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domingo, 17 de maio de 2026

La sutil vida de un poeta

A contracorriente de lo dicho por el propio poeta (“No tengo biografía”), Ernesto Hernández Busto emprendió la tarea de narrar a profundidad la vida de José Lezama Lima. En sus primeras tres décadas –signadas por el asma infantil, la muerte del padre y los encuentros con Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez–, el biógrafo encontró las claves de una obra radical.

Ernesto Hernández Busto, autor de José Lezama Lima: una biografía


Escrito por 
Christopher Domínguez Michael  

En aquellas páginas, en efecto, el joven novelista se rebela contra el anacrónico Sainte-Beuve oficial –aquel que disfrutaba su madre–, quien consideraba que el conocimiento de la vida de un autor esclarecía, como quería el lundista, los claroscuros de su obra. Proust pregonaba, de acuerdo con la literatura del nuevo siglo del cual sería uno de los portaestandartes, por la autonomía del texto, aunque su conocimiento de Sainte-Beuve fuese parcial. No conocía Proust su historia del convento de Port-Royal (1840-1859), que hoy sería considerada una “multibiografía” de aquel nido del jansenismo, ni tampoco su juvenil tratado histórico sobre la poesía francesa del siglo XVI (1828), donde, paradójicamente, habla de las obras y no de los autores. Pero concedamos que, en términos generales, la vieja crítica, emblematizada por Sainte-Beuve, le daba la espalda a la retórica a favor de la personalidad y que el siglo XX, no solo el francés, desde Gustave Lanson hasta el postestructuralismo, fue retórico.  

Ello viene a cuento porque, como pocos entre los hispanoamericanos, José Lezama Lima (1910-1976) es un poeta que parece ajustarse a la sentencia de su admirado Octavio Paz. “No tengo biografía”, insistió. “Vivo en lo que queda al pasar por un espejo.”1 Solo salió de Cuba en dos ocasiones: a Jamaica (asunto de su magnífico “Para llegar a la Montego Bay”, en Dador, de 1960) y a México, donde se recreó con los murales, a los cuales llamaba “fresquismo mexicano”.2 Salvo con Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca (sobre cuyo trato con Lezama Lima Hernández Busto hila fino y ve en el ejemplo del granadino un aliento de libertad sexual para el cubano)3 no tuvo el autor de Paradiso (1966) y de Oppiano Licario (1977) mayor comercio con los figurones de la literatura mundial, aunque hizo Orígenes (1944-1956), una de las grandes revistas literarias del idioma. Tampoco descolló por su entusiasmo por la Revolución de 1959, la cual lo edificó moralmente en sus inicios, pero acabó por condenarlo al ostracismo, aun cuando dejó su ofrenda poética ante Ernesto Guevara en un poema no publicado en libro.4 Empero, dice su biógrafo, “en todo gran poeta habita, por así decirlo, la tentación de legislar en nombre de alguna polis”.5   

Visitar su casa en Trocadero 162 en La Habana vieja, antes y después de la muerte del gran poeta, se convirtió en un imperdible en materia de turismo literario; famosa era su discreta homosexualidad y su indiscreta glotonería, y admirada, sin reserva alguna, toda su obra poética, novelística y ensayística. Bien conocida era la suya, una gramática de asmático y frecuentemente comentada su aparente incapacidad para pronunciar o escribir correctamente palabras en otra lengua distinta al castellano.  

Así que Hernández Busto se enfrentaba, solo en apariencia, ante un vacío biográfico que, como todo en Lezama Lima, acabó por ser sustituido por la profusión. Desde 1997 y 2002, comenzando nada menos que con Lorenzo García Vega (1926-2012) y con Eloísa Lezama Lima (1919-2010), su hermana, Hernández Busto conversó con varias decenas de testigos y protagonistas, falsos o verdaderos, de la vida lezamiana, al grado de que, como comentó en la presentación del libro en la Ciudad de México, el 18 de marzo de 2026, el problema no era que sus entrevistados hablaran, sino que se callaran, proveedores de toda clase de chismes y habladurías, asunto natural tratándose de la reserva, a menudo fantasiosa, provocada por una dictadura como la castrista.   

Recorrida la genealogía lezamiana, en una Cuba del siglo XIX resueltamente europea por española, en José Lezama Lima: una biografía, el biógrafo aborda cómo la dificultad para respirar rodea al recién nacido el 19 de diciembre de 1910 antes de la medianoche en el campamento militar de Columbia, cercano a La Habana, donde estaba destacado su padre, el teniente de artillería e ingeniero civil Lezama Rodda, quien será víctima en 1919 de la llamada gripa española. La frase de Oppiano Licario ha impresionado a varios de sus lectores: “La vida del padre se llora aunque esté muerto, cuando llegamos a la madurez; la muerte de la madre se llora aunque esté viva, en nuestra niñez.”6   

Ese miedo a morir de asfixia, que compartía su familia con el niño, llega hasta Cemí en Paradiso y una de las sorpresas al leer a Hernández Busto es enterarse de que libros calificados por algunos como “ininteligibles” trasladan, casi sin mediar otra cosa que la prosa extraordinaria, llanos episodios biográficos. Inventor de lenguaje lo fue el poeta. Pero como mistificador de su propia vida, ausente de biografía, según él mismo, Lezama Lima lo fue escasamente.    

