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quarta-feira, 11 de março de 2026

La muerte de Alfredo Bryce Echenique, el escritor que sabía reírse de sí mismo

El autor de “Un mundo para Julius”, irónico retrato de la frivolidad y las contradicciones de la clase alta limeña, fue una especie de “oveja negra” de la literatura latinoamericana.

Bryce Echenique vivió buena parte de su vida entre Francia y España.

Escrito por Silvina Friera   

“Yo escribo con humor para que duela menos”. Alfredo Bryce Echenique repetía su lema existencial con su tonada peruana en estado de reposo, sin ademán de tristeza, pero quizá con un dejo de melancolía. El autor de esa obra maestra que es Un mundo para Julius, sarcástico retrato de la frivolidad y las contradicciones de la clase alta limeña, que murió el martes a los 87 años, descendía del último virrey del Perú y era nieto de un expresidente.   

El humor de Bryce, adorable “oveja negra” de la familia en la que nació y de la literatura latinoamericana también, estaba basado más en la observación que en la producción automática de la risa. Como él afirmaba (y pedía disculpas por la falta de modestia), era un humor inteligente que no se mofa de las flaquezas, torpezas o ambigüedades de los otros. Basta con recorrer su obra para comprobar que nunca se burló de los personajes, que no ve la paja en el ojo ajeno sino la viga en el propio, como postula el refrán bíblico. No le gustaba la carcajada fácil, le parecía violenta y decía, con esa sutil agudeza que lo caracterizaba, que al reírse fuertemente se le cierran los ojos y termina no viendo nada.   

El humor y la ironía, modesto patrimonio de un puñado de escritores periféricos o reticentes a la canonización como lo fue Bryce, empieza por casa: “Primero hay que reírse de uno mismo”. A pesar de que las fotos lo muestran mortalmente serio –tal vez fuera cierta timidez congénita, una pátina de tristeza o fastidio hacia la exhibición, como quien busca esconderse en el gesto adusto hasta que lo peor haya pasado–, nunca estuvo incluido en el pelotón solemne del boom de la literatura latinoamericana, encabezado por Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Era demasiado insolente; un escritor de frontera que se movía entre un mundo judío y católico. “Siempre he estado, como dicen los franceses, entre dos sillas y con el culo en el suelo. Yo era muy incómodo, no me dejaba incluir o clasificar fácilmente”, dijo en una entrevista con Página/12. Por sensibilidad, Bryce no soportaba el machismo y nunca se integró a los machos de la sociedad peruana.

 

Nació en Lima el 19 de febrero de 1939, en el seno de una familia de banqueros. El padre de Bryce hizo todo lo posible para su hijo no fuera escritor; imaginaba un destino irrevocable en las finanzas o una carrera como abogado. Su madre, en cambio, lo apoyó y acompañó en esa tarea compleja que fue escribir contra la voluntad del padre. Estudió Derecho en la Universidad Nacional de San Marcos, donde luego cursó la carrera de Letras. En 1968 obtuvo una mención en el certamen Casa de las Américas de Cuba por su primer libro de cuentos Huerto cerrado, una docena de relatos en los que explora las experiencias vitales de un personaje llamado Manolo, atravesadas por el amor, la soledad y los contrastes sociales. En esos primeros cuentos despliega el embrión del universo temático que luego cristalizará en sus novelas.  


Dos años después publicó Un mundo para Julius, que lo convirtió en un autor central de la literatura latinoamericana y a la vez periférico respecto del boom. La perplejidad del niño Julius y la construcción de la mirada y la voz se distinguen en esta trama donde Julius anda metido entre la servidumbre, conversando con el jardinero o el chofer, con cualquiera menos con los miembros de su familia y de su clase social. Julius, hacia el final de la novela, será expulsado del paraíso de la infancia de manera dolorosa y quedará “llenecito de preguntas”.   


En la narrativa de Bryce no hay “ganadores”; más bien explora los personajes desclasados, marginales, antiheroicos, solitarios y desarraigados; sujetos que observan el mundo que los rodea desde la periferia. Pedro Balbuena, el protagonista de su segunda novela, Tantas veces Pedro (1977), “un rematado loco de amor y de la amistad hasta sus últimas consecuencias”, según Bryce, representa el paradigma de una peruanidad extraviada, un personaje arquetípico que deambula por la vida sin un sentido real de pertenencia. Muchos críticos y lectores establecen un parentesco entre Pedro y Martín Romaña, el protagonista de La vida exagerada de Martín Romaña (1981), una novela de corte autobiográfica en la que narra las aventuras y desventuras de Martín Romaña en el París bohemio y revolucionario de mayo del 68. Entre viejos mitos que no se corresponden con la realidad, el personaje se da cuenta de que “a la Ciudad Luz se le han quemado los plomos”. La capital francesa le resulta provinciana y mezquina. “Claro, el pelotudo de Hemingway se lo trae a uno de las narices a París con frasecitas tipo éramos tan pobres y tan felices, gringo cojudo, cómo no se te ocurre poner una nota a pie de página destinada a los latinoamericanos, a los peruanos en todo caso, una cosa es ser pobre en París con dólares y otra cosa es con soles peruanos”, se lee en esta magnífica observación. Sabía, por experiencia propia, lo que significa no encajar en ninguna parte como limeño perdido en París o como limeño que se siente sapo de otro pozo en su ciudad natal. Como sucede también con Max Gutiérrez, el hipocondríaco protagonista de Reo de nocturnidad, un profesor peruano de literatura en el sur de Francia que padece mal de amores y un severo insomnio.


“El más grande narrador humorístico peruano”, como lo definió Julio Ramón Ribeyro, otro gigante de la narrativa peruana, vivió buena parte de su vida entre Francia y España, un “exilio voluntario” que se extendió durante 34 años. Se doctoró en la Sorbona de París y ejerció la docencia en las universidades de Vincennes, Nanterre, La Soborna y Montpellier. Recibió numerosos premios, entre los que se destacan el Premio Nacional de Literatura de Perú en 1972 por Un mundo para Julius, el Premio Nacional de Narrativa en España por Reo de nocturnidad en 1998, el Premio Planeta por El huerto de mi amada en 2002 y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances que otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2012. El autor de La amigdalitis de Tarzán (1997), la historia de amor entre un cantautor peruano residente en París y una salvadoreña de clase alta, anunció que su obra estaba cerrada y se despedía de los lectores en 2019, cuando publicó el tercer tomo de Permiso para retirarme. Antimemorias, volumen en el que recuerda sus años como profesor en París; las idas y vueltas con las mujeres de su vida; el encuentro con Joaquín Sabina en Lima, una noche en la que casi “nos matamos a botellazos” y su amistad con Julio Ramón Ribeyro. Antes había publicado Permiso para vivir (1993) y Permiso para sentir (2005). 


