La guerra en Gaza
y el ascenso de las derechas iliberales sirven de punto de partida para una
reflexión sobre la crisis del vínculo entre judaísmo, sionismo e Israel. En
esta entrevista, el filósofo Michel Feher sostiene que Israel se ha convertido
en un laboratorio de los etnonacionalismos y que el «pacto de blanqueamiento
mutuo» entre los judíos y las sociedades occidentales amenaza con agotarse.
Frente a ello, reivindica una tradición judía diaspórica, cosmopolita y
crítica.
Entrevista a Michel
Feher
Publicada por Carlos Pérez
Nacido en
Bruselas en 1956 y de ascendencia húngara, Michel Feher es filósofo, editor y
un activo representante del ensayo crítico contemporáneo. Fundó en 1986 Zone
Books, la editorial neoyorquina desde la que ha contribuido durante cuatro
décadas a introducir en el mundo anglófono a autores como Michel
Foucault, Georges Bataille, Gilles Deleuze y Georges Canguilhem; codirige
con la teórica política Wendy Brown la serie Near Futures, dedicada a pensar
las mutaciones del capitalismo tardío; ha enseñado en la Escuela Normal
Superior de París y en las universidades de Berkeley y Goldsmiths.
Adicionalmente, es cofundador de Diagrammes.fr, un reciente
proyecto audiovisual de entrevistas a intelectuales críticos. Es autor de Powerless
by Design: The Age of the International Community [Impotente por
diseño. La era de la comunidad internacional] (Duke UP, 2000) sobre la
reconfiguración humanitaria de la comunidad internacional; Le temps des
investis (La Découverte, 2017; publicado en español con el
título El tiempo de los investidos), sobre el sujeto neoliberal
reconvertido en activo permanentemente evaluado por los mercados; Producteurs
et parasites [Productores y parásitos] (La Découverte, 2024), sobre el
imaginario económico del partido de extrema derecha francés Reagrupamiento
Nacional.
Redevenir juif [Volver a ser judío], publicado
en mayo de 2026 por La Découverte, se inscribe en esa misma
genealogía, pero abre en ella un nuevo pliegue: por primera vez, de manera
monográfica, Feher aborda la cuestión judía y lo hace desde su propia posición
asumida en primera persona. La tesis es doble y está hábilmente engarzada. Por
un lado, sostiene que Israel no es la excepción del actual orden internacional,
sino su laboratorio para proyectos etnonacionalistas. Por otro lado, y
esta es la propuesta que da título al libro, Feher argumenta que el «pacto de
blanqueamiento recíproco» –que desde hace ocho décadas ofrece a los judíos de
la diáspora reconocimiento pleno como blancos, a cambio de que avalen la idea
de que Occidente ya superó su propio antisemitismo y de que sostengan sin
fisuras al Estado de Israel– amenaza con agotarse, porque las derechas
iliberales que hoy reproducen el modelo israelí se están volviendo, en muchos
casos, contra los judíos. Su polémica sugerencia: reocupar el lugar del judío
diaspórico que aborrecían por igual los padres fundadores del antisemitismo
moderno y los del sionismo, no como retorno nostálgico a una condición
subalterna, sino como reactivación de una potencia crítica, alérgica a toda
forma de identificación excluyente. Escrito bajo la sombra alargada del
genocidio en Gaza, pero pensado más allá de él, en la clave estructural de la
salida del orden unipolar y del ascenso planetario de los nacionalismos
etnorreligiosos, Redevenir juif es diagnóstico e intervención,
un ensayo crudo, inteligente y provocador sobre las fracturas que tensionan
nuestro presente sociodemográfico y geopolítico.
Redevenir juif es
su primer libro que aborda explícitamente la cuestión y la tradición judías, y
llega en medio de una creciente oleada de libros que trazan la historia del
antisemitismo y del sionismo. ¿Por qué ahora?
Se está
produciendo un genocidio, así que parece un buen momento para hacer algo al
respecto. Hay ya mucha gente escribiendo sobre ello, y con mejores
credenciales, ya sea porque tienen una afinidad más clara con las víctimas o un
conocimiento más profundo de lo que es un genocidio (su genealogía
jurídico-política), o porque son historiadores de la región -de Palestina, de
Israel o de Oriente Medio en general-. Así que no hacía ninguna falta que yo
hablara de ello en términos generales. Si me pareció importante aportar algo,
fue por dos razones.
