sexta-feira, 16 de outubro de 2026

JOHANN CHAPOUTOT, historiador: «El pueblo nunca votó mayoritariamente a los nazis. A Hitler lo auparon militares y empresarios»

No es fácil concertar una cita con Johann Chapoutot, el autor de Los irresponsables. ¿Quién llevó a Hitler al poder?, libro que, desde que se publicó en febrero de 2025, se ha convertido en un éxito comercial inesperado, con más de 70.000 ejemplares vendidos en Francia y traducciones a múltiples idiomas. Año y medio después no parece haber día en que el historiador de La Sorbonne, que nació hace 48 años en un pueblo pescador de Provenza, no aparezca en varios canales de la esfera pública francesa. 

Johann Chapoutot

Escrito por Sebastiaan Faber

Es lógico. El 10 de septiembre, Chapoutot publicó La Bascule (El balancín), que retoma el relato donde lo dejó Les Irresponsables. El libro salió cuatro días después de que la ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD) registrara una victoria electoral histórica –un 44 por ciento– en el estado de Sachsen-Anhalt. En abril y mayo, Francia celebrará sus propias elecciones presidenciales, en las que participará Marine le Pen, la líder del ultraderechista Rassemblement National, quien, a pesar de su reciente condena por corrupción, encabeza los sondeos con más de un 30 por ciento de la intención de voto. Los franceses, en fin, buscan explicaciones y consejos, y Johann Chapoutot está encantado de dárselos. Como escribe en el epílogo a La Bascule: “Nos guste o no, la historia de 1933 nos habla”.

Los libros anteriores de Chapoutot, que se centraban en las raíces culturales y filosóficas del nazismo, levantaban polémica porque identificaban las huellas del nazismo en el presente mundo neoliberal. Así, Libres para obedecer. El management desde el nazismo hasta hoy (2020), vincula el pensamiento nazi con la cultura empresarial del siglo XXI. Les Irresponsables, en cambio, es una obra de historia política: abarca el período desde marzo de 1930 a enero de 1933, cuando el bloque liberal-autoritario alemán –en el que se reunían intereses empresariales, partidos conservadores y nacionalistas, medios reaccionarios y élites tradicionales– se preocupó ante su pérdida de apoyo popular y decidió intentar conservar el poder del modo que fuera. Acabó no solo por aliarse con la extrema derecha sino por instalarla en el poder. La Bascule narra los seis meses siguientes, del 30 de enero al 14 de julio de 1933, en los que se produjo la propia toma del poder de los nazis.

Entre ambos libros, Chapoutot propone tres argumentos centrales. Primero demuestra que, en contra de lo que se suele afirmar, nunca hubo una mayoría electoral alemana que apoyara a los nazis. Segundo, explica que estos solo pudieron hacerse con el poder porque las élites –unas élites altamente irresponsables– les allanaron el camino. Tercero, recalca la importancia de investigar estos hechos históricos de forma rigurosa en la medida en que nos permiten comprender nuestro propio presente político. El propósito de La Bascule, escribe en el epílogo, ha sido explicar, “retroiluminado por la actualidad que desfilaba ante nuestros ojos atónitos”, cómo “una banda de granujas incompetentes, corruptos y violentos, halagados, financiados y sostenidos por todos los colaboradores que el capitalismo es capaz de encontrar, hacía bascular a un país hacia el fascismo”. Y: “Si alguien todavía se preguntaba cómo pudieron actuar los nazis, con toda serenidad, entre 1933 y 1939 ha tenido la respuesta casi a diario desde enero de 2025”.

Para los medios franceses, Chapoutot es el invitado ideal. Se expresa de forma clara y comprensible, no rehúye las aseveraciones polémicas y logra transmitir la relevancia –y la urgencia– de la investigación histórica. “Hoy como ayer”, escribe, “la ultraderecha seduce a una parte del electorado, pero no lo suficiente como para llegar al poder ella sola”. Subraya que “nada está escrito”: la historia, siempre contingente, nos da pistas que nos permiten evitar que se repita. Eso sí, hay que ponerse las pilas –las antifascistas, para entendernos–.

El profesor me atiende en francés, por videoconferencia, a finales de septiembre.

La historia política es para usted un campo relativamente nuevo.

En efecto. Mis libros anteriores a Les irresponsables se dedicaban a la historia cultural, partiendo de la idea de que vale la pena tomar en serio los discursos de los actores sociales. Trabajé sobre la visión nazi de la historia –en particular, del mundo clásico– y, posteriormente, sobre la normatividad nazi en el derecho y la filosofía moral. Solo hace dos años decidí interesarme por la forma en que los nazis se hicieron con el poder y cómo pudieron prosperar en él.

Algo tendría que ver la situación política que atraviesa Europa.

Evidentemente, como en toda historia, las preguntas que le planteo al pasado son las del presente. Y como ciudadanos europeos, estadounidenses u occidentales del siglo XXI, es comprensible que nos llame la atención la forma en que se crean los movimientos de extrema derecha y cómo se instalan en el poder.

Las sociólogas francesas Sarah Gensburger y Sandrine Lefranc sostienen que el auge de la extrema derecha en Francia y el resto de Europa pone de manifiesto el fracaso de la enseñanza de la historia y de las políticas de memoria, sobre todo con respecto al Holocausto.

Me parece que tienen toda la razón, sobre todo en la medida en que las llamadas “políticas de la memoria” suelen revestir, más bien, una forma de catecismo. Al hablar del “deber” de la memoria, al moralizar la relación con el pasado y al enfocarlo como una cuestión de valores, se acaba por desarrollar un discurso que está totalmente desvinculado de la realidad social que viven los alumnos, los estudiantes o los ciudadanos. Como historiador, considero que, más que formular un discurso sobre la memoria, es preferible, directamente, hacer historia. Y eso es lo que intento hacer en estas dos últimas obras. Trato de analizar una realidad histórica concreta, con los archivos en la mano, para hacerme una pregunta también muy concreta: ¿Quiénes fueron los actores sociales que decidieron que era pertinente, razonable, racional y deseable llevar a la extrema derecha al poder? Creo que la verdadera escuela de ciudadanía no es la recitación conmemorativa, que llega a ser una especie de versión degenerada de la religión –una religión, además, mecánica y bastante aburrida–; no, la verdadera escuela de ciudadanía está en el cuestionamiento activo, vivo, del pasado. Esto es, en hacer historia.

En su trabajo, identifica a los facilitadores del ascenso del nazismo: las élites económicas, el ejército, la Iglesia católica, las universidades, el funcionariado –incluida la judicatura– y la prensa. No sorprende que el gran capital prefiera un régimen no democrático a un gobierno democrático que pueda amenazar sus intereses. ¿Es posible que hoy desempeñe un rol similar?

