terça-feira, 19 de maio de 2026

La literatura catalana serà la convidada d’honor al prestigiós Saló Internacional del Llibre de Torí

La cita literària més important d’Itàlia destacarà la cultura catalana amb un programa extens de participació 


La literatura catalana serà la convidada d’honor al Saló Internacional del Llibre de Torí 2027. L’anunci s’ha fet públic durant el balanç del saló d’enguany a la ciutat piemontesa. Estrenat el 1988, el saló s’ha consolidat com una de les cites literàries més importants d’Europa i la principal del sector editorial a Itàlia. 

L’espai del convidat d’honor s’articula en un estand d’uns 150 metres quadrats, amb escenari per a conferències, presentacions de llibres, signatures i una llibreria on s’exposaran títols tant traduïts a l’italià com en llengua original. L’últim saló ha aplegat més de 230.000 visitants, un miler d’expositors i 2.500 activitats.

Aquests darrers anys hi han estat convidats d’honor la llengua alemanya (2024), Albània (2023), la llengua espanyola (2019), França (2018), els Països Baixos (2025) i Grècia (2026).

Participació d’autors i activitats a la ciutat

Entre quinze i vint escriptors catalans hi participaran, representant gèneres com la ficció, la no-ficció, la poesia, el còmic i la literatura infantil i juvenil. A més dels actes directament vinculats al saló, es faran activitats culturals complementàries a la ciutat de Torí, més enllà del sector estrictament literari.

El Saló Internacional del Llibre de Torí és fruit del treball conjunt de quatre institucions italianes: l’Associazione Torino, la Città del Libro, la Fondazione Circolo dei Lettori i la Fondazione per la Cultura Torino. També inclou un Rights Centre amb la presència de més de 550 professionals, dedicat a la compra-venda de drets editorials i a la internacionalització d’autors i la creació d’aliances entre editors, traductors i agents literaris.

 

[Font: www.vilaweb.cat]

segunda-feira, 18 de maio de 2026

Aquello que pasa cuando no pasa nada

A propósito de sus nuevos libros, Martín Kohan reflexiona sobre Borges, la identidad argentina, el desamor y la extraña experiencia del tiempo suspendido.

El escritor argentino Martín Kohan acaba de publicar 'La separación', 'Argentinos, ¡a las cosas!' y 'Lo que entiendo por Borges', tres libros donde vuelve sobre algunas de sus obsesiones.

Escrito por Fernando Krapp

Martín Kohan está contento. En la mesa ubicada al lado de la ventana del café La Orquídea, se pone de pie para saludar con una sonrisa; días atrás, Boca Juniors ganó el superclásico contra River Plate, con gol de penal de Leandro Paredes, el nuevo capitán que desembarcó en el equipo azul y amarillo para poner un poco de orden en el mediocampo. Pero más contento está Kohan por la eterna chicana con River, cuyos hinchas se quejan por un presunto penal que el árbitro no cobró hacia el final del partido, cuando el marcador dio por vencedor a Boca.

El motivo del encuentro, sin embargo, no es Boca Juniors. Es la salida casi en simultáneo de tres libros. Hacia fines de diciembre de 2025, Seix Barral publicó el ensayo Argentinos, ¡a las cosas!, un libro que clasifica una serie de objetos en apariencia arbitrarios pero que, según el punto de vista del autor, dicen algo sobre la historia argentina y la idea siempre evasiva de identidad.

Luego, meses después, en marzo de este año, apareció su última novela, publicada por Anagrama. La separación cuenta un viaje que emprende Fernando para visitar a su hermano Juan Pablo en un pueblo de la provincia de Córdoba, llamado La Paz. Juan Pablo se separó de su pareja, Rosario, y no entiende cómo, de un día para el otro, su compañera de toda la vida decidió poner punto final al vínculo. 

Y el tercer libro, publicado por la editorial argentina Godot, reúne una gran cantidad de artículos, ensayos y ponencias que Kohan hizo sobre el escritor argentino más importante de todos los tiempos. En Lo que entiendo por Borges, Kohan se mete con aspectos no siempre señalados por la crítica especializada: el vínculo con la cultura popular o sus tensiones con la política.

