sábado, 21 de fevereiro de 2026

Niqab, un debate teñido de islamofobia y batalla cultural

Las iniciativas de la derecha y la ultraderecha se inscriben en una estrategia política más amplia que convierte a un grupo muy reducido de mujeres en símbolo de amenaza

 

Manifestación contra la prohibición de llevar el hiyab en centros educativos públicos, el 26 de febrero de 2025 en Parla (Madrid). 

Escrito por Laura Mijares Ángeles Ramírez 

Esta semana se ha debatido en el Congreso una iniciativa de Ley Orgánica presentada por Vox y apoyada por el Partido Popular, cuyo único articulado propone prohibir el niqab y el burka. Se presenta bajo el doble argumento de la protección de la dignidad femenina y la seguridad ciudadana, pero irrumpe en un contexto de competencia electoral donde la reactivación del llamado “peligro musulmán” constituye un mecanismo de movilización política eficaz que dispara miedos y cohesiona –y probablemente añade– electorado. 

No estamos ante un fenómeno nuevo. El debate sobre el velo integral se puso en marcha en España en 2010, cuando diferentes ordenanzas municipales impulsadas desde la derecha catalana intentaron limitar su uso, llamando la atención de organismos de derechos humanos. En aquel momento, la competencia era entre las derechas (PP y CiU) y la pujante ultraderechista Plataforma per Catalunya, que arrastró a todo el espectro político a esta discusión. Aquella vía fue anulada por el Tribunal Supremo en 2013, dejando claro que una administración local no puede restringir un derecho fundamental y que el uso del niqab se inscribe en el ámbito de la libertad religiosa, protegida por la Constitución y por la Ley Orgánica de Libertad Religiosa. Además de al Alto Tribunal, la propuesta saltó en forma de moción desde los ayuntamientos al Senado, donde se aprobó, estancándose finalmente en el Congreso.  

En aquel verano de 2010, como ahora, no existía un problema social en España en torno al niqab, término al que siempre se añade el de burka, como si alguien hubiera visto alguna vez uno por aquí. No es gratuito el uso de la palabra, puesto que de ese modo se sigue teniendo como referencia a Afganistán, al régimen de los talibanes y a la violencia contra las mujeres. En cualquier caso, el número de mujeres que utilizan el niqab en España es ínfimo y no hay datos –ni entonces ni ahora– que indiquen que su uso provoque conflictos de convivencia, orden público o seguridad. La ofensiva derechista se centra en el niqab porque es la prenda que genera mayor rechazo simbólico y sobre la que podría construirse más fácilmente un consenso prohibicionista. La propuesta no responde, por tanto, a una urgencia social, sino a una lógica de rentabilidad electoral –en diferido– que desplaza el debate desde el terreno de los derechos al de las emociones colectivas, convirtiendo a un grupo muy reducido de mujeres en chivo expiatorio dentro de una agenda que normaliza el racismo y la islamofobia, en nombre de la dignidad y la seguridad. Se transforma una práctica marginal en símbolo de amenaza cultural. Así que no estamos ante un debate técnico sobre una prenda, sino ante una estrategia de construcción de pánico moral, dentro de otra más amplia de ofensiva racista.

El número de mujeres que utilizan el niqab en España es ínfimo  


En este sentido, la iniciativa de la ultraderecha se inscribe en una ola prohibicionista que recorre Europa desde hace más de una década. El niqab está prohibido en distintos niveles en el espacio público en Francia (2010), Bélgica (2011), Dinamarca (2018) y Países Bajos (2019). En varios de estos casos, el impulso inicial vino de la derecha y posteriormente fue asumido por otros sectores políticos, hasta consolidar un consenso restrictivo. Bajo la retórica de la seguridad y/o la defensa de las mujeres, se ha ido normalizando una agenda que convierte a una minoría prácticamente inexistente en objeto de una regulación punitiva.

La propuesta española participa de esta misma lógica y contribuye a sedimentar un “sentido común islamófobo” que se basa en una idea que se presenta como obvia, la de que determinadas expresiones visibles del islam constituyen en sí mismas un problema público, porque lo son las personas musulmanas. Esta naturalización de la sospecha transforma una opción religiosa minoritaria en un marcador de alteridad y de criminalidad. El debate deja de ser jurídico para convertirse en cultural. O más bien, el verdadero objetivo es dar una batalla cultural. En términos más concretos, la ultraderecha ha conseguido que todo el mundo hable de un tema que ha puesto en la agenda política y social, que consigue aglutinar diferentes sensibilidades y del que, sin duda, acabará sacando rédito electoral directo, porque valida su discurso racista.  

No es casual que el foco aparente recaiga sobre las mujeres. Aunque la medida se presenta como una iniciativa para “protegerlas”, descansa en una premisa implícita: que los hombres musulmanes son violentos, coercitivos y proclives a imponer a las mujeres una determinada vestimenta. Es decir, se proyecta una sospecha sobre el conjunto de los hombres, al tiempo que se sitúa a las mujeres en el lugar de víctimas sin agencia. Bajo la retórica de la emancipación se despliega una lógica de control y asimilación que niega la capacidad de decisión de las propias afectadas y criminaliza preventivamente a su entorno familiar masculino como potencial –e ineludible– agente de coacción.  

