sábado, 13 de junho de 2026

ELNET: historia de un ‘lobby’ proisraelí en Europa


ANTONIO MUÑIZ — Spheres of Influence, 2024

Escrito por Yossi Bartal

El 8 de mayo de 2014, siete hombres se reunieron en Berlín, en un despacho no lejos del Bundestag. Tres eran estadounidenses, otros tres, alemanes, y el séptimo, israelí. Este último era Raanan Eliaz, cofundador y, por entonces, director de European Leadership Network (ELNET), una organización dedicada a promover los vínculos entre Israel y Europa. Este hombre de rostro lozano, poeta a ratos y nacido en uno de los primeros asentamientos judíos de Cisjordania ya había trabajado para el American Israel Public Affairs Committee (AIPAC), el principal lobby proisraelí en Washington, así como con el primer ministro israelí. Aquel día, tras recordar las ventajas de “una red internacional de asociaciones unidas por un mismo objetivo”, señaló que seguía faltando en los círculos de la amistad germano-israelí una entidad “específicamente orientada a los responsables políticos”. El objetivo de la reunión era, precisamente, remediar ese orden de cosas inaugurando oficialmente la rama alemana de ELNET.

El propósito que presidió la creación de ELNET en 2007 era importar a Europa los métodos del hermano mayor estadounidense. El AIPAC había logrado convertir el apoyo a Israel en una postura políticamente fructífera, y cara de contrarrestar, al financiar generosamente campañas electorales e imponer su punto de vista en los medios de comunicación. Pero Europa, donde la comunidad judía es mucho más reducida y los candidatos a ocupar cargos políticos dependen menos de donaciones directas, no estaba lista para este género de maniobras. De ahí que ELNET se dedicara a cortejar a los europeos acaudalados para animarlos a participar en recaudaciones de fondos calcadas a las del AIPAC, a la vez que desarrollaba otras formas de influencia, como la organización de viajes a Israel para cargos electos con todos los gastos pagados (1).

En la actualidad, la organización cuenta con varias decenas de empleados repartidos entre las seis oficinas europeas (París, Berlín, Bruselas, Londres, Roma y Varsovia), su sede en Tel Aviv y su sucursal neoyorquina (registrada con el nombre de Friends of ELNET). Su presupuesto anual, que llega a los 20 millones de dólares, procede básicamente de las aportaciones de bienhechores estadounidenses que así disfrutan de beneficios fiscales limitados a las donaciones realizadas en el extranjero. Aunque cada rama nacional es oficialmente independiente, existe un pequeño grupo de ciudadanos estadounidenses e israelíes que forma parte de todos los comités de dirección.

Influir incluso en Die Linke

Dentro de la Unión Europea, Alemania es hoy el aliado más sólido de Israel, país al que reserva un lugar aparte en su política exterior. Pero no era ese el caso cuando ELNET dio comienzo a sus actividades a principios de la década de 2010. Dado el declarado compromiso de Berlín con el derecho internacional, a menudo se ha visto en una situación delicada a causa de las políticas de ocupación de Tel Aviv. En 2012, tras volver de una visita a Hebrón, Sigmar Gabriel, el por entonces líder del Partido Socialdemócrata (SPD), calificó a Israel de “régimen de apartheid”, y se negó a retirar sus palabras pese a la indignación suscitada (2). Dos años después, el ecologista Volker Beck, que por entonces presidía el grupo parlamentario germano-israelí, pretendió condicionar la ayuda militar concedida a Israel a la suspensión de la colonización.

En tan solo unos cuantos años, se ha vuelto imposible formular esta clase de opiniones. Seis años después de haber usado la palabra apartheid, Gabriel, que ya había dejado su cargo público y se disponía a ponerse al frente del grupo de presión transatlántico Atlantik-Brücke, se sintió en la necesidad de presentar sus disculpas. Aquello fue justo antes de ser coronado como padrino de un programa cofinanciado por ELNET que ofrece estadías en Israel a jóvenes periodistas alemanes. En cuanto a Beck, en la actualidad se cuenta entre los más fervientes valedores de Tel Aviv y, según varias fuentes, en 2019 su nombre sonó entre los posibles candidatos a dirigir la filial alemana de ELNET.

Aunque no es posible atribuir esta evolución a una sola causa, el hecho es que coincidió con el auge en Berlín de varias organizaciones de lobbying, empezando por ELNET Alemania. En su perfil en la página web de Europe-Israel Network (3), Eliaz no se molesta en ocultar el papel desempeñado por la organización que presidió entre 2014 y 2016 en la promoción “al más alto nivel del Estado alemán” de una política “ofensiva” frente a la campaña internacional Boicot, Desinversión y Sanciones (BDS), afirmando que “incluso el partido de extrema izquierda Die Linke […] ha acabado por posicionarse públicamente en su contra”.

La presentación, en 2017, del primer proyecto de resolución anti-BDS ante una asamblea legislativa alemana fue obra de Carsten Ovens, un joven y ambicioso diputado de la CDU (Unión Demócrata Cristiana) en el parlamento de Hamburgo. Varias propuestas similares fueron presentadas algo después en otras asambleas de los länder hasta que, en 2019, el Bundestag, Parlamento Federal alemán, aprobó un texto que calificaba el movimiento de antisemita. También fue en 2019 cuando Ovens fue elegido para dirigir las oficinas alemanas de ELNET: un cargo que durante todo un año pudo compatibilizar con su escaño parlamentario gracias al laxismo de la normativa alemana en materia de cabildeo.

ELNET Alemania se jacta de carecer de afiliación política y de dirigirse a todas las formaciones, salvo el partido de extrema derecha Alternativa por Alemania (AfD). Al igual que en otros países, en el meollo de su estrategia se encuentran los viajes de delegaciones parlamentarias. Entre 2014 y 2018, al menos 36 miembros del Bundestag viajaron a Israel por cuenta de la casa. El ritmo de estas comisiones ha experimentado un considerable acelerón durante la presidencia de Ovens, con temas perfectamente calibrados para corresponderse con las comisiones del Bundestag —sanidad, cambio climático, ciudades inteligentes, etc.— y un programa dedicado a los jóvenes diputados. Hasta hoy, se cree que en torno a 160 parlamentarios alemanes (principalmente del Bundestag, pero también de asambleas de los länder o del Parlamento Europeo) han participado en alguna delegación de ELNET.

A ello se le añade un ciclo de conferencias a puerta cerrada titulado “Diálogo estratégico israelo-germano” (a menudo organizado en colaboración con un instituto vinculado con el Ministerio de Defensa alemán) y campañas dirigidas al gran público cuyo propósito oficial es luchar contra el antisemitismo y favorecer el diálogo interreligioso. Para una de ellas, “El Muro de las Preguntas” —subvencionada por varias administraciones regionales y locales— se han creado centenares de carteles con estética de dibujos animados y preguntas tan inocentes como “¿Comen los judíos hamburguesas con queso?” o bien “¿Es judío Harry Potter?” (4). La página web propone otras preguntas más tendenciosas, como “¿Existe un Estado de apartheid en Israel?” o bien “¿Está Israel cometiendo un genocidio contra los palestinos?”. La respuesta que se da a estas preguntas es, por supuesto, negativa.

Poco a poco, y como buen comercial, Ovens ha conseguido que un lobby con ambiciones internacionales, sometido a influencia extranjera y bien regado de dinero estadounidense sea percibido como un laboratorio de ideas independiente e implantado a nivel local. Siempre ha tenido buen cuidado de insistir en su estrecha colaboración con los organismos estatales alemanes y en los fondos públicos recibidos de diversos ministerios. En sus conversaciones privadas con varios diputados se ha presentado como favorable a la solución de los dos Estados y, llegado el caso, crítico con Benjamín Netanyahu. Hasta 2021, las delegaciones parlamentarias que visitaban Israel hacían una breve parada en Ramala para reunirse con representantes de la Autoridad Palestina.

Pero, mientras la sección alemana cultivaba esta imagen aperturista, la organización matriz emprendía una deriva manifiestamente derechista. Aunque ELNET ha estado desde el principio anclado en el campo conservador, sus responsables en Israel y Estados Unidos insistieron durante mucho tiempo en conservar los lazos con el centro y el centroizquierda del tablero político israelí. Tras la salida de Eliaz de la organización —apeado de la presidencia en 2016 por lo que unos documentos internos describían como “un grave abuso de confianza”—, este espíritu de diálogo ha empezado a difuminarse, coincidiendo con la derechización generalizada del apoyo a Israel que sucedió a la elección de Donald Trump.

A las riendas de la cada vez más influyente sede israelí de ELNET se sucedieron David Siegel (2016-2020), simpatizante del partido ultranacionalista Israel Beitenu, y Shai Bazak (2020-2022), exportavoz del Consejo de Yesha (la organización que representa a las colonias de Cisjordania, afín a la extrema derecha) y asesor en materia de comunicación del primer ministro Netanyahu a finales de la década de 1990. Luego le tocó el turno a Emmanuel Navon (2023-2025), un miembro de larga data del Kohelet Policy Forum, un sulfuroso laboratorio de ideas cuyo papel de arquitecto de la reforma judicial de 2023 —que limita el control del Tribunal Supremo sobre las actividades del Gobierno— ha sido ampliamente reconocido (5). Navon defiende públicamente la anexión de Cisjordania y la expulsión de los refugiados africanos de Israel, además de los llamamientos que hizo en calidad de director de ELNET a luchar contra el “opio” del wokismo con el fin de “restaurar el orgullo de las jóvenes generaciones por la civilización occidental” (6). Tras concluir su mandato, se puso manos a la obra y creó un nuevo think tank asociado a ELNET Francia cuyo propósito es “definir una política exterior post-7 de octubre” y “defender los valores de la civilización occidental” (7). En marzo de 2026, fue nombrado embajador de Israel en Japón.