Así que, si bien Boca Juniors no es el tema central de la conversación —aunque Kohan haya escrito un libro que los hinchas consideran imprescindible, llamado Desde la Boca— será inevitable: el club de sus amores se va a colar a lo largo de la hora y media que dure la conversación, de alguna u otra manera.

'Argentinos, ¡a las cosas!' (Seix Barral), 'La separación' (Anagrama) y 'Lo que entiendo por Borges' (Godot).


Fragmentos de un discurso desamorado

Cuando se le pregunta a Kohan por el origen de La separación, uno podría pensar que la respuesta estaría vinculada al paisaje de Traslasierra. El cordón serrano cordobés, lindante con la provincia de San Luis, es un lugar que el escritor suele elegir todos los veranos para pasar un tiempo en la naturaleza; uno de los pocos donde puede encontrar cierta calma. El monte, los caminos de tierra y los pueblos que se suceden —Merlo, La Paz, Luyaba, San Javier, Villa Las Rosas— componen un territorio que mucha gente de Buenos Aires —entre otras grandes ciudades de Argentina— ha elegido para ensayar lo que suele llamarse un “cambio de vida”.

Pero la motivación de Kohan para elegir ese espacio como escenario de su novela tiene que ver con la idea de temporalidad. “¿Qué pasa con el tiempo?”, dice. “¿Qué pasa con el tiempo en los viajes largos, en micro? Es un viaje lo suficientemente largo como para que el tiempo, a la vez, pase y no pase. Es una especie de movimiento quieto; muy quieto. Uno puede tomarse un colectivo en la ciudad, y es lo mismo. Pero no se llega a armar esa combinación de desplazamiento y quietud: uno está nueve horas en un asiento. Más allá de la referencia realista, es el tipo de atmósfera que se da en los viajes en micro y en los pueblos que viven del turismo cuando están fuera de temporada”.

La separación, entonces, está dividida en tres partes. La primera se inicia en primera persona con un viaje en colectivo, desde Retiro hasta La Paz. Son casi 900 kilómetros que Kohan elige narrar para construir una atmósfera de espera y movimiento: cada detalle que aparece cuenta, y no cuenta. Los personajes empiezan a surgir en la cabina del micro —una chica que lee, una charla casual, otro chico que lee—. Fernando, el personaje principal, viaja, espera y experimenta en su cuerpo las consecuencias de ese trayecto prolongado. No es sencillo transmitir esa sensación de movimiento e inmovilidad en setenta páginas. Cuando el micro finalmente llega a destino, se inicia la segunda parte: el diario de La Paz. “Hay algo también de tiempo suspendido en estos pueblos cuando están fuera de temporada. Me interesaba imaginarme cómo eran esos lugares sin nosotros, los porteños, los turistas. El día a día de ahí produce también un efecto de inmovilidad. Cómo vivencian ellos mismos su tiempo de marzo a diciembre, que por un lado es su vida, pero que también debe tener algo de espera, de suspensión”.

En 'La separación', Martín Kohan explora la espera, el movimiento y el tiempo suspendido.

El cambio en la novela también se da en el registro: pasa de una primera a una segunda persona, en un futuro perifrástico: Fernando va a hacer una serie de cosas, le anuncia el narrador. Y todas esas acciones por hacerse están vinculadas con el estado emocional —de espera— que atraviesa su hermano Juan Pablo, luego de que su compañera haya decidido dejarlo. La pregunta que anuda el centro de la novela tiene que ver con el origen más difuso de todos: cuándo se termina el amor. La atmósfera de esos lugares, cuando están a destiempo de su propio tiempo, resuena con esa pregunta. “Viajás en micro nueve horas y no pasa nada, pero a la vez pasa” dice Kohan. “Subís en un lugar y bajás en otro, pasa de todo y no pasa nada. Es una combinación entre pasar y no pasar: no pasa nada y, sin embargo, pasa algo; pasan distintas cosas a la vez, y sin embargo no pasó nada. Ahí pensé una resonancia con el desamor, con cómo algunas relaciones se terminan. Cuando se producen separaciones, el entorno pregunta qué pasó. Y, en general, la respuesta es: nada. A veces sí hay un hecho. Pero el desamor como tal, la idea del amor que se termina, que se va deshilachando, es otra cosa. ¿Qué pasó? No pasó nada. Pasó que te dejaste de querer. Y la idea de que eso que pasa ocurre en el no pasar nada es como un viaje: todo tiene un trasfondo de no pasar nada. Y hay algo muy similar en esos lugares fuera de temporada: lo que pasa cuando no pasa nada”.