La vestimenta funciona como frontera simbólica que delimita quién pertenece plenamente al “nosotros”. El cuerpo de las mujeres musulmanas se convierte en escenario donde se dirime la supuesta incompatibilidad entre el islam y los valores europeos. Este mecanismo, que ha sido nombrado de diferentes maneras desde hace más de veinte años (retórica salvacionistaislamofobia de género o feminacionalismo), supone la apropiación instrumental del discurso feminista por parte de fuerzas nacionalistas, conservadoras o abiertamente antifeministas para justificar políticas antiinmigración y antimusulmanas.   

El Partido Popular respaldó la iniciativa de Vox en el Congreso, y además fue el impulsor de una normativa similar en el Parlamento de Baleares, donde la propuesta salió finalmente adelante con el apoyo de la ultraderecha. Es decir, se trata de una agenda compartida que se está normalizando progresivamente en el espacio conservador, como demuestra la suma de Junts a esta ola prohibicionista. Incluso cuando se modera el tono o se atenúa el preámbulo abiertamente racista, como en su documento, se hace referencia al mismo horizonte amenazante, empleando también el discurso de protección de los derechos de las mujeres, reduciendo el niqab a un símbolo de opresión y negando la posibilidad de que su uso pueda ser una práctica autónoma. En la realidad, las diferencias entre las tres iniciativas son más de estilo –a veces– que de fondo. Finalmente, el PP registró dos días después su propia proposición de Ley Orgánica, en la que renunciaba a la retórica abiertamente islamófoba y situaba el argumento feminista en el corazón del preámbulo –incluso haciendo referencia a la Ley Orgánica 3/2007 de igualdad entre hombres y mujeres–, aunque no dejaba escapar el de la seguridad. Además, recuperaba su propia historia en relación con el niqab, remontándose a 2010 y adjudicándose la categoría de pionero. 

Aunque las formas difieren, el presupuesto prohibicionista, y por tanto racista, es compartido   


Vox y PP perdieron la votación del día 17 de febrero en el Congreso, pero da la amarga impresión de que ganaron una gran batalla, logrando implantar el debate en la agenda política de todos los partidos. La propia ministra de Igualdad ha anunciado la apertura de un “espacio de debate” sobre la libertad y el consentimiento de las mujeres en relación con esta cuestión. Es decir, aunque las formas difieren, el presupuesto prohibicionista, y por tanto racista, es compartido. Quedará como un hito el hecho de que, por primera vez, la ultraderecha, la derecha, sectores de la izquierda institucional y de diferentes feminismos compartan de manera tan clara este marco islamófobo, que sitúa el niqab como objeto de escrutinio público en nombre de la emancipación de las mujeres. El resultado es que lo que en otras mujeres puede interpretarse como expresión identitaria, práctica política o simplemente forma de estar en el mundo, en las musulmanas aparece bajo sospecha, señalando su falta de capacidad o la violencia de su entorno, que las obligaría a esa práctica.  


La prohibición del niqab tendría un impacto profundo y multidimensional en la vida de las mujeres afectadas, pese a que el colectivo directamente implicado sea numéricamente muy reducido. En primer lugar, supondría la normalización institucional del racismo y la islamofobia. El mensaje que se envía es claro: se trata de una presencia problemática. La estigmatización pasaría de ser discursiva a estar respaldada por un aparato punitivo. En segundo lugar, implicaría la criminalización directa de mujeres visiblemente musulmanas. Mujeres que pasarían a exponerse a multas, identificaciones, expulsiones o intervenciones policiales, algo que ya les está ocurriendo en espacios públicos, a lo que hay que añadir además la impunidad de nuevas formas de acoso callejero nacidas al calor de la ley, como ya ha pasado en otros lugares. En contextos de vulnerabilidad socioeconómica, las sanciones administrativas podrían tener efectos desproporcionados. Además, la prohibición ampliaría el clima de miedo e inseguridad. No solo para las que usan niqab, sino también para las que llevan hiyab. También habría un impacto de autocensura y retraimiento del espacio público. Algunas mujeres podrían optar por no salir, reducir su movilidad o limitar su acceso a servicios para evitar sanciones o enfrentamientos. Esto produciría el efecto contrario: menos autonomía y menos participación social. En definitiva, reforzaría el sentido común islamófobo que ya opera socialmente, consolidando la idea de que determinadas expresiones religiosas son incompatibles con la ciudadanía. En vez de ampliar derechos y fortalecer políticas sociales, el recurso al derecho penal, que es punitivismo, erosiona la cohesión social, debilita la confianza institucional y legitima un futuro cada vez más restrictivo, no solo de las poblaciones musulmanas.   


En definitiva, estas proposiciones no abordan un problema real de seguridad ni corrigen una desigualdad efectiva. Se inscriben en una estrategia política más amplia que convierte a un grupo muy reducido de mujeres en símbolo de amenaza y, al hacerlo, contribuye a consolidar un marco cultural en el que la islamofobia se presenta como sentido común. Y son estructuralmente racistas porque no regulan conductas generales, sino que apuntan directamente a mujeres musulmanas. Se construye una alteridad peligrosa y se legisla contra ella. Esta lógica encaja con los procesos contemporáneos de racialización punitiva del islam en Europa, apuntalando decididamente los renovados mecanismos fascistas de los cuales las poblaciones musulmanas tan solo son sus primeras víctimas.

