segunda-feira, 18 de junho de 2018

El convenio discriminatorio

El caso de Lucena no tiene mucho recorrido legal, pero sí desde el punto de vista lingüístico

Una mujer recoge aceitunas en una finca de la localidad sevillana de Umbrete.

Escrito por ÁLEX GRIJELMO

Una empresa aceitera de Lucena (Córdoba) ha rechazado abonar unos atrasos a sus trabajadoras porque el convenio habla de “los trabajadores” y no de “los trabajadores y las trabajadoras”.

En efecto, si partiésemos (como hace la empresa) de que el genérico masculino no incluye a las mujeres, y de que por tanto hace falta la duplicación, un convenio que hable de “los trabajadores” se referiría sólo a los varones.

Desde el punto de vista legal (pues está consagrada la igualdad de sexos en la Constitución), el caso no tiene recorrido. Pero cabe analizarlo desde el punto de vista lingüístico.

El hecho de que el masculino genérico coincida en su expresión literal con el masculino a secas puede verse como una deficiencia del sistema de la lengua… si prescindimos del contexto (que es imprescindible).

Una expresión como “mis hermanos vienen esta tarde” será ambigua si no sabemos el sexo de esos hermanos; pero no si estamos informados de que se trata de un hombre y una mujer. Porque “no se debe confundir ausencia con invisibilidad” (Enriqueta García Pascual y Aguasvivas Catalá, 1995). Y en el caso de que carezcamos de más detalles, el hablante puede decir “mi hermano y mi hermana vienen esta tarde”, mediante una duplicación pertinente si el sexo de los hermanos es relevante en esa situación.

Lo mismo sucede con la locución “Consejo de Ministros”. Si ignoramos que el Gobierno español está formado por más mujeres que hombres, la activación de la idea de la mujer puede ser tenue ante el genérico “ministros”. Si conocemos la realidad, en cambio, la activación es notable gracias al contexto compartido. (Eso no desacredita, por supuesto, las razones políticas o comunicativas de quien desee decir legítimamente “Consejo de Ministras y Ministros”; pero no se tratará ya de una necesidad gramatical y de pragmática lingüística: no estaremos ante una expresión denotativa, sino connotativa).

Analizar el lenguaje sin considerar los contextos equivale a poner las palabras en un microscopio y ver solamente sus letras. Un microbio a solas ante la lente del científico no es ni bueno ni malo, porque ahí ni activa ni desactiva nada. El análisis importante para la comunicación es por tanto qué papel cumple ese microbio en sociedad.

Podemos aislar la palabra “mesa” y aceptar la representación mental que implica. Ahora bien, la locución “esa mesa” no significa lo mismo si la pronunciamos en la oficina que si lo hacemos en casa. El significante “mesa” es idéntico, pero no la idea que nos formamos en cada caso. De ese mismo modo habría que considerar la expresión “los trabajadores”.

Así pues, aunque el genérico no ofrece problemas ante un contexto compartido, sí puede causar ambigüedad o invisibilidad de la mujer en otras situaciones. En esos casos, la duplicación es necesaria.

El absurdo episodio de la fábrica cordobesa sirve pues, a efectos sólo dialécticos, como ejemplo de que muchas expresiones carecen de sentido o son manipulables si no se aplican a una situación real. Si se sabe que la plantilla de una empresa está formada por hombres y mujeres, el contexto influye en el sentido que damos a ese masculino genérico. Porque la invisibilidad que se produce en el significante no afecta al significado, en el que casi siempre influye la realidad que comparten quienes se comunican.


Por todo ello, el convenio de esa empresa aceitera de Lucena debe aplicarse también a las trabajadoras. Eso es lo que en realidad dice su texto.


[Foto:  - fuente: www.elpais.com]

Tres viajes con Lorca por América

Una trilogía de documentales repasa la huella del poeta en su paso por Nueva York, Buenos Aires y Montevideo 
El poeta granadino en un fotograma de 'Luna grande. Un tango por García Lorca'.

Escrito por TOMMASO KOCH 
Su salón está lleno de fotos. Nietos, bisnietos, por supuesto sus hijos. Con 93 años, Dorita Neuman guarda los recuerdos más queridos donde pueda verlos siempre. Entre tantos familiares, sorprende la imagen de un intruso, aunque hasta cierto punto. Porque Federico García Lorca, para ella, es como “un hijo o un novio”, explica su nieto, el escritor Andrés, ante la cámara. Han pasado 84 años desde que esta argentina acudiera al estreno en Buenos Aires de Bodas de sangre. Tan solo rememora un momento de la obra que su padre le descubrió –“¡Con un cuchillito que apenas cabe en la mano!”—, pero el hechizo continúa desde entonces. Así lo cuenta en Luna grande. Un tango por García Lorca, uno de los tres documentales que presenta el cineasta Juan José Ponce sobre el poeta y sus viajes por América. A través de entrevistas, cartas e imágenes de archivo, el filme persigue revivir otra huella: la que el granadino dejó en la urbe que le asombró y le acogió con entusiasmo en 1933. “Como a un torero”, por usar sus palabras.

El filme se verá en un único estreno en toda España en la lista, de momento, falta Granada—, Argentina y varios países más (EE UU, Francia, Canadá, Italia…) el 5 de junio, cuando se cumplan 120 años del nacimiento del autor. La proyección también incluirá Lunas de Nueva York, segundo capítulo de la trilogía fílmica, sobre el paso de Lorca por EE UU. La tercera entrega empezará su producción en noviembre. Y afrontará la visita a México que soñó y planeó antes de ser asesinado en 1936. 

Pero, ¿qué se puede contar sobre un autor ya desmenuzado por libros y películas? “Quiero narrar Lorca y sus viajes con una visión contemporánea. Más que el aplauso de los expertos, busco que espectadores como mi madre entiendan su figura”, explica Ponce. El director admite no ser “experto” en el poeta —sí lo es Antonio Ramos Espejo, el periodista que concibió el proyecto—, así que ha pedido una doble ayuda: al pasado y al presente. Fotos y grabaciones en blanco y negro del granadino y sus destinos desfilan mientras la voz en off de Antonio de la Torre interpreta las cartas que Lorca remitía a su familia; se muestra la irrefrenable Buenos Aires de los treinta, capital del teatro latinoamericano, en pleno auge del tango, y se enseñan periódicos locales celebrando la llegada del granadino a la ciudad. 

