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quarta-feira, 4 de março de 2026

La edad no importa: cinco nonagenarios detrás de la cámara

Woody Allen rodará en primavera en Madrid su filme número 51. Tiene 90 años y como en él andan confundidas vida y películas, no parece que, de momento, si el cuerpo le aguanta, pueda sustraerse a la llamada del cine. Su caso es similar al de otros cineastas nonagenarios (Clint Eastwood, Costa-Gavras, Alejandro Jodorowsky), veteranos de la dirección mundial que siguen rodando como si no tuvieran edad, ejemplos de milagrosa supervivencia cinematográfica, cuyo patriarca fue el añorado Manoel de Oliveira, fallecido hace una década a los 106 años. A ellos, pero especialmente al quinto en activo hasta su muerte la semana pasada, el documentalista Frederick Wiseman, les dedicamos algunas notas y consideraciones sobre su asombrosa resistencia, a modo de elogio de la vejez tardía.

Woody Allen, en ‘A Roma con amor’, de 2012, su última actuación en un largometraje.

Escrito por Liborio Barrera

“Envejecer es un mal negocio”. La reflexión de Woody Allen ante la pregunta de un periodista se asemeja más a la respuesta ocurrente de alguien que repite un guion o una línea de una obra teatral de Woody Allen que a la imagen real del cineasta estadounidense, viejo, sí, pero más o menos ágil, departiendo con su equipo de rodaje en una calle europea o neoyorquina, planificando escenas, indicando la posición de la cámara o impartiendo instrucciones a sus actores. 

Su acusada vejez de 90 años no parece un mal negocio, sino la boyante constatación de una longevidad furiosamente apegada al presente. Su próxima película, ese Untitled Woody Allen Project con que se anuncia, se rodará en Madrid esta primavera. De nuevo una comedia, la tercera que rueda en España después de Rifkin’s Festival y Vicky Cristina Barcelona.

No importan ya tanto sus películas como que las siga haciendo y mantenga esa cadencia imperturbable de una cada uno o dos años. Aunque uno ya no comparta el entusiasmo ante la inminencia de la próxima y aprecie cierta oxidación mental en sus estructuras, en su humor. Es difícil recordar los títulos de sus últimas diez o quince películas, casi inútiles refritos de su gran cine. Pero lo admirable es el impulso vital que, pese a las quejas físicas, lo mantiene en pie, a él y a Eastwood (95 años), a Costa-Gavras (93) y a Jodorowsky (97); y hasta la semana pasada a Wiseman (96). Cinco nonagenarios sin un ápice de resignación, de claudicación. Resisten sus cuerpos socavados, amparados por la fortuna de que algunos productores quieran poner no poco dinero en ellos, gentes que, aparentemente, deberían vivir ya en los márgenes, ajenos a lo público, ya cumplida su obra, satisfecha, si es que les hubiera inquietado su ausencia, la vanidad de que sus nombres aparezcan en enciclopedias, prontuarios, recordatorios de la memoria del cine que debe ser preservada.

Esa confusión de vida y cine que existe en ellos es la que en parte explica sus empeños creativos a esta edad tan tardía, cuando su mejor cine está ya cumplido y la expectativa ante sus nuevas obras (quizá salvo en Wiseman) carece de la ilusión de la novedad, de la sorpresa, de lo inesperado.

Cómo rebatir la plenitud del Woody Allen de los 70 y 80, la secuencia encadenada que une películas innovadoras, esenciales, como Annie Hall, Manhattan, Otra mujer o Delitos y faltas, por citar algunas por las que uno siente más apego. La muerte, la infidelidad, las inestables relaciones entre hombres y mujeres, la masculinidad, el azar se ordenaron entonces como en un diccionario de motivos en estos y otros filmes al que el director ha ido recurriendo una y otra vez para tramar sus obras tardías.

En esas dos décadas, Costa-Gavras alcanzó también su apogeo, el de Z, La confesión, Estado de sitio, Sección especial y Missing, su cúspide popular, al que contribuyó la emotiva interpretación de Jack Lemmon como padre en busca de su hijo desaparecido tras el golpe militar de Pinochet en Chile. El Costa-Gavras más político, el que leyó en la historia y en el presente el carácter conspirativo y represivo del poder político, halló en esa época, especialmente en los 70, una década de contestación cinematográfica política, la energía que produjo su cine más relevante.

El tercer contemporáneo de Allen y Costa-Gavras, Alejandro Jodorowsky, comparte con ellos la misma fuerza creativa en esos años. Jodorowsky es, como en cierto modo Wiseman, un marginal respecto a Allen, Costa-Gavras y Eastwood. Su creación es la menor (11 películas en casi 60 años) y la más excéntrica y experimental. En aquellos años concibió sus más recordados extravagantes ensayos cinematográficos, El topo y Santa sangre, dos incursiones en el surrealismo insertas en el western, la primera, y el horror, que traspasaban libremente los límites visuales de una producción comercial de entonces, con su aleación de sexo, violencia, misticismo y literatura.

¿Y dónde hallar el cénit de Eastwood y Wiseman, cuyas carreras regulares difícilmente dibujan la figura de una única montaña ascendente y descendente? Al contrario, uno ve una secuencia que se prolonga durante varias décadas, de las que, en el caso de Eastwood, escoge hitos como El fuera de ley de 1976, El jinete pálido de 1985, Sin perdón de 1992, de la que quizá fue su década áurea; y Million dollar baby de 2004. Si uno pensara en la figura de un director clásico de estudio hollywoodiense, Eastwood contendría sus principales cualidades: versátil, indiferente a la idea de autoría en el sentido formal en que se la piensa si se cita a Hitchcock o a Godard, apegado al guion, escrito por otros a partir, en general, de novelas secundarias. Más que la búsqueda de un estilo, Eastwood ha perseguido la óptima resolución en imágenes de cada situación dramática.

Wiseman recuerda formalmente la pintura de Morandi, la de un artista encerrado en su estilo. Sus documentales observacionales, filmados como si la cámara se situara en un lugar aparentemente neutral, no invasivo, desde donde capta lo que ocurre delante (un juicio, la preparación de una comida en un restaurante, un pleno municipal, la sala de urgencias de un hospital, una biblioteca…), han permitido asistir al interior de la vida pública de instituciones políticas, sociales, empresariales, culturales. En su cine no hay personajes sino gentes que circulan dentro de esas instituciones, valga decir, democráticas, pues Wiseman ha sido el gran cronista de la democracia, un propagandista del mecanismo de funcionamiento de las democracias, el de la deliberación de los asuntos públicos, el de la confrontación razonada, ordenada de la vida pública. Fuese en Juvenil court, sobre el funcionamiento de la justicia para menores; en State legislatura o City Hall, sobre la política; o en documentales reveladores de esas mismas instituciones, como las sanitarias de Titicut follies, su ópera prima, o las empresariales de Meat.

