Isac Nunes da Luz Cordeiro
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Tradutor Público e
Intérprete do Comércio
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Idiomas: francês, espanhol, catalão e galego ***
Matriculado na Junta Comercial do Estado do Paraná
*** Curitiba ***
República Federativa do Brasil
La exposición “México: ruta y destino” desentraña
la forma en que cristalizó una imagen de México como nación, que se convirtió
en postal y souvenir.
Jorge González Camarena, El perico, 1927, Óleo sobre tela. Museo Nacional de Arte, INBAL
Escrito por Carlos Rodríguez
Hay que
aprovechar, con el deceso reciente de Elsa Aguirre, y ver Acapulco (1952). Es una película menor de Emilio “El Indio”
Fernández, pero eso no le resta interés ni encanto. La sinopsis es
irresistible: una joven, que finge una posición económica acaudalada, se
hospeda en un lujoso hotel para atrapar a un millonario y casarse con él. En
“la bahía más famosa del mundo”, como dice el eslogan, la guapísima Elsa es la
estampa de la frivolidad. Esta fantasía tiene nombre: turismo, viaje de placer,
que, según la muestra México:
ruta y destino, es una deriva del proyecto de inicios del siglo XX para
construir la imagen del país.
El Museo
Nacional de Arte (MUNAL) recibe a los visitantes con una obra de exuberante
colorido, un bodegón de Jorge González Camarena donde una hierática tehuana
sostiene un perico en la mano; como si fuera un generoso capullo, un recipiente
ofrece apetitosas frutas que hacen juego con los senos de la mujer, enmarcados
en una blusa ribeteada de color naranja. No falta el textil, un mantel limpio y
simple, en la parte inferior del cuadro; al lado, un enorme guaje casi viril.
Toda la composición parece estar envuelta y surgir de una gran cactácea
coronada por el tocado de la figura femenina, como un halo bondadoso,
abundante, pletórico. El óleo, de 1927, introduce el tema de la exposición y
remite a los atributos de “lo mexicano”.
Ezequiel Negrete Lira, Enramada de Juchitán, 1957, oleo sobre tela. Museo
Nacional de Arte, INBAL
La
muestra del MUNAL esboza de forma oportuna cómo cristalizó la imagen de México
como nación, que se convirtió en postal, guía turística, souvenir; imagen
homogénea de exportación, decorativa y no por ello menos potente en términos
formales. Estampas de trazos y colores que lo mismo cuelgan en museos, ilustran
libros o adornan refrigeradores.
En el
presente, México se llena de nómadas digitales, un nuevo tipo de turismo
fluctuante; por otro lado, Acapulco, Puerto Vallarta, Zipolite o Tulum son
destinos turísticos con problemas sociales y ecológicos urgentes. El interés
crítico por revisar el asunto, su estado y contrariedades, toma fuerza. Se puede
ver en el cine, con Rotting in the sun (2023), de Sebastián
Silva, que aborda el caso de la Ciudad de México y Zipolite; en la fotografía,
un ejemplo notable es el libro de Adam Wiseman Elvis nunca estuvo en
Acapulco (2024); y en la literatura reciente, Sweet
Acapulco (2026) de Brenda Ríos.
Con
habilidad, México: ruta y destino desplaza su lectura del
muralismo. Regresa a los viajes de los europeos por México en los siglos XIX
(Désiré Charnay en Uxmal y Chichén Itzá; Carl Nebel en las ruinas de La Quemada,
en Zacatecas) y XX (Edward Weston en la pirámide del Sol en Teotihuacán).
También lo hace a partir de creadores cuya obra rara vez se expone, y cuya
presencia ayuda a entender la complejidad del proyecto que se convirtió en un
programa de comunicación que encontró la mesa ya servida, pues se basó en las
búsquedas artísticas sobre la identidad mexicana que habían empezado hacía
tiempo, motivadas por los vaivenes políticos que incitaron la revolución.
La
imagen de México es un popurrí cuya articulación requirió de un proceso muy
rico de aglutinamiento de imágenes diversas, principalmente de carácter
descriptivo, que hoy es sello de lo mexicano. Por un lado, las artes populares:
ahí están los cacharros de barro de Cecil Crawford O’Gorman y el zarape de El
de San Luis (1918) y La criolla del rebozo (1916),
dos óleos admirables de Saturnino Herrán. También El vendedor de loza (1920)
de Leandro Izaguirre y La vendedora de talavera (1920) de
Fernando Best Pontones. Las obras se pueden ver en conjunto con piezas del
Fondo Roberto Montenegro, uno de los pioneros coleccionistas de arte popular,
que ahora tiene su propia muestra en el Palacio
de Bellas Artes.
V. R. Machado, Acapulco Chart for escapists, en Mexico This Month, mayo de 1957. Impresión a varias tintas sobre papel. Museo
Nacional de Arte, INBAL
Las
tradiciones del folclor del pueblo, como las danzas de Yautepec que pintó
Fermín Revueltas y los huapangos de Ramón Cano Canilla, también están
presentes. La muestra ha decidido fijarse en estos gestos en lugar de otras
imágenes que retoman manifestaciones mayores como el Día de Muertos, plenamente
identificada con la idea de México tanto al interior del país como en el
extranjero.
Otro
aspecto en que se fijaron los artistas de inicios del siglo pasado es la
arquitectura, sobre todo religiosa y del periodo novohispano. Josefina Zetina
Osorio, Francisco Romano Guillemín y Concha Toussaint, artistas prácticamente
olvidados, pintaron cúpulas y vistas de templos y catedrales.
La pieza
monumental del primer núcleo de México: ruta y destino, dedicada a
los “Imaginarios”, es Vista panorámica de la ciudad de Puebla (1929),
la única obra mural que se conserva de Gerardo Murillo, que pintó las cúpulas
poblanas como una galería de formas exquisitas. La presencia del Dr. Atl es
apropiada: su mural coincide con los proyectos editoriales que coordinó, por
ejemplo Iglesias de México (1924-1927), con el apoyo de la
Secretaría de Hacienda. La conformación de la imagen del país fue también un
programa orquestado desde las instituciones, interesadas en contribuir para
integrar cierta visión del país en la cultura nacional e internacional.
Uno de
los aportes más significativos de la exhibición es presentar obras de Alfonso
X. Peña, magnífico pintor tamaulipeco, poco conocido, de carácter estilizado,
autor de las pinturas Tehuana (1947), Huasteca II (1945)
y Mercado (1950). Su trazo y mirada apelan a la belleza y la
armonía. En sus cuadros, que retratan la actividad comercial en tianguis y
mercados, hay quietud y sumisión; detallan una delicada descripción de
personajes, principalmente indígenas, motivos decorativos, objetos, frutas y
flores.
Luego
viene en la muestra la sección “Rutas y destinos”, donde aparece una obra
inusual de Leopoldo Méndez que hace una síntesis de la transformación
tecnológica y social de la movilidad, que se confirmó a mediados del siglo XX.
Ya a color, Nuevos caminos (1953) es una xilografía dividida
en dos partes: arriba, un automóvil pintado de verde, con grandes neumáticos,
donde viaja una pareja moderna a gran velocidad, el aire revolotea sus
cabellos; abajo, un coche lento, un carruaje, con dos personas apacibles y
serias. La construcción de vías y carreteras, en especial la carretera
Panamericana, abre, de cierta manera, el territorio nacional. Y no solo eso, se
invierte en un esfuerzo editorial por crear mapas, diseñar rutas para conocer
México, imprimir guías de viajes y folletos informativos tanto en inglés como
en español.
Las dos
pinturas de Angelina Beloff que exhibe el MUNAL son una gran oportunidad para
redescubrir a una artista notable y también reconocer la Ciudad de México desde
otra mirada y perspectiva. Beloff pinta la avenida Hidalgo, siempre a la sombra
de la otrora fufurufa avenida Juárez, vista desde la Alameda; así, nos
encontramos con el mercado de flores que estaba en la plaza Santa Veracruz y el
atrio, todavía arbolado, de la iglesia de la Santa Veracruz. Desde mi
ventana (1965), con un lenguaje pictórico que retoma la publicidad y
el trazo de las portadas de revistas internacionales, dibuja un panorama que podría
ser la avenida Reforma o la misma Juárez; la calle que pinta, con el tráfico de
carros detenidos, recuerda una vieja calleja que perdió su configuración cuando
se alzaron edificios de gran altura. Otras construcciones modestas a su lado
son vestigios de un pasado que parece haberse detenido ahí.
