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sábado, 20 de junho de 2026

Rogelio Cuéllar, fotógrafo: «Mis fotografías ya forman parte de la memoria colectiva»

 

  • El retratista comparte en charla con La Jornada sus inicios y reflexiones en el oficio de la lente
  • Desde los 18 años, Cuéllar se ha dedicado a observar la realidad con mirada aguda y penetrante. Recuerda que salía a la calle para recorrer la Ciudad de México y absorber todas las imágenes posibles. Hoy, a sus 76 años, sigue haciendo lo mismo con su facha de niño travieso, de duende, como lo bautizó Borges. 


Escrito por Elena Poniatowska 

Desde hace 54 años, muchos de los acontecimientos sociales en México han quedado fijos en la lente fotográfica de Rogelio Cuéllar, quien de niño tomaba un autobús en la colonia Portales para irse de pinta con su mente llena de imágenes y vuelos libertarios.

Sigue haciendo lo mismo y no ha perdido su facha de niño travieso que atrapa la realidad de los mexicanos más creativos, con su aguda y penetrante mirada de 76 años.

–La Ciudad de México era otra y todos te cuidaban. Me gustaba tomar el tranvía, siempre solo, porque iba a comprar hojas de plátano a la calle de Guatemala para mi mamá, quien vendía tamales. Mi madre era de Jalisco; entonces, yo bajaba del tranvía en la calle de Tacuba.

«Caminar detrás de la catedral y desde ahí a todas las calles del centro histórico era descubrir el universo: la juguetería junto a la joyería era un imán y me detenía mucho más tiempo que en La Princesa, la perfumería en Tacuba, los sopladores de vidrio en los estacionamientos que hacían figuritas, las ferreterías en la calle de Corregidora y otras milagrosas apariciones. Por eso fui un niño muy, muy callejero. También subía al camión para ir a Buenavista a ver el arranque de los ferrocarriles; me seguía en el camión al aeropuerto y volaba sin alas; en el Bosque de Chapultepec me permitía cazar mariposas y coleccionar piedras.»

–Rogelio, ¿te iniciaste muy chavito en la fotografía?

–Empecé a los 18 años como freelance en la revista Sucesos para Todos, que dirigía Armando López Becerra, cuyo dueño era Gustavo Alatriste, quien presumía que iba a ser la mejor revista de México con los grandes fotógrafos Rodrigo Moya, Nacho López y Héctor García, y escritores famosos.

«En Sucesos se iniciaron los mejores caricaturistas: Magú y Rius. Sucesos era una revista que denunciaba problemas nacionales y atacaba al gobierno. Después comencé a colaborar en Revista de Revistas, con el gran escritor católico Vicente Leñero.»

–Que era un alma de Dios.

–Exactamente, era una persona introvertida y precisa, puntual y cumplida, como los buenos católicos. Cuando le dije: «Oye, va a venir Jorge Luis Borges a México», me recomendó: «Síguelo y tómale fotos hasta en el baño», y lo hice al pie de la letra, sin credencial. Me informé de la hora de llegada y coincidí con Luis Mario Schneider en la escalerilla del avión, y a partir de ese momento no lo abandoné un segundo.

–Claro, le tomaste una foto en el baño que me dejó de a seis.

–Sí. Él no era totalmente invidente, veía sombras, sabía que yo estaba ahí a su lado. Desde que lo conocí me interesó mucho su mirada y me acercaba con mi cámara Pentax. Borges me bautizó como duende: «Buenos días, duende, ¿dónde estás, duende?» Estábamos en San Ildefonso en una mesa redonda con el grupo de la revista Plural, de Octavio Paz. Yo llevaba a Borges del brazo y me pidió textualmente: «Oye, duende, quiero hacer pis». Lo llevé a un baño de muchos mingitorios y lo puse en el centro de todos. Vi los reflejos, las sombras en los azulejos y me pregunté: «¿Hago la foto, no la hago?», e hice clic. Borges se rio: «Jijiji, el duende está haciendo travesuras». Pero no se molestó. Obviamente, no vio la foto, y cuando nos despedimos, después de varios días juntos a todas horas, me dedicó un libro suyo y le pregunté: «Oiga, maestro, ¿y nos volveremos a ver?» Y me contestó: «Ya veremos, duende, ya veremos».

–Era un hombre de bondad extraordinaria y de cortesía británica a prueba de todo, ¿verdad?

–Sí, y recuerdo que en el hotel Del Parque, al que tú llegaste junto con Arnaldo Orfila, también llegó Juan Rulfo y una fila de admiradores: José Emilio Pacheco, Juan García Ponce, Gabriel Zaid. A Octavio Paz también lo vi en el Colegio de San Ildefonso, que aún no era museo. Paz acompañó mucho a Borges,

–Has tenido grandes oportunidades.

