sábado, 15 de agosto de 2026

¿Odiar a los judíos, amar a Israel?

La guerra en Gaza y el ascenso de las derechas iliberales sirven de punto de partida para una reflexión sobre la crisis del vínculo entre judaísmo, sionismo e Israel. En esta entrevista, el filósofo Michel Feher sostiene que Israel se ha convertido en un laboratorio de los etnonacionalismos y que el «pacto de blanqueamiento mutuo» entre los judíos y las sociedades occidentales amenaza con agotarse. Frente a ello, reivindica una tradición judía diaspórica, cosmopolita y crítica. 

Entrevista a Michel Feher

Publicada por Carlos Pérez

Nacido en Bruselas en 1956 y de ascendencia húngara, Michel Feher es filósofo, editor y un activo representante del ensayo crítico contemporáneo. Fundó en 1986 Zone Books, la editorial neoyorquina desde la que ha contribuido durante cuatro décadas a introducir en el mundo anglófono a autores como Michel Foucault, Georges Bataille, Gilles Deleuze y Georges Canguilhem; codirige con la teórica política Wendy Brown la serie Near Futures, dedicada a pensar las mutaciones del capitalismo tardío; ha enseñado en la Escuela Normal Superior de París y en las universidades de Berkeley y Goldsmiths. Adicionalmente, es cofundador de Diagrammes.fr, un reciente proyecto audiovisual de entrevistas a intelectuales críticos. Es autor de Powerless by Design: The Age of the International Community [Impotente por diseño. La era de la comunidad internacional] (Duke UP, 2000) sobre la reconfiguración humanitaria de la comunidad internacional; Le temps des investis (La Découverte, 2017; publicado en español con el título El tiempo de los investidos), sobre el sujeto neoliberal reconvertido en activo permanentemente evaluado por los mercados; Producteurs et parasites [Productores y parásitos] (La Découverte, 2024), sobre el imaginario económico del partido de extrema derecha francés Reagrupamiento Nacional.

Redevenir juif [Volver a ser judío], publicado en mayo de 2026 por La Découverte, se inscribe en esa misma genealogía, pero abre en ella un nuevo pliegue: por primera vez, de manera monográfica, Feher aborda la cuestión judía y lo hace desde su propia posición asumida en primera persona. La tesis es doble y está hábilmente engarzada. Por un lado, sostiene que Israel no es la excepción del actual orden internacional, sino su laboratorio para proyectos etnonacionalistas. Por otro lado, y esta es la propuesta que da título al libro, Feher argumenta que el «pacto de blanqueamiento recíproco» –que desde hace ocho décadas ofrece a los judíos de la diáspora reconocimiento pleno como blancos, a cambio de que avalen la idea de que Occidente ya superó su propio antisemitismo y de que sostengan sin fisuras al Estado de Israel– amenaza con agotarse, porque las derechas iliberales que hoy reproducen el modelo israelí se están volviendo, en muchos casos, contra los judíos. Su polémica sugerencia: reocupar el lugar del judío diaspórico que aborrecían por igual los padres fundadores del antisemitismo moderno y los del sionismo, no como retorno nostálgico a una condición subalterna, sino como reactivación de una potencia crítica, alérgica a toda forma de identificación excluyente. Escrito bajo la sombra alargada del genocidio en Gaza, pero pensado más allá de él, en la clave estructural de la salida del orden unipolar y del ascenso planetario de los nacionalismos etnorreligiosos, Redevenir juif es diagnóstico e intervención, un ensayo crudo, inteligente y provocador sobre las fracturas que tensionan nuestro presente sociodemográfico y geopolítico.

Redevenir juif es su primer libro que aborda explícitamente la cuestión y la tradición judías, y llega en medio de una creciente oleada de libros que trazan la historia del antisemitismo y del sionismo. ¿Por qué ahora?

Se está produciendo un genocidio, así que parece un buen momento para hacer algo al respecto. Hay ya mucha gente escribiendo sobre ello, y con mejores credenciales, ya sea porque tienen una afinidad más clara con las víctimas o un conocimiento más profundo de lo que es un genocidio (su genealogía jurídico-política), o porque son historiadores de la región -de Palestina, de Israel o de Oriente Medio en general-. Así que no hacía ninguna falta que yo hablara de ello en términos generales. Si me pareció importante aportar algo, fue por dos razones.

En primer lugar, a los judíos se les exige, o se les presume, una afinidad o una solidaridad con Israel. El actual es un momento extraño, que recuerda de manera perversa, al menos en el contexto francés, al caso Dreyfus de comienzos del siglo XX, cuando se acusó a los judíos franceses de albergar una doble lealtad: entonces, hacia Francia y hacia Alemania. Hoy se da por sentado que los judíos albergan una doble lealtad hacia el país del que procedan y hacia Israel. Pero en este caso la doble lealtad no es incriminatoria. No es un delito ni un motivo de sospecha. Cuando se presume que uno es solidario con un Estado que está cometiendo un genocidio, que practica una limpieza étnica y que ha mantenido un régimen de apartheid durante los últimos 50 años, una respuesta sencilla -si uno no siente esa solidaridad ni esa lealtad- es decir «no en mi nombre». Basta pensar en Jewish Voice for Peace [Voz Judía por la Paz] en Estados Unidos.

Hay un argumento que suelen esgrimir los críticos radicales de Israel en su forma etnorreligiosa actual: que antisionismo y antisemitismo no son lo mismo; que se puede criticar no solo la política de Israel, sino el propio tipo de Estado que Israel es -un Estado fundado sobre una cierta supremacía etnorreligiosa- y condenarlo sin ser antisemita, porque no se trata de los judíos: se trata del sionismo, de aquello en lo que el Estado de Israel se ha convertido y de lo que está haciendo. 

No tengo ningún problema con esa posición. Pero me parece que hay otra dimensión, bastante indiscutible aunque poco explorada, que es su reverso: si bien el antisionismo no es necesariamente antisemita, existe una fuerte dimensión antisemita en el propio sionismo. Puede sonar muy provocador, pero basta leer las obras de los padres fundadores del movimiento sionista -Theodor Herzl, David Ben-Gurión, Vladímir Jabotinsky, A.D. Gordon y otros- para darse cuenta de que albergaban un sentimiento de profundo odio hacia los judíos de la diáspora, de manera análoga a los antisemitas de finales del siglo XIX y comienzos del XX.

Por ende, ¿el proyecto israelí sería paradójicamente «poco judío»? 

Durante la mayor parte de su historia, la cultura judía ha sido una cultura radicalmente diaspórica, puesto que no había patria alguna a la que regresar ni que reclamar. Puede incluso decirse que Israel es el país menos judío del mundo; el único fundado sobre la erradicación de la condición diaspórica judía. Desjudaizar a los judíos fue la premisa sobre la que se construyó el proyecto sionista. Como se dice que proclamó Jabotinsky, mentor político de Benjamin Netanyahu, allá por la década de 1930: «Si no acabáis con la diáspora, la diáspora acabará con vosotros». No hay nada menos judío, en cierto modo, que Israel y el sionismo.

¿Qué otros rasgos son compartidos por el sionismo y el antisemitismo? 

El sionismo siempre ha sido un proyecto de asentamiento: la idea de sacar a los judíos de Europa, donde efectivamente eran perseguidos, y darles un país que por fin fuera el suyo. También fue un proyecto nacional: la creación de una nación mediante la búsqueda de un territorio donde el pueblo judío pudiera, por fin, tener un país. El problema, desde el principio, es que el ideal para un objetivo así era encontrar «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra». Obviamente, Palestina no es una tierra sin pueblo. De modo que hubo que inventarse que esas personas eran beduinos que, en realidad, no pertenecían a ese lugar, que eran nómadas. No debía entonces ser demasiado difícil convencerlos de que se marcharan; y, si no se dejaban convencer fácilmente, trasladarlos a los países árabes vecinos. Ello conllevaba deportaciones y limpieza étnica.

