Isac Nunes da Luz Cordeiro
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Tradutor Público e
Intérprete do Comércio
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Idiomas: francês, espanhol, catalão e galego ***
Matriculado na Junta Comercial do Estado do Paraná
*** Curitiba ***
República Federativa do Brasil
Le bois de Boulogne, la rue Coustou, la rue de Courcelles... Le Paris de Modiano nous fait toujours rêver même s’il n’existe plus guère...
Patrick Modiano
Écrit parDidier Jacob
Et voici qu’au détour d’un des neuf romans et un essai sur Brassaï qui composent ce merveilleux « Quarto », on se retrouve à Londres, navigant à l’aveugle entre Notting Hill et Piccadilly. Savez-vous quoi ? On en serait presque peiné. Alors qu’on était encore, l’instant d’avant, du côté de ce bon vieux boulevard Haussmann. L’angoisse qui nous saisit soudain, nous, fidèles lecteurs dePatrick Modiano ! L’impression d’avoir perdu nos attaches, nos repères, notre boussole presque.
Plutôt que de se préoccuper de rapatrier « Emily in Paris » en France, est-ce que le président ne devrait pas plutôt téléphoner à Patrick pour lui demander de garder, dans l’intérêt général, ses intrigues dans l’Hexagone ? Nous, ce qu’on veut lire, c’est des phrases comme celle-ci (dans « Quartier perdu ») :« Au début de l’avenue Montaigne, un G7 rouge et noir attendait. »Est-ce qu’on a fait mieux depuis les « Pensées » de Pascal ? Et qu’on ne nous bassine pas avec les taxis londoniens ! Car l’œuvre de Modiano constitue, tous romans mis bout à bout, comme un long poème parisien. Paris intra mais pas seulement, tant la banlieue est, pour Modiano, tout aussi riche en inspiration. Le bois de Boulogne, la rue Coustou de « la Petite Bijou », la rue de Courcelles de « Quartier perdu ». De roman en roman, un suspense s’installe qui n’est pas celui de la narration principale. C’est seulement qu’on se demande où notre Nobel va nous emmener. « ll fait beau, aujourd’hui, porte Dorée », écrit-il dans « Voyage de noces », et on a l’impression qu’il n’y pleuvra plus jamais.
À lire « Paris des jours et des nuits », on ressent tout de même comme un léger pincement. Les rues telles qu’il les peint, les cafés qu’il nous décrit ne nous rappellent-ils pas comme Paris a perdu en charme, en poésie ? Allez vous plaindre, après, si Modiano part à Rome avec Emily !
« Paris des jours et des nuits », par Patrick Modiano, Gallimard Quarto, 1024 p., 27 euros.
[Photo : ROBERT JEAN-FRANCOIS/MODDS - source : www.nouvelobs.com]
La novela más reciente de Patrick Modiano, plantea Iván Ortega, se ofrece como la mejor puerta de entrada a su universo narrativo
El escritor francés Patrick Modiano
Escrito por IVÁN ORTEGA
Cada una de las tres novelas que Patrick Modiano ha publicado tras el Premio Nobel de Literatura aborda la memoria, personal e histórica, usando una metáfora distinta: en Recuerdos durmientes (2017) es presentada como un sueño nebuloso, en Tinta simpática (2019) como un registro poco confiable y en Chevreuse (2021), aparecida este año en español en Anagrama, la presenta como un laberinto del que se sale siguiendo el hilo que le sugiere esa palabra, que se va llenando de sentido al avanzar el relato: “Chevreuse. A lo mejor ese nombre tiraba de otros nombres hacia él, como un imán. Bosmans repetía en voz baja ‘Chevreuse’. ¿Y si era ese el hilo que le permitiría recuperar toda una bobina?”. Retroactivamente puede entenderse que el resto de las novelas de Modiano responde a alguno de estos tres modelos o a combinaciones de ellos. Calle de las tiendas oscuras (1978), que le valió el Goncourt, es el ejemplo extremo de la memoria como registro poco confiable, aunque en ella la escritura sirve como ancla, más que como eco de su ineficiencia, como en Tinta simpática. Villa Triste (1975) y La hierba de las noches (2012) son ejemplos de la memoria como ensueño.
Chevreuse, una especie de secuela o narración gemela de El horizonte (2010), es no solo un laberinto sino una guía al laberinto Modiano, una pieza en la que algunos nombres mencionados de paso en otras obras aparecen ahora como pertenecientes a personajes principales. El más claro es Guy Vincent, que originalmente había sido mentado en Recuerdos durmientes, pero que ahora reaparece como alguien alrededor de cuyos secretos actos y desaparición gira la trama. Martine Hayward es otro personaje secundario de aquella novela que reaparece en esta, pero el principal “regreso” es el de Jean Bosmans, escritor en ciernes que protagoniza El horizonte. La primera sospecha que provoca esta recurrencia es que quizá no se trata de los mismos personajes, sino de diferentes iteraciones. Ciertamente, si bien el carácter de Bosmans es parecido en ambos libros (melancólico, pensativo, interesado en la escritura), hay también algunas diferencias, como la completa ausencia de escritores y editoriales dedicados al ocultismo en Chevreuse, para no hablar de que se abordan eventos ocurridos en los años sesenta y sus consecuencias años más tarde; los desenlaces serían excluyentes.
La posibilidad de que se trate no de los mismos personajes sino de diferentes iteraciones de estos es grande si consideramos que muchos de ellos están interesados en temas como el eterno retorno nietzscheano, así como en interpretaciones que son más cercanas al ocultismo que a la filosofía escolarizada. Esta lectura me fascina porque aleja a Patrick Modiano del realismo y lo introduce vagamente en el género fantástico. Hace pensar en obras de diversa índole, como Embassytown: La Ciudad Embajada (2011), de China Miéville, en la que se diferencia entre ínmer (adaptado del alemán immer, “siempre”)y manchmal (“a veces”, también en alemán). El ínmer es el Universo en su forma ideal y cada manchmal es una iteración diferente de esta forma ideal. En Chevreuse se establece un paralelismo entre los conceptos saussurianos de langue, que correspondería al ínmer, y parole, que correspondería al manchmal.
Los personajes de Modiano, no solo los que tienen el mismo nombre sino también aquellos cuyas vidas encuentran ecos en los protagonistas de otras novelas del autor, serían repeticiones de los mismos modelos. En los videojuegos de la saga The Legend of Zelda ocurre algo parecido: Link y Zelda se van reencontrando en diferentes iteraciones a través del tiempo para enfrentarse siempre a un mismo enemigo. De igual manera viene a la mente La perfección ferroviaria de Benno von Archimboldi, novela que consiste en una serie de diálogos breves entre “dos personas ambiguas que, pese a los cambios de trabajo, de edad, en ocasiones incluso de sexo, son la misma persona, y ambos huyen, o se persiguen, o solo uno es el que persigue y el otro el que se oculta”. En la obra de la creatura de Roberto Bolaño los diálogos y las persecuciones se dan en diferentes momentos del tiempo y en distintos lugares del mundo. “¿El que persigue es un hombre y la que huye es una mujer o al revés?, ¿cuál es la historia y cuáles las excrecencias, los ornatos, las ramificaciones de la historia”. Las tramas de Modiano, se sabe, no suelen presentar muchas variaciones. Pensemos en Más allá del olvido (1996), El horizonte y Domingos de agosto (1986); cada relato sigue un mismo patrón: un hombre joven conoce a una mujer joven que está relacionada de manera tensa con un hombre mayor, en algún punto la mujer desaparece y años después el hombre joven vuelve a encontrarla o vuelve a indagar en la desaparición.
Como todos los thrillers de Modiano, Chevreuse narra una investigación que genera más dudas que certezas. Al igual que Calle de las tiendas oscuras, esta novela narra una investigación sobre el pasado del propio investigador. En la segunda la investigación es necesaria porque el protagonista ha perdido todos sus recuerdos, en la primerase nos niega la principal motivación de la investigación hasta la parte final. Durante las rumiaciones laberínticas de Bosmans vamos recuperando junto a él algunos detalles de un instante específico de su pasado que es aún poco claro, en parte porque lo que intenta recordar años después fue un momento confuso en el que pasaron demasiadas cosas y frecuentaba a demasiada gente. Incluso se nos dice que tomaba notas para guiarse por su propia vida y que “a las notas les había añadido una especie de esquema, como para guiarse por un laberinto […] Se proponía completar ese esquema según le fuera volviendo a la memoria o descubriese durante sus investigaciones, otros nombres relacionados con los que había exhumado del olvido. Y a lo mejor conseguía trazar un plano de conjunto”. En Chevreuse hay también una visión mucho más positiva sobre las posibilidades y capacidades de la escritura que en sus últimas dos novelas. Incluso Bosmans parece más decidido a seguir una carrera literaria (cosa que logra, como se nos dice en los pasajes en los que se habla de la vida de Bosmans en el siglo XXI) que en El horizonte, en donde la literatura aparece solo como una posibilidad muy vaga.
