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sexta-feira, 17 de julho de 2026

Los «parásitos mentales» de Axel Kaiser, el emprendedor intelectual que alimenta a la extrema derecha latinoamericana

El intelectual-influencer chileno ha encandilado al presidente argentino, Javier Milei, con su estilo combativo y su virulencia retórica. En sus libros, Kaiser sostiene que el progresismo es una pandemia, llama a combatir el «nazi-comunismo» y busca proyectarse como un experto en «batalla cultural» reaccionaria.

Axel Kaiser en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), México, 2024

Escrito por Soledad Vallejos

La fotografía circuló en 2025 y la difundió, orgullosa, la propia Fundación Faro. Axel Kaiser sonríe sentado a la derecha del ministro de Economía argentino, Luis Caputo, en una sala del propio ministerio, rodeado de figuras claves del equipo económico de Javier Milei: Pablo Quirno –entonces secretario de Finanzas y hoy canciller–, Santiago Bausili, presidente del Banco Central, y otros funcionarios y asesores. Kaiser no es argentino ni es funcionario: es un intelectual-influencer chileno de derecha radical que encontró en Milei a uno de sus lectores y admiradores. Hasta tal punto que el presidente argentino lo avaló para capacitar «en batalla cultural» a los principales encargados de la economía argentina; Milei, lo repitió varias veces públicamente, cree que con la economía no alcanza, que es fundamental la batalla cultural. Se trató de una instancia de alfabetización ideológica dentro del propio Estado que apenas llamó la atención. 

La Fundación Faro, el think tank que Milei describe como «enclave fundamental» de su gobierno, no eligió esa imagen al azar. La foto mostraba a uno de sus referentes frente al corazón del equipo económico argentino. Era una prueba de influencia. Y, de hecho, lo es. Milei considera a Kaiser una «gran inspiración» y le dedicó más de media hora de su última madrugada antes de asumir como presidente. Pero la influencia de Kaiser no se agota en esas escenas de cercanía: se advierte, sobre todo, cuando sus ideas, y a veces sus frases, reaparecen en la voz del propio presidente argentino.   

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Antes de convertirse en uno de los inspiradores ideológicos de Javier Milei, Kaiser fue el producto más visible de una genealogía familiar y política. Nació en Santiago de Chile a comienzos de los años 80, pero su historia remite también al sur chileno: su abuelo Friedrich Kaiser llegó desde Alemania en 1936 y llegó a ser alcalde de Villarrica; su padre, Juan Cristián Kaiser Wagner, militó en el viejo Partido Nacional y fue dirigente de sus juventudes. En esa familia de seis hermanos, Axel no es una excepción, sino una pieza de un ecosistema. Su hermano mayor, Johannes Kaiser, se hizo famoso como youtuber, fue diputado por Santiago entre 2022 y 2026, y fundó el Partido Nacional Libertario por el que se postuló como candidato presidencial en 2025. Tradujo así a la competencia electoral un registro parecido al que Axel había ensayado durante años en libros, columnas y conferencias. Consiguió un no despreciable 14% de los votos con un discurso a la derecha del de José Antonio Kast.  

Axel Kaiser estudió Derecho en la Universidad Diego Portales y se recibió de abogado en 2007. Después pasó por la Universidad de Heidelberg, donde sumó una maestría en Inversiones, Comercio y Arbitraje, una maestría en Artes y un doctorado en Filosofía que desde entonces funciona como una de sus principales credenciales públicas. Paralelamente, el entonces joven de naturaleza inquieta se hizo un nombre con columnas de tono provocador en la prensa chilena –El LíberoEl Diario FinancieroEl Mercurio– y, siendo todavía un veinteañero, ingresó en el mundo de los think tanks liberales. En aquel momento, y según esos mismos think tanks, Kaiser era un «potencial emprendedor intelectual», fuerte ante las cámaras, aunque flojo para liderar. En 2005 pisó por primera vez Buenos Aires, una ciudad en la que encontraría un buen marco para difundir sus ideas. Tenía 24 años y había sido invitado al Círculo Atlas -un grupo de estudios liberal-, donde lo recibió Rosita Peltz, fundadora de Grito Sagrado, el pequeño sello editorial que tradujo y difundió la obra de la filósofa ruso-estadounidense Ayn Rand. Su primer libro, El Chile que viene, se publicó en 2007.

El espaldarazo más importante para Kaiser llegó desde afuera. En 2008 ganó un concurso de ensayos del Cato Institute de Washington, la usina del libertarismo global, y se volvió una firma habitual de su página web. En 2012, el centro HACER, ligado a la red Atlas, auspició la edición en inglés de uno de sus libros, que en castellano había publicado Unión Editorial –un sello español nacido para difundir las ideas de la Escuela Austríaca y cuyo par argentino, Grupo Unión, ha publicado a los argentinos Agustín Laje y Nicolás Márquez– con prólogo de Jesús Huerta de Soto, el catedrático español y principal difusor de la Escuela Austríaca en lengua castellana, a quien Milei considera uno de sus maestros.  

Por esos años, Kaiser encontró su plataforma. La fortuna de Nicolás Ibáñez Scott la hizo posible. Heredero de los supermercados Líder, que su familia le vendió a Walmart en 2009 por una cifra cercana a los 3.000 millones de dólares, y admirador declarado del orden económico de la dictadura de Augusto Pinochet, Ibáñez Scott quedó deslumbrado, dice la leyenda, por La fatal ignorancia (2009)el libro de Kaiser cuyo título remitía a La fatal arrogancia de Friedrich Hayek. En 2012 creó la Fundación para el Progreso y puso a Kaiser a dirigirla cuando el abogado todavía no había terminado el doctorado en Heidelberg. El apellido del empresario mecenas carga con historia. Su tío, el senador Pedro Ibáñez Ojeda, fue uno de los arquitectos del neoliberalismo chileno: fundó la escuela de negocios que más tarde sería la Universidad Adolfo Ibáñez y organizó, en 1981, la primera reunión de la Sociedad Mont Pelerin celebrada bajo una dictadura latinoamericana. Décadas después, también Kaiser sería parte de la Mont Pelerin.

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Una mañana de mayo de 2026, a tres cuadras de la Casa Rosada, la sede del gobierno argentino, Kaiser preside una mesa de unas 20 personas, entre las que se encuentra uno de los principales dirigentes de la Fundación Faro. Mira a un lado y otro, como si midiera al auditorio antes de avanzar. Finalmente, lanza una frase: «la gente que tiende a estar más sola es la de izquierda». Espera la risa cómplice. Recién entonces, ganada la sala, menciona el estudio que supuestamente respalda sus dichos. El orden no es casual: primero la complicidad, después una serie de pronósticos catastrofistas sobre el mundo occidental; muchos de esos pronósticos serán repetidos luego por Milei.

