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domingo, 12 de julho de 2026

«Os Mergulhadores do Deserto»: elogio da viagem e do conhecimento

A obra escrita do sueco Sven Lindqvist constitui um precioso legado para conhecermos a pesada herança do colonialismo europeu. 

                                                                          Sven Lindqvist (1932-2019) 

Escrito por João Lopes

Disponível no seu site oficial, a fotografia de Sven Lindqvist (1932-2019), com um ligeiro toque de sépia, poderá ser a de um jovem professor, com os livros desfocados em fundo e o cachimbo como discreto adereço de uma autoridade paciente. O cabelo curto, em ligeiro desarranjo juvenil, e também a barba que não apaga o contorno do rosto, sugerem a pose de um pensador pronto para a aventura – o olhar tem a contenção, mas também a firmeza, de um observador realista que não receia as derivações romanescas. Digamos que são esses contrastes que, agora, podemos conhecer ou redescobrir através da edição de Os Mergulhadores do Deserto (ed. Antígona, traduzido do sueco por Ana Diniz).

Tão belo quanto inclassificável, eis um livro que não podemos encerrar na mensagem política – “A história do imperialismo é um poço cheio de cadáveres” – que vai pontuando a sua digressão através de vários cenários africanos. Não que tal mensagem seja superficial, ainda menos secundária. O certo é que seria uma traição literária tratar Os Mergulhadores do Deserto como o relato de um viajante que partiu à procura de confirmações do seu sistema ideológico.

Estava-se em 1990. O autor cumprira já um trajecto de investigador e historiador que, depois de uma breve experiência como adido cultural da embaixada da Suécia em Pequim, levara-o a criar o movimento “Dig where you stand” (título do livro que publicou em 1978), empenhado no estudo da história como um labor que deve cruzar a investigação e o ensino: conhecer as nossas raízes históricas pode ser o primeiro passo para dialogar, de forma criativa, com a história de outros lugares e outras gentes – Uma História dos Bombardeamentos, original de 1999 (também editado pela Antígona) é mais um exemplo do mesmo processo.

A abrir Os Mergulhares do Deserto há uma citação de Maupassant (a par de outra de Marco Aurélio) que nos esclarece sobre a postura do escritor viajante: “A viagem é uma espécie de porta por onde saímos da realidade como que para penetrar numa realidade inexplorada que se assemelha a um sonho.” O título do livro virá de uma frase de Michel Vieuchange (1904-1930), explorador francês tido como o primeiro europeu a visitar as ruínas da cidade de Smara, no deserto do Saara: “Como um mergulhador em busca de pérolas, tenho de voltar imediatamente.” Para o escritor de Os Mergulhadores do Deserto, voltar envolve não apenas o reencontro com a (nossa) história europeia, a sua idealização tecida de violência e cadáveres, mas também a releitura daqueles que escreveram a partir das aventuras de que Lindqvist é o herdeiro magoado e romântico: “(...) sou atingido por uma vaga de felicidade gerada em todo o meu corpo: esta é a minha paisagem! Era aqui que eu desejava vir!”

História e sonho

Para encerrar a sua evocação de Vieuchange, Lindqvist escreve mesmo um epitáfio de perturbante contundência: “Causa imediata de morte: disenteria. Causa de morte: romantismo.” Depois dele, e da referência primordial de Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944), Lindqvist viaja por novos lugares que, por assim dizer, integram as marcas daqueles que por lá passaram e sobre eles escreveram. O deserto é mesmo esse território em que tudo parece poder coincidir com o seu contrário. Daí a citação do pintor Eugène Fromentin (1820-1876): “Quanto mais luz o deserto recebe, mais escuro parece ficar.”

Seguem-se memórias cruzadas de Pierre Loti (1850-1923), André Gide (1869-1951) ou Isabelle Eberhardt (1877-1904), deparando com a herança das atrocidades do colonialismo, a par da afirmação de uma “civilização” que se sonha como expressão de uma pureza sem contradições. Lindqvist condensa tal fantasmagoria numa fórmula friamente poética: “Sim, a realidade das colónias funcionava como a do sonho.” 


 

[Fonte: www.dn.pt]

sábado, 21 de março de 2026

El hotel en el corazón de París que te hace sentir un personaje

La primera noticia que tuve de este hotel de París no fue una dirección, sino una historia. Me la contó Joana Bonet, que un día me habló de un hotel en el corazón de Saint-Germain-des-Prés donde Miles Davis y Juliette Gréco habían vivido una de esas historias de amor que parecen inventadas por el jazz y que suelen requerir de noches largas, humo y música. En una época dominada por hoteles idénticos en todas las ciudades del mundo, sigue siendo un lugar irrepetible, símbolo de resistencia. Un hotel que resiste a la uniformidad, a la especulación inmobiliaria y a la amnesia cultural. Resistencia económica también; una habitación individual puede salir por 80 euros. Albert Camus, Arthur Rimbaud, Duke Ellington, Jim Morrison, Keith Haring o Quentin Tarantino se alojaron en sus habitaciones. Entramos en el hotel La Louisiane, que está a punto de cumplir 200 años. 

