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domingo, 18 de outubro de 2026

La última batalla de Lula

La ventaja de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta dejó en suspenso la reelección del presidente brasileño. Pese a sus buenos resultados macroeconómicos, Luiz Inácio Lula da Silva perdió terreno entre una nueva clase media endeudada, emprendedora y seducida por la batalla cultural conservadora. El 25 de octubre, Brasil decidirá si sigue siendo un dique contra el avance reaccionario en la región. 

Escrito por Giancarlo Summa 

¿Cómo ha sido posible? En el Partido de los Trabajadores (PT) estaban convencidos de que, más allá del incierto resultado de la segunda vuelta, en la primera del 4 de octubre Luiz Inácio Lula da Silva quedaría primero, como ocurrió en 2022. Por eso los resultados –el 47 % para Flávio Bolsonaro y el 45 % para Lula– fueron un terremoto político para la izquierda. Ahora el presidente brasileño se encuentra en la incómoda situación de tratar de revertir el golpe inicial y reorganizar fuerzas para la segunda vuelta del próximo 25 de octubre. Para lograrlo, su campaña ha dado un giro brusco: más combativa, menos centrada en el balance de gestión y acompañada de una multiplicación de las movilizaciones militantes. El objetivo es recuperar parte de los electores que Lula ha perdido en favor de Bolsonaro y, aún más importante, entre los 40 millones que no acudieron a las urnas, votaron en blanco o anularon su voto: en total, aproximadamente una cuarta parte del electorado. 

En 2018, con la victoria de Jair Bolsonaro frente a Fernando Haddad, Brasil anticipaba un crecimiento de las extremas derechas en toda América Latina. Bolsonaro perdió contra Lula su reelección por menos de dos puntos porcentuales en 2022, pero como se confirma ahora, el bolsonarismo expresa una coalición social que se mantuvo en pie durante estos cuatro años.

La reacción de los partidarios de Lula frente al resultado de la primera vuelta, así como la de gran parte de la prensa extranjera y los círculos diplomáticos internacionales, fue de sorpresa, consternación y perplejidad. Aunque ya está lejos del apogeo de su popularidad al final de su segundo mandato, en 2010, Lula sigue siendo uno de los líderes globales más respetados, mientras que Flávio Bolsonaro –hijo mayor y heredero político designado de Jair Bolsonaro– es un político mediocre y sin carisma, con una larga historia de escándalos de corrupción, vinculado tanto a los círculos de la «internacional reaccionaria» como a las milicias paramilitares de Río de Janeiro. 

¿Es la economía?

El desconcierto frente a los resultados remite a la famosa (y tan manida) frase de James Carville, el estratega de Bill Clinton en las elecciones presidenciales estadounidenses de 1992: «Es la economía, estúpido». Y aquí nos encontramos frente a una situación llena de matices. Desde un punto de vista macroeconómico, el tercer mandato de Lula ha sido un éxito incontestable, casi un modelo de manual. Desde 2023, Brasil ha registrado una caída sostenida del desempleo, cuya tasa se situó en el 5,3 % en el trimestre de junio a agosto de 2026, cerca del mínimo histórico de la serie, y una moderación de la inflación -el 4,22 % interanual en agosto-, ligeramente por debajo de la media de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), que se situó en el 4,3 % interanual en agosto de 2026. A ello se suma una reducción de alrededor del 20 % de la pobreza extrema entre 2023 y 2024, equivalente a 1,9 millones de personas menos; la reanudación y ampliación de los programas sociales, como Bolsa Família; y un crecimiento del PIB del 3,2 % en 2023, del 3,4 % en 2024 y del 2,3 % en 2025, lo que arroja una media anual cercana al 3 %. En el frente externo, el superávit comercial acumulado entre enero de 2023 y septiembre de 2026 rondó los 305.000 millones de dólares. Y ya entre las dos vueltas, el Congreso promulgó una reforma constitucional que fija la semana laboral en cinco días, una vieja reivindicación que garantiza dos días de descanso sin recorte salarial y reduce gradualmente la jornada de 44 a 40 horas.

Si esos indicadores hubieran bastado para traducirse en un consenso electoral, tal y como Lula y su séquito habían pensado y esperado, las elecciones habrían sido un trámite sencillo.

Pero, como solía repetir la economista progresista brasileña Maria da Conceição Tavares, quien en otros tiempos tuvo mucha influencia sobre Lula, «nadie come PIB, sino alimentos». Las pérdidas de poder adquisitivo acumuladas, fundamentalmente entre la recesión de 2014 (gobierno de Dilma Rousseff) y 2022 (último año del gobierno de Bolsonaro padre), aún no se han recuperado en la base y en el medio de la pirámide social. Para llegar a fin de mes, muchos brasileños completan sus ingresos con trabajos extra, a menudo en plataformas como Uber o de entregas a domicilio, recurren a préstamos bancarios y pagan sus compras a plazos. Incluso muchos recurren a las apuestas en línea (que Lula prohibió por decreto pocos días antes de las elecciones). En agosto de 2026, el 81,7 % de las familias tenía alguna deuda pendiente de pago, el nivel más alto jamás registrado, tres puntos más que en 2022. Las familias destinan casi el 29 % de sus ingresos al pago de deudas y, aun así, casi 30% de ellas están en mora y, en consecuencia, como se dice en Brasil, tienen el «nombre manchado» en el sistema bancario–, lo cual dificulta sus operaciones financieras. Son deudas prácticamente impagables, porque las tasas de interés que aplican los bancos brasileños están entre las más altas del planeta: el préstamo promedio a las familias cuesta alrededor del 62 % anual, y el crédito renovable de la tarjeta de crédito -cuando no se paga el total-, el 445 %. Así, el trabajador que consiguió un empleo y un aumento salarial durante el gobierno de Lula devolvió ambos al banco, con intereses. 

Los gobiernos del PT invirtieron en un gigantesco sistema de cobertura de salud universal (SUS) y en el acceso a la educación pública; sin embargo, ante las largas colas en los hospitales y el bajo nivel medio de las escuelas primarias públicas, un número cada vez mayor de familias, incluidas las de las clases populares, se esfuerza por pagar seguros médicos y colegios privados. En agosto de 2026, el 24,9 % de los brasileños tenía cobertura de un seguro médico privado y algo más del 20 % de los alumnos de educación primaria y secundaria estudiaba en colegios privados.

Los datos macroeconómicos definitivamente no reflejan las condiciones de vida reales de la mayoría ni dan respuesta a las necesidades, deseos y aspiraciones, tanto materiales como inmateriales, de una sociedad que ha cambiado profundamente en el cuarto de siglo que separa la primera llegada de Lula a la Presidencia, en 2002, de esta campaña electoral tan difícil para la izquierda. En estas últimas décadas, en gran parte gracias a las políticas públicas de los gobiernos del PT, Brasil ha dejado de ser un país mayoritariamente pobre para convertirse en un país de clase media y media-baja. La denominada «clase C», que incluye a todos los hogares con ingresos mensuales per cápita entre 610 y 2150 reales (entre 120 y 430 dólares), agrupa a más de 107 millones de personas, cerca de la mitad de la población. 

Renato Meirelles, uno de los mayores expertos en opinión pública, consumo y comportamiento de las clases populares en Brasil, publicó en junio de 2026 Brasil da maioria: 25 anos de classe C [El Brasil de la mayoría: 25 años de clase C], un libro imprescindible para comprender los cambios sociales que se han producido en el país. A grandes rasgos, Meirelles identifica tres periodos distintos en el siglo XXI: 

1. Los dos primeros mandatos de Lula, hasta 2010, marcaron el ascenso de millones de brasileños a la clase C, impulsados por el crecimiento económico, la expansión del crédito y las políticas de inclusión y redistribución del ingreso. 

2. La década siguiente se caracterizó por el estancamiento de los ingresos, el fin de la euforia inicial y la transición hacia un periodo de frustración y reinvención personal y colectiva. Desde el punto de vista político, la década estuvo marcada por la crisis de los gobiernos de Dilma Rousseff (hasta su destitución en 2016), la operación «Lava Jato» y el surgimiento de una extrema derecha muy activa y agresiva, y antes prácticamente invisible, que llevó al poder a Jair Bolsonaro en 2018.

3. El presente: la clase C tiene hoy un mayor nivel educativo (el 70 % de los jóvenes ha estudiado más años que sus padres y, por primera vez, muchos llegan a la universidad), está muy conectada digitalmente, es emprendedora (con pequeños negocios y microempresas individuales) y es más exigente, tanto con los servicios públicos que recibe como con los productos que compra. Meirelles señala que este grupo rechaza las etiquetas ideológicas rígidas de izquierda y derecha, oscila entre posturas conservadoras y progresistas (por ejemplo, se puede mostrar en contra del aborto y a favor del matrimonio igualitario) y desempeña un papel decisivo en las urnas y en el consumo.

