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terça-feira, 4 de agosto de 2026

Mamdani tiene razón: Netanyahu debe estar preso

El alcalde Zohran Mamdani acusó a Benjamin Netanyahu de genocidio, dijo que no es bienvenido en la ciudad de Nueva York y pidió su arresto. Hace dos años, eso habría sido inimaginable. De ahora en más, debería ser una prueba de fuego.

Escrito por Ben Burgis

Traducción: Pedro Perucca

En un video publicado hace algunos días, el alcalde de la ciudad de Nueva York, Zohran Mamdani, se sienta detrás de su escritorio y mira directamente a la cámara. Comienza con una declaración contundente: «Benjamin Netanyahu es un criminal de guerra, el arquitecto de un genocidio horroroso contra el pueblo palestino».

A medida que avanza, detalla con sobriedad los horrores que el primer ministro Netanyahu ha infligido a la población civil de Gaza desde 2023. Los más de 73.000 muertos confirmados. Las decenas de miles de niños mutilados, cuyos miembros a menudo debieron ser amputados sin anestesia debido a la destrucción sistemática por parte de Israel de la infraestructura médica de Gaza. La hambruna. Los asesinatos de periodistas y trabajadores humanitarios. El «ataque deliberado contra hospitales neonatales y centros de atención de maternidad», con el objetivo de «negarles a los recién nacidos incluso la posibilidad de vivir».

No sorprende que la Corte Penal Internacional (CPI) haya emitido una orden de arresto contra el primer ministro. Cuando Mamdani era candidato a alcalde, sostuvo que la próxima vez que Netanyahu viniera a Nueva York, el Departamento de Policía de Nueva York (NYPD) debería esposarlo. Muchos argumentaron que esto excedería la autoridad de Nueva York o de cualquier otro municipio, especialmente dado que, aunque una gran mayoría de los países del mundo reconoce la autoridad de la CPI, Estados Unidos no lo hace. En el nuevo video, admite esto a regañadientes, al decir:

Mi administración ha revisado todas las vías disponibles bajo la legislación aplicable para determinar si la ciudad de Nueva York podría ejecutar la orden de arresto de la Corte Penal Internacional en caso de que Benjamin Netanyahu viniera aquí. Está claro que no contamos con la autoridad legal independiente para hacer cumplir esta orden. El gobierno federal, sin embargo, sí la tiene, y le pido que se sume a la CPI y ejecute esta orden. Y quiero ser igualmente claro: Benjamin Netanyahu no es bienvenido en la ciudad de Nueva York.

El video fue un terremoto político. Ha recibido decenas de millones de visualizaciones en las distintas plataformas de redes sociales. Los defensores de Israel se mostraron, previsiblemente, furiosos.

Los argumentos extraños y perezosos de los defensores de Netanyahu

El Centro Simon Wiesenthal emitió un comunicado en el que afirmó que «el alcalde Mamdani no expresó simplemente una opinión política personal», sino que «utilizó la autoridad, el simbolismo y la credibilidad del cargo de alcalde para emitir lo que equivalió a un discurso público oficial en el que declaró que el líder democráticamente electo del único Estado judío del mundo es un “criminal de guerra” que “no es bienvenido en la ciudad de Nueva York”». Esto, señalaron, fue un «uso profundamente indebido del cargo que todos los neoyorquinos le confiaron [a Mamdani]».

Por qué el hecho de que Israel sea el «único» Estado judío se supone relevante es un misterio. (¿Acaso las condenas al presidente sudafricano P. W. Botha en la década de 1980 eran objetables porque Sudáfrica era el único país dominado por el grupo étnico afrikáner?) Y la afirmación de que las elecciones israelíes son «democráticas» resulta risible. Desde 1967, Israel no solo ha controlado Cisjordania, sino que ha construido allí numerosas ciudades pobladas por sus propios ciudadanos, y trata a esos colonos como si «vivieran en Israel» y no «en el extranjero» a todos los efectos legales. Pero a los millones de residentes palestinos que viven allí nunca se les ha otorgado la ciudadanía israelí, ya que hacerlo implicaría que hubiera «demasiados» ciudadanos de la etnia equivocada. Eso, sencillamente, no es una democracia.

Sin embargo, y más importante aún, no hace falta oponerse ideológicamente al sionismo, ni tener una opinión particular sobre la geopolítica de Israel/Palestina, para coincidir con el llamado de Zohran a que el gobierno federal se sume a la CPI y haga cumplir la orden contra Netanyahu. Simplemente hay que creer que el derecho internacional debe aplicarse por igual a todas las naciones del planeta.

Las afirmaciones generalizadas de que los neoyorquinos judíos (una gran cantidad de los cuales votó por Mamdani y estuvo de acuerdo con cada palabra del video) se ven de algún modo «en peligro» por su llamado a arrestar a un líder genocida sencillamente no resisten el menor análisis. El problema con Netanyahu no es que sea judío, del mismo modo en que la razón por la que la CPI emitió una orden de arresto contra Vladimir Putin no es que Putin sea miembro de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Más bien, la convicción del alcalde Mamdani, de la CPI y de las múltiples investigaciones de las Naciones Unidas que han determinado que Netanyahu cometió genocidio en Gaza es que las leyes se aplican por igual a todos, y que ningún cargo político en ningún Estado debería proteger a los criminales de guerra de la posibilidad de ser llevados ante la Justicia.

