L'attacco di un generale israeliano in pensione alla Spagna sull'immigrazione e Gaza riflette un male nazionale più profondo: la convinzione che Israele possa predicare la moralità rifiutandosi di affrontare la propria realtà.
Isac Nunes da Luz Cordeiro *** Tradutor Público e Intérprete do Comércio *** Idiomas: francês, espanhol, catalão e galego *** Matriculado na Junta Comercial do Estado do Paraná *** Curitiba *** República Federativa do Brasil
segunda-feira, 3 de agosto de 2026
Gideon Levy: «Israele non ha alcun diritto di dare lezioni alla Spagna»
domingo, 17 de maio de 2026
La sutil vida de un poeta
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Ernesto Hernández Busto, autor de José Lezama Lima: una biografía |
“Los poetas no tienen biografía. Su obra es su biografía”, dice, célebremente, Octavio Paz al comienzo de su ensayo sobre Fernando Pessoa, en Cuadrivio (1965), uno de sus libros más hermosos. La frase paciana, más que una coquetería pues todos, aun los más insignificantes, padecemos de una biografía a cuestas, alude a un problema del cual Ernesto Hernández Busto (La Habana, 1968) se ocupó porque preocupa, mucho o poco, a todos los biógrafos. Remite al Contra Sainte-Beuve (1954), de Marcel Proust, colección de fragmentos de juventud publicados póstumamente por Bernard de Fallois y cuyo título no se debe al autor de En busca del tiempo perdido.
En aquellas páginas, en efecto, el joven novelista se rebela contra el anacrónico Sainte-Beuve oficial –aquel que disfrutaba su madre–, quien consideraba que el conocimiento de la vida de un autor esclarecía, como quería el lundista, los claroscuros de su obra. Proust pregonaba, de acuerdo con la literatura del nuevo siglo del cual sería uno de los portaestandartes, por la autonomía del texto, aunque su conocimiento de Sainte-Beuve fuese parcial. No conocía Proust su historia del convento de Port-Royal (1840-1859), que hoy sería considerada una “multibiografía” de aquel nido del jansenismo, ni tampoco su juvenil tratado histórico sobre la poesía francesa del siglo XVI (1828), donde, paradójicamente, habla de las obras y no de los autores. Pero concedamos que, en términos generales, la vieja crítica, emblematizada por Sainte-Beuve, le daba la espalda a la retórica a favor de la personalidad y que el siglo XX, no solo el francés, desde Gustave Lanson hasta el postestructuralismo, fue retórico.
Ello viene a cuento porque, como pocos entre los hispanoamericanos, José Lezama Lima (1910-1976) es un poeta que parece ajustarse a la sentencia de su admirado Octavio Paz. “No tengo biografía”, insistió. “Vivo en lo que queda al pasar por un espejo.”1 Solo salió de Cuba en dos ocasiones: a Jamaica (asunto de su magnífico “Para llegar a la Montego Bay”, en Dador, de 1960) y a México, donde se recreó con los murales, a los cuales llamaba “fresquismo mexicano”.2 Salvo con Juan Ramón Jiménez y Federico García Lorca (sobre cuyo trato con Lezama Lima Hernández Busto hila fino y ve en el ejemplo del granadino un aliento de libertad sexual para el cubano)3 no tuvo el autor de Paradiso (1966) y de Oppiano Licario (1977) mayor comercio con los figurones de la literatura mundial, aunque hizo Orígenes (1944-1956), una de las grandes revistas literarias del idioma. Tampoco descolló por su entusiasmo por la Revolución de 1959, la cual lo edificó moralmente en sus inicios, pero acabó por condenarlo al ostracismo, aun cuando dejó su ofrenda poética ante Ernesto Guevara en un poema no publicado en libro.4 Empero, dice su biógrafo, “en todo gran poeta habita, por así decirlo, la tentación de legislar en nombre de alguna polis”.5
Visitar su casa en Trocadero 162 en La Habana vieja, antes y después de la muerte del gran poeta, se convirtió en un imperdible en materia de turismo literario; famosa era su discreta homosexualidad y su indiscreta glotonería, y admirada, sin reserva alguna, toda su obra poética, novelística y ensayística. Bien conocida era la suya, una gramática de asmático y frecuentemente comentada su aparente incapacidad para pronunciar o escribir correctamente palabras en otra lengua distinta al castellano.
Así que Hernández Busto se enfrentaba, solo en apariencia, ante un vacío biográfico que, como todo en Lezama Lima, acabó por ser sustituido por la profusión. Desde 1997 y 2002, comenzando nada menos que con Lorenzo García Vega (1926-2012) y con Eloísa Lezama Lima (1919-2010), su hermana, Hernández Busto conversó con varias decenas de testigos y protagonistas, falsos o verdaderos, de la vida lezamiana, al grado de que, como comentó en la presentación del libro en la Ciudad de México, el 18 de marzo de 2026, el problema no era que sus entrevistados hablaran, sino que se callaran, proveedores de toda clase de chismes y habladurías, asunto natural tratándose de la reserva, a menudo fantasiosa, provocada por una dictadura como la castrista.
