrador e novo profesor, publicou a súa primeira novela, Os dominios do lobo, con só 19 anos. A última, Tomás Nevinson, apareceu hai dous anos. Pero Marías aseguraba que non se tiña «nin por un escritor profesional nin por un grafómano». «Escribín o que quixen», repetía o protagonista dunha carreira ascendente, balizada de recoñecementos, sostida co favor do público e o respecto da crítica dentro e fóra de casa.

Tradutor, profesor en Oxford e na Complutense de Madrid, era moi lido e especialmente admirado en Alemaña. Corazón tan branco, aparecido en 1992, foi o libro que lle cambiou a vida e a carreira. Con el rebentou o mercado cando catro anos máis tarde o pope da crítica alemá, Marcel Reich-Ranicki, púxoo polas nubes no seu programa de televisión e converteuno nun bestseller no seu país.

Insatisfeito

Pero Marías nunca estaba satisfeito dos seus logros. «Os meus libros parécenme unha porcallada mentres os escribo», declarou ao publicar Berta Illa, a súa penúltima novela, que, como sempre, anunciou como o seu adeus á narrativa.

Adoitaba recorrer a frases do seu loado Shakespeare para titular as súas novelas como Os namoramentos, que publicou en 2011, tras corenta anos de carreira. Era a décimo cuarta novela do titular da cadeira de brazos R na RAE, a primeira cunha voz feminina como narradora, e mereceu en 2012 o Premio Nacional de Narrativa outorgado polo Ministerio de Cultura, que Marías rexeitou. Foi elixida como mellor libro do ano por Babelia, recibiu o XIV Premio Que Ler e o internacional Giuseppe Tomasi dei Lampedusa. Foi finalista do National Book Critics Circle Award como mellor novela publicada nos Estados Unidos en 2013 e seleccionada por The New York Times entre as cen mellores obras de ficción de 2013.

Dixo entón que faría o mesmo de gañar o Cervantes, tras asegurar que o da Crítica, que obraba na súa poder «é un dos poucos premios dos que un pode estar seguro de que non interveñen nel factores extraliterarios, xa que os críticos españois non se van a deixar influír por nada ou ninguén». «¿Perdoaría que lle outorgasen o Cervantes?» expúxoselle. A pregunta debuxou un sorriso no rostro do polo común circunspecto escritor. «Deixei moi claro cando rexeitei o premio Nacional de Narrativa que non aceptaría máis premios dotados con diñeiro do Estado». «¿E quen pon o diñeiro no Cervantes?», repreguntó o académico. «O Estado», escoitou. «Pois aí ten a resposta; pero descoide que non mo darán» resolveu a cuestión auto excluíndose da carreira pola máxima distinción das letras hispanas.

Literato esixente onde os haxa, e alérxico á cursileza, lamentaba a superficialidade que non só afecta aos mozos, «que se contaxia e amplifica» nunha era dixital que nos fai retroceder en lugar de avanzar. «Ninguén le nada e o peor é que apenas se entende o que se le; critícanse os meus artigos sen ler os meus argumentos», lamentaba. «Non estou disposto a escribir novelas bobas, superficiais, con tontunas copiadas de autores americanos», dicía. Deixaba ese labor ás lexións de presentadores e famosos «que se creen capaces de crear unha novela por saber ler e escribir».

Refractario á tecnoloxía, usaba un móbil vetusto e escribía sempre a máquina. «¿Que fose do mundo se Goebbels tivese Twitter e Youtube?», preguntábase. E a resposta era aterradora. «O mundo sería nazi, se é que xa non o é. Os nazis terían gañado a guerra, seguro, se vemos o que lograron coa radio, a prensa e as películas de Leni Riefensthal», aventuraba. «Cada vez pénsase menos e funciónase con ideas recibidas e lugares comúns, e se non cuestionar as ideas recibidas, o panorama é terrible», lamentaba.

