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sexta-feira, 9 de outubro de 2026

El dolor de los verdugos

El caso de ‘Naza’ y el borrado de las voces palestinas 

Una imagen del tráiler de 'Naza' (Abraham y Szor, 2026).

Escrito por Vicente Monroy  

El entusiasmo con que el Festival de Venecia ha acogido Naza, la película de Yuval Abraham y Rachel Szor ganadora del Premio Especial del Jurado, viene acompañado de una denuncia ya recurrente entre cineastas y activistas propalestinos: una vez más se ensalza la mirada israelí en detrimento de la palestina, incluso cuando el tema es la violencia sufrida por los gazatíes. Antes de que la instrumentalización política y el ruido mediático desvirtúen la polémica, conviene aprovechar la ocasión para reflexionar sobre las prácticas deshonestas de los festivales, sobre el relato negligente que construye la crítica, y sobre nuestro propio sesgo a la hora de otorgar credibilidad a la información según proceda de fuentes israelíes o palestinas.

Un episodio similar tuvo lugar el pasado mes de junio, cuando el colectivo Palestina Salvará al Cine llamó al boicot del festival FID Marseille, que iba a dedicar una parte importante de su programación a Palestina y al mundo árabe y, al mismo tiempo, invitaba al director israelí Nadav Lapid a presidir el jurado internacional, a proyectar sus películas y a ofrecer una masterclass: una política cultural reflejo de la tentación, muy propia de las instituciones occidentales, de construir simetrías entre “un lado y otro” y ponerlos en diálogo, como si el festival fuera un espacio utópico, ajeno a la opresión y a la violencia, capaz de hermanar a israelíes y palestinos gracias a la fuerza universal del cine. 

Pero programar cine no es yuxtaponer miradas diversas. Cuando un festival sienta a cineastas israelíes junto a palestinos en un contexto marcado por el genocidio en Gaza, la expansión de asentamientos, la devastación del Líbano y la ocupación de territorios sirios, está construyendo una narrativa que no tiene nada de inocente, convirtiendo una situación colonial en una mera confrontación de posturas opuestas, una violencia asimétrica y jerarquizada en una tragedia donde ambas partes parecen comparables. Palestina es bienvenida como contenido, como imagen, testimonio, herida o memoria, pero al equipararla con su opresor se le niega la oportunidad de construir un relato propio. 

El colectivo no atacaba las películas de Lapid, ni lo demonizaba por su origen, ni lo culpaba por las políticas de su país. El boicot se dirigía contra una decisión institucional: su papel como presidente del jurado e invitado de honor, en un festival con películas palestinas, libanesas y sirias, era políticamente significativo. Esta posición era meridianamente clara, y si se malinterpretó fue por ignorancia o por mala fe. Se pretendía recordar, simplemente, que el cine no son solo las películas, sino también a las instituciones que las hacen posibles, las narrativas que las rodean, los premios que reciben y los usos políticos que se hagan de ellas. 

Todas esas explicaciones resultaron inútiles. Como es habitual en estos casos, no tardaron en alzarse los gritos de “¡censura!”. Lo que se planteaba como un debate sobre la responsabilidad de la industria cinematográfica se convirtió, rápidamente, en una disputa sobre el dogmatismo de la izquierda y la libertad de expresión. La figura de Lapid –sus buenas intenciones, sus cicatrices, su heroísmo– monopolizó la polémica. Se le dedicaron centenares de entrevistas, columnas, programas de televisión, manifiestos y defensas encendidas en redes sociales, mientras las voces propalestinas eran acalladas, tachadas de censoras e histéricas, y expulsadas de la conversación. 

Nuestra visión de las guerras de Vietnam o Irak está formada por películas de Hollywood que dejan a las víctimas en un segundo plano 

Se nos recordó, insistentemente y como prueba irrefutable de su legitimidad, que sus películas son críticas con Israel, un argumento que revela la simpleza de una mirada occidental que, tras décadas de eficaz manipulación ejercida sobre todo por el cine estadounidense, ha acabado equiparando sin más el contenido de una película con su valor moral, al margen de las condiciones en las que se produce y circula. Condiciones que una crítica negligente y autocomplaciente es hoy incapaz de examinar. Lapid, que ha construido su carrera con dinero público israelí, es un caso ejemplar de un tipo de disidencia ensimismada, muy propia del cine de autor contemporáneo. Su última película, Yes, recibió 2,2 millones de shekels del Israel Film Fund, y en los créditos de Ahed's Knee –ganadora del Premio del Jurado en Cannes en 2021–, concebida como un feroz ataque al Ministerio de Cultura israelí, figura el sello de ese mismo ministerio, junto a otras fuentes de financiación pública israelíes. 

