domingo, 26 de julho de 2026

«La isla de Amrum», film de Fatih Akin

L’amarg despertar del somni nazi

Escrit per Joan Millaret Valls

Després de projectar-se en el darrer Festival Internacional de Cinema de Canes, fora de competició, i just quan acaba de guanyar el premi a la millor pel·lícula en el recent 10è Bcn Film Fest, ‘La isla de Amrum’ de Fatih Akin s’estrena als nostres cinemes. El realitzador turc-alemany repeteix de nou al costat de l’actriu Diane Kruger, encara que ara en un paper secundari, després del melodrama ‘In the Fade’ (2017), premi a la millor actriu a Canes i la pel·lícula guanyaria al Globus d’Or al Millor Film de Parla Estrangera.

El director de films tan emblemàtics com ‘Contra la pared’ (2004), Os d’Or al Festival de Berlín i millor pel·lícula europea de l’Acadèmia Europea, amb propostes prou interessants com ‘Al otro lado’ (2007), s’havia instal·lat en una zona perillosa ja que el seu cinema més recent desvetllava una certa indiferència. Però ‘La isla de Amrum’ ens ha retornat, sorprenentment, a un director Fatih a qui donaven ja per amortitzat. El guió, coescrit pel mateix Akin i Hark Bohm, està ambientat a la primavera de 1945 quan comença a esfondrar-se el règim nazi. El protagonista principal és Nanning (Jasper Billerbeck), un nen alemany d’Hamburg de 12 anys que passa els últims dies de la guerra amb la mare i els seus germanets a la casa familiar a l’illa que dona nom a la pel·lícula.  

«La isla de Amrum», de Fatih Akin

Nanning pertany a les joventuts hitlerianes i veu traïdors al nazisme per tot arreu, però la seva vida en aquesta vila marinera, poble del qual molts van haver d’emigrar en el passat cap als Estats Units, li serveix per descobrir la vida en el camp. Tot i el seu fanatisme nazi, Nanning és feliç caçant conills amb el seu amic d’escola o sortint a caçar foques amb un pescador. El suïcidi de Hitler l’abril de 1945 deixa orfes als que encara creuen en un règim invencible mentre Alemanya és ocupada pels russos per l’est i l’abdicació sembla imminent. La mare de Nanning, Hille (Laura Tonkel), en estat de xoc per les notícies de guerra, pateix un trastorn depressiu que la porta a no voler menjar, i Nanning farà tot el possible i més per aconseguir aliments introbables per la seva mare com pa blanc, mantega i mel i fer-la feliç.

Un coming of age sobre el sacrifici d’un nen que es veurà forçat a despertar abruptament de la seva fantasia nazi i que s’haurà d’acostumar a un nou món amb un sistema de valors oposats als de l’Alemanya nazi.

Una pel·lícula amb moments sòrdids i poc complaents però, al capdavall, una admirable proposta preciosa, sensible, subtil i emotiva. 

 

[Font: www.cinemacatala.net]

Un premio al arte de fabular

En un presente abarrotado de autoficciones, la más alta distinción de las letras en lengua alemana fue otorgada a una fabuladora innata que rehúye los reflectores. 


Escrito por José Aníbal Campos 

Verblüffungskraft” [capacidad para sorprender], es uno de los rasgos que ha destacado de Christine Wunnicke (Múnich, 1966) el jurado del Premio Büchner, el cual, con su decisión, sorprende al distinguir la obra de una autora que, al decir del crítico Paul Jandl, ha sido hasta ahora una especie de inasible “personaje de fábula”, “poco vanidosa al extremo de perjudicarse a sí misma” en un mundillo literario que funciona según la “economía de los focos” y se muestra cada vez más dado a premiar el exhibicionismo y la aparatosidad. A Wunnicke se le ve apenas en lecturas, su carácter le hace evitar los escenarios, los medios y las entrevistas. Elude las presentaciones de sus propios libros y ha rechazado la participación en clubes de lectura y otros formatos más recientes de la promoción literaria.

Es curioso que toda la obra narrativa de esta escritora parezca rendir homenaje a figuras que, en cierto modo, se le parecen: gente que logró cosas muy relevantes en el pasado, pero cuyos méritos quedaron sepultados bajo la intrincada maleza del olvido. Su especialidad son las “miniaturas históricas”. La trama de su última novela, Wachs [Cera] (2025), se desarrolla en el París del siglo XVIII y cuenta la historia de una hoy poco conocida Marie Marguerite Bihéron, que, deseosa de estudiar Anatomía –pero imposibilitada de hacerlo por el simple hecho de ser mujer–, se dedicó al robo y a la compra ilegal de cadáveres que le permitieran, a escondidas, estudiar el cuerpo humano y hacer reproducciones precisas de sus órganos. Como la propia autora ahora galardonada con la más alta distinción de las letras en lengua alemana, Bihéron llegaría a alcanzar tal excelencia en el dominio de su arte, que su fama se extendió por todo el mundo civilizado: la mismísima emperatriz Catalina II de Rusia ordenaría la compra de parte de sus obras para la colección de la Academia de Ciencias de San Petersburgo. 

Después de estudiar Lingüística, Psicología y Filología Germánica Antigua en Berlín y Glasgow, Christine Wunnicke –que es también una destacada traductora– pasó varios años trabajando para la Sociedad Max Planck de Múnich. Fue allí donde probablemente surgió su interés por esas emergentes áreas del saber en un pasado remoto en las que ya se vislumbran los orígenes de nuestra contemporaneidad. Ella misma ha dicho: “La mayoría de las veces no sé por qué algo, de repente, acapara mi interés. Es como un flash“. El elemento característico de casi todas las novelas y relatos de Wunnicke, y lo que convierte sus textos en lecturas apasionantes, es el uso de la prolepsis, el flashforward: la narradora se adentra en épocas de las que apenas tenemos ya memoria, pero de las cuales, gracias a la sabia administración de detalles tan típica de su maestría como narradora, nos hacen cobrar conciencia de que nuestra vida en sociedad es el resultado de una continuidad, de la transformación y del mestizaje, de la cópula de ideas, que no estamos donde estamos por la excepcional inteligencia de las generaciones en activo (toda generación se cree siempre mejor que la anterior, hasta que llega el duro despertar), sino que eso que llamamos “progreso” (y que consideramos patrimonio nuestro) es el fruto de un largo proceso dialéctico de asimilaciones y descartes, de confrontaciones y alianzas del que, de cara a un futuro, también estamos participando sin darnos apenas cuenta.

En su primera novela, Fortescues Fabrik [La fábrica de Fortescue] (1998), nos adentramos “en los esplendores y miserias, en la vida y la muerte de Douglas W. Fortescue (1810 -1842), la más célebre shooting-star del arte poético inglés después de la muerte de Byron, inventor de la producción industrial de poesía”. En este caso, el personaje central no es una figura histórica. Lo que fascina en esa novela es el virtuosismo fabulador de Wunnicke para narrar remedando el estilo victoriano que tan bien encaja con su personaje de ficción.

La novela, con distancia, más exitosa de Wunnicke llegó a librerías en 2020. En Die Dame mit der bemalten Hand [La mujer con la mano pintada] se nos cuenta la historia de un encuentro ficticio entre el matemático, cartógrafo y explorador alemán Carsten Niebuhr (1733-1815) y un astrónomo persa, Musa al-Lahuri. El crítico Hubert Winkels destacaba la capacidad de Wunnicke para crear una “poética historia de la ciencia” sin renunciar a la carcajada hilarante derivada de los fallidos intentos de comunicación entre ambos científicos, más allá de barreras idiomáticas y culturales. Para Winkels, que considera la historia una “grandiosa ridiculización del Logos y del monoteísmo”, esas escenas recuerdan el mejor slapstick comedy à la Marx Brothers.

No es posible reseñar aquí, siquiera brevemente, la obra completa de Christine Wunnicke, con más de una docena de libros en su haber. En mi opinión, uno de sus libros más logrados y apasionantes es la biografía novelada del castrato Filippo Balatri, un pisano nacido en 1682 que llegó a actuar para las cortes de Rusia y de los Wittelsbach, en Múnich, ciudad en la que murió en 1756. En Die Nachtigall des Zaren [El ruiseñor del zar], un título de por sí irónico, Wunnicke se basó en los abundantes escritos autobiográficos que dejó el cantante y que hoy se conservan en la Biblioteca Estatal de Baviera.

Cabe destacar, además, el hecho de que la editorial Impedimenta haya sabido apostar por esta gran autora unos años antes de este premio consagratorio que hoy se le concede. En La mujer zorro y el doctor Shimamura (Impedimenta 2022), la autora recurre de nuevo a uno de sus temas favoritos y hoy más candentes que nunca: la confrontación y el intercambio entre culturas. En su reseña para Babelia, José Luis de Juan destacaba con acierto la esencia de esta historia: “Es una suerte de ikebana: palabras y frases como flores desaliñadas cuyos tallos se fijan con instintiva naturalidad sobre el agua inmóvil”. Y añadía De Juan: “Esta novela divertida y sagaz, con personajes que se ven y se comprenden (esa paciente-asistenta que lleva dentro una novela ‘de amor, miseria, silencio y suicidio’), muestra el abismo entre Japón y Occidente, así como entre la psicología y el corazón humano […]. Wunnicke, con una luminosa, rica y libre manera de narrar […] deja en el aire un tintineo que nos remite a la nimiedad de la razón, a la par que cuestiona la fiabilidad de la memoria humana; es decir, logra que el lector se mire en el espejo de la novela y esboce una tímida sonrisa de complicidad”.

