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quinta-feira, 18 de junho de 2026

Fassbinder, l’amore fa ancora male

Il 10 giugno 1982 moriva il regista tedesco: autore scomodo, scandaloso ancora oggi, capace di trasformare la retorica del sentimento in una fredda anatomia del potere, della sottomissione e del desiderio

Regista e produttore cinematografico tedesco, ritratto dietro la macchina da presa durante le riprese di "Lola" a Monaco di Baviera, il 14 maggio 1981. Nato il 31 maggio 1945 a Bad Woerrishofen, Fassbinder raggiunse la fama internazionale con film come "Katzelmacher" (1969), "Warnung vor einer heiligen Nutte" ("Attenti a una santa prostituta", 1971) e "Effi Briest" (1974). Morì il 10 giugno 1982 per overdose di droga. picture-alliance/ dpa

sábado, 13 de junho de 2026

El último malayo. Cerdos & Peces #11

En abril de 1987 la revista Cerdos & Peces publica su decimo primer número. En esta edición el Indio Solari presenta otro de sus textos inéditos.  


Escrito por Indio Solari 

Finalizaba el año 1982 cuando abracé por última vez a Bruno Beonnelheim, más conocido en la periferia del underground como “El último malayo”. Un joven alemán, cantante de rock y periodista free-lance transumante que, para los memoriosos que recuerdan su accidentado paso por nuestro país, generó junto a otros alemanes pertenecientes a su banda llamada “Los de carne” (así en castellano en Alemania) más un par de amigos porteños que los secundaron musicalmente, una de las muestras más conmovedoras, espontánea y efímera (por la irrupción de un grupo que dijo pertenecer a Coordinación Federal) para esos años. 

A través de una carta que me enviara su compañera Märit, acabo de enterarme de su muerte a manos a una comisión policial que lo detuvo en plena Josefstrasse a la salida de un local nocturno donde presentaba su número de “conversaciones y baladas lunares” y que oficialmente fue descrita como ocasionada por un disparo proveniente del interior del propio club adjudicado a un desconocido que logró escapar. 

Algunos años antes de ese diciembre de la despedida, tuve ocasión de compartir con él una habitación en la que fuera la mítica casa de salud que funcionó en el abandonado balneario de Dr. Belmes, unos doce kilómetros al sur de Villa Gesell, donde un grupo de personajes significativos de lo que dio en llamarse la nueva izquierda sobrenadante de la cultura rock, estaban internados (por decirlo así) para recuperarse de los estragos psicofísicos que la lucha contra el modelo sistémico había provocado en ellos. En este accionar, “el último malayo” había jugado un papel escénico de incauto drogado que bailaba un boogie de tres mil dólares mensuales, procesado por el movimiento de psicodelia negra que rodeaba en ese entonces a los desposeídos que habían perdido sus defensas sociales en su experiencia con drogas. 

En unos apuntes que aún conservo de aquellos meses en la Casa de Salud del Dr. Semasendhi han quedado registradas algunas anécdotas y visiones anticipadas que Bruno me proyectara, caracterizadas por su oposición a mi lectura un tanto posmodernista del estado de cosas en el imperio que él calificara de antigua ya por ese entonces. 

De ajustarse la muerte de Bruno a la descripción de los testigos, el verdugo de turno abrió en mí una herida dichosa que no cerrará jamás. Todavía lo recuerdo esa última vez, con sus botas radicales, su camisa de raso negro y ese pelo corto que él llamaba “la moda fenómeno para enfermar apenas”. Lo recuerdo, decía, como un tipo claro, austero, y sin el temor por lo intelectual que ya por entonces preocupaba a los jóvenes. Con sus enunciados musicales que no permitían comprenderle si uno no tenía acceso a la intimidad del método poético que descubre los significantes a medida que el discurso corre. También puedo dejar de imaginarle como lo describe Märit, mientras es examinado boca abajo con los brazos estirados sobre la cabeza, convertido en terreno de técnicas policiales. Con una perforación poco llamativa debajo de la axila, en la tenue fetidez de la carne apenas corrompida. Y luego tapado con una lona y etiquetado. Un cadáver que parece decir ¡esto lo hemos hecho nosotros! Un solo disparo. Chup! Veo también lo que atrae la memoria doliente de Märit en otra parte de su carta. Veo cuando Bruno la despierta por la mañana… ¡Levántate, dulce amor mío, ya es mediodía, debemos echar todo a perder! 

