Mostrar mensagens com a etiqueta Antonio Muñoz Molina. Mostrar todas as mensagens
Mostrar mensagens com a etiqueta Antonio Muñoz Molina. Mostrar todas as mensagens

quarta-feira, 11 de junho de 2025

Saberes amenazantes

Cuanta menos información veraz tenga la gente, mayor será la impunidad de los poderosos 


Escrito por Antonio Muñoz Molina 

Este hombre de la foto no tiene aspecto de ser una amenaza para nadie. Es de esas personas en las que la calvicie parece una condición natural, más que un infortunio o un signo de declive. Es una calva sólida, de firme osamenta, complementada por unas gafas austeras, sin el menor rastro de coquetería, o de esa modernidad que establecieron en los años ochenta arquitectos y diseñadores, los cuales proclamaban por el color o la forma chocante de sus gafas el grado de su talento, no siempre corroborado luego por la originalidad de sus obras. En un mundo en el que tanta gente exhibe un empeño narcisista de singularidad, cuyo paradójico resultado es la monótona repetición de lo mismo, este hombre da la impresión de un impulso contrario y ya muy anticuado, el de no llamar la atención, con su cara tan común, su calva, sus gafas, su camisa azul discreta, la mochila con la que carga, que según se ve es una mochila con cierto peso, sin duda el de los informes y estudios que transporta en ella, y en los que se sustenta como un sillar de granito la declaración que ha hecho o está a punto de hacer. 

Porque este hombre al que no recordarías si te lo cruzaras por la calle, pero en el que confiarías de manera instintiva si dependieras de él en un asunto grave —si fuera tu asesor fiscal, tu abogado, el médico que te recibe en la consulta—, José Ángel Núñez, fue a declarar en otro día al juzgado de Catarroja, en Valencia, no con el propósito de eludir una responsabilidad, ni de sembrar confusión, sino de establecer en lo posible la realidad de los hechos y de las omisiones que provocaron el 29 de octubre del año pasado la mayor mortandad por una catástrofe natural que se ha registrado en nuestro país en más de medio siglo. La política española es una picadora envilecida y envilecedora de escándalos verdaderos y escándalos artificiales y bien escenificados que lo convierte todo en una pulpa tóxica donde la realidad deja de existir, y donde cada nuevo abuso desaloja del presente y condena a la indiferencia y el olvido los abusos anteriores. Las zonas devastadas de Valencia se van recuperando con una lentitud intolerable, y el sufrimiento de los que sobreviven se alejaría de la actualidad tan rápidamente como los nombres y la memoria de los muertos, si no fuera por el activismo heroico de sus familiares y por una tradición valenciana de resistencia cívica que parece tan arraigada como el impulso festivo. Pero el suministro de carnaza política es tan abrumador, y tan continuo que se lo lleva todo por delante, y lo mismo que los corruptos confesos y convictos distraen su culpa acusando a otros de corrupción, los responsables directos del desastre de Valencia adoptan un aire de dignidad agraviada y confían en la confusión y en el simple paso del tiempo para no responder de una incompetencia en la que hay mucho de literalmente criminal. 

Es entonces cuando aparece el hombre de la foto, con su cara tranquila y su comedida informalidad para presentarse en el juzgado, camisa y pantalón de diario y no chaqueta ni corbata, mochila en la mano, y no a la espalda, quizás por el peso de tanta evidencia, que equivale con bastante precisión al peso de la culpa de la que otros se quieren escabullir. Este hombre, José Ángel Núñez, se halla en posesión de un arma temible: el conocimiento de las cosas, en un campo con pocas posibilidades de estrellato académico o intelectual, la geografía. Desde los años en que yo la estudié en la universidad, con menos ahínco del que hubiera debido, la geografía sufrió un desprestigio que quizás fue dañino, sobre todo en la educación primaria y media. Para los triunfales psicopedagogos, el pecado de la geografía era que apenas podía enseñarse por experiencia directa. Es verdad que uno difícilmente podrá tener la experiencia inmediata de la Amazonia o del desierto de Gobi, pero la imaginación humana y la capacidad de aprender permiten que se comprenda lo inaccesible y lo muy lejano. La geografía se fue encogiendo a medida que encogían también las ambiciones de la enseñanza, víctimas de una propensión a la estrechez comarcal propalada con la misma devoción por todos los partidos políticos. Y todo eso formaba y tristemente forma parte del gran descrédito del conocimiento que es una desgracia secular de la vida española. Cuanta menos información veraz tenga la gente, y menos herramientas intelectuales para comprender y juzgar, mayor impunidad podrán disfrutar los que llegan al poder sin más mérito que el medro político, y más demoledora será la victoria de los señores feudales del dinero. 