En nuestro presente, un ahora abarrotado de asfixiantes autoficciones (valga, en este caso, la anticuada cadena de aliteraciones), con un mercado del libro saturado de historias que pretenden usar la literatura como una especie de terapia para superar un divorcio, la muerte de un ser querido o el catarro de un ahijado (esto último sin la capacidad de un Thomas Bernhard para convertir en gran literatura una afección pulmonar), es de celebrar que se premie la obra de una fabuladora innata, de una escritora que rehúye los focos y que, desde la soledad de sus estudios y sus inmersiones en archivos de toda índole, nos regala historias que nos conmueven, nos hacen reír y cuestionarnos, burlarnos de nosotros mismos, al tiempo que nos permiten aprender y reflexionar sobre nuestra (tranquilizadoramente) invariable condición humana. ~

Zúrich, julio de 2026. 

 

[Foto: Gene Glover - fuente: www.letraslibres.com]

Música de quilòmetre zero per descobrir la riquesa artística de Catalunya

El portal MúsicaKm0.cat acumula més de 63 milions d’impressions i més de 42.000 seguidors a les seves playlists de música produïda al país 

La música catalana i la música en català passen per un moment dolç. Els darrers anys s’ha consolidat un circuit de músics del país que arrosseguen milers d’espectadors i les llistes de reproducció en línia reflecteixen aquesta bona salut musical. Tot i això, la música feta a Catalunya té encara molt de marge de creixement, especialment en les propostes menys conegudes.

És en aquest context que ha nascut MúsicaKm0.cat, un portal impulsat per l’Associació de Productors i Editors Fonogràfics i Videogràfics Catalans (APECAT) amb el suport de l’Institut Català de les Empreses Culturals (ICEC), del Departament de Cultura de la Generalitat de Catalunya, que recull la diversitat musical de Catalunya, massa sovint poc coneguda, en diferents llistes de reproducció.

Segons dades d’Alpha Data, l’1% dels artistes acumula prop del 90% de les reproduccions globals en estríming, una dinàmica que sovint dificulta la difusió de propostes menys conegudes pel gran públic, escenes emergents o projectes independents.

Davant aquesta situació, MúsicaKm0.cat reivindica la importància de la curadoria, la contextualització i la descoberta musical com a eines per ampliar la mirada sobre la música produïda a Catalunya. Fins ara, el projecte ha acumulat més de 63 milions d’impressions digitals i més de 42.000 nous seguidors a través de playlists vinculades a múltiples escenes i gèneres musicals produïts al país. “Les plataformes han canviat completament la manera com escoltem música, per això és important generar espais que ajudin a descobrir artistes, escenes i propostes que potser no apareixen de manera immediata dins les dinàmiques habituals de consum”, explica Eva Faustino, directora gerent de l’APECAT. “MúsicaKm0.cat neix precisament amb aquesta voluntat: ajudar a contextualitzar i donar presència a la diversitat musical que es produeix avui a Catalunya”, afegeix. 


La plataforma MúsicaKm0.cat aplega playlists i continguts de molts gèneres musicals produïts a Catalunya: des del jazz, el folk o la cançó d’autor fins a l’electrònica, la música urbana, el pop, l’experimentació sonora o les noves escenes híbrides, amb la voluntat de reflectir la pluralitat real de l’oferta. L’objectiu és que l’usuari no només escolti música, sinó que pugui entendre millor el context cultural i creatiu que hi ha darrere de cada escena, segell, estil o projecte musical de la música produïda en l’ecosistema cultural i creatiu català, tant en la composició, com en la creació artística, la producció musical i la producció fonogràfica.

MúsicaKm0.cat no posa el focus únicament en els artistes, sinó en tot l’ecosistema que sosté la música produïda a Catalunya. El projecte reivindica la feina de productores, estudis d’enregistrament, segells discogràfics, editorials, sales, festivals i professionals que contribueixen a construir una escena musical diversa, híbrida i transversal, però sovint fragmentada i poc reconeguda fora dels hàbits de consum més comuns.

“Moltes vegades es parla de la música feta a Catalunya com si fos una única escena, i la realitat és que conviuen propostes, llenguatges i maneres de crear molt diverses”, destaca Faustino. “També és important entendre tota la xarxa de professionals i estructures que fan possible aquesta música i que sovint queden invisibilitzades dins el relat cultural. MúsicaKm0.cat vol precisament ajudar a ampliar aquesta mirada i generar més espais de descoberta i context al voltant de la música feta al territori”, conclou.

L’APECAT, associació impulsora del projecte, que aplega 43 empreses discogràfiques catalanes, treballa des del 2003 per defensar, consolidar i enfortir el sector fonogràfic i videogràfic català i impulsa i promou la música creada a Catalunya amb iniciatives com MúsicaKm0.cat.

Contingut de marca

 

[Foto: APECAT - font: www.diaridelallengua.cat] 

« Une enfance allemande – Île d’Amrun 1945 », film de Fatih Akin : la fin d’un Reich

Dans les méandres d’une mémoire collective, Fatih Akin pose son regard sur l’île d’Amrum, ce bout de terre balayé par les vents de la mer du Nord, pour y ancrer son nouveau film, Une enfance allemande – Île d’Amrum, 1945. Une œuvre nettement moins radicale que les précédentes – sans que cela soit foncièrement un défaut.

Écrit par Yohann Desplat

Présenté en avant-première à Cannes en 2025Une enfance allemande marque un retour aux sources pour le cinéaste germano-turc, qui délaisse ici les passions dévorantes de ses œuvres antérieures pour embrasser une forme plus contemplative, presque pastorale. Si cette évolution pourrait laisser craindre un affadissement, elle révèle une maturité assumée, où la violence historique se dissout dans le prisme d’une innocence enfantine, offrant un tableau nuancé de la fin du 3e Reich nazi.

« Printemps 1945, sur l’île d’Amrum, au large de l’Allemagne. Dans les derniers jours de la guerre, Nanning, 12 ans, brave une mer dangereuse pour chasser les phoques, pêche de nuit et travaille à la ferme voisine pour aider sa mère à nourrir la famille. Lorsque la paix arrive enfin, de nouveaux conflits surgissent, et Nanning doit apprendre à tracer son propre chemin dans un monde bouleversé. » 

Le voleur de charrettes

Le récit s’articule autour de Nanning, un garçon de douze ans incarné par Jasper Billerbeck, dont le visage expressif capture l’essence même de l’enfance : ce mélange de curiosité vorace et de vulnérabilité muette. Nous sommes en 1945, sur cette île isolée où le nazisme s’effrite comme un château de sable face à la marée montante. Akin choisit de filtrer les horreurs de la guerre à travers les yeux de cet enfant, évitant ainsi les pièges du didactisme ou du spectaculaire.

Au lieu de cela, il tisse une trame initiatique où les signes de l’effondrement (un soldat déserteur, des rumeurs de capitulation, les tensions familiales…) émergent par touches subtiles. Une approche qui évoque, sans l’imiter, le néoréalisme italien de Vittorio De Sica, où l’innocence devient un outil de dissection morale.

Chez Akin, l’enfant n’est pas un simple vecteur narratif ; il est le centre gravitationnel d’une réflexion sur l’identité allemande, sur cette « enfance » collective d’une nation qui doit réapprendre à voir le monde sans les lunettes déformantes de l’idéologie.

La poésie des paysages insulaires

Visuellement, le film est une ode à la géographie intime. La photographie de Karl Walter Lindenlaub capture l’île d’Amrum avec une palette de gris bleutés et de verts humides, transformant les paysages en un personnage à part entière. Les plans larges des plages infinies, balayées par des tempêtes symboliques, contrastent avec les intérieurs étroits des maisons frisonnes, où les ombres des adultes pèsent comme des présages.

Akin maîtrise ici une économie de moyens qui confine à l’ascèse : pas de musique envahissante, mais un sound design discret où le bruit des vagues et des mouettes ponctue le silence, renforçant l’isolement psychique des protagonistes.

Cette retenue formelle, loin d’être un défaut, amplifie l’impact émotionnel. Elle permet au spectateur de projeter ses propres interrogations sur cette toile vierge, questionnant la transmission du trauma sans verser dans le pathos. Thématiquement, Une enfance allemande interroge la moralité en temps de crise avec une finesse qui évite les jugements binaires. Nanning, confronté à des choix minuscules, incarne cette zone grise où l’innocence se teinte d’ambiguïté. 


Une maturité apaisée

Akin, enraciné dans son héritage biculturel, infuse au film une perspective décentrée : l’île, microcosme d’une Allemagne en déliquescence, devient un espace liminal où les frontières entre victime et complice s’estompent. Akin s’en distingue par une humanité plus chaleureuse, moins clinique. Il n’accuse pas. Il observe, et dans cette observation réside une forme de rédemption poétique.

On regrettera à certains endroits la sagesse méditative du film, détroussée de l’énergie viscérale qui caractérisait les débuts du réalisateur. Les conflits internes, bien que finement esquissés, auraient pu gagner en intensité, évitant ainsi une certaine linéarité narrative. Néanmoins, ces réserves mineures ne ternissent pas l’ensemble. Une enfance allemande s’impose comme une œuvre introspective, sans aucun doute l’une des meilleures des récentes années du cinéaste.

Une enfance allemande – L’île d’Amrun offre un miroir mesuré, invitant à une réflexion sur les racines du mal sans en faire un spectacle. Il rappelle que le cinéma, dans sa plus belle expression, n’est pas tant affaire de grandiloquence que de regards attentifs, et de silences entraînants. Akin, en apaisant son style sans le dénaturer, signe ici un chapitre essentiel de sa filmographie, un film qui enrichit subtilement notre compréhension de l’humain face à l’Histoire.