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Laura Mijares es arabista y profesora de la UCM

Ángeles Ramírez es antropóloga y profesora jubilada de la UAM

[Foto: Sindicato de Estudiantes - fuente: www.ctxt.es]

sexta-feira, 20 de fevereiro de 2026

Elemental, querida Watson: «El detective y la doctora» (They Might Be Giants, Anthony Harvey, 1971)


Extraído de 
39escalones

Reflexiones desde un rollo de celuloide

Una de las sensaciones más gratificantes que el cine proporciona resulta del hecho de que aun de una película con un guion a medio cocer el espectador puede obtener notables satisfacciones. Es el caso de esta comedia de intriga dirigida por Anthony Harvey inmediatamente después (aunque hay tres años entre una y otra) de la que es su gran obra como director, El león en invierno (The Lion in Winter, 1968), y en la que un inmenso George C. Scott interpreta a Justin Playfair, un abogado y juez que tras la muerte de su esposa ha adquirido un peculiar trastorno paranoico: no solo se cree que es Sherlock Holmes, sino que ha desarrollado de manera natural y tan extraordinariamente sus propias dotes deductivas que ello le permite ser Sherlock Holmes. Su hermano Blevins (Lester Rawlins) se propone inhabilitarlo e ingresarlo en un hospital psiquiátrico con el fin de heredar su fortuna y pagar unas supuestas deudas que ha contraído con ciertos individuos del hampa, de modo que, aunque su esposa, Daisy (Rue McClanahan, la famosa Blanche de la teleserie Las chicas de oro), ve las peripecias de su cuñado con simpatía, requiere la ayuda de los médicos para lograr un diagnóstico y una orden de reclusión. Es aquí donde entra la doctora Mildred Watson (Joanne Woodward), quien, fascinada con las capacidades intelectuales de Playfair, puestas de manifiesto cuando logra encontrar el ignorado origen de las perturbaciones mentales de otro paciente que se cree Rodolfo Valentino, asiste maravillada al caso. Playfair no solo es Holmes, sino que se viste como él y ha adaptado sus hábitos y espacios domésticos a lo característico del personaje, desde el pequeño laboratorio químico de su gabinete al hecho de fumar en pipa, pasando por su afición a hacer chirriar el violín cuando está pensando. Se trata de una asunción total de la identidad de un personaje de ficción, incorpora el contenido las novelas y los relatos de Conan Doyle como un pasado auténtico, mientras que Playfair ha desaparecido junto a su biografía, la memoria de sus padres, su carrera profesional, sus recuerdos de infancia o incluso los referidos a su esposa fallecida. Así las cosas, está tan metido en el papel de Holmes que también comparte sus objetivos, es decir, que emprende una enloquecida investigación en busca de su archienemigo, el profesor Moriarty, al que cree en la ciudad con la intención de cumplir uno de sus descabellados planes criminales, misión a la que arrastra a su nueva compañera y discípula, la doctora Watson.

La película, en tanto que comedia, resulta irregular. Algunas secuencias y gags están bien trenzados, pero otros son demasiado convencionales o incluso tontos, y algunos episodios parecen figurar por mero capricho o relleno. En otros, sin embargo, destaca la inmensa labor de un divertidísimo Scott, que sin abandonar el característico envaramiento del detective, ofrece gestos, muecas y réplicas que son en verdad lo más inspirado de la película. Como intriga, por otra parte, la cinta termina siendo igualmente poco concluyente. Cierto es que Holmes despliega en varias ocasiones todo su aparato deductivo y también que, si bien encadenando pistas y argumentos un tanto a la ligera y con interpretaciones de lo más peregrinas (no olvidemos que, detective o no, se trata de una mente trastornada), el objetivo del personaje está en descubrir y desenmascarar a Moriarty antes de que cometa una nueva fechoría, para lo cual recorre diversas localizaciones de Nueva York, por lo que no es propio de un espectador normal aguardar una resolución convencional de un caso policial. Pero el guion, escrito por James Goldman como adaptación de su propia obra, ofrece otra línea argumental basada en la intriga que no lleva a ninguna parte, y que se refiere a las maniobras de Blevins para inhabilitar a su hermano y a las de sus socios por eliminarlo, para que así herede y pueda cumplir las obligaciones que tiene con ellos. Ese hilo dramático, insuficientemente explicado y desarrollado, tampoco se concluye, queda en el aire. De este modo, la historia se centra en la relación de Holmes/Playfair y Watson, que desde el mutuo escepticismo y el recelo va derivando hacia el entendimiento y la comprensión y, finalmente, al amor. Ahí radica tal vez el principal problema de este segmento del guion, la contraproducente romantización de su relación, que quizá pudiera alcanzar otras cotas de desarrollo y, sobre todo, de humor y comedia, de haber ido por otros derroteros. Coja la intriga, fallida, al menos en parte, la construcción de la relación de los personajes principales, las mayores virtudes se reducen así a las interpretaciones de Scott y Woodward, cuya química es magnífica y que cruzan entre sí las mejores líneas de diálogo, a la aparición de un puñado de rostros conocidos en pequeños papeles (Jack Gilford, Al Lewis, F. Murray Abraham, M. Emmet Walsh…), y la curiosidad por saber hacia dónde puede concluir la disparatada investigación, salpicada de personajes extraños y extravagantes. Y ahí, no en la resolución, puesto que la película se cierra en falso, sino en su sentido, es donde la película enlaza principio y conclusión y transmite su verdadero significado.

