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quarta-feira, 14 de outubro de 2026

Estados Unidos le garantiza impunidad a Israel

Organizaciones de derechos humanos con sede en Cisjordania llevan mucho tiempo documentando los crímenes de Israel, y es precisamente por eso que ahora son objeto de sanciones de Estados Unidos. El gobierno estadounidense intenta hacer imposible su trabajo para proteger a Israel del escrutinio.

Las sanciones de Estados Unidos contra organizaciones palestinas de derechos humanos y figuras como la relatora especial de la ONU Francesca Albanese están diseñadas para hacer imposible su trabajo. 

Escrito por L. Canciello

Traducción: Pedro Perucca

«Es la primera vez, como abogado, que estoy a punto de defenderme a mí mismo, y no a las personas para las que trabajo». Hablando en momentos en que el Consejo de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, en Ginebra, discutía sobre Palestina el pasado mes de marzo, Raji Sourani se quejó de los ataques a las tareas más básicas de quienes defienden los derechos humanos.

Sourani, director del Centro Palestino para los Derechos Humanos (PCHR, por sus siglas en inglés), hizo estos comentarios justo después de que la relatora especial de la ONU Francesca Albanese presentara su informe sobre la tortura sistemática contra los palestinos. Para Albanese, la tortura es «el símbolo de este genocidio»: devasta los cuerpos y la dignidad de las personas, mientras todo lo que hace posible la vida de los palestinos es destruido a su alrededor.

En una reunión realizada al margen de la sesión, Sourani, junto con Issam Younis, director ejecutivo del Centro Al Mezan para los Derechos Humanos [ONG con sede en el campamento de refugiados palestinos Jabalia, en Gaza], así como representantes de Al-Haq [ONG palestina independiente de derechos humanos con sede en Ramala, Cisjordania], describieron lo que significa seguir documentando estos crímenes mientras sus organizaciones están bajo sanciones estadounidenses. Sourani explicó que, aunque «el genocidio continúa mientras hablamos», él y sus colegas se ven obligados a plantear la cuestión de las cuentas congeladas y los salarios que ya no pueden pagar. «En lugar de hablar de genocidio y limpieza étnica, estamos aquí defendiéndonos, con nuestras pequeñas y tontas preocupaciones: ¿cómo puede nuestra organización sobrevivir y seguir defendiendo los derechos humanos?».

El PCHR, Al Mezan y Al-Haq trabajan con un propósito legal específico: recopilar testimonios, asistir a las víctimas y presentar pruebas ante la ONU y la CPI (Corte Penal Internacional). Así es como la violencia sufrida puede convertirse en testimonio verificado y, en última instancia, servir como prueba ante un juez. Pero en esto también reside la desconexión fundamental que recorre la reunión de la ONU. Mientras quienes cometen los crímenes todavía no enfrentan ninguna consecuencia, quienes los documentan deben sopesar las consecuencias de cada pago, cada viaje o cada colaboración en la que se involucran.

Un archivo bajo amenaza

En las oficinas de Al-Haq en Ramala, este trabajo toma la forma de un archivo construido a lo largo de una ocupación israelí que ya lleva décadas. Cuando intentamos llegar hasta allí desde Belén, en julio de 2025, quedamos atrapados en una larga fila en el puesto de control. Una hora antes de nuestra cita, todavía no sabíamos si llegaríamos. Cada viaje queda sujeto a la discreción de los soldados israelíes. «Llegaremos a Ramala, inshalá», dice nuestro guía.

Dentro de las oficinas, los investigadores han estado recopilando testimonios de toda la Cisjordania ocupada. Al-Haq mantiene datos sobre asesinatos y demoliciones, analiza fotografías y videos, y reconstruye ataques con el fin de refutar los relatos oficiales israelíes. También ha creado una unidad de arquitectura forense, que utiliza análisis espacial y herramientas arquitectónicas para investigar violaciones de derechos humanos.

«Una de las cosas que me motivan a despertarme cada mañana es que Israel parece tenerle miedo a nuestras investigaciones», dice Mariam (a quien se le ha dado un seudónimo), investigadora de Al-Haq. Ese miedo, explica, se traduce en presión sobre los financiadores y amenazas contra los bancos. «Intentan asustar a todos y cada uno de los donantes».

Cuando un archivo puede refutar la versión militar de los hechos y contribuir a procesos legales internacionales, se convierte en una amenaza política. Esta es la capacidad de recopilación de pruebas que las sanciones ahora tienen como blanco.

En realidad, el ataque contra Al-Haq no comenzó con las sanciones estadounidenses. En 2021, Israel ya había designado a esta organización y a otras cinco organizaciones palestinas como terroristas. Luego, en septiembre de 2025, Washington incluyó a Al-Haq, Al Mezan y PCHR en el programa de sanciones establecido mediante la Orden Ejecutiva 14203 contra la CPI. Los activos bajo jurisdicción estadounidense fueron congelados, mientras que se prohibió a personas y empresas de Estados Unidos proporcionarles fondos, bienes o servicios.

Programa de sanciones

Dado que la mayoría de las transacciones internacionales se realizan en dólares estadounidenses y a través de plataformas con sede en Estados Unidos, muchos bancos, donantes y socios de otros países cortaron sus vínculos, pese a no estar legalmente obligados a hacerlo. El informe Criminalising Accountability [Criminalizar la rendición de cuentas] se refiere a esto como un mecanismo de sobrecumplimiento. En menos de un mes, estas organizaciones perdieron entre el 20 y el 60 por ciento de sus ingresos y YouTube eliminó más de setecientos videos, incluidos testimonios de víctimas de tortura e imágenes de demoliciones.