 


[Photos : Dulac Distribution - source : www.cineverse.fr]

sábado, 25 de julho de 2026

Israël en crise : une menace venue de l’intérieur

 


Écrit par Yakov M. Rabkin 

« Si l’État envoie des gens, des soldats, pour l’honneur de l’État, et qu’ils tuent des gens, est-ce admissible ? C’est tout simplement un meurtre. Ils [le gouvernement] incitent au meurtre. C’est ce qu’ils font. Ils mènent des guerres non pas pour sauver des vies, mais uniquement pour l’honneur de l’État. Certes, ce n’est pas nouveau. Alors, est-ce autorisé ? Juste pour rehausser le prestige de l’État ou pour autre chose ? » 

Ce ne sont pas les propos d’un militant de gauche anti-israélien issu d’un campus de l’Ivy League. Ils ont été prononcés le 19 juillet 2026 par le rabbin Dov Lando, âgé de 96 ans, membre éminent du Conseil des Sages de la Torah en Israël. Le Conseil représente les juifs haredim, ou Haredim, des juifs strictement pratiquants qui sont un million et demi rien qu’en Israël et que les médias qualifient souvent d’« ultra-orthodoxes ». Les hommes haredim se distinguent visuellement par un code vestimentaire bicolore, noir et blanc. Représentant environ un sixième de la population juive d’Israël, les Haredim affichent la plus forte croissance démographique (4 %). Ils sont jeunes, et près d’un tiers de tous les élèves entrant à l’école en Israël sont des Haredim. Ils disposent de leur propre système scolaire indépendant et vivent en grande partie à l’écart de la société israélienne dominante. 

C’est cette volonté de vivre à l’écart, plutôt qu’un pacifisme idéologique, qui explique leur résistance à la conscription. Les rares Haredim qui se sont engagés dans l’armée au sein d’unités séparées spécialement créées pour eux ( ) se sont montrés tout aussi brutaux que le soldat moyen de l’armée israélienne. Dans sa dénonciation, le rabbin Lando a utilisé le mot « retsah » pour désigner le meurtre, un terme issu de la même racine que celui employé dans l’interdiction « Tu ne tueras point » des Dix Commandements. Ce choix de vocabulaire a rendu son accusation particulièrement grave.

En effet, sa dénonciation n’apporte guère de nouveauté. Les rabbins haredim dénigrent depuis longtemps le projet sioniste, en particulier son caractère violent. Contrairement aux sionistes juifs et chrétiens, ils ne considèrent pas l’État d’Israël comme l’accomplissement d’une prophétie biblique, ni comme impliquant le commandement d’occuper la Terre Sainte. Selon un parlementaire haredi :

Les sionistes ont tort. Il n’est pas nécessaire d’encourager l’amour de la terre d’Israël par une domination politique et militaire sur l’ensemble du territoire. On peut aimer Hébron même depuis Tel-Aviv… même si elle est sous domination palestinienne. L’État d’Israël n’est pas une valeur. Seules les questions de spiritualité appartiennent à la famille des « valeurs ».

La plupart des haredim rejettent le sionisme, qu’il soit laïc ou religieux, ne célèbrent ni la fête de l’Indépendance ni aucune autre fête officielle et, comme la majorité d’entre eux, évitent tout contact avec la majorité laïque. Leurs fils ne servent pas dans l’armée israélienne, et leurs filles n’effectuent pas du tout le service alternatif obligatoire ; beaucoup ne s’arrêtent pas lorsque, chaque année, les sirènes appellent la population à observer une minute de silence en mémoire des soldats morts pour l’État d’Israël. La violence chronique engendrée par la colonisation sioniste depuis plus d’un siècle constituerait, selon eux, une punition continue pour la violation des serments talmudiques interdisant la conquête par la force de la Terre Sainte.

Le contexte de la dénonciation véhémente du rabbin Lando est tout aussi éloquent que ses propos. Les Haredim se battent depuis des années pour conserver le privilège d’être exemptés du service militaire, qui est obligatoire tant pour les hommes que pour les femmes en Israël. Ce privilège leur a été accordé afin d’apaiser l’opposition des Haredim à la déclaration unilatérale de l’État sioniste, survenue en mai 1948.

Cet accord a depuis longtemps été invalidé par la Cour suprême d’Israël. Une longue bataille législative sur cette question est en cours, accompagnée de manifestations de rue vigoureuses, parfois violentes, menées par des milliers de juifs haredim. Ceux-ci font irruption dans des installations militaires et, à au moins une occasion, ont assiégé le domicile d’un juge de la Cour suprême.

En raison des enjeux politiques de la coalition, la Knesset a adopté au début du mois une loi fondamentale déclarant l’étude de la Torah « valeur fondamentale » du peuple juif. Cela consacre une valeur juive traditionnelle en tant que loi du pays. Israël n’a pas de constitution — une autre concession faite à la communauté haredi — et les lois fondamentales ont un statut quasi-constitutionnel.

Une autre loi, adoptée plus tôt au cours de l’été 2026, accorde à des dizaines de milliers de haredim insoumis une immunité temporaire contre l’arrestation. Cette mesure protège les jeunes haredim qui se soustraient à la conscription. Elle suspend également les procédures pénales en cours à l’encontre de ceux qui font déjà l’objet de mesures coercitives. La Haute Cour a gelé l’application de cette loi le lendemain et a fixé une audience sur cette affaire au 28 juillet. La bataille se poursuit.

Une autre information concernant les Haredim met en lumière leur marginalisation. L’État a mobilisé des influenceurs et des rabbins haredim pour mettre en garde les juifs haredim contre toute collaboration avec les services de renseignement iraniens. Israël et les États-Unis ont attaqué l’Iran à plusieurs reprises depuis l’été 2025, et des informations font état de la présence de juifs haredim parmi les dizaines d’Israéliens arrêtés pour espionnage au profit de l’Iran.

Tout cela explique l’animosité croissante envers les Haredim au sein de la société israélienne dominante. De nombreux Israéliens laïques se sentent pris en étau entre deux menaces grandissantes : les Palestiniens d’un côté et les Haredim de l’autre. Israël continue de se battre sur sept fronts, et les chefs militaires déplorent une grave pénurie de soldats. Alors que le service militaire obligatoire a été prolongé à trois ans pour les hommes comme pour les femmes, plus de 80 000 haredim refusent même de s’inscrire aux bureaux de recrutement. De nombreux Israéliens de la société majoritaire ont depuis longtemps perdu des fils et des filles, et ils en veulent naturellement aux haredim d’être exemptés.

Le cycle actuel de violence a poussé des dizaines de milliers d’Israéliens, lassés des périodes régulières de service de réserve, à émigrer vers l’Europe et les États-Unis. Il s’agit généralement des plus jeunes et des plus diplômés, précisément ceux qui assurent la suprématie d’Israël dans la région. Les Haredim menacent également de partir si l’État les enrôle dans l’armée. Même s’ils restent, la plupart se soustrairont au service militaire. De plus, leur faible niveau de formation scientifique et technologique ne permet pas de répondre aux besoins des industries de haute technologie israéliennes. L’aliénation de principe des Haredim constitue l’un des défis internes les plus graves auxquels est confronté l’État sioniste, alors qu’il fait face à une hostilité croissante de l’extérieur.


Yakov M. Rabkin est professeur émérite d’histoire à l’Université de Montréal. Ses publications comprennent plus de 300 articles et plusieurs ouvrages : *Israel in Palestine*, *Zionism Decoded in 101 Quotes*, *Science between Superpowers*, *A Threat from Within: a Century of Jewish Opposition to Zionism*, *What is Modern Israel?*, *Demodernization: A Future in the Past* et *Judaïsme, islam et modernité*. Il a travaillé comme consultant, entre autres, pour l’OCDE, l’OTAN, l’UNESCO et la Banque mondiale. E-mail : yakov.rabkin@umontreal.ca. Site web : www.yakovrabkin.ca

 

[Photo d’Aharon Luria sur Unsplash - source :  Informed Comment - reproduit sur groupegaullistesceaux.fr]


« Une enfance allemande », film de Fatih Akin : pour un peu de miel et de pain

Avec ce nouveau film, adapté d’un scénario du regretté Hark Bohm, Fatih Akin surprend agréablement. Après un dernier film plutôt moyen, Rheingold (2022), le réalisateur allemand revient avec un sublime conte qui prend place au moment de la fin de la Seconde Guerre mondiale. 


Écrit par Julien Desneuf

L’exploit des deux Hambourgeois

Derrière Une enfance allemande, déjà, il y a un hommage : celui de Fatih Akin pour son ami et mentor, Hark Bohm. Ce dernier s’est éteint le 14 novembre 2025 à Hambourg, quelques jours seulement après la sortie allemande du film. C’était lui qui devait réaliser cette œuvre mais, trop diminué physiquement, l’acteur, réalisateur et producteur allemand, qui a grandi sur l’île d’Amrum, a dû céder sa place derrière la caméra. Après avoir écrit le livre éponyme et le scénario, c’est bien naturellement qu’il a confié la réalisation de ce film à Fatih Akin, avec qui il a déjà collaboré à de nombreuses reprises. Hark Bohm a, par exemple, aidé Fatih Akin pour le scénario de Tschick et de In the fade. Les deux natifs de Hambourg se connaissent effectivement de longues dates, ce qui a laissé toute l’amplitude à Fatih Akin pour faire ce petit bijou, riche et fort comme un courant de la mer du Nord.

