domingo, 1 de novembro de 2026

IAN LUSTICK, politólogo: «El truco desesperado del ‘lobby’ israelí en EEUU es afirmar que lucha por la civilización judeocristiana»

 

El politólogo Ian Lustick

Escrito por Sebastiaan Faber  

El poderoso lobby israelí en Estados Unidos –financiado por un puñado de multimillonarios reaccionarios, prepotentes y aficionados al chantaje– ha tenido una influencia sumamente tóxica no solo en la política y vida civil norteamericanas, sino también en el ecosistema político de Israel y en el mismo orden mundial. En las últimas décadas, son tres los factores que han intensificado esta toxicidad: el final de la Guerra Fría; la radicalización de la vida política israelí; y la decisión de la Corte Suprema en el caso Citizens United de abrir la vida política estadounidense a cantidades ilimitadas de dinero, justo cuando una porción cada vez mayor del poder económico nacional quedaba concentrada en manos de una nueva clase de hiperricos. Desde 2010, Citizens United ha multiplicado la influencia política de donantes multimillonarios (e hiperconservadores) como los hermanos Koch y el matrimonio Adelson. Dado, además, que las políticas y actuaciones del país liderado por Benjamin Netanyahu –el genocidio perpetrado en Gaza; el muro de Cisjordania; las violaciones constantes de derechos humanos en los territorios ocupados y otras políticas inspiradas por la idea ultraderechista del Gran Israel– son cada vez más difíciles de justificar, el lobby ha renunciado a su afán inicial de convencer a la opinión pública. En su lugar, recurre directamente –con la connivencia de republicanos tanto como demócratas– a formas de coacción y de censura que socavan las libertades civiles de las y los norteamericanos.  

Pero, aunque el daño que inflige afecta al mundo entero, en última instancia el lobby es su peor enemigo. Por más que se presente como defensor de Israel y protector de los judíos en Estados Unidos, la irónica verdad es que su labor, a lo largo de los años, ha terminado por debilitar la posición de Israel, por fracturar a la comunidad judía norteamericana y por crear las condiciones para que florezca el antisemitismo –el de verdad, no el creado por definiciones oportunistas que pretenden incluir en la categoría a toda expresión crítica del gobierno israelí o del sionismo–.   

Estas son algunas de las principales conclusiones de Israel’s Lobby: America in the Grip of a Foreign Power (El lobby de Israel: Estados Unidos en las garras de un poder extranjero), el nuevo libro coescrito por Ian Lustick, un veterano politólogo, y Eli Clifton, periodista de investigación. Rigurosamente documentado, el análisis de Lustick y Clifton continúa la línea marcada hace dos décadas por John Mearsheimer y Stephen Walt en The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy (El lobby israelí y la política exterior de EE.UU.) al hacer sonar la alarma sobre la amenaza que representan organizaciones como el Comité Estadounidense–Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC) y la Liga Antidifamación (ADL) para la salud de la democracia estadounidense.   

Es un peligro, apuntan, contra el cual ya advertía el mismo George Washington cuando, al despedirse de la presidencia en 1796, avisaba a sus compatriotas del riesgo que suponían para los intereses de Estados Unidos las “adhesiones apasionadas” y las “antipatías inveteradas” de ciudadanos norteamericanos para con otros países. El éxito del lobby a la hora de afianzar la relación especial entre Israel y Estados Unidos, escriben Clifton y Lustick, le ha permitido a Israel “extraer, de forma incondicional, ayudas, coordinación y apoyo en una escala y por una duración que exceden lo que ninguno de los grandes poderes ha hecho para ningún país extranjero”.   

Ian Lustick (Syracuse, Nueva York, 1949) es catedrático emérito de la Universidad de Pensilvania. Autor de numerosos libros, entre ellos Trapped in the War on Terror (Atrapados en la guerra contra el terrorismo, 2006) y Paradigm Lost: From Two-State Solution to One-State Reality (Paradigma perdido. De la solución de dos Estados a la realidad uniestatal, 2019), trabajó como analista en el Departamento de Estado durante la administración de Jimmy Carter a finales de los años 70 y, en los 80, fundó y presidió la Asociación para el Estudio de Israel. Hablamos a finales de agosto.   

Cuando entrevisté a Stephen Walt, me contó que él y John Mearsheimer pagaron un precio muy alto por haberse atrevido a romper el tabú de describir y denunciar los daños hechos por el lobby israelí.     

Sí que pagaron un precio. Su libro no fue el primero en demostrar de forma documentada que los intereses de Estados Unidos en política internacional quedaron gravemente comprometidos por el lobby israelí. Pero sí fue el más importante. Aunque ellos no eran expertos en el tema –y yo, ciertamente, no estuve de acuerdo con todo lo que decían–, me sigue pareciendo un libro fantástico.   

A estas alturas, supongo que usted y su coautor son conscientes de lo que arriesgan.  

Eli y yo estamos dispuestos a pasar por lo que pasaron John y Steve, sí. Bueno, a mí me tildan de nazi desde hace medio siglo –concretamente desde que, en los años 70, organicé una campaña de protesta contra los asentamientos judíos en los territorios ocupados–. Y, sin embargo, nuestra situación es diferente. Y no solo porque tanto Eli como yo somos judíos. También es verdad que las cosas han cambiado. Cuando salió el libro de Walt y Mearsheimer, los críticos los podían denunciar como antisemitas sin más e ignorar las pruebas que presentaban. Hoy, eso ya no es posible. El lobby ya no puede contar con ello. ¿Cómo responderá entonces? Hasta ahora, solo ha habido silencio. Nos han ninguneado. Pero si al final deciden atacarnos, no pasa nada. Llevo muchos años en este combate y estoy muy preparado para continuarlo. Tuvimos a dos fact checkers revisando el manuscrito y tengo un buen seguro contra los juicios por difamación. Y, como digo, llevo 55 años en esto. De mis cien artículos y veinte libros publicados, nadie nunca me ha disputado una afirmación factual.  

Ustedes explican en detalle cómo el lobby se ha radicalizado en los últimos años. A la vista de que las políticas de Israel ya son indefendibles, ha pasado a tácticas de silenciamiento, censura e intimidación. Al mismo tiempo, también parece haber crecido el cinismo. Quiero decir que los financiadores y administradores del lobby ya no parecen esforzarse en ocultar sus motivos. Así como Trump, dicen en voz alta lo que deberían callar.  

