sexta-feira, 10 de julho de 2026

Rima Hassan: «Llegará un momento en que para nuestros políticos será muy costoso seguir apoyando a Israel»

La eurodiputada de La France Insoumise (LFI) se enfrenta el 7 de julio a un juicio por “apología del terrorismo”. Desde LFI denuncian persecución y vulneración de sus derechos más fundamentales. 

Rima Hassan en Estrasburgo

Escrito por Queralt Castillo Cerezuela 

Una de las caras más visibles de La France Insoumise es la franco-palestina Rima Hassan (campo de Neyrab, Siria, 1992). La eurodiputada, conocida por su postura clara contra el genocidio en Gaza y por haber participado en la penúltima flotilla que salió desde Barcelona, se enfrenta el 7 de julio a un juicio por “apología del terrorismo”, tras compartir en X una cita atribuida a Kōzō Okamoto, uno de los responsables de la masacre del aeropuerto de Lod [ahora aeropuerto Ben Gurión]. En el ataque, ocurrido el 30 de mayo de 1972, miembros del Ejército Rojo japonés, entre los que se encontraba Okamoto, mataron a 26 personas e hirieron a 80 más. La cita rezaba lo siguiente: “Entregué mi juventud a la causa palestina. Mientras exista opresión, la resistencia no es solo un derecho, es un deber”. 

“La cita alude a un principio que se encuentra en el corazón del derecho internacional: el derecho de los pueblos a resistir la colonización y la ocupación de su territorio por un ejército extranjero. La cita refleja una filosofía de resistencia a la opresión y la injusticia; en modo alguno constituye un comentario, un respaldo ni un apoyo a ningún crimen cometido”, asegura su equipo. 

Si bien Hassan eliminó la publicación, esto no ha sido suficiente para la Justicia francesa. El 2 de abril, la eurodiputada fue retenida en custodia policial durante más de 13 horas —a pesar de su inmunidad parlamentaria—, lo que para ella y su equipo “sienta un precedente peligroso en Europa: nunca antes un miembro del Parlamento Europeo había sido detenido bajo un procedimiento de flagrante delito por expresar opiniones políticas en redes sociales”.  

En dos años, se han iniciado hasta 16 procedimientos judiciales contra ella, de los cuales 13 han sido archivados. De los 16 procedimientos, ocho han sido iniciados tras denuncias presentadas por organizaciones proisraelíes. Según señalan desde su equipo, “estas actuaciones han sido iniciadas por el Ministerio Fiscal, que opera bajo la autoridad del poder ejecutivo” y tienen el objetivo de “silenciar y desacreditar a una adversaria política”. Todos estos procedimientos tienen su origen en las publicaciones de la política en sus redes sociales en solidaridad con la población palestina. La eurodiputada ha llegado a acumular, en estos dos años, más de 45 horas de interrogatorio y, a pesar de haberse podido valer de su inmunidad parlamentaria, ha acudido a todas las citaciones. En los últimos meses, Hassan ha denunciado vulneración a su derecho a la intimidad, investigaciones intrusivas y desproporcionadas y vigilancia estatal. “Su teléfono fue sometido a vigilancia retroactiva desde enero de 2026, varios meses antes de que se iniciara ningún procedimiento penal. Sus movimientos también fueron rastreados de forma exhaustiva. Se requirió a operadores de transporte, como la SNCF y Thalys, que facilitaran información, mientras que se solicitó a Europol y a Air France que revelaran el historial completo de sus viajes”, denuncia su equipo, que insiste que el juicio del próximo 7 de julio “forma parte de una estrategia política más amplia de intimidación y criminalización dirigida contra los defensores de Palestina”.  

Hassan y su equipo vienen denunciando que, desde el inicio del genocidio en Gaza en octubre de 2023, los y las activistas por la causa palestina enfrentan represión y criminalización en Francia. Para ello, se remiten a las cifras: “El número de condenas por el delito de ‘apología del terrorismo’ se triplicó entre octubre de 2023 y noviembre de 2024 en comparación con el período comprendido entre enero y septiembre de 2023”. 

Hassan ha presentado dos denuncias: una por violación de la confidencialidad de la investigación, y otra por vulneración de la intimidad y abuso de autoridad, en relación con las filtraciones a la prensa durante su detención y el uso de sus datos de geolocalización por parte de los servicios policiales entre enero y marzo de 2026. También ha presentado quejas ante el Defensor del Pueblo francés por vulneraciones de la ética profesional por parte de agentes de policía.  

Acaba de firmarse un acuerdo entre Irán y Estados Unidos para poner fin a la guerra, pero el Ministerio de Defensa israelí ha declarado que Israel no se retirará de los territorios que ocupa en el Líbano, ni de los que ocupa en Siria y Gaza. En estos últimos días hemos visto a un Trump más combativo frente a Netanyahu. ¿Podría haber un cambio de posición por parte de Estados Unidos con respecto a Israel?

Creo que, en cierta medida, Irán se ha consolidado, al menos desde un punto de vista puramente geoestratégico, como una potencia regional. Ha logrado imponerse. Es interesante observar cómo ha evolucionado el lenguaje. Al principio, Trump decía que incluso iba a elegir el régimen que quería en Irán y hoy consiente en negociar sin que se haya producido un cambio de régimen. Considero que Trump tiene dos puntos débiles. El primero tiene que ver con su base electoral, que se opone firmemente a las invasiones terrestres, a causa del trauma que hay con lo que pasó en Irak y Afganistán. De hecho, durante su campaña, él prometió no llevar a cabo más invasiones terrestres. El segundo punto débil que tiene [Trump] es la política israelí, que perjudica directamente los intereses de Estados Unidos en la región. Israel no es un actor fiable, y en la base electoral de Trump cada vez hay más rechazo hacia Israel, no tanto por adhesión a la causa palestina, sino porque toda la base electoral del MAGA tiene en la cabeza el America First. La ciudadanía [estadounidense] es consciente porque sabe que todo esto les cuesta una enorme cantidad de dinero y se pregunta ‘¿por qué tenemos que hacerlo?’.  

NO TENGO CONFIANZA EN QUE LOS ACTUALES DIRIGENTES EUROPEOS ACTÚEN DE BUENA FE, NO SON PERSONAS RESPETUOSAS CON EL DERECHO INTERNACIONAL O LOS DERECHOS HUMANOS; NO TODOS, PORQUE TAMBIÉN HAY PERSONAS VALIENTES 

El Acuerdo de Asociación de la UE con Israel no ha sido cancelado y no se ha tomado ninguna medida significativa, aunque en las calles la posición de las organizaciones de la sociedad civil y de la población es bastante clara. ¿Qué hace falta para que se produzca un cambio de posición a nivel institucional?

No tengo confianza en que los actuales dirigentes europeos actúen de buena fe, no son personas respetuosas con el derecho internacional o los derechos humanos; no todos, porque también hay personas valientes. Tienen la posibilidad de actuar y de decidir, pero no lo hacen; o no la mayoría, a excepción de algunos Estados o de algunos jefes de la diplomacia. Para que el Acuerdo de Asociación sea suspendido, se necesita un consenso de los ministerios de Asuntos Exteriores de los Estados de la Unión Europea. Por lo tanto, no se trata solo de un asunto de las instituciones europeas, sino también de los representantes de los distintos Estados. Son ellos quienes deben posicionarse. Así que, a excepción de algunos Estados como España o Irlanda, la posición de la mayoría le permite a Israel seguir prosperando. Yo, además de llevar a cabo mi trabajo parlamentario, dedico muchísimo tiempo a las movilizaciones, a las conferencias, al trabajo con la opinión pública y con los actores de la sociedad civil. Porque creo que con Palestina pasará lo mismo que pasó con Sudáfrica: llegará un momento en que para nuestros políticos será muy costoso seguir apoyando a Israel. 