Ser crítico con un gobierno, o incluso vivir en un exilio autoimpuesto en Francia, no exime a un cineasta de responder por quién sostiene sus películas y qué espacios las consagran. Esto importa especialmente en el caso de un cineasta cuya crítica se reduce a señalar la neurosis, el trauma y la culpa de la sociedad israelí, protagonista absoluta de sus películas, mientras los palestinos permanecen deliberadamente fuera de plano. Él mismo reconoce su desconocimiento del “otro bando” (sic) y su interés exclusivo por “su país” (sic). Se inscribe así en una tradición cinematográfica de raíces coloniales que saca de cuadro, estratégicamente, el dolor de las víctimas para centrarse en el de los verdugos. 

Los estadounidenses han empleado esta fórmula a lo largo de la historia del cine de forma sistemática y con éxito notable, hasta el punto de que la hemos naturalizado como la forma más común de representar la barbarie. Nuestra visión de las guerras de Vietnam, el Golfo o Irak está formada por películas hollywoodienses que narran el dolor de quien fue a hacer la guerra, su conciencia culpable, dejando a las víctimas en un segundo plano. En El cazador, Apocalypse Now, Platoon, Nacido el cuatro de julio o En el valle de Elah el drama que importa es el del soldado traumatizado, nunca el del país arrasado, cuyos habitantes quedan reducidos a fantasmas que perturban la mente del americano traicionado por un ideal. 

La misma estrategia opera en las películas más celebradas sobre la tragedia palestina, casi todas israelíes, como la paradigmática e infame Vals con Bashir (Ari Folman, 2008), que reconstruye la memoria reprimida de un soldado israelí que participó en la masacre de Sabra y Shatila. Durante hora y media, la historia se recrea en la crisis interior de ese soldado, en sus traumas, y los cuerpos libaneses y palestinos apenas aparecen al final, en unas pocas imágenes de archivo, figuras sin alma que funcionan como una sacudida tardía, una vez que la conciencia culpable del verdugo –el verdadero protagonista– ha agotado su recorrido y nos ha llevado, paso a paso, a compadecernos de él. Así procesan su propia violencia las cinematografías opresoras: convirtiendo al agresor en la víctima de su propio dolor. 

Legitimada por festivales y críticos, esta narrativa ensalza la valentía del verdugo que se señala como culpable pero también se erige en voz crítica, eclipsando las voces que deberíamos escuchar de verdad: las de los propios palestinos. Basta leer las críticas de Naza en Venecia para comprobar que, una vez más, la mirada occidental se fascina más con la peripecia de la pareja de directores disidentes israelíes que con la propia película. Es un caso perfecto para el morbo mediático y, en cierto modo, propicio incluso para el propio gobierno israelí, que se ha lanzado casi con euforia a criticar y amenazar a Abraham y Szor. En esa guerra dialéctica entre el gobierno y sus artistas, Palestina vuelve a quedar fuera de campo, reducida a motivo de disputa, nunca sujeto, mientras se refuerza la centralidad de los relatos israelíes. 

No debería sorprendernos que películas como esta obtengan reconocimiento incluso en contextos tan abiertamente sionistas como el de la Academia estadounidense, un hecho que solo los más ingenuos podrían confundir con un milagro o con un motivo de esperanza; en realidad, revela hasta qué punto ciertos posicionamientos eclipsan una disidencia verdaderamente efectiva, capaz de cuestionar los relatos hegemónicos. Como símbolo elocuente, la bandera israelí –y no la palestina– ondeó sobre el Palazzo del Cinema del Lido en la reciente edición del Festival de Venecia, orgullosamente hermanada con la del resto de países que competían en la sección oficial. Una estampa indecente y dolorosa, exhibida en nombre de la supuesta justicia de Naza. 

Más allá de las buenas intenciones, el caso de Abraham y Szor vuelve a recordarnos que, después de todo lo ocurrido, y de lo que sin duda está por ocurrir, es previsible que sean los intelectuales israelíes quienes, en última instancia, escriban el relato de la humillación palestina. Poco a poco toman control del discurso sobre el conflicto, mientras se robustece la imagen de los palestinos como víctimas silenciosas o, peor, sospechosas de fanatismo e incultura: una nueva forma de violencia simbólica. 

Hasta que no situemos en el centro las voces ignoradas que llevan documentando la barbarie desde el primer día sin ovaciones récord en los festivales, sin el apoyo entusiasta de la crítica, y muchas veces sin vida para ver su obra estrenada; hasta que no dejemos de fabricar simetrías falsas entre discursos que nacen de situaciones antagónicas, la del opresor y la del oprimido; hasta que no empecemos a escuchar a los palestinos en lugar de a quienes hablan en su nombre, el debate seguirá girando en el vacío.

 

[Fuente: www.ctxt.es]

domingo, 4 de outubro de 2026

El apoyo continuo de los judíos estadounidenses a Israel es muy perjudicial para los judíos. Debemos despertar.

 

El lobby israelí está perdiendo influencia en la política electoral estadounidense, pero no se rendirá sin luchar. Los judíos estadounidenses están ansiosos por ver cómo sedesarrolla la situación. El futuro judío depende de nuestro despertar.