Recorrida la genealogía lezamiana, en una Cuba del siglo XIX resueltamente europea por española, en José Lezama Lima: una biografía, el biógrafo aborda cómo la dificultad para respirar rodea al recién nacido el 19 de diciembre de 1910 antes de la medianoche en el campamento militar de Columbia, cercano a La Habana, donde estaba destacado su padre, el teniente de artillería e ingeniero civil Lezama Rodda, quien será víctima en 1919 de la llamada gripa española. La frase de Oppiano Licario ha impresionado a varios de sus lectores: “La vida del padre se llora aunque esté muerto, cuando llegamos a la madurez; la muerte de la madre se llora aunque esté viva, en nuestra niñez.”6
Ese miedo a morir de asfixia, que compartía su familia con el niño, llega hasta Cemí en Paradiso y una de las sorpresas al leer a Hernández Busto es enterarse de que libros calificados por algunos como “ininteligibles” trasladan, casi sin mediar otra cosa que la prosa extraordinaria, llanos episodios biográficos. Inventor de lenguaje lo fue el poeta. Pero como mistificador de su propia vida, ausente de biografía, según él mismo, Lezama Lima lo fue escasamente.
En aquellos tiempos se hablaba médicamente de una “personalidad asmática” que “condenó” al niño, tenido por víctima de una fragilidad extrema, a un infierno de la lectura interrumpido por las batallas entre liberales y conservadores (su padre, por militar, lo era) en aquella Primera República Cubana (“conato de Estado en una patria sin nación”,7 según Jorge Mañach) nacida en 1902 bajo tutela de los Estados Unidos. Esos episodios también cruzan por Paradiso, como su bélica equivalencia colombiana es indisociable de Cien años de soledad. Aquellas querellas civiles no impresionaron demasiado a quien acometió, de casi no saber leer, en 1918, el Quijote, “libro prodigioso”, al que siguieron los Diálogos de Platón, que acabaron por dictar la imborrable sentencia lezamiana: “Solo lo difícil es estimulante.”8
La muerte precoz del padre sumió a la familia en cierta penuria económica, que en los recuerdos de Fina García Marruz tornó la pobreza en aristocracia del espíritu e hizo del hogar de los Lezama un sitio “surrealista y barroco” con tío “bala perdida” incluido, personaje “burlón, derrochador, colérico, mimado y seductor”, a su vez, en Paradiso. Y ese tío (“demonio o tarambana”, un Wilhelm Meister) nos lleva a la doble vida habanera a la que se irá asomando el joven Lezama Lima, una “zona de confusa convergencia” en la polis griega y en el bullicio, primero provinciano y luego cosmopolita, de la noche.9
Ese legislador político que es en el fondo todo gran poeta, como lo cree Hernández Busto, comienza por rechazar las teorías del mestizaje cubano, apoyado en el José Martí que decía: “Hombre es más que blanco, más que mulato, más que negro”, que lo formó en el rechazo a la “violencia, altanería y estupidez” de la vida universitaria que es obligado a cursar, optando por aligerar el peso del derecho romano con el estudio simultáneo de las letras. Lezama Lima y los origenistas, por cierto, no fueron racistas: simplemente se negaban a desarrollar la identidad cubana a partir de la negritud.10Aunque el historiador Rafael Rojas descree de la mediocridad que Lezama Lima achacaba a sus estudios universitarios, él y Hernández Busto coinciden, al parecer, en que “los origenistas fueron la primera generación autodidacta de intelectuales cubanos”.11
Como Paz, Lezama Lima perdió pronto a su padre y, como el poeta mexicano, ello lo obligó a sostener precariamente una carrera universitaria en medio de la escasez familiar. Y así como Efraín Huerta recordaba que, desde el principio, “Octavio fue el jefe”, García Marruz recuerda al joven cubano en el centro, rodeado de un “séquito”, o más aún, como una especie de “rey oculto”.12Pero desde entonces fueron muy distintos tipos de intelectuales. Para decirlo facilonamente, a la manera del título que Jorge Aguilar Mora le dio a su libro pionero sobre Paz, este se inclinó hacia la historia y Lezama Lima hacia el mito, que en él es una de las formas de la imagen. Por ejemplo, mientras Julio Antonio Mella, el líder comunista cubano asesinado en la Ciudad de México en 1929, fue integrado a Paradiso como un voluptuoso “Apolo habanero”, capaz de actos “homéricos”,13 el Paz de la madurez no habría olvidado que fue emboscado, muy probablemente por agentes de la gpu a la cual servía su amante, la fotógrafa italiana Tina Modotti, quien llegaría alto en la Tercera Internacional, aunque al final ella también, quizás, resultara asesinada por su propia gente.