¿Cómo han gobernado estos cineastas un tiempo que al prolongarse sus vidas y su oficio más allá de un horizonte común les ha ido mermando naturalmente? ¿Qué han hecho de su propio cine, si, en apariencia, el fondo creativo de sus películas iba agotándose? Uno da con una manera de resistir ese tiempo, sobre todo física, que no ha llegado aún al límite de aquel declinante John Huston, muerto apenas cumplió 81, rodando su última película, Los muertos, sentado en silla de ruedas mientras inspiraba oxígeno de una botella. 

Pasados los 90 años, ni Allen, Eastwood, Costa-Gavras, Jodorowsky ni, hasta fallecer, Wiseman, han sido apartados, abatidos por la enfermedad. Al contrario, los vemos erguidos, sumidos en una especie de combate entre lo físico y lo mental, que según reconocía Eastwood en una entrevista en el diario La Razón en 2019, tiene más de “emocional que intelectual”. Guiado por las señales de su propio cuerpo, el cineasta concluía sobre su final como artista: “Creo que cuando de verdad me canse, lo sabré”. Él mismo ha sabido encauzar la menguante energía, la quebradiza estructura ósea, la incesante roturación de la piel, la voz desfalleciente a su propio favor en Cry macho (Llora, macho), estrenada cuando cumplió los 91 años, y en la anterior, Mula, ambas protagonizadas por él y gozosos gestos de rebeldía contra el confinamiento senil.         

Costa-Gavras ha seguido aferrado a lo político (la inmigración, el capitalismo, la corrupción eclesiástica, la crisis), pero sin que sus películas hayan logrado recoger el ruido y la furia de este tiempo, como lo hizo en su mejor temporada. Tenía 91 años cuando estrenó en 2024 El último suspiro, un llamativo alegato sobre el final de la vida. Temía de la vejez, declaró a la revista Mastermind, “el declive: la vejez extrema, la dependencia”.

El nuevo proyecto de Alejandro Jodorowsky después de su última película, Psicomagia: un arte para sanar de 2016, es el guion de su propio cómic, El incal, uno de los logros de la novela gráfica europea de la década de los 80. Este viaje iniciático, de descubrimiento personal, de un detective en un futuro distópico, procede de la inagotable bolsa de ideas y planes del director chileno. “Quiero vivir hasta los 120 años, porque tengo muchas cosas que hacer y muchas películas que rodar”, decía en una entrevista al medio islandés MBL hace diez años. 

Quizá sea Wiseman, cuya producción, en los márgenes, ha sostenido la televisión pública de Estados Unidos, quien ha llevado más lejos una longevidad intelectualmente provechosa. Pasados los noventa, aún sorprendió con una ficción, la segunda entre su cerca de 50 documentales: A couple, sobre la relación entre Tolstoi y su esposa Sofía, y con una inmersión, de nuevo documental, en uno de los templos mundiales de la alta cocina: Menus-plaisir: Les Troisgros.

Cuando estrenó en 2023 este, su último filme, declaró a Euronews Cultura que nunca le había resultado muy estresante hacer películas. Se cansaba, claro; pero disfrutaba, como siguen haciendo sus otros compañeros de dirección, de la inmersión en su material para crear orden en aquel caos de horas y horas rodadas. “Es una forma estupenda de pasar el tiempo”. 

‘Menus-plaisirs-Les Troisgros’, de Frederick Wiseman, puede verse en Filmin, junto a una selección de otros de sus documentales

‘El último suspiro’, de Costa-Gavras, disponible en Movistar Plus

‘El topo’, de Alejandro Jodorwosky, en alquiler en Apple TV

‘Cry macho’, de Clint Eastwood, en Movistar Plus

‘Golpe de suerte’, de Woody Allen, en alquiler en Amazon Prime Video



[Fuente: www.elasombrario.publico.es]

quinta-feira, 1 de janeiro de 2026

«Postales para Mario», canción compuesta e interpretada por Jaime Roos

 

Buscando afiches rotos

Revelando intenciones
Viendo crecer las fotos
Enmarcando canciones
e estás poniendo serio y yo contigo

Herrumbre del diluvio recorrido
No pienses más
Siempre fue igual
Frescura no rima con sabiduría
Amigo, me estoy poniendo viejo y tu conmigo
Los que no eran problemas hoy lo han sido
Y las que fueron penas no son
No sé que decirte sin que te me rías

A levantar la copa por otro medio siglo
Si el cambalache nos perdonó
Un corazón de gracia sin preguntar qué pasa
Sin hablar de Dios
“Dios nos tenga en la gloria y el Diablo en su memoria”
Acaso no es la buena oración
Aseguir conspirando, si conspirando vamos
A seguir desangrándonos

Adónde te vas, ya sé que no estás
Es por la anestesia que pega de más
Que pega de más, qué no va a pegar
De golpe la siguen y chau no va más
La frase más hermosa: “Es benigno”
La dijo Woody Allen en un hospital
La frase más hermosa, soy testigo
El brindis de hoy es con agua sin gas

Amigo, estoy perdiendo el pelo y tú conmigo
El viento siempre en contra y sin abrigo
No lloro más
Siempre fue igual
Amigo no hay tantos que puedan decir
Amigo, te estás poniendo alegre y yo te sigo
Un brindis por el suelo mendocino
Qué importa hoy
Saber lo que es
Lo que no nos gusta saber que sabemos

A levantar la copa…


Álbum: «Fuera de ambiente» (2006)

sexta-feira, 3 de outubro de 2025

Lo que pasa con Baum es lo que pasa con Woody Allen

En su primera novela, Allen juega con esa frontera en la que la comedia deja un regusto de tragedia. Como si el chiste ya no sirviera para conjurar la muerte, sino para describirla con detalle. 

Escrito por Rubén Amón

Woody Allen ha vuelto. No a la pantalla, ni a los clubs de Manhattan donde hacía equilibrios con el clarinete, sino a la novela. Qué pasa con Baum se presenta como una obra de ficción, aunque resulta difícil disociar al protagonista de su demiurgo. Asher Baum –neurótico, hipocondríaco, moralista a su pesar – es un trasunto de Allen. O peor: es Allen sin la coartada del ingenio fílmico. El lector se enfrenta a un espejo deformante en el que la caricatura del autor se vuelve más verosímil que su propia biografía. «Lo que pasa con Baum» es… Lo que pasa con Woody Allen.