Para Al-Haq, esto ha implicado que haya personal sin cobrar y colaboradores estadounidenses obligados a renunciar. Para Al Mezan, las sanciones se suman a la devastación en Gaza, y afectan tanto al personal desplazado como al destino de los investigadores, que deben documentar los hechos mientras intentan además proteger a sus familias, a lo que se suma que sus propias oficinas han sido alcanzadas. «No tenemos fondos, hemos tenido que recortar salarios, y esto tiene un impacto directo en nuestra capacidad para documentar los crímenes en Gaza», dice Younis.

Albanese también ha sido sancionada personalmente por su trabajo como relatora especial de la ONU. Sus activos han sido congelados y sus transacciones bloqueadas, y enfrenta restricciones para ingresar a los Estados Unidos. Cuando toma la palabra en Ginebra, su primer comentario se dirige a la institución que se suponía que debía protegerla. Al respecto planteó: «¿Por qué, la ONU esperó tanto tiempo antes de discutir las sanciones contra uno de sus propios relatores especiales, contra fiscales y jueces de la CPI, y contra organizaciones palestinas que cooperan con el sistema de justicia?»

Albanese dice que tiene «menos autonomía que [su] hija de trece años… solo por escribir informes para las Naciones Unidas» y que el sistema financiero la trata como a «una narcotraficante o una terrorista». ¿Qué tienen en común ella, las organizaciones palestinas y los funcionarios de la CPI? Están ahí «para buscar la rendición de cuentas, para hacer avanzar la justicia para las víctimas y los sobrevivientes».

«Los fiscales no pueden visitar el territorio palestino ocupado», explica Sourani. Dependen de organizaciones capaces de llegar hasta los testigos y de preservar la evidencia. «Cuando se ataca a la Oficina del Fiscal, a las organizaciones palestinas, a los jueces y a la relatora especial, el círculo se cierra. La intención es clara».

Alentados por la impunidad

La misma selectividad impregna a las instituciones internacionales. En el Consejo de Seguridad de la ONU, el poder de veto de los miembros permanentes hace que, con frecuencia, no haya consecuencias por las violaciones. En el Consejo de Derechos Humanos, las mismas dinámicas de poder determinan qué crisis derivarán en medidas concretas y cuáles, en cambio, quedarán reducidas a informes y resoluciones.

La CPI sigue abierta, pero está aislada de las personas que recopilan pruebas e investigan. «Estamos siendo testigos del desmantelamiento de la rendición de cuentas desde las bases», advierte Albanese.

Para Younis, volver al Palacio de las Naciones de la ONU tiene un significado personal. En 1993 llegó aquí como estudiante para contarles a los Estados miembros que los palestinos estaban siendo torturados. Más de tres décadas después, la tortura continúa, y su organización está siendo sancionada por su trabajo con la CPI: «Los gobiernos ya no niegan cometer crímenes», dice. Y añade: «Antes solían negarlo. Ahora están orgullosos de cometer crímenes de guerra y genocidio».

Las imágenes de los crímenes de Israel, las declaraciones oficiales y los numerosos testimonios de testigos presenciales no han logrado garantizar protección alguna. De hecho, esta impunidad se evidencia en la confianza con la que se exhiben los crímenes: quienes los cometen saben perfectamente bien que las imágenes circularán y que los demás Estados permanecerán de brazos cruzados.

En la reunión de Ginebra, un abogado palestino relató cómo los detenidos eran obligados a vivir durante meses dentro de un círculo dibujado en el piso, con las manos y los pies encadenados, y solo se les permitía salir de él para tomar duchas de un minuto. «He trabajado con prisioneros durante años. Nunca había visto algo así». Describió violaciones, violencia sexual y amputaciones realizadas sin anestesia.

«La tortura le hace al individuo lo que el genocidio le hace a un grupo», dice Albanese. Documentar estos actos no les devuelve a las víctimas lo que les fue arrebatado, pero preserva la posibilidad de que haya reconocimiento y de que se haga justicia.

La falta de acción internacional frente a los crímenes de Israel en Cisjordania tiene consecuencias adicionales en forma de demoliciones de viviendas, apropiación de tierras y aún más ataques por parte de los colonos.

Tomemos lo ocurrido el 28 de julio del año pasado en Umm al-Khair, cuando una topadora proveniente de un asentamiento israelí cercano entró en el pueblo y dañó propiedades palestinas. El maestro Awdah Hathaleen, activista y padre de tres hijos, filmó la escena. En los videos, el colono israelí Yinon Levi levanta su arma y dispara en su dirección. Awdah recibe un disparo mortal en el pecho.

Levi vive en el asentamiento cercano de Carmel. En 2024, ya había sido sancionado por Estados Unidos, la Unión Europea, el Reino Unido y Canadá por su papel en la violencia contra los palestinos. Sin embargo, la administración Trump revocó las sanciones estadounidenses. Tras el asesinato, Levi fue arrestado y luego liberado rápidamente; el cuerpo de Awdah, en cambio, fue retenido durante diez días, mientras se le imponían condiciones a la familia respecto del funeral. «¿Cómo se puede liberar al asesino y retener a la víctima?», pregunta un representante del Centro Jerusalén de Asistencia Legal y Derechos Humanos.

Para Haneen Hathaleen, sobrina de Awdah, lo que ha cambiado desde el 7 de octubre de 2023 es, sobre todo, la libertad con la que actúan los colonos israelíes. En años anteriores, dice, la violencia estaba al menos parcialmente contenida por el temor a una reacción internacional. Ahora eso parece haber desaparecido. «Después de todo lo que pasó en Gaza, nadie le ha pedido cuentas a Israel por nada», dice. «Así que, hagan lo que hagan aquí, ¿quién se atrevería a oponérseles?».