De hecho, el país ha perdido el relato de la opinión pública internacional, en general. 

En primer lugar, hay que ganar la batalla de la opinión pública. En el caso de Sudáfrica, la opinión internacional empezó a apoyar progresivamente el fin del apartheid. Empezó a luchar contra él, a boicotearlo. Hay que recurrir a los mismos sistemas y herramientas para con la causa palestina. Eso fue lo que hizo virar a los dirigentes del momento. Creo que con Palestina va a suceder lo mismo; en cierta manera, ya se está empezando a ver. Hay políticos que antes se mostraban orgullosos de estar siendo financiados por lobbies israelíes; ahora vemos cómo se distancian de ellos e incluso se disculpan. Hay otros políticos que están siendo elegidos precisamente por su postura firme en favor de Palestina, como Zack Polanski de los Verdes del Reino Unido. Creo que es la presión popular lo que puede hacer que los espacios institucionales den un giro. 

Hay un ejemplo interesante que muestra que, ahora mismo, apoyar a Israel sale caro, lo hemos visto recientemente en la votación del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Alemania, por primera vez en su historia, no ha obtenido los votos necesarios para conseguir un asiento no permanente en el Consejo. No consiguió suficientes votos, y muchos observadores lo han interpretado como una forma de sancionar al país por su apoyo incondicional a Israel. 

El 7 de julio se te juzgará por “apología del terrorismo”. Desde tu partido se asegura que se trata “un asunto de Estado”. La cita judicial, además, coincide con el juicio por corrupción a Marine Le Pen. ¿Se trata de una coincidencia?

Por mi parte, me lo estoy preparando con serenidad. Estoy trabajando con mi abogado para preparar los elementos procesales que nos permitan impugnar el procedimiento por el incumplimiento de mi inmunidad y por las violaciones del secreto de la investigación que se produjeron durante mi detención, ya que hubo filtraciones organizadas por el portavoz del ministro de Justicia sobre una supuesta posesión de drogas, algo que fue desmentido posteriormente y que era información falsa. Por tanto, vamos a impugnar el procedimiento por su carácter abusivo, desproporcionado y por vulnerar totalmente mi inmunidad. También alegaremos sobre el fondo y vamos a solicitar la citación de algunos testigos. Contamos con el profesor Henri Lawrence, catedrático en el Collège de France y el historiador francés más importante sobre la cuestión palestina. Contamos también con un magistrado que testificará en este caso. Alegaremos e impugnaremos la cuestión de la apología del terrorismo por un tuit. Así que estoy bastante tranquila, a pesar de que se trata de un juicio político y, por lo tanto, no será, a mi entender, ni equitativo ni justo. Sabemos que habrá dos fiscales cuando en Francia, en los asuntos de apología del terrorismo, hay un solo fiscal. Se movilizan dos fiscales en los casos de atentados, cuando se trata de un asunto realmente grave. En mi caso, por un tuit, ya hay dos fiscales que van a estar presentes en la vista. 

En cuanto a la parte civil, los adversarios y las organizaciones de lobbying proisraelíes, parece ser, según me ha contado mi abogado, hay 11 abogados. Así que sí, se trata de un juicio político. Creo que lo que quieren es, en realidad, juzgar a Palestina a través de mí; a los y las activistas. Como dices, ese mismo día sale la sentencia del juicio de apelación de Marine Le Pen [será crucial, porque si se dictamina que es culpable, no podrá ser candidata por las presidenciales de 2027]. No es una coincidencia, efectivamente. Creo que han querido, en el año de las presidenciales, confrontar, de algún modo, a la extrema izquierda con la extrema derecha. 

Hace unos días, en otra entrevista, asegurabas que las autoridades francesas habían desplegado mecanismos de vigilancia y geolocalización en tu contra. De hecho, has presentado un par de demandas por este asunto. 

Efectivamente, hemos solicitado la apertura de una investigación por vulneraciones de la vida privada y por medidas desproporcionadas en el marco de este procedimiento. Veremos qué pasa, pero sí, hemos denunciado.  

A LAS PERSONAS QUE DEFIENDEN CAUSAS PROGRESISTAS SE LAS LLEVA ANTE LOS TRIBUNALES, SE LAS PERSIGUE Y SE LES APLICAN LAS LEYES ANTITERRORISTAS, PORQUE ESTO VALE PARA PALESTINA, PERO TAMBIÉN PARA OTRAS CAUSAS 

¿En qué se distingue esta campaña de las anteriores?

Esta campaña presidencial va a ser determinante, porque en primer lugar contamos con la figura de Jean-Luc Mélenchon, y La Francia Insumisa es mayoritaria entre los simpatizantes de izquierda. Así que tenemos posibilidades de llevar a la izquierda a la segunda vuelta. También es cierto de que hay posibilidad de que Rassemblement National [el partido de Le Pen] obtenga más votos. Va a ser una votación reñida. Además, la extrema derecha está cada vez más normalizada y más cerca del sistema. Recientemente, Jordan Bardella ha declarado que ha mantenido reuniones con los dirigentes del CAC 40, es decir, los líderes de las empresas francesas más importantes. A ellos se les adula desde los medios y a LFI se la demoniza. La sociedad se ha vuelto más fascista. A las personas que defienden causas progresistas se las lleva ante los tribunales, se las persigue y se les aplican las leyes antiterroristas, porque esto vale para Palestina, pero también para otras causas. El ministro Darmanin [de Justicia] ha llegado incluso a hablar de “ecoterrorismo”.  

Se silencia a las voces progresistas y se normalizan los discursos de la extrema derecha. Es por eso que esta campaña es histórica para Francia. Hay dos bloques totalmente opuestos que van a enfrentarse. A esto hay que sumarle una dificultad añadida, y es la falta de unidad en la izquierda: el Partido Socialista y los ecologistas están aún divididos. También hay que añadirle la multiplicidad de candidatos: hay una decena de candidatos de izquierda, así que estas elecciones son un gran reto.  

La Francia Insumisa es hoy una referencia para las izquierdas europeas, que se encuentran en un estado de descomposición. ¿Cómo se trabaja para implicar políticamente a las clases populares?

Lo primero que hay que hacer es ampliar el bloque de simpatizantes de la izquierda, trabajar por la unión, dirigirse también a los militantes ecologistas de los Verdes, porque tenemos un programa sobre la biodiversidad ecológica que se inscribe en una línea clara contra el capitalismo, contra el neoliberalismo, y que es ambicioso. También tenemos que llegar a los simpatizantes de izquierda que aún no son cercanos a LFI y convencerlos. 

En segundo lugar, debemos ir a buscar a los abstencionistas, a aquellas personas que no militan políticamente, que quizás nunca hayan votado y que se sienten excluidas de la política, de la vida pública. Estas personas no solo están en los barrios populares, también se encuentran en la Francia rural.  