Baum habla solo. Se replica, se contradice, se insulta y se consuela. Ha encontrado en el soliloquio un interlocutor más fiable que su mujer, que su hermano, que sus exes. Hasta que el discurso interior se convierte en novela. No hay trama en sentido clásico, sino un flujo de conciencia articulado por la culpa, el miedo y el sarcasmo. Woody Allen siempre escribió contra la inmortalidad, pero en estas páginas parece también escribir contra la cordura.  

El estilo es torrencial. La prosa avanza como una sesión de psicoanálisis sin cortes publicitarios. Una página basta para que aparezcan Freud, Chaplin, los masones, la colonoscopia y los agujeros negros. Todo cabe en la mente atormentada de Baum, que necesita confirmar a cada párrafo que el mundo es absurdo. Y que, por tanto, tiene sentido seguir escribiendo novelas que nadie lee. El drama se vuelve comedia por acumulación, como en los mejores monólogos de Allen. Solo que aquí no hay carcajada, sino una risa nerviosa. 

La novela se sostiene en la paradoja: la ficción resulta más real que la vida. Es lo que piensa Baum, convencido de que solo la literatura puede explicar la verdad. Y es lo que practica Allen, que ha creado un protagonista empeñado en escribir novelas «profundas» y «definitivas», todas condenadas al fracaso editorial. Un doble juego cruel: el escritor ficticio fracasa porque es moralizante, y el escritor real lo exhibe para conjurar su propio descrédito.

Los secundarios orbitan en torno a esa melancolía. Connie, la esposa altiva y pragmática; Thane, el hijo arrogante que encarna el éxito precoz; Josh, el hermano sospechoso de traición fraterna y conyugal. Todos aparecen filtrados por el recelo de Baum, que sospecha adulterios, conspiraciones, menosprecios. La paranoia se convierte en método narrativo. Si no hay pruebas de la infidelidad, peor para la evidencia: la sospecha basta.

El humor negro impregna cada escena. Baum guarda pastillas de Nexium, Xanax y Ativán en una caja de anticuario que antes servía para polvos de estornudar. Fantasea con añadir una cápsula de cianuro. Recurre a comparaciones macabras –una cena familiar se convierte en campo de sospechas, un atasco en Manhattan en metáfora del Apocalipsis–. Allen juega con esa frontera en la que la comedia deja un regusto de tragedia. Como si el chiste ya no sirviera para conjurar la muerte, sino para describirla con detalle.

Es cierto que Qué pasa con Baum no tiene la ambición de reinventar la novela. Se parece más a un divertimento prolongado, a un ensayo disfrazado de ficción, a una sesión de stand-up transcrita en 400 páginas. El mérito está en la voz: reconocible, insistente, cargada de referencias judías, culturales, literarias. Quien haya visto Annie Hall o Manhattan encontrará aquí la misma ironía, solo que más agria, más consciente del ocaso.

Resulta tentador leer el libro como un testamento. Allen ya no busca la complicidad del espectador en la butaca, sino la del lector que soporta la densidad de sus obsesiones. No hay reconciliación, apenas una constatación: la vida es absurda, el arte no redime, la memoria se contamina de reproches. Y sin embargo, seguimos leyendo. Como quien escucha a un neurótico porque en sus manías reconoce las propias.

En el fondo, lo que pasa con Baum es lo que pasa con Woody Allen. La imposibilidad de callar. El empeño en ordenar un caos que no se deja domar. La convicción de que solo a través de la ficción puede transmitirse la insoportable comicidad de la vida. La novela se disfruta si se acepta esa premisa: que no hay trama, que no hay redención, que todo es un largo monólogo contra la nada.

Quizás Allen no ha escrito una gran novela. Pero ha escrito un gran autorretrato. Y, como ocurre con los espejos deformantes, la caricatura ilumina más que la imagen nítida. Lo que queda es la voz. Una voz quejosa, brillante, derrotada, que vuelve a recordarnos que el humor es la forma más seria de desesperación. 

 

[Fuente: www.ethic.es] 

domingo, 29 de setembro de 2024

O espello dos descoñecidos

 

A obra de Joseph Conrad demostra que cómpre falar e compartir as roturas da melancolía

 

Escrito por Diego Ameixeiras 

Díxenlle adeus ao verán cun longo paseo pola praia, tomando conciencia de que ese intre non se volverá repetir ata o ano que vén. A escena fronte ao océano parecía sacada de «Interiores», o filme co que Woody Allen demostrou que podía ser Ingmar Bergman en Long Island. Corría algo de vento. Todo era gris e chamaba á introspección, o ceo ameazaba chuvia, a temperatura non convidaba ao baño.

Pero o mar se me ofrecía en calma, así que non o pensei dúas veces e acudín ao seu encontro para completar o rito de despedida. Sucedeu o habitual: coa cabeza somerxida na auga, experimentando un agradable apagado, os meus pensamentos comezaron a silenciarse nun suave abandono de min mesmo, coma se estivese sendo rehabilitado para gozar dunha serenidade imposible na superficie.

O mundo de «Interiores» —as doenzas da alma, o desacougo existencial— quedaba lonxe. Os suicidios descenderon un 6,5% en España, informan os datos do INE. Pero segue a ser a segunda causa de morte externa e a primeira entre a mocidade, un problema de dimensións xigantescas.

Os especialistas en saúde mental insisten en que un suicida non quere morrer; só quere deixar de sufrir, como lle ocorre á Eve que interpreta Geraldine Page na película de Woody Allen. E engaden que debemos normalizar, dende os ámbitos comunicativos, o feito de que os nosos cerebros fantasíen de cando en vez coa posibilidade de aplicarnos un punto e final. Ocorre así porque somos salvaxemente humanos, e porque ninguén está a salvo dos precipicios desa Eve que decide librarse da dor desembocando no océano.

«Debo falar agora de todo isto ou seguir sendo un descoñecido ata a fin dos meus días», escribiu Joseph Conrad na nota coa que abre O espello do mar. O verán quedou atrás e aproveito para confirmar que emerxín das augas como sacramentado, culminando a miña despedida marítima con provisións abondo para camiñar pola superficie durante os vindeiros meses.