Entrada del hotel La Louisiane en París; discreta y sin ostentaciones, norma de la casa. Foto: Mario Ghabali

Escrito por Use Lahoz

Busqué la dirección por simple curiosidad y descubrí algo que debería avergonzarme un poco: el hotel estaba a dos calles de la universidad donde trabajo desde hace 15 años. Durante todo ese tiempo había pasado cerca sin saberlo, como si algunas historias esperaran a ser descubiertas solo cuando uno está preparado para escucharlas.

La segunda noticia me llegó en forma de literatura. Era una columna de Manuel Vicent publicada en El País que empezaba así:

“En la rue de Seine, casi esquina al bulevar Saint-Germain, estaba el hotel La Louisiane. Sabía que allí solían hospedarse músicos del jazz: Miles Davis, John Coltrane, Charlie Parker; también allí habían vivido varios años Sartre y Simone de Beauvoir en una habitación con cocina y allí Albert Camus se veía con su amante Juliette Gréco, una de las huéspedes estables. Era un hotel costroso, viejo y lleno de glamour, en cuyo ascensor diminuto podías cruzarte con profesores alemanes y modelos de alta costura norteamericanas”.

La columna terminaba evocando la melancolía de los días en que el autor aún creía “que la libertad y la vida solo estaban en los libros y que no había nada en el mundo como ser joven en París”.

Después de leer aquello no quedaba más remedio que ir.

Pedí cita y, el primer día que entré en La Louisiane, hace algo más de un año, ocurrió una de esas casualidades que parecen preparadas por la ciudad. Mientras hablaba con Charlotte Saliou en el vestíbulo, se abrió la puerta y entró Frédéric Beigbeder. Para sorpresa de Charlotte, se acercó, me dio un abrazo a mí y otro a ella, como si diera por hecho que ella y yo debíamos de conocernos. Ella preguntó de qué nos conocíamos y le dije que ya le contaría la historia otro día.

El hotel está a punto de cumplir 200 años. En el mapa de París es una anomalía: un pequeño territorio que parece sobrevivir al tiempo y a las reformas urbanísticas. No es exactamente un hotel, al menos no en el sentido moderno del término. Es más bien un refugio para espíritus errantes, una casa para viajeros que todavía creen en la conversación, y una cápsula de memoria donde siguen resonando las discusiones filosóficas, las improvisaciones de jazz y las noches interminables de varias generaciones de artistas.

Beigbeder lo explicaba en el prólogo del libro Le Refuge des étoiles, escrito por Charlotte Saliou, que durante años fue recepcionista del hotel y hoy, casada con Xavier Blanchot, miembro de la familia propietaria, se encarga de su comunicación. Decía Frederic que desde que en 2017 se instaló en Géthary, La Louisiane se ha convertido en su domicilio parisino. Aquí halla algo parecido a una familia improvisada: poetas insomnes, artistas que todavía creen en la bohemia, conversaciones que se prolongan hasta la madrugada y esa sensación rara de que el tiempo puede suspenderse durante unas horas.

A esa cartografía sentimental del hotel se suma también el libro Hotel Louisiane, de Julie Duchatel, otra exploración de este edificio que, más que un establecimiento hotelero, parece un organismo vivo.

Porque La Louisiane es, en muchos sentidos, un hotel de resistencia.

Resistencia arquitectónica, en primer lugar. El edificio parece obedecer a una lógica propia. Las habitaciones se numeran de manera caprichosa —la 81 está en el cuarto piso, aunque por encima haya todavía más plantas— y los pasillos, cubiertos de alfombras gastadas, tienen algo de laberinto doméstico. Uno baja las escaleras con la ligera sospecha de que el edificio entero se mantiene en pie gracias a la memoria de quienes lo han habitado.

Resistencia cultural, también. El nombre del hotel no es casual. Desde el siglo XIX evocaba la conexión con Louisiana, el territorio norteamericano donde el jazz encontró una de sus cunas más fértiles. Cuando aquella música cruzó el Atlántico y llegó a París, La Louisiane se convirtió en uno de sus refugios naturales. Desde entonces el hotel funciona como un pequeño puerto cultural donde atracan músicos, escritores, pintores y cineastas.

Y, finalmente, resistencia económica. En el sexto distrito de París, probablemente el más caro de Francia, una habitación individual puede costar 80 euros. No hay televisores, ni lujo, ni voluntad de competir con las grandes cadenas hoteleras. Lo que ofrece La Louisiane es algo más difícil de encontrar: una cama, un escritorio, un silencio relativo y la sensación de estar dentro de una historia.

Volví al hotel el mes pasado y me senté con Xavier Blanchot, representante de la cuarta generación de la familia que lo gestiona desde 1926. Abrimos una botella de vino blanco y dejamos sonar jazz mientras me hablaba de los huéspedes que habían pasado por allí.

— McQueen vino con James Coburn. Eran muy amigos. Picasso vino durante la Segunda Guerra Mundial para ensayar aquí una obra de teatro que montaba con Cocteau…

Luego habló de la otra resistencia, la más literal.