Como demuestro en el libro, la patronal alemana de los años treinta cambió de bando con bastante rapidez, incluso antes de que los nazis llegaran al poder. Pero me parece que la patronal actual estaría menos dispuesta a aprobar una solución de este tipo. Por un lado, porque no deja de pesar la memoria de los años treinta y cuarenta, que, en este caso, se manifiesta como un vago remordimiento por la actuación del gran capital alemán bajo el nazismo. Por otra parte, hay una cuestión de interés inmediato, y es que la patronal alemana necesita la inmigración. Si no se sube al carro de la ultraderecha, en otras palabras, no es por ninguna sublime filantropía, sino simplemente por un cálculo oportunista.

En el relato que nos cuenta sobre la subida al poder nazi, no deja de chocar la complicidad de las universidades y la prensa.

Bueno, esto es importante verlo en el contexto de la época. Los universitarios en 1933 procedían de un grupo social muy reducido, en el que los valores –digamos– del progresismo y el universalismo no eran los más extendidos. Más bien eran personas procedentes de los sectores más conservadores de la sociedad, incluso los más reaccionarios. Como ya descubrí cuando estaba haciendo mi tesis doctoral sobre el nazismo y la Antigüedad, en el mundo universitario había excelentes antinazis que llegaron a ser auténticos nazis.

¿Y hoy?

Lo veo más difícil. En los años treinta, los universitarios tenían una concepción particularista de la cultura. Nosotros, en cambio, tenemos una concepción universalista. Después de 1945, y sobre todo en los años sesenta, se produjo una masificación de la educación superior, acompañada de una mayor diversidad social. Hoy tenemos una concepción más abierta del acceso a la cultura y una concepción más universalista de la inteligencia.

En Estados Unidos, sin embargo, hemos visto cómo muchas universidades se han plegado, casi sin chistar, a las exigencias de Trump.

Sí, pero es importante señalar que si las universidades son objeto de ataques por parte de la extrema derecha –como lo son las norteamericanas, pero también, por ejemplo, las argentinas– es precisamente por esos cambios que se produjeron desde los años sesenta. También es cierto que para los nazis fue más fácil atacar a las universidades. Hoy, los ataques se enfocan ante todo en los canales de financiación de la investigación. Y sí, la actitud de algunas universidades en Estados Unidos ha sido lamentable, aunque Harvard impugnó al Gobierno de Trump en los tribunales y ganó. También es importante recordar que ha habido amenazas explícitas contra ciertos investigadores, como a Mark Bray, un gran especialista en antifascismo, quien tuvo que abandonar Estados Unidos y refugiarse en España.

Los académicos están en primera línea de fuego.

La ultraderecha ha puesto a  los intelectuales en el centro de la diana, se han convertido en una fuerza de combate.  Y esto se aplica aún más, si cabe, al campo historiográfico. Por su enfoque de elucidación crítica, para la ultraderecha siempre constituirá un peligro, una presencia insoportable. Por tanto, siempre tendrá en la diana a las y los historiadores.

Usted no ha rehuido esa primera línea. Como intelectual público, ha asumido un papel destacado como analista crítico de la ultraderecha, tanto en Alemania como en Francia, subrayando sus vínculos históricos con movimientos nacionalsocialistas y fascistas.

Yo me considero un profesor e investigador de la Historia. Y este, para mí, no es un papel que se limite a mi universidad. En primer lugar, porque la enseñanza es un servicio público. Pero fíjate que, en Francia, además, el vínculo entre Historia y ciudadanía –y entre Historia y República– es consustancial. Recordemos que fue la Tercera República la que hizo obligatoria la enseñanza de la historia en todos los niveles educativos, desde los seis hasta los 18 años. Por lo tanto, cabe decir que existe una especie de osmosis o fusión entre la historia y la ciudadanía en la Francia contemporánea. La actividad de profesor-investigador en Historia, en otras palabras, es consustancial con la reflexión política. Desde ese punto de vista, no tengo la impresión de estar haciendo nada extravagante al responder a solicitudes de los medios de comunicación o a invitaciones a conferencias para hablar de los resultados de mis trabajos en el ámbito público.

Pero en su caso ese ámbito no se limita al territorio francés: escribe sobre Alemania, un país cuya relación con Francia siempre ha sido compleja. ¿Cuál ha sido la recepción de su trabajo al otro lado del Rin?

Tengo el privilegio y el honor de que mis obras se traduzcan al alemán, algo que no es nada fácil. Cuando eres un extranjero, no es seguro que te traduzcan en el país sobre el que investigas. Y la verdad es que mis trabajos han tenido buena acogida. Por otra parte, lo que digo en Les irresponsables y en La bascule se ajusta bastante bien a lo que hacen mis colegas alemanes sobre el tema –colegas a los que, por supuesto, leo y cito con frecuencia–. El último libro de Peter Longerich, por ejemplo, también hace hincapié en la escasa adhesión de los alemanes al nazismo en sus inicios.

Yo estaba pensando en la influencia que tuvo, en su día, un historiador extranjero como Robert Paxton en la autoimagen de Francia y el colaboracionismo de Vichy.

Ya. Pero a estas alturas, en temas como Vichy o el Tercer Reich, el intercambio internacional es intenso. Existe una comunidad internacional de investigadoras e investigadores. Mantenemos un diálogo entre todos, nos relacionamos, nos invitamos mutuamente, etcétera. Por lo tanto, yo diría que la nacionalidad de cada uno ya no entra en juego tanto. Quizá para mí el ser francés fuera un factor cuando era un historiador novato. Cuando mi tesis sobre la percepción de la Antigüedad en el nacionalsocialismo se publicó en Alemania, yo era un desconocido, por lo que hubo reacciones por el hecho de que, como historiador francés y sin ser clasicista, trabajara ese tema. Pero eso se desvaneció rápidamente en favor del reconocimiento de que yo hacía un tipo de historia que mis colegas alemanes no hacían. Por ejemplo, mis investigaciones sobre la visión nazi de la historia o sobre la normatividad nazi jurídica y moral pertenecen a lo que se podría llamar una historia culturalista. No es un tipo de historia que los alemanes suelan practicar. El suyo es más bien un paradigma de historia social, externalista y objetivador. Pero al final esa diferencia solo ha servido para que se interesaran más en mi trabajo.

Hablemos de Francia. ¿Cuál ha sido el papel de Emmanuel Macron en el ascenso de la ultraderecha?

Macron ha sido elegido dos veces para hacer de barrera contra la extrema derecha. En las segundas vueltas fue elegido, directamente, por personas que solo querían evitar que la extrema derecha llegara al poder. Pero en lugar de actuar como barrera a la extrema derecha, le ha abierto un bulevar. Ha tendido un puente con ella al retomar sistemáticamente sus términos, temas y tesis.

Otro paralelo con 1933, pues.

