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sexta-feira, 14 de agosto de 2026

Judith Butler, filósofa: «El ataque contra las personas trans apunta a un proyecto potencialmente genocida»

 

Judith Butler durante una entrevista reciente con El Periódico.

Publicado por Nathan J. Robinson (Current Affairs) 

Judith Butler es una de las académicas y filósofas más destacadas del mundo en cuestiones de género, sexualidad y los fenómenos culturales que los rodean. Es autora del emblemático libro de 1990 Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity y, más recientemente, de la obra que le siguió en 2024, Who’s Afraid of Gender? Butler se reunió con el redactor jefe de Current Affairs, Nathan J. Robinson, para hablar de cómo personas de todo el mundo –en su mayoría conservadoras, aunque también algunas que se consideran de izquierdas– han llegado a sentir miedo y enfado ante lo que denominan “ideología de género”, por qué están equivocadas y qué se podría hacer al respecto. 

Quiero empezar con una cita de su último libro, ¿Quién teme al género?, en la que dice:

“Al menos en Estados Unidos, el género ya no es una casilla trivial que hay que marcar en los formularios oficiales, y desde luego no es una de esas disciplinas académicas oscuras sin repercusión en el mundo en general. Al contrario: se ha convertido en un fantasma con poderes destructivos, una forma de aglutinar y avivar multitud de pánicos modernos”.

¿Podría explicar con más detalle a qué se refiere con eso?

En primer lugar, tengo que decir que no me considero la principal filósofa del género, ni me considero a mí misma ni a mi obra responsable de lo que el discurso popular denomina “ideología de género”. Mi impresión es que la ideología de género no existe. Es una forma de resumir un campo complejo, un conjunto de políticas sociales y decisiones jurídicas. Es una forma abreviada que no logra explicar realmente lo que está en juego, pero que además crea algo así como un enemigo imaginario, o una especie de unidad ficticia que genera mucha ansiedad y miedo –además de cierta fascinación y confusión–. Y si analizo la forma en que se hace referencia al género en los medios de comunicación y en el discurso público, parece abarcar toda una serie de cuestiones, entre ellas los derechos reproductivos, la igualdad de las personas transgénero o de las mujeres, cómo abordar el deporte, cuestiones de igualdad, diversidad e inclusión, y las interpretaciones psicológicas de lo que les ocurre a los niños y a las niñas a medida que crecen y llegan a comprenderse a sí mismos.

Hay tantos temas diferentes que se agrupan bajo un mismo término, y supongo que la palabra “fantasma” sugiere que existe una especie de imagen onírica o una construcción fantasmática que se ha arraigado en la mente de las personas, y que se denomina género. Pero, en realidad, el género es muy complejo. La gente lleva mucho tiempo estudiándolo y existen puntos de vista contradictorios. Y si adoptáramos un enfoque más sobrio e intelectual –un enfoque académico– respecto a este tema, encontraríamos allí muchas corrientes diferentes, conflictos y aspectos interesantes.

Estoy seguro de que conoce el caso que se produjo recientemente tras la publicación de su libro, el del profesor [Martin Peterson, de la Universidad Texas A&M, al que se le prohibió impartir una parte de El banquete de Platón porque infringía la norma de Texas que prohíbe enseñar la “ideología de género”. Y creo que es un ejemplo muy interesante de cómo la derecha parece tener muy claro lo que significa prohibir la “ideología de género”, pero luego, a la hora de aplicarlo realmente, no estoy seguro de que muchos de ellos sepan, en realidad, qué entienden exactamente por “ideología de género”. Cuando escribió este libro, ¿llegó a comprender mejor qué se entiende por prohibir la “ideología de género”?

Por desgracia, cuando la derecha utiliza el término “ideología”, tiende a pensar en una postura dogmática impuesta por algunas personas en posiciones de poder, por profesores o mediante políticas sociales, y atribuye al género una función ideológica, con lo que se refieren tanto a algo dogmático como a algo manipulado, falseado. Así pues, frente a lo dogmático, dicen que deberíamos mantener un debate abierto y libre –que incluya los puntos de vista conservadores– sobre la familia y el género. Frente a la falsificación, piensan que deberíamos basar todas nuestras opiniones en hechos biológicos, aunque a veces afirman que deberíamos basarnos en la doctrina cristiana. Por lo tanto, existe cierta tensión en este sentido. Y hay diferentes variantes del movimiento contra la ideología de género en todo el mundo. Así pues, lo que encontramos en Taiwán no es lo mismo que lo que encontramos en Uganda, por ejemplo. Sin embargo, en el caso de la censura a Platón, lo que realmente están haciendo es tomar una decisión doctrinaria. Están imponiendo una doctrina que dice que no se debe mantener un debate abierto sobre el amor y la homosexualidad, lo cual es una característica de la relación de Sócrates con algunos de sus interlocutores, y no una representación explícitamente sexual, pero sin duda es una representación del amor entre hombres. Ahora bien, en la Grecia clásica, aceptamos que eso formaba parte de lo que ocurría. No necesitamos negarlo. No hace falta negarlo. Y si lo negamos o lo rechazamos, somos nosotros, o son ellos, quienes actuamos de forma dogmática y doctrinaria. Así pues, la ironía radica en que el género se entiende como una doctrina dogmática, y la forma en que se prohíbe sugiere sin duda que quienes imponen la prohibición actúan de manera dogmática y doctrinaria.

Ahora bien, gran parte de su libro se centra en desentrañar o intentar comprender las razones por las que el género, o la “ideología de género”, ha llegado a cobrar tanta importancia para estas personas y el motivo de su miedo. Pero creo que muchos de ellos, si se les preguntara, empezarían diciendo: “Bueno, antes de plantear esa pregunta, tienes que demostrar que estamos equivocados y que nuestros argumentos son falsos”. Y, desde luego, estaba leyendo la reseña muy crítica de Kathleen Stock sobre su libro, y lo que ella decía era, en esencia: “¿Cómo te atreves a psicoanalizarnos en lugar de refutarnos?”. Si intentáramos articular cuál sería su postura, ellos dirían: “Defendemos que existe una visión del género como algo subjetivo que conduce a todo tipo de perjuicios y a la creencia de que cualquiera puede cambiar de género a su antojo”. Citó casos de niños a los que se les administran bloqueadores de la pubertad, de mujeres trans que compiten en deportes femeninos y de mujeres trans a las que se les permite compartir celdas con mujeres cisgénero, etc., todo ello como resultado de una visión que, en esencia, considera el género como algo subjetivo, una visión que es errónea y una negación de la realidad. Entonces, ¿cómo respondería, en primer lugar, a esa afirmación?

“El género no es subjetivo, es un factor que actúa en la distribución de la riqueza o en la división del trabajo”

En primer lugar, el género no es subjetivo, por lo que esa afirmación es incorrecta. Ahora bien, si tuviera que responder a esa pregunta, tendría que dar por cierto que su afirmación es cierta, pero no puedo hacerlo sin falsear mi postura. Así pues, en primer lugar, el género es un marco conceptual que se ha desarrollado a través de las ciencias sociales. Un marco conceptual no es subjetivo. Un marco es una forma de estructurar el conocimiento y un modo de investigación. En la medida en que hablamos de las normas de género en el mundo, nos preguntamos cómo se divide el trabajo según el género: ¿qué producen las mujeres, en contraposición a lo que producen los hombres? Estamos hablando del género como una diferencia de poder. Y creo que podemos decir que sí, hay muchos buenos análisis sociológicos y económicos que sugieren que el género es un factor en la distribución de la riqueza o en la división del trabajo. Esas no son dimensiones subjetivas del género. A veces se confunde el género, que es un concepto mucho más amplio, con la identidad de género, que es la forma en que se identifican las diferentes personas. Pero también se comete un error adicional, que es afirmar que identificarse con un género específico es un acto meramente subjetivo o volitivo, elegido libremente, como: “Oh, creo que hoy seré de este género; creo que hoy seré de aquel otro”.

