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quarta-feira, 11 de março de 2026

La muerte de Alfredo Bryce Echenique, el escritor que sabía reírse de sí mismo

El autor de “Un mundo para Julius”, irónico retrato de la frivolidad y las contradicciones de la clase alta limeña, fue una especie de “oveja negra” de la literatura latinoamericana.

Bryce Echenique vivió buena parte de su vida entre Francia y España.

Escrito por Silvina Friera   

“Yo escribo con humor para que duela menos”. Alfredo Bryce Echenique repetía su lema existencial con su tonada peruana en estado de reposo, sin ademán de tristeza, pero quizá con un dejo de melancolía. El autor de esa obra maestra que es Un mundo para Juliussarcástico retrato de la frivolidad y las contradicciones de la clase alta limeña, que murió el martes a los 87 años, descendía del último virrey del Perú y era nieto de un expresidente.   

El humor de Bryce, adorable “oveja negra” de la familia en la que nació y de la literatura latinoamericana también, estaba basado más en la observación que en la producción automática de la risa. Como él afirmaba (y pedía disculpas por la falta de modestia), era un humor inteligente que no se mofa de las flaquezas, torpezas o ambigüedades de los otros. Basta con recorrer su obra para comprobar que nunca se burló de los personajes, que no ve la paja en el ojo ajeno sino la viga en el propio, como postula el refrán bíblico. No le gustaba la carcajada fácil, le parecía violenta y decía, con esa sutil agudeza que lo caracterizaba, que al reírse fuertemente se le cierran los ojos y termina no viendo nada.   

El humor y la ironía, modesto patrimonio de un puñado de escritores periféricos o reticentes a la canonización como lo fue Bryce, empieza por casa: “Primero hay que reírse de uno mismo”. A pesar de que las fotos lo muestran mortalmente serio –tal vez fuera cierta timidez congénita, una pátina de tristeza o fastidio hacia la exhibición, como quien busca esconderse en el gesto adusto hasta que lo peor haya pasado–, nunca estuvo incluido en el pelotón solemne del boom de la literatura latinoamericana, encabezado por Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Era demasiado insolente; un escritor de frontera que se movía entre un mundo judío y católico. “Siempre he estado, como dicen los franceses, entre dos sillas y con el culo en el suelo. Yo era muy incómodo, no me dejaba incluir o clasificar fácilmente”, dijo en una entrevista con Página/12. Por sensibilidad, Bryce no soportaba el machismo y nunca se integró a los machos de la sociedad peruana.

 

Nació en Lima el 19 de febrero de 1939, en el seno de una familia de banqueros. El padre de Bryce hizo todo lo posible para su hijo no fuera escritor; imaginaba un destino irrevocable en las finanzas o una carrera como abogado. Su madre, en cambio, lo apoyó y acompañó en esa tarea compleja que fue escribir contra la voluntad del padre. Estudió Derecho en la Universidad Nacional de San Marcos, donde luego cursó la carrera de Letras. En 1968 obtuvo una mención en el certamen Casa de las Américas de Cuba por su primer libro de cuentos Huerto cerrado, una docena de relatos en los que explora las experiencias vitales de un personaje llamado Manolo, atravesadas por el amor, la soledad y los contrastes sociales. En esos primeros cuentos despliega el embrión del universo temático que luego cristalizará en sus novelas.  


Dos años después publicó Un mundo para Julius, que lo convirtió en un autor central de la literatura latinoamericana y a la vez periférico respecto del boom. La perplejidad del niño Julius y la construcción de la mirada y la voz se distinguen en esta trama donde Julius anda metido entre la servidumbre, conversando con el jardinero o el chofer, con cualquiera menos con los miembros de su familia y de su clase social. Julius, hacia el final de la novela, será expulsado del paraíso de la infancia de manera dolorosa y quedará “llenecito de preguntas”.   


En la narrativa de Bryce no hay “ganadores”; más bien explora los personajes desclasados, marginales, antiheroicos, solitarios y desarraigados; sujetos que observan el mundo que los rodea desde la periferia. Pedro Balbuena, el protagonista de su segunda novela, Tantas veces Pedro (1977), “un rematado loco de amor y de la amistad hasta sus últimas consecuencias”, según Bryce, representa el paradigma de una peruanidad extraviada, un personaje arquetípico que deambula por la vida sin un sentido real de pertenencia. Muchos críticos y lectores establecen un parentesco entre Pedro y Martín Romaña, el protagonista de La vida exagerada de Martín Romaña (1981)una novela de corte autobiográfica en la que narra las aventuras y desventuras de Martín Romaña en el París bohemio y revolucionario de mayo del 68. Entre viejos mitos que no se corresponden con la realidad, el personaje se da cuenta de que “a la Ciudad Luz se le han quemado los plomos”. La capital francesa le resulta provinciana y mezquina. “Claro, el pelotudo de Hemingway se lo trae a uno de las narices a París con frasecitas tipo éramos tan pobres y tan felices, gringo cojudo, cómo no se te ocurre poner una nota a pie de página destinada a los latinoamericanos, a los peruanos en todo caso, una cosa es ser pobre en París con dólares y otra cosa es con soles peruanos”, se lee en esta magnífica observación. Sabía, por experiencia propia, lo que significa no encajar en ninguna parte como limeño perdido en París o como limeño que se siente sapo de otro pozo en su ciudad natal. Como sucede también con Max Gutiérrez, el hipocondríaco protagonista de Reo de nocturnidad, un profesor peruano de literatura en el sur de Francia que padece mal de amores y un severo insomnio.


“El más grande narrador humorístico peruano”, como lo definió Julio Ramón Ribeyro, otro gigante de la narrativa peruana, vivió buena parte de su vida entre Francia y España, un “exilio voluntario” que se extendió durante 34 años. Se doctoró en la Sorbona de París y ejerció la docencia en las universidades de Vincennes, Nanterre, La Soborna y Montpellier. Recibió numerosos premios, entre los que se destacan el Premio Nacional de Literatura de Perú en 1972 por Un mundo para Julius, el Premio Nacional de Narrativa en España por Reo de nocturnidad en 1998, el Premio Planeta por El huerto de mi amada en 2002 y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances que otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2012. El autor de La amigdalitis de Tarzán (1997), la historia de amor entre un cantautor peruano residente en París y una salvadoreña de clase alta, anunció que su obra estaba cerrada y se despedía de los lectores en 2019, cuando publicó el tercer tomo de Permiso para retirarme. Antimemorias, volumen en el que recuerda sus años como profesor en París; las idas y vueltas con las mujeres de su vida; el encuentro con Joaquín Sabina en Lima, una noche en la que casi “nos matamos a botellazos” y su amistad con Julio Ramón Ribeyro. Antes había publicado Permiso para vivir (1993) y Permiso para sentir (2005). 


Una denuncia de plagio en 2006 afectó la reputación de este narrador extraordinario. En 2009, un tribunal peruano lo condenó a pagar una multa de 53.000 dólares por el plagio de 16 artículos. El escritor buscó demostrar que esos textos habían sido publicados sin su autorización y argumentó que la intención era desprestigiarlo por su férrea oposición al expresidente peruano Alberto Fujimori. Finalmente, fue absuelto en 2019. El iluso activo que andaba por la vida “ligero de equipaje”, pero “pesado de ilusiones”, como confesó en sus antimemorias, fue uno de los pocos escritores latinoamericanos que supo tomarse el pelo a sí mismo para digerir la crudeza de la vida o para iluminar el lado absurdo y cómico de lo dramático. Todo duele menos cuando se lo lee a Bryce, un escritor que narraba como los dioses. Que escribía con el oído y con el corazón. 

[Foto: EFE - fuente: www.pagina12.com.ar]

quarta-feira, 24 de abril de 2024

Joan Manuel Serrat, premio Princesa de Asturias de las Artes 2024

 

El cantante catalán, que se retiró de los escenarios en 2022, se suma a otros músicos que han logrado este galardón, como Paco de Lucía, Carmen Linares o Bob Dylan

                                Joan Manuel Serrat, en uno de sus conciertos de despedida en el Wizink Center de Madrid, el 15 de diciembre de 2022. Foto: ÁLVARO GARCÍA

Escrito por CARLOS MARCOS

Joan Manuel Serrat (Barcelona, 80 años) ha sido galardonado con el premio Princesa de Asturias de las Artes 2024. No puede haber un músico español que se merezca tanto este premio, uno de los más importantes de la cultura a nivel europeo, como el autor de Mediterráneo. Pocos son los cantantes españoles de música popular que han conseguido este galardón, que suma 45 ediciones: su andadura comenzó en 1981. Paco de Lucía se lo llevó en 2004 y Carmen Linares, más recientemente, en 2022, premio que la cantaora compartió con la bailaora María Pagés. Bob Dylan lo consiguió en 2007.