Pero tampouco pretendo enganarme. Os números sosteñen que as melancolías do próximo outono volverán afectar a gran parte da poboación, igual que as angustias do inverno e as ansiedades da primavera. O tempo pasará. Irémolo vendo. Os psiquiatras, mentres tanto, confirman o imperativo do señor Conrad: cómpre falar ou seguir sendo uns descoñecidos. Falar e compartir roturas, incendios, demolicións. Falar dunha praia solitaria e do último silencio submarino deste mes de setembro.

 

 

[Fonte: www.lavozdegalicia.es]

terça-feira, 12 de março de 2024

Jordi Puntí: «Cugat magnificava els seus errors per fer encara més grans els seus èxits»

Jordi Puntí ha guanyat el Premi Sant Jordi de novel·la amb Confeti, una antibiografia de Xavier Cugat, en la qual l’escriptor va fent créixer un personatge-narrador, un crític musical, que acabarà robant-li protagonisme al mateix Cugat. Pel mig, molta música, concerts, cantants, hotels i chihuahues.

                                          Jordi Puntí

-Què és el que li va interessar tant de Xavier Cugat per escriure un llibre?

-A mi en Cugat m’havia atret sempre, des de petit. Recordo que baixàvem a Barcelona, amb els meus pares, i veníem aquí a veure el Rolls-Royce del Cugat, al davant del Ritz. Era una cosa de pura atracció mitòmana. La seva autobiografia, Yo Cugat —que s’havia de dir Mis cinco suegras, però no li van deixar—, la vaig llegir per pura curiositat sobre el personatge i sobre el lloc, perquè Nova York sempre m’ha atret molt. Vaig pensar que havia tingut una vida molt literària i vaig pensar que prometia, perquè un dels meus interessos literaris és el viatge (sortir fora, canviar d’escenari, ja sigui a través de l’exili, de l’emigració, ja sigui simplement perquè agafes un camió i te’n vas a portar mobles per Europa) i ell havia voltat molt. Llavors em donen una beca per anar a Nova York i investigar sobre Cugat i de seguida m’adono que la novel·la ja l’ha escrit ell: la seva autobiografia és una novel·la.

-Tantes mentides hi explica?

-Hi ha molta invenció i manipulació de la realitat per convertir la seva vida en una cosa èpica, que sigui encara més fabulosa. No en té prou. Crec que és un gran insatisfet en la mesura que sempre està demanant més de tot: de la música, de les dones, de la vida en general... Per tant, vaig haver de reformular-ho tot per tenir aquesta vida literària que ja havia previst, però explicada per algú que sigui capaç de dir-nos: “Sí, és una vida literària, però hi ha un joc”.

-Va construint el que vostè anomena Galeria de Records Inventats, que són mentides que ell mateix va engrandint.

-És una cosa que potser fem tots, però a ell li passa d’una manera més exagerada, i és que ell s’ho creu. Com que el cervell necessita explicar-ho tot ordenadament, i ell ho explica tot tantes vegades que s’acaba creient les seves mentides.

-Per això s’inventa vostè aquest periodista musical que pot contrastar algunes mentides de Cugat i, de pas, observar-lo amb una mirada professional dins del món de l’espectacle.

-Sí. Quan començo a llegir sobre Cugat, veig que les crítiques no sempre es corresponen amb el que ell diu. Sobre el primer concert que va fer a Nova York, ell deia que havia estat un desastre. Jo he llegit les crítiques i tampoc no deixaven el concert tan malament. Però ell magnifica fins i tot els seus errors per fer encara més grans els seus èxits. El cas és que començo a llegir el periodisme de l’època i de mica en mica vaig veient com es transforma: un dels grans oficis del segle XX esdevé un exercici de manipulació a través del rumor, de la mentida i la frivolitat, sobretot per la figura de Walter Winchell, que transforma la manera d’entendre el periodisme d’espectacles: el periodisme musical no tant —perquè el musical incorpora ressenyes i entrevistes—, però el d’espectacles sí, perquè apareix la intervenció d’aquest ésser que pot destruir carreres o encimbellar artistes...

-És un periodisme molt més carregat de xafarderies i rumors com el d’aquell periodista de L.A. Confidential...

-És exactament això. Crec que el periodista de L.A. Confidential està, en part, basat en la seua figura. I el Cugat, com veu com va la cosa, escriu la «Walter Winchell Rumba», que és la manera d’ensabonar-lo i tenir-lo a favor seu.

-Llest, en Cugat.

-De llest, ho era molt.

-Però al llibre fa la sensació que vostè s’enamora més del personatge del periodista musical que de Cugat, perquè d’en Cugat hi veu llums i ombres. En canvi, l’altre és un personatge que es va fent gran des del no-res.

-Clar. És que soc un novel·lista i, a través de l’experiència meva d’escriure, puc aportar aquest punt de reflexió sobre els límits entre la realitat i la ficció. Pot ser tant o més seductor aquell personatge que mira el famós que el famós en si mateix —perquè el famós ja està molt definit per tot allò que ja ens han explicat d’ell. Com a escriptor, el fet de poder inventar un personatge i fer-lo córrer i donar-li vida és molt més atractiu.

-Fins i tot els fragments més intensos del llibre són de quan el periodista musical es deixa anar.

-A més, hi ha la fascinació que ha despertat en mi aquesta època. La coneixia relativament. A mi m’agraden molt els crooners: Cole Porter, els germans Gershwin, Irving Berlin, Jerome Kern... tota aquesta gent m’agrada molt, però l’escena més alternativa, que era el que passava a Chicago i a Harlem, amb Louis Armstrong, Duke Ellington..., tot això ho coneixia poc. I quan entres et quedes meravellat. I decideixo que al meu narrador li passarà el mateix. Ha crescut en una classe mitjana alta, que és la que va als hotels a escoltar orquestres, i un dia es fica en aquest altre món i l’impressiona. I tot amb la llei seca com a teló de fons, amb aquest joc entre el que és prohibit i el que és tolerat. Tot això em fascina i vull transmetre-ho. Són pàgines en què m’he deixat anar, però també m’hi he contingut, perquè tenia por que la novel·la es perdés per aquest camí.

-Treballa molt aquest personatge: fins i tot, reconeix que després d’un any d’escriure ressenyes de concerts no n’ha fet ni una d’un músic afroamericà.

-Sí. És el retrat de l’època. La novel·la intenta tenir sempre present què passava a la societat nord-americana en aquell moment del segle XX. El Cugat no va tenir un músic negre fins molt més tard. Va ser gairebé una claudicació, acceptar-ho. Sí que havia tingut Miguelito Valdés, que havia estat dos anys amb ell, però era una mena de mulat (el 25% potser). I ell sí que treia aquesta mena d’essència negra molt africana a l’hora de cantar. Però en aquell moment els de l’Hotel Waldorf li deien a Cugat que controlés Miguelito Valdés, que allà els estava oferint una cosa a la qual no estàvem acostumats.