En aquellos tiempos se hablaba médicamente de una “personalidad asmática” que “condenó” al niño, tenido por víctima de una fragilidad extrema, a un infierno de la lectura interrumpido por las batallas entre liberales y conservadores (su padre, por militar, lo era) en aquella Primera República Cubana (“conato de Estado en una patria sin nación”,7 según Jorge Mañach) nacida en 1902 bajo tutela de los Estados Unidos. Esos episodios también cruzan por Paradiso, como su bélica equivalencia colombiana es indisociable de Cien años de soledad. Aquellas querellas civiles no impresionaron demasiado a quien acometió, de casi no saber leer, en 1918, el Quijote, “libro prodigioso”, al que siguieron los Diálogos de Platón, que acabaron por dictar la imborrable sentencia lezamiana: “Solo lo difícil es estimulante.”8   

La muerte precoz del padre sumió a la familia en cierta penuria económica, que en los recuerdos de Fina García Marruz tornó la pobreza en aristocracia del espíritu e hizo del hogar de los Lezama un sitio “surrealista y barroco” con tío “bala perdida” incluido, personaje “burlón, derrochador, colérico, mimado y seductor”, a su vez, en Paradiso. Y ese tío (“demonio o tarambana”, un Wilhelm Meister) nos lleva a la doble vida habanera a la que se irá asomando el joven Lezama Lima, una “zona de confusa convergencia” en la polis griega y en el bullicio, primero provinciano y luego cosmopolita, de la noche.9   

Ese legislador político que es en el fondo todo gran poeta, como lo cree Hernández Busto, comienza por rechazar las teorías del mestizaje cubano, apoyado en el José Martí que decía: “Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro”, que lo formó en el rechazo a la “violencia, altanería y estupidez” de la vida universitaria que es obligado a cursar, optando por aligerar el peso del derecho romano con el estudio simultáneo de las letras. Lezama Lima y los origenistas, por cierto, no fueron racistas: simplemente se negaban a desarrollar la identidad cubana a partir de la negritud.10Aunque el historiador Rafael Rojas descree de la mediocridad que Lezama Lima achacaba a sus estudios universitarios, él y Hernández Busto coinciden, al parecer, en que “los origenistas fueron la primera generación autodidacta de intelectuales cubanos”.11   

Como Paz, Lezama Lima perdió pronto a su padre y, como el poeta mexicano, ello lo obligó a sostener precariamente una carrera universitaria en medio de la escasez familiar. Y así como Efraín Huerta recordaba que, desde el principio, “Octavio fue el jefe”, García Marruz recuerda al joven cubano en el centro, rodeado de un “séquito”, o más aún, como una especie de “rey oculto”.12Pero desde entonces fueron muy distintos tipos de intelectuales. Para decirlo facilonamente, a la manera del título que Jorge Aguilar Mora le dio a su libro pionero sobre Paz, este se inclinó hacia la historia y Lezama Lima hacia el mito, que en él es una de las formas de la imagen. Por ejemplo, mientras Julio Antonio Mella, el líder comunista cubano asesinado en la Ciudad de México en 1929, fue integrado a Paradiso como un voluptuoso “Apolo habanero”, capaz de actos “homéricos”,13 el Paz de la madurez no habría olvidado que fue emboscado, muy probablemente por agentes de la gpu a la cual servía su amante, la fotógrafa italiana Tina Modotti, quien llegaría alto en la Tercera Internacional, aunque al final ella también, quizás, resultara asesinada por su propia gente.    

Hacia 1930, Lezama Lima, como Paz en México, participó de las algaradas estudiantiles que hicieron del mexicano un típico militante de los años treinta, cercano al Partido Comunista, en tanto que el cubano veía en la política un escenario de sacrificio, tan mítico como algunas otras esferas del mundo visible. Antes que los locales partidarios y las asociaciones sindicales, prefería las librerías de Obispo, donde se toparía con Jiménez, mientras para Paz su decisivo encuentro con Rafael Alberti, de origen político, se volvió poético en 1935.   

Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí llegan a La Habana en diciembre de 1936. El clima y la algarabía debieron parecerles infernales. Aunque era el lugar menos propicio para concebir “el libro total y único, resultado del mundo, del triste Mallarmé”,14 el poeta español encontró consuelo, sobre todo, en el joven Lezama Lima, quien reunía poemas primerizos en Inicio y escape, “precedido por un exergo de Juan Ramón Jiménez”, que abre el camino para Muerte de Narciso (1937) donde el cubano se presenta de cuerpo entero. Poema sobre la poesía, se sobrentiende, es de raíz católica, según Jorge Luis Arcos, y es un intento de ir más allá de “la poética aristotélica” a través de “un mundo de la transfiguración” a la vez analógico y vertical. “Hierofanía, penetración en el misterio, solución a todos los conflictos de la corporalidad y lo sensorial”, agrega Lourdes Rensoli.15   

En este punto, Hernández Busto discute sobre la interpretación freudiana de Narciso y sobre los nexos entre Muerte de Narciso y El divino Narciso de sor Juana Inés de la Cruz, ambos escritos en clave; de igual manera lo califica como otra identificación de la poesía con el homosexualismo y su orfismo, tan presente en los Contemporáneos y en la generación del 27, de tal forma que Lezama Lima, para quien “toda amistad era una forma de devoración” porque “al salir hacia el mundo yo comenzaba a verme, verificarme en los demás”, se convertía, hecho y derecho, en un poeta de su tiempo, dueño de la verdad filosófica y de la verdad poética, al decir de Ángel Gaztelu.16   