La clase C, según Meirelles, apoya los programas de transferencia de ingresos de los gobiernos del PT, como el Bolsa Família, considerados indispensables para prevenir el hambre y garantizar la supervivencia de las familias más vulnerables, y reconoce que las políticas públicas fueron determinantes para su propio ascenso social y el aumento de su poder adquisitivo en la década de 2000. Sin embargo, con el paso de los años, las prestaciones sociales dejaron de considerarse una bendición extraordinaria y pasaron a verse como un derecho adquirido («lo mínimo» o un «hecho de la realidad», señala Meirelles). Por otro lado, la visión de la clase C sobre las ayudas está fuertemente marcada por valores meritocráticos. Entre el 67 % y el 69 % de los brasileños consideran que «solo se debe ayudar a quien lo merece». Existe una opinión difusa, aunque infundada, de que los programas de ayuda desincentivan la búsqueda de empleo. Algo más del 70 % de la población –incluso entre los sectores de menores ingresos y entre los propios beneficiarios– coinciden en que las ayudas gubernamentales pueden hacer que las personas tengan menos ganas de trabajar. La clase C rechaza que se la trate como un mero público pasivo de la asistencia estatal. En lugar de limitarse a recibir prestaciones de subsistencia, la población de ingresos medios busca la autonomía y demanda el apoyo del Estado para emprender, acceder al crédito, obtener formación práctica y convertir pequeños negocios en microempresas. 

La cuestión de la relación con el Estado es fundamental para intentar descifrar las tendencias políticas y electorales de esta nueva clase media, cuya posición no deja de ser precaria: por un lado, se percibe al Estado como ausente cuando faltan servicios públicos de calidad (especialmente en salud y educación), pero también se lo ve como un obstáculo burocrático y fiscal cuando este intenta recaudar impuestos y dificulta la lucha por la supervivencia del trabajador autónomo. 

La visión de la importancia central del esfuerzo individual se entrelaza con la profunda religiosidad de la cultura popular y con el impetuoso crecimiento de las iglesias evangélicas neopentecostales, que predican que la fe, unida al esfuerzo personal, genera prosperidad terrenal: la llamada «teología de la prosperidad». Según Meirelles, para el 94 % de la clase C, profesar una religión contribuye directamente a vivir más tiempo y con una mejor calidad de vida. El 75% de los encuestados afirma que la fe es una de las cosas más importantes de sus vidas y el 58 % la considera esencial para la educación de los niños. Los evangélicos votan más a la derecha que los católicos, pero el voto de la clase C no es monolítico. 

Luchas comunicacionales

Todas las encuestas de opinión, por otro lado, indican desde hace tiempo el enfado y el cansancio de la mayoría de la población por su situación material, pero también su certidumbre respecto a mejoras futuras en su vida. El nuevo sueño de decenas de millones de brasileños es convertirse en empresarios. Los de más edad piensan en una pequeña tienda o un salón de belleza. Para los más jóvenes, el sueño suele situarse en el mundo digital. La antropóloga Rosana Pinheiro-Machado, que estudia cómo la economía de plataformas incide en las sociedades del Sur global, ha seguido durante tres años a cientos de «influencers de la prosperidad», quienes venden cursos y fórmulas sencillas para triunfar en internet y volverse rico: nueve de cada diez de ellos se alinean, de una u otra forma, con la extrema derecha. Es un universo marcado por una fe inquebrantable en la meritocracia y el individualismo, combinada con estilos de vida conservadores. 

No es casual que, en el tsunami reaccionario del 4 de octubre, al menos 13 jóvenes influencers bolsonaristas, con millones de seguidores en las redes sociales, hayan sido elegidos diputados federales y estatales desde las filas del Partido Liberal (PL) de los Bolsonaro. Dos de ellos, Nikolas Ferreira, de 30 años, en el estado de Minas Gerais, y Lucas Pavanato, de 28 años, en San Pablo, obtuvieron más de tres millones de votos: son los diputados más votados de la historia de Brasil. 

Es la punta del iceberg de lo que el politólogo Marcos Nobre ha bautizado como el «partido digital bolsonarista». El bolsonarismo no es solo un movimiento constituido alrededor del clan Bolsonaro, ni un conjunto disperso de influencers: funciona como un partido de verdad, con organización, jerarquía, disciplina y una gran capacidad de movilización permanente, no solo en periodos de campaña electoral. Es un poderoso instrumento para crear y mantener consensos políticos, así como valores culturales y de comportamiento. Es una batalla que la izquierda brasileña ha perdido sin siquiera intentar pelearla. A lo largo de todo el tercer mandato de Lula, la comunicación del gobierno ha sido lenta, formal, triunfalista y alejada de los problemas reales y las aspiraciones de la mayoría de la población. En la izquierda, han surgido algunos jóvenes que, a título individual, han sabido disputar la hegemonía digital con inteligencia y habilidad, y han convertido a sus seguidores en votos, como Erika Hilton, diputada transgénero del Partido Socialismo y Libertad (PSOL) en San Pablo (7,7 millones de seguidores entre Instagram y X, y 1,6 millones de votos); Ana Elisa Santos, de solo 21 años, del PT de Minas Gerais (6,3 millones de seguidores entre Instagram y TikTok, y más de 500.000 votos); o Rick Azevedo, concejal del PSOL de Río de Janeiro, que se dio a conocer en todo el país tras lanzar en 2023 una campaña en TikTok e Instagram para acabar con la semana de seis días de trabajo y uno de descanso, algo que, como mencionamos, se convirtió en reforma constitucional: fue elegido diputado federal con casi 200.000 votos. Pero, en general, la izquierda institucional brasileña se ha mostrado incapaz de adaptarse a los nuevos tiempos de la comunicación y la política.

A punto de cumplir 81 años, Lula da Silva es el último superviviente de la «marea rosa» que, entre la primera elección de Hugo Chávez en Venezuela en 1998 y el golpe parlamentario contra Dilma Rousseff en Brasil en 2016, dominó la escena política latinoamericana durante unas dos décadas. De los líderes de aquella época, algunos han fallecido y otros están presos, en el exilio o con órdenes de detención. 

Lula es un superviviente también en otros sentidos: al hambre del nordeste del Brasil, cuando era niño; al trabajo en la fábrica (se le cortó un dedo en una prensa cuando era operario metalúrgico); a la enfermedad (superó un cáncer de garganta tras el final de su segundo mandato); a la cárcel (la primera vez durante la dictadura militar; la segunda en 2018, cuando pasó un año y medio preso por una condena por corrupción que el Supremo Tribunal Federal [STF] anuló después); al intento de golpe de Estado que culminó en el asalto del 8 de enero de 2023, cuyo plan, elaborado por militares golpistas y bautizado como «Daga Verde y Amarilla», contemplaba el asesinato de Lula, de su vicepresidente Geraldo Alckmin y del ministro del STF Alexandre de Moraes. El juez que condenó a Lula, Sergio Moro, fue luego ministro de Justicia de Jair Bolsonaro y acaba de ser elegido gobernador de Paraná por el PL.

El pasado 16 de agosto, fecha del inicio oficial de la campaña electoral, el primer mitin de la séptima campaña presidencial de Lula (fue candidato en 1989, 1994 y 1998, antes de ser elegido por primera vez en 2002, reelegido en 2006 y elegido de nuevo en 2022) apostó por un simbolismo seguro y, al mismo tiempo, anticuado: el estadio de Vila Euclides, en São Bernardo do Campo, periferia de San Pablo, cuna del movimiento sindical de los metalúrgicos brasileños, donde Lula había iniciado su carrera en los años 70. Bajo un sol abrasador –el presidente llevaba sombrero por recomendación médica, tras someterse a radioterapia por un cáncer de piel en el cuero cabelludo–, Lula recordó a figuras vinculadas a los orígenes del PT ya fallecidas, como Antonio Candido y Sérgio Buarque de Holanda, y a referentes de las luchas sociales asesinados, como Chico Mendes y Margarida Alves. Evocó también a su madre, conocida como Dona Lindu, que murió mientras él estaba preso por su actividad sindical, y la convirtió en emblema de un llamamiento a las mujeres contra la violencia machista. 

