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quarta-feira, 25 de fevereiro de 2026

Carta desde Ciudad de México: blues de la gentrificación

Las ciudades, escribió Calvino, se forman y se desvanecen continuamente. A veces por necesidad, a veces en nombre del turismo. 


Escrito por Emilio Rivaud Delgado

En 2025, 60.5 millones de turistas visitaron la Ciudad de México. Muchos de ellos pasaron por la colonia Condesa o por su vecina la Roma, porque hay restaurantes y bares de renombre, hoteles y alojamientos temporales, calles arboladas y arquitectura instagrameable.

Muchos no se limitaron a pasar por ahí: desde la pandemia de covid-19, la zona se ha llenado de los llamados “nómadas digitales”, que encontraron en el trabajo a distancia, el tipo de cambio favorable y las escasas restricciones sanitarias una combinación perfecta para ejercer el wanderlust. Como ha pasado en otras ciudades del planeta, los dueños de casas y departamentos vieron en esta demanda una oportunidad de negocio (30% de las viviendas en renta en la Ciudad de México están destinadas a alojamientos de corta estancia) y los alquileres en la Roma-Condesa y otras áreas céntricas subieron. Hubo negocios que cerraron y mucha gente tuvo que moverse. En julio del año pasado, varias marchas contra la gentrificación recorrieron las calles de la Condesa. El gobierno local prometió tomar medidas y hasta la fecha todo sigue igual.

Una víctima reciente de la gentrificación fue la Fonda Garufa, que a inicios de enero cerró su sucursal en la Condesa. La Garufa es un restaurante argentino famoso por su rosca de Reyes, que tuvo un lugar importante en la historia de la colonia. A principios de los años 90, la Condesa era un rumbo de clase media, que había perdido habitantes y atractivo luego del sismo de 1985. Tenía sus tiendas de abarrotes, zapaterías, vulcanizadoras y unos pocos lugares para comer que llevaban mucho tiempo y, en algunos casos, siguen ahí: el Sep’s, la cantina Xel-Ha, la Nevería Roxy. La Garufa, abierto en 1992, fue el primero de una nueva ola de restaurantes que pusieron mesas en las aceras, acid jazz en sus bocinas y exposiciones de foto y pintura en sus muros. Atrajeron a la colonia a artistas, escritores, bohemios bien vestidos y jóvenes de otras colonias que queríamos ver cómo era aquello. Empezó a convertirse, en palabras de Sergio González Rodríguez, en “un sitio que muchos optimistas comenzaban a asociar con la imagen del Soho neoyorquino”.

Muchos de los dueños y empleados de los restaurantes eran vecinos de la Condesa y vieron en todo aquello un cambio positivo, un movimiento cultural, una reinvención urbana que también pintaba para ser un buen negocio. Otros vecinos lo vieron como una amenaza a su tranquilidad y a los valores de sus propiedades. En los primeros años, la disputa se centró en las banquetas, que poco a poco eran ocupadas por las mesas de los restaurantes. Guillermo Osorno escribió una buena crónica sobre aquellos años, recomendable para quien quiera enterarse de los pormenores. En ella, dice que “fue el inicio de una batalla por dos conceptos de ciudad, cuyo resultado definió los fenómenos que vivimos ahora”, entre ellos, claro, la gentrificación.

Desde luego, la batalla no ha terminado y ha tenido consecuencias mixtas. Como temían los vecinos que no querían cambios, la Condesa, y luego la Roma, se llenaron de restaurantes, bares, oficinas, ruido, airbnbs, crimen y tráfico. Al mismo tiempo, se convirtieron en colonias donde la gente deseaba vivir, lo cual, supongo, benefició al menos a los propietarios de inmuebles. Los restauranteros lograron convertir al barrio en un lugar de moda, un referente gastronómico y cultural, aunque la mayoría terminaran siendo desplazados por las rentas altas y la clientela cambiante. En el camino, aquella Condesa de finales los 90 e inicios de los dos miles dejó de existir.

Muchas lecciones se pueden extraer de esta historia, aquí muy resumida. Los barrios exitosos acaban por devorarse a sí mismos. El negocio inmobiliario es voraz. La vivienda es inaccesible para mucha gente, y los airbnbs complican el problema. El cosmopolitismo vive horas bajas. Pero este no es un texto sobre gentrificación.