En primer lugar,
a los judíos se les exige, o se les presume, una afinidad o una solidaridad con
Israel. El actual es un momento extraño, que recuerda de manera perversa, al
menos en el contexto francés, al caso Dreyfus de comienzos del siglo XX, cuando
se acusó a los judíos franceses de albergar una doble lealtad: entonces, hacia
Francia y hacia Alemania. Hoy se da por sentado que los judíos albergan una
doble lealtad hacia el país del que procedan y hacia Israel. Pero en este caso
la doble lealtad no es incriminatoria. No es un delito ni un motivo de
sospecha. Cuando se presume que uno es solidario con un Estado que está
cometiendo un genocidio, que practica una limpieza étnica y que ha mantenido un
régimen de apartheid durante los últimos 50 años, una
respuesta sencilla -si uno no siente esa solidaridad ni esa lealtad- es decir
«no en mi nombre». Basta pensar en Jewish Voice for Peace [Voz Judía por la
Paz] en Estados Unidos.
Hay un argumento
que suelen esgrimir los críticos radicales de Israel en su forma etnorreligiosa
actual: que antisionismo y antisemitismo no son lo mismo; que se puede criticar
no solo la política de Israel, sino el propio tipo de Estado que Israel es -un
Estado fundado sobre una cierta supremacía etnorreligiosa- y condenarlo sin ser
antisemita, porque no se trata de los judíos: se trata del sionismo, de aquello
en lo que el Estado de Israel se ha convertido y de lo que está haciendo.
No tengo ningún
problema con esa posición. Pero me parece que hay otra dimensión, bastante
indiscutible aunque poco explorada, que es su reverso: si bien el antisionismo
no es necesariamente antisemita, existe una fuerte dimensión antisemita en el
propio sionismo. Puede sonar muy provocador, pero basta leer las obras de los
padres fundadores del movimiento sionista -Theodor Herzl, David Ben-Gurión,
Vladímir Jabotinsky, A.D. Gordon y otros- para darse cuenta de que albergaban
un sentimiento de profundo odio hacia los judíos de la diáspora, de manera
análoga a los antisemitas de finales del siglo XIX y comienzos del XX.
Por ende, ¿el
proyecto israelí sería paradójicamente «poco judío»?
Durante la mayor
parte de su historia, la cultura judía ha sido una cultura radicalmente
diaspórica, puesto que no había patria alguna a la que regresar ni que
reclamar. Puede incluso decirse que Israel es el país menos judío del mundo; el
único fundado sobre la erradicación de la condición diaspórica judía. Desjudaizar a
los judíos fue la premisa sobre la que se construyó el proyecto sionista. Como
se dice que proclamó Jabotinsky, mentor político de Benjamin Netanyahu, allá
por la década de 1930: «Si no acabáis con la diáspora, la diáspora acabará con
vosotros». No hay nada menos judío, en cierto modo, que Israel y el
sionismo.
¿Qué otros
rasgos son compartidos por el sionismo y el antisemitismo?
El sionismo
siempre ha sido un proyecto de asentamiento: la idea de sacar a los judíos de
Europa, donde efectivamente eran perseguidos, y darles un país que por fin fuera
el suyo. También fue un proyecto nacional: la creación de una nación mediante
la búsqueda de un territorio donde el pueblo judío pudiera, por fin, tener un
país. El problema, desde el principio, es que el ideal para un objetivo así era
encontrar «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra». Obviamente,
Palestina no es una tierra sin pueblo. De modo que hubo que inventarse que esas
personas eran beduinos que, en realidad, no pertenecían a ese lugar, que eran
nómadas. No debía entonces ser demasiado difícil convencerlos de que se
marcharan; y, si no se dejaban convencer fácilmente, trasladarlos a los países
árabes vecinos. Ello conllevaba deportaciones y limpieza étnica.
Para crear ese
nuevo país, se necesitaba un pueblo capaz de cultivar la tierra -de ser
campesino-, para hacer florecer el desierto y transformar el territorio en uno
próspero, y, al mismo tiempo, capaz de combatir. En resumen, se necesitaba un
pueblo de campesinos-soldados. Ahí radica el problema: los judíos europeos eran
muchas cosas -intelectuales, pequeños comerciantes, artesanos, banqueros-, pero
desde luego que no eran campesinos ni soldados.