Según su compañera, Bruno sabía que la poli le iba a echar el guante ni bien se descuidara. Dormía cada noche en una iglesia distinta. Algo que puede sonar aquí muy extraño pero que para los conocedores de la realidad social en la Alemania de hoy es un detalle claro. 

Bruno se había convertido en el último tiempo en un fantasma social que fascinaba a los jóvenes con su recorrida infernal de recitales para la rebeldía juvenil alemana. Ese latido desconocido en nuestro medio, que él abarcaba con sus baladas lunares y la presión de su rock extremo. Se autodescribía como un producto de la cultura rock y como tal luchaba en favor de las pulsiones que intentaban romper la convención vigente. Esperaba impaciente una nueva expansión del campo de lo posible que vela en forma de una cultura libidinal no represiva, gobernada por el principio ordenador del placer en contra de un sistema que había suprimido (represión mediante) el elemento lúdico no funcional de la actividad social y eliminado el juego como fundamental vocación humana. Porfiaba contra ese sistema que intenta desterrar el placer como práctica existencial efectiva. 

De sus labios escuché por primera vez el término posmodernidad. Le molestaba la actualidad que se adjudicaban sus suscriptores. Decía que para desnudar la visión posmoderna no había que hilar muy fino. Que bastaba con observar qué cosas se inscribían con comodidad y complacencia en la resignación posmoderna. 

Su mirada de rocker se ajustaba al lugar donde estaba parado y desde allí contestaba independientemente del código propuesto por el modelo sistémico para su propia descripción. Afirmaba que la lectura posmodernista era puramente descriptiva, rara vez explicativa y sin ninguna propuesta de dinámica social que salta por sobre los decorados anestésicos propuestos por los grupos del poder. Acusaba de esta moda los pensadores de la nueva derecha que en su afán por desnudar a la izquierda la estereotipaban en la vetusta figura del PC francés y que, según sus propias palabras, “usaban el liberalismo burgués para defender un anarquismo de juguete, frívolo y órfico”. Sospechaba de la ceguera que les hacía confundir todas las izquierdas con el PC sovietizante de la partidocracia gerontocrática y dogmática, desconociendo la nueva izquierda internacional producto de la cultura rock y la variopinta y diversa franja que esta abarcaba. Veía al posmodernismo como un movimiento confuso, que si bien describe una situación confusa, lo hace con un discurso escaso y débil. Y tenía la sensación de que de todo eso solo quedarían unos cuantos fragmentos esparcidos, aislados los unos de los otros, que llevarían una existencia fantasmagórica donde la pasión habría desaparecido. Además no le adjudicaba a la posmodernidad un lugar fuera de la edad moderna de la cual aquella pretendía excluirse. Acusaba a los posmodernos de haberse vuelto antiguos, de haberse convertido en perdedores reciclados que buscaban refugio en la moda sin más ambición que sobrevivirse a sí mismos durante algunos años más, enamorados de su propio espíritu generador de un arte rococó muy similar al del siglo XVIII. Un arte de chucherías basado en seducir, vestirse bien, peinarse, ir de copas, tener video y mantener un departamento elegante y futurista desde donde sustentar un determinismo individual que no es más que una trampa tendida por los grupos de poder para mutilar el estado de ánimo libertario que late en las diversas luchas del planeta. Una celada que obliga a soñar un futuro pasadista, una arcadia feliz de idilios bucólicos, sin tomar en cuenta que la oda a la libertad burguesa yace ahogada en su propia baba. Por el contrario, concluía, la cultura rock intenta proteger el estado de ánimo tratando de vencer al miedo a la opresión sistémica, oponiendo a la sociedad ligera, cool, autogestionaria, una acción “psi” con porno, libido y esquizo incorporada. A Bruno le era imposible dejar de conmoverse ante la nueva miseria en las sociedades desarrolladas, ante el racismo y el uso del patrimonio vital de las especies por parte de las corporaciones mafiosas. Partícipe vital de esa cultura, reclamó a los pensadores posmodernistas el abuso de teorías socioeconómicas de un neoliberalismo salvaje. Los señalaba como generadores de una estética de la frivolidad que intentaría aprovecharse de la decepción de los héroes-póster jubilados de la cultura rock y de forzar hacia el individualismo el espíritu proletario obediente a las informaciones impuestas a través de los medios de comunicación. Se quejaba de esa descripción que si bien se extinguía, lo hacía dejando un vacío en el corazón y la atmósfera impregnada de un cierto olor a pólvora. 