En Chevreuse reencontramos aspectos recurrentes de la narrativa de su autor: crímenes, grupos de gente heterogéneos, un protagonista melancólico con una infancia problemática y una adolescencia carente de grandes propósitos que encuentra un tipo de salvación y escape de sus fantasmas en la escritura (“a los fantasmas no les daba miedo aparecer de nuevo a plena luz. ¿Quién sabe? En los siguientes años volverían a acudirle al recuerdo, como chantajistas. Y, al no poder volver a vivir el pasado, para enmendarlo, la mejor forma de convertirlos en inofensivos y mantenerlos a distancia sería metamorfosearlos en personajes de novela”), el París de mitad del siglo XX, algunas deudas aún no saldadas de la Ocupación. Lo que diferencia al Bosmans de Chevreuse de otros escritores del corpus de Patrick Modiano es que este no teme que el material real que se cuela en sus novelas pueda ponerlo en peligro. Incluso un oficial de policía, lector suyo, lo llama para decirle que encuentra curioso que muchos detalles y nombres de sus libros pertenezcan casi sin cambios a delitos y delincuentes reales.
Chevreuse es un lugar relacionado con un crimen cometido cuando Bosmans era un niño. Ahí Guy Vincent guardó una enorme cantidad de dinero. La única otra persona que sabe el lugar exacto es Bosmans. Al igual que al final de El horizonte, en donde no sabemos si Bosmans realmente se reencuentra con Margaret Le Coz en una librería alemana ya entrado el siglo XXI, en Chevreuse al final no sabemos si, al recordar todo, encuentra el dinero tras el cual están la mayoría de los personajes de la novela. Modiano juega con la familiaridad que producen sus tramas a los lectores y ofrece algunos cambios sorpresivos. Este es sin duda el menos fragmentario y más narrativo de sus últimos trabajos. Reutiliza los elementos que le son característicos a su novelística para ofrecer un thriller existencial y melancólico en el que converge el resto de su obra. Si han de empezar a leerlo, aún, quizás este sea el mejor punto de inicio.
Le dernier roman du prix Nobel nous entraîne dans ses souvenirs de la capitale à la rencontre de personnages célèbres ou anonymes.
Écrit par Myriam ANISSIMOV
La Danseuse Patrick Modiano 2023 Gallimard 112 pages
Quand nous lisons un roman de Modiano, nous sommes en quelque sorte dans la même situation que lui. Il ne sait pas grand-chose de ses personnages. Souvent, il ignore leur origine et cherche à se souvenir comment ils sont entrés dans sa vie, ou à la lisière de son existence. Ou dans ses songes.
Tout simplement parce que les récits de Modiano, comme le Big Bang, commencent avant l’existence du monde, tel que nous le voyons. Ils existent dans une sorte de plasma moléculaire mouvant et chatoyant dans lequel ils apparaissent de façon fugitive pour s’éclipser. On n'en saura pas beaucoup plus lorsqu’on aura atteint la dernière phrase du livre. Peut-être les retrouvera-t-on dans un autre roman, peut-être les a-t-on déjà croisés dans un roman précédent.
Ce qu’il y a de plus tangible dans l’univers romanesque de Modiano, qui évoque une jeune galaxie pas encore très lumineuse, c’est la ville qu’il arpente en tous sens depuis sa jeunesse. Qui mieux que lui connaît Paris ? Georges Perec, sans doute, aurait pu se mesurer à lui, s’ils s’étaient un jour rencontrés pour confronter leur souvenir de telle ou telle rue, immeuble, boutique, station de métro, café, fenêtre, porte cochère, cour secrète, villa édifiée par Robert Mallet Stevens, rue du docteur Blanche, etc.
Comme pour Perec, le Paris de Modiano est un palimpseste, où viennent se superposer, se chevaucher plusieurs réalités et temps de la mémoire. L’univers romanesque de Modiano, ressemble à la tectonique des plaques.
On identifie souvent ses personnages par les mots choisis par l’écrivain. Ainsi, dans La Danseuse, un personnage assis à une table de bistro porte par temps de neige des après-skis. Comme Modiano, je me souviens des après-skis, avec leur fermeture Éclair. Il neigeait l’hiver autrefois à Paris. Il arrivait qu’il y fît froid. Ainsi, par des notations, des détails sur l’aspect des passants qui hantent les rues, nous suivons le narrateur et ses fantômes dans le temps et dans l’espace.
Quand il revient à la réalité, il constate qu’il est devenu un étranger dans sa ville. Rien ne ressemble plus au labyrinthe des interminables déambulations nocturnes de sa jeunesse. Plus de mystère, mais des hordes de touristes qui, partout, traînent dans les oasis encore préservées de la guerre, leur bruyante valise à roulette et leur sac à dos.
Adieu Eugène Atget, André Kertész, Robert Doisneau.
Dans le présent roman, Modiano introduit des danseurs célèbres, l’éditeur Maurice Girodias (Maurice Kahane, 1919-1990), fondateur des Éditions Olympia Press et des Éditions du Chêne, parmi les anonymes somnambules, fruits de ses songes.
Il établit un lien entre ses premiers pas d’écrivain et Girodias. C’était le temps où une plaque indiquait, sur l’hôtel du Quai Voltaire, que Charles Baudelaire, dans une autre dimension du temps et de son errance, y séjourna.
Si vous vouliez décortiquer l’intrigue de La Danseuse, souvenez-vous que Modiano n’est pas Simenon. Pensez plutôt à Bruno Schulz, moins l’érotisme. L’érotisme, la chair, la passion sensuelle sont les grands absents de l’univers romanesque de Modiano. Rien à voir avec Philip Roth, ou avec Charles Bukowski et ses Mémoires d’un vieux dégueulasse. Modiano est, de fait, un éternel enfant abandonné, par une mère sans amour.
Prix Nobel de littérature en 2014, Patrick Modiano publie à 76 ans son trentième roman : « Chevreuse ». Un texte envoûtant pour une promenade en rues obscures, pour une enquête entre avant-hier, hier et aujourd’hui pour un héros narrateur qui serait le double du romancier. Encore un bonheur de lecture !
Écrit par Serge Bressan
Il pourrait filer à cloche-pied sur la Grande Muraille de Chine, s’arrêter à San Salvador, faire des puzzles, voire des romans-photos ou encore étonner une personne qui se prénommerait Benoît… À 76 ans, il préfère revenir en Chevreuse, cette vallée du sud-parisien où il a passé une partie de son enfance. Une vallée qui, pour partie, donne décor à « Chevreuse », son trentième roman (le premier, « La Place de l’Étoile », a été publié en 1968).
Évidemment, comme pour chaque nouveau roman de cet écrivain qui a reçu le prix Nobel de littérature en 2014, on a entendu, le livre à peine arrivé sur les rayons des librairies, la même rengaine débitée par des autoproclamés chroniqueuses et chroniqueurs littéraires parce qu’ils gribouillent dix lignes dans des cahiers : Modiano écrit toujours le même livre… Récemment, l’auteur de « Chevreuse » s’est laissé aller à la confidence, avec un art du silence entre les mots qu’il pratique à l’excellence : « Je me suis aperçu que j’écrivais pratiquement toujours le même livre… Les romans changent de titre, mais on pourrait supprimer les titres et cela ferait un seul livre. Un peu comme une musique où il y a des motifs qui reviennent et forment un tout ».
Dans ce tout qu’on pourrait titrer « Modiano, une œuvre », donc « Chevreuse » est un motif. Et quel motif ! Certains docteurs en sciences modianesques ont même glissé que ce trentième et récent roman a tout de l’ultime chapitre, de l’ultime mouvement, de l’ultime acte d’un concert, d’un opéra ou d’une pièce de théâtre. Faut-il les croire ?
En ouverture de cette promenade en rues obscures, en Chevreuse, à Auteuil, Pigalle et Montmartre, les mots de Rainer Maria Rilke : « Que de noms n’ai-je pas gravés dans ma mémoire / « chien » ou » vache » ou « éléphant »/ Il y a déjà si longtemps, je ne les reconnais que de très loin / et même le zèbre- hélas, et cela pour quoi ? » Et puis, l’incipit : « Bosmans s’était souvenu qu’un mot, Chevreuse, revenait dans la conversation. Et, cet automne-là, une chanson passait souvent à la radio, interprétée par un certain Serge Latour. Il l’avait entendue dans le petit restaurant vietnamien désert, un soir qu’il était en compagnie de celle que l’on appelait « Tête de mort ». ‘’Douce dame / Je rêve souvent de vous’’ ».