Para crear ese nuevo país, se necesitaba un pueblo capaz de cultivar la tierra -de ser campesino-, para hacer florecer el desierto y transformar el territorio en uno próspero, y, al mismo tiempo, capaz de combatir. En resumen, se necesitaba un pueblo de campesinos-soldados. Ahí radica el problema: los judíos europeos eran muchas cosas -intelectuales, pequeños comerciantes, artesanos, banqueros-, pero desde luego que no eran campesinos ni soldados.

Así que, para llevar a cabo el proyecto sionista, había que reinventar literalmente al pueblo judío y ajustarlo al ideal de una población colonizadora. El israelí constituye un tipo muy específico de colonialismo de asentamiento, que algunos autores suelen calificar como «colonialismo de pioneros». A diferencia de otro tipo de colonos, el pionero no tiene una metrópoli a la que volver. El objetivo era crear un país nuevo. A veces este tipo de colonialismo es animado por una especie de idealismo según el cual los pioneros van a construir una tierra mejor que la que existía -como en los Estados Unidos que se expanden hacia el Oeste con Thomas Jefferson o, hasta cierto punto, en Australia-, lo cual significa, claro está, que la población indígena que allí habita debe ser desplazada. Eso vale para todos los pioneros. Pero los pioneros judíos tenían la dificultad añadida de poseer una idiosincrasia no apta para semejante tarea.

Hacía falta, por tanto, una verdadera labor de ingeniería social. De ahí la irritación, la rabia, de los padres fundadores del sionismo, ante lo cual respondieron con un proyecto de reeducación. Y de ahí también lo que constituye una aversión muy intensa hacia lo que los judíos sí eran: una nación cosmopolita y «sin raíces», con cierta tendencia a convertirse, como dirían los antisemitas, en un pueblo sin relación alguna con la tierra, experto únicamente en el manejo de abstracciones, ya fueran el dinero o las palabras.

Según la mirada sionista, los judíos tendían a ser o bien banqueros y usureros, o bien comunistas y manipuladores intelectuales. En realidad, los sionistas comparten con los movimientos nacionalistas europeos de la época -a finales del siglo XIX y comienzos del XX- una misma comprensión de la condición judía. Estos movimientos, profundamente antisemitas, tenían la impresión de que el mero hecho de convivir con gente desarraigada tendía a corroer las propias raíces. Tener judíos en el seno de la propia sociedad es una condición contagiosa: si los dejas vivir entre los tuyos, empiezas a volverte como ellos, a cuestionar tu propia identidad. Por eso había que confinarlos, en el mejor de los casos, en guetos donde no molestaran a nadie o, a ser posible, expulsarlos e incluso exterminarlos. La única diferencia entre sionistas y antisemitas es que, para estos últimos, el problema de los judíos era racial -ese cosmopolitismo lo llevaban en la sangre-, mientras que para los primeros era una cuestión de condición, un hecho contingente y reformable. Si se les permite asentarse y tener un país, serán tan buenos nacionalistas como aquellos que los odian en Europa. 

En un pasaje de sus diarios, Herzl escribe que los antisemitas serán los más fiables aliados del proyecto sionista. ¿Por qué?

Por dos razones. La primera es obvia: ellos quieren deshacerse de nosotros [los judíos] y nosotros queremos marcharnos -los dos proyectos entonces van de la mano-, así que nos ayudarán a partir. La otra razón por la que los antisemitas se convertirían en nuestros mejores amigos, decía Herzl, es que se darán cuenta, una vez que nos hayamos asentado en Palestina, nos hayamos convertido en un país y nos hayamos transformado en los campesinos-soldados que no somos, de que en realidad somos exactamente como ellos: que nuestras ambiciones nacionalistas, nuestro deseo de echar raíces y nuestro anhelo de identidades etnonacionales fuertes son tan intensos como los suyos. En cuanto comprueben que en Palestina nos comportamos exactamente igual que ellos -sobre todo, en la manera en que vamos a deshacernos de la población local-, verán que somos sus mejores aliados y amigos. Y por eso -y esto no lo escribe en su diario, sino en el panfleto fundacional del sionismo moderno, El Estado judío-, una vez que estemos allí, los europeos descubrirán que somos los centinelas de la civilización europea contra los bárbaros en Oriente Medio.

En el subtítulo de su libro, usted habla de un pacto recíproco de blanqueamiento...

Es evidente que, a pesar de que tardó en hacerse realidad, el proyecto sionista fructificó. Los países occidentales pasaron a considerar a Israel uno de los suyos, e Israel se convirtió en el ferviente aliado de quienes antaño hacían gala de su antisemitismo. Cuando hablo de un «pacto de blanqueamiento mutuo» -blanchiment en francés–; al igual que en español, el término tiene un doble sentido, a la vez racial y moral. Por un lado, significa volverse blanco en términos raciales, como cuando ciertas minorías se vuelven blancas y son aceptadas como parte de la mayoría blanca (los italianos o irlandeses en Estados Unidos, por ejemplo). Pero blanchiment también significa «blanqueo», como cuando se blanquea dinero. El pacto del que hablo es, por tanto, un pacto de blanqueamiento mutuo, en ambos sentidos. Desde la guerra de 1967, y aún más desde el final de la Guerra Fría, a los judíos se les ha ofrecido el reconocimiento como blancos de pleno derecho, incluso como blancos ejemplares, algo inédito en la historia de los judíos en el mundo occidental. 

Ese reconocimiento se les ofrece por dos razones. Son blancos ejemplares, en primer lugar, porque el resto de la cultura blanca se siente culpable y en deuda con los judíos a causa del antisemitismo que culminó en el Holocausto. Existe una deuda con los judíos que las sociedades occidentales quieren saldar, y convertirlos en blancos es una manera de empezar a pagarla. Pero también son blancos ejemplares en el sentido de que parecen ser el objetivo principal de los portadores de lo que se ha dado en llamar el «nuevo antisemitismo», supuestamente encarnado en minorías racializadas del Norte o pueblos racializados del Sur, cuya animadversión hacia Israel los convierte en portadores del renovado germen antisemita. Esa gente, que odiaría a Occidente en su conjunto, lo hace aún más con los judíos; los judíos se habrían vuelto, por tanto, blancos por excelencia, en la medida en que son los más odiados de entre los blancos.

A cambio, se les pide que digan que las sociedades blancas del Norte global se han curado por fin del mal del antisemitismo que fue su plaga durante tanto tiempo; que los judíos se sienten ya plenamente protegidos en las sociedades blancas occidentales. Los blancos, si no han saldado su deuda por la Shoá -esa deuda es impagable-, al menos se han limpiado en buena medida del antisemitismo que antes los asolaba. Este pacto ha resultado bastante atractivo para muchos judíos. Al fin y al cabo, ¿por qué no? Es, sin duda, un ascenso respecto de la situación anterior.

Pero esto implica, sobre todo, una nueva comprensión del antisemitismo. Se reconoce que las viejas manifestaciones antisemitas siguen existiendo -las acusaciones de que los judíos controlan las finanzas, de que controlan los medios de comunicación, de que se infiltran en el Estado, de que conspiran a través de las fronteras para dominar el mundo-, pero se trata como folclore, como algo residual. El verdadero antisemitismo de hoy tendría una sola dimensión: el odio a Israel, el antisionismo. Esa es la parte del trato que los judíos han de aceptar y repetir machaconamente.

La problemática real, y esto lo repite en su libro, es que el antisemitismo más latente se ubica en el margen derecho del espectro ideológico.