A pesar de todos esos juicios, curiosamente escuché de Bruno algo que años después leería en Baudillard en referencia a su pasión principal. Decía que la música, tal como la conocemos, podría desaparecer, pero no por falta de música sino por la perfección de la materialidad, de la tecnología y de los efectos especiales. Por eso, su música probaba gritos vitricidas y cuando cantaba sus mandíbulas hacían añicos todo lo que fuera un negocio seguro de baja emoción. (“¡’Alto! en nombre de mi metralleta en Beirut!”, por ejemplo) hablaba de los modernosos “héroes cocidos con aspiraciones de playboy / mosquitos simuladores que apestan hasta el cielo / que llegan planeando a pinchar los corazones que han perdido la memoria / Esos chorretes humeantes que dicen ser los dueños de la bienamada modernidad / los pegajosos dulces sin celofán que abjuran del amor”. Así también recuerdo especialmente una balada lunar que cantó una noche en la playa –“Esto que ves, este muerto incapaz de provocar una lágrima / está arrancando la suerte de tu corazón y agrieta tu piel y llena tus pensamientos de sospecha / y te presenta un hombrón diminuto, ni un hombre / que para ganarse tu confianza / está haciendo lo imposible por pintarle los ojos a la muerte.” 

Las aguas están muy quietas. El último malayo saca sus redes del mar como quien quita telarañas de un espejo… Gracias, Bruno.

 

[Fuente: www.redondossubtitulados.com]

quinta-feira, 28 de maio de 2026

Coco Mellors, le blues d’une sororité déchirée

Dans Les Sœurs Blue, Coco Mellors traque avec une honnêteté désarmante cette peur très contemporaine de perdre pied, dans le sillage de quatre sœurs au bord d’elles-mêmes.

Il y a dans «Les Sœurs Blue» quelque chose d’à la fois très contemporain et profondément désarmant: une manière de caresser la fragilité sans jamais la dramatiser. 

Écrit par Quentin Perissinotto

Le prologue du nouveau roman de Coco Mellors se clôt sur cette phrase à l’allure de prophétie de fin de soirée alcoolisée, qui contient tout ce qui peut faire vaciller les êtres: une acuité matinée d’espoirs assassins.

Quatre ans après une entrée lumineuse en littérature, la romancière britannique fait son grand retour avec Les Sœurs Blue et continue sa mise à nue des relations sociales. On retrouve l’écriture acérée de Cléopâtre et Frankenstein, la même vulnérabilité, mais un ton plus introspectif et sinueux. Un air à la Sally Rooney, dans la précision affective et la désinvolture des relations, les platitudes en moins. Le tout dans un style plus dramatique, moins analytique. Coco Mellors met du cœur là où Sally Rooney met des corps.

Que reste-t-il d’une famille quand ce qui la tenait ensemble disparaît? Peut-on vraiment échapper à son milieu? Taire les blessures permet-il de les résorber? Est-ce possible de trouver chez les autres de quoi réparer ce qui a été brisé chez soi? Sur plus de 400 pages, Coco Mellors déploie une polyphonie d’interrogations qui entraîne le lecteur dans le questionnement existentiel de toute une génération.

Mais qu’on ne s’y détrompe pas, Les Sœurs Blue n’est pas un roman qui nous place sur un divan rouge; les doutes et les angoisses des personnages ne sont pas des sujets de psychanalyse, mais l’écho d’une déroute milléniale.

Eviter le pathos facile du deuil

Malgré un sujet très funeste, le propos n’est jamais affligé. Grâce à une manière parfois crue de dire les émotions, Coco Mellors tient à distance toute tentation de dramatisation excessive. De telle sorte que le deuil, loin d’être théâtralisé, se diffracte en gestes ordinaires, en silences, en substitutions. Le drame se situe dans les renoncements routiniers, non dans les effusions. D’une plume fine mais sémillante, l’auteure procède par effleurements: elle capte moins les événements que leurs répercussions intimes, leurs ondes de choc différées dans la conscience des personnages. Elle ne scarifie pas les peines pour les donner en pâture à la littérature.

Il en résulte alors une écriture de la fissure: non pas la fracture nette, mais l’entaille persistante, celle qui n’abolit pas le lien mais en altère durablement la texture.

Et ce qui est admirable chez Coco Mellors, c’est son habilité à construire une émotion palpable, à la dérouler en un long fil et y laisser avancer le lecteur en funambule, juste assez ballotté par les vents des sentiments, mais jamais trop pour le faire chuter. La romancière cueille les affects comme un enfant cherche à attraper les papillons avec son filet. Et elle réussit là une œuvre d’une éclatante modernité, qui capte le mal-être d’une société éperdue et fait résonner ces failles psychiques comme autant d’intimités jumelles.