Modiano, tout Modiano est là dans ces six lignes qui ouvrent « Chevreuse ». Avec ses fantômes, avec le bonheur du souvenir, même flou, surtout flou, et du détail d’une précision extrême. Et de se retrouver dans les pas de Jean Bosmans- déjà vu et lu dans des romans de Patrick Modiano comme « Ephéméride » (2002) ou « L’Horizon » (2010). Ce personnage (très certainement le double de l’auteur), on va le suivre sur trois niveaux de temporalité : aujourd’hui, hier et le temps de l’enfance, pour une variation sur des thèmes follement modianesques : l’enfance, les artistes de l’ancien temps, les personnages mystérieux, les objets, les rues et les maisons fréquentées hier, voire avant-hier.
« Le passé est une masse d’oubli d’où ressurgissent quelques petites bribes », assure Patrick Modiano. Alors, chez Jean Bosmans, les souvenirs rejaillissent de la mémoire par hasard. Il se souvient de ces drôles de gens, des « types peu recommandables », de cette faune d’interlopes au patronyme modianesque, forcément modianesque qu’il côtoyait dans les années 1960 (1964 ? 1965 ? c’est flou…) : Michel de Gama (ou Michel Degamat, c’est selon…), Martine Hayward, Rose-Marie Krawell, René-Marco Hériford, Kim- la jeune gouvernante de l’enfant solitaire perdu dans l’appartement d’Auteuil, ou encore Camille dite « Tête de mort ».
« Chevreuse », c’est la quête et l’enquête de Jean Bosmans : qui étaient vraiment ces gens ? Les questions sont prégnantes : pourquoi l’emmènent-ils, encore et encore, sur les lieux de son enfance ? Que savent-ils réellement de son passé ? Souvenirs réels et souvenirs imaginés se mélangent à toutes les pages- Modiano : « Pour passer dans l’imaginaire, il faut avoir en tête des choses précises qu’on peut avoir vues ou fréquentées. À partir de là, cela peut basculer dans l’imaginaire ».
Avec Modiano, et plus que jamais dans « Chevreuse », le temps est épais, la mémoire s’y enfouit, s’y love. Le détail y est précis : « J’ai toujours pensé que pour faire sentir une atmosphère romanesque, presque imaginaire, il fallait s’appuyer sur des détails très précis. C’est comme dans certains tableaux surréalistes. On prend une rue qui peut paraître banale, à force de l’observer, cela devient presque surréel », confie le romancier. « Chevreuse », un roman-toile d’araignée où tous les personnages espèrent y prendre le personnage principal et, pourquoi pas, l’auteur. Un roman somnambule où l’on cherchera, encore et encore, toujours le temps d’un baiser, « derrière les carreaux, l’ombre chinoise de Modiano »…
EXTRAIT
« C’était un après-midi de soleil, justement, et dans la lumière d’avril les silhouettes des passants, les feuillages des arbres, les trottoirs, les façades des immeubles se détachaient avec précision sous le ciel bleu, comme si on les avait lavés à grande eau pour les débarrasser de la moindre poussière et du moindre flou. Il prit l’ascenseur, ce qu’il n’avait jamais fait jusqu’à présent à cause de Camille. Bosmans était assis sur la banquette de velours rouge et il aurait aimé que cette montée lente et douce se poursuive indéfiniment… »
El record d’unes persones amb qui havia mantingut una relació anys enrere irromp en el present de l’escriptor d’aquesta història. Els noms, alguns indrets i paraules recurrents que la memòria ha distorsionat reviuen ara en la indagació que fa Bosmans, però potser només són fantasmagories del passat, útils per a la seva novel·la. A Chevreuse, Modiano furga de nou en els clarobscurs de la identitat personal.
Escrit per Josep Gras
Com reconeix Bosmans —l’escriptor protagonista d’aquesta novel·la, alter ego de Modiano—, la línia divisòria que separa la ficció de la vida real és sovint vaga i es fa difícil delimitar-ne les fronteres, que anomena “confuses”. Jean Bosmans arriba a aquesta conclusió després que uns personatges i uns fets del seu passat —tèrbols i amenaçadors, tot i que no se sap ben bé en quina mesura— hagin irromput sense un motiu clar en la seva existència actual i que ell ara no pot evitar de rememorar.
L’element desestabilitzador que ho ha provocat, per dir-ho així, és d’origen divers: la lletra d’una cançó que feia temps que no havia tornat a sentir; una paraula o una frase que revenen insistentment al pensament; el redescobriment d’un carrer o d’un paratge poc transitat o que ha romàs amagat en el record, o fins i tot la troballa d’un nom de persona en una llibreta vella... A partir d’aquí, tot un seguit de senyals aparentment inconnexos entre si posen en marxa una activitat evocadora minuciosa, que pren un caire gairebé detectivesc en bona part de la novel·la.
Chevreuse, Patrick Modiano
Traducció de Mercè Ubach
Barcelona: Proa, 2023
160 pàgs. Ficció / novel·la
Aquest model argumental el trobem a Chevreuse (2023), com també hi és —amb matisos diferents— a L’horitzó (2014), L’herba de les nits (2014) o Perquè no et perdis pel barri (2015). Els protagonistes, com Daragane en aquest darrer títol esmentat i el mateix Jean Bosmans —que també ho és a L’horitzó—, emprenen una indagació en capítols llunyans de la seva vida i en antigues trifulgues que la memòria ha tergiversat al llarg dels anys sense que ells en siguin del tot conscients.
Bosmans intenta esbrinar la naturalesa dels vincles que té amb unes persones que pertanyen a etapes passades i que ara, misteriosament, han retornat com figures fantasmagòriques reclamant la seva atenció: la Camille, anomenada també Calavera, de qui no recorda com la va conèixer; les inescrutables Martine Hayward i Rose-Marie Krawell; individus obscurs com Guy Vincent o René-Marco Heriford... I ho fa reconstruint situacions en què s’havia relacionat entreteixint una història enigmàtica que en molts moments s’acosta al noir més genuí i on té un paper primordial, com en tota la narrativa de Modiano, la ciutat de París i els seus encontorns: barris, carrers i indrets que alberguen hotels peculiars, cafeteries, edificis decadents... Una poderosa i alhora melancòlica geografia sentimental, que adquireix una significació especial en aquests relats memorialístics de ficció: Auteil, Saint-Lazare, el carrer de La Rouchefoucald, l’hotel Chatham o la vall de Chevreuse, que dona títol al llibre, entre altres.
Però la línia argumental amb què s’iniciava Chevreuse, que mostrava Bosmans implicat en una intriga fosca amb molts caps per lligar, va derivant cap a un punt que és el que més interessa l’autor de la magnífica Dora Bruder (2020).
Bosmans està escrivint una novel·la, i potser aquests records inquietants del passat, amb els homes i les dones que va conèixer i que ara l’interpel·len, cinquanta anys després, són al capdavall només material literari, autobiogràfic si es vol, però tal vegada més imaginat que no pas real: “Es tractava de coneixences fugaces i atzaroses, de manera que no havia tingut temps de saber-ne gaire, sobre aquella gent, que quedaria embolcallada d’un cert misteri, fins al punt que en Bosmans va acabar preguntant-se si no eren éssers imaginaris”. Potser és l’única certesa, diu l’escriptor, que ens acompanya a la vida: la de l’ambigüitat que envolta tot el que hem viscut quan intentem recordar-ho al cap dels anys.
Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), autor d’una extensa obra —una trentena de títols narratius— que el 2014 va ser reconeguda amb el Nobel, que destacava “el seu art de la memòria, amb el qual ha evocat els destins humans més intangibles”, es manté fidel a un estil i a uns trets temàtics que hi són sempre presents: la cerca de la identitat, desfigurada per l’acció implacable del temps; la introspecció a través de la ficció en la memòria personal, vinculada a la memòria col·lectiva, i la fascinació d’unes topografies urbanes revestides d’una singular barreja d’enyor i misteri.
Patrick Modiano, Encre sympathique. Editions Gallimard, 144 pages, 16 euros.
Il y a très peu de romanciers vivants dont j’achète les livres les yeux fermés, dès leur parution. Avant, il y avait Philip Roth, Milan Kundera… Philip Roth a arrêté de publier en septembre 2012. Pire, il est mort le 22 mai 2018. Milan Kundera a 90 ans et sa dernière publication date de 2014. Il reste le Prix Nobel de Littérature 2014 qui a publié le 3 octobre son 29ème roman ou récit. Je l’ai acheté à la Librairie Compagnie comme souvent et je l’ai lu une semaine plus tard.