Claro. Si uno se fija en estadísticas oficiales de las sociedades occidentales -en Francia las monitoriza la Comisión Nacional Consultiva de Derechos Humanos, y existen instituciones similares en España, en Alemania y en otros países-, es fácil darse cuenta de que el principal reservorio de sentimientos antisemitas no está en las minorías ni en la izquierda, sino en la extrema derecha. Lo que significa que, si eres un «buen judío» dispuesto a cumplir el pacto, tienes que dedicar mucho tiempo a explicar que esas manifestaciones de antisemitismo no son más que folclore, malentendidos, algo residual. Y eso conduce a situaciones bastante curiosas. Un ejemplo que cito en mi libro: el actual ministro de Justicia francés, Gérald Darmanin, que hace unos años fue ministro del Interior, publicó en aquella época un libro contra el separatismo islamista. En un pasaje hay un par de frases en las que elogia a Napoleón por haber actuado con mano dura contra los usureros judíos y haber salvado a Francia de sus terribles fechorías. Antisemitismo clásico de manual. Algunos se preguntaron si no era escandaloso que un miembro del gobierno escribiera algo así; pero la primera organización que salió en su defensa fue la Liga contra el Racismo y el Antisemitismo (LICRA), el equivalente francés de la Liga Antidifamación estadounidense (ADL, por sus siglas en inglés). Era un malentendido, explicó la LICRA; no había nada antisemita en ello; simplemente elogiaba al emperador por proteger a los judíos del resentimiento popular: legislar contra la usura era, en el fondo, una forma de resguardarlos de los pogromos que el odio del buen pueblo francés hacia los usureros podría haber desatado. Eso ya resulta bastante escandaloso. Pero algo incluso peor ocurrió en Estados Unidos pocas semanas después de la reelección de Donald Trump, en aquella celebración en que Elon Musk tomó la palabra y remató su discurso con su tristemente célebre saludo nazi. Algo problemático, claro, salvo por el hecho de que la primera organización que salió en su defensa fue la propia ADL: no había nada de nazi en el gesto, simplemente quería decir «mi corazón está con ustedes».

Entonces, si el antisionismo es lo mismo que el antisemitismo, hay que ser un partidario leal y ferviente de Israel: de un país que está cometiendo un genocidio, que lleva décadas practicando el apartheid y que alberga un proyecto de limpieza étnica definitiva de toda la antigua Palestina bajo el mandato británico. Para quien defienda cualquier tipo de valores liberal-democráticos, ser partidario de un Estado que hace todo esto resulta bastante costoso: hay que contribuir a blanquear las expresiones de antisemitismo que aún persisten en la sociedad y que se dan sobre todo entre los partidarios más fervientes de Israel, es decir, en gran parte de la extrema derecha. Las mismas personas que odian a los judíos pueden amar a Israel. Uno de los argumentos centrales de mi libro es que no se trata de ninguna paradoja, y una de las razones es, precisamente, que existe una dimensión antisemita fundamental en el sionismo.

Hoy resulta casi de sentido común señalar que Israel es una especie de laboratorio del orden iliberal, el anticipo de una distopía reaccionaria. Israel siempre ha sido un proyecto de colonialismo de asentamiento, con esa dimensión pionera que ha señalado. Pero pareciera que algo ha cambiado en los últimos años, algo que va más allá de la destrucción de Gaza. ¿Dónde ciframos el punto de inflexión? ¿La Guerra de los Seis Días? ¿La primera victoria electoral del Likud en 1977? ¿La Ley Básica de 2018 que codifica la condición etnorreligiosa del país al declarar a Israel como Estado-nación del pueblo judío?

Hay que dar un paso atrás. Especialmente a partir de 1967, Israel se convierte en un aliado principal de Estados Unidos, algo que antes no era, o lo era de manera más ambigua: en 1956, por ejemplo, fueron los estadounidenses quienes pusieron fin a la guerra de Suez, al proyecto de invasión del canal por parte de franceses, británicos e israelíes. Pero desde la Guerra de los Seis Días Israel se convierte en un aliado crucial de Estados Unidos y se presenta como el paradigma de la democracia liberal. Desde 1967 es un país que ocupa ilegalmente Cisjordania, Gaza y parte de los Altos del Golán, que no concede derecho alguno a quienes viven allí y que no tiene la menor intención de devolver la tierra de la que se ha apropiado. A esto hay que añadir que, aunque 20% de los ciudadanos de Israel son palestinos, se trata claramente de ciudadanos de segunda que no gozan de los mismos derechos que la población judía. Y, sin embargo, tanto los israelíes como los judíos de la diáspora que apoyan a Israel y los gobiernos occidentales lo presentan como la «única democracia liberal de la región». La máxima expresión de esto fue Ehud Barak, primer ministro de Israel a comienzos de los años 2000, que definió al país como «un chalet en medio de la jungla».

Este paradigma de la sociedad liberal atraviesa distintas fases. Entre 1967 y 1987, el inicio de la primera intifada, los israelíes, especialmente bajo la dirección de Moshé Dayán, ministro de Defensa durante la guerra de 1967, desarrollan un proyecto que consiste en presentar a Israel más o menos así: sí, somos ocupantes; sí, somos de facto una especie de Estado colonial; pero somos el Estado colonial más benévolo del mundo, y nuestro objetivo es garantizar que los palestinos -los «árabes»- que viven en los territorios ocupados disfruten de mejores condiciones sociales y económicas que sus vecinos. El sionismo se convierte así, durante 20 años, en una especie de proyecto liberal-imperialista, con su mission civilisatrice incluida: haremos que los palestinos vivan algo mejor y, con el tiempo, cuando estén lo bastante agradecidos por la mejora de su situación y ya no alberguen ambiciones políticas, quizá les concedamos algunos derechos civiles o políticos.

Luego llega la primera intifada, que demuestra con claridad que los palestinos no van a renunciar a sus reivindicaciones políticas. Y llega entonces una segunda fase, la de los Acuerdos de Oslo. La lógica es la siguiente: este «apartheid con rostro humano» no va a funcionar, así que vamos a fingir que estamos a favor de una solución de dos Estados, que estamos dispuestos a compartir la tierra con los palestinos. Se trata, por supuesto, de un reparto profundamente injusto y desigual: el territorio se distribuye de manera muy desequilibrada; Israel está plenamente militarizado mientras que Palestina deberá desmilitarizarse; Israel controla la electricidad, el agua y los recursos, y puede cortarlos cuando quiera. El proyecto era inviable desde el principio. Pero existía ese espejismo de que se avanzaba hacia la paz. Coincidía, además, con el final de la Guerra Fría: había un camino trazado, lento pero inexorable, que conducía hacia el fin de la historia, hacia un mundo plenamente liberal y democrático que encuentra en Israel un valeroso ejemplo.

Los israelíes se aferran a ese espejismo hasta que Isaac Rabin, primer ministro del Partido Laborista, es asesinado por un extremista judío y Benjamin Netanyahu llega al poder por primera vez en 1996. A partir de ese momento queda bastante claro -y Netanyahu lo tiene clarísimo desde el principio- que Israel nunca implementará los Acuerdos de Oslo. Todavía no rechaza públicamente la solución de dos Estados, pero es evidente que pronto lo hará. Se produce así un retorno al proyecto sionista original, en su variante dura y «revisionista» -heredera de Jabotinsky-: establecer la soberanía judía «desde el río hasta el mar», con el menor número posible de palestinos en ese territorio. Es un imaginario de expansión, control y limpieza étnica con cada vez mayor aprobación entre la población judía israelí. Pero aún no puede decirse en voz alta, porque la principal línea de defensa de Israel por parte de Occidente es que Israel es una democracia liberal que solo quiere la paz: si tuviera buenos socios para la paz, la solución pacífica de dos Estados sería una realidad. 

Esto cambia, así lo afirma, con la vuelta de Netanyahu al poder en 2009.

Efectivamente: es ahí cuando sus verdaderas intenciones comienzan a expresarse en voz alta. Se produce un punto de inflexión importante en 2011, cuando Netanyahu realiza una visita oficial a Washington, con Barack Obama de presidente. Justo antes de ese viaje, Obama había declarado que los asentamientos ilegales de colonos en Cisjordania tenían que cesar; que era necesaria una solución de dos Estados con la Línea Verde como línea divisoria, con las fronteras anteriores a la guerra de 1967. Obama dijo incluso que habría que adoptar alguna medida para los refugiados palestinos que fueron expulsados en 1948. 