Ce qui cède, ceux qui restent

Ce qui affleure peu à peu, sous la surface lisse du récit, c’est un véritable théâtre des désordres névrotiques. Depuis son premier roman, Coco Mellors développe une fascination pour les relations dysfonctionnelles. Tous ses personnages portent un déséquilibre intérieur et les sœurs Blue n’y échappent pas: elles avancent ainsi dans le monde à bas bruit, prises dans des tensions psychologiques diffuses, comme empêchées d’habiter pleinement leur propre existence. Elles sont des sirènes qui dérivent par leurs propres chants.

Il y a dans Les Sœurs Blue quelque chose d’à la fois très contemporain et profondément désarmant: une manière de caresser la fragilité sans jamais la dramatiser. Un mélange de mélancolie lucide et d’intimité à vif. La tristesse s’installe au creux de ces pages en nappes diffuses, quasi mutiques, et laisse derrière elle un sentiment de vide, une absence qui ne se comble pas mais avec laquelle il faut composer. C’est une nostalgie sans idéal, un rivage infini.

Lire Coco Mellors, c’est regarder les peurs à hauteur d’homme.


Coco Mellors
Les Sœurs Blue
Trad. de l’italien par Laura Brignon
Calmann-Lévy

Mars 2026
400 pages








[Photo : Zoe Potkin - source : www.leregardlibre.com]

terça-feira, 5 de maio de 2026

Breve historia de la saudade

 


Escrito por Siham El Khoury Caviedes 

Oiga, vecino, sabe el significado
de esta palabra blanca que como un pez se evade?
No… Y me tiembla en la boca su temblor delicado.

Pablo Neruda, “Saudade”

Gran parte de la experiencia humana es aprender a perder. Más específicamente, a transformar la pérdida; a significarla; a voltearla y sacudirla hasta que algo más salga del vacío. Eso, entre otras cosas, es la saudade.

Primero se le llamó soedade, luego suidade; una palabra que suena y se siente como soledad, pero la rebasa. La investigadora Inês Oseki-Dépré rastrea el nacimiento de este concepto hasta el establecimiento de las primeras colonias europeas en África y América, cuando los colonos galaico-portugueses expresaban sus sentimientos hacia la lejana patria desde Madeira, Alcazarquivir, Arcila, Tánger, Cabo Verde, las islas Azores y la bella Ilha de Vera Cruz, que ahora conocemos como Brasil. Los rumores decían que entre los marineros portugueses del siglo XV solía brotar una sensación agridulce que los motivaba a contar historias y entonar canciones, porque trasladarse “más allá del mar” implicaría una vida entera en añoranza por su tierra de origen.

¿Qué sucedió cuando esta afección trascendió los puertos y llegó hasta las nuevas ciudades? Con el tiempo, la suidade tomó el nombre que conocemos hoy en día y adquirió una dimensión espiritual y existencial. El sentimiento de falta por una causa externa claramente identificable (el hogar, la patria) se convirtió para algunos en una inquietud inherente al alma, que podía o no rastrearse a una pérdida concreta. Y eso se sentía muy humano. Más que humano: gallego, lusitano, brasileño. Así, la saudade comenzó a protagonizar coplas y poemas de la lírica trovadoresca, movimientos estéticos e incluso políticos que buscaban consolidar una identidad nacional específica, un posicionamiento frente a la irremediable finitud de la vida y sus placeres. Por eso, hasta la fecha, la saudade es un valor esencial del ser y el imaginario lusobrasileño e impregna diversas expresiones de su cultura y su arte.

Sería pretencioso intentar contener la saudade, que es un concepto arbóreo y complejo, plagado de historia y matices, en uno solo signficado “oficial”. De hecho, tuvieron que pasar siglos para que la saudade se asentara en definiciones aceptadas de los tesauros. Los diccionarios más comunes de la lengua portuguesa, como el Michaelis o el Aurélio, suelen coincidir en que la sensación de falta es el centro y la cuna de la saudade. El Dicionário Houaiss, en particular, se refiere a la saudade como “un sentimiento más o menos melancólico de incompletud, ligado mediante la memoria a situaciones de privación […], de alejamiento de un lugar o de una cosa, o a la ausencia de ciertas experiencias y determinados placeres ya vividos”. En las mismas fuentes encontraremos que el adjetivo “saudoso” puede aplicarse tanto para quien experimenta la saudade, como para quien (o lo que) la provoca. Así que, desde un punto de vista lingüístico, no se diferencia a quien extraña y lo que se extraña; la saudade recorre y colapsa esa distancia.

