Se formó en la academia, se graduó de rockero en los tóxicos y divertidos ‘80, se reconvirtió en personaje arrabalero y fue más allá del tango en una trilogía de discos que le pusieron nuevo sonido a su Buenos Aires querido.
Melingo planeaba
editar una versión de "Tangos bajos" con nuevo sonido e invitados de
lujo.
Escrito por Roque Casciero
Las cejas tupidas
enmarcaban esos ojos profundos, pantallas -quizás indeseadas- de una mente
inquieta y una sensibilidad traducida en músicas diversas y brillantes. Los
gestos eran extremos en el rostro flaco de Daniel Melingo: la
sonrisa amplia o ladeada, la concentración en busca de la nota justa, la
seriedad a la hora de poner en palabras lo que bullía en su interior. Fue
un artista tan único que resulta difícil explicar su trayecto: de la
rigidez del conservatorio a la locura del rock de los ‘80, de allí a la deriva
psicodélica en España, el retorno con un personaje de tanguero orillero y la
evolución hacia un “linyera” que le permitió andar rumbos variopintos hasta
generar una suerte de tango mágico. Melingo -que fue parte de Los
Abuelos de la Nada y la banda de Charly García, además de fundador de Los Twist- murió
el martes a los 68 años. Uno de sus hijos encontró su cuerpo en el
departamento del cantor y clarinetista en Chacarita, donde estaba con cuidados
paliativos por una enfermedad respiratoria. Y el vacío que deja en la música
popular argentina va mucho más allá de las luces del éxito o los carteles
de sold out que colgó en escenarios de todo el mundo.
Porteño de ley,
Melingo nació en Parque Patricios el 22 de octubre de 1957. La
música lo atrapó desde muy chico: a los 9 años entró al Conservatorio
Nacional de Música Carlos López Buchardo y luego pasó por el Conservatorio
Municipal Manuel de Falla. A los 18 ingresó a la Cátedra de
Musicología, Etnomusicología y Composición de la Universidad Católica para
cursar armonía, composición e interpretación. Había arrancado con la guitarra
clásica y luego intentado con el bandoneón, pero se quedó con el clarinete.
Y ese fue el instrumento que llevó en su equipaje liviano cuando se fue a
Brasil, donde llegó a ser parte de la banda de Milton Nascimento.
Cuando estudiaba
armonía, una de sus profesoras le dijo una frase clave: «Melingo, usted improvise, después haga la
teoría». A
través de Cachorro López, el joven Daniel conoció al recién
“repatriado” cantante Miguel Abuelo, que traía en la valija un
montón de poemas a los que les faltaba música para convertirse en canciones.
“La mujer barbuda” fue el primero en el que Melingo metió mano. Después se les
unieron Polo Corbella, Gustavo Bazterrica y Andrés Calamaro. En un
ensayo memorable que terminó con todos los músicos borrachísimos, Miguel tiró
la frase: a partir de entonces serían Los Abuelos de la Nada. Claro que al día
siguiente nadie lo recordaba, pero cuando Calamaro propuso recuperar el nombre
de la banda iniciática de Miguel, el pacto quedó sellado.
La capacidad
autoral de Melingo apareció en Vasos y besos (1983), el
segundo álbum de Los Abuelos, donde brillaba el hoy clásico “Chala-man”.
“A veces pienso que ya no me hacés efecto”, cantaba el entonces saxofonista en
épocas en las que nadie hablaba de marihuana. De la academia a la universidad
tóxica. “Hay todo un mito de los excesos, eso de ‘qué divertidos eran los ‘80,
qué alegría ...’”, recordaba en una entrevista con Página/12. “¿Qué alegría? Yo vi gente muy enojada y
llorando, no todas eran flores. El músico de rock también tiene sus penurias, y
además los inicios son duros, triunfa uno de diez mil grupos".
Pero Melingo sí
se divirtió con Los Twist, el grupo que armó con Pipo Cipolatti mientras
todavía era un Abuelo. “Nos reíamos cuando componíamos. Y lo hacíamos sin
intención comercial, tocábamos en el Parque Genovés, en lugares ridículos...”,
explicaba. La dicha en movimiento (1983) fue más que el nombre
del debut de Los Twist y una referencia velada a la cocaína: también era una
suerte de manifiesto generacional de nuevos tiempos para el rock argentino. Y
allí Melingo aparecía con temazos como “Jugando Hulla-Hulla”, “En el
bowling” (“Flaca! pará un poco. Tenés a todos los muchachos moqueando
la nariz, cantaba), “S.O.S., sos una rica banana”, “Cleopatra, la reina del
twist” (con Vivi Tellas), y “Ritmo colocado” (con
Diana Nylon), además de dos en coautoría con Cipolatti: “25 estrellas
de oro” y “Jabones flotadores”.
“Nos vio Charly
(García) y al otro día estábamos grabando. El nos produjo porque le
vio la veta comercial. Pero nosotros lo hacíamos por pura diversión: yo ya
tocaba en Los Abuelos y Pipo era un atorrante que no tenía un mango”, seguía
Melingo. Y también seguían Los Twist, que estiraron el impacto inicial
con Cachetazo al vicio (1984) y luego se pusieron más
crípticos (e igualmente brillantes) con La máquina del tiempo (1985).
Pero para ese entonces Melingo ya no era parte de los Abuelos: “Me invitó a
tocar Charly y tuve que dejar uno de los tres grupos. El día que dije ‘es la
última vez que toco’, Miguel se puso muy mal, se largó a llorar. Fue el único”,
recordó. Durante un tiempo, fue parte de la banda en vivo de García y metió su
saxo como invitado en “Rap del exilio”, del inmenso Piano bar (1984).
