Crítico de arte, novelista, marxista, amante, exiliado, narrador: John
Berger se resistió a toda definición fácil. Su nueva biografía abraza las
contradicciones que dejó atrás.
John Berger, fotografiado
en Milán, Italia, en 2010.
Escrito por John Livesey
Traducción: Natalia López
Reseña de John Berger
From Life, de Tom Overton (Allen Lane, 2026)
A los británicos no les agradan los intelectuales. Pero
durante buena parte del siglo pasado y comienzos de este, John Berger demostró
ser una excepción notable. Berger alcanzó por primera vez un estatus de culto
durante la década de 1970 gracias al éxito de Modos de ver, una serie de la BBC
en cuatro partes que exploraba la historia del arte occidental. La serie se
emitió por primera vez a las 22 horas de un sábado por la noche, justo después
de los resultados futbolísticos del fin de semana. Y, sin embargo, a pesar de
este horario de programación desfavorable, el programa de todos modos logró
convertirse en una sensación nacional, electrizando a los espectadores con sus
esfuerzos por desmontar la teoría del «gran hombre» en el arte y arrojar nueva
luz sobre los contextos económicos y políticos en los que fueron producidos los
maestros europeos.
Casi cincuenta años después, resulta llamativo cuánto de Modos
de ver siga vigente, un logro que se debe a la presencia arrolladora y
televisiva de Berger. Vestido con una camisa estampada de corte extravagante y
luciendo una melena de cabellos entrecanos, Berger se parece más a una estrella
de rock que a un historiador del arte: explica ideas complejas en un inglés
llano y desborda una pasión que roza lo erótico. Es sincero pero no pedante;
enérgico pero no dogmático; encantador pero no servil. Cuando ofrece un
comentario particularmente reflexivo sobre «La lechera» de Johannes Vermeer, es
como si se sacudieran siglos de polvo de la pintura.
Pero si bien no puede caber duda de que Modos de ver
contribuyó a consagrar a Berger como uno de los pocos verdaderos intelectuales
públicos de Gran Bretaña, su participación en el programa también tuvo el
efecto adverso de eclipsar muchos de sus otros logros. De hecho, el propio
Berger expresó a menudo su decepción por ser conocido principalmente como
«crítico de arte»; su preferencia era la etiqueta más nebulosa de «narrador».
Evitando una hagiografía excesivamente simplista, es esta visión más amplia de Berger
la que Tom Overton intenta evocar en su nueva y magistral biografía, John
Berger From Life. La elección del título por parte del autor pretende ser
un juego de palabras con la técnica de dibujar retratos a partir de un modelo
en vivo. Pero este libro, cuidadosamente investigado y bellamente escrito,
recuerda a los lectores las dificultades de capturar cualquier vida de manera
definitiva, dejando espacio para las numerosas contradicciones y defectos de
Berger sin intentar disimularlos.
Rojo permanente
Berger nació en Londres en 1926 y fue criado con una
comodidad moderada por unos padres judíos de clase media baja. A los once años,
consiguió una beca para St Edward’s, un prestigioso internado al norte de
Oxford. Berger no disfrutaba del ambiente asfixiante de la institución y
adquirió el hábito de discutir con sus compañeros y profesores, adoptando
posturas radicales para provocar sus tendencias más reaccionarias. Cuando
cumplió dieciséis años, finalmente se escapó, regresando a Londres para
estudiar arte, primero en la Central School of Art and Design y luego en el
Chelsea College of Arts.
Después de la universidad, Berger pasó un año luchando
para llegar a fin de mes como artista profesional antes de afianzarse en el BBC
World Service, donde ofrecía descripciones de grandes obras de arte para
quienes escuchaban en las periferias del desmoronado Imperio británico. A
través de ese trabajo, con el tiempo logró llamar la atención de T. C. Worsley,
el editor literario del New Statesman. Así comenzó una década de trabajo
en la revista como crítico de arte controvertido pero muy respetado. Aunque la
escritura de Berger de este período es concisa y accesible, permanece llena de
su perspicacia característica, empleando un lente explícitamente marxista,
atemperado por las influencias de otros pensadores europeos como Georg Lukács,
Antonio Gramsci y Walter Benjamin.
Lo que parece haber fascinado más a Berger fue cómo las
fuerzas económicas moldean los tipos de sentido que el arte tiene permitido
producir en una sociedad dada. Fue, por ejemplo, inmediatamente escéptico
respecto de los expresionistas abstractos y emitió una evaluación
particularmente mordaz de Jackson Pollock. Según Berger, el pintor
estadounidense permanecía incapaz de «ver o pensar más allá de la decadencia de
la cultura a la que pertenece» y, como resultado, su obra seguía siendo inútil,
evidencia solo de un talento «desperdiciado». Este fue uno de los momentos de
la crítica de Berger en que su resistencia a los desarrollos de la abstracción
de posguerra corría el riesgo de socavar su radicalismo autoproclamado. Sin
embargo, esta resistencia a lo que era universalmente celebrado, una suerte de
conservadurismo invertido, formaba parte del encanto de Berger, siempre
caminando en la línea entre el idealismo progresista y el respeto por la
tradición.