Por otro lado, una marea de expertos y admiradores del escritor, de Verónica Forqué a Juan Echanove, de Ian Gibson a Antonio Muñoz Molina o Laura García Lorca, reconstruye sin pausa pedazos del gigantesco puzle que vivió Lorca esos años. Y la cámara de Ponce sale a la caza de sus improntas actuales: la tumba donde yace su padre, Federico García Rodríguez, en Nueva York, el mural que el grafitero El niño de las pinturas le acaba de dedicar en la misma ciudad, o los titiriteros que representan El retablillo de Don Cristobal para criticar la sociedad contemporánea. 

Justo en Buenos Aires Lorca estrenó por primera vez una obra de títeres. Y no solo: la capital argentina le regaló mucho más. “Fue la primera estrella mediática de la literatura en español”, asegura en el documental el escritor Santiago Roncagliolo. Porque el Lorca que viajó a Nueva York, en 1929, "era un muchacho de pueblo, que antes solo había estado en Madrid”, según Ponce, y se quedó fascinado con los edificios, los locales de jazz y la libertad sexual de EE UU. Pero el que visita Buenos Aires y Montevideo cuatro años después es un astro literario que decenas de periodistas acogen en el aeropuerto, que se encuentra con Borges y se hace amigo de Neruda y que confiesa en una carta estar “deslumbrado de tanta popularidad”. En Argentina, Lorca persigue también otro cambio: mantenido hasta entonces por su padre y las subvenciones a su compañía teatral, el documental considera que el triunfo sudamericano le entrega al fin cierta independencia económica. 

Por más que buscara, eso sí, hay una huella de Lorca que ni la trilogía de Ponce encontró: su voz. Más allá del lugar de su sepultura, nadie ha hallado tampoco archivos que permitan escuchar cómo hablaba Lorca. Y eso que a la sazón dio decenas de entrevistas en radios argentinas. “Si hay un lugar donde encontrar su voz, debe ser algún sótano de Buenos Aires”, se dice en el documental. Todo un indicio. Tal vez, algún día, sea el arranque de otra historia.

[Fuente: www.elpais.com]

Le silence au Liban

À première vue, les deux romans venus du Liban et qui viennent d’être publiés chez Actes Sud, sont très dissemblables, tant par les thèmes abordés que par les styles d’écriture qu’ils adoptent. Cependant l’un et l’autre posent, chacun à sa façon, la question du silence. Question majeure dans un pays où l’on parle beaucoup, mais où il y a tant de choses qui ne se disent pas, depuis les relations intimes jusqu’aux désastres des guerres.
Écrit par Sonia Dayan-Herzbrun 
Rachid El-Daïf, La minette de Sikirida. Trad. de l’arabe (Liban) par Lotfi Nia. Actes Sud/Sindbad, 223 p., 21,50€
Elias Khoury, Les enfants du ghetto. Je m’appelle Adam. Trad. de l’arabe (Liban) par Rania Samara. Actes Sud/Sindbad, 360 p., 23€
Sikirida, petite bonne éthiopienne comme il y en a tant à Beyrouth, invisible et silencieuse, est le premier maillon d’une longue chaîne qu’enroule et déroule Rachid El-Daïf. Les histoires des personnages et des amours impossibles se relient les unes aux autres, comme dans La ronde d’Arthur Schniztler. À Chiyah quartier populaire chiite de la banlieue sud des Beyrouth, en pleine guerre civile, l’amour et la mort jouent partie commune. L’essentiel pour chacune et chacun est de trouver un abri, même provisoire, et de vivre le moment présent. Les hommes passent, fuient ou meurent. Les femmes sont là pour assurer la permanence. 

Rachid El-Daïf
Au centre de l’histoire, il y a Mama Adiba, la patronne de Sikirida, mais aussi son amie. Quand la jeune éthiopienne met au monde un bébé dont on ne sait pas vraiment qui est le père, cette dame d’un âge respectable, veuve et pieuse, mais sans bigoterie, organise pour Sikirida un mariage temporaire qui fait d’elle une femme divorcée et légitime le petit Radwan. Les deux femmes l’élèveront ensemble. Mama Adiba aura recours au même expédient quand Radwan à peine sorti de l’adolescence, aura engrossé une jeune fille handicapée avant de disparaître. Il a été tué alors qu’il franchissait un check point avec d’autres ouvriers pour aller travailler en zone chrétienne. Cet enfant-là lui aussi sera élevé par les femmes. Le silence enveloppe le nom des pères, comme il recouvre le désir, la sensualité, mais aussi le meurtre. Seul le romancier se réserve le droit de dire ou plutôt d’écrire, quand faire retentir une parole n’est encore guère possible.
Il est cependant des sujets qui obligent le roman à se réinventer. Comme l’exprime le narrateur du dernier livre d’Elias Khoury « je suis en train d’écrire un roman qui ne ressemble à aucun autre, car il appartient à un genre littéraire qui n’a pas de nom et dont je doute qu’il existe ». Tout débute sur un mode qui semble convenu : Elias Khoury raconte dans sa préface comment, à New York où il est invité à enseigner la littérature, entrant dans un restaurant israélien pour manger un sandwich aux falafels, il est frappé par la belle allure du restaurateur, à l’aise aussi bien en hébreu qu’en arabe. C’est Adam Dannoun, un Palestinien pourvu d’un passeport israélien sans doute originaire de la région de Lod. Quand Adam meurt dans un incendie dont on doute qu’il ait été accidentel, Elias Khoury entre en possession de ses carnets. Ce sont donc eux que nous sommes censés lire, comme si au romancier libanais se substituait un Palestinien d’Israël en quête de lui-même.
Elias Khoury avait déjà consacré un roman, La porte du soleil, au récit de la Nakba (en arabe la « catastrophe »), c’est à dire de l’expulsion de centaine de milliers de Palestiniens hors de chez eux, après la création de l’État d’Israël, et à leur exode jusqu’aux camps de réfugiés. Grâce aux travaux d’historiens palestiniens et à ceux des « nouveaux historiens » israéliens, ces événements commencent à être bien documentés. Certains Palestiniens chassés de chez eux et privés du droit de retourner sur leurs terres alors même qu’ils étaient devenus des citoyens israéliens, ont été déplacés à l’intérieur des frontières du nouvel État. 