Pour commencer, il y a une très belle épigraphe de Maurice Blanchot, tirée du Livre à venir (1959): «Qui veut se souvenir doit se confier à l’oubli, à ce risque qu’est l’oubli absolu, et à ce beau hasard que devient alors le souvenir.».
Jean Eyben, le narrateur du livre, est, à 20 ans un jeune employé de l’agence de détectives Hutte. Il part sur les traces d’une jeune femme, Noëlle Lefebvre, d’abord à Paris, dans le XVème arrondissement, plus tard du côté d’Annecy, enfin à Rome. Elle a disparu du jour au lendemain. Les autres personnages sont, eux aussi, tout à fait ordinaires.
Comme dans ses autres livres, les aspects autobiographiques sont bien présents. L’auteur évoque son adolescence terrible. De septembre 1960 à juin 1962, sa famille l’a éloigné en le confiant aux pères du collège-lycée Saint-Joseph (Thônes), en Haute-Savoie, prison où il attrape la gale dans un linge rarement changé et éprouve avec ses camarades paysans la solidarité de la faim. Il a raconté tout cela dans son autobiographie, Pedigree, publiée en 2005.
À la page 110, on passe de Paris à Rome. Le «je» se transforme en «il». Ce basculement narratif indique le moment où tout se dévoile. La fin est ouverte: «Demain, ce serait elle qui parlerait la première. Elle lui expliquerait tout.» Le «happy end» ressemble plutôt à un point d’interrogation.
Comme tous ses autres romans, celui-ci est traversé par le thème de l’absence, de la survie des personnes disparues et l’espoir de retrouver un jour ceux qu’on a perdus dans le passé. Ses détracteurs disent qu’il écrit toujours le même roman. Peu m’importe.
«C’est dans cette espèce de chambre noire de la solitude qu’il faut que je voie vivre mes livres avant de les écrire.»
“Il y a des blancs dans une vie, mais parfois ce qu’on appelle un refrain. Pendant des périodes plus ou moins longues, vous ne l’entendez pas, et puis, un jour, il revient à l’improviste quand vous êtes seul et que rien autour ne peut vous distraire. Il revient, comme les paroles d’une chanson enfantine qui exerce encore son magnétisme”.
« Il suffisait que cette pensée me visite quelques heures, ou même quelques minutes, pour qu’elle ait son importance. Dans le tracé assez rectiligne de ma vie, elle était une question demeurée sans réponse. Et si je continue à écrire ce livre, c’est uniquement dans l’espoir, peut-être chimérique, de trouver une réponse. Je me demande : Faut-il vraiment trouver une réponse? J’ai peur qu’une fois que vous avez toutes les réponses votre vie se referme sur vous comme un piège, dans le bruit que font les clés des cellules de prison. Ne serait-il pas préférable de laisser autour de soi des terrains vagues où l’on puisse s’échapper?»
[Photo : Maurice Rougemont - source : www.lesvraisvoyageurs.com]
Dans son 29 e roman, le prix Nobel de littérature nous entraîne dans un dédale brouillardeux où s'enchevêtrent la mémoire et l'oubli. « Encre sympathique » élève le génie modianesque à son acmé.
Prix Nobel de littérature, Patrick Modiano poursuit son oeuvre dans les zones grises de la mémoire et de l'oubli.
Écrit par Thierry Gandillot
L'affaire Noëlle Lefebvre aura duré un demi-siècle. C'était la première enquête que le patron de l'agence de détective Hutte a confiée à son stagiaire, Jean Eyben, vingt ans. Le dossier est mince : une simple fiche dans une chemise bleu ciel. La jeune femme a disparu depuis un mois, confirme la concierge de son immeuble du 15e arrondissement. Rien en poste restante au bureau des PTT. L'enquête démarre mal.
En traînant au bistrot du coin à la recherche d'informations plus substantielles, l'apprenti détective est abordé dans un café de la rue de la Convention par un certain Gérard Mourade. Lui en sait un peu plus. Noëlle travaillait chez Lancel, était mariée, selon lui, à un certain Roger Behaviour, dont on apprendra trente années plus tard qu'il faut l'orthographier Béavioure. Mis en confiance, Mourade confie qu'il possède la clef de l'appartement de Roger et Noëlle, rue Vaugelas. Mu par une intuition, Eyben ouvre le tiroir d'une table de nuit et y découvre, dans un double-fond, un carnet cartonné où figurent quelques notes datées du 7 janvier au 5 juillet. La dernière entrée a été rédigée gare de Lyon. Le carnet comporte plusieurs noms et adresses énigmatiques : hôtel Bradford, Andrée Roger et le petit Pierre rue Vitruve, Miki Durac boulevard Brune, la Boîte à magie, Pierre Mollichi dancing de la Marine, Sologne, château de Chêne-Moreau, Marion Le Phat Vinh de la société de transport Viot & Cie… A la date du 28 juin, elle écrit : « Si j'avais su »… Malgré ses recherches Eyben lance des pistes ; rien n'aboutit.
Les blancs d'une vie
Au fil des années, l'affaire s'estompe dans l'esprit de Jean Eyben, même si des souvenirs lui reviennent par intermittence. « Il y a des blancs dans une vie, mais parfois ce qu'on appelle un refrain. Pendant des périodes plus ou moins longues, vous ne l'entendez pas et l'on croirait que vous avez oublié ce refrain. Et puis un jour, il revient à l'improviste quand vous êtes seul et que rien autour de vous ne peut vous distraire. Il revient comme les paroles d'une chanson enfantine qui exerce encore son magnétisme. »
« Encre sympathique » élève le génie modianesque à son acmé. le narrateur voudrait bien démêler le vrai du faux, mais sans hâte. Il s'y emploie à temps partiel, laissant les intuitions, les indices, les hasards, les déambulations faire leur chemin dans un dédale brouillardeux où s'enchevêtrent la mémoire et l'oubli. Modiano ou l'art du flou orchestré.
Encre sympathique
de Patrick Modiano
Gallimard,137 pages, 16 euros.
[Photo : Francesca Mantovani pour les éditions Gallimard) - source : www.lesechos.fr]
As lembranças que restam a Jean Eyben resumem-se a um rosto feminino numa fotografia desvanecida numa fotografia e a um nome: Noëlle Lefebvre. Quando o corpo deste fantasma continua sem paradeiro, o detetive metamorfoseia-se em escritor, e o passado, num livro escrito a tinta invisível.
Escrito porMÁRIO AFONSO
História que reflete com subtileza sobre a passagem do tempo e as memórias que lhe resistem, em cujos interstícios perduram situações ou imagens que por vezes se apresentam de difícil assemblage, “Tinta Simpática”, de Patrick Modiano (Porto Editora, 2021), é um romance que começa por evocar o estilo de um enredo policial, para se converter depois num relato mais intimista, revelando o peso do que aquilo que nos parece vulgar e banal poderá, efetivamente, ter nas nossas vidas. E é nesse conjunto de banalidades, que acabam transformadas em algo extraordinário, que assenta o mais recente romance do vencedor do Prémio Nobel da Literatura 2014.
Trata-se, portanto, de uma história de investigação que gira em torno do desaparecimento de Noëlle Lefebvre, cuja trama se desenvolve ao longo dos anos, com uma calma e constância, própria de quem já conhece o seu resultado. Um longo período que é a busca do próprio passado de Jean Eyben, a quem foi delegado este caso, aparentemente pouco relevante, por ocasião de um emprego temporário que desempenhou, em busca de material que lhe pudesse servir, na perspetiva futura de enveredar pela literatura.
E é o assombro e persistência das memórias relativas a esse caso nunca encerrado que o levam a decidir efetivamente pôr a escrito, ao ritmo dos pensamentos, os passos que deu nesta busca.
Trata-se de uma narrativa que maioritariamente se desenrola na primeira pessoa, mas, que a dada altura, inverte a perspetiva e onde o fantasma que procura se torna o fantasma que contempla, conferindo ao enredo uma complementaridade natural, por via do acréscimo de novas memórias e esquecimentos deste novo ponto de vista, em linha com a temática que pontua a narrativa e com a transversalidade da condição humana. As lacunas de Jean Eyben não são únicas e levam-nos, também a nós, a reconstruir o quebra-cabeças de uma vida e a questionar se tudo o que existe poderá estar já escrito.
“Parece que já estava tudo escrito a tinta simpática. Qual é a sua definição no dicionário? «Tinta com que se traçam caracteres incolores e que escurece pela ação de uma determinada substância.» Ao virar de uma página, talvez comece a aparecer, pouco a pouco, o que foi redigido a tinta invisível, as perguntas que me faço desde há muito sobre o desaparecimento de Noëlle Lefebvre, bem como a razão por que me faço essas perguntas […]”
O importante não será tanto o resultado dessa busca, mas os efeitos sobre os seus protagonistas temporalmente, onde lembranças são recuperadas à boleia de acontecimentos vulgares que precipitam a sua revelação, assim como uma fotografia que se revela ou como o calor faz com a tinta simpática que inspira o título.