Han pasado casi tres años desde el comienzo de la campaña de Netanyahu para eliminar sistemáticamente cualquier posibilidad de que se reanude una vida palestina normal en Gaza. En ese tiempo, se estima que el 90 por ciento de la población civil fue desplazada de sus hogares por el ejército israelí. Pocos meses después de que comenzara la operación, la presentación legal de Sudáfrica ante la CPI incluyó doce páginas de citas de funcionarios israelíes que expresaban intención genocida. Sobre el terreno, constituye uno de los genocidios mejor documentados de la historia de la humanidad. Cualquier persona en el mundo con acceso a las redes sociales pudo ver un flujo continuo de fotos y videos de hombres, mujeres, niños y bebés asesinados y mutilados; de destrucción masiva descargada sobre objetivos civiles; y de crímenes de guerra cometidos cara a cara por soldados israelíes. Algunos de esos soldados, aparentemente del todo indiferentes a la reacción del mundo, se filmaron a sí mismos posando con la ropa interior de mujeres palestinas que habían sido asesinadas o habían huido para salvar sus vidas, o jugando con los juguetes de niños muertos o mutilados. Y durante todo este tiempo, como señaló el alcalde en su alocución, «nosotros, como estadounidenses», seguimos «pagando por las bombas que hacen la matanza».

Después de tres años de firme apoyo estadounidense al genocidio, la reacción de la abrumadora mayoría de las personas que dejaron comentarios en el video de Mamdani pareció ser un alivio conmocionado ante el hecho de que un funcionario electo de tanta relevancia estuviera dispuesto a plantear el caso con tanta claridad y contundencia. Si bien los críticos del alcalde puedan burlarse diciendo que los abogados de la ciudad no avalarían que él mismo le ordenara al Departamento de Policía llevar a cabo el arresto («¡miren, prometió de más!»), es más probable que la reacción de la gente común ante la revelación de que alguien que mutiló a decenas de miles de niños puede pavonearse por Nueva York sin temor a ser arrestado sea de conmoción y repulsión.

Como subrayó Mamdani, el gobierno federal sí tiene la facultad de llevar a Netanyahu ante la Justicia si el primer ministro pisa suelo estadounidense. Donald Trump, por supuesto, no tiene ningún interés en ejercer esa facultad. Pero a todo demócrata que se postule a la presidencia en 2028 se le debería preguntar si tiene previsto atender el llamado del alcalde para hacer cumplir el derecho internacional.

La cuestión de fondo

Buena parte de los comentarios de los analistas mediáticos se centró en loas consecuencias políticas del video. ¿Sumará puntos el alcalde ante los votantes por plantear el caso con tanta contundencia, o los perderá por no poder ordenar él mismo el arresto, como esperaba inicialmente? ¿Cómo cambiará esto la relación del municipio con la Casa Blanca? ¿Distrae todo esto de otros aspectos de la agenda de Mamdani?

Sin embargo, para quien le importen los derechos humanos y el derecho internacional, todo esto es apenas secundario. Durante décadas, cada nuevo alcalde de Nueva York visitaba Israel para demostrar su gran amor por ese país. (Hasta donde puedo ver, prácticamente ninguna de las personas que hoy se quejan de que Mamdani opine sobre Israel/Palestina en lugar de limitarse a los asuntos locales se quejó jamás de esta práctica.) Incluso el bastante progresista Bill de Blasio hizo la peregrinación. Al predecesor inmediato de Mamdani, el alcalde Eric Adams, le gustaba hablar del «vínculo irrompible» entre su ciudad y el Estado étnico de Medio Oriente. Hace dos años, la idea de que un alcalde de Nueva York se sentara detrás de su escritorio y afirmara sin rodeos que el líder de Israel es un criminal de guerra que debería estar tras las rejas habría sido del todo impensable.

Es evidente que el mundo ha cambiado. Ya era hora. 

 

[Foto: Oficina del Alcalde de Nueva York / YouTube - fuente: www. jacobinlat.com]

sábado, 25 de julho de 2026

« Une enfance allemande », film de Fatih Akin : pour un peu de miel et de pain

Avec ce nouveau film, adapté d’un scénario du regretté Hark Bohm, Fatih Akin surprend agréablement. Après un dernier film plutôt moyen, Rheingold (2022), le réalisateur allemand revient avec un sublime conte qui prend place au moment de la fin de la Seconde Guerre mondiale. 