Es que han renunciado a la idea de convencer a nadie. En su lugar, se deleitan en confirmar sus propias ideas para sí y sus allegados. Todas las personas que se refugian en su propia burbuja acaban por comunicar en voz alta lo que piensan, aunque después acabe haciéndose público. Por otra parte, sabemos que estas cosas se llevan diciendo de forma privada desde hace muchos años.   

Han renunciado a la idea de convencer a nadie. Se deleitan en confirmar sus propias ideas   

Tal y como lo describen ustedes, el discurso del lobby israelí se ha hecho prácticamente indistinguible del de la ultraderecha global. La lucha, se supone, ya no es solo por Israel o los judíos, sino por la civilización occidental. Y ya no es solo contra los antisemitas y palestinos, sino contra los marxistas culturales y otros comunistas, la izquierda woke y la ideología de género.   

Exacto: se trata de salvar la civilización judeocristiana contra la alianza verdirroja que pretende destruirla. Esta es una idea que domina en el ala derecha del lobby, que incluye a su cúpula. Como decía antes, reconocen que no hay forma de ganar el debate en la opinión pública. Pero también saben que, a la larga, tampoco serán capaces de suprimir todo debate sobre Israel. Por tanto, inflan el problema hasta dimensiones epocales, convirtiéndolo en una lucha por la misma civilización humana. No deja de ser un truco desesperado.   

En ese relato, Israel se convierte para Estados Unidos en un ejemplo a seguir.   

En efecto. Israel no solo se presenta como el único aliado fiable de Estados Unidos en esta lucha civilizacional, sino que, como un robusto Estado etnonacionalista, se erige como modelo para lo que Estados Unidos debería ser si quiere seguir fiel a su esencia. Al mismo tiempo, argumentan que los judíos norteamericanos deberían construir para sí una especie de gueto.   

¿En qué sentido?     

Afirman, por ejemplo, que deberían invertir mucho más dinero en instituciones judías, sacar a sus hijos de las escuelas públicas y enviarlos a escuelas de orientación parroquial que les adoctrinen con ideas sionistas. Y después no enviarles a que estudien en Harvard o Penn, sino a universidades judías, o directamente a Israel.    

Lo curioso es que el lobby, al enrocarse y derechizarse de esta manera, excluye a la mayoría de la población judía del país. Como ustedes explican en el libro, más de un 60 por ciento de los votantes judíos se identifica con el Partido Demócrata, una cifra muy estable a lo largo de los años.    

Es más: muchos judíos estadounidenses se sienten muy distantes de Israel o se oponen directamente a sus políticas. ¿Recuerdas cómo el entonces primer ministro del país, Ehud Barak, describió a Israel como una villa en la jungla? Pues de la misma manera, el lobby anima a que los judíos que se identifican con Israel se sientan como en una jungla, rodeados de antisemitas. Por tanto, necesitan construir fortificaciones, levantar un muro alrededor de ellos mismos. Vamos, como el muro del apartheid israelí, la barrera de Cisjordania.    

Cuando entrevisté a Arielle Angel, la entonces directora de la revista progresista Jewish Currents (Corrientes Judías), me explicó que muchos judíos norteamericanos dejaron de sentirse bienvenidos en sus sinagogas y centros sociales después del 7 de octubre, y que la revista acabó funcionando como una especie de hogar alternativo.    

Sí, en efecto. Otro buen ejemplo de esta sed de relatos alternativos es la popularidad del libro de Molly Crabapple sobre el Jewish Bund [un partido político socialista, secular para obreros judíos, fundado a finales del siglo XIX]. Pero si me permites un matiz importante, el cambio a que te refieres no se produjo a raíz del 7 de octubre. Fue a raíz del 8 de octubre: la reacción de Israel a la masacre del día anterior. El lobby, sin embargo, nos quiere hacer creer que hubo un auge de antisemitismo como resultado del día 7. Al fundir un evento con otro, están manipulando la memoria histórica del 7 para distraer de lo que ocurrió el día después. Sin contar que, como explicamos en el libro, la Liga Antidifamación (ADL) manipuló las estadísticas de forma realmente escandalosa, al ampliar de un día para otro la definición de lo que contaba como incidente de antisemitismo.   

La radicalización del lobby, así como su atrincheramiento y su cinismo, han debilitado su poder, que durante muchos años consistió en limitar lo que se podía decir en público sobre Israel. Hoy hay más espacio que nunca para discursos más críticos. Y, sin embargo, hay medios mainstream, como el New York Times, el New Yorker  y el Atlantic, que siguen respetando en gran medida los antiguos tabúes.    

Exacto. Esto lo detalla muy bien Adam Johnson en su maravilloso libro How to Sell a Genocide: The Media's Complicity in the Destruction of Gaza (Cómo vender un genocidio. La complicidad de los medios en la destrucción de Gaza). También lo hemos notado nosotros. Desde que salió nuestro libro, el 11 de agosto, nos han inundado con peticiones de entrevistas. Apenas damos abasto. Pero fíjate de dónde nos llegan. No desde los medios mainstream, establecidos, sino desde otros canales más autónomos, sea de la derecha libertaria o la izquierda progresista.    

Al explicar la toxicidad del lobby, ustedes mencionan los efectos nefastos que ha tenido su actuación sobre la política nacional estadounidense –incluida, hace poco, la derrota de Kamala Harris– y su política internacional. Pero también señalan el daño incalculable que ha hecho el apoyo incondicional de Estados Unidos al país en la política nacional israelí.    

Este es un argumento que desarrollo con más detalle en mi libro Paradigm Lost. La crisálida con la que Estados Unidos envolvió a Israel acabó por distorsionar de forma terrible el campo político del país, destruyendo las carreras de los políticos que habrían hecho la paz con los palestinos. En este sentido, el propio Israel es la mayor víctima del aplastante éxito de su lobby.    

Explican también que ese apoyo incondicional ha limitado la capacidad de la comunidad internacional de presionar a Israel en cuestiones de derechos humanos y el derecho internacional. En este sentido, ¿cabe decir que el lobby israelí en Estados Unidos contribuyó a debilitar de forma fatal el orden internacional de la posguerra?    