Nada é extremo ou excessivo nesta narrativa de desenvolvimento elíptico e tanto os acontecimentos quanto os sentimentos surgem naturalmente, sem esforço aparente e despidos de dramatismo, ou seja, como por acaso.
“A linha de uma vida desaparece atrás de todas essas interferências. Como descobrir a verdade com os sinais contraditórios que uma pessoa deixa atrás de si? E sobre mim próprio, a julgar pelas minhas próprias mentiras e omissões, ou pelos meus esquecimentos involuntários, saberei mais?”
Como si tuviera un segundo par de ojos incrustado en la nuca, Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945) siempre está avistando el pasado. Tinta simpática, su nueva novela, es otra fracción de la memoria que logra sustraerle al olvido en esa batalla naval despareja y brumosa en la que los recuerdos emergen desacomodados: “El orden cronológico nunca existió para mí. El presente y el pasado se mezclan en una especie de transparencia, y cada instante que viví en mi juventud se me aparece, separado de todo, en un eterno presente.”
La historia de Tinta simpática es la de un aprendiz de detective devenido escritor cuya primera misión es hallar a una mujer desaparecida. Pese a su esfuerzo, Jean Eyben no logra avanzar demasiado en la investigación y a los pocos meses renuncia a su empleo en la agencia Hutte, llevándose como souvenir el expediente de aquel caso inconcluso. Esa carpeta, abandonada por décadas, reaparece un día súbitamente y Eyben, convertido ahora en novelista, comienza a redactar –y de algún modo a retomar– las idas y vueltas de su antigua pesquisa.
Al igual que en casi todas las novelas de Modiano, el protagonista deambula como un sonámbulo por las calles del viejo París; y a ese mapa, hoy ilusorio, se le superponen otros, más o menos improbables, que evidencian la feroz metamorfosis de la ciudad: “Habían derribado los edificios del muelle y, en su lugar, no quedaban más que solares y montones de escombros. Parecía que hubiese habido un bombardeo en esa zona que se llamó luego Le Front de Seine”.
Durante la búsqueda de Noëlle Lefebvre el narrador se topa con individuos turbios, conversa con allegados que refieren apellidos enigmáticos, roba una libreta de un cajón con doble fondo y visita sistemáticamente una poste restante, con el objeto de interceptar alguna misiva que revele datos precisos sobre la identidad de aquella mujer evanescente cuyo rostro cree adivinar en un diminuto retrato de fotomatón.
Cada ínfimo hallazgo de Eyben funciona como un reactivo que vuelve legibles ciertos tramos de la existencia de la misteriosa Lefebvre, cuya vida –al igual que la de todos, según Modiano– parece estar escrita en tinta simpática, es decir, invisible. Es lógico que alguien que concibe invariablemente el mismo libro conjeture finales afines, todos ellos abiertos y colmados de blancos para que el lector pueda esquivar cualquier conclusión unívoca. Darle lugar al otro para que imagine posibles desenlaces es parte de la delicadeza congénita de ese animal tímidamente vital que es Modiano: “Por mucho que examinemos con lupa los detalles de lo que ha sido una vida, quedarán secretos y líneas de fuga para siempre. Y eso me parecía lo contrario de la muerte”.
Patrick Modiano regresa a la escritura de una novela de indagación y de intriga, una historia que parece ser el reflejo de una existencia fragmentaria
Portada de «Tinta simpática» de Patrick Modiano - Anagrama
Escrito por Ana Calvo
Unas palabras preliminares de Maurice Blanchot, «quien quiera recordar debe ponerse en manos del olvido, de ese riesgo que es el olvido absoluto y de esa hermosa casualidad en que se convierte entonces el recuerdo», introducen al lector en la breve novela Tinta simpática (Encre sympathique, Gallimard, 2019) de Patrick Modiano (Boulogne-Billancourt, 1945), que ha publicado recientemente la editorial Anagrama.
Con la fragmentación que descoyunta el hilo narrativo rompe el autor el ritmo de una historia que parece ser el reflejo de una existencia fragmentaria. El autor de Un pedigree (2005) se muestra fiel a dos de las tesis del intelectual francés en L'Entretien infini (1969): la tesis de que la discontinuidad formal no es solo una forma sino la proyección de la lucha del espíritu a partir de la dispersión y contra la dispersión, y el convencimiento de que la escritura empieza cuando el pensamiento revisa la mismidad de lo vivido y de lo pensado y cuando el lenguaje, replegado sobre sí mismo, se aprehende y desaparece, invitando al lector a sumergirse en las piezas de un puzle sin apenas referencias cronológicas:
«Intento con la mayor exactitud posible poner por escrito las palabras que cruzamos aquel día. Pero muchas de ellas se me han ido. Todas esas palabras perdidas, unas cuantas que ha dicho uno, las que ha oído y de las que le ha quedado recuerdo y otras que le dijeron y en las que no se fijó en absoluto… Y a veces, al despertar, o muy entrada la noche, una frase te vuelve a la memoria, pero ignoras quién te la cuchicheó en el pasado» (25).
Con la desaparición de la joven Noëlle Lefebvre y con las pesquisas que se desatan en torno a esta investigación, regresan algunos de los motivos configuradores del imaginario modianesco: la búsqueda de algunas personas en grandes núcleos urbanos del siglo XX; el tratamiento de la memoria, el olvido y el pasado; la escasa fiabilidad de los testigos; las encrucijadas de la existencia y el convencimiento de que en la vida lo que cuenta no es el porvenir sino el pasado, como en Rue des boutiques obscures (1978); la agencia de detectives del barón von Hutte donde trabaja Jean Eyeben —un guiño al narrador Jean que busca también su pasado en L’herbe des nuits (2012)—; la peculiar niebla que preside la búsqueda de la enigmática Louki en el París de los años sesenta en Dans le café de la jeunesse perdu (2007); las referencias a la clandestinidad o al mundo de la ocupación, de La Place de l’étoile (1968), La ronde de nuit (1969), Les boulevards de ceinture (1972), o de Dora Bruder (1997) —el propio autor es el investigador que emprende la búsqueda de esta judía desaparecida que había sido deportada a Auschwitz, donde falleció—; la preferencia por barrios anónimos, sin edificios ni monumentos vinculados a la historia, los cuales propician el extraño peregrinaje y el errabundo deambular de los personajes; el gusto por los espacios interiores que, como él mismo ha declarado en diversas ocasiones, tienen su germen en algunas vivencias, impresiones y recuerdos de su adolescencia; la obsesión por las guías telefónicas, por las topografías laberínticas y por la exactitud de las direcciones; los escenarios perfectamente delineados que, como los cuadros de Magritte, a pesar de su nitidez, aparecen teñidos de cierto aire onírico e irreal; o el gusto por la brevedad y por los cambios de perspectiva, entre otros.
Regresa el escritor francés a la escritura de una novela de indagación y de intriga, donde lo esencial no es tanto el resultado final de la búsqueda como las revelaciones que son el fruto de la misma a lo largo de un largo e impreciso espacio temporal y en medio de la neblina peculiarísima que se alza sobre el cielo de París, de Annecy y de Roma, y que tiñe cada uno de los espacios: una terraza, la barra de un café, una oficina de Correos, una discoteca, un apartamento vacío, un albergue, un restaurante, una galería de fotografía, un garaje sórdido….
Regresa el escritor francés a la escritura de una novela de indagación y de intriga, donde lo esencial no es tanto el resultado final de la búsqueda como las revelaciones que son el fruto de la misma
Sigue el narrador el rastro de Noëlle a través de una serie de datos dispersos, que pueden proceder de un expediente o de las páginas de un diario que encuentra en el doble fondo de una mesita de noche y que están escritos en una tinta simpática, una tinta que «es incolora al utilizarla y se oscurece con la acción de cierta sustancia» (81); a través de ellos, de manera tenue y poética, nos invita el escritor a reflexionar sobre los espacios en blanco de nuestra existencia: «Hay cosas en blanco en una vida, pero a veces hay eso que se llama un estribillo. Durante temporadas más o menos largas no lo oímos y podría creerse que se nos ha olvidado ese estribillo. Y luego, un día, regresa de improviso cuando estamos solos y nada de lo que tenemos alrededor puede distraernos. Vuelve como la letra de una canción infantil que sigue ejerciendo su magnetismo» (43).