En su discurso, repasó su vida política, desde el sindicalismo hasta la Presidencia, pasando por la cárcel, el regreso y los logros de sus gobiernos. Entre ellos, mencionó la creación de diez millones de puestos de trabajo, de una veintena de nuevas universidades federales y de cientos de campus de institutos técnicos, el paso de 5 a 25 millones de trabajadores con título universitario desde 2003 y las promesas de nuevos logros para el futuro. Toda su intervención osciló entre el recuerdo del pasado y la visión de un Brasil que produce chips y baterías eléctricas. Una arenga bastante triunfalista, de orgullo por todo lo que su gobierno y el PT habían hecho. En cuanto a temas espinosos como la delincuencia –una de las principales preocupaciones de la población–, Lula volvió a prometer la creación de un Ministerio de Seguridad Pública y darle prioridad a la educación, porque «es mucho más barato que invertir en cárceles». Sus palabras pueden haber conmovido a los antiguos militantes, pero no dialogaron con las preocupaciones de decenas de millones de votantes que, según indican las encuestas de opinión, tienen una opinión negativa sobre la labor del gobierno.

A unos cientos de kilómetros de distancia, Flávio Bolsonaro había elegido para su mitin inaugural la playa de Copacabana, uno de los emplazamientos tradicionales de las manifestaciones de la extrema derecha en Río de Janeiro, el bastión principal del clan familiar. Ante un público mucho más reducido que el que reunió Lula y bajo un cielo gris, Bolsonaro enumeró los temas que marcarían toda su campaña electoral: la «mano dura» contra la delincuencia, las dificultades de la vida cotidiana de las familias, el aumento del costo de vida, la reivindicación del legado político de Jair Bolsonaro, la oposición al aborto y a la legalización de las drogas, y la promesa de mejorar la gestión del Estado con un tesouraço (tijeretazo) en el gasto público, en referencia directa a la motosierra del presidente argentino, Javier Milei. En uno de sus primeros actos de campaña, en San Pablo, Flávio Bolsonaro blandió unas tijeras enormes, mientras que, a su lado, Milei se agitaba frenéticamente.

El tono de la campaña de los dos candidatos no cambió sustancialmente hasta el 4 de octubre. Fue, según la acertada definición del politólogo Pedro Abramovay, una disputa entre lo abstracto y lo concreto. Flávio Bolsonaro se movió en el terreno de lo abstracto. Reforzó los valores conservadores, apeló al antipetismo (un sentimiento muy fuerte en Brasil, continuación y actualización del anticomunismo de la época de la Guerra Fría), defendió el espíritu emprendedor, atacó al STF y aseguró que será implacable con los grupos criminales organizados, sin ofrecer detalles sobre ninguna propuesta concreta. Lula, por el contrario, fue demasiado «concreto», enumerando los muchos logros macroeconómicos de su gobierno y una lista de proyectos futuros, pero sin intentar siquiera transmitir la esperanza de que hay un país mejor por construir y de que eso pasa por su reelección.  

La ola conservadora

En la primera vuelta, los brasileños se decantaron por la visión abstracta y reaccionaria. Independientemente del resultado final, un análisis detallado de la elección ofrece un panorama desalentador para Lula, la izquierda y el futuro de la democracia. En términos absolutos, la diferencia entre Bolsonaro y Lula fue de 2,3 millones de votos: 56,1 millones para el primero y 53,8 millones para el segundo. En comparación con la primera vuelta de las presidenciales de 2022, Flávio Bolsonaro obtuvo cinco millones más que su padre Jair, quien perdió por estrecho margen en el balotaje, mientras que Lula perdió 3,4 millones de votos, a pesar de que el número total de electores aumentó ligeramente (158,7 millones de votantes en 2026 frente a 156,4 millones en 2022). Hace cuatro años, Lula se situó a la cabeza en 3.378 de los 5.569 municipios y en 14 estados del país; este año, en solo 2.663 municipios y 12 estados. Un estudio del periódico O Globo muestra que el presidente perdió votos en el 98,2 % de los municipios, mientras que el candidato de extrema derecha avanzó. La caída de los votos de Lula fue más acusada en las ciudades de menos de 20.000 habitantes (5,9 puntos porcentuales) y más leve en las grandes ciudades de más de 500.000 habitantes (casi un punto). Un relevo del diario Folha de S. Paulo, en el que se cruzan los resultados electorales de la primera vuelta con los del censo de 2022, muestra que, en general, Lula sigue gozando de una popularidad extraordinaria entre los brasileños más pobres –obtuvo el 76 % de los votos en los sectores con ingresos mensuales de hasta 1.100 reales (unos 220 dólares)–, pero que Flávio Bolsonaro obtuvo proporcionalmente más votos en todos los demás niveles de ingresos. Entre los votantes de la clase C, el retroceso de Lula ha sido especialmente acusado: el presidente ha perdido 5,1 puntos porcentuales de los votos con respecto a 2022, mientras que el hijo de Bolsonaro ha aumentado su apoyo en 4,9 puntos respecto a los resultados de su padre. Paradójicamente, Lula ha aumentado su apoyo, aunque en menor medida que su rival, entre los votantes con mayores ingresos. 

También Lula perdió votos en uno de los principales bastiones del PT, el estado de Bahía, donde ha pasado del 69,7 % al 66,2 %, aunque el gobernador del PT, Jerônimo Rodrigues, ha sido reelegido en la primera vuelta. Flávio Bolsonaro, al contrario, ha ganado terreno en estados claves en los que Lula había superado a Jair Bolsonaro en 2022, como Minas Gerais, donde obtuvo 538.000 votos más que su padre en 2022 y se situó en primer lugar. En el estado de San Pablo, el más rico y poblado de la federación, donde el PT tiene sus raíces históricas y donde Jair Bolsonaro se había impuesto hace cuatro años, Flávio obtuvo 682.000 votos más, mientras que Lula perdió casi un millón. En paralelo, el exministro de Economía y delfín de Lula, Fernando Haddad, candidato por segunda vez a gobernador del estado, obtuvo un resultado ligeramente mejor que en 2022, pero no superó el 36 % de los votos, y Tarcísio de Freitas, alineado con el bolsonarismo, fue reelegido en la primera vuelta con el 62 % de los votos. 

El PL, actual formación política del clan Bolsonaro, se ha convertido en el primer partido de Brasil: ha elegido a cinco gobernadores en la primera vuelta y 121 diputados (de un total de 513, lo que supone el 23,6 % de los escaños de la Cámara baja) y 19 senadores (de los 54 en liza), que, sumados a los senadores que ya ocupaban su cargo, darán al PL 28 de los 81 escaños, es decir, el 34,6 %.

El bolsonarismo se renueva también como dinastía. Michelle Bolsonaro, ex-primera dama que este año protagonizó un sonado enfrentamiento público con Flávio por la sucesión política de su marido, fue la candidata más votada al Senado en el Distrito Federal, con casi un millón de votos, y su partido se quedó con los dos escaños en disputa en la capital. Evangélica y con un discurso centrado en la fe y la familia, Michelle encarna la alianza entre el clan y las iglesias neopentecostales. No es un caso aislado: cinco de los ocho familiares de Jair Bolsonaro que se presentaron a estas elecciones fueron elegidos o siguen en carrera, entre ellos su hijo Carlos, que llega al Senado por Santa Catarina.

Los partidos de izquierda se han mantenido: han elegido en total 124 diputados, frente a los 125 elegidos en 2022, y contarán con 15 senadores, frente a los 17 actuales. El PT de Lula sigue siendo, de lejos, el más fuerte del bloque progresista, con 88 diputados y 9 senadores. Sin embargo, en estas elecciones la izquierda sufrió derrotas de enorme peso simbólico: quedaron fuera del Senado Randolfe Rodrigues, líder del gobierno en el Congreso; la expresidenta del PT Gleisi Hoffmann, en Paraná; Benedita da Silva, en Río en Janeiro; Paulo Pimenta, en Rio Grande do Sul, y dos ministras emblemáticas del tercer mandato de Lula, Marina Silva y Simone Tebet, en San Pablo. José Dirceu, quien llegó a ser el segundo nombre más fuerte del PT tras Lula, no logró regresar a la Cámara de Diputados.