Adam, on l’apprendra, est l’un de ceux-là. Il n’est qu’un nourrisson, survivant d’on ne sait quelle catastrophe, qui ignore qui sont ses père et mère biologiques, lorsque, en juillet 1948, Lod est assiégé puis envahi par l’armée israélienne. Les morts se comptent par centaines (1300 selon l’historien Henry Laurens). Ceux des habitants qui ne se sont pas enfuis sont parqués sous un soleil caniculaire, sans eau, sans nourriture dans un « petit lopin de terre entouré de barbelés ». Un article de Spiro Munayyer, le seul témoin à avoir raconté cette tragédie, a été traduit dans le dernier numéro de la Revue d’Études Palestiniennes (2008). Adam et sa mère auront la vie sauve et partiront à Haïfa.
Adam, aux cheveux blonds et bouclés, va alors s’inventer une autre histoire : une histoire juive, où il aurait été originaire de Varsovie. Dans ses jeux successifs où il ne peut coller à aucune identité, il s’efforce de se faire accepter, de « s’intégrer », mais il met aussi en lumière toutes les contradictions et les difficultés qu’il y a à être à la fois palestinien et israélien. Peut-être est-il tout juste un homme, Adam, fait de terre et de souffrance. Alors un ghetto vaut pour l’autre. « Mes prétendues origines polonaises et varsoviennes ne constituaient qu’un subterfuge pour décrire mon enfance à Lod, ma jeunesse à Haïfa et ma vie à Jaffa ». Car où trouver les mots ? À propos de la Nakba, l’historien israélien Amnon Raz Krakotzkin écrit, dans Exil et souveraineté (La Fabrique, 2007) que « c’est ici que la négation de la réalité dans la conscience israélienne atteint son apogée ». Mais elle est aussi, comme il le montre, négation de la mémoire et du vécu des Palestiniens.
Elias Khoury

Elle est imposition du silence écrit Elias Khoury. « Il ne s’agit pas seulement du crime de l’expulsion des Palestiniens hors de leur terre, parce qu’un plus grand crime a été commis après : celui d’imposer le silence au peuple entier ». À Lod, dit l’un des personnages, « la parole était finie ». Ou encore « Je ne peux décrire la vie du ghetto par un autre terme que celui de “chuchotement du silence” ». L’énigme, ici, est l’extrême difficulté, voire l’impossibilité pour les victimes de rompre le silence ou peut-être de se faire entendre
C’est ici que la construction, apparemment étrange, du livre prend tout son sens. Il débute, en effet, par un « projet de roman », Le coffre de l’amour, qui raconte l’histoire du poète Waddah al-Yaman qui, enfermé dans le coffre où il se cachait avant de retrouver la reine, sa bien-aimée, choisit de se taire et de mourir noyé « enseveli dans le silence » quand le roi, pris de soupçons voulut éprouver son épouse en faisant jeter le coffre dans un puits. À cette histoire d’amour mythique se mêle le souvenir de l’amour perdu de Dalia. C’est à la suite de cet échec amoureux qu’Adam a choisi de partir vivre aux États-Unis
Car dans ce livre difficile et bouleversant, d’une beauté rare, il ne faut chercher aucune linéarité. Les temps se mélangent, se répondent les uns aux autres. L’odeur du camp de Chatila en 1982 fait revenir l’odeur de Lod, tout comme Lod fait écho à Varsovie. Les rêves, les souvenirs, les réflexions, les références s’entrecroisent. Les personnages fictifs en côtoient d’autres qui sont bien réels. Bien plus que le récit, parfois douloureux jusqu’à l’insupportable, d’un épisode de la Nakba et de ses conséquences, on peut y voir comme l’annonce, l’annonciation, d’une littérature à venir. « La littérature est arrivée pour fournir une nouvelle langue à la victime, c’est à dire pour annoncer la littérature du silence, pour nous emmener avec Mahmoud Darwich dans la direction du vent. » 

[Source : www.en-attendant-nadeau.fr]

«Mengele era moito máis débil e covarde que a maioría de nós»

Olivier Guez, Premio Renaudot, reconstrúe a vida en Sudamérica do sinistro criminal nazi, ao que define como mediocre e egocéntrico

Guez vendeu en Francia 300.000 exemplares do seu libro « A desaparición de Josef Mengele»

Por ENRIQUE CLEMENTE 

Autor de cinco ensaios xeopolíticos, dúas novelas e guionista da película O caso Fritz Bauer, sobre o caso do fiscal xeral alemán que informou o Mossad da dirección de Adolf Eichmann en Arxentina , Olivier Guez (Estrasburgo, 1974) gañou o prestixioso Premio Renaudot do 2017 coa desaparición de Josef Mengele (Tusquets), do que se venderon 300.000 exemplares en Francia . O autor reconstrúe a vida clandestina en Arxentina, Paraguai e Brasil, desde que chegou a Buenos Aires en 1949 ata a súa morte en 1979, do sinistro médico, famoso polos seus sádicos experimentos en Auschwitz e que conduciu á cámara de gas a 400.000 seres humanos. «Non me invento nada, o libro está baseado en fontes históricas moi serias», afirma. 

-¿Que é ficción no libro? 
-Hai pouca ficción, a que me concedo para a posta en escena, cando teño información pero non todos os detalles. Por exemplo, estou seguro de que Mengele tivo unha relación amorosa coa granxeira da familia húngara que lle acolleu, aínda que non se sabe exactamente como foi. Pero en Brasil tiven a sorte de falar co mellor amigo dun dos seus fillos e grazas a el atopei a granxa e deume detalles desa muller. A partir de aí, escenifico esa relación, que sei que tivo lugar. 

-¿Como foi posible que un criminal de guerra como Mengele puidese vivir varios anos en Arxentina sen ocultar a súa identidade e incluso viaxar a Alemaña ? 
-Nesa época ninguén coñecía a Mengele, porque non era un dirixente nazi, senón un capitán, un médico máis dos centos que había nos campos de exterminio. Non interesaba a ninguén. Nos anos 50 ninguén falaba do Holocausto, nin os sobreviventes, e os criminais de guerra vivían tranquilamente, porque a Guerra Fría fixo que a desnazificación non fose unha prioridade. Había unha amnesia absoluta. Todo isto explica que Mengele puidese ir tranquilamente á embaixada alemá en Buenos Aires en 1957 e dicir que levaba oito anos en Arxentina co nome falso de Gregor; quería un pasaporte co seu nome verdadeiro e déronllo. 