Porque Playfair ha asumido la forma de Sherlock Holmes, pero en realidad es Don Quijote. La película así lo insinúa en su apertura, cuando incluye al personaje de Cervantes en la cita que abre los créditos, y en la conclusión, cuando Holmes y Watson ven emerger -solo ellos, no el público- una lozana figura a caballo de uno de los túneles de Central Park. El trastorno que sufre el abogado y juez Justin Playfair es el mismo que padeció Alonso Quijano, solo que no motivado por el hastío y la vejez y la continua zambullida en los libros de caballerías, sino por la soledad y el desamparo del amor perdido y la consoladora ficción de las novelas y los relatos holmesianos de Conan Doyle. Playfair se ha construido una realidad a la medida dotada de emoción, de aventura, de  intriga, de magia, de todo lo que carece una existencia vacía, privada de aspiraciones, intereses, sueños y recompensas, no para sobrevivir o sobrellevar la vida, sino para vivirla, para exprimirla. La monotonía sustituida por la épica, la vulgaridad por la excelencia, la prosa por la poesía, lo material por lo espiritual, la mera existencia por la heroicidad. Así, la lucha contra los molinos de viento, reales -la viudedad, la inadaptación, el desencanto, la soledad- o figurados -Moriarty y sus próximos crímenes-, constituyen un tenue pero firme hilo conductor del argumento y también como el vínculo que hace renacer a la doctora Watson. No es ella la que cura a Playfair de su supuesto trastorno (¿locura o lucidez?), sino él quien saca a la doctora del personaje que representa en su vida (sola, irritable, huraña, mala cocinera, pésima ama de casa), mucho más pobre, triste, penoso, vulgar, que el que él le ofrece. La fantasía, la imaginación, el sueño, el deseo, curas necesarias para soportar una cotidianidad hueca y sin esperanzas, rodeada de ruido, suciedad, materialismo, utilitarismo, publicidad, verborrea. Holmes y Don Quijote, Watson y Sancho Panza (o Teresa Panza), ejemplos a seguir para una exitosa huida de todo aquello que aguantamos cada día a pesar de nuestro aborrecimiento. La ficción, el cine y la literatura, el alma, todo aquello que olvidamos o que las servidumbres diarias nos obligan a marginar y olvidar. La vuelta a la infancia, a la libertad, a un futuro imaginado como pleno de posibilidades. Como Holmes dice en sus relatos, en sus novelas, y, como es natural, Playfair proclama con total entusiasmo, «¡empieza el juego!» Aunque la película no está a la altura ni de Sherlock Holmes ni de Don Quijote, ni de Conan Doyle ni de Cervantes, sí proporciona al espectador una sustanciosa recompensa: no tomarse esa frase como un grito de júbilo, sino como un mandato imperativo que aplicarse a uno mismo.


[Fuente: 39escalones.wordpress.com]

Anthony Harvey – « They Might be Giants »

 

Écrit par Gabriel CARTON

Depuis la mort de sa femme, Justin (George C. Scott) se prend pour Sherlock Holmes. Interné par son frère dans un hôpital psychiatrique et attendant le diagnostic qui le déclarera inapte à gérer ses finances, le détective schizophrène fait la connaissance d’une jeune psychiatre (Joanne Woodward) qui porte le nom providentiel de Watson. Il ne fait aucun doute à ses yeux que le destin les a réuni pour de grands projets : au diable les traitements, le crime n’attend pas !


L’exercice du pastiche holmesien a donné de beaux résultats au cours des années 70, qu’il s’agisse de la comédie à priori légère chez Billy Wilder (La Vie privée de Sherlock Holmes, 1970), des enquêtes apocryphes conviant des figures historiques de Herbert Ross ou Bob Clark (Sherlock Holmes attaque l’Orient express et Meurtre par Décret, 1976 et 79) ou de la franche parodie d’un Gene Wilder sous influence brooksienne (Le frère le plus futé de Sherlock Holmes, 1975). On s’étonnera que They Might be Giants (Le Rivage oublié, en français) ne s’inscrive dans aucune de ces catégories alors que c’est son appartenance supposée à ce sous-genre savoureux qui lui sert le plus souvent d’argument promotionnel. D’un argument qui évoque lointainement celui d’Élémentaire mon Cher… Lock Holmes (Thom Eberhardt, 1988), Anthony Harvey (Le Lion en hiver, 1968) tire une fable d’une tendresse teintée d’amertume plus héritée de Cervantes que de Conan Doyle.


Le titre « They Might be Giants » (ils pourraient s’agir de géants) est d’ailleurs une référence directe aux moulins contre lesquels se mesure Don Quichotte. La pathologie de Justin relève plus d’une volonté forcenée de ne pas voir les choses comme elles sont mais de les regarder comme elles pourraient être, la méthode holmesienne lui permettant de démontrer logiquement ses hypothèses les plus incongrues. Avec une logique imparable que n’autorise que la folie, il martèle la validité de son approche du monde d’une évocation des progrès de l’humanité : « Les plus grands esprits ont longtemps pensé que la terre était plate. Et si elle était ronde ? (…) Si nous n’avions jamais envisagé les choses en songeant à ce qu’elles pourraient être, nous errerions encore dans les herbes hautes avec les autres primates ».