Serrat se retiró de los escenarios en diciembre de 2022 en un Palau Sant Jordi de Barcelona repleto. Previamente, actuó también en Madrid, siempre con los recintos llenos. Aquellos recitales fueron un digno final para un artista único. Apenas recurrió al sentimentalismo (“esta noche dejamos aparte las melancolías y nostalgias porque solo nos queda el futuro”), algo que estaba deseando el público que acudió a despedirlo. Quiso dar la sensación de un recital más dentro de una carrera que completa seis décadas. Podría haberse extendido con discursos lacrimógenos y de autobombo, pero nunca fue ese su estilo. A cambio, dedicó un intermedio entre éxito y éxito a alertar sobre la peligrosidad del calentamiento global e hizo un llamamiento urgente para “salvar el planeta”. Él, que, como dijo, ya no va a ver la posible destrucción del planeta. En otro momento del recital dijo: “Proclamo mi despido por voluntad propia”. Junto con las ovaciones se escucharon llantos de emoción.

                                          Serrat, en un concierto en 1983. QUIM LLENAS (COVER/GETTY IMAGES)

El músico justificó así su decisión de retirarse en una entrevista con EL PAÍS en 2021: “Primero, porque el encierro al que nos llevó esta pandemia que aún dura provocó la imposibilidad de continuar el oficio de cantar en público. Y, también, por la necesidad de recuperar la vida familiar, cumplir con cuestiones íntimas y necesarias. Siguiendo las normas del Eclesiastés: hay un tiempo para cada cosa. Ah, y yo no decidí dejarlo. Han sido los hechos que fueron ocurriendo después de aquella caída de Joaquín Sabina [12 de febrero de 2020] que nos obligó a abandonar una gira. Luego vino la covid… Las dificultades fueron distanciándome. Estaba cada vez más lejos de la actividad que hacía, y aunque no desde el sentimiento, lo cierto es que también estaba inevitablemente alejado de la gente. Lo que he decidido es despedirme en persona. No me gustó sentirme despedido por una plaga. Por eso me planteé ir al lugar más natural para hacerlo, con el público enfrente, lleno de gratitud y alegría”.

                                                                                        El cantautor Joan Manuel Serrat, de 77 años, nació en Barcelona en 1943. Esta foto de su infancia abre el libreto de 'Antología desordenada', recopilatorio de 2014. ARCHIVO FAMILIAR

Ese lugar común que se utiliza para algunos artistas cuando se asegura que su música “ha marcado a varias generaciones” es absolutamente real con Serrat. En 2006, la edición española de la revista Rolling Stone realizó una encuesta entre 100 profesionales de la industria para elegir las 200 mejores canciones del pop-rock español. La primera fue Mediterráneo. Bandas jóvenes en ese momento, integrantes del efervescente indie español, como Sidonie o La Habitación Roja, colocaron el himno de Serrat en primer lugar.

Chico de la posguerra, del barrio popular de la calle Poeta Cabanyes del Poble-sec, entre Montjuïc y el Paral·lel, Serrat ha ido conformando desde 1967 una discografía basada en el eclecticismo estilístico y en una dedicación humanista en los textos. Ha cantado a poetas como Antonio Machado, Miguel Hernández, Rafael Alberti o León Felipe, y también se ha convertido en poeta del tiempo en el que ha vivido. En un país muchas veces confrontado, él siempre ha sabido posicionarse donde lo haría la gente sensata. Ha establecido una impronta que se puede resumir en: si tienes dudas sobre algún tema, pregunta a Serrat.

Escribir un listado de algunas de sus canciones provoca acudir al reproductor musical (mejor vinilo, pero también sirve Spotify) para escucharlas con atención y en paz: Tu nombre me sabe a yerba, Penélope, Para la libertad, Aquellas pequeñas cosas, Palabras de amor, Cantares, Hoy puede ser un gran día, Mediterráneo... Esa voz firme, deliberadamente temblorosa cuando la estrofa declina y sobre todo familiar. Serrat ha compuesto la canción con la que nos enamoramos, nos divorciamos, utilizamos para planchar, para hacer el amor, para consolar a nuestros hijos o para despedir a nuestros padres. Todas las situaciones de nuestra vida suenan con una canción de Serrat de fondo.

                               Serrat con Carmen Linares en la celebración de los 40 años de carrera de la cantaora en un concierto en Madrid en 2022. Los dos tiene el Princesa de Asturias de las Artes. HÉCTOR BENÍTEZ

 

[Fuente: www.elpais.com]

domingo, 3 de março de 2024

75 años de Sabina, el canalla sensible

La carrera de este niño de Úbeda con carné del Atlético de Madrid ha dejado un puñado de himnos que siguen sonando y una marea de admiradores todavía encendidos por su música 

BENITO ORDOÑEZ

Escrito por CARLOS PORTOLÉS 

Sabina el personaje y Sabina el cantante levantan, aún en tiempos presentes y tras tantas décadas, una brisa de frescura que, sin ser arrolladora, es siempre confiable y siempre cercana. Para muchos es un amigo. Y, por eso, a él recurren cuando quieren ser reconfortados o cuando quieren compartir penas. Luego está esa unión más pequeña, ese nicho creciente, que son los hinchas sufridores del Atlético de Madrid. Esos a Sabina le tienen simpatía ya por una cuestión folklórica, al margen de lo que opinen de su música. Pero son, vamos, muchos los grupúsculos, las bandas y los bandos que miran, aunque sea de reojo, al señor de la voz ronca y las canciones un poco tristes y un poco alegres y un poco ebrias. Sin un mar de complicidades no se consigue navegar durante tantos años.

Comiendo tiramisú de limón, a muchos les han dado las diez y las once y las doce y la una. Con esta frase, que no tiene ningún sentido, pero como ya está escrita ahí queda, se demuestra que, más allá de la gracieta sin gracia, decir cosas sabineras solo lo hace bien Sabina. No admite imitaciones. Aunque, a su vez, es capaz de conectar íntimamente con millones de orejas. Porque, sin ser como nadie en particular, es un poco como todos. No es inalcanzable o imposiblemente histriónico. Es un tipo que te podrías encontrar por ahí y que, si no fuera porque ha escrito un puñado de himnos y lo hemos visto hasta en la sopa del cocido, no llamaría demasiado la atención. Un señor de voz rasgada, ni muy guapo ni muy feo. Pero, eso sí, con un magnetismo quemador

Romántico a su manera 

Por decir verdad, también son unos cuantos los que se revuelven contra su halo de canalla buscador de ginebras. Pero es que, y esto lo decía letra arriba letra abajo un señor con la mano izquierda de adorno, si no hay ladridos de fondo, el caballo no está galopando. Todavía en esta hora, tan distinta de horas pasadas, hay razón para partir lanzas y hasta picas por Sabina. Tiene, es verdad, un poso de antihéroe —que no villano— de otra época. Pero, igual que no es alhaja todo lo que brilla, tampoco es malvado todo lo que canallea. Más allá del primer ojeo, que puede señalar hacia el cinismo agrio, hay lírica. Sin refinamiento repipi ni monóculo. Una belleza bruta e instintiva que solo tienen los que nacieron con talento genuino. Del que no brota ni se enseña ni se entrena.

Podría Joaquín, porque esto es algo que triunfa en todas las eras, haberse quedado en el amargor y el libertinaje rockanrolista. Haber engordado la faceta de fiestero irredimible. Y, sin embargo, en muchos momentos eligió, con admirable sentido de la nobleza, dejarse ver casi desnudo. Abrir una ventanilla hacia sus roturas de corazón y miserias personalísimas (porque personalidad, en esto no hay negación posible, tiene un ratito). Él es una especie de intersección entre el cañí y el poema sensible. Le imprime esto a sus versos, que brincan entre lo pinchante y lo abrazador, una pintura de la costumbre, de realidad callejera. Como un cuadro de Hopper en el que los parroquianos del bar llevan chupas de cuero y hablan entre ramalazos acarabanchelados o vallecanos. Porque vale que nació en Jaén, pero anda que no habló de Madrid y no frecuentó sus bares y sus recovecos con pericia de sherpa nepalí en el Himalaya.  