Según Kohan, esta forma de concebir el tiempo y el espacio tiene que ver con su escritura: lo que pasa, pasa no pasando nada. Esta manera de concebir lo temporal compone gran parte de su obra novelística, con títulos como Ciencias moralesConfesión o Segundos afuera. Pero en el caso de La separación ese “pasar no pasando nada” tiene una relación directa con el desamor. Al tener un centro difuso, Kohan multiplica las formas de abordarlo: una primera parte en primera persona, una segunda como diario en segunda y una tercera nuevamente en tercera. “Narrar en primera, pero también en segunda, pero también en tercera; narrar en pasado, pero también en futuro, también en presente, y que aun así haya algo que no se puede saber. Me parecía que eso que no se puede saber queda reforzado por el hecho de haberlo abordado desde ángulos y tiempos distintos”.

En la segunda parte, mientras Fernando acompaña a su hermano en los días posteriores a la noticia, llega un mensaje: Rosario, su excuñada (¿o sigue siéndolo?), le escribe para hablar con él. En ese juego de puntos de vista sobre el porqué de una separación se abre, sobre todo para Juan Pablo —y por añadidura para el lector—, un abanico de posibilidades: ¿por qué se separaron? En esa pregunta late también, por debajo, una emoción contenida: el vínculo de Fernando con su propia pareja, Luciana, que, como señala él mismo, se encuentra “en una meseta”.

En el centro del diario, en esa espera en la que Fernando se arroja —y en la temporalidad suspendida de los pueblos turísticos fuera de temporada—, el personaje da con una biografía de Ricardo Güiraldes, el autor de Don Segundo Sombra, novela atravesada por la contemplación de la pampa y la figura del gaucho. El pasaje que lee, tomado de la biografía escrita por Ivonne Bordelois, tiene que ver con la muerte de Güiraldes en París, el 8 de octubre de 1927, y con el traslado de su ataúd hasta San Antonio de Areco, su pueblo natal: un viaje que encierra otro viaje. Es una historia que Kohan investigó en profundidad con la intención de escribir una novela, pero que, en los vaivenes propios de cualquier proyecto, no llegó a desarrollar y decidió incorporar aquí. El funeral de Güiraldes forma parte también, como “cosa”, de la lista que analiza en su libro Argentinos, ¡a las cosas!, cuyo título retoma la consigna de Ortega y Gasset.

En 'Argentinos, ¡a las cosas!', Martín Kohan convierte objetos, imágenes y mitos argentinos en materia de lectura crítica.

¿Qué cosas?

La propuesta de Argentinos, ¡a las cosas! le llegó por parte de su editora en Seix Barral. No fue un encargo preciso, sino más bien una serie de conversaciones y sugerencias en torno a temas que a Kohan le interesan: las derrotas históricas, el fútbol, algunos mitos, ciertos detalles. Volvió a su casa, empezó a pensar, a investigar y a anotar, y descubrió que sí: tenía una idea para un libro, pero sobre todo el deseo de escribirlo.

En una línea similar a Mitologías, de Roland Barthes, Kohan se propone abordar hechos, imágenes y cosas de la historia argentina a partir de un procedimiento cercano a la crítica literaria. Se trata de leer esos objetos sin “literaturizarlos”: el hecho está, ocurrió. Lo que hay es una mirada crítica que permite buscar sentidos y plantear conexiones, por ejemplo, leer en un mural sobre Diego Maradona en la calle San Juan una historia de las derrotas en la historia argentina; en el Renault 12, un detalle sobre la formas que tiene la cultura argentina de apropiarse de lo otro para generar identidad; y en el barco que trasladó el sable corvo de José de San Martín, una deriva histórica que, al pasar de mano en mano, arroja nuevos sentidos sobre la figura central de la libertador de la patria, hasta convertirse en una hélice hundida.