En guise de Sancho Panza, Watson s’avère le véritable personnage principal du Rivage oublié. Psychiatre engagé pour délivrer le diagnostic d’irresponsabilité de Justin, cette dernière, sur un coup de tête qui exprime, peut-être pour la première fois de sa vie, son esprit contradictoire, se lance dans une entreprise désespérée : guérir Justin et le libérer de la tutelle de son frère. En pleine crise existentielle (elle est visiblement tiraillée entre les attendus sociaux et ses aspirations profondes), elle y voit l’occasion de mener son grand combat, contre ses propres moulins et ce n’est qu’une question de temps avant qu’elle n’embrasse le point de vue de son patient qui devient son mentor et grâce auquel elle comprend que derrière chaque injustice se trouve Moriarty sous les divers pseudonymes de bureaucratie, productivité, efficacité ou conformisme. Aux côté d’un George C. Scott attachant, Joanne Woodward devient notre ancre émotionnelle et assume une trajectoire bouleversante jusqu’à atteindre ce rivage oublié balayé par les vents qui font tourner les moulins de nos peurs. L’issue de la quête n’est que le début de la lutte.


Autour du couple Holmes-Watson gravitent bon nombre de satellites, versions contemporaines des irréguliers de Baker Street (dont émerge le bibliothécaire se rêvant redresseur de tort chevaleresque incarné par Jack Gilford) galvanisés par le discours de Justin apporteront leur concours à son enquête farfelue, affichant leur refus d’un système qui les broie. Ils sont la véritable victoire de de Justin : leur retour à la réalité n’annule pas leur prise de conscience, ils incarnent le germe de la remise en question de l’état du monde sans pour autant s’en dissocier. Le cortège qu’ils forment à la suite des héros dans le dernier acte, rythmé par la marche victorieuse de John Barry, véritable triomphe des inadaptés est à ce titre aussi réjouissant qu’émouvant.

Vendu à tort comme une comédie et mal reçu pour le drame qu’il est en réalité, They Might be Giants n’est qu’occasionnellement drôle pour surmonter l’infinie mélancolie qu’il déploie et ses saillies humoristiques sont plutôt autant de raisons de s’attendrir que de se gondoler. De la pièce de James Goldman (également auteur du Lion en Hiver), Anthony Harvey a tiré une petite perle douce-amère, une réflexion empathique sur la découverte de soi et le rôle de la fiction non comme refuge face au réel mais comme instrument essentiel pour y survivre.

Suppléments

Le film est présenté dans ses deux versions cinéma, l’américaine de 92 minutes et l’anglaise, de 87 minutes. Deux commentaires audio sont disponibles, celui d’Anthony Harvey et du conservateur de films Robert A Harris (2000), ainsi que celui des critiques Barry Forshaw and Kim Newman (2023). Deux suppléments sont proposés : Madness… It’s Beautiful (1971, 8 mins), document d’archives promotionnelles, ainsi que A Study in Sherlock (2023, 27 mins) dans lequel Kim Newman, critique et notamment auteur de Moriarty: The Hound of the D’Urbervilles, s’attarde sur toutes les adaptations, variations et interprétations autour de Sherlock Holmes. La bande annonce originale, une galerie promotionnelle ainsi qu’un livret de 26 pages viennent compléter l’édition de cette superbe virée douce amère dont la remasterisation 2K/ restauration est par ailleurs très belle.


[Images: captures d’écran Blu-Ray – Powerhouse - source : www.culturopoing.com]

Adolfo Pérez Esquivel: «Europa ha perdido la voz»

A sus 94 años, el premio nobel de la paz Adolfo Pérez Esquivel analiza el papel de los derechos humanos y de las instituciones internacionales ante las puertas de una nueva etapa oscura.

Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel en 1980 y director del Servicio Paz y Justicia de Argentina (Serpaj)

Escrito por Ana Delicado Palacios

Premio Nobel de la Paz en 1980, el activista argentino Adolfo Pérez Esquivel, defensor de los derechos humanos, sigue dirigiendo a sus 94 años el Servicio Paz y Justicia de Argentina (Serpaj), un movimiento ecuménico con 15 sedes en América Latina, y también brinda clases en la Universidad de Buenos Aires (UBA), además de ser escultor y pintor.

A 45 años del galardón que lo volvió conocido en todo el mundo, Pérez Esquivel deja la vanidad a un lado cuando pasa de puntillas sobre las experiencias más trágicas de su vida, como la que tuvo en uno de los llamados vuelos de la muerte durante la última dictadura cívico-militar argentina (1976-1983), o como la que lo llevó a ser casi asesinado junto a su hijo a poco de anunciarse su distinción.

Casi siete veces [he logrado esquivar a la muerte], como los gatos: intentos de asesinato, vuelos de la muerte, distintos atentados que sufrí, y amenazas de muerte, pero aquí estamos. No lo tomo como un drama

Comprometido con la denuncia de abusos y de vulneración de derechos que tienen lugar en Argentina, en América Latina y en el resto del mundo, Pérez Esquivel abrió a El Salto las puertas de su casa, en el partido de San Isidro de la provincia de Buenos Aires (este), para reflexionar sobre el devenir de una realidad que hace unos años habría parecido distópica.

Usted es un sobreviviente.
Soy un sobreviviente, sí.

¿Cuántas veces ha logrado esquivar a la muerte?
Casi siete veces, como los gatos: intentos de asesinato, vuelos de la muerte, distintos atentados que sufrí, y amenazas de muerte, pero aquí estamos. No lo tomo como un drama, porque es parte de todo un caminar de compromiso en el que sabemos que ponemos en riesgo la vida. La militancia y el trabajar con los pueblos tiene siempre sus riesgos, no es que no nos va a pasar nada y somos inmunes a la situación. Dos días después de que me anunciaran el Premio Nobel, tuve un atentado al que sobreviví.