–He tenido el privilegio de conocer a admirados escritores y pintores que nunca imaginé encontrar, y de crear grandes lazos de amistad con cada uno. Con algunos hice entrañable amistad: José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Francisco Toledo, creadores que me han alimentado a lo largo de mi afortunada vida. 

Exposiciones 

–Me llamó la atención y me conmovió la infinita cortesía de Borges ante las preguntas más absurdas que hacemos los reporteros, y hasta le pregunté: «¿Usted por qué da tantas entrevistas?», y me dio una lección: «Por cor-te-sí-a». Alfonso Reyes, tan cortés como él, tenía su fotografía en la cabecera del sofá en el que tomaba su siesta dentro de su inmensa biblioteca, como si Borges fuera su ángel de la guarda, y en México muchos le levantaron un altar.

–Y ahora, Rogelio, ¿preparas una exposición?

–Expuse recientemente: Cartografía de la memoria, en el Seminario de Cultura Mexicana. Se clausuró el pasado 24 de mayo; la idea es que continúe su itinerancia en las corresponsalías del mismo Seminario. Recientemente, con motivo de mis 75 años, mi pareja, María Luisa Passarge, hizo una hermosa cajita con 25 postales de una selección de fotos de cientos de escritores y pintores: José Agustín, Leonora Carrington, Alice Rahon. Incluyó también una foto que no es mía, sino de un fotógrafo desconocido, que nos tomó a Lola Álvarez Bravo y a mí trepados en unos caballitos en una feria en Ixmiquilpan, Hidalgo. Son 100 cajas numeradas, firmadas y se presentaron inicialmente en la Casa Universitaria del Libro de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), que nos abrió el espacio.

–España sería ideal. María Luisa Passarge es la curadora de Cartografía de la memoria, la más reciente. También hicimos Escritura de luz: 50 retratos de la lengua, en el Instituto Cervantes de Alcalá de Henares, en 2010. Asimismo, por invitación del Festival Internacional Cervantino, se montó Cartografía del instante, con retratos, reportaje gráfico, fotografía más personal que me apasionó tomar en cada viaje por Europa y Estados Unidos.

«Caminar y fotografiar a gente anónima me significa mucho y enriquece la tradición del paisaje urbano y rural de don Manuel Álvarez Bravo, Héctor García, Nacho López y Graciela Iturbide. »

–Es esencial no olvidar a Mariana Yampolsky, a quien la Universidad de Chicago y otros centros culturales de Estados Unidos y de Europa compraron fotografías de su acervo. Ella fue muy contundente: quiso que su obra se quedara en la Universidad Iberoamericana, a pesar de tantas solicitudes de Europa y de Estados Unidos.

–Claro, la Ibero conserva el archivo de Mariana y le ha publicado varios libros. Esa es la importancia de los archivos: conservar y difundir la obra.

–Rogelio, ¿tú has captado todos los rostros de la cultura mexicana?

–Soy muy consciente de que he fotografiado a buena parte de los creadores de mediados del siglo XX y lo que va del XXI. Retraté a la generación de la Ruptura. Juan García Ponce destacó solo a nueve pintores y le faltó Lilia Carrillo, quien ya había fallecido. De la plástica, la generación que me corresponde es la de los nacidos en los años 50: Gabriel Macotela, Gustavo Monroy, Arturo Buitrón, los hermanos Castro Leñero, Irma Palacios, toda esta efervescencia de la pintura contemporánea y la literatura. Tengo a toda la generación de Edmundo O’Gorman, Elías Nandino, José Emilio Pacheco, Jaime Sabines. A ellos los fotografié en 1970, como hice con los movimientos sociales, las manifestaciones del PSUM, del Partido de los Trabajadores, cuando Heberto Castillo, los inicios del Partido Comunista que dio la pauta al PRD, a Morena, todas las marchas habidas y por haber, todas las represalias. Creo que la más reciente fue la de Ayotzinapa, Las Abejas, de Acteal. Es una memoria que a mis 76 años merece exponerse y editarse, y en eso me ayuda María Luisa.

–¿Cuál es tu libro más reciente?

–Hice El retrato detrás de la historia, que reúne fotos de escritores y pintores. Me trajo muy buenos recuerdos El rostro de las letras, que editó María Luisa Passarge en su sello, La Cabra. Hacer un libro de fotografía es costoso, por eso buscamos una coedición. Antes, los bancos hacían libros de arte y de fotografía, que regalaban a fin de año a sus grandes clientes.

–Sí, recuerdo que se llamaban table books, que podían hojear en una antesala de empresarios y médicos muy careros.

–Para un fotógrafo, tener un libro bien impreso es ideal. Me satisface que mi trabajo aparezca en diferentes medios. Mis fotografías ya forman parte de la memoria colectiva: las más reproducidas de Jaime Sabines y Rosario Castellanos son un éxito y me las piden muchísimo. 

«La Jornada es nuestra casa» 

–En La Jornada también aparece tu obra.