Hacia 1930, Lezama Lima, como Paz en México, participó de las algaradas estudiantiles que hicieron del mexicano un típico militante de los años treinta, cercano al Partido Comunista, en tanto que el cubano veía en la política un escenario de sacrificio, tan mítico como algunas otras esferas del mundo visible. Antes que los locales partidarios y las asociaciones sindicales, prefería las librerías de Obispo, donde se toparía con Jiménez, mientras para Paz su decisivo encuentro con Rafael Alberti, de origen político, se volvió poético en 1935.
Jiménez y su esposa Zenobia Camprubí llegan a La Habana en diciembre de 1936. El clima y la algarabía debieron parecerles infernales. Aunque era el lugar menos propicio para concebir “el libro total y único, resultado del mundo, del triste Mallarmé”,14 el poeta español encontró consuelo, sobre todo, en el joven Lezama Lima, quien reunía poemas primerizos en Inicio y escape, “precedido por un exergo de Juan Ramón Jiménez”, que abre el camino para Muerte de Narciso (1937) donde el cubano se presenta de cuerpo entero. Poema sobre la poesía, se sobrentiende, es de raíz católica, según Jorge Luis Arcos, y es un intento de ir más allá de “la poética aristotélica” a través de “un mundo de la transfiguración” a la vez analógico y vertical. “Hierofanía, penetración en el misterio, solución a todos los conflictos de la corporalidad y lo sensorial”, agrega Lourdes Rensoli.15
En este punto, Hernández Busto discute sobre la interpretación freudiana de Narciso y sobre los nexos entre Muerte de Narciso y El divino Narciso de sor Juana Inés de la Cruz, ambos escritos en clave; de igual manera lo califica como otra identificación de la poesía con el homosexualismo y su orfismo, tan presente en los Contemporáneos y en la generación del 27, de tal forma que Lezama Lima, para quien “toda amistad era una forma de devoración” porque “al salir hacia el mundo yo comenzaba a verme, verificarme en los demás”, se convertía, hecho y derecho, en un poeta de su tiempo, dueño de la verdad filosófica y de la verdad poética, al decir de Ángel Gaztelu.16
Más de un lustro antes del trato con Jiménez, insiste Hernández Busto, había Lezama Lima entrado en contacto –en la primavera de 1930– con García Lorca, quien disfrutaba de perdérsele a sus anfitriones durante días y noches, para hacer vida nocturna con Luis Cardoza y Aragón, el musicólogo español Adolfo Salazar y el pintor Gabriel García Maroto. Guillermo Cabrera Infante, citado en José Lezama Lima: una biografía, dice que, a más de veinte años de su encuentro amoroso con García Lorca, su legendario “marino seudosueco” caminaba la noche, con su “paletó que hacia alucinante la noche tropical”.17
Pero hablando de literatura, más tarde, como ensayista, Lezama Lima se empeñará en disolver el maniqueísmo crítico que oponía a los dos grandes poetas andaluces que fueron sus mentores, a la vez románticos y helénicos, lo cual puede aplicarse a su idea de la Cuba literaria. Tan pronto como en 1937, contra el mito del mestizaje cultural, prefirió “el mito de la insularidad” que convertía a Cuba en un astro mítico que hacía de la isla “indistinta o distinta en el cosmos”, concentrando las energías de una literatura a la vez europea y americana, sin simplismos, gracias a “la eticidad hispana”.18
Poca paciencia me quedará para esperar las siguientes entregas de esta magna biografía de Lezama Lima, la dedicada a los años de formación, los de Orígenes sin duda y a los años de la Revolución cubana que convirtieron al poeta de La expresión americana (1957) en candil de la calle y oscuridad de la casa.
Para despedir a Hernández Busto regreso a su “Introducción” de José Lezama Lima: una biografía. Años de formación (1910-1939), donde comenta, con Roberto González Echevarría, por qué Lezama Lima se resiste a ser un clásico universal, más allá de serlo, hace rato, hispanoamericano, como si estuviera “tan enraizado en su cultura que resulta intraducible a otra” y como si esa “rareza radical” no implicara “cierto mal gusto”.19 De manera incisiva, Hernández Busto desarrolla el argumento: “El kitsch o, dicho en cubano, la picuencia del personaje que se mueve sin complejos con un traje un poco anticuado o demasiado grande”, caracteriza a Lezama Lima. “No es la suya”, afirma Hernández Busto, “una prosa que se proponga hoy día como modelo en ninguna escuela. Esa también puede ser la causa de la actualidad última del antimoderno, la negación de la negación vanguardista, la posibilidad de ‘ser poeta maldito siendo en vez poeta bendito’”.20
Al “ser para la muerte” de Martin Heidegger, opuso Ernesto Hernández Busto “el ser para la resurrección” de José Lezama Lima, lo cual me permite cerrar con un paralelo del lezamiano David Huerta (1949-2022):
El mismo año de 1976 murieron Lezama Lima, el prodigioso poeta insular, y Martin Heidegger, el filósofo alemán: ¿qué habrán encontrado en “la otra orilla”? Lo cierto es que esas dos figuras representan una suerte de opuestos complementarios en el horizonte de nuestra cultura moderna: las áridas tensiones del intelecto y la condición paradisíaca del lenguaje: el talante metafísico del poeta (en Lezama) y la valoración preciosa del acto poético (en Heidegger: léanse sus extraordinarias páginas en torno a Hölderlin); el sueño de la razón y la lucidez del delirio.21 ~
- Hernández Busto, José Lezama Lima: una biografía. Años de formación (1910-1939), p. 23.
