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sexta-feira, 10 de abril de 2026

Daiquiris, pesca, fiestas y libros: Hemingway en Cuba

El escritor estadounidense mantuvo una estrecha relación con la isla. Lugares como La Vigía y El Floridita fueron su refugio.

Ernest Hemingway (en el centro), con Roberto Herrera, Byra Whittlesey, su hijo Jack, Spencer Tracy y su esposa Mary Welsh, en El Floridita de La Habana, hacia 1955.

Escrito por Ramon Vilaró

La vida de Ernest Hemingway estuvo muy ligada a su presencia en Cuba. Sin embargo, el escritor nunca se implicó en los cambios políticos y sociales que le tocaron vivir. Ni en tiempos de dictaduras, como las de Gerardo Machado o Fulgencio Batista, como tampoco en la revolución liderada por Fidel Castro. Hemingway vivía y escribía en su finca La Vigía, pescaba en aguas del Golfo y bebía daiquiris en El Floridita. Entre sus amistades en la isla no figuraban ni escritores ni intelectuales cubanos, aunque sí pescadores, boxeadores, vecinos del pueblo de San Francisco de Paula o estrellas de cine que le visitaban desde Hollywood. Era un hombre aventurero, que siempre iba a su aire, y sus vivencias cubanas tampoco le cambiaron. Pero La Habana fue su lugar de trabajo, diversión, aventuras y escarceos mujeriegos durante más de dos décadas, y donde se inspiró para algunas de sus obras. 

Mi interés por Ernest Miller Hemingway (Oak Park, Chicago, 1899 - Ketchum, Idaho, 1961) lo despertó sobre todo su trayectoria periodística. Fue su oficio el que le llevó hasta las más altas cotas de la literatura —ganó el Nobel en 1954—, a través de sus experiencias como cronista y corresponsal de diarios norteamericanos, sobre todo en la Europa de entreguerras. Y, en especial, sus crónicas durante la guerra civil española publicadas en varios diarios asociados a la North American Newspaper Alliance (NANA) y, más tarde, en la revista Esquire. Cuatro décadas de centenares de reportajes, de cuya lectura en la selección publicada por William White en la editorial Touchtone, By-Linepodemos extraer un principio: para escribir buenas historias hay que vivirlas. Pisar el terreno y tener el don hemingwayano de resumirlo en una crónica o extenderlo hasta un libro. Compré By-Line en una de mis visitas a la casa-museo de Hemingway en Cayo Hueso, Florida, regalo del padre de su primera esposa, donde el escritor vivió unos años y desde donde descubrió Cuba, país en el que acabaría residiendo durante más de 20 años, con varios intervalos, casi hasta su trágico suicidio con su escopeta de caza, a los 62 años de edad.  

“Hemingway llegó a La Habana por vez primera en 1928 procedente de Europa, en una escala hacia Estados Unidos. Volvió después con su amigo Joe Rusell, propietario del bar Sloppy Joe’s, en Cayo Hueso, en una de sus excursiones de pesca de la aguja”, me explicó Ciro Bianchi Ross, autor, entre otros libros, de Tras los pasos de Hemingway en La Habana. Descubrir el encanto de la capital cubana fue un flechazo para el periodista estadounidense. Aunque, en realidad, el amor a primera vista lo tuvo al conocer a la joven Jane Mason, esposa del director de la línea aérea Pan American en La Habana. La ciudad era entonces un bullicio de diversión y alegría para quienes podían permitírselo. Eran tiempos de la Ley Seca en EE UU y las excursiones de pesca en el yate de Joe Russell regresaban a Cayo Hueso, solo a 90 millas de La Habana, con peces espada, y también ron de contrabando. 

Joe Russell y Ernest Hemingway, posando con un marlín, en La Habana, en 1932. ERNEST HEMINGWAY COLLECTION/JFK PRESIDENTIAL LIBRARY AND MUSEUM

A primeros de 1930, Hemingway decidió pasar temporadas en el Hotel Ambos Mundos, en la calle Obispo, cercano al puerto y al meollo de La Habana Vieja. Allí vive, escribe y disfruta de las vistas desde el quinto piso, en la habitación 511, que aún hoy puede visitarse. Fue en una de sus noches alegres en el Cabaret Sans Souci cuando el periodista y escritor conoció a Mayito Menocal, el playboy adinerado hijo de uno de los generales de la Independencia de Cuba. Con él realizó múltiples escapadas a la zona casi selvática de Romano, aventuras de pesca y batidas de caza —acompañado por Jane Mason

En esta época, Hemingway —que era corresponsal del diario canadiense Toronto Daily Star en la capital francesa, la cual sería escenario del libro París era una fiesta (1964)— ya era un escritor conocido. Su novela Fiesta (1926), con trama de amores, aventuras y toreros ambientada en los Sanfermines de Pamplona, había sido un éxito. Pero, fue sobre todo Adiós a las armas (1929), basada en su participación en la Primera Guerra Mundial como conductor de ambulancias, la que le lanzó a la fama. 

La Habana se convirtió en su base de operaciones, con breves estancias en el Hotel Sevilla, y más largas en el Hotel Ambos Mundos, antes de alquilar la finca La Vigía, a 12 kilómetros del centro de la capital cubana, que el escritor acabaría comprando con los beneficios de llevar al cine Adiós a las armas

“Es cuando recibe los honorarios de su adaptación al cine cuando decide hacer construir su yate El Pilar y comprar La Vigía, que debe su nombre al hecho de haber sido un fuerte español, por estar situado en una loma con esplendidas vistas”, dice el biógrafo Ciro Bianchi.  