Écrit par Julien Desneuf

L’exploit des deux Hambourgeois

Derrière Une enfance allemande, déjà, il y a un hommage : celui de Fatih Akin pour son ami et mentor, Hark Bohm. Ce dernier s’est éteint le 14 novembre 2025 à Hambourg, quelques jours seulement après la sortie allemande du film. C’était lui qui devait réaliser cette œuvre mais, trop diminué physiquement, l’acteur, réalisateur et producteur allemand, qui a grandi sur l’île d’Amrum, a dû céder sa place derrière la caméra. Après avoir écrit le livre éponyme et le scénario, c’est bien naturellement qu’il a confié la réalisation de ce film à Fatih Akin, avec qui il a déjà collaboré à de nombreuses reprises. Hark Bohm a, par exemple, aidé Fatih Akin pour le scénario de Tschick et de In the fade. Les deux natifs de Hambourg se connaissent effectivement de longues dates, ce qui a laissé toute l’amplitude à Fatih Akin pour faire ce petit bijou, riche et fort comme un courant de la mer du Nord.

L’histoire est assez simple : loin du tumulte de la Seconde Guerre mondiale, Nanning est un garçon de douze ans qui vit depuis peu de temps sur l’une des îles frisonnes, située au nord de l’Allemagne. Avant la guerre, il habitait à Hambourg. Nanning lui-même est le fils d’un haut dignitaire du Parti national-socialiste et sa famille est originaire d’Amrum, où il semble faire bon vivre. Néanmoins, le vent de quelques rumeurs semble parvenir jusqu’ici avec les drapeaux nazis, les restrictions et les déportés : la réalité de la guerre s’immisce jusque là et façonne la vie de la petite île. Incarné à l’écran par Jasper Billerbeck, Nanning, ce jeune garçon solitaire et réservé est l’homme de la maison malgré lui. Alors, ils se lancent dans une aventure folle dans ce contexte : obtenir du pain blanc, du beurre et un peu de miel pour sa mère. Quelques mauvaises langues diront qu’il n’y a pas de quoi être ébahi, mais, que diable, à chacun son Everest. N’est-il pas au moins un homme au monde qui, un jour, s’est enorgueilli de pouvoir simplement se lever de son lit ?

Nanning à bicyclette 

Dans le scénario initial, cette histoire devait être un simple épisode. Elle en est devenue la trame principale. Fatih Akin saisit, grâce à elle, la possibilité de saisir l’ordinaire dans son plus simple appareil. Il confie même avoir pensé au Voleur de bicyclette et à Sciuscià de Vittorio De Sica en lisant cette partie et, plus tard, s’être inspiré de la sobriété de son intrigue pour construire la sienne. Peut-être, aussi, faut-il voir ici un petit clin d’œil : c’est à bicyclette que Nanning se promène sur son bout de terre. Mais à mesure qu’il avance dans sa quête, les Iliens du coin le rejettent. À l’instar de beaucoup d’Allemands de leur temps, ils sont exaspérés par la guerre, que l’enfant incarne malgré lui, et le personnage joué par Diane Kruger, Teresa, incarne très justement ce vent de colère qui bouillonne en chacun d’eux.

Nanning roule le long des chemins, et son aventure prend petit à petit les contours d’un conte. Les scènes d’intérieur ont été tournées en studio à Hambourg, tandis que toutes les scènes en extérieur avec la nature ont été filmées sur l’île d’Amrum, en mai 2024. Mais comme les villages d’Amrum n’ont plus leur apparence d’antan, il a fallu trouver un autre lieu pour les scènes avec la maison et la communauté. Ils l’ont trouvé au Danemark, juste de l’autre côté de la frontière, et le résultat est tout simplement resplendissant. Les tableaux se succèdent le plus naturellement du monde et le paysage prend souvent le pas sur le reste. Dans ce plat pays, Nanning nous fait parfois l’effet de rouler sur une ligne d’horizon. Le long des landes et des dunettes, le jeune enfant pédale au gré de ces petites histoires : il fait du troc, chasse un lapin ou traverse un chenal de marée en crue. Tout ça, c’est beaucoup de choses pour un gamin.

Un humanisme allemand

Ce film d’apprentissage, présenté en avant-première au Festival de Cannes 2025 dans la section Cannes Première, est une vraie réussite. Subtil et nuancé, il touche à des thèmes universels comme l’enfance, la guerre et les préjugés avec beaucoup de justesse. Il ne tombe pas un seul instant dans le piège du pathétique, ce qui est un petit exploit tant le sujet s’y prête. À la place, il offre l’empathie. En quelques mots comme en cent, Une enfance allemande est un film a ne pas manquer. Le dernier plan du film montre Hark Bohm regardant l’horizon depuis l’une des plages de l’ile d’Amrum, lui qui y a grandi. C’est touchant. Fatih Akin, en tout cas, peut se vanter de lui avoir rendu un bel hommage. 

Avec Jasper Billerbeck, Laura Tonke, Diane Kruger

 

[Photos : Dulac distribution - source : www.cult.news]

sexta-feira, 10 de julho de 2026

« On vous croit », de Devillers et Dufeys : la vérité sort de la bouche des enfants

On vous croit. Un titre fort et engagé. Ce long métrage de Charlotte Devillers et d’Arnaud Dufeys, récompensé à multiples reprises, sort dans nos salles le 12 novembre 2025 et vaut le détour. 