Así que, para
llevar a cabo el proyecto sionista, había que reinventar literalmente al pueblo
judío y ajustarlo al ideal de una población colonizadora. El israelí constituye
un tipo muy específico de colonialismo de asentamiento, que algunos autores
suelen calificar como «colonialismo de pioneros». A diferencia de otro tipo de
colonos, el pionero no tiene una metrópoli a la que volver. El objetivo era
crear un país nuevo. A veces este tipo de colonialismo es animado por una
especie de idealismo según el cual los pioneros van a construir una tierra
mejor que la que existía -como en los Estados Unidos que se expanden hacia el
Oeste con Thomas Jefferson o, hasta cierto punto, en Australia-, lo cual
significa, claro está, que la población indígena que allí habita debe ser
desplazada. Eso vale para todos los pioneros. Pero los pioneros judíos tenían
la dificultad añadida de poseer una idiosincrasia no apta para semejante tarea.
Hacía falta, por
tanto, una verdadera labor de ingeniería social. De ahí la irritación, la
rabia, de los padres fundadores del sionismo, ante lo cual respondieron con un
proyecto de reeducación. Y de ahí también lo que constituye una
aversión muy intensa hacia lo que los judíos sí eran: una nación cosmopolita y
«sin raíces», con cierta tendencia a convertirse, como dirían los antisemitas,
en un pueblo sin relación alguna con la tierra, experto únicamente en el manejo
de abstracciones, ya fueran el dinero o las palabras.
Según la mirada
sionista, los judíos tendían a ser o bien banqueros y usureros, o bien
comunistas y manipuladores intelectuales. En realidad, los sionistas comparten
con los movimientos nacionalistas europeos de la época -a finales del siglo XIX
y comienzos del XX- una misma comprensión de la condición judía. Estos
movimientos, profundamente antisemitas, tenían la impresión de que el mero
hecho de convivir con gente desarraigada tendía a corroer las propias raíces.
Tener judíos en el seno de la propia sociedad es una condición contagiosa: si
los dejas vivir entre los tuyos, empiezas a volverte como ellos, a cuestionar
tu propia identidad. Por eso había que confinarlos, en el mejor de los casos,
en guetos donde no molestaran a nadie o, a ser posible, expulsarlos e incluso
exterminarlos. La única diferencia entre sionistas y antisemitas es que, para
estos últimos, el problema de los judíos era racial -ese cosmopolitismo lo
llevaban en la sangre-, mientras que para los primeros era una cuestión de
condición, un hecho contingente y reformable. Si se les permite asentarse y
tener un país, serán tan buenos nacionalistas como aquellos que los odian en
Europa.
En un pasaje
de sus diarios, Herzl escribe que los antisemitas serán los más fiables aliados
del proyecto sionista. ¿Por qué?
Por dos razones.
La primera es obvia: ellos quieren deshacerse de nosotros [los judíos] y
nosotros queremos marcharnos -los dos proyectos entonces van de la mano-, así
que nos ayudarán a partir. La otra razón por la que los antisemitas se
convertirían en nuestros mejores amigos, decía Herzl, es que se darán cuenta,
una vez que nos hayamos asentado en Palestina, nos hayamos convertido en un
país y nos hayamos transformado en los campesinos-soldados que no somos, de que
en realidad somos exactamente como ellos: que nuestras ambiciones
nacionalistas, nuestro deseo de echar raíces y nuestro anhelo de identidades
etnonacionales fuertes son tan intensos como los suyos. En cuanto comprueben
que en Palestina nos comportamos exactamente igual que ellos -sobre todo, en la
manera en que vamos a deshacernos de la población local-, verán que somos sus
mejores aliados y amigos. Y por eso -y esto no lo escribe en su diario, sino en
el panfleto fundacional del sionismo moderno, El Estado judío-, una
vez que estemos allí, los europeos descubrirán que somos los centinelas de la
civilización europea contra los bárbaros en Oriente Medio.
En el
subtítulo de su libro, usted habla de un pacto recíproco de blanqueamiento...