El presidente Donald Trump y el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu conversan antes de una cena en el Salón Azul el 7 de julio de 2025 en la Casa Blanca.

Escrito por Philip Weiss

(MONDOWEISS) 

Las noticias políticas de Israel son trágicas. Independientemente de si Netanyahu se queda o se va, ninguno de los partidos judíos habla del único tema que importa al mundo: la libertad palestina. Los principales partidos que aspiran a suceder a Netanyahu están comprometidos con la limpieza étnica de Cisjordania y son abiertamente racistas, declarando que no formarán una coalición de gobierno con los palestinos. Incluso los pocos candidatos sionistas de izquierda se muestran ambiguos respecto a un Estado palestino.

Mientras tanto, Netanyahu basa su campaña en dos grandes logros: está librando una guerra contra el Líbano y convenció a Estados Unidos de entrar en guerra contra Irán. 

El carácter de Israel es evidente: es un etnoestado militarista, no una democracia. Y su única respuesta a su problema fundamental —¿qué hace un Estado judío con la población palestina autóctona?— es afianzar el apartheid y la limpieza étnica, aprobando leyes que otorgan mayores derechos a los judíos y librando guerras interminables contra quienes se resisten.

Estas realidades, por fin, se han hecho evidentes para los estadounidenses. El rapero Macklemore acaparó la atención mediática al ser despedido de la gira de Ed Sheeran por el valiente acto de gritar «Palestina Libre» en los estadios. 

La negativa de Macklemore a ser silenciado fue rápidamente secundada por todos los demás artistas invitados de la gira, y Ed Sheeran ha resultado muy perjudicado. Por una vez, no así las voces propalestinas. 

Yahoo informa que Robert Kraft, de los Patriots, se alió con otros tres propietarios judíos de la NFL (Jeffrey Lurie, David Tepper y Arthur Blank) para lograr que Macklemore fuera expulsado de la gira de Ed Sheeran . Así, estos líderes judíos alimentaron a los antisemitas al hacer precisamente lo que los que nos odian nos han acusado de hacer: usar su poder financiero a puerta cerrada para reprimir la libertad de expresión sobre Israel. 

Mientras tanto, los líderes judíos de Michigan intentan obligar al candidato al Senado, Abdul El-Sayed, a aceptar la «soberanía judía en Israel» como un principio «no negociable» para la comunidad judía. Están legitimando el apartheid. 

Esto es muy malo para los judíos, como solía decir mi madre. 

El colapso de Israel en la política estadounidense representa una crisis para la comunidad que más me importa. La comunidad judía, en su dimensión oficial, queda expuesta como la base del apoyo estadounidense a un Estado de apartheid radical. Mi comunidad, en su dimensión oficial, ha exigido que políticos y figuras mediáticas acepten la matanza de 20.000 niños, lo que ha desencadenado una rebelión en la política estadounidense.  

Durante tres generaciones, mi comunidad —uno de los sectores más liberales, privilegiados y educados de Estados Unidos— ha impuesto una política exterior y una ortodoxia cultural a Israel a través del lobby israelí . «Nos convertimos en parte de lo que quizás sea la campaña de lobby y recaudación de fondos más eficaz en la historia de la democracia», escribió Dershowitz. Eras antisemita si apoyabas los derechos humanos palestinos. Si te callabas sobre las masacres israelíes, perdías tu carrera en el periodismo o las artes. Te cancelaban como a Jimmy Carter por llamar apartheid al apartheid.

El lobby destruyó la solución de dos Estados, exigiendo incluso que Obama se adhiriera al programa de colonización ilegal. El lobby nos trajo dos guerras que beneficiaban a Israel, no a nosotros. Primero Irak, como nos informaron Walt y Mearsheimer hace 20 años. Ahora Irán, como explican hoy autores como Ian Lustick y Eli Clifton, entre otros. 

Esto ha sido una hazaña histórica. Nunca antes un pequeño Estado vasallo había dominado de tal manera la política de una superpotencia. 

Esa influencia está siendo atacada y llegando a su fin . La transmisión en vivo del genocidio de Gaza… el levantamiento en redes sociales por dicho genocidio, incluso cuando los principales medios lo respaldaban… la destrucción de la campaña de Kamala Harris, en parte debido a su apoyo al genocidio… el sorprendente ascenso de políticos disidentes que se atrevieron a criticar al Estado judío, como Zohran Mamdani y El-Sayed, todo ello evidencia la crisis política del lobby israelí. AIPAC ha quedado al descubierto y la gente lo detesta. 

Esta es una crisis judía porque el apoyo de la comunidad judía a un Estado paria podría convertir a los judíos en parias. Aislará a los judíos en Estados Unidos, acusándolos de apoyar la intolerancia contra los no judíos. 