—Los bomberos, la policía, el ayuntamiento… me han pedido mil veces destruir el edificio. Dicen que estos pasillos no cumplen las normas modernas. Quieren que venga un fondo de inversión, lo tire todo y construya un cinco estrellas con pasillos de dos metros. Pero no. La ley no puede ser retroactiva. La Louisiane es más antigua que las leyes.

En el fondo, todo el hotel funciona según esa lógica. Aquí todavía se trabaja à l’ancienne. Les costó, por ejemplo, entrar en Booking.

Retratos de algunos de los clientes ilustres en el hall del hotel. Foto: Mario Ghabali 

—Las plataformas venden noches. Tú entras, aprietas una tecla y pagas, pero no conoces a nadie. Al hotel le das igual. Aquí es al revés: cada cliente es una historia. Hablamos, preguntamos, leen la historia del lugar. Entienden por qué estamos medio escondidos, sin grandes luces de neón. Hacemos un poco la guerrilla. Hay huéspedes que llevan 50 años regresando.

Por estos pasillos han transitado Albert Camus, Arthur Rimbaud, Duke Ellington, Jim Morrison, Keith Haring o Quentin Tarantino. Y cuando París era la capital europea del jazz, músicos como Miles Davis, John Coltrane o Charlie Parker encontraban aquí un refugio natural.

En sus habitaciones se discutía de filosofía, se escribían poemas, se improvisaban conciertos y se vivían amores que el tiempo terminaría transformando en leyenda. Una de las habitaciones más célebres es la número 10, donde vivió Juliette Gréco, musa del existencialismo. Antes había dormido allí Jean-Paul Sartre, y después la habitación se convirtió en un pequeño epicentro de la vida intelectual parisina.

Gréco llegó tras la Liberación, cuando París intentaba reconstruirse. Vestía con frecuencia trajes masculinos, cantaba con una voz grave y parecía encarnar la rebeldía de una ciudad que volvía a respirar.

Fue Sartre quien la animó a cantar escribiéndole La rue des Blancs-Manteaux, mientras Raymond Queneau le ofrecía Si tu t’imagines. Ambas canciones acabarían sonando en la mítica sala Le Bœuf sur le Toit.

En sus memorias, Je suis faite comme ça, Gréco recordó los casi dos años que pasó en esa habitación. Allí vivió su intensa historia de amor con Miles Davis. Se conocieron en 1949 y el vínculo entre ambos se prolongó durante años. Davis diría más tarde que nunca se casaron porque la amaba demasiado: temía que su condición de hombre negro en la América segregada pudiera perjudicarla.

“En París viví con la ilusión de la posibilidad”, recordaría él.

Ella lo evocó con otra frase:

“Vi un hombre de perfil, vi un dios. Entendí lo que llaman belleza, lo que llaman genio”.

En el vestíbulo, entre fotografías de Sartre, Simone de Beauvoir o Albert Cossery, todavía se percibe esa mezcla de intimidad y leyenda. Cossery, el escritor egipcio apodado el dandi del Nilo, vivió tantos años en el hotel que terminó muriendo en su habitación, la 77. Decía que escribía dos frases al día y publicaba un libro cada diez años. Nadie en La Louisiane parecía tener prisa por contradecirlo.

El edificio conserva ese glamour gastado que solo poseen los lugares donde la historia se ha sedimentado lentamente. En la habitación 36, por ejemplo, se rodaron escenas de More (1969), de Barbet Schroeder, cuya banda sonora compuso Pink Floyd. La cama sigue siendo fucsia, como si el rodaje hubiese terminado ayer. Rogers Waters, David Gilmur, Frank Zappa, Dexter Gordon o Saint Exupéry también pasaron por aquí. 

Fachada de La Louisiane, en los años 40

En una época dominada por hoteles idénticos en todas las ciudades del mundo, La Louisiane sigue siendo un lugar irrepetible. Un hotel que resiste a la uniformidad, a la especulación inmobiliaria y a la amnesia cultural.

A veces, de madrugada, algunos turistas japoneses bajan a la recepción inquietos. Dicen que han oído ruidos en los pasillos y preguntan si el hotel está encantado. La respuesta nunca es demasiado clara. Pero cualquiera que haya pasado una noche allí lo sospecha: los fantasmas existen. Son los fantasmas del jazz, de la literatura, del deseo, de las conversaciones interminables y de todas las vidas que alguna vez encontraron refugio entre esas paredes, fantasmas que no descansan en paz

[Fuente: www.elasombrario.publico.es]

sexta-feira, 9 de janeiro de 2026

Quels auteurs entrent dans le domaine public en France en 2026 ?

Les œuvres des auteurs décédés en 1955 deviennent libres de droits d’auteur en France à partir du 1er janvier 2026, selon la règle générale des 70 ans post-mortem. 

Écrit par Elizabeth Sutton

Il est important de noter que ce principe général des 70 ans peut s’allonger pour des cas spécifiques, notamment pour les auteurs ayant la mention “Mort pour la France”. Ils bénéficient d’une prorogation supplémentaire de 30 ans. Toutefois, les auteurs cités ci-dessous ne sont pas concernés par cette exception.

Quels auteurs entrent dans le domaine public en 2026 ?