Javier Cebollada | EFE

Le gustaba provocar y patinar su espíritu de cierta acidez que algunos encontraron corrosiva ya desde los inicios. Pero, en el buceo, se encuentra a un chico romántico a su manera que ha cantado sobre lo solo que ha sentido, lo cerca que ha estado del abismo y sí, los fondos de botella que ha visto. Y no de una forma pasota, además. Recordemos que, lo consiguiera o no, Sabina es el señor que se marcó el objetivo sansónico de escribir la canción más hermosa del mundo. Lo que le salió del empeño es reseñable y hasta enmarcable. Contó que él tenía un botón sin ojal, un gusano de seda, medio par de zapatos de clown y un alma en almoneda. Y también un carné del Atleti (eso sí que es hermoso) y una cara de culo de vaso y unas cuantas cosas más. 

Aunque no todo ahí fuera son margaritas en flor. A veces hay comedia esperpéntica, como la de aquel pacto berlanguiano entre caballeros que se selló en una noche en la que casi le dejan sin cartera sin cadena y sin reloj, pero al final solo tuvo que escribir una canción. O resentimientos, como los que despertó un amorío que duro lo que dos peces de hielo en un güisqui on the rocks. O melancolía, en una calle que no pudo cambiar por el barrio de la alegría. Vivía, creo, en el número siete. Cerca, decía, de la posada del fracaso donde no hay consuelo ni ascensor. Pero esto debió de ser un simple recurso poético. Porque precisamente fracaso no es una conjura de letras que venga a la mente cuando se busca definir su carrera. Libertad, contestación. Alternativa, a lo mejor. O duende, que para algo fue un niño andaluz. 

 

[Fuente: www.lavozdegalicia.es]



terça-feira, 19 de dezembro de 2023

Zeca Afonso: retrato íntimo del músico que dio el pistoletazo de salida a la Revolución de los Claveles

 

La gallega Teresa Moure y la portuguesa Maria Joâo Worm funden realidad y ficción en un cómic que recorre las vivencias del compositor de ‘Grândola, Vila Morena’


                         Imagen del cómic sobre Zeca Afonso 'Balada do desterro' (aCentral Folque), de Teresa Moure y Maria João Worm.

Escrito por JACOBO RIVERO

El 10 del mayo de 1972 el músico portugués Zeca Afonso actuó en la residencia universitaria Burgo das Nacións, en Santiago de Compostela. Fue un evento organizado por el pujante movimiento estudiantil gallego, que con el acto quería denunciar la dictadura franquista y contagiarse de los sonidos de liberación del país vecino, donde el final del régimen autoritario también estaba próximo. Según distintas fuentes, José Zeca Afonso (Aveiro, 1929-Setúbal, 1987) interpretó ese día por primera vez el que después se convertiría en himno de la Revolução dos Cravos (la Revolución de los Claveles), la mítica canción Grândola, Vila Morena. El tema que daría el pistoletazo de salida a la revolución portuguesa del 25 de abril de 1974. Con guion de la gallega Teresa Moure, que prefiere no decir su lugar y fecha de nacimiento, e ilustraciones de la lisboeta Maria João Worm, el cómic Balada do desterro (editado por aCentral Folque) narra ese acontecimiento, mezclando realidad y ficción en una biografía íntima del músico nacido en 1929 y fallecido en 1987.

El cómic comienza relatando las vivencias de Zeca en Angola y Mozambique; un trayecto vital que lo uniría de joven al anticolonialismo y su militancia de izquierdas mucho antes de su desembarco en la ciudad gallega. La trama de la historia, escrita en portugués pero que mezcla las particularidades idiomáticas de los territorios que recorre, se presenta como un diálogo abierto muy próximo al teatro. “Trabajamos en dos fases. Primero yo escribí y luego Maria João empezó a dibujar cuando ya estaba cerrado el guion”, cuenta Teresa Moure en un café universitario mientras llueve con intensidad en la capital gallega. El libro sorprende porque en cada capítulo se aplican técnicas diferentes, un trabajo que una vez entregado el guion tardó dos años en culminarse, y cuya minuciosidad se aprecia en cada página. “Yo no había escrito nunca el guion de una novela gráfica”, cuenta Moure, “pero sí teatro. Cuando le entregué el texto marcando mucho el diálogo, Maria João entendió perfectamente el contexto que yo estaba visualizando”.

El paso de Zeca por la ciudad gallega marcó profundamente a una generación, hasta el punto de que hoy en día ese tiempo compartido tiene un aura de simbolismo que excede lo ocurrido realmente. En ese sentido, Moure insiste en la propia dualidad que presenta Balada do desterro: “La ficción puede ser más verdad que la propia realidad. Hay un juego de espejos. Hay muchísima documentación sobre Zeca, contábamos también con el testimonio de personas reales, porque él fue una persona con mucha influencia musical y política en Galicia. Había gente aquí que sabía cómo era, de qué hablaba, qué sentía, pero el núcleo de la historia es ficción”.

La escritora Teresa Moure, coautora de 'Balada do desterro', en el claustro de la facultad de Historia de la Universidad de Santiago de Compostela.                                                                     La escritora Teresa Moure, coautora de 'Balada do desterro', en el claustro de la facultad de Historia de la Universidad de Santiago de Compostela. ÓSCAR CORRAL

Durante la conversación con la autora está presente el vigués Ramon Pinheiro Almuinha, editor de aCentral Folque (Centro Galego de Música Popular). Con tono calmado, aporta su visión sobre el músico: “Zeca es de los pocos personajes del imaginario contemporáneo portugués que forma parte de la memoria emocional de muchos gallegos, entre los que me incluyo. Su discografía, como ocurre con músicos como Charlie Parker o Frank Zappa, se puede seguir revisitando y encontrar cosas nuevas. Era un poeta y conseguía que en los textos pasen más cosas de las que en principio parecen”. Y explica Pinheiro sobre las particularidades del cómic que han publicado: “No queríamos hacer otro homenaje más; queríamos enfrentarnos a un reto con esta novela gráfica. Zeca nunca paró de escuchar música y tuvo un compromiso no panfletario con la política. Por eso también nos parece un referente muy necesario”.

Una parte importante de ese reto fue desarrollar el personaje con una mirada intencionadamente feminista. “Yo quería ser fiel a mis trabajos anteriores. En mi proyecto narrativo siempre el protagonismo está en las mujeres. En este caso había un interés en feminizar la figura de Zeca Afonso”, explica Teresa Moure, que se expresa con frases contundentes y mirada fija para enfatizar la precisión de sus reflexiones. Así, la mayoría de personajes que atraviesan la historia de Zeca en el cómic son mujeres. “Busqué a las mujeres protagonistas de aquel tiempo y al encontrar a Begónia Moa pude contarlo desde una perspectiva que no fuera de poder, sino de alguien que fue su amiga”.

Portada del cómic 'Balada do desterro".                                                           Portada del cómic 'Balada do desterro". ACENTRAL FOLQUE

Moure pone como contraejemplo el habitual retrato heroico de figuras como el Che Guevara para explicar el camino que ella prefirió transitar en su aproximación al personaje: “Todos aquellos relatos de hace años asociados a una imagen revolucionaria, aunque me resulta una palabra querida, se transformaron”. Y finaliza mientras en el exterior sigue diluviando con rotundidad: “Aunque Zeca Afonso tenía las ideas socialistas de fraternidad, su legado es mucho mayor, es muy acorde con el cambio de mentalidad que hemos tenido en los últimos años, porque es alguien que reivindica la ternura, la intimidad con sus fisuras y sus crisis, y eso es importante al revistar a Zeca con una mirada absolutamente feminista”.

'O povo é quem mais ordena'

Cuando José Manuel Cerqueira Afonso dos Santos (conocido por José Afonso o Zeca) murió el 23 de febrero de 1987 con 58 años, su situación económica era muy precaria. Zeca fue un cantautor comprometido de obra y hechos. Su actitud vital hasta el final de sus días le alejó de premios y reconocimientos públicos, que siempre rechazó. Expulsado de la carrera de magisterio en 1968 por su oposición al régimen de Salazar, su vida desde entonces estuvo volcada en la música, aunque ya ejercía como tal desde antes.

Zeca grabó 14 discos y dio infinidad de conciertos, muchos de ellos para causas de la izquierda. Llevó como una carga incómoda ser el músico que había interpretado la canción que sirvió de contraseña para la Revolución de los Claveles. Su música, su poesía y su voz fueron mucho más que esa canción. Siempre reivindicó la influencia de la mirada africana y la lusofonía ambiental en sus letras. Cohabitó con un momento donde la canción de autor se había hecho un hueco importante en medio mundo, especialmente tras el mayo de 1968 francés. Pete Seeger, Mercedes Sosa, Daniel Viglietti, Paco Ibáñez o Luis Pastor le tuvieron como referente.