El repertorio de Kaiser es visiblemente estable. Su tesis estrella, la que da título a su libro de 2026, Nazicomunismo, sostiene que marxismo y nazismo son «gemelos ideológicos»: dos variantes del colectivismo, esa doctrina que, para él, niega los derechos individuales, «como decir que el dedo no tiene derechos independientemente del brazo, porque el cuerpo es más importante».  

Kaiser va más allá y, frente al auditorio, habla del «luciferismo» y asegura que «testigos de la época dicen que Marx era como si hubiese estado poseído por demonios». Luego, se refiere al fanatismo que Benito Mussolini profesaba en su juventud por Karl Marx (recuerda que «llevaba una medalla de Marx como amuleto») y agrega que «los nazis y los comunistas competían por el mismo público». Su conclusión es evidente: «las críticas al liberalismo son las mismas [por parte] del marxismo y el nazismo». La tesis no es original pero para muchos lo parece.  

Para Kaiser, ese colectivismo está lejos de ser una antigüedad asociada al siglo XX. Sigue vivo, sostiene, pero cambió de formas y de nombres: hoy se llama progresismo o, en la tradicional jerga derechista, wokismo, y venía ganando -hasta ahora- la batalla cultural. Sus triunfos se verificarían en su dominio de las universidades, los medios e incluso, para Kaiser, las grandes empresas, algo que habría llevado a los occidentales a mirar con desprecio su propia civilización. De ahí se desprende el pronóstico. Occidente se juega la supervivencia y solo el cristianismo que le dio origen puede salvarlo. En lo que es una verdadera cruzada ideológica, Kaiser anuncia que «Europa va a desaparecer», que Estados Unidos puede terminar en guerra civil y que «Argentina es un país en proceso de extinción» por la caída de la natalidad. El diagnóstico económico de la Escuela Austríaca cede el paso a una escatología: la batalla ya no es entre el mercado y el Estado sino entre la civilización y una nueva barbarie. La provocación es deliberada, y la frecuencia con que publica es parte del cálculo: cada libro nuevo –el anterior, Parásitos mentales, le valió hasta una acusación de plagio– genera conversación, entrevistas, mesas como esta. El contenido puede no ser original; el ruido siempre lo es. Tener al presidente de al lado como su gran lector sin duda es un buen megáfono. 

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Aunque Kaiser exhibe credenciales académicas entre las que suele destacar su doctorado en Alemania, su partida principal no se juega en el terreno donde esas credenciales suelen ponerse a prueba. No publica en revistas con referato, no escribe papers, no pisa congresos científicos. Su autoridad pública se valida, sobre todo, según las reglas más laxas del mundo de las fundaciones liberales y conservadoras. «Tengo la cita acá», dice, y agita el libro; «esto está muy documentado». Kaiser trabaja, según asegura él mismo, «con fuentes primarias, en las que hablan los protagonistas». El gesto letrado hace las veces de argumento. Y funciona, porque su autoridad no se dirige a los expertos que podrían examinarla, sino a quien no va a pedirle notas al pie, pero sí argumentos para la batalla cultural que ya está dando.  

Los auditorios son apenas el punto de partida de Kaiser. Lo que mide su influencia es, en rigor, el destino y el efecto de lo que dice en ellos. En 2025, Kaiser paseó por oficinas y clubes de estudio porteños las tesis de Parásitos mentales. El libro sostiene que Occidente sufre una «pandemia ideológica»: una serie de «ideas patógenas» que nacen en las universidades, los medios y la cultura y enferman a quien las adopta. Entre ellas, Kaiser incluye la justicia social, los derechos sociales, la diversidad y la inclusión. El libro se ofrece como la vacuna. El progresismo, en suma, como una enfermedad a curar.  

Unas pocas semanas después de que Kaiser presentara el libro, igualando el progresismo a una enfermedad mental, las mismas ideas asomaron en un discurso de Milei en la Casa Rosada y, poco tiempo más tarde, en la inauguración de la Exposición Rural, uno de los actos más tradicionales de la elite argentina. El ministro de Economía, Luis Caputo, también las repitió. La alfabetización en batalla cultural mostraba sus resultados.  

Para que una idea viaje del seminario cerrado al discurso presidencial hace falta una infraestructura, y Kaiser la tiene de ambos lados de la cordillera. Vive entre Santiago y Buenos Aires –también frecuenta México, Colombia, Perú y, dice, cada vez más Bolivia–, y su paso por la capital argentina es una gira permanente: entre abril y mayo de 2026 presentó libro con otro intelectual-influencer, el presidente de la Fundación Faro Agustín Laje, donde el propio Kaiser funge como subdirector ejecutivo.  

Kaiser habló sobre inmigración y «el futuro de Europa», fue a la cena de gala de la Fundación Libertad –donde Nicolás Ibáñez Scott, su principal mecenas chileno, compró una mesa–, concedió cerca de diez entrevistas y respondió también a mis consultas para este perfil. Si bien tiene redes sociales -con 400.000 seguidores en Instagram y 375.000 en X-, su apuesta fundamental es el campo mediático, una elección que él mismo teorizó alguna vez en una lista de consejos para «conquistar el mainstream». Kaiser pretende hacer del liberalismo algo sexy, «mostrar que no es una ideología de elite», reforzar el mensaje que le llega a la «gente común», «divulgar sin perder el nivel» y no avergonzarse de ser acusado de «poco serio» por ir a determinados medios.  

El verdadero centro de operaciones, sin embargo, es la Fundación Faro, que Kaiser perfiló junto a Laje –el mismo que en 2025 puso voz y cara al video con que la Casa Rosada relativizó el terrorismo de Estado, cuestionó la cifra de desaparecidos y reivindicó la «teoría de los dos demonios», difundido el Día de la Memoria–. Faro ocupa tres pisos de un edificio del microcentro porteño, a 50 metros de la Casa Rosada. Allí Kaiser coordina reuniones privadas con funcionarios; una academia llamada Libres del Mundo, pensada para formar cuadros libertarios jóvenes y no tan jóvenes; y hasta el proyecto «Acelerá tu negocio», una incubadora de startups armada con Endeavor, la red que reúne a empresarios como Martín Migoya, CEO de Globant, Marcos Galperín, CEO de Mercadolibre, y al embajador argentino en Washington, Alec Oxenford. Fue a través de este último que Milei conoció a Peter Thiel, cofundador de PayPal y Palantir, quien dejó trascender que podría mudarse a Buenos Aires, donde vivió 70 días con su familia entre abril y junio de 2026.  

Muchos de estos nombres resuenan cuando se habla del dinero que mueve Faro. La fundación recauda a través de cenas de gala en las que el orador principal es el propio Milei, celebradas en el Yacht Club, propiedad de los Neuss, una familia empresaria cercana al poderoso asesor presidencial Santiago Caputo. Por estos días, la institución está en la mira de la justicia por las cuantiosas donaciones recibidas.  