La razón por la que el psicoanálisis sigue resultándonos interesante en 2026 es que a menudo creemos que estamos eligiendo las cosas deliberadamente, cuando en realidad nos mueven otros tipos de motivos; creemos que hablamos de forma racional, pero en realidad quizá estemos presa del pánico o tengamos algunos deseos que queremos satisfacer. Y Freud fue uno de esos pensadores que nos invitó a reflexionar sobre el hecho de que gran parte de lo que creemos que hacemos de forma voluntaria se ve afectado por otro tipo de pasiones, ansiedades o incluso elementos inconscientes que influyen en la motivación humana.

Así que no soy voluntarista. No creo que la gente se levante por la mañana y decida de qué género va a ser ese día, pero sí creo que hemos sido ingenuos respecto a lo arraigadas que están ciertas nociones de género. 

“Se comete un error al creer que la identificación con un género es un acto volitivo, una elección libre”

Por ejemplo, cuando un hombre me dice, como ya me han dicho: “Mira, mi género forma parte de quién soy. Esto es fundamental para mí. No me digas que esto es cambiante. Esto es, sin lugar a dudas, quien soy”, lo último que voy a decirle a esa persona es que puede cambiar eso si quiere. No. Respeto lo que me dice. Me está contando algo que está profundamente arraigado. No conoce todas las razones por las que es así, pero esa es su visión apasionada y firme de sí mismo. Por tanto, lo único que le voy a decir es: “Adelante. Está bien. Sabes quién eres y estás viviendo en el mundo”. Pero también las personas trans dicen: “Esto está profundamente arraigado. Y no conozco todas las razones que lo explican, pero esto es lo que soy”. Y yo voy a decir: “Te respeto. Sigue adelante”.

Esto está relacionado con lo que quizá sea el malentendido más común sobre su propio trabajo, porque se le ha asociado mucho con el término “performativo”. La gente a veces interpreta que eso significa que, si el género se crea mediante una serie de acciones, mañana yo podría realizar acciones diferentes y mi género cambiaría de inmediato. En el libro habla mucho de J. K. Rowling, y ella plantea el siguiente argumento: “¿Y si un hombre se hubiera sentido hombre durante cuarenta años y, de repente, mañana decidiera que en realidad ha sido mujer todo ese tiempo?”. Esto se basa, en cierto modo, en una interpretación errónea de su propio trabajo, pero usted afirma que simplemente no funciona así.

Quizá se pueda en Hollywood; se puede si eres un artista performativo. Pero lo performativo no es una libre elección radical. No es como si pudiera ser lo que quisiera en cualquier momento. Ni mucho menos.

Estoy moldeada por la cultura, la familia y la religión. Vaya si lo estoy, pero no estoy totalmente determinada. Sí, provengo de esta familia y de este entorno; esto es lo que me enseñaron, así es como he vivido, y estoy profundamente moldeada y formada por las normas sociales, las circunstancias históricas y todo tipo de material psíquico que no pude elegir. Al mismo tiempo, vivo esta vida, tomo decisiones sobre ella y decido cómo debería ser mi existencia basándome en mi comprensión más profunda de quién soy o cómo quiero estar en el mundo. Así que no creo que seamos totalmente voluntaristas, en el sentido de que pueda ser cualquier cosa, ni tampoco creo que estemos totalmente determinados. Y la performatividad es una forma de nombrar ese espacio entre el determinismo filosófico y el voluntarismo. En otras palabras, la cultura te afecta y, sin embargo, también la estás rehaciendo. Estás introduciendo algunos cambios en ella, y es difícil, porque hay corrientes contrarias, y lo que llamamos “elección” no es radicalmente libre. Es una lucha contra una formación existente. Y las personas luchan de diferentes maneras para revisar su historia –no para inventarse una nueva, sino para encontrar nuevas formas de vivir en medio de lo que ya les ha moldeado. Eso es la performatividad.

¿Detecta en el movimiento antigénero una especie de frustración ante –o una renuencia a afrontar– la posibilidad de que la realidad sea complicada y de que las categorías del sentido común y el lenguaje sencillo no nos proporcionen una descripción fiel de la realidad? Hay un documental de hace un par de años, realizado por una de estas personas antigénero, Matt Walsh, titulado ¿Qué es una mujer? Toda su frustración radicaba en que la gente no acepta la respuesta sencilla a “¿Qué es una mujer?”. Él afirma tener una respuesta sencilla: “Es una hembra humana adulta”. Va por ahí planteando esta pregunta y, si no se le da una respuesta sencilla, da a entender que formas parte de esa terrible y destructiva ideología de género. Así que, la pregunta “¿qué es una mujer?” debería tener, o necesita tener, una respuesta sencilla y basada en el sentido común?

“‘¿Qué es una mujer?’ es una gran pregunta, pero yo la dejaría abierta”

Voy a responder a la pregunta, pero no puedo evitar señalar primero que las personas que dan golpes en la mesa diciendo “¡Es un hecho sencillo; deberíamos tener una respuesta sencilla!” están enfadadas, son insistentes y se sienten frustradas. Basta con fijarse en cuál es el aura emocional de la afirmación de que necesitamos una verdad sencilla. ¿Por qué nos enfada tanto eso? ¿Por qué necesitamos una verdad sencilla? Bueno, la complejidad da miedo. Fíjate en la endocrinología humana. Fíjate en cómo se distribuye la testosterona entre las personas a las que se asignó el sexo femenino o masculino al nacer. Si observas las complejas interacciones –como hace la biología del desarrollo– entre los factores genéticos y epigenéticos y las diferentes formas de masculinidad y feminidad que surgen, y luego las diferencias culturales… ¡Ay, Dios mío! Las personas que son claramente mujeres en una cultura no lo son en absoluto en otra. ¿Por qué tenemos marcos culturales diferentes para entender eso? O bien, ¿por qué los profesionales médicos también tienen que pensar en cómo denominar a las personas con atributos sexuales mixtos, las personas intersexuales, que constituyen un porcentaje pequeño pero significativo de la población?

Nos interesa esa complejidad porque resulta interesante: damos por sentadas ciertas ideas, mientras que otras personas dan por sentadas otras totalmente diferentes. ¿Cómo traducimos entre unos y otros o llegamos a una comprensión más integral? ¿Cómo abordamos la biología del desarrollo en relación con la antropología cultural y las humanidades? No lo sé; a mí me parece interesante. A mí no me asusta, pero hay gente que no quiere ninguna complejidad. Sin embargo, la vida humana es compleja, y somos una complejidad de factores que se combinan para conformar quiénes somos.

“Las personas que son claramente mujeres en una cultura no lo son en absoluto en otra”

Así que, aunque seamos inequívocamente un hombre o una mujer, la forma en que vivimos ese género, cómo lo experimentamos, cómo lo mostramos y cómo lo entendemos será compleja. Por eso a veces no nos entendemos unos a otros o nos creamos expectativas mutuas. Es como decir: “Pero si eres hombre; pensaba que te gustaría X”. Y es como: “Bueno, pues no me gusta X”. 

Si un provocador de derechas como Walsh plantea la pregunta: “¿Qué es una mujer?”, ¿cree que la respuesta adecuada es rebatir la pregunta, o hay una respuesta satisfactoria?

Yo me hice la misma pregunta: ¿qué es una mujer? Freud se preguntó: “¿Qué quiere una mujer?”. Pero también se podría decir: “¿Qué es una mujer?”. Mi propia sensibilidad me dice que es una gran pregunta. Es maravillosa. Dejemos esa pregunta abierta, porque habrá muchas formas diferentes de responderla, y esas respuestas nos darán acceso a la complejidad humana. Querremos saber más sobre el mundo y podremos afirmar lo humano en toda su complejidad, en lugar de encasillarlo en categorías fijas y clavar esos clavos. Así que, para mí, “¿Qué es una mujer?” es una gran pregunta, pero yo la dejaría abierta.

“Aunque seamos inequívocamente un hombre o una mujer, la forma en que vivimos y entendemos nuestro género siempre será compleja”

Cuando vi el título del documental, pensé: “Si de verdad quieres investigar esa pregunta, deberías empezar por Simone de Beauvoir, a quien le fascinaba esta cuestión de cómo se llega a ser mujer y qué significa ser mujer”. Pero una de las cosas que señalas aquí es que existe una renuencia muy agresiva a leer entre muchos de estos críticos, una verdadera hostilidad. De hecho, usted cuenta una anécdota sobre alguien a quien conoció y se le acercó después de una charla a decirle que rezaba por usted. Pero al preguntarle si había leído su obra, ella respondió: “No, nunca leería un libro así”.

