La historiadora uruguaya Isabella Cosse ha renovado el estudio de la política desde la vida cotidiana, los afectos y las relaciones familiares. En esta entrevista recorre su trayectoria intelectual y reflexiona sobre los cruces entre amor, género y militancia en las décadas de 1960 y 1970. A partir de su libro Rotos corazones, dialoga también con dilemas del presente y disputas culturales contemporáneas.
Escrito por María Noel Álvarez
La trayectoria de Isabella Cosse como historiadora es tan singular como las preguntas que atraviesan sus investigaciones. Nacida en Uruguay, se formó en la Universidad de la República y realizó su maestría y doctorado en la Universidad de San Andrés, en Argentina. Sus libros conforman un itinerario intelectual que articula estudios de género, cultura popular y de masas, clases medias, afectos y vida cotidiana, como vías para repensar lo político, lo social y lo cultural.
En Estigmas de nacimiento (FCE, 2006) desarrolló una investigación pionera sobre familia, crianza y parentalidad durante el primer peronismo, atendiendo también a las políticas públicas. En Pareja, sexualidad y familia en los años sesenta (Siglo XXI Editores, 2010) analizó las transformaciones íntimas en el marco del cambio sociocultural y político y acuñó el concepto de «revolución discreta». Más tarde, en Mafalda: historia social y política (FCE, 2014), aportó al estudio de las clases medias a partir de la obra de Quino.
Su libro más reciente, Rotos corazones. Amor y política en los setenta (Siglo XXI Editores), propone una lectura novedosa de las organizaciones revolucionarias de las décadas de 1960 y 1970 en Argentina, articulando la praxis política con las dimensiones afectivas de una generación atravesada por intensas experiencias, sueños y derrotas.
Actualmente, Cosse es investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet) de Argentina y profesora de la Escuela Interdisciplinaria de Altos Estudios Sociales de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). En esta conversación comparte aspectos de su trayectoria, reflexiona sobre la coyuntura regional y global y comenta su último libro.
Mi primera pregunta es por sus inicios. ¿Cómo nace la vocación por la historia?
Es una pregunta difícil. Viví parte de mi infancia en Ecuador y ahora, retrospectivamente, me he dado cuenta de que la historia fue nodal para incorporar ese mundo «otro», andino, tan distinto al Río de la Plata, y volverlo propio. Fue en las calles de Quito, ciudad añorada, donde descubrí lo que era la exclusión social en América Latina. Tengo imágenes grabadas: los pies agrietados de quienes nunca habían tenido zapatos, los niños pequeñísimos rodeándome a mí (otra niña) para pedir limosna. En verdad, mi primer interés fue la antropología, la disciplina estrella para explicar lo social. Finalmente, terminé estudiando historia convocada por el lugar que tenía esa disciplina en Uruguay en ese momento, un poco después de la conquista de la democracia. La historia tenía algo que decir en ese contexto y mi generación llenó las aulas de esa carrera. Hubo un clima efervescente, el regreso de profesores destituidos y exiliados por la dictadura. Un momento breve, debo decirlo, porque la derrota del plebiscito de 1989 contra la Ley de Caducidad, por la cual el Estado uruguayo garantizaba la impunidad de los crímenes de lesa humanidad, cambió ese clima. No era menor, tampoco, el reconocimiento de la larga crisis económica, que se retrotraía a los años 50 y que en la década de 1990 estuvo acompañada de políticas neoliberales que afectaron a la ya golpeada clase trabajadora y, también, a la clase media. Éramos muchos los estudiantes de mi generación que hacíamos la carrera trabajando.
Se licenció en Historia en la Universidad de la República de Uruguay, pero luego continuó su formación en Argentina. ¿Qué la llevó a migrar y quedarse definitivamente en ese país?