–La Jornada es una gran ventana y es nuestra casa. Me inicié en 1968 en Difusión Cultural de la UNAM, que dirigía Gastón García Cantú. Se me abrió el universo, porque ahí convergían los grandes de la cultura: Eduardo Mata, Gloria Contreras, Vicente Rojo, Héctor Azar, Julio Castillo y muchos más.

–¿Cuáles han sido tus influencias más notables?

–Lola Álvarez Bravo, don Manuel Álvarez Bravo, Héctor García, Rodrigo Moya, el muy querido Nacho López, Graciela Iturbide.

–Tienes un archivo fotográfico inmenso.

–María Luisa, mi compañera, está dedicada a que tengamos el archivo catalogado. Está organizado, pero catalogarlo es otra tarea epopéyica. Tiene más de un millón de negativos analógicos, ¡imagínate! Para mí es muy importante trabajar con esos negativos, y María Luisa ha sabido preservarlos.

–¿Qué piensas de la fotografía actual?

–Los fotógrafos profesionales cada vez somos menos necesarios. Con los dispositivos de ahora todos los reporteros traen su teléfono y oprimen un botón y ya tienen la imagen. Para mí resulta muy grave ese aluvión de tomas. Para ahorrarse dinero, los periódicos ya no requieren fotógrafos. 

Cual duende travieso, cámara en mano, Rogelio Cuéllar sigue atrapando imágenes de los genios de la cultura del mundo entero y todos los mexicanos, presumidos o humildes, le debemos una foto alada y preciosa que nos permitirá volar al cielo.

 

[Foto Rogelio Cuéllar - fuente: www.jornada.com.mx]

domingo, 17 de maio de 2026

La sutil vida de un poeta

A contracorriente de lo dicho por el propio poeta (“No tengo biografía”), Ernesto Hernández Busto emprendió la tarea de narrar a profundidad la vida de José Lezama Lima. En sus primeras tres décadas –signadas por el asma infantil, la muerte del padre y los encuentros con Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez–, el biógrafo encontró las claves de una obra radical.

Ernesto Hernández Busto, autor de José Lezama Lima: una biografía


Escrito por 
Christopher Domínguez Michael  

En aquellas páginas, en efecto, el joven novelista se rebela contra el anacrónico Sainte-Beuve oficial –aquel que disfrutaba su madre–, quien consideraba que el conocimiento de la vida de un autor esclarecía, como quería el lundista, los claroscuros de su obra. Proust pregonaba, de acuerdo con la literatura del nuevo siglo del cual sería uno de los portaestandartes, por la autonomía del texto, aunque su conocimiento de Sainte-Beuve fuese parcial. No conocía Proust su historia del convento de Port-Royal (1840-1859), que hoy sería considerada una “multibiografía” de aquel nido del jansenismo, ni tampoco su juvenil tratado histórico sobre la poesía francesa del siglo XVI (1828), donde, paradójicamente, habla de las obras y no de los autores. Pero concedamos que, en términos generales, la vieja crítica, emblematizada por Sainte-Beuve, le daba la espalda a la retórica a favor de la personalidad y que el siglo XX, no solo el francés, desde Gustave Lanson hasta el postestructuralismo, fue retórico.  

Ello viene a cuento porque, como pocos entre los hispanoamericanos, José Lezama Lima (1910-1976) es un poeta que parece ajustarse a la sentencia de su admirado Octavio Paz. “No tengo biografía”, insistió. “Vivo en lo que queda al pasar por un espejo.”1 Solo salió de Cuba en dos ocasiones: a Jamaica (asunto de su magnífico “Para llegar a la Montego Bay”, en Dador, de 1960) y a México, donde se recreó con los murales, a los cuales llamaba “fresquismo mexicano”.2 Salvo con Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca (sobre cuyo trato con Lezama Lima Hernández Busto hila fino y ve en el ejemplo del granadino un aliento de libertad sexual para el cubano)3 no tuvo el autor de Paradiso (1966) y de Oppiano Licario (1977) mayor comercio con los figurones de la literatura mundial, aunque hizo Orígenes (1944-1956), una de las grandes revistas literarias del idioma. Tampoco descolló por su entusiasmo por la Revolución de 1959, la cual lo edificó moralmente en sus inicios, pero acabó por condenarlo al ostracismo, aun cuando dejó su ofrenda poética ante Ernesto Guevara en un poema no publicado en libro.4 Empero, dice su biógrafo, “en todo gran poeta habita, por así decirlo, la tentación de legislar en nombre de alguna polis”.5   

Visitar su casa en Trocadero 162 en La Habana vieja, antes y después de la muerte del gran poeta, se convirtió en un imperdible en materia de turismo literario; famosa era su discreta homosexualidad y su indiscreta glotonería, y admirada, sin reserva alguna, toda su obra poética, novelística y ensayística. Bien conocida era la suya, una gramática de asmático y frecuentemente comentada su aparente incapacidad para pronunciar o escribir correctamente palabras en otra lengua distinta al castellano.  