Creo que tenemos que reflexionar sobre la prohibición de libros. Tenemos que pensar en la censura, en las nuevas restricciones que se imponen a las universidades, en la retirada de fondos o el cambio de denominación de los estudios de género, los estudios sobre sexualidad, los estudios feministas, los estudios étnicos, los estudios africanos y afroamericanos… Toda esta censura y la creciente incursión autoritaria en los sistemas educativos, desde la educación primaria hasta el bachillerato y la educación superior. Esto forma parte del movimiento contra la ideología de género. Se trata de un movimiento que busca controlar el conocimiento, suprimir el conocimiento, impedir que cuestionemos y atacar a Sócrates, quien nos enseñó la importancia absoluta de la indagación abierta. Podríamos decir que toda la educación superior está dedicada a Sócrates y a su forma de plantear preguntas y pedir a las personas que reexaminen sus supuestos sobre qué es la justicia, qué es la belleza y qué es la verdad –no para convertirnos en relativistas radicales, sino para permitir una comprensión compleja y, francamente, un mejor conjunto de juicios basados en el conocimiento–. Pero el movimiento de la ideología antigénero es un ataque al conocimiento y un ataque a la indagación abierta.

“El movimiento de la ideología antigénero es un ataque al conocimiento y a la indagación abierta”

En este libro se menciona repetidamente que no se pueden separar los ataques al género del auge del autoritarismo y el fascismo. En su conclusión, cita al comentarista de derechas Michael Knowles, quien dijo: “El transgénero es falso y, por lo tanto, debe ser erradicado de la vida pública”. Y usted se centra en ese lenguaje de la erradicación, en que si no se acepta nuestra definición de sentido común, ni se habla en nuestro lenguaje sencillo y definido, ni se aceptan las verdades bíblicas o biológicas tal y como las definimos, entonces no hay lugar para uno en la vida pública.

El Instituto Lemkin, dedicado al estudio del genocidio, ha publicado recientemente una declaración en la que afirma que el ataque contra las personas transgénero –sus derechos legales, su propia existencia– apunta a un proyecto potencialmente genocida. No están diciendo que se esté cometiendo un genocidio contra las personas trans, sino que, en el momento en que se niega la condición jurídica de una minoría y se rechaza reconocer su existencia en el discurso jurídico y público, se anula su existencia jurídica y pública y se les retira el reconocimiento social. Caen en una especie de irrealidad jurídica, o de inexistencia, que permite que se les priven de sus derechos, incluido el derecho a la vida. Así que sí creo que hay quienes eliminarían por completo la categoría de “transgénero”, lo que, por supuesto, condena a todas las personas transgénero a llevar vidas insoportables y a no ser reconocidas según el lenguaje y las categorías jurídicas que les permiten tener derechos en este mundo en relación con su género. Por eso, para mí, es algo muy aterrador. Privar a las personas de la salud, de los derechos de tránsito de un país a otro y del reconocimiento legal es privarlas de todos los derechos que se derivan de ser reconocidas legalmente como la persona que son.

Ahora me gustaría preguntar sobre la categoría de críticas a las que a menudo se denomina “feministas radicales transexcluyentes”. Personas como Germaine Greer, por ejemplo, dirían: “Soy de izquierdas. No soy fascista. Soy alguien que simpatiza con los movimientos de liberación, y mi argumento contra las personas trans es que niegan la verdadera naturaleza de la feminidad. Socavan el movimiento por los derechos de las mujeres al reforzar una noción estereotipada de lo que significa ser de un determinado género”. Y argumentarían que se trata de una crítica de buena fe y feminista; no es una crítica al estilo de Viktor Orbán o Vladimir Putin. Usted ha sido, obviamente, muy crítica y ha sugerido que ese movimiento, esa postura, acaba alineándose con esos autoritarios más radicales. ¿Cómo responde a sus críticas?

No me cabe ninguna duda de que Germaine Greer ha sido una gran izquierdista y una gran feminista. Nunca me oirías objetar eso. Lo que me desconcierta es por qué las feministas de izquierdas, en parte –no en su totalidad–, han adoptado posturas que se alían con el autoritarismo de derechas, las mismas formas de autoritarismo que han negado la libertad reproductiva y las protecciones legales a las mujeres. Las mujeres trans siempre han formado parte del movimiento feminista. La mayoría de las mujeres trans que conozco también son feministas, y la categoría de “mujer” ha sido siempre amplia. Una pregunta que me surge, especialmente en lo que respecta a las feministas de la segunda ola, es: ¿no aprendimos que las definiciones de lo que es una mujer han sido demasiado estrechas y, a veces, biológicamente reduccionistas? Por ejemplo: “Las mujeres se reproducen”. Bueno, no todas las mujeres se reproducen. No todas pueden hacerlo. No todas quieren hacerlo. O bien: “Las mujeres tienen este tipo de valores”. Bueno, no todas las mujeres tienen esos valores. O bien: “Las mujeres pertenecen a la esfera privada”.  

“Me desconcierta por qué algunas feministas de izquierdas han adoptado posturas que se alían con el autoritarismo de derechas”

Así que existen todas estas definiciones restrictivas de lo que es una mujer. Y mi impresión es que lo más estimulante del feminismo es que fue y sigue siendo un movimiento por la libertad. Es decir, las mujeres pueden ser de todo tipo, y debemos permitir que la categoría de “mujer” sea amplia. Ahora bien, eso no significa que pueda incluirlo todo. No quiero parecer frívola al decir esto, pero las personas trans –y, en términos más amplios, las personas no binarias– son objeto de acoso, discriminación y restricción de derechos, lo que las convierte en aliadas políticas potenciales y reales de las feministas. Y siempre hemos sido aliadas. Siempre hemos estado a favor de la igualdad, en contra de la discriminación, intentando averiguar cómo vivir libremente y cómo vivir y respirar en la calle, en el lugar de trabajo y en el hogar sin miedo a la violencia. Eso es lo que nos une a todes. ¿Por qué no iba a ser esa la afiliación y la alianza más convincente? Conocemos demasiadas historias de personas trans que sufren agresiones en la calle. Conocemos demasiadas historias de mujeres que sufren agresiones en la calle. Son las mismas personas las que cometen esas agresiones. Tenemos que unirnos para oponernos al feminicidio y al asesinato de personas trans, no binarias o que no se ajustan a las normas de género. Y en toda América Latina, los movimientos feministas cuentan con esas alianzas. Y me ha sorprendido mucho, especialmente en el contexto británico, ver que esas alianzas se han roto. No hay ninguna razón válida para ello.

Hace un par de años tuvimos a Shon Faye en el programa y hablamos de lo notable que es, concretamente, la tendencia antitrans en el feminismo británico. En su libro hay un capítulo dedicado a Gran Bretaña.

Así es. Y estoy de acuerdo con Shon Faye. De hecho, hemos hablado de esto: que el movimiento antitrans británico dentro del feminismo es único. No conozco ningún país en el que sea tan feroz como allí.

Estoy seguro de que esta es una pregunta cuya respuesta podría llenar un libro entero, pero me intriga que en su libro hable de su propio trabajo anterior en teoría de género y diga que ahora lo considera “cuestionable en varios aspectos, especialmente a la luz de las críticas trans y materialistas”. Me pregunto si podría contarnos brevemente cómo han evolucionado sus propios puntos de vista a lo largo de las décadas.