En 2026, 4 hommes et une femme auteurs de livres entrent dans le domaine public.
Paul Claudel (1868-1955) : poète, dramaturge, essayiste et diplomate français. Ses œuvres majeures, comme L’annonce faite à Marie ou Le soulier de satin, pourront être librement rééditées.

Thomas Mann (1875-1955) : écrivain allemand, lauréat du prix Nobel de littérature, auteur de La montagne magique et Mort à Venise.

José Ortega y Gasset (1883-1955) : philosophe et essayiste espagnol, célèbre pour La révolte des masses.

Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) : prêtre jésuite, théologien, philosophe et paléontologue français. Ses essais, dont Le phénomène humain, deviennent libres de droits.

Léon Werth (1878-1955) : écrivain, critique d’art et journaliste français, ami proche d’Antoine de Saint-Exupéry (à qui il dédia Le petit prince).

Adrienne Monnier (1892-1955) : libraire et éditrice française, fondatrice de la célèbre librairie La Maison des Amis des Livres.

Et dans les Arts ?

Dans le domaine des arts voici les deux monstres de la peinture qui aussi entrent dans le domaine public.
Fernand Léger (1881-1955) : peintre français majeur du mouvement cubiste (concerne ses écrits et dessins non publiés).

Maurice Utrillo (1883-1955) : peintre français connu pour ses vues de Montmartre.


[Source : www.idboox.com]








segunda-feira, 22 de abril de 2024

Es pareguda una nòva version del «Pichon prince» en lemosin de Charanta

Es un dels libres mai traduches del Mond e dels que tenon mai de versions en divèrsas variantas de la lenga occitana

L’òbra es traducha per Marguerite Desnoël-Savy amb lo sosten de Jean-Louis Quériaud, un ancian professor de letras de Confolens que faguet un doctorat sus la literatura orala occitana de Charanta.


Lo pichon prince d’Antoine de Saint-Exupéry es un dels libres mai coneguts e traduches del Mond. E mai es un dels que tenon mai de versions en divèrsas variantas de la lenga occitana. Fa quatre ans ne pareguèt una version en un parlar del creissent, lo de Furçac, al País de la Sostrana. Ara ne ven de paréisser en occitan lemosin de Confolentés segon lo parlar de l’Esterp, çò rapòrta Charente Libre. Entitolat Lë pitit prince, l’òbra es traducha per Marguerite Desnoël-Savy amb lo sosten de Jean-Louis Quériaud, un ancian professor de letras de Confolens que faguet un doctorat sus la literatura orala occitana de Charanta.

Aquela nòva traduccion del Pichon prince s’apond, doncas, a la tièra de traduccions occitanas que son:

  • en gascon, Lo prinçòt, revirat per Pèire Morà (Princi Negre, 1995),

  • en gascon aranés, Eth petit prince, revirat per Verònica Barés (Entuarea, 2005),

  • en lemosin, Lo prinçonet, revirat per Paul Rainal (Tintenfass, 2011),

  • en lengadocian, Lo princilhon, revirat per Jòrdi Blanc (Vent Terral, 1994),

  • en provençal rodanenc e grafia mistralenca, Lou pichot prince, revirat per Andrieu Ariés (Edisud, 1995),

  • en provençal rodanenc e en grafia mistralenca, Lou princihoun, revirat per Peireto Berengier (Tintenfass, 2011),

  • en niçard e en grafia mistralenca, Lou pichin prince, revirat per Albèrt Rosso (Princi Negre, 2002 e 2007),

  • en vivaroalpenc, en una grafia locala, Ël pchi prinsë, revirat per Giovanna Jayme (Wesak Edicions, 2001).

  • en parlar del Creissent, Le pitit prince, traduch per Marie-Rose Guérin-Martinet (Verlag-Tintenfaß, 2020).

Lo manuscrit original del libre, en francés, Le petit prince, se tròba a Nòva York dins los archius del Morgan Library and Museum. Es dins aquela vila que Saint-Exupéry escriguèt e publiquèt pel primièr còp lo libre. La primièra edicion en França es de 1946, quand l’autor èra ja mòrt. L’escrivan e pilòt desapareguèt en vòl lo 31 de julhet de 1944 près de Marselha. 

 


DE SAINT EXUPÉRY, Antoine. Lë pitit prince (traduch en occitan lemosin de Charenta per Marguerite Desnoël-Savy) Verlag-Tintenfaß, 2024. 96 paginas. 22 èuros.




[Imatge: F.B. via Charente Libre - sorsa: www.jornalet.com]

terça-feira, 9 de janeiro de 2024

Non só Mickey Mouse: pasan a dominio público as obras de Basilio Álvarez, Federico Maciñeira ou Lisardo Barreiro

Nos últimos días falouse moito do paso a dominio público de Mickey Mouse, creado en 1928 por Walt Disney e que a partir do 1 de xaneiro pode ser empregado por calquera persoa para novas interpretacións e obras sen ter que pagarlle dereitos de autor a Disney.

                                O BNE publica todos os anos a relación de autores e autoras cuxas obras pasan ao dominio público, ao facer máis de 80 anos do seu pasamento.