Así que Hernández Busto se enfrentaba, solo en apariencia, ante un vacío biográfico que, como todo en Lezama Lima, acabó por ser sustituido por la profusión. Desde 1997 y 2002, comenzando nada menos que con Lorenzo García Vega (1926-2012) y con Eloísa Lezama Lima (1919-2010), su hermana, Hernández Busto conversó con varias decenas de testigos y protagonistas, falsos o verdaderos, de la vida lezamiana, al grado de que, como comentó en la presentación del libro en la Ciudad de México, el 18 de marzo de 2026, el problema no era que sus entrevistados hablaran, sino que se callaran, proveedores de toda clase de chismes y habladurías, asunto natural tratándose de la reserva, a menudo fantasiosa, provocada por una dictadura como la castrista.   

Recorrida la genealogía lezamiana, en una Cuba del siglo XIX resueltamente europea por española, en José Lezama Lima: una biografía, el biógrafo aborda cómo la dificultad para respirar rodea al recién nacido el 19 de diciembre de 1910 antes de la medianoche en el campamento militar de Columbia, cercano a La Habana, donde estaba destacado su padre, el teniente de artillería e ingeniero civil Lezama Rodda, quien será víctima en 1919 de la llamada gripa española. La frase de Oppiano Licario ha impresionado a varios de sus lectores: “La vida del padre se llora aunque esté muerto, cuando llegamos a la madurez; la muerte de la madre se llora aunque esté viva, en nuestra niñez.”6   

Ese miedo a morir de asfixia, que compartía su familia con el niño, llega hasta Cemí en Paradiso y una de las sorpresas al leer a Hernández Busto es enterarse de que libros calificados por algunos como “ininteligibles” trasladan, casi sin mediar otra cosa que la prosa extraordinaria, llanos episodios biográficos. Inventor de lenguaje lo fue el poeta. Pero como mistificador de su propia vida, ausente de biografía, según él mismo, Lezama Lima lo fue escasamente.    

En aquellos tiempos se hablaba médicamente de una “personalidad asmática” que “condenó” al niño, tenido por víctima de una fragilidad extrema, a un infierno de la lectura interrumpido por las batallas entre liberales y conservadores (su padre, por militar, lo era) en aquella Primera República Cubana (“conato de Estado en una patria sin nación”,7 según Jorge Mañach) nacida en 1902 bajo tutela de los Estados Unidos. Esos episodios también cruzan por Paradiso, como su bélica equivalencia colombiana es indisociable de Cien años de soledad. Aquellas querellas civiles no impresionaron demasiado a quien acometió, de casi no saber leer, en 1918, el Quijote, “libro prodigioso”, al que siguieron los Diálogos de Platón, que acabaron por dictar la imborrable sentencia lezamiana: “Solo lo difícil es estimulante.”8   

La muerte precoz del padre sumió a la familia en cierta penuria económica, que en los recuerdos de Fina García Marruz tornó la pobreza en aristocracia del espíritu e hizo del hogar de los Lezama un sitio “surrealista y barroco” con tío “bala perdida” incluido, personaje “burlón, derrochador, colérico, mimado y seductor”, a su vez, en Paradiso. Y ese tío (“demonio o tarambana”, un Wilhelm Meister) nos lleva a la doble vida habanera a la que se irá asomando el joven Lezama Lima, una “zona de confusa convergencia” en la polis griega y en el bullicio, primero provinciano y luego cosmopolita, de la noche.9   

Ese legislador político que es en el fondo todo gran poeta, como lo cree Hernández Busto, comienza por rechazar las teorías del mestizaje cubano, apoyado en el José Martí que decía: “Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro”, que lo formó en el rechazo a la “violencia, altanería y estupidez” de la vida universitaria que es obligado a cursar, optando por aligerar el peso del derecho romano con el estudio simultáneo de las letras. Lezama Lima y los origenistas, por cierto, no fueron racistas: simplemente se negaban a desarrollar la identidad cubana a partir de la negritud.10Aunque el historiador Rafael Rojas descree de la mediocridad que Lezama Lima achacaba a sus estudios universitarios, él y Hernández Busto coinciden, al parecer, en que “los origenistas fueron la primera generación autodidacta de intelectuales cubanos”.11   

Como Paz, Lezama Lima perdió pronto a su padre y, como el poeta mexicano, ello lo obligó a sostener precariamente una carrera universitaria en medio de la escasez familiar. Y así como Efraín Huerta recordaba que, desde el principio, “Octavio fue el jefe”, García Marruz recuerda al joven cubano en el centro, rodeado de un “séquito”, o más aún, como una especie de “rey oculto”.12Pero desde entonces fueron muy distintos tipos de intelectuales. Para decirlo facilonamente, a la manera del título que Jorge Aguilar Mora le dio a su libro pionero sobre Paz, este se inclinó hacia la historia y Lezama Lima hacia el mito, que en él es una de las formas de la imagen. Por ejemplo, mientras Julio Antonio Mella, el líder comunista cubano asesinado en la Ciudad de México en 1929, fue integrado a Paradiso como un voluptuoso “Apolo habanero”, capaz de actos “homéricos”,13 el Paz de la madurez no habría olvidado que fue emboscado, muy probablemente por agentes de la gpu a la cual servía su amante, la fotógrafa italiana Tina Modotti, quien llegaría alto en la Tercera Internacional, aunque al final ella también, quizás, resultara asesinada por su propia gente.    