Es un planteamiento interesante: ¿hasta qué punto el orden mundial fue socavado por el tratamiento especial, hipócrita, que Estados Unidos dio a Israel a pesar de sus constantes violaciones de derechos humanos y del derecho y la cortesía internacionales? No cabe duda de que fue una debilidad en la agenda de derechos humanos de un presidente como Jimmy Carter, en cuya administración trabajé. Por otra parte, Israel no es el único caso. Hay otro parecido.    

¿Supongo que se refiere a Cuba? En el libro, escriben que, aunque los casos de Cuba e Israel “no tienen virtualmente nada en común”, comparten algo crucial: para cada uno, existe en Washington “un lobby monotemático, estratégicamente posicionado y extremadamente influyente”, que ha forzado a presidentes demócratas y republicanos a adoptar políticas hacia ambos países que se desmarcan de forma significativa de la norma internacional.    

Exacto. Lo que quisimos subrayar es que el problema real reside en la estructura de la política norteamericana. Es el peligro contra el cual ya advirtió George Washington: que un apasionado lobby extranjero distorsione el enorme poder que tiene este país en el mundo.    

Otro punto que subrayó Arielle Angel fue que la supuesta lucha contra el antisemitismo de la ultraderecha norteamericana –por no hablar de lo que ocurre en Alemania o Reino Unido– acabará con los judíos en la diana, como siempre. Ustedes, en su libro, llaman la atención sobre el hecho de que tanto el lobby israelí como el gobierno de Trump se obsesionan con el supuesto antisemitismo de la izquierda, pero ignoran el de la derecha, que, lejos de amainar, está en auge.    

Así es. Hablamos de una caza de brujas. Pero ocurre que, a diferencia de las cazas de brujas históricas del siglo XVII, en este caso realmente hay brujas. Quiero decir que los antisemitas existen. Y el lobby israelí les está dando material. No solo por la imagen de nueve milmillonarios judíos que contribuyen con 1.700 millones de dólares a defender las políticas de Israel, sino porque el lobby insiste en identificar el Estado de Israel con toda la colectividad judía. Pero si te empeñas en la idea de que Israel actúa en nombre de todo el pueblo judío –y que toda crítica a Israel es un ataque a todos los judíos–, entonces expones a todos los judíos a acusaciones injustas. Es una táctica autodestructiva. 

 

[Imagen: Instagram - fuente: www.ctxt.es]

¿Es legítima la literatura hecha con inteligencia artificial?

No hay una unanimidad en un sector creativo en el que algunos autores han abrazado públicamente la IA y otros la utilizan clandestinamente 

Un brazo robótico escribe con un bolígrafo.

Javier Sampedro| y Javier Rodríguez Marcos 

Como en todos los sectores creativos, la disponibilidad de herramientas de inteligencia artificial generativa ha puesto a la literatura en polvorosa. Muchos autores reniegan del invento y consideran su uso como una traición a la creatividad humana. Otros, como la premio Nobel Olga Tokarczuk, han reconocido que la utilizan para su trabajo. La aparición de denuncias —la última de ellas, en Francia— de que se han utilizado herramientas de IA para escribir literatura abre un debate sobre si un libro creado con (o incluso por) IA generativa es literatura. Los periodistas de EL PAÍS Javier Sampedro y Javier Rodríguez Marcos discuten sobre ello.


Cuando el robot escriba su novela

Javier Sampedro

Una buena forma de iniciar un debate es dar la razón al adversario, así que vamos a ello. La inteligencia artificial (IA) actual no sabe hacer buena literatura. Puede prepararte un informe sobre el bienestar de las familias, pero no sabe decir “todas las familias felices se parecen unas a otras, pero cada familia infeliz lo es a su manera”, como hizo Tólstoi en el arranque de Anna Karenina. ChatGPT y el resto de sistemas basados en modelos grandes de lenguaje (LLM, en sus siglas en inglés) redactan con corrección, pero hacer literatura es una cuestión enteramente distinta. Delegar en el robot esa alta tarea artística es la receta para el fracaso, y si encima te lo callas y pretendes hacerlo colar por una obra personal estás estafando a tus editores y a tus lectores.

Pero el debate no es ese. El debate es si la literatura hecha con IA es legítima, y aquí tenemos que hacer un pequeño ejercicio de futurismo para abrirnos camino entre la jungla de nuestros propios prejuicios. Vale que la IA actual solo puede hacer mala literatura, pero ¿qué pasará si algún día la llega a hacer buena? Los escritores tienden a creer que eso no ocurrirá nunca, porque hay obvios problemas de principio que lo impedirán siempre. Yo, sinceramente, no veo esos problemas de principio por ningún lado, y creo que es perfectamente posible que una máquina llegue a escribir una buena novela. ¿Será una novela legítima? ¿Por qué no?

Quitémonos de encima la cuestión de la autoría, que es más bien simplona. A Mia Ballard la pillaron con una herramienta (llamada Pangram) diseñada para detectar los textos escritos por máquinas, pero su pecado no ha sido tanto usar la IA como ocultarlo y firmar la novela como si fuera suya al 100%, cuando solo lo era al 30%. Este problema se planteó en las ciencias antes que en las letras, porque la contribución de la IA a la investigación lleva años creciendo en importancia, y hay muchos científicos que consideran que deberían compartir la autoría con el robot que han usado en el trabajo. El sistema AlphaFold para predecir la forma de las proteínas debería firmar como coautor de la mitad de los papers de biología molecular que se publican actualmente. Los editores de las principales revistas científicas no admiten esa posibilidad de momento. La Academia sueca, sin embargo, no dudó en otorgar el premio Nobel a los creadores de AlphaFold. Si Ballard hubiera firmado la novela junto a ChatGPT, seguramente no habría arruinado por completo su carrera literaria. Solo la habría arruinado al 70%.

Tras unos años de desconcierto en que utilizar la IA se consideraba poco menos que un crimen de lesa humanidad, a estas alturas nadie pone objeciones a su uso para documentarse, y la frontera de lo aceptable se ha desplazado hacia la zona creativa de la escritura, que se sigue viendo como una actividad exclusivamente humana. Este es otro error, y también tiene precedentes científicos. Ni siquiera hubo que esperar a ChatGPT para que una máquina de jugar al go (AlphaGo) derrotara a los grandes maestros con estrategias abstractas de alto nivel que no podía haber aprendido en ningún lado, porque jamás se le habían ocurrido a ningún humano. Pensar que la creatividad es exclusiva de la humanidad no es más que otro prejuicio.