-¿Que lle sorprendeu máis de Mengele tras coñecelo a fondo? 
-A súa absoluta mediocridade. Chocoume o seu hiperegocentrismo. Todo o que cara a viraba ao redor de si mesmo, de principio a fin. Mengele non foi un nazi de primeira hora, afiliouse ao partido e entrou nas SS por oportunismo e ambición porque era necesario para medrar. Foi a Auschwitz tamén por ambición, para impulsar a súa carreira de investigador. E en Arxentina, mentres a maioría dos seus amigos nazis conspiraban para volver a Alemaña e establecer un Cuarto Reich, a el dáballe igual, o que lle importaba era o seu negocio e o seu benestar. Nos fragmentos que se conservaron do seu diario é fascinante que só fala de si mesmo, dos seus sufrimentos e a súa soidade. O interesante é como ese personaxe mediocre atopa unha ideoloxía e un réxime que lle permite e anima a cometer crimes atroces cunha indiferenza absoluta e unha empatía nula cara ao ser humano. Si algunha lección podemos sacar é a facilidade coa que un home así pode caer no mal máis abxecto. 

-A vostede non lle gusta chamarlle o «Anxo da morte». ¿Por que? 
-Nunca uso ese apelativo porque parece propio dun poderoso personaxe de Marvel. A partir dos anos 60 Mengele entrou na cultura popular, convertido nunha especie de tolo sádico e xenial que buscaba descubrir o segredo dos xemelgos. Pero como médico e investigador era unha medianía. Presentóuselle como unha especie de James Bond nazi que ía en coches luxosos e deitábase con mulleres sublimes en Sudamérica, pero o certo é que, durante 20 anos, viviu como unha rata, escondido, asustado, paranoico, nunha prisión ao descuberto da que non se podía escapar. Foi apaixonante deconstruir esa lenda e ver cuan pequeno era. Mengele era moito máis egocéntrico, covarde e débil que a maioría de nós. 

-¿Como lle afectou seguir as pegadas deste personaxe? 
-Coñecer o que fixo Mengele en Auschwitz dá unha sensación do ser humano terrorífica, do que é capaz de facer aos seus congéneres. Despois desenvólvense anticorpos, un protéxese. En segundo lugar, sentín unha especie de alegría malsana ao contar a súa caída, En certa forma, sentín un pracer perverso ao torturar a Mengele. O día que escribín a escena da súa morte sentinme feliz, foi xenial.

«As pantasmas de Auschwitz seguen acosando a Europa»

Guez considera que todos os movementos extremistas, incluído o nacionalismo excluínte, teñen a obsesión da pureza. 

-No 2017 dúas novelas relacionadas con o nazismo, a súa e a de Éric Vuillard, «A orde do día», gañaron os premios Renaudot e Goncourt. ¿Por que segue espertando tanto interese o nazismo? ¿É por unha atracción polo mal absoluto? 
-Esa atracción existe, sen dúbida, os crimes de o nazismo seguen acosando a Europa. Aínda que leamos mil libros, segue sendo un misterio absoluto que o país máis culto, civilizado e avanzado científica e economicamente entregásese a un tolo ridículo e despreciable, que seduciu e convenceu os alemáns ata chegar a utilizar todos os recursos do país para organizar unha industria da morte. Creo que as pantasmas de Auschwitz, o que di do ser humano, seguen acosando ao continente. É algo que sempre nos reprocharemos, unha vergoña absoluta de Europa. Ademais, os sobreviventes do Holocausto están a desaparecer e a literatura é a canle de transmisión da nosa herdanza negra europea. Todo o que vivimos hoxe en Europa é a consecuencia do que ocorreu hai case 100 anos, na primeira parte do século XX, cando Europa, tocada por unha especie de pulsión suicida, se autodestruye a unha velocidade de vertixe. Unha novela como a miña demostra que todo iso é aínda tanxible, Mengele cruza a nosa modernidade. 

-¿O nacionalismo excluínte é unha ameaza de rememorar o pasado máis negro? 
-Todos os movementos extremistas, totalitarios, teñen a obsesión da pureza, o nazismo, o bolchevismo, o islamismo e os nacionalismos máis extremos. Non coñezo suficientemente a cuestión catalá, pero paréceme aberrante empezar a recortar os Estados europeos, porque si o facemos estamos mortos. Paréceme unha tolemia absoluta. 

-¿Como valora a represión de Israel aos palestinos? 
-O que podo dicir é que toda a política de Israel desde o seu nacemento parte do sentimento dun pobo que foi tratado como un lixo, con familias enteiras asasinadas. Esa psicoloxía e esa mentalidade de non ser nunca máis débil son a base para entender a política israelí. Hai unha ponte entre o Holocausto e a identidade israelí.




[Imaxe: J.F. PAGA-GRASSETT - fonte: www.lavozdegalicia.es]

Claudio Ferrufino-Coqueugniot: “Bolivia es el país latinoamericano más afecto a la alegría, a la fiesta”

La editorial Limbo Errante publica la novela Muerta ciudad viva, prodigioso artefacto literario-festivo del autor boliviano, residente en Estados Unidos, Claudio Ferrufino-Coqueugniot.