Hacia 1930, Lezama Lima, como Paz en México, participó de las algaradas estudiantiles que hicieron del mexicano un típico militante de los años treinta, cercano al Partido Comunista, en tanto que el cubano veía en la política un escenario de sacrificio, tan mítico como algunas otras esferas del mundo visible. Antes que los locales partidarios y las asociaciones sindicales, prefería las librerías de Obispo, donde se toparía con Jiménez, mientras para Paz su decisivo encuentro con Rafael Alberti, de origen político, se volvió poético en 1935.   

Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí llegan a La Habana en diciembre de 1936. El clima y la algarabía debieron parecerles infernales. Aunque era el lugar menos propicio para concebir “el libro total y único, resultado del mundo, del triste Mallarmé”,14 el poeta español encontró consuelo, sobre todo, en el joven Lezama Lima, quien reunía poemas primerizos en Inicio y escape, “precedido por un exergo de Juan Ramón Jiménez”, que abre el camino para Muerte de Narciso (1937) donde el cubano se presenta de cuerpo entero. Poema sobre la poesía, se sobrentiende, es de raíz católica, según Jorge Luis Arcos, y es un intento de ir más allá de “la poética aristotélica” a través de “un mundo de la transfiguración” a la vez analógico y vertical. “Hierofanía, penetración en el misterio, solución a todos los conflictos de la corporalidad y lo sensorial”, agrega Lourdes Rensoli.15   

En este punto, Hernández Busto discute sobre la interpretación freudiana de Narciso y sobre los nexos entre Muerte de Narciso y El divino Narciso de sor Juana Inés de la Cruz, ambos escritos en clave; de igual manera lo califica como otra identificación de la poesía con el homosexualismo y su orfismo, tan presente en los Contemporáneos y en la generación del 27, de tal forma que Lezama Lima, para quien “toda amistad era una forma de devoración” porque “al salir hacia el mundo yo comenzaba a verme, verificarme en los demás”, se convertía, hecho y derecho, en un poeta de su tiempo, dueño de la verdad filosófica y de la verdad poética, al decir de Ángel Gaztelu.16   

Más de un lustro antes del trato con Jiménez, insiste Hernández Busto, había Lezama Lima entrado en contacto –en la primavera de 1930– con García Lorca, quien disfrutaba de perdérsele a sus anfitriones durante días y noches, para hacer vida nocturna con Luis Cardoza y Aragón, el musicólogo español Adolfo Salazar y el pintor Gabriel García Maroto. Guillermo Cabrera Infante, citado en José Lezama Lima: una biografía, dice que, a más de veinte años de su encuentro amoroso con García Lorca, su legendario “marino seudosueco” caminaba la noche, con su “paletó que hacia alucinante la noche tropical”.17   

Pero hablando de literatura, más tarde, como ensayista, Lezama Lima se empeñará en disolver el maniqueísmo crítico que oponía a los dos grandes poetas andaluces que fueron sus mentores, a la vez románticos y helénicos, lo cual puede aplicarse a su idea de la Cuba literaria. Tan pronto como en 1937, contra el mito del mestizaje cultural, prefirió “el mito de la insularidad” que convertía a Cuba en un astro mítico que hacía de la isla “indistinta o distinta en el cosmos”, concentrando las energías de una literatura a la vez europea y americana, sin simplismos, gracias a “la eticidad hispana”.18  

Poca paciencia me quedará para esperar las siguientes entregas de esta magna biografía de Lezama Lima, la dedicada a los años de formación, los de Orígenes sin duda y a los años de la Revolución cubana que convirtieron al poeta de La expresión americana (1957) en candil de la calle y oscuridad de la casa.  