La actitud y actuación de Macron constituyen un ejemplo más de lo que yo denomino “los irresponsables”. Se basa en la connivencia entre la extrema derecha y el extremo centro: entre la extrema derecha que conocemos y ese centro que se autoproclama moderado –por encima de los partidos, y más allá de la derecha y la izquierda–, pero que en realidad es extremista en su voluntad de concentrar el poder, de centralizar las cosas y de rechazar toda oposición. Se consideran los más competentes y estiman que el poder les corresponde de hecho. Los puntos de alianza entre la extrema derecha y el centro extremo son muy numerosos. Tienen el mismo electorado –básicamente jubilados que quieren proteger sus prestaciones o ricos que quieren proteger sus rentas–. Tienen los mismos mecenas, el gran capital. Tienen la misma filosofía antropológica, el darwinismo social. Y tienen el mismo enemigo, que es la izquierda, sea cual sea. No sorprende, por tanto, que la alianza funcione bastante bien. De hecho, cabe decir que la fusión entre la extrema derecha y el extremo centro ya se ha producido. Los votos de los diputados macronistas, tanto en la Asamblea Nacional francesa como en el Parlamento Europeo, son casi siempre idénticos a los de la extrema derecha. Defienden los mismos intereses. Tienen la misma concepción de la sociedad y del Estado. Y la misma concepción del futuro.

Hablando del futuro: en sus libros y entrevistas se opone al fatalismo histórico, subrayando que “nada está escrito”. Pero las analogías con el pasado que establece, ¿no acaban precisamente por fomentar el fatalismo?

No, al contrario. Porque identificar esas analogías permite distinguir a los actores sociales, sus intereses y sus tácticas o estrategias. Así pues, permite identificar quién está moviendo los hilos y, por lo tanto, permite actuar de forma cívica a la hora de votar –por ejemplo, evitando votar a quienes allanan el camino a la extrema derecha, participando en manifestaciones, etcétera–. La reflexión analógica es, en definitiva, un trabajo de elucidación histórica que nos permite comprender mejor a qué nos enfrentamos y qué está en juego. Y, por lo tanto, nos invita a la acción. Una acción, además, informada.

Con respecto a la posibilidad de resistencia, usted subraya que, en la Alemania de 1933, la izquierda antifascista era mayoritaria, pero se encontraba fracturada por la tremenda hostilidad que había entre los socialistas del SPD y los comunistas del KPD.

Exacto. Además, hay que matizar. El SPD, que rechazó la alianza con los comunistas en 1932 y que luego rechazó la acción conjunta en 1933, había aprobado durante varios años, desde septiembre de 1930, la política de austeridad. El problema no solo fue el conflicto con el KPD, sino el hecho de que una izquierda que renuncia de forma tan rotunda a ser de izquierdas no consigue despertar el entusiasmo, la adhesión y la resistencia de los ciudadanos.

Una pregunta final. En su lectura de la historia alemana, atribuye una gran responsabilidad a las élites. ¿Es un historiador populista?

Bueno, el término “populista” es complejo y, además, se utiliza mal en el ámbito público de Estados Unidos; hace referencia a una filosofía política del siglo XIX, aunque hoy también se usa para describir una estrategia política. Yo no me incluyo ni en uno ni en otro. Yo lo que hago es nombrar a los actores sociales y describir las estrategias de aquellos actores sociales que llevaron a los nazis al poder –y que luego permitieron que los nazis prosperaran durante los primeros seis meses de 1933–. ¿Cuál era el contexto alemán en aquella época? A partir de la dimisión del canciller socialdemócrata, en marzo de 1930, ya no hay democracia en Alemania. Los gobiernos y los cancilleres son nombrados independientemente del resultado de las elecciones. Todo se concentra, en virtud de los poderes de excepción del artículo 48, apartado 2, en manos del presidente del Reich y de su entorno. Así pues, los principales actores sociales que están al mando de Alemania en aquella época no son las masas populares, ni los sindicatos, ni los partidos de izquierda. Se trata de un grupo muy reducido –la famosa camarilla, como se decía con una expresión española– que, por otra parte, representa a sectores sociales bien identificados: hay militares, banqueros, grandes terratenientes y empresarios. Y fueron precisamente esos grupos sociales los que tomaron la decisión de llevar a los nazis al poder. Por lo tanto, yo como historiador no me adhiero a ningún “ismo”, salvo a una forma de positivismo histórico que consiste en decir cuál es la realidad. Y lo hago, además, con el fin de desmontar los discursos fantasiosos que se mantienen sobre este periodo, según los cuales sería el pueblo alemán el responsable del ascenso de Hitler, cuando nunca se votó mayoritariamente a los nazis. ¡Pero nunca! Es un discurso que también vemos resurgir hoy. Otro tipo de discurso fantasioso que ha vuelto hoy es que todo sería la culpa de la izquierda. Del mismo modo que los megaincendios en España y en Francia de este verano serían culpa de… ¡los ecologistas! Es todo totalmente descabellado.

 

[Foto: Francesca Mantovani - fuente: www.ctxt.es]

Bolsonaro, favori des élections brésiliennes, alors que des accusations d’ingérence américaine fusent

Le Brésil subit des pressions pour « choisir » entre Washington et Pékin alors que Flávio Bolsonaro laisse entrevoir un resserrement des liens avec les États-Unis – sur fond d’accusations d’ingérence américaine. Toutefois, les intérêts de l’agroalimentaire et de l’armée pourraient empêcher une rupture décisive avec la Chine et les BRICS. Quoi qu’il en soit, le Brésil reste « encerclé » par le néo-monroisme de Washington. 

Écrit par Uriel Araujo

Flávio Bolsonaro est donné favori pour remporter le second tour de l’élection présidentielle brésilienne le 25  octobre,  devançant légèrement Lula da Silva selon les sondages. Son père, l’ancien président Jair Bolsonaro, est toujours assigné à résidence.

On observe des signes d’érosion politique au sein du « lulisme ». Lula a 80 ans, et son parti a dirigé le pays pendant 18 des 24 dernières années.

Beaucoup pensent qu’une victoire de Bolsonaro entraînerait un réajustement de la politique étrangère, remplaçant l’influence chinoise par un rapprochement avec les États-Unis, tout en éloignant le Brésil des BRICS. La famille Bolsonaro est largement associée à l’extrême droite pro-américaine.

Ce raisonnement a du mérite, mais ne rend pas compte de toute la réalité. Flavio a déjà signalé certaines limites, en déclarant qu’il travaillerait aussi bien avec les États-Unis qu’avec la Chine et qu’il « ne prendrait pas parti », insistant sur le fait que son camp, c’est « le peuple brésilien ».

Dans son programme politique officiel, il promet une diplomatie guidée par le « professionnalisme » plutôt que par l’idéologie – celle-ci impliquerait de multiples engagements : de Pékin à l’Union européenne, et de Washington aux marchés asiatiques.