Una denuncia de plagio en 2006 afectó la reputación de este narrador extraordinario. En 2009, un tribunal peruano lo condenó a pagar una multa de 53.000 dólares por el plagio de 16 artículos. El escritor buscó demostrar que esos textos habían sido publicados sin su autorización y argumentó que la intención era desprestigiarlo por su férrea oposición al expresidente peruano Alberto Fujimori. Finalmente, fue absuelto en 2019. El iluso activo que andaba por la vida “ligero de equipaje”, pero “pesado de ilusiones”, como confesó en sus antimemorias, fue uno de los pocos escritores latinoamericanos que supo tomarse el pelo a sí mismo para digerir la crudeza de la vida o para iluminar el lado absurdo y cómico de lo dramático. Todo duele menos cuando se lo lee a Bryce, un escritor que narraba como los dioses. Que escribía con el oído y con el corazón. 

[Foto: EFE - fuente: www.pagina12.com.ar]

domingo, 14 de setembro de 2025

El primer libro de chistes de la historia

 

Escrito por Alejandro Gamero 

Publicado en griego en algún momento a finales de la Antigüedad, Las bromas de Hierocles y Philagrius, más conocido por Philogelos, cuyo título se podría traducir como «amor a la risa», es la colección de chistes más antigua que se conserva, porque, hay que decirlo, todos los anteriores se han perdido (Plauto menciona libros de chistes en dos de sus comedias, Persa y Estico, en el siglo II a.C.).

Su autoría se atribuye tradicionalmente a los dos hombres que aparecen en el título, Hierocles y Philagrius, que no tienen más obras conocidas y cuya existencia ni siquiera está documentada. Según una teoría, el Hierocles mencionado podría ser el filósofo neoplatónico Hierocles de Alejandría, pero no hay pruebas que los conecten más allá de la similitud del nombre. En cualquier caso, si Hierocles y Philagrius fueron los creadores del libro, lo más probable es que se limitaran a recopilar y chistes preexistentes, en lugar de escribirlos todos ellos mismos. Otra posible autoría la apunta la Suda, una enciclopedia bizantina del siglo X, que la atribuye al dramaturgo cómico del siglo V a.C. Filistón de Nicea, que supuestamente era contemporáneo de Sócrates.

Aunque se desconoce la fecha exacta de su publicación, algunas pistas nos permiten hacer una datación aproximada. Según William Berg, que publicó una traducción al inglés en 2008, el lenguaje empleado indica que pudo haber sido escrito en el siglo IV d.C. El chiste número 62 menciona los Juegos Seculares organizados por Filipo el Árabe para conmemorar el milenio de la fundación de Roma, lo que implica que los chistes no se recopilaron hasta después del año 248 d.C.

El Philogelos consta de 264 chistes, aunque algunos son variaciones o repeticiones de chistes anteriores. Están ordenados por personajes típicos que los protagonizan, como el erudito tonto o despistado, el estafador, el misántropo o el comentarista ingenioso. También, cómo no, demostrando que no hay nada nuevo bajo el sol, hay apartados dedicados a médicos y pacientes, a maestros y estudiantes y a esposos y esposas. Además se incluyen chistes étnicos, sobre cimeos, sidonios y abderitas, donde se los estereotipa como poco inteligentes y supersticiosos.

Algunos chistes son difíciles de entender. Es lo que ocurre, precisamente, con el que abre la colección. El chiste en cuestión es el siguiente: «Un erudito le encargó a un platero que preparara una linterna. Cuando este le preguntó qué tamaño quería, respondió: «¡Así, para ocho personas!»». La interpretación más común es que el erudito simplemente le está dando al platero una respuesta extraña e inútil. Sin embargo, un artículo de 2013 de Egizia Maria Felice, profesora de Clásicas en la Universidad de Reading, argumentó que la palabra para linterna también se refiere a una especie comestible de pez, como se atestigua en la Geographica de Estrabón, por lo que el humor del chiste se basaría en un juego de palabras.

Sobre la actualidad de los chistes del Philogelos, hay que decir que en 2008, el comediante británico Jim Bowen probó algunos de ellos con público moderno. Uno de los chistes ha sido descrito como un antecesor del famoso sketch del Loro muerto de los Monty Python. El comediante Jimmy Carr, por su parte, ha dicho que algunos chistes son «sorprendentemente similares» a los modernos.  

 

[Fuente: www.lapiedradesisifo.com] 

quarta-feira, 8 de maio de 2024

Las karakteristikas del umor judio

 


Prezentado por Dora NİYEGO

El umor judio es konkreto. Se trata de un tema spesifiko. Se burla de munchas kozas, de la vida de los judios, de muestro amor por paras, del komerso, del antisemitizmo, de la relijion, de muestras tradisiones, de la madre judia, de la famiya judia, de munchas kozas ke mos enteresa. Mezmo, munchas vezes mos aze riir en las situasiones ke son de yorar.

El umor judio es muy tolerente. Tenemos munchos kuentos ke kritikan mezmo muestra relijion. Mozotros, en los kuentos, kritikamos solo los judios, ma nunka no mos burlamos de las otras nasiones. No kritikamos el komporto de los otros kontra los judios, ma mos burlamos del komporto de los judios kontra los otros.

Lo mas esansiel de todo en los judios, es la famiya. La madre i el padre judio azen todo lo ke pueden para ke sus ijos adelanten. Lo mas, la madre judia. La madre judia (komo dizen ‘yiddishe mama’ en la literatura), es mas fuerte del padre, i le pasa mas muncho la palavra kon los ijos.

El umor judio tambien puede ser sarkastiko. A las vezes, el tema del umor es mas fuerte de la riza. A las vezes, en lugar de rizas, las reaksiones mas esperadas son envitasiones a pensar. Munchas vezes kritika la grandeza i la ipokrizia.

El umor judio es demokratiko i es kontra la otoridad. Ay anekdotas ke kritikan los politikos i los administradores de la sosiedad en jeneral. La anekdota toma komo tema a los rabinos, savios, maestros, medikos, empresarios i filantropos de la komunidad i la kontradiksion entre el puevlo i el poder governante. Se trata del konflikto del judio kon su entorno i kon su komunidad...