A. Regaert, Mexico, The Great Metropolis, ca. 1945. Cartel de la Dirección General de
Turismo. Impresión offset. Colección particular
Los
fines de semana en Cuernavaca y Acapulco, los viajes a Taxco y otros lugares
aledaños a la capital se convirtieron en paradas obligadas. Son los “Cuerpos
turísticos” a los que alude la exposición. La mujer en traje de baño (1955),
de un autor no identificado y que recuerda a Elsa Aguirre en Acapulco,
ya es un signo publicitario incitante e inequívoco. En esa misma década Bob
Schalkwijk fotografía los interiores del Hotel Presidente en Acapulco,
realizado por Juan Sordo Madaleno en colaboración con José A. Wiechers. Ahí
mismo, al lado de otras imágenes del puerto de Guillermo Zamora, está la
maqueta del complejo turístico de dicho hotel.
De la
muestra, que culmina con el enorme Mapa de producción de la República
Mexicana (Rutas Marítimas) (1947) de Miguel Covarrubias, el público
sale orgulloso de ser mexicano, después del Mundial de Futbol que hospedó el
país y cerca de las fiestas patrias de septiembre. El visitante abandona la
sala con el apetito de conocer todas las frutas autóctonas que pintó Hermenegildo
Bustos en sus bodegones, que despiertan el hambre con solo mirarlas. También
sale con muchas preguntas sobre todo lo que faltó y que también es mexicano,
una imagen demasiado amplia que no cabe en los límites de un marco. El
espectador se dirige a la salida del MUNAL como el hombre de la
fotografía Gente de la Ciudad de México (1965) de Héctor
García: una figura que se dirige a la escalera para abordar un avión, lleva un
zarape al hombro; en una mano, un animal hecho de cartón, juguete popular; en
la otra, un sombrero con cintas, probablemente de colores. ~
Hay creadores que
no se conforman con un lenguaje único. La exposición ‘Infieles’, en Buenos
Aires, lo demuestra.
'Teoría y praxis en el bar', de Daniel Santoro (2020), una de las obras de la exposición 'Infieles'
Escrito por Damián Huergo
Hay frases que
cualquier lector de suplementos culturales podría completar de memoria. Una que
se repite tanto en diarios hondureños como en plataformas uruguayas, en
particular por artistas hombres moldeados con la arcilla del siglo XX, es: “La
pintura es mi amante pero la literatura, mi mujer”. La actividad artística
y el sujeto de deseo puede variar según cada caso, pero la fórmula del engaño
continúa y resiste en su vigencia.
No recuerdo haber
escuchado o leído esa frase en boca de alguno de los artistas que exponen en la
muestra Infieles. De escritores que pintan o pintores que escriben,
expuesta en el Museo del Libro y de la Lengua Horacio González, en Buenos
Aires. Sin embargo, el juego a dos bandas que confiesa el enunciado, y la
ampliación del campo de batalla que augura, sin dudas, les podría caber a cada
uno. Y no hablo de la vida personal —al menos, esa dimensión es la que nulo
interés tiene en este espacio—, sino de su trabajo artístico, de sus juegos a
dos o más bandas, de las diferentes materialidades donde asoman u ocultan su
sensibilidad y su forma de estar en el mundo.
Para entrar a la
muestra hay que atravesar una cortina roja y pesada de terciopelo, que toca el
suelo como si fuese una de las lenguas derretidas de Dalí o los telones
lynchescosde Twin Peaks. La iluminación
es tenue, salvo por un corazón de neón rosa atravesado por un rayo: un
relámpago fugaz que reemplaza el flechazo eterno de Cupido. La intención de
crear un ambiente de intimidad —planificada por el equipo de curadores
integrado por Roberto Papateodosio, Pablo Licheri, Inés Girola, Inés Ulanovsky
y Esteban Bitesnik— es intervenida por el sonido de colectivos y autos que
entran por la puerta de la avenida Las Heras, 2.555. Como en un hotel, el oasis
íntimo y privado que buscan recrear está percudido por lo público que lo rodea.
Ese doblez entre el anonimato y la exhibición, entre las puertas semicerradas y
el amor a cielo abierto, parece ser territorio propicio para las infidelidades,
del orden que sean.
'Espejos',
de Manuel Mujica Lainez (1966)
Al correr el velo
rojo, la primera obra que aparece es Espejos, un dibujo de un árbol
hecho con marcador sobre un papel. De cada una de sus ramas cuelgan frutos que
parecen ventanas a dimensiones cercanas o desconocidas. Si no hubiera un nombre
de autor a su lado, no sería tan errado decir que —por los colores y la
superposición de materiales— pertenece a un período poco difundido del pintor y
astrólogo Xul
Solar. Pero no. La obra
que recibe al visitante, fechada en 1966, es del escritor argentino Manuel
Mujica Lainez. Como si fuese
una tarjeta de bienvenida, pegada a la obra hay una frase de su novela
biográfica Cecil (1972).Dice: “Lo primero que
advertí, en su penumbra interior, fue la jerarquía esencial que concede a los
objetos. Quizá crea en ellos más que en las personas”.
La frase de
Mujica Lainez parece una premisa. En la muestra no importan los recorridos de
los artistas, sino lo que sus manos crearon. O atraparon del aire, como dice el
poeta, librero, músico y editor Francisco Garamona en una de las entrevistas a
los artistas antologados que transmiten en loop en un rincón
del primer piso. Detrás de unos anteojos de lente negro, Garamona completa: “En
realidad, los artistas lo que hacen es una especie de red para cazar mariposas:
cazan las ideas, el fruto de lo que después producen. Nada pertenece a nadie.
Las ideas y las emociones son energías que rodean el mundo; emergen de la
tierra, el cielo, los minerales, y uno tiene que estar atento para conectar con
aquello que está ahí, anterior a uno y posterior a uno”.
Obras de César Aira (izquierda) y de
Francisco Garamona (derecha)
En la red de
Garamona, al parecer, quedó atrapado el germen de la muestra. En la ceremonia
de inauguración, el 16 de junio, el curador Esteban Bitesnik contó que la idea
surgió en La
Internacional Argentina,
uno de esos espacios porteños donde se juntan escritores, músicos y artistas a
pasar el rato y surgen libros, canciones, poemas, por el roce de la complicidad
y la noche. En ese mismo discurso inaugural, Bitesnik vincula a la muestra con
la amistad, con la idea de conversación, donde se trafican ideas y
conspiraciones en distintas usinas de pensamientos, sean geográficas como
generacionales.
Los nombres que
surgieron en un primer momento, y continuaron danzando junto a otros que se
sumaron cuando el proyecto fue tomando forma durante la pandemia, fueron los de
los escritores César Aira, Sergio Bizzio, Gabriela Cabezón Cámara y Silvina
Ocampo; los de los artistas Eduardo Stupía, Yuyo Noé y Daniel Santoro; los de
músicos como Charly García y Nacho Marciano; e incluso el del ensayista Horacio
González, quien fue
gestor del museo que funciona como anexo de la Biblioteca Nacional. También,
claro, aparecieron los nombres de artistas identificados con la mixtura:
Fernanda Laguna, Dani Umpi, Naty Menstrual, Roberto Jacoby y Fernando Noy,
entre otros.
La muestra
presenta una antología de 35 artistas que abarcan casi un siglo de producción
artística argentina. Un arco temporal que cruza a tres generaciones de
creadores. Cronológicamente, arranca con un dibujo inédito de Silvina Ocampo
(1903-1993), la hermana menor de las Ocampo, acompañado del poema inédito
‘Lecciones de metamorfosis’; y llega hasta la poeta, artista y joyera Micaela
Piñero, nacida en 1990. Escritores y pintores de tres generaciones diferentes
que, como dice el catálogo de la muestra, fueron “desbordándose por fuera de
los márgenes o las paredes, (...) que no se conforman con un lenguaje único ni
una sola manera de mirar o contar. O tienen tanto que contar que un único medio
no les es suficiente. No les alcanza con un solo lenguaje y recurren a otros
para expresar, quizá con más facilidad, lo que una sola herramienta no les
permite decir. Por eso, nos encontramos en muchos casos con escritores que
pintan y con pintores que escriben. Es más, en muchos casos no podemos
distinguir dónde acaba el pintor y dónde empieza el escritor y viceversa”.