El lobby sigue ejerciendo poder. Y esto constituye una distorsión de las tradiciones judías. La petición en Michigan que afirma que la «soberanía judía en Israel» es un principio judío fundamental es un ataque a la separación de la Iglesia y el Estado, principio bajo el cual los judíos han prosperado en la sociedad estadounidense. Sin embargo, destacados intelectuales judíos respaldan tales afirmaciones argumentando que el sionismo es ahora parte de la cultura religiosa judía. 

Afortunadamente, algunos sectores de la comunidad judía están contraatacando. Exigen derechos humanos universales y el respeto al derecho internacional, no la “soberanía judía”. Muchos judíos en Michigan están organizando apoyo para El-Sayed. 

Los antisionistas siguen siendo minoría en la comunidad judía. Contamos con la nueva generación y hemos logrado convencer a algunos exsionistas (como Peter Beinart, ahora defensor de la libertad palestina). J Street se ve debilitada por su propia base, que exige medidas concretas.  

Cada día ganamos más judíos por una razón sencilla: la gente reconoce el comportamiento monstruoso de Israel. Israel necesitará generaciones para reformarse, no años, afirma Anshel Pfeffer en un reciente podcast de Haaretz. 

Los judíos estadounidenses no pueden esperar. El futuro judío depende de nuestro despertar.

 

[Foto: Daniel Torok/Casa Blanca - reproducido en gerardodelval.com]

 

segunda-feira, 21 de setembro de 2026

Cómo el partido de extrema derecha alemán AfD está tratando de ganarse el voto de aquellos a quienes promete deportar

 

Un grupo de mujeres con pañuelo en la cabeza camina por la calle en Berlín.

Escrito por Deniz Torcu 

El 6 de septiembre, el partido de extrema derecha Alternativa por Alemania (AfD) obtuvo el 43,8 % de los votos en Sajonia-Anhalt, más del doble del 17,2 % de la CDU (Unión Demócrata Cristiana de Alemania). La participación fue del 77,8 %, la más alta en la historia de las elecciones libres del estado. El partido basó su campaña en un programa que incluía una campaña de deportación y remigración, así como el recurso a “todas las vías legales” para limitar la expresión islámica. 

Sajonia-Anhalt es un estado alemán mayoritariamente rural, con una población inmigrante muy reducida y escasos incentivos para dirigir la campaña a este colectivo. Si bien el resultado récord de la AfD en esta región tuvo poco que ver con el voto de los inmigrantes, la situación será muy diferente cuando Berlín acuda a las urnas el 20 de septiembre. 

Una encuesta de opinión publicada el 10 de septiembre sitúa a la AfD en camino de obtener el 18 % de los votos de la capital, el doble de su resultado del 9,1 % de 2023. Esto situaría al partido a tres puntos del líder en una carrera muy reñida, en una ciudad donde el 42,3 % de los residentes es inmigrante. 

Aunque la AfD logró ganar en Sajonia-Anhalt sin el voto de los extranjeros, no puede permitirse ignorarlos en Berlín. 

A la caza del voto inmigrante 

La AfD lleva años tratando de captar el voto de los inmigrantes, con contenidos en TikTok y en turco dirigidos principalmente a personas de origen ruso y turco. Se trata de comunidades de inmigrantes establecidas desde hace tiempo, muchas de las cuales son ciudadanos alemanes con derecho a voto. 

La formación se dirige a ellas con un mensaje que algunos expertos han calificado de tranquilizador: vosotros, las comunidades ya establecidas, no sois el problema; los recién llegados sí lo son. 

Sin embargo, la campaña en turco de la AfD no se está traduciendo en votos. Un análisis de julio de 2026 del Centro Alemán de Investigación sobre Integración y Migración (DeZIM) reveló que los votantes de origen inmigrante consideraban a este partido como el que tenía menos posibilidades de ser elegido de entre todos los grupos. 

Otro informe del DeZIM ha puesto de relieve la caída de la participación electoral entre los votantes de origen turco, de Oriente Medio y del norte de África, lo que se interpreta como una posible señal de alerta de un distanciamiento a largo plazo del sistema de partidos en su conjunto. 

Un estudio de 2025 sobre las preferencias de voto de los inmigrantes en toda Alemania situaba a la AfD en un 19 %, en tercer lugar, por detrás de la CDU y el SPD (Partido Socialdemócrata de Alemania). Sin embargo, era el partido más fuerte entre los votantes de origen polaco y entre los repatriados de etnia alemana. Así pues, la agrupación sí que consigue votos de los inmigrantes, pero no, por el momento, entre los turco-alemanes a los que está cortejando este mes. 

No obstante, estos votantes arrastran un agravio que la corriente dominante no ha abordado. Los directores de DeZIM han documentado lo que denominan “competencia por el reconocimiento”: la forma en que los grupos tratados como de segunda clase acaban comparándose y enfrentándose entre sí, y no contra quienes los clasifican así. 

El politólogo Özgür Özvatan ha analizado esta dinámica en el contexto de la pertenencia turco-alemana, donde a menudo se persigue y se logra el avance, pero este no siempre se traduce en una aceptación generalizada y duradera por parte de la sociedad mayoritaria. 