Visité por primera vez La Vigía a mediados de 1990, cuando todavía debías esquivar gatos en su escalinata. Paseando por su interior y casi palpando su librería, pude contemplar la tarima donde escribía manualmente de pie, la mesa del despacho con la máquina de escribir Corona, la cabeza disecada de un león o una copia de La masía, el cuadro que el periodista le compró a Joan Miró en París, transportado desde su estudio a su casa en el techo de un taxi parisino y que actualmente es propiedad del National Gallery of Art, en Washington, tras su donación por parte de Mary Hemingway en 1987. 

Hemingway, comiendo con amigos en La Vigía, su casa de Cuba. ERNEST HEMINGWAY COLLECTION/JFK PRESIDENTIAL LIBRARY AND MUSEUM

Regresé en otras dos ocasiones a La Vigía, 20 años después, para realizar el documental Constante y El Floridita de Hemingway. Fue de la mano de Ciro Bianchi. Entonces ya no era posible deambular por su interior. Una avalancha de turistas se dedicaba a fotografiar la finca, el jardín, el torreón anexo donde dicen que escribía (aunque al parecer los destinaba a otros menesteres), la piscina ahora vacía (donde se bañaba Ava Gardner desnuda) y el varado yate Pilar, con el que tantas aventuras de pesca y amoríos protagonizó Hemingway y que, según Bianchi, tomó su nombre de la Virgen del Pilar, ya que el periodista se convirtió al catolicismo. 

“Aquí no entra nadie que no sea invitado”, recordó Bianchi al citar el ambiente que se vivió en La Vigía de Hemingway. “Él recibía a artistas de Hollywood, pelotaris, toreros, boxeadores, pero a escritores no. No le gustaban…”, citó Bianchi. Fruto de su pasión por el boxeo, Hemingway entabló amistad en París con el púgil Kid Tunero, a quien definió como “el atleta más completo” que ha dado Cuba. “Si aún quedan caballeros en la Tierra, Tunero es uno de ellos. Recto, lacónico, sencillo; es simple y puro como el pan, como el oro”, escribió Hemingway, según cita Xavier Montanyà en su libro Kid Tunero. El caballero del ring. El boxeador cubano —que desarrolló parte de su carrera en Barcelona, donde, tras hacerse famoso como el hombre de un solo golpe, murió en 1992—  pasó largas temporadas en La Vigía, sobre todo cuando Hemingway viajaba por Europa o África. 

Eran tiempos en que Hemingway había vuelto de su misión como corresponsal en la guerra civil española. Fue en esa contienda cuando se enamoró de su tercera esposa, la periodista Martha Gellhorn, y donde ambientó la novela Por quién doblan las campanas (1940) y rodó un documental que se visionó en la Casa Blanca, bajo la presidencia de Theodore Roosevelt. El escritor había tomado parte en alguna batalla el lado de los republicanos españoles, a quienes intentó ayudar, sin conseguirlo, enviado ambulancias desde Estados Unidos. Fue, quizás, por esa actitud militante que el FBI, bajo el mando de Edgar Hoover, tenía bajo su lupa las actividades de Hemingway en La Habana.  

Entre los muros de La Vigía, se montaron fiestas, juergas e, incluso, dicen que conspiraciones contra las tramas de cubanos, alemanes e italianos que durante la Segunda Guerra Mundial veían con simpatías la ofensiva de Hitler en Europa, según relató el escritor cubano Enrique Cirules en su libro Hemingway, ese desconocido. 

Hemingway, escribiendo en su estudio de La Vigía, en Cuba. ERNEST HEMINGWAY COLLECTION/JFK PRESIDENTIAL LIBRARY AND MUSEUM

Hemingway tuvo escarceos con el poder político cubano cuando el presidente Ramón Grau San Martín mando un pelotón militar a La Vigía con el fin de detenerlo. Le requisaron armas de caza. Él no se encontraba ahí, al haber sido alertado por su médico y amigo, el doctor José Luís Herrera Sotolongo, que se exilió a Cuba en 1941 después de ser comandante cirujano del ejército republicano en la guerra civil española. 

En La Vigía, Hemingway creó la denominada Crook Factory (fábrica de maleantes), integrando a un variopinto grupo de personajes que se inquietaban por la deriva autoritaria del Gobierno cubano. Y, sobre todo, por las eventuales relaciones de los dirigentes de la isla con la Alemania nazi, cuyos submarinos operaban en aguas del Golfo, torpedeando navíos estadounidenses. Fue cuando Hemingway, a bordo de su yate Pilar, realizó incursiones en los Cayos, en especial en la zona de manglares y recodos de Camagüey, con la esperanza de cazar algún submarino, o tripulantes que salieran a la superficie en busca de agua fresca o alimentos. Algo que nunca logró, pero que inspiró su novela póstuma Islas en el Golfo (1970). Unas largas ausencias que, además, contribuyeron a que su tercera esposa, Gellhorn, abandonase La Vigía. 