Es evidente que,
a pesar de que tardó en hacerse realidad, el proyecto sionista fructificó. Los
países occidentales pasaron a considerar a Israel uno de los suyos, e Israel se
convirtió en el ferviente aliado de quienes antaño hacían gala de su
antisemitismo. Cuando hablo de un «pacto de blanqueamiento mutuo» -blanchiment en
francés–; al igual que en español, el término tiene un doble sentido, a la vez
racial y moral. Por un lado, significa volverse blanco en
términos raciales, como cuando ciertas minorías se vuelven blancas y son
aceptadas como parte de la mayoría blanca (los italianos o irlandeses en
Estados Unidos, por ejemplo). Pero blanchiment también
significa «blanqueo», como cuando se blanquea dinero. El pacto del que hablo
es, por tanto, un pacto de blanqueamiento mutuo, en ambos sentidos. Desde la
guerra de 1967, y aún más desde el final de la Guerra Fría, a los judíos se les
ha ofrecido el reconocimiento como blancos de pleno derecho, incluso como
blancos ejemplares, algo inédito en la historia de los judíos en el mundo
occidental.
Ese
reconocimiento se les ofrece por dos razones. Son blancos ejemplares, en primer
lugar, porque el resto de la cultura blanca se siente culpable y en deuda con
los judíos a causa del antisemitismo que culminó en el Holocausto. Existe una
deuda con los judíos que las sociedades occidentales quieren saldar, y
convertirlos en blancos es una manera de empezar a pagarla. Pero también son blancos
ejemplares en el sentido de que parecen ser el objetivo principal de los
portadores de lo que se ha dado en llamar el «nuevo antisemitismo»,
supuestamente encarnado en minorías racializadas del Norte o pueblos
racializados del Sur, cuya animadversión hacia Israel los convierte en
portadores del renovado germen antisemita. Esa gente, que odiaría a Occidente
en su conjunto, lo hace aún más con los judíos; los judíos se habrían vuelto,
por tanto, blancos por excelencia, en la medida en que son los más
odiados de entre los blancos.
A cambio, se les
pide que digan que las sociedades blancas del Norte global se han curado por
fin del mal del antisemitismo que fue su plaga durante tanto tiempo; que los
judíos se sienten ya plenamente protegidos en las sociedades blancas
occidentales. Los blancos, si no han saldado su deuda por la Shoá -esa deuda es
impagable-, al menos se han limpiado en buena medida del antisemitismo que
antes los asolaba. Este pacto ha resultado bastante atractivo para muchos
judíos. Al fin y al cabo, ¿por qué no? Es, sin duda, un ascenso respecto de la
situación anterior.
Pero esto
implica, sobre todo, una nueva comprensión del antisemitismo. Se reconoce que
las viejas manifestaciones antisemitas siguen existiendo -las acusaciones de
que los judíos controlan las finanzas, de que controlan los medios de
comunicación, de que se infiltran en el Estado, de que conspiran a través de
las fronteras para dominar el mundo-, pero se trata como folclore, como algo
residual. El verdadero antisemitismo de hoy tendría una sola dimensión: el odio
a Israel, el antisionismo. Esa es la parte del trato que los judíos han de
aceptar y repetir machaconamente.
La
problemática real, y esto lo repite en su libro, es que el antisemitismo más
latente se ubica en el margen derecho del espectro ideológico.
Claro. Si uno se
fija en estadísticas oficiales de las sociedades occidentales -en Francia las
monitoriza la Comisión Nacional Consultiva de Derechos Humanos, y existen
instituciones similares en España, en Alemania y en otros países-, es fácil
darse cuenta de que el principal reservorio de sentimientos antisemitas no está
en las minorías ni en la izquierda, sino en la extrema derecha. Lo que
significa que, si eres un «buen judío» dispuesto a cumplir el pacto, tienes que
dedicar mucho tiempo a explicar que esas manifestaciones de antisemitismo no
son más que folclore, malentendidos, algo residual. Y eso conduce a situaciones
bastante curiosas. Un ejemplo que cito en mi libro: el actual ministro de
Justicia francés, Gérald Darmanin, que hace unos años fue ministro del
Interior, publicó en aquella época un libro contra el separatismo islamista. En
un pasaje hay un par de frases en las que elogia a Napoleón por haber actuado
con mano dura contra los usureros judíos y haber salvado a Francia de sus
terribles fechorías. Antisemitismo clásico de manual. Algunos se preguntaron si
no era escandaloso que un miembro del gobierno escribiera algo así; pero la
primera organización que salió en su defensa fue la Liga contra el Racismo y el
Antisemitismo (LICRA), el equivalente francés de la Liga Antidifamación
estadounidense (ADL, por sus siglas en inglés). Era un malentendido, explicó la
LICRA; no había nada antisemita en ello; simplemente elogiaba al emperador por
proteger a los judíos del resentimiento popular: legislar contra la usura era,
en el fondo, una forma de resguardarlos de los pogromos que el odio del buen
pueblo francés hacia los usureros podría haber desatado. Eso ya resulta
bastante escandaloso. Pero algo incluso peor ocurrió en Estados Unidos pocas
semanas después de la reelección de Donald Trump, en aquella celebración en que
Elon Musk tomó la palabra y remató su discurso con su tristemente célebre
saludo nazi. Algo problemático, claro, salvo por el hecho de que la primera organización
que salió en su defensa fue la propia ADL: no había nada de nazi en el gesto,
simplemente quería decir «mi corazón está con ustedes».