En su entierro, en la zona obrera y portuaria de Setúbal, el féretro, cubierto con una bandera roja, fue visitado por miles de personas que portaban claveles rojos, mientras sonaba su música de fondo. En Madrid también se organizó un sentido homenaje en el que actuaron, entre otros, Pablo Guerrero, Luis Pastor, Sordera, Javier Ruibal, Joaquín Sabina y Amancio Prada. Zeca exigió que nadie vistiera de luto por él, un formalismo que no encajaba en su mirada de una Terra da fraternidade.

 

[Fuente: www.elpais.com]

sexta-feira, 21 de julho de 2023

Cuando vengan los fascistas

 

Si eres muy joven, encuentras la estupidez de los demás, e incluso la tuya, casi divertida, estimulante o por lo menos risible. En la madurez la estupidez te irrita. Y cuando te haces viejo solo te produce melancolía. Así estoy yo, melancólico, como atrapado en una canción del Sabina de finales de los ochenta, mientras tontos de todos los colores se enseñorean de los foros de discusión en los medios tradicionales y, sobre todo, en las redes sociales. El lamentable éxito de VOX en las recientes elecciones municipales ha puesto en circulación de manera incontrolada el término “fascista”, utilizado a cascoporro por quienes no han leído jamás un libro de historia o un ensayo riguroso de teoría política. Algunos libramos, nec spe nec metu, una batalla perdida de antemano para poner una nota de sensatez en medio de la histérica algarabía, pero sabemos que no hay nada que hacer. De ahí la melancolía.

Escrito por RAFAEL BALANZÁ

Contaba Gabriel Celaya –recoge su testimonio Andrés Trapiello en “Las armas y las letras”- que los jóvenes artistas de una observancia política y de la contraria, iban a parar a los mismos cafés de Madrid y se insultaban de mesa a mesa: “¡Fascistas, cabrones!” “¡Rojos, maricones!” Casi parecía una broma, pero a partir del 36 –incluso antes, con la Revolución de Asturias en el 34 y los asesinatos políticos de los dos años siguientes- se comprobó que no lo era en absoluto. Muchos de aquellos jóvenes eran realmente unos fanáticos. Dalí aseguraba que Freud le había dicho en Londres: “Es usted el español típico: ¡Un fanático!” Desde luego, el fanatismo no era exclusivamente español, pero en la sangrante piel de toro fue donde empezó la fiesta de la crueldad universal que haría arder Europa y el mundo en los años siguientes. Para entender cómo llegó a suceder esto hay que indagar en el estado anímico y cultural de los pueblos en el periodo de entreguerras. Fue una época frívola y atroz; horrible, sí… pero brillante. Realmente, las ansias de libertad personal, así como las de justicia social, no conocían límites. La tecnología parecía todopoderosa, el futuro quedaba a dos estaciones de metro o a un vuelo en dirigible, y la utopía se suponía que estaba casi al alcance de la mano. Ese era el clima emocional e ideológico en el que se vivía.

El fascismo puede describirse como el monstruo de Frankenstein político construido por ideólogos perversos, como Stewart Chamberlain –yerno de Wagner-, Alfred Rosemberg o Gabriele D’Annunzio con los pedazos de los cadáveres putrefactos del romanticismo. Aunque para llegar a sus orígenes habría que remontarse a la reacción contrailustrada (magistralmente descrita por Isaiah Berlin en su ensayo “Contra la corriente”) y a personajes tan peligrosos como Herder o tan siniestros como Joseph de Maistre. Pero si hay un inspirador filosófico indiscutible del paradigma totalitario de derechas ese es, por supuesto, Friedrich Nietzsche. En su estomagante pero muy precisa autopsia cinematográfica del fascismo, “Saló o los 120 días de Sodoma”, con toda propiedad Pasolini puso en labios de los verdugos sádicos de la película citas completas de su “Genealogía de la moral”. Y qué ridículos nos parecen hoy, por cierto, los intentos de la nueva izquierda (Foucault) en esa misma época –años 60 y 70- de blanquear al autor de “Así habló Zaratustra” y convertirlo en la figura atea tutelar de los movimientos libertarios y anticapitalistas posmodernos.

Sin embargo, mucho mejor que zambullirse en áridos tratados o monografías, para entender el proceso cultural y social -así como la degeneración espiritual y mental- que dio lugar al fascismo y al nazismo, lo más recomendable es aventurarse, con la morosa atención que exige el texto, en las densas páginas de “Doctor Faustus”, la compleja y majestuosa novela de Thomas Mann. El narrador, íntimo amigo del músico protagonista, Adrian Leverkühn, nos guía, como Virgilio a Dante por el infierno, desde los salones berlineses donde aún alentaba entre espesos cortinajes y pianos de cola el romanticismo finisecular, hasta la vesania industrializada de Treblinka y Dachau.

Aunque para empezar a desbrozar los jardines mentales de los zotes y demagogos de izquierdas que nos aburren a toda hora, habría que explicar en primer lugar que el fascismo nació en unas circunstancias y coordenadas muy precisas, las cuales probablemente no vuelvan a repetirse. Al menos así lo cree Emilio Gentile, uno de los principales expertos mundiales en la materia. No era en absoluto un movimiento que se presentase como retrógrado o reaccionario. Al contrario: el fascismo era nuevo y “futurista” –solo hay que recordar el papel jugado en Italia por el vanguardista Marinetti- y pretendía oponerse al bolchevismo que acababa de triunfar en Rusia, pero compartía con él un entusiasmo político que no encuentra parangón en la actualidad. En el citado ensayo “Las armas y las letras”, Trapiello registra otro impagable testimonio, de Liliana Ferlosio, sobre la reunión que mantuvieron José Antonio Primo de Rivera y Rafael Sánchez Mazas en el piso que este último ocupaba en el paseo de Rosales, para decidir si se presentaban por las izquierdas o por las derechas en las elecciones de 1933.

Y es que el fascismo se opone con vehemencia al socialismo; pero, también, al mundo rancio, sentimental y burgués de los conservadores. Esos a quienes Lorca y sus amigos llamaban “los putrefactos”. No puede extrañarnos –por mucho que irrite a Ian Gibson- la innegable corriente de simpatía entre el granadino universal y el fundador de Falange. Se trata, pues, de un asalto de las masas al Estado para trascender y superar la “vieja” democracia liberal. Si se acata en apariencia un orden constitucional es solo con el propósito de subvertirlo de inmediato, como ocurrió en Alemania en 1933, y derivar cuanto antes a un Estado totalitario. La utopía igualitaria del comunismo se sustituye en este caso por la fe inquebrantable en la nación y sus deidades ancestrales. El fuego romántico de las emociones desenfrenadas no se ha extinguido por completo cuando debuta el fascismo en Europa. Al enemigo político se lo combate en la calle desde el primer momento, con fuerzas de choque de carácter paramilitar integradas por jóvenes militantes. No hay nada semejante en la actualidad en nuestro país. Hace falta algún tipo de fe para todo eso. Y hoy en Europa ya no queda fe para nada. Lyotard nos explicó hace mucho tiempo que la posmodernidad consiste ante todo en la incredulidad hacia las metanarraciones. La capacidad de entusiasmo de los europeos está a la temperatura de una morgue. No es que no existan peligros; los hay, claro, pero son otros y conviene diagnosticarlos correctamente. Hoy nadie cree en nada con la suficiente pasión como para inflamar los ánimos a la manera de Hitler, Goebbels o Musolini. Citemos otra vez a Dalí, nuestro clarividente sociólogo de cabecera: “Hoy los jóvenes pintores no creen en nada, y cuando no se cree en nada se acaba por pintar casi nada.”

Yo no veo filas de camisas negras, azules o pardas haciendo el saludo romano, ni tampoco masivos desfiles místicos con antorchas, ni constantes emboscadas nocturnas en callejones. Solo distingo a cuatro geipermanes con pulseritas montando a caballo en algún cortijo, como en un anuncio de Soberano de finales de los 70, y a un puñado de gilipollas nostálgicos del franquismo. No es que no sean perjudiciales para la salud de una sociedad equilibrada. Claro que lo son. Tanto o más que los populistas de izquierdas, esos que no hace mucho practicaban escraches frente a la vivienda de una joven madre o insinuaban la posibilidad del asalto a las instituciones. El populismo es peligroso siempre y conduce a aberraciones legislativas, como hemos visto en el gobierno de coalición, pero de lo que se muere Occidente no es en realidad de extremismo político –eso es solo un sarpullido- sino más bien de apatía, de frustración, de desilusión, de pura tristeza. La gente no es capaz de sentir nada con la suficiente intensidad o seriedad, ni siquiera odio. En un terreno así no hay fascismo que prospere.