Iso si, esta utilización limítase aos Estados Unidos (en Europa a lexislación sobre dereitos de autor é diferente) e só se poderá representar a primeira versión do rato animado (un chisco diferente á que posteriormente se popularizou) e unicamente en branco e negro.

En calquera caso, o feito constitúe un fito, despois de varias décadas nas que Disney batallou por adiar este momento, mesmo exercendo un labor de lobbying -xuntou con outras empresas- para modificar a normativa estadounidense na materia, adiando o paso de obras ao dominio público. Esta normativa garante o mantemento dos dereitos de autor durante os 95 anos seguintes á creación dunha obra (polo tanto neste ano a fronteira pasa a estar no ano 1928) ou nos 70 anos posteriores á morte do autor ou autora.

                              Basilio Álvarez, Federico Maciñeira e Lisardo Barreiro. CC-BY-SA

En cambio, en España só se ten en conta o momento da defunción do autor e autora, garantindo o mantemento dos dereitos ata 80 anos despois, contados dende el 1 de xaneiro do ano seguinte. Como Walt Disney faleceu en 1966, Mickey só pasará ao dominio público no ano 2047.

As que si pasan ao dominio público son as obras dos autores e autoras falecidas ao longo do ano 1943, entre eles varios galegos e galegas, nunha relación que hai uns días publicou na súa web a Biblioteca Nacional, que anunciou ademais a dixitalización para a súa consulta libre de máis de mil obras destes creadores e creadoras.

Entre eles, figuran o cura agrarista Basilio Álvarez, o historiador Federico Maciñeira, o xornalista Lisardo Rodríguez Barreiro, o escritor Lois Tobío Campos (pai de Lois Tobío Fernández), o relixioso César Abellás (e membro non numerario da RAG), o militar Valeriano Villanueva, o sindicalista Manuel Nores Sotelo e a pintora e Jesusa Alfáu.

Destacan especialmente os traballos xornalísticos de Basilio Álvarez, autor ademais de media ducia de ensaios, ao igual que os traballos historiográficos de Federico Maciñeira, centrados especialmente na arqueoloxía e na historia do Ortegal. Así mesmo, Lois Tobío deixounos varios poemarios, Lisardo Barreiro escribiu traballos xornalísticos e algúns libros de poemas e César Abellás un gran número de publicacións de tipo relixioso e sobre historia.

Outros autores españois destacados que tamén pasan agora ao dominio público son Carlos Arniches, Alfonso Nadal, Rodríguez Marín, Antonio Zozaya, Ricardo León ou Joaquim Casas-Carbó. E, igualmente, mulleres pioneiras como Eulalia Abaitua Allende-Salazar, Carme Karr ou María Gay.

Como curiosidade, cómpre salientar que o 1 de xaneiro de 2025 pasarán ao dominio público -por falecer en 1944- as obras de Antoine de Saint-Exupéry ou Filippo Tommaso Marinetti. E, así mesmo, dos galegos Ramón Tojo Pérez.

 

[Imaxes: BNE - fonte: www.praza.gal]

quinta-feira, 20 de abril de 2023

La librería más bonita del mundo abre una parada en Barcelona por Sant Jordi

 

La famosa librería Lello. de Oporto, sale por primera vez de Portugal para instalarse en Barcelona por la fiesta del libro.

Escrito por  DAVID LEÓN HIMELFARB

Quizás no conoces el nombre, pero seguro que has visto alguna vez sus míticas escaleras caracoleadas de madera, que nos hacen pensar en una película de Harry Potter. La Livraria Lello, la preciosa librería de Oporto, una de las más bonitas que hay (y, sin duda, una de las más famosas), saldrá por primera vez de Portugal este Sant Jordi, y lo hará para instalarse en Barcelona.

Fuente: Shutterstock

Lo hará, concretamente, en la Plaça Reial, donde la mítica librería instalará una parada donde mostrar su oferta pero, también, celebrar los ochenta años de uno de los grandes clásicos de la literatura universal: El Principito. Las dos primeras ediciones de la obra, de 1943, son de la Livraria Lello, y el domingo estarán expuestas en la parada de Plaça Reial.

Además, la librería también venderá una edición especial «Ochenta años del principito», en colaboración con la Fundación Saint-Exupéry, que será publicada el mismo día de Sant Jordi, y dos ediciones de bolsillo en las que la librería ha participado como editorial

 

[Fuente: www.barcelonasecreta.com]

sexta-feira, 7 de abril de 2023

A «xeografía do corazón» de «O principiño» cumpre oitenta anos

 

O gran clásico de Saint-Exupéry vende cinco millóns de exemplares cada ano e foi traducido a 500 linguas; en galego pode lerse desde 1972, cando Carlos Casares publicou a súa versión

 

Éo segundo libro máis vendido tras a Biblia. O 6 de abril de 1943 a editorial neoiorquina Reynal & Hitchcock publicou O principiño, o gran clásico do aventureiro e aviador francés Antoine de Saint-Exupéry (1900-1944) en inglés e, apenas dúas semanas máis tarde, en francés. Foi o inicio dun gran éxito que non dá síntomas de esgotarse. Nestes oitenta anos, O Principiño vendeu máis de douscentos millóns de exemplares e cada ano despacha outros cinco millóns. O número de traducións oficiais acaba de chegar ás 500 coa versión máis recente, no dialecto sefardí haketí, segundo informou o selo francés Gallimard e recolle Efe.