Uruguay es un país pequeño con gran tradición intelectual, siempre muy atenta al «afuera», a las discusiones, las novedades y los problemas en el mundo y en América Latina. La relación con los intelectuales argentinos en general, y con los historiadores en particular, tiene una historia larga y de mucha importancia. En las décadas de 1950 y 1960, a raíz de las convulsiones políticas en su país, varios historiadores argentinos llegaron a la Universidad de la República y fueron influyentes (José Luis Romero, durante el peronismo, por ejemplo, o Tulio Halperín Donghi, durante la dictadura de Juan Carlos Onganía). Como estudiantes, leíamos mucha historia argentina; Buenos Aires era, sin duda, el centro intelectual más próximo. Y así llegué al país. Al principio era solo por un tiempo. Me fui quedando, como suele pasar con las personas migrantes, por una combinación de razones personales, oportunidades y descubrimientos. Finalmente, Argentina se volvió mi casa. Podemos tener más de un «terruño», más de una identidad, y así lo siento. Si no sonara impostado, diría que lo más sencillo para mí es pensarme latinoamericana.
En Estigmas de nacimiento, que fue su tesis de maestría, arribó a un campo de investigación, alrededor de la familia y la infancia, que era muy incipiente hasta ese momento. ¿Cómo surgió el interés por estas cuestiones?
Había descubierto previamente, en una investigación sobre el uso del pasado por la dictadura uruguaya, que la familia era una metáfora decisiva en las construcciones del panteón nacional y, a la vez, una institución a la que el discurso dictatorial apelaba para legitimarse. En el momento de decidir mi tesis de maestría, me di cuenta de que la visión de la familia legítima, del matrimonio y el casal de hijos, dominante en la legislación, en las políticas y en los medios, se daba de bruces con las formas familiares en América Latina. Esa constatación fue el comienzo de mi investigación. Me cautivó la complejidad de la familia, que no es ni un sujeto ni una cosa, sino un set de relaciones que no puede pensarse de forma escindida de la arena social, económica y política, que exige pensar en la bisagra misma de lo público y lo privado. Existían, por entonces, pocos trabajos sobre la historia de la familia en el siglo XX y debí ir muy atrás en la reconstrucción. Ahora sé que el juego de temporalidades (la larga y la corta duración) es una estrategia ineludible en estos temas de investigación. Luego, en mi tesis de doctorado, partí de allí para desplegar la pregunta por las redefiniciones en las maneras de vivir, concebir e imaginar las dinámicas de pareja, la sexualidad, las relaciones intergeneracionales y la autoridad. Me interesaba saber cómo se habían constituido determinadas ideas sobre el cambio cultural en torno de la familia y qué lugar ocupó la generación de los años 60 en ese fenómeno.
Efectivamente, su obra abarca un período largo. Una historia de lo familiar, de los vínculos afectivos, ¿exige esa mirada de larga duración?
Sí. Como decíamos antes, pensar las dinámicas familiares, las prácticas vinculadas con las construcciones de género y las elaboraciones en torno de la juventud y la niñez exige necesariamente una larga duración, sin desconocer que estas se articulan con elementos novedosos. Por ejemplo, en Rotos corazones, al reconstruir la significación de las estrategias represivas del terrorismo de Estado contra las militantes secuestradas, resulta crucial recordar que la dominación sexual de las mujeres fue consustancial a la dominación sobre los grupos y pueblos exterminados en el pasado. Es un trabajo sinuoso, pero para mi gusto muy redituable, porque nos muestra el modo en que nuestras prácticas están imbuidas de sentidos muy antiguos. Quizás no hay nada más desafiante al hacer historia que la forma de leer las continuidades y las mutaciones, aquello que permanece y aquello que cambia. Y, al hacerlo, sin duda, partimos de nuestro presente, de nuestras preguntas, organizamos una narración y una explicación diacrónica que coloca el tiempo como una clave sustantiva para comprender los problemas que nos carcomen.
En esos años de formación, ¿quiénes fueron los historiadores e historiadoras que más nutrieron sus propias indagaciones?