Si Flávio Bolsonaro gana la segunda vuelta, el PL y sus aliados de la derecha y del centrão podrán impulsar su agenda con pocos obstáculos. Flávio podría indultar por sí mismo a su padre, condenado por la trama golpista y hoy bajo arresto domiciliario. Destituir a ministros del STF exigiría dos tercios del Senado (54 votos), y reformar la Constitución, tres quintos de cada cámara: mayorías fuera del alcance del PL solo, pero no de una coalición conservadora que ha salido reforzada del 4 de octubre. No obstante, Brasil no se ha transformado de repente en un país con una extrema derecha hegemónica. El bolsonarismo, según indican las series históricas de diferentes encuestas de opinión, cuenta con una minoría que se identifica firmemente con él, del orden de una cuarta parte del electorado, pero es capaz de liderar una coalición electoral mucho mayor. Su peso no radica únicamente en el número de seguidores, sino en su capacidad para organizar a la derecha y atraer a votantes que no se consideran estrictamente bolsonaristas. Del mismo modo, el electorado del PT representa desde hace años alrededor del 30 % de los votantes. En el pasado, el lulismo –que históricamente tiene una capacidad de consenso electoral superior a la de su partido– lograba ampliar significativamente su apoyo electoral más allá de la izquierda propiamente dicha. Este año, al menos en la primera vuelta, ha sido el bolsonarismo el que ha logrado recabar un mayor consenso en casi todos los sectores de la población. Se pueden plantear al menos dos hipótesis, complementarias entre sí, para intentar explicar esta situación. 

La primera hipótesis, de orden concreto, nos devuelve a la economía: la política económica de todo el gobierno de Lula se ha caracterizado por una ortodoxia fiscal y monetaria que ha limitado en gran medida la capacidad de inversión pública. El gobierno se ató las manos al aprobar por ley un arcabouço fiscal [marco fiscal]. La regla es sencilla en su lógica: el gasto público solo puede crecer el 70 % de lo que crezcan los ingresos, y nunca más del 2,5 % por encima de la inflación. Aun así, la deuda pública no ha dejado de subir: pasó del 73,8 % del PIB en diciembre de 2023 al 82,9 % en agosto de 2026, casi 10 puntos más. Está muy por debajo de la media de los países de la OCDE (el 110,5 % del PIB en 2023), pero los mercados financieros y sus altavoces en los medios de comunicación la han convertido en uno de los temas principales del debate político (y le dieron así a Flávio Bolsonaro la oportunidad de comprometerse a «alcanzar, en el menor plazo posible, la estabilidad y, posteriormente, la reducción de la ratio deuda/PIB» mediante un brutal programa de ajuste). En realidad, Brasil no sufre una crisis de deuda, sino una crisis del costo de la deuda, tal y como explican economistas ajenos a los mercados financieros, como Pedro Paulo Zahluth Bastos, profesor en la Universidad Estatal de Campinas (Unicamp). El tipo de interés básico brasileño (Selic), des 13,75 % anual, es uno de los más altos del mundo en términos reales. El pago de intereses de la deuda pública absorbe así casi el 9 % del PIB, alrededor de 1,2 billones de reales al año, lo que equivale a unos 240.000 millones de dólares. Es más del doble de lo que paga Italia, cuya deuda es, sin embargo, un 60 % mayor que la brasileña. Los altísimos tipos de interés que paga el Estado brasileño imponen, por un lado, una limitación real de los recursos disponibles para invertir (por ejemplo, para mejorar la calidad de los servicios públicos básicos, como la salud, la educación, el transporte público y la seguridad social) y, por otro lado, son uno de los principales mecanismos de concentración de la riqueza del país en manos de una elite muy reducida, que concentra gran parte de los títulos de deuda interna: el 1 % más rico de la población poseía un 46,8 % de la riqueza total del país en 2021. Se trata de un viejo problema de Brasil que los gobiernos del PT, desde 2003 hasta la actualidad, nunca han enfrentado realmente, en un intento –fracasado– de evitar una confrontación con los poderes fácticos del país. Tras el inesperado éxito de Flávio Bolsonaro, la Bolsa de San Pablo subió el 7 % en un solo día y el real se apreció frente al dólar: a pesar de los buenos resultados macroeconómicos del gobierno de Lula III (y de los dos anteriores), los grandes grupos que influyen en el mercado financiero brasileño se han decantado abiertamente por la extrema derecha.

Desde un punto de vista abstracto, Lula y el PT han perdido la capacidad de hacer soñar –de vivir «sin miedo a ser felices», como cantaba el inolvidable eslogan de la primera campaña electoral de 1989– y han renunciado en gran medida a cualquier intento de disputar seriamente la hegemonía cultural y la práctica político-económica neoliberal que prevalece en el país ya desde hace décadas. Mientras que la extrema derecha libra a diario una batalla cultural sin cuartel para imponer sus valores reaccionarios, la izquierda se ha acomodado a la tímida gestión de lo que considera posible, renunciando a cualquier tipo de rebeldía contra el statu quo, en el sentido que sugiere Pablo Stefanoni en su ya clásico libro ¿La rebeldía se volvió de derecha? (2021). Para decenas de millones de brasileños, Lula se ha convertido él mismo en la encarnación del establishment, del sistema, en un país que no les permite hacer realidad sus sueños ni llevar una vida menos dura. Flávio Bolsonaro, por el contrario, a pesar de todos los escándalos que lo salpican a él y a su familia, logró venderse como una alternativa de ruptura, aunque lleva décadas en la política. Salvando las diferencias que existen entre la situación de los dos países, se trata, en esencia, de la misma dinámica política y psicológica que, en 2024, llevó a amplios sectores de las clases populares de Estados Unidos a votar por Donald Trump en las elecciones presidenciales, o a abstenerse. 

En abril de 2026, en la Primera Reunión de la Movilización Progresista Global organizada en Barcelona por el gobierno español de Pedro Sánchez, Lula había reconocido el problema. El proyecto neoliberal, dijo Lula, «prometió prosperidad y trajo hambre, desigualdad e inseguridad». El progresismo «logró avanzar en la agenda de los derechos», pero «no consiguió superar el pensamiento económico dominante» y, en lugar de romper con ese modelo, «sucumbió a la ortodoxia» y se convirtió en gestor de sus propios males. «Los gobiernos de izquierda ganan las elecciones con un discurso de izquierda y practican la austeridad», reconoció Lula. La extrema derecha, por su parte, supo «sacar partido del malestar generado por las promesas incumplidas», canalizando la frustración y la desesperanza de quienes fueron abandonados por el sistema y por el progresismo que prometió cambiarlo. «Nos hemos convertido en el sistema», admitió Lula. Seis meses después, de la forma más dramática, los brasileños han confirmado ese diagnóstico en las urnas. 

En busca de la remontada

La posibilidad de dar vuelta el resultado del 4 de octubre, según revelan desde el comité de campaña de Lula, pasa ahora por una mayor movilización de los militantes de izquierda, pero también, y quizás sobre todo, por el miedo. Es decir, se trata de convencer a decenas de millones de indecisos y abstencionistas de que el regreso de Bolsonaro a la Presidencia pondría en peligro mortal los programas sociales del gobierno, empeoraría los servicios públicos, deterioraría los sueldos y las jubilaciones, dañaría sus vidas y cualquier posibilidad de ascenso social. En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales de 2006 (Lula contra Alckmin, el actual vicepresidente) y de 2014 (Dilma Rousseff contra Aécio Neves), esta estrategia funcionó. Una semana después de la primera vuelta, se celebraron enormes manifestaciones en las grandes ciudades brasileñas, como la izquierda brasileña no había logrado organizar en décadas. En muchos casos, se trató de manifestaciones autoorganizadas por una gran variedad de grupos, grandes y pequeños, de militantes –a menudo muy jóvenes– y no por las estructuras partidarias ni sindicales. Las consignas y pancartas contra Bolsonaro se entremezclaban con banderas arcoíris y palestinas, atuendos de las religiones afrobrasileñas, grupos de samba y pancartas que reclamaban la defensa de las universidades públicas y la reducción de la jornada laboral. Todo ello, con una energía, e incluso una alegría, que habían brillado por su ausencia en los últimos años. 

Las encuestas indican que la ventaja de Flávio Bolsonaro empezó a reducirse. Pero el tiempo disponible es muy corto. Al último gigante de la izquierda latinoamericana solo le quedan ahora unos pocos días para intentar evitar que las limitaciones, los errores y las vacilaciones de su tercer mandato acaben entregando Brasil a la extrema derecha más reaccionaria. Están en juego el futuro de la democracia en un país de 215 millones de habitantes, la protección de la Amazonia y la posibilidad de resistir los ataques de Trump contra la soberanía de América Latina. Para Luiz Inácio Lula da Silva, esta será la última y más difícil prueba de supervivencia. 