Las mujeres de Umm al-Khair dicen que, desde el 7 de octubre, los colonos vienen casi todas las noches. Entran en el pueblo, vandalizan propiedades e impiden que las familias duerman. «No es como antes», dicen. Dentro de la comunidad crece el temor de que el aumento de los ataques acelere el desplazamiento y la anexión de sus tierras. La impunidad de lo que ocurre en Gaza no está separada de Cisjordania, sino que refuerza la convicción de los colonos de que pueden actuar sin resistencia ni consecuencias.

Vías para la rendición de cuentas

En una entrevista en el Café Suisse del Palacio de las Naciones, en Ginebra, el embajador palestino Ibrahim Khraishi me habla de las limitaciones de las sanciones que apuntan únicamente a colonos individuales. Esas medidas, sostiene, no abordan el sistema político y militar dentro del cual la violencia de los colonos se vuelve posible y queda protegida. Pueden restringirse viajes o congelarse ciertos activos, pero no se detienen los ataques ni la expansión de los asentamientos sobre el terreno.

Las sanciones contra quienes documentan la violencia se están ampliando; las sanciones contra quienes la perpetran pueden ser revocadas o quedar sin efectos concretos. En Umm al-Khair, la impunidad significa que Awdah es asesinado, que su cuerpo es retenido y que los ataques contra su comunidad continúan.

En el Palacio de las Naciones, tras el informe sobre la tortura, algunas declaraciones desplazan el debate de la evidencia hacia la propia Albanese: Hamás, acusaciones de antisemitismo y el apego al código de conducta. Quienes documentan los crímenes deben, una vez más, defender su legitimidad.

«La diplomacia en tiempos de genocidio no es neutral», responde Albanese. Younis, por su parte, insiste en que los Estados miembros de la ONU necesitan actuar: «Dejen de mostrar solidaridad sin actuar. Es tiempo de actuar por la rendición de cuentas».

Las herramientas existen. Los Estados parte de la CPI pueden defender el trabajo de la Corte; los Países Bajos pueden salvaguardar sus operaciones; la UE puede contrarrestar los efectos de las sanciones; y la ONU puede defender a la relatora especial a la que le ha encomendado el mandato. Sin embargo, ninguno de estos actores ha ideado una respuesta capaz de proteger a estas personas e instituciones.

El gobierno estadounidense, mediante su control del dólar, trabaja para frustrar la rendición de cuentas. Pero la impunidad también es fomentada por Estados que reconocen los crímenes y luego se niegan a usar las herramientas de las que disponen para detenerlos. Muchos gobiernos de Estados miembros de la UE afirman rutinariamente defender el derecho internacional, y sin embargo mantienen relaciones militares, económicas y diplomáticas con Israel sin proteger a la CPI ni a las organizaciones palestinas.

Efecto contagio

Lo que ocurre en Palestina no quedará confinado a Palestina: la impunidad no solo blinda los crímenes ya cometidos, sino que también hace más probables los futuros. Cada vez que un Estado ve que otro desestima a los tribunales, viola las normas internacionales y persigue sus propios objetivos sin pagar ningún precio, el Estado de derecho pierde fuerza también en otros lugares. El mensaje que reciben los demás gobiernos es que las reglas pueden dejarse de lado siempre que se cuente con protección política, militar o económica. Así es como los crímenes excepcionales terminan por sentar un precedente.

Esta erosión ya resulta evidente en el creciente cuestionamiento a las instituciones internacionales. Chad ha iniciado el proceso de retiro del Estatuto de Roma, una decisión celebrada por Washington, que ha instado a otros Estados a seguir su ejemplo.

Según Sourani, sería un error pensar que todo esto concierne únicamente a Gaza o a los palestinos. Las sanciones están reemplazando al Estado de derecho por la «ley de la selva». «Lo que se pierda en Palestina se perderá en todas partes», advierte Albanese.

Mientras tanto, el genocidio continúa. Las organizaciones que se supone deben recopilar y preservar la evidencia de este son obstaculizadas, privadas de financiamiento y aisladas de las instituciones internacionales. E incluso mientras la destrucción continúa en Gaza, los ataques de los colonos y la presión sobre las comunidades palestinas también aumentan en Cisjordania. Sin embargo, mientras quienes cometen estos crímenes actúan con impunidad, quienes los documentan se ven obligados a defender su derecho a existir.

 

[Foto: Massimo Di Vita / Archivio Massimo Di Vita / Mondadori Portfolio via Getty Images - fuente: www.jacobinlat.com]

 

segunda-feira, 12 de outubro de 2026

El llarg camí dels joves migrats sols

El col·lectiu ha de fer front a moltes traves que dificulten la garantia dels drets humans

Els joves migrats sols viuen en la incertesa durant molts anys amb obstacles per poder regularitzar la seva situació, estudiar, treballar, accedir a la sanitat o a un habitatge.

Any rere any, milers de joves, a vegades encara adolescents o infants, decideixen marxar sols del seu país i buscar un futur millor a milers de quilòmetres de casa seva. Molts d’ells han arribat a Catalunya, on l’expectativa d’una vida digna xoca amb una realitat crua: un sistema —sota l’empara de la llei d’estrangeria— que sovint no els protegeix, i els posa traves per accedir als drets humans bàsics. Sense una xarxa familiar o referents adults que els sostinguin, aquests joves sovint fan front a situacions molt complexes que dificulten el seu procés d’acollida, pas imprescindible per encetar així el futur que han imaginat.  