L’histoire est assez simple : loin du tumulte de la Seconde Guerre mondiale, Nanning est un garçon de douze ans qui vit depuis peu de temps sur l’une des îles frisonnes, située au nord de l’Allemagne. Avant la guerre, il habitait à Hambourg. Nanning lui-même est le fils d’un haut dignitaire du Parti national-socialiste et sa famille est originaire d’Amrum, où il semble faire bon vivre. Néanmoins, le vent de quelques rumeurs semble parvenir jusqu’ici avec les drapeaux nazis, les restrictions et les déportés : la réalité de la guerre s’immisce jusque là et façonne la vie de la petite île. Incarné à l’écran par Jasper Billerbeck, Nanning, ce jeune garçon solitaire et réservé est l’homme de la maison malgré lui. Alors, ils se lancent dans une aventure folle dans ce contexte : obtenir du pain blanc, du beurre et un peu de miel pour sa mère. Quelques mauvaises langues diront qu’il n’y a pas de quoi être ébahi, mais, que diable, à chacun son Everest. N’est-il pas au moins un homme au monde qui, un jour, s’est enorgueilli de pouvoir simplement se lever de son lit ?

Nanning à bicyclette 

Dans le scénario initial, cette histoire devait être un simple épisode. Elle en est devenue la trame principale. Fatih Akin saisit, grâce à elle, la possibilité de saisir l’ordinaire dans son plus simple appareil. Il confie même avoir pensé au Voleur de bicyclette et à Sciuscià de Vittorio De Sica en lisant cette partie et, plus tard, s’être inspiré de la sobriété de son intrigue pour construire la sienne. Peut-être, aussi, faut-il voir ici un petit clin d’œil : c’est à bicyclette que Nanning se promène sur son bout de terre. Mais à mesure qu’il avance dans sa quête, les Iliens du coin le rejettent. À l’instar de beaucoup d’Allemands de leur temps, ils sont exaspérés par la guerre, que l’enfant incarne malgré lui, et le personnage joué par Diane Kruger, Teresa, incarne très justement ce vent de colère qui bouillonne en chacun d’eux.

Nanning roule le long des chemins, et son aventure prend petit à petit les contours d’un conte. Les scènes d’intérieur ont été tournées en studio à Hambourg, tandis que toutes les scènes en extérieur avec la nature ont été filmées sur l’île d’Amrum, en mai 2024. Mais comme les villages d’Amrum n’ont plus leur apparence d’antan, il a fallu trouver un autre lieu pour les scènes avec la maison et la communauté. Ils l’ont trouvé au Danemark, juste de l’autre côté de la frontière, et le résultat est tout simplement resplendissant. Les tableaux se succèdent le plus naturellement du monde et le paysage prend souvent le pas sur le reste. Dans ce plat pays, Nanning nous fait parfois l’effet de rouler sur une ligne d’horizon. Le long des landes et des dunettes, le jeune enfant pédale au gré de ces petites histoires : il fait du troc, chasse un lapin ou traverse un chenal de marée en crue. Tout ça, c’est beaucoup de choses pour un gamin.

Un humanisme allemand

Ce film d’apprentissage, présenté en avant-première au Festival de Cannes 2025 dans la section Cannes Première, est une vraie réussite. Subtil et nuancé, il touche à des thèmes universels comme l’enfance, la guerre et les préjugés avec beaucoup de justesse. Il ne tombe pas un seul instant dans le piège du pathétique, ce qui est un petit exploit tant le sujet s’y prête. À la place, il offre l’empathie. En quelques mots comme en cent, Une enfance allemande est un film a ne pas manquer. Le dernier plan du film montre Hark Bohm regardant l’horizon depuis l’une des plages de l’ile d’Amrum, lui qui y a grandi. C’est touchant. Fatih Akin, en tout cas, peut se vanter de lui avoir rendu un bel hommage. 

Avec Jasper Billerbeck, Laura Tonke, Diane Kruger

 

[Photos : Dulac distribution - source : www.cult.news]

Un repte extraordinari: cent traduccions de videojocs al català en quaranta-sis dies

Una iniciativa que demostra que el català pot ser una llengua de joc en grans títols

Captura del web de videojos de Júlia Rosell Saldaña

La informàtica, docent i investigadora independent Júlia Rosell Saldaña ha aconseguit un repte tècnic i lingüístic extraordinari: cent versions jugables de videojocs en català (i llatí) en només quaranta-sis dies. El 31 de maig de 2026 va començar el projecte. El 15 de juliol, quaranta-sis dies després, arribava a la traducció número cent.

No es tracta d'adaptacions professionals, completes i lliures d’errors. La mateixa autora ho precisa amb honestedat: "Són pretraduccions experimentals, contribucions a projectes oberts i localitzacions amb diferents graus d’adaptació. Algunes tenen milers de frases; d’altres encara mostren fragments en anglès o castellà. Però totes tenen una cosa en comú: el joc carrega, funciona i mostra català".

El recompte suma cent combinacions de videojoc i llengua (català i llatí) sobre vuitanta-vuit obres. Inclou títols agrupats com la trilogia 'Mass Effect Legendary Edition', 'Warcraft I & II Remastered' o els sis jocs de l’ecosistema 'UZDoom'. Tot plegat es pot descarregar gratuïtament a juliarscat.itch.io, amb instruccions clares, avisos sobre errades i sistemes de restauració sempre que ha estat possible.

L’autora no ha començat de zero cada vegada. Ha construït scripts d’extracció i reintegració de textos, sistemes de validació, un glossari propi i una base de dades amb més d’un milió de cadenes. Cada correcció alimenta el següent projecte. Tot i això, recalca que l’automatització només prepara el terreny: "La localització exigeix arqueologia digital, enginyeria inversa i molta tolerància al fracàs".

Ha treballat amb més de trenta motors i ecosistemes diferents: Unreal Engine (diverses generacions), Unity, Source 2, Frostbite, id Tech, GZDoom, motors de Blizzard, FromSoftware i un llarg etcètera de formats propietaris. JSON, XML, paquets .pak, .locres, taules binàries… En alguns casos n’hi havia prou amb substituir una carpeta; en d’altres calia reconstruir paquets, generar pegats diferencials amb Xdelta o respectar hashes i mides exactes perquè el joc no es trenqués.

El catàleg no mostra tots els fracassos. Entre els intents fallits hi ha 'The Surge', 'The Surge 2', 'Wolfenstein II', 'They Are Billions' i altres on els textos es van extreure, però no es van poder reintegrar amb garanties, o on el joc rebutjava les modificacions. Aquests fracassos desmenteixen la idea simplista que tot consisteix a “prémer un botó”.

Les errades —castellanismes, falsos amics, gèneres mal interpretats— hi són, per això Rosell Saldaña convida qui vulgui revisar, corregir o millorar les traduccions.

Aquest projecte no és només una proesa individual. És una demostració pràctica que el català pot ser llengua de joc en entorns on les grans companyies no l’han considerat viable.

 

 

[Foto: Júlia Rosell Saldaña - font: www.racocatala.cat]

Netanyahu prepara los comicios de octubre con la mirada puesta en Gaza

Sin detener los bombardeos y una “reconstrucción” parada, el futuro del enclave se postula como una pieza primordial de la próxima campaña electoral en Israel.

Benjamin Netanyahu, primer ministro israelí, en Tel Aviv, Israel, el 18 de diciembre de 2023.

Escrito por Queralt Castillo Cerezuela

Tras haber disuelto el Parlamento el pasado 17 de julio, el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, ya calienta motores para las elecciones del próximo 27 de octubre. La Knéset no volverá a reunirse antes de los comicios y Netanyahu prepara la cita electoral con la mirada puesta en una Gaza completamente destruida y víctima no solo de un genocidio, sino también de un proceso de reconstrucción prácticamente parado.

En Israel no hay límites en cuanto a años de mandato, y Netanyahu ha sido el primer ministro que, de momento, más tiempo ha ostentado el poder en la historia del país; aun así, no ha conseguido completar ningún periodo de cuatro años. Según The Israel Democracy Institute (Instituto de Democracia de Israel), los israelíes acuden a las urnas un promedio de cada 2,4 años; y entre 2019 y 2022 votaron hasta en cinco ocasiones. Las encuestas preelectorales a día de hoy muestran un claro apoyo a los partidos de la oposición, encabezados por el ex primer ministro Naftali Bennett.

Gaza, una pieza electoral fundamental

Mientras Tel Aviv se prepara para unas elecciones ya consideradas históricas, los casi dos millones de gazatíes que, de momento, sobreviven a las matanzas —casi todos ellos desplazados de su lugar de origen a causa de la violencia— aguardan los próximos pasos de la “Junta para la Paz”, el organismo ideado por Donald Trump que tenía que trazar una hoja de ruta de recuperación para el enclave, pero cuyos pasos resultan insignificantes. Entretanto, y a pesar de haber firmado un alto el fuego el pasado mes de octubre de 2025, el Estado sionista continúa bombardeando Gaza y causando víctimas mortales día tras día. El pasado 21 de julio, sin ir más lejos, las IDF (Fuerzas Armadas Israelíes) terminaron con la vida de una familia de seis miembros en Ciudad de Gaza mediante un ataque aéreo: aniquilaron a la pareja y sus cuatro hijos. Como es habitual, el ejército sionista alude al pretexto de que el objetivo era un miembro de Hamás, algo usado de manera constante para arremeter contra la población civil palestina.

Desde la firma del alto el fuego, han sido asesinadas más de 1.200 personas y las IDF se han ido apoderando del territorio gazatí. Ya controlan el 60% del enclave y el objetivo es llegar incluso al 70%, según han reconocido varios miembros del Gobierno. Los ataques diarios no cesan y el bloqueo continúa: decenas de camiones con ayuda humanitaria permanecen varados en la frontera con Egipto y miles de palestinos intentan salir sin éxito del enclave para buscar ayuda médica urgente.