Como expresó Patrick Modiano en el discurso de aceptación del Premio Nobel en 2014 (Discours à l’Académie suédoise, 2015), con la costumbre de tachar múltiples borrados, su obra literaria vuelve en esta ocasión también a presentar un estilo diáfano, con el que explora los misterios de París y vierte su concepción del recuerdo y de la memoria: «Sí, los recuerdos acuden al hilo de la pluma. No hay que forzarlos, sino escribir evitando las tachaduras cuando sea posible. Y el flujo ininterrumpido de las palabras y las frases, algunos detalles olvidados o que hemos enterrado, sin que se sepa muy bien por qué, en lo hondo de la memoria irán subiendo poco a poco a la superficie. Sobre todo no hay que detenerse, sino conservar la imagen de un esquiador por una pista bastante empinada, igual que la estilográfica por la página blanca. Las tachaduras vendrán después» (67).
Françoise (Frymete) Frenkel nasida en Polonya en 1889, era namorada de la literatura franseza. Se fue a Paris para bushkarse un futuro interesante i para estudiar el arte. En 1921, se enkontro kon Simon Reichenst, judio ruso, se kazaron i se instalaron en Berlin. Por su amor por los livros i por la kultura franseza, avieron una libreria ke se yamava “La maison du Livre”, un sentro de valores universales onde, artistos, eksantrikes, personas famozas se reunian para diskutir. Grandes otores fransezes komo André Gide, André Maurois davan lisiones i konferensias asta la venida de Hitler al poder.
Viendo la gravidad de la situasion politika, antes un mez del empesijo de la 2da Gerra Mundial, Frenkel fue ovligada de serrar su magazen i se fuyo a Paris. Malorozamente su marido fue asasinado en el kampo de Auschwitz. En dingun lugar no se estava sintiendo en seguridad, de Paris, paso a Vichy i a Avignon i se instalo en Nisa. Devia de eskonderse para evitar la deportasion. Durante la gerra, eya se fuyo a la Suisa i ayi eskrivio un livro otobiografiko “Rien où poser sa tête” (nada para pozar la kavesa), onde konta la epizoda de su egzistensia ke fue publikada por la primera vez en 1945 en la Suisa.
En el anyo 2010, en un merkado de Nisa, un eskritor fransez, atirado por su titolo, lo merko. En este livro “Rien où poser sa tête”, deskuvrio el testimonio de una judia polaka, fundadora de una libreria franseza en Berlin. Kon grande entuziasmo lo estava meldando a sus amigos. La eskritora era un misterio, ma todo lo ke kontava era echos reales ke bivio en esta perioda de gerra. A la fin, kon el ayudo de Patrick Modiano, otor ke eskrivio el prologo, el editor fransez, Gallimard desidio de publikarlo kon el nombre “Une librairie à Berlin”.
Dans ce trentième roman, le Prix Nobel de Littérature 2014 nous plonge dans des souvenirs troubles et condense son art poétique fondé sur le silence.
Patrick Modiano reprend le personnage d’écrivain de L’Horizon (2010), Jean Bosmans, qui est une sorte de double (Jean est son premier prénom), et entremêle trois strates temporelles : le présent, les années 1960 et plus précisément l’année 1969, que l’on peut identifier grâce à une chanson de Serge Latour, « Douce Dame », et les années 1950 où il était enfant. Le lecteur reconnaît aussi des lieux, comme la rue du Docteur-Kurzenne, ou Auteuil, des noms propres, comme Martine Hayward, Rose-Marie Krawell, Guy Vincent, Michel de Gama (ou Degama ?), et même Coudreuse… nom que l’on voyait déjà apparaître dans Rue des boutiques obscures (1978).
La mémoire : un labyrinthe doux et cruel
Grâce à quelques objets follement romanesques, comme un agenda, un briquet, une montre ou une boussole, le narrateur retrouve des souvenirs confus et inquiétants, comme s’il était lui-même l’objet d’une traque. Le lecteur le suit parmi des fantômes, dans un univers qui emprunte autant au réel qu’à l’œuvre de Modiano ou à la littérature. Le titre du roman n’évoque pas seulement un lieu :
« Chevreuse. Ce nom attirerait peut-être à lui d’autres noms, comme un aimant. Bosmans répétait à voix basse : “Chevreuse”. Et s’il tenait le fil qui permettait de ramener à soi toute la bobine ? Mais pourquoi Chevreuse ? Il y avait bien la duchesse de Chevreuse, qui figurait dans les Mémoires du cardinal de Retz, longtemps l’un de ses livres de chevet. Un dimanche de janvier de ces années lointaines, en descendant d’un train bondé qui revenait de Normandie, il avait oublié sur la banquette du compartiment le volume en papier bible et à couverture blanche, et il savait qu’il ne se consolerait jamais de cette perte. »
Le lecteur reconnaîtra aussi peut-être Rétif de la Bretonne, qui n’est pas nommé, mais qui apparaissait déjà dans L’Herbe des nuits (2012), et que l’on retrouve seulement évoqué ici : « Il n’avait été qu’un spectateur nocturne qui finissait par écrire tout ce qu’il avait vu, deviné ou imaginé autour de lui. » Saint-Exupéry n’est, lui non plus, pas nommé, mais une de ses phrases célèbres est comme prise au piège de tous les troubles de la mémoire et des fantômes du passé : « Il aurait été obligé de lui parler de son enfance et des personnes étranges qu’il avait côtoyées à cette époque-là. Quelqu’un avait écrit : “On est de son enfance comme on est d’un pays”, mais encore fallait-il préciser de quelle enfance et de quel pays. Cela aurait été difficile pour lui. »
Le lecteur se laisse emporter dans cette enquête où le rêve et la réalité semblent se superposer : « Ainsi, elle était au courant de tout, et voilà qu’il trouvait cela parfaitement naturel, et qu’il s’y attendait, comme dans ces rêves où l’on sait déjà ce que les gens vont vous dire puisque tout recommence et qu’ils vous l’ont déjà dit dans une autre vie. »
« L’Art de se taire »
L’auteur joue mélancoliquement avec son lecteur, quand Jean Bosmans dresse « une liste des titres de romans qui traduisaient son état d’esprit :
Le Retour des fantômes
Les Mystères de l’hôtel Chatham
La Maison hantée de la rue du Docteur-Kurzenne
Auteuil 15.28
Les Rendez-vous de Saint-Lazare
Le Bureau de Guy Vincent
La Vie secrète de René-Marco Heriford. »
L’humour tempère, on le voit, les impressions troubles laissées par le passé. Et le roman, avec son titre rêveur et polysémique, contient son propre art poétique, celui de l’ellipse, de l’effacement, d’un silence à laisser entre les mots, loin du mot d’ordre rousseauiste de « tout dire ».
On le trouve avec la mention de L’Art de se taire (1771) de l’abbé Dinouart (1716-1786), dont le nom est tu, conformément à ce principe : « Depuis son enfance, il avait toujours essayé de pratiquer cet art-là, un art très difficile, celui qu’il admirait le plus et qui pouvait s’appliquer à tous les domaines, même à celui de la littérature. Son professeur ne lui avait-il pas appris que la prose et la poésie ne sont pas faites simplement de mots mais surtout de silences ? »
À la lecture de ce roman de Modiano, ni tout à fait le même, ni tout à fait un autre, le lecteur vit un enchantement et, pour bien faire, devrait prolonger cet état en relisant le livre depuis la première page.
El premi Nobel concedit a l'escriptor austríac ha revifat la traducció al català de les seves obres
Escrit per Marta Pera Cucurell
Peter Handke, nascut a Griffen el 1942, és un autor polèmic i prolífic, amb una vuitantena d’obres publicades entre novel·la, assaig, teatre, poesia, diaris, reportatges i guió ─recordem que és el guionista de Der Himmel über Berlin (El cel sobre Berlín) de Wim Wenders. També ha dirigit quatre pel·lícules, ha fet d’actor, i és traductor, de l’eslovè (Gustav Januš, Florjan Lipuš), del francès (Marguerite Duras, René Char, Patrick Modiano, Jean Genet), de l’anglès (Walker Percy, Shakespeare), de Sòfocles, Èsquil, Eurípides… a l’alemany. Actualment viu a Chaville, als afores de París.
La seva mare pertanyia a la minoria eslovena de Caríntia i el pare, que amb prou feines va conèixer, era un soldat alemany, extreballador d’una caixa d’estalvis. Handke va abandonar la carrera de Dret per dedicar-se exclusivament a la literatura, primer amb peces teatrals com Insults al públic, 1966, estrenada a Barcelona el 1988, en traducció de Carme Serrallonga. Aquesta obra el defineix com a autor experimental i ja es veu que és un esperit provocador.