Entre 2017 i 2020, més de 8.000 infants i joves van arribar sols a Catalunya. Les dades parlen per si soles: el 30,9% dels joves atesos pel Servei Municipal de Detecció i Intervenció de Barcelona es troben en situació de sensellarisme. Això repercuteix en altres drets, com l’educació i la salut, on un 56% no té targeta sanitària. També són significatives les dificultats per accedir a l’empadronament, un prerequisit d’accés als serveis públics.

A través de cinc joves del Sud Global que han arribat a Catalunya en els darrers anys, el projecte transmèdia del Social.cat ‘L’última frontera'. La lluita pels drets dels joves que migren sols’ analitza quina és la lluita diària a la qual han de fer front per gaudir dels drets més bàsics, com són el dret a migrar sense traves administratives, el dret a la salut, a l’habitatge, a l’educació i a la diversitat sexual i de gènere. Una lluita que compta, sortosament, amb el suport de moltes entitats catalanes que actuen com a puntal perquè els projectes d’aquests joves puguin tirar endavant.  

L’Abdoulie, la Chaimae, el Nasser, la Lissa i l’Abdou ens expliquen de quina manera desafien les adversitats que han hagut de superar, i encara superen, per viure amb la dignitat que tot ésser humà mereix. Tots ells estan travessant l’última frontera. El Social.cat us convida a travessar-la amb ell.

L’Abdoulie L. Marreh va deixar Gàmbia fa tres anys. Ara viu a Manlleu, Osona. Parla un català perfecte, fa voluntariat i està estudiant un graduat en educació secundària per a adults. Vol ser infermer.

Abdoulie, i el dret a migrar 

La primera frontera amb la qual topen els joves és literal. Una frontera física, que un cop travessada, muta en lleis i traves administratives molt complicades. Els joves que migren sols, si no reben l’emparament de l’Estat per ser menors d’edat, queden durant anys sense una situació legal que els permeti llibertat de moviment i de treball a l’Estat, el que dificulta enormement els seus projectes personals i vitals.  

Ho exemplifica bé l’Abdoulie L. Marreh, qui actualment està estudiant un graduat en educació secundària per a adults a Torelló, Osona. Vol ser infermer, per una vocació clara: ajudar les persones més vulnerables. Amb només 21 anys, aquest jove de Gàmbia té les coses clares. I va decidit a aconseguir-les. Tot i que no és gens fàcil per a l’Abdoulie. El seu procés migratori i posterior acollida ha passat per moments molt complicats, en els quals els seus drets han estat vulnerats.  

Només tenia 18 anys quan va arribar a Canàries després d’un viatge de vuit dies de travessia en pastera. Quan arriba a terres espanyoles, comença a ensumar una altra realitat que està allunyada de les seves expectatives: a Europa, ell és un jove migrant en una situació administravia irregular. “Pensava que en tres o quatre mesos aconseguiria els meus papers i podria treballar i estudiar”, explica l’Abdoulie, però la realitat és ben diferent: tres anys després el jove encara no té regularitzada la seva situació. 

Després de ser destinat a la Península, va passar de centre en centre sense poder decidir què volia fer, ni on, ni amb qui. Alguns dies dormir al ras va ser l’única alternativa. Finalment, el jove és traslladat a un centre per a joves migrats a Osona, on troba l’ajut d’alguns educadors socials que l’acompanyen a acomplir el seu somni: estudiar.

 

“Pensava que en tres o quatre mesos aconseguiria els meus papers i podria treballar i estudiar”, explica l’Abdoulie

 

Però com, quan la situació administrativa no es resol durant anys? “Cada cop van canviant les directrius i van afegint dificultats. I el que et funciona un dia amb uns joves, de cop i volta, reps una denegació per a un altre jove que has fet exactament el mateix procediment”, explica Gerald Llach, educador social i coordinador de Joves, un projecte d’inserció sociolaboral que es desenvolupa a Osona i que impulsa l’associació Tapís, i en el qual ha participat l’Abdoulie. L’arbitrarietat, les traves burocràtiques i les dificultats per aconseguir certs requisits per regularitzar la situació —estudis, feina, padró— són com un peix que es mossega la cua per a milers de joves.  

“Vivim amb molt estrès perquè el procés administratiu és molt difícil i lent”, certifica l’Abdoulie. La urgència de qui pateix la manca de drets per una qüestió administrativa s’imposa a la lentitud d’una administració que no dona una resposta àgil i diligent. Tot i això, l’Abdoulie estudia, fa voluntariat, aprèn la llengua i va teixint vincles estables, amb una xarxa de persones i entitats que li donen suport en la seva acollida: “Jo soc un noi migrant que ve de fora que tinc molta sort de conèixer gent catalana que em donen facilitats, necessites gent en el teu entorn amb qui poder compartir les teves necessitats per avançar una mica. Però hi ha moltes persones que pateixen la mateixa situació que jo que no tenen aquesta oportunitat”, admet.

La marroquina Chaimae Benlemchkraf ensenya català i castellà a dones migrades al centre cívic del barri de Bonavista, Tarragona, on viu des del 2021. L’esclerosi múltiple que li han detectat des que viu a Catalunya, no l’atura en el seu objectiu: ajudar els altres.

Chaimae, i el dret a la salut 

Per a la Chaimae Benlemchkraf, parlar de salut és parlar d’un procés d’aprenentatge constant. Procedent del Marroc, va arribar a Catalunya sense cap referent adult, l’any 2019, amb un visat d’estudiant i, enmig de l’adaptació a una nova llengua, una nova ciutat i una nova vida, va rebre un diagnòstic que ho canviaria tot: esclerosi múltiple. El camí fins a posar nom a la malaltia va ser llarg. “No t’ho diuen directament, has d’esperar molt”, recorda. 