Ese retorno a la democracia al que me referí fue un momento extraordinariamente estimulante. Para mí, fue el descubrimiento del giro cultural, de las mentalidades y posmoderno, a la vez que de la historia social clásica. Todo junto: Mijaíl Bajtín, Georges Duby, junto a Eric Hobsbawm y E.P. Thompson. Poco después, el descubrimiento de Carlo Ginzburg con El queso y los gusanos fue decisivo. Esas lecturas se conectaron con una escena intelectual uruguaya de especial vigor. Por un lado, en 1989, José Pedro Barrán, el historiador uruguayo más importante, director del Departamento de Historia Uruguaya y profesor de mi generación, publicó su Historia de la sensibilidad en el Uruguay. Su obra nos mostró que era posible hacer una nueva historia, ocuparnos de las clases populares, discutir con los mitos del «Uruguay, Suiza de América», de la medianía, del país civilizado. Un libro que circuló cuando en el país se imponía la pregunta sobre cómo había sido posible el terrorismo de Estado, fenómeno que, desde cierta perspectiva, puede considerarse máxima expresión del fracaso civilizatorio. Su respuesta cuestionaba de raíz la formación cultural de la sociedad uruguaya y eso se conectaba con las discusiones, también en alza, sobre la identidad de ese país. Por otro lado, se había formado un grupo intelectual ecléctico, de amigos, con José Pedro Barrán, pero también psicoanalistas, como Daniel Gil, Marcelo Viñar (recién llegado de Europa), Hugo Achugar (que venía de Estados Unidos), y Gerardo Caetano y José Rilla, de la camada joven; el editor Pablo Harari, con el sello Trilce. Ahora, con los años, me doy cuenta de que todavía no se ha divisado con justeza el dinamismo de ese momento «uruguayo» a escala regional. Pienso que la derrota del plebiscito en contra de la impunidad, en 1989, renovó el compromiso de estas voces con el espacio público y el lugar de los intelectuales para evitar que la interrogación sobre la dictadura quedase clausurada.
¿Cuál era el clima intelectual y político con el que se encontró en Argentina?
Fue un momento muy estimulante. Para mí, que venía de afuera, los «modernos», como les llamaban críticamente los estudiantes a los historiadores e historiadoras que hegemonizaron el campo en las décadas de 1980 y 1990, me resultaban interesantísimos, supersólidos, renovadores. Fernando Devoto –con grandes vínculos con el grupo ecléctico uruguayo–, gran historiógrafo de Argentina, me orientó. Participé de un grupo plagado de estudiantes desafiantes, lúcidos, acostumbrados a dar exámenes orales. En mi caso, venía de aprobar las materias con trabajos escritos. Creo que casi no hablaba, pero me interesaba todo. Era, por cierto, un contexto difícil, en medio del menemismo, con políticas de investigación muy restringidas. Fue en aquellos años cuando el ministro de Economía, Domingo Cavallo, mandó a lavar los platos a la prestigiosa Susana Torrado, socióloga y demógrafa. En esa coyuntura, me di cuenta de que no podía hacer historia sobre Uruguay, que exigía viajar constantemente y, también de que, si me iba a quedar, tenía que ocuparme de la historia argentina. Decidí hacer una maestría –un punto intermedio– antes que el doctorado en el Programa de Historia de la Universidad de San Andrés, que recién se creaba, donde compartí la formación con cohortes de estudiantes muy enriquecedoras y tuve la suerte de encontrarme con Lila Caimari, una interlocutora imprescindible.
En su obra, la dimensión más íntima, lo cotidiano, opera como clave explicativa de los procesos de la política. ¿Cómo influyeron en su investigación los feminismos con su eslogan: «Lo personal es político»?