En galego pode lerse desde 1972, ano en que Carlos Casares publicou a súa tradución. O 15 de outubro, La Voz de Galicia facíase eco da aparición da obra, xunto con outras versións de clásicos (o Macbeth shakespeariano, a cargo de Fernando Pérez-Barreiro, e Morte na catedral, de T. S. Elliott, traducido por Isidoro Millán): «A primeira destas obras foi O Principiño, do francés Saint-Exupéry, posto á venda recentemente, en magnífica versión de Carlos Casares».

Esta tradución segue no catálogo vivo de Editorial Galaxia, quen onte informou de que a obra chegou ás vinte edicións en galego, contando as de peto. Unha tradución nada da idea de Casares de que as grandes obras literarias puidésense ler na lingua propia do país, pero tamén da fascinación que sentía pola historia que narra O Principiño. Con todo, traducila non foi suficiente, xa que Casares dedicouse a coleccionar exemplares en diversas linguas, ata superar o centenar. Con ese patrimonio bibliográfico chegouse a organizar unha exposición, O Principiño arredor do mundo. A colección de Carlos Casares. Non é casual que o propio escritor, tradutor e editor referísese a esa constelación en torno ao libro de Saint-Exupéry como «unha xeografía do corazón».

Fascinación

A fascinación de Casares reflexa un interese compartido por millóns de lectores, aos que segue cativando esa historia que, coa aparencia dun conto infantil, expón algunhas preguntas fundamentais sobre a imaxinación e, no fondo, sobre a vida no seu sentido máis amplo. E non só as palabras de Saint-Exupéry son as responsables deste atractivo: tamén as ilustracións orixinais, acuarelas do propio escritor, cativan a quen se penetran nese mundo irreal que expón o libro. A súa aparencia naíf forma parte da esencia dos debuxos, que van máis aló de ser un mero complemento gráfico.

Para celebrar o aniversario, Gallimard lanzou unha edición especial para coleccionistas, cunha tirada limitada de 3.000 exemplares. En español, Salamandra tamén se sumou á efeméride coa aparición recente do libro infantil interactivo O Principiño: ¿Onde estás, raposo?, ademais dunha versión inglés-español. Ese é outro dos grandes valores do libro, a súa condición de lectura para todas as idades -e de lectura compartida entre distintas xeracións-, porque a medida que un cambia, tamén o significado do libro vaise transformando.

 

[Fonte: www.lavozdegalicia.es]

segunda-feira, 1 de novembro de 2021

Patrick Modiano ou le labyrinthe de la mémoire

 

Écrit par Anne COUDREUSE

  Chevreuse                     
Patrick Modiano
Gallimard 176 pages

Dans ce trentième roman, le Prix Nobel de Littérature 2014 nous plonge dans des souvenirs troubles et condense son art poétique fondé sur le silence.

Patrick Modiano reprend le personnage d’écrivain de L’Horizon (2010), Jean Bosmans, qui est une sorte de double (Jean est son premier prénom), et entremêle trois strates temporelles : le présent, les années 1960 et plus précisément l’année 1969, que l’on peut identifier grâce à une chanson de Serge Latour, « Douce Dame », et les années 1950 où il était enfant. Le lecteur reconnaît aussi des lieux, comme la rue du Docteur-Kurzenne, ou Auteuil, des noms propres, comme Martine Hayward, Rose-Marie Krawell, Guy Vincent, Michel de Gama (ou Degama ?), et même Coudreuse… nom que l’on voyait déjà apparaître dans Rue des boutiques obscures (1978).

La mémoire : un labyrinthe doux et cruel

Grâce à quelques objets follement romanesques, comme un agenda, un briquet, une montre ou une boussole, le narrateur retrouve des souvenirs confus et inquiétants, comme s’il était lui-même l’objet d’une traque. Le lecteur le suit parmi des fantômes, dans un univers qui emprunte autant au réel qu’à l’œuvre de Modiano ou à la littérature. Le titre du roman n’évoque pas seulement un lieu :

« Chevreuse. Ce nom attirerait peut-être à lui d’autres noms, comme un aimant. Bosmans répétait à voix basse : “Chevreuse”. Et s’il tenait le fil qui permettait de ramener à soi toute la bobine ? Mais pourquoi Chevreuse ? Il y avait bien la duchesse de Chevreuse, qui figurait dans les Mémoires du cardinal de Retz, longtemps l’un de ses livres de chevet. Un dimanche de janvier de ces années lointaines, en descendant d’un train bondé qui revenait de Normandie, il avait oublié sur la banquette du compartiment le volume en papier bible et à couverture blanche, et il savait qu’il ne se consolerait jamais de cette perte. »