Muchos investigadores se han basado en este tipo de definiciones para crear una propia. Para Hans Ulrich Gumbrecht, por ejemplo, la saudade se resume en “la añoranza de una situación pasada que se ha perdido irremediablemente”, una tristeza vinculada tanto a la psique como a la tierra, que dispara el recuerdo de algo lejano y profundamente querido. Otros académicos, como Francisco Foot Hardman, entienden la saudade más bien como un concepto en desplazamiento, con expresiones similares en las literaturas de otros pueblos y lenguas, con frecuencia cercanas a la experiencia del abandono y el exilio.

Por supuesto, hay muchos términos afines: el dor rumano, el längtan sueco, el verbo alemán verlangen, el famoso spleen de Baudelaire. Incluso nuestra “melancolía” y “nostalgia” son similares, pero no idénticas a la saudade. ¿Qué diferencia a esta última, entonces?

Podríamos decir que todos estos conceptos comparten el mismo punto de partida: el dolor de la pérdida. Pero la saudade va un paso más allá de ese dolor; le da la vuelta; lo reconfigura; le imprime una dimensión o expresión “afirmativa” (humorística, creativa, lúdica) que, en teoría, no debería tener. Por eso la expresión de Francisco Foot Hardman, ser o estar “en desplazamiento”, es tan importante. Más allá del traslado geográfico de la palabra, hay un movimiento interior, a nivel emocional y psicológico.

En particular, la investigadora en letras brasileñas Ana Lúcia Liberato Tettamanzy ve en la saudade un “sentimiento de inadecuación profunda con el tiempo”, una “errancia mental y física”. La “errancia” de la que habla (otra forma de desplazamiento) está íntimamente ligada a la memoria y la imaginación: la conciencia de lo perdido, o incluso de lo que podría perderse en el futuro, nos obliga a fugarnos del presente. Fantaseamos; tememos; lamentamos. El filósofo portugués Eduardo Lourenço la define como un “dolor inexpresable ante el tiempo que huye” que genera otra suerte de huida, un “viaje a través de la eternidad perdida de nosotros mismos”.

El resultado de todo esto es una doble dimensión temporal: un aquí y ahora que se abre inesperadamente a evocaciones dulces, como lagunas. Pensemos en la saudade como un lugar trascendental, un tiempo más allá del tiempo, un espacio que se abre sólo bajo nuestros propios pies. Entonces comenzamos a ir y venir entre el pasado y el futuro, la satisfacción y la pérdida, la pena y el agradecimiento, con un vaivén similar al del mar o al del péndulo de un reloj. Para Lourenço, esta es una “última puesta en escena”, es decir, una re-presentación, “para aliviar el luto de nuestras esperanzas rotas, de nuestros anhelos perdidos, de nuestros amores difuntos”.

Sin embargo, re-cordar (etimológicamente, traer de vuelta al corazón) no restaura lo que se ha ido. Si acaso, nos lo regresa deformado y corrompido por el paso de los días, con huecos rellenados por la ficción. Todo lo recordado es re-creado, y así mismo nos re-creamos (nos desgarramos y reconstruimos) cuando recordamos, cada rememoración como un hilo nuevo en el entramado de nuestra experiencia del mundo.

Todas estas cosas, que no me pertenecen, me aseguran la meditación sensible con lazos de resonancia y de saudade. En cada una de esas sensaciones soy otro, me renuevo dolorosamente en cada impresión indefinida.

Vivo de impresiones que no me pertenecen, perdulario de renuncias, otro distinto en el modo de ser yo.

Fernando Pessoa, “93”, Libro del desasosiego

Si vemos la vida como un tejido, la saudade es la perforación de una aguja que introduce una nueva puntada, un nuevo patrón. Una sensibilidad enfermiza, una angustia entrañable, capaz de penetrar y transformar repetidamente la imagen sin destruirla. En las palabras de Eduardo Lourenço, “ardemos en el tiempo sin consumirnos en él”.