Estaba con su hijo, en su coche, cuando los asaltaron dos hombres armados.
Sí. Uno tiene que asumir las consecuencias de sus actos. Si no hacemos nada, no pasa nada.

Yo aprendí del miedo. El miedo paraliza, y del miedo a la cobardía hay un solo paso. Con el miedo, al paralizarte, logran lo que querían: inmovilizarte, no actuar. Eso es lo peor. Dejas de ser persona

¿Ha vivido con miedo esos episodios traumáticos?
Yo aprendí del miedo. El miedo paraliza, y del miedo a la cobardía hay un solo paso. Con el miedo, al paralizarte, logran lo que querían: inmovilizarte, no actuar. Eso es lo peor. Dejas de ser persona, de tener conciencia de uno mismo, y entonces perdés identidad: quién soy, qué hago, hacia dónde voy.

Yo tuve miedo de la prisión, del vuelo de la muerte, de los distintos atentados. No somos inmunes al miedo, pero hay que sobreponerse a él. Siempre digo a mis alumnos: “Por favor, no dejen de sonreírle a la vida. El día que dejen de sonreírle a la vida es porque los vencieron. Y eso nunca”. La forma de enfrentar al miedo es con la resistencia y la esperanza, porque siempre hay un nuevo amanecer.

El miedo es mucho más difícil de dominarlo cuando hay una familia que lo acompaña.
Con el miedo uno siempre está solo, por más que tenga gente que te acompañe, porque es algo que tiene que ver con la personalidad de uno, de cómo afrontar la situación. Como sucede en muchos casos, podría haber recibido el Premio Nobel y quedarme hecho, pero para mí el Premio Nobel es un instrumento al servicio de los pueblos. Tanto que cuando me lo dieron, dije que el trabajo no había sido de una persona. Sería delirante pensar que uno pudo hacer solo lo que hizo: es un trabajo compartido por miles de personas en todo el continente.

En medio de este nuevo orden mundial que irrumpe ante nuestros ojos, ¿hacia dónde cree que está yendo el mundo?
Todos los ríos tienen su historia y sus elementos. Tienen también su energía. Hay ríos impetuosos, hay ríos calmos, hay ríos impetuosos y calmos, pero todos los ríos conducen al mar. Y esto tiene que ver mucho con el ser humano, con su espiritualidad. Mi último libro, Espiritualidad en tiempo de incertidumbre, habla de eso.

Todos los ríos tienen además memoria, como cada ser humano, que tiene una memoria personal y una memoria colectiva.

Son tiempos líquidos, decía el filósofo Zygmunt Bauman, pero hay cuestiones que parecen no modificarse.
Nada es estático en este mundo, que sufre una dinámica muy fuerte de cambios. En los últimos tiempos estuve trabajando en la relación entre las técnicas y el tiempo. El tiempo se aceleró a través de las técnicas. No es lo mismo que vivieras un ritmo hace 15 años que lo de ahora. Los medios de comunicación también cambiaron, al igual que la forma del pensamiento y las nuevas generaciones, que también modificaron su forma de pensamiento.

El Serpaj ha cumplido más de 50 años. ¿Cómo observa el devenir de la región desde esta institución?
Con bastante incertidumbre y preocupación. Ayer me puse en contacto con Roma para ver si me puedo comunicar con el papa León XIV. Yo era amigo de Francisco y podíamos comunicarnos regularmente. Con el actual papa no tengo ninguna comunicación, pero escribí a una persona en Roma por las declaraciones que realizó en favor de la paz. Es muy importante sumar voluntades para ver si le podemos poner freno a la locura del poder y a la falta de memoria de los gobernantes. 

No es esa Europa que tenía conciencia de su civilizaciones. Porque Europa no es una civilización: es una suma de ellas, con sus luces y sombras. Pero antes tenía voz propia, y hoy no la tiene

¿Y cómo ve a Europa?
Europa perdió la voz. No es esa Europa que tenía conciencia de su civilizaciones. Porque Europa no es una civilización: es una suma de ellas, con sus luces y sombras. Pero antes tenía voz propia, y hoy no la tiene. Es un continente sometido a EEUU, que ha colonizado Europa.

¿A qué lo atribuye?
A la dependencia, a la falta de ideas. Antes había grandes pensadores europeos, hoy casi no aparecen. 

¿Cómo lee, en este contexto, la actitud imperialista que lleva adelante EEUU?
EEUU está en una crisis interna que está buscando los conflictos afuera para justificar los problemas internos. Desde que comenzó su presidencia, Donald Trump desconoce el derecho internacional, los pactos y los protocolos internacionales. Desconoce la misma Naciones Unidas, por más que en el Consejo de Seguridad, desde 1945 y hasta la actualidad, impone las políticas a través del veto.

EEUU se apropió del eje unipolar después de la caída del muro de 1989, y se consideró el centro y el director del mundo. Un imperio. Los tiempos pasaron y el mundo cambió: la ciencia y la tecnología alteraron todo, surgieron otras fuerzas que hoy están en disputa, no solo en el terreno militar, sino en lo económico, político, y cultural, con China y Rusia. Y ahora está en una disputa de poder. 

Al ver esto, y sabiendo que no lo puede frenar, Washington pretende consolidar un frente interno en las regiones en las que se considera fuerte, por ejemplo, en América Latina, y de ahí la agresión tremenda contra Venezuela, tirando por tierra todo el derecho internacional.