 

[Imagen: Anadolu/Getty Images.- fuente: www.nuso.org]

segunda-feira, 12 de outubro de 2026

As eleições no Brasil: pensar o impensável

 Escrito por Boaventura de Sousa Santos 

Esta crónica está destinada a não ser convincente porque estamos condenados (até pela língua que usamos) a analisar o novo a partir do velho. O novo só será analisado nos seus próprios termos… quando for velho. Por isso, se esta crónica é, em geral, pouco convincente, é particularmente pouco convincente para os protagonistas do novo, sobretudo se os protagonistas do novo forem conservadores, de extrema-direita. 

Os jovens e as redes sociais 

Concentro-me no Estado de São Paulo que representa 31.5% do PIB do Brasil. Os cinco deputados federais mais votados têm entre 28 e 37 anos, todos são influencers ou ficaram conhecidos através das redes sociais. Têm entre 5.4 milhões e 2.1 milhões de seguidores no instagram. A maioria é de direita ou de extrema-direita. Dois dos cinco deputados federais mais votados são do partido PSOL, um partido de esquerda à esquerda do Partido dos Trabalhadores. Erica Hilton é uma mulher trans e travesti que tem 5.2 milhões de seguidores no instagram e tem-se distinguido no activismo anti-racista e anti-homofóbico; Sâmia Bomfim é uma activista feminista com 1.9 milhões de seguidores. Além da juventude, o que distingue estes eleitos é o terem feito a sua carreira nas redes sociais defendendo predominantemente causas identitárias. Vejamos, o caso dos deputados mais votados. 

O mais votado deputado federal foi Lucas Pavanato de 28 anos. Teve 3.038.438 votos e tem 5.4 milhões de seguidores no instagram. É o deputado federal mais votado da história de São Paulo. Pertence ao Partido Liberal, o partido do candidato Bolsonaro. Pavanato começou a vida política em 2016, aos 17 anos, quando participou das manifestações a favor do impeachment da ex-presidente Dilma Rousseff. Criado em uma família evangélica pentecostal, com os seus primeiros discursos feitos na Assembleia de Deus, Pavanato ingressou na política formal por meio do Movimento Brasil Livre (MBL). Em entrevista ao GLOBO na véspera do pleito, Pavanato afirmou que usará o seu capital político recém-adquirido para priorizar temas de segurança pública e educação. O principal objectivo do seu mandato já está definido: trabalhar pela redução da maioridade penal. Mais jovens para a prisão, pois claro, a maneira norte-americana de resolver o problema do desemprego dos negros. (https://oglobo.globo.com/politica/eleicoes-2026/noticia/2026/10/04/das-redes-ao-recorde-nas-urnas-quem-e-o-bolsonarista-lucas-pavanato-o-deputado-mais-votado-de-sao-paulo.ghtml). 

A mais votada deputada estadual é a influencer Eduarda Campopiano de 23 anos. Ganhou projeção nas redes sociais com pautas conservadoras e alinhadas ao bolsonarismo, superou com folga nomes tradicionais da política paulista: quase 2 milhões de votos. Filiada ao PL, a deputada eleita construiu a sua campanha estadual fortemente apoiada na comunicação digital. Durante a disputa de 2026, os seus conteúdos foram direccionados principalmente ao eleitorado conservador, com defesa da família tradicional, da vida desde a concepção e da presença de princípios cristãos na política. Também se posicionou contra temas progressistas, contra o feminismo contemporâneo e contra o que classifica de “cultura woke”. 

Meses antes da eleição, uma polémica envolvendo declarações de Eduarda Campopiano sobre a colonização do Brasil ganhou projecção nacional. Durante a participação em um podcast, a então vereadora afirmou que agradecia a Deus pela chegada dos colonizadores ao país e associou povos indígenas a práticas como o canibalismo e sacrifícios humanos. No debate, promovido pelo RedCast, Campopiano declarou: “Glória a Deus que colonizaram, glória a Deus que catequizaram as Índias”. Em seguida, afirmou que a colonização teria interrompido práticas que atribuiu aos povos indígenas, dizendo: “Glória a Deus que a extrema-direita chegou e falou para os índios: ‘Galera, fazer sacrifício e comer o braço do irmãozinho não é legal, enterrar criança viva.” (https://g1.globo.com/sp/sao-paulo/eleicoes/2026/noticia/2026/10/04/quem-e-eduarda-campopiano-a-deputada-estadual-mais-votada-de-sao-paulo.ghtml). 

Os dois casos dos deputados mais votados são paradigmáticos de uma certa corrente política emergente: jovens altamente politizados, conservadores ou partidários de políticas de extrema-direita que se tornaram conhecidos por meio das redes sociais. Não conhecem muita gente, mas muita gente conhece-os. Não participam em movimentos sociais porque eles ou elas são o movimento social. Têm um grande sentido de oportunidade para captar as ansiedades e frustrações que povoam as mentes de receptores disponíveis e para ampliá-las explorando as suas dimensões mais extremadas. Têm uma enorme perspicácia para saber donde sopra o vento do poder emergente. São promotores de rupturas contra tudo o que se apresente como continuidade ou evolução gradual. Misturam grandes questões com o cuidado personalizado até ao máximo grau de (falsa) proximidade. O seu campo é a subliminaridade donde o político emerge como não político: a solução óbvia, porque natural e sem alternativa; indiscutível, porque além do bem e do mal. 

São uma fantasmagoria perversa da democracia porque prescindem de opções. Estas só existem quando já feitas, isto, quando deixaram de ser escolhas. Tudo está pensado e ratificado pelo número dos likes. E como tudo o que existe se consumou no passado, o futuro está no passado, não como tarefa inacabada, mas como chave do original que devemos copiar. Sempre houve Deus, Pátria, Família, Propriedade e Liberdade (se formos nós a exercê-la). A “nossa” verdade é a verdade. Não há matizes semânticos nem complexidades ociosas. É tudo instantaneamente evidente. É importante tomar partido desde que o partido já esteja tomado. Decidimos orgulhosamente ser decididos por outros que pensaram tudo ao ponto de nada restar para pensar. 

Com esta matéria-prima, ser democrata é ser seguidor. Ser seguidor é considerar infiel quem não segue. Quem não segue não pertence e quem não pertence é inimigo. Para inimigo há uma ementa diversa: ódio, esquecimento, ridicularização, comiseração, inferioridade. Mas tudo isto é administrado com muita vaselina de piadas, testemunhos, música leve e, se possível, muita cor e muita velocidade. Pensar é parar e parar é extraviar-se do rebanho. O rebanho é o caminho que não se faz a caminhar pela simples razão de que já está feito. 

Qualquer relação disto com as teorias da democracia é pura coincidência. Se isto for democracia, a democracia não pode ser só isto. Onde está o que falta? Ou será que para as grandes maiorias isto é tudo e nada falta? A um democrata treinado na democracia que existia até agora faltam nomes de políticos sérios capazes de enriquecer o sistema democrático que não foram eleitos. Entre muitos outros: Marina Silva, Simone Tebet, Benedita Silva, Manuela D’Ávila, Paulo Pimenta, Gleisi Hoffman, Erika Kokay, Leila do Vôlei. A um democrata treinado na democracia que existia repugna que tenha sido eleita gente habituada a tratar a democracia como lixo: Michele Bolsonaro, Bia Kicis, Gustavo Gayer, Deltan Dallagnol, Sérgio Moro, Sanderson, Marcel Van Hatten, Carlos Bolsonaro, Carol de Toni. 

A democracia liberal morreu. Está a ser provisoriamente substituída pela autocracia eleitoral 

Os teóricos clássicos da democracia liberal imaginaram que sociedade era feita de indivíduos senhores de si que, aliás, nada deviam à sociedade e da qual esperavam apenas que se organizasse politicamente (Estados) para garantir a ordem e a segurança da sua propriedade privada. Como escreveu Adam Smith num momento de particular lucidez: “O Estado tem por função principal permitir aos ricos dormir descansados nas suas camas”. 

O indivíduo liberal é senhor de si porque é racional e livre. A democracia é o resultado dessa racionalidade e dessa liberdade. A liberdade é universal, mas na prática só pode ser exercida por quem for proprietário, isto é, por quem tenha condições de decidir livremente. As mulheres não podem votar porque são dependentes dos homens; os trabalhadores não podem votar porque são dependentes dos patrões. Nos séculos seguintes, boa parte da luta social teve por objectivo tornar possível que mais gente pudesse votar. Finalmente, foi consagrado o sufrágio universal: todos os cidadãos de maior idade (que foi diminuindo) podem votar. Quer isto dizer que os países que se dizem democráticos são hoje plenamente democráticos? Não. Porquê? 