Quan comença a escriure, Handke és crític amb els escriptors austríacs i alemanys que el precedeixen. «Veig una impotència descripitiva com a norma, en la literatura alemanya contemporània», diu.
Abans del Nobel va rebre uns quants premis, tot i que no va voler els diners dels Premis Ibsen i Büchner, i va renunciar al Premi Heinrich Heine.
En català se’n van publicar mitja dotzena de novel·les entre el 1974 i el 1991 (La por del porter davant del penal, Edicions 62, en traducció de Joan Fontcuberta, Benvinguda al consell d’administració, Laia, en traducció de Feliu Formosa, Cavalcada sobre el llac de Constança, Edicions del Mall, en traducció de Lluís Solà, El venedor ambulant, Laia, en traducció de Joan Leita, Tarda d’un escriptor, La Magrana, en traducció de Judith Vilar, L’absència, La Magrana, en traducció de Lourdes Bigorra. Durant aquests anys també es van portar a l’escenari unes quantes peces teatrals més (Autoacusació, Pronòstic…), traduïdes per Carme Serrallonga. Després, durant vint-i-tres anys no es tradueix res al català de Peter Handke, fins al 2014, en què Raig Verd publica La gran caiguda.
Quan comença a escriure, Handke és crític amb els escriptors austríacs i alemanys que el precedeixen. «Veig una impotència descripitiva com a norma, en la literatura alemanya contemporània», diu, i la seva escriptura és cada vegada més densa, molt rica i detallista, amb visions quasi cinematogràfiques.
Del seu llibre La por del porter davant del penal (Die Angst des Tormanns beim Elfmeter, 1970) el director Wim Wenders, en va fer una pel·lícula. En aquest llibre, publicat ja en català el 1974, i reeditat per Edicions 62 el 2019, trobem el primer Handke experimentant a la recerca d’una prosa adequada al que vol expressar: una mena d’escriptura automàtica molt mesurada que reflecteix el pensament turbulent de Bloch, el protagonista. La metàfora del títol ens remet a la solitud, la desubicació de la persona en la societat, el desarrelament de l’individu, la culpa i la busca de redempció, temes que Handke sempre tractarà. Hi ha la por de la persona que ha d’afrontar sola les conseqüències dels seus actes i la profunda crisi existencial que continuarem trobant en els seus llibres posteriors. Torna a col·laborar amb Wenders com a guionista i, més endavant, el mateix Handke dirigeix una pel·lícula de la seva novel·la Die linkshändige Frau, (La dona esquerrana).
La mare de Peter Handke se suïcida el 1971, quan ell té 30 anys. Arran d’aquest fet, escriu Infelicitat perfecta (Wünschloses Unglück), publicat en català per L’Avenç (2019), en traducció de Marta Pera, llibre clau per conèixer Peter Handke. Més d’un crític afirma que és el seu millor llibre. Amb aquesta obra ens endinsem en els orígens de l’autor i hi esmenta el seu pare, a qui només va veure un parell de vegades. A partir de la notícia del suïcidi de la seva mare, l’autor/narrador torna a casa i, per una necessitat sorgida d’una «ira impotent», fa un esforç per escriure sobre la seva mare. Es planteja fins a quin punt és fictícia qualsevol narració, des del moment que l’escrivim. Brega amb la possibilitat o impossibilitat de prendre distància, i hi trobem una sèrie de consideracions minucioses al volant de l’escriptura. El llibre és el relat de la vida d’una dona d’origen molt humil, de la minoria eslovena de Caríntia, que sap que «no arribarà a ser mai res». La coneixem en la infantesa, l’adolescència, la joventut, la guerra, l’amor. Es casa amb un home que li fa fàstic, després por i finalment només li inspira menyspreu; un home alcohòlic que li pega i a qui no pot dir res. És la història d’una dona que porta la vergonya «incrustada» al cos i que viu en un racó de món allunyat de la «vida» de les grans ciutats; una dona que descobreix que li agrada aprendre (i llegir bona literatura!), però les circumstàncies de la vida la van apagant.
El títol d’aquest llibre planteja un joc de paraules dels que tant li agraden a Peter Handke i que tant fan patir els traductors: Wunschloses Unglück és una expressió construïda a base de capgirar l’ordre i el significat d’una locució corrent en alemany (pràctica habitual en la prosa de Handke) que literalment es podria traduir per «desgràcia sense desig/sense esma/sense ganes de res». Handke parteix de l’expressió wunschloses glücklich, que literalment vol dir «feliç sense desig», però que a la pràctica significa «immensament feliç», «pletòricament feliç», «feliç a més no poder». Un lector alemany capta a primer cop d’ull la transgressió del joc de paraules i entén que aquesta expressió artificial expressa una tristesa profunda, desganada, desil·lusionada. Aquestes transgressions de frases fetes són abundants als llibres de Handke, i el traductor sempre ha de prendre una opció entre la literalitat o mantenir el joc, ja que difícilment trobarà una solució equivalent en la seva llengua.
Peter Handke, autor de La por del porter davant del penal
El 1986 publica Poema a la durada, Cafè Central 2015, un poema llarg, una reflexió sobre la vivència del temps, a partir del concepte de «durada» de Henri Bergson. La durada bergsoniana és inexpressable i incomunicable: si la formulem amb llenguatge la convertim en temps. Handke la tradueix al llenguatge poètic, enfilant una sèrie d’imatges organitzades en un poema. Aquí l’autor ens mostra la seva cara més íntima, quasi mística, i ens convida a viure el «temps» d’una manera profunda, en una mena de comunió. Mitjançant una sèrie d’imatges, de records i de la intuïció, Handke ens endinsa en aquesta «durada», aprehesa pel jo íntim, que no té res a veure amb un èxtasi fora del temps ni amb el temps que mesuren els rellotges. És una mena de condensació poètica de les reflexions molt personals sobre el temps que trobem escampades en tota la seva obra, on els espais tenen molt més protagonisme. És un llibre bell, de consciència i de camí, com tants de Handke, escriptor que camina, pels paisatges d’Europa, per les perifèries, pels pobles, pel seu jardí.
Handke també és un escriptor prolífic i minuciós de notes i dietaris, tot i que no en tenim cap en català.
Handke també és un escriptor prolífic i minuciós de notes i dietaris, tot i que no en tenim cap en català. El 2010 publica El dictat de la nit, Navona, 2020, en traducció de Carlota Gurt, unes notes preses entre el son i la vigília que venen a ser com el revers d’un dietari. És un llibre oníric i poètic, fet de paraules que l’autor ha somiat: un recull de frases misterioses, inquietants, absurdes, divertides, ridícules, realistes, fragments de converses inconnexes o corrents. Frases que per si soles potser no tenen sentit, però, com sempre en Handke, fan reflexionar sobre el sentit de tenir sentit.
El 2011 publica La gran caiguda, Raig Verd 2014, en traducció de Marta Pera, la narració de la caminada que fa un home ─un actor─, durant un dia, des de la perifèria fins al centre d’una ciutat, on li han de fer un homenatge i on s’ha de trobar amb «la dona». No és una novel·la, ens diu l’autor, «no crec en la novel·la, sinó en el que és èpic; el relat que ve de lluny i es balanceja cap a la llunyania».
És un llibre simbòlic ─ja ho anuncia el títol─, i pel camí ─a més de prendre una decisió important─, l’actor troba coses al·legòriques (la clariana, els llindars…) i personatges que, més que persones, són «tipus» («el polític», «el corredor de borsa», «el caçador de bolets»…) del «teatre del món». En aquesta caminada no hi ha solució de continuïtat entre bosc i ciutat, entre natura i civilització, entre soledat i comunitat, entre inconscient i consciència, entre silenci i paraula, però sí transicions. A més, la narració és plena de detalls quotidians, coses molt concretes, i, alhora, de filosofia i abstracció, i de poesia. En aquesta obra fragmentària i al mateix temps àvida d’unitat, també hi trobem el Handke anotador del moment, el dietarista. L’escriptura de Handke és creativa i dura, basada en la solidesa del substantiu ─pocs adjectius; verbs, només els imprescindibles─, i, com sempre, exploradora i experimentadora: un esforç de sinceritat per buscar la precisió, sovint al servei d’expressar la incomunicació, el fracàs social (els sense sostre, els que viuen als marges, els joves que no tornaran mai a la «comunitat»), la soledat, la culpa, la salvació, la vida, la mort i, sobretot, la incertesa de les aparences. Handke abomina de l’escriptura psicològica, però sempre ens porta cap endins, d’ell i nostre.
Explorant el sentit de les paraules, l’autor es qüestiona el procés de donar nom a les coses, dubta de la capacitat del llenguatge per ser objectiu i, així i tot, busca l’objectivitat.