Cuando comencé a recorrer estas líneas de trabajo, descubrí la historia feminista. La lectura de Joan Scott fue sustancial para comprender la categoría de género, como les sucedió a muchas otras colegas. Sigo leyéndola. Fue clave para entender el sentido constitutivo del género en las relaciones de poder y me animó a preguntarme por la masculinidad, la virilidad, al igual que por las dinámicas políticas generizadas. Fueron sumándose nuevas lecturas. Por ejemplo, la antropóloga Rayna Rapp, con quien entendí en toda su profundidad el hecho de que la familia no puede pensarse escindida de las grandes arenas sociales, económicas y culturales, con una crítica radical a la visión no solo funcionalista, sino también de la historia de la modernidad. Estaba, también, el grupo nucleado en el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género de la Universidad de Buenos Aires, que se había creado en 1997, con Dora Barrancos y un grupo de investigadoras más jóvenes que estaban produciendo la Historia de las mujeres en la Argentina (Fernanda Gil Lozano, Valeria Silvina Pita y María Gabriela Ini). Entre ellas estaba Marcela Nari, gran historiadora feminista argentina, con quien me encontré y que me prestó muchísimos libros. Pero, aunque pensé que aquel sería el comienzo de una larga conversación, ella murió en un accidente muy tempranamente. Su libro Políticas de maternidad y maternalismo político fue una fuente de inspiración. Mi investigación avanzó a medida que se consolidó el campo de estudios feministas y de género, que se volvió ineludible. En los últimos cinco años, la historia de las mujeres o la historia feminista ha terminado incorporándose como herramienta para la comprensión de fenómenos muy diversos, convirtiéndose en un gran capital para nuestra mirada histórica. El riesgo es que pueda vaciarse de sentido, que hagamos una incorporación repetitiva, normalizada, de esa clave. Es decir, que se vuelva doxa.

Ha dictado cursos también en Estados Unidos y ha tenido estancias de investigación en universidades de ese país. ¿Cómo se construye el intercambio académico entre lo que se produce sobre América Latina en el norte y lo que producimos desde América Latina?
Durante muchas décadas, en nuestras universidades, la historia latinoamericana tuvo un lugar muy limitado, reducido y con escasos recursos. Era muy difícil acceder a la producción sobre la historia de otros países. Y, por el contrario, los centros latinoamericanistas anglosajones en Estados Unidos y Europa hacían de la visión de conjunto sobre América Latina un elemento basal de su dinámica de producción. Creo que esto en parte ha cambiado. Por un lado, porque la expansión de los sistemas científicos latinoamericanos de los últimos 15 años fortaleció la investigación y los diálogos en nuestro continente. Nos permitió crear redes, revistas, instancias de intercambio. Por otro lado, porque las historiadoras y los historiadores de América Latina pudimos, con éxito dispar, dar la batalla para incorporarnos a las discusiones de escala internacional y crear alianzas, entre nosotros y nosotras, y a la vez con colegas que están en esos centros y están dispuestos a confrontar con las dinámicas desiguales de visibilidad y consagración que nos siguen desplazando a un lugar marginal. Aunque no es fácil, creo que no tenemos que rescindir ese esfuerzo. En mi caso, he apostado a un doble movimiento: de creación de redes latinoamericanas (como la Red de Estudios de Historia de las Infancias en América Latina, que fundamos con un grupo de colegas en 2015) y vínculos fuertes con centros y colegas de la región.
El libro Rotos corazones aborda «las historias de amor de una generación militante» y, en esa indagación, subraya algunas tensiones dentro de las organizaciones revolucionarias de la década de 1970. Una de esas tensiones aparece entre la nueva agencia de aquellas mujeres y el machismo persistente de sus compañeros; la otra es entre la revolución sexual discreta que estaba en marcha y el cristianismo y la moralidad de algunos sectores. ¿Qué novedades cree que aporta a la historia esta investigación?
El proyecto comenzó cuando me di cuenta de que era posible y necesario volver a pensar a las organizaciones de izquierda con relación a la sexualidad y el género. No porque no existiese el machismo ni la desigualdad de las mujeres, sino porque era posible pensar que esas cuestiones habían sido una arena de contienda sustantiva en las dinámicas internas de las organizaciones revolucionarias de los años 70. En ese sentido, el libro cuestiona las visiones unívocas que solo registraron el moralismo y el machismo. Sostengo que no existía una visión hegemónica, sino múltiples posiciones, que esas diferencias generaron conflictos y motorizaron luchas en las prácticas políticas mismas. Diría que gran parte de las mujeres que participaron en organizaciones de izquierda –no solamente en las armadas– se concebían legítimamente como protagonistas políticas, con liderazgo, con derecho y capacidad para estar a la par de sus compañeros varones. Claro que esas percepciones chocaron con los techos de cristal que aún vivimos hoy. Pero, además, me di cuenta de que las cuestiones vinculadas con el deseo, los afectos y las relaciones de pareja eran cruciales para entender la praxis de esas organizaciones y de la propia lucha política. Esas son dos claves nuevas que este libro ofrece para entender el ascenso y también la declinación y la derrota de esta izquierda revolucionaria.