La creatividad humana no es magia, y si lo parece es solo porque no acabamos de entender sus fundamentos neurológicos. Se trata de descubrir metáforas, nexos profundos entre conceptos que previamente parecían dispares. Hay una pauta en las mentes creativas, y consiste en estudiar a fondo cada cuestión separada y luego dejar que el cerebro flote hasta que, de repente, encuentre un vínculo secreto entre lo que parecía inconexo e irreconciliable. Este último proceso es inconsciente, y por eso nos parece caído del cielo como una inspiración divina. Pero la creatividad no es un sustituto del conocimiento, sino su consecuencia. Nuevamente, no hay ningún problema de principio para que este proceso ocurra en una máquina. El cerebro es un objeto físico, y de hecho es un objeto físico distinto antes y después de aprender algo, y antes y después de descubrir una metáfora. La magia no existe.

Cuando un robot escriba una buena novela, será legítimo llamarla literatura. Siempre que la firme él, naturalmente.

Javier Sampedro es científico y periodista.


No necesitamos ni una novela más (y menos redactada por la Thermomix)

Javier Rodríguez Marcos

¿La inteligencia artificial va a quitarnos el trabajo o no es para tanto y solo va a matarnos a todos? Esa es la pregunta que sobrevuela hoy las conversaciones de quienes se dedican a oficios susceptibles de verse afectados por la penúltima revolución tecnológica. La versión prosaica de esa pregunta es: ¿nuestros clientes la van a preferir a ella? La respuesta también es prosaica: el cliente siempre tiene razón. El problema es que no siempre sabe reconocer (o no le importa tanto) eso que los humanos llaman, con perdón, calidad.

En Última escala (Libros del Asteroide), su estupenda novela sobre el compositor Enrique Granados, Marta San Miguel recuerda el día de 2007 en que un violinista vestido con vaqueros, camiseta y una gorra tocó durante 43 minutos en el metro de Washington. Pasaron por delante de él más de mil personas, se pararon siete, recaudó 52 dólares. El instrumento era un Stradivarius y el intérprete, Joshua Bell, que tres días antes había abarrotado el Boston Symphony Hall a 100 euros la butaca más barata. El concierto improvisado en el metro era un experimento del periódico The Washington Post para comprobar, dice la narradora, “hasta qué punto el entorno condiciona nuestra percepción del arte”.

El arte contemporáneo asumió hace tiempo y con la bendición de Marcel Duchamp que un plátano en Mercamadrid es un plátano, pero en Miami Art Basel es una escultura si lo firma Maurizio Cattelan. A veces el mundo de la literatura emplea la misma lógica. En 1992 Marguerite Duras envió un libro bajo pseudónimo (Guillaume P. Jacquet) a tres grandes sellos: POL, Minuit y Gallimard. Los tres lo rechazaron. Gallimard, en concreto, basándose en un informe negativo a pesar de que se trataba de una copia mecanoscrita de La tarde de Monsieur Andesmas, un libro que esa misma editorial reeditaba regularmente y al que su autora solo le había cambiado los nombres de los personajes.

Cuatro décadas después de que Duras ganara el premio Goncourt con El amante, el galardón ha excluido este año como candidato a Thélyson Orélien porque sospecha que ha utilizado la IA para redactar su novela, cuyo título, visto ahora, parece un aviso a cibernavegantes: C’était ça o mourir (Era eso o morir). Desde la máquina de pensar de Raimon Llull hasta la máquina de leer de Raymond Roussel pasando por la apología de la escritura no creativa de Kenneth Goldsmith, los literatos llevan siglos fantaseando con la idea de no tener que sentarse a escribir de cero. Sabemos que nadie lo hace —la tradición pesa— y que la imaginación no funciona en el vacío: tiene algo de memoria fermentada. La diferencia es que la IA utiliza una memoria que no es estrictamente suya. Como se pregunta la periodista Mariluz Peinado, “¿dará crédito y pagará derechos a todos los autores que utilice?”

Esa es, con todo, una cuestión ética. La incómoda de verdad es la cuestión estética: ¿y si un día escribe mejor que los humanos? Ese día llegará si es que no ha llegado ya. Durante siglos, la literatura fue anónima y sus destinatarios se emocionaron, enamoraron, rebelaron y hasta suicidaron sin necesidad de saber quién firmaba aquello que les aceleraba el pulso y cambiaba la vida. Hay una clásica definición según la cual poesía son las mejores palabras en el mejor orden; y ese es un terreno en el que, convengamos, la IA puede competir con cualquiera. Sin embargo, no necesitamos ni una novela más. Hay tal exceso de producción, que sería un desperdicio de energía dedicar la IA a redactarlas.

Los escritores del inmediato futuro tienen dos retos: escribir mejor que ChatGPT (no es siempre el caso) y hacerlo para generaciones a las que —como en una nueva Edad Media con autotune— tal vez solo importe qué y no quién. Esa es, de hecho, la base de la fan fiction: ya saben, si J. K. Rowling no quiere seguir escribiendo aventuras para Harry Potter, ya lo hacemos nosotros. Puede incluso que un día las librerías repartan sus estanterías entre autores Orgánicos y Mecánicos, como sucede con la sociedad en, precisamente, Inteligencia artificial, la versión futurista de Pinocho que Steven Spielberg estrenó en 2001. Entretanto, como los lectores de hoy queremos saber si estamos leyendo a un ser vivo o no, Jorge Volpi ha reducido la información de la solapa de su nueva novela —La república (Alfaguara)— a cuatro palabras: “Escribe ficciones. Es humano”.