Écrit par Ophélie Giordana

Au défi, aborder un sujet aussi pénible que d’actualité : les violences sexuelles sur mineurs dans la sphère familiale. Chaque année 160 000 enfants sont victimes d’agressions sexuelles en France, soit 1 enfant toutes les 3 minutes. Dans 81% des cas, l’agresseur est un membre de la famille, dans 27 % des cas, les pères. L’objet d’On vous croit n’est pas de porter un jugement moral sur les agissements des agresseurs, ni de comprendre leurs moteurs internes. Il vise à mettre un coup de projecteur sur les limites de nos institutions judiciaires, la question de la responsabilité parentale, et l’effet de double peine vécu par ces enfants contraints de comparaître inlassablement jusqu’à ce que jugement soit rendu. Des enfants que l’on peine à écouter et qui cherchent à retrouver leur voix. 

« Aujourd’hui, Alice (Myriem Akheddiou) se retrouve devant un juge (Natali Broods) et n’a pas le droit à l’erreur. Elle doit défendre ses enfants, dont la garde est remise en cause. Pourra-t-elle les protéger de leur père (Laurent Capelluto) avant qu’il ne soit trop tard ? 

Faites entrer l’accusé

Ce combat, c’est celui que mène avec férocité Alice lorsqu’elle comparaît à nouveau pour justifier la coupure relationnelle avec son ex-mari, qu’elle accuse de violences sexuelles sur ses enfants. Cette lutte acharnée, que beaucoup de femmes perdent, on ne le voit pas seulement ; on l’éprouve. Le talent des réalisateurs accompagne la lutte. Nous devenons alors les témoins impuissants de ce procès qui se rejoue péniblement.

On vous croit nous plonge alors au coeur de ce combat maternel, dans un réalisme brut et une ambiance clinique, à l’approche quasi-documentaire. Dufeys et Devillers retranscrivent avec une authenticité saisissante les interactions, misant sur l’improvisation des acteurs, et faisant le choix affirmé de véritables avocats pour occuper leur propre rôle dans le film. Cela tombe sous le sens, puisque leur plaidoirie est calibrée, le ton juste.

Flirter avec le documentaire donne du poids à la douleur des personnages, alourdit l’atmosphère et aggrave le propos, pour nous faire prendre conscience que derrière la fiction se cache un fait social. Ex-infirmière, Devillers s’est nourrie de nombreux témoignages tout au long de sa carrière pour donner au récit toute sa justesse. Ce film joue alors le double rôle de sensibilisation et de thérapie, pour lui permettre de faire la paix. 

Le poids de la justice en plan serré

Charlotte Devillers et Arnaud Dufeys font le pari d’un cadrage serré et d’un jeu d’acteur expressif. Centré sur la parole et les visages plus que sur l’action, le film suit le parcours d’Alice et de ses enfants, contraints de revoir leur agresseur, revivre à travers leur témoignage une nouvelle souffrance. La prise continue de 55 minutes confère du réalisme et donne le temps aux acteurs de vivre cette effroyable tension. Cette scène condense la fatigue, la solitude et le désenchantement des victimes broyées par la longueur des procédures judiciaires.

La bataille des expressions faciales est engagée. La guerre des mots aussi. Le seul éclat autorisé n’est pas le rire, mais les pleurs contenus. Myriem Akheddiou livre une prise de parole de près de 25 minutes, apprise au mot près, sans cadenasser l’intention. Une question subsiste : ce choix de réalisation est-il une force ou une faiblesse ? Cette mise en scène sobre, presque aseptisée, traduit la tension de l’audience, mais engendre une certaine monotonie visuelle et narrative. En se focalisant sur Alice, le film retire la parole au père et frôle parfois le manichéisme. Reste à savoir si ce parti pris est une force ou une faiblesse — à chacun d’en juger.

Mes enfants, ma bataille 

Mais l’image s’imprime : on ne se remet pas du regard grave et sensible du juge pour enfants (Natali Broods) : le plan serré sur son visage nous permet de prendre la pleine mesure du poids de la décision. En confiant le rôle à une femme, les réalisateurs illustrent la féminisation progressive de la magistrature et l’exigence d’impartialité qui filtre dans son discours. Le poids de la décision, c’est avant tout celui des mots.

On vous croit rend hommage aux mères protectrices et à leur courage. Un combat dont la voix peine trop souvent à être entendue. Alice incarne cette mère-louve prête à tout pour préserver ses enfants. Le film a cela de novateur, qu’il interroge la parole : à qui doit-on la donner ? Qui doit-on croire ? Le parcours émotionnel d’Alice s’entremêle alors à celui du procès. Devillers retranscrit ainsi le combat intérieur du personnage qui « subit la prise de parole des autres sans pouvoir intervenir ». Réfléchissons-y. Un triste matin, le combat d’Alice pourrait bien devenir le nôtre.