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Con Milei en su tercer año de gobierno y José Antonio Kast ya instalado en el Palacio de La Moneda, Axel Kaiser ambiciona conseguir una escala mayor. De hecho, afirma que, dentro de diez años, desea ser reconocido como «un referente más consolidado a nivel global, sobre todo en Estados Unidos» y sueña con una «síntesis» entre liberalismo y conservadurismo porque, afirma, tienen «el mismo enemigo común». 

La escena chilena le da a esa ambición una segunda vía: Johannes Kaiser terminó cuarto en las elecciones presidenciales de 2025 y dejó instalado un Partido Nacional Libertario que empuja a la derecha hacia un registro más mileísta. Axel lo mira como una continuidad de su discurso: trabajó durante años en la «revolución cultural», aunque es su hermano, y no él, quien empezó a capitalizarla políticamente. El reparto de tareas quedó a la vista en 2026: José Antonio Kast en La Moneda, el Partido Nacional Libertario ya convertido en la segunda fuerza en cantidad de afiliados de Chile y una derecha regional que habla el idioma que Kaiser llevaba una década escribiendo.  

No sería su primer salto de escala. Entre 2015 y la pandemia de covid-19, Kaiser formó, con la guatemalteca Gloria Álvarez, un dúo juvenil que recorrió el continente vendiendo el ideal libertario. Juntos escribieron El engaño populista, un bestseller regional que les permitió convertir el antipopulismo en producto de gira, auditorio y redes. A ella la carrera se le cortó cuando defendió el derecho al aborto -su libertarismo más tradicional la llevó a ser descalificada como liberprogre por Laje y sus seguidores-; a él nunca lo frenó algo parecido.  

Sin embargo, su camino también se encontró, en algunos momentos, con piedras que podían hacerlo tambalear. En 2018, cuando su fundación invitó a debatir a Mario Vargas Llosa, Kaiser ensayó una de sus provocaciones y preguntó al Premio Nobel peruano si no había, después de todo, dictaduras «menos malas», ¿o acaso -aventuró- no preferiría cualquiera de los presentes el Chile de Pinochet a la Venezuela de Maduro? Vargas Llosa lo cortó en seco. «Esa pregunta yo no te la acepto», advirtió, mientras la sala aplaudía y él insistía en que las dictaduras son todas malas, sin grados ni atenuantes. Kaiser se quedó un instante descolocado. «¿No?», alcanzó a decir y enseguida se recompuso con una sonrisa: «Está muy bueno, esto es lo que yo quería». Su oficio no es ganar el debate, sino «instalar» la conversación. Eso, lo sabe, ya es ganarla un poco.

 

[Imagen: AP/Ginnette Riquelme - fuente: www.nuso.org]


segunda-feira, 29 de junho de 2026

Sergio Ramírez en la Real Academia de la Lengua Española

El escritor nicaragüense Sergio Ramírez fue incorporado a la RAE, institución que preserva la unidad y evolución del idioma español 

Este nombramiento reconoce su destacada trayectoria literaria y su firme compromiso con la libertad frente a la dictadura nicaragüense.

Escrito por Vladimir de la Cruz de Lemos

Del mayor significado y trascendencia, no solo literaria, sino también política y geográfica, ha sido la incorporación del escritor nicaragüense Sergio Ramírez Mercado, como miembro propietario, de Número, en la Silla L, de la Real Academia Española, la institución que desde 1713 surgió con la misión de velar por los cambios que experimenta y sufre la lengua española o castellana, que tiene un peso enorme en la definición y detalle de los conceptos lingüísticos, y sus precisiones, que ha tenido desde entonces, considerando los países, regiones y sitios donde el español o el castellano son la lengua oficial y mayoritaria en sus poblaciones.

La lengua española o castellana es propia de España, de América Latina, excepto Brasil, de Centroamérica y Sudamérica. También de algunas islas del Caribe, como son Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana. De igual modo se habla en otras regiones como las Guayanas y Belice. El español o el castellano se habla hoy en 21 países y se considera el segundo idioma más hablado del mundo por hablantes nativos.

La Real Academia de la Lengua Española contribuye con su trabajo, sus actividades, sus congresos, sus academias regionales asociadas a resolver consultas que se hacen sobre palabras y reglas gramaticales, sobre dudas en el uso del idioma e interviene de esa manera para hacer recomendaciones sobre el uso cotidiano del idioma.

Las publicaciones que realiza son claves para estos propósitos. Sus diccionarios de la lengua rspañola, que empezados a publicarse en 1780, siguen siendo importantes y esperados por el mundo hispanoparlante, y sus publicaciones como son la “Nueva Gramática de la Lengua Española”, la “Ortografía de la Lengua Española”, el mismo “Diccionario de la Real Academia Española”, el “Diccionario panhispánico de dudas”, el “Diccionario fraseológico panhispánico”, el “Diccionario de Americanismos”, que son de consulta obligatoria.

Publicación especial que se encuentra digitalmente, el “Diccionario histórico de la lengua española”, que contribuye a ver la evolución de las palabras en su trascurso histórico. Destacan también las publicaciones como la edición especial que hiciera del libro de Cervantes, “don Quijote de la mancha”, en la edición prologada por Mario Vargas Llosa, o de los grandes literatos como Gabriel García Márquez, con sus “Cien años de soledad”, “Rayuela” de Julio Cortázar, y la “Poesía reunida” de César Vallejo, publicaciones que contienen estudios críticos, análisis y glosarios, lo que las enriquecen para el público lector.

También hace publicaciones conmemorativas destacando autores, como José Martí, Miguel Ángel Asturias, Augusto Roa Bastos, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Gabriela Mistral, Carlos Fuentes, Rubén Darío… Desde 1914, la Real Academia publica su revista especializada bajo el nombre de “Boletín de la Real Academia Española”.

La Real Academia Española hoy tiene la Asociación de Academias de la Lengua Española (ASALE), fundada en 1951, que reúne 24 academias de los países hispanoparlantes, unificadas con el lema «Una estirpe, una lengua y un destino». Las Academias centroamericanas se fundaron, la de El Salvador en 1875, la de Guatemala en 1887, la de Costa Rica en 1923, la de Panamá en 1926, la de Nicaragua en 1928 y la de Honduras en 1949.

Congresos de la Real Academia de España en Centroamérica solo se han celebrado en Costa Rica en 1989 y en Panamá en el 2011.

En Costa Rica especial en la preservación, conservación y divulgación del idioma español o castellano la Escuela de Filología, Lingüística y Literatura de la Universidad de Costa Rica desde 1974. Con todo este esfuerzo se trata de mantener la unidad y promover la evolución del idioma español.

Desde la fundación de la Real Academia de la Lengua Española, la RAE, han sido miembros titulares 488 personas que fueron electas para ocupar un puesto en su Junta Directiva, con el nombre de Académicos de Número, que se “sientan” en una “silla” que corresponde al alfabeto latino de uso para el castellano, tanto mayúsculas como minúsculas.

Pocos latinoamericanos han ocupado una silla como miembros propietarios o como académicos de la RAE. El fallecimiento de Mario Vargas Llosa dejó vacante a Silla L, que la había ocupado desde 1995 hasta el 13 de abril del 2025, que falleció.