El umor judio an jeneral es seriozo. Amostra los konfliktos de la mente i la lojika, analiza situasiones ke separa la rasionalidad del absurdo. A las vezes, el uniko buto del umor puede ser azer riir la djente. Ma, munchas vezes, los djugos mentales se eskonden detras del umor. Ay unos ke son krítikas, otros pueden ser enstruktivos o filozofikos, i tambien pueden ser un espejo para mozotros.

Te ries a una anekdota ma duspues sin kerer empesas a pensar. Puedemos dizir ke los judios son "pensadores djugetones". Sus vida difisil los aze realistos.

Ay burlas yamadas "shtoch", ke se empleya para redusir la arogansia de las personas ke se ven a si mas superiores i mas fuertes de los otros. El umor judio es un instrumento muy fuerte utilizado para kritikarse a si en la sosiedad. El umoristo, komo un profeto, aferra la djente en sus puntos febless. Los rabinos, los fonkionarios governamentales i los rikos siempre fueron utilizados komo sujetos de umor. El umor se utilizo para protejer los proves del abuzo de los superiores. Se puede dizir ke es una forma de relaksasion sosyal.


[Orijin: https://www.salom.com.tr]

sexta-feira, 29 de março de 2024

¿De qué se reían en la Edad Media?

 

         Pontifical de Guillaume Durand (copiado en Aviñón c. 1357, marginalia añadidos a finales de siglo). París, Bibliothèque Sainte-Geneviève, Ms. 143, fol. 145v.


Escrito por Raúl González González

Profesor de Historia Medieval, Universidad de León     

¿Reía la gente en la Edad Media? Probablemente muchos piensan que no. A fin de cuentas, somos carne de tópico: nuestro sentido común (ese “todo el mundo sabe que”) nos dice que la época era sucia, oscura, misógina, terraplanista y, en general, cualquier cosa que no nos guste. Que todo eso sea mentira es lo de menos, porque cumple una función: esa creencia nos reconforta, nos hace sentir superiores a las gentes del pasado o a otras culturas “que aún siguen en la Edad Media”, y eso basta.

Por eso, “todo el mundo sabe que” el Medievo era una época especialmente lúgubre, donde reinaban el miedo, la angustia y la represión: supuestamente, la risa estaba incluso condenada por la Iglesia, que atenazaba con su poder omnímodo a las masas.

Y sin embargo, nada de eso es cierto. Hasta tal punto que los habitantes de la Edad Media real podían tomarse unas libertades para el humor que a ojos del presente resultan cuando menos chocantes.

Las canciones de Isabel y Fernando

En la biblioteca del Palacio Real de Madrid se conserva un libro (un “códice”) maravilloso: el Cancionero musical de palacio. Gracias a él podemos conocer la letra y partitura de cientos de canciones que sonaban en la corte de Isabel y Fernando de Trastámara, los “Reyes Católicos” españoles.

No pocas de ellas fueron compuestas por Juan del Enzina, nacido en las tierras del viejo reino de León, que acabaría siendo prior de la catedral leonesa. Una de las más curiosas, titulada “Si abrá en este baldrés”, narra cómo a tres mozas parece quedárseles corto, en algún sentido, ese misterioso objeto. La edición actual del diccionario de la Real Academia Española conserva aún la voz baldrés o baldés, que define como “Piel de oveja curtida, suave y endeble, empleada especialmente para guantes”. Las versiones anteriores añadían, tímidamente, “y otras cosas”.

Página del _Cancionero Musical de Palacio_ en el que se reproduce 'Si abrá en este baldrés', con tachados posteriores que suprimen del texto todas las apariciones de las palabras 'pija' y 'carajo'.
Página del Cancionero Musical de Palacio en el que se reproduce ‘Si abrá en este baldrés’, con tachados posteriores que suprimen del texto todas las apariciones de las palabras ‘pija’ y ‘carajo’. Patrimonio Nacional, Real Biblioteca de Palacio

Como el siglo XV era algo menos mojigato, podemos conocer la verdadera naturaleza del objeto en cuestión gracias al anónimo texto satírico conocido como las Coplas del provincial. En él se preguntaba sin remilgos “a cómo vale el valdrés / por falta de cuerpo de hombre”.

Cabe sospechar que, medio milenio después, en las cortes reales ya no se cantan esas cosas. O, al menos, no se ponen por escrito. Con el correr de los siglos, nuestros oídos parecen haberse vuelto mucho más sensibles al escándalo que los de los Reyes Católicos.

Las risas del clero

En el París del año 1414, una epidemia de tos ferina dio pie a una canción humorística muy popular entre los niños que se reunían en cuadrillas para hacer los recados de la tarde. Su estribillo decía así: “Vuestro coño tiene tos, comadre / Vuestro coño tiene tos, tiene tos”.

Pintura que retrata a un bufón riéndose en la coronación de un rey.
Fragmento de ‘Cómo Enrique Curtmantle, hijo de la emperatriz Matilde, fue coronado rey de Inglaterra’, de David Aubert, ‘Histoire abrégée des Empereurs’: París, BnF, Arsenal ms. gallica.bnf.fr / Bibliothèque nationale de France

Pocas cosas hay más humanas que ese recurso a la risa como mecanismo liberador frente al miedo que produce una epidemia. Por eso sorprende que, mientras que un clérigo de la época no tuvo reparos en recoger estas palabras textualmente en su crónica (conocida como Diario de un burgués de París), la historiadora que preparó en 1990 una edición de la misma para el gran público se sintiese obligada a censurar el vocablo malsonante.

Un milenio antes, el 13 de agosto de 1099, la elección papal se celebraba en esta ocasión en la venerable basílica romana de San Clemente de Letrán. La ceremonia tenía lugar a la vista de unos frescos entonces recientes que cubrían las paredes de la iglesia, en los que se narraban los milagros del santo titular.

En uno de ellos, situado muy cerca del altar, la risa cobra un especial protagonismo. A la manera de una viñeta de tebeo moderno con bocadillos, podemos ver allí a varios personajes acompañados de sus frases respectivas. El efecto cómico se produce por contraste: San Clemente se expresa solemnemente en latín, y los paganos que intentan apresarlo sin éxito dicen zafiedades en lengua vulgar (sus palabras son, de hecho, uno de los testimonios escritos más antiguos de los romances itálicos). El jefe de los paganos emite una orden crudamente realista, posiblemente el más hilarante de los textos fundacionales de una lengua: “Fili dele pute traite” (“¡Hijos de puta, arrastrad!”).