Le lecteur reconnaîtra aussi peut-être Rétif de la Bretonne, qui n’est pas nommé, mais qui apparaissait déjà dans L’Herbe des nuits (2012), et que l’on retrouve seulement évoqué ici : « Il n’avait été qu’un spectateur nocturne qui finissait par écrire tout ce qu’il avait vu, deviné ou imaginé autour de lui. » Saint-Exupéry n’est, lui non plus, pas nommé, mais une de ses phrases célèbres est comme prise au piège de tous les troubles de la mémoire et des fantômes du passé : « Il aurait été obligé de lui parler de son enfance et des personnes étranges qu’il avait côtoyées à cette époque-là. Quelqu’un avait écrit : “On est de son enfance comme on est d’un pays”, mais encore fallait-il préciser de quelle enfance et de quel pays. Cela aurait été difficile pour lui. »

Le lecteur se laisse emporter dans cette enquête où le rêve et la réalité semblent se superposer : « Ainsi, elle était au courant de tout, et voilà qu’il trouvait cela parfaitement naturel, et qu’il s’y attendait, comme dans ces rêves où l’on sait déjà ce que les gens vont vous dire puisque tout recommence et qu’ils vous l’ont déjà dit dans une autre vie. »

« L’Art de se taire »

L’auteur joue mélancoliquement avec son lecteur, quand Jean Bosmans dresse « une liste des titres de romans qui traduisaient son état d’esprit :

  • Le Retour des fantômes
  • Les Mystères de l’hôtel Chatham
  • La Maison hantée de la rue du Docteur-Kurzenne
  • Auteuil 15.28
  • Les Rendez-vous de Saint-Lazare
  • Le Bureau de Guy Vincent
  • La Vie secrète de René-Marco Heriford. »

L’humour tempère, on le voit, les impressions troubles laissées par le passé. Et le roman, avec son titre rêveur et polysémique, contient son propre art poétique, celui de l’ellipse, de l’effacement, d’un silence à laisser entre les mots, loin du mot d’ordre rousseauiste de « tout dire ».

On le trouve avec la mention de L’Art de se taire (1771) de l’abbé Dinouart (1716-1786), dont le nom est tu, conformément à ce principe : « Depuis son enfance, il avait toujours essayé de pratiquer cet art-là, un art très difficile, celui qu’il admirait le plus et qui pouvait s’appliquer à tous les domaines, même à celui de la littérature. Son professeur ne lui avait-il pas appris que la prose et la poésie ne sont pas faites simplement de mots mais surtout de silences ? »

À la lecture de ce roman de Modiano, ni tout à fait le même, ni tout à fait un autre, le lecteur vit un enchantement et, pour bien faire, devrait prolonger cet état en relisant le livre depuis la première page.

 

[Source : www.nonfiction.fr]

La literatura como entretenimiento

Joseph Kessel

Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

A raíz de la lectura de un subyugante libro de Joseph Kessel, El valle de los rubíes, retomé el gusto por un tipo de literatura que llamaríamos entretenida. No hay exigencia de parte del autor de despertar controversia o dar espacio a elucubración filosófica. Escribe para entretener. Su tema: un misterioso y exótico valle birmano donde crecen los rubíes más grandes y puros del orbe.

Una milenaria tradición minera existe en el lugar. Los reyes de Burma colgaban rubíes gigantes de las orejas de sus elefantes mientras se presentaban al pueblo cubiertos de oro. El monarca poseía las minas y los excavadores solo podían quedarse con las piedras de menor tamaño. Así crecieron el robo y el castigo, cuando la furia imperial al verse despechada en su confianza ejercitaba la mayor crueldad posible en contra de los transgresores.


El valle que describe Kessel, cuyos personajes arriban a Birmania por negocio de piedras preciosas, y sueñan con un mítico tesoro de rubíes y zafiros dejados por un antiguo dacoit (bandolero) y perdido sin noticia, es el valle de Mogok que aún continúa produciendo las piedras de mayor cotización. Un rubí puede costar más que el mejor diamante y la junta militar que gobierna Myanmar (Burma, Birmania) bien lo sabe.


No es casual que Hollywood se encargara de llevar a la pantalla películas sobre los libros de Kessel. No sé de una acerca del valle fantástico, sito al norte de Mandalay, pero de niño vi Los centauros, en Cochabamba, sobre otra novela del escritor -Los jinetes- y que trataba de los maravillosos hombres de a caballo de Afganistán. Omar Sharif tenía el papel protagónico.


Kessel fue miembro de la Academia Francesa. Judío de origen, nació en Entre Ríos, Argentina, y se crió en Rusia hasta su traslado a la capital francesa cuya nacionalidad adquirió. Aventurero y viajero incansable, sus márgenes abarcan todos los confines, ora está con los rudos jugadores del buzkashi afgano como con los guardias españoles del Río del Oro o los bohemios de París. Su libro La estepa roja, escrito en 1922, hizo que Néstor Majnó jurase matarlo; eran los estertores finales de la guerra civil rusa que sucedió a la revolución...


Kessel representa una casta de notables escritores franceses que optaron por la aventura y el riesgo como modo de vida. No fue André Malraux el menor, e incluso el románticamente lloroso Antoine de Saint Exupéry puede considerarse entre ellos. Parte de la controversia entre Pierre Drieu La Rochelle y Malraux fue esa: que uno era un hombre de acción y el otro no, aunque quiso serlo.