El peligro que yo vislumbro en el horizonte es la renuncia gradual a los principios liberales y humanistas sobre los que se fundaron nuestras democracias, a causa del miedo y de la obsesión por la seguridad, ya se trate de hacer frente a potencias extranjeras, grupos terroristas o virus letales. El peligro que percibo es la muerte de nuestra civilización por falta de espíritu y de compromiso de cualquier clase; por infantilismo o por simple renuncia a la vida. Es cierto, por otra parte, que la demagogia populista de derechas o izquierdas no sirve para resolver problemas tan acuciantes como la crisis ecológica o la integración de los inmigrantes, a quienes evidentemente necesitamos. Y esos problemas pueden estallar con la violencia que hemos visto recientemente en Francia. Pero si utilizamos el término fascista a modo de insulto, si vaciamos las palabras de contenido y sucumbimos a la oligofrenia de las redes, solo conseguiremos acelerar el proceso de descomposición de nuestras sociedades. Y si resultase que el profesor Gentile estuviera equivocado y el verdadero fascismo resurgiese en nuestras ciudades, tal vez protagonizaríamos un cuento ridículamente semejante a “Pedro y el lobo”. Es decir, bien pudiera ocurrir que cuando vinieran los fascistas de verdad no los identificase nadie. Algo así podríamos lograr desvirtuando el lenguaje. Además de oír a algún chiquillo en el parque quejarse a su mamá de que un niño fascista le ha pegado un chicle en el babi.

 

[Fuente: www.todoliteratura.es]

quinta-feira, 12 de maio de 2022

Joaquín Sabina, una historia de vida

 Joaquín Sabina, una historia de vida

Escrito por Eduardo Martínez Rico

Sabina es de verdad. Es auténtico, es él, es. Sus canciones salen de lo hondo, de su personalidad, de su vida, de sus vísceras: del corazón, pero no solo del corazón.

Tengo una inseguridad al escribir sobre Joaquín Sabina, porque considero que mis conocimientos sobre él no son grandes, pero luego he pensado que con todos los años que llevo escuchando y disfrutando de sus canciones, debo de saber bastante, suficiente en cualquier caso para escribir un artículo, que es en mi opinión un texto breve e intenso, pero al mismo tiempo de alcance, una llamarada: una llamarada que quizá pueda dejar huella, alguna clase de huella.

Por otra parte creo que para escribir sobre Sabina no solo hay que saber, hay que sentir, y quizá más lo segundo que lo primero. Recuerdo que Luis Alberto de Cuenca me dijo en una ocasión que para escribir poesía había que sentir. Yo creo que para escribir literatura hay que sentir, y tal vez para escribir en general.

Yo he sentido mucho las canciones de Sabina, y ahora llego a la conclusión de que sé más sobre él por lo que he sentido que por lo que he podido retener oyendo sus canciones o leyendo libros.

Y es que tengo tres vías para escribir mi artículo sabiniano:

—Los dos libros que tengo sobre él, de Javier Menéndez Flores (Joaquín Sabina: Perdonen la tristeza, Plaza&Janés) y de Julio Valdeón (Sabina: Sol y sombra, Efe Eme), muy amenos y documentados, bastante diferentes también.

—Escuchar sus canciones, los discos que tengo de él.

—Utilizar mi propia memoria personal. Tal vez sea este último recurso el que dé sentido al resto.

Por otro lado, o quizá por el mismo, para escribir mi artículo debería responder a estas preguntas, dos preguntas que pueden parecer la misma, pero que no son exactamente la misma:

—¿Qué significa para mí Joaquín Sabina?

—¿Qué significa Sabina en mi vida?

Muy probablemente lo que estimo que es lo más personal mío coincide con lo más personal de mis lectores, de esos lectores que son partidarios de Sabina, quizá tanto como lo soy yo, que es mucho. O que están cerca de serlo.

Son tres hilos los que debo utilizar para trenzar mi texto: lo escuchado, lo leído y lo vivido.

Miro las memorias de Bruce Springsteen, Born to Run (Pengüin Random House), y el libro de Álvaro Feito que tengo sobre Dire Straits: Dire Straits (Ediciones Júcar). En el fondo este tema de la música, los músicos y los cantantes pertenecen a otra época de mi vida, pero ahora se demuestra, me demuestro, que es una época nunca ida, que es todo la misma época: mi vida. Seguro que a otros les ocurre lo mismo.

Constantemente pongo música para trabajar, para afeitarme, para descansar…

Me gusta revivir el momento en el que oí por primera vez una canción de Joaquín Sabina. Fue en clase de Dibujo, creo que en primero de BUP. Un amigo estaba escuchando en su walkman —nos dejaban escuchar música mientras trabajábamos— el disco Física y química y me dejó escuchar un momento. Me encantó: fue instantáneo. Desde entonces Joaquín Sabina me ha acompañado en mis días y en mis noches —más de “19 días y 500 noches”—, ha sido banda sonora, como nos gusta decir ahora, de mi vida, ha sido camarada de mis buenos y de mis malos momentos, como lo han sido mis queridos escritores. Aunque aquí debería decir mejor: como lo han sido otros queridos escritores, pues a Joaquín Sabina ya lo tengo como escritor, especial, diferente, pero escritor. ¿Y qué escritor al final no es especial y diferente?

He comprado bastantes discos suyos, he ido a conciertos —en A Coruña y en Santiago de Compostela, inolvidables— compartiendo pasión con amigos como Santiago Yáñez, por ejemplo, que también tiene buena pluma, original y peculiar escritura, quizá algo sabiniana. Y escribo estos nombres no solo por compañerismo y amistad, sino como referentes reales de una vida, con todo lo positivo y todo lo negativo que esta puede acarrear. Porque Sabina lo acaba cantando todo, al igual que nosotros lo vivimos todo.

Sabina se ha ido adaptando a mi vida. Según lo que iba haciendo, él se adaptaba a ello, o al revés. Ahora le escribo un artículo. Imagino sin embargo que esto les habrá ocurrido a muchos, o a bastantes. Pero eso le quita valor a mi sentimiento, a mi experiencia.

Yo no sabía qué iba a escribir sobre él, porque estaba un poco en blanco, pero sabía al mismo tiempo que tenía que escribir mucho, mucho y bien —al menos razonablemente bien— porque he compartido muchos momentos con Joaquín Sabina, gracias a su música, a sus letras, a la autenticidad que todo ello transmite, que su figura y su obra, su mundo, transmiten. Lo he dicho al principio: “Sabina es de verdad”. Pero creo que merece la pena repetirlo.

Me llevé una alegría cuando supe que Joaquín Sabina había estudiado Filología Románica, aunque creo que no la pudo terminar porque se exilió en Londres. Me parece que solo estudió la carrera tres años, pero esto lo sabrán mucho mejor sus biógrafos. Yo sí que pude terminar Filología Hispánica, e incluso me doctoré. He sido muy afortunado.

Sabina se doctoró, con mucho, con sus canciones, también con las innumerables lecturas que se agazapan en ellas. Dicen que es un lector voraz y su casa está llena de libros, muchos antiguos, o encuadernados de forma especial, por lo que he podido ver. Es posible que solo leyendo tanto y tan bien se pueda escribir tanto y tan bien. Luego, es verdad, hay que tener su peculiar cabeza y creatividad, su forma de ser y de vivir.

Después de tanto tiempo escuchando sus canciones ha llegado el momento de que yo diga algo sobre Joaquín Sabina, y de leer, o al menos de asomarme con gran curiosidad, con fuerza, a los dos libros que tengo guardados sobre él (Perdonen la tristeza, de Menéndez Flores, y Sol y sombra, de Valdeón). Y vuelvo a escuchar sus magníficas canciones; las estoy escuchando, con mucha atención y con gran placer en el proceso creativo de escribir este texto.

Reviso también Ciento volando de catorce, con el muy interesante prólogo de Luis García Montero. Debo decir que este libro lo leí hace muchos años, cuando lo compré (edición de Círculo de Lectores, 2004; originalmente es de Visor), y no me gustó demasiado, quedándome con sus canciones y con su música mucho más que con su poesía. Pero ahora lo estoy leyendo de nuevo y percibo toda la calidad del poeta.

Dice por ejemplo Luis García Montero, y repite Julio Valdeón muy acertadamente, que Sabina no fue un cantante metido a poeta sino un poeta metido a cantante. Esto es clave, a mi modo de ver. Yo creo que tanto sus canciones como sus poemas confirman esto.

Me han sido muy útiles las letras de las canciones que transcribe en su libro Javier Menéndez Flores, así como los textos-homenaje de los amigos de Joaquín Sabina que incluye en su biografía. Con estas palabras de sus amigos uno tiene la sensación de conocer mucho a Sabina.