La búsqueda de su sustituto movió a los académicos y literatos preocupados por quien ocuparía su vacante. El pasado 7 de mayo se anunció como único candidato para la Silla L de la RAE al gran escritor centroamericano Sergio Ramírez Mercado, que fue postulado como candidato único, lo que destaca el inmenso reconocimiento que se le hizo en lo personal como en su oficio de escritor.

Sergio Ramírez tiene una larga trayectoria, como escritor, ensayista, escritor y columnista de periódicos, académico, profesor universitario, sin dejar de ser el abogado que es de formación.

En estos campos vivió en Costa Rica de manera especial y destacada desde la década de 1970, trabajando con las universidades de Centroamérica. En Costa Rica vivió de continuo por 15 años, intensamente activos, ligado al Consejo Superior Universitario Centroamericano, CSUCA, donde impulsó la fundación de la Editorial Universitaria Centroamericana, EDUCA, que jugó un papel muy importante en la edición de libros sobre Centroamérica.

Progresista políticamente. Antisomocista de corazón y militante de la Democracia contra la dictadura, se vinculó a las luchas patrióticas nicaragüenses y centroamericanas que culminaron en 1979 con la caída del dictador Anastasio Somoza Debayle. En la actividad académica de esos años y en estas luchas nos conocimos y participamos.

El triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional, junto con los grupos patriotas y revolucionarios que se unieron a él, lo condujo a formar parte de los primeros intentos de crear un grupo gobernante para el momento en que cayera la dictadura. Así fue miembro del llamado Grupo de los doce, que reunía intelectuales, empresarios, sacerdotes, que tuvieron un peso significativo en esa lucha, y dirigentes civiles, que en 1979, en julio, se constituyó como junta de gobierno de Reconstrucción Nacional en Nicaragua. Allí ocupó cargos de dirección nacional. Presidió el Consejo Nacional de Educación, y por sus afanes literarios, impulsó la Editorial Nueva Nicaragua.

Con el gobierno constitucional, surgido de las elecciones de 1984, ocupó la Vicepresidencia de la República de Nicaragua. En 1990 fundó la publicación “Quincena”, que se mantuvo por diez años. También creó la revista electrónica cultural centroamericana “Carátula”. Como profesor, ha trabajado en la Universidad de Maryland. Su trabajo literario incluye vivencias y personajes de Costa Rica, como Yolanda Oreamuno, con su novela “La fugitiva”, Chavela Vargas, la cantante de género mexicano, a la Gloria Tinoco y Marina Carmona, Lilia Ramos.

Sus preocupaciones, inquietudes y caminos literarios los empezó a tejer desde su época estudiantil, cuando publicaba cuentos en la Revista Ventana de la ciudad de León, de Nicaragua. Allí empezó su ruta literaria: artículos, relatos, cuentos, ensayos, novelas, columnista en el periodismo, textos de historia y ficción. Internacionalmente empezó a ser reconocido con “ Margarita, está linda la mar”, que le dio el Premio Alfaguara. Desde el 2013 preside el encuentro anual centroamericano de literatura “Centroamérica cuenta”. El 11 de noviembre de 2014 recibió el Premio Carlos Fuentes, que lo reconoció como autor de gran calidad literaria, como un “intelectual libre y crítico, de alta vocación cívica”.

En el 2017 se le reconoció con el Premio Cervantes, siendo el primer centroamericano en recibirlo. Es miembro también del Patronato del Instituto Cervantes. En el 2021 fue galardonado con la Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes de Madrid.

El pasado 7 de mayo la Real Academia Española lo postuló y aceptó como único candidato a ser parte de ella, en la Silla L, siendo de esa manera el primer centroamericano y el primer nicaragüense en ocupar tan importante responsabilidad, y recibir ese alto reconocimiento, bien ganado, bien merecido, que pone en alto a las letras de Nicaragua, a las de Costa Rica por la huella indeleble que nos ha dejado con su presencia, a las letras de Centroamérica, del Caribe y las de Latinoamérica, en todo lo que Sergio Ramírez significa para el desarrollo progresista y democrático latinoamericano.

Así ha sido reconocido como una persona digna de mérito para ser miembro de la RAE. Es un puesto que desempeñará de manera ad honorem. Fue electo por propuesta de los mismos académicos, que son los que pueden proponer candidatos a Silla. Pueden ser españoles o de otros países los miembros.

En el caso de Sergio Ramírez, como el de Mario Vargas Llosa, ambos tenían su propia nacionalidad, nicaragüense y peruana, pero también tenían la nacionalidad española. En el caso de Sergio Ramírez, se le otorgó la nacionalidad española debido a que el gobierno nicaragüense de Daniel Ortega le quitó inconstitucionalmente la nacionalidad, como ha hecho con poco más de cien personas, todas opositoras o críticas al gobierno dictatorial, despótico, autoritario que se ha desarrollado en Nicaragua.

Con Sergio Ramírez otros intelectuales, escritores y escritoras nicaragüenses, han sido igualmente despojados de su nacionalidad de origen. España dignamente le dio amparo, le cobijó y le brindó la nacionalidad española, cuando estando Sergio Ramírez en el extranjero se vio de pronto “oficialmente” en la condición de que “ya no era nicaragüense”, lo más absurdo y ridículo que podía hacer la dictadura de Daniel Ortega contra este gran escritor que le da más nombre a Nicaragua, a Centroamérica y también a España con este reconocimiento, que ciertamente es a una persona, Sergio Ramírez Mercado, pero lo es también a las letras y la literatura nicaragüense y centroamericana, reconocimiento que se le ha hecho. También Ecuador y Colombia igualmente le brindaron su nacionalidad.

Hasta hoy la obra de Sergio Ramírez se resume en 14 relatos, 14 novelas, 22 ensayos y testimonios, dos filmografías y 21 reconocimientos internacionales de premios por sus obras, doctorados honoris causa y órdenes gubernamentales recibidas.

Su candidatura y nombramiento provocaron en algunos sectores nicaragüenses, curiosamente del exilio, que están en igual condición que Sergio Ramírez, fuera de Nicaragua, que protestaran y hasta se dirigieran a la RAE pidiendo que considerara su nombramiento. Consideraban el paso de Sergio Ramírez por el gobierno sandinista de 1984, que perdió en las elecciones de 1989-1990 que llevaron a Violeta Barrios de Chamorro a la presidencia de Nicaragua desde 1990 hasta 1997, iniciándose una nueva etapa histórica en Nicaragua, hasta que Daniel Ortega volvió a la presidencia desde el 2007 hasta hoy, gobernando dictatorialmente, aspecto que Sergio Ramírez no comparte y combate.