Más de un lustro antes del trato con Jiménez, insiste Hernández Busto, había Lezama Lima entrado en contacto –en la primavera de 1930– con García Lorca, quien disfrutaba de perdérsele a sus anfitriones durante días y noches, para hacer vida nocturna con Luis Cardoza y Aragón, el musicólogo español Adolfo Salazar y el pintor Gabriel García Maroto. Guillermo Cabrera Infante, citado en José Lezama Lima: una biografía, dice que, a más de veinte años de su encuentro amoroso con García Lorca, su legendario “marino seudosueco” caminaba la noche, con su “paletó que hacia alucinante la noche tropical”.17   

Pero hablando de literatura, más tarde, como ensayista, Lezama Lima se empeñará en disolver el maniqueísmo crítico que oponía a los dos grandes poetas andaluces que fueron sus mentores, a la vez románticos y helénicos, lo cual puede aplicarse a su idea de la Cuba literaria. Tan pronto como en 1937, contra el mito del mestizaje cultural, prefirió “el mito de la insularidad” que convertía a Cuba en un astro mítico que hacía de la isla “indistinta o distinta en el cosmos”, concentrando las energías de una literatura a la vez europea y americana, sin simplismos, gracias a “la eticidad hispana”.18  

Poca paciencia me quedará para esperar las siguientes entregas de esta magna biografía de Lezama Lima, la dedicada a los años de formación, los de Orígenes sin duda y a los años de la Revolución cubana que convirtieron al poeta de La expresión americana (1957) en candil de la calle y oscuridad de la casa.  

Para despedir a Hernández Busto regreso a su “Introducción” de José Lezama Lima: una biografía. Años de formación (1910-1939), donde comenta, con Roberto González Echevarría, por qué Lezama Lima se resiste a ser un clásico universal, más allá de serlo, hace rato, hispanoamericano, como si estuviera “tan enraizado en su cultura que resulta intraducible a otra” y como si esa “rareza radical” no implicara “cierto mal gusto”.19 De manera incisiva, Hernández Busto desarrolla el argumento: “El kitsch o, dicho en cubano, la picuencia del personaje que se mueve sin complejos con un traje un poco anticuado o demasiado grande”, caracteriza a Lezama Lima. “No es la suya”, afirma Hernández Busto, “una prosa que se proponga hoy día como modelo en ninguna escuela. Esa también puede ser la causa de la actualidad última del antimoderno, la negación de la negación vanguardista, la posibilidad de ‘ser poeta maldito siendo en vez poeta bendito’”.20   

Al “ser para la muerte” de Martin Heidegger, opuso Ernesto Hernández Busto “el ser para la resurrección” de José Lezama Lima, lo cual me permite cerrar con un paralelo del lezamiano David Huerta (1949-2022):  

El mismo año de 1976 murieron Lezama Lima, el prodigioso poeta insular, y Martin Heidegger, el filósofo alemán: ¿qué habrán encontrado en “la otra orilla”? Lo cierto es que esas dos figuras representan una suerte de opuestos complementarios en el horizonte de nuestra cultura moderna: las áridas tensiones del intelecto y la condición paradisíaca del lenguaje: el talante metafísico del poeta (en Lezama) y la valoración preciosa del acto poético (en Heidegger: léanse sus extraordinarias páginas en torno a Hölderlin); el sueño de la razón y la lucidez del delirio.21 ~


  1. Hernández Busto, José Lezama Lima: una biografía. Años de formación (1910-1939), p. 23.

    ↩︎
  2. Para estas y otras referencias me sirvo del sapiencial Diccionario. Vida y obra de José Lezama Lima, de Iván González Cruz (Generalitat Valenciana, 2000) que me regaló Enrique Vila-Matas hace más de veinte años en Caracas.

    ↩︎
  3. Hernández Busto, op. cit., pp. 242-243.

    ↩︎
  4.  Al menos hasta Muerte de Narciso, la antología poética de 1988 que David Huerta preparó para Alianza Editorial.

    ↩︎
  5. Hernández Busto, op. cit., p. 28.

    ↩︎
  6. Ibid., p. 133.

    ↩︎
  7. Ibid., p. 178.

    ↩︎
  8. Ibid., p. 171.

    ↩︎
  9. Ibid., pp. 162-167 y 206.

    ↩︎
  10. Ibid., p. 296.

    ↩︎
  11. Ibid., pp. 185 y 204.

    ↩︎
  12. 1Ibid., pp. 208 y 338.

    ↩︎
  13. Ibid., p. 210.

    ↩︎
  14. Ibid., p. 321.

    ↩︎
  15. Ibid., pp. 221-223.

    ↩︎
  16. Ibid., pp. 223 y 237.

    ↩︎
  17. Ibid., p. 244.

    ↩︎
  18. Ibid., pp. 297 y 330.

    ↩︎
  19. Ibid., p. 32. La misma argumentación he escuchado (y sostenido) en relación a la incapacidad de viajar de un José Revueltas, un escritor tan distinto a Lezama Lima y de exportación todavía más imposible aun que la del cubano.

    ↩︎
  20. Ibid., p. 32.