Por último, no debemos olvidarnos de los jóvenes, muy a menudo desvinculados de lo público. Por lo que respecta al voto y a la participación electoral, puede haber tasas de abstención muy elevadas entre los jóvenes. Hay que dirigirse a todos estos públicos y hacer campaña sobre el terreno para enviarles un mensaje fuerte. El concepto de una ‘Nueva Francia’ tiene que ser integrador, devolver la imagen de Francia tal como es, y no como dicen los otros que es. Debemos inscribir ese discurso dentro de las luchas progresistas y tenemos que trabajar para conseguir más paridad, más igualdad de género, menos discriminación, más inclusividad… Tenemos que abordar temáticas nuevas que conciernen a los más jóvenes, sin dejar de lado a nuestros mayores. Hay que proponer una articulación política de Francia que permita a un mayor número de personas sentirse incluidas en ella. 

¿Cómo crees que evolucionará el discurso sobre la identidad nacional durante la campaña electoral en Francia?

Respecto a la cuestión de la identidad, vamos a tener [en esta campaña electoral], efectivamente, dos apreciaciones ideológico-políticas. Para nosotros, la identidad nacional es una identidad republicana: ser francés se define por los compromisos comunes, una visión común, una sociedad común. Y para otros, en el caso de los adversarios de extrema derecha, se trata, ante todo, de una identidad nacional fija y excluyente. Por nuestra parte, la cuestión de la identidad tiene una vocación inclusiva. Los otros [la extrema derecha] distinguen entre el buen francés y el francés que nunca será verdaderamente francés, que está en Francia “en el papel”, tal y como dicen ellos. Este es un enfoque racista y tiene como objetivo crear jerarquías en torno a esta cuestión de la identidad nacional. Nuestro concepto de “la Nueva Francia” no solo aborda la cuestión de la identidad, sino que también mira hacia lo social: queremos una identidad nacional más inclusiva y más cercana a la realidad, alejarnos de la Francia con la que fantasea la extrema derecha.

 

[Foto: The Left - fuente: www.elsaltodiario.com]


« On vous croit », de Devillers et Dufeys : la vérité sort de la bouche des enfants

On vous croit. Un titre fort et engagé. Ce long métrage de Charlotte Devillers et d’Arnaud Dufeys, récompensé à multiples reprises, sort dans nos salles le 12 novembre 2025 et vaut le détour. 


Écrit par Ophélie Giordana

Au défi, aborder un sujet aussi pénible que d’actualité : les violences sexuelles sur mineurs dans la sphère familiale. Chaque année 160 000 enfants sont victimes d’agressions sexuelles en France, soit 1 enfant toutes les 3 minutes. Dans 81% des cas, l’agresseur est un membre de la famille, dans 27 % des cas, les pères. L’objet d’On vous croit n’est pas de porter un jugement moral sur les agissements des agresseurs, ni de comprendre leurs moteurs internes. Il vise à mettre un coup de projecteur sur les limites de nos institutions judiciaires, la question de la responsabilité parentale, et l’effet de double peine vécu par ces enfants contraints de comparaître inlassablement jusqu’à ce que jugement soit rendu. Des enfants que l’on peine à écouter et qui cherchent à retrouver leur voix. 

« Aujourd’hui, Alice (Myriem Akheddiou) se retrouve devant un juge (Natali Broods) et n’a pas le droit à l’erreur. Elle doit défendre ses enfants, dont la garde est remise en cause. Pourra-t-elle les protéger de leur père (Laurent Capelluto) avant qu’il ne soit trop tard ? 

Faites entrer l’accusé

Ce combat, c’est celui que mène avec férocité Alice lorsqu’elle comparaît à nouveau pour justifier la coupure relationnelle avec son ex-mari, qu’elle accuse de violences sexuelles sur ses enfants. Cette lutte acharnée, que beaucoup de femmes perdent, on ne le voit pas seulement ; on l’éprouve. Le talent des réalisateurs accompagne la lutte. Nous devenons alors les témoins impuissants de ce procès qui se rejoue péniblement.

On vous croit nous plonge alors au coeur de ce combat maternel, dans un réalisme brut et une ambiance clinique, à l’approche quasi-documentaire. Dufeys et Devillers retranscrivent avec une authenticité saisissante les interactions, misant sur l’improvisation des acteurs, et faisant le choix affirmé de véritables avocats pour occuper leur propre rôle dans le film. Cela tombe sous le sens, puisque leur plaidoirie est calibrée, le ton juste.

Flirter avec le documentaire donne du poids à la douleur des personnages, alourdit l’atmosphère et aggrave le propos, pour nous faire prendre conscience que derrière la fiction se cache un fait social. Ex-infirmière, Devillers s’est nourrie de nombreux témoignages tout au long de sa carrière pour donner au récit toute sa justesse. Ce film joue alors le double rôle de sensibilisation et de thérapie, pour lui permettre de faire la paix. 

Le poids de la justice en plan serré

Charlotte Devillers et Arnaud Dufeys font le pari d’un cadrage serré et d’un jeu d’acteur expressif. Centré sur la parole et les visages plus que sur l’action, le film suit le parcours d’Alice et de ses enfants, contraints de revoir leur agresseur, revivre à travers leur témoignage une nouvelle souffrance. La prise continue de 55 minutes confère du réalisme et donne le temps aux acteurs de vivre cette effroyable tension. Cette scène condense la fatigue, la solitude et le désenchantement des victimes broyées par la longueur des procédures judiciaires.

La bataille des expressions faciales est engagée. La guerre des mots aussi. Le seul éclat autorisé n’est pas le rire, mais les pleurs contenus. Myriem Akheddiou livre une prise de parole de près de 25 minutes, apprise au mot près, sans cadenasser l’intention. Une question subsiste : ce choix de réalisation est-il une force ou une faiblesse ? Cette mise en scène sobre, presque aseptisée, traduit la tension de l’audience, mais engendre une certaine monotonie visuelle et narrative. En se focalisant sur Alice, le film retire la parole au père et frôle parfois le manichéisme. Reste à savoir si ce parti pris est une force ou une faiblesse — à chacun d’en juger.

Mes enfants, ma bataille 

Mais l’image s’imprime : on ne se remet pas du regard grave et sensible du juge pour enfants (Natali Broods) : le plan serré sur son visage nous permet de prendre la pleine mesure du poids de la décision. En confiant le rôle à une femme, les réalisateurs illustrent la féminisation progressive de la magistrature et l’exigence d’impartialité qui filtre dans son discours. Le poids de la décision, c’est avant tout celui des mots.

On vous croit rend hommage aux mères protectrices et à leur courage. Un combat dont la voix peine trop souvent à être entendue. Alice incarne cette mère-louve prête à tout pour préserver ses enfants. Le film a cela de novateur, qu’il interroge la parole : à qui doit-on la donner ? Qui doit-on croire ? Le parcours émotionnel d’Alice s’entremêle alors à celui du procès. Devillers retranscrit ainsi le combat intérieur du personnage qui « subit la prise de parole des autres sans pouvoir intervenir ». Réfléchissons-y. Un triste matin, le combat d’Alice pourrait bien devenir le nôtre.

Entre silences lourds, dialogues sous tension, et vérités à hauteur d’enfant, On vous croit nous plonge dans le cœur battant du tribunal pour enfants et des limites de la justice. Un film d’une sincérité rare, qui rappelle que derrière chaque procédure se cache une vie brisée et qu’écouter les enfants, c’est déjà réparer.