Sin embargo, cuando Netanyahu llega a Washington, le dice a Obama en la cara que la solución de dos Estados conlleva demasiados problemas de seguridad; que los refugiados no son un problema de Israel, que los acojan los demás Estados árabes. Netanyahu le espeta asimismo que la colonización va a continuar porque «esta es nuestra tierra prometida». Obama apenas reacciona, y Estados Unidos continúa con su apoyo a Israel. Pero ahí crece la disonancia entre la manera en que los estadounidenses y los países occidentales en general apoyan a Israel -como esa democracia liberal que desea la paz en la región y una solución de dos Estados- y la manera en que el gobierno israelí, y buena parte de la sociedad israelí, se presenta a sí mismo. Como decía, esto quedó formalizado e institucionalizado con la Ley Básica de 2018, que establece que solo el pueblo judío es soberano en el Estado de Israel y que los palestinos con nacionalidad israelí poseen una ciudadanía de segunda.

Aunque Estados Unidos nunca se planta ni amenaza con retirar la ayuda militar o financiera, es evidente que la irritación iniciada con Obama va en aumento. Por eso, cuando Trump llega al poder por primera vez -y más aún tras su reelección-, se produce un enorme alivio en Israel, tanto en Netanyahu como en el conjunto de la sociedad. No solo tenemos un amigo en la Casa Blanca -amigos en la Casa Blanca hemos tenido siempre-, sino que ya no tenemos que fingir que somos una democracia liberal. Trump busca destruir la democracia liberal en Estados Unidos, así que ¿por qué iba a importarle lo que ocurra en Israel en este terreno? Estamos, en el fondo, en la misma sintonía. Al fin y al cabo, ¿qué es America First? ¿Qué es «Make America Great Again», sobre todo en el segundo mandato de Trump? Es expandirse: al canal de Panamá, a Groenlandia, quizá a Canadá, quién sabe, o a Cuba. Es depurar la población: devolverle la grandeza a Estados Unidos significa la fantasía de devolverle la blanquitud, asegurarse de que todos los «parásitos extranjeros» sean expulsados. Y es controlar lo que Marco Rubio y el Departamento de Estado llaman «nuestro hemisferio», la región que rodea a Estados Unidos. Es una visión de Carl Schmitt -una visión schmittiana del Großraum-: la de una zona de influencia estadounidense en la que el país dominante tiene derecho a prosperar mediante la expansión y la depuración. En el fondo, un proyecto muy distinto del imperialismo liberal de los Estados Unidos de la posguerra, que consistía en hacer el mundo más americano proyectando poder duro, pero también poder blando, el Estado de derecho, los valores democráticos, etc. Había en ello muchísima hipocresía, por supuesto, pero era un imaginario radicalmente diferente del del gobierno de Trump -y, en buena medida, del de Netanyahu-. 

El desarrollo lógico -y en cierta medida inevitable- de estas dinámicas culmina en la otra paradoja que marca Redevenir juif: lo que asemeja a MAGA y el nuevo sionismo revisionista es a su vez lo que acerca la disolución del vínculo histórico entre Estados Unidos e Israel. 

¿Qué implica ser coherente con la ideología de «America First»? Lo esbozó Marco Rubio en su primer discurso tras ser nombrado secretario de Estado: vivimos en un mundo multipolar, dividido en regiones, cada una comandada por un país dominante; y entre esos países dominantes debe haber relaciones de complicidad y rivalidad, de tensión pero también de respeto mutuo, de modo que se genere una especie de mundo homeostático; en esencia, capos de la mafia que respetan hasta cierto punto los territorios ajenos. Ahora bien, si esa es la visión de «America First», ¿por qué Estados Unidos -un país blanco y cristiano llamado a dominar el hemisferio que va del Pacífico al Atlántico- gasta tanto dinero, tiempo y energías en Israel, un país que no está en su hemisferio y cuya población ni siquiera cree que Jesús sea su salvador? Algo no cuadra. Ahí es donde aparece esa ala cada vez más numerosa del movimiento MAGA -Tucker Carlson, Candace Owens, Nick Fuentes- que se pregunta por qué Israel sigue siendo un aliado privilegiado cuando no trae más que complicaciones. 

El discurso es sencillo de articular: mira el lío en que estamos metidos ahora con Irán, con el Líbano; todo porque Netanyahu convenció a Trump de bombardear para nada. ¿Cuál es el problema, entonces? Para este sector de la derecha estadounidense la respuesta es clara: los judíos. Equiparan israelíes a judíos y piensan, por tanto, que si los israelíes han conseguido que Estados Unidos les haga el trabajo es gracias al complot judío para dominar el mundo. Igual que ocurrió en su día con los banqueros Rothschild, ahora, a través de Israel, los judíos dominarían Estados Unidos y dictarían los términos de su política doméstica e internacional. Hay, pues, un ala creciente de MAGA que resulta ser antisionista porque es antisemita. 

¿Por qué iba un pequeño país de Oriente Medio a descarriar a los poderosos Estados Unidos, si no fuera por una camarilla judía que se ha infiltrado en el Estado? Ese es el punto de inflexión en el que nos encontramos. Y como el discurso que proponen es mucho más coherente en su propia lógica que el de los neoconservadores proisraelíes, mi apuesta es que el futuro de la derecha les pertenece. J.D. Vance -el más MAGA de los MAGA, al menos dentro del gobierno- lo ha repetido en sus últimos discursos, en los que advierte a Israel que más le vale no salirse de la fila y dejar de criticar a Trump. No es más que el comienzo de un mensaje que viene a decir: se han extralimitado; tienen demasiado poder; y su poder no sirve a los intereses de Estados Unidos. Es el inicio de un giro de vastas consecuencias.

De ahí, también, su propuesta de que los judíos abracen -de nuevo- su condición diaspórica.

Mi mensaje para los judíos de la diáspora es doble. En primer lugar, que si tienen algún tipo de valores, ni siquiera socialistas o antiimperialistas, simplemente liberal-democráticos, es obvio que no pueden apoyar a un Estado genocida. Pero, en segundo lugar, incluso si se decide mantener su apoyo por puro interés propio, porque ese apoyo garantiza la blanquitud, la apuesta sigue siendo equivocada: en la derecha está creciendo un ala antisionista y antisemita, y la coherencia discursiva y los hechos juegan a su favor. Probablemente sea hora de cambiar de bando y adoptar como propios aquellos valores cosmopolitas, vanguardistas y aperturistas que hicieron rabiar a los antisemitas de los siglos XIX y XX, y hacerlo deprisa, porque, aun renunciando a toda forma de conciencia política o moral, el pacto de blanqueamiento mutuo no va a seguir siendo rentable durante mucho más tiempo.

Retomando este argumento, podemos ver en Estados Unidos un fenómeno novedoso, que es el alejamiento de muchos jóvenes judíos de las organizaciones oficiales pro-Israel y un creciente apoyo a la causa palestina –algo que se ve también en el apoyo a candidatos demócratas progresistas–. Incluso hay una cierta recuperación del Bund1. ¿Qué nos puede decir de este fenómeno?

Los votantes demócratas en general, y entre ellos los judíos estadounidenses, tanto jóvenes como no tan jóvenes, manifiestan una actitud cada vez más crítica no solo hacia el gobierno israelí y sus políticas, sino también hacia la propia configuración del Estado de Israel. Para quienes rechazan el etnonacionalismo y toda forma de discriminación basada en la raza o la religión, resulta difícil aceptar que Israel pueda reservar el derecho a la autodeterminación solo para su población judía y, al mismo tiempo, seguir considerándose una democracia. Esta conclusión se ve reforzada por el hecho de que los propios dirigentes israelíes, así como una parte importante de la ciudadanía judía israelí, ya no parecen esforzarse demasiado por presentar a su país como una democracia, ni siquiera en el sentido de una democracia «iliberal».