    ↩︎
  21. 21 Huerta, Ibid., p. 8. ↩︎



[Fuente: www.letraslibres.com]

terça-feira, 5 de maio de 2026

Breve historia de la saudade

 


Escrito por Siham El Khoury Caviedes 

Oiga, vecino, sabe el significado
de esta palabra blanca que como un pez se evade?
No… Y me tiembla en la boca su temblor delicado.

Pablo Neruda, “Saudade”

Gran parte de la experiencia humana es aprender a perder. Más específicamente, a transformar la pérdida; a significarla; a voltearla y sacudirla hasta que algo más salga del vacío. Eso, entre otras cosas, es la saudade.

Primero se le llamó soedade, luego suidade; una palabra que suena y se siente como soledad, pero la rebasa. La investigadora Inês Oseki-Dépré rastrea el nacimiento de este concepto hasta el establecimiento de las primeras colonias europeas en África y América, cuando los colonos galaico-portugueses expresaban sus sentimientos hacia la lejana patria desde Madeira, Alcazarquivir, Arcila, Tánger, Cabo Verde, las islas Azores y la bella Ilha de Vera Cruz, que ahora conocemos como Brasil. Los rumores decían que entre los marineros portugueses del siglo XV solía brotar una sensación agridulce que los motivaba a contar historias y entonar canciones, porque trasladarse “más allá del mar” implicaría una vida entera en añoranza por su tierra de origen.

¿Qué sucedió cuando esta afección trascendió los puertos y llegó hasta las nuevas ciudades? Con el tiempo, la suidade tomó el nombre que conocemos hoy en día y adquirió una dimensión espiritual y existencial. El sentimiento de falta por una causa externa claramente identificable (el hogar, la patria) se convirtió para algunos en una inquietud inherente al alma, que podía o no rastrearse a una pérdida concreta. Y eso se sentía muy humano. Más que humano: gallego, lusitano, brasileño. Así, la saudade comenzó a protagonizar coplas y poemas de la lírica trovadoresca, movimientos estéticos e incluso políticos que buscaban consolidar una identidad nacional específica, un posicionamiento frente a la irremediable finitud de la vida y sus placeres. Por eso, hasta la fecha, la saudade es un valor esencial del ser y el imaginario lusobrasileño e impregna diversas expresiones de su cultura y su arte.

Sería pretencioso intentar contener la saudade, que es un concepto arbóreo y complejo, plagado de historia y matices, en uno solo signficado “oficial”. De hecho, tuvieron que pasar siglos para que la saudade se asentara en definiciones aceptadas de los tesauros. Los diccionarios más comunes de la lengua portuguesa, como el Michaelis o el Aurélio, suelen coincidir en que la sensación de falta es el centro y la cuna de la saudade. El Dicionário Houaiss, en particular, se refiere a la saudade como “un sentimiento más o menos melancólico de incompletud, ligado mediante la memoria a situaciones de privación […], de alejamiento de un lugar o de una cosa, o a la ausencia de ciertas experiencias y determinados placeres ya vividos”. En las mismas fuentes encontraremos que el adjetivo “saudoso” puede aplicarse tanto para quien experimenta la saudade, como para quien (o lo que) la provoca. Así que, desde un punto de vista lingüístico, no se diferencia a quien extraña y lo que se extraña; la saudade recorre y colapsa esa distancia.

Muchos investigadores se han basado en este tipo de definiciones para crear una propia. Para Hans Ulrich Gumbrecht, por ejemplo, la saudade se resume en “la añoranza de una situación pasada que se ha perdido irremediablemente”, una tristeza vinculada tanto a la psique como a la tierra, que dispara el recuerdo de algo lejano y profundamente querido. Otros académicos, como Francisco Foot Hardman, entienden la saudade más bien como un concepto en desplazamiento, con expresiones similares en las literaturas de otros pueblos y lenguas, con frecuencia cercanas a la experiencia del abandono y el exilio.

Por supuesto, hay muchos términos afines: el dor rumano, el längtan sueco, el verbo alemán verlangen, el famoso spleen de Baudelaire. Incluso nuestra “melancolía” y “nostalgia” son similares, pero no idénticas a la saudade. ¿Qué diferencia a esta última, entonces?

Podríamos decir que todos estos conceptos comparten el mismo punto de partida: el dolor de la pérdida. Pero la saudade va un paso más allá de ese dolor; le da la vuelta; lo reconfigura; le imprime una dimensión o expresión “afirmativa” (humorística, creativa, lúdica) que, en teoría, no debería tener. Por eso la expresión de Francisco Foot Hardman, ser o estar “en desplazamiento”, es tan importante. Más allá del traslado geográfico de la palabra, hay un movimiento interior, a nivel emocional y psicológico.

En particular, la investigadora en letras brasileñas Ana Lúcia Liberato Tettamanzy ve en la saudade un “sentimiento de inadecuación profunda con el tiempo”, una “errancia mental y física”. La “errancia” de la que habla (otra forma de desplazamiento) está íntimamente ligada a la memoria y la imaginación: la conciencia de lo perdido, o incluso de lo que podría perderse en el futuro, nos obliga a fugarnos del presente. Fantaseamos; tememos; lamentamos. El filósofo portugués Eduardo Lourenço la define como un “dolor inexpresable ante el tiempo que huye” que genera otra suerte de huida, un “viaje a través de la eternidad perdida de nosotros mismos”.