Même son frère, Eduardo Bolsonaro, plus controversé, qui avait autrefois été largement pressenti pour occuper le poste de ministre des Affaires étrangères, s’est exprimé dans le même sens : rétablir les liens avec les États-Unis tout en préservant les opportunités économiques avec la Chine, en réduisant les asymétries et en surveillant de près les secteurs sensibles.

Flavio Bolsonaro n’est pas son père. Le gouvernement de Jair Bolsonaro lui-même a découvert le prix de l’idéologie : l’antagonisme ouvert du ministre des Affaires étrangères, Ernesto Araujo, envers Pékin s’est heurté aux exportateurs du secteur agroalimentaire, qui dépendent du marché chinois. Le Congrès, le lobby agricole et les conseillers militaires ont exercé des pressions jusqu’à ce qu’Araujo démissionne en 2021. La Chine représente 30 % des recettes d’exportation du secteur agroalimentaire brésilien, contre seulement 7 % pour les États-Unis – une réalité structurelle qu’aucun président ne peut ignorer.

Jair Bolsonaro lui-même a par la suite cherché à renforcer la coopération commerciale et dans le domaine des sous-marins nucléaires avec la Russie, montrant ainsi à quel point la rhétorique et la pratique peuvent diverger.

Les signaux économiques envoyés par Flavio vont dans le même sens : tout en mettant l’accent sur la maîtrise des dépenses et la confiance des marchés, l’équipe de technocrates chargée d’élaborer ses mesures budgétaires et économiques s’inspire largement du courant pragmatique. Il est donc raisonnable de s’attendre à un pragmatisme similaire en matière de politique étrangère.

Jérusalem offre un autre précédent : Jair, son père, avait promis d’y transférer l’ambassade du Brésil, mais s’était finalement contenté d’un bureau commercial après que ses partenaires du Moyen-Orient eurent menacé de représailles commerciales. Flavio a réitéré cette promesse concernant l’ambassade, très populaire auprès d’une partie de sa base évangélique, mais le même calcul commercial s’applique toujours.

Le nouveau « Shield of the Americas » (Coalition contre les cartels) constituera un puissant pôle d’attraction. Cette coalition militaire et politique internationale, dirigée par Washington, a été créée en mars dernier sous l’administration Trump. Flavio a promis l’adhésion du Brésil à cette initiative, la présentant comme un outil de lutte contre les gangs de trafiquants PCC et CV, et comme un moyen de se démarquer de Lula. Cela va de pair avec les engagements explicites de Flavio à nouer des relations avec Pékin.

L’ancien ministre des Affaires étrangères Celso Amorim et d’autres qualifient cette initiative d’« encerclement », considérant le crime organisé comme un prétexte utilisé par les États-Unis pour exercer un contrôle sur l’hémisphère, comme je l’ai déjà souligné ailleurs. Les responsables militaires brésiliens tracent une ligne claire : les généraux semblent accepter des opérations frontalières coordonnées, mais considèrent toute base américaine permanente comme une atteinte à la souveraineté.

L’ironie, c’est que, dans le cadre du néo-monroïsme de Washington, le statut émergent du Brésil en tant que superpuissance alimentaire, ainsi que son poids dans les secteurs agricole et minier, continuent d’en faire une cible stratégique pour les pressions américaines – quel que soit le locataire du palais du Planalto.

Les États-Unis ne sont « pas étrangers » à l’ingérence dans les élections d’autres pays, et les liens entre la famille Bolsonaro et Trump sont bien connus. Eduardo Bolsonaro, par exemple, a cherché à influencer l’approche de Washington vis-à-vis du Brésil, notamment en ce qui concerne les sanctions et les droits de douane à l’encontre de son propre pays.

Par ailleurs, les États-Unis ont été accusés d’ingérence dans les élections en cours. La police fédérale brésilienne a toutefois classé l’affaire sans suite, faute de preuves à ce jour. L’avance de Flavio sur Lula au premier tour s’inscrit dans la logique du déclin du « lulisme » et des sondages.

Des signes d’abus judiciaire à l’encontre de Bolsonaro sont également apparus, dans le contexte d’autres scandales impliquant la Cour suprême. Ainsi, quel que soit le vainqueur de l’élection, sa victoire pourrait être contestée.

Néanmoins, les liens entre les Bolsonaro et Trump pourraient s’avérer un élément dangereux dans le contexte actuel.

Les éléments dont on dispose à ce jour laissent penser qu’un gouvernement dirigé par Flavio chercherait à resserrer ses liens politiques et sécuritaires avec Washington tout en préservant ses relations commerciales avec la Chine – mais des pressions pourraient venir perturber ce scénario.

Alors que l’Argentine a déposé une demande d’adhésion à l’OTAN en tant que partenaire, que le Venezuela est sans doute  sous contrôle de facto, et que la Colombie est désormais dirigée par Espriella, soutenu par Trump (citoyen américain, membre et donateur du Parti républicain), le Brésil devra, d’une manière ou d’une autre, s’engager auprès du « Bouclier des Amériques ».

Il devra le faire tout en trouvant un équilibre entre les préoccupations de sécurité nationale, la souveraineté et les revendications nationalistes – ainsi que ses relations commerciales avec la Chine et avec Washington.

Il devra également tenir compte d’une superpuissance de plus en plus agressive, déterminée à asseoir sa suprématie sur l’hémisphère, et d’un Brésil encerclé, menacé par une éventuelle intervention militaire américaine contre les cartels de la drogue.

Malgré le « pragmatisme » de Flavio, les liens de sa famille avec les États-Unis pourraient certainement compliquer cet exercice d’équilibre.

infobrics.org

 

[reproduit sur groupegaullistesceaux.fr]

«Naza», el documental que acusa l'exèrcit d'Israel de matances de civils a Gaza i encén Netanyahu

El primer ministre exigeix una investigació penal per identificar els militars que van testificar en el film 

Escrit per Ketty Calatayud

Naza és l'acrònim hebreu de nezek agavi, que significa "dany col·lateral". És el terme que utilitza l'exèrcit israelià per calcular quantes víctimes civils pot provocar un bombardeig. Darrere d'aquesta expressió aparentment tècnica s'amaga una de les qüestions més controvertides de la guerra de Gaza: com es decidia atacar un objectiu quan se sabia que l'operació també podia provocar la mort de desenes o centenars de persones innocents? Aquesta és la pregunta que planteja Naza, un documental d'investigació que, a través dels testimonis de 24 militars i membres dels serveis d'intel·ligència israelians, revela els mecanismes interns de la maquinària militar que va arrasar la Franja. Unes denúncies que les Forces de Defensa d'Israel (FDI) rebutgen categòricament i que han desencadenat una ofensiva del primer ministre, Benjamin Netanyahu, per identificar els testimonis anònims i portar-los davant la justícia. 