Hace 37 años, cuando estaba escribiendo Gender Trouble, me sentía profundamente influenciada por el posestructuralismo francés y la teoría feminista. Estaba un poco perdida en ese mundo académico. Y sigue siendo un material muy interesante, lo enseño y escribo sobre él, y todo está bien, pero es un marco estrecho. Curiosamente, cuando el libro empezó a traducirse a otros idiomas, empecé a darme cuenta de lo que estaba sucediendo en otras partes del mundo. Así que la traducción de Gender Trouble me hizo mucho más cosmopolita y me expuso a diferentes tipos de trabajos académicos, feministas y también activistas. Eso me permitió comprender cómo había que concebir el género en términos de economía y de relaciones de poder geopolíticas –por qué el término a veces funciona en ciertas partes del mundo y otras veces es imposible que funcione en otras–. Así que creo que ahora tengo una perspectiva mucho más transnacional. Creo que necesitaba reflexionar con mayor claridad sobre la biología del desarrollo y las cuestiones relacionadas con el materialismo. Algunas de esas críticas iniciales sí que me incitaron a replantearme mi postura. Creo que el tema del drag fue un momento clave en Gender Trouble. Mucha gente partió de ahí, pero no es lo mismo que lo trans. Hay que dejarlo claro. Hay muchos trabajos en los estudios trans que me han resultado sumamente interesantes, también en el ámbito del derecho y la medicina. Así que sí, he aprendido mucho. Creo que soy una pensadora más interdisciplinaria y transnacional de lo que era hace 37 años.

Quizá a los lectores les sorprenda, al abrir este libro, que no se centre única o principalmente en el Partido Republicano de Estados Unidos. El primer capítulo se titula “El panorama global”. Habla de Hungría, Taiwán, Uganda y el Vaticano. Quiero concluir aquí yendo más allá del género, porque usted afirma que uno de los problemas de este movimiento antigénero es que el excesivo énfasis en el género por parte de la derecha desvía la atención de las diversas fuerzas sociales y políticas que están destruyendo el mundo tal y como lo conocemos. Y en su conclusión aborda la importancia de la lucha anticapitalista y de los movimientos por la libertad más amplios en todo el mundo. Usted ha participado en el activismo propalestino, y ya he mencionado su implicación en el movimiento Occupy con su labor anticapitalista. ¿Podría hablar de cómo ese enfoque exclusivo en el género nos aleja de algunas de estas otras áreas cruciales de lucha?

Uno de los argumentos del movimiento contra la ideología de género ha sido que el género es una fuerza destructiva y que acabará con la familia, el medio ambiente, la civilización, el hombre y todo tipo de valores que apreciamos. Y creo que ese argumento atrae a personas que viven con bastante miedo ante lo que les depara el futuro, ante la incertidumbre de si podrán seguir adelante con sus vidas. Son conscientes de cómo sus vidas se ven destrozadas o de cómo su bienestar económico se ha visto amenazado, si no destruido. Se dice que el “género”, o el “woke”, o la “DEI” (diversidad, equidad e inclusión) son las cosas que están destruyendo nuestras vidas. Pero lo que nos está destruyendo es la devastación del medio ambiente y la catástrofe ecológica que acompaña a la destrucción climática. Y lo que está destruyendo nuestras vidas es la destrucción de la democracia, de los bienes públicos básicos que permiten a las personas sentir que van a tener vivienda, asistencia sanitaria y educación. Sin esos bienes básicos y sin la sensación de que lo que necesitan en la vida es asequible, vivirán con mucha ansiedad y miedo.

Ahora bien, se podría decir: vale, ¿cómo estamos organizando la asistencia sanitaria? ¿Qué estamos haciendo para salvar el planeta? ¿Qué estamos haciendo para crear más igualdad social y económica y mayor asequibilidad? Podríamos plantearnos esas preguntas más amplias –que, en mi opinión, se plantean desde las perspectivas socialdemócratas y socialistas– e intentar abordar así los temores fundamentales de la gente. Pero, en lugar de eso, la derecha está practicando una forma de hipercapitalismo, la mercantilización total y la destrucción de la democracia. Estamos asistiendo al auge de regímenes autoritarios. Estamos viendo cómo aumenta el número de personas pobres en el mundo y cómo se concentra cada vez más la riqueza en manos de los más ricos. Estos son los temas sobre los que deberíamos reflexionar de manera sistemática para poder vivir en un mundo en el que las personas sean libres de trabajar y vivir con cierta sensación de seguridad y esperanza. Sabemos que el antisemitismo funciona así. El racismo funciona así. Encontramos un chivo expiatorio; creamos en la mente de la gente ese monstruo que es la fuerza destructiva que hace que sus vidas se sientan tan inseguras, pero en realidad hay razones estructurales que hacen que mucha gente sienta que sus vidas son inmanejablemente precarias. Por eso deberíamos abordar esas razones y, tal vez, reorientarnos y recuperar nuestra humanidad de alguna manera.

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Esta entrevista se publicó originalmente en inglés en Current Affairs.

Nota de la redacción: Judith Butler se identifica como persona de género no binario y emplea los pronombres elle (they) y ella (she). Únicamente en aras de simplificar el trabajo de traducción, hemos decidido mantener el tratamiento en femenino. 

[Reproducido en www.ctxt.es]

quarta-feira, 12 de agosto de 2026

Perú categoriza oficialmente a las personas trans como ‘enfermos mentales’

Doctores y activistas lo señalan como el "retorno a las cavernas"

Ilustración de Global Voices

Escrito por Lucía Jiménez Peñuela

100 años de la despenalización de la homosexualidad, el gobierno de Perú ha clasificado oficialmente a las personas trans, interesexuales, y no binarias, como “enfermos mentales”, mediante un decreto presidencial el pasado 10 de mayo.

El decreto define “transexualismo” y “trastorno de identidad de género en niños» como enfermedades mentales. También se incluyen en esa categoría “travestismo de doble rol”, “travestismo fetichista” y «otros trastornos de identidad de género». También se refiere a la homosexualidad como una “orientación sexual egodistónica”, una condición de salud mental.

Esta medida hace parte del Plan Esencial de Aseguramiento en Salud (PEAS) con el fin de enumerar las condiciones de salud asegurables para las pólizas de seguro. Fue firmado por la presidenta Dina Boluarte, la ministra de Salud y el ministro de Economía.

Si bien, un funcionario del gobierno explicó que la reclasificación se decretó para “garantizar cobertura total de atención médica para la salud mental” bajo el PEAS, lo cierto es que la comunidad trans del país encuentra esta medida obsoleta y una regresión hacia los Esfuerzos de Cambio de Orientación Sexual e Identidad y Expresión de Género (Ecosieg), mal llamados “terapias de conversión”.

Estas prácticas están siendo debatidas en su país vecino, Colombia. Allí se realizan esfuerzos para que, mediante proyecto de ley, sean prohibidas las torturas y prácticas agresivas que intentan cambiar la orientación sexual y la identidad de género de las personas mediante tales terapias.

En 2019, la Organización Mundial de la Salud (OMS) dejó de considerar como trastorno mental el identificarse con un género diferente al asignado socialmente al nacer. En la mas reciente versión Clasificación internacional de enfermedades de la OMS, CIE-11, se reemplazó categorías diagnósticas obsoletas como “transexualismo” y “trastorno de identidad de género de los niños” por “incongruencia de género de la adolescencia y la edad adulta” e “incongruencia de género de la infancia”, respectivamente.

El 18 de mayo, unos 200 manifestantes salieron a protestar esta medida en la calle. Para muchas personas LGBTI, esta medida empeora su vulnerabilidad ante la violencia y la discriminación en Perú. Entre 2012 y 2021, por lo menos 88 personas LGBTI murieron por homicidio sin que hubiera justicia en sus casos por falta de ley que sancione estos crímenes de odio.

El gestor cultural Jheinser Pacaya denunció esta medida en las redes sociales:

El abogado y activista LGBTI Manuel Siccha, quien fue el primer regidor de la Municipalidad Metropolitana de Lima abiertamente homosexual, en rechazo a estas medidas, insta al Congreso a «ejercer su función fiscalizadora y requerir al Despacho Ministerial de Salud información detallada sobre las salvaguardas implementadas para evitar la patologización y garantizar una atención integral y respetuosa para las personas LGBTI en el sistema de salud peruano».

También invita a que la Comisión de Salud del Congreso «abra un espacio de evaluación y debate sobre esta normativa con actores importantes tanto del lado técnico, político como del lado de sociedad civil que debió ser convocada y consultada». Considera imperativo actualizar la actualización en salud al CIE-11, alineándose con «estándares internacionales y refleje de manera precisa y no estigmatizante la diversidad de experiencias de género y sexualidad».