Hemingway, a bordo del yate 'Pilar'. KEYS LIBRARIES/IDA WOODWARD BARRON COLLECTION

Eran tiempos, además, en los que La Habana era el epicentro de la expansión del crimen organizado en la isla caribeña. Los casinos, prostíbulos y trafico de drogas crecieron después del cónclave de las familias de la mafia estadounidense celebrado en 1946 en el Hotel Nacional, frente el Malecón. Dejaron al astuto Meyer Landsky, el hombre de confianza de Lucky Luciano, al mando de los negocios mafiosos tejiendo una trama con el poder, en especial con Fulgencio Batista, a cambio de sustanciosos sobornos. Es probable que Hemingway se cruzara más de una vez con capos mafiosos en el bar-restaurante El Floridita, el sitio de moda en aquellos alocados años habaneros. 

Ernest Hemingway escogió El Floridita desde sus primeras visitas a La Habana y lo convirtió en su lugar favorito. Pronto tuvo su rincón reservado, en la curva al final de la gran barra de caoba, donde escribía en su cuaderno entre daiquiri y daiquiri. Se los preparaba el propietario y maestro coctelero, el catalán Constante Ribalaigua, que había llegado con 14 años desde su Lloret de Mar natal para hacer fortuna en Cuba.  

Ribalaigua había reinventado el daiquiri. La bebida creada por el ingeniero norteamericano Thomas Cox a principios del siglo XX —y a la que dio el nombre de las minas de Daiquiri, cerca de Guantánamo— estaba compuesta de ron, zumo de limón y azúcar. El barman catalán lo dosificó y añadió hielo picado gracias a la llegada de la batidora desde Estados Unidos. También agregó unas gotas de marrasquino, un licor de cerezas blancas, que amalgamaba las dosis exactas del célebre daiquiri frappé creado por Ribalaigua. Entre otros barmans, y quizás socios iniciales, de El Floridita había otro personaje con raíces familiares en Lloret de Mar, aunque nacido en La Habana, que era Miguel Boadas quien, en aquellos años treinta, decidió viajar a Barcelona y fundar la mítica coctelería Boadas, que aún existe en una esquina casi al principio de las Ramblas. 

Constante Ribalaigua, el maestro coctelero de El Floridita, el bar favorito de Hemingway en Cuba

“¿Le gustó?”, dicen que preguntó Constante a Hemingway tras servirle uno de sus daiquiris. “Para mi gusto, no”, dicen que respondió el escritor, que era diabético, apuntando sus preferencias por un cóctel con más ron y sin azúcar, antes de dirigirse al servicio. “Cuando regresó, Constantino le había preparado, en una copa más grande, un daiquiri sin azúcar, con doble de ron y zumo de toronja y le dijo: “Aquí tiene el daiquiri, Papá Doble Hemingway”, me contó el presidente de los Cocteleros de Cuba, el amigo José Rafa Malem, ofreciéndome un Papá Doble Hemingway, sentado al lado de la escultura del premio nobel de literatura, obra del escultor José Villa Soberón, sin duda la más fotografiada por los visitantes a La Habana. 

En la pared al lado de la escultura hay un pequeño busto de Hemingway. “Se la hicieron los trabajadores de El Floridita cuando le dieron el Premio Nobel”, me contó Bianchi. “Es demasiado honor”, dicen que les respondió Hemingway cuando vio aquel homenaje, en un momento en que no daba entrevistas, pero continuaba acudiendo a su rincón en la barra del bar. Hay también, al lado del busto, una foto de Hemingway con Fidel Castro.

Escultura de Hemingway en el bar El Floridita de La Habana, Cuba. FLICKR/FRANCK VERVIAL CC BY-NC-ND 2.0

“Hemingway nunca se acercó al mundo de la cultura cubana”, me dijo el actor Jorge Perugorría, protagonista, entre otras películas, de Fresa y chocolate. “Solo después del triunfo de la Revolución se hizo aquellas fotos con Fidel, después de un trofeo de pesca en estas aguas”, añade el actor sentado en su jardín frente a las aguas de la Marina Hemingway, en las cercanías de La Habana, cuyo barrio y club náutico fueron bautizados en honor del escritor. “A sus amigos los traía de Hollywood y se los llevaba de fiesta a La Vigía, a El Floridita o de excursión marina hacia los Cayos. Todo era como una película. Y Hemingway era como un Marlon Brandon literario dentro de aquellas películas”.

En Adiós, Hemingway, el escritor Leonardo Padura relató la vida en La Vigía, sobre todo los últimos tiempos, cuando en la trama novelesca aparece un cadáver, quizás de un agente del FBI, y tras una serie de aventuras Hemingway decide abandonar La Habana. El protagonista del libro es un niño que, sorprendido de ver a tan popular personaje en Cojímar, pequeño puerto a unos 20 kilómetros de la capital cubana, le dice adiós con la mano, poco antes de que el escritor abandonase definitivamente la isla. 

Y es que “Papá Hemingway” se hizo querer por los cubanos. Así lo demostraron los humildes pescadores de Cojímar cuando el escritor publicó El viejo y el mar (1952). La obra llegó después del fracaso de su anterior novela, Al otro lado del río y entre los árboles (1950), cuando críticos y público le dieron la espalda. Incluso consideraron que Hemingway había agotado su inspiración. El viejo y el mar tuvo un éxito fulgurante. Ganó el premio Pulitzer en 1953 y, quizás, fue la puntilla para distinguirlo con el Nobel un año después. Su discurso al recibirlo fue de extrema brevedad, unas 20 líneas, para acabar diciendo: “Como escritor he hablado demasiado. Un escritor debe escribir lo que tiene que decir y no decirlo. Nuevamente se lo agradezco”. 