José Ángel Núñez, geógrafo y profesor con más de 40 años de experiencia, es jefe de climatología en la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) de la Comunidad Valenciana. Lo han llamado a declarar al juzgado y ha contado lo que ha visto y lo que sabe con una claridad de científico que comprende que una parte de su deber es explicar a la ciudadanía, en el lenguaje de todos, la naturaleza de los acontecimientos climáticos excepcionales, y evaluar el modo en que las instituciones respondieron o no a ellos, y en qué medida hubieran podido preverse, evitarse o al menos reducirse sus consecuencias pavorosas. Apelando a su libreta de notas, Núñez enumeró desde los primeros indicios muy anticipados de lo que se avecinaba, nueve días atrás, hasta los avisos cada vez más perentorios que fue enviando a las autoridades. En España casi todos los hechos se pierden en una niebla de palabrería, una cacofonía de vivas y mueras, adhesiones y rechazos, opiniones enconadas y sin fundamento alguno. El relato de Núñez es de una concisión estremecedora: “El jueves 24 ya se especificó que las zonas afectadas serían el área mediterránea, de la Comunidad Valenciana y Murcia (…) El viernes 25 se hizo una predicción más específica: a partir de mañana se va a ir descolgando una dana de Norte a Sur”. Como en un sueño, la ola iba creciendo y se aproximaba y el testigo que la veía venir se quedaba paralizado, y cuando alzaba la voz sentía que no lo escuchaba nadie, como si no llegara a salir de su garganta. La noche antes dice que apenas durmió, le ha contado a Joaquín Gil, “porque sabía que algo gordo iba a suceder”. Cuando ya se había desencadenado el desastre, en la mañana misma del día de la tromba, la cara tranquila de Núñez debió de palidecer cuando vio que el presidente de la Generalitat valenciana, ignorando por igual el conocimiento y la prudencia, aunque quizás no la codicia de los empresarios de la hostelería en vísperas de un largo y próspero fin de semana, declaró que no había el menor peligro, porque el temporal, variaba servicialmente su trayecto y se iba hacia la serranía de Cuenca. 

Como científico y servidor público, José Ángel Núñez mide a conciencia sus palabras, pero no se muerde la lengua. Forma parte, no sé si a conciencia, de esa internacional de personas muy formadas y con mucha experiencia que saben lo que hacen y que se han convertido en el mayor peligro, el más temible enemigo para los sátrapas y los demagogos de la política, los beneficiarios de la ignorancia colectiva: en Estados Unidos, las purgas no son por ahora de disidentes políticos, sino de técnicos y expertos de la Administración federal, de las grandes agencias de salud, medio ambiente, educación, investigación científica. Gracias a gente como José Ángel Núñez sabemos ahora, paso a paso, casi minuto a minuto, cómo y dónde y cuándo se originó la tormenta arrasadora de Valencia. Pero con todos los conocimientos y los sistemas de rastreo tecnológico de los que disponemos sigue sin saberse qué hacía durante las peores horas del desastre ese hombre embustero y huidizo de hombros encogidos al que le correspondía la máxima responsabilidad en remediarlo.  

 

[Ilustración: Fran Pulido - fuente: www.elpais.com]



sábado, 1 de fevereiro de 2025

El linaje de los profetas

En la historia del sacerdote francés François Ponchaud en Camboya está la triste lucha de los que quieren hacer saber la verdad sobre las tiranías

Escrito por Antonio Muñoz Molina

En el Antiguo Testamento los profetas no vaticinan lo que va a suceder, sino que denuncian lo que ya está sucediendo, los abusos y las injusticias contra las que solo ellos se atreven a levantar la voz. A los profetas los imaginamos desgreñados y predicando a gritos, voces roncas que claman casi siempre en el desierto. El más verdadero del último siglo, Martin Luther King Jr., sabía modular y elevar la voz con la vehemencia estremecedora de las iglesias negras del Sur, pero su dicción era siempre cultivada y precisa, y su porte el del teólogo universitario que de muy joven había deseado ser. Como en este tiempo todo lo más noble parece estar sujeto a la degradación y a la parodia, el nombre venerable de Martin Luther King lo pronuncia en vano Donald Trump, y, en el espectáculo televisivo chocarrero en que lo convierte todo, un pastor negro exento de dignidad pero no de servilismo parodia histriónicamente la oratoria y los gestos del profeta asesinado en 1968. De tanta desolación pública solo nos rescató la obispa Mariann Edgar Budde, que buscaba los pequeños ojos huidizos del aspirante a tirano del mundo mientras le decía desde el púlpito una de esas verdades que solo se atreven a enunciar los profetas, sin necesidad de levantar la voz, con ese aspecto de fragilidad engañosa, que era sobre todo indicio de una delicada fortaleza interior, con esa llana elocuencia en la que había algo del recitado exacto de un poema.

 

Escuchando el sermón y observando la presencia agraciada y austera de la obispa Budde, a uno le daban ganas de hacerse episcopaliano y de asistir sin falta a servicios así en las mañanas de domingo, en iglesias de desnudez protestante, tan distintas de aquellas a las que íbamos de niños “los domingos y fiestas de guardar”, decoradas con malos cuadros religiosos oscurecidos de mugre y con imágenes truculentas de cristos y santos.

 

En los mismos días en que la obispa Budde nos depara no sé si algo de consuelo o de esperanza ha tenido mucha menos resonancia la muerte de otro religioso que a su manera también ejerció la profecía. Era el padre François Ponchaud, sacerdote francés que había pasado gran parte de su vida en Camboya, y que ha muerto en una casa de retiro en Francia a los 85 años. En las fotos el padre Ponchaud tenía una presencia física saludable y austera, pero también animosa, como la obispa Budde. Llegó como misionero a Camboya en 1965, recién ordenado sacerdote, y en la atmósfera de cambios del Concilio Vaticano II decidió por su cuenta no decir más la misa en el latín, sino en la lengua jemer, que aprendió con la celeridad del entusiasmo. “Vine a Camboya no a convertir a nadie sino a ayudar a la gente a comprender el valor de su propia religión”. Decía que las enseñanzas de Buda y la práctica de la meditación le enseñaban a ser mejor cristiano.