En este contexto, el reciente interés por el Bund entre los judíos estadounidenses de izquierda merece una atención particular. Por un lado, la historia, tan admirable como trágica, de este movimiento socialista democrático resulta inspiradora por sí misma y recuerda que, durante la primera mitad del siglo XX, los sionistas no fueron los únicos judíos que se enfrentaron al antisemitismo por sus propios medios, en lugar de confiar su seguridad a la protección de los Estados liberales occidentales o a su adhesión a los partidos comunistas.

Por otro lado, la llamada Zona de Asentamiento, donde el Bund arraigó, era un espacio muy particular: una región empobrecida situada en la parte occidental del Imperio zarista, en la que millones de judíos estaban obligados a residir y donde constituían una población discriminada y ampliamente despreciada, junto con otras comunidades sometidas a procesos de racialización. En otras palabras, los judíos que fundaron el Bund se organizaron como una minoría segregada y explotada y reivindicaron una federación socialista en la que todas las comunidades pudieran convivir en condiciones de igualdad y desarrollar su propia identidad.

El imaginario bundista se presta, por tanto, especialmente bien a la incorporación de los judíos -no sionistas y antisionistas- a la coalición multicultural que imaginan los socialistas democráticos estadounidenses contemporáneos. Lo que ese imaginario no contempla, sin embargo, es la condición diaspórica y la conciencia de una población judía mayoritariamente urbana cuya politización se orientó menos hacia el cultivo de identidades que hacia la crítica de todas las formas de identidad, o, cuando menos, hacia una actitud irónica y humorística frente a las afirmaciones de carácter identitario.

  • 1. El Bund (Unión General de Trabajadores Judíos de Lituania, Polonia y Rusia) fue un partido socialista judío fundado en Vilna en 1897, en el seno del Imperio zarista. Promovía una identidad judía secular basada en el idioma yiddish y en la autonomía cultural dentro de una federación socialista multinacional, en oposición tanto a la asimilación como al proyecto sionista, que consideraba utópico y ajeno a las condiciones reales de las masas judías de Europa del Este. Tuvo un rol destacado en el movimiento obrero ruso y polaco hasta su práctica desaparición tras el Holocausto y la persecución soviética [N. del E.].

 

 

[Fuente: www.nuso.org]

Samira Kadiri: «La Mediterrània és una sola espiritualitat cantada»

Samira Kadiri oferirà al FëMAP un viatge per la riba mediterrània a través dels cants sacres andalusins i sefardites 

La soprano i musicòloga marroquina Samira Kadiri 

Escrit per Meritxell Tena

Crítica i bloguera

La soprano i musicòloga marroquina Samira Kadiri és reconeguda per la seva tasca de recuperació i difusió del patrimoni musical andalusí, sefardita i mediterrani. Amb formació lírica occidental i un profund coneixement de les diverses tradicions que estudia, ha bastit una visió artística personal basada en cercar i celebrar la memòria comuna d’aquests pobles, la història dels quals conflueix i es trena al voltant del mateix tronc des de fa segles malgrat les diferències lingüístiques i religioses. I tot, explica Kadiri, gràcies al mar que compartim i que esdevé un camí invisible per compartir, un camí sinuós ple de significats ocults i amb ressonàncies d’eternitat.

Hem parlat amb la cantant en ocasió de la seva pròxima visita al Festival de Música Antiga dels Pirineus (FëMAP), on es presentarà acompanyada de l’Ensemble Andalusí amb l’espectacle De las Alpujarras a Arafat, una recopilació de cants sagrats entre Orient i Occident. Un cant al diàleg i a la celebració d’allò que ens uneix per sobre les fronteres que podrem gaudir el 12 d’agost a Encamp (Andorra) i el 13 d’agost a Puigcerdà (Cerdanya).

Ha rebut una formació musical clàssica com a soprano. Quina influència ha tingut l’estil clàssic en la seva expressió artística?

La meva formació clàssica ha estat el fonament i la brúixola del meu recorregut. El cant líric (bel canto) m’ha transmès el rigor de la respiració, la precisió de la dicció, el respecte pel text i la consciència de la veu com a instrument de narració. Però, sobretot, m’ha ensenyat la paciència i l’escolta del silenci. Avui, quan m’apropo als cants sagrats i profans de la Mediterrània, els treballo amb aquesta mateixa exigència clàssica. La música clàssica és l’estructura, l’esquelet. Les músiques tradicionals són la carn, el color i la memòria. L’una il·lumina l’altra. Sense aquesta disciplina, no podria transmetre la fragilitat i la força d’aquests cants com es mereixen.

L’interessa el diàleg entre les tradicions mediterrànies. Quins valors, influències o sensibilitats comparteixen aquestes cultures?

La Mediterrània és un sol mar amb mil ribes i una sola espiritualitat cantada. Allò que ens uneix és una sensibilitat comuna: la melangia joiosa, i la importància de l’oralitat, de la poesia i del ritual. També compartim modes musicals, instruments i una relació molt íntima amb allò sagrat en la vida quotidiana. La pregària cantada, la lamentació i la celebració travessen totes les nostres cultures.

«En un món que aixeca murs, la música ens recorda que les nostres pregàries es responen d’una riba a l’altra.»

I què és el que més les diferencia?

Allò que ens diferencia són les llengües, les històries i els ritus de cada port. Al Marroc, hi trobem la tradició andalusina i el sufisme. A Espanya, les saetas, les Alpujarras i la memòria morisca. A Orient, el maqam [sistema de modes melòdics de la música àrab tradicional] i el cant religiós. Com a investigadora, la meva tasca és cercar aquests ponts invisibles. El diàleg mediterrani no és una fusió que esborra les diferències: és una polifonia en què cada veu conserva el seu color però canta amb les altres.

Què veurem al FëMAP? Com descriuria el seu espectacle, De las Alpujarras a Arafat – Cantos Sagrados entre Oriente y Occidente?

Es tracta d’una composició espiritual que teixeix un vincle entre tradicions musicals sagrades compartides. Amb el meu conjunt andalusí, proposem un teixit híbrid que celebra la memòria mediterrània. L’espectacle és un viatge artístic on es combinen músiques procedents de les tradicions d’Orient i d’Occident. Hi presentem peces medievals d’ànima andalusina cantades en diverses llengües algunes gairebé oblidades avui en dia: l’haketia o ladí [variant judeocastellana parlada per la comunitat sefardí al nord del Marroc], l’aljamiat espanyol [pertanyent a la tradició morisca, és a dir, dels musulmans convertits a la força després de la conquesta de Granada i que van mantenir elements de la seva cultura en secret], el gallec-portuguès…

Quin és el missatge?

El missatge principal és el de la unitat en la diversitat. De Las Alpujarras a Arafat és el camí entre dues muntanyes sagrades i simbòliques: les Alpujarras, últim refugi dels moriscos a Espanya, i Arafat, cim del pelegrinatge i de la pregària [per als musulmans que viatgen a La Meca]. Vull mostrar que els nostres cants sagrats, malgrat les diferents llengües, comparteixen els mateixos anhels: la recerca espiritual, la pau, la memòria i la fraternitat. En un món que aixeca murs, la música ens recorda que les nostres pregàries es responen d’una riba a l’altra.

«El missatge principal és el de la unitat en la diversitat.» 

Quina recerca ha dut a terme per confegir el repertori?

Hem treballat per ressuscitar poemes sufís moriscos i khamriyat [gènere poètic àrab conegut com a poesia del vi que celebra el banquet, l’amistat, l’amor i els plaers de la vida] així com romanços sefardites. El repertori navega entre el muwashshah [forma poètica i musical pròpia d’Al-Andalus, una de les manifestacions més refinades de la cultura andalusí], la cantiga i el gallec-portuguès. Aquestes formes, tot i estar geogràficament allunyades, s’assemblen i es troben de manera sorprenent en el maqam, la melodia i la interpretació. 