Dibujo
de Silvina Ocampo
El día de la
inauguración estuvo la directora del museo, María Moreno, quien
afronta un problema de salud que la alejó de las funciones en los últimos
meses. Su presencia, física y aurática en un cuadro de Daniel Santoro (la tiene
en el centro de la escena, mejor dicho, de la mesa) amadrinó los desvíos, los
cruces, los juegos y las fisuras de las teclas de expresión por donde filtraron
otras formas.
Otra de las voces
que cortó la cinta de largada fue la de Juan Sasturain, actual director de la
Biblioteca Nacional Mariano Moreno. De pie, con el catálogo en la mano y
moviendo mechones canosos al hablar, dijo: “La infidelidad no es para
cualquiera. Para serle infiel a la escritura pintando, hay que haberse primero
comprometido, hecho el amor y amado el texto. Y para traicionar el trazo con el
signo literal, hay que haber primero entregado el corazón a la pintura o el
dibujo. No hay traición si no hay nada que romper, algo que forzar. No es lo
mismo trampear o ser veleta, que saltar el cerco con algún desgarro en el camino.
No se excluye en esta idea, que puede sonar un poco trágica, la idea de lo
festivo y del gesto suelto. Lo confirma en lugar de contradecir”.
'Ahora me encantan las palomas',
de María Luque (2021)
La estética pop,
festiva, erótica, amistosa e infantil es propia del contenido y las formas de
las obras exhibidas. Como si la infidelidad a un proyecto propio, la apertura a
nuevos materiales, la entrega al amateurismo de una disciplina de la que
escritores y pintores aún no conocen sus secretos, les permitiera jugar sin
finalismos, sin importar los resultados; un misterio donde es más importante
estar que resolver. Infieles. De escritores que pintan o pintores que
escriben saca del closet obras que nacieron para no ser expuestas y
palabras que fueron escritas para no ser leídas. Lo que estaba en las sombras
ahora está a la luz. Como escribió en el catálogo la curadora Magdalena
Testoni: “La infidelidad se presenta; lo que estaba oculto ahora está a la
vista, es el secreto peor guardado. En este caso, hace falta tan solo correr la
túnica de terciopelo, tan pesada como la verdad, para inmiscuirse en la ficción
de otrxs”.
Si andan por
Buenos Aires, tienen tiempo hasta finales de noviembre para ver la muestra.
Solo tienen que correr el telón rojo de terciopelo y, con pasos firmes y
sigilosos, entrar sin mirar hacia atrás.
[Imágenes: MUSEO
DEL LIBRO Y DE LA LENGUA - fuente: www.coolt.com]
Comer con los ojos, de Jorge Guitián, es una propuesta original que
demuestra que el arte también puede disfrutarse a través de los sentidos. Lejos
de limitarse a analizar pinturas desde una perspectiva tradicional, el autor
propone observarlas desde un ángulo tan cotidiano como sorprendente: la comida.
El resultado es un recorrido ameno y enriquecedor por la historia del arte, en
el que platos, bebidas, cocinas y escenas alrededor de la mesa se convierten en
pistas para comprender mejor las sociedades que los representaron.
Uno de los
grandes atractivos del libro es su capacidad para descubrir significados
ocultos en elementos que muchas veces pasan desapercibidos. Una naranja, una
copa de vino, una sopa, una empanada o una taza de chocolate pueden parecer
simples detalles decorativos, pero Guitián demuestra que detrás de ellos se
encuentran historias relacionadas con el poder, el deseo, la pobreza, el
comercio, la religión, el colonialismo, la clase social y la memoria.
La selección
de obras convierte la lectura en un verdadero viaje cultural. Desde el Pórtico
de la Gloria hasta artistas como Vermeer, Brueghel, Willem Kalf, Luis Meléndez
o Doris Lee, cada capítulo abre una puerta hacia otra época y permite
comprender cómo los alimentos han acompañado la evolución de las sociedades. La
gastronomía funciona así como una herramienta para acercarnos a la historia
desde una perspectiva diferente, más sensorial y cercana.
Otro de los
puntos fuertes de Comer con los ojos
es su tono accesible. Aunque aborda cuestiones relacionadas con la historia del
arte, no resulta una lectura distante ni excesivamente académica. Al contrario,
consigue relacionar la alta cultura con experiencias que todos conocemos:
cocinar, comer, compartir una mesa o disfrutar de determinados sabores y
aromas. Esa conexión hace que el lector pueda sentirse parte del recorrido.
Además, el
libro tiene la capacidad de cambiar nuestra manera de observar las imágenes.
Después de leerlo, resulta difícil contemplar un cuadro con la misma mirada.
Los alimentos dejan de ser simples objetos representados y adquieren nuevos
significados, convirtiéndose en testimonios de las costumbres, desigualdades,
creencias y deseos de cada época.
En definitiva,
Comer con los ojos es una lectura
especialmente recomendable para quienes sienten curiosidad por el arte, la
gastronomía y la historia. Jorge Guitián consigue unir estos mundos con
inteligencia, sensibilidad y mucho interés. Un libro delicioso en el sentido
más amplio de la palabra, capaz de alimentar tanto la curiosidad como la
imaginación.
En
retrospectiva, la obra del veterano pintor Alejandro Aróstegui (Nicaragua,
n.1935) ha transitado desde una expresión monocroma y patética a un colorido
sobrio, sostenido en la gradación tonal y en el concepto que buscaba lo simple
por medio de ciertos elementos geométricos y del entorno social, como la lata y
la tierra arenosa. Pero, como veremos en el presente artículo, la afirmación, a
partir de los ochenta y hasta el nuevo milenio, de un lenguaje muy uniforme en
la tónica del redescubrimiento consolidó una fórmula que ha perjudicado el
impacto de su legado.
No lograba
quitarse las miradas y los comentarios de encima, pero seguía impasible
recogiendo objetos del suelo, sucios y abandonados, visitando los basureros y
los anillos de miseria, antes en la década del sesenta en las cercanías del
lago de Nicaragua, luego en la década del ochenta al oeste de San José de Costa
Rica en Pavas y de vuelta en Managua en la década del noventa.
“Me han
detenido y estuve preso dos veces por parte de la policía, en Managua, por
hacer mi trabajo”,1 me refirió, con una amplia sonrisa, en una
entrevista años atrás, Alejandro Arostegui, pintor nicaragüense que ha dedicado
al arte poco más de 60 de sus 91 años.
Los objetos
que recogía, principalmente latas, eran desechos urbanos que luego comprimía
según la forma que le dictaba el material, para hacerlos partícipes como
elementos pictóricos en cada uno de sus cuadros.
Tuvo que salir
de su nativa Nicaragua en 1984, pero, aunque seguía creando con los mismos
materiales y técnicas, no resultaba fácil, según explica:
"En mi país, en
ese momento, todo estaba en función de la política. La palabra que predominaba
era prioridad. Desde el punto de vista del sandinismo, lo que era prioritario
era la defensa del país. El arte no tenía ninguna prioridad. En Costa Rica
encontré la tranquilidad que andaba buscando para crear una obra con mayor
simplicidad e intensidad en el colorido."2
Sin
monstruos sagrados
Arostegui es
un pintor cuya amplia trayectoria y consistencia estilística le han ganado un
lugar en el arte latinoamericano. Sus inicios, como todo punto de partida, no
fueron fáciles. Desde que estudiaba el bachillerato, le atraía la actividad
plástica; después de clases iba a la naciente academia de arte, fundada por
Rodrigo Peñalba, en 1948, pero su familia no favoreció su interés.
Estudió
arquitectura en Nueva Orleans, Estados Unidos, a partir de 1954, pero al
segundo año de carrera vio que no era lo suyo, sobre todo cuando le tocó
matemáticas. Los siguientes años los pasó estudiando arte en Sarasota, Florida,
y luego en Florencia y París. Cuando regresó en 1963 a Nicaragua, su vocación
estaba definida.
“Antes de
1963, era solo un estudiante de pintura”. Por entonces, el ambiente artístico
en su tierra giraba en torno al academicismo; la práctica pictórica era muy
rígida y todo se explicaba en razón de unos maestros del pasado, que eran el
modelo de belleza exigido.