Boluarte, primera presidenta del Perú, ha enfatizado en su conservadurismo social, que guarda puntos en común con la mayoría conservadora del Congreso de Perú. Es de recordar que, en 2022, atendiendo la campaña de desinformación del grupo antiderechos Con Mis Hijos No Te Metas, el Congreso eliminó la «ideología de género» de los textos escolares. Algo que también tuvo trascendencia en El Salvador el pasado 5 de marzo, cuando por directiva presidencial al Ministerio de Educación, se ordenó que estos contenidos sean expulsados de guías, libros y demás materiales educativos

La periodista colombiana @VickyDavilaH publicó en el 21 de mayo en X una encuesta para que las personas decidan si están de acuerdo o no con la decisión de que  las  identidades de género trans, travestis, no binarios y otras sean consideradas enfermedades mentales. Su publicación fue replicada por la ONG Temblores, recordándole que, desde 2018, la OMS dejó de categorizar a las personas trans como enfermas mentales. Además, afirmó que «las identidades de género no normativas no son prestas a cuestionamientos de la opinión pública. Este tipo de señalamientos exponen a las personas con identidades de género diversas a violencias y discriminaciones, que vulneran múltiples derechos y afectan multifactorialmente sus trayectorias de vida».

El 10 de mayo de 2024, la organización Human Rights Watch señaló que esta norma “es profundamente regresiva” y “endurece aún más los prejuicios contra las personas LGBT” en Perú, un país sin políticas para la diversidad. Invitó al gobierno peruano a derogar «este decreto sesgado y poco científico y, en su lugar, aplicar la clasificación actualizada de enfermedades de la Organización Mundial de la Salud (OMS) con respecto a la orientación sexual y la identidad de género”.

Según el doctor Víctor Zamora, de la Escuela de Gobierno y Políticas Públicas de la Universidad Católica del Perú, el decreto mina los avances logrados en el país en materia de derechos y género. Para el especialista, «solo le queda un camino a la autoridad sanitaria, regresarnos a la modernidad y alejarnos de la era de las cavernas», derogando esa norma que es una abierta y evidente violación del derecho a la no discriminación por parte de los colectivos LGBTIQ+.

Las organizaciones en favor de derechos LGBTI llaman a estos sectores a marchar, el próximo 29 de junio, «para que nuestra visibilidad crezca mucho más y así demostrar al Estado que necesitamos un país con más justicia e igualdad»; una marcha más simbólica que nunca.

 

[Fuente: www.globalvoices.org]

segunda-feira, 10 de agosto de 2026

No future! E muito passado…

Há cinquenta anos, o punk britânico fez a sua primeira grande aparição. Dele surgiu uma cultura “faça você mesmo” que rejeitava os rótulos políticos tradicionais, mas expressava um forte descontentamento com o modelo social britânico do pós-guerra. 


Escrito por Brenda Fedi

A 1 de dezembro de 1976, os Sex Pistols apareceram no programa Today do canal britânico Thames Television, como substitutos de última hora. Durante a entrevista, o apresentador Bill Grundy provocou Johnny Rotten e Steve Jones, membros da banda, levando-os a dizer palavrões em direto. Na manhã seguinte, a imprensa já tinha proferido o seu veredicto: o punk era uma subcultura de “vândalos mal-falantes” com cabelo pintado e alfinetes de dama, e o pânico moral espalhou-se consequentemente. Os concertos foram cancelados em poucos dias e um movimento que, até então, se limitava a um pequeno círculo punk foi, quase da noite para o dia, elevado a fenómeno nacional.

Cinquenta anos depois, esta cena tornou-se alvo de um tipo de atenção muito diferente. Esta primavera, a história do punk britânico de Matthew Worley, No Future (originalmente publicada em 2017), foi relançada com um novo prefácio de Paul Morley. A escrita da história centra-se frequentemente em marcos comemorativos; este, por si só, é um centro de acesos debates, tanto entre historiadores como no seio das comunidades que vivenciaram os acontecimentos em causa. Muitas vezes, os projetos impulsionados por este ou aquele aniversário assemelham-se a uma busca desesperada pelo "acontecimento do momento", deixando pouco espaço para que as interpretações se consolidem ou para que o conhecimento se acumule. Ainda assim, no mundo precário do trabalho académico, estes momentos estão longe de ser neutros. Os aniversários são, muitas vezes, os únicos momentos em que o financiamento se torna disponível, possibilitando a investigação e dando-lhe visibilidade para um público mais vasto.

Para além das condições materiais da sua produção, a atenção académica em torno deste quinquagésimo aniversário aponta para uma mudança disciplinar significativa: o punk, enquanto fenómeno social, político e cultural, tornou-se agora parte integrante do cânone dos processos considerados dignos de investigação pelos historiadores contemporâneos, e já não do domínio exclusivo dos críticos musicais ou sociólogos. Embora as obras de Dick Hebdige e Stuart Hall permaneçam uma base indispensável para o estudo de qualquer subcultura, Worley leva a discussão para o âmbito da interpretação historiográfica, tratando o punk como uma lente fundamental através da qual se pode observar a fragmentação do consenso britânico do pós-guerra.

Uma das principais conquistas do estudo de Worley é a sua capacidade de levantar questões que a história política tem frequentemente negligenciado. Como devemosanalisar um fenómeno que resiste à periodização convencional e às categorias tradicionais? Considere-se, por exemplo, a ideia de “desengajamento político”, frequentementeutilizada para caracterizar a década de 1980: na interpretação de Worley, tal noção corre o risco de reduzir um vasto leque de experiências coletivas a uma única tendência para a passividade.

No entanto, persiste umaironia subjacente difícil de ignorar. O facto de o punk, cinquenta anos mais tarde, ser um foco da academia e da cultura dominante, contrasta de forma incómoda com um dos impulsos mais profundos do movimento: a insistência na sua própria autonomia narrativa e a suspeita em relação a qualquer instituição (seja académica, política ou comercial) que reivindique a autoridade para codificar e representar uma experiência coletiva segundo os seus próprios critérios.

O livro de Worley aborda este debate com considerável sensibilidade e autoconsciência. Reconstrói trajetórias históricas ao mesmo tempo que amplifica as vozes das culturas punk e pós-punk que, ao longo das décadas, desenvolveram as suas próprias formas de autorrepresentação e narrativa coletiva. O facto de esta história estar agora a ser narrada pelas mesmas instituições e canais que o punk originalmente rejeitou não diminui o valor da investigação que lhe é dedicada. Contudo, levanta algumas questões difíceis de ignorar: Quem tem o direito de contar a história do punk? E porque precisamos de estudá-la?

É ainda de salientar que – independentemente do que se possa presumir – o punk sempre prestou muita atenção aos aniversários. Em 1977, enquanto a Grã-Bretanha se preparava para celebrar o vigésimo quinto aniversário do reinado de Isabel II, os Sex Pistols lançaram “God Save the Queen”: uma apropriação herética do Jubileu de Prata que transformou uma celebração oficial num ato de protesto situacionista.

Sempre que se discute a primeira vaga do punk britânico (1976-84), uma questão assume invariavelmente o protagonismo, sendo recorrente com igual persistência entre ativistas, académicos e músicos: terá o punk sido um fenómeno político ou, pelo contrário, adotou uma perspetiva apolítica cuidadosamente cultivada? Como Worley argumenta de forma convincente, esta questão, em última análise, está mal formulada. Devemos, em vez disso, perguntar se a rejeição das formas e linguagens políticas tradicionais não será, em si mesma, uma forma de engajamento político, ainda que implícita ou inconsciente.

Nesta perspetiva, o livro de Worley transita entre duas linhas complementares de investigação. Por um lado, reconstrói a relação entre o punk e a política organizada (uma relação que nunca foi linear). Por outro lado, traça a emergência da prática do “faça você mesmo” (DIY) como uma resposta genuína ao modelo social, económico e político que moldou a Grã-Bretanha nas décadas de 1970 e 1980.