Por Emilio Losada

La idiosincrasia de Claudio Ferrufino-Coqueugniot presenta evidentes paralelismos con la de ciertos autores que un buen día decidieron darle la espalda a la llamada vida literaria para concentrarse exclusivamente en la integridad de su escritura. Al igual que sus predecesores en la batalla, el cochabambino -aunque solo de nacimiento- es subversivo, osado hasta el paroxismo y muy ofensivo en ocasiones (no se traga una palabra aunque preconciba que activará la indignación del sectario de turno con o sin mano).
Asimismo, mantiene una relación complicada, cuando no imposible, con su país de origen. Tal fue el caso del maestro Juan Goytisolo con la «madrastra inmunda» España, el del enorme Jean Genet con Francia en particular y con el mundo en general o el de Henry Miller -con quien Claudio ha sido comparado en no pocas ocasiones-, Allen Ginsberg, William Burroughs y tantos y tantos otros de los Estados Unidos.
En el reino de los escritores adscritos al más rancio establishment, en la era de la autocontención, del eufemismo cobarde, de la nerviosa defensiva, del zigzagueo y del circunloquio formal y de fondo, la prosa virtuosa y absolutamente carente de concesiones de Muerta ciudad viva aterriza en un país tan puritano y pusilánime como la España de los últimos tiempos acaso para recordarnos que todas estas cosas también se clamaban sin problemas por aquí.
En esta breve empero intensa entrevista conversamos sobre la actualidad literaria, el desencanto político y social de ayer y de hoy, sobre vicios y urgencias pero, sobre todo, de la vida. Porque, en definitiva, la literatura precisa y mordaz de este autor de hablar pausado y pluma acelerada está plagada de esto mismo: de pura, cruda y puñetera vida.
Si el lector español de tu novela indaga un poco en la historia moderna de Bolivia se percatará de un curioso paralelismo entre aquel país y la España de los primeros años 80, la época en la que se desarrolla la trama. El 10 de octubre de 1982 Hernán Siles Suazo llega al poder en Bolivia. El momento es ilusionante, triunfa la izquierda tras la debacle de la junta militar. Poco más de dos semanas después Felipe González obtiene una aplastante victoria en las generales españolas, acontecimiento que para muchos supone el final de la llamada Transición. Pero ambos mandatarios pronto defraudan. Las consecuencias derivadas de tamaño desencanto son muy similares. Cierta juventud boliviana no supera su frustración y, sumida en el nihilismo más absoluto, cae en el alcoholismo, la violencia y el sexo superfluo. En el caso español, a todo esto hay que añadirle el auge de la heroína, una verdadera plaga que arrasó con toda una generación a lo largo y ancho del país. Tú naciste 1960. Tenías entonces una edad comprometida. ¿Qué tal llevaste personalmente aquel periplo a estos respectos? ¿Atravesaste tu wild side particular? 
Mira, desde que tuve puto uso de razón solo recuerdo militares en mi vida, en las calles, en los bares alardeando. El 67, cuando murió Che, pegué con cuidado una foto del general Barrientos sobre un azulejo negro, solo para romperlo. Mis padres hablaban de la guerrilla, conocían gente asociada con algunos del monte. Mi padre, que trabajó con el Cuerpo de Paz de los gringos, conoció a todos los milicos que se hicieron presidentes después: Barrientos, Ovando, Torres, Bánzer. Andaban, decía Joaquín, con trajes usados del ejército norteamericano que les habían regalado. La CIA trabajó para levantar el orgullo militar humillado en la revolución del 52. Después vino Siles, y fue orgía con desconfianza. Breve verano: aquello fue un desastre. Y siguió la robadera, con la mano izquierda. No había de dónde asirse. El país y la vida se convirtieron en mierda. Nos arrastraron. Explotar en el vicio, en el hedonismo extremo, la crueldad y la simple violencia tenía que ser el resultado para gente rebelde como era yo y amigos entonces.

Se alude poco a las drogas en la novela. Es algo que me ha llamado la atención. Se señala que el cantante de un grupo que ameniza una fiesta está encocado, poco más. La tropa que devora la noche cochabambina en Muerta ciudad viva le da a base de bien a la chicha, el popular fermentado de maíz, y solo cuando es posible consume vino, cerveza o whisky. Como estimulante para no caer redondos simplemente comen algo. Si unos tipos con similares apetencias a los de tu novela tuvieran la suya y esta estuviera localizada en cualquier ciudad de aquella España de principios de los 80, sería inconcebible que uno pasara un par de páginas sin que aparecieran alusiones a las sustancias ilegales. Tantas veces como aparece la chicha en tu texto. Ya digo, y disculpa mi ignorancia, que me extraña el nulo protagonismo que en esta historia tienen drogas como la marihuana o la cocaína, que en nuestro imaginario tanto circulan por Latinoamérica. ¿He de suponer que no fue así en el caso de la Bolivia de la época? 
No había llegado el auge de la coca como vino después, o como impera hoy en que el gobierno es un cártel más. Existía, de muy antiguo, el acullico, pijcheo, masticado de coca. En las circunstancias económicas de la mayoría de la población, en los espacios de clase que se retratan allí, drogas que costaban su precio tenían que ser inconcebibles. El lumpen no las consume. Chicha, y sexo roto; barro y orina. Ningún aditivo intelectual que siquiera diera visos de bohemia comprometida. Desenfreno con mucho de muerte y cero esperanza. Como se había vivido entre los de abajo desde los 1500. Sojuzgados, rebeldes y tristes. Paralelamente existía algo similar entre la fauna universitaria. Allí con la chicha se entremezclaba a Marx y a Sergio Almaraz. No nosotros que optamos por un vía crucis impensado, jamás reflexionado, llorado y bailado. «Clavelito, clavelito, me he de ir por el camino más triste, ya no he de volver, me he de ir, ya no he de volver, en la puerta de tu casa ya no me has de ver», dice un bailecito. El mestizaje en su mejor expresión, la dualidad que exprime y mata. Se gime pero se ríe. En esa letra está mi novela. Sin que fuera mi intención, para nada, ahora están estudiándola sociólogos, usándola como texto en cursos universitarios.

Sobre la violencia gratuita escribes en el primer capítulo: «[…] Bolivia se construyó a palos. Todos golpeando, una generación a otra, blancos a mestizos, mestizos a indios, indios a mujeres, mujeres a niños, niños a perros y perros a gatos, en una escalada que descendía hasta el fondo de la violencia y que incapacitaba a la población y al país a avanzar». Y, con tu permiso, añadiré otra cita sacada de un mail que en una ocasión me enviaste: «Pero, a escondidas, [Bolivia] es la tierra de la violencia extrema, solapada, cobarde, el paraíso del linchamiento como de la lambisconería». En España desconocemos por completo la realidad boliviana. Sabemos poco más que el nombre del presidente…, y tan solo por la cantidad de años que lleva en el poder. ¿La violencia boliviana presenta alguna particularidad especial a la ejercida en otros países latinoamericanos? 
Muy similar entre todas, cada una con su peculiar y terrible característica. Bolivia, más cerca del Perú, donde estalló con Sendero Luminoso en su peor faceta. Detrás de una teorización revolucionaria, justa o no, como fuere, se percibe la violencia que en menor grado está en las páginas de mi libro, la del apaleado que al fin reacciona. Podrías decir que siempre ha sido así en el mundo entero, con los sans culottes franceses, y sí, muy similar. Poder y dinero asociados al abuso traerán una misma consecuencia. Si añadimos a eso la raza, que ha sido punto vital en el discurso reivindicador de Evo Morales, pues bomba de tiempo. Pueblo indio, Bolivia, donde España nunca ganó, pero dejó una secuela dramática que tardará generaciones en desaparecer, no pronto. Drama que incluso se hace personal. Sin contar mis apellidos, puedo ver que mis brazos son nativos, indios, y mis piernas europeas. ¿Cuál soy, el que me hace marchar o el otro? Difícil. Ponle unas gotas de trago, la desazón de no haber trabajo, la lucha consuetudinaria por sobrevivir y listo. Paradójicamente, Bolivia es, en mi opinión, el país latinoamericano más afecto a la alegría, a la fiesta. Claro que el baile puede, y suele, convertirse en responso.