Entre visites, proves i derivacions, va passar més d’un any abans de saber què li passava. Avui continua sotmesa a controls mèdics constants, tractaments periòdics i una agenda marcada per les visites a especialistes. Malgrat les dificultats, reivindica el valor dels professionals que l’han acompanyada: “Hi ha metges que et diuen què tens i ja està. Però també n’hi ha que t’ho expliquen tot, i això és molt important per a mi”. 

La seva experiència posa de manifest com la salut no depèn només de l’atenció mèdica. També està condicionada per l’habitatge, la mobilitat, les xarxes de suport o les barreres administratives. Durant dos anys va viure en una residència de joves menors d’edat tutelats per la Generalitat, situada al complex educatiu de la Laboral, als afores de Tarragona, un entorn que considera poc adequat per a una persona amb una malaltia crònica. “No és un entorn urbà. I si estàs malalta, no hi ha ningú que et pregunti res. És molt dur”, explica. Amb un 68% de discapacitat reconeguda, denuncia també les dificultats per accedir amb agilitat a l’atenció primària i la manca de recursos d’acompanyament per a moltes persone1s migrades que no dominen la llengua o desconeixen el funcionament del sistema sanitari. 

Des de Regularización Ya, l’activista Paula Rossi alerta que aquestes situacions no són casos aïllats. Tot i que el dret a la salut és universal, assegura que moltes persones migrades es troben amb una “carrera d’obstacles” burocràtica i administrativa per accedir-hi. L’empadronament, la tramitació de la targeta sanitària, les barreres idiomàtiques o els prejudicis continuen dificultant l’atenció efectiva. Segons Rossi, encara avui es produeixen cobraments il·legals en serveis d’urgències i moltes persones renuncien a anar al metge per por o desconeixement dels seus drets. 

 

“Jo estava lluitant per viure aquí. Al meu país d’origen no hi ha ni sistema de salut”, destaca la Chaimae

 

“Les persones en situació administrativa irregular viuen amb un temor constant i això fa que arribin tard als serveis sanitaris i amb la salut molt més deteriorada”, assenyala. Aquesta realitat és especialment perjudicial per a la salut mental dels joves migrats sols. Precisament, aquesta és una de les principals preocupacions de les entitats que treballen amb aquest col·lectiu. El mateix procés migratori, les experiències viscudes durant el trajecte, la incertesa administrativa o les dificultats per construir un projecte de vida propi poden tenir un impacte profund en el seu benestar emocional.  

La Chaimae coneix bé aquesta realitat perquè, a més de conviure amb la malaltia, acompanya habitualment altres dones migrades del seu barri a fer gestions o a anar al CAP. Quan alguna d’elles no entén l’idioma, sovint fa d'intèrpret improvisada. “Llavors sí que ens escolten una mica més”, diu. Per a ella, garantir el dret a la salut implica molt més que tenir accés a una consulta mèdica: vol dir trobar professionals que escoltin, sistemes que no excloguin i recursos que permetin viure amb dignitat. “Jo estava lluitant per viure aquí. Al meu país d’origen no hi ha ni sistema de salut”, recorda. Una frase que resumeix la distància entre el dret a la salut reconegut sobre el paper i les dificultats que encara afronten moltes persones per exercir-lo plenament.

El Nasser Boudrikech és un dels joves que han migrat sols a Catalunya que no ha tingut més alternatives que passar per situacions de carrer i moltes dificultats per aconseguir un sostre on viure.


Nasser, i el dret a l’habitatge 

Un dels drets més vulnerats actualment entre els joves que migren sols és l’accés a l’habitatge. Si per a joves amb xarxes familiars i situació administrativa regular ja és un repte, per als que migren sols accedir a una llar és un escull sovint infranquejable.  

Per això, les situacions de sensellarisme d’aquests joves són habituals. Segons dades del Servei Municipal de Detecció i Intervenció de Barcelona, un 30,9% dels joves atesos que atenen es troben al carrer.  

El Nasser Boudrikech és un dels joves que han migrat sols a Catalunya que no ha tingut més alternatives que passar per situacions de carrer i moltes dificultats per aconseguir un sostre on viure. El jove marroquí, després de viure en diferents províncies espanyoles, va arribar a Barcelona el 2021, amb la intenció de treballar per poder ajudar la seva família perquè les seves germanes poguessin estudiar al Marroc.  

Els sis primers mesos els va passar a una furgoneta abandonada a la Zona Franca. Ell, igualment, va esforçar-se per estudiar l’idioma, i al temps, va accedir a una plaça en un alberg per a persones en situació de carrer. Allà comença a estudiar, i arriba a ser el primer de la seva classe en un PFI d’Electricitat.  

Però trobar un pis on viure esdevé impossible, i per això truca a la porta de Migrastudium i la seva Xarxa d’Hospitalitat. Allà entra a viure en diferents recursos de l’entitat: pisos compartits, cases de famílies acollidores... Tot i que la seva situació legal es va resolent i troba una feina, triga anys en poder emancipar-se per si sol. I és que a banda de totes les dificultats —tenir feina, nòmines, documents— encara ha de lidiar amb un altre mur: el racisme immobiliari.  

 

“Truques per un pis i et pregunten per l’origen. L’endemà et diuen que ja està llogat”, denuncia el Nasser

 

“Truques per un pis i et pregunten per l’origen. I clar, directament, no et diuen que no, però sempre hi ha barreres i entens que no em deixaran aquest pis. Et diuen, et truco demà i demà et diuen que ja està llogat”, admet el noi. Una discriminació que el jove ha viscut “moltes vegades”, diu. “No només trucades, també missatges. Et pregunten pel teu nom, de quin país ets. A vegades et diuen, si ets d’aquest país o d’aquest altre, no”. 