[Font: www.nuvol.com]

sexta-feira, 14 de agosto de 2026

Allemagne : « La solitude politique de Friedrich Merz nourrit un doute sur sa capacité à convaincre durablement »

Le chancelier allemand, qui s’isole de plus en plus, jusque dans son propre parti, multiplie les maladresses et ne parvient pas à imprimer un cap politique clair outre-Rhin, déplore, dans une tribune au « Monde », l’auteur franco-allemand Nils Minkmar.

Écrit par Nils Minkmar 

Lorsque Friedrich Merz inaugure, le 15 septembre 2025, la synagogue restaurée de la Reichenbachstrasse à Munich, un détail échappe soudain au protocole. En évoquant le destin des juifs sous le III Reich, le chancelier s’interrompt, la voix se brise, les larmes montent. Pendant quelques secondes, l’émotion l’emporte sur la fonction. Jusqu’à présent, aucun autre moment de son mandat n’aura autant marqué les esprits.

La scène tranche avec une tradition politique qui s’est imposée en Allemagne de l’Ouest après 1945 et qui s’est encore renforcée sous Angela Merkel [2005-2021] : les chanceliers parlent beaucoup, mais se livrent peu. Leurs discours sont soigneusement calibrés pour éviter la faute, mais quasiment jamais pour susciter une émotion. Après l’effondrement du III Reich, toute forme de grandiloquence politique est devenue suspecte ; la retenue, au contraire, a été élevée au rang de vertu démocratique. Le lyrisme y est presque considéré comme une imprudence.

Cette retenue correspondait à une certaine idée de la République fédérale allemande : un Etat prospère, stable, avec une ligne politique claire, qui préférait l’efficacité au panache. Aujourd’hui, elle révèle une autre faiblesse. L’Allemagne ne manque ni de ressources ni d’institutions solides ; elle peine davantage à formuler un horizon. Une plaisanterie poursuivit Angela Merkel pendant des années : voyager avec elle revenait à monter dans un avion piloté par une commandante expérimentée. Le vol était calme, l’atterrissage sûr ; seule la destination demeurait mystérieuse.

Friedrich Merz, qui, dans sa vie privée, pilote lui-même son propre jet, inspire une comparaison différente. On l’imagine accueillant les passagers avec chaleur, détaillant les qualités de l’appareil, commentant l’itinéraire et les conditions météorologiques avec l’assurance d’un pilote chevronné. Tout semble prêt pour le décollage. Mais l’avion reste au sol. Et lorsque les premiers voyageurs demandent pourquoi il ne part pas, le commandant paraît prendre la question comme une offense.

C’est pourtant l’inverse que promettait le chancelier. Aux yeux de ses partisans, il devait incarner le retour de l’autorité tranquille, celle d’un chef d’entreprise du Mittelstand, ce tissu d’entreprises familiales de taille moyenne qui constitue l’épine dorsale de l’économie allemande. Souvent implantées loin des grandes métropoles, fortement exportatrices et spécialisées dans des productions industrielles très pointues, ces sociétés incarnent aux yeux de nombreux Allemands le sérieux, la continuité et la responsabilité. Le Sauerland, sa région natale, en Rhénanie-du-Nord-Westphalie, concentre plusieurs de ces hidden champions [« champions cachés »] qui font la puissance industrielle allemande, entreprises discrètes mais dominantes sur les marchés mondiaux.

Son parcours semblait faire de lui le candidat idéal. Juriste, avocat d’affaires de formation, longtemps député [jusqu’en 2009] avant de quitter la politique puis de diriger la branche allemande du gestionnaire mondial d’actifs BlackRock, Friedrich Merz prend la tête de l’Union chrétienne-démocrate (CDU) en 2021, avec la réputation d’un homme connaissant à la fois les rouages de l’Etat et ceux de l’économie mondialisée. Beaucoup de ses électeurs voyaient en lui, qui a réussi à faire fortune dans le privé, le dirigeant capable de rendre à l’Allemagne une culture de la décision après les années Merkel puis Scholz [2021-2025].

Sa voix est audible et il lui arrive de parler avec sérieux et autorité – mais rarement au bon moment ou sur le bon sujet. On a parfois le sentiment qu’il s’engage dans une formule, sans savoir exactement où elle va chuter. Il a donc cette astuce : rallonger l’allocution en évitant les raccourcis, les sigles. Non pas, par exemple, simplement « CDU », mais « Christlich Demokratische Union Deutschlands ». Pour réfléchir à ce qu’il veut dire, tout en parlant.

C’est précisément sur le terrain où on l’attendait qu’il a le plus déçu : celui du cap politique. Ses interventions improvisées provoquent régulièrement des controverses inutiles. Il lui faut ensuite expliquer, préciser, corriger ses propres propos afin que les retraités, les chômeurs ou les Allemands issus de l’immigration n’y voient pas une marque de mépris. Le conservateur réfléchi qu’on espérait voir émerger laisse alors place à une figure beaucoup moins séduisante : celle d’un patron qui, devant de mauvais résultats, accable de sa mauvaise humeur ses collaborateurs.

Il serait toutefois injuste d’ignorer les difficultés auxquelles il est confronté. La CDU a longtemps trouvé ses références à Washington ou à Paris ; les républicains américains comme les partis français de droite se revendiquant du gaullisme traversent aujourd’hui leurs propres crises. Merz a promis de rendre au couple franco-allemand son rôle moteur. Mais même transformé en un nouvel Adenauer [1876-1967], quel de Gaulle trouverait-il aujourd’hui en France ?

Entre Donald Trump et un paysage politique français devenu presque illisible pour les observateurs allemands, le chancelier manque de partenaires naturels sur la scène internationale. Il s’est en outre laissé enfermer par l’hostilité obsessionnelle envers les écologistes manifestée par Markus Söder, ministre-président de Bavière, affilié à l’Union chrétienne-sociale en Bavière, parti frère de la CDU.

En renonçant à une coalition avec les Verts, pourtant menée avec succès à l’échelle régionale, en Rhénanie-du-Nord-Westphalie comme dans le Bade-Wurtemberg, le chancelier s’est condamné à gouverner avec les sociaux-démocrates. Cette coalition est ainsi née sous le signe de l’absence d’alternative plutôt que du choix politique. Le refus constant de Friedrich Merz de toute coopération avec le parti d’extrême droite Alternative für Deutschland constitue cependant l’un des rares points fixes de son action, et tout à son honneur.

Les erreurs qui ont suivi sont moins spectaculaires que révélatrices. L’éviction maladroite, fin juillet, du ministre des transports, Patrick Schnieder, fidèle parmi les fidèles de la CDU, a troublé jusqu’aux rangs d’un parti habituellement discipliné. Peu à peu s’installe l’impression que Merz ne gouverne pas à la tête d’une équipe, mais seul. Cette solitude politique nourrit un doute plus général. Un chancelier peut-il durablement convaincre lorsqu’il donne le sentiment de réagir davantage aux événements qu’il ne les ordonne ?

Personne, en Allemagne, ne souhaite aujourd’hui sa chute – en tout cas en dehors des extrêmes politiques. Mais il devient chaque semaine un peu plus difficile d’imaginer qu’il puisse laisser l’empreinte durable d’un grand chancelier, et plus encore de le voir briguer un second mandat dans une position de force. Son adversaire le plus redoutable n’est ni l’opposition ni la conjoncture internationale. C’est son propre tempérament.


Nils Minkmar est un journaliste franco-allemand. Son roman « Le Chat de Montaigne » paraîtra le 20 août 2026 aux Presses de la Cité.