[Images : jour2fete - source : www.cineverse.fr]


«We Believe You»: sobrevivir al sistema

 

Escrito por Franco Alves

En su debut cinematográfico, Charlotte Devillers y Arnaud Dufeys presentan We Believe You, una película que se sumerge en las aguas turbias de un drama judicial con un enfoque crudo y desgarrador. Desde su título, que evoca el lema de apoyo a las víctimas de abuso sexual en países francófonos, la película establece una premisa clara: este no será un relato cómodo, sino una confrontación directa con la devastación emocional que el sistema judicial puede infligir a las víctimas. La historia sigue a Alice (interpretada magistralmente por Myriem Akheddiou) y a sus hijos, Lila y Etienne, mientras asisten a una audiencia de custodia en un tribunal de familia. Desde el inicio, Devillers y Dufeys sitúan al espectador junto a esta familia rota, mostrando cómo cada paso hacia el juzgado es un calvario físico y emocional. El exmarido de Alice, cuya presencia en pantalla es mínima pero escalofriante, añade una sombra constante de amenaza.

Uno de los mayores logros de la película es cómo manipula la percepción del espectador. La tensión inicial podría llevarnos a juzgar a Alice y a sus hijos como potenciales agresores en lugar de víctimas. La narrativa utiliza esta ambigüedad para subrayar un punto crucial: el dolor profundo y no tratado puede desbordarse de formas incómodas e incomprendidas. Las reacciones viscerales de los personajes, como el estallido de Etienne o la desesperación frenética de Alice, son la manifestación de traumas profundos y, a menudo, silenciados.

El núcleo del film se encuentra en una extensa escena de juicio donde las declaraciones se suceden sin interrupción, casi en tiempo real. Aquí, la dirección y el montaje logran una simbiosis perfecta, usando primeros planos para capturar la incomodidad, la ira contenida y el miedo. Akheddiou destaca con una interpretación potente, aportando una mezcla de dignidad y fragilidad que mantiene la empatía del público incluso en los momentos más intensos. A pesar de la dureza de la historia, We Believe You no se regodea en el sufrimiento. Más bien, ofrece un espacio de catarsis y reivindicación. La última escena, donde el título del film se convierte en un diálogo liberador, deja al espectador con una sensación agridulce de alivio. La película es un recordatorio brutal pero necesario de las voces que, durante demasiado tiempo, no fueron escuchadas.


Titulo: We Believe You

Año: 2025

País: Bélgica

Directores: Arnaud Dufeys y Charlotte Devillers


[Fuente: www.caligari.com.ar]

La sintaxi feminista actual, en realitat, és antifeminista

A 'Feminismes enemics' (Tigre de Paper), Sophie Lewis interpel·la aquelles pseudofeministes que no són capaces de lluitar en un moviment col·lectiu.

Sophie Lewis

Escrit per Adriana Martín Vallejo

Apassionada de les humanitats, especialment pel cinema i la literatura

Qui té por d’un feminisme que no cerca banyar-se en l’aprovació del sistema? La llibreria Finestres ha acollit la presentació de Feminismes enemics (Tigre de Paper), l’últim artefacte teòric de Sophie Lewis. Acompanyada per la veu de l’activista Shaina Joy, l’autora ha desgranat una obra que posa el dit a la llaga en les disputes internes del moviment. 

A la llibreria Finestres l’escriptora austríaca ha defensat les seves idees al voltant d’un tema que, en l’actualitat, genera un intens debat: els falsos feminismes. Aquells que —com explicava Lewis— exclouen i discriminen les altres dones, les “no tan visibles” (prostitutes, racialitzades i transsexuals i més minories).

Shaina Joy ha obert la sessió narrant el seu propi paper dins el feminisme i la seva posició escèptica envers el moviment, afirmant que l’obra “mira el feminisme de cara i mostra la seva història”. Tot seguit, ha preguntat a la ponent pel seu procés d’escriptura. Lewis ha explicat que navegar pels diferents relats del llibre ha estat la seva manera d’“expressar un feminisme furiós, allunyat d’aquella Mary Poppins que era el model que havies de ser abans com a jove”.

Allunyada d’aquelles històries feministes poc satisfactòries —d’aquelles branques que separaven i generalitzaven els grups de dones—, l’autora es va adonar, a mesura que hi participava, que aquest feminisme no la representava i era injust. Per això, va decidir que s’havia de començar pel concepte mateix: “La definició en si mateixa és part del problema, s’ha de canviar i entendre l’antagonista”. Com apunta a l’inici de Feminismes enemics, els extrems són arcaics: “Una ideologia que es basa en el fet que les dones només poden ser les bones o víctimes, al cap i a la fi, no té res a oferir”.

Mentre part del públic de l’acte batallava per no deixar caure els auriculars de la interpretació simultània, Joy s’endinsava en la visió de l’assagista sobre la sororitat interna del moviment: “Has escrit específicament per a certes persones?”. La importància de detectar els grups apartats, o fins i tot les “dones que es fan fora elles mateixes inconscientment”, és clau per apreciar la diversitat de tots els racons de gènere en la societat. Enfrontant els “dos llops dins el feminisme” –del més antic al més recent–, l’autora ha buscat fer desaparèixer els dubtes: “volia crear un espai per desfer les confusions (…) En els moviments ha d’haver-hi límits i s’han d’entendre les diferències”.

“Escric per persones que no volen escoltar això”. La creadora argumentava que és vital generar debats i establir converses incòmodes. Amb un humor honest i sarcàstic, Lewis ha desmuntat la societat del capital patriarcal, on s’ha creat una classe de dona incorporada a una visió del món sexualitzada; una sintaxi feminista que, en realitat, és antifeminista: “El feminisme d’avui no inclou dones de totes les parts del món ni aquestes parts mateixes. Com pot ser que no les inclogui? (…) Parlo a aquelles dones que no són capaces de lluitar en un moviment col·lectiu, vull que el lector se senti lliure”. Així mateix, ha matisat el concepte de ‘justícia transformadora’: “Estem en temps violents, no es pot impartir justícia sense enemics”.

Sophie Lewis ha presentat ‘Feminismes enemic’ amb Shaina Joy a la Llibreria Finestres 

Cap al final de l’acte, l’entrevistadora li ha consultat sobre el fet de publicar assajos d’aquesta naturalesa, ja que no és el primer títol de Lewis. Per a l’autora, publicar forma part d’una “relació estranya amb el capitalisme”. Tot i reconèixer que abans era més complicat, ha defensat que el procés no hauria de ser una publicació individual, sinó col·lectiva. També s’ha abordat el repte de la traducció a altres llengües, on Lewis temia que certs detalls d’origen es perdessin pel camí —com el joc de cartes que tenia a casa, dubtant de l’existència d’una versió espanyola—.

Amb aquesta barreja de cruesa i ironia, Sophie Lewis ha abandonat l’escenari de Finestres deixant a l’ambient un aire insòlit, gairebé incòmode, però d’una lucidesa precisa: en el tauler geopolític i social contemporani, no tot és el que sembla. Com a advertència final que ressona com un cop de puny a la consciència, a les pàgines de Feminismes enemics (2025) ho deixa escrit de manera implacable: “Cal que desaprenguem el culte a la reina blanca, no només a Joc de trons, el feminisme de la civilitzadora desemboca en una massacre de masses (…) De vegades, el genocidi és feminista”.

 

[Fotos: Tigre de Paper - font: www.nuvol.com]


De regular el velo a la ‘prioridad nacional’: antes era ‘salvémonos del comunismo’ y ahora es ‘salvémonos del islam’

Varios expertos y expertas analizan cómo ha aumentado en los últimos años la islamofobia y alertan de que podrá tener un papel muy importante en las próximas elecciones generales y definir la política de los próximos años.