Javier Rodríguez Marcos es periodista y escritor

 

[Ilustración: Getty Images - fuente: www.elpais.com]

Un 87 % dels nord-catalans són favorables al reconeixement del català a l'Estat francès

El 77 % dels enquestats defensa la possibilitat de seguir una escolarització bilingüe paritària o immersiva 

El castellet de Perpinyà 

Escrit per Jordi Riba 

La nova enquesta de l'Institut Francès d'Opinió Pública (Ifop) reforça la necessitat de reconeixement jurídic de la llengua catalana a l'Estat francès. Plataforma per la Llengua ha interpretat els resultats com un clar missatge als candidats a les eleccions presidencials i legislatives de l'any que ve perquè adoptin compromisos per a millorar l'estatus del català i els incorporin a llurs programes de campanya. 

Els resultats del nou estudi de l'Ifop complementen el sondatge del 2025, que ja havia mostrat que el 87 % dels nord-catalans enquestats era favorable al reconeixement de les llengües pròpies, i el 64 %, a l'ensenyament obligatori del català. Ara, el 77 % dels enquestats a Catalunya Nord defensa la possibilitat de seguir una escolarització bilingüe paritària o immersiva, el 83 % dona suport a la llibertat de les administracions per finançar les llengües pròpies. Aquestes aspiracions s'inscriuen en una demanda més àmplia de descentralització i reconeixement de la diversitat territorial. 

A escala estatal, el 54 % dels enquestats defensa la cooficialitat de les llengües pròpies als territoris respectius i el 65 % és favorable a la ratificació de la Carta Europea de les Llengües Regionals o Minoritàries (CELRoM), només signada de moment. 

Del reconeixement patrimonial a l'oficialitat 

Per a Plataforma per la Llengua, aquestes dades reforcen la necessitat de superar el model actual, que reconeix les llengües territorials com a patrimoni cultural, però no els garanteix un estatut jurídic equivalent al del francès. L'entitat de defensa dels drets lingüístics demana una modificació de l'article 2 de la Constitució francesa que permeti oficialitzar el català a Catalunya Nord, la reforma de les disposicions legals que n'impedeixen la normalització i l'aplicació de polítiques que garanteixin el seu ús generalitzat en l'administració, l'ensenyament i la vida pública. En aquest sentit, l'entitat advoca perquè tots els infants i joves de la Catalunya del Nord puguin accedir a un ensenyament en català de qualitat, bilingüe o immersiu, des de l'escola maternal fins al batxillerat i la universitat.  

El nou sondatge també revela que el 54 % dels electors francesos considera important o determinant la defensa de les llengües territorials i dels avenços de la descentralització a l'hora de decidir el vot. Plataforma per la Llengua considera que les aspiracions expressades en les enquestes han de trobar una resposta política. L'organització de promoció del català demana a totes les candidatures que es pronunciïn a les eleccions presidencials del 2027 sobre el tema, i expliquin quines mesures estan disposades a impulsar l'oficialitat, l'ensenyament per a tothom i presència plena del català en la vida pública. 

 

[Imatge: Viquipèdia - font: www.racocatala.cat]

 

sábado, 31 de outubro de 2026

La crisis francesa refleja una disputa por el futuro de Europa

Las protestas en Francia son otra expresión de un malestar que recorre todo el continente. Pero mientras crecen la precariedad económica y el descontento social, los líderes europeos siguen defendiendo las políticas de ajuste que alimentan la crisis.

Jean-Luc Mélenchon busca canalizar la energía de las protestas hacia la reconstrucción del modelo social francés. Un enfoque en abierta oposición con los dogmas presupuestarios europeos, que siguen presionando por más recortes. 

Escrito por Harrison Stetler

Traducción: Florencia Oroz 

El malestar social que sacude actualmente a Francia es, en muchos sentidos, un fenómeno nacional. La frustración ante un sistema educativo desbordado estalló a finales del mes pasado en forma de movilizaciones, bloqueos y acciones colectivas en las escuelas y las universidades. A mediados de octubre, al movimiento estudiantil se sumaron sectores más amplios de la población, hartos de los altos precios de la gasolina, la inflación persistente y la caída de los salarios reales. 

La violenta respuesta policial que ha conmocionado tanto a manifestantes como a observadores dentro y fuera de Francia tampoco tiene nada de novedoso. Los aliados de Emmanuel Macron, ante todo, buscan proteger la agenda presidencial de recortes impositivos favorables a las empresas, un factor que suele pasarse por alto en la crisis fiscal del país. Se prevé que el déficit público francés alcance el 5,4% del PIB en 2026, el nivel más alto de la zona euro. Esto ha provocado turbulencias en los mercados de bonos y ha dado lugar a llamamientos a recortar drásticamente los servicios públicos. 

El 26 de octubre, el gobierno hizo sus primeros gestos hacia los estudiantes al insinuar la posible sustitución de la denostada plataforma de selección universitaria Parcoursup, la imposición de límites al número de estudiantes por aula y el apoyo estatal a la renovación de edificios. 

Pero la realidad que vive el resto de los países europeos alimenta la indignación. Las recientes manifestaciones en España por el costo de la vivienda llevaron al primer ministro Pedro Sánchez a convocar elecciones anticipadas para finales de noviembre. Mientras tanto, las protestas juveniles paralizaron ciudades de Italia, Bélgica y Grecia. Forman parte de lo que algunos comentaristas denominan una revuelta de la «Generación Z» contra la inseguridad económica, la incertidumbre que rodea el auge de la inteligencia artificial y la respuesta política cada vez más débil frente al cambio climático. 

En Europa, estos problemas confluyen con una sombría economía política de expectativas cada vez más acotadas. La semana pasada, al viajar a los países del Golfo para negociar compras de energía de emergencia, Macron argumentó que la disminución del poder adquisitivo es el resultado de choques externos que afectan a la UE. En Francia, los precios del diésel se han mantenido en torno a los 2,36 euros por litro en octubre (un efecto directo de la turbulencia que agita los mercados energéticos mundiales desde que Estados Unidos e Israel lanzaron su última guerra contra Irán). Esto solo se ha sumado a la inflación residual derivada de los esfuerzos de Europa por dejar de depender del petróleo y el gas rusos desde la invasión de Ucrania por parte de Moscú en 2022. En noviembre de 2018, al inicio de la llamada revuelta de los «chalecos amarillos» que sacudió el primer mandato de Macron, los precios de la gasolina estaban en 1,50 euros por litro.