Leemos hacia el final de la novela: «Si a simple vista lo que había eran sexo y alcohol, alcohol y sexo. Lo artístico, los libros, escribir, que alguna vez fue el pretexto para las inmersiones en el bajo mundo habían perdido asidero. La nube de tormenta arrasó con inclinaciones y proyectos». Las pinceladas autobiográficas no están ausentes ni en tus artículos ni en novelas como El exilio voluntario. El protagonista de Muerta ciudad viva (evito denominarlo antihéroe por lo manido del término, aunque lo es y, nunca mejor dicho, de libro) desea prodigarse como literato, y para inspirarse se sumerge en una vorágine de sexo, violencia y alcohol. ¿Crees, al igual que los simbolistas franceses o los beatniks, que es necesaria la máxima implicación física aparte de la emocional, al menos durante una época, para serle absolutamente fiel a un tipo de literatura que incurre los límites del aguante humano? 
Creo, y en eso me asocio a la literatura norteamericana en la experiencia como punto de partida, con o sin la idea de plasmarla en algún aspecto artístico. Bolivia se podría entender desde un punto de vista superficial, escribir novelas de desarrollo adolescente dentro de la clase media o la seudoaristocracia, en la ficción narco, como la de la mafia italiana en los Estados Unidos, de supuesta clase y distinción. Pero Bolivia, por lo dicho antes, guarda su riqueza en lo popular, increíblemente diverso y colorido, con los amarillos del carnaval y el rojo de la sangre, algo que tomaron mucho las novelas tradicionalistas y/o sociales retratando -de afuera- la desdicha del otro. Muerta ciudad viva jamás aspiró a ser una obra de denuncia social. Es una novela de amor trágico, inmersa en la tragedia mayor del entorno ambiguo y desquiciado de un mundo alterado por la historia. Lírica desesperada también, y sin embargo muy arraigada en la tierra.

Tus libros, a excepción quizá de El exilio voluntario, son prácticamente imposibles de conseguir en España, pese a los premios y reconocimientos que has tenido en Latinoamérica. ¿Intentaste en el pasado contactar con alguna editorial española? A mí, por los nombres que pueblan su catálogo, se me viene a la cabeza, evidentemente, Anagrama, por no hablar de Seix Barral. ¿Hemos de reprocharle a editores como Jorge Herralde haberte dejado escapar? 
(Risas). El asunto editorial es un negocio, y para triunfar hay que moverse en el mercado. Para eso se necesita dinero, contactos, y, sobre todo, interés. Nunca lo he tenido, nunca he buscado que me publiquen, ni enviado originales a nadie. A algunos concursos, sí, por si acaso. Tuve suerte. Me parece que la desesperanza del autor boliviano de quedarse anónimo es brutal, real e injusta. Por ello me desvelo, en mi blog, de publicar a tanto autor joven. ¿Cuál puede ser la cuota que las editoriales internacionales podrían dar a la literatura boliviana? Casi ninguna. Es un juego atroz donde los negociantes se conforman con uno o dos nombres que bastan y sobran. ¿Y crees que van a gastar tiempo y dinero en investigar sobre qué se escribe en Bolivia? Por supuesto que no. Toman lo cercano a ellos, lo que forma parte de su ritual gregario, y listo. Lo hacen con cada país pequeño, le inventan un profeta e imaginan que son justos y sabios. Y etiquetan: Literatura Boliviana. Mentira.

Presupongo pues que es Limbo Errante la que contacta contigo. 
Hemos estado en contacto virtual con bastante frecuencia. Apostaron por algo que posiblemente no les traiga rédito alguno. Quedan hidalgos.

Estuviste en España en los 80. ¿En qué ciudades? ¿Qué experiencias destacas de aquella visita? 
Viajé desde París con los anarquistas castellonenses de la FAI que visitaban Francia por la Internacional Anarquista del 86. La auspiciaban 4 federaciones: la francesa, la italiana, la española y la búlgara en el exilio. Conocí gente preciosa allí y entonces. Me invitaron a visitar Italia, Irlanda, Gran Bretaña, Holanda, pero no acepté porque no representaba yo a nadie. Era un individuo a quien el azar de la bonhomía de anarquistas chilenos mantenía en la capital francesa. Ni siquiera asistí a la fiesta de despedida de la Internacional. Estaba Leo Ferré, entre otros. Preferí caminar por las vías del tren en Menilmontant, sin un franco para comprarme un trozo de gruyere y un pan que eran mi dieta diaria. Estuve en Castellón de la Plana, Valencia y Madrid, siempre con los ácratas. Con un viejo de la Columna de Hierro y punks de los Países Bajos. En Madrid me hablaron de las dos CNT y me cansé. Cuando entré, por Figueras, la policía me llevó aparte: «¿Qué haces con estos?» «¿Dónde está la coca?». La España que vi, pucha que la recuerdo bien.

Hablemos de tu faceta como cronista/articulista. En tus colaboraciones en prensa compartes tus fobias y desdenes para con los unos y los otros, sin preocuparte ni por la filiación de los poderosos a los que atacas ni por la enfermiza mentalidad de sus acólitos. ¿Alguno de tus escritos políticos ha llegado a ocasionarte problemas serios de tipo legal o de índole parecida? 
Sí. Miguel Sánchez-Ostiz contó que alguien «arriba» le sugirió que me cuidara, que querían juzgarme por sedición. Un viceministro y una ministro lo afirmaron. Supe que Álvaro García Linera, el vicepresidente, estaba histérico. Yo, por televisión, reté al ministro tal a un debate público sobre racismo y herencia india. Mucha gente me dejó de hablar, me cortaron el saludo. La prensa se dividió entre los que me denigraban y los que me defendían al menos un poco. Me expulsaron de casi todos los diarios importantes del país. Resulta cómico que muchos de aquellos que volcaron la cara para no mirarme hoy despotrican contra Evo Morales. Tiempo de lucro, digo yo, cuando el ocaso asoma. A pesar de todo, antes del conflicto ya descarado, gané el premio nacional de novela y fui a La Paz a recibirlo en dependencias de gobierno. Con un discurso –leído- crítico. Desde entonces, desde que lo gané, se ha prohibido a los bolivianos en el extranjero de participar en la convocatoria. No pudieron quitármelo, aunque quisieron, y decidieron vetarme «para siempre» poniendo en la bolsa a otros autores afuera que no tenían nada que ver.