Entre silences lourds, dialogues sous tension, et vérités à hauteur d’enfant, On vous croit nous plonge dans le cœur battant du tribunal pour enfants et des limites de la justice. Un film d’une sincérité rare, qui rappelle que derrière chaque procédure se cache une vie brisée et qu’écouter les enfants, c’est déjà réparer.


[Images : jour2fete - source : www.cineverse.fr]


quinta-feira, 9 de julho de 2026

Duel en una sala de vistes

 

                                                         L’actriu Myriem Akeddiou a ‘Yo te creo’

Escrit per Imma Merino

Quan s’acaba On vous croit, premi a la millor òpera prima a la Ber­li­nale de l’any pas­sat, apa­reix aquesta infor­mació: “Segons una esti­mació de l’OMS, un 20% de les nenes i un 10% dels nens d’arreu del món patei­xen violència sexual. Es pre­senta denúncia en un 10% dels casos. Un 2% de les denúncies es reso­len amb una con­demna.” Aquesta pel·lícula codi­ri­gida pels bel­gues Char­lotte Devi­llers i Arnaud Dufeys trans­corre pràcti­ca­ment en una sala de vis­tes on té lloc un duel duríssim entre una dona i el seu exma­rit, que reclama poder veure els fills (un nen i una ado­les­cent) de tots dos.

A l’exterior del jutjat, hi ha un preàmbul, en què el nen es resisteix a pujar en un autobús, i un epíleg en què la mare, els dos fills i una advocada escolten una gravació realitzada d’amagat per l’adolescent mentre ella i el germà estaven en una sala a part (on van romandre durant la vista judicial) parlant amb la jutgessa, de la qual aleshores se senten aquestes paraules: “Us crec.” És així? La justícia fa cas al que diuen els infants? Essent una qüestió exposada al film, ha de tenir per força present que poden estar manipulats pels adults?

El punt de vista narratiu sembla creure’s (i així prendre part) la mare i els fills, que acusen el pare d’abusos; però no es pot dir que ho faci amb simplisme, sense concedir a l’home arguments que fan entendre que, quan es queda sola a la sala, la jutgessa es posi les mans al cap i sospiri profundament. A l’acte processal, filmat en plans frontals a vegades de qui parla i a vegades dels que escolten, es concedeix temps perquè cadascú (les dues parts i els advocats respectius, a més d’un assessor de la jutgessa) s’expliqui. Amb rigor i sobrietat, s’evita el sensacionalisme, al qual convida el tema, en un film d’una gran maduresa per ser una òpera prima i molt ben interpretat.

Yo te creo

Directors: Charlotte Devillers, Arnaud Dufeys

Intèrprets: Myriem Akeddiou, Laurent Capelluto, Natali Broods

Bèlgica, 2025

 

[Imatge: KARMA FILMS - font: www.elpuntavui.cat]


sábado, 2 de maio de 2026

«Matèria primera», novel·la de Jörg Fauser

Escrit per Xavier Serrahima  

Quan es llegeix —i encara més quan s’analitza— una novel·la, sembla que existeixi una certa obsessió per cercar-hi referències biogràfiques de l’autor, talment com si ésser capaç de localitzar-les i d’identificar-les comportés un mèrit afegit, incalculable, per al qui ho aconsegueix. Aquest hàbit, que té sentit en un estudi acadèmic exhaustiu, oblida que precisament l’essència de qualsevol bona novel·la és —o hauria d’ésser— la capacitat de ficcionalitzar la realitat: de convertir, quan cal, la realitat en ficció, però, per damunt de tot, la ficció en realitat. 

En llegir Matèria primera (Rohstoff), de Jörg Fauser, Labreu Edicions, Barcelona, 2013, la primera temptació que podem sentir és la de llençar-nos de cap a la caça i captura del seu component autobiogràfic, tan palpablement evident, tan a flor de pell. Per poc perspicaç que siguis, ben aviat t’adones que, més o menys camuflat sota la figura de Harry Gelb, el seu protagonista, s’hi perfila la figura del seu autor: un bohemi aspirant a escriptor que malda per obrir-se camí al bell mig de la selva salvatge del món cultural i editorial alemany.  

Tanmateix, si volem assaborir-la com cal —i bé que s’ho mereix—, cal que ens afanyem a alliberar-nos d’aquesta temptació: com succeeix amb qualsevol obra de vàlua, el que és fonamental en ella no és pas el motiu que la inspira, sinó el resultat que s’obté; no el material amb el què es treballa, sinó el fruit que produeix. 

I Fauser sense dubte ha sabut llaurar bé. És possible que el seu estil, ràpid, directe, aparentment espontani, sense concessions, que en ocasions pot fer la impressió —falsa, intencionada— de poc elaborat, pugui dur a fer-se enrere a algun defensor de les essències, però si som capaços de superar aquest afany purista —si deixem de banda allò que hauria d’ésser i ens centrem en el que és—, la nostra satisfacció com a lectors estarà garantida.