No fue sino hasta 1972 que Berger alcanzaría el punto más
alto de su fama. Ese fue el año en que se emitió por primera vez Modos de
ver, lo que le granjeó a Berger una legión de jóvenes devotos. También fue
el año en que ganó el prestigioso Premio Booker por G., una novela
picaresca que sigue a un donjuán italiano cuyas hazañas sexuales sin duda
estaban basadas en algunas de las propias infidelidades de Berger. Cuando G.
recibió el Booker, Berger causó controversia al pronunciar un discurso de
aceptación en el que desestimó la tradición de los premios literarios y donó la
mitad de sus ganancias al Partido Pantera Negra británico, que dos años antes
había ayudado a liderar una campaña de solidaridad con los Mangrove Nine,
un grupo de activistas falsamente acusados de incitar a un disturbio en 1970.
Según se cuenta, Berger abandonó la ceremonia para ir a un pub en el norte de
Londres, donde entregó el dinero y brindó por el éxito de las Panteras.
De cara al mundo
Tras la ampliamente difundida controversia del Booker,
Berger comenzó a pasar menos tiempo en Inglaterra. Ya se había mudado a Ginebra
con su segunda esposa en 1962. Y hacia 1974, se había mudado nuevamente, esta
vez al diminuto pueblo alpino de Quincy. El nuevo hogar de Berger era
deliberadamente remoto, y sin embargo este aislamiento no diluyó su compromiso
con los acontecimientos mundiales. En 1975, colaboró con el fotógrafo Jean Mohr
en Un séptimo hombre, una narrativización deslumbrante de la difícil situación
de los trabajadores migrantes de Europa. Casi dos décadas después publicó la
colección de ensayos Encuentros y despedidas, que incluye una defensa
romántica de los mineros huelguistas de Gran Bretaña. Reflexionando sobre los
escombros del thatcherismo, escribió: «Están decididos a quebrarte, decididos a
quebrar tu herencia, tus habilidades, tus comunidades, tu poesía, tus clubes,
tu hogar».
Uno de los aspectos más frecuentemente desatendidos del
pensamiento de Berger fue su compromiso con la causa de la liberación
palestina. «No me avergüenzo de ser judío», le escribió al autor Philip
O’Connor en 1967, «pero me avergüenzo profundamente de Israel». En 2003, tras
medio siglo de espera, Berger finalmente realizó su primer viaje a Palestina,
una experiencia transformadora que recuerda en el ensayo «Un momento en
Ramallah». Berger abre el texto describiendo las fotografías que cubrían las
paredes de la ciudad, conmemorando a quienes murieron en la segunda intifada
con el mismo cuidado y atención que reservaba habitualmente para sus
reflexiones sobre los retratos de Pablo Picasso o Rembrandt. Uno por uno,
observa cada rostro, esforzándose por descifrar las historias que podrían
contar.
Con destreza, Berger pasa entonces de una suerte de
crítica de arte a una discusión de las asimetrías de poder de las que estas
imágenes dan testimonio. Aquí hay hombres y mujeres que nacieron en campos de
refugiados, que tuvieron que trabajar en lugar de ir a la escuela, y cuyas
aspiraciones desde entonces han sido aplastadas bajo las ruedas de la
ocupación.
Cualquier comparación entre las armas involucradas en
estos enfrentamientos nos remite a lo que es la pobreza. Por un lado,
helicópteros Apache y Cobra, F-16, tanques, jeeps Humvee, sistemas de
vigilancia electrónica, gases lacrimógenos; por el otro, catapultas, hondas,
teléfonos móviles, kalashnikovs mal utilizados y, sobre todo, explosivos
caseros. La enormidad del contraste revela algo que puedo sentir entre estas
paredes desoladas por el duelo pero que no puedo nombrar.
Por una vez, el crítico se queda sin palabras.
Sencillamente, no hay otros «modos de ver» la violencia del genocidio.
Escribir desde la vida
Para cuando donó su archivo a la Biblioteca Británica en
2009, la salud mental y física de Berger se había deteriorado
considerablemente. Su visión se nublaba mientras esperaba una cirugía para
extraerle dos cataratas de los ojos. Fue durante ese mismo período que Berger
conoció a Tom Overton, entonces un joven investigador al que se le había
encomendado la tarea de ordenar el archivo del escritor. Así comenzó un diálogo
de varios años entre los dos hombres, al principio profesional pero más
adelante parecido a algo más cercano a una amistad. Sus conversaciones
acabarían sentando las bases de la biografía de Overton.