Yo no lo conozco en persona. Lo conozco por su obra, por sus versos, por sus canciones, por sus actuaciones… Creo que es más que suficiente. Me encantaría conocerlo en persona, pero lo cierto es que sería difícil mejorar la impresión que tengo de él, un hombre que me ha hecho feliz a menudo con su música, en esos buenos momentos de los que escribía antes, y que cuando he estado triste, sufriente… también me ha hecho feliz. Gracias.

 

[Fuente: www.zendalibros.com]

segunda-feira, 2 de maio de 2022

Nada más bello que lo que nunca he tenido, nada más amado que lo que perdí

 Escrito por

Mi infancia no son los recuerdos del patio de Sevilla que escribiera Antonio Machado, pero sí los de viajes atravesando los campos de Castilla para llegar a la luz y el olor del Mediterráneo donde, quizá, mi niñez sigue jugando en sus playas. Son recuerdos de largos kilómetros acumulados en el asiento de atrás del coche, en aquella época en la que no tenían aire acondicionado y el viento entraba zumbando por ventanillas que subían y bajaban a golpe de manivela; cuando las autopistas eran minoría y se viajaba detrás de los camiones respirando con alivio al acelerar en los tramos con vía lenta; cuando el arcén avanzaba irregular, implacable y constantemente, como la vida, y la música se escuchaba en cassettes a los que había que dar la vuelta.

Hace algún tiempo en ese lugar,

donde los montes se visten de espino

se oyó la voz de un poeta gritar

caminante no hay camino,

se hace camino al andar.

Cantaba Serrat de fondo, abriendo una nueva dimensión a la poesía de Machado que tan aséptica y fríamente se leía en el colegio, hablándonos de la futilidad del destino y la trascendencia escondida en cada paso de la vida. Desde entonces, el arranque de esa canción me provoca un estremecimiento de la cabeza a los pies, un abrazo cálido que revuelve y estruja la infancia perdida y derrotada por el paso del tiempo; un puñetazo en las entrañas que activa la conexión más profunda con las aristas importantes de la vida y el amor apasionado por los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón.

Así volvió a ocurrir en el primer concierto de la gira de despedida de Juan Manuel Serrat en Nueva York. De nuevo, un viaje por toda su discografía (esta vez sentado en un asiento de terciopelo rojo del icónico Teatro Beacon de la calle Broadway junto a otras tres mil personas) que supone, a la vez, el mío propio por todas esas canciones que me han acompañado en la infancia, la adolescencia, la juventud y lo siguen haciendo en esto que llaman madurez. Susurrándome emociones y contándome cosas diferentes en cada época porque, al fin y al cabo, esa es la esencia de las verdaderas obras de arte, tan llenas de detalles y significado que cada vez que uno vuelve a visitarlas, a contemplarlas, las relee o las escucha, siempre tienen cosas nuevas que decirnos… Cosas que no pueden matar ni el tiempo ni la ausencia porque su tren vendió boletas de ida y vuelta. Sí, son aquellas pequeñas cosas que nos dejó un tiempo de rosas en un rincón, en un papel o en un cajón.

Como un ladrón que acecha detrás de la puerta, Serrat volvió a Nueva York, subiéndose a los escenarios por primera vez desde que comenzó la pandemia y comenzó a decir adiós a los escenarios (que no a la música, como aclaró) llevándonos de viaje por más de 50 años de música, poesía y vida.  “Una canción de verdad es cuando la música habla y la letra canta. Cuando hay una historia”, dijo contándonos los entresijos de sus primeros encuentros con las historias y los personajes que pueblan su mundo musical: Merceditas, la del guardarropa, sin la que Curro el Palmo no puede entender su despertar; esos locos bajitos que hace tiempo que dejaron de joder con la pelota; Lucía y la más bella historia de amor y, por supuesto, Penélope con su bolso de piel marrón, sus zapatos de tacón y su vestido de domingo.

A sus casi ochenta años, con envidiable energía y aún con la calidez inconfundible del timbre de su voz, Serrat empezó a decir adiós a la música en directo, agradeciéndonos al público por acudir a su cita quienes, si algo teníamos en común, era saber que aquel podía ser un gran día.

Llegará un momento cuando el jilguero no pueda cantar, cuando el poeta sea un peregrino, cuando de nada nos sirva rezar. Pero, entonces y ahora, cuando ya ni siquiera nos quede París, siempre puede ser un gran día porque nos quedará el tesoro de la música y la poesía del Nano que ,como le cantó su primo Sabina, siempre ha sido y será un lujo para el alma y el oído, un modo de vengarse del olvido.

 

[Fuente: www.culturamas.es]

domingo, 28 de novembro de 2021

Morre Almudena Grandes, a voz das mulleres e os homes silenciados

 A escritora madrileña faleceu aos 61 anos, vítima dun cancro

Telediario - 21 horas - 27/11/21 - Lengua de signos

Escrito por SANDRA FAGINAS

Hai só un mes, Almudena Grandes contaba a través da súa columna do País que padecía cancro. «Tiven que escribir algúns artigos moi complicados ao longo da miña vida. Ningún como leste. Todo empezou hai pouco máis dun ano. Revisión rutineira, tumor maligno, bo prognóstico e a pelexar», apuntaba. E onte confirmouse o peor prognóstico: a escritora madrileña falecía aos 61 anos.

Casada co poeta Luis García Montero, director do Instituto Cervantes, con quen tiña unha filla, Elisa, Grandes está considerada unha das narradoras españolas máis relevantes e con maior proxección internacional. Ela destacou sempre pola súa valentía, a súa coraxe de vivir e a súa guindo á hora de contar, pero sobre todo por darlle voz ás mulleres e os homes silenciados. Grandes foi memoria viva deste país e así o reflectiu nos seus libros nos que elixiu un bando: o dos derrotados. Sempre preocupada polos perdedores, a escritora, que estudou Xeografía e Historia, pronto empezou a traballar no mundo editorial como correctora e autora de textos para enciclopedias e libros de divulgación. No 2012 formou parte da comisión executiva de Esquerda Aberta, partido integrado en Izquierda Unida (EU), e mostrou o seu apoio público a cuestións políticas ou sociais, como a autoinculpación colectiva no caso de eutanasia para o tetrapléxico Ramón Sampedro en 1998.

Autora de contos nos seus comezos, en 1989 publicou a súa primeira novela, As idades de Lulú, recoñecida co Premio Sorriso Vertical de literatura erótica, que foi traducida a máis de vinte idiomas e levada ao cine un ano despois por Bigas Lúa.

En 1991 publicou a súa segunda novela, Chamareiche venres, á que seguiu en 1994 Malena é un nome de tango, outro éxito literario, que a consagrou como escritora e tamén chegou á gran pantalla, nesta ocasión, da man de Gerardo Ferreiro. «Sempre dixen que Malena é a miña novela máis autobiográfica, por esa sensación que ten cando é pequena de que non é suficientemente boa para ser nena, e que lle iría mellor sendo neno», chegou a dicir nalgunha entrevista.

O seu admirado Galdós

Despois viñeron moitas máis obras: Atlas de xeografía humana, Os aires difíciles —ambas, levadas tamén ao cine—, Castelos de cartón ou O corazón xeado, premio de Novela da Fundación Juan Lara e do Gremio de Libreiros de Madrid.

Inspirada no seu admirado Benito Pérez Galdós —do que dixo que fora o escritor máis importante da súa vida—, sensibilizada e conectada co movemento de memoria histórica, Grandes comezou no 2010 un dos proxectos literarios de máis longo alcance da narrativa contemporánea en español: os Episodios dunha guerra interminable, unha saga de seis novelas que atravesaban o peor da historia do século XX. Antes de sacar o primeiro título á rúa, Inés e a alegría, a escritora xa sabía que ía contar nos cinco seguintes. Planificaba todo moi ben antes de arrincar a súa obra, que destripaba previamente nos cadernos que ela utilizaba cunha trama ben trazada.

No último libro publicado, A nai de Frankenstein, indagou na biografía de Aurora Rodríguez Carballeira, a parricida máis famosa do século XX español, que tiroteou á súa filla, Hildegart Rodríguez Carballeira, para non perder o seu control sobre ela, despois de moldeala durante anos para convertela nunha muller ideal. Grandes dedicou esta obra a «todas aquelas mulleres que non puideron atreverse a tomar as súas propias decisións sen que lles chamasen putas». O seu plan era pechar a saga, que vendeu máis dun millón de exemplares e que lle procurou premios como o Nacional de Narrativa no 2018 polos pacientes do doutor García, no ano 1964, cando esta madrileña era unha nena de 4 anos. Esta última entrega, de carácter póstumo, titularase Mariano no Bidasoa, e estará centrada na emigración económica e os 25 anos de paz. Se cumpre co que á autora lle gustaba, os lectores esperarana en febreiro, o mes que Almudena Grandes elixía para publicar.