-Què ha descobert de la música d’aquell temps que no coneixia? La història de l’Enric Madriguera és sorprenent: en un moment donat dos catalans estan al capdavant de dues orquestres diferents tocant en els millors locals de Nova York, un darrere l’altre...

-Sí. Quina és la diferència entre ells dos? Crec que musicalment estan al mateix nivell. La diferència és que Madriguera es casa amb la seva cantant i tota la vida viu amb ella, i en Cugat va canviant i necessita renovar-se. I que en Cugat entén que la promoció d’un mateix forma part de l’èxit i, per exemple, és dels primers a introduir la publicitat de la seua orquestra als diaris. Contracta una persona que es dedica a fer promoció d’ell. I Madriguera no té aquesta necessitat. Ell té una cançó que es diu «Adiós» i que tothom als Estats Units la interpreta. Madriguera és més compositor i dins del cançoner americà hi ha més cançons seves que del Cugat —perquè Cugat era més arranjador, però no hi ha moltes composicions seves. En canvi, Madriguera es queda en un entorn més limitat i no fa tant d’esforç.

-Però sí que hi ha paral·lelismes entre les seues carreres.

-Sí, durant la Guerra Civil, per exemple, fan molta promoció de la Brigada Abraham Lincoln, en fan referència, toquen cançons que fan picades d’ullet eròtiques als soldats, tots dos fan el mateix. I al mateix temps tots dos lluiten per portar als EUA els seus familiars, que són aquí. La germana del Madriguera —Paquita Madriguera— era una gran pianista que es va casar amb el guitarrista Andrés Segovia.

-D’Enric Madriguera, no n’havia sentit mai a parlar.

-Jo tampoc. Ni de l’altre català, l’Agustí Borgunyó, que va tenir una vida sentimentalment trista. Estava allà tocant amb orquestres, però s’enyora i compon sardanes —que no pot interpretar amb ningú perquè no té una cobla. Arriba un moment que no ho pot resistir més, torna cap aquí —als anys seixanta— i pot tocar les sardanes, però s’adona que el franquisme tampoc no deixa massa espai a aquesta música i es dedica a escriure foxtrots per pensar en els Estats Units, on ha deixat una filla i una feina. Són aquestes vides desarrelades sempre...

-No està mai on hauria de ser, pobre.

-Mai. Aquesta és la diferència amb en Cugat. Cugat sap que aquell desarrelament, aquella lleugeresa és el seu modus vivendi.

-Ja es veia que Cugat era un personatge histriònic, una mica a la manera de Dalí. Això també feia més interessant el personatge.

-Sí. Quan penses que Xavier Cugat va tindre tres germans que van viure tot igual que ell i, en canvi, no han fet el que ha fet ell, tret de l’Enric que se li assembla més, vol dir que té una força interior, que l’empeny a viure d’aquesta manera. Després hi ha un moment que em sembla important en la seva vida i en la seva carrera, que és quan es posa perruca, perquè passa de ser una persona a ser un personatge: aleshores el personatge ja està fixat, definit, i ja és més personatge que persona.

-Amb la perruca i els chihuahues...

-En aquella època no hi ha tele. El coneixen molt per la ràdio. Cada divendres a la nit la seva orquestra i la de Benny Goodman actuen una hora cadascuna a la ràdio nacional. I les classes populars que no poden anar a veure’ls als teatres o les grans ciutats, què fan? Aparten els mobles del menjador i ballen a la sala. Woody Allen ho ha ensenyat a Dies de ràdio, i la música és de Cugat en part. Després van al cine i el veuen tocant al Waldorf. El dia que aquell home es posa la perruca i comença a girar per tot el país és com si hagués saltat de la pantalla i el tinguessis al davant en carn i ossos.

-Hem parlat de Madriguera i Borgunyó perquè li demanava què ha descobert de la música d’aquell temps que l’ha impressionat. Transmet molt clarament que ha gaudit.

-Sí, totalment. Coses que he descobert: Cab Calloway. Jo espero que els lectors quan vegin aquestes descripcions meves, vagin a Internet i busquin Cab Calloway actuant...

-És aquell del serrell impossible...

-Sí, aquell serrell que fa anar com vol. Jo escric que és mig mèdium demoníac, mig músic. És fascinant. I també és interessant veure com músics com Chano Pozo, Duke Ellington o Charlie Parker abracen la música cubana. Evidentment, no es fixen en el Cugat, però el Cugat ha estat qui ha fet que aquella música hi arribés. El dia que decideix abandonar els violins i posar a l’orquestra güiros i maraques, i congues i tot això, la seva música fa una transformació. És ell qui la introdueix amb molta prudència. La classe alta que va al Waldorf senten allò i és exotisme pur. Queden fascinats. La música cubana la coneixia una mica, però després he anat entrant més en els músics cubans que entren als EUA en aquella època: Machito, que li pren el títol de Rei de la Rumba; Panchito Riset, que és un cantant de boleros, diabètic, a qui li han de tallar una cama, i es mor de fàstic... És entranyable.

-Què devien pensar de Cugat?

-Quan estava a Nova York, vaig conèixer Paquito D’Rivera a través d’un amic comú i em va dir més o menys que Cugat era qui havia endolcit la música cubana fins a un nivell insuportable. Per als cubans, Cugat és un fals.

-És clar, per a ells Cugat potser va ser qui va prostituir la música cubana.

-Clar, però també és qui obre pas. Ell és, per exemple, qui deixa entrar Desi Arnaz a la seva orquestra, i al cap de molt poc coneix Lucille Ball, se’n van a Miami i el coronen com a rei de la conga. Llavors Cugat se’n va també a Florida i vol fer la conga més llarga de la història. Però és clar, Desi havia nascut allà...

-Digui’m la veritat: el que voldria ara és fer-se crític musical?

-No, no en sé prou. No tinc prou coneixements de música ni prou perspectiva. Però sí que soc un apassionat. És veritat que la música ha format part de la meva vida d’una manera molt natural. Amb molta diversitat. I probablement això és el que he sabut o espero haver sabut transmetre al meu narrador, que no deixa de ser un alter ego personal meu. El que m’ha agradat és intentar transmetre l’ambient, aquella escalfor. Això sí que em trasllada del tot. La diferència és que avui dia els clubs de jazz com el Village Vanguard o el Blue Note no és el mateix perquè no hi ha fum.