Sobre os que não votam 

Uma percentagem grande dos que poderiam votar, não votam. No Brasil, num universo de 157,7 milhões de eleitores, 33,4 milhões decidiram não votar. Desiludidos? Cínicos? Com tarefas mais importantes ou urgentes do que ir votar? Evitar a frustração de votar em quem depois de eleito se esquece sistematicamente das promessas feitas? Porque os políticos são todos maus ou corruptos e “entre eles venha o diabo e escolha”? Ou será que alguns até são melhores que outros, mas mesmo os melhores pouco ou nada podem fazer porque tudo é decidido por quem tem poder para mandar sem ser eleito? Será racional votar se se sabe que não há alternativa, que os políticos gritam diferenças para ocultar semelhanças? Se a gritaria se substituiu ao debate? E se houver debate, será racional votar se a importância do debate é inversamente proporcional à sua importância na vida das pessoas, sobretudo no seu orçamento familiar? É racional a democracia de um país (Portugal) onde o debate sobre o uso público da burka ocupa o tempo de deputados bem pagos quando tal uso é quase tão residual quanto nevar em Lisboa? Podemos chegar à situação de que quem não vota contribui mais para sustentabilidade da democracia do que quem vota? 

Sobre os que votam 

O voto só é livre e racional quando não é manipulado nem pelo medo nem pela desinformação. Há hoje patrões invisíveis que ditam os votos aos votantes que se julgam livres? Não são patrões da força de trabalho, são patrões da força da opinião. Se a força de trabalho se compra e vende, estará o mesmo a acontecer com a força da opinião? Os eleitores que decidem hoje as eleições não serão precisamente os dependentes que a teoria liberal declarava incapazes de votar? Podem os escravos que se julgam livres votar contra a escravatura? Podem os pobres que se julgam ricos em bênçãos de Deus votar contra os ricos? Pode uma democracia — decidida por indivíduos que foram expropriados da autonomia, que foram incapacitados de avaliar racionalmente os seus interesses e aspirações, que foram amputados do confronto das ideias — ser outra coisa que uma democracia expropriada, incapacitada, amputada? 

A democracia nunca foi central para o liberalismo 

Quando se debruçam sobre as condições de vida das grandes maiorias e tentam explicar o comportamento político delas, os analistas sérios concluem invariavelmente que o decisivo é a economia, a melhoria ou a degradação das condições de vida (inflação, endividamento, taxas de juros, etc.). Falou-se muito no Brasil que um dos problemas da candidatura de Lula da Silva era não ter melhorado, como prometera, as condições de vida das maiorias. Afinal, não foi ele quem disse no mandato anterior que se fosse eleito, “o povo voltaria a comer picanha”? A verdade é que os comportamentos eleitorais não estão a ratificar os raciocínios económicos. 

A sondagem de opinião da SEMAFOR realizada de 12 a 15 de setembro, descrevia assim as preocupações dos brasileiros e brasileiras: violência, 28%; corrupção, 22%; economia, 19%; saúde, 15%; desemprego, 5%; educação, 5%.  A soma da economia e do desemprego fica abaixo da violência e da corrupção. Entende-se a importância concreta da violência na vida das pessoas. Se roubarem o telemóvel a alguém, essa pessoa vai certamente pensar que o grande problema é a violência e, se essa pessoa viver numa favela, essa percepção é exponencialmente maior. 

Ao contrário, a corrupção é uma preocupação abstracta, no sentido de que não se sente directamente no corpo ou na convivência quotidiana. Porque será então tão importante nas preocupações das populações? Tratar-se-á de uma preocupação real que é ampliada para esconder outras preocupações? Não estará a economia a ser escondida para deixar o verdadeiro poder (o poder dos que mandam nos que têm o poder de governar) com maior liberdade para continuar a expropriar as classes médias e populares dos seus magros rendimentos? 

Quando o liberalismo se metamorfoseou em neoliberalismo, a sua vocação original alterou-se qualitativamente. A contradição entre democracia (soberania popular) e capitalismo (acumulação infinita) agravou-se. O neoliberalismo é uma gigantesca engrenagem de transferência de rendimentos dos trabalhadores e das classes médias para uma minoria de ricos e super-ricos. Se há gente empobrecida é porque há gente enriquecida. Se permitir identificar e desmascarar este mecanismo, a democracia torna-se um perigo para a sobrevivência “normal” do capitalismo. É por isso que se amplia a insegurança e o medo da violência para ocultar a insegurança de uma economia antissocial. É por isso que o roubo ilegal da corrupção é denunciado de modo a ocultar o roubo legal, incessante e sistemático das políticas normais dos governos normais da ordem mundial neoliberal. 

A democracia está a ser desfigurada para poder continuar a ser funcional por mais algum tempo para o caos capitalista neoliberal. Trata-se de evitar os maiores custos políticos de uma ditadura civil ou militar que, por agora, é impopular. 

João Moreira Salles, cineasta e jornalista brasileiro, filho rebelde da alta burguesia, escreveu na revista Piauí que fundou, um artigo importante para entender o que pensa a alta burguesia e o modo como a preservação da democracia não entra na equação dos seus interesses. Descreve de modo magistral uma reunião do candidato Flávio Bolsonaro com altos representantes da burguesia industrial e financeira do Brasil: 

“Os apoiadores de Flávio Bolsonaro na elite econômica brasileira não formam um bloco homogêneo. Neles se misturam, às vezes num único personagem, a defesa de interesses particulares do velho patrimonialismo nacional, a preocupação legítima com a situação macroeconômica, o desejo ingênuo de “contribuir para o diálogo”, a vertigem quase erótica da influência política e a vaidade intelectual de quem se acha capaz de definir os melhores rumos da nação. Noves fora essas diferenças, existe um vocabulário comum em suas reivindicações: privatizações, redução da carga tributária, flexibilização regulatória, corte de gastos, diminuição da máquina pública… 

Coube ao anfitrião do evento, o banqueiro André Esteves, introduzir uma nota incômoda… Esteves lembrou aos presentes que “os maiores subsídios concedidos pelo governo ocorrem, na prática, em benefício do próprio mercado financeiro. ‘Há um trilhão de subsídio para nós aqui nessa sala, o subsídio ao rentista’, disse, referindo-se aos investimentos isentos de tributação”… O tema não mobilizou a plateia tanto quanto a perspetiva de cortar benefícios destinados aos pobres… 

[depois de referir a promiscuidade do candidato da extrema-direita com o mundo da criminalidade acrescenta:] Não deixa de ser revelador que boa parte dos comensais de que falo aqui não considere que os fatos acima – seja a estreita amizade, seja a reiterada defesa, seja a admiração confessa por pessoas ligadas ao que há de mais perigoso e criminal – constituam razão suficiente para se afastar do candidato. Suspeito – porque já ouvi essa conversa inúmeras vezes – que muitos deles já tenham pensado em transformar em residência permanente suas casas em Miami. Afinal, no Brasil, ‘a violência está demais’…. Historiadores do autoritarismo explicam que uma das características desse regime é contar com cidadãos que já não sabem distinguir ficção de fato, verdade de mentira. A gente de quem falo aqui sabe. São pessoas bem informadas, que sabem de Brilhante Ustra [um execrável torturador no período da ditadura (1964-1985) a quem Jair Bolsonaro, quando Presidente, prestou homenagem], sabem de Queiroz, sabem de Cláudio Castro, sabem de Ciro Nogueira, sabem do oito de janeiro, sabem das minutas impressas no palácio presidencial, sabem da conspiração tarifária contra o país, sabem da ascendência que o pai tem sobre o filho. Sei que sabem, porque conheço o mundo social em que vivem. É o mundo em que nasci. Sei das informações que circulam por ele, e são boas informações. 

…É curioso: essas são pessoas que não aceitam o risco de uma crise econômica, mas admitem sem estrilar o de uma crise democrática. As consequências da primeira podem ser gravíssimas, mas são, em princípio, reversíveis; as da segunda podem deixar marcas institucionais duradoura.” 

A confirmação desta análise está no comportamento da Bolsa de Valores do Brasil no dia seguinte ao primeiro turno das eleições: 

O Ibovespa, principal índice da Bolsa brasileira (B3), abriu esta segunda-feira (5/10) em forte alta. Em dois momentos, o indicador passou de 209 mil pontos. O pico desta manhã foi batido às 10h40, com 209.605 pontos, e uma variação positiva de 9,1%. Às 12h30, o painel marcava 208.193 pontos e alta de 8,37%. É a primeira vez na história que o índice ultrapassa os 200 mil pontos. (https://www.metropoles.com/brasil/bolsa-sobe-8-e-passa-dos-207-mil-pontos-embalada-pelo-1o-turno?) 

