En sus libros, António Lobo Antunes (1942-2026) se alejó de las formas previsibles: sus páginas fluyen con el ritmo caudaloso de la conciencia que habla sin pedir permiso.
Escrito por Mauricio Montiel Figueiras
La muerte de António Lobo Antunes cierra una de las
aventuras narrativas más potentes de la literatura europea de las últimas
décadas. Con él desaparece una voz que nunca aceptó la comodidad de las formas
previsibles ni la cortesía de las narraciones bien alineadas. Sus libros fueron
otra cosa: habitaciones llenas de espectros y murmullos, corredores donde el
recuerdo se bifurca, páginas que fluyen con el ritmo caudaloso de la conciencia
que habla sin pedir permiso.
Antes de convertirse en novelista fue médico. Y
antes de ejercer la psiquiatría en Lisboa fue enviado como médico militar a la
guerra colonial portuguesa en Angola entre 1971 y 1973. Aquella experiencia –la
visión cotidiana de la violencia, el cansancio moral de un imperio que ya se
estaba desmoronando– dejó una marca profunda en su imaginación. No fue una
simple anécdota biográfica sino la fractura original de su literatura. Quien lea
sus libros percibe pronto que el universo que describen está atravesado por esa
grieta: la comprensión de que la historia se infiltra en la intimidad de las
personas como una enfermedad lenta e insidiosa.
De esa herida surgieron los primeros libros que colocaron
al autor en el mapa literario. En Memoria de elefante (1979)
y En
el culo del mundo (1979) la experiencia africana aparece como
un recuerdo que no deja de supurar. Los narradores hablan desde una especie de
vigilia febril, como si el pasado y el presente hubieran decidido mezclarse
para siempre. En esas páginas la guerra no es heroica ni épica: es una sucesión
de noches largas, de conversaciones que se deshacen en alcohol, de una juventud
que descubre demasiado pronto la inutilidad de ciertas palabras como destino,
gloria y patria.
A partir de ahí su obra se volvió cada vez más
ambiciosa hasta abarcar una treintena de títulos. Novelas como Conocimiento
del infierno (1980), Manual de inquisidores (1996), Exhortación
a los cocodrilos (1999), No entres tan deprisa en esa noche
oscura (2002) y La última puerta antes de la
noche (2025) ampliaron ese territorio donde la memoria
personal y la historia portuguesa se entrecruzan hasta erigir una arquitectura
compleja. Cada libro parece escrito por una multitud: voces familiares,
recuerdos infantiles, frases escuchadas en hospitales o cuarteles, ecos de un
país que todavía dialoga con los fantasmas de su pasado imperial.
Decir que su estilo es laberíntico no es gratuito
ni peyorativo. Las frases de Lobo Antunes avanzan como túneles: dilatadas,
sinuosas, surcadas por digresiones que de pronto revelan una imagen inesperada.
Leerlo implica aceptar que la narración no seguirá un camino recto. El lector
se interna en un territorio donde los recuerdos irrumpen sin aviso y los
personajes hablan desde diferentes estratos de la conciencia. Por eso su obra
suele colocarse junto a la de autores considerados arduos como el húngaro
László Krasznahorkai. Ambos comparten una desconfianza radical hacia la
claridad artificial de ciertas narraciones contemporáneas. Sus libros no
pretenden simplificar el mundo sino reproducir su confusión, su exceso, su
densidad moral. Este rasgo se halla igualmente presente aunque de modo quizá
más accesible en las fabulosas recopilaciones de textos que Lobo Antunes
entregó con periodicidad semanal al diario O Público entre 1993
y 1998: Libro
de crónicas (1998), Segundo libro de crónicas (2001)
y Tercer
libro de crónicas (2006).
Durante varios años el nombre de Lobo Antunes
apareció inevitablemente en cualquier conversación sostenida en Portugal en
torno del Premio Nobel de Literatura. Cuando el galardón fue otorgado a José
Saramago en 1998, muchos celebraron la consagración internacional de la
literatura lusitana. Sin embargo, para una parte considerable de los lectores
más rigurosos el candidato evidente era Lobo Antunes. Donde Saramago construía
alegorías transparentes –ingeniosas pero a menudo cansinas y predecibles–, Lobo
Antunes exploraba el desasosiego del alma humana. La diferencia entre ambos no
es solo estética. En las novelas de Lobo Antunes la literatura funciona como
una excavación: cada frase intenta penetrar un poco más en los meandros de la
mente, en la culpa, en la fragilidad de los afectos. Sus páginas no buscan
persuadir al lector de una idea sino sumergirlo en un estado mental que muchas
veces se extravía en el pantano del delirio.
Sus libros de títulos por lo general extensos e
intensamente poéticos permanecen como un archivo de voces que hablan entre sí,
pero también quedan como un desafío para el presente. En una época dominada por
la prisa editorial, por novelas concebidas para consumirse entre dos salas de
embarque y olvidarse antes de que el avión toque tierra –la proliferación de lo
que con demasiada indulgencia se llama literatura de aeropuerto–, la obra de
Lobo Antunes recuerda que la literatura auténtica exige otra velocidad y otra
paciencia. Sus novelas no están hechas para distraer el viaje sino para alterar
la respiración del lector, para obligarlo a permanecer en el interior de una
frase hasta que el lenguaje y la rememoración revelen algo que se preferiría no
saber.
Tal vez por eso su legado resulta hoy más incómodo que nunca. Mientras el mercado celebra historias fácilmente digeribles, los libros de António Lobo Antunes continúan recordando que cuando es verdadera la literatura no sirve para pasar el tiempo sino para enfrentarlo. Y en ese enfrentamiento –calmo, obstinado, oscuro– reside la única forma de resistencia que todavía le queda a la novela ante la andanada banal de la era digital.
[Foto: Georges Seguin (Okki), CC BY-SA 3.0, via Wikimedia Commons - fuente: www.letraslibres.com]