La nueva orientación de ELNET no ha tardado en hacerse sentir en sus actividades europeas. En la actualidad, las excursiones de los parlamentarios ya no pasan por Ramala y apenas se prevén entrevistas con diputados israelíes laboristas o socialistas; por el contrario, cada vez con mayor frecuencia se invita a unirse a pensadores y activistas de extrema derecha. En 2025, por primera vez, una delegación fue a visitar las colonias israelíes en Cisjordania y pudo reunirse con sus representantes políticos.

La organización también ha reforzado su colaboración con la industria armamentística israelí, presentando a Israel como un aliado ineludible de la Unión Europea en tiempos de crisis. Dispuesta a capitalizar el drástico aumento del gasto europeo en defensa tras la invasión rusa de Ucrania en 2022 —por más que Tel Aviv se haya opuesto a las sanciones internacionales contra Moscú y negado a armar directamente a Kiev—, alardea de haber tenido un papel decisivo en la adquisición por parte de Alemania de un sistema de defensa antimisiles por valor de 3.500 millones de euros: el mayor contrato de la historia de Israel (8).

Inmediatamente después del 7 de octubre de 2023, cuando los israelíes seguían tratando de asumir la magnitud de las pérdidas humanas, la red pacientemente tejida por ELNET durante una década le permitió reaccionar con más rapidez que la mayoría de los gobiernos. Para el mediodía del 9 de octubre, este lobby ya había enviado al ensayista francés Bernard-Henri Lévy a Sderot, escenario de una de las peores masacres de Hamás. A continuación, se sucedieron las “misiones de solidaridad de urgencia”, en las que se llevaba a grupos de personas con trajes de protección y escoltados por empleados armados de ELNET a varios kibutz destruidos o al emplazamiento del festival Tribe of Nova. Varios participantes afirman haber ido también a las morgues y al campamento Shura, donde el Ejército israelí había instalado su centro de identificación de víctimas. Durante las semanas y los meses siguientes, el Gobierno de Netanyahu habló, a veces abiertamente, de la necesidad de preparar la opinión pública mundial para la amplitud de su respuesta. ELNET dio un paso al frente. Mientras las ruinas se apilaban en Gaza, su impacto sobre los responsables políticos se volvía más crucial que nunca.

En un momento en que políticos demócratas estadounidenses de primer orden han empezado a denunciar las injerencias políticas del AIPAC, ELNET sigue gozando de una imagen de respetabilidad. Aunque las operaciones militares de Israel —tanto en Gaza como en otras partes— suscitan una oposición popular cada vez más fuerte en sus respectivos países, políticos y políticas europeos de izquierda siguen disfrutando de eventos y viajes graciosamente ofrecidos por una organización cercana al movimiento trumpista y, a menudo, administrada por colonos.

Investigación realizada con una ayuda de IJ4EU y con la colaboración de Guli Dolev-Hashiloni. El digital alemán de crítica política y cultural The Diasporist (https://thediasporist.de) publicó una versión de este artículo el 27 de marzo de 2026.

(1) Yossi Bartal, Guli Dolev-Hashilon y Leon Holly, “Meinungsbildungsreisen nach Israel”, TAZ, Berlín, 29 de noviembre de 2025.

(2) “Gabriel erntet Kritik nach Apartheid- Vergleich”, Der Spiegel, Hamburgo, 15 de marzo de 2012.

(3) https://europe-israel.net/en/raanan-eliaz-2/

(4) “Willkommen an der Fragemauer”, https://fragemauer.de

(5) Isabel Kershner y David Segal, “Who’s behind the judicial overhaul now dividing Israel? Two New Yorkers”, The New York Times, 20 de marzo de 2023.

(6) Emmanuel Navon, “Europe should rethink its approach to annexation” y “Rome and Jerusalem”, respectivamente: 1 de julio de 2020 y 10 de mayo de 2024, https://blogs.timesofisrael.com

(7) “Emmanuel Navon steps down as CEO of ELNET-Israel to lead new think tank”, 2 de abril de 2025, https://navon.com

(8) Lisa Wölfl, “Wie Elnet Politik und Unternehmen zusammenbringt”, 20 de noviembre de 2025, www.abgeordnetenwatch.de

Yossi Bartal, periodista. Investigación realizada con una ayuda de IJ4EU y con la colaboración de Guli Dolev-Hashiloni. El digital alemán de crítica política y cultural.


[Reproducido en www.gerardodelval.com ]





A RAE acolle a Álex Grijelmo, o gardián das palabras

O xornalista e escritor ocupará a cadeira ou, vacante desde a morte do arquitecto Antonio Fernández Alba 

Álex Grijelmo

Escrito por  Miguel Lorenci   

Álex Grijelmo (Burgos, 1956) será o novo titular dá a cadeira ou da Real Academia Española (RAE). O xornalista e escritor foi elixido na  sesión plenaria da Docta Casa celebrada este xoves. A súa candidatura, avalada polos académicos Juan Luis Cebrián, José Antonio Pascual e Salvador Gutiérrez Ordóñez, era a única que se votaba. Grijelmo ocupará a cadeira vacante desde o falecemento do arquitecto Antonio Fernández Alba en maio do 2024. Gardián das palabras e o bo uso da linguaxe nos medios, Grijelmo desenvolveu o groso da súa carreira profesional no diario O País. Foi responsable da redacción do pioneiro libro de estilo do rotativo nado fai agora medio século e no que foi redactor xefe de Madrid, Sociedade e Deportes. Doutor en Xornalismo pola Universidade Complutense, comezou a súa carreira no diario burgalés La Voz de Castela, para continuala na axencia Europa Press. Cursou o programa de alta dirección de empresas (PADE) na escola de negocios IESE. Impulsor de Fundéu, é un dos grandes defensores do bo uso da linguaxe nos medios. Foi director da cadea de xornais locais e rexionais do grupo Présa e director xeral de Contidos de présa Internacional.  

Desde o 2018 dirixe a Escola de Xornalismo UAM-O PAÍS. Entre o 2004 e o 2012 foi presidente da Axencia EFE, desde onde impulsou a creación en 2005 da Fundación do Español Urxente (Fundéu), hoxe asociada á RAE.   

Ensaios   

É autor de máis dunha decena de libros e ensaios sobre xornalismo e linguaxe, como 'O estilo do xornalista' (1997), 'Defensa apaixonada do idioma español' (1998), 'A sedución das palabras' (2000), 'A punta da lingua' (2004), 'O xenio do idioma' (2004), 'Palabras de dobre fío' (2015), 'Proposta de acordo sobre a linguaxe inclusiva' ( 2019) e 'Coa lingua fose' (2021).   

NA perversión do anonimato (2024) o seu último ensaio, denuncia os perigos do anonimato na internet. Coa filóloga Pilar García Mouton publicou Palabras moribundas (2011) e xunto ao académico da RAE e novelista José María Merino asinou 'A forza do español e como defendela' (2019). 

Discursos pendentes   

O pleno da RAE conta con corenta e seis cadeiras. A tricentenaria institución que «limpa, fixa e dá esplendor» ao noso idioma ten pendente a lectura do discurso de ingreso da filóloga Cristina Sánchez López, elixida para ocupar a cadeira p, vacante tras o falecemento de Francisco Rico. Tamén a do escritor hispanonicaragüense Sergio Ramírez, quen ocupará a cadeira L, da que fose titular Mario Vargas Llosa. 

[Imaxe: Mariscal | EFE - fonte: www.lavozdegalicia.es]

Lo còrs al sègle XXI

Es mai present a l’escòla còrsa e tanben dins los mèdias d’aquela illa. Pasmens, la transmission familiala demòra encara fragila e la lenga es encara menaçada

Escrich per Christian Andreu

Lo còrs (corsu en còrs) es una lenga romanica parlada dins l’illa de Corsega. Fins a fa gaire, foguèt considerada coma plan pròcha dels dialèctes toscans e de l’italian central, mas uèi a una identitat lingüistica pròpria e una importanta valor simbolica dins la societat còrsa contemporanèa. 

A l’ora d’ara, es una de las lengas minorizadas mai estudiadas de l’estat francés. Après de sègles de dominacion politica e culturala francesa venguèt mai e mai marginalizat dins l’administracion, l’escòla e los mèdias. Totun, dempuèi aperaquí 1950, lo nacionalisme còrs s’es fòrça desvolopat e aquò a permés un recobrament del sieu prestigi social dins l’illa.

Uèi, doncas, es mai present a l’escòla còrsa e tanben dins los mèdias d’aquela illa. Plan mai qu’ara fa sonque 50 ans. Pasmens, la transmission familiala demòra encara fragila e la lenga es encara menaçada per la lenga majoritària, lo francés.

Una lenga italoromanica

Lo còrs aperten al grop italoromanic. Los lors parlars son tras que pròches del toscan medieval, mai que mai dins lo nòrd de Corsega. La causa ne son los ligams politics e comercials que i aguèt tre l’illa e divèrsas vilas-estat italianas septentrionalas, dont especialament Pisa e Gènoa. 

Aital, pendent de sègles, la lenga de cultura e d’administracion foguèt l’italian. Lo còrs foguèt utilizat sonque coma lenga orala populara, mas l’italian foguèt la lenga escricha. Aquò provoquèt una diglossia al nivèl popular. Quand en 1769 l’estat francés annexèt l’illa, lo francés s’impausèt pauc a cha pauc dins l’administracion e l’ensenhament còrses. Aquel procès s’accelerèt fòrça pendent lo sègle XIX.

Val sens dire qu’a l’escòla lo francés obtenguèt un ròtle central pr’amor que foguèt presentat coma la sola lenga legitima de la Republica francesa. Las autras lengas dichas regionalas foguèron mespresadas coma patois arcaïcs. Al sègle XX tota una generacion foguèt educada sonque en francés. Aquò provoquèt una rompedura de la transmission intergeneracionala. 