Atès que l’autor alemany provava tant de viure —“Dins d’aquest sistema, aparentment no hi havia cap possibilitat de fer el que un volia fer”, (pàg. 143)— com d’escriure a la seva manera —“fes allò que no puguis deixar de fer”, (pàg. 133)—, preferint no seguir cap escola ni convertir-se en mestre de ningú, el millor homenatge que li podem fer és llegir-lo amb la ment oberta; deixant que sigui la seva prosa, àgil, sòbria, immediatament accessible, la que pugui comunicar-se amb la nostra sensibilitat. O pugui no fer-ho, per descomptat: ambdues opcions seran perfectament legítimes, si ens hem despullat de teories, regles o condicionants previs.

El món que ens presenta l’escriptor, amb una explícita i reconeguda influència de Kerouac i Bukowski, però alhora captivat pel magisteri de la prosa clàssica —“Una lectura fabulosa, Dostoievski. Bon coneixedor de l’ànima”, (pàg. 173)—, de ChandlerHammett i de Greene, és el món en descomposició sorgit de la Guerra Freda, del temor de la bomba atòmica. Aquest món desencantat i sense sentit, del no future, poblat per tot un seguit d’ésser noctàmbuls incapaços de trobar el seu lloc a la societat, anihilats per les drogues i embriagats per l’alcohol: “Jo era un noctàmbul, mai no em llevava abans de les onze, si no calia, m’anava posant a to cap a la tarda, després de la cinquena cervesa ja podia enfrontar-me al món i a les dues de la matinada hauria pogut arrencar arbres”, (pàg. 258).

Membres d’una generació perduda, privats d’esperances ni aspiracions, que, quan no naufraguen,  caminen per la Wild Side de Lou Reed; que cerquen el seu darrer refugi en una revolució de paper d’estrassa —“tota aquella colla de subversius de pacotilla, maoistes amb subvenció estatal i subproletaris a la recerca d’un raconet calent per l’hivern”, (pàg. 157)— que té més d’excusa i justificació —“ens capbussàvem en la fatxenderia filosòfica i en l’escuma existencial”, (pàg. 238)— que no pas de realitat: “Tractant-se de literatura, els marxistes sempre havien demostrat tenir un gust ben reaccionari. I pel que fa a la política, al capdavall, també”, (pàg. 162).

Una obra que, tant per la seva visió crítica, amargada i decebuda de la societat, pel seu contingut com per la seva plasmació narrativa (cínica, iracunda i desacomplexada) recorda la incisiva novel·lística de David Castillo i, sobretot, la seva magnífica No miris enrere: “Això era la felicitat: un moment concret, mínim, com un orgasme, davant l’adversitat general de la vida”.

En conclusió, bo i no essent del tot rodona, Matèria primera —traduïda amb braó per Ignasi Pàmies— ens acara amb una literatura poderosa i profunda, coratjosa i inconformista, lliure i alliberada, que —tot i que sabent que les respostes no existeixen— s’interroga i ens interroga sobre el sentit o la manca de sentit del món on ens correspon viure.

[Font: www.racodelaparaula.cat]

domingo, 22 de março de 2026

«La Grazia», film di Paolo Sorrentino

La bellezza del dubbio, i dilemmi morali, il senso di responsabilità. Paolo Sorrentino ritrova un grande Toni Servillo (Coppa Volpi a Venezia 82) per il ritratto pubblico e privato di un Presidente della Repubblica a fine mandato, chiamato a scelte delicate 


di Valerio Sammarco 

“Di chi sono i nostri giorni?”.

È come sempre un cinema di domande, il cinema di Paolo Sorrentino. Che questa volta, dopo È stata la mano di Dio e Parthenope (“A cosa stai pensando?”…) si porta dentro le stanze del Quirinale per raccontare il semestre bianco di Mariano De Santis (Toni Servillo), Presidente della Repubblica che sta per terminare il suo mandato.

Vedovo, cattolico, ha una figlia, Dorotea (Anna Ferzetti), giurista come lui. E proprio lei, oltre a rammentargli di non fumare ("hai un polmone solo, ricordi?") e a controllare la sua alimentazione ("Questa non è una cena, è un'ipotesi!", tuona l'amica di sempre Coco Valori, critica d'arte, interpretata da Milvia Marigliano), lo sprona a firmare il disegno di legge sull'eutanasia e a prendere una decisione su due delicate richieste di grazia, per un uomo e una donna, entrambi in carcere per avere ucciso i relativi compagni: il primo ha ucciso la moglie malata di Alzheimer, la seconda – vittima di continue violenze – ha inferto 18 coltellate al marito mentre dormiva.

La Grazia “è la bellezza del dubbio”, nonché un atteggiamento premuroso nei confronti della vita, degli affetti, delle questioni spinose, e ancora una volta Sorrentino si affida al suo attore feticcio, fraterno (settima collaborazione su undici film) per tratteggiare il crepuscolo di un uomo, immobile nei ricordi e bisognoso sempre di “un ulteriore periodo di riflessione”, che affida ad ogni tiro di sigaretta l'illusione di un'evasione eterna e al rap di Guè Pequeno la segreta ribellione di una ritualità soffocante.