“Algo pasa”, dice Kohan cuando se le menciona el texto sobre Carlos Gardel incluido en el libro, y alude a una confusión de fechas: la fotografía que analiza está en una pizzería llamada Los Inmortales y reúne en una misma imagen a Gardel con el Obelisco, cuando Gardel murió antes de la construcción del monumento; algo pasa en los desplazamientos. “Algo pasa —insiste— entre mito e historia. Me parece un buen ejemplo del cruce entre imaginario mitológico y conocimiento histórico. No como cosas separadas, pero donde una puede prevalecer sobre la otra. Me encontré con muchos lectores que me dijeron: ‘no me había dado cuenta’. Hay algo en el libro que tiene que ver con trabajar con huellas históricas; me parece que eso tiene que ver con la literatura”.

Kohan menciona también su tesis de doctorado en el área de Letras, cuya tutora de tesis fue la ensayista y crítica Josefina Ludmer. La tesis estuvo centrada en la figura de José de San Martín y los gestos históricos. “Yo quería escapar de la trampa posmoderna, muy en boga en los años noventa, de que todo es ficción, de que la historia es una ficción. No. La historia no es una ficción. Que se designen hechos reales, o no, no es inocuo. Y que se establezca determinado régimen de verdad, no da lo mismo. No obstante, se pueden abordar figuras reales, hechos reales o, en el caso de este libro, objetos reales, y que la pregunta sea: ¿qué significan? No tiene que ver con ficción o no ficción; o hacer pasar la ficción por no ficción. Se puede preservar la distinción categorial entre ficción y no ficción, incluso para entender o calibrar el gesto literario de Rodolfo Walsh es que no son intercambiables. Entonces, San Martín es un personaje real pero el padre de la patria es un efecto de significación. Sus hazañas son reales, pero esas hazañas como padre de la patria configuran un efecto de significación. La hélice es la hélice, el mural es el mural, la camiseta es la camiseta, ¿Qué significan? Cuando preguntás por el significado, aparecen; repatriación y hundimiento, épica y derrota, y poder leerlo concretamente en un objeto y en un lugar”.

El escritor argentino Jorge Luis Borges, quien fue enterrado en Ginebra en 1986. 


Argentinos ¡A las cosas! es, podríamos pensar, un libro abierto: quien lo lea tendrá un efecto de identificación y construirá, al mismo tiempo, su propio reservorio de cosas. En el libro aparecen, también, dos lecturas que Martín Kohan hace sobre la figura de Jorge Luis Borges: la relación que, en ambos casos, el escritor tiene con las esculturas; la del bar La Biela, por un lado, y la de Olmedo y Porcel en la calle Corrientes, como los personajes Álvarez y Borges, sentados en una sala de espera. En el prólogo de Lo que entiendo por Borges, Kohan hace una distinción que —forzando un poco las cosas— podría haber sido incluida en el libro de “las cosas”: la figura de Borges como El Escritor.

Publicado por Ediciones Godot, Lo que entiendo por Borges recopila una vida —la de Kohan— dedicada a la lectura de la obra de Borges. En la línea de Borges, un escritor en las orillas, de Beatriz Sarlo, pero también de El factor Borges, de Alan Pauls, entre muchos otros, Kohan busca leer aspectos no siempre frecuentados: el Borges oral y la narración orillera en relación con la gauchesca, los lazos conflictivos con la política y la influencia de lo popular en sus cuentos; desarmar la idea extranjerizante en la literatura de Borges, una mirada que aún hoy suele tener vigencia. Una diferencia que Kohan plantea es la que hay entre lo borgeano y el borgismo: lo primero como un efecto de lectura; lo segundo como un efecto desfasado, en el vínculo entre Borges, el mercado y los usos patrimoniales de su figura como prócer de las letras.