O seu non moi extensa bibliografía complétase con títulos como Travesía do horizonteO monarca do tempoO séculoO home sentimental (Premio Ennio Flaiano), Todas as almas (Premio Cidade de Barcelona), Corazón tan branco (Premio da Crítica, Prix l’Œil et a Lettre, IMPAC Dublin Literary Award), Mañá na batalla pensa en min (Premio Fastenrath, Rómulo Galegos, Prix Femina Étranger, Mondello dei Palermo), Negras costas do tempo; os tres volumes do teu rostro mañáFebre e lanza (Premio Salambó), Baile e soño, e Veleno e sombra e adeus e Así empeza o maloBertaIsla e Tomás Nevinson.

Gañou tamén o Premio Nacional de Tradución 1979 pola súa versión de Tristram ShandyVidas escritas e Miramientos reúne as súas descricións de escritores e os seus relatos están en Malaíndole e a antoloxía Contos únicos. Ademais de homenaxes a Faulkner e Nabokov, publicou dezaoito colecciones de artigos e ensaios.

O tradutor do «Tristram Shandy» e doutros autores ingleses

Ademais de escritor, Javier Marías tivo tamén unha faceta como tradutor, sobre todo ao principio da súa carreira. En 1978 traduciu nun só volume para Alfaguara A vida e as opinións do cabaleiro Tristram Shandy e Os sermóns de Mr. Yorick, de Laurence Sterne, alumno de Cervantes e unha das influencias máis queridas polo escritor madrileño. Con esas obras gañou o Premio Nacional de Tradución en 1979.

«A aquel que queira escribir, eu recomendaríalle que traducise. Eu notei na miña propia prosa máis flexibilidade e soltura despois de traducir. Notei o meu instrumento máis afinado que antes», dixo Marías.

Ademais da Sterne, traduciu ao tamén aos clásicos ingleses Thomas Browne e Thomas Hardy e a novelistas contemporáneos como Vladimir Nabokov e John Updike, e a poetas. Sempre traduciu do inglés, polo que se lle considerou o máis británico dos escritores en español.

Deixou a tradución porque, na súa opinión, é unha actividade que está demasiado preto da escritura, e temía unha influencia demasiado evidente das palabras doutros escritores.

 

[Imaxe: BENITO ORDÓÑEZ - fonte: www.lavozdegalicia.es]

segunda-feira, 10 de janeiro de 2022

Usurpador del Defensor

Lo sexista es contar el número de varones y mujeres en todo, como si no perteneciéramos a una única especie y no fuéramos iguales. 

Escrito por Javier Marías
 
Desde hace años echo un vistazo a la sección Defensor o Defensora del Lector (y supongo que de la Lectora, duplicación absurda que de momento no ha aparecido: gracias). Me provoca curiosidad ver de qué se quejan quienes compran este diario, y a veces me quedo atónito, como el pasado 19 de diciembre. Bajo el título “Recalcitrantes reductos sexistas”, Carlos Yárnoz atendía a los lamentos o invectivas de ocho corresponsales, todos varones, bien disgustados, bien furiosos por “intolerables titulares” o frases detectados en EL PAÍS. No tengo ninguna intención, claro está, de usurparle el cargo a Yárnoz, a quien profeso simpatía, y además yo no serviría, pues, a diferencia de la suya, mi paciencia es escasísima ante la tontuna. Pero me voy a poner en su lugar por un día, ya que la mayoría de las cartas de esos ocho lectores estaban inspiradas por una ignorancia continental si no oceánica; o por la falsedad; o por el exceso de celo en sus labores policiales. Quien va en busca de sospechosos los encuentra por doquier; los maniáticos del orden estudian sus mesas para comprobar si alguien les ha cambiado algo de sitio; los enemigos del “sexismo” lo verán hasta en el más ridículo detalle. Esto último fue lo sucedido el 19 de diciembre.