El resultado de todo esto es una doble dimensión temporal: un aquí y ahora que se abre inesperadamente a evocaciones dulces, como lagunas. Pensemos en la saudade como un lugar trascendental, un tiempo más allá del tiempo, un espacio que se abre sólo bajo nuestros propios pies. Entonces comenzamos a ir y venir entre el pasado y el futuro, la satisfacción y la pérdida, la pena y el agradecimiento, con un vaivén similar al del mar o al del péndulo de un reloj. Para Lourenço, esta es una “última puesta en escena”, es decir, una re-presentación, “para aliviar el luto de nuestras esperanzas rotas, de nuestros anhelos perdidos, de nuestros amores difuntos”.

Sin embargo, re-cordar (etimológicamente, traer de vuelta al corazón) no restaura lo que se ha ido. Si acaso, nos lo regresa deformado y corrompido por el paso de los días, con huecos rellenados por la ficción. Todo lo recordado es re-creado, y así mismo nos re-creamos (nos desgarramos y reconstruimos) cuando recordamos, cada rememoración como un hilo nuevo en el entramado de nuestra experiencia del mundo.

Todas estas cosas, que no me pertenecen, me aseguran la meditación sensible con lazos de resonancia y de saudade. En cada una de esas sensaciones soy otro, me renuevo dolorosamente en cada impresión indefinida.

Vivo de impresiones que no me pertenecen, perdulario de renuncias, otro distinto en el modo de ser yo.

Fernando Pessoa, “93”, Libro del desasosiego

Si vemos la vida como un tejido, la saudade es la perforación de una aguja que introduce una nueva puntada, un nuevo patrón. Una sensibilidad enfermiza, una angustia entrañable, capaz de penetrar y transformar repetidamente la imagen sin destruirla. En las palabras de Eduardo Lourenço, “ardemos en el tiempo sin consumirnos en él”.

La saudade suena como se siente, con esa misma reiteración, ese afán de volver. Es la voz que se ovilla y desovilla en el aire, como las plegarias, los mantras y las canciones. Su expresión se parece mucho a la de nuestras celebraciones porque, en efecto, celebra y conmemora lo que ya no se tiene, porque se tuvo. He ahí lo que diferencia a la saudade: interpreta la ausencia, incluso el sufrimiento, como un recordatorio de que se perdió algo digno de amar. Extrañar no es más que la otra cara del disfrute. El vacío es una marca (“algo valioso estuvo aquí”) y merece festejarse, honrarse con risa queda y canto compartido. Como señala Clarice Lispector en “Saudades”:

Encontré una palabra
para usar todas las veces
que siento este vacío en el pecho,
medio nostálgico, medio sabroso,
mas que funciona mejor
que un signo vital
cuando se quiere hablar de vida
y de sentimientos.

¡Ella es la prueba inequívoca
de que somos sensibles!
De que amamos mucho
lo que tuvimos…

Ahí radica la experiencia afirmativa del dolor en la vida y el temor a su finitud. En suma, la saudade es mucho más que melancolía o nostalgia; es un dique de contención, un freno a la invasión del sufrimiento. También es lo que Machado de Assis define como “epitafio” en las Memorias póstumas de Blas Cubas: “Una expresión de aquel piadoso y secreto egoísmo que induce al hombre a arrancarle a la muerte un harapo”. 

Referencias

Foot Hardman, Francisco. “Espectros de la nación: figuras desplazadas entre ‘saudades’ y soledades”. Remate de Males, vol. 22, núm. 2, noviembre de 2012, pp. 76-96. DOI:10.20396/remate.v22i2.8636160.

Gumbrecht, Hans Ulrich. “The Beautiful Form of Sadness: Machado de Assis’ Memorial de Aires”. Portuguese Literary and Cultural Studies, vol. 13/14, 2004-2005, pp. 307-16.

Holanda Ferreira, Aurélio Buarque. “Saudade”. Dicionário Aurélio da Língua Portuguesa, Editora Positivo, p. 1556.

Houaiss, Antônio, ed. “Saudade”. Dicionário Houaiss da Língua Portuguesa, 2001, p. 2525. Instituto Antônio Houaiss, www.iah.com.br/sp/servicos.php.

Liberato Tettamanzy, Ana Lúcia. “Da melancolia em Padre Antônio Vieira e Machado de Assis”. Via Atlântica, vol. 1, núm. 12, diciembre de 2007, pp. 195-208. Portal de Revistas da USP, DOI: doi.org/10.11606/va.v0i12.50178.

Lispector, Clarice. “Saudades”, versión al español de Daniela Aguilar. Periódico de poesía, UNAM, verseando.com/blog/clarice-lispector-saudades/.

Lourenço, Eduardo. Portugal como destino, seguido de Mitologia da saudade. Editorial Gradiva, 1999. Colección Obras de Eduardo Lourenço.

Machado de Assis, Joaquim Maria. Memorias póstumas de Blas Cubas. Traducción de Antonio Alatorre, introducción de Lucía Miguel Pereira, Fondo de Cultura Económica, Biblioteca Americana, 1951.

Michaelis, Henriette, y Carolina Michaelis (eds.). “Saudade”. Dicionário Michaelis, Editora Melhoramentos, 2015. Dicionário Brasileiro da Língua Portuguesa, michaelis.uol.com.br/moderno-portugues/busca/portugues-brasileiro/saudade.