Recompensar el buen comportamiento 

Hay algo estructural detrás de esto, y no se limita a Alemania. 

La extrema derecha tradicional definía la pertenencia por descendencia, lo que conlleva un límite inherente. Su electorado potencial era fijo y se reducía con cada naturalización, mientras que cada inmigrante era un adversario permanente. 

Lo que se ha extendido por todo el continente desde 2015 es un diseño político diferente, en el que la pertenencia se gana a través de la conducta. El discurso actual de la extrema derecha no siempre es étnico o cultural; ahora el mensaje es: trabaja duro, adáptate, sigue las normas y podrás pertenecer. Cualquiera, sea migrante o no, puede cruzar esta frontera gracias a su comportamiento. 

El territorio francés de ultramar de Mayotte ilustra este modelo con mayor claridad. Mayotte, un territorio insular del océano Índico, es musulmán en un 95 %, pero en 2022 otorgó a la candidata de extrema derecha Marine Le Pen su mejor resultado en el país, con un 42,89 % de los votos en la primera vuelta, frente al 2,77 % de 2012. 

Los investigadores del proyecto MIGRAF interpretan esto como un intento deliberado del partido de Le Pen, el Rassemblement National (RN), de eliminar la cuestión racial de su mensaje en ultramar: en la isla, el RN no ataca al islam, sino a los migrantes procedentes de las cercanas islas Comoras. 

Que los musulmanes franceses voten a Le Pen en contra de los migrantes musulmanes podría parecer impensable. Sin embargo, tiene sentido si se tiene en cuenta cómo ha cambiado la frontera de la pertenencia. La cuestión no es quién eres, sino en qué lado de una frontera burocrática te encuentras. 

La extrema derecha española toca una melodía similar, pero en una clave diferente. En un discurso pronunciado en Gran Canaria en 2018, el líder del partido de extrema derecha Vox, Santiago Abascal, estableció una distinción entre diferentes tipos de inmigrantes: los procedentes de América Latina, que comparten gran parte del idioma, la religión y la visión del mundo de España, y los procedentes de países islámicos. 

Vox construyó un proyecto internacional en torno a esta excepción, bautizado como la “Iberosfera”. Los analistas lo han interpretado como una forma de “hispanismo étnico”. 

Suecia es quizás el país que más lejos ha llegado en este sentido, con su decisión de dar mayor importancia jurídica a la conducta o al modo de vida de los migrantes. La Ley de Extranjería sueca, que entró en vigor el 13 de julio de 2026, permite a la Agencia Sueca de Migración denegar o revocar los permisos de residencia por motivos de “conducta deficiente”: un comportamiento que no infringe ninguna ley, pero que contraviene las normas que la sociedad desea defender. 

Los expertos en derecho han señalado que este criterio es demasiado vago para aplicarse de forma predecible o equitativa. 

La aceptación es voluble 

Una propuesta política de este tipo depende de que los votantes y miembros de un partido de extrema derecha acepten una excepción a sus principios. El apoyo a una idea así es difícil de mantener y, en España, ha provocado una profunda división en la base de Vox. 

En agosto de 2019, una patronal pidió que se contrataran trabajadores en el extranjero, preferiblemente de América Latina. Un diputado de Vox por Málaga respondió tuiteando que le daba igual si el relevo demográfico “venía vestido con chilabas o portando machetes”, y posteriormente borró la publicación. 

La polémica se prolongó en el partido durante años, pero en enero de 2026, Vox eliminó discretamente “Latinos por Abascal” de su página web, una campaña lanzada tres años antes para captar a los votantes hispanos de España. 

La pertenencia condicional tiene una vida útil corta. Funciona como mecanismo de captación, pero cuando la base se radicaliza más allá de ella, las personas que en su día fueron bienvenidas vuelven a ser clasificadas como lo que eran antes. España lleva dos años de ventaja a Alemania en este ciclo. 

La AfD se deja el mismo margen de maniobra, aunque, tal y como están las cosas actualmente, su posición no está clara. Su programa para Sajonia-Anhalt sitúa la “remigración” en el centro, pero el partido insiste en que el término abarca únicamente el retorno legal de extranjeros sin derecho a permanecer en el país, rechazando la deportación de ciudadanos alemanes de origen inmigrante por considerarla inconstitucional. 

Sin embargo, los juristas constitucionales que analizan el texto de Sajonia-Anhalt ven una política de expulsión basada en una concepción étnica del pueblo. A ninguno de los votantes a los que se busca este mes –ya sea en Sajonia-Anhalt o en Berlín– se le ha explicado claramente qué definición se aplicará. 

Cuando Berlín acuda a las urnas, algunos votantes de origen inmigrante decidirán que la advertencia no va dirigida a ellos, sino a otra persona. Como mínimo, provocar esa decisión es precisamente el objetivo de la estrategia de la AfD. 