Una realitat que no només afecta el Nasser, sinó a molts altres joves migrats sols. Ho corrobora Lucía Mendoza Palomar, responsable de la Xarxa d’Hospitalitat de Migrastudium. “Ens passa amb els joves que estan a la xarxa. En el moment de la sortida, quan ja tenen la situació administrativa regularitzada, feines estables, i un contracte de feina i ingressos que poden provar, quan es posen a buscar habitació o pis de lloguer, es troben amb moltíssimes negatives que comencen en dir el seu nom o quan els hi veuen la cara”, sosté Mendoza. 

Està d’acord David Vázquez, educador social i responsable del projecte Joves Migrants Sols de Càritas Diocesana de Barcelona. “La realitat és que si no tenen una bona xarxa, que normalment és d’amics de la mateixa comunitat o coneguts, costa molt trobar un pis. Fa dos anys que no veig que cap jove hagi aconseguit llogar un pis”, assegura l’educador. 

El Nasser fa set anys que va arribar a l’Estat espanyol. Fa pocs mesos, per primera vegada, ha trobat, a Vallirana, una casa que pot anomenar llar. “Per a mi era un somni viure en un lloc així, tranquil i amb muntanyes. Un lloc on puc fer moltes coses que m’agraden. Estic molt a gust a casa”.

Lissa Fuentes lluita pels drets de les persones LGTBIQ+. Tot i ser perseguida al seu país, Cuba, per ser una dona trans, l’Estat espanyol va denegar la seva sol·licitud d’asil després de quatre anys esperant la resolució.


Lissa, i el dret a la diversitat sexual i de gènere 

La Lissa Fuentes va marxar de Cuba amb 21 anys perquè, per la seva condició de dona trans, començava a ser perseguida per la policia. Després d’un periple d’anys a Moscou, ja que no podia entrar a Europa amb passaport cubà, aconsegueix arribar a Barcelona, ciutat que per ella era referent en polítiques LGBTIQ+.  

Tot i que el seu procés de transició va ser acompanyat des de Trànsit d’una forma molt respectuosa i satisfactòria, la noia va haver de lluitar per poder estar legal al país. Malgrat que va demanar asil a l’Estat espanyol per la persecució a la qual havia estat sotmesa al seu país, quatre anys després d’iniciar el procés li arriba una notificació en la qual li comuniquen la denegació de la sol·licitud.  

“Va ser un cop dur, ja que jo pensava que l’acceptarien. No m’ho esperava. La meva història era real, amb proves i evidències. Sempre dic que tinc aquesta espina clavada. Va ser un sotrac molt complicat, no li desitjo a ningú”, lamenta. Per sort, mentre esperava la resolució d’asil, la Lissa va teixir una bona xarxa: va formar-se, va apropar-se a moltes entitats socials que la van ajudar a defendre els seus drets i finalment, va aconseguir el permís de residència i treball per arrelament.  

 

“Va ser un cop dur, ja que jo pensava que l’acceptarien”, admet la Lissa, sobre la denegació de la seva sol·licitud d’asil

 

La Lissa actualment és tècnica de l’entitat ACATHI, referent en la lluita dels drets de les persones migrades LGTBIQ+, des d’on ajuda a qui, com ella, arriba a Barcelona buscant el dret a la diversitat sexual i de gènere negat a molts països. “Soc la primera que ells veuen quan entren per la porta. Jo també he estat en aquell costat, picant porta a porta. He anat a menjadors socials, he dormit en albergs, he rebut ajudes de menjar. No em fa pena dir-ho. I tracto d’encaminar a aquestes persones de la mateixa manera que em van encaminar a mi”, explica la Lissa.  

Segons Rodrigo Araneda, president d’ACATHI, les polítiques migratòries dels governs europeus són, en general, restrictives, la qual cosa genera una “desprotecció” de les persones que arriben sol·licitant asil. “Són aquestes persones les que haurien d’estar cobertes des del principi. Però moltes vegades tenen un període d’espera molt llarg, en el qual es generen vulnerabilitzacions i revictimitzacions. Moltes persones acaben en situació de carrer o altres situacions que compliquen la seva incorporació als programes d’acolliment”, resumeix. 

A més, Araneda posa el focus en què les persones LGTBIQ+ migrants pateixen circumstàncies que necessiten una atenció especial en termes de coneixement de les seves realitats, per garantir “un espai segur perquè realment puguin treballar amb tranquil·litat la sol·licitud d’asil”, una qüestió que moltes vegades no es té en compte. “La protecció d’aquestes persones queda a la sort que els treballadors que els atenen tinguin una perspectiva específica i això vol dir que no es té en compte estructuralment una atenció especialitzada sobre el col·lectiu LGTBIQ+”, critica.

Abdou Diallo va deixar Guinea per buscar millors oportunitats de futur. Ara viu a Ciutat Meridiana, ha estudiat múltiples cursos i espera que es regularitzi aviat la seva situació administrativa per buscar feina i poder treballar.


Abdou, i el dret a l’educació i el treball 

Per a l’Abdou Diallo, arribar a Barcelona complia dos objectius clars: poder estudiar per aconseguir un futur millor, la qual cosa no era possible al seu país, Guinea; i viure a la ciutat que sempre havia somniat, ell que és seguidor del Barça.  

Però per aconseguir-ho, l’Abdou, que només té 20 anys, ha passat moments de molta angoixa: quatre anys després de la seva arribada a l’Estat ha aconseguit un permís d’arrelament per formació, el que inclou un permís de residència però no de treball.  