En este libro plantea una discusión con aquellas posturas que caracterizaron la radicalización como un fenómeno de juventudes de clase media urbana. ¿Qué aporta este trabajo en ese sentido y por qué cree que esa discusión mantiene relevancia para pensar este presente?
Sigue estando extendida la idea de que la radicalización política involucró exclusivamente a la juventud de clase media, los chicos enojados y las chicas enojadas con sus padres. No hay duda de la clave generacional ni del papel de los jóvenes de clase media, pero creo que esta visión –en parte originada en la época por los propios actores, como el libro explica– es equívoca. En primer lugar, desconoce la existencia de contingentes de jóvenes de clases trabajadoras y populares, de zonas obreras, que fueron parte de la radicalización y de las propias organizaciones, como han venido trabajando varios colegas. Según el Nunca Más, el 30,2% eran obreros, con tal denominación, sin contar las menciones de 10,7 de empleados y 5,7% de docentes. En el libro reconstruyo los perfiles de ciertos militantes, como Sabino Navarro, líder montonero de la primera hora, de origen popular; también noto la existencia de uniones interclasistas. En segundo lugar, esa visión acotada ocluye la comprensión de las propias dinámicas internas de las organizaciones en las que confluyeron personas con diferentes orígenes sociales, culturales y familiares. En tercer lugar, si entendemos la política como la capacidad de conectar con «otros» y salir del universo propio –condición para que todo proyecto crezca–, no puede explicarse el auge de la movilización social y política entre 1969 y 1972 sin considerar que estas fuerzas construyeron organizaciones de masas capaces de forjar apoyos multiclasistas y transversales. Finalmente, esta discusión es importante por sus implicancias en el presente. Solo es posible refundar un proyecto de cambio político de izquierda pensando fortalecer puentes mediados por convicciones y lazos de empatía y afecto entre personas de diferentes condiciones sociales. Esto exige, también, que esos nuevos colectivos o recreaciones de fuerzas existentes sean capaces de volver a convertir la política en una herramienta para imaginar un futuro diferente al presente, un futuro deseable, más allá de los intereses propios más inmediatos.
¿Qué decisiones metodológicas implica trabajar la intimidad y los afectos como fuentes históricas, para que iluminen lo colectivo sin desplazar el foco de la investigación hacia lo anecdótico o lo privado en sí mismo?
Es una pregunta muy importante. Una de las ideas que yo quería subrayar es que lo que sucedió no estaba prefijado: había múltiples posibles futuros en cada momento. Eso exigía no solamente la reconstrucción política, sino también una reconstrucción fina sobre las mutaciones en las interacciones y en lo afectivo, en momentos de gran dinamismo político que intervenía sobre ambas dimensiones, en la praxis y la sensibilidad revolucionaria. Fue un gran esfuerzo seguir las cambiantes tramas afectivas en esos años tan vertiginosos, sistematizar algunas dinámicas y estar atenta a las mutaciones. Un segundo desafío era ocuparme de una experiencia que, finalmente, terminó en una tragedia, a partir de la zona porosa de la intimidad y la política, sin banalizarla. No podía desconocer que gran parte de los protagonistas aún siguen desaparecidos. Tuve muchas dubitaciones: ¿cómo abordar esas historias de vida, esas uniones y rupturas, las «dobles relaciones», como llamaban los militantes a tener más de un vínculo amoroso simultáneo, que le daban carnadura a mi relato? He intentado evitar promover una mirada voyeur y morbosa. Hay partes del libro sin relatos ni descripciones concretas por una decisión muy consciente. Las historias están colocadas allí donde me parecía que eran necesarias para transmitir la interpretación de modo más claro.