Hablemos de tus inicios. Se conoce que empezaste escribiendo poesía y luego te pasaste al relato corto. ¿Cuándo empiezas a sentir la llamada de la literatura, a pensarte escritor? ¿Y cuándo la mera afición pasa a convertirse en algo vital? 
Siempre digo que escribo cuando puedo. Nunca he cobrado un céntimo por ningún texto. Mis únicas ganancias fueron de los premios literarios. Lo hago porque lo necesito, pero no siempre dispongo de espacio para hacerlo. No soy un escritor profesional pero tampoco uno eventual. Si no escribo, pienso y anoto para más tarde. Disfruto de escribir. El motivo está en el placer de hacerlo.

¿Qué autores influyeron en aquel Claudio incipiente escritor? 
Muchísimos. Soy un pésimo cuentista, siendo que mis dos maestros eran amos del género: Marcel Schwob e Isaak Babel. Luego la lista es inmensa. No solo en literatura sino en ensayo, biografía, libros de viajes…

La música rock en tu literatura está más que presente. Muerta ciudad viva no es una excepción. Sorprendido, caigo en la cuenta de que no conozco un solo grupo de rock boliviano, ni bueno ni regular ni malo. ¿Se ha cocido o se cuece algo en este sentido en Bolivia, o allá solo existe el folclor étnico que nos llega, y con escasísima profusión, aquí? 
No, hubo, y ahora más que nunca, un ávido y sólido cortejo de rockeros allí. Algunos fusionaron, con éxito, el rock and roll con las músicas étnicas. Wara, por ejemplo, un icono de la música contemporánea boliviana. Hay grupos y solistas muy interesantes. Les pasa lo que a la literatura. La cuota internacional para ellos no está o no existe. Emigrar siempre ha sido una falsa solución. Pero es que no queda otra a veces.

Precisamente a causa de la muerte de un músico, de Lou Reed, en 2013 empiezas a contactar con el escritor madrileño Pablo Cerezal. Poco a poco se fragua una amistad, primero en la distancia y luego en persona, pues os conocéis en un viaje que tú haces a Cochabamba (curiosamente él se hallaba en la ciudad por aquel entonces, es una larga historia). Al poco esta relación produce un libro apoteósico a cuatro manos, Madrid-Cochabamba (Cartografía del desastre). Años atrás ya hiciste algo parecido junto al periodista Roberto Navia, con quien publicaste Crónicas de un perro andante. Sé de buena tinta que la experiencia con Pablo fue más que especial. 
Es tan raro lo sucedido. Con Pablo nos hemos visto unas horas, buena parte de ellas intoxicados e inconscientes, que no cuentan, y estamos tan estrechos, tan fraternos. Primero fue personal, en mi caso, porque no había leído nada suyo. Ese hombre es un ángel disfrazado de demonio y un gran autor. Madrid-Cochabamba es hechura suya, de su grandeza. Un precioso libro que amo como si fuera mujer. Creo que si nunca más nos viéramos no importaría. Lo nuestro vive fuera de tiempo y espacio. Y no es romanticismo. Pura, o puta, realidad.

¿Qué te animó a emprender la huida hacia Estados Unidos? ¿El caso era escapar de Bolivia y punto? ¿Era una opción de tantas o la única? ¿Barajaste la opción europea? 
Fui a Europa primero, detrás de una mujer. Todo se fraguó bajo ese error y tenía que fracasar. EUA fue casi un azar, pero para entonces ya casi todos mis amigos cercanos, los de Muerta ciudad viva, emigraban al norte. Los seguí y no me arrepiento. Pero, como en la relación con Pablo, es como si nunca hubiera salido. Vivo allí y aquí al mismo tiempo. Se puede ver en mis escritos. Fuera de la nostalgia.

Odio decir que es una pregunta obligada, pero he de soltártela sí o sí, ya me perdonarás: ¿cómo ha afectado a tu vida y a la de tus cercanos la sorprendente -o no tanto- llegada al poder de Trump? 
Para la ira. En términos legales para nada. Pero sí ha afectado a muchísima gente sin papeles. Ha metido un miedo que no existía. Y tiende a empeorar. El tipo se me ha convertido casi en una obsesión. He de verlo caer, así el daño que causó sea irreversible en el país. Después de él no será lo mismo.

Concluyamos recordando de nuevo a Juan Goytisolo. Y es que seguro que estaría absolutamente de acuerdo con una declaración tuya en cierta entrevista. Cito: «El escritor que escribe por la fama es un fracaso que no excederá su vida. El cementerio literario está plagado de pavos reales de los que nadie se acuerda. […] No se escribe por gloria; se lo hace por amor y por dolor». Tú mantienes, aparte de tu blog personal, Le Coq en Fer, el blog Sugiero Leer (recientemente han alcanzado el millón de visitas, hay que felicitarte por ello), por lo que estás muy al tanto de lo que se está cociendo en la actualidad en materia literaria. En una época en la que estos recalcitrantes pavos reales copan los escaparates y las mesas de novedades de las librerías, ¿mantienes alguna esperanza de que un escritor de verdad sitúe su obra en esos privilegiados espacios destinados en ellas a los simplemente mediáticos?
No sé, Emilio, soy pesimista al respecto. El status quo es poderoso, incluso el literario. Por eso soy tan afecto a las redes sociales, porque democratizaron la cosa. A lo que importa, a que te lean. Dónde es pregunta superflua. De todos modos no se vive de esto.