↩︎ - Para estas y otras referencias me sirvo del sapiencial Diccionario. Vida y obra de José Lezama Lima, de Iván González Cruz (Generalitat Valenciana, 2000) que me regaló Enrique Vila-Matas hace más de veinte años en Caracas.
↩︎ - Hernández Busto, op. cit., pp. 242-243.
↩︎ - Al menos hasta Muerte de Narciso, la antología poética de 1988 que David Huerta preparó para Alianza Editorial.
↩︎ - Hernández Busto, op. cit., p. 28.
↩︎ - Ibid., p. 133.
↩︎ - Ibid., p. 178.
↩︎ - Ibid., p. 171.
↩︎ - Ibid., pp. 162-167 y 206.
↩︎ - Ibid., p. 296.
↩︎ - Ibid., pp. 185 y 204.
↩︎ - 1Ibid., pp. 208 y 338.
↩︎ - Ibid., p. 210.
↩︎ - Ibid., p. 321.
↩︎ - Ibid., pp. 221-223.
↩︎ - Ibid., pp. 223 y 237.
↩︎ - Ibid., p. 244.
↩︎ - Ibid., pp. 297 y 330.
↩︎ - Ibid., p. 32. La misma argumentación he escuchado (y sostenido) en relación a la incapacidad de viajar de un José Revueltas, un escritor tan distinto a Lezama Lima y de exportación todavía más imposible aun que la del cubano.
↩︎ - Ibid., p. 32.
↩︎ - 21 Huerta, Ibid., p. 8. ↩︎
[Fuente: www.letraslibres.com]
quarta-feira, 6 de maio de 2026
Cadaqués abans del turisme i de Salvador Dalí
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Pier
Maria Baldi, Vista de Cadaqués, 1668. © Biblioteca Medicea
Laurenziana, Firenze, Codice Med.Pal.123.1, fol. 16
Escrit per Maria Garganté Llanes
Profesora titular de Historia del arte, Universitat Autònoma de Barcelona
El 25 de setembre de 1668, de matinada, Cosme III de Mèdici i el seu seguici van arribar a la costa catalana. La seva arribada es va produir després d'haver-se fet a la mar a la ciutat italiana de Livorno, recórrer la costa tirrena, el mar de Ligúria i el golf de Lleó. El príncep hereu de Toscana iniciava així un viatge —com a part d'un periple europeu més ampli— per la península Ibèrica. La seva intenció era visitar les principals ciutats espanyoles i portugueses i, sobretot, la tomba de l'apòstol Santiago a Compostel·la.
Avui podem resseguir l'itinerari del príncep toscà gràcies, principalment, a la crònica oficial del viatge que va escriure el comte Lorenzo Magalotti i als 86 dibuixos que va realitzar l'arquitecte florentí Pier Maria Baldi sobre les poblacions visitades. Text i vistes conformen el volum titulat Relazione ufficiale del viaggio di Cosimo III dei Medici, custodiat a la Biblioteca Medicea Laurenziana de Florència.
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Recorregut de Cosme III de Médici des de Livorno fins a Cadaqués. Google Maps
Una costa militaritzada
Cadaqués, a l'extrem oriental del cap de Creus, va constituir la primera parada peninsular de les dues galeres del seguici toscà. A aquesta li van seguir els ports de Roses i Palamós abans de desembarcar definitivament a Barcelona per continuar el viatge per terra. De la crònica de Magalotti es desprèn que la decisió de fondejar a la badia de Cadaqués va venir donada per la manca de vent, que aconsellava fer parada en aquest enclavament, situat als peus del puig Pení i a resguard dels corrents del nord.
La seva geografia abrupta i el difícil accés terrestre havien condicionat tant el seu desenvolupament econòmic com la seva exposició constant als atacs pirates, en particular per part de corsaris berberiscos. Aquests continuaven representant una amenaça significativa per a les poblacions costaneres catalanes al llarg del segle XVII.
Després de la guerra francoespanyola anomenada “dels Segadors”, un tractat de pau va obligar ambdues nacions a cedir territoris, fet que va convertir Cadaqués en una població gairebé fronterera i amb una guarnició militar permanent. Segons Magalotti, això consistia en un batalló “de cent homes que depenen del rei”.