Entonces, si el
antisionismo es lo mismo que el antisemitismo, hay que ser un partidario leal y
ferviente de Israel: de un país que está cometiendo un genocidio, que lleva
décadas practicando el apartheid y que alberga un proyecto de
limpieza étnica definitiva de toda la antigua Palestina bajo el mandato
británico. Para quien defienda cualquier tipo de valores liberal-democráticos,
ser partidario de un Estado que hace todo esto resulta bastante costoso: hay
que contribuir a blanquear las expresiones de antisemitismo que aún persisten
en la sociedad y que se dan sobre todo entre los partidarios más fervientes de
Israel, es decir, en gran parte de la extrema derecha. Las mismas personas que
odian a los judíos pueden amar a Israel. Uno de los argumentos centrales de mi
libro es que no se trata de ninguna paradoja, y una de las razones es,
precisamente, que existe una dimensión antisemita fundamental en el sionismo.
Hoy resulta
casi de sentido común señalar que Israel es una especie de laboratorio del
orden iliberal, el anticipo de una distopía reaccionaria. Israel siempre ha
sido un proyecto de colonialismo de asentamiento, con esa dimensión pionera que
ha señalado. Pero pareciera que algo ha cambiado en los últimos años, algo que
va más allá de la destrucción de Gaza. ¿Dónde ciframos el punto de inflexión?
¿La Guerra de los Seis Días? ¿La primera victoria electoral del Likud en 1977?
¿La Ley Básica de 2018 que codifica la condición etnorreligiosa del país al
declarar a Israel como Estado-nación del pueblo judío?
Hay que dar un
paso atrás. Especialmente a partir de 1967, Israel se convierte en un aliado
principal de Estados Unidos, algo que antes no era, o lo era de manera más
ambigua: en 1956, por ejemplo, fueron los estadounidenses quienes pusieron fin
a la guerra de Suez, al proyecto de invasión del canal por parte de franceses,
británicos e israelíes. Pero desde la Guerra de los Seis Días Israel se
convierte en un aliado crucial de Estados Unidos y se presenta como el
paradigma de la democracia liberal. Desde 1967 es un país que ocupa ilegalmente
Cisjordania, Gaza y parte de los Altos del Golán, que no concede derecho alguno
a quienes viven allí y que no tiene la menor intención de devolver la tierra de
la que se ha apropiado. A esto hay que añadir que, aunque 20% de los ciudadanos
de Israel son palestinos, se trata claramente de ciudadanos de segunda que no
gozan de los mismos derechos que la población judía. Y, sin embargo, tanto los
israelíes como los judíos de la diáspora que apoyan a Israel y los gobiernos
occidentales lo presentan como la «única democracia liberal de la región». La
máxima expresión de esto fue Ehud Barak, primer ministro de Israel a comienzos
de los años 2000, que definió al país como «un chalet en medio de la jungla».
Este paradigma de
la sociedad liberal atraviesa distintas fases. Entre 1967 y 1987, el inicio de
la primera intifada, los israelíes, especialmente bajo la dirección de Moshé
Dayán, ministro de Defensa durante la guerra de 1967, desarrollan un proyecto
que consiste en presentar a Israel más o menos así: sí, somos ocupantes; sí,
somos de facto una especie de Estado colonial; pero somos el
Estado colonial más benévolo del mundo, y nuestro objetivo es garantizar que
los palestinos -los «árabes»- que viven en los territorios ocupados disfruten
de mejores condiciones sociales y económicas que sus vecinos. El sionismo se
convierte así, durante 20 años, en una especie de proyecto
liberal-imperialista, con su mission civilisatrice incluida:
haremos que los palestinos vivan algo mejor y, con el tiempo, cuando estén lo
bastante agradecidos por la mejora de su situación y ya no alberguen ambiciones
políticas, quizá les concedamos algunos derechos civiles o políticos.