También lo agradecieron los pescadores de Cojímar erigiendo en la plaza del pueblo un busto de Hemingway en bronce fundido procedente de viejas anclas y hélices de barcos, porque no tenían dinero para comprar cobre. El escritor se inspiró para su novela en el viejo pescador solitario Anselmo Hernández y en las técnicas de pesca del patrón del Pilar, su amigo Gregorio Fuentes, que murió a los 104 años de edad. Degustar un pez espada a la parrilla en el restaurante La Terraza evoca los tiempos del Hemingway marinero y pescador. 

Hemingway Carlos Gutierrez en el Pilar 1934 ERNEST HEMINGWAY COLLECTION JFK PRESIDENTIAL LIBRARY AND MUSEUM

De El viejo y el mar, otro premio Nobel, William Faulkner, escribió que en esta novela corta Hemingway “había encontrado a Dios”. El periodista cubano Fernando G. Campoamor, uno de los pocos amigos de Hemingway, fue más poliédrico al relatar: “Hemingway sabía de química y de geografía, de numismática y economía, de historia militar y de violines, e inventó el daiquiri especial al igual que inventó el monte Kilimanjaro, el idioma inglés y los costeros”. La cita aparece en el libro Memoria oculta de La Habana, de Ciro Bianchi, donde se recuerda también que los 5.000 dólares que pidió Hemingway para la edición en español de la novela en Cuba los donó al hospital de leprosos de El Rincón.  

Tampoco hay que olvidar que, tras recibir el Nobel de Literatura, Hemingway ofrendó su medalla a la Virgen de la Caridad del Cobre, la venerada patrona de la isla. “Este premio pertenece a Cuba, porque mi obra fue pensada y creada en Cuba, con mi gente de Cojímar, de donde soy ciudadano. A través de todas las traducciones está presente esta patria adoptiva donde tengo mis libros y mi casa”, escribió Hemingway.  

Sin embargo, la gran novela de Hemingway ambientada en Cuba estaba por llegar. El escritor dedicó años a escribir su gran novela con trama cubana durante la Segunda Guerra Mundial, pero que no vería la luz hasta casi 10 años después de su muerte, muy retocada y algunos hasta dicen censurada, bajo el título Islas en el Golfo. Curiosamente, cuando el libro se adaptó el cine, la trama se ambientó “en algún lugar del Caribe”, sin referencias explícitas a Cuba. La explicación, quizás, se deba a que Fidel Castro ya llevaba más de una década en el poder y se habían roto las relaciones entre la isla y EE UU. Un Fidel Castro que, por cierto, en más de una ocasión se había referido a Por quién doblan las campanas durante sus tiempos de guerrillero en Sierra Madre, antes de derrotar la dictadura de Batista. 

Fidel Castro y Ernest Hemingway, en los años cincuenta, en Cuba

Los grandiosos daiquiris que preparaba Constante, que no sabían a alcohol y daban la misma sensación, al beberlos, que la que produce al esquiar barranco abajo por un glaciar cubierto de nieve en polvo, después del sexto u octavo, la sensación de esquiar barranco abajo por un glaciar cuando se corre sin la cuerda”, escribió Hemingway en la mente de Thomas Hudson, el protagonista de Islas en el Golfo, su novela más autobiográfica. 

Dicen que Hemingway podía tomarse hasta una decena de daiquiris en sus tardes y noches en El Floridita. “Después se hacía preparar el ‘daiquiri del camino’, en una gran botella envuelta en corcho para que no se calentara camino con su chófer hacia La Vigía”, me contó Ciro Bianchi. Lo cierto es que Hemingway legó su fama tanto a El Floridita como a Constante. Tal era el apego y amistad del escritor con el barman que asistió a su entierro en diciembre de 1952.  

“Hemingway también fue el único hombre que fue al entierro de Leopoldina Rodríguez, una prostituta a la que dio el nombre de Liliana la Honesta en su novela póstuma”, me recordó Bianchi, destacando que Hemingway le pagaría los estudios a una de las sobrinas de esa bella mujer cubana. Así era el carácter del escritor. Cercano con los humildes y distante con los poderosos en sus vivencias cubanas. 

Si desean rendirle homenaje lean, o relean, cualquiera de sus novelas tomándose a su recuerdo unos daiquiris “Papá Doble Hemingway”.  

Pueden acompañarlo con la música de la canción ‘Floridita’, del Trío Taicuba:

 

¡Salud y larga vida a la obra literaria del gran Ernest Hemingway!

 

[Fuente: www.coolt.com]

quarta-feira, 11 de março de 2026

La muerte de Alfredo Bryce Echenique, el escritor que sabía reírse de sí mismo

El autor de “Un mundo para Julius”, irónico retrato de la frivolidad y las contradicciones de la clase alta limeña, fue una especie de “oveja negra” de la literatura latinoamericana.

Bryce Echenique vivió buena parte de su vida entre Francia y España.