A democracia de mercado é o mercado da democracia. Leva quem der mais. 

O Supremo Tribunal Federal (STF): o grande alvo 

O STF foi em tempos recentes o garante da democracia no Brasil. Foi o STF que resgatou o sistema judicial brasileiro depois da mais grotesca lawfare da história do Brasil (Operação Lava-jato). Foi o STF quem definiu como golpe o que aconteceu em 8 de Janeiro de 2023 e atuou em conformidade. Foi o STF que, sobretudo a partir de 2011, aprovou medidas que mudaram a sociedade brasileira de modo a torná-la mais igualitária, menos discriminadora, mais respeitosa da diversidade social e cultural. Eis algumas medidas-marco:

 *União homoafetiva (2011): o tribunal reconheceu por unanimidade a equiparação das uniões estáveis homoafetivas às heteroafetivas. A decisão estendeu direitos previdenciários, sucessórios e de comunhão de bens a casais do mesmo sexo.

* Cotas raciais em universidades (2012): o Supremo validou o sistema de reserva de vagas com critérios étnico-raciais e sociais em instituições de ensino superior, consolidando as ações afirmativas como ferramentas legítimas de reparação histórica e igualdade material.

⃰Aborto de fetos anencéfalos (2012): no julgamento da ADPF 54, o STF declarou que a interrupção da gravidez de feto sem cérebro (anencefalia) não configura crime de aborto, assegurando o direito de escolha da gestante sob assistência médica.

⃰Estado de Coisas Inconstitucional dos Presídios (2015): ao julgar a ADPF 347, a Corte reconheceu a violação massiva de direitos fundamentais no sistema prisional brasileiro. Isso permitiu a imposição de medidas como as audiências de custódia obrigatórias em até 24 horas após a prisão em flagrante.

⃰Fim do Financiamento Empresarial de Campanhas (2015): o STF barrou doações de pessoas jurídicas (empresas) a partidos políticos e campanhas eleitorais, sob o entendimento de que o poder econômico desequilibrava o pleito democrático.

⃰Alteração de registro civil para transgéneros (2018): o STF garantiu a pessoas trans o direito de alterar o nome e o gênero no registro civil diretamente em cartório, sem a necessidade de cirurgia de redesignação sexual, laudos médicos ou autorização judicial.

⃰Criminalização da homofobia e da transfobia (2019): diante da omissão legislativa, o Supremo determinou que os atos de homofobia e transfobia fossem enquadrados nos crimes previstos na Lei de Racismo (Lei 7.716/1989) até que o Congresso edite lei específica.

⃰Rejeição do Marco Temporal (2023): no julgamento do RE 1.017.365, o tribunal derrubou a tese do “marco temporal”, definindo que o direito dos povos indígenas às suas terras tradicionais não depende de estarem ocupando a área na data da promulgação da Constituição (5 de outubro de 1988).

⃰Derrubada da tese de “Legítima Defesa da Honra” (2023): o tribunal proibiu de forma definitiva o uso desse argumento em júris de feminicídio. A Corte considerou a tese inconstitucional por violar a dignidade da pessoa humana e alimentar a violência de gênero.

⃰Porte de maconha para uso pessoal (2024): a Corte decidiu descriminalizar o porte de maconha para consumo próprio. O tribunal fixou um critério objetivo (40 gramas ou seis plantas fêmeas) para diferenciar o usuário do traficante, visando diminuir o encarceramento em massa decorrente de critérios subjetivos da abordagem policial. 

Se Flávio Bolsonaro for eleito presidente, poderá alterar tão profundamente a composição do STF que as conquistas democráticas que este tribunal protagonizou no passado podem ser derrubadas uma a uma. Basta pensar que no Senado há 54 senadores que já se declararam favoráveis ao impeachment de ministros do STF. São a necessária maioria de dois terços para decidir o impeachment. Basta pensar que ao longo do seu mandato o novo presidente pode vir a nomear quatro novos ministros, por exemplo, em resultado de aposentadorias e pode, além disso vir a impulsionar o impeachment de alguns dos cinco ministros do STF implicados no caso do Banco Master: Alexandre de Moraes, Dias Toffoli, Luis Fux, André Mendonça, Kássio Nunes. Ou seja, das decisões de um novo presidente autoritário, servido por um Senado-rebanho pode emergir um novo STF servilmente funcional aos desígnios da escumalha política no poder. 

As perguntas sem resposta:

Depois destas eleições o Congresso brasileiro está ainda mais dominado por políticos conservadores de direita e de extrema-direita, muitos deles fascistas confessos cuja política de segurança assenta no lema “bandido bom é o bandido morto”. O PL, o partido do golpista Bolsonaro e Co., tem agora 29 lugares no Senado, num total de 81, ou seja, mais de um terço.  O poder de desmantelar o Congresso tal como o conhecemos é evidente, tal como o poder para reduzir a cinzas a chama democrática que o STF acendeu. 

É possível governar democraticamente num país com um Congresso com esta composição? Merece a pena tentá-lo sem uma profunda reforma do sistema político? É possível lutar pela restauração da democracia com as armas desta democracia desfigurada? Uma coisa é certa: os fascistas e os golpistas não vão exercer democraticamente o poder que conquistaram democraticamente. O Brasil passou o patamar do fascismo gota a gota. Mais parece a avalanche de um OVNI. Ou um monstro. Talvez uma democradura, talvez uma ditamole? 

Os brasileiros e brasileiras correm um imenso risco: o de acordar no dia 26 de outubro e darem-se conta, entre o choque e a revolta, de que afinal já não vivem em democracia, apesar de, na aparência, tudo ter acontecido democraticamente. Para evitarem o choque dessa surpresa têm de ocupar as ruas nas próximas três semanas e transformá-las numa festa de democracia 24 horas por dia. Que não descansem os democratas, os rappers, os cantautores que sabem afastar este cálice, os grupos de carnaval, as associações de bairro. É preciso que cheguem ao fim exaustos para que a democracia renasça no outro dia.

 

[Fonte: www.aviagemdosargonautas.net]

sexta-feira, 9 de outubro de 2026

Brésil : le monde ancien est mort, et le nouveau ne peut pas naître


Lula dans son bureau de vote, le 4 octobre 2026. Nelson Almeida/AFP

Écrit par Guilherme Casarões

Professeur agrégé d'études brésiliennes, Université internationale de Floride  

Le dimanche 4 octobre 2026, en plaçant Flavio Bolsonaro en tête au premier tour de l’élection présidentielle, les Brésiliens n’ont pas seulement infligé un camouflet au président sortant Luiz Inácio Lula da Silva. Ils ont, de fait, planté le dernier clou dans le cercueil d’un projet politique qui, depuis près d’une décennie, ne survivait plus que sous perfusion : celui de la Nova República, la « Nouvelle République », née au milieu des années 1980, sur les ruines de vingt et un ans de dictature militaire, avant d’être consacrée par la Constitution de 1988. Pendant une génération, les Brésiliens l’ont considérée comme un pacte démocratique fondé sur trois engagements. 

Le premier était social. La Nouvelle République faisait du pluralisme un principe et de la diversité de la population une composante de l’identité nationale plutôt qu’un problème à gérer. 

Le deuxième était institutionnel. Dans un système multipartite fragmenté, personne ne peut gouverner seul : le consensus était donc le moteur de l’action publique. Ce consensus reposait sur des élections libres et régulières, mais aussi sur des coalitions permettant aux gouvernements fédéral, régionaux et municipaux de mettre en œuvre des politiques communes, ainsi que sur un équilibre fonctionnel entre le président, le Congrès et la Cour suprême. 

Le troisième avait trait à la politique de l’État. Celle-ci devait préserver la stabilité économique, réduire les profondes inégalités sociales via la redistribution et élargir la participation des citoyens à la vie publique. 

Pendant près de trente ans, jusqu’au milieu des années 2010, le pacte a tenu, tant bien que mal. Ses résultats ont été inégaux, mais bien réels : l’hyperinflation a été maîtrisée, des dizaines de millions de Brésiliens sont sortis de la pauvreté, et les alternances se sont déroulées pacifiquement entre les deux principaux partis de l’époque, à savoir le Parti des travailleurs (PT, gauche) et le Parti social-démocratique (PSDB, droite).

Le bureau de la Chambre des députés, présidé par le légendaire député Ulysses Guimarães, lors de la signature de la Constitution nationale brésilienne de 1988. Ce document a posé les fondements de la gouvernance politique, sociale et économique du Brésil pendant plus de trente ans. Archives du Congrès national.