Para despedir a Hernández Busto regreso a su “Introducción” de José Lezama Lima: una biografía. Años de formación (1910-1939), donde comenta, con Roberto González Echevarría, por qué Lezama Lima se resiste a ser un clásico universal, más allá de serlo, hace rato, hispanoamericano, como si estuviera “tan enraizado en su cultura que resulta intraducible a otra” y como si esa “rareza radical” no implicara “cierto mal gusto”.19 De manera incisiva, Hernández Busto desarrolla el argumento: “El kitsch o, dicho en cubano, la picuencia del personaje que se mueve sin complejos con un traje un poco anticuado o demasiado grande”, caracteriza a Lezama Lima. “No es la suya”, afirma Hernández Busto, “una prosa que se proponga hoy día como modelo en ninguna escuela. Esa también puede ser la causa de la actualidad última del antimoderno, la negación de la negación vanguardista, la posibilidad de ‘ser poeta maldito siendo en vez poeta bendito’”.20   

Al “ser para la muerte” de Martin Heidegger, opuso Ernesto Hernández Busto “el ser para la resurrección” de José Lezama Lima, lo cual me permite cerrar con un paralelo del lezamiano David Huerta (1949-2022):  

El mismo año de 1976 murieron Lezama Lima, el prodigioso poeta insular, y Martin Heidegger, el filósofo alemán: ¿qué habrán encontrado en “la otra orilla”? Lo cierto es que esas dos figuras representan una suerte de opuestos complementarios en el horizonte de nuestra cultura moderna: las áridas tensiones del intelecto y la condición paradisíaca del lenguaje: el talante metafísico del poeta (en Lezama) y la valoración preciosa del acto poético (en Heidegger: léanse sus extraordinarias páginas en torno a Hölderlin); el sueño de la razón y la lucidez del delirio.21 ~


  1. Hernández Busto, José Lezama Lima: una biografía. Años de formación (1910-1939), p. 23.

    ↩︎
  2. Para estas y otras referencias me sirvo del sapiencial Diccionario. Vida y obra de José Lezama Lima, de Iván González Cruz (Generalitat Valenciana, 2000) que me regaló Enrique Vila-Matas hace más de veinte años en Caracas.

    ↩︎
  3. Hernández Busto, op. cit., pp. 242-243.

    ↩︎
  4.  Al menos hasta Muerte de Narciso, la antología poética de 1988 que David Huerta preparó para Alianza Editorial.

    ↩︎
  5. Hernández Busto, op. cit., p. 28.

    ↩︎
  6. Ibid., p. 133.

    ↩︎
  7. Ibid., p. 178.

    ↩︎
  8. Ibid., p. 171.

    ↩︎
  9. Ibid., pp. 162-167 y 206.

    ↩︎
  10. Ibid., p. 296.

    ↩︎
  11. Ibid., pp. 185 y 204.

    ↩︎
  12. 1Ibid., pp. 208 y 338.

    ↩︎
  13. Ibid., p. 210.

    ↩︎
  14. Ibid., p. 321.

    ↩︎
  15. Ibid., pp. 221-223.

    ↩︎
  16. Ibid., pp. 223 y 237.

    ↩︎
  17. Ibid., p. 244.

    ↩︎
  18. Ibid., pp. 297 y 330.

    ↩︎
  19. Ibid., p. 32. La misma argumentación he escuchado (y sostenido) en relación a la incapacidad de viajar de un José Revueltas, un escritor tan distinto a Lezama Lima y de exportación todavía más imposible aun que la del cubano.

    ↩︎
  20. Ibid., p. 32.

    ↩︎
  21. 21 Huerta, Ibid., p. 8. ↩︎



[Fuente: www.letraslibres.com]

sexta-feira, 24 de abril de 2026

Octavio Paz, por Elena Poniatowska

Hoy, domingo 19 de abril de 2026, se cumplen 28 años de la muerte de Octavio Paz. El terremoto del 19 de septiembre de 1985 lo acercó a Coyoacán y tuve la oportunidad de visitarlo en varias ocasiones. También coincidía yo con Marie Jo, su esposa, en la subida empedrada de la avenida De la Paz (que hace honor a su apellido), porque ella iba a comprarle delicatessen a la una de la tarde para la hora de la comida en la casa colonial de Francisco Sosa. Esa casa de gran jardín (actualmente sede de la Fonoteca Nacional) quedaba a dos pasos de la mía, y era contraesquina de la de Salvador Novo, ya fallecido.

Octavio Paz vivió su niñez y su juventud en Mixcoac, y luego en los rumbos del Ángel de la Independencia. Octavio y Marie Jo se instalaron en un departamento en Río Guadalquivir 109, en la colonia Cuauhtémoc, que dañó el terremoto del 19 de septiembre de 1985. Un incendio destruyó parte de su biblioteca en la que se hallaban algunos manuscritos y otros documentos de su abuelo, Ireneo Paz. De ahí se cambiaron a otro en Paseo de la Reforma.

Recuerdo a Octavio Paz en el departamento de Guadalquivir y luego en el de Paseo de la Reforma, en el que me contó que sufría insomnio, y una madrugada, su empleada, de delantal redondo y uniforme a rayitas, atravesó la sala sin imaginar que él esperaba el amanecer desde su sillón:

–“¿Adónde va?” –preguntó el poeta.

–A misa, señor.