¿Hay alguna de las historias contadas en Rotos corazones que la haya atrapado especialmente, que le haya resultado más sugerente para pensar y comprender a esa generación?
Las historias fueron enormemente importantes y solo han quedado mencionadas algunas de ellas. Por un lado, la historia de algunos líderes cuya condición de tales permite acceder a más bases documentales y conocer mayores detalles, como sucede con las historias de Roberto Santucho, Ana María Villarreal o Clarisa Lea Place, del Partido Revolucionario de los Trabajadores y el Ejército Revolucionario del Pueblo, o de Roberto Quieto. Pero, quizás, hay un flechazo, el de Cristina Muro y Carlos Alberto Chiappolini («Lito»), que se produjo en Ezeiza en junio de 1973, que me permitió comprender el momento alto de la conexión entre el amor romántico y el amor a la causa revolucionaria, y su relación con el grupo de compañeros y compañeras, amigos y amigas en la militancia y la sensibilidad de izquierda. Se enamoraron y se casaron en medio del frenesí abierto por el triunfo del candidato peronista Héctor Cámpora, y su historia me iluminó para recrear la hondura de la angustia, el miedo y el dolor en los años en que los segó la represión, el secuestro y la desaparición de Lito.
¿Rotos corazones se refiere también a las prácticas y los consumos culturales de toda una generación en un sentido más amplio, más allá de quienes se enrolaron en una militancia activa?
En el breve frenesí de 1973, durante la expansión de la cultura militante, emergieron fenómenos masivos en los que esa cultura tuvo un papel central. Fenómenos que expresaron y, al mismo tiempo, alimentaron una sensibilidad revolucionaria de ecos muy profundos en buena parte de esa generación que, aunque no siempre participó orgánicamente en organizaciones políticas, compartió estéticas, espacios y aspiraciones comunes, y creyó que se estaba fraguando un cambio radical. Esa conexión densa quedó expresada en el poema de Mario Benedetti «Te quiero», que tuvo gran raigambre y se convirtió en parte incluso de las propias prácticas amorosas de muchos entrevistados o entrevistadas, que lo usaron, por ejemplo, para declararse o manifestarse amorosamente. Mi intención fue componer un fresco de una época: es un libro que habla de la historia de esos años, dándole mucha atención a la reconstrucción del dinamismo político, siguiendo muy de cerca los acontecimientos.
Si en la década de 1970 la rebeldía juvenil se expresó en lenguajes emancipadores de izquierda, ¿cómo caracterizaría hoy los proyectos políticos que interpelan a las juventudes en América Latina y en el mundo?
Es una pregunta muy relevante, que excede a mi investigación y ante la que no tengo una respuesta definitiva. El libro se llama Rotos corazones no solo para aludir a los sufrimientos de esos militantes ante la represión del terrorismo de Estado y el dolor indeleble por las muertes, sino también por el hecho de que las promesas de la democracia de mejorar la inclusión, los derechos y las condiciones de igualdad quedaron frustradas. En ese sentido, el hecho de que la derecha prometa un horizonte deseable para grandes mayorías –en las que se destacan las juventudes– es el resultado de aquellas promesas incumplidas. Para comprender, es necesario considerar las brechas nuevas de desigualdad, las profundas fracturas sociales, el truncamiento en las proyecciones a futuro de los jóvenes a raíz de la exclusión. De igual modo, como se ha señalado, la cuarentena y el encierro debido a la pandemia de covid-19 han sido claves. Existe una necesidad de escucha nueva. Tomando una imagen del libro, este tiempo requiere una nueva creatividad para seducir, realizar una crítica profunda y la emergencia de nuevos actores para refundar la izquierda. La gran cuestión es cómo recrear un «nosotros» en el que puedan articularse la esperanza de futuro y la posibilidad de que un proyecto emancipador recobre para sí la idea de «cambio».