Neruda, Pablo. “Saudade”. Crepusculario, RBA – Instituto Cervantes, 2005 (publicación original: 1923). Asistentes Virtuales, www.poesi.as/pn23028.htm.

Oseki-Dépré, Inês. “La ‘Saudade’”. Les Chantiers de la Création: Revue Pluridisciplinaire en Lettres, Langues, Arts et Civilisations, vol. 1, 2008, pp. 1-11. Open Edition Journals, 28 de octubre 2014, DOI: doi.org/10.4000/lcc.103.

Pessoa, Fernando. Libro del desasosiego, compuesto por Bernardo Soares, www.cjpb.org.uy/wp-content/uploads/repositorio/serviciosAlAfiliado/librosDigitales/Pessoa-Libro-Desasosiego.pdf.

Sánchez-Moreno, Iván. “Razones del alma contrita: fenomenologías de la saudade: apuntes para una teoría histórico-cultural de la saudade”. Revista de História Comparada, vol. 11, núm. 2, 2017, pp. 108-31.

 

Siham El Khoury Caviedes estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana

[Ilustración: Gonzalo Tassier - fuente: www.nexos.com.mx]

segunda-feira, 30 de março de 2026

Aprendizagens essenciais. Romances de José Saramago deixam de ser leitura obrigatória no 12.º ano

Proposta de revisão das Aprendizagens Essenciais, em consulta pública até 28 de abril, prevê que deixe de ser obrigatório estudar o único autor português distinguido com o Nobel da Literatura

Escrito por Rui Frias

 

As obras "Memorial do convento" e "O ano da morte de Ricardo Reis", de José Saramago, vão deixar de ser de leitura obrigatória no 12.º ano, segundo a proposta de revisão das Aprendizagens Essenciais atualmente em consulta pública até 28 de abril.

O documento, elaborado pelo Ministério da Educação, Ciência e Inovação, prevê uma maior flexibilidade na escolha das obras literárias, permitindo aos professores optar entre diferentes autores. Entre as novidades está a introdução de "Um deus passeando pela brisa da tarde", de Mário de Carvalho, como alternativa possível no currículo.

Na prática, os docentes passam a poder escolher entre um romance de Saramago ou a obra de Mário de Carvalho, deixando de existir a obrigatoriedade de abordar o único autor português distinguido com o Nobel da Literatura, prémio que recebeu em 1998.

Apesar desta alteração, mantêm-se como obrigatórias no 12.º ano obras de Fernando Pessoa e o conto “George”, de Maria Judite de Carvalho. Já no 11.º ano, continuam no programa autores como Padre António Vieira, Almeida Garrett, Eça de Queirós, Camilo Castelo Branco e Antero de Quental, reforçando a presença de clássicos da literatura nacional.

A revisão curricular integra um conjunto mais vasto de mudanças, incluindo a introdução de Educação Física logo no 1.º ano e a manutenção do ensino de Inglês a partir do 3.º ano.

As alterações deverão entrar em vigor no ano letivo 2027/2028, após a fase de consulta pública, que o Governo descreve como uma etapa de “aperfeiçoamento e validação” com contributos da comunidade educativa e da sociedade civil. 

 

[Fonte: www.dn.pt]

 

domingo, 8 de março de 2026

Antonio Lobo Antunes, o escritor sen Nobel que converteu nun milagre a literatura

Antonio Lobo Antunes deixa este mundo tras crear algunhas das máis fermosas páxinas da historia da escritura 

Escrito por Ramón Loureiro 

Por desgraza, é certo: Antonio Lobo Antunes xa habita o que nós chamamos morte. Foise a vivir alén do río, á eternidade. E un, envolvido na dor que trae consigo a noticia da súa marcha —a noticia da desaparición dun dos máis grandes autores que lle deu ao mundo a literatura europea—, non quere dicir o que, no seu momento, xa Torga dixo de Pessoa: que o seu país o viu pasar sen preguntarse quen era. Porque o certo é que Portugal, o noso querido Portugal, o noso Portugal irmán, si foi moi consciente da grandeza da obra de Lobo Antunes. Como tamén o foi España, grazas ao esforzo, entre outros, de Dolores Vilavedra, de Mario Merlino e do conde de Siruela. Pero o mundo das letras (e que significará iso do mundo das letras...?), en xeral, non estivo á altura dun creador que abriu novas portas á escritura, como no seu momento as abriron Joyce (Si, si, Joyce, estou a dicir exactamente o que digo...!) ou Faulkner.  

E son moitos quen se pregunta, a esta hora, por que Lobo Antunes non recibiu o Premio Nobel de Literatura. Por que foise sen ese galardón que tampouco recibiu Antonio Tabucchi (como non o recibiron, polo menos ata o de agora, nin Pierre Michon nin Claudio Magris). Nós poderiamos responder a esa pregunta, e saír do paso, esgrimindo un tópico vello: que os premios, aos libros, non lles cambian nin unha soa coma; ou dicindo o que Tabucchi díxome un día, cando lle preguntei precisamente polo Nobel: que escribir é algo tan fermoso que non merece a pena perder o tempo pensando en galardóns, en cousas como esa. Pero non é bo, ou polo menos así mo parece a min, que o tempo de Lobo Antunes non fose capaz de recoñecer que tiña ante si a un escritor que fixo que as nosas vidas fosen mellores e que nos ensinou a ver máis aló as sombras.  