As experiências punk reconstruídas por Worley são diversas e geograficamente dispersas; politicamente, são irredutíveis a qualquer ideologia partilhada. No entanto, estão unidas por vários fios condutores comuns. O principal deles é aquele que dá título ao livro: “No future”. Mais do que um slogan niilista, a frase reflete a forma como uma geração nascida no pós-guerra sentia a falta de perspetivas. Contudo, na sua simplicidade, estas palavras também desestabilizam as grandes narrativas ideológicas do século XX (antecipando um fenómeno apontado por Mark Fisher no seu Realismo Capitalista). Isto aponta para uma incompatibilidade estrutural com as narrativas de progresso defendidas pela esquerda, sejam elas institucionais ou extraparlamentares.

Worley rejeita tanto as afirmações sobre o estatuto "apolítico" do punk quanto aquelas que implicamcoerência ideológica. Em vez disso, retrata um campo de tensões que refletia a complexidade do próprio momento histórico. Significativamente, as datas que identifica como marcando o seu início e o seu fim correspondem a duas das mais importantes e controversas campanhas políticas do movimento punk.

Numa das extremidades encontra-se o Rock Against Racism (RAR), fundado em 1976 em resposta às atitudes racistas que circulavam entre músicos de rockproeminentes, como, por exemplo, os comentários polémicos de David Bowie sobre o fascismo ou o apoio público de Eric Clapton ao político anti-imigração Enoch Powell. Worley reconstitui cuidadosamente a relação do RAR com o Socialist Workers Party, mantendo-se ao mesmo tempo atento às suspeitas do punk em relação a esta aliança: de facto, bandas anarcopunk como os Crass e Poison Girls criticaram a campanha pelo que consideravam ser uma tentativa da esquerda de cooptar o punk para fins políticos.

Na outra extremidade, encontra-se a ampla solidariedadedemonstrada por muitas bandas punk durante a greve dos mineiros liderada pelo Sindicato Nacional dos Mineiros em 1984, contra a decisão da primeira-ministra Margaret Thatcher de antecipardrasticamente o encerramento da indústria mineira britânica.

Worley demonstra igual perspicácia em relação ao lado mais negro da história. Não ignora as tentativas da National Front e de setores da extrema-direita de cooptar o movimento Oi!, explorando o descontentamento das comunidades da classe trabalhadora e fomentando o sexismo e a hostilidade racial.

Quanto ao desenvolvimento de novas formas políticas, aquilo que Worley descreve como o "ethos DIY" é talvez a contribuição mais duradoura do punk para a cultura política do final do século XX e o fio condutor que une todo o livro. O DIY sobreviveu ao declínio da primeira vaga do punk em meados da década de 1980, influenciou todos os seus vários subgéneros (do anarcopunk e do Oi! ao pós-punk) e proporcionou ao movimento a sua continuidade mais profunda. Worley reconstitui e analisa uma prática que deu origem a infraestruturas culturais alternativas: editoras discográficas independentes, redes para a produção e circulação de fanzines e catálogos queoperavam fora da lógica convencional do mercado e eram impulsionadas por uma sensibilidade profundamente anticapitalista. O DIY foi uma tentativa de criar espaços autónomos de organização e comunicação para além das instituições comerciais e das estruturas políticas tradicionais.

Como já referi, o punk forçou também uma reflexão crucial sobre a apropriação da cultura underground pelo mainstream. O próprio ethos DIY surgiu em parte comoresposta a este processo, procurando preservar formas deautonomia cultural face à crescente incorporação da estética subcultural nos circuitos do mercado.

Contudo, embora a autoprodução tenha diluído a distinção entre músico, produtor, distribuidor e público, também abriu uma questão que Worley identifica perspicazmente, mas que, em última análise, deixa sem solução. Trata-se da questão do papel dos músicos punk enquanto trabalhadores, com todas as tensões que isso acarreta entre a autonomia criativa e a sobrevivência económica. É uma questão que ressoa fortemente hoje, na era das plataformas de streaming, onde a linguagem do DIY foi grandemente apropriada e monetizada pelo capitalismo das plataformas, que agora lucra com formas de autoprodução antes imaginadas como alternativas ao mercado.

O livro começa por definir claramente o seu âmbito metodológico: o punk deve ser entendido não como um estilo ou género musical, mas como um processo cultural de reflexão crítica que rasga categorias políticas convencionais (inserindo, assim, este livro na tradição de etnomusicólogos como Christopher Small). A decisão de organizar os capítulos tematicamente, em vez de cronologicamente – comtítulos como “Punk e Política”, “Anatomia Não é Destino”, “Punk como Distopia” – reflete a convicção de que uma experiência complexa e coletiva como o punk não pode seradequadamente captada num único movimentonarrativo.

Uma contribuição particularmente original de No Future é o seu foco no género e na sexualidade como terrenos políticos centrais. O punk abriu irreversivelmente um novo espaço para subjetividades que a cultura dominante tinha excluído durante muito tempo, confrontando as estruturas patriarcais da indústria musical e impulsionandoas críticas de classe e de género para um diálogo incómodo. Worley aborda estas tensões sem projetar uma falsa coerência sobre o passado. Destaca como os punks lutaram para conciliar estas críticas na sua prática quotidiana, levantando questões urgentes sobre o corpo e a identidade que a esquerda contemporânea ainda não resolveu completamente.

Neste sentido, Worley investiga a política do corpo em paralelo e entrelaçada com a política dos piquetes de greve, destacando como o punk uniu a libertação pessoal ao protesto social. Esta perspetiva foi aprofundada por Vivien Goldman em Revenge of the She-Punks (2019), obra que reinterpreta o punk – incluindo os seus desenvolvimentos pós-primeira vaga – na perspetiva do género.

Para reconstruir a história do punk, Worley privilegia as fontes impressas e áudio em detrimento das memórias retrospetivas. Reconhece o valor documental da história oral, mas também identifica as suas limitações estruturais: o relativismo e o subjetivismo do testemunho pessoal, que produzem frequentemente narrativas individualizadas, e a névoa de nostalgia que muitas vezes envolve os anos de 1976-77. Para o autor, este processo gerou memórias cada vez mais ahistóricas do punk, desligadas dos contextos sociopolíticos que lhe deram significado.

Embora esta escolha garanta um foco rigoroso no clima e na linguagem da época, continua a ser controversa. Testemunhos orais, recolhidos e tratados com o mesmo rigor filológico aplicado a qualquer outra fonte – e com plena consciência tanto dos seus pontos fortes como das suas limitações – poderiam ter acrescentado uma dimensão que os fanzines, por si só, não conseguem proporcionar. Teria sido possível escrever uma história oral do punk que fosse para além das autonarrativas apologéticas e se situasse dentro da rica tradição britânica da história vista de baixo.

Além disso, a dependência de materiais autoproduzidos levanta uma questão urgente: quem preserva as fontes da história do punk? Os fanzines, os flyers e outros materiais efémeros permanecem frequentemente fora dos circuitos arquivísticos institucionais (e alguns argumentariam que isto é positivo). A luta pela sua preservação é, em si mesma, um ato político, que realça a tensão não resolvida entre a autonomia da subcultura e a institucionalização da sua memória.

Em última análise, Worley consegue usar a história do punk para oferecer uma perspetiva perspicaz sobre este período de mudanças históricas. Num presente que muitas vezes parece ter esgotado as prospetivas, investigar a história do punk desafia-nos a questionar como a política pode ser reinventada e que infraestruturas, redes e relações alternativas ainda podemos construir hoje.


Brenda Fedi é historiadora e investigadora especializada na história da música, nos movimentos sociais e no trabalho criativo durante a segunda metade do século XX 

 

 

[Fonte: www.esquerda.net]

quarta-feira, 18 de março de 2026

António Lobo Antunes ou l’ordre naturel de la langue

António Lobo Antunes est mort le jeudi 5 mars à Lisbonne à 83 ans. Nous perdons l’un, peut-être le plus grand écrivain contemporain. Il a inventé une manière de dire le monde, de faire tenir ensemble l’individu et le réel, qui bouleverse l’ordre narratif à un point si extrême et si virtuose qu’il a changé notre manière de lire, de sentir le texte. Labeur sisyphéen d’une vie entière pour un homme qui éprouvait la littérature comme la vie. Au-delà de l’admiration absolue, nous sommes tristes de perdre un homme étonnant et profond, un peu ours et si drôle, de savoir aussi que les voix qu’il a inventées ne peupleront désormais, dans un paradoxe ultime, que notre mémoire. Mais comme il le rappelait, les livres sont infinis, définitivement inachevés.