Una protesta en Barcelona contra la islamofobia

Escrito por Alan Cohen

Últimamente, España se ha visto envuelta en una larga lista de incidentes islamófobos, especialmente en política, a un ritmo nunca antes visto en la historia moderna del país. El pasado agosto, PP y Vox se unieron para prohibir las celebraciones musulmanas en instalaciones públicas del municipio de Jumilla (Murcia) con el fin de “defender las costumbres del pueblo español frente a las prácticas culturales foráneas”. Vox también trajo recientemente una iniciativa para prohibir el uso del burka y el niqab por miedo a que “el islamismo se abra paso por las calles de España” pese a que lo utiliza un porcentaje ínfimo de la población. Decenas de manifestaciones alrededor del país han reivindicado la lucha contra la “islamización” y a favor de una España cristiana, y la derecha ha abrazado la “prioridad nacional” que busca Vox para priorizar a los españoles sobre los migrantes en el acceso a los servicios públicos, que ya se ha incorporado en los pactos de gobierno de varias comunidades autónomas. El último pacto de gobierno entre PP y Vox se ha producido hace apenas unos días en Andalucía.

Pero hay mucho más: las “cacerías” contra migrantes en Torre Pacheco (Murcia), las constantes alertas de una supuesta “invasión” musulmana, el intento de cerrar mezquitas en la lucha contra el “yihadismo radical”, o los numerosos bulos sobre el islam que se viralizan en redes sociales y círculos de ultraderecha. 

Aunque este miedo a la comunidad musulmana no es nuevo –ocurre, por ejemplo, en Estados Unidos tras los ataques del 11-S– sí continúa aumentando en nuestro país, especialmente en el discurso de partidos como Vox o incluso Junts y PP. Por ello, es muy probable que la islamofobia juegue un papel muy grande en el próximo ciclo electoral y en las campañas para formar el próximo gobierno estatal, según opinan cuatro expertos consultados por La Marea.

¿Qué hay detrás del aumento de la islamofobia en la política española?

Para Daniel Gil-Benumeya, profesor en la Universidad Complutense que lleva más de una década estudiando las comunidades musulmanas en España y la percepción pública hacia ellas, la islamofobia se presenta especialmente en forma de estigmatización y control sobre el cuerpo de las mujeres, que Vox está intentando llevar a las administraciones. Atribuye el incremento de la islamofobia en el país a la adopción de discursos xenófobos propios de la ultraderecha europea y el crecimiento de la población musulmana, con miembros de esta comunidad siendo cada vez más visibles y conscientes de sus derechos. A su vez, señala que se está agotando el independentismo catalán y vasco como enemigo de algunos sectores políticos, lo que les ha llevado a buscar en el islam un nuevo enemigo público, y también se está adoptando el consenso islamófobo en otras comunidades racializadas, como los migrantes latinoamericanos

Zakariae Cheddadi, doctor en Sociología por la UPV-EHU especializado en identidad, migración y comportamiento político, también ha estudiado de cerca los discursos sobre el islam de la derecha española. Destaca que, aunque la comunidad musulmana en España tiene menos peso y representación política que en otros países más diversos, esta sí tiene la capacidad de estar muy presente en la imaginación colectiva y el discurso público, como ya se ha visto por ejemplo en los intentos de prohibir el velo islámico pese a ser una realidad casi inexistente en nuestro país

“El islam se ha convertido en una categoría política sobre la que polarizar una determinada identidad –española, católica, civilizacional, con un legado sociohistórico que proviene de 1492 hasta ahora– en contraposición de la España roja, anticatólica, anticlerical y woke”, explica Cheddadi. “Antes era ‘salvémonos del comunismo’ y ahora es ‘salvémonos del islam’”, añade.

El auge islamófobo, presente principalmente en la derecha y ultraderecha, también ha surgido como respuesta a los ocho años de gobierno progresista, según Cheddadi, intensificado tras su apoyo público a la causa palestina y la reciente regularización de migrantes –pese a que esta beneficia principalmente a latinoamericanos–. “Eso se asocia al islam, la invasión de otras culturas y la teoría de la sustitución demográfica tan asentada en Francia y otros países”, explica. 

Por ello, es más fácil crear miedo a una supuesta invasión islámica y sustitución cultural como respuesta a los problemas de la población que razonar las medidas que proponen partidos como Vox que de otro modo serían muy impopulares, como reducir el poder de los convenios colectivos, eliminar las autonomías o recortar el estado del bienestar bajando impuestos “a lo Milei”, según el investigador. 

Los discursos de odio contra la población musulmana han venido para quedarse

Existe un creciente consenso académico sobre el reciente incremento de la islamofobia en la política española y sobre el creciente papel que jugará en los próximos años, especialmente de cara a las próximas elecciones generales. “Es muy probable que la islamofobia siga ocupando un lugar relevante en los próximos debates políticos y electorales, especialmente en escenarios de mayor influencia de la extrema derecha o de gobiernos en los que esta tenga capacidad de condicionar la agenda”, explica Laura Mijares, filóloga árabe e investigadora en la Universidad Complutense especializada en la sociología de las comunidades musulmanas en España. 

Para ella, la clave no está únicamente en la presencia de los discursos abiertamente islamófobos, sino su creciente normalización en el espacio público. “La islamofobia ya no aparece solo en los márgenes, sino que se articula como una herramienta política eficaz para movilizar miedo, construir enemigos internos y reforzar narrativas identitarias basadas en la supuesta incompatibilidad entre islam y valores democráticos”, explica Mijares. “En este contexto, –prosigue- las personas musulmanas y especialmente las mujeres visiblemente musulmanas por el uso del hiyab, son objeto de instrumentalización política”.

Prueba de ello también es la visión histórica de los sectores más conservadores, que presentan la identidad española como esencialmente católica, homogénea y culturalmente cerrada, frente a una realidad diversa y multicultural. “En este marco, la apelación a la Reconquista, al imperio católico o a la expulsión de judíos y musulmanes no es anecdótica, sino que forma parte de una batalla cultural más amplia por definir quién pertenece legítimamente a la nación y quién queda situado en sus márgenes”, explica Mijares. Para ella, estas narrativas romantizan y simplifican el pasado y refuerzan jerarquías raciales y culturales, lo cual contribuye a excluir públicamente a las personas racializadas.

Aunque Vox es probablemente el partido con representación parlamentaria que más abiertamente abraza el rechazo a la población musulmana en España, sería un error reducirlo únicamente a este grupo, señala Johanna Lems, profesora de la Universidad Complutense que estudia el islam en España y Europa. También está presente, explica, en ciertos sectores de la izquierda y especialmente en partidos nacionalistas como Aliança Catalana, cuya líder Sílvia Orriols declaró en 2024 que “con tanto andaluz y tanto musulmán nadie hablará catalán en Catalunya”. Y por supuesto, es una base central del discurso de organizaciones fascistas o ultras como Núcleo Nacional o Frente Obrero, una fuerza política que se define “ni de izquierdas ni de derechas” y tiene como punto principal en su programa el “no a la islamización” porque “se están creando guetos en los que son mayoría e imponen su cultura”.

Para Lems, la islamofobia es una manera de utilizar la religión y los símbolos asociados a esta para discriminar a ciertos grupos de la población y crear una identidad nacional excluyente, un fenómeno que también ha estado presente en el antisemitismo de la Europa del siglo XX o la discriminación contra los migrantes irlandeses y católicos en Estados Unidos durante varios siglos. “La religión siempre ha tenido un lugar muy importante como uno de los elementos en la racialización de las poblaciones, y por tanto también en la islamofobia”, añade. 