El documental, que va guanyar el Premi Especial del Jurat al Festival de Cinema de Venècia, va arribar divendres passat, 9 d'octubre, a les sales de cinema espanyoles, enmig de la polèmica provocada per les revelacions dels militars i agents d'intel·ligència israelians que hi participen i la persecució que s'ha iniciat a Israel.

Netanyahu va exigir aquest diumenge una investigació penal contra els participants en el documental per presumptes "delictes greus contra la seguretat de la informació, difamació penal i perjudici als interessos diplomàtics i de seguretat d'Israel". En una carta dirigida als màxims responsables de l'exèrcit, dels serveis de seguretat interior i de la Fiscalia General, el primer ministre reclama que s'actuï "amb urgència" per descobrir la identitat dels militars que han trencat el silenci. La decisió ha afegit una nova dimensió a la polèmica: mentre els autors del documental denuncien possibles crims de guerra, el govern israelià posa el focus en els qui han revelat informació militar classificada.


Bombardejos amb centenars de víctimes civils previstes

Què expliquen aquests militars perquè el govern israelià hagi reaccionat amb tanta contundència? El documental, dirigit pels cineastes israelians Yuval Abraham i Rachel Szor i produït per The Guardian, descriu com els serveis d'intel·ligència identificaven presumptes militants de Hamàs i autoritzaven bombardejos contra els habitatges on vivien. Segons els testimonis, en alguns casos s'esperava que els objectius tornessin a casa per atacar-los, malgrat saber que a l'interior també hi havia familiars, inclosos infants. Una de les revelacions més impactants és que, segons un dels entrevistats, es va arribar a autoritzar una operació amb una previsió de fins a 500 morts civils.

Els testimonis també denuncien l'ús de sistemes d'intel·ligència artificial, com Lavender, per identificar sospitosos a partir de dades de vigilància massiva. Segons el documental, aquestes eines presentaven marges d'error que podien convertir persones innocents en objectius militars.

La pel·lícula sosté que aquestes pràctiques van contribuir a convertir la mort de civils en una conseqüència assumida dins del procés de planificació militar. Les denúncies plantegen possibles vulneracions del dret internacional humanitari, que prohibeix els atacs deliberats contra civils i els bombardejos en què els danys previstos a la població siguin excessius respecte de l'avantatge militar esperat.

L'exèrcit israelià nega les acusacions

Les Forces de Defensa d'Israel (FDI) han respost amb un extens informe en què rebutgen les principals conclusions del documental. Asseguren que mai no es va autoritzar cap bombardeig amb una previsió de 500 víctimes civils i neguen que existissin permisos automàtics per matar un nombre determinat de persones innocents segons la importància de l'objectiu militar. L'exèrcit també defensa que la intel·ligència artificial no decidia autònomament els atacs, sinó que les operacions havien de ser avaluades i autoritzades per responsables humans. Segons les FDI, els testimonis ofereixen una visió parcial dels procediments militars perquè molts només coneixien les fases inicials de recopilació d'informació. La pel·lícula, afegeixen, presenta una imatge "distorsionada, enganyosa i poc sincera" de la realitat.

Els autors de Naza defensen, en canvi, el rigor de la investigació. The Guardian assegura que el documental és el resultat de tres anys de treball, amb més de 100 fonts consultades i testimonis contrastats. També rebutja que els entrevistats fossin exclusivament militars de rang inferior i afirma que alguns havien participat en diferents etapes de selecció i autorització dels objectius. 

De l'ovació a Venècia a les amenaces de mort

La polèmica ha anat molt més enllà del debat sobre les operacions militars. Naza es va estrenar el 10 de setembre al Festival de Venècia, on va rebre una ovació de prop de 25 minuts i va acabar obtenint el Premi Especial del Jurat. El documental també es va projectar al Festival de Cinema de Sant Sebastià, entre el 23 i el 26 de setembre, enmig de la polèmica per les amenaces denunciades pels seus directors. El 25 de setembre, diverses persones es van concentrar a la ciutat basca amb el lema 'Nosaltres també som Naza' per expressar el seu suport a la pel·lícula.  Però l'èxit internacional ha contrastat amb la campanya d'hostilitat contra els seus directors a Israel.

Abraham i Szor han estat titllats de traïdors per sectors pròxims al govern. Grups ultranacionalistes s'han manifestat davant de la casa dels pares de Szor, a Savyon, amb crits de "pena de mort per als traïdors". També han aparegut pintades amenaçadores i Netanyahu ha donat suport a la possibilitat de retirar la ciutadania israeliana als cineastes.

Els directors, que ja van participar en el documental oscaritzat No Other Land, denuncien que la seva investigació els ha convertit en objectius dins del seu propi país. "Si fóssim palestins, probablement ens haurien empresonat o assassinat", van afirmar en una entrevista a la Cadena SER.

Ara, amb l'exigència de Netanyahu d'identificar i processar els 24 testimonis anònims, la controvèrsia entra en una nova fase. El debat ja no és només què va passar durant els bombardejos de Gaza, sinó també què pot passar als qui decideixen explicar-ho. El govern israelià considera que s'han revelat secrets que poden comprometre la seguretat nacional; els cineastes defensen que protegir les fonts és imprescindible per investigar possibles crims de guerra. I, enmig d'aquesta confrontació, Naza ha convertit una expressió burocràtica, "dany col·lateral", en una pregunta incòmoda sobre el valor de les vides civils en una guerra. 

Una contrapel·lícula promoguda per Israel

La polèmica ha obert també una batalla pel relat de la guerra de Gaza. El 30 de setembre es va difondre a internet un segon documental, titulat NAZA: The Real Story, elaborat pels israelians Roi Danino, Ariel Orbuch i Hagai Gutman, que ofereix una versió radicalment diferent de l'actuació de l'exèrcit israelià. A través de testimonis d'alts comandaments militars i agents d'intel·ligència, imatges de combats i material desclassificat, la producció pretén rebatre les revelacions del primer documental i justificar les operacions militars contra Hamàs. Segons ha informat The Guardian, aquesta contrapel·lícula ha estat promocionada per les autoritats israelianes i inicialment es va presentar d'una manera que podia confondre-la amb l'obra original. Els seus creadors asseguren, però, que l'han finançat personalment, sense participació del govern ni de l'exèrcit. Així, la controvèrsia ha transcendit les pantalles per convertir-se en una disputa sobre qui controla el relat de la guerra i les responsabilitats per les morts de civils palestins.

 

[Foto: Europa Press - font: www.elnacional.cat]

 

quinta-feira, 15 de outubro de 2026

Marta Pazos reinventará o «Auto da Barca do Inferno» no Porto

 A peza visitará Compostela en xaneiro de 2027.

Marta Pazos

O Teatro Nacional São João (TNSJ) do Porto convidou a directora, escenógrafa e artista visual Marta Pazos (Vigo, 1976) para reactivar o Auto da Barca do Inferno (1517) de Gil Vicente. Esta peza angular do repertorio portugués –con máis de cincocentos anos de vixencia– revive mediante unha linguaxe visual e colorida que convoca a danza para guiar a visita dos anxos e demos vicentinos. 