Pero la energía es solo uno de los muchos focos de tensión del capitalismo europeo. La globalización comercial que sostuvo el motor de acumulación de Europa entre la década de 1990 y la de 2010 se está desmoronando ante los aranceles de Donald Trump y el avance de China en la cadena de valor, que ahora amenaza a industrias fundamentales de la UE. De cara al futuro, Europa queda cada vez más rezagada frente a las empresas estadounidenses y chinas que se disputan el control de los sectores de alta tecnología e inteligencia artificial. 

Merz le da la espalda a Europa 

Los manifestantes que este otoño salen a las calles de Europa no son los únicos que denuncian una situación económica insostenible. En los últimos años, distintos sectores de la élite tecnocrática de la Unión Europea han lanzado advertencias cada vez más alarmantes sobre el atolladero en que se encuentra el bloque y la inercia política que agrava sus problemas. En septiembre de 2024, el ex primer ministro italiano Mario Draghi elaboró un influyente informe sobre la economía de la UE en el que advertía de la «lenta agonía» del continente: la escasez de inversiones en infraestructura, tecnología verde y servicios públicos, sumada a los bajos salarios, alimenta un prolongado estancamiento económico. 

Ese diagnóstico se refleja, en parte, en la indignación que estalla este otoño. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), se prevé que el crecimiento del PIB de la zona del euro se sitúe entre el 0,8% y el 1% en 2026. Desde 2019, según Le Monde, los salarios reales en Francia caen sostenidamente: la inflación acumulada del 21,3% ha más que devorado el aumento salarial promedio del 18,7%. 

Pero incluso frente a crisis entrelazadas como estas, la formulación de políticas de la UE tiene una notable capacidad para seguir adelante por pura inercia. Nada parece capaz de alterar sustancialmente el rumbo marcado por la escasa inversión y la mínima intervención económica por parte de Bruselas. 

Las esperanzas de que hubiera margen para una mayor flexibilidad volvieron a frustrarse en la reunión del Consejo Europeo celebrada a mediados de octubre, que reunió a los jefes de Estado y de gobierno de los veintisiete países miembros. El canciller alemán Friedrich Merz y la alianza de Estados del norte de Europa que comparte su conservadurismo fiscal exigen recortes por valor de «varios cientos de miles de millones de euros» en el próximo presupuesto del bloque, correspondiente al período 2028-2034. El objetivo es alcanzar un acuerdo antes del próximo ciclo electoral en importantes Estados miembros, como Francia, Italia y Polonia. 

Esta posición no es nueva. Desde hace décadas, la política económica de la UE es escenario de una disputa entre quienes defienden un mayor federalismo económico y los halcones fiscales que propugnan una política de contención del gasto, disputa en la que estos últimos han llevado las de ganar. El presupuesto que Bruselas tiene asignado, equivalente a alrededor del 1% del PIB anual de la Unión Europea, ya constituye una victoria para los miembros conservadores dominantes del bloque. Ante la presión interna que enfrenta por el ascenso del partido de extrema derecha Alternative für Deutschland, Merz quiere reducir las partidas destinadas a las subvenciones agrícolas de la UE y a los fondos de cohesión para liberar recursos que puedan destinarse a cuestiones como el rearme.

La obstrucción de Alemania, pese a las crecientes pruebas del estancamiento europeo, sorprende incluso a algunos sectores del centro político. «Es difícil insistir en la necesidad de más Europa en materia de defensa e innovación y, al mismo tiempo, impulsar recortes en un presupuesto que ya es lamentablemente bajo e insuficiente», declaró Sandro Gozi, eurodiputado y líder del grupo parlamentario Renew, aliado de Macron, en el Parlamento Europeo. «Merz se presenta como un líder de la UE, pero está jugando un juego muy peligroso en la situación actual», agregó. 

Una imagen de nuestro futuro 

Sin duda, hay una gran distancia entre estas disputas presupuestarias en Bruselas y lo que ocurre en las calles de las ciudades europeas. Pero no es difícil deducir, a partir de la posición alemana, cómo reaccionaría Berlín ante una crisis fiscal descontrolada en un Estado miembro como Francia, un escenario que preocupa cada vez más a quienes toman decisiones en las instituciones de la UE. 

En ese sentido, las protestas francesas son también una andanada en la creciente confrontación en torno a las políticas presupuestarias. Se estima que este año el costo del servicio de la deuda francesa superará el presupuesto operativo del Ministerio de Educación. Los rendimientos de los bonos del Estado francés alcanzaron el 5% durante la semana posterior a las marchas del 17 de octubre, que congregaron a grandes multitudes en las calles de distintas ciudades y, en algunos casos, desembocaron en violentos disturbios. 

«La situación en Francia es una imagen de nuestro futuro», afirmó un asesor cercano a Enrico Letta, ex primer ministro italiano que, al igual que Draghi, también publicó un influyente informe sobre la economía europea en 2024. «La política fiscal se está volviendo extremadamente difícil de gestionar, las mayorías débiles tienen dificultades para aprobar los presupuestos, las necesidades de inversión son muy elevadas, la población está descontenta y los mercados ya están incorporando todo esto a sus expectativas mediante el aumento de las tasas de interés». 

Mientras tanto, el primer ministro francés, Sébastien Lecornu, tiene dificultades para reunir una mayoría que respalde un presupuesto para 2027 orientado a recortar el gasto. Busca ahorrar decenas de miles de millones de euros con el objetivo de mantener el déficit en torno al 5% del PIB el próximo año. Sin embargo, las manifestaciones en curso aumentan la presión sobre los partidos de la mayoría y de la oposición en el Parlamento para que no tiendan una mano al gobierno. 

En Francia, muchas voces sostienen que resolver la crisis fiscal exige un nuevo acuerdo económico en Europa. La France Insoumise, el partido de izquierda liderado por Jean-Luc Mélenchon, candidato presidencial en cuatro ocasiones, ha propuesto congelar la deuda pública en manos del Banco de Francia, que forma parte del Eurosistema, junto con el Banco Central Europeo y demás bancos centrales nacionales de la zona del euro. 

No es para nada improbable que el próximo presidente de Francia sea elegido con un programa que plantee un enfrentamiento con la estructura actual de la UE. De cara a la primera vuelta de las elecciones presidenciales, prevista para el 18 de abril, Mélenchon ocupa actualmente un lejano segundo puesto en las encuestas, por detrás de Marine Le Pen, candidata de Rassemblement National.