“Yo creo que mi idea de lo argentino le debe mucho a Borges”, dice Kohan. “Porque, para determinado paradigma de lo argentino, Borges es lo que para muchos es, y fue: el extranjerizante, el cipayo. Pero mi concepción de lo argentino se formó mucho en la lectura de Borges. En la primera página del cuento ‘Sur’, que suelo dar en mis clases, está cifrado gran parte de lo que Borges piensa sobre lo argentino: ya la idea de que lo argentino se hace y no es; uno nace argentino o se hace argentino; el que nace también se hace. Afirmar sin esencia; afirmar y hacer caer a la vez; y la relación con lo otro: todo eso está en Borges. Creo que el libro sobre ‘las cosas’ es borgeano en ese sentido: lo otro como parte de una dinámica y no como una amenaza de la identidad. Lo argentino no es una identidad respecto de lo otro, sino una identidad que se hace con lo otro; lo que eso otro le hace a la identidad está en Borges”.


[Fuente: www.coolt.com]

Éloge de Francesca Albanese par Yanis Varoufakis !

Je ne suis pas surprise des paroles de Yanis Varoufakis, cet homme que j’avais tant admiré en 2015, lorsqu’il avait tant lutté, en vain, alors qu’il était ministre des finances hors norme d’un gouvernement hélas éphémère pour sauver la Grèce saignée à blanc par l’UE de Merkel.



Il y a une question qui me hante au petit matin, quand le sommeil tarde à venir et que l’esprit remue le passé. Cette question est la suivante : « Qu’aurais-je fait dans les années 1930, au lendemain de la Nuit de cristal ? »

Pas ce que je dis que j’aurais fait. Pas ce que j’espère que j’aurais fait. Mais ce que j’aurais réellement fait — quand les trains ont commencé à rouler, quand les voisins se sont tus, quand le prix de la décence est devenu la perte de tout ?
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La plupart d’entre nous, je pense, n’auraient pas fait grand-chose. Non par malveillance. Par peur. Par cette conviction douce et insidieuse que quelqu’un d’autre prendra la parole, que la situation est complexe, que nous devons être « raisonnables ». N’oublions pas que l’ordinaire est l’alibi de l’extraordinaire. Et comme nous nous sommes accrochés à cet alibi ! Comme nous nous y accrochons encore !

Et puis, de temps en temps, dans les moments les plus terribles, quelqu’un apparaît qui ne s’y accroche pas. Quelqu’un qui s’avance quand les autres reculent. Quelqu’un qui nomme les choses par leur nom quand tout le monde est occupé à nommer autre chose.
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Francesca Albanese est cette personne

Elle se tient devant le monde — seule, désarmée, armée uniquement de la loi, du langage et d’un courage rare — et elle dit ce que les centristes ne diront pas, ce que les ministères des Affaires étrangères ne diront pas, ce que les comités de rédaction ne diront pas. Elle dit : « C’est un génocide. Et nous le regardons se produire. »

Ne me dites pas que c’est une hyperbole. Ne me dites pas que le terme est contesté. Elle ne l’a pas utilisé à la légère. Elle l’a utilisé comme un médecin parvient scientifiquement à un diagnostic — non pas pour blesser, mais pour avertir. Non pas pour attiser, mais pour nommer.
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Et pour cela, ils s’en sont pris à elle. Oh, comme ils s’en sont pris à elle. Calomnies. Enquêtes. Éditoriaux virulents. Comptes bancaires gelés. Expropriation du seul appartement qu’elle ait jamais possédé. La machine des gens respectables s’est mise en marche pour l’écraser. Car les « gens bien » ne peuvent supporter ce qu’elle représente : un miroir tendu devant leur complicité.

Remontons, une fois encore, dans les années 1930. Revenons à ces quelques-uns qui se sont dressés lorsque les trains ont commencé à rouler, chargés de Juifs.