–No vaya, de todos modos, se va a condenar.

Octavio Paz y Marie Jo hablaban de “usted” a sus empleados. A su llegada a México, se instalaron en una de las casas que Sol Arguedas alquilaba en San Ángel Inn (cercana a la de José Luis Cuevas y a la de Ramón y Ana María Xirau), pero a los tres o cuatro meses se mudaron (a Octavio siempre le gustaron las calles con nombre de río) a la colonia Cuauhtémoc, que es un surtidor de ríos. Tras el incendio salieron a la calle Francisco Sosa, en Coyoacán. El entonces presidente Ernesto Zedillo se la ofreció al poeta.

“Mire usted nada más lo que le pasó al poeta”, dijo muy apesadumbrado, “pero esa casa es solo ‘mientras tanto’, porque pronto regresará a la suya”.

Pero Octavio ya no regresó.

Carlos Monsiváis y yo pasamos con Octavio y Marie Jo su última cena de Navidad, que coincidió con el año de la masacre de Acteal, en Chiapas, el 22 de diciembre de 1997.

El enfermero trajo al poeta en bata y en silla de ruedas. Frente a la mesa jaló una silla y quiso sentarlo. Puso sus manos bajo sus axilas para cambiarlo de asiento y Paz advirtió: “¡Cuidado!” Marie Jo lo recopiló: “Octavio (acentuaba la o final), no pasa nada, él sabe muy bien cómo hacerlo”.

Los que no sabíamos qué hacer éramos los comensales, que nos sentíamos huérfanos.

Durante la cena de Navidad, el poeta casi no probó el relleno del pavo, ni la pechuga, ni la pata, ni el ala, ni siquiera quiso servirse una cucharadita del Christmas Plum Pudding, cuyas llamas azules bailaron frente a nuestros ojos. Nedda Anhalt trajo toda la cena sin que faltara un solo salero.

Esa noche también resultó difícil para nosotros los invitados. Al día siguiente, Carlos Monsiváis me llamó como de costumbre a las 7 de la mañana y le pregunté: “¿Cómo viste lo de anoche?”

“Peor que Acteal”, me respondió.

Nos quedamos muy tristes.

Octavio Paz todavía se emocionaba por los movimientos sociales y nos había preguntado a ambos por el subcomandante Marcos y sus comunicados que él seguía leyendo en La Jornada.

Monsi y yo nos despedimos 10 minutos después de las 12 horas que nos avientan al nuevo año. Regresé sola y a pie desde Francisco Sosa, a tres cuadras de mi casa en la Cerrada del Pedregal 79. Cuatro calles vacías. Cuarenta pasos con la cabeza baja, los ojos fijos en la acera, el frío en los huesos y en el alma, hasta el momento de abrir la puerta: “Acabo de vivir la Navidad más triste de mi vida”.

Toda la cena fría salió de las buenas manos de Nedda Anhalt. En una canasta, su marido, siempre callado, llevó desde su casa, en las Lomas, platones como para 12 comensales cuando éramos apenas seis, o quizá menos, sentados a la mesa. Un pavo frío, un puré de castañas frío, la clásica ensalada de betabel que esa sí se sirve fría, un Christmas Pudding frío cuyas llamaradas azules solo subieron unos segundos. La atmósfera fue enfriándose, aunque Octavio insistió en que Monsi y yo le contáramos cómo era el subcomandante Marcos y preguntó si los zapatistas vivían en el bosque.

–Sí Octavio, los zapatistas son árboles –contesté.

El Poeta murió cuatro meses más tarde en la Casa de Cortés, en la calle de Francisco Sosa, esquina con Salvador Novo, el 19 de abril de 1998, a la edad de 84 años.

De vez en cuando paso frente a esa casa triste y camino con la cabeza baja en señal de respeto. Doy unas pisadas viejas en zapatos también gastados. Nunca he olvidado esa noche y nunca he vuelto a entrar a esa casa, a pesar de su cercanía con la mía. Monsi tampoco, porque ya no nos acompaña, al igual que José Emilio, gran amigo y compañero de trabajo en la ajetreada y, a ratos, feliz vida de los suplementos culturales. Ahora solo quedo yo, que en mayo cumpliré 94 años, 28 años después de la muerte de El Poeta, a quien quise entrañablemente. También pienso en Carlos Fuentes, que amó y admiró a Octavio, y en ese maldito distanciamiento entre ellos que nunca debió suceder.

–¿Has visto a Fuentes? –preguntaba.

Octavio Paz escribió sobre la muerte en El laberinto de la soledad. Si algo nos enseñó, fue a entender la forma en que los mexicanos dizque reímos de la muerte y la mordemos en una calavera de azúcar, como el pan de cada día: “También para el mexicano moderno la muerte carece de significación. Ha dejado de ser tránsito, acceso a otra vida más vida que la nuestra. Pero la intrascendencia de la muerte no nos lleva a eliminarla de nuestra vida diaria. Para el habitante de Nueva York, París o Londres, la muerte es la palabra que jamás se pronuncia porque quema los labios. El mexicano, en cambio, la frecuenta, la burla, la acaricia, duerme con ella, la festeja, es uno de sus juguetes favoritos y su amor más permanente”.