La segunda parte
de los ‘80 lo encontró en España, donde primero colaboró
con Los Toreros Muertos y luego formó Lions In Love. “Fueron la gran
coctelera del rock”, definió Melingo a la banda con gran componente psicodélico
que también incluía a Willy Crook, Guillermo Piccolini y Stephanie
Ringes. “Ahí el rock tomó estilos más puros como el jazz, el blues, el
flamenco o el reggae, los metió en una coctelera y creó algo nuevo”.
Publicaron Lions In Love (1989) y Psicofonías (1992),
pero luego Melingo sintió que el camino de experimentación conjunta del grupo
estaba agotado.
Volvió a su
Buenos Aires querido e hizo H2O (1995), un buen álbum rodeado
de grandes músicos que pasó sin pena ni gloria. Y nadie podía imaginar su paso
siguiente: Tangos bajos (1998) abrió las puertas a un
personaje arrabalero y atorrante que masticaba letras propias (como la
del durísimo “Narigón”), de Luis Alposta y Julián Centeya, junto a un poema de
García Lorca. ¿Cómo explicar esa fascinación con ese tango con mucho de Edmundo
Rivero? “Son los inicios, ahí está el lunfardo, el corazón del tango”,
decía él. “Después que murió Gardel, en lo que fueron las décadas de oro del
tango, se dejó un poco de lado, y en los ‘70 Rivero lo reivindicó. Con el
lunfardo la temática es más abierta, hay menos prejuicios. Tenés la libertad de
no caer en el tango típico del cornudo llorón, hablar de un chorro que mete la
mano en el colectivo, o contar irónicamente una situación. Nació como un
lenguaje carcelario, de ladrones, por eso elijo retomarlo como estilo
literario”.
El esposo de la
madre de Melingo fue manager de Rivero. “Yo lo veía al Feo porque a veces
ensayaba en casa”, contó. La inspiración tanguera continuó
en Ufa (1999), Santa milonga (2004), Maldito
tango (2008), y Corazón y hueso (2010), discos que
llevaron al cantor desde lugares pequeños de un circuito tanguero local que lo
miraba con cierta reticencia hasta escenario internacionales destacados.
“Mi signo es
el cambio, tengo que asumir eso”, le dijo Melingo a este cronista en una
entrevista para el desaparecido sitio web Silencio. “Me estoy dando cuenta de
que todo lo hago en función a que en un momento me pica el bichito y tengo que
cambiar. Yo dispongo todo para ese cambio, muchas veces más allá de la familia,
de los contratos... Muchas veces es más fuerte que yo: tengo que seguir el
latido de eso”.
Y vaya si cambió,
una vez más: el disco Linyera (2014) partía de la
música de Buenos Aires para... darle otra música a Buenos Aires. “No tengo
norte, no tengo guía”, cantaba Melingo, que se aventuraba por caminos que solo
él imaginaba. La popular “Canción del linyera” de Ivo Pelay
abría el juego a un personaje distinto, que se le animaba a la Violeta Parra
de “Volver a los 17″ y
al Atahualpa Yupanqui de “Soneto para Daniel Reguera”. Esta última
es una versión monumental, donde se cruzan su clarinete, cintas reproducidas al
revés, el charango de Jaime Torres y la guitarra de Skay. Y el cierre del disco
no le iba en zaga, con una bellísima pieza llamada “Juan Salvo, el eternauta”.
Anda (2016) fue el próximo paso del linyera
errante, que ya planteaba una ópera sobre el atractivo personaje. Allí venía
otra versión de una canción popular, “En un bosque de la China” (que
tuvo un notable video de Luis Ortega), una explicación del suceso del baile del
tango en Japón titulada “A lo Megata” y hasta una versión
de “Intoxicated Man” de Serge Gainsbourg. Y el cierre de la
trilogía fue con Oasis (2020), donde estiró todavía más los
límites, con invitados como Andrés Calamaro, Enrique Symms y el DJ Oliverio
Sofía. Melingo había descubierto que su apellido provenía de una isla en el Mar
Egeo y eso lo había llevado a intentar unir sus raíces en un género al que
denominaba “tango rebético”. El álbum era también la mitad de
la Ópera del linyera, que más adelante presentó en el Centro
Cultural 25 de Mayo. Oasis debía tener una segunda parte,
que Melingo -siempre mirando adelante- trabajó con el productor Oniria,
pero que no fue publicado.
Por otra parte,
mientras la ópera marcaba la muerte del Linyera, los pasos siguientes de
Melingo fueron de síntesis: después de la pandemia convocó a viejos amigos a
un Encuentro Maximalista (que tuvo a tres Abuelos sobre el
escenario) en Niceto, experiencia que luego repitió con distintas formaciones.
Y en tren de revisar su propio pasado con la vista puesta en el futuro, ya
había anunciado una película sobre Tangos bajos, en simultáneo a una reelaboración del
álbum con sonido actual y varios invitados (Calamaro, Fito Páez, Pity Álvarez y
Pablo Lescano, entre otros).
Los discos
solistas y aquellos en los que Melingo dejó su impronta son ahora el legado de
una obra y una visión que excede a las grabaciones. La obra de un hombre
inquieto que siempre buscaba más. “Lo que en un momento es libertad, en otro
pasa a ser dependencia”, dijo en la entrevista antes mencionada. “Se van
modificando un poco las necesidades de búsqueda. Yo sigo intuitivamente la
búsqueda: no sé adónde voy y no creo que tenga que ir a un lado porque vengo de
tal otro. Voy buscando con el olfato hacia dónde ir y tengo que ir asombrándome
en el camino. Ese es un poco mi método. Me gusta no saber adónde voy. Si
veo que me estoy repitiendo, no me asombro”.
[Foto: Guadalupe Lombardo - fuente: www.pagina12.com.ar]