L'arribada al port de Cosme de Médici va ser saludada amb quatre trets i contestada amb tres. En la visita al castell, el príncep va observar que els soldats anaven “mig nus” i molts d'ells no tenien ni la beina de la seva espasa, en “un clar senyal de la seva extrema mendicitat”. Per això, Cosme els va acabar regalant dotze peces de drap.
El dibuix de Baldi
La vista de Cadaqués realitzada per Pier Maria Baldi està presa des del mar, tot i que adopta un punt de vista més elevat. En tractar-se de la primera població en què s'aturen en territori hispànic, el dibuix presenta la singularitat de contenir dos emblemes heràldics. Així, s'hi poden veure el de la monarquia dels Habsburg a la part superior esquerra, i el del Principat de Catalunya a la part superior dreta.
El dibuix situa en primer terme una de les galeres amb els rems desplegats i l'illot anomenat “Es Cucurucut”. Als extrems apareixen, de manera fragmentària, la proa d'una altra embarcació i un altre illot corresponent al de s'Arenella. La població resulta fàcilment recognoscible, especialment pel sector anomenat “Es baluart”. El seu perfil lleugerament sortint el distingeix, així com els edificis que s'aixequen directament sobre la muralla, encara perfectament recognoscible i on s'observen algunes de les seves torres dempeus.
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Pier Maria Baldi, Vista de Cadaqués, 1668. © Biblioteca Medicea Laurenziana, Firenze, Codice Med.Pal.123.1, fol. 16.
Per la seva banda, l'església parroquial, tot i ser identificable, apareix una mica desdibuixada a causa de l'absència del campanar, que encara no s'havia construït i que avui constitueix un dels elements més característics del perfil de la població. Així mateix, encara faltaven prop de quaranta anys per a l'execució del seu retaule major, considerat actualment un dels exemples més notables del barroc català conservat in situ.
Davant el context esmentat d'inseguretat pels atacs corsaris, Cadaqués va desenvolupar un sistema defensiu d'acord amb els seus recursos. Tot i que en el dibuix es distingeix la torre del castell (avui desaparegut) a la part alta del nucli urbà, no disposava d'una fortalesa monumental. Tanmateix, comptava amb diverses torres de vigilància costanera, algunes de les quals es distingeixen en diferents punts de l'horitzó.
A banda i banda del conjunt emmurallat i més compacte s'estenen dos ravals. Les poques cases a mà esquerra es correspondrien avui amb les de Port Doguer, mentre que les situades a mà dreta, on es distingeixen fins i tot algunes empallissades a la platja, avui serien les del passeig marítim que condueix a les platges d'Es Poal i Es Pianc.
D'un lloc ‘miserable’ a icona de la Costa Brava
En el seu llibre sobre Cadaqués, el gran prosista Josep Pla assenyala de manera elegíaca que els pescadors solien pintar les seves embarcacions de negre, en consonància amb la pobresa del lloc.
Aquesta peculiar situació d'aïllament no va ser incompatible amb el comerç marítim amb ciutats com Gènova, Nàpols o l'Havana, o fins i tot amb l'origen grec d'alguns pescadors i coralers locals. La sortida per mar era més fàcil i natural que per terra, de manera que abans del segle XIX, Cadaqués va arribar a ser el segon port de la província de Girona en volum de mercaderies, només per darrere de Sant Feliu de Guíxols i per davant de Roses i Palamós.
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Cadaqués de nit, per Eliseu Meifrèn, al 1911. Museu Nacional d'Art de Catalunya
A finals del segle XIX, l'arribada de famílies benestants i cultes, com els Pitxot, va afavorir la creació d'un ambient intel·lectual al qual també van contribuir notables locals com els Rahola. Aquest context va actuar com un poderós focus d'atracció per a artistes. Un dels primers a arribar-hi va ser Eliseu Meifrén, la pintura del qual va captar nombrosos racons de la llavors solitària bellesa d'aquesta vila marinera.
Amb el pas del temps, la població va deixar de ser aquell lloc “miserable” descrit per Magalotti per convertir-se, durant la primera meitat del segle XX, en una imatge icònica del paisatge català i en un nucli destacat de l'avantguarda artística. Va succeir especialment al voltant de la figura de Salvador Dalí qui, tot i que no va néixer a Cadaqués, hi va passar els estius de la seva infantesa i la petjada del paisatge va definir el seu imaginari pictòric. Més endavant, l'artista va adquirir i transformar diverses barraques de pescadors a la badia propera de Portlligat en la seva cèlebre casa-taller, avui convertida en museu i visitada anualment per milers de persones.