¿Por qué escribo esto ahora? ¿Me di ese permiso? Quizá porque voy a cumplir 94 años y la cercanía de mi casa con la de la calle de Francisco Sosa me recuerda los últimos momentos de Octavio, nuestro vecino, ya que Guillermo Haro y Paz coincidían en las reuniones de El Colegio Nacional, y Octavio y Marie Jo solían venir a cenar o a comer y Octavio preguntaba risueño si iba yo a servirles un “mole polaco”. 

[Fuente: www.jornada.com.mx]



quinta-feira, 9 de abril de 2026

Paul Valéry: «Ser un mateix! Però, val la pena?»

«La intel·ligència ignora haver nascut igual que ignora que morirà», deia l'escriptor

Paul Valéry


«Escrivim la vida d'un home. Les seves obres, els seus actes. El que ha dit, el que n'han dit. Però el més viscut d'aquesta vida s'escapa. Un somni; una sensació singular, un dolor local, una sorpresa, una mirada; les imatges preferides o obsessives; una tonada que cantusseja en certs moments d'absència; tot això és més ell que la seva història cognoscible.» Paul Valéry, reconegut com el poeta de l’intel·lecte, creia fermament que la creació literària havia d’estar sotmesa a les mateixes lleis i principis que les ciències; que el poeta, com el científic i el matemàtic, ha d’aconseguir descobrir l’ordre intern del món i les lleis que el regeixen. Valéry en vida va tenir un gran reconeixement intel·lectual. Octavio Paz va dir que el veritable filòsof francès del s. XX no era Sartre, sinó Valéry. El llibre Fragments, editat per Flâneur en la traducció de David Cuscó, ens ofereix un recull amb les millors cites de l'escriptor. Us n'oferim 14:

1. Déu existeix, i el Diable també, però dins nostre. (Carta a Pierre Louÿs, 21 de desembre de 1890.)

2. D'un home en queda el que n'evoca el nom i les obres que converteixen aquest nom en un signe d'admiració, d'odi o d'indiferència. (Introducció al mètode de Leonardo da Vinci, 15 d'agost de 1895.)

3. Si no m'estimen tal com soc, estimen algú que no soc jo. (Carta a Catherine Pozzi, 17 de maig de 1921 (?).)

4. La ment ens insufla sense vergonya un milió de bestieses per cada bella idea que ens proporciona. (Introducció al mètode de Leonardo da Vinci, "I. Nota i digressió, 1919".)

5. La intel·ligència ignora haver nascut igual que ignora que morirà. (ibíd.)

6. Cada vegada que acusem i jutgem no arribem al fons. (Variété II, "Stendhal".)

7. L'home modern és esclau de la modernitat: no hi ha cap progrés que no comporti la seva total servitud. El confort ens encadena. La llibertat de la premsa i els mitjans massa poderoses de què disposa assassinen amb clamors impresos, ens travessen amb notícies sensacionalistes. La publicitat, un dels mals més grans d'aquest temps, insulta la nostra mirada, falsifica tots els epítets, fa malbé els paisatges, corromp tota qualitat i tota crítica, explota l'arbre, la roca, el monument, i , en les pàgines que vomiten les màquines, barreja l'assassí, la víctima, el centenari del dia i l'infant màrtir. (Regards sur le monde actuel, "Fluctuations de la liberté".)

8. En una guerra moderna, l'home que mata un altre home mata un productor del que consumeix o un consumidor del que produeix. (ibíd., "L'Amérique, projection de l'esprit européen".)

9. L'home que té una feina, l'home que es guanya la vida i que pot consagrar una hora cada dia a la lectura, tant si és a casa seva, al tramvia o al metro, veu com aquesta hora és devorada per assumptes criminals, nicieses incoherents, les xafarderies i els fets menys rellevants, el desori i l'abundància dels quals semblen haver estat concebuts per esblaimar i simplificar grollerament les ments. (ibíd., "la liberté de l'esprit".)

10. La política consisteix en la voluntat de conquesta i de conservació del poder, per això exigeix coaccionar o il·lusionar les ments, que són la matèria de tot poder. (ibíd.)

11. Tot el que val a la vida és essencialment breu. (L'Idée fixe, 1932.) 

12.  Soc Home. És a dir que faig coses inútils. (ibíd.)

13. La ment vola de bestiesa en bestiesa com l'ocell de branca en branca. (Mélange, "Humanités, IV", 1941.)

14. Ser un mateix!... Però, val la pena? (Mauvaises pensées et autres, "A", agost de 1941.)

[Font: www.catorze.cat]