Escrito por Silvina Friera   

“Yo escribo con humor para que duela menos”. Alfredo Bryce Echenique repetía su lema existencial con su tonada peruana en estado de reposo, sin ademán de tristeza, pero quizá con un dejo de melancolía. El autor de esa obra maestra que es Un mundo para Juliussarcástico retrato de la frivolidad y las contradicciones de la clase alta limeña, que murió el martes a los 87 años, descendía del último virrey del Perú y era nieto de un expresidente.   

El humor de Bryce, adorable “oveja negra” de la familia en la que nació y de la literatura latinoamericana también, estaba basado más en la observación que en la producción automática de la risa. Como él afirmaba (y pedía disculpas por la falta de modestia), era un humor inteligente que no se mofa de las flaquezas, torpezas o ambigüedades de los otros. Basta con recorrer su obra para comprobar que nunca se burló de los personajes, que no ve la paja en el ojo ajeno sino la viga en el propio, como postula el refrán bíblico. No le gustaba la carcajada fácil, le parecía violenta y decía, con esa sutil agudeza que lo caracterizaba, que al reírse fuertemente se le cierran los ojos y termina no viendo nada.   

El humor y la ironía, modesto patrimonio de un puñado de escritores periféricos o reticentes a la canonización como lo fue Bryce, empieza por casa: “Primero hay que reírse de uno mismo”. A pesar de que las fotos lo muestran mortalmente serio –tal vez fuera cierta timidez congénita, una pátina de tristeza o fastidio hacia la exhibición, como quien busca esconderse en el gesto adusto hasta que lo peor haya pasado–, nunca estuvo incluido en el pelotón solemne del boom de la literatura latinoamericana, encabezado por Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Era demasiado insolente; un escritor de frontera que se movía entre un mundo judío y católico. “Siempre he estado, como dicen los franceses, entre dos sillas y con el culo en el suelo. Yo era muy incómodo, no me dejaba incluir o clasificar fácilmente”, dijo en una entrevista con Página/12. Por sensibilidad, Bryce no soportaba el machismo y nunca se integró a los machos de la sociedad peruana.

 

Nació en Lima el 19 de febrero de 1939, en el seno de una familia de banqueros. El padre de Bryce hizo todo lo posible para su hijo no fuera escritor; imaginaba un destino irrevocable en las finanzas o una carrera como abogado. Su madre, en cambio, lo apoyó y acompañó en esa tarea compleja que fue escribir contra la voluntad del padre. Estudió Derecho en la Universidad Nacional de San Marcos, donde luego cursó la carrera de Letras. En 1968 obtuvo una mención en el certamen Casa de las Américas de Cuba por su primer libro de cuentos Huerto cerrado, una docena de relatos en los que explora las experiencias vitales de un personaje llamado Manolo, atravesadas por el amor, la soledad y los contrastes sociales. En esos primeros cuentos despliega el embrión del universo temático que luego cristalizará en sus novelas.  


Dos años después publicó Un mundo para Julius, que lo convirtió en un autor central de la literatura latinoamericana y a la vez periférico respecto del boom. La perplejidad del niño Julius y la construcción de la mirada y la voz se distinguen en esta trama donde Julius anda metido entre la servidumbre, conversando con el jardinero o el chofer, con cualquiera menos con los miembros de su familia y de su clase social. Julius, hacia el final de la novela, será expulsado del paraíso de la infancia de manera dolorosa y quedará “llenecito de preguntas”.   


En la narrativa de Bryce no hay “ganadores”; más bien explora los personajes desclasados, marginales, antiheroicos, solitarios y desarraigados; sujetos que observan el mundo que los rodea desde la periferia. Pedro Balbuena, el protagonista de su segunda novela, Tantas veces Pedro (1977), “un rematado loco de amor y de la amistad hasta sus últimas consecuencias”, según Bryce, representa el paradigma de una peruanidad extraviada, un personaje arquetípico que deambula por la vida sin un sentido real de pertenencia. Muchos críticos y lectores establecen un parentesco entre Pedro y Martín Romaña, el protagonista de La vida exagerada de Martín Romaña (1981)una novela de corte autobiográfica en la que narra las aventuras y desventuras de Martín Romaña en el París bohemio y revolucionario de mayo del 68. Entre viejos mitos que no se corresponden con la realidad, el personaje se da cuenta de que “a la Ciudad Luz se le han quemado los plomos”. La capital francesa le resulta provinciana y mezquina. “Claro, el pelotudo de Hemingway se lo trae a uno de las narices a París con frasecitas tipo éramos tan pobres y tan felices, gringo cojudo, cómo no se te ocurre poner una nota a pie de página destinada a los latinoamericanos, a los peruanos en todo caso, una cosa es ser pobre en París con dólares y otra cosa es con soles peruanos”, se lee en esta magnífica observación. Sabía, por experiencia propia, lo que significa no encajar en ninguna parte como limeño perdido en París o como limeño que se siente sapo de otro pozo en su ciudad natal. Como sucede también con Max Gutiérrez, el hipocondríaco protagonista de Reo de nocturnidad, un profesor peruano de literatura en el sur de Francia que padece mal de amores y un severo insomnio.