Os ensaios comezaron o 21 de setembro no Teatro São João e pasaron ao Mosteiro de São Bento da Vitória o 5 de outubro. Con coreografía de Victor Hugo Pontes, a obra estará en escena do 12 de novembro ao 13 de decembro no Porto. 

Grazas á coprodución co Centro Dramático Galego, a peza presentarase en Santiago de Compostela os días 16 e 17 de xaneiro de 2027 no Auditorio da Galiza, antes de viaxar aos Festivais Gil Vicente de Guimarães o 30 e 31 de maio. 

A montaxe, duns 90 minutos de duración e recomendada para o ensino secundario, reúne o elenco residente do TNSJ e actores convidados. Conta con escenografía de F. Ribeiro, vestiario de Agustín Petronio, son de Hugo Torres e Joel Azevedo, e apoio literario de José Augusto Cardoso Bernardes. 

Como actividade paralela, o profesor Marco Neves ofrecerá a charla 'Dez palavras do Inferno' o 28 de novembro sobre o léxico da peza. 

Marta Pazos xa se internara no universo da peza de Gil Vicente no ano 2012 cando, á fronte da xa extinta compañía Voadora, dirixira un espectáculo chamado Joane, baseado no personaxe do tolo do Auto da Barca do Inferno, coproducido con Guimarães Capital Europeia da Cultura. 

[Foto: Emilio Manzano, via Wikimedia Commons - fonte: www.nosdiario.gal]

 

Proposicion de lei per modificar l’article 2 de la Constitucion francesa e renforçar las lengas dichas regionalas

Una proposicion de lei constitucionala depausada lo 5 d’octòbre de 2026 a l’Assemblada Nacionala francesa vòl modificar l’article 2 de la Constitucion per facultar la proteccion e la promocion de las lengas dichas regionalas

Escrich per Manèl Navarro

Los deputats Peio Dufau (afiliat al grop socialista pels Pirenèus Atlantics) e Paul Molac (del grop LIOT per Mor-Bihan) son los principals promotors del tèxt, enregistrat jol numèro 3216. La proposicion benefícia ja del sosten de mai d’80 deputats de diferents grops, dels Republicans fins a La França Insomesa.

Que prepausa exactament lo tèxt?

Actualament, l’article 2 de la Constitucion establís que «la lenga de la Republica es lo francés». La proposicion vòl completar aquela disposicion amb la formulacion seguenta:

«La lenga de la Republica es lo francés, dins lo respècte de l’usatge, de la promocion e de la proteccion de las lengas regionalas.»

En mai d’aquò, prevei d’apondre a l’article 34 de la Constitucion una disposicion que balhe al Parlament la competéncia per fixar l’estatut de las lengas regionalas, en i inclusent lor usatge dins las administracions e los servicis publics.

Los promotors argumentan que l’interpretacion actuala de l’article 2 pel Conselh Constitucional a servit per s’opausar a las politicas de promocion de las lengas «regionalas», especialament dempuèi la censura parciala de la lei Molac de 2021, que limitava l’ensenhament immersiu. 

Cap de reaccion oficiala de Macron 

Fins ara, ni lo president Emmanuel Macron ni lo govèrn francés an pas fach cap de declaracion publica sus la proposicion. S’agís d’una iniciativa d’origina parlamentària que, per ara, a pas recebut ni sosten ni oposicion explicita de l’Elisi. 

Que se passariá se s’aprovava?

Se lo tèxt èra adoptat, lo francés contunhariá d’èsser l’unica lenga oficiala de la Republica, mas l’obstacle constitucional que dificulta actualament las mesuras de promocion de las lengas regionalas seriá levat. Lo legislator poiriá alara adoptar de leis qu’autorizarián l’ensenhament immersiu dins las escòlas publicas, la senhaletica bilingua o l’usatge de las lengas dichas regionalas dins de domenis administratius determinats.

Pasmens, lo cambiament seriá pas automatic: caldriá adoptar puèi de leis ordinàrias per desplegar aquel nòu encastre juridic. De mai, coma s’agís d’una proposicion parlamentària, son adopcion definitiva exigiriá un vòte en tèrmes identics a l’Assemblada Nacionala e al Senat, seguit d’un referendum obligatòri.

La proposicion se tròba encara dins una fasa fòrça preliminara. Es estada mandada a la comission de las leis de l’Assemblada Nacionala e, per ara, es pas estada inscricha a l’òrdre del jorn ni a suscitat de debat public a l’escala estatala.

 

[Sorsa: www.jornalet.com]

Morto, amordaçado

O que há de errado com a democracia quando ela elege deputados e senadores que apoiam um governo que valoriza a ditadura, debocha da Constituição, arquiteta um golpe fracassado e, ainda assim, conquista maioria no Congresso? 

Escrito por SAMUEL KILSZTAJN*

Em 8 de janeiro de 2023, Jair Messias Bolsonaro, do Partido Liberal, tentou tomar o poder por meio de um golpe fracassado, que o levou à prisão. Nas eleições de 2026, o Partido Liberal tornou-se o maior partido tanto na Câmara dos Deputados, com 121 das 513 cadeiras; como no Senado, com uma bancada de 28 dos 81 parlamentares.

Em 8 de novembro de 1923, Adolf Hitler, do Partido Nazista, também tentou tomar o poder por meio de um golpe fracassado, que o levou à prisão. Nas eleições de 1932, o Partido Nazista tornou-se o maior partido do Parlamento alemão, com 230 das 608 cadeiras. Em 1933, a partir de negociações com as elites conservadoras, Hitler foi nomeado chanceler e o Parlamento aprovou, em total desacordo com a ordem constitucional, uma lei que conferiu a Hitler plenos poderes para legislar e governar o país sem o consentimento parlamentar. A Lei de Plenos Poderes ao chanceler foi aprovada sob condições de repressão e intimidação dos parlamentares e abriu caminho para o completo desmantelamento da democracia alemã.

O III Reich, concebido para durar um milênio, durou intermináveis 12 anos e mergulhou a Alemanha e o mundo em uma das maiores catástrofes da história, destruição, morte e um rastro de sofrimento que invadiu a humanidade. Embora tenha nascido depois da Segunda Guerra Mundial, vivi os horrores da guerra desde sempre, sendo filho de dois sobreviventes de uma família que perdeu nove em cada dez de seus membros – ele como escravo em campos de concentração, ela deportada para a Sibéria.

Por obra do destino, nos últimos dias de 1953, ancoramos no Novo Mundo, nestas terras de imigrantes, que, de nativos, só têm os indígenas – quando aqui chegamos, nem sequer sabíamos que existia um país com o nome de Brasil. Poucos meses depois Getúlio Vargas se suicidou e, em 1961, fomos surpreendidos pela crise política desencadeada pela renúncia de Jânio Quadros. Meus pais pouco entendiam o que aqui se passava e, para desgosto deles, seu filho, que aqui escreve, aos dezesseis anos de idade, envolveu-se em política e acabou preso e torturado durante a Ditadura Militar que tomou conta do país por longos 21 anos.