El impacto de la islamofobia en las instituciones 

Lo que queda por ver, sin embargo, es cuánto de este odio se traduce a cambios legislativos y discriminación en las instituciones, más allá de su presencia puramente mediática y simbólica. Aunque Lems destaca que ya existe legislación vigente, como la Ley de Extranjería, basada en gran parte en la xenofobia que discrimina a los musulmanes y otros colectivos, Cheddadi duda de si en caso de formarse un gobierno PP-Vox tras las próximas generales, la islamofobia pueda alterar gravemente el trato institucional a las poblaciones musulmanas, como ha pasado por ejemplo en Estados Unidos con la población migrante durante el segundo mandato de Trump.

“La cuestión del islam es una estrategia para alcanzar el poder, pero una vez que alcancen el poder no sé si van a ser muy agresivos, tal como nos quieren hacer ver”, comenta. La primera ministra italiana Giorgia Meloni y su vicepresidente Matteo Salvini, por ejemplo, también utilizaron la islamofobia para incrementar su popularidad, pero tras llegar al poder, el efecto de estos discursos a nivel institucional y legislativo fue muy limitado

“Aunque vayan muy en contra de la Agenda 2030 y ciertos consensos, no sé yo si va a ser muy fuerte su impacto. Lo que me preocupa como sociólogo es la diseminación de un discurso político en términos actitudinales, de comportamiento social y de espacio público”, añade. “Va a crear muchísimo recelo, animadversión, distancia social y cultural. Pensar que el musulmán que tienes enfrente de tu casa tiene algo malo, que te da miedo y estés obsesionado, es lo peor que le puede pasar a una sociedad multiétnica”, concluye.

 

[Foto: Jordi Boixareu / ZUMA Wire vía Reuters Connect - fuente: www.lamarea.com]

quinta-feira, 9 de julho de 2026

Para ganar, la izquierda alemana necesita seguir transformándose

En las elecciones alemanas de 2025, el partido socialista Die Linke cerró filas, desafió los pronósticos que auguraban su desaparición y duplicó su militancia. Sin embargo, los preparativos para el congreso partidario demuestran que muchos de los cuadros más antiguos siguen aferrados a los peores vicios de la izquierda alemana. 

Die Linke es una fuerza opositora clave en Alemania, pero se encuentra muy rezagada frente al avance de la extrema derecha. Frenar el crecimiento de Alternativa para Alemania requiere llegar a nuevos votantes y no limitarse a disputar el espacio ya consolidado.

Escrito por Loren Balhorn

Traducción: Natalia López 

Hace casi dos años que Jan van Aken e Ines Schwerdtner —exeditora de la edición alemana de Jacobin— asumieron la copresidencia del partido de izquierda de Alemania Die Linke. La dupla obtuvo una amplia mayoría en el congreso del partido en octubre de 2024, lo que posiblemente reflejaba menos un apoyo universal que la situación desesperada del partido en ese momento. Con una intención de voto estancada en torno al 3% y la formación rupturista Alianza Sahra Wagenknecht (BSW) aparentemente lista para dejar al partido fuera del parlamento, nadie más parecía dispuesto a aceptar el cargo. Cuando pocas semanas después se anunciaron elecciones anticipadas, su destino parecía sellado. 

Hoy, de cara al congreso de Die Linke de este fin de semana en Potsdam, las cosas no podrían parecer más diferentes. Con un renovado énfasis en el populismo económico, una comunicación en redes sociales enormemente mejorada y una agresiva campaña puerta a puerta, el partido desafió las expectativas en las elecciones federales de febrero de 2025 al recuperar varios bastiones tanto históricos como nuevos, al tiempo que duplicó con creces su número de afiliados. Su camada de dirigentes jóvenes y carismáticos, como Heidi Reichinnek y Schwerdtner, se convirtieron en figuras destacadas en internet, ayudando a consolidar al partido como la fuerza más popular entre los votantes jóvenes. 

Este giro representa un rayo de esperanza en un clima político que, por lo demás, es sombrío, tal como lo refleja el eslogan «organizar la esperanza». Pero la esperanza solo te lleva hasta cierto punto. Aunque Die Linke sigue rondando el 11% (lo que no es un logro menor para un partido que estaba en su lecho de muerte hace dos años), en las recientes elecciones estatales no logró superar el umbral del 5%, lo que supuso su primer revés electoral desde los comicios federales y un alarmante recordatorio de su seguidilla de derrotas en el oeste de Alemania a principios de la década de 2010. Por si fuera poco, aunque los socialdemócratas (SPD) siguen perdiendo apoyo tras sumarse a otro gobierno encabezado por los demócrata-cristianos (CDU), su declive solo ha servido para catapultar a la extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD) al primer puesto en la mayoría de las encuestas nacionales. 

Sin embargo, si Die Linke se está estancando, lo hace en un nivel considerablemente más alto que antes. A pesar de ello, tras un año de paz interna, surgieron varias voces que se oponen de hecho a Schwerdtner, quien se postula a la reelección junto al diputado Luigi Pantisano luego de que van Aken retirara su candidatura por motivos de salud. Las críticas van desde una retórica supuestamente simplista o presuntos errores en política exterior hasta acusaciones más amplias de estar consolidando una estructura verticalista que pasa por encima del debate democrático. Aunque provienen de distintos sectores, los críticos tienen algo en común: ninguno presenta una alternativa integral, algo que se simboliza en la ausencia de candidatos opositores para el congreso de este fin de semana. Entonces, ¿a qué viene tanto revuelo? 

A mitad de camino con Jan van Aken 

No se puede negar que el camino que Die Linke emprendió a finales de 2024 —centrado en campañas activas sobre temas sensibles como el control de los alquileres y un renovado enfoque en la construcción de la organización partidaria desde las bases— ha dado resultados. Un enfoque implacable en el costo de vida y el uso hábil de las redes sociales (a veces criticado por ser unidimensional) han instalado al partido como una piedra en el zapato para el gobierno y le han permitido adueñarse de esa agenda. El despliegue de campañas de agitación puerta a puerta tras las elecciones, también enfocadas en la economía familiar, ha ayudado a orientar la actividad local hacia afuera, aunque posiblemente a costa de una formación política que se necesita con urgencia. 

Tampoco hay duda de que, como resultado, el partido está cambiando. A los ojos de algunos de sus seguidores más entusiastas, la afluencia de nuevos militantes significa que Die Linke ha sido «refundado de hecho», haciendo que su potencial para convertirse en un partido de masas sea más palpable que nunca. Sin embargo, detractores como la diputada de Berlín Katalin Gennburg critican lo que consideran una «revolución cultural desde arriba» y advierten contra un «dogmatismo estrecho e ideologización a expensas de una organización de masas renovada y rejuvenecida». 

La presencia de miles de activistas jóvenes, politizados en su mayoría no en la izquierda tradicional sino en movimientos de protesta (o en TikTok), ha cambiado el tono de los debates en torno a temas como Palestina o el cambio climático. La vieja guardia, representada en la campaña del año pasado por los tres Silverlocks («mechones de plata», llamados así por sus canas) Gregor Gysi, Dietmar Bartsch y Bodo Ramelow, ya no goza de la misma deferencia por parte de los miembros. Esto es especialmente evidente en la política exterior, donde el enfoque pragmático del partido en el este del país choca fuertemente con el antiimperialismo de fuerte carga moral que comparten muchos de los nuevos militantes. 

