El triunfo de
Flávio Bolsonaro en la primera vuelta de las elecciones presidenciales, así
como el éxito de su partido en los comicios legislativos y estatales, coloca
contra las cuerdas a la izquierda brasileña. La sociedad civil progresista ya
se ha sumado a la campaña de Lula para revertir el resultado en el balotaje.
Escrito por Bernardo
Gutiérrez
Un tsunami conservador arrolló a Brasil el domingo 4 de octubre.
Conservador, aunque no exclusivamente bolsonarista. El candidato de extrema
derecha, Flávio Bolsonaro, recibió el voto del bolsonarismo radical y el de
buena parte de las derechas. Reunió el voto contra la izquierda y el de
millones de personas desencantadas con una realidad en la que, pese a los
indicadores económicos bajo control, la vida se vuelve más y más difícil.
El candidato del Partido Liberal (PL) se impuso por sorpresa en la
primera vuelta de las elecciones presidenciales con 47,03% de los votos.
Consiguió 2.224.965 votos más que el presidente Luiz Inácio Lula da Silva,
quien cosechó 45,16%. Ninguna encuesta anticipó el resultado. El hijo del expresidente Jair Bolsonaro votó en Río de Janeiro convencido de que ganaría en
la primera vuelta, guiado por los sondeos internos de su partido. «Hay un claro
movimiento de voto bronca ya en esta primera vuelta. Quien votaría a otros
candidatos ya está votando a Flávio Bolsonaro», aseguró luego de votar.
Los primeros resultados del escrutinio –de las elecciones legislativas y
estatales– fueron un balde de agua fría para la izquierda. El gobernador de San
Pablo y fiel aliado del bolsonarismo, Tarcísio de Freitas, arrasó con 62,65% de
los votos válidos frente a Fernando Haddad, exministro de Hacienda y
excandidato presidencial del Partido de los Trabajadores (PT). Cleitinho
Azevedo, un candidato evangélico también aliado de Bolsonaro, dio otra sorpresa
al imponerse en la primera vuelta en Minas Gerais, el segundo distrito
electoral del país. La izquierda apenas ganó tres de los 19 estados cuya
elección se definió en primera vuelta y disputará otros dos en el balotaje.
El resultado de las elecciones legislativas también fue un golpe para el
PT, en especial las del Senado. Las exministras Marina Silva y Simone Tebet,
candidatas en San Pablo, quedaron fuera, al igual que Benedita da Silva, una
figura histórica del PT, en Río de Janeiro. En ambos estados triunfaron
candidatos de extrema derecha. Con 29 senadores, el PL de Bolsonaro se
consolidó como el principal partido de una Cámara Alta ampliamente controlada
por la derecha. El PL también amplió su presencia en la Cámara de Diputados:
consiguió 121 bancas, 22 más que en 2022, a costa del centrão, un bloque
de partidos ultrapragmáticos que va del centro a la derecha. Aun así, el
panorama en la Cámara de Diputados es un poco
menos desolador para la izquierda: sus seis partidos suman 118 bancas, una más
que en 2022.
El triunfo del bolsonarismo en las elecciones legislativas también tuvo
una dimensión simbólica: triunfaron sus figuras más conocidas y de línea dura.
La ex primera dama Michelle Bolsonaro y Carlos Bolsonaro, respectivamente
esposa e hijo de Jair Bolsonaro, fueron elegidos senadores. Sérgio Moro, el
juez que encarceló a Lula en 2018, es el nuevo gobernador de Paraná sin
necesidad de balotaje. Al mismo tiempo, el joven político e influencer Nikolas
Ferreira se convirtió en el diputado más votado de la historia, con 3.119.314
votos en Minas Gerais. Su apoyo a través de transmisiones en vivo y
publicaciones en redes sociales ayudó a que se eligieran diputados de extrema
derecha en todo Brasil. Mientras tanto, fracasaron las candidaturas de casi
todas las figuras históricas de la izquierda.
Si en la campaña de 2022 los medios de comunicación tuvieron un papel
relevante al denunciar la corrupción y el autoritarismo del gobierno de Jair
Bolsonaro, en la actual campaña adoptaron desde el comienzo una posición
crítica hacia Lula. Esto se verificó, de modo especial, en la poderosa Rede
Globo. Durante el mes de agosto, Globo insistió en las sospechas contra el hijo
de Lula, Fábio Luis Lula da Silva, conocido como Lulinha, por un
presunto tráfico de influencias que no ha sido probado. Paralelamente, los
grandes medios de comunicación fueron más indulgentes con Flávio Bolsonaro:
dieron escasa relevancia a los casos de corrupción que lo involucran y tampoco
destacaron los hechos que fueron aflorando cuando la justicia levantó el
secreto de las actuaciones sobre el Banco Master, un escándalo financiero que
salpica especialmente a la derecha. Si en julio pasado los medios
difundieron la financiación ilegal de Dark Horse, una película
biográfica sobre Jair Bolsonaro, con dinero de ese banco, algo que entonces
pareció hundir a Flávio en las encuestas, durante la campaña apenas se
publicaron las nuevas revelaciones del caso.