No parece que la broma disgustase a los prelados allí reunidos, ya que eligieron como papa precisamente al cardenal al frente de la basílica, Raniero de Bleda, quien adoptaría el nombre pontifical de Pascual II. A diferencia de nosotros, las gentes del siglo XI encontraban espacio para el sentido del humor incluso en los asuntos sagrados.

Inscripción de San Clemente, detalle de un fresco de finales del siglo XI en la basílica subterránea de San Clemente de Roma.
Inscripción de San Clemente, detalle de un fresco de finales del siglo XI en la basílica subterránea de San Clemente de Roma. Affreschi della Basílica di San Clemente

La culpa no es del Medievo

De hecho, la comicidad era un elemento esencial de la cultura medieval en todas sus manifestaciones: arte, literatura, música, rituales, costumbres…

Claro que la Edad Media, como cualquier otra época, tuvo sus fanáticos, sus inquisidores, sus eunucos, sus predicadores de rostro enjuto y corazón helado, sus enemigos del cuerpo, el placer y la alegría. Pero a lo largo de aquellos siglos nunca dejaron de ser una minoría, incluso dentro del clero. En general, los intelectuales y los clérigos del Medievo se atenían a la opinión de Aristóteles, para quien la risa era un atributo humano esencial. Por eso cuando, allá por el año 1000, el monje Notker escribía en la abadía de San Gall (en la actual Suiza) un libro de definiciones, no encontró otra mejor para el ser humano que la de “animal racional, mortal, capaz de reír”.

No fueron los tiempos medievales sino otros posteriores los que erradicaron la estación carnavalesca, las cencerradas, la fiesta de los locos, la risa pascual o las travesuras de la víspera de Todos los Santos. La anulación de la risa, como la doma de los cuerpos, es un fenómeno mucho más reciente de lo que nos gustaría creer. Tanto, que todavía está en marcha. Y a qué velocidad.


[Fuente: www.theconversation.com]


quarta-feira, 3 de janeiro de 2024

El humorismo es cortés

 

De los tratados sobre el humor en la literatura y en la vida, mi preferido es un texto minimalista de Bioy Casares que con el tiempo se me ha vuelto imprescindible



                                                   Adolfo Bioy Casares, retratado en 1990.

Escrito por ENRIQUE VILA-MATAS

Solo me ha sido posible salvarme del malestar de las fiestas navideñas y de la zambomba parlamentaria viviéndolas a fondo, identificándome con ese malestar hasta convertirlo en la naturaleza de mí mismo.

Habría precisado de estrategia parecida para el siniestro 2023, del que solo algunos dispersos recuerdos impregnados de humor salvan el balance final. El recuerdo, por ejemplo, de un teatro de la Gran Vía de Bilbao, entrada gratuita y lleno hasta la bandera. El variopinto público del Ja! Festival sobre literatura y humor reía a carcajada limpia, como liberándose de tantas tensiones diarias. Al recordar todo aquello, he pensado en la amiga Cristina Fernández Cubas, que sabe bien que en la vida cotidiana la combinación entre imaginación y humor ayuda a resolver un montón de escollos.

Está claro que, si bien en el humorismo impera la alegría, es posible que en tan solo unos segundos todo se complique, que es lo que sucede cuando la gente no comparte el mismo humor. Cuando eso ocurre, decía Wittgenstein (apellido que impone, pero no hay para tanto), es como si entre ciertos individuos existiese la costumbre de que una persona arrojara un balón a otra, y se estableciera que la otra persona tenía que atraparlo y devolverlo, y que algunas, en lugar de devolverlo, se lo metieran en el bolsillo.

Entre las sensaciones más desagradables está la de ver que el balón va al bolsillo de quien tienes frente a ti, porque entonces ya puedes temerte lo peor. Y la más agradable es observar que el humorismo es la más alta forma de la cortesía. Ojo, porque ahí está la más noble esencia del humor. Como ejemplo de cortesía vinculada a la risa, pongo el caso del escritor Italo Svevo, que, en Trieste, minutos antes de morir, pidió un cigarrillo al yerno, que se lo negó. Svevo murmuró: “Sería el último”. No lo dijo con pena, sino como la continuación de una vieja broma; una invitación a reír como siempre de sus reiteradas resoluciones de abandonar el tabaco.

De los tratados sobre el humor en la literatura y en la vida, mi preferido es un texto minimalista de Bioy Casares que con el tiempo se me ha vuelto imprescindible, es lo más parecido a mi Santo Grial. Ahí Bioy dice haber comprendido que el humorismo es cortés porque al señalar verdades recurre a la comicidad. Dicho de otro modo: muestra lo malo y mueve a la risa.

Un caso mucho más reciente de práctica del humor, entendido como la más alta forma de la cortesía, se produjo en un hospital de París, en enero de 2015, cuando Simon Fieschi, sobreviviente, en las más monstruosas condiciones físicas, de una bala de Kaláshnikov en el ataque a la redacción de Charlie Hebdo, se despertó poco a poco y hubo que informarle de que tenía rota la columna vertebral, la cara invadida por máscaras, el torso abombado y la mitad inferior del cuerpo, a partir del diafragma, completamente inerte. ¿Qué podía experimentar él en esa situación? Nunca lo sabremos, pero sí que, al verse rodeado de compañeros, en un gesto de cortesía en pleno centro de su Apocalipsis, dijo: “Me da pereza morir”.

 

[Foto: GORKA LEJARCEGI - fuente: www.www.elpais.com]

quarta-feira, 13 de dezembro de 2023

El sublime humor

 Los ocho cuentos que integran el presente volumen de Luis Benítez son, de modo inequívoco, cuentos de humor; por ello, el lector atento o el crítico escrupuloso no puede menos que reflexionar (al cabo, un crítico no es más -ni menos- que un lector autorreflexivo) en torno a tan particular materia: qué es el humor.

"Se acaba el mundo y nosotros afeitándonos", Luis Benítez, Palabrava, 2023, 106 páginas


Escrito por OSVALDO GALLONE
 
Dentro de la vasta esfera de aquello que bien se podría calificar como "lo cómico", es legítimo diferenciar el chiste y el humor. El chiste, acaso en mayor medida que el humor, necesita de un tercero; en el chiste hay, en principio, tres presencias: el que cuenta el chiste, el objeto del chiste y aquel a quien el chiste se dirige y que lo sanciona como tal con una reacción: la risa.
 