 

Su vida contemplativa y pastoral terminó cuando en 1969 Richard Nixon y su secuaz Henry Kissinger decidieron bombardear masivamente y en secreto Camboya, que era un país neutral, con el propósito de castigar a los soldados del Vietcong y de Vietnam del Norte que se movían en las zonas fronterizas. En la primera campaña, bautizada en código Operación Menú, y en el curso de unos pocos meses, fortalezas volantes B-52 lanzaron 108.000 toneladas de bombas sobre un país selvático y agrario poco mayor que las dos Castillas juntas. Tres años más tarde, en 1973, los estrategas del Pentágono dieron con otro nombre ingenioso para una nueva operación: ahora se llamaba Freedom Deal, y en ella se lanzaron 250.000 toneladas de bombas. En total, algo más de 500.000 toneladas cayeron sobre Camboya hasta el final de una guerra que teóricamente sucedía en el país de al lado. Las cifras en crudo dicen poco: Estados Unidos lanzó sobre Camboya la mitad de las bombas que había lanzado sobre Alemania entre 1942 y 1945.

 

Durante muchos años el padre Ponchaud pidió que se juzgara a Henry Kissinger por crímenes de guerra. Y también cargó sobre él y sobre Richard Nixon una parte grande de la responsabilidad por la siguiente tragedia colectiva que se abatió sobre Camboya, el régimen de los Jemeres Rojos. Fueron los desastres provocados por tantos bombardeos, la disgregación social, la furia contra los agresores, lo que alimentó la popularidad y facilitó el camino para que esa guerrilla comunista tomara el poder en 1975 y hundiera al país en un abismo inconcebible de terror y miseria. En los años de los bombardeos estadounidenses se calcula que murieron unas 300.000 personas. Entre 1975 y 1979, el régimen encabezado por Pol Pot exterminó a costa de hambre programada y matanzas metódicas a casi dos millones, en un país de siete millones de personas.

 

Pero en Occidente nadie quería saber nada. Después de tantos años de guerra primero colonial y luego imperialista en Indochina, la llegada de los Jemeres Rojos al poder se veía, sobre todo en ambientes progresistas, como una jubilosa liberación, una de esas revoluciones triunfantes en países exóticos que la izquierda de los países ricos celebra con un fervor entre épico y condescendiente. A diferencia de tantos profesores y expertos universitarios, François Ponchaud estaba allí: vio entrar a los libertadores en Phnom Penh, y se fijó en que no sonreían ni miraban a la gente que los aclamaba. A continuación, y de un día para otro, los Jemeres Rojos ordenaron la evacuación total de la ciudad, y el padre Ponchaud se vio arrastrado en ella, en una riada de un millón de personas que tenía que salir no se sabía hacia dónde, todo el mundo, hasta los ancianos en las residencias, los enfermos graves en los hospitales, los tullidos arrastrándose. Los dirigentes jemeres no eran campesinos ignorantes y fanatizados: varios de ellos tenían doctorados en Filosofía o “Ciencia” política en la Sorbona. Mao Zedong había dictaminado que un buen poema solo puede escribirse sobre una hoja en blanco. Sobre la hoja en blanco de las ciudades evacuadas y destruidas, de las minorías intelectuales, religiosas y políticas exterminadas, Pol Pot y los suyos decidieron poner en práctica la utopía de un nuevo comienzo absoluto. En París, Le Monde publicaba un titular clamoroso: “Phnom Penh Liberé”.

François Ponchaud leyó ese titular en Tailandia, en la frontera de Camboya, rodeado de fugitivos del país, de gente hambrienta y aterrada que contaba cosas increíbles, y a la que nadie hacía caso. Los medios de izquierdas celebraban desde lejos el régimen jemer con la misma convicción, y con la misma irresponsable ignorancia, con que diez años antes habían celebrado la Revolución Cultural china. Cuando François Ponchaud empezó a denunciar en voz alta lo que de verdad ocurría, lo que había visto con sus ojos, lo que sabía de primera mano, lo que le contaban los testigos en su propia lengua, hubo una campaña internacional contra él. Intelectuales y profesores en universidades de élite, que no habían estado nunca en Camboya ni mucho menos hablaban el idioma jemer, le acusaban de no conocer el país, y de inventar propaganda reaccionaria. En el diario Libération se sugirió que muy probablemente el padre Ponchaud era agente de la CIA. Sin acobardarse, con la tenacidad de los profetas, François Ponchaud siguió predicando en el desierto, no esgrimiendo argumentos, ni haciendo proclamas, sino ofreciendo datos, testimonios, pruebas. En 1977 publicó el primer libro en el que se contaba la verdad sobre aquel país martirizado: Cambodge Année Zéro. Dos años después el régimen cayó y cuando se abrieron las puertas de lo que había sido un gran campo de exterminio desde 1975 no sé si alguien de aquella frívola izquierda ignorante se acercó al padre Ponchaud y le pidió perdón por sus calumnias.

 


[Ilustración: Fran Pulido - fuente: www.elpais.com]

segunda-feira, 11 de novembro de 2024

Todos los valientes

Un paso más allá de reverenciar el valor presunto o verdadero de otros está la convicción de que uno mismo habría sido un valiente. Pero lo que no debería hacerse, por prudencia, es afirmar que uno tampoco se habría escondido


Escrito por Antonio Muñoz Molina

En esta época de permanente exhibición pública del verbo follar, incluso en medios antes tan comedidos como este, y de celebración de los órganos genitales de uno y otro sexo, o género, o como haya que decirlo ahora, estoy esperando el momento en que alguien dé un paso al frente y alabe sin eufemismos el tamaño y la potencia de los atributos del rey Felipe VI. Cabe suponerlos muy superiores a los del presidente del Gobierno, que en virtud sin duda de la pobre dotación de los suyos salió huyendo protegido por los paraguas de los escoltas —”como una rata”, dicen algunos estilistas del columnismo—, mientras el Rey, “el rubio alto”, en palabras de mi colega Arturo Pérez-Reverte, aguantaba a cuerpo limpio la furia de los ciudadanos todavía envueltos en barro y azotados por la desgracia. He observado que de la valentía de la reina Letizia se habla mucho menos, quizás porque, careciendo de la prestigiosa anatomía masculina, su coraje no llega a esas alturas épicas exclusivas de quien esté marcado “por varón en la ingle con un fruto”, como en el soneto taurino y ya tristemente rancio de Miguel Hernández.