La protesta de estos nicaragüenses, aparentemente opositores al régimen de Ortega y Murillo en Nicaragua, más pareciera hacerle el juego a la dictadura actual procurando que no se le dé relieve a una figura como Sergio Ramírez, que sigue siendo un personaje de lo más puro nicaragüense, que refleja las mejores aspiraciones de progreso social y democrático de y para Nicaragua.

Pero lo más evidente que muestran estas personas o pequeños grupos, que se pronunciaron contra Sergio, es que no tienen la menor idea de lo que es una lucha unitaria, de todo el pueblo, de todos los que están contra el gobierno de Ortega Murillo. Evidencian de esa manera que le hacen el juego a la dictadura, manteniendo, estimulando y provocando disidencias, fragmentaciones, desconfianzas en todo aquello que hoy es símbolo de la oposición al autoritarismo de Daniel Ortega y Rosario Murillo.

Lo más triste es lo que muestran…las dificultades de lograr la unidad nacional en la lucha contra la dictadura y el autoritarismo imperante en Nicaragua.

Sergio Ramírez no está en la lucha política interna ni externa contra la dictadura nicaragüense. En ese sentido no disputa lugar alguno a esos críticos suyos. Su sola presencia, la de Sergio Ramírez, con toda la fuerza intelectual y literaria que tiene, con su fuerte y radiante personalidad, con la voz que transmite en sus artículos periodísticos, y con todos los reconocimientos que se le hacen, es más poderosa que cualquier gritería que le hagan a él y no a la dictadura.

Sergio ha sido claro: “No hay ningún deterioro de ninguna democracia en Nicaragua, lo que hay es una tiranía” y dedicó su Premio Cervantes «a los nicaragüenses asesinados estos días, 2018, por reclamar justicia».

El reconocimiento que se le ha hecho a Sergio Ramírez pone en alto a toda Nicaragua, a sus luchadores actuales y a los centroamericanos en la lucha por la democracia. A mí, en lo particular, me enorgullece su reconocimiento.

Sergio Ramírez es un combatiente nato desde las palabras. La RAE le ofrece una nueva tribuna de combate. Las palabras y las ideas son tan importantes como los pertrechos. A la distancia, al amigo distante, solo me resta felicitarlo y desearle el mayor disfrute de este merecido reconocimiento.

 

Vladimir de la Cruz de Lemos

Formado en los campos de la Historia y el Derecho. Ha sido Director de la Cátedra de Historia de las Instituciones de Costa Rica y Miembro de la Asamblea Colegiada en la UCR, Decano de la Facultad de Ciencias Sociales, Director del Instituto de Estudios del Trabajo y Miembro del Consejo Académico de la UNA

 

[Fuente: www.meer.com]

sábado, 13 de junho de 2026

A RAE acolle a Álex Grijelmo, o gardián das palabras

O xornalista e escritor ocupará a cadeira ou, vacante desde a morte do arquitecto Antonio Fernández Alba 

Álex Grijelmo

Escrito por  Miguel Lorenci   

Álex Grijelmo (Burgos, 1956) será o novo titular dá a cadeira ou da Real Academia Española (RAE). O xornalista e escritor foi elixido na  sesión plenaria da Docta Casa celebrada este xoves. A súa candidatura, avalada polos académicos Juan Luis Cebrián, José Antonio Pascual e Salvador Gutiérrez Ordóñez, era a única que se votaba. Grijelmo ocupará a cadeira vacante desde o falecemento do arquitecto Antonio Fernández Alba en maio do 2024. Gardián das palabras e o bo uso da linguaxe nos medios, Grijelmo desenvolveu o groso da súa carreira profesional no diario O País. Foi responsable da redacción do pioneiro libro de estilo do rotativo nado fai agora medio século e no que foi redactor xefe de Madrid, Sociedade e Deportes. Doutor en Xornalismo pola Universidade Complutense, comezou a súa carreira no diario burgalés La Voz de Castela, para continuala na axencia Europa Press. Cursou o programa de alta dirección de empresas (PADE) na escola de negocios IESE. Impulsor de Fundéu, é un dos grandes defensores do bo uso da linguaxe nos medios. Foi director da cadea de xornais locais e rexionais do grupo Présa e director xeral de Contidos de présa Internacional.  

Desde o 2018 dirixe a Escola de Xornalismo UAM-O PAÍS. Entre o 2004 e o 2012 foi presidente da Axencia EFE, desde onde impulsou a creación en 2005 da Fundación do Español Urxente (Fundéu), hoxe asociada á RAE.   

Ensaios   

É autor de máis dunha decena de libros e ensaios sobre xornalismo e linguaxe, como 'O estilo do xornalista' (1997), 'Defensa apaixonada do idioma español' (1998), 'A sedución das palabras' (2000), 'A punta da lingua' (2004), 'O xenio do idioma' (2004), 'Palabras de dobre fío' (2015), 'Proposta de acordo sobre a linguaxe inclusiva' ( 2019) e 'Coa lingua fose' (2021).   

NA perversión do anonimato (2024) o seu último ensaio, denuncia os perigos do anonimato na internet. Coa filóloga Pilar García Mouton publicou Palabras moribundas (2011) e xunto ao académico da RAE e novelista José María Merino asinou 'A forza do español e como defendela' (2019). 

Discursos pendentes   

O pleno da RAE conta con corenta e seis cadeiras. A tricentenaria institución que «limpa, fixa e dá esplendor» ao noso idioma ten pendente a lectura do discurso de ingreso da filóloga Cristina Sánchez López, elixida para ocupar a cadeira p, vacante tras o falecemento de Francisco Rico. Tamén a do escritor hispanonicaragüense Sergio Ramírez, quen ocupará a cadeira L, da que fose titular Mario Vargas Llosa. 

[Imaxe: Mariscal | EFE - fonte: www.lavozdegalicia.es]

sábado, 2 de maio de 2026

Samanta Schweblin en un mundo roto

La ganadora del premio AENA se consolida como una de las mejores narradoras actuales y agita la escena. Perfil de una autora que explora aquello que no vemos. 

Samanta Schweblin con Maurici Lucena, presidente de Aena, y el presidente catalán, Salvador Illa, en la entrega del premio AENA de Narrativa Hispanoamericana. AENA

Escrito por Fernanda Nicolini 

Samanta Schweblin tiene ocho años y viaja apoyada en la luneta del auto. Es de noche, su hermana duerme acurrucada en el asiento y su padre maneja en silencio. Faltan un par de horas para que amanezca y muchas más para llegar a la Patagonia —Bariloche o lago Puelo, la geografía de sus veranos— y ella mira hacia atrás, hacia la negrura de la ruta que se ilumina, apenas, con la luz anaranjada de los faroles traseros. Mira con la sensación de que el mundo se va inventando a medida que el coche avanza por el asfalto. Y se pregunta, en medio de esa oscuridad que la rodea: “¿Qué es todo lo demás que no veo?”  