En su opinión
solo existían preocupaciones formales, y no se profundizaba en la pintura por
lo que, a pesar de ser retraído y solitario, asumió la creación del grupo
Praxis, con el que luchó contra el miedo a la libertad de los pintores de
entonces, y el provincialismo.
“Nos queríamos
quitar de encima a los monstruos sagrados, los demás pontífices de la cultura
nicaragüense, quienes se las daban de conocedores. Nos propusimos que fueran
los pintores los que tuvieran la última palabra en lo que se refería a la
pintura nicaragüense”,3 recuerda.
El grupo se
fundó sobre la base de la libertad creativa y continua experimentación, aunque
al principio dominó cierta unidad en los medios de expresión empleados, cierta
monocromía en la no figuración.
Empezaron a
buscar lo auténticamente nicaragüense a través del expresionismo abstracto que
permitía una amplia exploración técnica, la valoración primordial del
sentimiento del autor y el manejo de materiales pictóricos, sin ninguna traba
figurativa naturalista.
Fueron años
muy duros para los pintores de Praxi; no vendían nada. Nuevos viajes alejan a
Arostegui de Nicaragua y le hacen ocuparse de otras temáticas sin abandonar su
concepto informalista.
Cuando regresó
a Nicaragua, en 1971, Praxis se había comercializado y muchos de los pintores
serios se habían retirado.
Arostegui
reorganizó entonces el grupo sobre metas de libertad y calidad, mientras su
obra, claramente “matérica”, recibía la influencia definida del pintor y
teórico francés, Jean Dubuffet, que se revela al retomar nostálgicamente la
inocencia y en la aparente poca importancia que asigna a la corrección del
dibujo académico.
“Era una
manera de aprovechar lo occidental sin caer en el truco visual”, explica el
autor cuya obra, nutrida de materiales desechados por la sociedad urbana,
revaloriza el objeto: lata o desperdicio.
Lo misérrimo
que busca testimoniar en su obra, a partir de elementos propios de los barrios
marginales, lo emparenta con el compromiso social de los artistas
centroamericanos de fines de la década del sesenta.
Los títulos de
sus cuadros explicaban el contenido: “Basurero N.º 1”, “Basurero N.º 2”,
“Basurero N.º 3”, etc. El autor nunca separa el tema de su concepto estético,
porque dice que hay una relación dialéctica ineludible cuando uno se entrega
completamente a la práctica pictórica.
“Tal vez uno
parta de un tema, pero a medida que uno adquiere disciplina, quehacer, el tema
cede al concepto; la anécdota deja de importar”.4
No así para
críticos e historiadores como Jorge Eduardo Arellano, quien sostiene que
“Alejandro tomó resplandeciente la carroña capitalista, se apropió de nuestro
diario paisaje lacustre y volcánico, revitalizó naturaleza e implantó, como un
artesano infalible, mágicos objetos y monocromas texturas”. Todo lo urdió, lo
configuró para combatir la soledad del hombre y revelarnos, con sus trazos
obsesivos y exhaustivos, la pasión por el arte y su permanencia”.5
Hasta el
límite
Para este
pintor nicaragüense, cuya cabellera ha encanecido y cuyas gafas lo pueden hacer
pasar inadvertido, la pintura ha sido toda su vida una forma de ser parte del
mundo.
La importancia
de ser artista radica, para él, en aportar al universo. Por eso se conmueve
ante los aportes civilizados de otros más universales, y “solo aspiro a
contribuir en algo, hasta el límite de mis posibilidades”.6
El alejamiento
temporal de su país a mediados de los ochenta no afectó su práctica pictórica,
sino que reafirmó el estilo personal que el mercado prefería.
“Al fin y al
cabo”, señaló, “el hecho de estar en Nicaragua o en otra nación no significa
que vaya a crear otra obra. El lago, los volcanes los he vivido y puedo
transmitirlos en Managua, San José o en cualquier otra parte”, confiesa
Arostegui, para quien su estancia en Costa Rica por seis años fue importante.
El entorno es
vital para mí, si no obstaculiza mi libertad de trabajo. Costa Rica me ofreció
un ambiente que me daba tranquilidad y libertad y eso me estimulaba.7
Pero pudo más
el llamado de su tierra a la que regresó en 1990.
La pintura de
los sesenta, monocroma y patética en su expresión, fue cediendo en un proceso
lógico a un colorido sobrio, a la pintura geométrica en lo conceptual; algo que
tal vez Arostegui nunca se hubiera imaginado en sus años de formación.
Aunque los
elementos plásticos parecen a veces dominar sobre lo anecdótico y el objeto, la
verdad es que la lata sigue siendo reconocible para el espectador, por
pertenecer a la cultura del desperdicio, y de esa manera sirve como punto de
partida frecuente para la creación del autor, de lectura para el público y de
encuentro para el pintor y el receptor.
Afirmación
de la fórmula
La lata ha
sufrido tanto una evolución como una involución, ya que cuando el pintor la
dejó de emplear como “collage”, pasó a figurar como elemento plástico, en
cuadros de grandes dimensiones, siempre como punto de inicio para otros
testimonios plásticos.
Ocurre, sin
embargo, que tras conseguir independizar la lata de su anécdota consumista, al
común de los espectadores y coleccionistas comenzó a gustarles esa anécdota y
su vinculación social con lo mísero de nuestras sociedades subdesarrolladas, lo
que les permitía explicarse lo inexplicable, la esencia por el tema anecdótico.
Aróstegui, que
se empezó a reiterar hace ya varias décadas, solía en la primera fase de su
carrera ahondar en nuevas propuestas y variantes; sin embargo, pareciera que
hoy su proceso de madurez se circunscribe a la lata desechada, sin la cual sus
cuadros no se sostienen en términos de profundización e indagación plásticas.
Esto último
explica, en parte, por qué ha vuelto a las complacencias gratuitas, dejando
parte de los colores originales correspondientes a los desechos metálicos, así
como sus membretes de lubricantes, lo cual ocurre, principalmente, en un
contexto aséptico hacia lo misérrimo de su origen, como vimos el año pasado en
su exposición en Art Miami.8
El corolario
de su trabajo es algo “muy atractivo” con fines decorativos; los valores
plásticos han sido debilitados por la reiteración de su descubrimiento, con
carácter de fórmula.
En sus
exhibiciones de los ochenta al presente, pocas obras como “Mesa flotante con
cinco objetos grises” (1985) y “Mesa con tres latas” (1984) explicitan la
primacía del valor plástico sobre el anecdótico.
Mientras las
restantes son, por lo general, extensiones y repeticiones, a veces imbuidas de
nostalgia, de la obra del sesenta, como su paisajístico “Nocturno” (1985), de
la pintura metafísica en “Dos mesas sobre paisaje” (1986) o de Magritte, en la
estructura de “Mesa flotante con tres objetos y paisaje” (1983).9 O
más recientemente, “Estrella fugaz” (1995), su tríptico “Calentamiento global”
(2018) o sus cuadros del último quinquenio en los que continúa explotando su
icónica temática de paisajes lacustres y figuras solemnes con base en latas
recicladas, pero por medio de series de grabados más accesibles para el
público.
Los ejemplos
citados podrían ser resabios de indagatorias postergadas o no concretadas. Algo
así como estudios sin principio ni final o “golpes contra la pared”, para
escapar a un estilo que, como el suyo, al comercializarse, podría incidir en su
creatividad e imponer, en cuanto artista, las futuras condiciones de su labor,
si no se interpone una rebeldía.
Estoy
convencido de que Aróstegui ha sido un pintor con oficio y talento suficientes
para superar su estancamiento plástico. Pero el tiempo ha demostrado de manera
inexorable que sin la necesaria autocrítica y el distanciamiento de aquello que
lo hizo famoso internacionalmente, a la mitad de su carrera, su legado ha sido
dañado de manera irreparable.
Notas
1 Flores Zúñiga, J.C. (6-12 de diciembre de 1985) “Arostegui: punto de
partida y encuentro”. Revista: Rumbo Centroamericano. Volumen: 1, N°:
58, p. 26.