Deniz Torcu, profesor adjunto de Globalización, Negocios y Medios de Comunicación, IE University.

 

[Foto: Mo Photography Berlin/Shutterstock - fuente: www.theconversation.com]

sexta-feira, 28 de agosto de 2026

Quand la polarisation internationale s’invite dans la présidentielle brésilienne

 

Le 25 juillet 2026, à São Paulo, Flávio Bolsonaro reçoit l’appui du président argentin Javier Milei durant un meeting. 

Écrit par Jorge Jacob

Professor of Behavioral Sciences, IÉSEG School of Management

 

L’ESSENTIEL

·         La présidentielle brésilienne, en octobre prochain, se jouera sans aucun doute entre le sortant Lula (centre gauche), en lice pour un dernier mandat, et Flávio Bolsonaro, fils de Jair et, comme ce dernier, représentant de la droite dure.

·         Ce duel est suivi avec la plus grande attention dans de nombreux pays du monde, à commencer par les États-Unis.

·         Dans un scrutin qui s’annonce très serré, les soutiens étrangers (ou l’exaspération qu’ils peuvent susciter au sein de l’électorat brésilien) pourraient contribuer à faire pencher la balance en faveur de l’un ou l’autre candidat.


La campagne électorale brésilienne a officiellement commencé le 16 août. Le premier tour aura lieu le 4 octobre et le second, si nécessaire, le 25. 

Derrière le duel entre les deux principaux candidats – le président sortant Lula et Flávio Bolsonaro, fils de son prédécesseur Jair Bolsonaro (condamné il y a quelques mois à vingt-sept ans de prison pour son rôle dans la tentative de coup d’État de décembre 2023 et autorisé depuis mars dernier à purger sa peine à son domicile pour raisons de santé) –  se joue une bataille de réseaux politiques, médiatiques et diplomatiques internationaux. 

Le camp Bolsonaro bénéficie de soutiens visibles au sein de la droite et de l’extrême droite internationales, tandis que Lula dispose de relais importants au sein des forces progressistes et de plusieurs gouvernements étrangers.

Alexandre de Moraes, cible du camp Bolsonaro… et de Washington

Cette internationalisation a commencé à prendre forme en 2025, lorsque le frère cadet de Flavio, Eduardo Bolsonaro, alors député fédéral de l’État de São Paulo depuis 2015 (il a depuis perdu son mandat en décembre 2025, à la suite d’une décision de la Chambre des députés), s’est installé aux États-Unis.

Selon The Guardian, Eduardo Bolsonaro aurait essayé de convaincre les responsables de l’administration Trump d’imposer des sanctions à Alexandre de Moraes, le juge de la Cour suprême chargé de l’enquête visant son père. Depuis mai 2025, Eduardo était aussi lui-même visé par la justice brésilienne, et a d’ailleurs été condamné en juin 2026 – en son absence puisqu’il se trouve toujours sur le territoire états-unien – à quatre ans de prison : il lui est reproché d’avoir cherché à obtenir de la part de Donald Trump qu’il prenne des sanctionséconomiques contre le Brésil afin de faire pression sur la justice brésilienne et de favoriser son père dans le cadre de son procès.

Or, Moraes se trouvait déjà dans le collimateur de l’entourage de Donald Trump pour avoir ordonné, en 2024, la suspension de Twitter/X au Brésil à la suitedu refus de la plateforme de se conformer à des décisions judiciaires lui ordonnant notamment de bloquer certains comptes accusés de diffuser de fausses informations des discours haineux, et refusé de nommer un nouveau représentant légal. Elon Musk avait alors dénoncé une entrave à la « liberté d’expression ».

En février 2025, l’entreprise de médias de Donald Trump (Trump Media & Technology Group) et la plateforme vidéo Rumble ont déclenché des poursuites contre Moraes aux États-Unis, contestant ses décisions de blocage de comptes et de contenus. Le dossier brésilien se retrouvait ainsi directement lié à l’écosystème politique et technologique de Trump, rapprochant deux intérêts jusque-là distincts : la volonté des Bolsonaro de faire pression sur la justice brésilienne et celle des plateformes de contester les règles imposées à leurs contenus.

En juillet 2025, l’administration Trump a sanctionné Alexandre de Moraes au titre du Global Magnitsky Act, l’accusant notamment de violations des droits humains et de répression de la liberté d’expression.

 « Trump annonce des taxes de 50 % pour le Brésil – en soutien à l’ex-président Bolsonaro », France 24, 11 juillet 2025.

Ces sanctions ont été levées en décembre après un rapprochement entre Donald Trump et Lula. Toutefois, l’administration Trump étudierait actuellement l’opportunité de promulguer de nouvelles sanctions contre le juge.

Chacun compte ses soutiens

Entre-temps, le 26 mai, Flávio et Eduardo Bolsonaro ont rencontré Donald Trump à la Maison-Blanche.