Il y avait Aristides de Sousa Mendes, consul portugais à Bordeaux. Il a défié son propre gouvernement. Il a signé des milliers de visas, à la main, pendant des heures, jusqu’à ce que ses doigts saignent. Il a sauvé plus de vies que Schindler. Et il est mort sans le sou, déshonoré, effacé.
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Il y avait à Varsovie un officier allemand nommé Wilm Hosenfeld. Il a caché un pianiste juif dans les décombres. Il n’en a pas sauvé des milliers. Il en a sauvé un seul. Mais cet unique homme — Władysław Szpilman — a porté le souvenir. Et le souvenir est « le seul refuge dont on ne peut être expulsé ».

Il y avait Raoul Wallenberg. Il y avait les villageois du Chambon. Il y avait ces quelques anonymes, ces quelques discrets, ces quelques furieux qui ont dit : « Pas sous ma surveillance. »

Francesca Albanese est leur héritière. Non pas parce qu’elle porte une arme. Non pas parce qu’elle cache des réfugiés dans son sous-sol. Mais parce qu’elle fait quelque chose d’aussi dangereux dans un monde qui a perfectionné l’art de ne pas voir. Elle voit. Et elle parle.
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Elle ne s’exprime pas en tant que diplomate. Dieu merci, elle ne le fait pas ! Les diplomates nous ont donné le langage des « arguments des deux côtés », de la « retenue » et de la « proportionnalité ». Le langage diplomatique est la tombe embaumée de la clarté morale. Non, elle s’exprime en tant que juriste. En tant qu’être humain. En tant que femme qui a regardé dans l’abîme et refusé de l’appeler un « paysage géopolitique complexe ».

Edna O’Brien a un jour décrit un personnage qui « avait l’insouciance de ceux qui ont déjà tout perdu de ce qu’il y a à perdre ». Francesca Albanese n’a pas tout perdu. Elle a sa dignité, son poste, sa voix, sa famille. Mais elle a calculé le prix à payer pour dire la vérité au pouvoir. Et elle a décidé que ce prix est infiniment inférieur à celui du silence.
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Quel est ce prix ? Nomme-le !

On l’a traitée d’antisémite — elle qui se tient sur le terrain du droit international forgé dans les cendres d’Auschwitz et les feux de Nuremberg. On l’a traitée de complotiste — elle qui cite chaque source, chaque note de bas de page, chaque résolution de l’ONU. On l’a traitée de naïve — elle qui comprend mieux que quiconque les rouages de la realpolitik.

Ces accusations ne sont pas des arguments. Ce sont les crachats de ceux qui se sentent menacés. Car Francesca Albanese menace quelque chose de très précieux pour les puissants : le droit de commettre des atrocités sans être dénoncés.
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Mes amis, les années 1930 ne sont pas arrivées avec des bottes militaires et des pogroms dès le premier jour. Elles sont arrivées par petites étapes. Avec des restrictions « raisonnables ». Avec des mesures « proportionnées ». Avec le silence des gens respectables.

Nous nous disons que nous aurions agi différemment. Que nous aurions été Sousa Mendes. Que nous aurions été Wallenberg. Mais la plupart d’entre nous, je le crains, auraient été ces voisins qui ont dit plus tard : « Je ne savais pas. »
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Francesca Albanese sait. Et elle refuse de prétendre le contraire

Alors rendons-lui hommage. Pas avec des statues ou des récompenses qu’elle ne recherche pas. Mais avec quelque chose de plus fort : avec notre propre refus de détourner le regard. Avec nos propres voix, élevées dans des lieux qui sont sûrs pour nous mais dangereux pour elle. Avec nos propres corps, s’il le faut.

Une femme courageuse, blessée lors d’une manifestation devant une base militaire nucléaire américaine en 1982, la tristement célèbre Greenham Common, m’avait dit que « le cœur est un chasseur de ce qu’il ne peut avoir ». Mais je dis que le cœur est un chasseur de ce qu’il ne perdra pas. Et ce que nous ne perdrons pas, c’est le souvenir de celles qui se sont levées alors que se lever leur coûtait tout.
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Francesca Albanese se lève aujourd’hui. À notre époque. En notre nom. Sous notre ciel indifférent.