 

[Imatge: Europa Press - font: www.eltemps.cat]

quinta-feira, 8 de fevereiro de 2024

Come en casa Borges: el adictivo buscador del poeta Germán Gallo

 

Escrito por María Sirvent

Hay una boca
abajo de tu boca,
hay otro tiempo
abajo del tiempo

Las cosas que no existen
están abajo de otras cosas que tampoco existen,
los deseos truncos y atroces
se apilan sobre otros deseos
truncos y atroces

(Germán Gallo)

«Siempre me gustó mucho Borges y siempre me gustó mucho la tecnología. El Borges de Bioy Casares es un libro muy difícil de conseguir. Comprarlo es casi imposible en Argentina, no se consigue, las ediciones que quedaron de esa primera tirada valen unos 600 USD. Lo que pasó fue que se publicó el libro completo y, después, un grupo de herederos, no sé si de Bioy Casares o de Borges, decidieron que no querían que se siguieran publicando algunas cosas que aparecían en ese diario. Se publicó entonces una versión reducida del mismo, que contiene como el 20% del diario completo. A mí siempre me interesó el diario completo, donde está todo sin filtrar, y cuando lo encontré en digital, lo empecé a leer y vi que tenía esta cosa de inaccesible, porque es muy grande, y lo leía un poco como el I Ching, por usar una metáfora que alguien dijo: abro acá y veo lo que haya. En paralelo, empezó toda esta movida de la inteligencia artificial, que me gusta muchísimo. Yo no sé programar, pero con la ayuda de una inteligencia artificial me puse como desafío ver si podía transformar todo ese diario en una base de datos a la que se pudiera acceder desde un buscador, sin saber programar. Increíblemente funcionó. Yo pensé que no iba a funcionar, pero funcionó». El 25 de abril de 2023, el poeta argentino Germán Gallo (Buenos Aires, 1990) anunció en su cuenta de Twitter que había desarrollado con inteligencia artificial un buscador gratuito del agotadísimo diario de Adolfo Bioy Casares sobre Borges.

25.04.2023 

@germangallo: Entre 1947 y 1989 Bioy Casares registró en un diario increíble cientos de reflexiones y charlas junto a su amigo Borges. ¡Ahora podés buscar lo que quieras en ese diario!

El monumental Borges de Adolfo Bioy Casares (Destino, 2006), con cerca de mil setecientas páginas, narra con una minuciosidad pasmosa los encuentros y las conversaciones que los dos amigos y compañeros literarios mantuvieron durante más de cuarenta años. La obra no funciona solamente como un retrato del Borges más íntimo, a quien Bioy consideraba la persona más inteligente que conocía, sino también como la crónica de una época y de una amistad única. Podríamos verla incluso como un curso avanzado de crítica literaria o, en algunos momentos, como una especie de Sálvame intelectual del siglo XX. Hay algo adictivo en poder leer a Borges sin tener que leer a Borges, en averiguar lo que opinaba de cualquier tema sin ningún tipo de filtro, especialmente sobre otros escritores, en verlo de pronto discutiendo sobre Shakespeare o Dante o preparando prólogos y conferencias, pero también en destrozar su leyenda y poder imaginarlo en momentos mucho más mundanos:

1969. Miércoles, 22 de octubre. Ciego, los demás no existen para Borges. Se desnudaba delante de todo el mundo en la playa de Mar del Plata, hace pis en mi cuarto de baño sin cerrar la puerta y ayer conversaba cómodamente con Guerrero Marthinheitz, por Radio Belgrano.

25.04.2023 

@germangallo: Nota random: no sé programar. Armé el proyectito con GPT + la ayuda de mi amigo Patricio.

La edición de los diarios de Bioy estuvo al cuidado del editor Daniel Martino y según me cuenta Germán Gallo, es absolutamente imposible de conseguir en librerías. En una rápida búsqueda en Internet, compruebo que el precio de un ejemplar de segunda mano de la edición completa, la del 2006, llamada también el BORGES Maior, alcanza los 600 euros tranquilamente, y que una edición de segunda mano de la versión reducida, el BORGES Minor, se sitúa en los 250 euros.

Le confieso a Germán que estoy entusiasmada con esta especie de Google de Borges que ha hecho, www.comeencasaborges.org, en el que se pueden realizar búsquedas de dos maneras, por palabra clave o mediante una opción llamada «Ver 5 entradas al azar», que es una especie de lotería borgiana, algo parecido a un «Voy a tener suerte». Si pudiera, pasaría tardes enteras en el buscador de Gallo, poniendo palabras clave y leyendo todo lo que sale: Kodama, Beckett, idiota, Yeats, amor, Cortázar, culo, Kipling, poemas, testículos, Perón, playa, Neruda.

Le pregunto a Germán si ha tenido algún problema legal con el buscador y me dice que no, pero que en su día recibió un par de mensajes agresivos de Daniel Martino, el editor de la obra, la persona a la que Bioy le dejó sus diarios:

«Bioy era muy detallista y tenía diarios sobre un montón de temas. El editor filtró todo lo que hablaba de Borges y editó el libro completo, el que no está filtrado. Pues a él no le gustó que esté publicado con mi buscador, pero no pasó más de eso. Yo le expliqué a Martino que, en realidad, yo no gano plata con esto, la pierdo porque tengo que pagar el servidor. Simplemente lo hice para que la gente pueda acceder a un libro al que no se puede acceder de otra manera y que es súper valioso. Martino estaba bastante enojado con el tema. No sé si seguirá enojado, imagino que no».

Aprovecho la ocasión para lanzarle a Germán la bomba que no se espera: le digo que conozco sus poemas desde hace muchos años, al menos los poemas publicados en su blog de poesía abandonado Toda la sangre a la cena, que mantuvo activo desde 2009 hasta 2014. Se sorprende. No sé si soy una especie de fan. Le cuento que lo descubrí por puro azar hace años y que algunos de sus versos se me quedaron pegados y me han acompañado a lo largo del tiempo. A menudo he visitado su blog para recordar algún poema, parar leerle algunos versos a alguien, como quien enseña un tesoro, pero sobre todo para ver si lo había reactivado, si había vuelto a escribir. Nunca me llevé esa alegría. El poeta argentino Germán Gallo había dejado de escribir, al menos en ese blog, en 2014, a la edad de veinticuatro años.