En su Ciudades invisibles, ese catálogo de ciudades inventadas, Italo Calvino habla de Maurilia, donde “se invita al viajero a visitar la ciudad y al mismo tiempo a observar viejas tarjetas postales que la representan como era”.

Las ciudades cambian. Una casa de los años 40, enredaderas en la fachada y molduras art decó, es demolida. En su lugar alguien pone un edificio idéntico a todos los de la cuadra: concreto expuesto, pérgolas de madera de teka en las azoteas. Lo llaman densificación –que se supone benéfica, porque concentra mayor población en zonas donde hay más servicios– y también especulación inmobiliaria.

Es inevitable ponerse nostálgico ante estos procesos. Sigue Calvino diciendo que quien conoce Maurilia, “para no decepcionar a los habitantes […] elogia la ciudad de las postales y la prefiere a la presente […], reconociendo que la magnificencia y prosperidad de Maurilia convertida en metrópoli, comparada con la vieja Maurilia provinciana, no compensan cierta gracia perdida”.

Hace poco fui a la Covadonga, una cantina en la colonia Roma que se puso de moda hacia 2007. Recientemente sus propietarios decidieron remozarla. Pintaron las paredes, pusieron luces muy potentes y cambiaron unos murales de mosaico con postales de La Habana bastante feos, pero que llevaban varios años, por cuadros de aspecto más contemporáneo, que no son menos feos. No es una transformación radical, y da gusto saber que, antes que cerrar o convertirse en otra taquería Dua Lipa, la Covadonga decidió renovarse. A la vez, me es inevitable pensar que, sin esa atmósfera decadente que acompaña a las cantinas que se respetan, con sus pisos nuevos y su resplandor de LED, será más atractiva para el turismo que, en este año mundialista, se espera que se multiplique. Y eventualmente desaparecerá.

Las ciudades cambian por la mala planeación, la injusticia, la corrupción o los desastres naturales, y también por necesidades o buenas intenciones. Evidentemente, Italo Calvino no debe ser tomado como referente al diseñar políticas de vivienda. Pero vale la pena reconocer, con él, la existencia de “ciudades felices que cobran forma y se desvanecen continuamente”. Puede uno, por cortesía, aferrarse a las tarjetas postales que las muestran como fueron. Pero solo por un tiempo. ~

 

[Fuente: www.letraslibres.com]

sexta-feira, 25 de abril de 2025

«Poesía completa», de Cesare Pavese

El sello argentino Barnacle acaba de distribuir, en una muy cuidada edición bilingüe (castellano-italiano), traducida por los destacados especialistas Jorge Aulicino e Isaías Garde, este compendio que abarca desde los textos juveniles hasta los de última factura del gran escritor italiano.

Escrito por Luis Benítez

Hay casas editoras atentas a las necesidades de los lectores y este es, una vez más, el caso del pujante sello de la Argentina. Ciertamente, estaba faltando en librerías una obra de esta envergadura y de tan exacta realización, que compendiara en sus páginas la obra lírica del extraordinario poeta italiano.

Como es fácil imaginar, reunir en este volumen bajo el título de Poesía completa (1) la producción de Pavese no fue una tarea fácil y es muy de destacar el esmerado trabajo de Barnacle para reunir las versiones originales en lengua italiana y concretar su más atenta comparación, en una labor encomiable que demandó el contacto con las fuentes europeas directas.

Es el mismo poeta y titular de la casa editora, Alberto Cisnero, quien particulariza acerca de este minucioso trabajo previo, en la Advertencia al lector incluida en la página 9 de Poesía completa: “’Poesía completa’ de Cesare Pavese fue organizada atendiendo al escrúpulo cronológico: en primer lugar se incluyeron los poemas juveniles, escritos durante la tercera década del siglo pasado (que la casa ya había publicado parcialmente) y luego nos atuvimos a confirmar el compendio que realizara Italo Calvino de los poemas éditos e inéditos al momento de la muerte del autor, libro que se daría a la publicidad doce años después del hotel, los barbitúricos y la frase postrera, ecuánime, de aquel domingo fatal y lejano (Calvino intercaló poemas originales no incluidos en el cuerpo de la obra publicada por el propio autor, un único libro en rigor de verdad: Trabajar cansa; y finalmente organizó La tierra y la muerte y Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, que llevan el aura de póstumos). Asimismo tuvimos en cuenta el volumen, que suponemos definitivo y que bajo el título Le poesie salió de las máquinas hace menos de un lustro bajo el sello de la editorial Einaudi. También reparamos en que admirar es ya un motivo y es una buena razón en el mundo”.