EEUU quiso asumir un liderazgo que no pudo en la guerra de Ucrania y Rusia; en Medio Oriente, apoyando el genocidio de Israel contra el pueblo palestino, ante una Europa paralizada. Ese es el panorama que tenemos. 

Con el ataque directo a Venezuela y el secuestro de su presidente, Nicolás Maduro, EEUU ha dado un paso inédito que no se había dado antes en América del Sur, aunque sí en Centroamérica y el Caribe. ¿A qué lo adjudica?
La embestida que EEUU tiene contra Venezuela, ¿en qué se basa? 

Estoy escribiendo sobre la palabra. La palabra no es porque sí. La palabra tiene fuerza, energía. Con una palabra podés amar, no solo a los que se aman, sino al pueblo, a la vida, a la madre tierra, para sentirte parte de todo eso. Al mismo tiempo, una palabra puede ser tan destructora como un arma.

La mentira es la madre de todas las violencias, y esto es lo que está utilizando esta gente, no solo allá, sino también en Argentina y en muchos países de América Latina.

Pero la mayor de las violencias es la mentira. Toda la política de EEUU se basa en la mentira, como cuando George W. Bush acusó a Iraq de tener armas de destrucción masiva. Yo estuve en Iraq, fui de Amman (Jordania) a Bagdad y recorrí 2.000 kilómetros de desierto. Llevábamos un pequeño cargamento de agua simbólica al hospital pediátrico de Bagdad. Pude ver los horrores de la guerra, basada en la mentira, como la matanza de 600 niños con sus madres. Me encontré con una mujer musulmana, Yamira, que salió a lavar la ropa de sus hijos, y cuando volvió, sus hijos ya no estaban. ¿Qué lectura hacemos de esta maldad humana, de esos 600 niños asesinados impunemente por los que dicen que están defendiendo la libertad, la democracia, el derecho?

EEUU se presentó ante la ONU y ante los medios de comunicación pregonó la mentira de Bush como si fuera verdad, cuando después se comprobó que todo fue mentira. Hizo además un saqueo terrible de los museos. 

Otra guerra fue la que sacó al [dictador] Manuel Noriega (1983-1989) de Panamá, cuando era aliado de EEUU, y la masacre de 1.200 personas en barrios en el que nosotros trabajábamos con la gente, como Chorrillos. Y ahora siguen las mentiras con el ataque a Venezuela y el hundimiento de lanchas de pesca que han causado más de 120 muertos, con total y absoluta impunidad jurídica internacional.

La mentira es la madre de todas las violencias, y esto es lo que está utilizando esta gente, no solo allá, sino también en Argentina y en muchos países de América Latina.

La palabra, a la que hacía mención antes, parece cada vez más deslegitimada, sin anclaje. La retórica predomina ante hechos incontestables como el genocidio en Gaza, pero no hay prácticamente un estado permanente de indignación social que modifique el statu quo. Prevalece el individualismo. ¿Qué nebulosa está atravesando la humanidad para no conmoverse con tanta salvajada alrededor?
Lo dijiste al pasar: el individualismo, la falta de valores, la falta de espiritualidad. No hay una espiritualidad, hay religiones. Pero la espiritualidad se manifiesta de muchas formas: en los pueblos, en los pueblos indígenas. Asia y África tienen su espiritualidad. Muchas religiones llegan a los sectarismos, por eso te hablé de los ríos. Tenemos que tener otra mirada más holística. Se perdió la comunidad y el sentido profundo de la vida: el compartir. 

Dos cosas tenemos que compartir: el pan que alimenta el cuerpo y es necesario, y el pan que alimenta el espíritu.

¿Qué relevancia adopta en estos tiempos la religión y cómo entender la extensión de los movimientos evangélicos y su rejunte con la extrema derecha?
Nadie recuerda que [el expresidente Ronald] Reagan [1981-1989] creó el Instituto de Religión y Democracia, en el que metió una serie de iglesias evangélicas que avanzaron en llevar una religión alienante: Dios y yo; yo y Dios. Una religión individualista, castradora, no fecunda para la vida, y dominada por mucho dinero, como lo son las iglesias evangélicas que apoyaron a [el expresidente peruano Alberto] Fujimori [1990-2000], y a [el exmandatario brasileño] Jair Bolsonaro [2019-2023], y que están haciendo estragos con el individualismo. 

Nosotros estamos trabajando de forma ecuménica con iglesias cristianas, evangélicas, judías y musulmanas.

¿Cómo entiende la relación con Dios?
Cuando llegué a Bagdad, Yamira nos invitó a este lugar donde fueron masacrado tantos niños, donde habían formado un santuario con dibujos, escarpines, juguetes. En ese lugar hicieron un oratorio, y allí nos reunimos mucha gente que no conocíamos el idioma. Con tantas lenguas distintas, aquello parecía una Babel, pero todos en un momento nos tomamos la mano y oramos. No sabía lo que decíamos. Uno que tenía al lado me dijo: “Mira, no soy religioso, no creo en Dios”. “No te preocupes si no crees en Dios, pero ¿crees en el ser humano?”, le pregunté. “Sí”, me contestó. “Entonces Dios cree en ti”, respondí.

¿Perdió alguna vez la fe?
La fe no, pero sí tuve dudas, de si Dios escucha las oraciones que decís todos los días, y por qué hay tanta miseria, hambre, y desgracias. Después comprendí que Dios nos dio la libertad, y que no es un problema de Dios: es que el ser humano no sabe utilizar la libertad, porque si no, seríamos esclavos de la voluntad de Dios, y haríamos lo que Dios quiere. Pero no somos lo que Dios quiere, porque nos dio el libre albedrío, nos dio la libertad de ser hombres y mujeres libres, y la libertad de elección.