 

Todo indica que “vuelve el hombre”, como decía el anuncio de colonia. En el mismo programa de televisión en el que glosaba la estatura y el pelo rubio de Felipe VI, Arturo Pérez-Reverte aseguró saber cómo es la “herramienta” del ya caído Íñigo Errejón. Eso me hizo recordar una observación célebre de Donald Trump sobre los comentarios de quienes acababan de compartir la ducha con un campeón de golf, y habían tenido así la oportunidad de calibrar sus varoniles frutos: “Oh Boy!”. La testosterona es como aquel brandi Soberano que veíamos anunciado en los televisores del paleolítico franquista: “Cosa de hombres”. No han debido de ser muy eficaces décadas enteras de pedagogía dedicadas a desmontar los estereotipos de lo masculino y de lo femenino cuando los héroes de la música urbana posan al filo de sus piscinas bien despatarrados para mostrar el volumen de sus atributos, y las chicas jóvenes se someten al quirófano para adquirir culos neumáticos, pectorales y labios de favoritas en los harenes de los narcotraficantes.

 

La valentía, como el antifranquismo, brilla incluso más cuando es retrospectiva. Hay grandes luchadores antifascistas que ni siquiera habían nacido cuando murió Franco, lo cual no les impide afear la cobardía de quienes en vez de derribar por la fuerza el franquismo, traer la Tercera República y culminar la revolución bolchevique, se conformaron con armar una democracia, ganar derechos civiles y sindicales e integrar al país en Europa, apoltronándose en otro régimen no mucho menos lamentable, el Régimen del 78. Hace años tuve una de esas discusiones extenuadoras y superfluas, en las que uno se pregunta más tarde cómo se dejó enredar. Un valiente retrospectivo o virtual se empeñaba en convencerme de que los judíos europeos eran responsables de su propio exterminio por no haberse rebelado a mano armada y en masa contra los matarifes alemanes. El levantamiento del gueto de Varsovia, o la muy bien documentada participación de luchadores judíos en la Resistencia, no le parecían pruebas suficientes de valor; ni era capaz de imaginar la infinita vulnerabilidad de las personas comunes, débiles o no, ante la maquinaria de la fuerza bruta, el aturdimiento que congela a casi cualquiera que se ve sometido de golpe a la violencia extrema y en un relámpago de horror se sabe una víctima inerme.

 

Tiempo después, un querido amigo ya muerto, el escritor Aharon Appelfeld, que a los ocho años se había visto huérfano y perdido en esas zonas del este de Europa que Timothy Snyder ha llamado las “tierras de sangre”, me contó que los supervivientes de los campos, cuando llegaban al Israel recién fundado, eran vistos con desprecio por los pioneros sionistas que lideraban el nuevo país: machos guerreros, fortalecidos por la intemperie, la disciplina espartana, reacios al intelectualismo afeminado de los judíos cosmopolitas, pálidos habitantes cobardes de los cafés europeos. Con más de 80 años, pequeño, con una cara redonda y afable, con los ojos claros y miopes tras las gafas, Appelfeld recordaba al niño asustado y hambriento que había sido, cuando solo pudo salvarse porque lo acogió una banda de forajidos en los bosques de Ucrania.

 

Un paso más allá de reverenciar la valentía presunta o verdadera de otros está la convicción de que uno mismo habría sido un valiente. Es como cuando alguien dice que es poeta, con el mismo aplomo con que diría que es funcionario de Hacienda. A mí me dan ganas de preguntar: “¿Y cómo lo sabes?”. El novelista, y poeta, Manuel Vilas se ha sumado en estos días a la glorificación del coraje físico, recordando la foto en la que se ve a Santiago Carrillo y Adolfo Suárez sentados en sus escaños del Congreso, mirando sin señales de inmutarse el espectáculo de los guardias civiles con bigotazos, tricornios y exabruptos de bebedores de coñac, que blandían sus pistolas con una rigidez de marionetas de esperpento, aunque también con una determinación de ejecutores. Es sin duda admirable el coraje personal y civil de esos dos hombres: pero no creo que deba ser usado para rebajar la dignidad o poner en duda la entereza de quienes sí se escondieron bajo sus escaños, hombres y mujeres, diputados, taquígrafos, ujieres, periodistas. A nadie se le puede reprochar que actúe según el instinto primario de supervivencia, más aún si está desarmado y tiene delante un arma de fuego, uno de aquellos pistolones cascados y subfusiles inestables de entonces.

 

Pero lo que no debería hacerse, por prudencia, es afirmar que uno tampoco se habría escondido. ¿Cómo lo sabes? ¿Con qué derecho te sientes superior a quien estuvo allí, a quien humanamente tuvo miedo? En la red X, cuyo dueño sátrapa y lunático es cada día más poderoso gracias a los muchos millones de personas que contribuyen a su enriquecimiento y a su propagación de la mentira, Manuel Vilas dice que él, a diferencia de Pedro Sánchez, se habría quedado delante de los amotinados en Paiporta: “Yo me habría quedado, aunque me hubieran abierto la cabeza. No soporto la cobardía, es lo más feo del mundo. Aunque me hubieran abierto la frente a pedradas, yo me habría quedado”. Dan ganas de decir, como don Latino de Hispalis ante las exclamaciones de Max Estrella en Luces de Bohemia: “¡Admirable, Max!” Admirable, Manuel. Pero permíteme una pregunta: ¿Cómo lo sabes, Manuel? ¿Te has visto en esa misma situación? ¿Te han gritado “perro” y “asesino” y han destrozado a golpes los cristales blindados del coche en que viajabas?