2 Ibid.
3 Ibid.
4 Ibid.
5 Arellano, J.E. (23 de enero de 2016). Nueve pintores
nicaragüenses. Diario La Prensa. Managua, Nicaragua.
Conversar amb
Enric Bou (Barcelona, 1954) és tot un regal. És un home elegant, tant en el
vestir com en el parlar, però sense estridències, amb humilitat. La seva
trajectòria professional i personal és la d’un cosmopolita que transmet la
sensació que s’ha trobat molt a gust allà on ha viscut però que mai no ha
oblidat d’on ve i que sempre sembla que sap cap a on va.
Enric Bou
Escrit per Daniel
P. Grau
Després de llicenciar-se i doctorar-se a la Universitat Autònoma de
Barcelona, va ensenyar a la Universitat de Barcelona, per traslladar-se després
als Estats Units, inicialment al Wellesley College, prop de Boston, i després a
la Universitat de Brown, on va ser catedràtic d’estudis hispànics de 1996 a
2011.
Tot seguit, es va traslladar a la Universitat Ca’ Foscari de Venècia.
Fins que s’ha jubilat i ha esdevingut professor emèrit, hi ha ensenyat literatura
catalana, espanyola i comparada –amb particular atenció a l’ecocrítica.
Hem quedat al bar de l’Octubre Centre de Cultura Contemporània de
València i tots dos hi arribem una mica abans de l’hora convinguda. La conversa
flueix amb molta naturalitat.
Enric
Bou, Venècia, ciutat de
pèrdues, Universitat de Barcelona (2026)
Enric, en la
nota introductòria a Venècia, ciutat de pèrdues, el teu darrer
llibre, dius que els venecians fugen de la ciutat per la festa del carnaval
“com de la pesta”. M’ha fet pensar que molts valencians fan la mateixa cosa
durant les falles… Puc imaginar que també passa en altres ciutats. Són
diferents tècniques d’expulsió dels oriünds?
Potser no
parlaria d’expulsió, sinó de protecció contra l’overtourism, el turisme
de masses, que ha esdevingut una invasió bestial. En el cas de les noves
festes, o de les festes recuperades, sobretot en una ciutat com ara Venècia,
que realment és molt petita, fa que la massificació sigui angoixant.
Nosaltres ens vam
canviar de casa perquè a prop del Mercat de Rialto, on vivíem abans, gairebé
havíem de demanar permís per a poder sortir de casa.
El carnaval,
durant els anys vuitanta i noranta del segle passat, que és quan es va
recuperar realment, tenia un sentit, però ara s’ha convertit en un circ.
La major part de
la gent que t’hi trobes vestida amb les màscares no són venecians, sinó
francesos. Conec uns catalans que fins fa poc tenien llogat un pis tot l’any
per poder deixar-hi tots els vestits que fan servir durant la festa. Com a
mínim, a Rio de Janeiro tenen el sambòdrom i la gent es concentra allà, però a
Venècia ocupen tota la ciutat.
I també deu
ser una qüestió de sostenibilitat ambiental…
En parlo a partir
del llibre de l’arqueòleg i historiador de l’art Salvatore Settis Se
Venezia muore, del 2014. Proposava un nou model de conservació, que combini
protecció, habitabilitat i desenvolupament sostenible. Es pot aplicar a moltes
altres ciutats. A València, feia tres anys que no hi venia i ho he notat. A
Barcelona, on vaig sovint, m’adono que el jovent no hi pot viure i ha de marxar
fora.
A Venècia, hi ha
un problema també amb el manteniment dels edificis, que són molt peculiars.
S’han intentat mesures com ara fer pagar durant alguns caps de setmana de la
primavera i de la tardor per poder entrar a la ciutat. Això fa tenir encara una
sensació més gran de disneïficació.
Ens hem convertit
tant en un parc d’atraccions que un dia vaig sentir que un nen preguntava: “A
quina hora tanca Venècia?”. El nombre d’habitants continua baixant i aviat
arribarem a allò de: “L’últim que apagui la llum”, com se sol dir.
Fa vint-i-cinc anys
que hi vaig amb assiduïtat i quinze que hi visc. Durant aquest temps he vist
que han tancat ferreteries, forns, botigues de tota la vida, transformades en
botigues de souvenirs.
Tot això ha
implicat, a banda de la dificultat de supervivència per al dia a dia, una
disminució dràstica de la població, agreujada, òbviament, pel preu de
l’habitatge. Des de 1950, la població resident al centre històric ha caigut en
picat: de 175.000 a menys de 50.000.
També té impacte
polític: els problemes de terra ferma, on viuen la majoria dels venecians, i
els del centre històric són diferents. L’alcalde actual, Luigi Brugnaro, és una
mena de Berlusconi. És el propietari de l’equip de bàsquet de la ciutat i
empresari turístic. Et pots imaginar com va la cosa.
Enric Bou
Doncs sí, ho
puc imaginar…
I no creguis que
és només la dreta. L’alcalde anterior, el filòsof Massimo Cacciari, també va
caure en la trampa de defensar el turisme a qualsevol preu.
Els venecians
tenen les seves particularitats: són uns negociants increïbles, es vendrien la
seva mare. Aquests alcaldes es van vendre als taxistes, als gondolers i als
botiguers.
L’ajuntament de
Venècia té més de 5.000 pisos, molts dels quals estan buits perquè necessiten
reformes. Els pisos estan abandonats i no hi ha cap iniciativa municipal. I
això en una ciutat que té tres universitats i els estudiants no hi poden viure.
Les universitats han hagut de construir residències però l’ajuntament no hi ha
fet res.
Tot això, tenint
en compte que és una de les ciutats més cares d’Itàlia. L’Arsenale, per
exemple, és un espai pràcticament desaprofitat, però la iniciativa municipal
per corregir el problema habitacional és pràcticament inexistent.
Per contra, per
exemple, a Alemanya la majoria dels pisos són de lloguer, molts dels quals són
municipals.
L’altre dia,
anant amb autobús de Barcelona a Vilanova, una persona em comentava que
treballava a la ciutat i abans també hi vivia, però que va haver d’abandonar-la
perquè no podia pagar el lloguer. Ara viu més enllà de Vilanova i la Geltrú, ha
d’agafar un autobús per poder arribar al tren, que funciona com funciona, i
després un altre autobús. El resultat és que dedica quatre hores al dia per a
poder anar a treballar. Imagina’t quina qualitat de vida es pot tenir així.
Afirmes en el
llibre que gener és el mes perfecte per a visitar Venècia…
Sí, de Reis,
l’Epifania que en diuen allà, fins a l’inici del Carnaval, la ciutat és buida.
Abans hi havia molta boira i no resultava el millor moment per a veure la
ciutat, però ara, amb el canvi climàtic, no hi ha boires…
Al final,
Venècia també s’omplirà al gener si tothom segueix la teva recomanació…
[Riu] Tant de bo
el meu llibre arribi a molta gent.
D’acord amb
l’endreça del teu llibre, sembla que per Venècia només t’han guiat amigues.
Continua essent la ciutat de l’amor?
Reconec que era
una provocació, però la veritat és que les primeres persones que em van mostrar
Venècia van ser la Chiara i la Lella, que esmento en l’endreça que comentes.
En definitiva, és
el tòpic el que funciona. De tota manera, com deia Peggy Guggenheim, i cito en
el llibre, “sempre es dona per fet que Venècia és el lloc ideal per a una lluna
de mel. Això és un greu error. Viure a Venècia o fins i tot visitar-la
significa que t’enamores de la ciutat mateixa. No et queda espai al cor per a
ningú més”.
Abans, per a la
gent de Barcelona, la destinació habitual de les llunes de mel era Mallorca,
l’illa de la calma, que en deia Santiago Rusiñol. Un altre tòpic.
Enric
Bou, Desviacions. Proses de viatge, L’Avenç (2013)
També dius que
ens presentes una “Venècia insòlita, perduda, una ciutat que ja no existeix,
però de la qual els testimonis artístics i literaris conserven la memòria i ens
la fan veure”. En
certa manera, és una manera de connectar amb la teva dedicació a la literatura
comparada?
El llibre és un
encàrrec d’Antoni Martí Monterde per a la col·lecció Ciutats per Pensar Europa,
que dirigeix en Edicions de la Universitat de Barcelona. Abans ja havia fet una
conferència sobre Venècia a la Fundació Toni Catany, a Llucmajor, i havia
participat en els cicles de conferències que Martí Monterde organitza a Vil·la
Joana, a la Casa Museu Verdaguer.