Això el té lligat de peus i mans: ha fet cursos de formació de tota mena, però no són formals ni oficials, i a més, no pot treballar. Una situació que transita amb paciència, però que li esgota els ànims. “Estàs menjant i estudiant, però si no tens feina ni papers, no estaràs feliç”, diu l’Abdou, sobre la seva situació actual: viu en un pis de la Fundació Bayt al-Thaqafa a Ciutat Meridiana amb altres dos joves migrats sols. Està tranquil després d’anys d’entrar i sortir de diferents recursos, però el noi vol avançar: vol tenir autonomia econòmica, poder treballar, formar-se millor, i prosperar. 

Que l’Abdou encara no pugui accedir a un permís de treball té una causa legal que evidencia el maltractament i les traves que les administracions infereixen als joves migrats sols. L’Abdou, que va arribar amb 16 anys a les Illes Canàries en pastera després de 19 dies travessant l’oceà, va ser sotmès a la prova de determinació d’edat —més coneguda com la prova del canell— malgrat que el seu passaport indicava que era menor d’edat. Tot i que aquesta prova compta amb denúncies de moltes organitzacions per la seva falta de fiabilitat i de garanties jurídiques, Fiscalia va determinar que era major de 18 i, per tant, va quedar fora de la protecció i l’accés als drets que, com a menor d’edat li pertocaven.  

 

“Estàs menjant i estudiant, però si no tens feina ni papers, no estaràs feliç”, diu l’Abdou

 

L’Anna Coca, educadora social de la Fundació Bayt al-Thaqafa i referent de l’Abdou, sap que la frustració d’aquests joves es podria mitigar molt si les administracions facilitessin l’acollida i la inclusió dels joves: “La pregunta no és si volen estudiar o no, sinó si el nostre sistema realment els està donant les condicions mínimes perquè puguin fer-lo. Un jove d’aquí pot triar el seu futur, ells han de triar com sobreviure”, determina Coca. 

 

Acabar amb les fronteres i no defallir en l’intent 

Tots aquests joves exemplifiquen a la perfecció les dificultats que viuen els milers de persones que arriben sense referents adults a Catalunya. Són anys de manca de drets, de frustració, de neguits i, sovint, de malviure. Una realitat que, sense el suport i l’acompanyament de moltes entitats d’aquest país, encara seria molt més dura.  

Aquests joves, que passats uns anys estan aconseguint amb perseverança i molta resiliència teixir-se un futur millor, són ja part d’aquesta societat que sovint els ha estigmatitzat i els ha utilitzat com a boc expiatori del deteriorament del benestar social. “Quan veiem polítiques negacionistes o criminalitzadores el resultat és un còctel Molotov. I, en canvi, quan mirem a la persona com una oportunitat el resultat és un altre”, opina l’educador David Vázquez.  

Les oportunitats que brinden a la resta de la societat —joves amb valors, amb empenta, amb ganes de construir futurs millors en la seva terra d’acollida, Catalunya— i les que tots buscaven per a si mateixos —la Lissa per poder ser qui era; l’Abdoulie per poder estudiar; el Nasser per ajudar les seves germanes; l’Abdou per poder treballar i la Chaimae per no haver de sotmetre’s a una vida que no desitjava— són el reflex que l’acollida dels joves que han migrat sols pot ser exitosa.

Caldria, però, que administracions, que emparen les lleis d’estrangeria injustes, i aquells que alcen la veu contra aquests joves, canviïn la mirada i puguin enderrocar l’última frontera, la que ha fet que durant tants anys aquests joves hagin viscut sense garantia de drets. 

(Et convidem a conèixer millor el projecte transmèdia 'L’última frontera', així com ampliar les històries dels nostres testimonis: l’Abdoulie, la Chaimae, el Nasser, la Lissa i l’Abdou; també pots escoltar el pòdcast del projecte a Spotify i Ivoox)

 

 [Imatges: Tomàs González Carbó - font: www.racocatala.cat]

 





 

domingo, 11 de outubro de 2026

« Pourquoi faudrait-il du courage pour dire la vérité ? » : Navi Pillay, qui a dirigé le rapport de l’ONU sur le génocide à Gaza, remporte le prix Nobel de la paix

« Merci beaucoup », a déclaré la juriste internationale sur le ton de la plaisanterie. « Si vous applaudissez un peu plus fort, je partagerai peut-être ce prix avec Trump. »

La juge sud-africaine Navanethem « Navi » Pillay, présidente de la Commission internationale indépendante d’enquête sur le territoire palestinien occupé, y compris Jérusalem-Est, et Israël, fait un geste à l’issue d’une conférence de presse à Genève, le 16 septembre 2025. Le 16 septembre 2025, la Commission d’enquête a accusé Israël d’avoir commis un « génocide » à Gaza dans le but de « détruire les Palestiniens » qui y vivent, et a imputé la responsabilité de l’incitation à la haine au Premier ministre israélien et à d’autres hauts responsables.(Photo de Fabrice Coffrini / AFP via Getty Images)

Écrit par Jon Queally 

La réputation internationale du prix Nobel de la paix, qui a souffert ces dernières années dans les milieux progressistes et de défense des droits de l’homme, pourrait être en passe de s’améliorer après l’annonce vendredi de l’attribution du prix de cette année à Navi Pillay, une personnalité au « courage exceptionnel » qui, depuis des décennies, est à l’avant-garde des efforts visant à établir les responsabilités en matière d’apartheid, à poursuivre les crimes de guerre et à faire respecter le droit international. 

Dans son communiqué, le Comité Nobel norvégien a déclaré que Mme Pillay — qui, au cours de sa carrière, a été juge à la Haute Cour d’Afrique du Sud, son pays natal, puis au Tribunal pénal international pour le Rwanda et à la Cour pénale internationale (CPI) — « a joué un rôle déterminant pour garantir que les crimes de guerre, les crimes contre l’humanité et le génocide fassent l’objet de poursuites ». 