Los grandes medios tampoco dieron demasiada relevancia a la investigación
de la Policía Federal sobre una enmienda parlamentaria de casi 200.000 reales
que Flávio Bolsonaro destinó en 2023 a una entidad vinculada a los hermanos
Brazão, condenados como autores intelectuales del asesinato de la concejala
Marielle Franco en 2018. Algo similar ocurrió con las revelaciones del sitio
PlatôBR, basadas en mensajes y fotos de un exsocio del candidato, que lo
vinculan con fiestas privadas con prostitutas, un Rolex de 305.000 reales
pagado por un abogado y una supuesta gestión ante un juez del Supremo.
El caso de Ana Clara Gomes Machado, una niña de cinco años asesinada a
tiros por un policía en Río de Janeiro al que Flávio Bolsonaro defendió como
abogado, solo llegó al gran público gracias a la iniciativa independiente Revelando.
«El periodismo masivo piensa que es necesario buscar un equilibrio, incluso
cuando no existe. Colocar las sospechas sobre el PT en igualdad con las que
pesan sobre Flávio Bolsonaro es en sí un desequilibrio», denunció el periodista
Bruno Torturra en el popular podcast Calma urgente. Solo cuando Flávio
empezó a subir en las encuestas, medios conservadores como O Estado de S.
Paulo publicaron editoriales que advertían sobre el riesgo de que un
eventual gobierno suyo favoreciera a las milicias que nacieron en Río de
Janeiro, donde hoy controlan barrios enteros, y se han extendido a otros
estados. Su poder se basa en la extorsión y la explotación ilegal de servicios.
Flávio Bolsonaro mantiene vínculos documentados con ese mundo. Siendo diputado
estadual, homenajeó a Adriano da Nóbrega, excapitán de la Policía Militar
señalado como jefe de un grupo de sicarios, y empleó en su gabinete a la madre
y a la exesposa de este.
El papel de las grandes empresas tecnológicas en las elecciones, aunque
todavía no ha sido investigado a fondo, ha generado sospechas. Como señalaba el
ensayista Moysés Pinto Neto, la «fragmentación del espacio público» producida
por las plataformas ofrece a cada persona, por medio de los algoritmos, una
visión distinta de la realidad social. Durante la campaña se registraron
episodios que alimentaron las denuncias de un sesgo político de las
plataformas. Facebook suspendió temporalmente la publicidad de Lula.
Projetemos, un colectivo que proyecta mensajes políticos sobre paredes de todo
Brasil, denunció la suspensión de su grupo de WhatsApp. Instagram eliminó un
video del humorista Fábio Porchat sobre la relación de Flávio Bolsonaro con el
caso del Banco Master. Un estudio del NetLab de la Universidad Federal de Río
de Janeiro (UFRJ) reveló que 68,1% de la publicidad de Meta analizada entre el
16 de agosto y el 16 de septiembre atacaba instituciones o planteaba sospechas
sobre el proceso electoral.
A comienzos de septiembre, una filtración sacudió la campaña electoral.
El juez del Supremo Tribunal Federal (STF) André Mendonça, nombrado por el
expresidente Jair Bolsonaro por ser «terriblemente evangélico», filtró
supuestas conversaciones de WhatsApp entre otro integrante de la Corte,
Alexandre de Moraes, y Daniel Vorcaro, el banquero involucrado en el caso
Master. La filtración buscaba demostrar que el poderoso Moraes, conocido
popularmente como Xandão y enemigo de Bolsonaro, había recibido favores de
Vorcaro, entre ellos contratos millonarios para el estudio de abogados de su
mujer.
La crisis dentro del Supremo supuso un balón de oxígeno para el
bolsonarismo. Aunque rápidamente se hizo público que otros integrantes de la
Corte estaban más implicados en el caso Master que Moraes, el electorado asoció
la corrupción del Supremo, uno de los blancos frecuentes del bolsonarismo, con
Lula. Además, el episodio ayudó a Flávio Bolsonaro a capitalizar el sentimiento
antisistema. En la recta final de la campaña, el candidato de extrema derecha
explotó el lema «Muda Brasil» [Cambia Brasil], usado por su padre en las
elecciones de 2018. En sus declaraciones tras el resultado electoral, destacó
por encima de todo una palabra: «cambio».