Antonio Lobo Antunes

Écrit par Hugo Pradelle

Lire António Lobo Antunes est une expérience qui ne ressemble à aucune autre. Il disait d’ailleurs : « Ce que je voudrais ce n’est pas qu’on me lise, mais qu’on vive le livre. » C’est quelque chose de physique, d’intérieur, de viscéral. Quelque chose qui ne se raisonne pas. On admet son écriture ou pas, on y plonge avec une confiance absolue ou on demeure sur le bord, méfiants. Il faut dire que son écriture nous happe, nous enveloppe, nous retourne, nous entraîne. Qu’elle bouleverse quelque chose en nous. Qu’on y perd et qu’on y gagne une part de soi. C’est une expérience de lecteur rare, sublime, presque ineffable. Comme s’égarer dans une obscure forêt de conte de fées, s’effrayer de rien, des formes du monde, des silhouettes fantomatiques et insaisissables des autres, de soi-même aussi. On y rencontre des figures, des personnages, des voix qui ne peuvent plus nous quitter, qui s’incorporent à nous-mêmes. On s’y confronte à un ordre du langage inédit, à une prose qui pulvérise le réel et les paroles qui le hantent, à une manière de concevoir le roman si totale, si puissante, que l’on doit admettre de ne pas en sortir indemne. 

Dans le troisième volume de ses Chroniques, il écrit : « Parcourez mes pages comme si vous étiez dans un rêve car c’est dans ce rêve, dans ce jeu d’ombres et de lumières, que vous saisirez l’essence du roman avec une intensité qui vous révélera le fond irrationnel de votre préhistoire. Puis, le voyage achevé / et le livre refermé / vous entrerez en convalescence. J’exige que la voix du lecteur se mêle à celle du roman / du poème, de la vision, ou de tout autre nom que vous lui donnerez / pour qu’il trouve son équilibre parmi les démons et les anges de la terre. » Si on accepte cet inconnu, ce trouble, le vide qu’ils font béer devant nous, si on prend le risque d’un grand partage, d’y croire, de se laisser faire, d’accepter de ne pas comprendre tout, alors débute une aventure absolue, enchanteresse, un compagnonnage merveilleux. 

C’est un écrivain qui ne nous quitte pas. Ou qu’on ne quitte pas. Comment dire ? Lorsque les voix qui habitent ses livres nous touchent, nous attrapent, on ne peut s’en dépêtrer. Elles gagnent une part dans nos existences, elles y laissent des traces, inscrivent des luminescences dans la ténèbre de la vie. Peu d’écrivains atteignent cette sorte de hantise ou ordonnent des langues propres, altérées à la mesure de ce qu’ils éprouvent, vivent ou partagent par le geste de la fiction, à la mesure du romanesque. Il fait partie, assurément, de cette confrérie des écrivains immenses qui changent la vie, qui changent la prose, qui font vaciller quelque chose du langage, de ce qu’il bouleverse de la perception que nous avons de nous-mêmes. Car s’il raconte des expériences, s’il explore leur épaisseur, s’il travaille leur densité, Lobo Antunes ne raconte pas d’histoires, ne se limite pas à la complexité de trames romanesques. Il cherche, essaie des formes, pousse le plus avant possible des organisations verbales. Comme il le confie à María Luisa Blanco dans leurs entretiens parus en 2004 : « Peu à peu je me suis de plus en plus intéressé au style, à l’épuration de la forme et du mot. »

Son œuvre obéit à un mouvement, à une direction que l’expérience de l’écriture impose. Car pour Lobo Antunes, c’est l’effort d’écrire, le geste physique, sa durée, sa reprise, son épuisement qui comptent. il y revient toujours, à l’organisation du texte, à son adéquation avec les possibles qu’il engage ou qu’il figure. Ses livres ordonnent des expériences de langue, ils forcent à admettre que la littérature est une affaire de forme, d’agencement de mots. Ni plus, ni moins. L’écrivain n’est rien d’autre qu’un praticien du langage, quelqu’un qui en admet l’épreuve, qui, modestement, essaie de le transformer. Il imagine, pas à pas, un autre ordre du langage, une forme verbale qui excède ses contingences habituelles. Il semble donner un volume à un plan, offrant des points de coordonnées démultipliés au texte. Et chacun d’entre nous doit apprivoiser cette langue, la forme singulière de ses livres – que tant d’écrivains tentent d’imiter sans y parvenir vraiment –, cette composition par séquences verbales d’une longueur voisine qui s’interrompent pour y intégrer des paroles orales qui entrecoupent un récit plus ou moins discontinu. Passé la stupeur ou le désarroi, le lecteur saisit des mécaniques, des reprises, des signes et des indices qui l’informent de variations dans les locuteurs et les temporalités qui se partagent un même tissu textuel. C’est une polyphonie dans la polyphonie. Une sorte de récit impossible qui advient dans sa diffraction même, dans une combinatoire qui semble infinie.  

Aucun écrivain n’est parvenu à cette virtuosité formelle qui semble n’être qu’un flux, à cette complexité évidente, à cette sorte de miracle qui fait qu’on comprend un texte, ses enjeux, sa trame, ses rapports, sans s’en rendre compte. Car oui, si on accepte de ne pas tout comprendre immédiatement, si on se laisse emporter par les voix qui peuplent les romans de Lobo Antunes, soudain, tout est d’une clarté stupéfiante. Et ce qui avait échappé se reconfigure naturellement dans notre esprit, comme si ce texte avait contaminé notre psyché, notre mémoire, notre vie. C’est une joie esthétique prodigieuse, incomparable, miraculeuse. En plus de trente livres, l’écrivain est parvenu à une forme d’acmé qui semble himalayenne, indépassable. C’est une œuvre qui réclame de lâcher prise, d’admettre un désordre verbal apparent qui désoriente. De lire comme on rêve, comme on associe notre passé et notre présent, comme on confond notre parole et celle des autres. On y découvre comment notre mémoire se meut en nous-mêmes, comment le réel et le fantasme, l’essentiel et le détail, le vrai et le faux, se mélangent, s’équivalent, se contaminent. Et l’écrivain confère un ordre au chaos de nos vies, de celles qui le heurtent et qu’il partage avec nous. Si on a le courage d’affronter ces voix, on aura vécu une des plus belles choses que les livres offrent à la vie.

L’écrivain a longtemps cherché cette forme d’écriture, cette maîtrise, une clarté opaque. Il a tâtonné, écrit avec une énergie ahurissante – on connaît les anecdotes sur cette cadence : les plages d’écriture de plus de dix heures dont il disait que les trois premières ne comptaient que comme un échauffement, son écriture minuscule dont il noircissait dans la cantine de son ancien hôpital les pages de blocs d’ordonnances, ses incroyables brouillons caviardés…  – et, de livre en livre, essayé, produit, des formes romanesques de plus en plus complexes et cohérentes. Il confiait ainsi : « Chaque roman est une nouvelle prise de conscience du chemin qu’il faut encore parcourir pour parvenir au roman que je veux faire. » Et son œuvre a obéi à cette injonction existentielle sisyphéenne. Une évolution qui obéit à une expurgation de soi, au filtre que l’écrivain impose au monde, à une collection du réel que la langue vient reconfigurer. Passant du sujet qui nourrit l’œuvre à une œuvre nourrie par le monde. 