No sábado, 10 de outubro de 2026, entre os dois turnos da eleição presidencial, voltando do Parque da Água Branca, fui fisgado pela Revelação, que o motorista do ônibus ia cantarolando enquanto seguia pela Avenida São João: “Quando a gente tenta, de toda maneira, dele se guardar, sentimento ilhado, morto, amordaçado, volta a incomodar”.

O que há de errado com a democracia quando ela elege deputados e senadores que apoiam um governo que valoriza a ditadura, debocha da Constituição, arquiteta um golpe fracassado e, ainda assim, conquista maioria no Congresso?

O que buscam os eleitores? Sonham com o bezerro de ouro? Querem apossar-se da Amazônia e acossar ainda mais uma vez os povos indígenas exterminados desde o “descobrimento” e, mais recentemente, com a ocupação do Planalto Central, a construção de um museu futurista a céu aberto, a expansão da fronteira agrícola e a abertura da Transamazônica? Querem flexibilizar as regras ambientais e favorecer o garimpo, o agronegócio e a exploração dos recursos naturais? Querem suprimir os já parcos direitos trabalhistas e sociais e privatizar o Estado? Querem escolas cívico-militares e facilitar o acesso às armas? Querem utilizar o voto para extinguir o próprio voto e instaurar um regime militar? Servem-se do voto para acabar com as eleições e a democracia? Um voto suicida?

O que há de errado com uma democracia quando o voto é usado para abolir as próprias regras do jogo democrático? Acordei no meio da noite impelido a escrever este texto e agora me deu um cansaço medonho…

… saio para fazer aula de Tai Chi – isto deve fazer-me bem. Mas, no caminho, lembro de que estou sem a roupa apropriada e a sapatilha. Mas não faz mal, isso se ajeita. Também estou sem o documento que devo apresentar para fazer a aula e sequer lembro o meu número de matrícula. Consegui o número de matrícula e vou apanhar o ônibus que me vai levar à aula de Tai Chi. Mas agora não lembro mais meu número de matrícula, não sei qual ônibus devo tomar, nem onde fica a academia. Mas não faz mal…

… fico angustiado. Não faz mal? Isso poderia ser corriqueiro para uma pessoa normal, não para mim, que sou extremamente metódico, que é a forma que me faz sobreviver neste mundo caótico. Então acordo do sonho e volto a escrever este texto para dizer que não estou com a roupa apropriada, estou sem a minha carteira, não sei meu número de matrícula, qual é o ônibus que devo apanhar, nem qual é o caminho que devo seguir…

Nota: durante as eleições municipais de outubro de 2024, eu estava viajando. Na volta, levei os cartões de embarque e fiquei na fila para justificar o meu (não) voto. Mas a funcionária da Justiça Eleitoral disse: “Meu senhor, com a sua idade, o senhor não precisa mais justificar o seu (não) voto”. No dia 4 de outubro de 2026, tive um problema com a burocracia estatal: levei meu título de eleitor original e a cópia autenticada da carteira de identidade que carrego comigo. O mesário disse que a minha foto (de 1982), na cópia, estava irreconhecível. Informou que eu poderia apresentar a carteira de trabalho, desde que fosse original (e eu expliquei que a foto na carteira era de boa qualidade, mas que eu tinha então 17 anos de idade). Voltei para casa e trouxe a carteira de trabalho, mas ele não aceitou. Dentro dela, contudo, estava minha carteira de identidade original, que acabou sendo aceita. Mas não acabou por aí: ele queria a digital; informei que não funcionava; tentaram várias vezes e, por fim, a mesária usou a digital dela, que funcionou (achei estranho, mas faz parte das normas) e consegui votar. Agora, para o segundo turno, já sei, devo levar a carteira de identidade original.

*Samuel Kilsztajn é professor titular em economia política. Autor, entre outros livros, de 1968, sonhos e pesadelos

 

 

[Imagem: Esteban Carriazo - fonte: www.aterraeredonda.com.br]

Delphine Horvilleur, tenir debout sous les décombres

Marc Knobel salue la parole de Delphine Horvilleur qui affronte les douleurs israéliennes et palestiniennes.

 

Écrit par Marc Knobel

Le nouveau livre de Delphine Horvilleur aide à penser, à ressentir et à tenir debout quand tout n’est plus que ruines. Mes lectures sont toujours saccadées. J’ouvre un livre. Je le ferme. Je regarde la couverture. Je ferme le livre. Je l’ouvre de nouveau. Pourtant, il est des livres qui, dès la première page, retiennent toute mon attention. Il faut une fluidité. Il faut une pensée. Il faut une écriture. Il faut que les mots viennent à nous. Qu’ils nous arrêtent. Qu’ils nous dérangent. Qu’ils nous obligent à réfléchir. Il faut surtout qu’ils nous touchent.

C’est ce qui m’est arrivé en ouvrant le nouvel ouvrage de Delphine Horvilleur, Sermons sous les décombres.

Les sermons réunis dans ce livre ont été prononcés dans la synagogue où Delphine Horvilleur officie, au soir de Yom Kippour, lors d’offices de Shabbat, de Hanouka, de Pourim, de Pessa’h ou de Rosh Hashana.

Le premier texte, « La prophétie de Léonard », a été prononcé le 24 septembre 2023, au soir de Yom Kippour, quelques jours avant les massacres du 7 octobre. Le deuxième, « La légende de Rabbi Naḥman », date du 13 octobre 2023, alors que le traumatisme, la douleur et l’angoisse avaient déjà saisi Israël, les Juifs de la diaspora et bien au-delà.

« Ces sermons tentent de mettre des mots là où les mots manquent, là où la violence, la peur et le chagrin rendent parfois la parole presque impossible. »

Ces sermons accompagnent ensuite le temps de la guerre, des deuils, de l’attente des otages, des fractures politiques et morales, jusqu’au retour des derniers otages en 2025. Ils tentent de mettre des mots là où les mots manquent, là où la violence, la peur et le chagrin rendent parfois la parole presque impossible.

Delphine Horvilleur écrit (p. 53) : « En traversant tous les mots que j’ai prononcés depuis le 7 octobre, je réalise aujourd’hui combien ils sont troués. Non par manque de lucidité, mais par la force des traumatismes qui les hantent, et tout ce qui empêche de dire ou d’entendre. J’y retrouve tant de fantômes du passé, ceux de mon peuple, et ceux de l’Histoire, les peurs de mes ancêtres et toutes ces douleurs réveillées chez moi ou chez mes proches ».