Por su parte, Lula repitió la fórmula electoral de 2022, con Geraldo
Alckmin como candidato a vicepresidente, lo que reforzó su identificación con
el sistema político. «El tercer mandato de Lula estuvo casi invariablemente
asociado al centrão, conformándose con los límites de la
institucionalidad conservadora, evitando tensarla por medio de la presión
popular», escribe el
periodista Antônio Martins. El periodista Roberto de Toledo, en el programa
especial de UOL de la noche electoral, destacó el desgaste de la vieja
política. «El caso de Cleitinho nos muestra claramente que el elector no quiere
más a los candidatos de la vieja política. En estas elecciones, también
perdieron viejas dinastías familiares que gobernaron décadas en el Nordeste y
el Norte», puntualizó.
La seguridad pública también parece haber tenido un peso importante en el
resultado. La reelección en primera vuelta del gobernador paulista, Tarcísio de
Freitas, y la elección de su secretario de Seguridad, Guilherme Derrite, como
senador, ambos defensores de la «mano dura», muestran la fuerza electoral de
esa agenda. Todos los nuevos senadores del PL incluyen la seguridad en el
centro de su discurso. La designación de las organizaciones de narcotraficantes
brasileñas Comando Vermelho [Comando Rojo] y Primer Comando de la Capital (PCC)
como terroristas por parte de Donald Trump reforzó el discurso de Flávio
Bolsonaro, que ganó en la mayor parte de la zona norte de Río de Janeiro, marcada
por la presencia del narcotráfico, donde Lula había triunfado en 2022.
A pesar de que el gobierno aprobó su proyecto contra las organizaciones
criminales y de que la campaña de Lula lanzó a fines de la semana pasada el
documental breve Peligro, mira esto antes de votar –un
repaso de las denuncias de corrupción y de los vínculos de Flávio Bolsonaro con
las milicias–, el presidente no consigue disputar con eficacia una agenda de
seguridad atravesada por el trumpismo y por la oleada de noticias falsas del
bolsonarismo que lo asocian con el crimen. «La designación de las facciones
como terroristas le ha dado a Flávio una bandera fuerte en la seguridad
pública», afirma el politólogo
Octavio Amorim Neto en una entrevista publicada en el periódico Nexo.
Según el investigador, la intervención estadounidense en la campaña comenzó
con el aumento de los aranceles en julio de 2025.
En agosto de este año, durante los primeros días de la campaña electoral,
el equipo de Flávio Bolsonaro difundió videos grabados en supermercados.
Mientras la campaña de Lula lanzaba videos sobre su larga y emotiva trayectoria
política, la de Flávio comparaba los precios de los productos durante el
gobierno de Jair Bolsonaro y el tercero de Lula, con todo tipo de
manipulaciones. La inflación está controlada y algunos productos incluso
bajaron de precio. Sin embargo, el alza del precio de la gasolina por la guerra
en Irán y el encarecimiento de algunos productos agrícolas por problemas
derivados del cambio climático generalizaron la sensación de que la vida está
más cara.
La campaña de Lula no logró atraer a los evangélicos, que ya representan
más de una cuarta parte de la población. Datafolha reveló poco antes de la
primera vuelta que Flávio Bolsonaro tenía 52% de intención de voto entre los
evangélicos, frente a 26% de Lula (entre los católicos, Lula tenía 50% y
Flávio, 32%). Las organizaciones evangélicas progresistas que apoyaron a Lula
en la campaña de 2022 no han tenido el mismo protagonismo en estas elecciones.
Aunque la religión no sea el único motivo, el bolsonarismo arrasó en los dos
estados más evangélicos, Rondônia (67,45%) y Acre (64,56%). En Río de Janeiro,
uno de los estados con mayor proporción de evangélicos del Sudeste, obtuvo su
mejor resultado de la región (53,01%). En los días previos a las elecciones, se
registró una intensa actividad en
iglesias evangélicas, que pidieron expresamente el voto contra Lula,
a quien acusan de querer destruir la familia tradicional. A pesar de la
diversidad del mundo evangélico, que también incluye sectores progresistas, el
pentecostalismo crece rápidamente y se ha convertido en una de las piezas
claves del bolsonarismo. Su fórmula combina la cruzada en defensa de los
valores morales, el antilulismo y la «teología de la prosperidad», según la
cual la riqueza y el éxito individual son señales de la bendición divina.