 

[Source : www.lemonde.fr]

Israel, de consens a fractura: així ha canviat l’opinió pública als Estats Units

Les accions del govern de Netanyahu a Gaza, Cisjordània i l'Iran erosionen un suport fins ara incondicional

Europa Press

Escrit per Lluís Tomàs

Israel perd cada cop més terreny en un front que durant dècades havia tingut gairebé garantit: l’opinió pública dels Estats Units. La Casa Blanca és el principal suport del govern de Benjamin Netanyahu en tots els àmbits —polític, econòmic i militar—, però l'agressivitat de les operacions israelianes a Gaza, l’expansió de la violència a Cisjordània i la guerra amb l’Iran han convertit la relació amb Tel-Aviv en un element cada vegada més polaritzador dins la societat nord-americana. El suport incondicional a Israel ja no funciona com un dogma incontestable i l’últim cas que fa palesa aquesta tendència s’ha produït aquest mateix dijous, quan l’ambaixador dels Estats Units a Jerusalem, Mike Huckabee, ha denunciat els "terroristes israelians" que assetjaven una família palestina a Qusra, al nord de Cisjordània. "Les accions d’aquells que estan duent a terme aquests actes horribles de terror per intimidar i assetjar aquesta família són repugnants", ha afirmat. 

La violència exercida per colons israelians contra la població palestina de Cisjordània s’ha intensificat en els últims anys en paral·lel als bombardejos sobre la Franja de Gaza. La comunitat internacional denuncia des de fa temps la il·legalitat de molts assentaments, però el que resulta menys habitual és que aquestes crítiques arribin des de la mateixa diplomàcia nord-americana. Huckabee ha estat especialment contundent i ha assegurat que "no hi ha excusa per a un comportament tan brutal". També ha explicat que la delegació dels Estats Units ha instat tant la policia com l’exèrcit israelians a actuar contra aquests "terroristes".

Més enllà de Cisjordània, el principal focus de tensió aquest any ha estat la guerra amb l’Iran. Una part del Partit Republicà considera que el govern de Netanyahu ha arrossegat Washington cap a un conflicte que era evitable. Un pensament compartit dins del moviment MAGA (Fem que Amèrica torni a ser gran, en anglès) i les seves veus més influents. Tucker Carlson, exassessor de Trump i antic presentador estrella de Fox News, ha arribat a acusar el president nord-americà d’estar sota el "control" de Netanyahu. En la mateixa línia, l’excongressista republicana Marjorie Taylor Greene, una de les principals aliades de Trump fins a la ruptura entre tots dos a principis d’aquest any, s’ha convertit en una de les figures més crítiques amb Israel dins l’ala ultraconservadora.

Divisió entre els demòcrates

Dins del Partit Demòcrata, la relació amb Israel s’ha convertit en una de les principals fonts de fractura interna. D’una banda, l’establishment tradicional i moderat manté la línia històrica del partit, que presenta Israel com un aliat estratègic innegociable dels Estats Units i com l’única democràcia de l’Orient Mitjà. De l’altra, una ala progressista cada vegada més crítica sosté que Washington no pot continuar oferint suport incondicional a un govern al qual atribueix violacions dels drets humans i responsabilitats en la crisi humanitària de Gaza.

Abdul El-Sayed durant les primàries demòcrates de Michigan / EFE

L’ascens de l'ala progressista s’ha fet visible a les primàries demòcrates. L’AIPAC (el principal lobby proisraelià dels Estats Units) i altres organitzacions afins han destinat desenes de milions de dòlars a donar suport a candidats moderats i, doncs, intentar derrotar congressistes crítics amb Tel-Aviv. Però aquesta inversió no sempre ha tingut efecte. La victòria d’Abdul El-Sayed a Michigan confirma l’empenta d’un sector progressista que també ha sumat èxits com el de Zohran Mamdani a Nova York. Tots dos representen una nova generació de dirigents demòcrates molt crítics amb Israel i partidaris de posar fi a l’ajuda militar incondicional que Washington manté amb el govern israelià.

Erosió a l'electorat

La fractura no s'ha produït només als despatxos, també entre l'electorat. Una enquesta de Gallup publicada a l’abril ja mostrava un canvi de tendència de gran abast, ja que, per primera vegada, la simpatia per Palestina superava la d’Israel entre els ciutadans dels Estats Units. Fa una dècada, un 62% dels nord-americans expressava simpatia per Israel, davant de només un 15% que ho feia per Palestina. Ara, en canvi, el suport a Israel ha caigut fins al 36%, mentre que el de Palestina ha crescut fins al 41%.

Aquesta transformació també està marcada per una profunda bretxa generacional. Les generacions més grans van créixer amb la imatge d’Israel com un estat democràtic, petit i vulnerable, envoltat d’enemics i encara sota l’impacte de la memòria de l’Holocaust. En canvi, molts joves de la generació Z i els millennials han conegut un Israel consolidat com la principal potència militar i econòmica de la regió i interpreten el conflicte palestí a través de marcs vinculats a la justícia social, el colonialisme i els drets civils. Aquesta mirada connecta, a més, amb moviments interns dels Estats Units com Black Lives Matter, fet que ha contribuït a transformar la percepció d’Israel entre els sectors més joves de l’electorat.

 

[Font: www.elnacional.cat]

 



França porta als tribunals Baiona i Sara per haver reconegut l’èuscar

La prefectura considera que els acords municipals amaguen una mena de cooficialitat · Els ajuntaments ho neguen i estan disposats a arribar fins al Consell d’Estat 

Escrit per Alexandre Solano

El Tribunal Administratiu de Pau haurà de decidir si els ajuntaments de Baiona i Sara, a Lapurdi, poden mantenir els acords amb què han reconegut oficialment l’èuscar com a llengua dels municipis. La prefectura dels Pirineus Atlàntics els ha impugnats perquè considera que poden implicar una mena d’oficialitat.

Representants dels dos municipis van comparèixer dimarts al tribunal per respondre al recurs presentat pel prefecte, Jean-Marie Girier. La vista no va entrar en el fons de la qüestió, sinó que es va centrar en el control de legalitat dels acords municipals.

El consistori de Sara va aprovar el 2 de juliol, per unanimitat, el reconeixement oficial de l’èuscar com a llengua del municipi. Baiona va adoptar un acord semblant el 23 de juliol, en aquest cas per reconèixer oficialment tant l’èuscar com el gascó. La prefectura ha recorregut contra totes dues decisions.

L’estat francès s’empara en l’article 2 de la constitució, que estableix que la llengua de la República és el francès, i sosté que els acords poden amagar una mena de cooficialitat. Els municipis ho neguen. El batlle de Baiona, Jean-René Etchegaray, defensa que aquest article no impedeix als ajuntaments de promoure, protegir i difondre les llengües pròpies. “Enlloc no hi ha cooficialitat”, han remarcat els representants municipals.

De moment, els acords han quedat suspesos arran del recurs i la decisió judicial es podria saber en una setmana. Si és contrària als municipis, els responsables de Baiona i Sara diuen que estan disposats a recórrer fins al Consell d’Estat francès.

El precedent del català als plens de Catalunya Nord

El litigi té un precedent clar a Catalunya Nord, on cinc ajuntaments van provar de permetre que els regidors parlessin català als plens municipals. Elna, els Banys i Palaldà, Tarerac, Sant Andreu de Sureda i Portvendres van modificar els reglaments perquè les intervencions es poguessin fer primer en català i fossin traduïdes després al francès. La justícia administrativa francesa va anul·lar aquests canvis tot invocant també l’article 2 de la constitució. Els tribunals han establert que els regidors poden fer servir el català, però solament després d’haver-se expressat en francès, com a traducció. La cort administrativa d’apel·lació de Tolosa va confirmar aquest criteri el desembre del 2024 en el cas dels Banys i Palaldà: va considerar il·legal que el català fos la llengua emprada inicialment encara que hi hagués una traducció posterior al francès.

Una campanya per al reconeixement de l’èuscar

Els acords de Baiona i Sara formen part d’una iniciativa impulsada per Euskal Konfederazioa abans de les darreres eleccions municipals perquè els consistoris reconeguin oficialment l’èuscar. Itsasu també n’ha aprovat el reconeixement.