Hace unos días, centenares de ultras israelíes, acompañados por Ben-Gvir y Smotrich, marcharon hacia la frontera con Gaza para reclamar la reconstrucción de los asentamientos

Ante la posibilidad de una derrota electoral el próximo 27 de octubre, una de las estrategias de Netanyahu es continuar su política genocida en Gaza para ganar posiciones. Con una opinión pública mayoritaria a favor de continuar con el asedio en el enclave, parece evidente que una de las prioridades del primer ministro durante las próximas semanas será dinamitar cualquier paso hacia una eventual reconstrucción del territorio palestino. Y no solo eso: hace apenas unos días, el domingo 19 de julio, centenares de ultras israelíes, acompañados por el ministro de Seguridad Nacional israelí Itamar Ben-Gvir, el ministro de Finanzas Bezalel Smotrich y otros miembros del gabinete de Gobierno marcharon hacia la frontera con Gaza para reclamar la reconstrucción de los asentamientos desalojados en 2005.

Los ministros Ben-Gvir y Smotrich consideran que la destrucción de Gaza representa una “oportunidad histórica”

El movimiento que reclama la recolonización de Gaza está liderado por una cara muy conocida, la de la ultra Daniella Weiss, quien abiertamente insiste en la necesidad de aniquilar a toda la población palestina. Tanto Ben-Gvir como Smotrich, bajo las sanciones de diferentes países de la UE, consideran que la destrucción de Gaza representa una “oportunidad histórica” para volver a instalar los asentamientos y continuar así su política expansionista y de aniquilación del pueblo palestino. La marcha fue apoyada por el Likud, el partido de Netanyahu.

La hoja de ruta de la “reconstrucción”, en suspense

En este escenario, una eventual retirada del territorio gazatí, tal y como se contemplaba en la hoja de ruta para la reconstrucción de Gaza resulta altamente improbable. Si esto no sucede, tampoco Hamás, quien recientemente ha elegido como líder a Jalil Al Hayya —uno de sus principales negociadores y miembro del grupo desde su fundación hace cuatro décadas— procederá a su desarme, ya que la retirada de los israelíes era una de las condiciones sine qua non para que la organización entregase las armas. Esto coloca el territorio a una más que probable vuelta a la guerra abierta, si bien el pasado 6 de julio Hamás dio un paso al frente y cedió el poder al Comité Nacional para la Administración de Gaza, un grupo de tecnócratas bajo las órdenes de la Junta de Paz. A pesar de la cesión de poder, no ha entregado las armas ni se ha iniciado el desarme, como reclama Israel, por no haberse cumplido ninguno de los términos firmados en el alto el fuego.

Según ha trascendido y se explica en The Guardian, uno de los primeros pasos que se llevará a cabo es la construcción de un campamento piloto cerca de Rafah, al sur del enclave, para alojar a los desplazados y que estaría controlado por la Fuerza de Estabilización Internacional (ISF, por sus siglas en inglés); pero por lo visto aún no se han iniciado las obras. En la hoja de ruta está planeado que hasta 5.000 efectivos internacionales —un tercio de lo que estaba previsto inicialmente— compongan la ISF y que en el campo piloto haya “libertad de movimiento”. Las organizaciones internacionales de defensa de los derechos humanos ya han dicho que se trata de un “campo de concentración” para los gazatíes.

Oxfam: la hipotética reconstrucción de Gaza costará siete veces más que todas las reconstrucciones anteriores juntas

Mientras en goteo de muertes continúa en Gaza y la Junta de Paz permanece sin dar ningún paso significativo, Oxfam Intermón, junto con el Instituto Palestino de Investigación en Políticas Económicas (MAS) y el Centro Palestino de Comercio (PalTrade) acaba de publicar Building Gaza Anew: A Framework for a Palestinian-led Recovery Before Reconstructio(Construir Gaza de Nuevo: Un marco para una recuperación liderada por Palestina antes de la reconstrucción), un informe en el que se advierte que la reconstrucción de Gaza requerirá 71.400 millones de dólares, “una cifra que, en términos reales, equivale a siete veces el coste combinado de la reconstrucción tras todas las grandes ofensivas militares israelíes registradas en el territorio durante las dos últimas décadas [2008-2009, 2014 y 2021]”.

La recuperación de Gaza, insiste Oxfam, es “una cuestión de derechos y reparaciones, y no de caridad”

Desde la organización matizan que “esta cifra solo refleja una parte de la destrucción: los daños físicos y las pérdidas económicas. No contempla la destrucción deliberada del tejido social que mantenía unida a Gaza, cuya recuperación llevará generaciones [...] Las necesidades de recuperación tras las guerras de 2008-2009, 2014 y 2021 ascendían, en valores actuales, “a unos 10.000 millones de dólares”. La recuperación de Gaza, insiste Oxfam, es “una cuestión de derechos y reparaciones, y no de caridad” y desde la entidad se señala a los cómplices: aquellos que “nunca exigen responsabilidades”. Porque “la reconstrucción no es solo una tarea humanitaria; es también una cuestión política”.

Por otro lado, está la parte de pérdidas que no es cuantificable y que tras casi tres años de genocidio prácticamente ininterrumpido. De este modo, “el conocimiento acumulado, los sistemas de cuidados, el medio ambiente y los vínculos comunitarios, así como las mezquitas, iglesias, bibliotecas e instituciones culturales que daban vida a la sociedad gazatí” han quedado reducidos a la nada. “Casi todas las escuelas han sido destruidas o dañadas, las universidades han quedado arrasadas, miles de docentes, profesorado e investigadores han sido asesinados y se han perdido bibliotecas y archivos fundamentales para la historia palestina”, se puede leer en el informe. “Lo que fue destruido en Gaza no fueron únicamente el acero y el hormigón. Israel arrasó un mundo social y económico construido durante generaciones, y solo el pueblo palestino puede reconstruirlo”, afirma Mohammad Skaik, responsable del Programa de Gaza de PalTrade.

Israel ha arrasado con vidas humanas, con el conocimiento y los saberes adquiridos de diferentes generaciones y también ha dejado un territorio yermo en el que costará volver a ver vida. “Los huertos tardarán décadas en crecer, invernaderos y la capa fértil del suelo han sido destruidos; las tierras agrícolas están contaminadas por metales pesados y restos de explosivos; el acuífero costero se encuentra al borde del colapso y las aguas residuales sin tratar desembocan en el mar, favoreciendo el regreso de enfermedades previamente erradicadas, como la poliomielitis”.

Desde el inicio del genocidio, en octubre de 2023, más de 73.000 palestinos y palestinas han sido asesinados en Gaza, entre los que se encuentran más de 20.000 niños y niñas. Con sus ataques, Israel ha herido a más de 173.000 personas y 1,9 millones han sido desplazadas por la fuerza. Respecto a las personas heridas, una de cada cuatro lesiones tendrá consecuencias permanentes; y más de 50.000 personas necesitarán rehabilitación a largo plazo. Según Oxfam, “el desarrollo humano del territorio ha retrocedido el equivalente a 77 años”. El pasado 16 de septiembre de 2026, la Comisión Internacional Independiente de Investigación de la ONU concluyó que Israel ha cometido genocidio en Gaza.

 

[Foto del Departamento de Defensa/Benjamin Applebaum) CC BY-NC - fuente: www.elsaltodiario.com]


sexta-feira, 24 de julho de 2026

Cómo se inventó el país más racista del mundo

La campaña antiargentina fue un discurso de odio revestido de progresismo. 


Por Martín Mosquera

Entrevista por Gabriel Vera Lopes

 

Durante el Mundial de fútbol recién finalizado, el enfrentamiento entre selecciones derivó rápidamente en una campaña internacional contra Argentina. Figuras muy diversas, de Rosalía y Patti Smith a Samuel L. Jackson, Yanis Varoufakis y el escritor y activista Etan Thomas, participaron de una denuncia masiva del supuesto racismo excepcional del país, amplificada por las redes sociales y por buena parte de la prensa occidental, conservadora y progresista. El apoyo a sus adversarios llegó así a presentarse como una causa antirracista, mientras la sociedad argentina era reducida a una caricatura blanca, xenófoba y supremacista.

En esta entrevista, Martín Mosquera analiza el origen emocional y político de la campaña, discute la situación real del racismo en Argentina y cuestiona el papel desempeñado por una parte de la intelectualidad progresista global. La conversación fue realizada originalmente para Brasil de Fato y se publica aquí en una versión ligeramente adaptada.

¿Qué pensás de la ola antiargentina global?

Martín Mosquera

La verdad es que fue un fenómeno bastante impresionante. Durante algunos días, Argentina llegó a aparecer en las redes como el país más odiado del mundo, incluso por encima de Estados Unidos. Hasta cierto punto, nada de esto debería sorprendernos demasiado. El fútbol moviliza rivalidades nacionales intensas y las redes sociales las procesan dentro de un ecosistema dominado por la agresividad y las noticias falsas. Pero la situación pronto pasó a otro nivel.

Lo que comenzó como una reacción bastante típica de la competencia deportiva fue creciendo hasta alcanzar a buena parte de la prensa internacional. Desde la derecha se recuperó la vieja representación del argentino como una figura bárbara y deshonesta. The Telegraph, un diario conservador inglés, por ejemplo, tituló «Fútbol 1, delincuentes 0». El partido dejó de ser una competencia deportiva y pasó a presentarse como una confrontación moral entre el supuesto juego civilizado de España y la violencia constitutiva de los argentinos.

Más sorprendente todavía fue el papel de los medios progresistas o liberales occidentales. Publicaciones como The New YorkerThe GuardianLos Angeles Times o El País se sumaron, con distintos grados y matices, a una narración que presentaba el torneo como una lucha entre una Argentina blanca y racista y el multiculturalismo encarnado por las selecciones europeas. La operación era diferente de la conservadora, pero complementaria. Mientras unos denunciaban la barbarie argentina, otros la convertían en una expresión de supremacismo racial.