“El más grande narrador humorístico peruano”, como lo definió Julio Ramón Ribeyro, otro gigante de la narrativa peruana, vivió buena parte de su vida entre Francia y España, un “exilio voluntario” que se extendió durante 34 años. Se doctoró en la Sorbona de París y ejerció la docencia en las universidades de Vincennes, Nanterre, La Soborna y Montpellier. Recibió numerosos premios, entre los que se destacan el Premio Nacional de Literatura de Perú en 1972 por Un mundo para Julius, el Premio Nacional de Narrativa en España por Reo de nocturnidad en 1998, el Premio Planeta por El huerto de mi amada en 2002 y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances que otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2012. El autor de La amigdalitis de Tarzán (1997), la historia de amor entre un cantautor peruano residente en París y una salvadoreña de clase alta, anunció que su obra estaba cerrada y se despedía de los lectores en 2019, cuando publicó el tercer tomo de Permiso para retirarme. Antimemorias, volumen en el que recuerda sus años como profesor en París; las idas y vueltas con las mujeres de su vida; el encuentro con Joaquín Sabina en Lima, una noche en la que casi “nos matamos a botellazos” y su amistad con Julio Ramón Ribeyro. Antes había publicado Permiso para vivir (1993) y Permiso para sentir (2005). 


Una denuncia de plagio en 2006 afectó la reputación de este narrador extraordinario. En 2009, un tribunal peruano lo condenó a pagar una multa de 53.000 dólares por el plagio de 16 artículos. El escritor buscó demostrar que esos textos habían sido publicados sin su autorización y argumentó que la intención era desprestigiarlo por su férrea oposición al expresidente peruano Alberto Fujimori. Finalmente, fue absuelto en 2019. El iluso activo que andaba por la vida “ligero de equipaje”, pero “pesado de ilusiones”, como confesó en sus antimemorias, fue uno de los pocos escritores latinoamericanos que supo tomarse el pelo a sí mismo para digerir la crudeza de la vida o para iluminar el lado absurdo y cómico de lo dramático. Todo duele menos cuando se lo lee a Bryce, un escritor que narraba como los dioses. Que escribía con el oído y con el corazón. 

[Foto: EFE - fuente: www.pagina12.com.ar]

terça-feira, 24 de fevereiro de 2026

Gospodínov, exhumando sen fin a biblioteca do ADN e o mito

Chega este luns ás librerías a novela do autor búlgaro «Física da tristeza», na que explora o labirinto da historia familiar a través da idea do abandono

O minotauro. Á esquerda, o escritor Gueorgui Gospodínov. Á dereita, conxunto escultórico de Teseo abatendo ao minotauro, realizado polo artista veneciano Antonio Canova entre 1781 e 1783 no seu taller de Roma. 


Escrito por Héctor J. Porto

«Con todas as probas que apuntan a que a historia do últimos catro mil millóns de anos está escrita no ADN dos seres vivos, a frase “o universo é unha biblioteca” deixou de ser unha metáfora. Imos necesitar un novo alfabeto. Temos moita lectura por diante. Cando don Jorge Luis imaxinábase o paraíso como unha biblioteca sen inicio nin fin, probablemente, sen sospeitalo, xa pensaba nos estantes infinitos do ácido desoxirribonucleico. Eu son libros». Esta afirmación de identidade do escritor búlgaro Gueorgui Gospodínov (Yámbol, 1968) extraída de Física da tristeza —novela publicada no 2011, traída ao español no 2018 polo selo Fulgencio Pimentel e agora rescatada por Impedimenta na tradución revisada de María Vútova que chega este luns ás librerías— é unha dobre declaración de principios na súa condición de exhumador maior desa biblioteca inabarcable, un universo cheo de intersticios, e de postulante a herdeiro privilexiado de Borges, amante do préstamo, o roubo, o equívoco, a invención, o dobre, o grotesco, o soño, o xogo.

Coa súa hábil pluma, aguzosa aos xiros, saltos e conexións máis sorprendentes, eríxese en narrador omnisciente e libérrimo cuxo territorio é un grande arquivo íntimo, familiar e colectivo, unha arquitectura imposible cun paradigma que é o labirinto de labirintos, onde o fío de Ariadna non é un. Só el con ese talento precioso e innato é apto para saír indemne de tal aventura, deslizándose cómodo entre circunvoluciones e anfractuosidades, guiado pola idea do abandono do minotauro no soto como infante con cabeza de touro. «A historia da familia pode narrarse —anota— a través dos abandonos duns cantos nenos. A historia do mundo tamén [...] No comezo de todo, xa o dixen, hai sempre un neno ao que guindan a un soto».

Tras ese neno marchará Gospodínov, que posúe un don gravoso —unha empatía en grao superlativo— para introducirse nos recordos alleos, asegura, aínda que se garda de presumir, quizá para protexerse. E así procede co seu avó, por exemplo. Xa sexa cando aos tres anos foi esquecido —conscientemente— no muíño, porque a súa bisavoa entendeu que non podía alimentar a todos os seus fillos. Xa sexa o seu avó dous decenios despois, ferido na Segunda Guerra Mundial nun pobo húngaro e escondido e curado nun soto por unha boa samaritana á que rematará por amar culposamente. Tamén o avó que, como adolescente, pérdese na feira e acaba na carpa en que exhiben ao monstro, un muchachito con rostro bovina, o verdadeiro minotauro do labirinto, ao que o neno recoñece como un igual, máis humano que besta: «Hai nel unha tristeza que non posúe ningún animal», unha melancolía, por certo, que envolve amablemente boa parte do relato e das literaturas de Gospodínov.