Levons-nous avec elle.

Pas demain. Pas quand ce sera sans danger. Maintenant.
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Yanis Varoufakis

[Extrait d’un discours prononcé à Athènes le dimanche 3 mai 2026]

[Reproduit sur www.mediascitoyens-diois.info]

Plus rien ne vous choque ? Comment l’intolérable se transforme en norme dominante

Comment des idées politiques ou sociales considérées comme inadmissibles finissent-elles par pénétrer, voire à s’imposer, dans le débat public ? La psychologie sociale montre que face à l’incertitude ou à la pression du groupe, les individus ajustent leurs jugements à ce qu’ils perçoivent comme la norme dominante. Mais la résister à la normalisation d'idées extrémistes ?

Des affiches représentant Renee Nicole Good et Alex Pretti, deux citoyens américains abattus par des agents de l'immigration ICE à Minneapolis, le 28 janvier 2026. 


Écrit par Lee-Ann d'Alexandry

Doctorante, Aix-Marseille Université (AMU)

Fabien Girandola

Professeur de Psychologie Sociale, Aix-Marseille Université (AMU)

Lionel Souchet

Maître de Conférences en Communication et Psychologie Sociale, Aix-Marseille Université (AMU)

 

Plus rien ne vous choque ? Aux États-Unis, les raids de l’ICE et les promesses de déportations massives de Donald Trump se sont concrétisées, son administration a capturé le président vénézuélien Nicolás Maduro et menace désormais Cuba. En Europe, certains politiciens souverainistes n'hésitent pas à affirmer que la loi nationale doit primer sur les traités. Ce qui frappe n’est pas seulement la radicalité de ces paroles ou de ces actions, mais le fait qu’elles suscitent de moins en moins de surprise – à peine le temps d’un scroll ou d’un zappage de chaîne.

Qu’il s’agisse de politique, de société ou de valeurs culturelles, des idées autrefois impensables finissent par entrer dans le débat public. Elles deviennent discutables, tolérables, parfois banales, même si elles continuent de diviser. Comment expliquer ce déplacement progressif des frontières de l’acceptable ?

Pour y répondre, il faut dépasser le seul registre de l’indignation. La psychologie sociale montre en effet que ce que nous jugeons « acceptable » n’est ni naturel ni stable : cela se construit collectivement, au fil des interactions, des discours et des répétitions.

La normalisation : comment le « normal » se déplace

Ce que nous percevons comme « normal » repose sur des normes sociales : des règles implicites partagées qui définissent ce qui est valorisé, toléré ou sanctionné. Ces normes évoluent lorsque des comportements ou des idées sont répétés et validés publiquement. Les expériences classiques de Muzafer Sherif et de Solomon Asch ont montré que, face à l’incertitude ou à la pression du groupe, les individus ajustent leurs jugements à ce qu’ils perçoivent comme la norme dominante.

Mais la normalisation ne relève pas seulement de mécanismes individuels. Des travaux récents en science politique montrent qu’elle opère aussi à l’échelle des idéologies. Dans The Normalization of the Radical Right (2024), le politiste Vincenzo Valentim montre que la montée de l’extrême droite ne tient pas tant à une radicalisation soudaine des électeurs qu’à l’érosion progressive des normes sociales qui freinaient l’expression publique de ces idées.

Lorsque le stigmate social diminue, des préférences jusque-là latentes peuvent s’exprimer plus librement. L’enjeu n’est donc pas simplement un changement des convictions, mais une transformation des conditions de leur expression : à mesure que le coût symbolique de certaines prises de position baisse – parce qu’elles sont reprises par des responsables politiques, discutées dans les médias ou moins fortement sanctionnées – elles deviennent plus visibles, paraissent plus ordinaires et déplacent progressivement le seuil de leur acceptabilité collective.

Ce phénomène s’apparente à ce que le sociologue Damon Centola appelle une « contagion complexe » : contrairement à une information virale, une idéologie ne se diffuse pas par une exposition ponctuelle, mais par des expositions répétées, socialement renforcées, au sein de réseaux où elle gagne progressivement en légitimité.