La escena era, como mínimo, paradójica. Pensemos un segundo. Cuando la campaña alcanzó su pico, el cuadro de semifinales reunía a tres selecciones pertenecientes a países centrales, con extensas historias coloniales y problemas contemporáneos muy documentados de racismo, frente a la selección de un país periférico. Sin embargo, una parte del progresismo internacional consiguió presentar el apoyo a España, Inglaterra o Francia como una posición anticolonial y antirracista frente a Argentina.

Creo que fue un caso bastante característico de nuestra época. En pocos días se produjo colectivamente una imagen completamente delirante de Argentina. Tal vez pueda resumirse en la intervención de Samuel L. Jackson, que llegó a presentar a Argentina como el país probablemente más racista del mundo y sugirió que las personas negras no debían alentar a su selección. Jackson es un actor genuinamente comprometido con los derechos civiles y vive, además, en un país cuya historia de esclavitud y segregación sigue proyectándose sobre el presente, donde se mantiene una enorme tradición de supremacismo blanco y son habituales los crímenes de odio. Creo que sus palabras dan la medida de la distorsión alcanzada por la campaña.

Estamos hablando de un poderosísimo aparato cultural global que se montó sobre una campaña de hostigamiento surgida en las redes sociales y amplificada por ellas. Para una sociedad periférica con escasa capacidad de intervención en la conversación pública mundial, contrarrestar un discurso de esa magnitud resultó prácticamente imposible. Hubo voces críticas, pero fueron minoritarias y no consiguieron alcanzar una circulación comparable. Entre ellas estaban, precisamente, muchas de las personas en cuyo nombre supuestamente hablaba la campaña, desde organizaciones afroargentinas hasta colectivos de migrantes latinoamericanos que describían experiencias y formas de recepción muy distintas de la caricatura que circulaba en el exterior.

Creo que el inicio de todo esto fue mucho más prosaico de lo que después pretendieron las racionalizaciones políticas. La materia prima de nuestras conductas, de las de todos nosotros, son las emociones. Las razones suelen llegar después, como coartada o disfraz de nuestras pasiones. Y en el fondo de todo esto hubo una emoción muy intensa, reactivada en el contexto del Mundial de fútbol.

El punto de partida fue la irritación que produjo en mucha gente el nuevo avance de la selección argentina, después de haber «sufrido» la arrogancia de sus hinchas tras el Mundial de Qatar de 2022. Había, sencillamente, un rechazo emocional ante la posibilidad de otra victoria argentina. En España se sumó, probablemente, la prolongada hostilidad hacia Messi de una parte importante del «madridismo», que durante años organizó una cultura deportiva y mediática alrededor de su rivalidad con el jugador argentino.

En América Latina ya existía un sentimiento antiargentino previo, asociado a la fama de arrogancia nacional. A eso se sumó la frustración de países enormes, con mucho más presupuesto y población. México arrastra una larga historia de decepciones futbolísticas, mientras Brasil atraviesa la mayor sequía mundialista de su historia justo cuando su principal rival regional encadena una etapa de éxitos. Brasil fue, de hecho, uno de los focos más activos de la campaña.

El fútbol es un extraordinario movilizador de emociones y, durante un Mundial, se combina con esa fuerza enigmática y poderosa de la modernidad que es el sentimiento nacional. El origen del fenómeno fue, en buena medida, una mezcla de rivalidad deportiva y orgullo herido ante la posibilidad de otra victoria argentina. Todo ello amplificado por una tecnología construida para premiar la agresividad y la indignación. Las redes sociales, y particularmente X bajo la conducción de Elon Musk, funcionan como una maquinaria de exaltación de este tipo de discursos.

Sobre esa base emocional se construyeron tres racionalizaciones políticas. La primera fue la idea de un supuesto favoritismo de la FIFA hacia Argentina, una acusación conspirativa con muy poco sustento. Cualquier decisión arbitral favorable era presentada como prueba de un complot, mientras se ignoraban los errores que perjudicaban al equipo o los beneficios recibidos por otras selecciones.

No sorprende a nadie la opacidad de la FIFA, acentuada por la influencia de Donald Trump en un Mundial organizado en Estados Unidos. Esa cercanía quedó expuesta cuando el presidente intervino para que se levantara la sanción a Folarin Balogun, jugador de la selección estadounidense. También resultó indignante la exclusión del árbitro somalí Omar Abdulkadir Artan, junto con decisiones arbitrales muy polémicas, como las del partido entre Croacia y Portugal, tras el cual la federación croata presentó una protesta formal. Ninguno de estos episodios benefició a Argentina. El torneo confirmó hasta qué punto la FIFA está atravesada por la mercantilización y la corrupción.

El segundo eje fue el vínculo del gobierno de extrema derecha de Javier Milei con figuras como Trump y Netanyahu. Ese alineamiento del gobierno argentino es real y forma parte de una orientación política concreta cuyas consecuencias padece la población del país. Sin embargo, su utilización dentro de la campaña fue selectiva y distorsiva. Se señaló, por ejemplo, la participación de Messi en una reunión institucional del Inter de Miami con Trump, un hecho repudiable. En cambio, no generaron un repudio comparable encuentros mucho más personales, como el de Harry Kane jugando al golf con Trump o la visita individual de Cristiano Ronaldo.

Mientras se condenaba a la selección argentina por esa supuesta cercanía política, también se ignoraron gestos que iban en sentido contrario. Junto con la hermosa imagen de Lamine Yamal celebrando con la bandera palestina, Argentina protagonizó uno de los pocos actos de desobediencia política del torneo. Tras la semifinal contra Inglaterra, varios jugadores desplegaron una bandera con la inscripción «Las Malvinas son argentinas», desafiando una prohibición explícita de la FIFA, respaldada incluso por el gobierno de Milei. El gesto conectaba con un sentimiento popular profundo y exponía a los jugadores a posibles sanciones. También generó incomodidad en el oficialismo, que reaccionó con hostilidad. Fue una intervención breve pero poderosa.

El tercer eje fue el racismo. En este punto, el rechazo encontró una racionalización más noble y mucho más eficaz. La campaña dejó de presentarse como una rivalidad futbolística y comenzó a describirse como una lucha moral contra un país supuestamente blanco, colonial, racista, violento y tramposo.

Eso no significa que Argentina carezca de racismo. Hay racismo, como existen otras formas de discriminación y desigualdad. Distintos grupos racializados, entre ellos pueblos originarios, afrodescendientes y migrantes regionales, sufren prejuicios y formas de exclusión. Y el fútbol constituye uno de los espacios donde esas expresiones aparecen de manera más desagradable e hipertrofiada. Pero la situación real guarda muy poca relación con la imagen construida por esta campaña.

Fue realmente sorprendente leer cosas cada vez más delirantes escritas por personas que conozco, muchas de ellas personas cercanas, además de inteligentes y formadas. Reproducían noticias falsas de fácil refutación y generalizaciones que jamás aceptarían si estuvieran dirigidas contra otros pueblos. También fue inquietante observar la creciente agresividad del lenguaje. Un militante marxista que está entre mis contactos en X llegó a pedir que Irán bombardeara Buenos Aires. Evidentemente no hablaba en serio, pero el comentario mostraba hasta qué punto se había naturalizado la hostilidad colectiva.

La experiencia fue reveladora. Nos permitió observar desde adentro cómo funcionan las redes de odio de las que se alimenta la extrema derecha. Todo empieza con una emoción intensa. Después, algunos hechos verdaderos se sacan de contexto y se mezclan con falsedades dentro de una comunidad que solo escucha lo que confirma sus certezas. En muy poco tiempo puede construirse una realidad completamente imaginaria y conseguir que personas inteligentes la reproduzcan con convicción.

Creo que no es exagerado hablar en este caso de un discurso de odio. Reunió varios de sus rasgos característicos: partió de una emoción exaltada, se propagó por las redes sociales, se alimentó de noticias falsas y medias verdades y atribuyó características morales a una población completa. Como suele ocurrir, esa estigmatización también tuvo consecuencias fuera de las redes, con episodios de agresión contra argentinos en España, México y Brasil. Por el momento fueron casos acotados, pero muestran que estas narrativas nunca son inocuas.

Lo más llamativo fue que una parte de la izquierda y de la intelectualidad progresista global, principalmente europea y estadounidense, funcionó como una pieza decisiva de la campaña. Le proporcionó un lenguaje respetable y una racionalización política.

Diría, por eso, que fue un discurso de odio disfrazado de progresismo. Una rivalidad futbolística perfectamente comprensible fue transformada en una condena moral de una población completa, y una parte del progresismo internacional le otorgó legitimidad política.

GVL

¿Cuál es la situación del racismo en Argentina?

MM

Argentina tiene racismo, pero no es la sociedad excepcionalmente racista que se construyó durante esta campaña. Ambas afirmaciones deben sostenerse simultáneamente.

Existe discriminación contra pueblos indígenas, afrodescendientes y migrantes de la región. Hay violencia policial selectiva y una cultura futbolística en la que sobreviven expresiones racistas y xenófobas muy fuertes. Durante mucho tiempo, además, el relato oficial presentó a Argentina como una nación puramente blanca y europea, minimizando la diversidad étnica y racial de su población.

Pero cuando se dejan de lado las impresiones y los episodios virales y se observan las instituciones, la historia social y los estudios comparativos, la caricatura internacional empieza a desmoronarse.

Para empezar, Argentina construyó uno de los sistemas de derechos civiles más avanzados de América Latina. Fue el primer país de la región en reconocer el matrimonio igualitario y la adopción plena por parejas del mismo sexo. Su Ley de Identidad de Género permitió modificar el nombre y el sexo registrado sin autorización judicial ni requisitos médicos o psiquiátricos, y fue considerada una legislación pionera a escala mundial. También reconoció la migración como un derecho humano y estableció un régimen relativamente abierto, con acceso de los extranjeros a los servicios públicos.