Vaig començar a
escriure amb una visió personal subjectiva no per a un públic que no fos italià
i, alhora, també vaig buscar testimonis, sobretot d’escriptors, que són els que
et parlen de la Venècia desapareguda, perduda, des del segle XIX fins ara. Són
centenars de persones les que han escrit sobre Venècia.
També dedico un
capítol a personatges il·lustres, alguns de ben sorprenents, com ara Helenio
Herrera, l’entrenador de futbol argentí, casat amb la veneciana Fiora Gandolfi,
un altre personatge molt particular.
Herrera està
soterrat a la secció anglicana del cementiri de Venècia gràcies a una gestió
que Gandolfi va fer directament amb la reina d’Anglaterra. Li va escriure
“però, com és que el país que va inventar el futbol no és una llar digna per a
un mag del futbol?”. Herrera era conegut com “il Mago” i a la làpida que té a
la tomba hi ha una llista amb tots els equips que va entrenar, entre els quals
hi ha l’Inter i el Barça.
Veig que tens
predilecció per visitar cementiris…
I tant! Hi ha
molts cementiris que cal visitar. El de San Michele, que és el de Venècia, és
magnífic. Una vegada vaig estar ingressat a l’hospital i des de la finestra
veia el cementiri. Tenia la sensació que Caront m’estava esperant amb la seva
barca.
De fet, els
enterraments a Venècia són espectaculars, perquè es fan amb góndoles.
Afirmes que
ensenyar a Venècia és diferent de fer-ho en altres llocs. Explica-m’ho.
En part per les
condicions però també pel sentit del temps. Quan passes el pont de la
Llibertat, que és el que dona accés al centre històric, canvia el ritme.
L’espai, a més a més, és un laberint.
Pel que fa a la
universitat de Ca’ Foscari, està repartida en múltiples edificis per la ciutat.
Els departaments d’economia són a l’antic escorxador. El meu departament està
en tres palaus, la qual cosa crea una dispersió que no tens en altres
universitats.
Per tant, has de
caminar d’un lloc a un altre, amb la qual cosa vas trobant-te gent, professors
i estudiants, en diferents llocs. Això crea una relació de contacte amb els
estudiants que no havia notat abans. Hi ha una fluïdesa especial. I espacial.
Potser també
perquè és una universitat petita, d’uns vint mil estudiants. No hi ha
facultats, sinó només departaments, tres d’economia, tres de llengües, un de
ciències i un de filosofia i història de l’art.
Al meu
departament, s’hi ensenyen vint-i-dues llengües europees, entre les quals hi ha
el català i el basc. Després, hi ha un departament de llengües asiàtiques i
africanes i un altre de llengües clàssiques i italià. Em sembla que a Itàlia
només l’Orientale de Nàpols, on va estar Josep Piera amb Giuseppe Grilli, s’hi
acosta.
Ca’ Foscari és
una universitat jove, de poc més de cent-cinquanta anys, que naix com una
escola de comerç. No hi ha ni medicina, ni cap enginyeria, ni les grans
carreres; una mica de dret, com a molt. Com que s’enfocava al comerç, la idea
era que els estudiants havien de saber de números i parlar llengües.
Malgrat que el
sistema italià és bastant rígid, els estudiants de Ca’ Foscari s’han de
construir el seu currículum. Només a Brown havia vist una cosa així. De fet,
allà no hi ha assignatures obligatòries i tenen llibertat total per a
triar-les. El resultat és que els estudiants que tens a classe sempre hi són
perquè volen i això, com a professor, no té preu: tenir gent interessada i no
obligada.
Enric Bou
“Venècia és el
símbol màxim de la fragilitat dels assoliments humans. Ens recorda que fins i
tot les civilitzacions més poderoses estan subjectes al temps, la natura i el
canvi polític”. Aquesta
afirmació teva m’ha fet pensar en els Estats Units d’Amèrica i la Xina. Com
veus la situació internacional actual? Ens trobem, potser, en un moment de
reorganització de potències?
Efectivament, els
imperis tenen un cicle. Els Estats Units són un imperi sobretot des de la
Segona Guerra Mundial, allò que en diuen l’“American Century”. Aquesta darrera
guerra amb l’Iran n’és un exemple perfecte. Diguin el que diguin, l’han perduda
davant un exèrcit radicalment més pobre perquè hi ha hagut una manca de
planificació més que òbvia.
Clarament veiem
l’inici d’una davallada dels Estats Units. El número u ja és la Xina, tot i que
fa una mica de respecte.
Coincideixes
amb Antoni Martí Monterde a afirmar que hi ha ciutats —i Venècia n’és
possiblement l’exemple paradigmàtic— que “hem vist tantes vegades en quadres,
fotografies, films o descripcions literàries que ens sembla que ja les coneixem
sense haver-les visitat”. “Visitar Venècia vol dir ‘escriure’ Venècia”,
afirmes. Hi ha grans diferències entre la reproducció i la imatge real?
Una de les coses
que més em sorprèn a Venècia és que els turistes no miren la ciutat sinó que
simplement hi fan fotografies. La miren sempre a través de l’objectiu. És una
cosa que fa mal de veure.
Un quadre s’hi
assembla, però és una manipulació de la realitat. Molts quadres han estat
fonamentals per a crear Venècia. Per exemple, Marcel Proust té passatges d’À
la recherche du temps perdu que s’inspiren en quadres.
Tenim el cas
concret dels vestits que fa portar a Albertine en la novel·la, documentat en
una carta que escriu a Maria Hahn. Són vestits dissenyats per Marià Fortuny,
que tenia el seu taller a Venècia, inspirats, alhora, en pintures de Carpaccio.
És una relació de
miralls entre la realitat i la representació de Venècia.
I després hi ha
el temps. Venècia és l’única ciutat del món que està pràcticament com estava fa
cinc-cents anys. Pràcticament no té edificis contemporanis. Com a excepcions
tenim les noves seus de la Cassa di Risparmio di Venezia de Campo Manin,
inaugurada el 1972, de la Previdença Sociale, de 1963, i la mussoliniana
estació de Santa Lucia, dels anys trenta.
Venècia és, per
tant, una ciutat museu perquè, com t’he dit, és com era fa cinc-cents anys. Les
pèrdues confirmen aquesta experiència. La paraula pèrdua es relaciona amb el
fet de deixar-se anar, perdre-s’hi. Quan t’hi perds, Venècia és molt més
veritable.
Deu ser tot un
repte, fins i tot angoixant, escriure sobre una ciutat sobre la qual, segons
afirmes, “és impossible escriure res de nou”.
Hi he seguit la
tècnica de Walter Benjamin: la cita. Hi he citat molt. Ha estat una manera de
defensar-me’n.
Hi ha molts bons escriptors sobre Venècia. Jo en destacaria Joseph Brodsky, Henry James i
Predrag Matvejević. I entre els menys coneguts, el poeta Andrea Zanzotto, que
aconsella arribar a Venècia com si fossis un ocell: veure-la des d’un globus
aerostàtic.
Enric
Bou, La invenció de
l’espai, ciutat i viatge, PUV (2013)
El 2013 ja vas
publicar un llibre en què exploraves les relacions entre la literatura i
l’espai: La invenció de l’espai, ciutat i viatge, una magnífica
mostra de geocrítica i literatura comparada.
Gràcies. Partia
dels enfocaments teòrics de Roland Barthes, Michel de Certeau o Walter Benjamin
i analitzava obres de Mercè Rodoreda, Llorenç Villalonga, Luis Goytisolo o
Eduardo Mendoza. L’havia publicat l’any anterior en anglès en Iberoamericana i
volia que aparegués en català.
Ho vaig comentar
a l’amic Toni Mollà, a qui havia conegut per casualitat per una ressenya que
havia fet d’un llibre meu, i ell em va posar en contacte amb Gustau Muñoz, que
llavors treballava en les Publicacions de la Universitat de València. M’ho van
fer tot molt fàcil i va anar molt ràpid. Estic molt content d’aquell llibre.
Abans ja hem
parlat una mica de la teva experiència docent a Brown i Ca’ Foscari. Tornem als
teus inicis universitaris. Et vas formar a la Universitat Autònoma de Barcelona
als anys setanta, quin ambient s’hi respirava?