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Panoràmica de
la badia de Cadaqués, d'Antoni Bartumeus i Casanovas (feta entre 1906 i 1924). Memòria Digital de Catalunya, CC BY-NC-ND
La presència de Dalí va actuar com un autèntic imant per a altres artistes, intel·lectuals i creadors internacionals. Al llarg del segle XX, figures com Pablo Picasso, Richard Hamilton, Marcel Duchamp, Federico García Lorca i Man Ray, entre d'altres, van passar temporades a Cadaqués o hi van trobar inspiració, fet que va consolidar la seva reputació com a enclavament artístic.
En definitiva, tot i que aquesta vila marinera és una de les més representades en tot el paisatgisme català, va ser un arquitecte florentí del segle XVII el primer a plasmar la bellesa i singularitat del seu paisatge.
El projecta compta amb el suport del The Medici Archive Project de Florència, dirigit per Alessio Assonitis, expert internacional en els Medici, i del Centro Interdipartimentale di Ricerca sull’Iconografia della Città Europea, dirigit per Alfredo Buccaro, expert internacional en coreografies urbanes. A més, col·laboren la Biblioteca Medicea Laurenziana i el Kunsthistorisches Institut de Florència
[Font: theconversation.com]
terça-feira, 24 de fevereiro de 2026
Unha antoloxía censurada de Alonso Montero, a piques de ver a luz
O informe da censura da época explicitaba un «no publicable» en base a criterios extraliterarios
«TRINTA ANOS DE
POESÍA CRÍTICA 1936-1966». Cuberta escrita a bolígrafo por Xesús Alonso
Montero. Esta obra verá pronto a luz da man da editorial Galaxia.
Escrito por Ramón Nicolás
Lémbroo ben porque era un día solleiro e concluíra o período das restricións ocasionadas polo estado de alarma derivado da covid-19. Alonso Montero e mais eu desprazámonos desde Vigo á biblioteca da Deputación de Ourense co obxectivo de recadar unha copia da antoloxía Trinta anos de poesía crítica, tras convencer ao autor da necesidade de dala a coñecer, como había pouco fixera co Dicionario da nova literatura galega (Xerais, 2021). No coche usou unha expresión que reiteraba bastante e era a de matar dous pombos dun tiro: en efecto, por alí estaba tamén Patricia Arias cun proxecto sobre Federico García Lorca, mergullada entre un océano documental que precisaría varias vidas para analizar e estudar. Escribo todo isto porque, en efecto, pasou bastante tempo e a edición daquela escolma debía estar publicada; mais o libro sufriu diversas peripecias coas que non contabamos.
Dun ou doutro xeito, o relevante é que cando esta vexa a luz, que será en breve da man da editorial Galaxia, converteremos o libro nunha fermosa ocasión para que siga a perdurar na nosa memoria. Á devandita antoloxía poética, á que Alonso lle engadiu para esta edición un prólogo ad hoc —redactado, como era adoito nel, nunhas páxinas manuscritas que miran para min enriba da mesa de traballo— eu sumeille unhas páxinas limiares previas, alén de dispor a edición.
Obxectivamente, teño para min que é unha proposta relevante porque, alén do seu significado como achega crítica que incorpora textos poéticos, ás veces inéditos, cómpre ollala como un exemplo máis do férreo mecanismo de control ideolóxico do franquismo que foi inclemente coa antoloxía, como o foi con outra que organizara Xosé L. Méndez Ferrín por volta de finais dos anos sesenta e que aínda non viu a luz.
Inclemente porque, aínda desde as instancias de certas limitacións coas que Alonso Montero operou, o informe da censura explicitaba un «no publicable» en base a criterios extraliterarios, subliñaba a intención «sediciosa» do autor e editor —publicaríaa Gráficas Tanco de Ourense— e xulgábaa como «atentatoria a la unidad nacional». De todo isto, e máis, falaremos en breve onde corresponda.
Desde os meus afectos, saúde e cante o
merlo, don Xesús.
[Fonte: www.lavozdegalicia.es]
segunda-feira, 23 de fevereiro de 2026
Xesús Alonso Montero, a estela viva do mestre da bufanda vermella
Aspirante a marxista, «ateo grazas a Deus», entusiasta e subversivo, histórico columnista de La Voz, este seguidor do Celta xogou toda a vida o partido da defensa de Galicia
Escrito por Malores Villanueva
Sara escolleu para a derradeira viaxe do pai un dos seus traxes e a bufanda máis vermella do roupeiro; outra púxoa ela mesma, nun xesto entrañable. Sobre a caixa fúnebre pousou unha bandeira do Partido Comunista, no que militaba dende 1962. A miúdo repetía que era apenas un aspirante a marxista, porque era esencial ser moi boa persoa, e el non se cría merecente, malia intentalo cada día. Tamén era moi súa aquela retranca de proclamarse ateo grazas a Deus. Por iso, a súa despedida foi civil, nela familiares e amizades leron os poemas por el escollidos e entoaron a Internacional en galego, o himno obreiro adaptado e abreviado pola súa man, que soou con forza coma no mitin público do Partido Comunista Galego, aló polo 1977, cando todo estaba por construír.