Hai libros que son para grandes lectores, é verdade. Libros, como os de Antonio Lobo Antunes, que esixen, de quen os le, un esforzo que ás veces roza o titánico. Pero eses libros (non están vostedes de acordo comigo...?) fan que as nosas vidas merezan ser vividas. Ningúns, e quero dicilo en voz ben alta, estaremos en débeda con Lobo Antunes sempre... e para sempre. Foise sen que puidésemos darlle as grazas, e iso, neste instante, aínda fai máis grande a nosa dor.  

 

[Imaxe: BENITO ORDOÑEZ - fonte: www.lavozdegalicia.es ]

sábado, 27 de dezembro de 2025

Antonio Muñoz Molina: «Somos los creyentes de una religión erigida por el dinero»

Hace tiempo que las letras españolas visten el lazo negro de Rafael Sánchez Ferlosio (1927-2019) y de Javier Marías (1951-2022). Quizás el último vértice de esta sucesión de talento sea Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén, 1956). Como Ferlosio o Marías, Muñoz Molina valora la importancia del arranque de un texto. Diez veranos ha estado tomando notas, apuntando frases de Don Quijote de la Mancha. En su memoria pervive el prólogo de 1605 y esa frase de incierta semántica: se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación. Hablamos con el autor sobre política, literatura y sobre su libro ‘El verano de Cervantes‘ (Seix Barral, 2025). 


Por Miguel Ángel García Vega

La corrupción ha ocupado de nuevo las portadas. Este país parece que no se libra de vivir en el Crematorio de Rafael Chirbes: esa espléndida novela que recorría las raíces de esta España del engaño, la avaricia y la estafa.

Hay grados de corrupción. Escribí un texto muy crítico sobre esta crisis: Todo lo que era sólido. En parte se basaba en mi propia experiencia como trabajador municipal en los años 80. Esto me dio una perspectiva bastante aguda, aunque limitada, sobre la corrupción. Cuando la izquierda llegó al poder en Europa por primera vez, se encontró con unos ayuntamientos que tenían muy poco dinero pero donde había funcionarios superiores muy bien preparados que eran de carrera. Existía un secretario general, un interventor… Esos cuerpos generales los creó Calvo Sotelo a imitación de los altos cargos administrativos franceses. Había que seguir un escalafón, de tal forma que las diputaciones no podían entrometerse en las alcaldías para evitar cualquier malversación. Cuando la izquierda llegó a los ayuntamientos había una queja de los políticos que decía que la burocracia era una imposición franquista, retardataria, que les impedía acometer proyectos. Esto era verdad solo parcialmente. En 1983, se publica una ley en la que casi nadie se ha fijado, que daba a las alcaldías un poder muy superior al que tenían antes y rebajaba el poder de veto. Además, se pierde el concepto de hacer carrera (no solo acumulando trienios) en la Administración y los políticos consiguen el poder de actuar sin control. En España —según Michael Reid, corresponsal de The Economist— hay más políticos que en cualquier país europeo. Unos 400.000. Cada uno de ellos tiene el poder de nombrar asesores, ayudantes. La corrupción existe por dos razones: el Estado en España siempre ha sido débil y ha estado bajo los intereses de corporaciones, grandes empresas, bancos. Y, la segunda, porque existe una Administración muy politizada, que resulta muy difícil de controlar. Los partidos han creado una cantidad de entidades, agencias que tienen en común que el personal se provee sin control: son todo cargos de confianza. En muchos países no existe ese concepto tan español de la «libre designación».

Cambiando de geografías y pensando en el Quijote, ¿ahora tenemos en Estados Unidos al loco al frente del manicomio?

No. Están llevando a cabo una propuesta profundamente calculada. Mucha gente religiosa y ultraconservadora apoyó a Trump en su primer mandato para situar en el Tribunal Supremo a estos grupos afines, algo que logró. Nada hay de locura. Están destruyendo la Administración. Fíjese, por ejemplo, en lo que ocurrió con la Dana. Es una muestra de ese intrusismo que le comentaba. La política ha ocupado la Administración. La defensa de la consejera es que ella no sabía nada. Cómo es posible que quienes tomasen las decisiones no fueran técnicos. Cómo es posible que estuvieran reservadas a los políticos. La Dana es un caso de corrupción igual que los otros que vemos. Corrupción en el sentido de una Administración [la valenciana] que resulta incapaz de cumplir su deber porque está sometida a las directrices políticas. No se dio la voz de alarma porque se acercaba un puente largo y no se quería perjudicar a la hostelería. Una persona que no tiene ninguna cualificación, que no sabe que existe el sistema de alarma, es el responsable de decidir. Esto es igual que alguien que decide llevarse el dinero en la adjudicación de una obra. Idéntica corrupción.

Hace algunos años hubo una controversia porque aceptó el Premio Jerusalén. ¿Hoy lo aceptaría?

Mi relación con Israel se ha terminado. Es un país muy dividido. Es una nación donde coexistía una clase liberal ilustrada muy potente con un sionismo muy reaccionario y con los ultraortodoxos. No existe el matrimonio civil.