En célebre libro, Freud define al humor como "lo más sublime que habita al sujeto", en tanto que, a diferencia del chiste, el humor es un modo de respuesta frente a las penalidades y designios del diario vivir. En efecto, tanto el chiste como el humor quedan sancionados por la risa de aquel a quien están dirigidos, pero, en el caso del humor, se verifica una instancia adicional: la reflexión que le sucede al estallido risueño, la lenta rumia que le sigue a la hilaridad, la cabal o indeterminada conciencia de que detrás de la humorada se revela bastante más que una muestra de ingenio o de gracia; ese plus es un exorcismo que puede tomar las formas de la distopía, la anticipación o el insobornable espejo sobre el que se reflejan las pequeñas o grandes miserias, los temores más solapados o las tendencias más veladas de un sujeto. En la escena del humor, después de que prorrumpe el alborozo, en el rostro se dibuja una sonrisa resignada.
 
Conviene recordar que para el movimiento surrealista, tal como lo señala de modo ponderable el poeta argentino Aldo Pellegrini en su ya clásica Antología de la poesía surrealista, el humor "es la manifestación más neta del disconformismo", es el instrumento merced al cual se mediatiza "la protesta contra el orden convencional" y su acción resulta indiscutiblemente corrosiva. Aquello que el humor corroe son las costuras de la máscara y es el que le anuncia a propios y extraños que el rey se encuentra, irremisiblemente y a ojos vista, desnudo. No es azaroso que los totalitarismos no toleren el humor. Un caracterizado ejemplo entre cientos y cientos que se podrían traer a colación: Milan Kundera fue incluido en las listas negras de Checoslovaquia con motivo de un texto que satirizaba la naturaleza y los alcances de la invasión soviética; el título de la novela: La broma (1967).

Los ocho cuentos de Se acaba el mundo y nosotros afeitándonos no se reducen a la categoría del chiste, sino que componen una acendrada muestra de humor de primera mano, y varios de ellos ("Chicago, 1938", "Para aplastar al feminismo", "Mi primer y último discurso al ingresar a la Academia", "Cómo triunfar en el mundo de las letras") podrían figurar en la antología más rigurosa y exigente del género en la medida en que se puede verificar una estructura casi constante en la mayoría de ellos: la prolija inversión del lugar común y la correspondiente consecuencia de tal operatoria: el destrozo de cuanto pueda ser previsible y probable.

Sin apartarse un ápice de los preceptos y los modos del género gangsteril, "Chicago, 1938" se sostiene en una conversación entre dos mafiosos cuya fuente de pingües ganancias es un negocio de lencería. O el desafortunado sino del escritor de "Cómo triunfar en el mundo de las letras" a quien le es arrebatado el premio de un concurso literario por haber olvidado el seudónimo con el que presentó su obra. Alguna vez se dijo, y luego se reiteró ad libitum, que a partir de una misma historia se podía desarrollar indistintamente una comedia o una tragedia, basta con la sabia dosificación, en cada caso, de matices, tonos y acentos. Woody Allen lo probó en su memorable, aunque injustamente soslayada, Melinda and Melinda (Estados Unidos, 2004). Los ocho cuentos de Se acaba el mundo… son una cabal demostración de tal aserto.

El registro de humor que campea a lo largo de todo el libro es el del humor al pie del patíbulo. En su siempre discutida y discutible biografía de Kafka, publicada en 1937, Max Brod refiere una curiosa anécdota: cuando, en rueda de amigos (Brod, entre ellos), Kafka leía fragmentos de El proceso, todos, incluido el autor, reían a mandíbula batiente. Al lector de Kafka se lo ha persuadido, sin otorgarle el mínimo margen para la excepción, que el universo kafkiano es angustiante y que no hay allí espacio siquiera para un rictus de sonrisa. Por el contrario, los amigos contemporáneos de Kafka juzgaban El proceso como una muestra exquisita del humor grotesco, negro o ácido en extremo.

Vale decir: el humor al pie del patíbulo que singulariza la inflexión de Se acaba el mundo… Al cabo, qué otra cosa es el legítimo humor sino el último refugio de la desesperación. Y, paradójicamente, es este connubio con la desesperación el que permite que el humor rebose de sentido.

"Para aplastar al feminismo" plantea con finísima ironía un retorno a las épocas despóticas y patriarcales, es más que suficiente con contemplar el avance de los distintos -pero siempre idénticos a sí mismos- conservadorismos a lo largo del mundo para advertir que esos tiempos aciagos no están muy lejos, si es que ya no han llegado.

Por tanto, y parafraseando el imperecedero villancico secular de Juan del Encina: "Hoy riamos y bebamos, / que mañana…".

 
 
[Fuente: www.todoliteratura.es]

terça-feira, 22 de novembro de 2022

La risa de los supervivientes

Si la muerte existe todo es risible; la risa es lo más serio del mundo y al reírnos de la muerte nos concedemos algo así como un indulto general: nos perdonamos la vida


                                              Demócrito, conocido como el filósofo que ríe, retratado por Johannes Moreelse.

Escrito por Santiago Alba Rico 

En su libro Vivir con nuestros muertos, la filósofa y rabina francesa Delphine Horvilleur cuenta una especie de metachiste judío tan agudo como inquietante. Dice lo siguiente: dos supervivientes de Auschwitz están haciendo bromas sobre el Holocausto cuando de pronto se presenta Dios y les regaña severamente por tomarse a risa un asunto tan trágico. Los dos judíos le responden airados: “¿Y tú qué tienes qué decir? ¡Si no estabas allí!”.

Este chascarrillo finísimo –como un alfiler– se presta a dos reflexiones de distinto signo. Una, claro, teológica. Los dos supervivientes del exterminio nazi reprochan a Dios su ausencia del mundo precisamente en el momento en el que su pueblo más lo necesitaba; no hizo nada para detener la masacre; no hizo descarrilar los trenes de la muerte; no desactivó ni cerró ni anegó bajo un diluvio las cámaras de gas. No estaba cuando su existencia podía tener algún sentido. ¿La tiene acaso después? ¿Qué puede hacer Dios una vez pasado el peligro? Se podría decir que la existencia de un Dios que deja matar a seis millones de judíos y luego regaña a sus supervivientes por seguir vivos –por reírse de sí mismos– es bastante ociosa e injustificable, por no decir agraviante. Si Dios no puede impedir un crimen, ¿qué le queda? Aún puede, se aducirá, castigar a los criminales –además de censurar a los supervivientes–, pero, aunque esta visión es muy coherente con el Yahvé colérico del Antiguo Testamento, ninguna teología puede basar la existencia divina en la actividad punitiva o justiciera de un Dios que se ausenta en los momentos de peligro.