Uèi es de mal dire quantes parlaires de còrs i a. Segon las lors competéncias o comprenesons o encara identificacions culturalas, i a una chifra o una autra. La majoritat dels estudis sociolingüistics estiman qu’i a entre 100 000 e 150 000 parlaires de còrs a l’ora d’ara. La populacion de l’illa es de 350 000 abitants.

Pasmens, i a fòrça corsofòns que son annadits o qu’an crescut dins de familhas de lenga còrsa. Tanben i a de diferéncias segon las regions. Dins las zònas ruralas lo còrs es mai viu, mas es mens viu dins los centres toristics francizats. Fòrça joves an una cèrta competéncia lingüistica en còrs e aquò entraïna de diferéncias nautas entre conéisser e utilizar la lenga insulara. 

Après la Segonda Guèrra Mondiala, la modernizacion economica e lo torisme accelerèron encara mai la francizacion de l’illa. Fòrça familhas causiguèron de transmetre sonque lo francés als mainatges per facultar lor integracion sociala e professionala E lo nombre de corsofòns patiguèt una regression.

Totun, a comptar de 1970, lo fenomèn se revirèt. Lo còrs se desvolopèt plan mai amb los nòus movements regionalistas que volián revalorizar la lenga còrsa coma un simbòl de l’identitat còrsa. Mai d’organizacions culturalas, d’intellectuals e de musicians tornèron emplegar lo còrs, e ara es presentat coma una valor de l’illa. 

Tanben cal dire que la musica joguèt un ròtle clau dins aquel procès. De musicians coma I Muvrini ajudèron a popularizar la lenga quitament al nivèl internacional. Puèi, lo còrs s’installèt dins los libres, lo teatre e la poesia. E dempuèi los ans 1980 l’estat francés a permés l’introduccion del còrs a l’escòla. Uèi es ensenhat a l’escòla primària e segondària.

Pasmens, lo còrs es pas sovent la lenga veïculara unica. Lo francés contraròtla fòrça lo sistèma educatiu. Cèrts cercaires an soslinhat que l’ensenhament actual entraïna mai una cèrta familiarizacion culturala amb lo còrs que non pas una vertadièra competéncia bilingua activa. 

La preséncia mediatica del còrs a fòrça aumentat dempuèi los ans 1980.

Uèi, se pòt trapar lo còrs a la television regionala publica, difusat dins de programas culturals, informatius, documentaris e d’emissions culturalas. La ràdio a tanben ajudat a la normalizacion lingüistica de la lenga insulara pendent d’annas, e uèi encara i a cèrtas emissions dins de ràdios localas qu’utilizan parcialament o totalament la lenga còrsa. 

Tanben, i a plusors revistas culturalas e publicacions literàrias en còrs. Amb Internet arribèron de podcastes, de canals de YouTube, d’Instagram e d’autres contenguts numerics en còrs. Aquò balha una cèrta modernitat a las practicas culturalas dels pus joves. Mas lo còrs es pas encara cooficial dins l’illa.

Segon la Constitucion francesa, d’efièch, la sola lenga oficiala de la Republica es lo francés. Malgrat aquò, i a de subvencions culturalas e de programas escolars, amb una senhalizacion bilingua e una cèrta promocion del patrimòni còrs.

La demanda de l’oficializacion del còrs

Uèi lo movement nacionalista còrs demanda  la cooficialitat lingüistica, pr’amor que lo còrs es encara una lenga vulnerabla. La principala menaça es la transmission familiala. Lo còrs es sovent après a l’escòla mas pas a l’ostal. E mèdias, administracion, universitat e l’economia son encara en francés. 

Per mantun cercaire lo còrs serà una lenga patrimoniala mas pas pus una lenga comunitària normala. I a cèrtas contradiccions. Se lo còrs es simbòl d’una identitat culturala fòrta e benefícia d’una preséncia escolara importanta amb una produccion culturala dinamica, cal sonhar la transmission intergeneracionala s’òm vòl salvar la lenga de l’illa.

Per o poder far, cal una melhora preséncia del còrs dins mond audiovisual, dins la musica, los rets socials e dins la creacion culturala numerica. Se lo còrs conquista aqueles espacis nòus d’usatge, serà mai utilizat pels joves. Lo reviscolament del còrs, pasmens, es estat estonant durant los darrièrs decennis e per aiçò uèi encara es parlat. 

Se la societat còrsa pòt melhorar la simpatia culturala de la populacion envèrs la siá lenga e l’emplegar mai per carrièras, lo còrs poiriá subreviure. Cal doncas que venga encara una lenga modèrna, urbana e numerica per pèrdre pas lo sieu ligam amb la comunautat de Corsega. E trobar, per ansin, un avenidor al costat de las autras lengas d’Euròpa.


[Imatge: savard.photo - sorsa: www.jornalet.com]

El último malayo. Cerdos & Peces #11

En abril de 1987 la revista Cerdos & Peces publica su decimo primer número. En esta edición el Indio Solari presenta otro de sus textos inéditos.  


Escrito por Indio Solari 

Finalizaba el año 1982 cuando abracé por última vez a Bruno Beonnelheim, más conocido en la periferia del underground como “El último malayo”. Un joven alemán, cantante de rock y periodista free-lance transumante que, para los memoriosos que recuerdan su accidentado paso por nuestro país, generó junto a otros alemanes pertenecientes a su banda llamada “Los de carne” (así en castellano en Alemania) más un par de amigos porteños que los secundaron musicalmente, una de las muestras más conmovedoras, espontánea y efímera (por la irrupción de un grupo que dijo pertenecer a Coordinación Federal) para esos años. 

A través de una carta que me enviara su compañera Märit, acabo de enterarme de su muerte a manos a una comisión policial que lo detuvo en plena Josefstrasse a la salida de un local nocturno donde presentaba su número de “conversaciones y baladas lunares” y que oficialmente fue descrita como ocasionada por un disparo proveniente del interior del propio club adjudicado a un desconocido que logró escapar. 

Algunos años antes de ese diciembre de la despedida, tuve ocasión de compartir con él una habitación en la que fuera la mítica casa de salud que funcionó en el abandonado balneario de Dr. Belmes, unos doce kilómetros al sur de Villa Gesell, donde un grupo de personajes significativos de lo que dio en llamarse la nueva izquierda sobrenadante de la cultura rock, estaban internados (por decirlo así) para recuperarse de los estragos psicofísicos que la lucha contra el modelo sistémico había provocado en ellos. En este accionar, “el último malayo” había jugado un papel escénico de incauto drogado que bailaba un boogie de tres mil dólares mensuales, procesado por el movimiento de psicodelia negra que rodeaba en ese entonces a los desposeídos que habían perdido sus defensas sociales en su experiencia con drogas. 

En unos apuntes que aún conservo de aquellos meses en la Casa de Salud del Dr. Semasendhi han quedado registradas algunas anécdotas y visiones anticipadas que Bruno me proyectara, caracterizadas por su oposición a mi lectura un tanto posmodernista del estado de cosas en el imperio que él calificara de antigua ya por ese entonces. 

De ajustarse la muerte de Bruno a la descripción de los testigos, el verdugo de turno abrió en mí una herida dichosa que no cerrará jamás. Todavía lo recuerdo esa última vez, con sus botas radicales, su camisa de raso negro y ese pelo corto que él llamaba “la moda fenómeno para enfermar apenas”. Lo recuerdo, decía, como un tipo claro, austero, y sin el temor por lo intelectual que ya por entonces preocupaba a los jóvenes. Con sus enunciados musicales que no permitían comprenderle si uno no tenía acceso a la intimidad del método poético que descubre los significantes a medida que el discurso corre. También puedo dejar de imaginarle como lo describe Märit, mientras es examinado boca abajo con los brazos estirados sobre la cabeza, convertido en terreno de técnicas policiales. Con una perforación poco llamativa debajo de la axila, en la tenue fetidez de la carne apenas corrompida. Y luego tapado con una lona y etiquetado. Un cadáver que parece decir ¡esto lo hemos hecho nosotros! Un solo disparo. Chup! Veo también lo que atrae la memoria doliente de Märit en otra parte de su carta. Veo cuando Bruno la despierta por la mañana… ¡Levántate, dulce amor mío, ya es mediodía, debemos echar todo a perder! 

Según su compañera, Bruno sabía que la poli le iba a echar el guante ni bien se descuidara. Dormía cada noche en una iglesia distinta. Algo que puede sonar aquí muy extraño pero que para los conocedores de la realidad social en la Alemania de hoy es un detalle claro. 

Bruno se había convertido en el último tiempo en un fantasma social que fascinaba a los jóvenes con su recorrida infernal de recitales para la rebeldía juvenil alemana. Ese latido desconocido en nuestro medio, que él abarcaba con sus baladas lunares y la presión de su rock extremo. Se autodescribía como un producto de la cultura rock y como tal luchaba en favor de las pulsiones que intentaban romper la convención vigente. Esperaba impaciente una nueva expansión del campo de lo posible que vela en forma de una cultura libidinal no represiva, gobernada por el principio ordenador del placer en contra de un sistema que había suprimido (represión mediante) el elemento lúdico no funcional de la actividad social y eliminado el juego como fundamental vocación humana. Porfiaba contra ese sistema que intenta desterrar el placer como práctica existencial efectiva. 

De sus labios escuché por primera vez el término posmodernidad. Le molestaba la actualidad que se adjudicaban sus suscriptores. Decía que para desnudar la visión posmoderna no había que hilar muy fino. Que bastaba con observar qué cosas se inscribían con comodidad y complacencia en la resignación posmoderna. 