Toni Servillo incarna con la consueta maestria questo Capo di Stato “verosimile ma rigorosamente inventato”, uomo soprannominato da tutti “cemento armato”, giurista autore di un manuale sul diritto penale (2046 pagine) ribattezzato dagli studenti di allora “Himalaya K3”, perché impossibile da scalare, uomo che quando prega si assopisce ma quando dorme non sogna più.

Roso dai dilemmi morali (“se non firmo la legge sarò considerato un torturatore, se la firmo un assassino”) e lacerato dall'assenza dell'amata moglie, insegue nel ricordo l'immagine di quell'Aurora fluttuante nella nebbia della brughiera, giovane donna amata per una vita intera. E ad assillarlo ancora, a 40 anni di distanza, è quel tradimento subito, tradimento a cui non è ancora riuscito ad associare né un volto né un nome. Ma questa costante e ossessiva ricerca della verità finisce solo per aumentare i dubbi. 


Sorrentino abbandona l’astrazione totale che, soprattutto nella prima parte, segnava la cifra di Parthenope, per gran parte del film predilige la claustrofobia di un’unità di luogo (il Quirinale) dove l’esistenza compressa e complessa di De Santis e la figlia (bravissima Anna Ferzetti) è contrappuntata da dialoghi e situazioni sempre in bilico tra profondità esistenziale e sagace ironia, da ritrovare nella già citata Coco Valori ma anche in alcuni dialoghi con il corazziere (Orlando Cinque) o il generale delle forze armate (Giuseppe Gaiani), per non parlare dei confronti con il Papa, interpretato dall’ivoriano Rufin Doh Zeyenouin, nero, con i dread, l’orecchino e scooter munito: “Dio non concede risposte, la nostra vita è fatta di domande, le risposte non le danno neanche la scienza e il diritto”. 


Non manca, come di consueto, il ricorso al simbolismo (il cavallo agonizzante) e quella sospensione in grado di creare lo stupore tra la parola e l’immagine, come l’incredibile capacità di restituire questo moto interiore di un uomo incastrato tra la sua natura (“cemento armato”, qualcuno ricorda come moriva Titta Di Girolamo alla fine di Le conseguenze dell’amore?...) e la voglia di smentire costantemente questa definizione che gli altri danno di lui: è provando a ricercare la verità da più vicino (“il diritto ce la mostra solamente da lontano”) che De Santis da una parte si svincola dalla ritualità del protocollo per rintracciare la sua vena di magistrato (la visita in carcere all’uomo reo confesso per l’uccisione della moglie malata), dall’altra insegue quel sogno di leggerezza (l’assenza di gravità, la lacrima galleggiante dell’astronauta in orbita da un anno) che magari è troppo tardi da trovare nella realtà. Basterebbe, chissà, ricominciare a sognare. 


È nel disorientamento della coscienza, nell’impossibilità delle certezze, nelle sfumature che ci abitano, nel dramma e nell’ironia, ma soprattutto nell’amore – per una moglie defunta, per la figlia, per i valori fondamentali della vita – che La Grazia trova la sua indiscutibile alchimia tra la sobrietà e lo svolazzo (Servillo che canta con gli alpini e poi, da solo, Le bimbe piangono di Guè, “Affacciati alla finestra spacciatore mio”…).

Oltre ad un ribaltamento potentissimo (la telefonata alla direttrice di Vogue) e struggente, anticipato da quella camminata liberatoria a Via dei Condotti (“Sono 7 anni che non faccio una passeggiata”), quante affinità con le fughe all’alba del Divo Andreotti in Via del Corso: è lì, da solo, in quella casa, che De Santis ritrova i colori della sua ragazza (“Sarebbe piaciuto anche a me fare come quegli uomini capaci di indossare una giacca rossa sui pantaloni bianchi, ma non ne ho mai avuto il coraggio”, ogni riferimento a Jep Gambardella è puramente casuale?), il contraltare pastello della sua figura di “uomo grigio” che ora, contrariamente alle premesse, sembra disposto a smontare i suoi pregiudizi, ad imparare a conoscere il presente, anche e soprattutto attraverso gli occhi della figlia. A prendere delle decisioni. Ma senza dimenticare l’importanza del dubbio, della responsabilità, dell’etica, perché come ricorda lo stesso Sorrentino, “L’etica è una cosa seria. Tiene in piedi il mondo. E Mariano De Santis è un uomo serio”.

E se quella domanda apparentemente semplice – “Di chi sono i nostri giorni?” – prevede una risposta pressoché scontata (“Sono nostri”), è pur sempre con il muro della vita che bisogna fare i conti. Di Grazia.

 

 

[Foto: Andrea Pirrello - fonte: www.cinematografo.it]

 

La Grazia : critique entre la vie et la mort

Paolo Sorrentino est un grand habitué du festival de Cannes (où il a présenté sept de ses onze films), mais en bon Italien, il a évidemment aussi ses entrées à la Mostra de Venise. En 2021, il avait même remporté le Grand prix du jury pour La Main de Dieu, son grand drame semi-autobiographique réalisé pour Netflix au cœur de Naples. Avec La Graziail retourne à Rome et au cœur des rouages de la politique italienne en suivant son Président de la république incarné par Toni Servillo, justement récompensé du prix d’interprétation masculine de la Mostra de Venise en 2025. Au cinéma, dès ce 28 janvier 2026.