El antilulismo y el antipetismo –un rechazo al PT construido a lo largo
del tiempo– han sido motores fundamentales de la campaña de Flávio y de los
candidatos que lo acompañan. El lema «Fora Lula» [Fuera Lula] se ha visto a lo
largo de la campaña en camisetas, calcomanías, pancartas, carteles e incluso en
autobuses, como el usado por Ricardo Salles, exministro de Medio Ambiente de
Jair Bolsonaro. Algunos candidatos prepararon un kit contra Lula que
enviaban a quienes se registraban en un sitio web. Una parte importante de los
votantes de Flávio no se considera bolsonarista: se define, ante todo, como
antilulista y antipetista. No existe un 50% de fascistas en Brasil, como señaló
hace unos días el académico Marcos Nobre. Por ello, Flávio Bolsonaro ya ha
anunciado que su estrategia para la campaña del balotaje del 25 de octubre se
centrará en el antipetismo.
La concentración del voto útil en su candidatura también puede
relacionarse con la forma en que las encuestas presentan la disputa. Como
sostiene el periodista João Paulo de
Oliveira, esas mediciones parecen responder a la pregunta «¿Quién puede derrotar
a Lula?» en el balotaje, más que intentar averiguar qué candidato conservador
era el más competitivo en la primera vuelta. Cuando el candidato Augusto Cury apareció como
ganador frente a Lula en un hipotético balotaje, algo que nadie excepto Flávio
Bolsonaro había conseguido, dejó de ser incluido en las encuestas posteriores.
Un balotaje
cuesta arriba
Tras el impacto de los resultados, Lula pidió cambiar radicalmente su
campaña. Felipe Nunes, director de la encuestadora Quaest, sostiene que Flávio
Bolsonaro es favorito y que Lula tendrá que conformar un frente amplio. Apunta
una de las grandes diferencias entre las campañas de 2026 y 2022: si en ese año
Lula construyó un amplio frente en defensa de la democracia, con diferentes
partidos y figuras de la sociedad civil, en 2026 acudió a las elecciones
apoyado por las izquierdas y por su prestigio histórico. Desde el domingo de la
primera vuelta, muchas voces han solicitado la creación urgente de un frente
democrático de cara al 25 de octubre. «Sin embargo, un frente democrático tiene
que ir más allá del Congreso, de la clase política y de las Fuerzas Armadas.
Tiene que llegar a la sociedad civil. Lula no quiso movilizar al centro liberal
que no solo está preocupado por la democracia, sino también por la estabilidad
macroeconómica y la política exterior», sostuvo el politólogo Octavio Amorim
Neto en Nexo.
Mientras Lula y Flávio Bolsonaro intentan cerrar acuerdos con los
candidatos derrotados, la campaña del presidente apuesta por una estrategia de
persuasión de quienes votaron por otros candidatos. Ha lanzado un documento
para dialogar con quienes no votaron por él y un sitio web y una aplicación, Onde
dá para conversar [Dónde se puede conversar], que cruzan datos electorales
por territorio y ofrecen claves para convencer a electores de diferentes
perfiles de que voten a Lula.
Aunque los votantes
de Augusto Cury (Avante, de centro), Ronaldo Caiado (Partido Social
Democrático, conservador), Romeu Zema (Partido Novo, liberal) y Renan Santos
(Missão, de extrema derecha) tienden a la derecha, Flávio Bolsonaro no tiene
garantizado su apoyo. La semana pasada, Meio/Ideia reveló que el 55,6% de los
votantes de Cury votaría a Lula, frente al 27,8% que elegiría a Flávio
Bolsonaro. Por otro lado, apenas el 26,4% de los votantes de Caiado votaría a Flávio.
Sin embargo, Caiado acaba de anunciar su apoyo al candidato del PL. Renan
Santos (Missão), vinculado al Movimiento Brasil Libre (MBL) y que intentó
construir una derecha independiente del bolsonarismo, quedó cuarto con el 2,24% de
los votos. Tras el escrutinio, anunció que no apoyará ni a Flávio ni a Lula en
el balotaje, aunque reconoció que da por ganador al candidato del PL.
La campaña de Lula tiene el desafío de tender la mano a quienes no se consideran ni lulistas ni izquierdistas. El miedo a un nuevo gobierno de la familia Bolsonaro es su principal carta. El analista Leonardo Sakamoto, en un artículo publicado el mismo día de las elecciones, sostenía que el «brasileño exhausto» de la polarización política podía definir las elecciones, especialmente entre el 21,1% de abstencionistas y los mayores de 70 años, más cercanos a Lula. No ocurrió en la primera vuelta. Y si ocurre en el balotaje, no será solo gracias a la campaña oficial, sino también a los millones de ciudadanos que, como en 2022, ya están en las calles y en las redes buscando votos para revertir el resultado de la primera vuelta.
[Foto: Bruna Prado/AP - fuente: www.nuso.org]