Mme Pillay a également occupé pendant six ans le poste de Haut-Commissaire des Nations Unies aux droits de l’homme, de 2008 à 2014, et a plus récemment présidé la Commission d’enquête internationale indépendante des Nations Unies sur le territoire palestinien occupé, qui a publié en 2025 un rapport concluant que le gouvernement israélien avait commis un génocide à Gaza.

« La dernière chose que j’ai faite, c’est le rapport sur Gaza qualifiant ce qui s’y passe de génocide », a déclaré Mme Pillay vendredi. « L’une des principales réactions à ce rapport consiste à me rendre hommage pour mon “courage”. Et vous pouvez imaginer notre surprise : pourquoi faudrait-il du courage pour dire la vérité ? » 

« Est-ce vrai ? », a demandé Mme Pillay lorsqu’elle a été informée pour la première fois de cette distinction, alors qu’elle se trouvait, comme il se doit, au tribunal de Nuremberg où les nazis ont été jugés pour leurs atrocités commises au siècle dernier. 

Dans un moment de légèreté, entourée de collègues applaudissant son exploit, Mme Pillay a déclaré : « Merci beaucoup. Si vous applaudissez un peu plus fort, je partagerai peut-être ce prix avec [le président américain Donald] Trump. » 

Trump, lui-même accusé de crimes de guerre, a déclaré de manière notoire qu’il méritait le prix Nobel de la paix malgré son bilan marqué par des violations du droit international, des enlèvements ou des assassinats de chefs d’État étrangers, le déclenchement de guerres d’agression et la conduite d’une campagne illégale d’attaques meurtrières dans l’océan Pacifique et les Caraïbes, que les experts en droits de l’homme ont dénoncée comme une « série de meurtres ». 

Volker Türk, l’actuel Haut-Commissaire des Nations unies aux droits de l’homme, a déclaré que l’attribution de ce prix à Mme Pillay représentait « un moment de fierté pour le mouvement mondial des droits de l’homme », et que le qualifier de « bien mérité » serait « un euphémisme ». 

« À une époque où les droits de l’homme sont attaqués sur tant de fronts, y compris par ceux qui exercent un pouvoir considérable, ce prix revêt une signification particulièrement forte », a poursuivi M. Türk. « C’est un prix décerné à tous ceux qui, partout dans le monde, consacrent leur vie à la défense des droits de l’homme, au péril de leur propre sécurité. » 

Agnès Callamard, secrétaire générale d’Amnesty International, a qualifié la sélection de Mme Pillay de « moment extraordinaire » pour les droits de l’homme. 

« Nous sommes au Tribunal de Nuremberg ; je ne peux imaginer de symbole plus fort pour son prix Nobel », a déclaré Mme Callamard. « Nous sommes tous tellement ravis ! »

Un moment extraordinaire. Navi Pillay a reçu le prix Nobel de la paix ! https://t.co/HL3r1PJzLOWe Nous sommes au Tribunal de Nuremberg ; je ne peux imaginer de symbole plus fort pour son prix Nobel. Nous sommes tous tellement ravis ! Voici ses premières réactions en apprenant la nouvelle : https://t.co/Crbj6XdiyQ

— Agnes Callamard (@AgnesCallamard) 9 octobre 2026

 

« À une époque marquée par des défis existentiels — notamment un nombre de guerres et de conflits que le monde n’avait pas connu depuis longtemps —, le droit international n’est plus seulement un complément à la paix et à la sécurité. C’est une nécessité absolue », a déclaré le Comité Nobel dans son communiqué.

Avertissant que « le système du droit international subit une pression considérable et que ses institutions sont attaquées », le comité a déclaré qu’« un glissement vers la politique de puissance au détriment des cadres juridiques et du respect mondial du droit et de la justice » menaçait la paix et la stabilité dans le monde entier, une référence voilée mais claire à l’antagonisme dont a fait preuve le gouvernement américain sous Trump à l’égard de la CPI, des Nations unies et d’autres institutions et cadres juridiques.

« Chaque fois que la force l’emporte sur le droit, cela sape la stabilité, la confiance et la coexistence pacifique », indique le communiqué. Et il poursuit :

L’histoire a montré qu’un monde fonctionnant sans État de droit est injuste, imprudent et inhumain. Les juges – ceux qui veillent sur la mince ligne rouge entre l’ordre et le chaos – méritent donc amplement nos éloges. Mais aujourd’hui, alors que ces mêmes juges font l’objet de sanctions et que leurs institutions sont attaquées, nous avons besoin de personnes dotées de courage, de vision et de détermination – des qualités dont Navi Pillay fait preuve dans son travail de juge.

 

Navi Pillay, conclut-il, « est l’une des grandes défenseuses des principes juridiques internationaux de notre époque. Sa brillante carrière nous rappelle la nécessité de soutenir, de renforcer et d’étendre l’État de droit à l’échelle mondiale. L’engagement de Navi Pillay en faveur de la justice et de la dignité humaine est une source d’espoir et d’inspiration pour tous ceux qui cherchent à instaurer un monde plus pacifique. » 

Comme l’a souligné M. Türk dans son allocution, la reconnaissance par le comité Nobel du travail et de l’héritage de Mme Pillay est « une réaffirmation du fait que les droits de l’homme, l’État de droit, la justice et la responsabilité sont fondamentaux pour tout : la paix, la sécurité et la prospérité. »

 

 

Jon Queally, rédacteur en chef Jon Queally, est rédacteur en chef de Common Dreams

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