Más arriba en la estructura, sin embargo, persiste una mayor continuidad. En lugar de un golpe de palacio, la elección de Schwerdtner y van Aken representó un verdadero esfuerzo de equipo, posiblemente el primero en años. Fue gracias a la estrategia de la nueva copresidencia que la suerte del partido mejoró, pero todos pudieron adjudicarse parte del mérito. Aunque solo dos de los Silverlocks ganaron en sus distritos, sus rostros estuvieron fuertemente asociados a la campaña. Los centros de poder existentes dentro del partido se integraron en la medida de lo posible, lo que sirvió tanto para cooptarlos como para darles el oxígeno necesario para sostener futuras disputas internas. Además, como en cualquier aparato político, la mayoría de los cuadros a tiempo completo son empleados asalariados con contratos permanentes, lo que significa que se mantienen de una gestión a otra. 

Por lo tanto, aunque Die Linke se ha vuelto más dinámico, estructuralmente —y también en términos de personal— es en gran medida el mismo partido de hace dos años. Esto parece estar volviéndose ahora en contra de la nueva dirección. Si el partido hubiera tenido menos éxito el año pasado, el éxodo de cargos electos que comenzó en 2023 probablemente habría continuado, dándoles una página en blanco más limpia para remodelarlo a su imagen y semejanza. En cambio, con la supervivencia del partido ahora asegurada, parece que a más de un funcionario le gustaría volver a la normalidad de siempre. A medida que sectores del aparato del partido se resisten a los cambios (bastante modestos) de la dirección y temen perder más influencia en el futuro, levantan obstáculos de forma desordenada para frenarlos, al tiempo que se cuidan de no parecer opuestos a las transformaciones positivas que ya se han producido. 

Vino viejo en botellas nuevas 

Debido a esta renuencia a mostrarse abiertamente opositores, resulta difícil analizar cuáles son exactamente las críticas de la oposición a la conducción actual. Sin embargo, empezó a desarrollarse un relato, expresado en términos particularmente duros por figuras como la mencionada Gennburg, que culpa a la dirección de Schwerdtner de importar una cultura centralista que prioriza la disciplina organizativa por sobre las tradiciones supuestamente más pluralistas de Die Linke. Sus modelos de conducta más citados, el Partido Comunista de Austria (KPÖ) y el Partido del Trabajo de Bélgica (PTB/PVDA), son vistos con sospecha y tildados de reduccionistas económicos con inclinación al eslogan populista. La Izquierda Democrática, una nueva corriente surgida del ala pragmática tradicional del partido, va más allá y se burla de «una retórica en la que el término ‘clase’ es meramente una palabra clave para el fundamentalismo y la remasculinización». 

En términos prácticos, las críticas suelen converger en torno al puerta a puerta a gran escala que se desplegó sucesivamente en la campaña del año pasado y que desde entonces se integró en el trabajo cotidiano. Nadie niega su papel en la recuperación del partido, pero insisten en que no se puede limitar la actividad a golpear puertas. En el acto de lanzamiento de una nueva corriente llamada morgen:rot (Amanecer Rojo), armada con los restos del ya desaparecido movimiento Movement Left, uno de los miembros fundadores explicó que el partido no puede limitarse a tocar puertas, sino que realmente tiene que escuchar. Los diputados recientemente electos Jan Köstering y Donata Vogtschmidt señalan en la revista para miembros del partido, Links bewegt, que «el desparramo puerta a puerta es un método y no todavía una estrategia política», una afirmación con la que pocos estarían en desacuerdo. «La puerta no puede ser solo un espacio de movilización», explican, «sino el punto de partida de la estrategia política».

¿En qué consiste entonces esa estrategia? Ahí es donde las cosas empiezan a ponerse difusas. Según Köstering y Vogtschmidt, «Un partido de izquierda… no puede limitarse a formular eslóganes», sino que «debe tener en todo momento un valor agregado para la gente. Debe ser útil en el mejor de los sentidos: como un espacio de solidaridad, una herramienta de autoempoderamiento político, un baluarte contra la atomización, un contrapoder organizado y una ayuda práctica en la vida cotidiana». La explicación no se vuelve mucho más concreta que eso, pero en última instancia esboza una práctica política que parece más o menos limitada a la actividad parlamentaria y a los horarios de atención al ciudadano. 

Así, mientras critica a la conducción actual por copiar ideas de otros partidos de izquierda, lo único que ofrece la oposición es lo que el partido viene haciendo desde los últimos veinte años: un poco de todo sin prioridades claras, todo en nombre del «pluralismo». El problema es que precisamente ese pluralismo es el que erosionó la base del partido durante la última década. Se puede ver en Brandeburgo, donde tras dos mandatos en el gobierno Die Linke ya no tiene representación en el parlamento, o en Berlín, donde solo los años en la oposición y un giro hacia el trabajo con otros movimientos sociales le permitieron salir adelante. Incluso en Turingia, que a menudo se presenta como un modelo de éxito, Bodo Ramelow gobernó el estado durante diez años con cierto éxito, pero la actividad del partido terminó completamente marchita al final de su mandato. 

Sin embargo, este pobre balance no aparece en absoluto en el debate actual. En su lugar, intelectuales del ala pragmática, como Benjamin-Immanuel Hoff, argumentan en contra de la visión de un «partido de cuadros de izquierda», contraponiéndola a la de un «partido popular socialista», cuyos contornos son tan vagos que uno podría proyectar prácticamente cualquier cosa en él, excepto, obviamente, un partido de cuadros. En cuanto a los horizontes a mediano plazo, Jan Schlemermeyer, de la Izquierda Democrática, plantea el objetivo de formar un gobierno de centroizquierda. Que Die Linke ya haya hecho campaña con ese tema en 2021 con resultados desastrosos no se menciona, ni tampoco se nos dice por qué funcionaría mejor esta vez. 

La dirección, por su parte, también esquiva la crítica abierta, presumiblemente para ganarse a la mayor parte posible del partido. Esto significa que no se produce una disputa realmente abierta sobre la estrategia correcta. En su lugar, los debates se llevan a cabo en forma de ataques indirectos desde los márgenes, lo que quizás se traduzca en algunos compromisos más sobre la redacción de los documentos en el congreso. 

Partido y Parlamento 

Lo que realmente está en juego en el congreso de este fin de semana se ilustra mejor, tal vez, en lo que ha resultado ser el debate más polarizante: la propuesta de poner un tope a los sueldos de los parlamentarios. Schwerdtner y van Aken predicaron con el ejemplo y anunciaron antes de su elección que no ganarían más que un trabajador calificado promedio. Al principio, esto generó poca oposición —después de todo, no parecía que Die Linke fuera a seguir en el parlamento por mucho tiempo— y sirvió como una buena estrategia de relaciones públicas. Pero ahora que el partido está de regreso en el parlamento, varios funcionarios empezaron a expresar sus dudas, sobre todo los coportavoces parlamentarios Heidi Reichinnek y Sören Pellmann, cuya carta a la ejecutiva del partido en abril fue citada extensamente hace poco en Der Spiegel. Mientras tanto, Bodo Ramelow ha manifestado repetidamente su preocupación de que la norma viole la constitución alemana. 