Depuis juillet 2026, Washington a progressivement renforcé la pression sur le gouvernement de Lula par des mesures commerciales et diplomatiques afin, selon le Washington Post, de le contraindre à mettre fin aux poursuites contre Jair Bolsonaro. Ces tensions commerciales se sont poursuivies en août, lorsque le Brésil a à son tour ouvert une procédure de réciprocité contre la hausse des droits de douane décidée par Washington.

 

Capture d’écran d’un post de Donald Trump sur son réseau Truth Social : « Ravi d’avoir accueilli Flávio Bolsonaro au bureau Ovale de la Maison-Blanche – un jeune homme intelligent qui aime beaucoup son pays, le Brésil ! », 2 juin 2026. Truth Social

Lula et Flávio Bolsonaro se sont mutuellement accusés d’être responsables des tensions avec Washington, mais selon une enquête de l’institut de sondages Datafolha, la majorité des Brésiliens estiment que les droits de douane imposés par Donald Trump visent à aider Flávio Bolsonaro dans sa campagne présidentielle. 

Les deux camps brésiliens disposent désormais de relais internationaux. Mais ce relais international se déroule sous des formes distinctes. Le camp Bolsonaro s’appuie sur des soutiens individuels de dirigeants étrangers : Javier Milei était présent en personne au lancement de la campagne et Benyamin Nétanyahou est intervenu par vidéo, tandis que Lula s’inscrit dans un réseau plus institutionnel de gouvernements et de mouvements progressistes. 

En avril, il a participé, à Barcelone, à la Global Progressive Mobilisation, aux côtés notamment du premier ministre espagnol Pedro Sánchez, de la président mexicaine Claudia Sheinbaum et du président sud-africain Cyril Ramaphosa, lors d’un rassemblement consacré à la lutte contre la montée de l’extrême droite.

             « Espagne : Pedro Sánchez convoque la gauche mondiale pour une réunion progressiste à Barcelone », France 24, 19 avril 2026. 

La polarisation internationale s’impose aux campagnes nationales

C’est dans ce climat que s’amorce la campagne électorale. La légère avance de Lula sur Flávio Bolsonaro dans les sondages s’est réduite, et les deux hommes sont désormais au coude-à-coude. Il est possible que, ces prochaines semaines, les déclarations et actions de l’administration Trump joueront un rôle déterminant dans l’issue du scrutin.

Le cas brésilien pourrait ainsi devenir un laboratoire d’une nouvelle géographie de la polarisation politique, dans laquelle les conflits électoraux nationaux sont de plus en plus connectés à des réseaux transnationaux. Pour la France et pour l’Europe, la question est peut-être moins de savoir si cette dynamique existe déjà que de comprendre jusqu’où elle pourrait s’étendre à nos propres démocraties.

 

[Photo : Nelson Almeida/AFP - source : www.theconversation.com]


quarta-feira, 26 de agosto de 2026

El sionismo es una opción política, no siempre forma parte de la identidad judía

 Entrevista a Alan Wald

Michigan News

El activismo estudiantil en los campus estadounidenses como respuesta a la guerra en Gaza se ha convertido en un debate nacional sobre dónde trazar la línea entre la disidencia política y el antisemitismo.

Aunque muchas universidades han tomado medidas para restringir, dispersar o sancionar las protestas, estas –y los debates sobre cómo describirlas– han seguido adelante, lo que ha planteado dudas sobre la libertad de expresión, la seguridad en los campus y si las críticas a Israel se están confundiendo con el odio hacia los judíos.

¿Qué es el sionismo? ¿Y por qué describes convertirte en sionista como una elección en lugar de una identidad?

Para entender el sionismo hay que adentrarse en un terreno político complejo. La afirmación de que el sionismo es esencial para la identidad judía es engañosa por varias razones. El judaísmo es una religión monoteísta con al menos 3000 años de antigüedad, mientras que el sionismo surgió como un movimiento político de carácter laico a finales del siglo XIX. Como respuesta comprensible al odio hacia los judíos, el sionismo se inspiró en el auge del nacionalismo europeo. Al igual que muchos otros movimientos nacionalistas, recurrió a la retórica religiosa; en este caso, reinterpretando temas del Antiguo Testamento sobre el regreso del pueblo judío a la Tierra Santa, que se produciría tras la llegada de un mesías.

El número de personas judías que se sumaron al proyecto de colonización del sionismo europeo fue reducido hasta que el antisemitismo del siglo XX limitó la inmigración judía a EE UU. y el incipiente genocidio nazi expulsó a los judíos de Europa. Hoy en día, sin embargo, la mitad de la población judía mundial vive fuera de Israel, sin muchas ganas de emigrar y sin voz ni voto en las decisiones políticas de Israel. Debido a la creciente estrechez de miras y al cariz de derechas del sionismo político, cada vez más jóvenes judíos se están distanciando de él y se oponen a él. La mayoría de las y los sionistas de EE UU y de todo el mundo son sionistas cristianos.