Tuve hace bastantes años la suerte de conversar despacio y a fondo con el psicólogo José Luis Pinillos, conocedor agudo del cerebro y de la mente humana, y además veterano de la División Azul, en la que se había alistado con insensato fervor falangista cuando era poco más que un adolescente. Aquel hombre erudito y apacible y siempre algo pesaroso con el que era tan grato conversar, había participado con el uniforme de la Wehrmacht en el sitio de Leningrado, y recibido una Cruz de Hierro. Fue a Rusia con la ilusión de convertirse en un héroe fascista y al ver lo que los alemanes hacían a los judíos y a los rusos se convirtió por asco y vergüenza en un demócrata. Me dijo que cuando se llega al frente, cuando suenan las bombas y los disparos y la gente empieza a caer fulminada, nadie sabe si va a ser valiente o cobarde, si va a dar media vuelta, o a sentarse llorando en el suelo. Algo sí es seguro: los que más se jactaban de su valentía antes de entrar en batalla suelen ser los que más rápidamente se derrumban. Decía Pinillos: “Los más chulos son los que antes se cagan de miedo”. Él los había visto, y los había olido.

 

[Ilustración: Fran Pulido - fuente: www.elpais.com]

quinta-feira, 31 de outubro de 2024

Hacen un desierto

En Afganistán, en 2001, los aviones americanos bombardeaban ruinas de otras guerras; en Gaza, la aviación israelí ha perfeccionado aquella estrategia bélica


 Escrito por Antonio Muñoz Molina

Es instructivo asistir a un enloquecimiento colectivo en el que uno no participa, aunque haya compartido el duelo por la tragedia que lo desató. Recuerdo la emoción de formar parte de una multitud silenciosa congregada en uno de esos tibios atardeceres suntuosos de septiembre en Manhattan, llenando todo el espacio de Washington Square, uno o dos días después del ataque a las Torres Gemelas, cuando sobre las calles que se extienden desde el lado sur de la plaza seguía elevándose la columna gigante de humo negro, y el aire olía a ceniza mojada y a materia orgánica pulverizada y en descomposición. Según se hacía de noche se multiplicaban las velas encendidas, igual que las luces en los ventanales de los bellos edificios universitarios. Haber asistido de cerca a aquel golpe de barbarie y deambular entre las personas que exhibían fotos de seres queridos impresas en color, con sus nombres al pie, en los alrededores de los hospitales, por si alguien los había visto, era sentirse identificado con tanto dolor, y rebelarse contra la inconcebible destrucción, de tantas vidas aniquiladas en unos pocos minutos en nombre de una religión apocalíptica. El dolor nos creaba lazos tempranos de solidaridad en aquella ciudad en la que aún éramos extranjeros.

 

Pero la locura colectiva que vino después nos devolvió a nuestra extranjería europea y española. Todo se llenó inmediatamente de banderas y de exhibiciones de un patriotismo vengativo. Nunca en mi vida he visto tantas banderas, en todas partes, en todos los formatos y tamaños, en la televisión, en los escaparates, en las ventanas, en los coches, en las camisetas, en los pañuelos de cabeza, en las funerarias, en las tiendas baratas de souvenirs y baratijas electrónicas de Chinatown y en las que parecen cofres de vidrio blindado en Madison y la Quinta Avenida. Personas con el pelo muy rizado aprovechaban para atravesarlo con palitos de banderas. Había banderas en los manillares de las bicicletas, en las enormes Harley-Davidson, banderas gemelas en los talones de los patinadores. George W. Bush y su camarilla de halcones aprovechaban la marea belicosa del patriotismo para acelerar la invasión de Afganistán. Alguien que conservaba algo de lucidez vaticinó: “Vamos a bombardear ruinas”.

 

La locura colectiva siguió creciendo hasta la invasión de Irak. En Afganistán, al menos, había estado Osama Bin Laden, aunque no llegaron a alcanzarlo las bombas que efectivamente cayeron sobre ruinas de una guerra anterior. Hay unanimidades terroríficas: los medios de prestigio participaron en el entusiasmo bélico y en las mentiras que lo alimentaba exactamente igual que los tabloides populacheros. En el Senado el único voto en contra de la guerra fue el de Barack Obama, que empezó a llamar la atención por esa rareza. Hablé con un periodista muy conocido y nada reaccionario de Nueva York, cuando el Gobierno de España retiró nuestras escasas tropas, y me dijo abiertamente que tal vez el motivo de esa retirada era la cobardía de los españoles, que nos habríamos rendido al islamismo después del atentado del 11 de marzo. Le recordé que nosotros llevábamos lidiando muchos años con una banda terrorista sanguinaria y habíamos aprendido que el terrorismo solo se combate con algo de eficacia gracias a las investigaciones de la policía y de los jueces, y con un respeto absoluto por la legalidad democrática. En esa época muy pocas voces se alzaban todavía en Estados Unidos contra el uso de bombardeos indiscriminados, la tortura y las ejecuciones sumarias.

 

Pasados los años vi un rebrote de aquella locura colectiva de venganza. El silencio del domingo por la noche en una zona tranquila de Nueva York quedó de pronto interrumpido por gritos y petardos, por ese bramido de masculinidad que celebra el triunfo de un equipo de fútbol. Como en 2001 y 2003, la gente coreaba: “U-S-A!, U-S-A!” La noche silenciosa se convirtió en una gran algarabía. Estaban celebrando la noticia del asesinato de Osama Bin Laden, el cumplimiento de una venganza que había tardado 10 años en llegar, y había dejado en su estela centenares de miles de muertos.