Los discursos de las nuevas derechas ponen en el centro muchos aspectos nodales de su trabajo como investigadora: se revisita el pasado, se cuestiona el feminismo, se pone la familia en el centro de diversas batallas. ¿Cómo la interpela ese debate público tan crispado alrededor de estos temas?
Mientras terminaba de escribir el libro, pensaba en ciertos hilos de semejanzas que están presentes en la actualidad y que tienen mucha conexión con los años analizados aquí. Primero, la enorme incertidumbre cotidiana y política que vivimos con relación a las crisis económicas. En segundo lugar, en la actualidad estamos atravesando también un momento de grandes batallas en torno de las prácticas y las ideas sobre el género, la sexualidad, la vida amorosa, la paternidad y la maternidad. No resulta extraño que estas transformaciones produzcan reacciones de gran virulencia que tratan de reafirmar valores e ideas vinculadas a una composición que podemos llamar tradicional, que siempre es mutable. Las batallas culturales se potencian en un momento de transformaciones y de disputas nuevas. Quizás, en tercer lugar, ciertas ideas que están usando las derechas, que especulan con imaginarios, reponen enemigos y un valor de nación como algo completo y absoluto, que se define sin tener en cuenta las diferencias políticas y sociales. Dicho esto, quisiera resaltar que estamos en otro momento histórico; de ninguna manera estamos en los 70. Y, también, decir que la historia es contingencia y la política exige, siempre, saber que no hay hegemonía total ni completa.
En 2025 pasó un semestre en Estados Unidos, en coincidencia con la asunción de Donald Trump a la Presidencia. ¿Qué tensiones notó en el ámbito académico durante esa estancia?
Llegué a Estados Unidos poco antes de la asunción de Trump. Los efectos del nuevo gobierno fueron inmediatos. Los recortes de fondos federales descabezaron proyectos de enorme importancia, con compromisos creados que debieron suspenderse. También se amplificaron, porque ya existían, las detenciones y las deportaciones de inmigrantes, que no solo involucraron a los trabajadores de las clases populares, sino también a estudiantes extranjeros. Pude notar tanto los temores como las persecuciones ideológicas en sí mismas, no solo a raíz de la guerra de Gaza, sino, como sucede con la censura, con una expansión de las cuestiones que se conciben peligrosas, de modo alarmante. Quisiera decir que me sorprendió, también, el compromiso de muchos colegas que se organizaron, armaron proclamas y salieron a colaborar de múltiples formas en defensa de quienes están siendo perseguidos. Me resultó muy conmovedor e interesante notar que existían estudiantes y colegas norteamericanos que estaban recuperando las tradiciones de lucha en América Latina contra el autoritarismo para aprender y nutrirse.
¿Cuál es su próximo proyecto de investigación?
Junto a la historiadora norteamericana Michelle Chase, acabamos de publicar un libro sobre la Revolución Cubana y las dinámicas transnacionales tradicionales y la nueva izquierda a escala global (The Cuban Revolution and the New Left: Transnational Histories of Gender, Sexuality and Family, Florida Press, 2026). De algún modo, es un libro programático que prolonga un número de la Radical History Review que editamos en español en 2020. Allí se propone pensar no solo cómo Cuba exportó la revolución, sino también cómo ciertos procesos globales –como los movimientos feministas y LGTB, la expansión del consumo– impactaron dentro de Cuba. Es una edición con 11 artículos que parten de la vida cotidiana, de lo familiar, de las dinámicas de género para entender la expansión de la Revolución Cubana, la promesa de que era la renovación de la izquierda, y también nos detenemos en sus fracasos y sus derrotas. En simultáneo, he estado trabajando en una historia de la infancia y la política. Creo que estamos frente a una nueva contienda por definir el futuro, y que los niños y niñas están en el centro de esas disputas. No es posible desconocer que más de 60% de los niños viven en hogares con privaciones económicas en Argentina. Vale la pena pensar qué nos enseña la historia para pensar este contexto tan grave.
[Foto: Tomás Crenzel - fuente: www.nuso.org]