Respecto de la esmerada traducción a nuestra lengua, es por demás encomiable lo realizado por Jorge Aulicino (1949) en lo que hace a los textos escritos por Pavese en su lengua materna y por Isaías Garde (1961) con aquellos que nos dejó en inglés: I’m all alone (págs. 60-61), To C. from C. (págs. 570-571) y Last blues, to be read some day (págs..590-591, pieza que cierra la compilación).

Respecto de la lírica pavesiana, con meridiana precisión se refiere a ella Aulicino en su texto Un mito hace falta (págs. 7-8), donde afirma: “La colección de poemas de Trabajar cansa, que Cesare Pavese (1908-1950) publicó censurada en 1936, cuando tenía 28 años, es la cumbre de su breve carrera poética, su mejor logro, entendiendo por ‘logro’ aquel espectro de imágenes y palabras que sigue dando vueltas en nuestra memoria a lo largo de los años —no importa cuánto consenso o falta de consenso haya al respecto— y suscitando pareja emoción. Pero esa colección, reeditada en 1943, fue precedida por muchos poemas borroneados por Pavese en hojas que nunca vieron la luz hasta hace unos años, en Italia, y en cartas a sus amigos. Son poemas en general breves, escritos entre los 13 y los 21 años, en los que apenas asoma la luz de los poemas-relato de 1936. Esto significa que en antes de cumplir 30, Pavese logró un giro radical en su incipiente obra y creó el núcleo de toda la obra narrativa que desplegó antes de cumplir 42 y suicidarse. Después de su muerte, Italo Calvino, que ocupó su puesto en la editorial Einaudi, publicó los poemas que Pavese no había incluido en Trabajar cansa. No era difícil identificarlos: los mismos personajes y los mismos escenarios, la misma métrica larga, además del tono monótono y su distanciamiento “viril”, logrado con pocos adjetivos y poca intervención del yo conmovido, autorreferencial e intenso que se agitó en los poemas juveniles.

“Pavese logró imprimir ese giro radical a su poesía con el expediente simple de desviar la mirada del propio ombligo y de la decadencia de la vida cotidiana y dirigirla al paisaje. Un paisaje en el que pululaba gente movida por dos fuerzas poderosas y a veces antagónicas: el trabajo y el sexo. Además de los poemas descartados de Trabajar cansa, Calvino encontró entre los papeles de Pavese un conjunto de poemas, un libro en ciernes en el que se producía una vuelta al lirismo, al tema del amor y la muerte, de la falsa sensación de que el primero nos exime de la segunda, hasta que el amor asume el rostro mítico de la tierra, de la que venimos y a la que vamos. Aquel conjunto de poemas constituyó Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, breves y de métrica corta”.

Sobreabundaría declarar la importancia que este volumen, ofrecido a un valor ciertamente muy accesible, tiene para el atento lector contemporáneo, dadas las pocas reimpresiones que se realizan incluso de las obras de autores cuya importancia es capital, como Cesare Pavese.

Por otra parte y como curiosidad, me permito recordar algo llamativo, sucedido allá por el final de la década de los ’80, cuando recibí en mi casa a mi amigo, el poeta italiano Dante Maffia (1946), de visita en la Argentina con motivo de la publicación de uno de sus poemarios por editorial Losada. Hablando con él acerca del gran poeta piamontés, Dante se mostró muy sorprendido de que, por aquellos años, en nuestro país valoráramos a Pavese fundamentalmente como poeta. No dudó en manifestar que, en Italia, mayormente, se lo reconocía como narrador. El paso del tiempo seguramente modificó ambas perspectivas, pero como señaló Aulicino, siempre un mito hace falta.