 

El otro día vi las imágenes de israelíes jóvenes y bronceados, bañistas en una playa, saltando y abrazándose por el mensaje que estaban transmitiendo unos altavoces, la muerte del líder de Hamás, Yahia Sinwar, ejecutado en un edificio de Gaza que ya estaba medio destruido por las bombas. En Afganistán, en 2001, los aviones americanos bombardeaban ruinas de otras guerras; en Gaza, la aviación israelí ha perfeccionado aquella estrategia bélica, y bombardea reiteradamente las ruinas que ella misma ha provocado unos días antes, y aterroriza a los fugitivos que han escapado de bombardeos anteriores. No creo que haya una persona decente en el mundo que no comprendiera la rabia y el luto por las víctimas del asalto de Hamás el 7 de octubre, y no sienta asco hacia los signos de alegría con que algunos de aquellos verdugos maltrataban a sus víctimas. Pero tampoco quedarán muchas personas decentes que no se indignen y cierren los puños de impotencia hacia la brutalidad genocida de la venganza de Israel, tan desmedida como la de Estados Unidos después del 11 de septiembre, tan aprovechada también por turbios estrategas y fanáticos de la áspera crueldad del Antiguo Testamento para avanzar en un proyecto explícito no ya de someter al adversario, sino de eliminarlo, en cumplimiento de las consignas de agresión y matanza emitidas en persona por Jehová en los versículos más aterradores de la Biblia. No es un delirio minoritario, o secreto: lo manifiestan en público cada día esos ministros integristas israelíes que llaman abiertamente a la aniquilación o la expulsión de los enemigos palestinos, y esa parte al parecer mayoritaria de la población que aprueba cada nueva escalada de barbarie en la guerra y ha devuelto la popularidad a un individuo tan indeseable como Benjamín Netanyahu. Me acuerdo de los israelíes íntegros a los que he conocido, los defensores del laicismo, los que participan o participaban en organizaciones de defensa de los derechos de los palestinos, los que se manifestaban contra el apartheid en Cisjordania y contra el supremacismo judío. Me pregunto cuántos de ellos resisten sin claudicar a la locura. Me gustaría escuchar de nuevo la voz sensata y triste de David Grossman.

El latín lapidario de Tácito hace que cualquier traducción sea un exceso palabrero. También tiene una dureza inalterable al tiempo, como un puñal de obsidiana. Sus palabras sirven igual ahora que hace dos mil años. La frase más recordada de los Anales de Tácito la dice un jefe de las tribus nativas de Britania sobre los legionarios romanos que acaban de conquistar el país: “Hacen un desierto y lo llaman paz”. En Afganistán, en Irak, Estados Unidos hicieron más desierto todavía lo que ya era un desierto, y lo llamaron paz, o Mission accomplished, misión cumplida, en las palabras de grotesca arrogancia de George W. Bush, justo cuando empezaba en Irak una insurrección que iba a alimentar el integrismo islamista y añadir ruinas a las ruinas, y cadáveres a las montañas de cadáveres. Se cita menos la frase inmediatamente anterior de Tácito: “Al robo, a la matanza, al pillaje, le dan el nombre mentiroso de gobierno”. No sabemos todavía el nombre que el Gobierno de Israel le dará a lo que está haciendo en Gaza, en Cisjordania, en el sur del Líbano. Ahora, además de ruinas de ruinas, han empezado a bombardear las ruinas romanas de la ciudad inmemorial de Tiro, con una furia destructiva parecida a la de los islamistas que dinamitaron los budas gigantes de Afganistán, o las magníficas ruinas clásicas de Siria. El desierto al que algún día llamarán paz será un baldío inhabitable, incluso para ellos.

 

[Ilustración: FRAN PULIDO - fuente: www.elpais.com]

quarta-feira, 7 de fevereiro de 2024

Fantasmas de doblaje

 

Somos los espectros de una traducción mediocre del inglés, admiradores de una fiesta a la que nunca estaremos invitados. Y lo grave no es el calco de las palabras, sino de las experiencias mismas

Escrito por ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Hablamos y hasta vivimos cada vez más como personajes en una película doblada, en la que hay siempre una desconexión entre las caras y las voces, una discordancia entre el mundo que representa la película y el idioma artificial injertado en ella, ajeno a cualquier acento verdadero, aunque intentando una cercanía forzada al idioma de origen. También el idioma que hablamos nosotros se parece al de los doblajes, porque está influido, contaminado por él, y ya decimos que algo es jodidamente o malditamente esto o lo otro, y el epíteto “puto” aspira a la equivalencia con el admirado fucking de las películas y las novelas. Esa imitación nos permite imaginar que ya casi estamos hablando la lengua del imperio al que pertenecemos como lejanos súbditos coloniales, y hacia el que estamos mirando siempre con la fascinación de esos siervos que, en lugar de a la libertad, aspiran dócilmente al favor de sus señores. El complejo de inferioridad se alía en nosotros con el esnobismo. Hablamos mal o ignoramos del todo ese idioma que nos parece superior al nuestro, pero nos adornamos con la bisutería de sus palabras casi siempre mal usadas, de sus giros y expresiones mal traducidos, y por el simple hecho de exhibirlos sentimos que somos más inteligentes, o más cool.

Hacemos spoiler, practicamos running, lamentamos el bullying, huimos del ghosting, denunciamos el lawfare, nos dedicamos al binge-watching en los canales de streaming, cultivamos el networking, anhelamos recibir un feed back a nuestros inputs. Una barbería pierde toda su arcaica connotación española si se llama barbershop, y en un gimnasio ya no huele a grosero sudor masculino si en la puerta dice wellness center. Una semana de la moda que, según todos los indicios, no da mucho de sí cobra una instantánea relevancia si se la bautiza como Fashion Week. Una escuela de negocios prepara mejor a los futuros halcones del poder y el dinero si se llama Business School. En mi calle de Madrid pueden contarse con los dedos de la mano los visitantes anglófonos, pero ya no quedan apenas letreros de negocios que no estén en un inglés a veces aproximado: Urban Poke, Coffee & Lounge, Look to Nails, Lashes & Go, Indian Kitchen, Dental Smile, Tattoo Parlor, DietFlash, Any Beauty Salon, Smashed Burgers.