Écrit par Alexandre Janowiak

la fin d’un règne    

L’Italie est une république parlementaire (loin du régime semi-présidentiel français) et son président a beau avoir un rôle plutôt honorifique, l’article 87 de la Constitution du pays lui confère de sacrées responsabilités. La Grazia s’ouvre ainsi sur un long panneau, énumérant un à un, ses fonctions et pouvoirs : sa possibilité de dissoudre le Parlement, de nommer des hauts fonctionnaires, de décerner des décorations, de recevoir les représentants diplomatiques, mais aussi de promulguer les lois, signer des décrets et accorder la grâce (entre autres choses).  

La liste est longue et le président a donc de quoi s’occuper dans les coulisses du pouvoir italien. Pourtant, le président Mariano de Santis, lui, s’ennuieIl faut dire qu’il ne s’est jamais remis de la mort de sa femme, huit ans plus tôt, qui lui a en plus caché l’identité de son amant d’un soir jusqu’à son dernier souffle. Un secret qui le ronge au point de soupçonner son ami de toujours – et actuel ministre de la Justice – Ugo Romani, d’être celui avec qui elle l’aurait trompé des années auparavant. Soupçons encore plus tenaces, puisque Romani ne cache pas son envie de lui succéder à la présidence.

« Je vous salue, Mariano »

Mariano De Santis attend donc patiemment de se retirer de la vie politique, voire de la vie tout court. Sa fille (et directrice de cabinet) surveille de près sa santé. Elle lui interdit de fumer (mais il profite toujours d’une balade sur les toits du palais pour profiter d’une cigarette) et lui impose un régime alimentaire assez strict et, disons-le, peu réjouissant (poisson blanc à la vapeur et quinoa, sans sauce évidemment). Bref, il se lasse sauf qu’à six mois de la fin de son mandat, il doit s’acquitter de trois dernières missions.

Non seulement, l’ancien juriste doit choisir de promulguer (ou non) un projet de loi sur l’euthanasie qu’il laisse traîner sur la table depuis plusieurs années, mais aussi d’accorder la grâce présidentielle à un homme et à une femme, chacun condamné à perpétuité pour homicide conjugale. Ces ultimes dilemmes moraux à la tête de l’État vont le pousser à sortir de sa zone de confort et délaisser son image d’homme politique impassible (son surnom est « Béton armé » et il est le seul à ne pas en avoir connaissance) pour enfin espérer « voir la vérité de près ». 

Un joli duo père-fille

Paolo Sorrentino s’était déjà attaqué à la politique italienne assez frontalement entre le fougueux Il Divo en 2008, portrait « barock » du sénateur Andreotti, et sa fresque berlusconienne Silvio et les autres en 2021. Avec La Grazia, il délaisse cette réalité pour brosser le portrait émouvant d’un président issu de son imagination, mais plus encore, il se détache de ses excès habituels de mise en scène. Bien sûr, La Grazia conserve une esthétique et une atmosphère toutes sorrentiniennes (décors imposants, ralentis léchés, compositions très travaillées…).  

L’Italien ne peut se résigner à la présence de personnages fantasques (ce pape noir avec des dreadlocks qui se déplace en scooter dans les jardins du Vatican ; l’extravagante Coco Valori), de séquences musicales transcendantes (dont une danse dans les entrailles du palais) et, aussi, de figures féminines archaïques ou sexualisées inutilement (à quoi bon cette ambassadrice ainsi développée). Mais là où ce trop-plein insolite a pu être envahissant par le passé, La Grazia n’en fait qu’une toile de fond pour plonger dans une autre forme de beauté : celle du rien, du vide. 

Un chant mémorable

Car derrière son pitch assez dense qui pourrait amener à un rythme virevoltant, son nouveau cru, porté par l’excellent Toni Servillo (leur septième collaboration), est d’une sobriété étonnante, voire déstabilisante. Cela pourra paraître ennuyeux et c’est sans doute parfois un peu trop long, mais cette introspection épurée de la solitude du pouvoir est rafraichissante. Elle ramène Paolo Sorrentino à une forme d’essentiel, celle où les personnages se débattent avec leurs états d’âmes, leurs émotions, leurs contradictions et leurs doutes. 

Rarement l’incertitude d’un personnage sorrentinien aura été aussi belle et touchante, l’élégance de Mariano De Santis semblant un lointain souvenir dans notre monde où nuance, réflexion et échange ont disparu. C’est là toute la splendeur de La Grazia qui se transforme en véritable ode majestueuse à l’amour, à l’amitié et au partage. D’un chant alpin centenaire à une danse sur un rap enivrant jusqu’à la larme d’un astronaute en apesanteur, Sorrentino nous refait goûter à une grâce oubliée et une humanité perdue. 

 

[Images : Pathe Films - source : www.ecranlarge.com]