De esquerdas, republicana, anticlerical, feminista e do Atlético de Madrid

De esquerdas, republicana e anticlerical, Grandes foi tamén unha analista do seu tempo. De pluma precisa e certeira, comezou a súa colaboración co País no 2008 e nas súas columnas o mesmo desataba a súa paixón colchoeira, que defendía contra vento e marea o feminismo ou cargaba as tintas contra unha dereita «que cada vez que perde o poder, compórtase coma se roubáronllo». Onte, tras coñecerse o seu falecemento, foron moitos os políticos que mostraron as súas condolencias a través das redes sociais, como o ministro Miguel Iceta, que en Twitter escribiu: «As letras españolas e os progresistas estamos de duelo». Tamén a ministra de Igualdade, Irene Montero, deu as grazas a Grandes: «Por regalarnos a túa literatura durante décadas». «Grazas por falar, sempre, desde a mirada das mulleres, desde a memoria histórica e desde a beleza das palabras. Sempre connosco», engadiu.

Tamén lembrou á escritora o Atlético de Madrid, «porque presumiu orgullosa durante toda a súa vida da súa afección polas cores branquivermellas» . «Hoxe todos temos o corazón xeado. O teu ser, as túas palabras, as túas novelas… fanche eterna. Grazas por todo o que nos regalaches. Un abrazo a todos os seres queridos de Almudena Grandes», sinalou Alejandro Sanz na súa mensaxe. Joaquín Sabina, pola súa banda, destacou a unha «unha muller valente» e Pancho Varona despediuse con todo o afecto: «Coñecina ben grazas a Joaquín e a Luis. Teño esa sorte na vida, ter coñecido e gozado de persoas e escritoras como ela». O cantautor Marwan, amigo persoal de Grandes, deixou nas redes uno das mensaxes máis emotivas: «Moi triste dicir adeus aos teus cariños, as túas letras e as túas deliciosas ceas nas que puñas tanta entrega como nas túas magníficas novelas. Rota e Cádiz enteira vanche estrañar moito. Grazas por todo e xa que logo».

 

[Imaxe: PABLO MARTÍN - fonte: www.lavozdegalicia.es]

segunda-feira, 22 de novembro de 2021

Alfredo Bryce Echenique retírase

Alfredo Bryce Echenique.
Alfredo Bryce Echenique

  

Escrito por CARLOS G. REIGOSA

A noticia encheume de tristura. O escritor peruano Alfredo Bryce Echenique, o máis novo dos grandes escritores do boom latinoamericano, co que compartín moitas xornadas de ledicia e amizade, acaba de despedirse da literatura. «Chegou o momento. Deixei de escribir para sempre», declarou. Eu sabía que levaba tempo coa teima, pero sempre pensei que non se atrevería a rachar co que tanta vida e sona lle dera. Mais, ousou dar o paso e punto. Algo que comezou a ser posible cando, tras vivir en París, Madrid e Barcelona, regresou ó Perú e comezou a dexergar un horizonte de sosego, sen as esixencias daquel oficio no que acadara un enorme recoñecemento internacional, con obras como Un mundo para JuliusA vida esaxerada de Martín Romaña ou Non me esperen en abril, entre outras.

Non vou utilizar estas poucas liñas para falar da súa obra. Prefiro falar da persoa. Un home que vivía en Madrid nun piso que —dicía— era «unha continuación do aeroporto de Barajas», porque todos os peruanos que sabían del acababan presentándose na súa casa para saudalo e «enredalo». E Bryce non resistía a tentación de facelos felices.

Porque Bryce era —e segue a ser— un home moi xeneroso co seu tempo e co seu humor. Íntimo amigo do cantante Joaquín Sabina, era capaz de pasar a noite falando con el, sen levantar da cadeira. Así é este ilustre peruano. Xeneroso e amistoso. E eu tiven a sorte de poder contar con el para case todo. Por exemplo para prologar o libro Homes de Tras da Corda, xusto cando aparecía a edición en castelán baixo o título Al otro lado de la montaña. Posteriormente, ofreceuse para presentar a novela Oxford, amén, pero, como tamén pasara a noite anterior na casa de Sabina, non apareceu no acto e tiven que presentalo eu só. Sobre as cinco da tarde, chamoume, desolado, para explicarme que quedaran durmidos nas cadeiras. Era imposible reprocharlle nada, e non o fixen. Uns días despois apareceu unha páxina enteira nun xornal de Madrid exaltando o libro. Un exceso de xenerosidade por parte dun home que se sentía culpable. Máis tarde leveino a un curso sobre periodismo e literatura na UIMP da Coruña, e ofreceuse para presentar na biblioteca da Deputación a miña novela Narcos, que acababa de ler. Agradecinllo, ceamos xuntos e separámonos ata o día seguinte. Pero de noite chegaron moitos peruanos radicados na Coruña e levárono de xolda. Pola mañá non apareceu no acto que tiña que inaugurar e que en realidade clausurou a mediodía. Pola tarde presentou o libro. E ó día seguinte viaxamos de volta en coche a Madrid. Durmiu durante case toda a viaxe, esgotado. Porque de certo, el non quixera defraudar ós seus paisanos, nin a Universidade, nin a min.

Desta estirpe boa e xenerosa é Alfredo Bryce Echenique, o escritor que acaba de poñer punto final á súa obra. Imaxínoo agora no Perú, na súa praia preferida, ollando o Océano Pacífico. E sinto non poder ler máis obras súas. Pero a isto lle chaman vida.

 

[Imaxe: RAQUEL P. VIECO - fonte: www.lavozdegalicia.es]

segunda-feira, 24 de agosto de 2020

Woody Allen, Dios y la Loren


Publicado por Javier Aznar

Hay tres tipos de personas de las que inmediatamente suelo desconfiar. Me sirven como radar para detectar cretinos, algo de una tremenda utilidad en estos tiempos convulsos que vivimos:

1. Los que se meten con los últimos Simpson.

2. Los que desprecian lo último de Aaron Sorkin.

3. Los que critican al último Woody Allen.

Si alguien reúne los tres requisitos mencionados anteriormente, es del todo imposible que pueda llegar a entablar cierta relación de amistad con dicha persona. Y estoy siendo generoso otorgándole la categoría de persona, y no rebajándole a la de homínido poco evolucionado, cercopiteco, protozoo o insignificante coleóptero infrahumano. ¿Prejuicios? No. Optimización del tiempo. De su tiempo y del mío. ¿Cómo compartir un café con alguien que no valora que Los Simpson sigan creando situaciones descacharrantes tras veinticinco temporadas en antena? ¿Cómo ir de viaje, cenar, compartir confidencias o ser el testigo en la boda de una persona que desprecia sistemáticamente cada nueva película Woody Allen? Sí, definitivamente puedo permitirme prescindir de la amistad de este tipo de personas. A fin de cuentas, como escribía David Trueba en Cuatro amigos, la amistad está sobrevalorada, como los estudios universitarios, la muerte y las pollas largas. 

Cuidado. Obsérvese el matiz recurrente de «último». Es importante. Porque no tengo problema alguno con aquellos a los que nunca les han gustado Los Simpson, Aaron Sorkin o Woody Allen. Ahí hay una coherencia, unos principios atornillados. Un credo. Si bien incomprensible, me parece algo respetable. Mi problema reside en tener que soportar a esos ventajistas que se declaran fans únicamente de los «primeros trabajos» de Woody Allen. De su «primera época». Esos mismos que tienen una lámina glicée de Manhattan colgada en el salón de casa y luego se permiten la osadía de despedazar Blue Jasmine sin miramientos, proclamando que Woody Allen está acabado.

¿Acabado? Decir que Woody Allen está acabado es una boutade de una temeridad insultante, es una muestra de una lacerante falta de humanidad y, sobre todo, es una mentira de proporciones extraordinarias.

Pero esto no es ninguna novedad. Woody Allen lleva colgando toda su carrera el sambenito de que sus películas inmediatamente anteriores —da igual que estemos en 1978 o en 2003— son siempre mejores. Ese «tú antes molabas» ha sido una constante en su vida. Incluso cuando dejó de rodar esas sucesiones de sketches como Toma el dinero y corre (1969) o Bananas (1971) para comenzar a hacer películas algo más «serias», como Annie Hall (1977) o Manhattan (1979), le cayeron palos por todos lados. Muchos lo consideraron como una traición a su propio estilo. De hecho, su película Recuerdos (1980) fue duramente criticada porque se interpretó (creo que con toda la razón) como una parodia de sus fans y críticos más iracundos. Hay una escena inolvidable en esta película en la que un Woody Allen en plena angustia existencial establece contacto con unos extraterrestres buscando respuestas, y estos le contestan con la eterna cantinela: «La verdad es que nos gustaban más tus primeras películas».