Cet aveu est rare chez quelqu’un qui parle en chaire. Elle ne prétend pas dominer ce qu’elle traverse, et c’est ce qui rend sa parole crédible.

Les douleurs que l’on ne peut nier

Delphine Horvilleur nous parle des drames qui frappent les Israéliens. Elle ne les évoque pas de loin, à travers des chiffres, des dépêches, des polémiques ou des slogans. Elle a vu cette douleur. Elle l’a rencontrée lors de ses nombreux séjours en Israël. Elle a parlé avec des familles de personnes prises en otage. Avec les proches de victimes assassinées par les terroristes du Hamas. Avec les familles endeuillées, celles qui attendent encore, celles qui savent qu’elles ne reverront plus les leurs.

Elle refuse aussi le renversement des responsabilités, et le dit sans détour (p. 105) : « Le 7 octobre dernier a eu lieu un massacre, mené par une organisation dont le projet est résolument génocidaire, et rien n’a su, ce jour-là, empêcher la tragédie de se dérouler. Dans l’esprit de nombreuses personnes, depuis cette date, les chaînes de causalité semblent se retourner, des réductions caricaturales s’opèrent. Qui aurait cru par exemple que si vite les victimes semblent mises en accusation ? Que s’exprimerait l’idée que des familles brûlées vives, des jeunes réunis à un festival de musique ou des gamins kidnappés et torturés l’auraient un peu cherché ? »

Elle a rencontré les proches de jeunes gens qui assistaient au festival Nova et qui furent tués le 7 octobre. Derrière les chiffres, derrière les discours, derrière les querelles et les commentaires, il y a des visages, des prénoms, des vies interrompues et des familles à jamais bouleversées.

C’est cette douleur israélienne, cette douleur juive, cette douleur humaine, qu’elle porte dans ses sermons. Mais elle ne s’y enferme pas. Elle ne s’en sert pas pour nier ou effacer celle des autres.

Elle prie, aussi, et c’est peut-être là que le livre est le plus nu (p. 82) : « Je prie du fond de notre désespoir, pour que dans cette nuit qui débute, nous sachions encore raconter des belles histoires : pas celles qui feront de nous des assoiffés de vengeance ou des êtres mutilés par la colère, mais celles qui nous rendront plus humains et plus grands ».

« Delphine Horvilleur ne questionne donc pas seulement la douleur des Israéliens. Elle questionne aussi celle des Palestiniens. Elle refuse que les souffrances soient utilisées les unes contre les autres. »

À Gaza aussi, des familles sont endeuillées. Des enfants meurent. Des maisons disparaissent. Des vies sont brisées, bouleversées ou détruites. Cette douleur-là ne peut être niée, minimisée ou effacée d’un revers de la main.

Delphine Horvilleur ne questionne donc pas seulement la douleur des Israéliens. Elle questionne aussi celle des Palestiniens. Elle refuse que les souffrances soient utilisées les unes contre les autres. Elle rappelle, avec gravité, qu’il n’y a pas d’humanité véritable lorsque la douleur d’un peuple rend aveugle à celle d’un autre.

C’est sans doute l’une des forces les plus profondes de ces sermons : dire la blessure juive sans devenir aveugle à celle des Palestiniens ; refuser l’indifférence sans céder aux simplifications ; tenir ensemble la mémoire, la compassion et l’exigence d’humanité.

Sa lecture du Talmud est toujours tournée vers le présent et n’est jamais étrangère à la question politique (p. 99) : « Doit-on considérer comme les rabbins du Talmud, que la lumière véritable ne vient jamais autant d’une victoire militaire que d’une lumière qui jaillit d’ailleurs ? Jamais de la simple force des armes sur un champ de bataille, mais toujours d’une source inattendue qui saura rompre avec l’obscurité ou l’obscurantisme ? » C’est sa méthode : une question tirée d’un texte ancien, qui laisse le lecteur seul avec elle. Pas de réponse facile.

Je ne dis pas que cela est simple. Rien ne l’est. Il est même devenu particulièrement difficile de tenir cette parole, tant les injonctions sont fortes, tant les passions sont exacerbées, tant les uns et les autres veulent parfois nous assigner à un camp, à une douleur unique, à une fidélité exclusive.

Rester debout

Il m’arrive de vivre sous une pression constante. Une pression qui n’a qu’un seul mot : oppression. Il ne se passe pas un jour sans que l’on parle de nous. Sans que l’on dise ce que les Juifs seraient devenus. Sans que l’on interroge notre place. Sans que l’on nous explique ce que nous devrions penser, ce que nous devrions dire, ce que nous devrions ressentir. Sans que l’antisémitisme soit parfois relativisé, déplacé, nié ou travesti.

Dans ce climat, les mots de Delphine Horvilleur sont précieux. Ils ne donnent pas de réponses faciles. Ils ne cherchent pas à flatter. Ils ne prétendent pas faire disparaître les décombres. Mais ils nous invitent à les regarder. À entendre ce qui se dit sous les gravats de l’histoire, de la peur et du chagrin. À ne pas détourner les yeux.

Elle relie les textes de la tradition juive. Elle interroge la Bible. Elle convoque les récits anciens, les figures rabbiniques, les légendes et les paroles transmises. Mais elle ne se réfugie jamais dans le passé. Elle fait du passé une lumière, parfois fragile, parfois vacillante, pour éclairer notre présent.

« Les mots de Delphine Horvilleur sont précieux. Ils ne donnent pas de réponses faciles. Ils ne cherchent pas à flatter. »

Lorsqu’elle nous prévient que les mots peuvent devenir des maux, elle touche à l’essentiel. Car les mots ne sont jamais innocents. Ils peuvent nommer. Ils peuvent consoler. Ils peuvent éclaircir. Mais ils peuvent aussi désigner, accuser, préparer l’exclusion, nourrir la haine et justifier la violence. Nous le savons, nous qui vivons dans un temps où l’injure, l’amalgame et la déshumanisation se diffusent avec une facilité effrayante.

J’ai toujours eu du mal avec les rabbins. Je n’entre pas facilement dans une synagogue. J’y vais rarement. Mais je n’ai aucun mal avec Delphine Horvilleur. J’apprends d’elle. Je lis en elle le passé, le présent et peut-être l’avenir de l’humanité.

Sermons sous les décombres possède cette force que peu de livres ont. La force de nous atteindre. De nous inquiéter. De nous relever. Et de nous obliger à penser.

Dans une époque où je me sens sans cesse ramené à ce que je suis, à ce que nous sommes, à ce que les autres disent des Juifs, le livre de Delphine Horvilleur me redonne la possibilité de penser, de ressentir et de tenir debout.

Il ne fait pas disparaître les décombres.

Il me permet de ne pas m’y perdre. 


Sermons sous les décombres de Delphine Horvilleur,
Olivier Nora éditions, octobre 2026,
230 pages, 21 €

[Source : www.revuedesdeuxmondes.fr]