Su mirada de rocker se ajustaba al lugar donde estaba parado y desde allí contestaba independientemente del código propuesto por el modelo sistémico para su propia descripción. Afirmaba que la lectura posmodernista era puramente descriptiva, rara vez explicativa y sin ninguna propuesta de dinámica social que salta por sobre los decorados anestésicos propuestos por los grupos del poder. Acusaba de esta moda los pensadores de la nueva derecha que en su afán por desnudar a la izquierda la estereotipaban en la vetusta figura del PC francés y que, según sus propias palabras, “usaban el liberalismo burgués para defender un anarquismo de juguete, frívolo y órfico”. Sospechaba de la ceguera que les hacía confundir todas las izquierdas con el PC sovietizante de la partidocracia gerontocrática y dogmática, desconociendo la nueva izquierda internacional producto de la cultura rock y la variopinta y diversa franja que esta abarcaba. Veía al posmodernismo como un movimiento confuso, que si bien describe una situación confusa, lo hace con un discurso escaso y débil. Y tenía la sensación de que de todo eso solo quedarían unos cuantos fragmentos esparcidos, aislados los unos de los otros, que llevarían una existencia fantasmagórica donde la pasión habría desaparecido. Además no le adjudicaba a la posmodernidad un lugar fuera de la edad moderna de la cual aquella pretendía excluirse. Acusaba a los posmodernos de haberse vuelto antiguos, de haberse convertido en perdedores reciclados que buscaban refugio en la moda sin más ambición que sobrevivirse a sí mismos durante algunos años más, enamorados de su propio espíritu generador de un arte rococó muy similar al del siglo XVIII. Un arte de chucherías basado en seducir, vestirse bien, peinarse, ir de copas, tener video y mantener un departamento elegante y futurista desde donde sustentar un determinismo individual que no es más que una trampa tendida por los grupos de poder para mutilar el estado de ánimo libertario que late en las diversas luchas del planeta. Una celada que obliga a soñar un futuro pasadista, una arcadia feliz de idilios bucólicos, sin tomar en cuenta que la oda a la libertad burguesa yace ahogada en su propia baba. Por el contrario, concluía, la cultura rock intenta proteger el estado de ánimo tratando de vencer al miedo a la opresión sistémica, oponiendo a la sociedad ligera, cool, autogestionaria, una acción “psi” con porno, libido y esquizo incorporada. A Bruno le era imposible dejar de conmoverse ante la nueva miseria en las sociedades desarrolladas, ante el racismo y el uso del patrimonio vital de las especies por parte de las corporaciones mafiosas. Partícipe vital de esa cultura, reclamó a los pensadores posmodernistas el abuso de teorías socioeconómicas de un neoliberalismo salvaje. Los señalaba como generadores de una estética de la frivolidad que intentaría aprovecharse de la decepción de los héroes-póster jubilados de la cultura rock y de forzar hacia el individualismo el espíritu proletario obediente a las informaciones impuestas a través de los medios de comunicación. Se quejaba de esa descripción que si bien se extinguía, lo hacía dejando un vacío en el corazón y la atmósfera impregnada de un cierto olor a pólvora. 

A pesar de todos esos juicios, curiosamente escuché de Bruno algo que años después leería en Baudillard en referencia a su pasión principal. Decía que la música, tal como la conocemos, podría desaparecer, pero no por falta de música sino por la perfección de la materialidad, de la tecnología y de los efectos especiales. Por eso, su música probaba gritos vitricidas y cuando cantaba sus mandíbulas hacían añicos todo lo que fuera un negocio seguro de baja emoción. (“¡’Alto! en nombre de mi metralleta en Beirut!”, por ejemplo) hablaba de los modernosos “héroes cocidos con aspiraciones de playboy / mosquitos simuladores que apestan hasta el cielo / que llegan planeando a pinchar los corazones que han perdido la memoria / Esos chorretes humeantes que dicen ser los dueños de la bienamada modernidad / los pegajosos dulces sin celofán que abjuran del amor”. Así también recuerdo especialmente una balada lunar que cantó una noche en la playa –“Esto que ves, este muerto incapaz de provocar una lágrima / está arrancando la suerte de tu corazón y agrieta tu piel y llena tus pensamientos de sospecha / y te presenta un hombrón diminuto, ni un hombre / que para ganarse tu confianza / está haciendo lo imposible por pintarle los ojos a la muerte.” 

Las aguas están muy quietas. El último malayo saca sus redes del mar como quien quita telarañas de un espejo… Gracias, Bruno.

 

[Fuente: www.redondossubtitulados.com]

sexta-feira, 12 de junho de 2026

Se fue el Indio Solari, el cuidador del estado de ánimo

 


Escrito por Mariano Quiroga

Carlos Alberto Solari (17 de enero de 1949, Paraná – 05 de junio de 2026, Ituzaingó) siempre fue consciente. Su vida personal y su vida artística encajaron en una búsqueda de transformación social.

Consciente para encontrar el siloísmo en su juventud y declinar “tirar bombas” por acciones directas no violentas. Consciente para saber que a los jóvenes no debía bajarles línea, sino escucharlos.

Consciente para decidir hacer música de combate y no de entretenimiento. Consciente para elegir el camino de la independencia económica y no agachar la cabeza ante la tentación del show business.

A lo largo de su carrera fue impregnando el vocabulario de generaciones enteras con ideas fuerzas que emanaban de sus canciones. Desde la denuncia del secuestro del estado de ánimo de la sociedad, las críticas a la violencia que atacaba a los jóvenes o el desembarco neoliberal tras la derrota del comunismo en la Guerra Fría.

Su lírica, su profundidad encandilaron y abrieron los ojos de varias generaciones de argentinos y argentinas. Nos enseñó a cuidarnos entre nosotros y a reconocer la mística en lugares donde otros buscaban la mercadotecnia y la trivialización cosificante.

Desbordó estadios, su música se ha vuelto clásica y su imagen homenajeando a Luca Prodan se ha convertido en otro ícono para esta Argentina dolorida por la partida de su manifestación física pero fascinada por la figura de un héroe de nuestro tiempo.

“Los muertos sin alma me quieren juzgar a mí

la moda les sopla qué cosa penar, son así

una silueta de tiza tienen para mí esos jodidos

por la moda del odio sin piedad”

escribió en 2018 en “La moda no es vanguardia”, anticipándose a los desarmadores de cadáveres y respondiendo a quienes lo atacaban por sus ideas políticas y gritaban “viva el Parkinson” como hace 70 años gritaban “viva el cáncer”, festejando la muerte de Evita.

El Indio Solari editó 11 discos con Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Tras la disolución de la pareja creativa con el guitarrista Skay Beilinson, grabó 5 discos más firmados por él solo y acompañado por la banda Los fundamentalistas del aire acondicionado.

Además, en los últimos años grabó canciones sueltas que fueron publicadas en sus propios medios digitales.

A partir de esta tarde se sucederán despedidas multitudinarias al cantante y compositor en todo el país. Como despedida quiero dejar aquí una de sus canciones referidas a su vida “Pinturas de guerra”.


[Fuente: www.pressenza.com]

Esqueix

Diu un proverbi xinès que si vols ser feliç tota la vida, facis créixer un jardí



Moderato cantabile 

Diu un proverbi xinès que si vols ser feliç una hora, t’emborratxis, si vols ser feliç durant un any, et casis, i si vols ser feliç tota la vida, facis créixer un jardí. L’he trobat també com a dita popular danesa –sorpresa– i hi ha certa controvèrsia, no amb el sentit del proverbi, sinó amb les paraules mateixes: en algunes referències feia una hora feliç la gent gràcies a una becaina o assegurava felicitat anual com a resultat de matar un porc. El jardí, però, hi era sempre.

Per Sant Jordi vaig fer-me regalar un llibre que em va cridar l’atenció des del prestatge. Una coberta florida amb lletres que deien La ment ben enjardinada. Els avantatges de viure al ritme de les plantes. Gol. Havia plantat llavors feia poc i al cap se’m va fer l’escena agradable de llegir sobre jardineria, història, psiquiatria i neurociència –això prometia la contracoberta– mentre mirava obsessivament els testos per si uns brins nous d’alfàbrega i menta fresca treien el cap. Segueixo el lema del títol i el llegeixo al ritme que em creixen les plantes –la resta de coses les faig com si competís al circuit de Montecarlo. El subratllo al·lucinada, el marco i hi escric amb entusiasme i m’aixeco i rego jardineres, inspecciono geranis i em miro les begònies que la pedregada de Sant Jordi em va trinxar i que han tornat a fer florida, un autèntic festival.

«La cura i l’atenció proporcionen importants beneficis de tipus neuroquímic», llegeixo al llibre. Sue Stuart-Smith, l’autora, especifica que tant per qui les procura com per qui les rep. És gràcies a la maquineta meravellosa que tenim a dins del cap, que allibera oxitocina, l’hormona del vincle afectiu i reina absoluta del part, i betaendorfines, neurotransmissors opiacis naturals del cervell. Sospito sense haver de ser gaire llesta que aquesta afició/obsessió nova de fer créixer coses té alguna arrel en l’altra cosa que he (hem) fet créixer els últims anys. En el fet que el brinet dependentíssim entri en temps –que arribarà lent com les plantes– de creixença salvatge, d’una desconnexió natural que afrontaré amb els dits creuats, confiant en el que l’ha alimentat fins ara i que en tindrà prou reserves fins que hi vulguipuguisàpiga tornar.

«Mai tenim el control absolut del jardí», tinc subratllat. Vaig escriure-hi un merda. Si el proverbi xinès és cert –i no el trobo del tot inexacte sobre borratxeres, becaines, porcs o matrimonis–, això de ser feliç va de regar. La Mireia Calafell en va escriure «Esqueix»:

 

Per tu
evocaré la paraula precisa,
un esqueix que arreli en terra humida
i creixi amb serenor, discretament.
Amb tu
vindré a regar les flors aquest estiu.

I l’altre.

 

Moderato cantabile” és una indicació musical de tempo i caràcter, també és una novel·la de Marguerite Duras i, a Catorze, és una cambra pròpia on Andrea Jofre mira endins i escriu cap enfora. 