El autor

El poeta, lingüista, escritor, traductor, editor literario, guionista, crítico literario, periodista y biógrafo Cesare Pavese nació en Santo Stefano Belbo, Piamonte, el 9 de septiembre de 1908 y se suicidó en el hotel Roma, de Turín, el 27 de agosto de 1950. Obra poética: Lavorare stanca (1936) y Verrà la morte e avrà i tuoi occhi (1950). En narrativa: Il carcere (1938-39); Notte di fiesta (1936-38); Paesi tuoi (1941); La spiaggia (1942); Feria d'agosto (1944); Fuoco grande (1946); Il compagno (1947); Dialoghi con Leucò (1947); Il diavolo sulle colline (1948); La casa in collina (1948); Tra donne sole (1949); La bella estate (1949) y La luna e i falò (1950). En cuanto a sus ensayos, citamos: La letteratura americana e altri saggi (1951) e Il mestiere di vivere (1952). Fue además un prolífico traductor, llevando a su lengua natal obras de Sinclair Lewis, Herman Melville, Walt Whitman, Sherwood Anderson, James Joyce, John Dos Passos, John Steinbeck, Gertrude Stein, Daniel Defoe, Charles Dickens, Herman Melville, Christopher Morley y William Faulkner, entre otros.

NOTA

(1) Barnacle, ISBN 978-987-8952-69-7, 600 pp., traducción del italiano por Jorge Aulicino y del inglés por Isaías Garde, Buenos Aires, 2025. https://barnaclemora.wixsite.com/home

 

[Fuente: www.todoliteratura.es]

terça-feira, 24 de dezembro de 2024

Del Estado genocida de Israel a las reflexiones de Natalia Ginzburg

 

La escritora Natalia Ginzburg

Escrito por Javier Morales

“Mes tras mes, Israel ha tratado a la población palestina de Gaza como un grupo infrahumano que no merece derechos humanos ni dignidad, demostrando así su intención de causar su destrucción física. Nuestras fulminantes conclusiones deben servir de llamada de atención a la comunidad internacional: lo que está ocurriendo es genocidio. Hay que ponerle fin ya”. Partimos de las conclusiones del informe de Amnistía Internacional sobre el comportamiento del Estado terrorista de Israel en Palestina y nos detenemos en el área de descanso que nos ofrece la lectura/relectura de Natalia Ginzburg y su ‘Léxico familiar’, una de las obras más relevantes de la literatura europea de la segunda mitad del siglo XX, y los versos del poeta palestino Mahmud Darwish (1941/2008). Sí, reivindiquemos siempre que podamos la cultura e identidad del pueblo palestino.  

Después de 14 meses de investigación, de recabar pruebas sobre el terreno, Amnistía Internacional concluye que Israel ha cometido un genocidio en Gaza y pide a los tribunales penales internacionales y a Naciones Unidas que tomen las medidas oportunas. Pide también que Israel detenga este crimen colectivo contra los palestinos. Todos sabemos que Israel es un Estado terrorista y no lo hará. Gracias a su amigo americano y el doble rasero occidental, se ríe de Naciones Unidas, de las leyes internacionales y de los derechos humanos. Pero igualmente me parece muy importante recordárselo, aunque Netanyahu se ría en su cara.

El informe documenta cómo, durante la ofensiva militar que lanzó tras los mortales ataques liderados por Hamás en el sur de Israel el 7 de octubre de 2023, Israel ha venido sumiendo a la población palestina de Gaza en un infierno de destrucción sin ningún pudor, continuamente y con absoluta impunidad. Demuestra que Israel ha llevado a cabo actos prohibidos por la Convención sobre el Genocidio, con la intención específica de destruir a la población palestina de Gaza. “Entre ellos figuran: matanza de miembros de la población palestina de Gaza, lesión grave a su integridad física o mental y sometimiento intencional de ella a condiciones de existencia que habrían de acarrear su destrucción física. Mes tras mes, Israel ha tratado a la población palestina de Gaza como un grupo infrahumano que no merece derechos humanos ni dignidad, demostrando así su intención de causar su destrucción física”, explicó Agnès Callamard, secretaria general de Amnistía Internacional, durante la presentación de la investigación. “Nuestras fulminantes conclusiones deben servir de llamada de atención a la comunidad internacional: lo que está ocurriendo es genocidio. Hay que ponerle fin ya”, dijo.