Vaig estar a punt
de matricular-me a la Universitat de Barcelona, a la Central, que en dèiem
llavors. Finalment, em vaig decidir per l’Autònoma. Hi vaig estar de 1971 a
1976.
A la Central, hi
havia les patums del moment, amb Antoni Maria Badia i Margarit, Martí de Riquer
i companyia. A l’Autònoma, la majoria eren molt més joves: Josep Romeu, que era
dels més grans, Joaquim Molas, Sergi Beser, Jordi Castellanos… Alguns havien
estat a l’estranger i expulsats de la universitat el 1968.
Hi havia grans
contrastos. Per exemple, Josep Romeu es passava mitja classe escrivint
bibliografia a la pissarra. Per contra, Molas parlava de coses molt més
exòtiques i atractives, com ara el cuplet o el còmic. En certa manera, Molas
s’havia d’inventar moltes coses, perquè no hi havia recerca
disponible: llibres, articles, tesis.
Hi havia molta
ideologia? Potser massa?
Eren els darrers
anys del franquisme i es respirava un ambient de relativa llibertat en algunes
fàbriques i a les universitats. En el nostre cas, vam tenir algun curs sencer
sense classes. Es feia resistència al règim. Hi havia molta lluita de classes i
poques classes.
De fet, alguns
professors feien classe fora de la universitat, com ara a la seu de l’Acadèmia
de Bones Lletres de Barcelona, per poder-ne recuperar.
I respecte a
la recerca? Les tesis d’aquell moment eren extremadament voluminoses. Algú m’ha
comentat, imagino que amb una bona dosi d’ironia, que s’arribaven a incorporar
detalls com ara què esmorzava l’autor estudiat abans d’anar a treballar…
És una mica cert.
Ara són de dues-centes pàgines. S’ha imposat el sistema anglosaxó. Potser també
té a veure amb els sistemes de beques i projectes actual. Ara se solen fer
associades a aquests projectes, en quatre anys. Abans, la gent s’hi estava
molts anys.
Lola Badia i jo
vam ser els primers a doctorar-nos a l’Autònoma en la nostra disciplina. La
meva era relativament curta: no arribava a les set-centes pàgines. Si no me’n recordo
malament, la de Jordi Castellanos superava les dues mil.
I també hi
havia una sensació que es feia la recerca definitiva?
Jo no ho diria
així. Com t’he comentat abans, hi havia molt poc de material, molt poca
bibliografia. Molas, en la dècada dels vuitanta, era qui més tesis dirigia i
tenia el criteri que era millor fer tesis sobre autors diferents, amb la
voluntat de cobrir buits. Després tot això es va superar, però en aquell
moment, calia.
I respecte a
l’alumnat, trobes grans diferències?
Et puc parlar
d’una gran diferència entre l’alumnat d’Itàlia i el de Catalunya. Els italians
tenen un nivell molt més alt. Per exemple, tots saben anglès. Quan els dones
bibliografia ningú no fa cares rares. En el cas de la literatura comparada, cal
poder llegir en altres llengües. A Catalunya, si ofereixes a l’alumnat
bibliografia en anglès, la majoria no la llegirà. L’ensenyament secundari és
molt millor a Itàlia.
Respecte a aquell
moment i a l’actual, jo diria que la gran transformació s’ha donat en els
col·legues. Els de la meva edat, tret d’algunes excepcions ben destacades, com
ara la del malaguanyat Vicent Salvador, s’han quedat en una filologia més
clàssica. Els actuals estan més connectats amb els estudis literaris d’arreu del
món. Ho notes quan fas avaluacions de projectes d’investigació i veus la gran
diferència entre els plantejaments dels joves i els dels més grans.
Suposo que vas
viure de ben a prop el terratrèmol que va provocar la Literatura
catalana contemporània de Joan Fuster, amb aquells articles de Joan
Lluís Marfany a Els Marges.
Crec que es va
ser molt injust amb Fuster. Ell no volia fer la feina dels professors. Era un
encàrrec de Max Cahner i crec que és un llibre magnífic. Es va limitar, que no
és poca cosa, a donar el seu punt de vista a partir del que ell mateix era, un
gran lector. En molts aspectes, això sí, obria línies d’investigació, perquè
era el primer que s’escrivia sobre molts autors.
Molas tenia un
defecte: tenia un punt sectari. Molts dels seus deixebles el que millor
aprenien d’ell era això mateix i esdevenien més sectaris encara. En el fons,
Molas era molt més curiós que els seus deixebles. Les seves virtuts: un
treballador incansable i un sentit de l’humor molt personal. Era el rei
dels calembours.
En el cas de
Marfany, crec que ara mateix potser no signaria aquells articles. De fet, la
recerca que va fer sobre el Modernisme és magnífica.
També vas fer
una de les primeres entrevistes a Vicent Andrés Estellés, que es va publicar en
la revista Serra d’Or el 1978.
Cert. Em va
costar moltíssim aconseguir-la. Havien acabat de concedir-li el Premi d’Honor
de les Lletres Catalanes i començava a tenir molts problemes amb la María
Consuelo Reyna en Las Provincias. A més a més, estava malalt i l’havien
operat de flebitis, si no me’n recordo malament.
Vaig anar darrere
d’ell uns quatre o cinc mesos i al final el vaig poder entrevistar en una de
les seves vingudes a Barcelona per qüestions mèdiques. Recordo que em contava
divertit que s’estava a l’habitació de l’hospital i hi havia moltes infermeres
boniques. Quan estaven a punt d’operar-lo, no va necessitar anestèsia. “Una em
fa una mamadeta i a dormir”, em va dir, entremaliat.
Rod Stewart té
un elapé titulat Atlantic Crossing. Tu vas haver de fer la mateixa
cosa per triomfar. Vas arribar a ser catedràtic d’estudis hispànics a la
Universitat de Brown…
Tenia molta
curiositat per conèixer món i vaig obtenir una beca Fulbright. Vaig triar la
Universitat de Yale, on tenia gran impacte el moviment descontructivista, que a
mi m’interessava molt.
Hi havia el
professor belga Paul de Man i jo volia conèixer-lo i treballar amb ell. El fet
és que quan jo hi vaig arribar el 1986 ell acabava de morir. També hi havia
Harold Bloom. Eren l’avantguarda. Jo n’havia tingut notícia en unes
conferències a Barcelona sobre tendències de la crítica literària on havien
convidat Christopher Norris i Terry Eagleton.
Un altre atractiu
era el catedràtic de català i espanyol Manuel Duran, fill del fiscal general de
Catalunya en temps de la Segona República Espanyola. S’havia exiliat a Mèxic,
on es va llicenciar en lletres i en dret i després va treballar com a intèrpret
per a les Nacions Unides. Va ser un dels impulsors de la North-American Catalan
Society i n’era el president precisament quan jo era a Yale.
Jo anava molt a
la biblioteca. Ja saps com són les biblioteques universitàries anglosaxones: hi
pots caminar per tot arreu i consultar els llibres que vulguis. Vaig
escriure Poesia i sistema (Empúries, 1989), sobre la poesia
postsimbolista dels anys vint i trenta del segle passat. Vaig descobrir els
plantejaments de la teoria dels polisistemes, que ningú havia treballat a
Catalunya. També vaig conèixer Claudio Guillén, especialista en literatura
comparada.
Després em van
fer tres propostes de feina: a Yale, Brandeis i Wellesley. Vaig triar la
darrera per qüestions pràctiques. Al cap de nou anys, vaig passar a Brown com a
catedràtic, en substitució de Geoffrey Ribbans, que, com molts altres
professors britànics, se n’havia anat al Estats Units per la situació de crisi
que Margaret Thatcher va provocar en la universitat durant els anys vuitanta.
Potser la
literatura comparada és una mica la germana pobra dels estudis literaris. A mi,
per exemple, tret d’alguna obra clàssica en llatí o grec, no em van fer llegir
res a la facultat més enllà de la literatura en la llengua de cada assignatura.
A l’institut, ara hi ha una assignatura de literatura universal, però en la
meva època, ni això. Sempre teníem visions massa parcials, massa nostres.