La saudade suena como se siente, con esa misma reiteración, ese afán de volver. Es la voz que se ovilla y desovilla en el aire, como las plegarias, los mantras y las canciones. Su expresión se parece mucho a la de nuestras celebraciones porque, en efecto, celebra y conmemora lo que ya no se tiene, porque se tuvo. He ahí lo que diferencia a la saudade: interpreta la ausencia, incluso el sufrimiento, como un recordatorio de que se perdió algo digno de amar. Extrañar no es más que la otra cara del disfrute. El vacío es una marca (“algo valioso estuvo aquí”) y merece festejarse, honrarse con risa queda y canto compartido. Como señala Clarice Lispector en “Saudades”:

Encontré una palabra
para usar todas las veces
que siento este vacío en el pecho,
medio nostálgico, medio sabroso,
mas que funciona mejor
que un signo vital
cuando se quiere hablar de vida
y de sentimientos.

¡Ella es la prueba inequívoca
de que somos sensibles!
De que amamos mucho
lo que tuvimos…

Ahí radica la experiencia afirmativa del dolor en la vida y el temor a su finitud. En suma, la saudade es mucho más que melancolía o nostalgia; es un dique de contención, un freno a la invasión del sufrimiento. También es lo que Machado de Assis define como “epitafio” en las Memorias póstumas de Blas Cubas: “Una expresión de aquel piadoso y secreto egoísmo que induce al hombre a arrancarle a la muerte un harapo”. 

Referencias

Foot Hardman, Francisco. “Espectros de la nación: figuras desplazadas entre ‘saudades’ y soledades”. Remate de Males, vol. 22, núm. 2, noviembre de 2012, pp. 76-96. DOI:10.20396/remate.v22i2.8636160.

Gumbrecht, Hans Ulrich. “The Beautiful Form of Sadness: Machado de Assis’ Memorial de Aires”. Portuguese Literary and Cultural Studies, vol. 13/14, 2004-2005, pp. 307-16.

Holanda Ferreira, Aurélio Buarque. “Saudade”. Dicionário Aurélio da Língua Portuguesa, Editora Positivo, p. 1556.

Houaiss, Antônio, ed. “Saudade”. Dicionário Houaiss da Língua Portuguesa, 2001, p. 2525. Instituto Antônio Houaiss, www.iah.com.br/sp/servicos.php.

Liberato Tettamanzy, Ana Lúcia. “Da melancolia em Padre Antônio Vieira e Machado de Assis”. Via Atlântica, vol. 1, núm. 12, diciembre de 2007, pp. 195-208. Portal de Revistas da USP, DOI: doi.org/10.11606/va.v0i12.50178.

Lispector, Clarice. “Saudades”, versión al español de Daniela Aguilar. Periódico de poesía, UNAM, verseando.com/blog/clarice-lispector-saudades/.

Lourenço, Eduardo. Portugal como destino, seguido de Mitologia da saudade. Editorial Gradiva, 1999. Colección Obras de Eduardo Lourenço.

Machado de Assis, Joaquim Maria. Memorias póstumas de Blas Cubas. Traducción de Antonio Alatorre, introducción de Lucía Miguel Pereira, Fondo de Cultura Económica, Biblioteca Americana, 1951.

Michaelis, Henriette, y Carolina Michaelis (eds.). “Saudade”. Dicionário Michaelis, Editora Melhoramentos, 2015. Dicionário Brasileiro da Língua Portuguesa, michaelis.uol.com.br/moderno-portugues/busca/portugues-brasileiro/saudade.

Neruda, Pablo. “Saudade”. Crepusculario, RBA – Instituto Cervantes, 2005 (publicación original: 1923). Asistentes Virtuales, www.poesi.as/pn23028.htm.

Oseki-Dépré, Inês. “La ‘Saudade’”. Les Chantiers de la Création: Revue Pluridisciplinaire en Lettres, Langues, Arts et Civilisations, vol. 1, 2008, pp. 1-11. Open Edition Journals, 28 de octubre 2014, DOI: doi.org/10.4000/lcc.103.

Pessoa, Fernando. Libro del desasosiego, compuesto por Bernardo Soares, www.cjpb.org.uy/wp-content/uploads/repositorio/serviciosAlAfiliado/librosDigitales/Pessoa-Libro-Desasosiego.pdf.

Sánchez-Moreno, Iván. “Razones del alma contrita: fenomenologías de la saudade: apuntes para una teoría histórico-cultural de la saudade”. Revista de História Comparada, vol. 11, núm. 2, 2017, pp. 108-31.

 

Siham El Khoury Caviedes estudió Literatura Latinoamericana en la Universidad Iberoamericana

[Ilustración: Gonzalo Tassier - fuente: www.nexos.com.mx]