Leo el informe de Amnistía Internacional y, tal vez porque ando estos días sumergido en la lectura/relectura de Natalia Ginzburg, recuerdo un pasaje de Léxico familiar, una de las obras más relevantes de la literatura europea de la segunda mitad del siglo XX. En este libro autobiográfico que Ginzburg pide que se lea como una novela de no ficción, la autora italiana recuerda la posición de su primer marido, Leone Ginzburg, respecto al sionismo. Acosado por la policía fascista (de hecho murió en la cárcel, tras haber sido torturado, cuando los nazis ocuparon Italia), Ginzburg tuvo la oportunidad de escapar, igual que Natalia, pero prefirió quedarse y resistir. Miembro de un partido equivalente a la Izquierda Republicana de Azaña, a Leone no le seducía la emigración a Palestina. De hecho, la consideraba un error, como al propio sionismo, pues este movimiento no dejaba de tener un componente nacionalista y excluyente. Su sueño era que los judíos pudieran vivir como ciudadanos libres en cualquier Estado. El Holocausto y la mala conciencia europea están detrás de la decisión de dividir Palestina en dos Estados. Un error que, como sabemos, ha generado un inmenso sufrimiento. De hecho, hay quienes, como Luz Gómez, experta en el mundo árabe, siguen defendiendo la necesidad a día de hoy de que haya un solo Estado en el que convivan judíos y árabes. Esta reconocida arabista es también la traductora y editora de ¿Por qué has dejado solo al caballo? y Estado de sitio, dos de las obras fundamentales del poeta palestino Mahmud Darwish, publicadas por Cátedra.

“Aquí, en la falda de las colinas, ante el ocaso

y las fauces del tiempo,

junto a huertos de sombras arrancadas,

hacemos lo que hacen los prisioneros,

lo que hacen los desempleados:

alimentamos la esperanza”.

Así comienza Estado de sitio, un poema demoledor, más vivo que nunca, más necesario que nunca, pues necesitamos un poco de luz ante tanto horror, una vela en las tinieblas.

¿Sirven para algo las palabras?

Creo que sí, aunque quizás haya que buscar otro lenguaje. Lo tuvieron claro muchos escritores después del Holocausto y la Segunda Guerra Mundial. Por ejemplo, la citada Natalia Ginzburg. “Era necesario volver a escoger las palabras, a escrutarlas para sentir si eran falsas o auténticas, si tenían verdaderas raíces en nosotros o si tenían tan solo las efímeras raíces de la ilusión general. Era, pues, necesario, si uno escribía, volver a asumir el propio oficio que había olvidado en la general borrachera”, narra en Léxico familiar, en una traducción de Mercedes Corral para la editorial Lumen. Esta obra se adelantó a su tiempo en muchos sentidos. Coloca la voz de las mujeres en un primer plano. Además, Ginzburg tiene la virtud de hablar de los grandes acontecimientos (la guerra, el auge del fascismo, el patriarcado, la rebeldía, la escritura…) como si no les diera importancia, pero dándosela toda. No lo había visto antes en ningún otro autor. Esa capacidad para mezclar lo cotidiano, lo familiar, con los hechos históricos que cambian nuestras vidas.

Precisamente, quien quiera adentrarse en esta autora inmensa, tan actual, le recomiendo la lectura de Audazmente tímida. La vida de Natalia Ginzburg, de Maja Pflug, publicado por Siglo XXI. Es un libro ideal para introducirse en la obra de la autora italiana, narrado como si fuera una novela, en la que la biógrafa y traductora alemana narra los principales acontecimientos en la vida de Ginzburg. Aunque sus intereses fueron muchos, también su compromiso político desde la izquierda, Ginzburg se consideró ante todo una escritora. La escritura era lo que la mantenía en pie, aunque hubiera épocas en las que no pudiera sentarse a crear, sobre todo durante la guerra. Lo habría hecho aunque su obra no hubiera sido reconocida nunca. “Es imprescindible escribir y pensar con el corazón y con el cuerpo, no con la cabeza y con el pensamiento”, aseguraba. Conocerla es adentrarse en uno de los momentos más brillantes de la cultura europea de mediados de siglo. Fue amiga y compañera de trabajo de Cesare Pavese en la editorial Einaudi. Más tarde, de Italo Calvino o Elsa Morante. Su vida corre paralela a los grandes personajes de la política de izquierda en los años de la guerra y la posguerra, aunque las reuniones del PCI la aburrían soberanamente. Ginzburg y Calvino solían enviarse los manuscritos antes de su publicación. Cuando la autora de Las palabras de la noche le envió una copia a su amigo en la que le pedía su opinión, este le respondió con una carta entusiasta y cariñosa: “Querida Natalia, me gusta muchísimo. Es la novela más hermosa que has escrito”.

Queremos tanto a Natalia. 