El chiste citado por Horvilleur me hace pensar en la famosa conversación entre Aliosha e Iván Karamazov de la no menos famosa novela de Dostoievski. Recordemos que Aliosha es el mejor de los hermanos Karamazov y el más mimado de los personajes, aquel en el que el autor quiere condensar todas las virtudes de su cristianismo ideal: ingenuo, amable, generoso, paciente, sacrificado, está muy preocupado por la violencia desatada entre Dimitri y el padre, pero también por el ateísmo de Ivan, cuya complejidad intelectual, al mismo tiempo, le atrae de manera irresistible. Aliosha necesita aliviar el peso que intuye sobre las espaldas del hermano; necesita refrescar esa alma atormentada en el Dios de amor al que ha entregado su vida. La larga conversación, como sabemos, no depara el resultado apetecido y, al contrario, Aliosha queda trastornado y sin argumentos ante la racionalidad dolida e incurable de Ivan, que no puede aceptar de ninguna manera la existencia de un Dios que “deja matar a un niño”. Esta idea –la del asesinato de un niño– subleva al hermano ateo. Todos los días ocurre –guerras, matanzas, torturas– y Dios no lo impide. ¿Y luego qué? ¿Cómo pretende luego reaparecer como si tal cosa? Pues luego nada, se exaspera Ivan. Nada. Luego Dios ya no puede hacer nada. Aliosha le recuerda que aún puede castigar y perdonar. Entonces Ivan contraataca feroz con esta paradoja insuperable: no, le rebate, de ninguna manera, porque –proclama– “no se puede castigar lo que no se puede perdonar y no se puede perdonar lo que no se puede castigar”. Hay crímenes tan terribles –es decir– que no pueden ser ni castigados ni perdonados. Nadie, ni siquiera Dios, puede castigar los horrores del Holocausto que no pudo o no quiso evitar: el delito es inconmensurable en términos punitivos; a esa atrocidad (¡el asesinato de un solo niño!) no puede “corresponderle” ningún castigo. Ahora bien, por eso mismo nadie, ni siquiera Dios, puede perdonar tampoco los horrores del exterminio nazi: hay acciones abisales, de efectos  irreparables, que son en sí mismas imperdonables (¡el asesinato de un niño!). El mundo queda así librado al imperio del mal, puesto que Dios, que detuvo la mano de Abraham, no detiene la mano de Hitler; los malvados, por su parte, quedan librados a su propio mal, inalcanzables para la justicia e inalcanzables para la piedad.

Nadie, ni siquiera Dios, puede perdonar tampoco los horrores del exterminio nazi: hay acciones abisales, de efectos irreparables

Si Dios no está cuando se comete el crimen y no puede luego ni castigar ni perdonar, Dios sencillamente no existe. El argumento es tan convincente que deja a Aliosha desasosegado y sin respuesta. Este desasosiego es en realidad, lo intuimos, el del propio Dostoievski, que se sintió derrotado por uno de sus personajes, derrota que hace de él, felizmente, un genio de la literatura en lugar de un catequista ramplón o un panfletista reaccionario. Como es sabido, convertido a la ortodoxia más exaltada y al paneslavismo más autoritario tras el indulto del zar y la estancia en Siberia, Dostoievski daba a leer sus novelas a su confidente espiritual, un pope riguroso al que no le gustó nada, y con razón, la conversación entre Aliosha e Ivan. No le gustó porque –reprochó al autor– “se dan alas al ateísmo”. La respuesta de Dostoievski constituye el más humilde de los homenajes a su propia grandeza literaria: “Es que”, se disculpó avergonzado, “Ivan Karamazov es más inteligente que yo”.

La paradoja de Ivan es insuperable del lado del castigo, desde luego. El cristianismo –o cierto cristianismo– replicaría, sin embargo, que sí se puede refutar desde el perdón. Ningún Dios puede imaginar o concebir un castigo conmensurable con el asesinato de un niño. ¿Qué fuego, qué clavos, qué espinas, qué eternidad sufriente podría drenar ese abismo de mal absoluto y sin retorno? ¿Qué infierno podría equilibrar esa desaparición radical, “equivaler” a esa acción nihilizadora? Mira, Dios, no nos engañes, no estuviste ahí para impedir el crimen; por eso mismo el criminal ha escapado para siempre a tu jurisdicción. Lo has dejado, por así decirlo, a merced de sí mismo. Nada puedes hacer ya contra él. Todo lo más que cabe esperar es que, como en el caso de Raskolnikov, el personaje de Crimen y castigo, el criminal, a merced de sí mismo, recorra hasta el fondo su mal, sin ninguna salida o buscando, sin saberlo, como única salida, su propia autodelación; es decir, el alivio asociado a la condena del otro, siempre más benigna que la de la propia conciencia. Ahora bien, Crimen y castigo sí contempla la posibilidad de un Dios que, impotente para castigar, conservaría en cambio el poder sumarísimo, imprevisible, disruptivo, del perdón. Tiene razón Ivan cuando argumenta contra el castigo, porque el castigo tiene que ser tan físico, tan corporal, tan humano, como la acción reprobada y como la ausencia material que generó; y no es concebible ninguna reacumulación de dolor –ninguna apokatástasis punitiva– capaz de indemnizar semejante desgarrón en el cosmos. Los dolores, por así decirlo, discurren siempre en paralelo; mi dolor se suma al tuyo sin tocarlo, y por lo tanto no puede borrarlo –ni restaurar la pérdida. Todos los vengadores lo saben; el cuerpo del otro no admite tantos golpes, tantas puñaladas, tantas heridas como mi ira demanda; su cuerpo finito siempre se me escurre de entre las manos. La muerte del verdugo, por mucho que la estire y la aplace, me deja seco y con más sed. Por eso, un Dios vengativo –Ivan no se equivoca– es un Dios impotente; o, valga decir, un Dios inexistente.