Los opositores al tope salarial se empeñan en insistir en que no se trata de dinero, sino de alguna otra cuestión vagamente definida. «No conocemos a ningún diputado que quiera enriquecerse personalmente con su mandato», insisten Köstering y Vogtschmidt. Reichinnek y Pellmann reafirman al partido que «Ninguno de nosotros quiere enriquecerse con su mandato». El problema es más bien la falta de confianza que implica el tope. Como socialista, uno tiene que preguntarse: ¿No debería esperarse eso de los cargos electos en un partido socialista que aspira a convertirse en la representación política de la clase trabajadora? Además, el tope salarial propuesto en el próximo congreso del partido ya es varios cientos de euros superior a los 2850 euros al mes anunciados en 2024, y contiene una serie de excepciones para los diputados con personas a cargo u otras circunstancias atenuantes. Incluso con el tope, los diputados ganarían significativamente más que la mayoría de los trabajadores. 

Entonces, si no es por dinero, ¿por qué es? Parece que para algunos diputados, el tope simboliza la subordinación del bloque parlamentario a la dirección del partido elegida democráticamente. Desde su fundación, los diputados de Die Linke han utilizado sus bancas en el parlamento para presionar en contra de las posiciones que no les gustaban. Nadie lo hizo de forma tan evidente como Sahra Wagenknecht, que utilizó su puesto como coportavoz parlamentaria para socavar la conducción de Bernd Riexinger y Katja Kipping y, en última instancia, fundar su propio partido rupturista; pero no es ni mucho menos la única. Ramelow y Gysi, en particular, han criticado repetidamente a su partido en los medios de comunicación a lo largo del último año, especialmente los intentos de alinear la posición sobre el genocidio en Gaza con la de la izquierda internacional.  

Además, aunque ser diputado de Die Linke no te convierta en millonario, sí ofrece numerosas oportunidades para tejer redes y ascender personalmente. Nadie encarna esto mejor que Andreas Büttner, quien denunció repetidamente a sus propios compañeros como antisemitas antes de dejar el partido a principios de este año. Tras no lograr entrar en el parlamento del estado de Brandeburgo como candidato de los Demócratas Libres (FDP) y trabajar como director de oficina para el grupo de lobby proisraelí The European Leadership Network (ELNET), el antiguo joven conservador se pasó a Die Linke en 2015 justo a tiempo para ser elegido, desempeñarse como secretario de Estado en un gobierno regional y, finalmente, ser nombrado comisionado contra el antisemitismo de Brandeburgo, a pesar de no haber estado nunca involucrado de manera significativa en la política de izquierda. 

Büttner puede ser un ejemplo especialmente flagrante de un actor de mala fe que utilizó a Die Linke para su propio ascenso personal, pero no hay razones para pensar que será el último. Debido a la falta de una línea ideológica vinculante en el partido —una herencia de su «ruptura con el estalinismo como sistema» posterior a 1989—, la dirección dispone de pocos mecanismos para expulsar a miembros por motivos políticos. Esto hace que el tope salarial sea tanto más importante, no solo como un acto simbólico sino como una medida concreta para mantener a raya a los oportunistas burdos. El hecho de que se apruebe o no será un indicador elocuente de la trayectoria de Die Linke: ¿hacia una fuerza política más unificada, donde el parlamento y el partido trabajen codo con codo, o de vuelta a la cacofonía incoherente que casi lo hunde hace unos años? 

El compromiso tiene sus desventajas 

El resultado del congreso de Die Linke es particularmente relevante dadas las circunstancias políticas en las que opera actualmente el partido. Die Linke languideció en la década de 2010, mientras muchos de sus partidos hermanos europeos acumulaban victorias históricas. La década de 2020, sin embargo, viene demostrando ser un momento mucho más volátil en la política alemana. Las continuas subas de precios, las amenazas al sector industrial del país y, no menos importante, los crecientes ataques del canciller Friedrich Merz al Estado de bienestar están alimentando lo que podría describirse como un momento populista tardío, unos diez años después de su auge inicial. La confianza en los partidos tradicionales ha alcanzado mínimos históricos, una situación de la que suele beneficiarse principalmente la derecha populista. Revertir esa tendencia es el principal desafío para Die Linke. 

Si los experimentos de izquierda populista de la década anterior pueden ofrecer a Die Linke alguna lección estratégica, esta consiste probablemente en lo que no se debe hacer: a saber, formar prematuramente un gobierno de centroizquierda tras un golpe de suerte electoral. Ya sea en Grecia, España o Portugal, la izquierda transformadora —encontrando incluso mejoras reales en los casos en que llegó al gobierno— vio pronto cómo caía su apoyo, a medida que los votantes regresaban a la socialdemocracia tradicional o abandonaban por completo a la izquierda. Al carecer de estructuras duraderas fuera del parlamento, partidos como Syriza y Podemos se encuentran hoy con respirador artificial en términos organizativos y son en gran medida irrelevantes en lo electoral. 

El destino de los gobiernos de izquierda en Europa sugiere que, al menos por ahora, el foco principal de la izquierda debería centrarse menos en los detalles de los procedimientos parlamentarios que en la construcción de un movimiento de oposición capaz de capitalizar el malestar populista y canalizarlo en una dirección progresista. El ejemplo tan citado del PTB de Bélgica, o incluso de la France Insoumise, demuestra que esto es posible. Aunque ninguno de los dos cuenta con algo parecido a una mayoría popular, han ido construyendo gradualmente sus fuerzas hasta el punto de representar hoy una verdadera amenaza para el establishment político. 

Los opositores a la dirección actual tienen razón en una cosa: Die Linke no podrá importar fórmulas ganadoras del extranjero en su totalidad. Como toda gran organización con cierta antigüedad, tiene demasiada historia y tradiciones propias que inevitablemente influyen en su estrategia. También tienen razón cuando dicen que no existen recetas preestablecidas sobre cómo será el socialismo del futuro. Pero, en realidad, nadie afirma lo contrario. La copresidencia de Die Linke se esfuerza constantemente por incluir a las distintas corrientes del partido y situar sus políticas dentro de las tradiciones de la organización. Por lo tanto, la opción a la que se enfrenta hoy Die Linke no es entre un partido de cuadros comunistas y el socialismo democrático, sino más bien si continuar con la (exitosa) consolidación estratégica del último año y medio. 

Hasta ahora, la dirección ha logrado llevar adelante esta consolidación sin alienar a sectores significativos de la vieja guardia. De todas formas, si los debates de las últimas semanas sirven de indicio, habrá muchas cuestiones polémicas después del congreso del partido que requerirán respuestas claras. ¿Considera principalmente al Partido Socialdemócrata (SPD) y a los Verdes como competidores políticos a los que superar, o como socios en un gobierno «progresista» o incluso «antifascista»? ¿Se ve a los trabajadores sobre todo como votantes potenciales o como el núcleo de la construcción del partido? ¿Sobre qué base debe Die Linke formar políticamente a sus decenas de miles de nuevos miembros y construir una identidad coherente? 

Por el momento, las respuestas a estas y otras preguntas críticas son, en el mejor de los casos, esbozos vagos, debido al menos en parte a los compromisos sobre los que descansa la estrategia actual del partido. Sin embargo, si se quiere que el camino actual dé frutos a largo plazo, tarde o temprano tendrá que haber un debate abierto y, sobre todo, una visión más profunda de lo que un partido socialista puede lograr realmente en una democracia capitalista, y cómo.

 

[Foto: Sebastian Gollnow / picture alliance via Getty Images  - fuente: www.jacobinlat.com]