 

[Fuente: www.elasombrario.publico.es]

quarta-feira, 3 de fevereiro de 2016

Miguel Ángel Hernández: “No me planteo las novelas como ilustración de teorías”

Como Martín Torres, el protagonista de su más reciente obra, Miguel Ángel Hernández se encuentra haciendo una residencia en Estados Unidos con el objeto de redactar un trabajo sobre arte y temporalidad –en el caso del personaje literario es en el Clark Institute, en el del autor murciano, la Universidad de Cornell–. A Hernández le pasan los días mirando la pantalla del computador, escribiendo para su blog o tomando notas para dar una charla. Tiene la sensación de que todo lo que podía decir sobre el tema ya está en El instante de peligro, obra con la que resultó finalista del premio Herralde hace unos meses. Se trata de su segunda novela, que ha servido para consolidar la opinión de la crítica sobre lo que sus lectores sabíamos desde Intento de escapada: la solidez de su propuesta narrativa se sustenta en su visión de la literatura como el territorio de las ideas.

La entrevista que le he mandado por correo llega cuando el autor se pregunta si debería abandonar el proyecto ensayístico que lo llevó a cruzar el Atlántico y pretende esbozar una tercera novela. En esta nueva ficción quiere alejarse por completo de la centralidad que el arte ha tenido hasta ahora en sus libros y sumergirse en un terreno diferente, donde aunque vuelva a caer en sus temas característicos – como la frustración, la culpa, el mal, el sexo o el cuerpo– en esta ocasión quizá le añada la locura.

Como Hernández no parece tomarse ni un minuto de descanso, a las librerías de España acaba de llegar otro libro suyo, Presente continuo, una suerte de diario de Instante de peligro que surgió del encargo de mantener una columna que le hiciera La Opinión de Murcia. Afrontó la tarea como un hombre de oficio y dio cuenta de su cotidianidad preocupándose por definir una voz propia, construyéndole un tono –que define como: “segunda persona, frase corta y martilleante”–. Así, de la historia sobre el hombre que escribe una novela pronto abrió paso a una autobiografía a dos tiempos: “Un relato del presente, pero también una meditación sobre el pasado”.

– Visto que trabajas nociones de arte en el ensayo académico y en la ficción ¿Es la reflexión sobre ideas la que inspira la ficción o viceversa?
– Suceden las dos cosas a la vez. No es primero la historia y luego el embalaje teórico; ni al revés, primero las teorías y luego una historia que las ejemplifique o represente. Sí que es cierto que las historias y los modos de escritura que despliego surgen ya en un magma particular de teorías y de concepciones sobre el mundo. Pero en la creación de la novela no va una cosa antes de la otra. No me planteo las novelas como ilustración de teorías. Imagino el proceso como un castillo de naipes en el que todos las cartas tienen una función. Y ninguna es prescindible. La historia, la forma de la escritura, la reflexión sobre las ideas… no pueden ser separadas. Forman un todo indivisible. Al menos para mí.

– ¿Puede la reflexión sobre las relaciones entre el arte y la vida resumir tus intereses profesionales?
– Es cierto que mis dos novelas se mueven entre esos dos polos: arte y vida, teoría y práctica, ideas y experiencia. Como decía antes, esto no es premeditado. No es parte de una agenda teórica que quiera ilustrar, sino que más bien es una obsesión que acaba tomando la forma de la novela. De hecho, en Intento de escapada esa reflexión se me mostró al final. Y en El instante de peligro no me di cuenta de que estaba escribiendo otra vez sobre la misma cuestión hasta bastante bien entrado el libro. Supongo que si uno hace zoom y busca las ideas generales que lo mueven a hacer cosas, se encontrará con que toda la obra gira en torno a dos o tres cuestiones fundamentales que se modulan una y otra vez. En mi caso, la relación entre arte y vida quizá sea una de esas cuestiones. Y quizá ese interés responda también a una inquietud personal, a un intento de estar en ambos lugares y encontrar la forma de conectarlos.