Luego llega la
primera intifada, que demuestra con claridad que los palestinos no van a
renunciar a sus reivindicaciones políticas. Y llega entonces una segunda fase,
la de los Acuerdos de Oslo. La lógica es la siguiente: este «apartheid con
rostro humano» no va a funcionar, así que vamos a fingir que estamos a favor de
una solución de dos Estados, que estamos dispuestos a compartir la tierra con
los palestinos. Se trata, por supuesto, de un reparto profundamente injusto y
desigual: el territorio se distribuye de manera muy desequilibrada; Israel está
plenamente militarizado mientras que Palestina deberá desmilitarizarse; Israel
controla la electricidad, el agua y los recursos, y puede cortarlos cuando
quiera. El proyecto era inviable desde el principio. Pero existía ese espejismo
de que se avanzaba hacia la paz. Coincidía, además, con el final de la Guerra
Fría: había un camino trazado, lento pero inexorable, que conducía hacia el fin
de la historia, hacia un mundo plenamente liberal y democrático que encuentra
en Israel un valeroso ejemplo.
Los israelíes se
aferran a ese espejismo hasta que Isaac Rabin, primer ministro del Partido
Laborista, es asesinado por un extremista judío y Benjamin Netanyahu llega al
poder por primera vez en 1996. A partir de ese momento queda bastante claro -y
Netanyahu lo tiene clarísimo desde el principio- que Israel nunca implementará
los Acuerdos de Oslo. Todavía no rechaza públicamente la solución de dos Estados,
pero es evidente que pronto lo hará. Se produce así un retorno al proyecto
sionista original, en su variante dura y «revisionista» -heredera de
Jabotinsky-: establecer la soberanía judía «desde el río hasta el mar», con el
menor número posible de palestinos en ese territorio. Es un imaginario de
expansión, control y limpieza étnica con cada vez mayor aprobación entre la
población judía israelí. Pero aún no puede decirse en voz alta, porque la
principal línea de defensa de Israel por parte de Occidente es que Israel es
una democracia liberal que solo quiere la paz: si tuviera buenos socios para la
paz, la solución pacífica de dos Estados sería una realidad.
Esto cambia,
así lo afirma, con la vuelta de Netanyahu al poder en 2009.
Efectivamente: es
ahí cuando sus verdaderas intenciones comienzan a expresarse en voz alta. Se
produce un punto de inflexión importante en 2011, cuando Netanyahu realiza una
visita oficial a Washington, con Barack Obama de presidente. Justo antes de ese
viaje, Obama había declarado que los asentamientos ilegales de colonos en
Cisjordania tenían que cesar; que era necesaria una solución de dos Estados con
la Línea Verde como línea divisoria, con las fronteras anteriores a la guerra
de 1967. Obama dijo incluso que habría que adoptar alguna medida para los
refugiados palestinos que fueron expulsados en 1948.
Sin embargo,
cuando Netanyahu llega a Washington, le dice a Obama en la cara que la solución
de dos Estados conlleva demasiados problemas de seguridad; que los refugiados
no son un problema de Israel, que los acojan los demás Estados árabes.
Netanyahu le espeta asimismo que la colonización va a continuar porque «esta es
nuestra tierra prometida». Obama apenas reacciona, y Estados Unidos continúa
con su apoyo a Israel. Pero ahí crece la disonancia entre la manera en que los
estadounidenses y los países occidentales en general apoyan a Israel -como esa
democracia liberal que desea la paz en la región y una solución de dos Estados-
y la manera en que el gobierno israelí, y buena parte de la sociedad israelí,
se presenta a sí mismo. Como decía, esto quedó formalizado e institucionalizado
con la Ley Básica de 2018, que establece que solo el pueblo judío es soberano
en el Estado de Israel y que los palestinos con nacionalidad israelí poseen una
ciudadanía de segunda.