Le recuerdo que hace diez años se definía a sí mismo en internet como un fundamentalista de Borges y de Woody Allen y como un poeta «inseguro y enmascarado». Me confirma que Borges sigue siendo su escritor favorito, su lugar seguro («Me gustan mucho sus cuentos, su poesía, sus ensayos. Es un escritor que me gusta de manera integral»), pero que a día de hoy no se definiría como un poeta, aunque confiesa que en los últimos tiempos está volviendo a reconectar con la poesía.

¿Por qué deja de escribir un poeta a los veinticuatro años?

Me cuenta su hipótesis, bastante convincente: por nada. Nada concreto. La vida.

Germán Gallo estudió Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires. En el año 2012, a la edad de veintidós años, fue incluido en una muestra de nuevos poetas de Buenos Aires, nacidos entre el 82 y el 90, seleccionados por Rocío Wittib, colaboradora de Círculo de Poesía, entre los que se encontraban Lucio L. Madariaga, Santiago Rouaux, Luz Marchio, Tom Maver y Luciana Reif. En el 2015, se lanzó la antología Pasarás de moda: 35 poetas jóvenes en español, donde Germán Gallo figuró junto a otros poetas seleccionados por Enrique Adrián Martínez, Luna Miguel y Jesús Carmona-Robles, como Berta García Faet o Robin Myers.

Después de eso, nada. Nada concreto. La vida.

Le digo que gracias a su buscador he leído un texto que me gusta mucho en el que Borges opina que no hay poemas malos, sino poemas no concluidos:

1948. Dice Borges. «Al ver los poemas tempranos de Yeats —buenos al cabo de veinte años, tras muchas correcciones—, he pensado que los escribió para llegar a esta forma: son poemas que han necesitado toda la vida del autor para llegar a la forma perfecta. Tal vez no haya, en la mente de los poetas, poemas malos; tal vez en casi todos los poemas malos habrá un poema bueno, que movió a escribir al autor. Yeats empezó a escribir los suyos porque confusamente los adivinaba como son ahora, como quedaron después de las últimas correcciones; los poemas malos serían poemas no concluidos».

Comentamos el fragmento. Germán lo desmenuza poco a poco. Le parece una idea hermosa: «Tiene esto de no juzgar, de no atribuir a la acción de escribir un juicio de valor directamente. Y después tiene algo de esperanza, reflejada a través del trabajo. Destaca el trabajo persistente para lograr lo que logró al final».

Le digo que me parece que, de alguna forma, Borges en ese párrafo está convirtiendo a todo el mundo en poeta. Que nadie se salva de ser poeta. Me recuerda un poco a algo que le escuché decir a Bolaño acerca de las novelas malas en una entrevista, que se podía aprender de ellas, que, aunque estaban mal escritas, contenían a menudo ideas interesantísimas.

Le pregunto a Germán si todo poema es una trampa, tal y como escribió en su poema «Origami», uno de mis favoritos, donde veo o quiero ver referencias borgianas: pliegues y laberintos que desafían la comprensión («no hay puertas: todo se bifurca»), la multiplicidad de las experiencias, la polifonía («no puedo hablar con mi voz, solo con mis voces») la repetición y la exploración constante («se trata de leer de releer de retroleer de protoleer de urleer»).

—¿Te cuento de dónde viene este poema?—me dice.

¿Qué más puede pedir una especie de fan que lleva diez o quince años visitando tu blog de poesía abandonado?  Pienso.

Me dice que cuando escribió este poema, «Origami», estaba aún estudiando en la facultad y había leído Ficciones barrocas de Carlos Gamerro, un libro de ensayos sobre literatura argentina, donde analiza a escritores con rasgos estilísticos bastante parecidos, como Borges, Silvina Ocampo o Bioy Casares, desde una óptica bastante disruptiva, porque siendo escritores del siglo XX, los categoriza como escritores barrocos. El análisis de Gamerro es, según me cuenta Germán, «que lo que tenía el barroquismo como definición, esto que catalogamos de exceso de esteticismo o de ornamento, es en realidad una búsqueda de no controlar el sentido, de permitir la multiplicidad de eventos simultáneos a través de recursos visuales superpuestos. Gamerro dice que estos escritores escriben de tal manera que sus sentidos siempre están como fugándose y sucediendo en muchos niveles al mismo tiempo. A través de esa idea, bastante robada en cierta manera, llegué a esta idea de poema».

Continúa Gallo: «Si yo tengo la idea de un poema para decir que la muerte es triste, y estoy enredando el poema, pero al fondo solo quiero decir que la muerte es triste, tendría que escribir solamente «la muerte es triste». Creo que una falencia a veces de un poema es cuando, para transmitir una idea o un concepto, estás usando una estructura compleja. Si la idea es simple, tu estructura debería ser simple. En consecuencia, siento que un poema, en general, o por lo menos la poesía que me interesa a mí, suele tener una riqueza de ideas o muchas ideas de manera simultánea, y en ese sentido me parece que cumplen su objetivo de ser poemas y no un aforismo o una frase, porque superponen muchas cosas. Llegando a la idea de la trampa, creo que tienen algo de trampa. Los poemas que más me gustan tienen las dos cosas: parecen simples; es decir, los lees y hay una idea que entender, y podrías quedarte con esa trampa y listo, este es el poema, o podría ser mucho más que eso y tener este nivel de pliegues o capas de manera mucho más extensa, que es, creo, donde empiezan a ganar riqueza».

Me voy a su buscador. Gracias a él puedo encontrar en pocos segundos una reflexión de Borges acerca de la literatura que casa muy bien con las reflexiones de Gallo. Dice Borges que la literatura «es un juego en el que se hace trampa, no se observan las leyes».

¿Cuántas veces comió Borges en casa de Bioy? —le pregunto a Germán. Muchísimas veces —me dice.

Numerosas entradas en el diario de Bioy Casares sobre Borges comienzan con la frase «Come en casa Borges». Este nombre resulta sumamente acertado para el buscador desarrollado por Gallo. Tiene incluso más sentido que el título del diario editado por Martino, llamado Borges, a secas. Una búsqueda en Internet me lleva en línea recta a un artículo académico titulado «Come en casa Borges. ¿Qué come en casa Borges?», escrito por Anabel Gutiérrez León (Universidad de Zaragoza). En el artículo se puede leer que «según el registro llevado por el autor, Borges come en casa de los Bioy 1737 veces» y que «Bioy no ofrece nunca información particular sobre el menú».