– ¿Tienes una genealogía literaria?
– Tengo una genealogía literaria construida de modo poco ortodoxo. Autores del pasado y autores del presente se mezclan. Como no tengo una formación literaria, algunos clásicos han llegado después de los contemporáneos, y el modo que se relacionan en mi cabeza es extraño. Las grandes referencias de la literatura del siglo XX para mí son Beckett y Bernhard, que modularon mi entrada a la escritura como algo obsesivo e existencial. En un orden diferente, la escritura reflexiva de Borges e Italo Calvino fue fundamental para formarme un sentido de lo que quería escribir. Junto a ellos, claro, grandes nombres como Kafka, Nabokov, Celine… pero llegaron a posteriori a mi mundo y no me influyeron tanto. Los que sí me han influido y siguen haciéndolo –lo que leo para escribir y funcionan como modelos a imitar– son escritores más recientes que entienden la literatura como un proceso de reflexión acerca del mundo, muchas veces en los límites del ensayo y la filosofía: Vila-Matas, Cercas, Auster, Roth, Houellebecq y DeLillo. Y, entre mis contemporáneos, Ben Lerner, Sergio Chejfec, Patricio Pron, Isaac Rosa, Ricardo Menéndez Salmón, Chantal Maillard o Gonçalo Tavares.

– ¿De qué manera tus obras se insertan en la tradición de tu generación?
– Hay una sensibilidad compartida, una serie de preocupaciones que atraviesan lo que escribimos quienes hemos nacido en un contexto semejante. En el que yo me inserto localmente (España) creo es palpable un sentido de desencanto respecto al mundo prometido. Si uno toma las novelas de mi generación (y pienso en autores que van desde Javier Gutiérrez a Sergio del Molino, pasando por Elvira Navarro, Sara Mesa o Javier Moreno) rápidamente cae en la cuenta de esa sensibilidad compartida. Una sensibilidad epocal, como de fin de mundo y desmoronamiento de ilusiones. De un modo u otro, mis novelas están atravesadas por ese mar de fondo. Y junto a esa sensibilidad, por supuesto, no puedo evitar que lo escribo pertenezca a una literatura que cuestiona los límites entre los géneros y que se abre a ciertas formas de experimentación con escritura.

Michelle Roche Rodríguez


[Fuente: colofonrevistaliteraria.blogspot.co.id]