Esa misma pregunta hoy late en el corazón de la obra de la multipremiada escritora que nació en Buenos Aires en 1978, creció en Hurlingham —una ciudad a las afueras de la capital, que con los años será comida por el cemento— y vive desde 2012 en Berlín. Una pregunta que irriga sus novelas (Distancia de rescateKentukis), pero sobre todo sus libros de cuentos (El núcleo del disturbioPájaros en la bocaSiete casas vacíasEl buen mal), en los que lo cercano y familiar se vuelve extraño, por momentos inasible, y la realidad —lo que creemos real— es un escenario inestable que gotea por alguna grieta. Que se filtra por algún hueco y pone en duda nuestras ideas sobre el mundo. 

“Las ideas del mundo, que no son el mundo”. Eso dirá Samanta, entre otras cosas, cuando el pasado 8 de abril reciba en Barcelona el premio AENA de Narrativa Hispanoamericana (el bendito millón de euros que sacudió al precarizado mundo literario y alimentó la malicia en redes) por su último libro, El buen mal (Seix Barral). “Todos sabemos que estamos comandados por fuerzas —las ideas del mundo que no son el mundo, los miedos que heredamos, los mandatos familiares—. Dadas todas estas fuerzas, ¿hay una de ellas capaz de poner las otras en jaque? ¿Se puede prestar atención a lo que queremos y somos? Los protagonistas de mis cuentos han logrado tocar ese momento de cambio”.   

También dirá, esquivando el chismorreo y como un gesto político para trascender, acaso, la individualidad de su nombre, el narcisismo de la figura de autor, que no es un momento cualquiera para subir al escenario, para insistir con la literatura, mientras el mundo parece que se cae a pedazos. “Me gustaría que nuestro mensaje en esta celebración sea un poquito más afilado —encaró con su voz firme y aterciopelada a una audiencia que escuchaba desde mesas con mantel blanco, flanes cremosos y copas de vino—. La literatura no cambia las cosas de un día para el otro, no salva vidas en peligro, no alimenta los famélicos, no da respuestas finales… Lo que celebramos hoy de cara a un mundo quebrado y violentado por unos pocos es la contrafuerza, la conexión con los otros, la empatía, el sentido común. Parafraseando a la poeta polaca Wisława Szymborska, peor que ponerse a leer y a escribir en un momento como este, sería no ponerse a leer y a escribir en un momento como este”. 

 

Un hombre con suerte

Samanta Schweblin tiene siete años, está en la puerta de su casa de Hurlingham y del otro lado de la reja que separa el pequeño jardín delantero de la calle, la espera su abuelo Alfredo. Para ella es un extraño que prometió llevarla al zoológico, a la calesita, a tomar un helado. “Un hombre de pantalones hasta la rodilla, medias rojas debajo de las sandalias de cuero, pipa en la boca y el ceño siempre fruncido”, escribió en una nota de la revista del diario La Nación en 2021 y que, según confesó, fue el primer texto autobiográfico que publicó en su vida: una evocación conmovedora de su abuelo Alfredo de Vincenzo, considerado uno de los grandes referentes del grabado en Latinoamérica. Para ella, el verdadero origen de todo. 

Nunca la llevó a la calesita, al zoológico ni a tomar helado. Desde ese día y a espaldas de la madre de Samanta, su propia hija, Alfredo inició lo que iba a denominar “el entrenamiento del artista”, que empezó con una primera lección de austeridad: aprender a viajar en el tren sin boleto y a esconderse del guarda. “A partir de entonces me buscaba por casa cada quince días. Los encuentros tenían objetivos distintos. Las misiones iban desde la identificación de fósiles en los museos de ciencias naturales y los estilos neoclásicos en las fachadas de los edificios de Buenos Aires hasta el robo de frutas de los cajones de las verdulerías. Con el tiempo, cuando entendió que yo guardaba nuestros secretos, llegamos a confiscar algunos ejemplares de las librerías de la avenida Corrientes. Él distraía al vendedor y yo, que apenas llegaba al borde de las mesadas, me guardaba el botín entre la ropa”.

A los once años, cuando ya tenía permiso de quedarse a dormir y su abuelo le armó una camita en el atelier que ocupaba todo un piso en el barrio de San Telmo, a las excursiones a museos y librerías se sumaron los bares nocturnos de mala muerte, las apuestas a los caballos, las visitas a las milongas de la avenida de Mayo, las sesiones de jazz en el café Tortoni. Todo eso debía quedar registrado en un “diario de entrenamiento”, un cuaderno que llevaba el año y su nombre en la tapa. “Había una sola regla: no se podían escribir cosas como ‘fue muy lindo’, o ‘me gustó’, o ‘estaba cansada’. Las opiniones de ese tipo solo se permitían si se describían al detalle, la escritura era un ejercicio de precisión”.  

A los doce años ya había ascendido a ayudante de artista. Sabía de la peligrosidad de los ácidos y del filo de los buriles, capaces de puntear el metal, y que los alumnos que llegaban al taller llamaban “maestro” a su abuelo. Esos alumnos —muchos de ellos luego serían artistas reconocidos— fueron los primeros lectores de Samanta. Más bien, integrantes de un público cautivo que en los pocos minutos que tenían de descanso se amontonaban en una cocina diminuta a tomar café mientras escuchaban los relatos de la nieta. “Yo escribía toda la semana pensando en los cinco minutos de gloria del sábado, cuando todos harían silencio y me escucharían pacientemente. Ese fue mi primer taller, incluso antes de los talleres literarios por los que pasé más tarde. Recuerdo esas caras, sus voces, sus manos siempre sucias, y me siento tan agradecida por el amor y la paciencia que esos artistas plásticos tuvieron con esta nieta que hubiera debido ser grabadora, pero que estaba tan empecinada con las letras”.

¿Puede haber mito de origen más entrañable (¡y literario!) que este? Y, sin embargo, cada vez que le preguntan por sus comienzos, Samanta avanza en el tiempo y deja la historia de su abuelo a resguardo de lo que se desgasta, de lo que pierde su textura de tanto decirse. Como si aún fuera un secreto que se revela solo cuando alguien lee aquella nota autobiográfica. En cambio responde, como en el podcast El universo de Samanta Schweblin: conversaciones con Flavia Pitella (producido por Penguin Random House, sello con el que publica en Argentina), que su educación sentimental estuvo marcada por tres libros que le regalaron para unas vacaciones de verano. 

“A los 15 mi abuelo (sí, el mismo Alfredo) me regaló los cuentos completos de Cortázar, mi mamá una selección de cuentos de Kafka y yo había elegido una edición de Minotauro de El país de octubre de Ray Bradbury. Y los leía y releía, como si no hubiera otros libros de esos autores, y siento que ahí hubo una fundación de mi estado emocional de escritura: cuando escribo voy a esa confluencia entre estos tres autores”.

Después vendrían las influencias norteamericanas: su amado Carver; Flannery O’Connor, Eudora Welty y las autoras del gótico sureño con el que tanto la emparentan, la inclasificable Amy Hempel. También la lectura algo tardía de Silvina Ocampo, de quien tomó el epígrafe para su último libro: “Lo raro siempre es más cierto”. 