Sin embargo, hasta el ataque de Hamás era la única democracia, imperfecta, pero democracia, de la región.

Con la «pega» de los territorios ocupados [Cisjordania]. Yo me identificaba con una clase intelectual progresista y muy crítica que, entonces, había en Israel. Hablo de gente como los escritores Amos Oz (1939-2018) o David Grossman. Estas personas se han callado y la inmensa mayoría de la población israelita apoya al Gobierno de Netanyahu. Algo que observé todas las veces que fui es que eran capaces de vivir como sí no existieran los territorios ocupados. Me han contactado varias veces: les he dicho que no.

Regresemos a la escritura. Cuando escribe, ¿lo hace con una estructura ya clara, con brújula? ¿Sabiendo qué les sucederá a los personajes o la línea de trama?

Necesito un punto de partida y un tono. Una vez que lo tengo puedo ir tanteando. Me hace falta una primera frase de arranque. A partir de ahí, fluyen rápido las palabras y luego vuelvo a ellas en una revisión profunda.

Dice el director Víctor Erice que el cine se crea en la sala de montaje.

Son dos cosas distintas. En mi caso, como le decía, el punto de partida es tener esa frase inicial. Tengo alguna novela trabajadísima, que fracasó porque carecía de un arranque bueno. En la primera fase tienes que descontrolarte y en la segunda debes controlarlo todo al máximo. No puedes estar una semana trabajando en una frase. De hecho, El verano de Cervantes llegó a partir de notas que iba tomando, citas del libro, referencias bibliográficas, frases… Durante unos diez veranos he ido completando cuadernos de esa manera. Empezaba un proyecto o una novela y lo dejaba aparcado. Así fue avanzando.

Recurriendo a otra cita: cuenta el arquitecto Norman Foster que las tecnologías creativas vuelven a las personas más creativas.

Para mí la tecnología es la pluma pero también el procesador de datos. Y facilita recabar información sobre todo para las piezas periodísticas. Lo que está cercano al dislate es la adoración por la tecnología que lleva a algunos a defender que la inteligencia artificial es buena para los procesos creativos. Por lo pronto, lo que está consiguiendo es destruir profesiones. Hay un gran papanatismo.

La IA te ofrece un resultado pero no te enseña cómo ha llegado hasta él.

Lo fundamental de los procesos creativos es que son eso, procesos. Es la diferencia entre un crítico y un artista. El primero se fija en el resultado final y al segundo lo que le interesa es el proceso; saber cómo se ha hecho todo. Somos los creyentes de una religión creada por el dinero. La más poderosa que ha existido nunca. Estamos renunciando alegremente a nuestra humanidad y agachando la cabeza y reverenciando a quienes se casan en Venecia [una alusión a las segundas nupcias de Jeff Bezos, propietario de Amazon, en las afueras de la ciudad italiana]. Hemos vendido nuestros datos y resulta imposible hablar de tecnología sin hablar de poder.

Es un tema del que casi no se escucha: The Guardian publicaba que los ingresos medios de un escritor británico son 8.000 libras (unos 9.200 euros) al año. Cuando Álvaro Pombo ganó el año pasado el premio Miguel de Cervantes comentó: «Es posible que para alcanzar la grandeza en España, tengamos que llegar a la pobreza». Hablaba de precariedad.

Creo que es todavía peor en el mundo de la música. El oficio de músico ha sido arrasado. El músico de sesión, el freelance. La precariedad del escritor hay que verla dentro de la precariedad de los oficios. No es menos precario el periodista. El escritor es distinto a un músico o un periodista. Hace una cosa que nadie le ha pedido que haga. ¿Y la precariedad de quien escribe poesía? Cuando publiqué mi primera novela no se me pasó por la cabeza que pudiera vivir de esto. La literatura unas veces atrae el público suficiente y otras no. Mi proyecto de vida a los 30 años era progresar en mi carrera administrativa en el sector cultural [en Granada] y tener tiempo para escribir. Un libro, independientemente de su calidad, puede atraer lectores o no.

Cervantes no tuvo una escuela como tampoco Velázquez. Dos genios.

Quizás eran demasiado singulares, demasiado distintos de su entorno.

España tiende a dar inmensos talentos de forma casi fortuita, Cervantes, Goya, Velázquez, Picasso… Surgen, sobre todo, en los momentos más inesperados o incluso difíciles.

Quizá porque no existen instituciones sólidas, se pierde mucho talento, pero a veces hay una especie de salto. Aunque, a pesar de todo, no hubo una continuidad como pudo haber en Francia, Italia o Inglaterra. Las ideas de Cervantes serían como las de cualquiera de su época. Lo que ocurre es que la parte más tonta del ser humano es, en general, la de las opiniones. Decía Fernando Pessoa (1888-1935): «Todas nuestras opiniones son de otros». La creación literaria se efectúa con la parte más profunda y menos consciente. Cervantes tenía la sensibilidad artística que le otorgaba la capacidad de crear personajes ricos y complejos.

Hay una frase de Don Quijote apaleado, humillado, cansado, viejo, en la que admite: «Yo no puedo más». Recuerda al final de El oficio de vivir, de Cesare Pavese: «Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más». Cogió un revólver, apuntó a la cabeza, en Turín, y no falló.

Es tremendo ese momento de Don Quijote. Resulta estremecedor.


[Foto: Iván Giménez - fuente: www.ethic.es]