segunda-feira, 28 de dezembro de 2015

Nueve grandes novelas pero interminables

Las razones por las que decidimos abandonar un libro son tan numerosas como las razones por las que llegamos a los libros. Este conocimiento obviado por obvio, sin embargo, puede enfocar nuestras pautas de lectura desde otra perspectiva. Baudelaire celebraba “la gloria de no ser comprendido”, pero ese destino parece haber sido fijado en piedra para la escritura en la modernidad, y su penoso trance complementario.
John Sutherland cuenta que el profesor de literatura George Levine anunció un buen día que iba a cancelar sus clases para encerrarse tres meses para leer Gravity’s Rainbow, la novela de Pynchon. El abandono o la distancia del mundo, desde esta perspectiva, es menos la torre de marfil que la celda en el claustro: lo que se abandona es el mundo por los libros, no a los libros por el mundo. 8 horas al día, durante 3 meses, Levine se sumergió en una novela que muchos dan por leída, pero que pocos han transitado enteramente. Emergió con una sola declaración, pero inapelable: “Thomas Pynchon es el novelista más importante de los Estados Unidos en este momento”, declaración que pocos lectores están en posición de refutar.
En este contexto habría que preguntarse por el mérito de “acabar” una novela, de leer todas las palabras contenidas en un libro. Recuerdo una escena en la biblioteca de Jacques Derrida; la documentalista descubre que entre sus libros, Derrida tiene un volumen de Anne Rice y su saga vampírica. Afirma que no lo ha leído, que se lo regalaron en un seminario sobre vampiros y zombies que dictó alguna vez. Le preguntan –como a cualquiera que tiene un área de la casa más o menos dominada por libros– si en verdad ha leído todos. La pregunta no es por la competencia de la lectura, sino por el “logro deportivo”, me parece. La respuesta de Derrida es genial: “No, sólo he leído dos o tres. Pero los he leído muy bien”.
La tentación de los TOP 10, como en las antologías, es la de verse en la necesidad de clasificar y compartimentalizar el conocimiento para hacerlo transitable, mediante el riesgo de seccionarlo, parcelarlo, enclaustrarlo, osificarlo o hacerlo pasar por la verdad. Sin embargo, ciertos riesgos son inevitables (una lectura sin riesgo es una contradicción). Aquí una breve propuesta de ciertas novelas cuyo “abandono” es constante, pero que establecen un pacto de lectura diferente que trataremos de establecer –o sondear– en cada caso, sin proponer ningún tipo de prioridad:
paradiso-lezama-lima
Paradiso, de José Lezama Lima
Paradiso y Opiano Licario son los dos monumentales ejercicios narrativos del cubano Lezama Lima, y cumbres del neobarroco en español. Como otras cumbres, sus laberintos retóricos y sus nutridas referencias la hacen intransitable para algunos, y un continuo ejercicio de recomienzo y abandono para otros. Son novelas para leer durante la vida.
musil
El hombre sin atributos, de Robert Musil
Una de las novelas más citadas pero menos leídas es esta de Musil. Su tonelaje en cuanto a páginas es ya en sí mismo una fuerza gravitacional. Sin embargo, al tratarse de una obra inacabada (Musil muere antes de terminar y parte de ella se publica de manera póstuma), tampoco existe una forma en que lógicamente se pueda abandonar: toda lectura será, por fuerza, inacabada, como exige la obra misma.
Farabeuf, de Salvador Elizondo
La velocidad de la tortura es la inmovilidad de un instante, y Farabeuf es la crónica de ese instante interminable. La descripción de una auténtica “tortura china” (ver imagen) es el pretexto (es decir, lo que en rigor se pone antes del texto) para retrasar lo más posible el tiempo –para alargar lo más posible la vida y el aliento. Disfrazada de un lenguaje clínico, esta novela interminable –como varias de Elizondo, incluyendo El hipogeo secreto– son joyas de la narrativa mexicana prácticamente inexploradas en nuestros días. En tiempos donde la tortura y el dolor están en todas partes, Farabeuf es un empeño necesario.
Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes
Otro monumento verbal en nuestro idioma, “el Quijote” es parte de la cultura en el habla misma: aplicamos el adjetivo “quijotesco” con la misma celeridad que lo “kafkiano”, tan poco entendido, y hablamos del capítulo de los molinos o el de los pastores como si en serio nos hubiéramos topado con ellos andando por la calle. Sin embargo, leerlo de pé a pá es algo que pocos especialistas (y un número considerable de lectores no profesionales) han realizado.
moby-dick
Moby Dick, de Herman Melville
Tarde o temprano, cuando nos pregunten “¿Cómo te llamas?” tenemos la tentación de responder “Llamadme Ishmael”. Pero seguir las aventuras del Pequod puede marear a los marineros de agua dulce. Concuerdo con el diagnóstico de Sutherland: los primeros capítulos (hasta antes de embarcarse) y los capítulos finales son lo que sostiene a la novela y evita que se vaya a pique (¡si podemos exigirle tal cosa a una “obra maestra”!).
Ulysses
Ulysses y Finnegans Wake, de James Joyce
Las novelas ilegibles por excelencia (la primera por sus novedosos procedimientos formales, la segunda porque se trata de un idioma creado ex profeso para contar una historia más bien banal), son también referentes del abandono literario. Para el caso de lectores en español, o en cualquier otro idioma que no seajoyceano puro, incluso inglés, estas obras requieren –desde mi perspectiva– un periodo de acondicionamiento. En Ulysses siempre se nos están proponiendo juegos y cauces, y nos vemos como un paseante que escucha, por arte de magia, el monólogo interior de los personajes. En cuanto a Finnegans Wake, confieso mi ignorancia y remito al lector a los ejercicios joyceanos al respecto de Salvador Elizondo en Teoría del infierno.
si-una-noche-de-invierno-un-viajero
Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino
Una novela que estrictamente no puede abandonarse. Al igual que Las mil y una noches, su misma estructura fuerza al lector a un continuo ejercicio de recomenzar. En ese sentido, todo abandono está implícito en una novela hecha de salidas en falso, de tentativas y aproximaciones.
La desaparición, Georges Perec
A pesar de que puede leerse como una novela, La desaparición es más bien un ejercicio de estilo, uno bastante famoso, en realidad, donde Perec se propuso no utilizar la letra “e”. Las peripecias formales son dignas de admirarse, pero probablemente para algunos lectores el ejercicio conceptual se baste por sí mismo.
proust
En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust
En un ejercicio de minuciosidad sin precedentes, Proust escribe una novela a la velocidad de la vida. Yo no he transitado más allá del primer tomo (Por el camino de Swann), pero queda claro que el reto de la obra es total: la novela forma a sus lectores y los vuelve conversos de la visión proustiana del tiempo. Otra obra con la que hay que convivir temporadas enteras y de la que no se sale nunca sin un nuevo asombro.

[Fuente: www.culturamas.es]