‘Pájaros en la boca’, ‘Kentukis’ y ‘El buen mal’, de Samanta Schweblin. SEIX BARRAL

Cuando en 2009 se publicó Pájaros en la boca, su segundo libro (Premio Casa de las Américas, nominado al International Booker Prize por su reedición y traducción en 2019), el reconocido escritor argentino Guillermo Martínez, también autor de libros de cuentos y novelas premiadas y llevadas al cine (Crímenes imperceptibles se estrenó como Los crímenes de Oxford dirigida por Alex de la Iglesia), lo presentó con evidente fascinación: 

“Creo que es uno de los libros de cuentos más notables de los últimos años, quizá de la última década. Recuerdo pocos libros de cuentos que hayan sido tan fundamentales en la literatura argentina reciente. Todos sabemos que es fácil criticar un cuento, decir dónde falla esto o aquello. Incluso, a veces se puede señalar exactamente la línea en donde un cuento se cae. Pero mucho más difícil es poder decir por qué un cuento es bueno, o por qué es buenísimo, como es el caso de los cuentos de Samanta”.

Lo que siguió fue una breve masterclass en la que, a medida que Martínez leía fragmentos de cada relato, marcaba la maravilla de su arquitectura, “el arte cuidadoso y delicado de Samanta”: su versatilidad en tonos y puntos de vista, su capacidad para crear atmósferas amenazantes con pocos elementos, las notas de humor en lo extraño, a veces incluso en lo violento; la precisión de un lenguaje que construye imágenes sin cerrar el sentido, los ecos kafkianos, el modo de incluir problemáticas de mujeres sin perder universalidad. 

En ese entonces Samanta tenía 30 años, había estudiado Imagen y Sonido en la Universidad de Buenos Aires, se había formado en varios talleres literarios, entre ellos con Liliana Heker —gran maestra de escritores—, había ganado premios y residencias varias, y era considerada una de las mejores cuentistas del momento entre pares y antecesores. Pero sobrevivía como sobrevivían la mayoría de sus amigos escritores, y lo siguen haciendo: dando mil clases por semana para llegar a fin de mes. “Me sentaba a escribir y tenía los textos de todos mis alumnos metidos en la cabeza. Era difícil, agotador”, dijo en más de una entrevista. 

Todavía faltaban unos años, pocos, para que todo cambiara gracias a una beca, una mudanza y una novela que le salió demasiado larga para ser un cuento. 

Ediciones de 'Distancia de rescate', la novela que marcó un punto de inflexión en la trayectoria de Samanta Schweblin.

Distancia de rescate

Samanta Schweblin tiene 33 años y se acaba de mudar a Berlín con su pareja, Maximiliano, por una beca para artistas del Servicio Alemán de Intercambio Académico (DAAD). Durante ese 2012, el Estado alemán le dará una casa en el coqueto barrio de Halensee, seguro médico y un sueldo. Ella podrá, entonces, concentrarse en una rutina que va a mantener a lo largo de los años, incluso cuando la beca se acabe y decidan quedarse allí: levantarse temprano, dejar el celular bien lejos después de chequear los mensajes de Buenos Aires que llegan con diferencia horaria, y sentarse a escribir por varias horas casi en ayunas —apenas un café, para que la comida que tanto le gusta no la distraiga— y con el ambiente despejado. Que nada altere su atención que es, por naturaleza, volátil. Y que el futuro quede subordinado a la prepotencia del trabajo, como decía Roberto Arlt. 

“Cuando llegué a Berlín me di cuenta de que con un tercio de las clases que daba en Buenos Aires, acá podía vivir, y que todo ese tiempo que no invertía en trabajar en otras cosas se transformaba en tiempo de escritura. Los escritores tienen que comprar su tiempo de escritura; ese tiempo es muy caro en todo el mundo, y en Argentina es directamente impagable. Y esa diferencia supuso una de las grandes razones por las que me quedé”, le dijo Samanta a la periodista Natalia Laube, que la entrevistó en su departamento de Kreuzberg en 2019 para la revista Anfibia. 

Fue durante ese año subvencionado que escribió Distancia de rescate, la novela trampolín, traducida a más de 30 idiomas y adaptada al cine con producción de Netflix, con la que se ganaría todos los premios disponibles. Una rara avis dentro del criterio comercial de las obras premiables, que supo resonar en el aire de época. De tan solo 124 páginas y estructurada a través del diálogo, la forma y la historia —una madre que agoniza en un hospital rural envenenada por agrotóxicos, y que escucha la voz de un niño que la empuja a reconstruir los hechos que la llevaron ahí— se entrelazan con precisión pasmosa para estirar las fronteras del realismo.  “Una pequeña obra maestra —en palabras de Alejandro Zambra— y escalofriantemente contemporánea”. 

Hace poco, una amiga le dijo a Samanta que sus novelas eran muy cortas y sus cuentos muy largos. Lo contó en el podcast de Penguin, donde también confesó que si bien se autopercibe esencialmente cuentista, cuando empieza a escribir no piensa en el género sino en qué necesita el texto. La longitud será algo que irá descubriendo en la marcha. Como le pasó con Distancia de rescate, que inicialmente iba a integrar Siete casas vacías (publicado en 2015 por Páginas de Espuma, premio Ribera del Duero y ganador del National Book Award en 2022 por su versión en inglés), pero creció demasiado y se independizó: “Se presentó como cuento y se reveló como novela”. 

A la par de que empezó a ganar tiempo de escritura —un cuento puede llevarle entre seis meses y un año— instalándose a 12 mil kilómetros de su país, descubrió que cada vez que se sentaba en la computadora a escribir, estaba mentalmente en Buenos Aires. O en el Hurlingham de su infancia, o en el lago Puelo de sus veranos. Esa sigue siendo su distancia de rescate: “Todos los cuentos, por más de que sucedan en otras ciudades en las que estuve, son balcones desde los que miro el lugar del que soy. Yo pongo mis dedos en el teclado y estoy en Argentina. No se me ocurre estar en otro lugar y no sé si puedo. A veces me preguntan ‘cuándo vas a escribir la novela berlinesa’, y necesitaría algo argumental que justifique semejante movimiento, porque mi mirada está todo el tiempo puesta en mi geografía emocional”. 

Ahí están, en El buen mal, la ruta entre Buenos Aires y lago Puelo como escenario de quiebre entre un padre y un hijo; las aventuras nocturnas de dos hermanas en la casa de una vieja poeta durante unas vacaciones en el balneario uruguayo Atlántida; una conversación telefónica que se traslada una y otra vez al Hurlingham en el que aún se veían caballos por la calle, o un departamento del barrio porteño de Almagro convertido en prisión momentánea.   