La première offensive 

À gauche, beaucoup estiment que la Nouvelle République a commencé à se fissurer avec la destitution de la présidente Dilma Rousseff (PT) en 2016. Selon cette lecture, cette destitution aurait été orchestrée pour préserver les structures élitistes et corrompues que le nouveau pacte n’était pas parvenu à réformer. 

Mais c’est surtout la victoire à l’élection de 2018 de Jair Bolsonaro, alors à la tête du Parti socia-libéral (parti centriste qu’il oriente vers la droite radicale) qui a constitué une offensive frontale contre chacun des engagements démocratiques du Brésil. Bolsonaro s’était alors présenté comme un outsider, alors qu’il avait passé vingt-huit ans au Congrès brésilien. Il a placé le nationalisme chrétien au cœur de son projet, aux dépens du pluralisme ; il a présenté la recherche du consensus comme une forme de corruption des élites et les coalitions qui avaient permis au Brésil d’être gouvernable comme la source même de sa décadence ; et il promettait de redresser l’économie en débarrassant les entreprises et les individus des contraintes de l’État, au nom de la liberté. 

Bolsonaro n’a pas obtenu les résultats promis. Une fois au pouvoir, il a découvert qu’il devait gouverner dans le cadre du pacte contre lequel il avait fait campagne. Il lui fallait négocier avec le Congrès, respecter les décisions des tribunaux et composer avec des gouverneurs disposant de leurs propres fiefs. Ces contraintes permettent en partie de comprendre pourquoi tant de ses électeurs ont eu le sentiment d’avoir été déçus. Elles expliquent aussi pourquoi, après sa défaite face à Lula en 2022, il a cherché à organiser un coup d’État pour se maintenir au pouvoir, ce qui lui a valu, quelques années plus tard, d’être condamné à vingt-sept ans de prison, une peine qu’il purge actuellement à son domicile pour raisons de santé. Lorsqu’un dirigeant ne parvient pas à plier les règles à sa volonté, il peut finir par penser qu’il doit les briser. 

La restauration qui n’a pas eu lieu 

Après avoir gouverné le Brésil pendant deux mandats, de 2003 à 2010, Lula est revenu au pouvoir en 2023 en promettant de sauver la démocratie brésilienne. Son troisième mandat est, au contraire, devenu la démonstration la plus éclatante que la Nouvelle République ne pouvait plus être sauvée.

L’équilibre institutionnel qui avait permis au système de tenir s’était évanoui. Le Congrès, qui contrôle désormais une part considérable du budget fédéral à travers les crédits qu’il attribue directement, a pris la présidence en otage, tandis que la Cour suprême a progressivement occupé le vide laissé par le pouvoir politique en intervenant de plus en plus directement dans la production des normes. 

Les tentatives de Lula visant à mettre en œuvre son programme se sont heurtées, les unes après les autres, à des blocages. Son bilan économique est honorable, mais son mandat n’a pas transformé la vie des Brésiliens : une croissance correcte et un faible taux de chômage ne se sont pas traduits par une amélioration significative des conditions de vie de la majorité de la population. 

La sécurité, qui figure régulièrement parmi les principales préoccupations des électeurs, ne s’est pas améliorée sous Lula. Il faut toutefois rappeler qu’au Brésil, en vertu de la répartition des compétences, l’essentiel des forces de police relève des États fédérés et que le gouvernement fédéral ne peut agir que dans certaines limites. Mais les électeurs ne se préoccupent généralement ni de la lettre ni de l’esprit de la Constitution. Ils veulent des résultats. 

Il y a enfin Lula lui-même. À 80 ans et après quatre décennies de vie publique, il était devenu le visage le plus reconnaissable de la Nouvelle République. Cela faisait de lui une cible idéale. Pour de nombreux Brésiliens, leur exaspération à l’égard du système politique s’est matérialisée par un profond rejet de Lula et, pour certains, avec une profonde haine à son endroit. 

Le chant du cygne ? 

Si la défaite de Lula se confirme au second tour, le 25 octobre, il ne s’agira pas seulement d’une défaite personnelle ou d’un revers pour le Parti des travailleurs, qui a gouverné le Brésil pendant près de dix-huit des vingt-quatre dernières années. Ce sera le chant du cygne d’un projet politique qui promettait de reconstruire un pays sur les ruines de l’autoritarisme et qui n’est jamais parvenu à tenir pleinement ses promesses : stabilité politique, prospérité économique et justice sociale. 

Tout cela ne signifie pas que les 56 millions de Brésiliens qui ont voté pour Flavio Bolsonaro, l’un des fils de Jair Bolsonaro, rejettent la démocratie. Certains le font. Ils sont nostalgiques d’un passé largement fantasmé : une époque où la classe moyenne était plus forte – et beaucoup moins nombreuse –, où les valeurs familiales chrétiennes étaient dominantes et où l’ordre comptait davantage que l’État de droit. 

Mais la véritable leçon du 4 octobre est ailleurs. Des millions de Brésiliens veulent une autre forme de démocratie : moins pluraliste, fondée sur une conception différente de ce que la démocratie doit permettre. Surtout, ils ne croient plus que la Nouvelle République soit capable de répondre aux défis du monde dans lequel ils vivent. 

L’ancien monde se meurt 

Le philosophe marxiste italien Antonio Gramsci (1891-1937) avait formulé une observation devenue célèbre : une crise survient lorsque « l’ancien monde se meurt et que le nouveau ne parvient pas à naître ». Le Brésil se trouve aujourd’hui à ce carrefour. 

Contrairement à son père, Flavio Bolsonaro accéderait au pouvoir en bénéficiant d’un alignement exceptionnel des forces politiques. Les résultats des législatives tenues ce dimanche simultanément avec la présidentielle laissent penser que ses alliés détiendront près d’un quart des sièges de la Chambre des députés, la chambre basse du Congrès brésilien, et du Sénat : une base solide dans un Congrès où les coalitions s’achètent davantage qu’elles ne se construisent. Il pourrait également nommer quatre des onze juges de la Cour suprême au cours de son mandat. 

Jair Bolsonaro a passé quatre ans à combattre les institutions. Son fils pourrait avoir les moyens de les remodeler. 

Pour autant, Flávio n’incarne pas ce « nouveau monde » que Gramsci attendait. C’est un professionnel de la politique, visé par plusieurs accusations de corruption, et l’héritier d’une dynastie familiale. Il représente davantage la continuité de la réaction politique de la dernière décennie qu’une véritable rupture avec celle-ci. 

S’y ajoute la volonté de Flávio de devenir l’allié privilégié de Donald Trump en Amérique du Sud.

Flavio Bolsonaro (cravate jaune) reçu par Donald Trump à la Maison-Blanche, en compagnie de son frère Eduardo Bolsonaro et du blogueur brésilien Paulo Figueiredo, 26 mai 2026. Photo publiée sur le compte Truth Social de Donald Trump, avec ce commentaire : « C’était vraiment un plaisir d’accueillir Flávio Bolsonaro dans le bureau Ovale de la Maison-Blanche – un jeune homme brillant qui aime profondément son pays, le Brésil ! » Donald Trump/Truth Social 

Le Brésil pourrait ainsi consentir d’importantes concessions aux États-Unis dans les années à venir, en renonçant à une partie de ses richesses – pétrole ou terres rares, par exemple – afin d’obtenir une place privilégiée dans le nouvel ordre continental promu par Washington. Reste à savoir ce que ce rang de premier allié de la Maison-Blanche signifierait réellement. Et les événements récents dans la région laissent à penser que ce statut n’aurait rien de particulièrement honorable. 

Quoi qu’il en soit, la victoire de Flavio Bolsonaro bouleverserait le paysage politique brésilien. Les Brésiliens qui s’opposent à son programme – qu’ils soient de gauche, du centre ou de la droite démocratique – ne pourront plus compter sur l’ancien pacte pour les protéger ou leur permettre de revenir au pouvoir et devront apprendre à évoluer dans ce nouveau jeu, sur le plan intérieur comme sur la scène internationale. 

La Nouvelle République appartient au passé. La question qui se pose désormais au Brésil – et à tous ceux qui ont observé le pays comme un révélateur de l’état de la démocratie dans le Sud global – est de savoir ce qui la remplacera, et si les nouvelles règles permettront enfin au Brésil d’entrer dans l’avenir. 

Si les Brésiliens ne veulent pas que cet avenir ressemble à un passé sombre et lointain, ils doivent comprendre que le combat n’est pas terminé.

 

[Source : www.theconversation.com]