La líder del partido de extrema derecha declaró recientemente al Financial Times que estaba dispuesta a librar una «prueba de fuerza» con la UE en torno a la contribución de Francia al presupuesto comunitario, una partida que La France Insoumise también ha amenazado con recortar en un 10%. Aunque Le Pen se ha pronunciado a favor de introducir un «freno a la deuda» en la Constitución y ha prometido drásticos recortes del gasto si resulta elegida, también ha pedido al BCE que intervenga para reducir las tasas de interés.

Gane quien gane, se perfilan los contornos de un enfrentamiento importante en torno a la situación fiscal de Francia. A juzgar por el tono de las últimas semanas, los dirigentes de la UE deberían prestar atención a cómo podría evolucionar la situación si llevan demasiado lejos la presión sobre la población francesa. 

 

[Foto: Guillaume Saligot / AFP vía Getty Images - fuente: www.jacobinlat.com]

Bolsonaro s’autoproclama «president electe» del Brasil després de fugir als Estats Units

 El fill de Jair Bolsonaro denuncia un frau electoral sense aportar-ne proves, rebutja la victòria de Lula i anuncia que dirigirà l'oposició des de l'exterior 

Escrit per Alexandre Solano 

El senador brasiler Flávio Bolsonaro, fill de l’ex-president Jair Bolsonaro, s’ha autoproclamat “veritable president electe del Brasil” després d’haver fugit als Estats Units arran de la derrota a les eleccions presidencials de diumenge. En un comunicat publicat avui, poques hores després d’arribar a Miami, ha denunciat un suposat frau electoral que hauria beneficiat el president Luiz Inácio Lula da Silva, sense aportar-ne proves, i ha anunciat que dirigirà l’oposició brasilera des de l’exterior. 

“M’adreço al poble brasiler i a la comunitat internacional com el veritable president electe del Brasil”, comença el comunicat, en què Bolsonaro rebutja de reconèixer els resultats de les eleccions del 25 d’octubre. El candidat derrotat acusa el Tribunal Suprem Federal (STF) d’haver intervingut il·legítimament en el procés electoral, especialment per la decisió d’ampliar l’horari de votació. Segons Bolsonaro, aquesta mesura va afavorir Lula i va alterar el resultat dels comicis.

“No he fugit del Brasil, he marxat pel Brasil”, afirma el dirigent d’extrema dreta, que justifica la sortida del país per una suposada persecució política. Bolsonaro va arribar a Miami amb la família després d’haver abandonat el Brasil per l’Argentina i l’Equador, malgrat l’ordre judicial que l’obligava a lliurar els passaports i li impedia de sortir del territori brasiler.

En el comunicat, Bolsonaro acusa la justícia brasilera d’estar controlada pel govern de Lula i de voler impedir-li d’exercir l’oposició. També compara la seva situació amb la del pare, Jair Bolsonaro, i amb la de dirigents polítics que van actuar des de l’exili, com Charles de Gaulle, José Martí i els opositors veneçolans Juan Guaidó i Edmundo González. El senador també ha agraït expressament el suport dels presidents dels Estats Units, Donald Trump, i de l’Argentina, Javier Milei. “Vull agrair al president Milei el coratge, el sentit de la justícia i la legalitat, i al president Trump i al meravellós poble nord-americà que m’hagin acollit”, diu en la declaració. 

Finalment, ha anunciat que els dies vinents presentarà una estratègia per mobilitzar l’oposició i els seus votants des dels Estats Units. “Dirigiré l’oposició des d’aquí. Diré allò que vosaltres, allà, no podeu dir, i assumiré els riscs que vosaltres no podeu assumir”, afirma. També ha fet una crida a la comunitat internacional perquè no normalitzi la situació política del Brasil i ha assegurat  que continuarà lluitant fins que el país “torni a ser lliure”.


 

[Font: www.vilaweb.cat]

A memoria gravada en pedra de quen non están

Espalladas polos camiños, na beira das estradas ou fronte ao mar, as cruces de mala morte sinalan crimes, accidentes e desgrazas transformando os lugares da morte en espazos de memoria. 

Memorial nas Neves (O Condado) e cruz do Bolichero (Moeche, Ferrolterra). 

Escrito por Emma Pedreira   

Hai mortes que non rematan na paz dos cemiterios e deixan como pegada no lugar onde aconteceron unha cruz de pedra, unha inscrición na rocha, unhas flores no quitamedos; son sinais que interrompen a paisaxe para lembrar a quen pasa por alí que no mesmo sitio alguén perdeu a vida. Moitas destas manifestacións reciben o nome de cruces de mala morte, monumentos que conservan a memoria de mortes violentas, repentinas ou, en palabras de Gondar Portasany, de "mala morte" (a "morte matada", para o saber popular). 

Estes memoriais non constitúen unha categoría monumental uniforme nin están moi estudadas. Algunhas conservan nomes e datas e outras só unha historia transmitida oralmente. O que as une é a vontade de perpetuar a lembranza da traxedia xusto no lugar onde aconteceu e crear un espazo simbólico e protector, punto no que corpo e alma (se é que isto existe) se separaron nun rito de paso inesperado e repentino.  

Moitas destas cruces poden considerarse cenotafios (do grego kenós, baleiro, e táphos, tumba) ao ser monumentos funerarios dedicados a persoas falecidas pero que non conteñen os restos mortais. Literalmente, son tumbas baleiras. 

 

[Imaxes da autora - fonte: www.nosdiario.gal]

Élections législatives en Israël : le pays a un avenir à la seule condition d’un partenariat judéo-arabe

 

Sur une route bloquée pour empêcher des colons israéliens d'entrer dans la ville de Sinjil, en Cisjordanie, le 24 octobre 2026.

Écrit par Dror Mishani 

Ce mardi matin du 27 octobre a été l’un des plus beaux dont je puisse me souvenir en Israël depuis bien longtemps. Contrairement aux prévisions, il n’y a pas eu de pluie ; le ciel était dégagé, et l’air froid et vif. Dans l’école située dans un quartier mixte de Jaffa, où nous distribuions des tracts pour la Liste unifiée (Meshutefet), les électeurs ont commencé à arriver dès sept heures, au moment de l’ouverture des bureaux de vote.