Efectivament,
sempre eren visions monolingües o mononacionals. Molas, de tant en tant, feia
connexions, però poca cosa més. A mi, em va obrir la mirada la meva estada als
Estats Units. Aquí fins als anys noranta no hi havia ningú que sabés literatura
comparada ni teoria literària. A la Universitat Autònoma de Barcelona només
Sergi Beser en sabia alguna cosa i les seves classes eren il·luminadores.
A més a més, als
Estats Units s’ha promogut molt la connexió entre la literatura i altres
disciplines, perquè no és només un fet estrictament lingüístic, sinó també
cultural.
Manuel Duran em
comentava que havien triat Mèxic com a lloc final d’exili per proximitat
lingüística, però la primera frase que va sentir, en espanyol, tan bon punt va
baixar del vaixell, va ser “Manito, que te vuelan el velís” –Germà, que
et roben la maleta. Òbviament, no la va entendre.
La literatura
comparada hauria de ser la germana gran de totes les altres: no conec cap
lector que només llegeixi llibres escrits en una sola llengua. Sigui en
original o en traducció, tots llegim en una mena de popurri lingüístic i
cultural. La vella literatura comparada, la del segle XIX, facilitava la
comprensió de les diferències, establia relacions.
Actualment, la
literatura comparada és un camp dinàmic, interdisciplinari i globalitzat que va
més enllà de l’enfocament tradicional i eurocèntric sobre la influència directa
entre literatures nacionals. Hi ha una atenció a la “literatura sense
fronteres”, que inclou estudis interculturals, estudis de la traducció,
literatura mundial i la interacció entre la literatura i altres mitjans
–cinema, arts visuals– i, més recentment, l’ecocrítica.
La interconnexió
entre disciplines m’ha permès, per exemple, d’escriure un llibre sobre menjar i
literatura: Saber y sabor: escritura y comida (Iberoamericana,
2023).
De vegades, em
fa l’efecte que hi ha una mena de contradicció entre els estudis literaris
locals i el fet que la major part de la literatura que es consumeix, o que
s’edita, si més no, són traduccions. En algunes editorials, les traduccions
arriben fins al vuitanta o el noranta per cent de la producció.
En el món
anglosaxó es tradueix molt poc i, per tant, allà el professorat interessat a
fer literatura comparada sap llengües. Per contra, aquí el problema en el món
acadèmic és que has de saber més d’una llengua i no és habitual. Em sembla que
per això aquí no hi ha grans especialistes.
Afortunadament,
ara comença a haver-hi estudis de gent més jove, sobre ecocrítica, per exemple,
que també és literatura comparada, o els estudis sobre espai o de gènere.
Ets membre de
la North-American Catalan Society, de l’Anglo-Catalan Society i de
l’Associazione Italiana di Studi Catalani. Com veus la catalanística
internacional?
Crec que fins fa
poc la catalanística internacional era la gran esperança de salvació dels
estudis locals. Ara hi ha hagut un anivellament. Fa anys, tot es feia en la
mateixa universitat: hi estudiaves, t’hi doctoraves i feies classes. No hi
havia mobilitat. Afortunadament, ara els investigadors viatgen molt més, veuen
món i coneixen maneres de treballar molt diferents i innovadores.
És cert que hi ha
grans diferències entre països. Itàlia és molt filològica. A la Gran Bretanya,
com a Amèrica o a Austràlia, es fan més estudis culturals. Els francesos també
són més tradicionals. Al Brasil, per contra, són molt innovadors.
Daniel
P. Grau entrevistant Enric Bou
I com veus la
barreja que es dona en aquestes associacions entre nadius i catalans?
Jo crec que hi ha
una distinció entre les anglosaxones, l’Anglo-Catalan Society i la
North-American Catalan Society, i les altres. En el primer cas, els catalans
s’hi han integrat molt, especialment els que viuen allà, i parlen el mateix
llenguatge crític. En canvi, entre els investigadors d’aquí, els europeus, de
vegades, tot i que cada vegada menys, s’hi noten punts de vista diferents.
Recordo que em
van enlluernar els estudis d’un tal Dominic Keown. Escrivia sobre poesia
contemporània amb unes eines crítiques molt diferents. Repartia llenya a tort i
a dret amb elegància. Com m’havia explicat Sergi Beser que feien els
anglosaxons, i després se n’anaven al pub a fer una cervesa. El vaig conèixer
anys més tard i ara som molt amics. Hem anat sovint al pub.
A banda d’això,
hi ha el relativament to familiar, en el bon sentit del terme, perquè alhora
sempre té un nivell acadèmic excel·lent, que trobem en l’Anglo-Catalan Society.
Imagino que hi té a veure, d’una banda, que es va fundar amb una gran presència
d’exiliats, que sempre hi eren presents, i, d’una altra, amb el fet que és
l’única que fa congressos anuals, la qual cosa facilita que els investigadors
es troben amb assiduïtat, com bé saps.
La
North-American Catalan Society va estar a punt de desaparèixer.
És cert. Va ser
precisament poc després del congrés de Brown. Philip Rasico volia organitzar un
congrés a Menorca, perquè hi tenia una connexió personal. Va anar fent via per
la seva banda i de sobte hi va haver una revolta. Rasico va abandonar
l’associació. Per sort, les aigües es van reconduir. Ara la NACS publica
la Catalan Review amb Liverpool University Press i és una
revista de molt bon nivell. Quan jo n’era el president vaig fer les gestions
per al canvi d’editor.
Espero que aviat
tornem a fer un congrés conjunt entre l’Anglo-Catalan Society i la
North-American Catalan Society, com el que va tenir lloc a l’Eaton College el
2004.
Miro el
rellotge i m’adono que hem estat gairebé quatre hores xerrant i no ens hem fet
ni un cafè. Jo m’hi estaria quatre hores més: Bou és d’aquelles persones que
sap molt de moltes coses, però que parla sense el més mínim toc de pedanteria.
Decidim que és
el moment de fer una cervesa i preguntem pel millor lloc. Ens diuen que, si
volem fugir dels llocs massa turístics, la millor cosa que podem fer és anar a
Ca Revolta. Abans d’adreçar-nos-hi, no podem evitar entrar en les dues
llibreries de vell que hi ha enfront i al costat de l’Octubre Centre de Cultura
Contemporània: la de l’amic Rafael Solaz i El Asilo del Libro.
En aquesta
darrera tenen un exemplar de la primera edició d’El gran foc dels garbons,
de Vicent Andrés Estellés, amb il·lustracions de Francesc Lozano. És una edició
de bibliòfil molt abellidora, però té un preu prohibitiu i ho deixem córrer.
Caminem
tranquil·lament pels carrers del centre de València. Enric va carregat amb la
cassola d’arròs al forn del ceramista d’Alzira Xavier Claur que li vaig
prometre. Li la vaig comprar en la darrera Escuradeta i no sé com s’ho farà per
a emportar-se-la a Venècia, perquè pesa bastant. Em diu que m’enviarà una
fotografia de l’arròs que pensa fer-hi.
Arribem a Ca
Revolta. Enric prefereix cervesa torrada i ens decantem per una Turia. Ja la
coneixia: es nota que ve per València bastant sovint. Mentre ens les serveixen,
aprofita per a dedicar-me Venècia, ciutat de pèrdues i Desviacions.
Proses de viatge, un llibre seu que no coneixia però que fa goleta.
M’adono que ha
substituït la ploma estilogràfica Cross, americana, que feia servir la darrera
vegada que ens vam trobar, per una Diplomat, alemanya. Això sí, continua
signant els seus llibres amb tinta negra. Com altres vegades, tornem a parlar
de plomes. Em diu que també li agraden molt les Leonardo, italianes, i que hi
ha una botiga magnífica a Florència que també ven per internet.
No hi ha cap
altra taula ocupada a Ca Revolta i hi estem tan sols que fins i tot preguntem
si estan a punt de tancar. Ens diuen que no i, de fet, comencem a sentir una
guitarra flamenca que prové de l’interior del local. Al cap d’una estona,
s’acaba la música i ens envaeix una colla de gent de pell molt blanca que parla
anglès. Alguns semblen unes gambes: han abusat del sol valencià. Fugint fugint,
hi hem caigut de ple.
De camí cap a
casa rebo un missatge d’Enric amb l’enllaç de la Casa della Stilografica. Hi
faig una ullada i, efectivament, és un perill…