Varios de los lectores consideran “bochornoso” que se llame a figuras públicas femeninas por su nombre de pila (“Yolanda”, “Corinna”, “Cayetana”, etc), lo cual “implica un subliminal mensaje de falsa cercanía o subordinación”. La subordinación es discutible: a los oficinistas lo habitual era llamarlos por el apellido (“Oiga, Rendueles, tráigame ese informe”), y los aficionados a Downton Abbey habrán observado que en la Inglaterra más pija se hacía lo propio con todo el servicio, desde el mayordomo hasta la pinche. Así que dirigirse a alguien por el nombre de pila hace mucho que se convirtió (aunque falsamente a menudo) en una señal de respeto y de que el trato es de tú a tú. Es mendaz afirmar que sólo a las mujeres se les da el nombre de pila. Sin salirnos de hoy, he leído numerosas piezas en las que a García Egea, el segundo del PP, se lo tilda de “Teodoro”, e incluso se habla de la “teodorocracia” imperante en su partido; y se ha hablado no poco de “Pedro” y “Pablo”. El Presidente González fue “Felipe” hasta la saciedad. El Premio Nobel Jiménez fue siempre “Juan Ramón”, como García Lorca fue y es “Federico” y Gómez de la Serna fue y es “Ramón”. Curro Romero casi nunca fue “Romero”, sino “Curro” las más de las veces.

Los motivos para que un nombre supla al apellido son variados, y nada tienen que ver con el “sexismo”. Si un apellido es corriente, como Díaz o García, es lógico que se recurra a “Yolanda” o a “Teodoro”. De otra forma no se sabría de quién se habla. Asimismo, cuando hay dos apellidos y uno es más común que otro, ya sabemos lo que pasa: ¿tendría que ofenderse Núñez Feijóo porque se lo llame “Feijóo”? ¿Tendría que ver feminismo irreverente en que se recurra a su línea materna? ¿Es inadmisible que nos refiramos a “Moratín” en vez de a Fernández de Moratín, a “Valle” en lugar de a Valle-Inclán? Respecto a los escritores antes mencionados, si fueran “Jiménez”, “García” y “Gómez”, ¿sabríamos de quiénes se trata? La costumbre se remonta a siglos atrás: ¿hay “sexismo” por decir “Miguel Ángel”, “Rafael”, “Leonardo”, “Dante” o “Tiziano” en vez de Buonarroti, Sanzio, Da Vinci, Alighieri y Vecellio di Gregorio, respectivamente? En ocasiones, si los apellidos son largos o complicados, se echa mano del mismo expediente, y recordemos que cuando “Corinna” se hizo famosa, se apellidaba Zu Sayn-Wittgenstein; así que “Corinna” se la bautizó y con “Corinna” se quedó, eso es todo.

Alguna queja me resulta incomprensible. Será defecto mío, pero no entiendo por qué el titular “La ex-esposa de Jeff Bezos se casa con un profesor” es “impropio” y “una vergüenza”. ¿Alguien conoce la identidad de esa ex-esposa? Casi nadie. ¿De qué otra manera, pues, se podría haber dado semejante noticia (bueno, lo mejor es que no se hubiera dado)? Para mí es como si se dijera “El ex-esposo de Meryl Streep se casa con una bióloga”, única forma si se ignora quiénes son el ex-esposo y la bióloga. Otros quisquillosos se enfadan (“De vergüenza”) por el escaso espacio dedicado al deporte femenino, sin tener en cuenta que el masculino, al menos en fútbol, ciclismo, baloncesto y F-1, es seguido por muchísimas más personas. La queja resulta sangrante e irónica si se piensa que precisamente EL PAÍS, con afán enternecedor rayano en la caricatura, llena páginas y páginas con méritos de mujeres. Otros polis han mirado la mancheta con lupa y se han indignado al comprobar que en ella figuran trece hombres y cinco mujeres. Estos cómputos sí que son “sexistas”. Lo es estar contando el número de varones y mujeres en todo, como si no perteneciéramos a una única especie y no fuéramos todos iguales, y no resultaran indiferentes, por tanto, las cantidades de un sexo y otro. Esta manía que nunca termina sí que es “recalcitrante”, además de nociva e idiota. Eso sí, a mi no “sexista” parecer.

 
[Fuente: www.elpais.com]