¿Qué es el antisemitismo hoy en día? ¿Qué tipo de amenaza supone? ¿Y los manifestantes y estudiantes de los campus son realmente antisemitas?

El significado del antisemitismo (odio a la gente judía) ha evolucionado en etapas entrelazadas desde que surgió en el mundo antiguo como hostilidad hacia la diferencia cultural. Primero vino el supersesionismo cristiano, seguido de las teorías de la conspiración en la Europa medieval y luego, tras la Ilustración, un prejuicio racial pseudocientífico que culminó en el exterminio nazi. Tras la fundación del Estado de Israel en 1948, una población judía minoritaria (y en gran parte formada por gente inmigrante y refugiada) en Palestina fue ganando terreno cada vez más a la población mayoritaria (árabe indígena) del antiguo mandato británico. Aunque se reconoce que las y los judíos israelíes tienen sin duda un vínculo histórico con la tierra y que están ahí para quedarse, a quienes critican las políticas y prácticas de este Estado que privilegia a la población judía se les ha acusado injustamente de antisemitismo. Esto ocurre sobre todo si se oponen a la falta de democracia de Israel para toda la población bajo su dominio, a las estructuras similares al apartheid y a la represión violenta de los palestinos en Gaza y Cisjordania.

Como todos los movimientos políticos, las protestas en los campus no han estado exentas de cánticos y consignas ambiguas, ni de algunos comportamientos innecesariamente provocadores. Pero el argumento principal de las y los manifestantes, muchos de los cuales son judíos, es que la política y las prácticas sionistas ni representan plenamente a los judíos ni benefician sus intereses a largo plazo. En la actualidad, la mayor parte del odio real hacia las y los judíos en los campus proviene de elementos conservadores y de derechas que sostienen la opinión contraria; estos promueven teorías conspirativas que equiparan a los judíos con el sionismo y la política del Estado israelí.

¿Qué similitudes hay entre la represión en los campus de los años 50 (el macartismo) y lo que está pasando ahora?

Las similitudes son evidentes en dos aspectos: 1) la colaboración entre las universidades y el Gobierno en diversas formas de represión política, a veces llevadas a cabo en nombre de la protección de la libertad académica; y 2) el uso de pretextos exagerados y alarmistas, como las acusaciones de "infiltración comunista" entonces y de "antisemitismo desenfrenado" ahora, para provocar cambios más profundos en la cultura académica. La razón de esta fijación en el ámbito académico en ambos periodos de represión es que las universidades han sido, potencialmente, centros de pensamiento crítico, donde se concentran académicos y estudiantes que plantean preguntas que cuestionan los discursos oficiales. Entender cómo y por qué la capitulación anticipada de las administraciones universitarias en la década de 1950 facilitó un daño duradero a nuestra cultura puede ayudarnos a comprender cómo responder hoy en día.

¿Cómo deberían responder las universidades a los conflictos en los campus sobre Israel/Palestina sin dejar de proteger la libertad de expresión y la libertad académica?

Los conflictos en los campus se dan en un contexto mucho más amplio. El cambio en el clima político de EE UU forma parte de un auge mundial del nacionalismo de derechas. Protestar por los derechos de las y los palestinos es un tema político delicado porque plantea preguntas sobre la historia política de esa región tan inestable: ideas inquietantes sobre el legado del colonialismo, la política exterior de EE UU, el antirracismo, la necesidad de que un Estado represente a todos sus ciudadanos, la enseñanza precisa de la historia y mucho más. Solo un intercambio honesto y abierto de todos los puntos de vista, incluidos los más polémicos, llevará a aclarar las cosas. Pero eso no es lo que está pasando ahora mismo en muchos sitios, bajo el pretexto engañoso de la neutralidad institucional y la diversidad de puntos de vista.

Pueden ser nuevas políticas mal definidas, impuestas desde arriba por las administraciones, que las aplican, interpretan y refuerzan de forma selectiva.

La realidad es que las nuevas leyes en algunos estados están limitando las protestas y la actividad política en los campus; se han eliminado los consejos académicos o se han sustituido por órganos consultivos más débiles; las asambleas legislativas intentan cada vez más influir en los planes de estudios, restringir asignaturas o imponer contenidos; y las universidades han recortado programas, fusionado departamentos y despedido a profesores de humanidades –un ámbito fundamental del pensamiento crítico y creativo–. Hay que restablecer la gobernanza compartida como requisito previo para proteger la libertad de expresión y la auténtica libertad académica.


Alan Wald, catedrático emérito H. Chandler Davis de la Universidad de Míchigan, es historiador de la izquierda cultural estadounidense del siglo XX. Habla de los paralelismos con la política universitaria de la época de la Guerra Fría, del sionismo y de cómo los debates sobre el significado del antisemitismo dan forma a las protestas en los campus.

 

[Traducción: Viento Sur - reproducido en www.vientosur.info]