El perdón, por el contrario, es inmaterial y, si se quiere, fulminante. Ningún castigo puede satisfacer la lógica del dolor, que demanda un dolor adicional infinito. El perdón no lo intenta: sencillamente –cuando ocurre, cuando raramente ocurre– se limita a alzarse inesperadamente contra toda lógica. Aquí lo importante es este “inesperadamente”. En Dostoievski el perdón cristaliza, por ejemplo, en la figura de Sonia, pero no tiene, digamos, rango teológico. Sí lo tiene, en cambio, la historia tramposa que cuenta su padre, Marmeladov, ese pequeño e indigno borracho, astuto y malvado, del que se ríen todos sus compañeros de taberna. Resumo brevemente el pasaje. Un día en que ha tocado fondo en presencia de su propia hija y se siente –como es habitual en los personajes dostoievskianos– el más abyecto y despreciable de los hombres, Marmeladov se rebela contra su ignominia y reivindica, frente a sus burlones contertulios, un destino de salvación. Cuando estemos todos muertos, les dice, Dios nos llamará al Juicio Final e irá separando a los malos de los buenos; yo, sabedor de mis pecados, aguardaré mi turno tembloroso, seguro de mi condena; vosotros la anticiparéis también con complacencia. Pues bien, una vez ante Dios, continúa el borrachuzo, oiré enumerar mis faltas, una lista interminable de tropelías infames y vicios deshonrosos; sentiré su mirada severa sobre mi cabeza inclinada y lo veré alzar la mano indicando implacable el camino del infierno. Aquí Marmeladov, consciente de su carisma narrativo, hace un breve silencio para generar suspense y luego sorprende a sus oyentes con este colofón: entonces Dios, en el último instante, mientras siento ya en el pecho el aliento del fuego eterno, me llamará de nuevo ¡y me perdonará! ¡Me perdonará! ¿Pero por qué? ¿Por qué esa injusticia? Naturalmente es lo que Marmeladov pregunta estupefacto, lo que se preguntan estupefactos sus compañeros, lo que nos preguntamos estupefactos los lectores. Dios contesta sencillamente: te perdono porque nunca lo has esperado.

Marmeladov es un granujilla que no corrige sus vicios precisamente porque espera ser perdonado; de algún modo su relato, atravesado por esa astucia consciente, plegaria trilera, hace ya imposible su salvación. O quizás no, porque hay un Dios que aprecia a los ebrios y a los granujas. La historia, en todo caso, es maravillosa y dice mucho acerca de la diferencia entre el castigo y el perdón. El castigo es imposible porque no colma jamás nuestras expectativas; el perdón es posible porque las desmiente. En la medida en que pone en juego el mayor poder imaginable –el de hacer lo que no se espera, lo que es contrario a la lógica– el perdón, al revés que el castigo, revela un poder divino o, si se quiere, sobrenatural. Los creyentes, siempre un poco tramposillos, encuentran razonables dificultades en imaginar a Dios castigando porque ni siquiera Dios puede inventar un castigo suficiente para el asesino de un niño, pero sí pueden atribuirle, con pillería interesada, ese singular superpoder humano. La trampa del perdón se llama vida y es quizás más católica u ortodoxa que protestante. Quiero decir que una vida sin perdón es tan invivible, tan imposible, como una vida de castigos. Una conocida frase de Dostoievski –precisamente de Ivan Karamazov– sentencia: si Dios no existe todo está permitido. Aliosha, tan tonto como Dostoievski, no supo responderle: no, Ivan, no, te equivocas, si Dios no existe, entonces lo que ocurre es que nada puede ser perdonado. Lo confieso: prefiero a los creyentes que aceptan el sinsentido del dolor y la imposibilidad del castigo y proyectan en su Dios el único superpoder que, al alcance de todas las manos, permite la continuidad de la vida. La humanidad no es un penal de condenados sin remedio; es un picnic de perdonados contra toda esperanza. Si no nos perdonásemos –si no nos perdonasen– todos los días, en cada minuto y cada respiración, no podríamos ni preparar unos spaghetti alla bolognesa ni tumbarnos un momento al sol ni contar un chiste; mucho menos parir y cuidar a un niño; y aún menos pronunciar la palabra “amor” y luego sobrevivir al ser amado.

El castigo es imposible porque no colma jamás nuestras expectativas; el perdón es posible porque las desmiente

Pero lo cierto es que a Dios, que no puede castigar los grandes crímenes, le está vedado perdonarlos. Si, como dice el chiste judío, él “no estaba allí”, no solo no puede censurar las bromas de los supervivientes sino que no tiene poder suficiente para perdonar a los verdugos. Eso solo pueden hacerlo las víctimas, que otorgan el perdón –cuando lo hacen– contra la matemática del dolor y contra el poder de Dios. O por encima de él. Contando ese chiste, los supervivientes de Auschwitz se perdonan a sí mismos su escandalosa supervivencia al tiempo que recuerdan que el perdón consiste básicamente en esa acción fulminante y contra toda lógica mediante la cual se expresa el máximo poder: el de no reducir la propia vida –ni la del verdugo– al imperdonable acto criminal que ha interrumpido el curso de la existencia. Impotentes para alcanzar la equivalencia entre dos males paralelos, nos representamos, a modo de compensación, un Dios vengativo o vengador, olvidando así que la venganza es también el límite de toda omnipotencia: ni siquiera Dios puede hacer lo que la finitud del cuerpo excluye. Nos representamos, en cambio, un Dios misericordioso prolongando hasta él, a modo de préstamo o regalo, el único superpoder del que disponemos en exclusiva los humanos: el de perdonar una ofensa. El Dios vengativo es sublimación y compensación mitológica. El Dios misericordioso, proyección y autorreconocimiento antropológico. En el catolicismo, Dios solo se vuelve indulgente hacia los hombres cuando mira por primera vez el mundo desde las angosturas de la carne de Cristo. En tiempos históricos adversos, los confesores jesuitas hicieron viable la vida cotidiana de miles de pecadores a los que el Dios terrible y colérico de la Biblia no hubiera perdonado.