L’entitat recorda, a més, que la Comunitat d’Aglomeració del País Basc ja va aprovar el 2018 un acord sobre l’èuscar i el gascó que va superar el control de legalitat. Segons Euskal Konfederazioa, durant aquest mandat també haurien d’adoptar acords semblants Arrosa, Baigorri, Biarritz, Donapaleu, Donibane Lohizune, Senpere, Urruña i Uztaritze. El desenllaç del litigi de Baiona i Sara pot marcar, doncs, el marge que tindran aquests municipis per avançar en el reconeixement institucional de l’èuscar.

Precedents catalans

Hi ha dos precedents catalans força equivalents al reconeixement del basc aprovat pels ajuntaments de Baiona i Sara que podrien reforçar-ne la defensa jurídica. El 2007, el Consell General dels Pirineus Orientals —avui Consell Departamental— va aprovar una carta que reconeixia oficialment l’existència del català i la possibilitat de fer-lo servir en la institució. Tres anys més tard, el 2010, l’Ajuntament de Perpinyà va aprovar un text semblant.

En tots dos casos es tractava d’un reconeixement oficial de la llengua i del seu ús per part de les institucions, no pas de l’atorgament d’oficialitat. 

 

[Font: www.vilaweb.cat]

Publican os expedientes da censura franquista contra a literatura galega

O catedrático e investigador Xosé Manuel Dasilva (Vilagarcía de Arousa, 1962), após anos de estudo ao redor da censura do franquismo sobre a literatura galega, recolle nun volume mostras reais dos informes e analiza as obras orixinais. O traballo abre a posibilidade ao estudo e á reedición destas obras.

Xosé Manuel Dasilva co seu libro, o 13 de agosto

Escrito por Antón Escuredo 

Os numerosos traballos sobre a censura franquista na expresión literaria en galego realizados desde 2008 polo catedrático Xosé Manuel Dasilva propiciaron que este investigador reunise agora nunha obra, a modo de guía, as fichas dos libros que a padeceron. Os libros censurados por Franco (Editorial Galaxia, 2026) xunta máis 200 títulos para os que inclúe en cada un deles os informes individualizados co nome completo da persoa funcionaria que os fixo. 

“É unha obra de consulta na que están practicamente todas as obras que padeceron a censura, cos seus autores e autoras, para quen queira coñecer directamente que aconteceu con figuras como Blanco Amor ou Silvio Santiago con este tema”, explica Dasilva a Nós Diario. Nas súas páxinas figuran, por orde cronolóxica, desde Eduardo PondalRosalía de CastroRamón CabanillasDaniel Castelao ou Manuel Antonio até Ricardo Carvalho CaleroCelso Emilio FerreiroUxío NovoneyraManuel MaríaMaría Xosé QueizánXosé Luís Méndez Ferrín ou Francisco Rodríguez. 

Autocensura

“Os expedientes son moi interesantes tamén para coñecer dificultades textuais das obras e como os autores modificaron as obras precisamente en moitos casos para adaptarse á censura”, relata Dasilva. Un dos casos que aparecen no seu libro foi o d'A evolución ideolóxica de Curros Enríquez (Editorial Galaxia, 1972) de Francisco Rodríguez. Partindo dunha tesina presentada na complutense anos antes, o propio autor apunta a Nós Diario que o escribiu "atendendo ao criterio de claridade mais sen vinculalo a unha concepción nacionalista marxista". Porén, o libro sufriu a censura de varios parágrafos "a causa da súa importuna actitude antimonárquica", segundo asinou o seu censor, Ángel Aparicio.

"Eu non me cheguei a decatar de cal foi a posición da censura tendo en conta que xa me autocensurara", admite Rodríguez a este xornal. A mesma sorpresa tiveron algúns dos nomes que figuran no libro de Dasilva e que se puxeron en contacto con el após ler a súa ficha. “Cando publiquei en Grial o expediente de censura de Elipsis, Méndez Ferrín comentoume que non sabía nada e o mesmo aconteceu con Alonso Montero co seu Trinta anos de poesía crítica (1936-1966)”, apunta. “Foi o seu último libro antes de falecer e na introdución comenta o expediente desa obra que, até ese momento, el descoñecía”, agrega Dasilva. 

Expedientes completos

Alén dos informes, o investigador, nesta edición, engade comentarios en varias das obras após atopar que nos expedientes había todo tipo de datos sobre as incidencias que tiveron os libros que solicitaban permiso para saír á rúa. “Hai escritos administrativos das editoriais, documentación do ministerio e mesmo cartas particulares”, sinala Dasilva.

Un dos casos que considera “significativo” é o relacionado coa primeira versión d'O silencio redimido. Historia dun home que pode ser outro, de Silvio Santiago. Sobre ela o censor escribiu que “non é autorizábel” por dar “unha imaxe do alzamento de inxustiza, de condenas a morte de persoas sen motivo”. Neste expediente o investigador atopou cartas do propio Manuel Fraga Iribarne, de Carlos Rodríguez Piquer e de Camilo José Cela sobre as dificultades de que se publicara nos 60. Outros poderían ser os expedientes que tivo o Sempre en Galiza de Castelao. Así, figura a denegación en 1964 da importación da segunda edición arxentina de 1961 malia que o censor, Manuel Picos Vilavella, abría a porta "a un número limitado de exemplares para xornalistas e escritores preocupados por documentarse polo miúdo das intrigas da última República".

Aproximación rigorosa

A accesibilidade aos documentos e a súa difusión posibilitou, segundo o autor, aproximacións máis rigorosas coa intención de afastarse dos tópicos. "Un deles era que Celso Emilio Ferreiro personifica o autor máis perseguido polo lapis vermello cando non está probado que se emitise ningunha instrución burocrática para importunar o celanovés", pon como exemplo. Pola contra, Dasilva sitúa no lado contrario a Álvaro Cunqueiro "do que se coidaba que nunca vivira a censura, por canto as penalidades d'O incerto señor Don Hamlet, príncipe de Dinamarca desmenten esa idea preconcibida".

Outro aspecto da censura franquista menos coñecido tiña que ver coas dificultades que sufriron numerosas obras publicadas con anterioridade ao golpe de Estado de 1936. Dasilva sinala no seu libro dous casos moi relevantes como eran os de Curros Enríquez e Ramón Cabanillas. "En varias oportunidades, un feixe substancial de poemas de Aires da miña terra, así como O divino sainete, espertaron profundos receos, algunhas veces complicados de salvar, por implicacións, sobre todo, relixiosas", aclara o investigador. No caso do cambadés a prohibición de publicar chegou a O Mariscal por completo e parte das obras No desterroVento mareiro e Da terra asoballada

A posibilidade de restaurar os textos orixinais non publicados

Outra das inquedanzas de Xosé Manuel Dasilva ten relación coa reparación, a partir da restauración dos textos orixinais non publicados, das obras censuradas. “As obras apareceron censuradas no seu momento e houbo autores e autoras que tiveron a ocasión de poder facelo, como o caso de María Xosé Queizán con A orella no buraco, obra de 1965 que sacou en 1985”, pon como exemplo.

“Houbo outras que faleceron e non tiveron a posibilidade de ver os seus textos publicados tal e como foron concibidos”, lembra Dasilva. Un exemplo “moi singular” para este investigador é o de Eduardo Blanco Amor e a obra Xente ao lonxe (1972). “Tivo que ‘podalo’ para que se publicase e no seu expediente había pistas que serviron para corrixir a novela”, asegura.

Ese traballo que non puido facer o escritor ourensán no seu momento levouno a cabo Dasilva nunha reedición de 2014 publicada pola Editorial Galaxia "igual que pasou coa que se fixo coa obra A esmorga".

A razón que dá este investigador para propor esta restauración non ten que ver coa idea de que sexa "como unha obra de actualidade". Pola contra, o seu interese procede de deixar para o futuro "o texto que se quería publicar".

 

[Fonte: www.nosdiario.gal]