Hay una sensación de infinito en el buscador de Germán Gallo, en ese no saber en qué página estamos ni cuánto hay detrás o delante del fragmento que aparece en cada interacción. Estamos siempre en el centro de la obra. Hay también algo de infancia en ese hacer clic y esperar que Borges nos sorprenda una vez y otra vez, una y otra vez, con esa insistencia inagotable que tienen los niños cuando encuentran algo que les gusta.


[Foto: Cordon - fuente: www.jotdown.es]

quarta-feira, 10 de janeiro de 2024

'The New Yorker' recomana una novel·la en català com una de les seves preferides

 

És una de les publicacions culturals més cèlebres del món


'Boulder' és un dels fenòmens literari en català més importants dels últims anys. La seva autora Eva Baltasar (Barcelona, 1978) es va convertir amb aquest llibre amb la primera escriptora en llengua catalana finalista al Booker Prize International 2023, el reconegut guardó a la millor obra de ficció internacional traduïda a l'anglès.

Una excel·lent carta de presentació en el panorama editorial anglòfon, que li ha valgut ser una de les tres novel·les recomanades per Parul Sehgal, una de les crítiques de la prestigiosa revista 'The New Yorker', una de les publicacions culturals més cèlebres del món que ha comptat amb col·laboradors com Truman Capote, Woody Allen, Hannah Arendt, Robert Crumb, Roald Dahl, Stephen King J.D. Salinger.

Segons Sehgal, 'Boulder' és la història d'una dona alliberada, decidint que ha de fer amb la seva llibertat. Un llibre sobre una nova vida per un nou any".

 

[Font: www.racocatala.cat]

sexta-feira, 15 de dezembro de 2023

Pódese amar a un monstro?

 

Dederer reflexiona sobre se é posible separar ao autor da súa obra, amar a un xenio pola súa arte á vez que o detestamos como persoa

                                Á esquerda, Pablo Picasso; amais, Roman Polanski e debaixo, Woody Allen. Tres figuras analizadas por Dederer

Escrito por ENRIQUE CLEMENTE

A polémica é recorrente: pódese admirar a un xenio perverso, a artistas cunha obra magnífica que son persoas detestables? A lista é ampla. Norman Mailer apuñalou á súa muller no estómago; Arthur Koestler era un borracho violador en serie; o premio Nobel V. S. Naipaul, ademais de racista, cruel e narcisista, era un sadomasoquista adicto a vexar ás mulleres; Heidegger foi un nazi recalcitrante; Célibe, antisemita; William Burroughs, un adicto á heroína e o alcol que matou á súa muller dun disparo xogando a Guillermo Tell; Simenon era antisemita, colaboracionista e adicto ao sexo...

A crítica de libros, ensaísta e xornalista Claire Dederer, colaboradora de The New York Times, aborda a cuestión desde unha perspectiva persoal en Monstros, que leva o significativo subtítulo de Pódese separar o autor da súa obra? O libro arrinca forte cun prólogo dedicado ao cineasta Roman Polanski, ao que tacha de «xenio repugnante», e sobre o que conta como drogou e violou analmente a unha nena de 13 anos. «E, aínda así, a pesar de saber o que fixera Polanski, eu seguía gozando da súa obra. Moito», escribe. Dederer sinala que quería «ser unha consumidora con estándares morais, unha boa feminista de xeito demostrable e, ao mesmo tempo, unha cidadá do mundo da arte». Pero, cal era a forma correcta de actuar ante eses «dous imperativos idénticos e aparentemente contraditorios?».

«Eu sabía que Polanski era peor, signifique o que signifique iso. Pero Woody Allen era a persoa que suscitaba un maior debate interno entre o espectador medio», explica. «De mozo, eu sentíame como Woody Allen. Intuía ou cría que me representaba na pantalla. El era eu», relata. «Despois do de Son-Yi pasei a velo como un agresor. Deitarse coa filla da túa parella non é que sexa horrible, é que vai máis aló diso», asegura.

«Annie Hall é a mellor comedia do século XX. E debía renunciar a iso só porque Woody Allen actuase mal? Non me parecía xusto», afirma. A autora cre que «Manhattan e a súa alegación a favor das mozas e en contra das mulleres sería preocupante incluso se o furacán Son-Yi xamais tocase terra, pero non podemos sabelo, e ese é o miolo da cuestión».

Colección de clásicos

Dederer di que xenio «é o nome que lle damos (...) cando non queremos pedirlles contas aos nosos heroes». «Esa idea do xenio —prosegue— e do que se lle permite aplícaselle a determinadas persoas concretas. Unha pista: non son mulleres». «Musculosos, desenfreados, mullereiros, virís, coes, sexuais. A idea que temos hoxe do xenio artístico débelle moito a Picasso e a Hemingway», sinala. «Pero claro que Picasso era un parvo. Ao seu amante Françoise Gilot presuntamente díxolle: 'Para min, só hai dous tipos de mulleres: deusas e felpudos'». Aquelas a as que «utilizou na súa vida forman un montículo de carne, ata o punto que pode resultar difícil lembrar cal é cal». Mariana, a súa sobriña, escribiu: «Sometíaas á súa sexualidade animal, domábaas, enfeitizábaas, inxeríaas e espremíaas nos seus lenzos e, cando xa as deixou secas, despois de extraerlles as súas esencias noite tras noite, refugábaas».

«O nome de Hemingway é sinónimo de disputas, mulleres e violencia glamurosa; de peches de touros, de pescar peces moi grandes, de axexar leóns, de golpear a mulleres e nenos», asegura. Era «un matón, un abusón, un agresor verbal».

«A raíz do Me Too, emprendemos un experimento mental —ou talvez só foi cousa miña— no que intentamos imaxinar un mundo no que a masculinidade, a virilidade, a carta branca e a violencia non fosen necesarias para facer arte con maiúsculas», apunta. Para Dederer, Vladimir Nabokov é o antimonstro, a pesar de que Lolita «en si mesmo, vese como un acto de abuso». Segundo a ensaísta, Nabokov «estaba disposto a que o mundo pensase o peor del. Ao facelo —ao contar a peor historia e deixar que o mundo crese que tiña algo que ver con ela—, creou unha forma de que entendésemos, de que sentísemos, a enormidade que supón roubarlle a alguén a infancia».

«Que facemos coa arte dos homes monstruosos?», pregúntase ao final do libro. Aínda que, para ela, a pregunta verdadeiramente importante é «que facemos coas persoas monstruosas ás que queremos? Eliminámolas das nosas vidas Cancelámolas?». E a modo de conclusión: «Non queremos a quen o merece; queremos a seres humanos defectuosos e imperfectos».

 

[Fonte: www.lavozdegalicia.es]