Los que se meten con el último Woody Allen suelen ser los mismos que usan comillas en el aire cuando hablan, los que emplean ergo en sus discusiones de Twitter y los que siempre tienen un «su primer disco era mejor» en la boca. Esa gente que repite lugares comunes porque se aburre de la excelencia. «La quinta temporada de The Wire es muy floja». «Los Planetas no vocalizan». Cuñados ilustrados. La corriente más peligrosa del haterismo: los permanentemente insatisfechos. Los toreros de salón que se permiten dar consejos al matador que salta al ruedo. Y suelen llevar coderas en la chaqueta. 

No tengo reparos en admitir que a veces me gustaría llevar un guante y abofetear con un seco movimiento de muñeca al primero de mis amigos que me diga durante un cena que Woody Allen está acabado y que ya solo se dedica a rodar postales desde ciudades europeas. Y citarnos al acabar los postres a la salida del gastrobar al que nos hayamos visto arrastrados, y que nuestras novias nos sujeten las gafas de pasta, las libretas y nuestros portátiles, mientras nos remangamos los jerséis de pico de lana merino y nuestras camisas de leñador, para partirnos la cara como si formáramos parte de un Club de la Lucha nerd.

Porque Woody Allen forma parte del acervo de mi cultura sentimental y no estoy dispuesto a que se mancille su honor de forma gratuita. Cada película de Woody Allen me fue enseñando a acercarme a la vida, como un animal que se arrima por primera vez al fuego. Woody Allen no es simplemente un director de cine. Woody Allen son los discos de Dylan y de la Creedence de mi padre, los libros que leía a escondidas, los amigos de la adolescencia, el colegio de curas, mi equipo de fútbol, las noches frías en el parque, la chica a la que intentaba hacer reír, Casablanca y Fellini, las tardes bañadas en Barcardi en la playa, el póster de Nueva York colgado en mi habitación, los chicles de fresa ácida, las monedas en los bolsillos, los autobuses al cine, buscar con el dedo Manhattan en el atlas y a NabokovFreud o a Wagner en la Larousse del salón. Si construyera una máquina del tiempo, volvería sin dudar un instante a la primera tarde que vi solo en un cine una película de Woody Allen, aquella primera vez en la que me reí con sus frases porque las entendía realmente, y no porque algún mayor al que admiraba se reía a mi lado. Esa sofisticación que tiene descubrir torpemente los límites de tu propia inteligencia. Sí, volvería a aquella tarde. Jamás volvería al primer beso. Qué horror. Un perro nunca vuelve sobre su propio vómito. Ni siquiera volvería para asesinar a Hitler. Llámenme cobarde y egoísta. Jódase la humanidad. Me da igual. Volvería a ese cine apolillado en el que reponían Manhattan para caer otra vez como un piano de cola desde un ático en los ojos de Mariel Hemingway.

Se habla mucho de la corrección política. No estaría mal tratar la corrección intelectual, ese volátil conjunto de normas sociales no escritas que dictaminan que todo aquel autoproclamado intelectual tiene que declararse fan del primer Woody Allen (ManhattanAnnie Hall o Hannah y sus hermanas) y repudiar al Woody Allen europeo (Match PointScoop o A Roma con amor). Sucede últimamente algo parecido con Joaquín Sabina. Lo intelectualmente correcto estos días es decir que era mejor cuando se drogaba. Ni siquiera es moderno ni estimulante afirmar que 19 días y 500 noches probablemente sea el mejor disco en español de los últimos veinte años. Es considerado como algo rancio y casposo. Del mismo modo también parece obligatorio decir que al de Nueva York se le acabó la gasolina hace tiempo. Porque está mal visto que alguien con talento sea tan prolífico. Va contra los cánones. Un verdadero genio no trabaja. La inspiración tiene que llegarle y sus obras tienen que espaciarse generosamente en el tiempo. ¿Una película cada año? ¡Blasfemia!

Pero vayamos a los hechos: Match Point es una película colosal y de un gran belleza. Y sirvió para reencontrarnos en Londres con el Woody Allen más salvaje y sentimental. Midnight in Paris es una obra maestra. A los puristas no les gustará porque trata de forma superficial a Dalí, a Buñuel o el París de aquella época. Seguramente estos querrían un biopic de tres horas protagonizado por un atormentado actor de método que hubiera engordado cuarenta kilos para encarnar a Hemingway. Y qué decir de Blue Jasmine con una Cate Blanchett magistral que encarna a la generación de la crisis subprime. Un retrato agridulce de toda una época. 

Por supuesto que no todas las últimas películas de Woody Allen son obras maestras. Ni mucho menos. Vicky Cristina Barcelona se me hizo de difícil digestión (por muy bien que estuviera Penélope Cruz) y, a pesar de recibir buenas críticas fuera de nuestras fronteras, no la considero uno de los grandes trabajos de Woody Allen. El sueño de Casandra es una Match Point fallida. Scoop nos demostró que Hugh Jackman no encajaba bien con el estilo alleniano. Y también se criticó duramente su película romana: A Roma con amor. Y estoy de acuerdo: no es uno de sus trabajos más inspirados. No obstante, la historia del hombre dotado con un vozarrón magistral pero que solo sabe cantar cuando está bajo la ducha, por lo que termina dando un recital en la ópera frente a un auditorio entregado mientras se enjabona en una ducha portátil, es una genialidad tremenda. Y ahí está todo Woody Allen: en cada una de las películas, incluso en sus proyectos más mediocres, siempre hay una frase, un momento, un destello que emerge de la nada y compensa el precio de la entrada. Y que la convierte automáticamente en una obra superior a la vasta mayoría de estrenos de viernes con gafas 3D y efectos especiales millonarios. Woody Allen es como ese periodista al que jamás dejarías de leer. Podrás estar de acuerdo o no. Pero siempre encuentras un motivo por el que merece la pena leerle. Porque simplemente te interesa su mirada personal y única sobre el mundo que nos rodea.

Dentro de quince años, o de veinte, o de veinticinco, Woody Allen morirá. Y correrán ríos de tinta sobre su vida, obra y milagros. Y los que ahora despotrican contra él se rasgarán las vestiduras. Se llevarán el dorso de la mano a la frente, como una dama victoriana, y clamarán al cielo que qué haremos nosotros, oh, simples mortales, sin la chispa de Woody Allen iluminando este valle de lágrimas. Sin nuestra ración anual de su ingenio. Y todo el mundo pondrá ocurrentes citas de Woody Allen en Facebook ilustradas con una foto con su pelo alborotado y sus gafas de pasta negra inspiradas en Mike Merrick. Y escritores de relumbrón publicarán en los diarios principales artículos de seis mil caracteres sobre aquella vez que coincidieron en un ascensor de Oviedo con el genio de Manhattan y este les dijo una frase ingeniosa solo para sus oídos. 

Por eso ahora es cuando hay que ensalzar el trabajo de Woody Allen. Ahora que podría dedicarse perfectamente a almorzar sus sándwiches de atún y a tocar el clarinete por Nueva York, o a dar de comer a las palomas, o a esconder la cabeza como un avestruz tras sufrir de nuevo acusaciones sobre su vida personal en los medios estadounidenses, y en lugar de todo esto, cada año hace una nueva película, con más o menos inspiración, pero siempre rezumando buen gusto, cuidado por los detalles y sentido del humor. 

Yo no considero a Woody Allen un genio. Ninguna de sus películas me parece un diez redondo. Tal vez porque fui educado por un profesor que siempre decía que el diez solo estaba reservado para Sophia Loren y para Dios. Pero sí creo firmemente que el mundo es un lugar un poco mejor con una película suya cada año.

En la icónica escena de Manhattan, viendo sentados el amanecer en un banco junto al puente de Queensboro, Woody Allen le dice a Diane Keaton: «Qué maravilla. Esta es una gran ciudad. No me importa lo que opinen los demás. ¡Es tan extraordinaria!».

Siempre que salgo del cine tras ver algo de Woody Allen, sobre todo si se trata de alguna de sus peores películas, pienso exactamente eso mismo: «Qué maravilla. Es un gran director. No me importa lo que opinen los demás. ¡Es tan extraordinario!».

Y cuento los días para su siguiente estreno.

Porque la vida es eso tan aburrido que nos pasa entre película y película de Woody Allen. Y que me perdonen la Loren y Dios.

 

[Foto: United Artists - fuente: www.jotdown.es]