Ese ser, metade home, metade touro, introduce a narración no mito mediante unha multitude de voces ás que mágicamente dá vida o propio narrador, inmerso no seu propio labirinto, polo que se despraza sen temor e rico en descubrimentos, en confesións, en achados doutros. «Eu somos», proclama Gospodínov. E hai que crelo como fe, verdade incuestionable, literaria e gozosa. Porque o lector entrará nun camiño abarrotado de prodixios inesperados, nunha viaxe nova, fragmentario, pero, sobre todo, rebosante de emoción.

Como di Hemingway en París era unha festa nunha das citas con que Gospodínov abre a novela: «Se o lector o prefire, pode considerar o libro como obra de ficción...»; e a ela engade unha máis da súa trasunto filosófico Gaustín: «Os xéneros puros non me interesan moito. Non hai raza aria na novela».

Penétrese, lector, sen medo, no labirinto. E goce.


[Imaxe: Impedimenta - fonte: www .lavozdegalicia.es]

sábado, 14 de fevereiro de 2026

«Intrús en la pols»: sempre Faulkner

 

La història d’un negre, Lucas Beauchamp, aparentment involucrat en l’assassinat d’un blanc

William Faulkner | Wikimedia Commons

Escrit per Joan Garí

Traducció de Manuel de Pedrolo

William Faulkner, com tots els grans, era un escriptor profundament local, i és precisament per això que les seues pàgines són ara universals. Nascut a New Albany (Mississipi), al Sud profund, va situar la majoria de les seues novel·les en un territori inventat, però perfectament reconeixible: el comtat de Yoknapatawpha.

En aquest lloc mític la gent caçava raboses, tenia destil·leries il·legals, plantava cotó o tabac, reverenciava els herois derrotats de la Guerra de Secessió i, si un negre plantava cara a un blanc, se l’impregnava de gasolina i s’hi feia una bella foguera.

Faulkner, a diferència de molts dels seus conciutadans, no era racista. Ben al contrari, pensava que els negres havien de tindre els mateixos drets que els blancs, però no volia que cap setciències del Nord baixara a ensenyar-los urbanitat racial, ni encara menys a obligar-los a comportar-s’hi decentment.

Les obres de Faulkner són conegudes pel seu experimentalisme. Tot i ser contemporani dels grans autors de la Lost Generation –Hemingway, Fitzgerald, Dos Passos–, la complexitat de la seua sintaxi i dels seus mecanismes narratius el situen com el més innovador de tots en el terreny formal. A això cal sumar el seu món propi, arrelat en les històries del Sud irredempt, com la que ens va voler contar en Intrús en la pols.

William Faulkner, Intrús en la pols, L’Agulla Daurada (2025)

A diferència d’altres títols seus, com ara Absalom, AbsalomIntruder in the Dust no porta al límit l’experimentació literària. Faulkner ens hi vol narrar la història d’un negre, Lucas Beauchamp, aparentment involucrat en l’assassinat d’un blanc. Per salvar Lucas, un trio una mica insòlit–Chick Mallison, un adolescent idealista–, el seu oncle advocat i una velleta septuagenària duran a terme una perquisició minuciosa pel territori de la comarca.

Lucas, que és un tipus orgullós, esquerp i gens procliu a fer reverències als blancs, està custodiat a l’oficina del xèrif per un tal Will Legate. Aquest té clar que, en l’instant exacte en què una turba vinga a linxar Lucas, ell no hi tindrà res a fer. En qualsevol moment algú de la família del mort es plantarà al seu davant i li dirà: “Surt del mig, Will Legate, hem vingut a buscar el negre”.

Tot i que la traducció de Manuel de Pedrolo que recupera aquesta edició, actualitzada per Carles Miró i Núria Bendicho és molt correcta, era difícil atrapar el sabor primigeni –col·loquial, dialectal, profundament despectiu– dels diàlegs originals: “Git out of the way, Will Legate. We’ve come for that nigger” (cite per l’edició de Random House, 1948). No cal abundar en la connotació que el terme nigger tenia –i té als Estats Units.

A pesar que l’estil d’aquesta obra pot ser considerat –per als estàndards de Faulkner– conservador, no deixa de ser una novel·la seua. Llegim, per exemple, aquest paràgraf:

“I va recordar com l’oncle (assegut a l’altre costat de la taula, on es prenia el cafè) havia dit que no és necessàriament menjant que l’home s’obre camí en el món, però que per l’acte de menjar, i potser només gràcies a aquest acte, entra i s’instal·la en el món, no a través, sinó a dins, furgant en la desbordant solidaritat del món tal com una arna en la llana, mitjançant l’acte físic de mastegar, s’empassa la substància de la trama i de l’ordit, i així, fabricant, traduint, en algun lloc d’ell mateix i de la seva memòria, tota la història de l’home o potser fins i tot renunciant-hi gràcies a la masticació, abandonant, menjant-se-la per endurir-se, aquella cosa minúscula, orgullosa i plena de vanitat que ell anomena la seva memòria, el seu jo i el seu Soc”.

Si em permeteu la broma, és exactament el mateix que Feuerbach, en un dia d’inspiració, va resoldre en una frase molt més curta, un aforisme tan citat, tergiversat, explotat i prostituït en la seua eixuta rotunditat: “Som el que mengem”.

Siga com siga, la crida antiracista de Faulkner, servida en el seu estil insubornable i complex, va fer el seu efecte: als anys 60, el moviment pels Drets Civils reclamarà socialment el que la consciència individual de l’escriptor havia abanderat enmig de l’hostilitat jactanciosa dels seus paisans.