Somos una cultura doblada, espectros de una traducción mediocre, admiradores de una fiesta a la que nunca estaremos invitados, a no ser como comparsas o personal de servicio. Hacia cualquier parte que miramos vemos las imágenes lujosas de la cultura visual omnipresente del imperio: en los anuncios, en las películas, en las series, en la decoración de las cadenas imperiales de comida basura, en los uniformes de sus dependientes. Estamos siempre mirando con reverencia, incluso con adoración, hacia la metrópoli, pero la metrópoli no tiene la menor curiosidad por nosotros, y es muy probable que en ella no se sepa nunca que existimos, salvo en el caso de que en nuestro territorio estuvieran en peligro sus intereses.

Lo que no copiamos literalmente lo calcamos. Hacemos nuestras palabras que son eso que los traductores llaman “falsos amigos”, porque, siendo muy parecidas en su forma, tienen significados distintos. En los libros de historia traducidos del inglés, los soldados ya no se alojan en cuarteles, sino en barracones, porque la palabra inglesa que significa cuartel es barracks. A veces, un traductor deficiente se vuelve taumaturgo y hace que un muerto vuelva a la vida, y escribe “resucitar” donde pone resuscitate, que en inglés es reanimar a quien ha perdido el conocimiento.

No defiendo una pureza imposible, y además innecesaria. Los idiomas se hacen con la contaminación y la mezcla. Más grave es el calco y la mala traducción no ya de las palabras, sino de las experiencias mismas, la vida completa, hasta la atmósfera política. Vivimos pendientes de los festejos del imperio. El imperio es el imperio americano pero también, todavía, el Imperio Británico. Se quedaba uno estupefacto, en un país tan indiferente y hasta hostil a su propia Monarquía, viendo en la transmisión en directo el dispendio imperial y barroco de los funerales por la reina Isabel II de Inglaterra, y luego de la coronación de Carlos III.

A los niños los disfrazamos en Halloween y les hacemos decir absurdamente “truco o trato” porque imaginamos que eso es lo que significa trick or treat. Y lo mismo que imitamos, a la medida de nuestra escasa pujanza, con meritorio mimetismo, sus ceremonias de oscars y Globos, sus nominaciones y aperturas anhelantes de sobres y agradecimientos entrañables, también imitamos sus trifulcas “culturales”, olvidando que culture no significa lo mismo que “cultura”, y que las condiciones sociales, la vida política, la complejidad étnica de Estados Unidos, tienen muy poco que ver con la realidad española. Las causas más nobles, y más urgentes —la igualdad entre hombres y mujeres, el respeto a las opciones vitales de cada uno, la protección de los débiles, la reparación en lo posible de injusticias históricas— nos llegan ahora a través de un vocabulario más tortuoso todavía porque está hecho de términos mal traducidos, de palabras fetiche que vienen de la jerga universitaria americana. Cada vez que leo a alguien que, para estar muy al día, usa el término “cuerpos marrones”, refiriéndose a lo que antes se llamaba mestizos, no puedo olvidar que eso viene directamente de brown bodies, y que ya puestos sería más natural llamarlos morenos. Hemos copiado una obsesión identitaria que encierra las personas en grupos herméticamente aislados entre sí y hostiles los unos a los otros, sin el menor rastro del viejo sueño de la emancipación humana. Hemos acatado la obsesión sexual de una cultura heredera del extremo puritanismo religioso, que impone condenas de exclusión e infamia pública los pecadores o a los simplemente sospechosos, como la letra escarlata que infamó para siempre a la mujer adúltera de Hawthorne. Hemos copiado una idea cromática, epidérmica y decorativa de la diversidad que queda muy bien en las revistas de lujo y encubre la supresión del pluralismo en las opiniones, y la sospecha automática sobre aquel o aquella que disiente, a quien se le cuelga el sambenito que una moda voluble imponga en cada momento.

Entre nosotros, el fervor del mimetismo imperial ha llegado al extremo de la indignación colectiva y el desgarro de vestiduras porque una película tan banal y mercenaria como la muñeca que la protagoniza (pero adornada con un barniz de feminismo, como esos aditivos que dan sabor a fruta al simple azúcar de las golosinas) no ha obtenido no sé qué candidaturas en los Oscar. En otro ejemplo de nuestra política traducida, el ministro de Cultura ha anunciado la descolonización de los museos españoles, y, al mismo tiempo que se le echaban encima los patriotas de la derecha, en estas mismas páginas Jordi Amat denunciaba impetuosamente como españolista rancio y nostálgico del imperio a todo aquel que se atreviera a criticar al ministro. Pero no es una rabieta reaccionaria precisar que el corazón de los museos españoles no procede del expolio colonial, sino de los encargos de la Iglesia y del coleccionismo de los reyes y si es verdad que hay en España tesoros robados en América, y que no existen colonialismos menos indecentes o inhumanos que otros, también lo es que en los museos de Europa y de Estados Unidos hay muchas obras de arte señeras que pertenecerían legítimamente al patrimonio español si no hubieran sido robadas o malvendidas en nuestros siglos de mayor ignorancia y penuria. En un ambiente de “guerra cultural”, por usar otro calco tramposo, en el que Barbie se ha vuelto más revolucionaria que Mary Wollstonecraft y Rosa Luxemburgo juntas, lo más urgente de todo es descolonizar nuestros cerebros.