Argentina tampoco desarrolló nada comparable con el muro entre Estados Unidos y México ni con el régimen fronterizo europeo en Ceuta y Melilla, donde las políticas de contención migratoria han producido muertes y graves violaciones de derechos humanos bajo gobiernos conservadores y socialdemócratas. Esto no lo menciono para relativizar los racismos argentinos mediante la enumeración de los crímenes ajenos, sino porque durante esta campaña España fue presentada como la encarnación de una sociedad multicultural e integrada frente a una Argentina cerrada y supremacista. ¿Acaso no exige esta contraposición borrar de un plumazo buena parte de la realidad europea?

El gobierno de Milei está atacando una parte considerable de ese entramado institucional y promoviendo una política más restrictiva y punitiva. Hasta ahora, sin embargo, su capacidad para desmontarlo ha sido limitada. Su ofensiva constituye un retroceso precisamente porque existe una tradición previa de derechos civiles particularmente avanzada.

La historia argentina también presenta diferencias estructurales importantes. La Asamblea del Año XIII fue una asamblea política reunida en Buenos Aires durante el proceso de independencia del Río de la Plata. Aunque no abolió completamente la esclavitud, dispuso que los hijos de mujeres esclavizadas nacieran libres y adoptó medidas para limitar la trata. La abolición definitiva quedó establecida en la Constitución de 1853. Estados Unidos, por su lado, abolió la esclavitud en 1865, pero mantuvo durante casi otro siglo un régimen legal de segregación racial bajo las leyes Jim Crow.

La economía rioplatense nunca tuvo una estructura basada centralmente en la esclavitud comparable con Brasil o el sur de Estados Unidos. Esto no ocurrió porque las élites argentinas fueran antirracistas; eran abiertamente racistas. La diferencia se explica por otra estructura económica y social. Pero esa diferencia dejó consecuencias históricas.

A ella se sumó una tradición igualitaria poderosa. Historiadores de orientaciones muy diversas han vinculado esa tradición con la politización de la inmigración obrera, la fuerza del movimiento sindical y la incorporación de las clases populares mestizas a la vida política, especialmente durante el peronismo. También señalan el papel integrador de la educación pública y de una sociedad civil muy activa y densamente organizada.

Ese igualitarismo convivió con el racismo, pero contribuyó a atenuar algunos de sus efectos. También ayuda a explicar la ubicación relativa de Argentina frente a sociedades atravesadas por desigualdades raciales mucho más profundas. Argentina tiene enormes desigualdades materiales y simbólicas, pero existe a la vez una norma cultural fuerte contra la afirmación abierta de una superioridad fundada en el nacimiento, un fenómeno ampliamente documentado y estudiado por politólogos e historiadores. Esa tensión forma parte de la historia nacional.

Los estudios comparativos disponibles tampoco respaldan la imagen de una excepcionalidad racista. En el World Values Survey, que pregunta, entre otras cosas, si las personas rechazarían tener vecinos de otra raza, Argentina suele ubicarse entre los países con menor prejuicio racial declarado. Sus resultados son generalmente mejores que los de buena parte de la región y comparables con los de sociedades europeas de baja intolerancia. Según la pregunta considerada, Argentina suele ubicarse cerca de España o Reino Unido y, con frecuencia, por encima de Francia.

El Project on Ethnicity and Race in Latin America ofrece otra base comparativa. El estudio examina la relación entre color de piel y posición socioeconómica en varios países de la región. Sus resultados muestran que las jerarquías raciales atraviesan a toda América Latina, aunque con intensidades desiguales, y las brechas asociadas al color de piel son especialmente pronunciadas en países como Brasil, Colombia, México y Perú. Esto no elimina la existencia de racismo en Argentina, pero sí contradice la imagen de una excepcionalidad argentina construida por contraste con países vecinos que, en realidad, presentan desigualdades étnico-raciales muy profundas.

En buena parte de América Latina existen desigualdades étnico-raciales más profundas y visibles que las argentinas. Brasil exhibe brechas raciales muy pronunciadas tanto en las condiciones de vida como en la exposición al encarcelamiento y la violencia policial. México presenta profundas desigualdades que afectan especialmente a la población indígena y, de manera menos estudiada pero también documentada, a las comunidades afromexicanas. En otros países de la región, la pertenencia indígena o afrodescendiente también está estrechamente asociada a la pobreza y la marginación social.

Francia y Reino Unido, por su parte, cuentan con abundante evidencia sobre discriminación en el mercado de trabajo y en el trato policial. España enfrenta un racismo significativo contra migrantes africanos y una política fronteriza asociada a graves violaciones de derechos humanos.

Por eso, frente a la afirmación de que Argentina es más racista que las principales sociedades latinoamericanas o que Francia, España o Inglaterra, la pregunta inmediata debería ser: ¿según qué indicador? Los estudios comparativos de actitudes no sostienen esa conclusión. Las instituciones de derechos civiles tampoco. Las desigualdades étnico-raciales son considerablemente más profundas en otros países de la región, mientras varias sociedades europeas presentan problemas ampliamente documentados de discriminación institucional.

Esto no permite elaborar un ranking definitivo de sociedades racistas. Pero sí permite descartar la caricatura que circuló durante la campaña. No existe evidencia seria para afirmar que Argentina sea una anomalía racista frente a esos países. En varios indicadores, la evidencia disponible apunta en la dirección contraria.

¿Cómo se formó, entonces, la imagen exterior de una Argentina especialmente racista? Creo que hubo dos factores decisivos.

El primero es, precisamente, el fútbol. Los estadios son uno de los espacios donde el racismo argentino aparece de manera más hipertrofiada. La cultura futbolística local tiene naturalizados los cantos racistas. Además, los argentinos que viajan regularmente a los mundiales no son una muestra sociológica del país. Pertenecen en gran medida a sectores medios altos y altos, entre los cuales el clasismo y el racismo pueden expresarse de manera particularmente cruda.

El segundo factor es la dificultad para reconocer la diversidad argentina cuando no adopta las formas fenotípicas y categoriales de Estados Unidos. La sociedad argentina es profundamente mestiza, aunque ese mestizaje haya sido recubierto durante décadas por una ideología de blanquitud. Desde el exterior, esa ideología suele aceptarse literalmente. Argentina dijo alguna vez que era blanca y sus críticos decidieron creerle.

Las categorías argentinas de raza y clase tampoco coinciden con las estadounidenses. La palabra «negro», por ejemplo, puede funcionar como categoría racial, insulto clasista, pero también, y muchas veces, como una forma afectiva de trato. Esa polisemia obliga a atender al contexto. Un ejemplo de esto fue la sanción impuesta por la Federación Inglesa a Edinson Cavani por escribirle «gracias, negrito» a un amigo. Un uso afectuoso del español rioplatense fue interpretado como un agravio racial. Terminó sancionado un uso afectivo del término porque una institución inglesa trasladó a otro contexto lingüístico su propio código sobre el lenguaje racial.

El desafío consiste en evitar dos simplificaciones. La primera es la vieja negación local del racismo, según la idea de que, como aquí no existe una división racial idéntica a la estadounidense, no hay discriminación. La segunda es la caricatura inversa, que convierte a Argentina en una anomalía supremacista y desconoce su composición popular y mestiza, así como la tradición igualitaria expresada en buena parte de sus instituciones.

La comparación internacional permite rechazar una afirmación empíricamente falsa sin minimizar los problemas reales del racismo argentino. Esa falsedad, además, produce efectos políticos negativos sobre los que vale la pena detenerse. Argentina no aparece, ni en sus instituciones ni en los principales estudios internacionales de actitudes, como una sociedad más racista que los países latinoamericanos o las grandes potencias europeas que protagonizaron esta campaña. En varios indicadores ocurre exactamente lo contrario.

GVL

¿Qué pensás del papel de la intelectualidad progresista global?

MM

Fue uno de los aspectos más decepcionantes. Una parte considerable de la intelectualidad progresista europea y estadounidense reprodujo exactamente la actitud eurocéntrica que los departamentos anglosajones de estudios decoloniales dicen denunciar: habló desde un pedestal moral sin molestarse demasiado en conocer la historia concreta ni la realidad social del país al que estaba condenando. De ese modo, convirtió a una sociedad periférica en objeto de juicio e invisibilizó el racismo característico de sus propias sociedades.

El excelente artículo que publicó Jacobin en Estados Unidos, hay que decirlo, uno de los pocos medios importantes de izquierda que se opuso abiertamente a esta ola, y que tradujimos con el título «Contra el moralismo geopolítico futbolero», señaló algo fundamental: muchas de estas intervenciones no intentaban comprender una realidad desconocida, sino forzarla dentro de categorías preestablecidas del Norte Global.

Como los autores lo formularon de una manera mejor de lo que yo podría hacerlo, voy a citarlos ampliamente:

Las desigualdades raciales en nuestro país no encajan, ni podrían encajar jamás, en el patrón estadounidense. Verlas como versiones menores de las de Estados Unidos encaja exactamente en la definición de lo «imperial», en la práctica de «gobernar sobre» una multiplicidad de culturas por lo demás dispares. Este «gobernar sobre» desestima las particularidades, ignora formas de ver ajenas y, en general, espera que toda esa diversidad se subordine a esta mirada dominante y monolítica. Esto no es un rasgo exclusivo de los ideólogos de derecha; lamentablemente, se extiende también a algunos de quienes en otros contextos denunciarían al imperio.