Todos paisajes autobiográficos que funcionan como puntos que se acercan y se alejan constantemente, y que en este libro, además, se completan con un gesto nuevo de la autora: como epílogo, además de una breve explicación del origen de cada relato, aparece una serie de agradecimientos en los que revela que escribir no es, al menos para ella, un oficio solitario. “Escribo sobre todo para ustedes, para que me quieran todo lo que pueda lograr que me quieran”, dice después de enumerar a cada uno de sus amigas y amigos que comenta, critica o elogia las primeras versiones de sus cuentos. Todas lecturas que ella toma en cuenta, en mayor o menor medida, para llegar a la versión final de cada texto. 

Los mismos que, sin duda, fueron los primeros en festejar cuando se anunció que el millón de euros era para ella. 

Los finalistas del premio AENA, de izquierda a derecha: Marcos Giralt Torrente, Héctor Abad Faciolince, Samanta Schweblin (ganadora), Nona Fernández y Enrique Vila-Matas. AENA

El núcleo del disturbio

Antes de que se supiera quién ganaba el premio AENA entre los seleccionados —Nona FernándezEnrique Vila-Matas, Marcos Giralt Torrente y Héctor Abad Faciolince, además de Samanta— la polémica ya había encendido los motores del opinómetro sobre el millón: de si estaba bien que lo diera un ente estatal (AENA: Aeropuertos Españoles y Navegación Aérea); de si era para prestigio o para marketing editorial, de si era obsceno para la literatura. Martín Caparrós llegó a decir que nadie necesita un millón para sobrevivir y que le daba mucha pena “que ese tipo guarango, prepotente de dinero se mezcle con la buena literatura". 

Cuando se anunció que la ganadora era Samanta Schweblin por El buen mal, esas mismas voces se apuraron en aclarar que la crítica no era contra ella, como si ella fuera casi una víctima de una fruta podrida. Pero Samanta, que decidió no dar notas de prensa tras la premiación, aprovechó la conferencia para hablar de plata. Y lo hizo usando un término del mundo del trabajo: “En mi imaginario siempre, desde que dejé casa de mis padres, quise tener un sueldo todos los meses. Este número lo asocio un poco con esa idea fantasiosa del sueldo para siempre”.

Luego, en el discurso de gala, viró la intervención a los criterios de premiación, y nombró a Alice Munro, a Jhumpa Lahiri y a Banu Mushtaq: mujeres y cuentistas excepcionales. “Me encanta que este premio incluya otros géneros más allá de la novela y dé su primer paso premiando la excepción”, dijo. Algo similar había hecho cuando recibió el tradicional premio Illa, en 2021, por su novela Kentukis: al darse cuenta de que era la primera mujer en ganarlo (en los cuarenta años de existencia, se lo habían dado solo a hombres: José Lezama Lima, Juan Carlos Onetti, Jorge Amado, Antonio di Benedetto, Mario Vargas Llosa, Adolfo Bioy Casares, Augusto Monterroso) en la conferencia mencionó a todas las grandes escritoras que no lo habían recibido: Silvina Ocampo, Sara Gallardo, María Luisa Bombal, Elena Garro, María Elena Walsh, Armonía Somers, Clarice Lispector. 

“Pensé que los premios pueden ser circunstanciales, sí. Pero los espacios que se habilitan —o que no se habilitan— para los grupos, las tribus, las minorías o las mayorías, son espacios más deliberados, y nos muestran quiénes somos como sociedad, hasta dónde llegamos y qué nos queda aún por hacer”, dijo para una nota de Cuadernos Hispanoamericanos cuando le preguntaron por su relación con los premios. 

La escritora argentina Samanta Schweblin, premio AENA de Narrativa Hispanoamericana por 'El buen mal'. RANDOM HOUSE ARGENTINA

Selva Almada (que acaba de publicar su cuarta novela, Una casa sola) es de las escritoras que se alegró, brindó y celebró: porque la quiere a Samanta como amiga y la admira como autora. Pero, además, porque piensa en el ecosistema literario como un espacio colectivo: “Los premios son importantes para quien los gana (con más razón si hay mucho dinero porque quienes escribimos también necesitamos dinero), pero también son importantes para el resto, para todas nosotras y nosotros, que escribimos o formamos parte del mundo del libro. Porque a través de Samanta muchísima más gente en otros países y lenguas mira y conoce nuestra literatura”. 

En eso coincide Agustina Bazterrica —autora de la exitosa novela Cadáver exquisito—, y agrega  que este premio pone la palabra dinero ahí donde durante demasiado tiempo solo hubo prestigio simbólico. Y abre una pregunta de fondo: ¿Por qué en la literatura el dinero sigue siendo sospechoso, cuando en cualquier otra disciplina es sinónimo de profesionalización?

“Cada vez que aparece dinero en el campo literario, resurgen los mismos argumentos: que si hay plata no hay arte, que si hay reconocimiento internacional hay concesión, que si hay éxito hay sospecha. Detrás de esa retórica pseudointelectual lo que suele haber es algo bastante menos noble: envidia, misoginia, resentimiento y una profunda incomodidad frente al éxito ajeno, sobre todo cuando ese éxito es sostenido, trabajado y merecido”, marca Bazterrica. 

Y refuerza: “Conozco el compromiso diario de Samanta con su trabajo. No es una pose ni un mito. Es disciplina, es oficio. Samanta escribe, publica, viaja, y amplía los márgenes de la literatura argentina desde hace décadas. Que un premio le otorgue tranquilidad económica no es un escándalo: es absolutamente razonable. Y si decide gastarlo en un yate, en libros o en no hacer nada, es asunto suyo. La fantasía de que el dinero ‘corrompe’ la literatura es, en el fondo, una forma elegante de exigirles a los escritores que sigan siendo pobres pero dignos”. 

Samanta Schweblin tras recibir el premio AENA de Narrativa Hispanoamericana por 'El buen mal'. AENA

Casi dos décadas después de aquella presentación de Pájaros en la boca, a Guillermo Martínez tampoco le sorprende que el premio AENA sea para Samanta, pero sí el escozor alrededor del dinero, como si hubiera algo injusto en que fuera “tanto”. Y hace un cálculo pragmático: descontados los impuestos, el premio le alcanzará para tener una (muy linda) casa propia y algunos años de razonable tranquilidad económica para seguir escribiendo. 

Se pregunta, entonces: “¿Es demasiado para una vida dedicada a la literatura? Sus libros, por su trayectoria internacional, han hecho ganar mucho más que un millón de euros a los dueños de las editoriales que la publicaron. Si los escritores recibimos con suerte apenas el diez por ciento del precio de cada libro y nos parece mal, ¿de verdad vamos a enojarnos cuando la varita de un premio hace algo de justicia poética?”. 

Y acude a un cuento de Henry James a modo de respuesta final: “En La lección del maestro el pobre y talentoso aspirante Paul Ouvert ve subir al escritor que más admira a un carruaje lujoso y al pensar en las recompensas materiales y el crédito social que el maestro ha obtenido, no siente rechazo o resquemor sino un poco de orgullo por la literatura”.  

 

[Fuente: www.coolt.com]