 

[Foto: Caleb Woods - font:www.catorze.cat ] 

Argentine: décès de Carlos Solari, leader du groupe Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

Carlos « Indio » Solari, l’un des artistes les plus influents d’Argentine au cours des dernières décennies, est décédé ce vendredi 5 juin à l’âge de 77 ans. À la tête des Redondos, Solari a sorti dix albums entre la fin des années 1970 et 2001, année de la séparation du groupe. 

Carlos Alberto Solari, La Colmena, Olavarría, Argentine

Carlos « Indio » Solari, est décédé ce vendredi à l’âge de 77 ans. Le chanteur, voix emblématique du légendaire groupe Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, souffrait de la maladie de Parkinson depuis au moins 2016. 

Les médias d'Argentine indiquent qu’il est mort dans la nuit de vendredi, à son domicile de Parque Leloir, situé à environ 33 kilomètres à l’ouest de Buenos Aires, victime d’un AVC. 

À la tête des Redondos, Solari a sorti dix albums entre la fin des années 1970 et 2001, année de la séparation du groupe. Avec son autre groupe, Indio Solari y los Fundamentalistas del Aire Acondicionado, il a produit cinq albums entre 2004 et 2018. Avec son rock électrique, ses textes poétiques et un charisme certain, Solari a accompagné la vie des Argentins pendant plusieurs décennies. Les concerts monstres qu’il a donnés ont rassemblé des centaines de milliers de personnes. 

Vendredi 5 juin, à l’annonce de sa mort, de nombreux rassemblements ont eu lieu dans plusieurs villes du pays. Des dizaines de milliers de personnes ont rendu dès dimanche un ultime hommage à l’artiste, à Villa Domenico près de Buenos Aires, formant une file de sept kilomètres. Véritable objet de culte pour les Argentins, ce rocker à la fibre sociale, engagé à gauche, restera comme un des artistes majeurs de la musique argentine. 

Depuis la base de la sélection argentine au Mondial, Lionel Messi a publié une photo du chanteur sur son compte Instagram avec la mention : « Toujours dans nos cœurs. RIP ».

 

[Photo : AFP/LUIS ABDALA - source : www.rfi.fr]

Faire face à la nouvelle peste brune

Philosophe du politique mais aussi fondateur de la maison d’édition new-yorkaise Zone Books, Michel Feher s’emploie à montrer les ressorts de l’extrême droitisation du monde. Dans son livre précédent, Producteurs et parasites (La Découverte, 2024), il dénonçait l’attrait exercé par l’imaginaire du Rassemblement national. Aujourd’hui, les légataires de Maurice Barrès et d’Henry Ford figurent parmi les partisans les plus enthousiastes d’Israël et se font les avocats d’une réduction de l’antisémitisme à une hostilité au projet sioniste. Ce nouveau philosémitisme suspect et fragile repose sur une opération de blanchiment réciproque à laquelle Michel Feher, s’exprimant à la première personne, propose de riposter en s’appliquant à Redevenir juif.

« Bermuda : Arbre », Charles Demuth © CC BY 4.0/Flickr 

Écrit par Sonia Dayan-Herzbrun

En France, comme aux États-Unis ou en Allemagne, les gouvernants « nous » entourent de sollicitude et nous invitent « à nous considérer comme des Blancs à part entière ». En retour, il nous appartient d’attester, nonobstant un passé en demi-teinte, « que le peuple majoritaire dont nous faisons désormais partie n’a aucune complaisance pour la judéophobie », même si des rapports comme ceux de la Commission consultative des droits de l’homme établissent que les stéréotypes antisémites traditionnels sont loin d’avoir disparu. Le blanchiment des juifs, rappelle Michel Feher, leur transformation d’étrangers de l’intérieur en Européens de l’extérieur, est au cœur du projet sioniste porté par Theodor Herzl, qui veut fonder un État servant de « sentinelle de la civilisation contre la barbarie ». Bien plus tard, Ehud Barak, alors ministre des Affaires étrangères israélien, parlera de son pays comme d’une « villa moderne et prospère au milieu de la jungle ». 

La victoire de 1967 (la guerre dite des Six Jours) avait, entre-temps, marqué un rapprochement entre les juifs « qui, par Israéliens interposés, faisaient un grand pas vers le blanchité », étant même parfois désignés comme « champions du monde libre », et les « gentils » Blancs. Ceux-ci assumaient désormais leur responsabilité dans ce qu’ils commençaient à appeler Holocauste ou Shoah, et la « question juive » devenait la leur.   

Cependant, le judéo-christianisme, dont l’expression la plus visible est le soutien inconditionnel apporté par les États-Unis à Israël, en est peut-être à son crépuscule. Certes, la parenté des imaginaires et des techniques de gouvernement entre les États-Unis et Israël semble de nature à garantir la pérennité de l’alliance entre les deux pays. On est en droit de penser que la politique d’annexion et de déportation menée par le gouvernement israélien peut servir de modèle, ou tout au moins d’expérimentation, aux autorités de Washington en matière de traque des travailleurs immigrés et de contrôle des États de la région, comme on l’a vu récemment au Venezuela. Mais les orientations se modifient. Le temps des néoconservateurs, majoritairement juifs et sionistes et soupçonnés d’entretenir une double allégeance, est révolu, et celui du sionisme chrétien évangéliste semble en déclin. Une brèche s’est ouverte dans le mouvement MAGA (Make America Great Again) avec la montée en puissance des paléo-conservateurs qui, déjà au tournant des années 1990, se refusaient à tempérer leur antisémitisme au nom du sionisme, qu’il fût juif ou chrétien. 

Les paléo-conservateurs, dont le porte-voix est l’influenceur Tucker Carlson, s’accordent à stigmatiser les travailleurs immigrés et les États-uniens racisés, évoquent volontiers la menace d’un « grand remplacement », et s’en prennent aux femmes rétives au patriarcat et aux minorités sexuelles promises à la damnation éternelle. Tucker Carlson s’écarte de cette ligne commune à tous les MAGA en énonçant en outre que « le suprémacisme blanc et chrétien, dont « America First » est le nom, n’a pas à inclure les juifs parmi les siens, et pas davantage à considérer les intérêts israéliens comme une question de sécurité nationale ». Il n’est pas le seul. Dans une interview donnée à Politico, Steve Bannon, stratège politique de l’extrême droite aux États-Unis et dans les pays européens, a mis en garde « les amis de l’alliance israélo-américaine contre les méfaits d’une cabale de juifs cosmopolites disposant de fonds illimités ». Quant au vice-président des États-Unis, J. D. Vance, il s’est employé à galvaniser ses auditeurs « en leur confiant qu’ils vivaient désormais dans une nation chrétienne où ils n’auraient plus jamais à s’excuser d’être blancs ». 

En Europe, le souci de prioriser le « péril musulman » a jusqu’à présent favorisé l’exemplarité d’Israël aux yeux de la fachosphère européenne, contribuant à une version modernisée de la blanchité où la judéophobie n’aurait plus sa place. Toutefois, Michel Feher perçoit une évolution doctrinale au sein de l’extrême droite européenne, qu’il s’agisse de l’AfD allemande ou même du RN français, comme en témoignent les traces numériques laissées par ses candidats et ses militants. Gager l’endiguement de la judéophobie sur l’admiration des extrêmes droites pour les exploits de l’armée israélienne n’est pas forcément un pari raisonnable. 

Plutôt alors redevenir juif, c’est-à-dire ranimer ce même juif « qui faisait figure de péril existentiel pour les pères fondateurs de l’antisémitisme moderne », parmi lesquels Carl Schmitt dont l’antisémitisme ne se réduisait pas à un vieil antijudaïsme chrétien, ni même au racialisme du parti national-socialiste. Selon lui, la nocivité des juifs devait moins à leur nature profonde qu’à leur condition d’exilés. Les noirs desseins imputés aux juifs, analyse Michel Feher, relevaient de l’introduction d’un trouble dans l’identification qui rendait leur condition diasporique contagieuse en privant leurs victimes du « sentiment de sécurité qu’elles retiraient de leur appartenance exclusive à une nation et de leur enracinement dans un territoire ». 

D’une manière provocatrice, mais de façon extrêmement stimulante tant au point de vue intellectuel qu’au point de vue éthique et politique, Michel Feher appelle à réinvestir positivement cette figure du devenir juif, celle du « paria conscient » conceptualisée par Bernard Lazare et reprise par Hannah Arendt et qu’il voit s’incarner chez Kafka, Judith Butler mais aussi Edward Saïd. Ce qui fait le paria conscient, c’est avant tout le refus de l’assignation identitaire et la préservation de ce qu’il nomme l’entre, l’espace de la vigilance, du doute et de l’humour. Puisse-t-il, comme l’espère Michel Feher, contribuer à démoraliser les responsables du déferlement de la nouvelle peste brune


 

Michel Fehe | Redevenir juif. La fin d’un pacte de blanchiment réciproque. La Découverte, 224 p., 16,50 €

 

[Image : CC BY 4.0/Flickr - source : www.en-attendant-nadeau.fr]

El Indio, la catarsis colectiva y la esperanza del pueblo que falta

 

Escrito por Pablo Schanton

IEEE-EEEEH. Es una “e” alargada, como la de un balido, seguida de un “ie-e-e-é”, digamos, un “yeah” de esos que Los Beatles inauguraron para celebrar el amor. Un gran “¡Sí!”, una afirmación vital y electrizada, propia de la dupla Lennon y McCartney saliendo de la pubertad. Pero también ese vibrato podría revelar ADN del tango (no sé, pensé en un cantante que le gustaba mucho a mi mamá, Alberto Morán). En términos de cómic, ese “screeech” de las frenadas de coche —la comparación es del mismo intérprete— equivaldría, oyendo tanta “e”, a la onomatopeya con que arranca el estribillo. Pero aun a la cocción de ese cuerpo sin órganos que es el “pogo más grande del mundo” le faltan ingredientes. Y no solo me refiero al Factor Skay del plato: por el lado rítmico, esos staccati marchosos que tensan hasta el descorche y, por el lado del punteo, su soltura de swing y de sultán, aceitada en las notas que hilvanan su caligrafía de neón, entre estrofa y estrofa.