Pienso en quienes no tienen libertad de nacer donde nacieron.
Puedo creer o no, tener dudas existenciales, podemos pensar en muchas cosas. Estoy trabajando mucho últimamente sobre la muerte, pero no como una tragedia, sino en el subud, que dice lo siguiente: cuando uno muere, y todos vamos a hacerlo en algún momento, se cierran las puertas de la sensaciones y las emociones y se abre la puerta del alma. Y ahí comenzás otro safari, comienza otro camino. 

Hace más de un año murió uno de mi hijos de cáncer. No hubo forma de salvarlo. Pero él en su último momento me dijo: “Abrazame, pa”. Ese contacto fue lo último que tuve con mi hijo. Y se fue, pero yo sé que siempre está. 

La muerte no es definitiva. No dejamos de ser, sino que entramos en otra etapa que es la parte espiritual. Somos seres espirituales. Es ahí donde tenemos que reencontrarnos. No es que eliminamos todas las cosas. No hay que desesperar. Si no, nosotros no podríamos seguir esta lucha. La muerte está enamorada de la vida. No hay muerte sin vida, son hermanas. No es que todo se terminó. No sabemos cómo es. Los egipcios y los más antiguos siempre encontraron ese sentido profundo del ser. Creo que es ahí donde tenemos que encontrar el camino.

Hablaba de las palabras y de cómo pierden su significado. Cuando recibió el Premio Nobel, le dijo al embajador noruego que estaba destinado a quienes luchaban por la libertad y por construir una democracia real. Hoy el presidente argentino, Javier Milei, enarbola también la palabra libertad, pero los conceptos que usted interpreta y los que él defiende son completamente disímiles.
Cuando se tergiversa la mentira tiene patas cortas, y la situación que estamos viviendo es sumamente difícil, viendo los hospitales, o la gente con hambre. Con mi hijo lanzamos una campaña contra el hambre. Es un momento complicado, como en la época de la dictadura, cuando estábamos a merced entre la vida y la muerte. Pero no hay que desesperar.

¿Qué valor tiene el Premio Nobel cuando es la misma distinción que en 2025 recibió la dirigente opositora venezolana Corina Machado, y que en 1973 también fue otorgado al entonces secretario de Estado de EEUU Henry Kissinger?
El Premio Nobel es un instrumento al servicio de los pueblos. Muchas veces está dañado por el Comité Nobel, que no es siempre el mismo, se renueva, y está cargado de ideología e intereses. El premio se lo dieron a [el expresidente estadounidense Barack] Obama [2009-2017], y yo le escribí una carta que me contestó.

Le dije: “Mirá, me extrañó mucho que te hayan dado el Premio Nobel, la verdad que no sé por qué te lo otorgaron, pero ahora que lo tienes, trabaja por la paz. Cerrá la cárcel de Abu Ghraib en Iraq, cerrá la cárcel de Guantánamo, levantá el bloqueo a Cuba, porque es inmoral e injusto, y cambiá las relaciones internacionales”. 

La democracia que vivimos es una democracia delegativa, vos delegás el poder en todos los que mandan. Al día siguiente de votar perdiste todo, porque delegaste el poder. La única democracia que yo veo es la participativa

Me contestó: “Estoy de acuerdo contigo, pero no puedo, porque las decisiones están en el Congreso, son decisiones del Parlamento y yo como presidente no puedo”. Sin embargo, al final de su mandato viajó a Cuba, tuvo un gesto que no tuvieron otros presidentes. Trump cerró la posibilidad y redobló el bloqueo a Cuba, atacó Venezuela, está contra Colombia, contra Brasil, contra Nicaragua. Es la mentalidad enferma de estos gobernantes.

¿Por qué la democracia es un concepto cada vez más deslegitimado? Perdió vigencia la frase que decía el expresidente argentino Raúl Alfonsín (1983-1989) de que “con la democracia no solo se vota, sino también se come, se cura y se educa”.
La democracia que vivimos es una democracia delegativa, vos delegás el poder en todos los que mandan. Al día siguiente de votar perdiste todo, porque delegaste el poder. La única democracia que yo veo es la participativa, en la que el pueblo tiene herramientas constitucionales y jurídicas para poner límites al poder. Todo gobernante debe ser servidor de su pueblo, y no utilizar al pueblo para hacer lo que quiere y no lo que debe.

Eso es lo que no se está dando, y por eso los representantes del pueblo soberano son cada vez más individualistas.
No solo individualistas, sino que no estudian. Milei es una persona enferma. Yo digo que hay que ayudar a Milei y conseguirle un buen psiquiatra.

¿Qué valor le da a la ONU de hoy?
Ninguno. La ONU no existe. Tiene cosas muy buenas e interesantes pero políticamente, para lograr la paz, no sirve, porque la desconoce totalmente. Tenemos que generar un nuevo contrato social y unir pensadores. Yo escribí hace poco a (el lingüista y filósofo Noam) Chomsky, pero tiene 97 años, es un poquito mayor que yo. En cualquier caso, tenemos que unir a muchos pensadores en el mundo para ver si por lo menos podemos dejar un camino mejor para la humanidad.


[Foto de la autora - fuente: www.elsaltodiario.com]