 

[Ilustración: FRAN PULIDO - fuente: www.elpais.com]

quinta-feira, 13 de outubro de 2016

Los escritores y las bicicletas: de Julio Cortázar a Tolstoi


Escrito por KARINA SAINZ BORGO

En Pide tres deseos, el prólogo que escribe Eloy Tizón para abrir la antología de relatos Diez bicicletas para treinta sonámbulos, se lee: "La bicicleta es un vehículo movido por el deseo, cuyo motor son los sueños". Empujados con el pedaleo constante del camino a medio hacer, muchos escritores han hecho del velocípedo un tema literario. Antonio Muñoz Molina, Felipe Benítez Reyes, Juan Carlos Mestre, Agustín Fernández Mallo, Andrés Neuman, José Ovejero o Marta Sanz sostienen su manubrio en un dispar pelotón de más de 30 narradores convocados por la editorial Demipage para celebrar su décimo aniversario. Se trata de un volumen de microrrelatos dedicados, enteramente, a un artefacto que no ha pasado desapercibido para novelistas, cuentistas o poetas...

Sylvia Plath, Conan Doyle, Tennessee Williams, Bradbury o Wells tienen retratos trepados al sillín. En sus memorias, John Dos Passos cuenta no solo el gusto que tenía Hemingway por el ciclismo, sino también sus intentos para convertir a sus amigos escritores en avezados pedaleantes. "Se me antojaba un tanto extraño que precisamente él se dedicase a algo con semejante entrega", dice el autor de Manhattan Transfer. Solo basta hojear algunas de las páginas del Premio Nobel para constatar su afición. Puso a uno de sus personajes secundarios de su novela Adiós a las armas el nombre de un ciclista de élite, Rinaldi, campeón en los años treinta.

En un artículo publicado en la revista Collier's, Hemingway explicó que "pedaleando se aprecian mejor los contornos del país, porque uno primero sube las cuestas bañado en sudor y luego las desciende dejándose deslizar por ellas". También en las páginas de París era una fiesta narra el norteamericano sus paseos en bicicleta por los bulevares, las carreras en el Vélodrome d'Hiver o su pasión por el Tour. Pero no era el único, el argentino Julio Cortázar también encontró belleza en este aparato al que llega a humanizar en Vietato introdurre biciclette, su relato dedicado a las bicicletas, publicado en Historias de Cronopios y famas (1962).

Con una prosa muy suya -esa con la que convertía una escalera en un personaje-, dice Cortázar: "Para una bicicleta, entre dócil y de conducta modesta, constituye una humillación y una befa la presencia de carteles que la detienen altaneros delante de las bellas puertas de cristal de la ciudad. Se sabe que las bicicletas han tratado por todos los medios de remediar su triste condición social. Pero en absolutamente todos los países de esta tierra está prohibido entrar con bicicletas. Algunos agregan: (y perros), lo cual duplica en las bicicletas y en los canes su complejo de inferioridad. Un gato, una liebre, una tortuga, pueden en principio entrar en Bunge & Born o en los estudios de abogados de la calle San Martín sin ocasionar más que sorpresa, gran encanto entre telefonistas ansiosas o, a lo sumo, una orden al portero para que arroje a los susodichos animales a la calle".

El vallisoletano Miguel Delibes también habla de su amor por los velocípedos en Mi querida bicicleta, un relato que forma parte de los nueve capítulos de Mi vida al aire libre (Memorias deportivas de un hombre sedentario), especie de entrañable autobiografía en la que Delibes hace un balance entre memoria, vida y deporte: desde su temprana pasión por el fútbol, pasando por las primeras salidas al campo con su padre hasta la extraña relación entre amor y ciclismo.

Hay en ese texto de Delibes una relación directa entre la infancia y la bicicleta, como si en ambas hubiese quedado sellado un hueso vital y resistente que da sentido a todo lo vivido: "En la ciudad, el deporte de las dos ruedas, sobre el ejercicio en sí, encerraba para un niño un singular atractivo: no dejarse cazar. Nos lanzábamos a tumba abierta en cuanto divisábamos un agente, doblábamos las esquinas como suicidas, de modo que cuando el guardia quería reaccionar ya estábamos a mil leguas".

Infancia y velocípedo es un binomio que también ha explorado en su escritura Bernardo Atxaga, escritor vasco muy aficionado también al ciclismo. "Aprender a montar bicicleta es la principal preocupación que solíamos tener los niños en Obaba a partir de los siete años. La aritmética y la gramática que nos enseñaban en la escuela no importaban, la historia sagrada de la que nos hablaban en la sacristía de la iglesia tampoco importaba; lo único que importaba era asistir a las clases de bicicleta que los chicos mayores impartían en la plaza de Obaba, y conseguir un puesto entre el escogido grupo de los que podían ir a cualquier parte sobre dos ruedas", escribe en Obabakoak.

Existen muchas otras historias sobre dos ruedas: desde la apócrifa versión de que León Tolstoi aprendió a montar bicicleta a sus 67 años hasta la imagen de una Sylvia Plath casi adolescente sosteniendo su bicicleta. Lo cierto es que para los amantes tanto de la literatura como del ciclismo, existe una colección única. Se trata de la serie Escritores en bicicleta -que ilustra este reportaje- y que fue realizada por la ilustradora Virginia Herrera: Virginia Woolf, Gabriela Mistral, M. Luisa Bombal, Dostoievski, Borges, Cortázar, Bolaño, Hemingway y Poe, sin duda, una colección entrañable.

__
De VOZPÓPULI


[Fuente: sugieroleer.blogspot.com]