Consejo: lleguen a los cincuenta segundos de este video con tal de ir escuchando mientras leen…

Una textura, antes que un texto: la voz. Se trata de una gárgara seca, o hecha recién, cicatrizando mercurio. Los vendedores ambulantes o los legendarios canillitas (“¡Extra, extra!”) usaban esa puesta en laringe como forma enfática de hacerse publicidad. Ah, un malo de Batman, el Pingüino, ponía la garganta en un lugar parecido para reírse (“Ji, ji, ji”). Pero ahí la cosa era más nasal, picuda. Barítono de tensión dramática, entre pito de Nito y gravidez de Pappo.

Nunca soporté el saxo en el rock, menos aún cuando este quiere rodar o ser pesado. Acá Los Abuelos, Los Twist y Sumo lo naturalizaron en los ochenta. Pero en el caso de Solari, entiendo que la cosa es mimética: su vocalización imita el aire que pasa por un metal. Toca su garganta como un saxo. Si Dylan pudo identificarse al cantar con la armónica que él mismo soplaba, el primer Indio, al corear a la par de los vientos en “Yo no me caí del cielo” (1984), parece entrenar la gola para ese falsete tan suyo, coincidente siempre con una carraspera. Pero nada de autotuneo foniátrico se detecta en el original, por más que la caricatura lo evidencie (un Ramiro Cerezo de Pier, pongamos por caso). 

ÑÉ. También hay consonantes en juego. Sobre todo una, la “ñ”. No cualquier “ñ” aunque sea siempre la marca de nuestro español. Un sonido como salido del ruso, que se acomoda a su vocalización igual que un guante. En la misma canción figuran “añicos” y “pequeñitas”. Entre “chicos” y “pequeñitas” se esconde la palabra “niño”, la misma que alguna vez cantaron Spinetta y Miguel Abuelo a fines de los sesenta, con la misma piedad y la misma fe que el Indio transmitirá a la altura de Luzbelito. Piensen si al vibrato hubiera que hacerlo con otra consonante. No va. Y la sílaba es “ñé”, necesita “e”. Y entonarla permite que el berrido funcione. Esta “ñ” es más que nada la que tiene “Sueño”, concepto clave entre los ideales redondos. Pero aquí ya empezamos a ingresar en zona de semántica.

Recién ahora, después de que nos pegó el ruido, cuando se ha encendido algo que denomino “masaquismo” —el goce colectivo de los cuerpos apretados en un recital, antes, durante y después del pogo—, que algunos prefieren simplemente observar como fenómeno sociológico del rock. Incluso, como anomalía del mundo del espectáculo donde el espectador se resigna a esperar, a ser expectante y no intentar emanciparse. Pero aquí estamos en otro territorio, donde el rock pasa, sucede, funciona: la pura materialidad del sonido y el cuerpo enredados en una caósmosis única. Y estamos muy, muy lejos de la distancia contemplativa de las formas “descarnadas” con que se consumen otras músicas, donde no se incluye baile, ni siquiera movimiento de cabeza o patita. Ni hablar de la lectura solitaria o la audición en público de un poema: pasan muchas cosas, claro, pero no lo del pogo de “Ji ji ji”. Tampoco es comparable al consumo emocional que propone el fútbol, donde juegan otros y uno se posesiona apasionado, pero bien de lejos, hasta que se corea el grito de un “Gol” y por ahí algo físico pase (quizás, se emparente con el ritual de los recitales ese abrazo, acompañado de la boca en “o” y salto por festejo, fraterno y embanderado, a veces homoerótico, que se produce en la cancha; quizás).

Voy a decirlo simplemente: el rock —el mejor rock— nunca fue “buena música” para escuchar inmóvil, sin prender otro sentido que el de los oídos. Es una composición de sonidos que se siente con el cuerpo, o no es. Es electrocución. Un infierno encantador.

In situ o en video, sentir el pogo de “Ji ji ji” siempre me ayudó a pensar que al rock hay que pensarlo de otro modo, si se quiere comprender su verdadera dimensión. Ese acontecimiento que es el BIG POGO DE JI JI JI no representa un desliz de indulgencia a las masas ricoteras de parte de los artistas y etcétera. Eso es el rock. Y, sobre todo, el bien llamado “rock nacional”, algo fatalmente made in Argentina. Solo no considerando este materialismo rockero (sonido EN el cuerpo) puede reducirse el análisis de una canción a una lectura sorda, donde gana la hermenéutica racional de las palabras. Ese “soñéee ie ie ie ie” sentido con la masa en vivo —o, repito, incluso visto vía YouTube— nos explica la transferencia física y mental que se producía entre el Indio Solari y sus seguidores.

Entonces, ¿por qué se insiste tanto con el poeta, el poeta, el poeta, como si hubiera muerto un escritor? Con el Indio Solari —voz líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota primero, y de los Fundamentalistas del Aire Acondicionado después—, perdimos a un cantautor popular de excepción, que es un montón como están las cosas en nuestra cultura. Alguien que sabía pensar las palabras mezcladas con la música y la voz. Alguien irreemplazable. 

SUEÑO. “Que un sueño acabó ya te dijeron / Pero no que todos los sueñitos, no”, arranca una inédita y legendaria “Pura suerte” (1982), donde el Indio cita la sentencia con que —nada menos— John Lennon inauguró la década de los setenta: “Dream is over”. Así el Beatle anunciaba el fin del idealismo hippie y, sin saberlo, el comienzo de la Me Generation. Pero eso sonaba demasiado grande y universal como para que resonara aquí, donde todavía se podía soñar. “Yo no puedo librarme / a lo que te debo como ilusión / ¡Ay! Si pudiera como si fuera un chico / emborrachar el ritmo de un maldito rock”, continuaba la letra. El de los Redondos fue un “sueñito de rock” que se hizo Sueño, dueño del rock en la Argentina, casi. Si el Sueño no podía ser soñado por todos en el mundo (“Imagine” lo formulaba como utopía, pero pronto “Mind Games” terminaría por privatizarlo), al menos podía volverse bandera de unos muchos en un país muy al sur del planeta. Hay una ética en esa salvedad (“Todos los sueñitos, no”); así como hay una salvación estética. La idea señera de mantenerse en la autogestión de los Redondos sería el ingrediente esencial de esa ética. La actitud poética a la hora de usar palabras en una canción es el de una estética que no reniega de sí misma.

En la era de Thatcher y Reagan, los ideales contraculturales del rock iban disolviéndose en las aspiraciones del Mercado global del pop con eje angloamericano (solo sobrevivían como “indie” manifestaciones del post-post-punk). Mientras tanto, Solari, ya líder de “un nuevo regimiento de patricios” (Martín Gambarotta dixit) que encarnaban sus flamantes adeptos suburbanos, se abroquelaba en una especie de Cuba o Vietnam del rock and roll, que duraba lo que duraba un recital. O mejor dicho, un ritual. Ya mediando los noventa, ante las privatizaciones, la apertura de la importación, la subrepticia dolarización, el endeudamiento y las loas a “lo global”, su forma de resistencia fue renacionalizar el rock. Vivir con lo nuestro, sin reducirse al mito folk de un “barrio”, y sin ponerse la remera de Che, como estaba de moda. 

NO. Solo atendiendo a la mera letra podría uno preguntarse lo que se ha estado oyendo en los medios por estos días: “¿Cómo la gente lo entendía cuando cantaba esas cosas tan crípticas?”. Eso me hizo acordar de la cantidad de ignorancias que se opinaron después de la tragedia de Cromañón. De pronto, los rockeros no éramos tantos y eran más quienes escuchaban música rock que los que pertenecían al movimiento. Es que, por un lado, existen practicantes de rock y, por otro, “teóricos” de rock, como canta Babasónicos. La media (la clase media “normal”) no entendía del todo por qué unes descamisades podían sudar junto a otres, contra otres, en un mosh, en un pogo, o en el baile que pinte abajo del escenario.

Anoche por televisión el periodista Carlos Pagni llegó a hablar del “misterio del Indio Solari” y de “formas extrañas de expresión”. ¿Qué escucha esa gente, dónde estuvo todos estos años? Sin dudas, la metáfora de la grieta alimenta la creencia de que hay dos orillas de un mismo plano dividido, cuando la quebradura en realidad es longitudinal: de clase, de zona, e incluso de raza. Siguió Pagni: “Hay una Argentina subterránea, que se moviliza espontáneamente”. ¡Ni que Villa Domínico, donde tuvo lugar el histórico velorio del ídolo, hubiera sido invadida por Morlocks o bichos bolita! Las masas inquietan…

Desde la otra punta del dial, un sincero fan del último Indio, el periodista Iván Schargrodsky definía la obra de su ídolo como “una biblioteca disfrazada de rock”. Ahora no entiendo yo. ¿Estaríamos ratificando el mito del Indio como “Hombre Ilustrado”? ¿Entonces todos sus fans son grandes lectores, que lograron sacarle el disfraz de música a lo que en realidad era literatura? ¿Por qué no basta con decir que el Indio, como sus admiradores, pertenecen al rock, un tipo de contracultura que no existía antes de la segunda mitad del siglo XX?