Aunque Estados
Unidos nunca se planta ni amenaza con retirar la ayuda militar o financiera, es
evidente que la irritación iniciada con Obama va en aumento. Por eso, cuando
Trump llega al poder por primera vez -y más aún tras su reelección-, se produce
un enorme alivio en Israel, tanto en Netanyahu como en el conjunto de la
sociedad. No solo tenemos un amigo en la Casa Blanca -amigos en la Casa Blanca
hemos tenido siempre-, sino que ya no tenemos que fingir que somos una
democracia liberal. Trump busca destruir la democracia liberal en Estados
Unidos, así que ¿por qué iba a importarle lo que ocurra en Israel en este
terreno? Estamos, en el fondo, en la misma sintonía. Al fin y al cabo, ¿qué es
America First? ¿Qué es «Make America Great Again», sobre todo en el segundo
mandato de Trump? Es expandirse: al canal de Panamá, a Groenlandia, quizá a
Canadá, quién sabe, o a Cuba. Es depurar la población: devolverle la grandeza a
Estados Unidos significa la fantasía de devolverle la blanquitud, asegurarse de
que todos los «parásitos extranjeros» sean expulsados. Y es controlar lo que
Marco Rubio y el Departamento de Estado llaman «nuestro hemisferio», la región
que rodea a Estados Unidos. Es una visión de Carl Schmitt -una visión
schmittiana del Großraum-: la de una zona de influencia
estadounidense en la que el país dominante tiene derecho a prosperar mediante
la expansión y la depuración. En el fondo, un proyecto muy distinto del
imperialismo liberal de los Estados Unidos de la posguerra, que consistía en
hacer el mundo más americano proyectando poder duro, pero
también poder blando, el Estado de derecho, los valores democráticos, etc.
Había en ello muchísima hipocresía, por supuesto, pero era un imaginario
radicalmente diferente del del gobierno de Trump -y, en buena medida, del de
Netanyahu-.
El desarrollo
lógico -y en cierta medida inevitable- de estas dinámicas culmina en la otra
paradoja que marca Redevenir
juif: lo que asemeja a MAGA y el nuevo sionismo revisionista es a su vez lo
que acerca la disolución del vínculo histórico entre Estados Unidos e Israel.
¿Qué implica ser
coherente con la ideología de «America First»? Lo esbozó Marco Rubio en su
primer discurso tras ser nombrado secretario de Estado: vivimos en un mundo
multipolar, dividido en regiones, cada una comandada por un país dominante; y
entre esos países dominantes debe haber relaciones de complicidad y rivalidad,
de tensión pero también de respeto mutuo, de modo que se genere una especie de
mundo homeostático; en esencia, capos de la mafia que respetan hasta cierto
punto los territorios ajenos. Ahora bien, si esa es la visión de «America
First», ¿por qué Estados Unidos -un país blanco y cristiano llamado a dominar
el hemisferio que va del Pacífico al Atlántico- gasta tanto dinero, tiempo y
energías en Israel, un país que no está en su hemisferio y cuya población ni
siquiera cree que Jesús sea su salvador? Algo no cuadra. Ahí es donde aparece
esa ala cada vez más numerosa del movimiento MAGA -Tucker Carlson, Candace
Owens, Nick Fuentes- que se pregunta por qué Israel sigue siendo un aliado
privilegiado cuando no trae más que complicaciones.
El discurso es
sencillo de articular: mira el lío en que estamos metidos ahora con Irán, con
el Líbano; todo porque Netanyahu convenció a Trump de bombardear para nada.
¿Cuál es el problema, entonces? Para este sector de la derecha estadounidense
la respuesta es clara: los judíos. Equiparan israelíes a judíos y piensan, por
tanto, que si los israelíes han conseguido que Estados Unidos les haga el
trabajo es gracias al complot judío para dominar el mundo. Igual que ocurrió en
su día con los banqueros Rothschild, ahora, a través de Israel, los judíos
dominarían Estados Unidos y dictarían los términos de su política doméstica e
internacional. Hay, pues, un ala creciente de MAGA que resulta ser antisionista
porque es antisemita.
¿Por qué iba un
pequeño país de Oriente Medio a descarriar a los poderosos Estados Unidos, si
no fuera por una camarilla judía que se ha infiltrado en el Estado? Ese es el
punto de inflexión en el que nos encontramos. Y como el discurso que proponen
es mucho más coherente en su propia lógica que el de los neoconservadores
proisraelíes, mi apuesta es que el futuro de la derecha les pertenece. J.D. Vance
-el más MAGA de los MAGA, al menos dentro del gobierno- lo ha repetido en sus
últimos discursos, en los que advierte a Israel que más le vale no salirse de
la fila y dejar de criticar a Trump. No es más que el comienzo de un mensaje
que viene a decir: se han extralimitado; tienen demasiado poder; y su poder no
sirve a los intereses de Estados Unidos. Es el inicio de un giro de vastas
consecuencias.
De ahí,
también, su propuesta de que los judíos abracen -de nuevo- su condición
diaspórica.