La historia racial argentina no puede comprenderse como una versión incompleta o defectuosa de la experiencia estadounidense. Convertir una historia nacional particular en modelo universal y obligar a las demás sociedades a reconocerse en ella es un gesto que podría considerarse, en definitiva, imperial.

Estados Unidos organizó históricamente su sistema racial alrededor de la esclavitud de plantación y, más tarde, de la segregación jurídica, dentro de una clasificación relativamente binaria entre blancos y negros. Brasil tuvo otra trayectoria, atravesada por una economía esclavista de enorme escala y por jerarquías más graduales de color. Argentina tuvo una formación diferente, marcada por la menor centralidad económica de la esclavitud y por un mestizaje cuya visibilidad fue posteriormente desplazada por el peso demográfico y simbólico de la inmigración europea masiva. A eso se sumaron la invisibilización de afrodescendientes y pueblos originarios y una tradición de integración social que convivió con formas concretas de discriminación.

Aplicar, aunque sea de manera implícita, una clasificación racial binaria importada de Estados Unidos conduce a inspeccionar los rostros y los tonos de piel de los jugadores argentinos para decidir si son suficientemente negros. Como no encajan en una imagen estereotipada de la negritud, la selección es declarada blanca. Pero la selección argentina es mestiza y socialmente popular, formada en su enorme mayoría por jugadores provenientes de hogares trabajadores de las provincias y periferias urbanas. La sociedad, en su mayoría, se identifica con ellos por sus trayectorias y porque reconoce en sus maneras una pertenencia común, no porque representen una fantasía de pureza blanca.

La selección argentina también es multicultural, aunque su diversidad no coincida con la imagen que una oficina universitaria estadounidense espera encontrar. Refleja las migraciones internas, así como una diversidad de ascendencias integrada por instituciones populares como los clubes de barrio.

También hubo una asimetría evidente en los criterios. Argentina quedó sometida a un examen moral absoluto, mientras España, Francia e Inglaterra eran liberadas de toda evaluación histórica y contemporánea. Desaparecieron sus historias coloniales y las formas contemporáneas de violencia contra migrantes y poblaciones racializadas.

¿España es una sociedad multicultural y Argentina una sociedad racista? España es una sociedad con una importante población de origen migrante, y Lamine Yamal, además de ser un jugador excepcional, ha sostenido posiciones políticas valientes, reivindicando sus orígenes humildes y expresando su apoyo a Palestina. Muchos argentinos vimos en él algo de Diego Maradona, probablemente el futbolista que más abiertamente se enfrentó a la FIFA y que asumió compromisos políticos y populares reconocibles.

Pero también vimos al capitán de España celebrar junto a su afición «por el rey y por España», cuando esa idea de España ha estado históricamente asociada a la subordinación de las identidades nacionales catalana, vasca y gallega. España enfrenta, además, una violencia sistemática contra migrantes africanos y una derecha xenófoba que todavía se alimenta de las persistencias culturales del franquismo. Francia presenta una discriminación ampliamente documentada contra personas de origen africano y magrebí. En el Reino Unido existen brechas raciales en las condiciones de vida y una fuerte desigualdad en el encarcelamiento y el trato policial.

No se trata de defender al propio país reemplazando un estigma por otro. Se trata, sencillamente, de mostrar la arbitrariedad de una intelectualidad occidental que convirtió a esas sociedades en emblemas del multiculturalismo y el antirracismo mientras sometía a Argentina a un juicio moral absoluto.

Nada de esto convierte a esas sociedades en esencias racistas. Ese es precisamente el criterio que debería aplicarse también a Argentina. Las sociedades son formaciones contradictorias, atravesadas por relaciones de poder y conflictos internos. No pueden reducirse a una esencia moral deducida de una selección de fútbol.

El comentario de Yanis Varoufakis fue un ejemplo particularmente elocuente de esa simplificación, aunque la lista es lamentablemente interminable. Varoufakis celebró el triunfo español afirmando que el fútbol había vencido a su mercantilización y que la brillantez colectiva de España se había impuesto al individualismo argentino.

Pero ¿por qué Argentina representaría la mercantilización y España su superación? La Federación Española forma parte de una de las industrias futbolísticas más ricas y poderosas del mundo, dominada por clubes como Real Madrid y Barcelona. Argentina, en cambio, ocupa una posición periférica y forma jugadores que luego son absorbidos por las ligas europeas. Convertir al polo subordinado en símbolo del mercado y a uno de sus centros principales en emblema de la resistencia muestra hasta qué punto una preferencia deportiva fue revestida arbitrariamente de contenido político. También revela una considerable ignorancia, tanto sobre la estructura del fútbol mundial como sobre las relaciones entre centro y periferia, un terreno en el que cabe exigir bastante más de una figura del prestigio intelectual y político de Varoufakis.

También resulta arbitrario identificar a Argentina con el individualismo por la presencia de Messi. Es cierto que la selección se benefició de una figura providencial, comparable únicamente, en otros contextos históricos, con Pelé o Maradona. Pero el equipo argentino de los últimos años fue profundamente colectivo, construido alrededor de la solidaridad entre sus jugadores y de la subordinación de sus figuras a un proyecto común. Lo importante, de todos modos, no es la discusión futbolística, sino la desfiguración de la realidad a la que se prestaron figuras prestigiosas de la intelectualidad europea. El comentario de Varoufakis dice mucho menos sobre el juego argentino que sobre la necesidad de convertir un episodio deportivo en una victoria moral y política, de manera irresponsable y contribuyendo a una suerte de hostigamiento global contra un país.

No se trata necesariamente de mala fe. Fueron, más bien, actos irresponsables que dicen mucho sobre nuestro tiempo. Una persona con autoridad intelectual debe ser especialmente cuidadosa cuando habla de una sociedad que no conoce. No puede convertir intuiciones formadas a partir de publicaciones virales en afirmaciones generales sobre la historia y el carácter de un pueblo. El prestigio aumenta esa responsabilidad, porque sus palabras proporcionan legitimidad a comportamientos que luego circulan de manera mucho más agresiva.

También hubo una forma de ventriloquia política. Se habló en nombre de distintos colectivos racializados de Argentina, pero rara vez se los escuchó. Muchas de esas voces rechazaron la caricatura internacional sin negar los problemas reales de discriminación en Argentina. Sin embargo, tuvieron mucha menos circulación que las opiniones de celebridades extranjeras. El supuesto antirracismo volvió a colocar a los centros culturales internacionales en el lugar de quienes explican una sociedad periférica por encima de quienes viven en ella.

Una intelectualidad verdaderamente internacionalista debería juzgar menos rápido y conocer mejor las historias nacionales sobre las que interviene. También debería resistir la opinología irresponsable y el vedetismo narcisista que estimulan las redes sociales. El antirracismo pierde fuerza cuando se convierte en una distribución arbitraria de certificados morales y se vuelve directamente imperial cuando transforma las categorías del Norte Global en la medida universal con la que deben ser juzgadas las sociedades periféricas.

GVL

¿Por qué esta campaña constituye un problema político y no solamente una representación injusta de Argentina?

MM

Porque el problema excede ampliamente la reputación internacional del país. Mi preocupación no es defender el honor nacional ni demostrar ninguna presunta superioridad moral de los argentinos. Lo grave es que una parte de la izquierda y del progresismo internacional haya adoptado los procedimientos de una campaña de odio y los haya presentado como una forma de antirracismo.

Ese mecanismo perjudica, en primer lugar, a quienes combaten el racismo dentro de Argentina. Los colectivos racializados quedaron enfrentados a una caricatura exterior que tenía poco que ver con sus experiencias concretas. La derecha puede aprovechar ahora esa exageración para negar el problema real. Si es absurdo afirmar que Argentina es el país más racista del mundo, entonces, dirá, toda denuncia de racismo es falsa. El moralismo extremo termina ofreciéndole una coartada.

La campaña también divide a pueblos que deberían reconocerse como aliados. Las sociedades latinoamericanas están atravesadas por problemas específicos de racismo, pero también por historias de luchas obreras, indígenas, democráticas y anticoloniales. Convertir rivalidades futbolísticas en una competencia moral entre pueblos resulta políticamente desastroso, sobre todo en un momento de avance de la extrema derecha y renovada presión estadounidense sobre la región.

El problema de fondo es qué tipo de izquierda se está formando cuando puede participar con tanta facilidad en campañas de estigmatización nacional. El internacionalismo se vacía cuando la solidaridad entre pueblos es reemplazada por una competencia por demostrar quién ocupa el lugar moralmente correcto. El racismo debe ser combatido y denunciado allí donde aparezca. Pero una izquierda incapaz de distinguir entre combatir el racismo y estigmatizar a un pueblo termina empujando hacia la reacción a personas que no son racistas ni derechistas. La extrema derecha ha sabido explotar muy bien esa experiencia de humillación moral.

El internacionalismo siempre consistió en construir solidaridad entre pueblos diferentes a partir del conocimiento de sus historias y de las estructuras que los enfrentan. Una campaña que convierte a un pueblo periférico en objeto colectivo de odio destruye ese vínculo.

Por eso debe ser denunciada con claridad. Argentina no está libre de racismo, pero ningún racismo se combate estigmatizando una nacionalidad. Las críticas extranjeras son legítimas, pero deben fundarse en hechos y en un conocimiento histórico capaz de aplicar criterios simétricos. La solidaridad entre los pueblos oprimidos es demasiado importante como para dejarla subordinada al moralismo y a la lógica de las redes sociales.

Sobre el entrevistador

Gabriel Vera Lopes es corresponsal de Brasil de Fato y participa en distintos espacios de formación vinculados a movimientos sociales de América Latina.

 

 

[Foto: Lucia Prieto - fuente: www.jacobinlat.com]