Xesús Alonso Montero (Vigo, 1928-2026) morreu na cidade que o viu nacer, Vigo, ás doce da mañá, porque el detestaba madrugar. Nacera noventa e sete anos antes, un 28 de novembro, na taberna El Recreo, na rúa Urzáiz, e chamárono Suso. Alí servíase o mellor viño do Ribeiro, viño de terruxeira, de terra alta, e xuntábase unha clientela selecta. Tras a sublevación fascista, un daqueles asiduos á chiquita, Ramón González Brunet, membro do Partido Socialista e da UXT, pediulle ao pai acubillo nun dos cuartos que alugaban. Benito Alonso sabía o risco que asumía, mais aceptou. Non tardaron en descubrir o agocho: Brunet foi asasinado xunto a outros compañeiros, entre os que estaba o alcalde da cidade; e o pai do pequeno Suso foi encarcerado e, días despois, trasladado a San Simón. Aquel neno non comprendía por que o seu proxenitor, que non roubara nin matara a ninguén, estaba preso. Tampouco entendía por que asasinaran o señor Adolfo, o panadeiro da beira da taberna, pai do seu amigo Fito. Tardaría anos en comprender, mais cando o fixo, converteu a memoria en tarefa, e non deixou de estudar os escritores deostados polo réxime e devolvelos á luz: Os poetas galegos e Franco. Estudo e antoloxía ou Os escritores galegos ante a Guerra Civil Española (1936-1939).
Despois do vivido, a familia decidiu trasladarse a Ventosela e dedicarse á vida agrícola. O primeiro no que reparou o rapaz foi en que o galego era a lingua natural, e mudou sen resistencia o seu código. Coma os demais, ía roubar os figos ao cura, xogaba ao fútbol, andaba en zocos, traballaba co sacho e falaba galego. Nunha ocasión, un médico equivocouse e diagnosticoulle unha enfermidade no corazón, polo que os pais decidiron que estudase, pois ben sabían que valía para iso. A súa nai, Angelina, soñaba con velo de avogado ou médico. Para entón xa aparecera no seu camiño o mestre Bernardino Graña Refojos, quen lle abriu as portas da literatura, lle emprestou obras de Virxilio e Dostoyesvski e sementou nel unha vocación que non tería volta atrás: estudar Filoloxía Románica. Na aldea ninguén sabía para que servía aquilo, pero correu a voz de que estudaba para diplomático; así que durante un tempo foi o mozo de máis éxito na comarca do Ribeiro, porque a xente pensaba que o Suso ía para embaixador.
Era 1948 e atopábase na estación de Ribadavia cun billete no vagón de terceira que lle custara cento once pesetas. En Madrid foi alumno de Rafael Lapesa e de Dámaso Alonso, e coñeceu a Uxío Novoneyra e a José Ángel Valente. Mais o decisivo foi precisamente aquel encontro con Ben-Cho-Shey —Xosé Ramón Fernández-Oxea—, inspector de Primeira Ensinanza, que falaba galego sempre que tiña ocasión e que o levou ao piso de Fermín Penzol, que, como gustaba dicir, non era unha casa, senón unha biblioteca habitada. Un día pediulle consultar a revista Ilustración Gallega y Asturiana, publicada en Madrid entre 1880-1882. Aquela noite non durmiu, sentía que tocaba coas mans un anaco de historia que lle fora negada.
Licénciase en 1953 con premio extraordinario e realiza a súa tese de doutoramento sobre Curros Enríquez. Mais aquela excelencia académica non foi nunca para el un punto de chegada, senón o inicio dun labor sostido e teimoso. Xa en 1951 publicara o seu primeiro ensaio filolóxico en Galaxia, sinal dunha vocación temperá e firme. Foi, ante todo, un investigador entregado, metódico, por iso repetía, entre serio e irónico, que lle deberían conceder o carné número un da Biblioteca Penzol, onde era habitual atopalo na sala de investigadores, inclinado sobre papeis e documentos, como un máis, ata o final dos seus días.
Os seus estudos centráronse en Rosalía de Castro, Curros, Leiras Pulpeiro, García Lorca, Blanco Torres, nas figuras exiliadas como Luís Seoane e noutras que forman parte do ronsel progresista da nosa tradición. Non buscaba só materia de análise, senón tamén unha ética: aprender deles para transmitir o seu valor. Admiraba profundamente tamén a Machado e a Miguel Hernández, mais a súa produción intelectual non foi só literaria. A recuperación da memoria histórica converteuse tamén nunha tarefa inescusable con obras como as Cartas de republicanos galegos condenados a morte (1936-1948).