On lit ainsi dans la première période des textes qui infusent l’expérience personnelle de la guerre coloniale en Angola ou du métier de psychiatre et configurent une mémoire familiale et convoquent des lieux et des expériences intimes qui frottent avec le réel, les aventures de la vie des personnages. Lobo Antunes refuse avec virulence le récit strict de soi – il le manie dans ses chroniques de manière évidente et dans des textes qu’il mettait à part, les considérant comme légers et peu mémorables, ses Lettres de la guerre publiées à la demande de ses filles ou son récit sur son cancer intitulé Au bord des fleuves qui vont – mais il en a nourri ses premier récits. Ceux de la guerre qui lui ont apporté la célébrité – Le cul de Judas et Fado Alexandrino –, l’expérience du psychiatre dans Connaissance de l’enfer et Mémoire d’éléphant, les deuils et la famille dans Explication des oiseaux ou La farce des damnés, la politique, et sa trilogie sur la mort entamée avec Traité des passions de l’âme.

Ce sont des romans qui oscillent entre un lyrisme flamboyant et un humour noir corrosif, qui travaillent l’expérience intime avec quelque chose de fellinien, de baroque et d’excessif. Ils augurent un basculement plus radical dans l’écriture d’une polyphonie déstructurée avec Le manuel des inquisiteurs ou Le retour des caravelles qui croisent tous ces enjeux, pour aboutir à son roman pivot, dont le titre provient de l’hymne national portugais : La splendeur du Portugal. Roman, d’évidence le plus faulknérien (qualificatif qui l’aurait amusé et agacé), sur une fratrie qui doit se retrouver le soir de la Noël et que hante la figure complexe d’une mère absente, roman qui semble véritablement inventer et maîtriser la forme des récits à venir que l’écrivain ne cessera de perfectionner pendant trente ans.

Ce livre marque un changement dans le parcours de l’écrivain qui rappelait souvent qu’il était, pour la première fois, tombé amoureux du personnage de Clarice et qui disait de ce texte : « Dans La splendeur il y a tout ! » À partir de ce mitan des années 1990, Lobo Antunes écrit à un rythme incroyablement soutenu une série de très grands livres qui embrassent l’histoire et la mémoire collective du Portugal en les incorporant à des individualités qui produisent les voix qui s’essaient à dire ensemble cette hétérogénéité romanesque. Des romans qui racontent tous une incertitude, une impossibilité de la mémoire totale, la fragmentation du temps et du réel. C’est comme si le monde passait à la moulinette des personnalités et des subjectivités et qu’il les réordonnait dans le même temps comme une manière de faire le point sur une image ou de la brouiller. Il y a son extraordinaire, peut-être l’un de ses plus beaux livres, Exhortation aux crocodiles qui se compose entièrement de voix féminines, ses grands romans comme Que ferai-je quand tout brûle ? ou le très sombre et particulièrement bouleversant N’entre pas si vite dans cette nuit noire dont il emprunte le titre à Dylan Thomas, l’un de ses auteurs favoris. 

On lira avec passion cette série de grands textes qui vont de Mon nom est légionBonsoir les choses d’ici-bas et Jusqu’à ce que les pierres deviennent plus douces que l’eau sur les conséquences des guerres coloniales et les rapports entre les Blancs et les Noirs, aux sublimes portraits polyphoniques d’Il me faut aimer une pierre et De la nature des dieux, jusqu’aux grands récits familiaux de Quels sont ces chevaux qui jettent leur ombre sur la mer ? et de La nébuleuse de l’insomnie ou encore le superbe livre sur la perte de la mémoire (qui avait quelque chose de prémonitoire de la maladie de Lobo Antunes lui-même) intitulé magnifiquement Pour celle qui est assise dans le noir à m’attendre. Tous ces textes explorent une violence, une sorte de dépossession, d’affaissement, de disparition progressive. Une douleur de la perte et un sursaut des êtres devant un monde qui les violente et où ils cherchent infiniment leur place. Jusqu’aux tout derniers textes – La dernière porte avant la nuit et L’autre rive de la mer magnifiquement traduits par Dominique Nédellec – qui semblent accentuer encore la déconstruction ou la faire jouer autrement, avec d’autres influences, nourris d’un réel mouvant, d’une accentuation plus forte encore de ce qui semble manquer dans le texte et que le lecteur doit recomposer infiniment.

C’est peut-être pourquoi ses livres se sont, plus l’œuvre avançait, moins vendus. Car il fallait, revenons-y, s’adapter, s’acclimater à cette forme de langage – encore plus radicale que chez Claude Simon, Juan Benet ou William Faulkner –, apprivoiser un monde, des voix, il fallait se déprendre de l’habitude de comprendre immédiatement un texte, le laisser exister dans le temps, comme si les livres étaient un impossible palimpseste que les lecteurs déchiffrent sans fin. C’est un abandon, un changement de paradigme, que peu d’œuvres contemporaines imposent. Comme le disait Lobo Antunes : « Un livre m’apparaît toujours davantage comme un organisme vivant, il fait ce qu’il veut. Et je dois le suivre Et je dois le suivre à la trace, faire ce qu’il exige. C’est un organisme indépendant. » Ajoutant que « les romans poussent peu à peu », que « ce sont les mots qui inventent le texte. […] C’est le texte qui se construit malgré nous. […] c’est le livre qui m’emmène là où il a décidé d’aller ». Il faut se laisser faire par l’écrivain qui nous guide « comme un torero attire le taureau », placer sa confiance en lui. Se désentraver du sens, de l’évidente logique, de l’ordre du temps, des thèmes, pour entrer de front dans une langue, comme on entre dans l’océan. 

Les livres de Lobo Antunes parlent du monde qui l’entoure, du passé de son pays et du sien, d’une société coloniale terrible (il faut le lire pour mesurer la portée de ce qu’il en dit), de l’ambiguïté de la guerre, de l’effroi des solitudes, de l’effondrement d’un monde et des êtres fantomatiques qui le peuplent. On dit souvent de lui que c’est un immense écrivain de la mémoire, de la disparition, d’un deuil impossible, des rapports entre les hommes et les femmes, de la sexualité, de la violence, de la mort, de la folie… La liste serait très longue tant il a brassé d’enjeux et de thèmes au gré de ses livres. Alors, oui, bien sûr… Il faudrait être aveugle pour ne pas le voir. Et pourtant, comme il le disait : « Ce n’est pas nous qui devons être intelligents, c’est le livre qui doit l’être. » Ajoutant, avec une malice qui n’appartenait qu’à lui, que ses romans sont infiniment plus faciles qu’on ne le croit, qu’ils parlent d’expériences que nous faisons tous, rappelant que pour lui « ils sont très simples ». Affirmant que tout ce qui compte, c’est le langage, les voix, la parole, ce qui se joue en elle, sur la page « comme si c’était un miroir ». De nous, de la vie, du passé, de ce qui nous touche, nous bouleverse, ce qui nous échappe et qu’on cherche comme dans l’obscurité. Viennent à l’esprit les derniers mots de Je ne t’ai pas vu hier dans Babylone : « ce que j’écris peut se lire dans le noir ». 

Oui, ce qu’écrit António Lobo Antunes semble être en nous-mêmes. Sa voix vit en nous, comme un organisme secondaire qui s’attacherait à nous : sa langue est comme une ombre en nous-mêmes. Si elle est ardue, exigeante, si elle nous perturbe au plus profond, si elle dérange nos âmes et nos sens, elle fait partie de celles qui comptent le plus. Car elles ne peuvent s’abolir ou s’oublier, parce qu’elles ont défait le monde et ont proposé une manière de le dire, de l’entendre, de le concevoir autrement. Comme si tout pouvait se dire en même temps, comme si des voix fictives pouvaient gagner les proportions des existences véritables, comme lovées dans notre psyché pour toujours. Ses livres nous rendent plus grands car ils nous font vivre autrement, parce qu’ils désordonnent l’existence et les moyens de sa figuration, parce qu’il partagent, littéralement, des expériences altérées du monde. Il nous font traverser les expériences des autres, traverser leur langue, traverser le temps. António Lobo Antunes a inventé un langage, une dramaturgie de la parole dans le temps, qui atteint ce miracle d’être comme la vie, dans la vie, éternellement. Il disait : « Un livre n’est jamais fini ; il est juste définitivement inachevé. » Comme nos vies, comme la sienne, comme celles des personnages de ses livres. Et on les entendra, pour toujours, retentir dans le temps.

[Photo : Jean-Luc Bertini - source : www.en-attendant-nadeau.fr]