El muy católico John Ford cuenta muy bien esta exclusividad del perdón en una de sus mejores películas, El delator, de 1935. Ambientada en 1922, en plena guerra de independencia irlandesa, Victor McLaglen interpreta a un hombre que traiciona la causa en la que cree y delata a su mejor amigo, al que la policía ejecuta en una emboscada. El malvado Gypo (McLaglen) no es un malvado. Admira al comandante Dan (Preston Forster) y adora a su madre, una viejecita tierna y valiente. Gypo es bullicioso, bebedor, brusco y simplón; no delata a Dan por favorecer a los ingleses, a los que odia a muerte, ni por celos hacia su amigo, al que idolatra y que lo protege. Lo hace, sí, por el más banal y sucio de los motivos: por dinero. Lo hace porque es pobre, como todos los irlandeses, y porque ha prometido llevar de viaje a su novia Katie. Pero de algún modo es tan inconsciente de las consecuencias de su gesto o, al contrario, tiene tanta necesidad de autodelatarse, que se gasta las monedas de Judas con exhibicionismo generoso y bravucón, visitando una taberna tras otra y pagando la consumición de todos los parroquianos. Su suerte está echada; es detenido por sus excompañeros y, tras un juicio justo, es condenado a muerte por el IRA. Su crimen es objetivamente atroz; es imperdonable. Ha provocado la muerte de un dirigente, puesto en peligro a toda la organización y debilitado la causa colectiva de todos los irlandeses. El espectador entiende perfectamente la sentencia; entiende el desprecio de los militantes; entiende que no hay manera de salvar a un hombre que –contradicción muy fordiana y muy católica– al mismo tiempo es imposible odiar, hasta tal punto resulta enternecedoramente frágil. No tiene salvación y, sin embargo, Ford lo salva en una última escena memorable. No salva su vida, claro, lo que habría sido una catástrofe cinematográfica. No salva tampoco su alma inmortal, lo que habría convertido la película en un edificante panfleto parroquial. Gypo, herido de muerte, entra en una pequeña iglesia vacía y se arrastra hacia el altar, buscando el perdón de Dios, pero comprende enseguida que Dios piensa lo mismo que todos los miembros del IRA y todos sus compatriotas; está de acuerdo con la razonable opinión del mundo y tampoco puede perdonarlo. En ese momento, cuando todo parece perdido, nos damos cuenta de que la iglesia no está vacía; allí, sentada en uno de los bancos, está la madre de Dan, que ha ido a buscar un poco de alivio a su dolor en la oración. Es la madre y es más que Dios; es la madre y se subleva contra Dios. La escena es de un patetismo tan sobrio y delicado que apenas se puede reprimir un estremecimiento. Mientras los perseguidores entran en tropel en la nave, la madre de Dan, que conoce el atolondrado corazón de ese chico, deja que Gypo se acerque a ella y muera en su regazo. The end. Es imposible imaginar un final menos cursi y más verdaderamente católico: se hace justicia, sí, pero Gypo no muere desesperado. La única persona que no puede perdonarlo es la única que puede salvarlo. El superpoder de una víctima consiste justamente en eso: en perdonar lo que su dolor inmenso jamás podría castigar. En desatascar con un gesto imposible el curso dolorosamente obstruido de la vida. Sin el gesto de la madre de Dan –expongámoslo mediante una hipérbole exacta– jamás se habría producido la liberación de Irlanda.

Pero he dicho que del chiste afilado citado por Horvilleur se podían extraer dos lecciones. La primera, lo hemos visto, es de carácter teológico. De la segunda, a la que va adherida, he adelantado algo. Tiene que ver con la risa. A Dios le escandaliza, en efecto, que los dos judíos se rían después de Auschwitz. Dios es un tipo muy serio porque es inmortal. No puede entender la idea de perdón contenida en la alegría de su pueblo. Por medio de la risa, los supervivientes de los lager se dan permiso para vivir, se permiten, si se quiere, la supervivencia. Dios, que no estaba allí cuando se le necesitaba y no sabe nada de la muerte en las cámaras de gas, no sabe tampoco nada de la supervivencia. Elias Canetti, en su formidable Masa y poder, dedica muchas páginas a la relación entre supervivencia y poder; analiza –es decir– el sentimiento de impunidad del superviviente, que se siente de algún modo invulnerable. El superviviente no lo ha sido por nada que haya hecho, su éxito es fruto del azar y, sin embargo, dice Canetti, alberga el sentimiento subjetivo de una voluntad o de un destino que lo pondría a cubierto, a partir de ese momento, de cualquier amenaza o asechanza. El rayo de la muerte no lo ha tocado y no lo tocará ya jamás: ni siquiera morirá de cáncer o de covid.

Es extraña esta mirada de Canetti, pues todos los testimonios abonan más bien la idea contraria: la de que el superviviente, más que infinitamente poderoso, se siente irreparablemente culpable. ¿Por qué mi hermano y no yo? ¿Por qué el rayo derribó a Marta y a Alfredo y a Jacinto y a Eva, que eran mejores que yo, y a mí, en cambio, apenas me rozó? El superviviente se siente doblemente culpable: culpable de la muerte del otro y culpable de su propia supervivencia. En una situación presidida por el mal, y en la que es el mal el que hace la selección, el superviviente está convencido, al contrario de lo que sugiere Canetti, de que su supervivencia se debe no a un mérito o a un destino sino a un pecado. ¿No seré como el asesino? El genocida, ¿no habrá reconocido en mí algún parentesco moral? ¿No habré sido cobarde, complaciente, indiferente, malvado? El superviviente, en fin, lleva dentro de sí la fragilidad consciente, culpable, de toda la humanidad. Por eso es tan importante la risa. Mediante la risa, sí, se libera de su crimen –la vida misma– y se autoriza, y nos autoriza, a seguir viviendo.

El chiste judío de los judíos que cuentan chistes sobre los lager es el más definitivo alegato a favor de la vida

El superviviente de Canetti es, como Dios, un tipo serio, pues se cree inmortal; no nos lo imaginamos riéndose de sí mismo. Los supervivientes del metachiste judío, agudo como un alfiler, se ríen, en cambio, a carcajadas porque se saben expuestos a la mortalidad; y le reprochan al que no sabe lo que es eso que venga a aguarles la fiesta. Todos los humanos somos, en realidad, “supervivientes provisionales”. El chiste judío de los judíos que cuentan chistes sobre los lager es el más definitivo alegato a favor de la vida y contra la censura que cabe imaginar. Esos dos judíos que reprochan a Dios su ausencia en el peligro y su seriedad puritana en la alegría se están perdonando a sí mismos y perdonándonos a todos por seguir vivos; y dándonos permiso para reírnos de todo como supervivientes provisionales que somos. Si la muerte existe todo es risible; la risa es lo más serio del mundo y al reírnos de la muerte misma –incluso de manera truculenta o despiadada– nos concedemos algo así como un indulto general: nos perdonamos la vida.

La censura es el Dios de la ira, el Dios inmortal que nos deja morir. La risa es el permiso que siempre necesitamos para cocinar unos spaghetti, coger en brazos a un niño, tumbarnos un momento al sol, pronunciar la palabra “amor” y sobrevivir unos días –ay– al ser amado.

 

[Fuente: www.ctxt.es]