On y croisait des Arabes et des Juifs, des personnes âgées, des jeunes votant pour la première fois, ainsi que des familles entières. Abu Adel, un habitant du quartier âgé de 80 ans, a fait remarquer qu’il n’avait jamais vu autant de monde se déplacer pour voter. Il est militant politique depuis les années 1960, à une époque où la Liste unifiée était encore communiste. «Je vois ici des gens qui n’ont jamais voté de leur vie, a-t-il déclaré. Aujourd’hui, enfin, tout le monde comprend qu’il faut vaincre les fascistes et Benyamin Nétanyahou. Si nous ne les chassons pas du gouvernement, nous ne pourrons plus continuer à vivre ici».

Une coopération politique entre Juifs et Arabes est possible

À ses côtés, se trouvait une jeune femme juive, arborant une coiffure punk, un anneau au nez et un tee-shirt sur lequel on pouvait lire : «Fuck Ben-Gvir». Dans ce quartier de Jaffa, mardi matin, il était évident qu’une coopération politique entre Juifs et Arabes, fondée sur une égalité totale et la solidarité, est bel et bien possible en Israël.

Ce serait une erreur de prétendre que les élections qui se sont tenues en Israël cette semaine n’ont pas abouti à un résultat décisif. En réalité, je ne me souviens pas d’une campagne électorale ayant abouti à un résultat aussi net.

Elle a placé la société israélienne et ses dirigeants politiques face à un choix tranché : un véritable partenariat judéo-arabe à la Knesset et au gouvernement, ce qui mettrait fin au règne du gouvernement d’extrême droite de Benyamin Nétanyahou, ou bien la capitulation face à la propagande raciste du Premier ministre et de ses partisans, qui soutiennent qu’il est illégitime de former un gouvernement avec des partis arabes.

C’est là le choix auquel sont confrontés les dirigeants des partis juifs qui s’opposent à Nétanyahou : Gadi Eizenkot, Naftali Bennett et Avigdor Liberman. Ils ont la possibilité de former un gouvernement avec les partis arabes. S’ils franchissent ce pas, le mandat de Nétanyahou prendra fin. Autrement, ils pourraient, une fois de plus, se plier au tabou historique de la politique israélienne et exclure les partis arabes de toute alliance gouvernementale. Au lendemain des élections, un ami m’a dit : «C’est l’occasion de prouver que leur sionisme n’est pas du racisme». Reste à voir s’ils saisiront cette opportunité.

La droite israélienne devient de jour en jour plus violente

Il faut admettre que la pression exercée sur les dirigeants des partis juifs pour les dissuader de former une coalition avec les partis arabes est immense. La droite israélienne devient, de jour en jour, plus violente et plus dangereuse. Depuis les élections, elle se déchaîne et menace de devenir incontrôlable. Nétanyahou et ses partenaires de coalition, une coalition marquée par le massacre à Gaza et la guerre contre l’Iran, sentent que leur éviction est possible et mettent tout en œuvre pour l’empêcher.

Ils soutiennent que les voix arabes devraient être invalidées, sous prétexte qu’elles auraient été achetées, et qu’intégrer des partis arabes à un gouvernement israélien équivaudrait à une trahison. Quiconque soutient publiquement la formation d’un gouvernement fondé sur un partenariat judéo-arabe est aussitôt qualifié d’ennemi. Le président américain Donald Trump fait aussi pression sur les dirigeants de l’opposition pour qu’ils rejoignent Nétanyahou, forment avec lui un gouvernement juif et lui permettent de rester Premier ministre, afin qu’il puisse poursuivre la guerre à ses côtés.

Face à cette pression intense, exercée par des agents du chaos, de la destruction et de la haine, tant en Israël qu’à travers le monde, se dressent ceux qui croient qu’un partenariat judéo-arabe est possible et nécessaire. Depuis mardi, nous nous battons pour cela. Des organisations de gauche publient des déclarations de soutien à Eizenkot, cherchant à l’encourager à opter pour un véritable partenariat fondé sur l’égalité. Des artistes et des universitaires signent des pétitions.

Y parviendrons-nous ? Je l’ignore. L’histoire des nations est jalonnée de moments où des choix cruciaux s’imposent. Celui-ci est sans doute l’un des plus déterminants auxquels nous ayons assisté.

Une voie pour réparer l’injustice historique infligée au peuple palestinien

Si les dirigeants du centre juif en Israël osent briser ce tabou historique pour nouer un partenariat judéo-arabe, alors peut-être cette terre a-t-elle encore un avenir. Cela pourrait marquer le début d’une nouvelle trajectoire politique, une voie qui mènerait un jour à la réparation de l’injustice historique infligée au peuple palestinien, à la fin de l’occupation et à l’instauration d’une vie commune fondée sur une pleine égalité civique.

S’ils n’y parviennent pas, s’ils cèdent à la pression de Trump, aux menaces de guerre civile proférées par la droite fasciste, à la lâcheté ou à un racisme historique profondément enraciné, et s’ils annulent de fait les suffrages de près d’un million de citoyens arabes d’Israël qui aspiraient à un partenariat avec eux, alors ce sera une étape supplémentaire sur la voie inéluctable qui conduit Israël vers une théocratie raciste.

Quelle différence y a-t-il, au fond, entre refuser a priori de former un gouvernement avec des Arabes et les priver de leur droit de vote ? Si leurs voix ne pèsent rien au sein de la démocratie israélienne, autant leur interdire purement et simplement de voter. Et si Nétanyahou, Ben-Gvir et Smotrich devaient se maintenir au pouvoir, il est fort probable que l’on finisse par en arriver là.

Samedi, nous descendrons dans la rue pour manifester et réclamer le droit à une coopération égalitaire entre Juifs et Arabes. Tout soutien nous serait d’une aide précieuse. Dans mes rêves, je vois des dirigeants européens, conscients qu’un partenariat entre Juifs et Arabes est le seul moyen de transformer Israël, décrocher leur téléphone, appeler Eizenkot et lui dire : «N’ayez pas peur. Nous vous soutenons». Peut-être cela nous aiderait à le persuader de faire le bon choix ?

Dror Mishani, écrivain et traducteur israélien.

 

[Photo : Leo Correa/AP Photo - source : www.liberation.fr]