[Fuente: www.elsaltodiario.com]






George Orwell o com escriure en l’època de la postveritat

Escrit per Joan Burdeus


En un acte del Partit, Joseph Stalin va dir que “el màxim desenvolupament del poder de l’Estat, amb l’objectiu de preparar les condicions de la dissolució de l’Estat: aquesta és la fórmula marxista. És contradictòria? Sí, ho és”. Aquesta lògica perversa en nom de la qual es va perpetrar un dels pitjors experiments socials del segle XX va inspirar George Orwell per encunyar el terme ‘doblepensament’, un tret dels habitants de la societat de la seva cèlebre novel·la 1984 que, exposats a la barreja de vigilància i propaganda contínues del Gran Germà, acaben sent capaços de creure una cosa i la contrària sense que el seu ésser grinyoli. “El doblepensament és explicar mentides deliberades i creure-se-les realment, oblidar qualsevol fet que esdevingui inconvenient i, quan torni a ser necessari, retirar-lo de l’oblit mentre faci falta, denegar l’existència d’una realitat objectiva mentre s’actua tenint en compte la realitat negada”. Fa un parell d’anys que d’això en diem postveritat, i s’està estenent com una epidèmia arreu del món.

George Orwell
Maixa Gessen és periodista, escriptora i activista russoamericana, la qual cosa vol dir que coneix i pateix dos dels líders que millor instancien el doblepensament al segle XXI: Donald Trump i Vladímir Putin. Amb motiu de la celebració del Dia Orwell, l’autora de El futuro es historia. Rusia y el regreso del totalitarismo (Turner, 2018), va parlar al CCCB sobre la importància de la imaginació per mantenir una democràcia sana i resistir l’avenç del totalitarisme. D’entre totes les reflexions d’Orwell sobre la qüestió, Gessen va elaborar el seu discurs a partir d’una de les frases més cèlebres de l’autor britànic, escrita a l’assaig de 1946 The Prevention of Literature“la imaginació, com alguns animals salvatges, no es reprodueix en captivitat”.
La idea central que comparteixen Orwell i Gessen és que “fins i tot un sol tabú pot tenir un efecte devastador sobre la ment, perquè sempre hi ha el perill que qualsevol pensament que seguim lliurement acabi conduint cap al pensament prohibit”. El resultat és un empobriment de l’ecosistema creatiu, que acaba conduint cap a un empobriment de la literatura. Allà on Orwell parlava de literatura, avui podríem referir-nos a qualsevol manifestació cultural i, especialment, com observa Gessen, no a les obres mestres, que no deixen de ser miracles que contradiuen el signe del temps i precisament per això el transcendeixen, sinó a la creació “bona, o prou bona”. Quan la boira del totalitarisme crea una determinada atmosfera, la imaginació col·lectiva es degrada i el resultat és que la literatura normal, la que copa les llistes de best-sellers, esdevé un producte putrefacte.
Orwell va definir els règims totalitaris amb dues característiques: la mentida i l’esquizofrènia. Sobre la primera, Gessen compara les intuïcions d’Orwell amb les de Hannah Arendt quan va dir que la propaganda totalitària “ho converteix tot en concebible, perquè res és veritat”. Per explicar la condició esquizofrènica, Gessen va recórrer al sociòleg Yuri Levada, que després d’un vast estudi de l’URSS de 1989, va concloure que la persona soviètica “s’identificava fortament amb el gran Estat soviètic i el seu gran experiment, i malgrat tot se sentia insignificant, celebrava la modernitat i el progrés, i malgrat tot vivia en condicions de pobresa forçada, sovint privada de les comoditats modernes que fins i tot els pobres d’Occident havien arribat a donar per fetes; creia en l’igualitarisme i criticava les desigualtats evidents, i malgrat tot acceptava l’ordre jeràrquic extrem i l’estructura rígida de classes de la societat soviètica”.
Gessen està convençuda que avui “els valors, les institucions i la major part del que ens estimem de la política està sota atac”. Quan això passa, la imaginació pateix perquè es veu obligada a invertir els seus esforços en tasques defensives, intentant mantenir les coses tal com són en comptes d’explorar lliurement com podrien ser d’una altra manera. La metàfora naturalista orwelliana serveix per a entendre allò que últimament escoltem que les paraules s’han buidat i ja no signifiquen res: en comptes d’endinsar-se a nous territoris i campar com un animal salvatge, la imaginació s’ofega quan l’obliguem a viure dins dels paràmetres de la mera realitat. El resultat és un cercle viciós que, segons Gessen, ens duu a “enfrontar el futur amb les mans buides: pel que fa al llenguatge, som imbècils davant del futur que ens ve de cara”.
La conferència de Gessen va acabar amb un exemple recent i concret d’aquest desarmament imaginatiu i lingüístic. Visitant Detroit, la periodista es va trobar davant d’una de les granges urbanes que han ocupat les desferres de la ciutat que van quedar abandonades per culpa de la crisi. Aleshores, una de les escriptores més competents del planeta —requisit obligatori per pertànyer a la plantilla del New Yorker—, va sentir que no tenia paraules per descriure el que estava veient. “Estava mirant una espècie de comunitat, una mena de parentiu i una forma de cooperació. Estava mirant arranjaments econòmics que no impliquen mà d’obra remunerada. Estava mirant una alternativa a la propietat privada. Estava mirant quelcom que semblava existir en paral·lel al capitalisme”. La revelació consistia a adonar-se que l’única definició al seu abast era negativa, que podia parlar en termes del que no era allò, però que no tenia les paraules adequades per explicar en positiu el que tenia davant dels ulls.
Orwell va saber veure que la democràcia i la imaginació es necessiten l’una a l’altra. Sense llibertat de pensament i d’expressió en el camp polític, la tasca dels escriptors es converteix en un remar a contracorrent condemnat al fracàs. I, sense horitzons imaginats, la democràcia decau en totalitarisme. L’autor britànic va llegar-nos una de les distopies més memorables de la història de la literatura, sense la qual no sabríem veure les amenaces a les quals ens enfrontem avui. Gessen ho subscriu, però demana que anem més lluny de la crítica i siguem capaços d’aplicar la imaginació a les esperances, que les distopies vagin acompanyades d’utopies. I és que el lema dels poders que ens governen sempre és una versió o una altra del “no hi ha alternativa”. Les decisions polítiques es presenten com la conclusió inevitable d’un algoritme determinista i neutral que es limita a calcular l’única acció possible. Contra la tirania de “les coses que no poden ser d’una altra manera”, el poeta Wallace Stevens va definir la imaginació com “una violència interior que ens protegeix d’una violència exterior”. Quin preu estem pagant per viure en un món que no sabem descriure?

[Font: www.nuvol.com]