En este caso, los ricoteros son vistos como plebeyos que consumen bienes culturales impertinentes y refinados, un punto de vista que ignora cómo funciona la cultura rock en la Argentina desde los comienzos. En la web se puede consultar la colección completa de la revista Expreso Imaginario, o cualquiera de las dirigidas por Jorge Pistocchi (Pan Caliente, Zaff!!). Los Redondos son hijos de esas páginas iniciáticas, donde convivían democráticamente Burroughs, Herzog, Michaux, Cartier-Bresson, Castaneda, los poetas chinos de la dinastía Tang, Peter Brook, Oquendo de Amat, Thoreau, etcétera. Pero no solo de libros, películas, discos y demás mercancías de la industria contracultural se trataba, sino de cómo experimentarlos. Hay un aspecto subcultural en todo esto, que implica formas de vida alternativas, otros usos de los placeres y, sobre todo, la psicodelia (una condición perceptiva acerca de la cual el Indio insistía mucho). Entiendo que vengan generaciones que ya solo consuman lo que conste en web, y que logren descubrir a algún escritor gracias a la serie de YouTube El Mister nos lee (es Solari recomendando libros, obviamente). Sin embargo, no podemos olvidar que la ilustración de este hombre era pura instrucción a base de cultura rock, considerada en toda su amplitud. No era una rata de biblioteca que a veces salía a cantar.

En virtud de esta dimensión insoslayable que suma la experiencia redonda (se incluyen psicodelia, pogo, rito), resulta insuficiente comparar sus letras con el “hermetismo” del vuelo spinettiano o las alegorías socialistas de Silvio Rodríguez, simplemente porque se usan de otra forma. Por supuesto que fue necesario que previamente Spinetta habilitara el surrealismo para quienes vinieran después de él. Pero al Indio, los ricoteros lo leyeron y lo comprendieron mejor con el cuerpo que con la cabeza. 

JI JI JI. ¿De qué sirve saber que “Ji ji ji” habla sobre la cocaína? ¿Será que a alguien le produce esa epifanía de la que se burlaba Capusotto, cuando su personaje lanzaba un ¡Eureka! bajo la frase: “¡Está hablando del faso!”. Bueno, de la merca, en este caso y en el de la también alcohólica “Ñam fri frufi fali fru”, un anagrama dadaísta que Little Richard habría adoptado, donde se lee frula y falo, loco. Ni siquiera ese saber tranquiliza sobre nada. Después, hay que seguir esclareciendo más y es de nunca acabar: por qué aparecen el cine y la cena esa (genial, el que se endereza para el brindis), en una estética noir que remite a Alack Sinner y al Cerati que la cantó por letra de otro en “Persiana americana”. ¿Y qué quisiste decir con la cueva del perico? ¿Quién es Olga Sudorova? Y así… Pero ¿en qué mejora nuestra experiencia de la canción eso de andar acumulando explicaciones hermenéuticas? ¿Quién dijo que basta con el sentido cuando lo sentido sería más intenso, más completo y aún más complejo?

Ese estribillo de “Ji ji ji” aporta un epítome de lo que Luis Chitarroni denominó “la línea” al consagrar al Indio como letrista. La definía así: “El grado de intensidad de un conjunto de palabras en el momento de mayor intensidad musical”. Acto seguido, daba un ejemplo y una moraleja: “La dicción solar del Indio pronunciando ‘De esa miel no comen las hormigas’ no puede descomponerse en un ‘trabajo de análisis’. No es raro que el rock rechace la pseudointelectualización de los comentaristas. Entrar en ese corral es alquilar el tedio universitario de por vida”. En sintonía con Chitarroni, nos negamos a ofrecer un sentido cargado de esa “coherencia ideal que le exigirían los adeptos a una semántica dictatorial”. En vez de practicar una autopsia lírica (reducir a babosa de letras un caracol cuya caparazón de música se desoye), proponemos una biopsia fetichista: veamos cómo funciona ese gran pogo motorizado por el “No lo soñé”. Más que una línea, sería un punto, un punctum. Acá esa bengala fonética —el “Nolosoñéééé”— dejó de funcionar como el enunciado “No lo soñé” hace rato.

Pero sin dudas abundan otras “líneas” a lo largo del cancionero indio. Nos referimos a las consignas o eslóganes (así los llamaba Solari) del tipo “Violencia es mentir” o “Todo preso es político”. Por más foucaultianas que resuenen, su poder radica en cómo el cantautor recurre a las formas fragmentarias del saber popular: los dichos, los refranes, los grafitis, las frases de remeras, las de sobres de azúcar, los tatuajes con mensaje, los fileteados de camión, los memes, Antonio Porchia, El principito y más por el estilo (no justamente el de la Alta Cultura). Últimamente, nadie alimentó mejor el archivo de esa sabiduría prêt-à-porter de la cultura pop.

Ya que interviene la recepción corporal, donde participa el oyente activando más oídos que las orejas (el cuerpo todo), apelaremos a un neologismo —tic lingüístico del que no solo Lacan echó mano, sino también nuestro cantautor— para nombrar eso que pasa en el estribillo de “Ji ji ji”: una condanzación. Un baile donde el cuerpo se aliena en otros pegados a su lado, en tanto la cabeza entra en modo metáfora. Una significancia densificada por los sentidos abiertos (psicotropía + cuerpo a cuerpo), más somática que semántica.

Por eso, consagrar a Solari como “poeta” es poco. Una canción (mi favorita) como “Vencedores vencidos” (1988) no puede ser más perfecta en su conjugación de letra y música (lástima —lastima— el saxo): el modo en que se aceleran (se van corriendo) los versos en ese vértigo que hace de estribillo, y hasta es perfecto cómo cierra una línea su métrica, colgada en una preposición “de” que queda suelta. Recuerdo que también en 1988 escuchaba mucho The Smiths. Bueno, la química compositiva y emocional de la dupla Morrissey-Marr a la altura de Hatful of Hollow es la misma que la de Solari-Skay en Un baión para el ojo idiota. No son poemas musicalizados, por favor. Acá no hay un Serrat con “acompañamiento”, o un Sabina, o una María Elena Walsh, y todo eso que Mercedes Sosa consideraba poesía, pero nunca pudo sentirla en los Redondos. Nuestro cantautor sabía lo que hacía, como le dijo a Marcelo Figueras: “Esa es una de las ventajas que el songwriter tiene respecto del poeta: sus palabras pueden ayudar a completar o resignificar la forma pura que la música insinúa”. Y eso del lado de las intenciones, pero del lado de las intensidades, es el público quien tiene “la última palabra”.

Ahora bien, esa declamación silábica y paternalista del “mensaje” vino después. Ni Pato Fontanet, ni Piti Fernández, ni Rolo Sartorio podrían compartir esa urgencia prosódica del Indio, donde se dicen grandes cosas así como al pasar. Pero es cierto que el Indio guardaba el traje oracular de Viejo Vizcacha para los reportajes.

La Semantocracia académica (y aledaños) siempre está atenta para desambiguar lo que no haya quedado del todo claro. Algo que el Indio siempre se negó a hacer, aun cuando diera pistas sueltas en su autobiografía. Esa paranoia de detective semiótico está parodiada en la novela La cuadratura de la redondez (2011) de Ariel Magnus, donde el filólogo cordobés Atila Schwarzman encarna a un Charles Kinbote (Nabokov) naufragando en la semiosis ilimitada de la lírica redonda. Por su parte, el porteño Pablo Cillo editó a los dos años Filosofía ricotera. Tics de la revolución, con la intención de demostrar que lo de Schwarzman se puede hacer en serio, hasta construir el edificio escolástico del Indio, parafraseando cada verso desde el discurso universitario. Citemos una conclusión sobre la canción que nos ocupa; es la página 100 de unas casi cuatrocientas: “(…) ‘Ji ji ji’ nos remite al modo en que el socius capitalista dispone del registro que la máquina deseante hace de la conexión al flujo de la cocaína y sustancias análogas, transformando la línea de fuga que en principio es perversa en aquella psicótico-paranoica que caracteriza a la adicción. El deseo se repliega sobre sí y encuentra una fisura en la que crece un desierto interminable. Lo que nunca nadie soñó es la clausura de todo desear en el fondo de la cueva del consumo o la alienación total”. 

OJOS BIEN ABIERTOS PERO CIEGOS. Quisiera ahora analizar de paso al Indio Solari-el ícono. O solo Indio: el mote es infalible. Esos ojos bien abiertos pero ciegos siempre me llamaron la atención. Las gafas negras. Su carisma anticarisma lo vuelve único, acá y en todo el mundo (donde pocos lo conocen). Su iconografía consta de decisiones sobre el look de rocker, tan extremas como lo son las de un Bowie (devenir alien) o un Springsteen (hacerse el tipo común). Tanto que se acerca al grado cero. Se dispuso a llevar una máscara neutra, a base de calvicie, labios-moños y dos cejas marxianas (de Groucho) sobre lentes circulares negros. Nada más. Un óvalo blanco con dos círculos negros a la altura de los ojos, lo que se ve en la tapa de Porco Rex.

Hará una cuarentena de años, el uso de lentes oscuros en el under sostenía una contraseña: anoche fue una noche de excesos varios y no quiero que ahora al sol me vean así, de resaca. Corroboraba el vampirismo de intensidad de cada cual. La izquierda de la noche vista de día. Con la llegada de la franquicia CQC y sus men in black, los lentes negros comenzaron a significar cierto cinismo y cierta hipocresía: algo ocultaba esa “mafia”, irónica pero inofensiva.

En el Indio nos enfrentamos a un rostro anti-Levinas (ilegible, 2D, sin lo mismo y sin lo otro). Ese emoji cero (ni siquiera rankea para el de Groucho) constituye una pantalla refractaria como cara. Ahí radica la clave: donde parece que no hay nada es donde podemos vernos.

Cuando se publicaron las memorias que Solari escribió con Marcelo Figueras, Recuerdos que mienten un poco, en 2019, intentaron invertir el ícono: ahora que se vean los ojos del autobiografiado, en un gesto de sinceramiento confesional. ¿Y qué vemos en esa tapa? Unos ojos apretados por unas cejas adustas, que tensan hasta arrugar una frente de puro hieratismo. ¿No estamos más cerca de un villano de Marvel que de un rockero bueno, al estilo Gieco? ¿Y qué pasa si vamos más atrás? Digamos, a los primeros Redondos, cuando tenía pelo y cantaba en sótanos a los que convertía en un cabaret de la película Cabaret, o lo más Bob Fosse que permitían los Omares de la paracultura. Miren el bigote y la barba: detalles totalmente psicobolches o hippies, contraste total con los “raros peinados nuevos” del poptimismo alfonsinista. Es cierto que el uso de corbatita ratificaba que había asimilado (tarde) la new wave. Hay una famosa foto en La Esquina del Sol con Enrique Symns al lado de Skay: jugando a los cerdos y peces importando a Bukowski. Pero tanta pilosidad encima le sumaba edad. Este hombre, al final, siempre fue viejo, y más todavía, de joven. Bueno, no tan joven: su carrera no empezó antes de los treinta años.