L’évolution récente du terme de « remigration » en Europe illustre ce mécanisme. Longtemps cantonné à des cercles marginaux, il a été remis en lumière en janvier 2024 par l’enquête du média allemand Correctiv sur des réunions entre responsables politiques et militants d’extrême droite. La reprise de ce terme par des dirigeants du parti d’extrême droite AfD et sa discussion sur des plateaux télévisés, non plus comme une proposition extrémiste mais comme une option politique parmi d’autres, a contribué à en déplacer l’acceptabilité.

Quand l’autorité et les médias légitiment l’impensable

La normalisation est accélérée lorsque des figures d’autorité s’en font les relais. Les travaux d’Albert Bandura sur l’apprentissage social montrent que nous avons tendance à imiter les comportements et les discours de modèles perçus comme puissants ou légitimes. Lorsqu’un dirigeant politique adopte publiquement une position radicale, celle-ci gagne en crédibilité par simple imitation.

Les médias jouent un rôle complémentaire. Depuis les travaux fondateurs de Maxwell McCombs et Donald Shaw (1972), on sait que l’agenda-setting n’influence pas directement ce que les citoyens pensent, mais ce à quoi ils pensent. En accordant une visibilité répétée à certaines idées, mêmes marginales au départ, les médias contribuent à les installer durablement dans le débat public.

La criminalisation des mouvements écologistes en offre un exemple récent. En France, entre 2023 et 2025, plusieurs responsables politiques ont qualifié des militants écologistes de « terroristes » ou de « menace pour l’ordre public » à la suite d’actions contre des infrastructures. La forte médiatisation de ces discours par des médias nationaux a contribué à rendre cette grille de lecture progressivement acceptable, voire légitime, dans l’espace public.

Mais la normalisation ne va pas toujours dans le sens d’un durcissement. Elle peut aussi accompagner des transformations progressistes. L’égalité salariale entre les femmes et les hommes, longtemps perçue comme une revendication marginale, s’est imposée comme une norme sociale largement partagée. De même, selon un sondage Ipsos publié en 2025, 77 % des Français se déclarent favorables à des lois renforçant la lutte contre les discriminations envers les personnes LGBT+.

Quand la normalisation rencontre des résistances

Pour autant, l’élargissement du champ de l’acceptable n’est ni automatique ni irréversible. La psychologie sociale s’intéresse aussi aux mécanismes de résistance à la normalisation. Des travaux récents sur l’« inoculation psychologique », menés notamment par Jon Roozenbeek et Sander van der Linden, montrent que l’exposition préventive aux techniques de manipulation renforce la capacité des individus à résister à des discours trompeurs ou extrémistes. Autrement dit, les normes ne se déplacent pas indéfiniment : elles se heurtent à des seuils de tolérance et à des capacités de vigilance collective.

Ces moments de rupture apparaissent souvent lorsque des acteurs légitimes nomment explicitement le basculement en cours. L’histoire en offre plusieurs exemples. En 1974, lorsque Simone Veil défend la législation de l’IVG, elle met en lumière l’écart entre l’interdit pénal et une réalité sociale déjà répandue. Elle révèle l’inadéquation croissante de la norme juridique. De même, lors de l’abolition de la peine de mort en 1981, portée par Robert Badinter sous la présidence de François Mitterrand, la réforme ne suit pas immédiatement l’opinion majoritaire : elle redéfinit publiquement le seuil moral tolérable en inscrivant la question sur le terrain des principes fondamentaux.

Ces séquences rappellent que la normalisation n’est jamais totale. Le déplacement des frontières du tolérable n’est pas un processus à sens unique : il peut être contesté, freiné, voire partiellement inversé lorsque des repères moraux partagés sont réactivés. Comprendre ces mécanismes est essentiel pour éviter le double écueil du fatalisme – tout serait inévitable – et de l’illusion inverse, selon laquelle les normes se transformeraient sans résistance. 

 

[Photo : Octavio Jones / AFP - source : www.theconversation.com]