Se percibe a Overton trabajando en diálogo con su objeto
de estudio a lo largo de From Life, que se mueve con frecuencia entre
distintos modos de interpelación, alternando entre «él» y «tú» para describir a
su sujeto. El Berger de Overton no se compone por una serie de datos
prolijamente ordenados, sino que es alguien íntimamente involucrado en la
construcción de su propia biografía. Como para probar este punto, Overton a
menudo cuestiona y pone en duda a su objeto de estudio, dejando que su tono
oscile entre el amor, la frustración, la admiración y la decepción. «¿Te vas a
escurrir hacia el pasado cuando haya contado bien tu historia?», le pregunta a
Berger hacia el final del libro; «¿Me vas a dejar en paz?», pregunta en otro
momento; «¿Quiero yo que lo hagas?», se pregunta a sí mismo. Son preguntas sin
respuesta.
Por supuesto, como parte de esta inquietante comunión,
Overton también se permite cuestionar algunas de las decisiones de Berger. La
caótica vida personal del escritor —cuatro matrimonios, tres hijos y una serie
de amantes descartadas con un desdén aparentemente casual— resultan objeto de
un escrutinio particular. El divorcio de Berger de su segunda esposa, la
aristócrata Rosemary Guest, parece haber sido especialmente complicado. En su
breve tratamiento del tema, Overton se esfuerza por insertar la voz de
Rosemary, citando una entrada de diario en la que ella describe los papeles de
su divorcio como una «sentencia de muerte», cuya firma precedió a seis «semanas
de pesadilla, al borde del suicidio, en Sicilia». Semejantes afirmaciones
podrían parecer algo dramáticas, pero Overton también advierte el mismo tono de
pánico en los escritos de las otras esposas de Berger —Anya Bostock y Beverly
Bancroft—, ambas abandonadas sumariamente por el escritor.
Estos detalles no solo demuestran la amplitud de la
investigación de Overton —que rastrilló múltiples archivos y habló con todos
quienes conocieron a Berger—, sino que arrojan una luz desfavorable sobre las
maneras en que Berger vivió su propia política. Fue la estimada crítica de cine
Laura Mulvey quien alguna vez reconoció a Berger como inspiración de su trabajo
pionero sobre la mirada masculina. Pero cualquiera sea la utilidad que la obra
de Berger pueda tener para las críticas feministas, sus intervenciones están
habitadas por los fantasmas de aquellas mujeres que fueron descartadas a la
estela de sus deseos. En From Life, Overton le reconoce a Berger cierto
mérito por asumir su incapacidad de sacrificar el placer inmediato en favor de
la estabilidad a largo plazo. También se muestra comprensivo con el anhelo de
su objeto de estudio de una cultura menos tercamente monógama. Pero no vacila
en arrojar sospechas sobre las repetidas infidelidades del crítico y los
estragos que estas causaron en las vidas de sus parejas. «¿En qué estás
pensando?», pregunta en un momento, aparentemente sin encontrar las palabras.
El jardín de las delicias
Cuando John Berger falleció el 2 de enero de 2017, tenía
noventa años y estaba aterrado por el mundo que dejaba atrás. Justo antes del
cambio de milenio, le habían pedido que eligiera una pintura para describir el
sentimiento del momento presente. Tras pensarlo, Berger eligió las
representaciones del infierno que aparecen en El jardín de las delicias de
El Bosco. Según sostuvo, estas imágenes grotescas ofrecen «una extraña profecía
del clima mental que la globalización y el nuevo orden económico imponen al
mundo al final de nuestro siglo… no hay pausas, no hay caminos, no hay patrón,
no hay pasado y no hay futuro. Solo existe el clamor de un presente disperso y
fragmentario».
Desde entonces, el mundo no ha hecho otra cosa que
volverse más «disperso y fragmentario». De haber vivido hasta los cien años, no
cabe duda de que Berger se habría horrorizado ante el crecimiento de la IA, del
ascenso sostenido de la extrema derecha y, quizás por sobre todo, del silencio
del poder occidental frente a un genocidio desplegado ante los ojos del mundo.
Pero, por más heroico que haya sido Berger, fue producto de un clima
intelectual y político menos hostil a la disidencia que el nuestro.
En 1972, fue la BBC la que tomó la audaz decisión
de emitir un programa sobre arte, escrito y presentado por un marxista
autoproclamado que esperaba reescribir la historia del arte occidental. En
2026, tras décadas de ataques por parte del gobierno, esa misma BBC
enfrenta amenazas crecientes de privatización y se ha visto obligada a poner
coto a su programación para garantizar que se mantenga políticamente neutral,
un eufemismo para acomodarse a los argumentos de la derecha.
Este panorama deprimente vuelve casi imposible imaginar
que a pensadores como Berger se les concediera hoy la misma plataforma que
tuvieron en la posguerra. Sin embargo, como nos recuerda la vibrante biografía
de Overton, es exactamente este tipo de pensador el que necesitamos ahora más
que nunca.
John Livesey es candidato a doctor en el University College de
Londres, especializado en la obra de James Baldwin. Sus textos han aparecido en
medios como Guardian, Little White Lies y Oxford Review of
Books.
[Imagen: Leonardo Cendamo
/ Getty Images - reproducido en www.jacobinlat.com]