 

[Font: www.laveudelsllibres.cat]

Un film dimenticato: «Train Dreams» di Clint Bentley

 


di Michele Anselmi

Temo che su Netflix l’abbiano visto in pochi, anche a causa del titolo poco accattivante: Train Dreams. Ma è uno dei più bei film che abbia visto negli ultimi mesi, anche se certo non è di quelli di cui si parla a cena o si raccomandano agli amici. L’ha scritto e diretto un 41enne americano, Clint Bentley, ispirandosi a una novella di Denis Johnson, scrittore nato in Germania ma cresciuto negli Stati Uniti. Magari aiuta aver letto certi racconti di Ernest Hemingway, ricordare il romanzo Walden ovvero Vita nei boschi di Henry David Thoreau o amare Vite di uomini non illustri del nostro Giuseppe Pontiggia, ma forse invece no: basta lasciarsi andare all’andamento lento, contemplativo ma non noioso, di un film che ripercorre quasi ottant’anni di vita di un Signor Nessuno, ovvero il taglialegna e operaio ferroviario Robert Grainier, nato nel 1886 circa e morto nel 1968.

 

Rimasto orfano in giovanissima età, approdato nell’Idaho e cresciuto nell’indifferenza di tutti, il giovane uomo è un boscaiolo taciturno capace di fare i lavori più diversi, benvoluto per il suo carattere mite ma come invisibile alla società. Finché l’intraprendente Gladys Olding non fa il primo passo, vincendo la timidezza dell’uomo. Ne nasce un amore tenero e appassionato, con lui costretto spesso ad allontanarsi per lavorare a ritmi massacranti con la Great Northern Railway e lei che cresce la piccola Kate nella casetta di legno costruita accanto a uno stagno.

Ogni volta che si rivedono, dopo mesi, è come se fosse amore a prima vista, e intanto la bambina cresce e i due progettano nuove attività nel campo del legname e dell’agricoltura. Ma nel 1920, tornando dopo un ultimo ingaggio nei boschi, Robert troverà la sua casa ridotta in cenere a causa di un micidiale incendio e nessuno saprà dirgli nulla della fine fatta dai suoi cari. Sono morti bruciati vivi? Sono scampati miracolosamente all’inferno?

Train Dreams è un film meditabondo e profondo, al quale la voce narrante di Will Patton conferisce un tono quieto, assai malinconico, creando nello spettatore il desiderio di un lieto fine che non sembra iscritto nel destino del barbuto “lumberjack”. Il regista non cerca l’effetto western, ma inserisce la storia di fatica in un realismo per nulla epico, alternando le scene di lavoro nei boschi, dove si crea una strana solidarietà tra quegli operai venuti da ogni parte degli Usa, e le scene familiari, dove Robert finalmente riesce a fare il papà, a occuparsi della figlia. In mezzo ci sono tragedie, malattie e demenza, incidenti mortali, anche un linciaggio ai danni di un immigrato cinese ingiustamente accusato di furto. E proprio quell’omicidio, al quale pure non partecipò, graverà per tutta la vita sulla coscienza di Robert, ormai oggetto di sogni e visioni, come offuscato dal dolore di non sapere.

Joel Edgerton

«Il mondo ha bisogno dell’eremita come del predicatore» sentiamo dire a un certo punto, e certo il film si muove tra queste due condizioni umane, descrivendo la bellezza e la ferocia della natura, il piacere e la maledizione della solitudine, anche l’avanzare di una civiltà tecnologica che disbosca massivamente e altera un certo equilibrio ecologico.

Ogni tanto viene, forse, da pensare ai film di Terrence Malick, ma a onor del vero quelli mi sembrano, almeno gli ultimi, molto più tediosi di questo; semmai ho pensato a Corvo Rosso non avrai il mio scalpo! di Sydney Pollack, però senza il versante western, insomma la lotta senza quartiere tra il bianco e il pellerossa.

L’australiano Joel Edgerton e la britannica Felicity Jones sono perfetti, per fisici e intensità, nell’incarnare i due protagonisti, ma anche i ruoli minori sono coperti con fresca vivacità e ruvida partecipazione da attori del calibro di Kerry Condon, William H. Macy, Clifton Collins Jr. Poi, certo, non bisogna avere fretta nel vedere Train Dreams: meglio lasciarsi cullare dai rumori della foresta, dalle battute laconiche o buffe che echeggiano, dalla dolente dignità di tutti i personaggi, dal suono degli scarponi inchiodati agli alberi per ricordare i morti sul lavoro.

Su Netflix


Train Dreams regia: Clint Bentley; sceneggiatura: Clint Bentley, Greg Kwedar; fotografia: Adolpho Veloso; montaggio: Parker Laramie; musica: Bryce Dessner; scenografia: Alexandra Schaller; interpreti: Joel Edgerton, Felicity Jones, William H. Macy, Kerry Condon, Nathaniel Arcand, Clifton Collins Jr., John Diehl, Paul Schneider, Will Patton; produzione: Michael Heimler, Will Janowitz, Marissa McMahon, Ashley Schlaifer, Teddy Schwarzman per Black Bear Pictures, Kamala Films; origine: Usa, 2025; durata: 102 minuti


[Fonte: www.close-up.info]