Mi mensaje para
los judíos de la diáspora es doble. En primer lugar, que si tienen algún tipo
de valores, ni siquiera socialistas o antiimperialistas, simplemente
liberal-democráticos, es obvio que no pueden apoyar a un Estado genocida. Pero,
en segundo lugar, incluso si se decide mantener su apoyo por puro interés
propio, porque ese apoyo garantiza la blanquitud, la apuesta sigue siendo
equivocada: en la derecha está creciendo un ala antisionista y antisemita, y la
coherencia discursiva y los hechos juegan a su favor. Probablemente sea hora de
cambiar de bando y adoptar como propios aquellos valores cosmopolitas,
vanguardistas y aperturistas que hicieron rabiar a los antisemitas de los
siglos XIX y XX, y hacerlo deprisa, porque, aun renunciando a toda forma de
conciencia política o moral, el pacto de blanqueamiento mutuo no va a seguir
siendo rentable durante mucho más tiempo.
Retomando este
argumento, podemos ver en Estados Unidos un fenómeno novedoso, que es el
alejamiento de muchos jóvenes judíos de las organizaciones oficiales pro-Israel
y un creciente apoyo a la causa palestina –algo que se ve también en el apoyo a
candidatos demócratas progresistas–. Incluso hay una cierta recuperación del
Bund1. ¿Qué nos puede decir de este fenómeno?
Los votantes
demócratas en general, y entre ellos los judíos estadounidenses, tanto jóvenes
como no tan jóvenes, manifiestan una actitud cada vez más crítica no solo hacia
el gobierno israelí y sus políticas, sino también hacia la propia configuración
del Estado de Israel. Para quienes rechazan el etnonacionalismo y toda forma de
discriminación basada en la raza o la religión, resulta difícil aceptar que
Israel pueda reservar el derecho a la autodeterminación solo para su población
judía y, al mismo tiempo, seguir considerándose una democracia. Esta conclusión
se ve reforzada por el hecho de que los propios dirigentes israelíes, así como
una parte importante de la ciudadanía judía israelí, ya no parecen esforzarse
demasiado por presentar a su país como una democracia, ni siquiera en el
sentido de una democracia «iliberal».
En este contexto,
el reciente interés por el Bund entre los judíos estadounidenses de izquierda
merece una atención particular. Por un lado, la historia, tan admirable como
trágica, de este movimiento socialista democrático resulta inspiradora por sí
misma y recuerda que, durante la primera mitad del siglo XX, los sionistas no
fueron los únicos judíos que se enfrentaron al antisemitismo por sus propios
medios, en lugar de confiar su seguridad a la protección de los Estados
liberales occidentales o a su adhesión a los partidos comunistas.
Por otro lado, la
llamada Zona de Asentamiento, donde el Bund arraigó, era un espacio muy
particular: una región empobrecida situada en la parte occidental del Imperio
zarista, en la que millones de judíos estaban obligados a residir y donde
constituían una población discriminada y ampliamente despreciada, junto con
otras comunidades sometidas a procesos de racialización. En otras palabras, los
judíos que fundaron el Bund se organizaron como una minoría segregada y
explotada y reivindicaron una federación socialista en la que todas las
comunidades pudieran convivir en condiciones de igualdad y desarrollar su
propia identidad.
El imaginario
bundista se presta, por tanto, especialmente bien a la incorporación de los
judíos -no sionistas y antisionistas- a la coalición multicultural que imaginan
los socialistas democráticos estadounidenses contemporáneos. Lo que ese
imaginario no contempla, sin embargo, es la condición diaspórica y la
conciencia de una población judía mayoritariamente urbana cuya politización se
orientó menos hacia el cultivo de identidades que hacia la crítica de todas las
formas de identidad, o, cuando menos, hacia una actitud irónica y humorística
frente a las afirmaciones de carácter identitario.
- 1. El Bund (Unión General de
Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia) fue un partido
socialista judío fundado en Vilna en 1897, en el seno del Imperio zarista.
Promovía una identidad judía secular basada en el idioma yiddish y en la
autonomía cultural dentro de una federación socialista multinacional, en
oposición tanto a la asimilación como al proyecto sionista, que
consideraba utópico y ajeno a las condiciones reales de las masas judías
de Europa del Este. Tuvo un rol destacado en el movimiento obrero ruso y
polaco hasta su práctica desaparición tras el Holocausto y la persecución
soviética [N. del E.].
[Fuente: www.nuso.org]