En su momento, señalé con saña esa grieta generacional y social entre el cantante y sus admiradores. Recuerdo que una noche pasé del camarín donde el Indio practicaba tai chi a la cancha donde el público se mandaba una zapateada circular con revoleo de remeras. El contraste en el uso de los cuerpos era un poco chocante. En realidad, ese juicio negativo no tomaba en cuenta lo esencial de la identificación ricotera: lo que separaba era lo que unía. Incluso, al líder se le aceptaban actitudes bastante intolerantes. “Yo no soy el que limpia los pisos como para que me tiren trapos”, recuerdo haberle oído, después de patear otra remera desde el escenario. Un padre alternativo, que los aceptaba cuando se sentían más huérfanos, los reconocía incluyéndolos en sus canciones y les daba permiso para jugar, pero que también les ponía límites.

Volviendo al look, ¿hace falta hablar de la ropa que se ponía para subir a un escenario? Ni glam ni grunge, la camisa y los pantalones se conseguían en el “local para caballeros” en cualquier capital de provincia. Lo más parecido a tu profesor de física. Incluso Skay contrastaba a su lado, agachando su look de gitano celta. Como lo sexy o lo sensual o lo erótico, todo eso es subjetivo, pienso callarme la boca sobre sus movimientos en escena. No voy a mencionar a Iggy Pop o a David Byrne, por celebrar la psicosis o la neurosis en contraposición a nada (esas patinadas sin patín por el escenario serían nada). Ni señalaré lo más cringe a mano con que cuenta un vocalista: la gestualidad del air guitar. No es momento. Entonces, ¿a dónde queremos llegar?

A que hoy su look Keaton (de Buster, pero de Michael, como Batman, también) denuncia la falsedad rocker de esta gente que nos gobierna, y que organiza cosas como el Derecha Fest para tocar rock & roll. Mientras el calificativo “rock star” se ha implementado para consagrar a traperos y best sellers “con onda”, la máscara neutra del Indio demuestra que se puede mantener una postura contracultural lejos de las poses rockeras más visibles. O sea, digamos: la campera de cuero como emblema y el expresionismo de sacado. En su ya clásico Kill All Normies (2017), la irlandesa Angela Nagle demuestra cómo la cultura incel se fue cocinando en Internet hasta terminar por llevar al poder a Trump, reciclando la transgresión de izquierda como “incorrección política”. Cuando en su campaña, Milei le robó “Panic Show” (2000) a La Renga, nos estaba ofreciendo las primeras señales de alt-right adaptadas al uso nostro. La “sensibilidad troll”, como la bautiza Nagle, ha invertido el sentido de la transgresión a punto tal que “libertario” sería sinónimo de conservador sin que se note. La nueva rebeldía de derecha (amoral, sádica, opuesta a la justicia social y la equidad de los derechos humanos, promercado y anti-Estado, es decir, todo lo que se sintetiza en una motosierra) llegó aquí a ritmo de rock, apropiándose de la gestualidad más teen del rock, llevándose puesta la “reveldía” renga.

En este contexto, cómo no querer a ese señor, enfermo del maldito Parkinson, que vivía con su señora e hijo en una casaquinta, con pileta climatizada y dobermans, ubicada en Parque Leloir. En la batalla cultural, hay que fijarse bien de qué lado de la mecha rockera nos encontramos. Si es que queda algo, porque hasta el rock nos están robando. 

SOÑÉ. Podríamos decir que a los Redondos les tocó refundar el rock nacional hacia fines de los ochenta. Pero lo de “les tocó” podría sonar a destino. Bastaría retroceder hasta “Canción para naufragios” a fin de encontrar algunas pistas programáticas. Allá por 1993, un lúcido Eduardo Berti superpuso los versos “Ya no estás solo / estamos todos en naufragar” con los iniciáticos de “La balsa” (1967), en los que monologaba alguien solo, triste y abandonado, decidido a construir una balsa para irse a naufragar. A pesar de que el rock había sido institucionalizado como música popular argentina, tan legítima como el tango y el folclore, luego de Malvinas, los Redondos se propusieron mantener como bandera el proyecto de democratizar el ejemplo de una vida más bohemia (de eso se trata salir a naufragar: la deriva que promovían los situacionistas) y menos “normal”.

Conforme el público crecía, no alcanzaban las balsas. Ahora el desafío para la banda consistía en aumentar el calado sin perder la proa de la contracultura. Lo primero fue abrazar la Táctica Bartleby durante el boom poptimista postdictadura (el eslógan “¡Tirá para arriba!” de Zas era unánime). El Indio, Skay y su pareja/manager, la Negra Poli (el triángulo básico de Patricio Rey), prefirieron no firmar contratos con ninguna agencia ni sello discográfico. Probarían autogestionarse, manteniéndose fuera de la gran industria musical. Y la pyme redonda funcionó. Todo, gracias a la logística de una mujer, la Negra Poli, quien había aprendido el rol de manager de otra mujer, Esther Soto de Vitale (mamá de Lito), cofundadora de Músicos Independientes Asociados (M.I.A.) mediando los setenta.

El salto del under de sótanos a la masividad de estadios en los noventa los cargó con una nueva responsabilidad. Ahora tenían que traducirles a los chicos y chicas del conurbano que empezaban a seguirlos cierto hedonismo alternativo —la búsqueda de placeres desconocidos desde una militancia antisistema—, algo que habían compartido hasta entonces con una elite de cerdos y peces metropolitanos que vivían de noche. Vaya tarea, vaya pedagogía. El Indio y sus secuaces convertirán los recitales en lo que el ensayista norteamericano Hakim Bey denominó “zonas temporalmente autónomas” para goce de su tribu. Era una manera de ganar la bataille cultural para el rock argentino hace cuarenta años, patrocinar el derecho al gasto. Un tipo de justicia social distinta, que iba más allá del Principio de Acumulación, alejándose de la ética protestante de sacrificarse para ganarse el pan y reproducirse. Pero ahí también empezaron los problemas.

Por un lado, una cuestión económica. El plan neoliberal del 1 peso = 1 dólar enriquecía a unos mientras empobrecía a otros. Entre los ganadores se contaban los músicos con mejores ventas de discos y tickets, estuvieran dentro o fuera de la industria. Entre los perdedores, jóvenes del conurbano como “las bandas”. Ya hablamos de ese contraste: mientras grupos como La Renga firmaban contratos millonarios pero trataban de demostrar que eran “los mismos de siempre” ante sus seguidores, a los Redondos no les importaba hacer concesiones ante su público. El hecho de ser independientes los absolvía de todo.

Por otro lado, la sociología debería estudiar cómo entraban en fricción los valores y goces de la bohemia con las necesidades y obligaciones de la “normalidad” en las vidas de los ricoteros (y de los rockeros en general). Un nuevo tipo de clase media consciente de que otra vida mejor (y más intensa) es posible se vuelve un laboratorio social, donde se hacen intentos, no siempre exitosos, por armonizar la ley y el desorden, la familia y los excesos. ¿Cuánto se puede vivir “en estado de rock”? ¿Y si naufragar finalmente equivale a caer en la adicción? ¿Digamos, una deriva como la que describe “Ji ji ji”?

Patricio Rey tenía la solución. Consistía en habilitar el goce maldito del rock homeopáticamente, cada vez que organizaba una “misa”. La cual conllevaba una “procesión” hacia alguna ciudad chica fuera de CABA, donde eclosionara ese orgasmo colectivo con “Ji ji ji”.

¿Y ahora qué hacemos?

EL INDIO ES PUEBLO. “Es preciso que el arte, particularmente el arte cinematográfico, participe en esta tarea: no dirigirse a un pueblo supuesto, ya ahí, sino contribuir a la invención de un pueblo”. (Gilles Deleuze, La imagen-tiempo)

En un artículo conmovedor aparecido en Panamá Revista, el periodista Fernando Rosso escribe que, tras la muerte del Indio, ya empezó a sentir nostalgia porque sabe que no existirá más “la Patria ambulante” que el cantautor nos proponía, ese “país dentro del país”. Digamos, eso que Pagni resumió desde su vereda como “una Argentina subterránea que se moviliza espontáneamente”. Es difícil pensar quién podrá heredar ahora la conducción de esa comunidad ricotera, constituida por millones de personas, acostumbradas a la comunión táctil e instantánea de un pogo apenas oían “No lo soñéééé”.

Hoy que falta un pueblo, las bandas ricoteras nos recuerdan que intentaron formar algo parecido, pero a su manera. En el multitudinario velatorio del ídolo popular, los movileros de la tele sufrían porque cada testimonio en la fila venía mechado de consignas contra el gobierno. No serán parte de la “poesía” a la que tanto se alude cuando del Indio se trata, convengamos. Pero esos “¡Milei, la concha de tu madre!”, que quedaron televisados, calentaban un poco las lágrimas bajo la llovizna fría. Esa catarsis colectiva que asomó en Villa Domínico impulsa alguna fe. La única que nos ayuda a compensar un poco tanta desesperanza. Por si fuera poco, se suma el duelo por la pérdida de un gran referente nacional de la contracultura. Ahora que el felino no parece tan doméstico como el que nos endeudó con el FMI en 2018, resulta que el rugido viene en forma de puteada. El Panic Show no debería continuar. 

[Foto: Edgardo Kevorkian - fuente: www.revistaotraparte.com]