Non foi menor a súa faceta de editor. Á fronte do selo galego de Akal, Arealonga, contribuíu a abrir fiestras nun tempo aínda de tebras. Alí publicou o Informe dramático (1973), un texto sociolingüístico en que poñía o acento no esmorecemento da lingua galega. Naqueles anos, algunhas voces cualificárono de alarmista e pouco eficaz, hoxe recoñécese nel non só un texto pioneiro, senón tamén unha lucidez adiantada ao seu tempo. Nesa mesma etapa viu a luz Pedro Petouto. Traballos e cavilacións dun mestre subversivo (1975), o seu único libro de ficción, cun evidente pouso de realidade: o protagonista é un mestre socialista e curioso predicador marxistizante, que se converteu nun espello crítico da sociedade do seu tempo.
Como profesor de Lingua e Literatura Española, exerceu na Escola Normal de Santiago e nos institutos de Palencia e Lugo, cidade esta á que chegou en 1960 e onde viviu dezaseis anos de plenitude. Alí o alumnado lembraba aulas cheas de vida: trazaba no encerado o esquema do que ía explicar e mentres o copiaban podían falar; despois cumpría gardar silencio e atender sen tomar apuntamentos. Era doado aprobar, e para subir nota podían facer traballos en galego. Lugo foi patria íntima, a cidade onde foi máis feliz, a pesar de ser denunciado e condenado ao desterro andaluz.
Maxisterio nas aulas e nos cárceres
Morto xa o ditador, regresou a Vigo para impartir docencia en varios institutos, o último o IES Álvaro Cunqueiro, onde organizou unha saída co alumnado á illa de San Simón, que para el non era só paisaxe, senón memoria. Logo pasou a impartir docencia na universidade, onde engaiolaba pola súa sabedoría, o dominio da palabra, o recitado de poemas e a emoción que puña en cada explicación. Contaba un alumno como un día, a finais dos noventa, o vello mestre chamouno ao seu despacho, quería darlle a foto da ficha de aula dunha compañeira que acababa de falecer e que el sabía que era amiga súa. Grazas a ese xesto puideron incluíla na orla final de carreira.
Tiña o poder de conmover, unha paixón intacta, unha forza desbordante e unha entrega inquebrantable que o fixo ter unha axenda vertixinosa ata hai ben poucas semanas. Nunca dicía que non. Dáballe igual o auditorio, pois sempre estaba disposto a compartir tempo e sabedoría. Contaba con especial emoción as visitas aos cárceres galegos onde atopaba oíntes atentos e agradecidos. Nunha ocasión, na Lama, un rapaz marroquí que falaba un galego fluído entregoulle uns poemas: aquel xesto confirmáballe que a lingua estaba viva. Alonso Montero tamén fixo versos políticos, satíricos e gustaba de cantalos, porque era outra forma de militancia. Con voz vigorosa, entoaba coplas revolucionarias e antifranquistas xunto ás cantigas tradicionais, xunguindo nun mesmo alento memoria e celebración. Foi presidente da Real Academia Galega entre o 2013 e o 2017, e nunca tanto viaxou en tren. Aquel tempo servíalle para conversar, especialmente con xente moza, e se algo o definía era o uso da palabra. O certo é que sempre mantivo parladoiro, o último na Cafetería Verona, en Vigo, onde departía con Gonzalo Allegue, Estro Montaña, José Gómez Alén ou César Cunqueiro. O martes, xa sen el, os seus amigos decidiron xuntarse e honrar a súa memoria. A conversa xirou arredor das historias do vello amigo. Contaba Allegue que, pouco despois de coñecelo, alá polos anos sesenta, lle pedira que o levase dar unha conferencia a Sarria. Á volta solicitou parar, baixou do coche e regresou cunha bandexa de pasteis. Era xeneroso e galdrumeiro, lembraban, gustáballe a torta de Mondoñedo, os doces de Madarro e, en realidade, calquera sobremesa compartida. Coincidimos en que viaxar con el era asistir a un relato continuo. Mesmo nos traxectos máis longos enchía o tempo de historias, como aquela vez en que entrou clandestinamente na URSS cun pasaporte falso a nome de Alonso Quijano, el que era un cervantófilo.
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Botarémolo a faltar os venres nas páxinas de La Voz de Galicia, onde colaboraba dende había máis de tres décadas, e tamén cando teñamos algunha dúbida, porque recorrer á súa memoria era infalible. Queda a súa produción intelectual, crítica e comprometida; quedamos todos os que nos sentimos camiñantes dos vieiros que nos abriu o profesor.
Confesaba ser do Barça e do Celta, pero onde sempre militou foi na Galicia infinda, nas causas xustas, na igualdade. Recibiu premios e distincións, e aceptábaos con gratitude e sorpresa, porque nunca se considerou merecente de nada extraordinario: seguía a ser, por riba de todo, aquel neno de Ventosela que non estudou para diplomático, pero que foi o mellor embaixador da lingua e da cultura galegas. Aínda co corazón nun puño, pero co puño en alto, dicimos: «Ata sempre, mestre!».
[Ilustración: Pinto & Chinto - foto: Xoan A. Soler - fonte: www.lavozdegalicia.e]