És evident, en l’escriptura de Handke l’esforç de precisió ─qualitat que sovint és una de les obsessions dels traductors─, no només per trobar la paraula més adequada, sinó també la forma del discurs més adequada, i de vegades es força el llenguatge fins al punt que sona estrany. Explorant el sentit de les paraules, l’autor es qüestiona el procés de donar nom a les coses, dubta de la capacitat del llenguatge per ser objectiu i, així i tot, busca l’objectivitat. Aquest afany de precisió, de sospesar matisos i connotacions, obliga l’escriptor i el traductor al treball minuciós d’ajustar la punteria per allunyar-se el mínim de la diana.
Alhora, hi ha un «tant se val» lèxic: un atleta porta al braç «un velocímetre –o el que sigui—», un borsista compra una «acció-o-com-se’n-digui». Precisió, sí, però encara més important que la paraula exacta és el que es vol simbolitzar. El protagonista està en un procés d’«oblit», que també és oblit –voluntari—del llenguatge. Sovint trobem la descripció d’una cosa i tot seguit: «o potser només era la seva manera de percebre-ho», «era això o potser allò o el que fos…»
Paradoxalment, l’austeritat, el to filosòfic, abstracte, introspectiu, no sembla pronunciat des de la torre de marfil on l’autor va afirmar, el 1972, que ell vivia. En aquest llibre sembla provenir de molt més avall, de terra, del sòl del bosc o del carrer, dels detalls més insignificants. Hi trobem frases fetes, locucions populars, expressions molt de la terra, de la infantesa, que ens mantenen en contacte amb la llengua més col·loquial. I també sempre les referències culturals a cineastes, polítics, escriptors, músics, personatges d’obres literàries, jocs infantils…
L’autor s’ho qüestiona tot, fins i tot el llenguatge amb què s’ho qüestiona tot. Aquest estil concret i alhora abstracte, simple i també complex, sovint produeix una estranyesa en el text original i a l’hora de traduir-lo sempre hi ha un risc. Es tracta d’aconseguir que el text traduït mantingui cert grau d’estranyesa, però que sigui comprensible ─tant comprensible com l’original. Arriba un moment, en el procés de traduir, en què es mira el bosc, el bosc alemany, el bosc català, més que els arbres, que sempre tenen fulles i fruits diferents, i l’objectiu és que la sensació del bosc sigui semblant, la mateixa ombra, la mateixa espessor, i que el lector s’hi pugui perdre i deambular-hi, amb tot el plaer i tots els riscos.
«La meva última epopeia», ens diu l’autor de La lladre de fruita, publicada el 2017, i en català a Alianzael 2020, en traducció d’Anna Montané i Kàtia Pago. Un altre llibre de camí, d’observació, de recerca. El narrador, que es reivindica com a imprescindible i viu a la badia de ningú, ens porta a fer una excursió amb Alexia, la protagonista il·legal, estrangera a tot arreu, «sense un accent autòcton d’enlloc», que en algun moment potser s’ha tornat fantasma, durant tres dies a l’interior del país. L’Europa actual és un territori de guerra, desigualtats, pobresa, solitud. Indigents desvalguts, immigrants desesperats, pares i fills que no s’entenen, parelles sense comunicació. Com sempre, Handke ens fa dubtar del que tenim per certeses. Com passa a La gran caiguda, l’interior cap on anem és l’interior de la ment, el nostre interior, el interior de la morada, l’ànima. Tot el llibre és ple de referències literàries ─a altres autors─, cinematogràfiques, musicals, pictòriques…, i també d’al·lusions als propis llibres. També hi ha els jocs, les reflexions i l’exploració amb el llenguatge, i amb el punt de vista narratiu. Hi retrobem els temes handkians de la culpa, la salvació, l’oblit, els intersticis, els llindars, els temps sagrats, els moments intermedis, la natura, les perifèries, les màquines tocadiscos, la unió mística entre home i dona. Una pelegrina que va a contracorrent, un fugida del món cap al centre d’un mateix, un trajecte en una mena d’intermedi on no passa res, on no es pot anar de pressa.
En aquesta excursió continuem trobant el «tant se val» lèxic («fos el que fos», «o com se’n digui», «o el que fos»). L’autor, irònicament, no per el temps amb explicacions que ja podem trobar a internet, i ens hi remet, ell que encara escriu amb llapis ─i s’entreté en l’acció de fer punta al llapis.
Peter Handke és una persona incòmoda, i ha suscitat el vell tema de si es pot no estar d’acord amb la postura política, ideològica o vital d’un escriptor, i fins i tot condemnar-la, però no desqualificar-ne l’obra literària, com passa amb tants autors.
Alexia és una caminant que no vol tenir res a veure amb cap Estat i que només vol actuar amb els altres que ara són al món. El món: «la història d’un triangle amorós entre un mateix, la natura i els altres». Els protagonistes de Handke, fugitius del temps, herois de la Fugida, que viuen al caire de l’abisme i són ells mateixos l’abisme, no «creixen» amb la narració, sinó que busquen la pròpia dissolució, i estan, aparentment, cada vegada més extraviats.
Per a molts, Peter Handke és una persona incòmoda, i ha suscitat el vell tema de si es pot no estar d’acord amb la postura política, ideològica o vital d’un escriptor, i fins i tot condemnar-la, però no desqualificar-ne l’obra literària, com passa amb tants autors. El mateix Handke ens dona una resposta: ell no creu que s’hagi de separar el creador de la seva ideologia. «L’escriptura no és independent de la posició política. La persona que escriu és, per una banda, un creador sensible i, per l’altra, un ésser polític. Vivim en una realitat concreta i així hem de ser». I ni tan sols disculpa pecats de joventut, com els d’escriptors que de joves van flirtejar amb el nazisme. Per a alguns, Handke ha fet apologia dels crims comesos en nom del nacionalisme serbi ─cosa que ell nega─, i per a altres és un intel·lectual que es va atrevir a lluitar contra la demonització dels serbis com a únics culpables de les guerres de l’antiga Iugoslàvia. Al seus textos sobre la guerra dels Balcans, i en especial al llibre Unter Tränen fragend ─Preguntando entre lágrimas, amb prefaci i traducció de Cecilia Dreymüller, editat per Tres Molins─, descriu aquest procés i aclareix els motius del seu comportament. Handke es va atrevir a dir que es cometien atrocitats en tots els bàndols, i que el Tribunal de la Haia també hauria de jutjar l’OTAN. I, sobretot, denunciava la manera unívoca de mostrar un conflicte que estava atiat per Alemanya, França, Anglaterra i Rússia. A França, on ell vivia, hi havia pau ─explica─, la gent passejava pels bulevards com si el seu país no estigués en guerra, mentre els avions francesos bombardejaven els Balcans, i Handke s’adonava que la guerra en realitat era en tots els països que la feien, encara que els carrers i les places es veiessin pacífics i la gent, atipada d’informacions i de «relats», fes com si no passés res. Handke afirma que no es disculparà mai per fer literatura, que els seus llibres defensen la pau i la justícia i que no entén com el poden identificar amb crims de guerra. El llenguatge de Handke és el contrari del llenguatge periodístic, i l’autor es queixava que el lector estava obcecat pel que li deien els mitjans de comunicació que, segons ell, era propaganda sense informació o propaganda disfressada de superinformació, segons el bàndol. El llenguatge dels periodistes i dels que condemnen per endavant és l’únic que compta, es lamenta Handke, com ja feia Josep Pla: «Si avui hi ha alguna cosa tan demagògica com la política són els diaris, ara en mans de gent rica i poderosa que saben perfectament què fan i per què ho fan».
Llegint els seus assaigs i les seves novel·les podem conèixer qui hi ha darrere del Handke públic, provocador, capaç d’etzibar un estirabot i l’endemà retractar-se’n. S’han declarat a favor del dret a la dissidència de Handke diferents intel·lectuals, com Elfriede Jelinek, Robert Menasse, Wim Wenders, Ulla Unseld-Berkewitz, editora de Suhrkamp, i el cineasta serbi Emir Kusturica.
Handke continua, com al principi, escrivint sense fer concessions al lector que vol una lectura fàcil, que no el pertorbi. «En algun moment vaig decidir que tot és estrany i tot és nou i tot està per descobrir.» Escriu perquè dubta de les certeses, i ens fa dubtar. Autor que sempre se situa als marges i explora els intersticis, la solitud ─«No us queixeu d’estar sols, estigueu més sols encara»─, la incomunicació, les indefinides fronteres entre realitat i ficció. «Per esbrinar la veritat s’han de contradir les persones», va dir Heine. Handke diu que busca la veritat i tant dir-ho com fer-ho comporta un risc. Si el voleu conèixer, camineu pels pobles, llegiu-lo.