Este tipo de literatura se acerca al cine. No extraña que la fílmica se nutrió de guiones allí. Ejemplo claro Las minas del rey Salomón, con la serie de variantes que se hizo sobre la novela de Rider Haggard. Cuando la leí, en una mínima biblioteca de escuela secundaria, adoré el éxtasis de la búsqueda y del misterio. Era retomar a Salgari y también a Dumas, a pesar de que Dumas padre es un catálogo de información histórica y  excede la mera distracción.


Recuérdese La Reine Margot (1994), de Patrice Chéreau, basada en la novela homónima de Dumas -favorita de mi madre en su juventud-. Fuera de las deducciones de carácter histórico-social, es entretenimiento de primera, pleno de intriga, pasión y de romance si se quiere. No en vano Arturo Pérez Reverte emula a El conde de Montecristo en su soberbia novela La reina del sur. Múltiples ejemplos, hasta el Quo Vadis? de Sienkiewicz, o Los últimos días de Pompeya de Edward Bulwer Lytton, autor que perdió la presencia que tuvo en la literatura inglesa y se desprecia hoy, pero cuya obra sobre los aciagos días de la erupción del Vesubio impresionó mi niñez. Libro que volvería a leer con gusto si la copia que poseo no estuviera escondida en alguna caja de algún depósito en algún país.


A veces literatura semejante puede hacer de profilaxis. Joseph Kessel, a quien volví después de veinte años, proveyó un intervalo de calma en medio de las tormentas de leer acerca de Arthur Koestler durante la Guerra Civil Española y el actual Nocturno de Chile, de Roberto Bolaño, que invade mi mesa de noche con brillante y espesa alucinación, su nostalgia proustiana, su ironía, su amargor.

 

[Publicado en Brújula (El Deber/Santa Cruz de la Sierra) - reproducido en lecoqenfer.blogspot.com]

terça-feira, 3 de novembro de 2020

Libros aéreos y Antoine de Saint Exupery lejos del Principito

 Escrito por ANDRÉS G. MUGLIA


Antoine de Saint Exupéry es de todos conocido por su célebre El principito, uno de los libros más vendidos de la historia. Pero la mayoría de sus textos poco tienen que ver con el famoso best seller. Apenas se relacionan en el hecho de que el protagonista es un aviador (Saint Exupéry era un experto piloto) y de que el avión, como vehículo y como metáfora, está presente en casi todas sus obras. 

Invirtiendo el orden cronológico de la ediciones, el primero de los textos que comentaremos es Piloto de guerra (1942), un libro crudo y veraz que se mete de lleno en la paradoja inherente a todo conflicto armado y la analiza descarnadamente. En tren de comparar, ubico en mi biblioteca ideal a Piloto de guerra junto a otra gran obra sobre los horrores de la Segunda Guerra Mundial: Kapput, de Curzio Malaparte. 

Sin embargo hay una diferencia fundamental entre Saint Exupéry y Malaparte y es que el primero hace un esfuerzo por no ser un mero cronista de la tragedia. Se sabe y se asume como intelectual, pero abandona la laxitud del espectador, no se conforma con registrar el horror para la posteridad. Pone el cuero, se implica, es parte y lo dice con orgullo. Vuela hacia la muerte en misiones suicidas de reconocimiento a baja altura sobre el enemigo, aunque sabe que esas misiones no podrán hacer nada para cambiar el curso de la guerra; codo a codo con oficiales, soldados, amigos, que empiezan a desaparecer de la mesa a la hora de la cena. De veintitrés equipos, diecisiete son abatidos en pocas semanas. Saint Exupéry es de los afortunados sobrevivientes. Pero la ruleta gira cada vez que sale a una misión y pese a su suerte (suerte para nosotros que pudimos leer lo que escribió) muere cerca del final del conflicto.

Otra obra de Saint Exupéry (¿cuento largo? ¿novela corta?) atravesada por su profesión es Vuelo nocturno (1931). Para los argentinos posee un interés adicional pues su escenario es nuestro país, consecuencia evidente de los años en que el autor francés vivió y trabajó en Argentina. Vuelo nocturno cuenta otra epopeya, menos dramática que la de Piloto de guerra, pero casi tan riesgosa: la de los pilotos que volaban las rutas de correo allá por los años ’30 del siglo pasado. 

Los pilotos de Saint Exupéry enfrentan la noche como un salto al vacío. Vuelan uniendo la Patagonia, Buenos Aires, Montevideo, Río de Janeiro, Porto Alegre, en largos periplos de diez días; con la ayuda de pocas herramientas, su intuición y vagas referencias geográficas que en medio de la noche son difíciles, cuando no imposibles, de divisar. La partida de Fabien, el piloto y protagonista que deja atrás a su esposa en Buenos Aires, la indiferencia de la enorme ciudad con sus miles de destinos ante la suerte de este héroe anónimo, su propio deseo de aventuras en contraste con la tristeza y el temor de la mujer, son descritos en una escena rebosante de verismo. ¿A quién le importa la muerte de Fabien si las cartas llegan a destino? Hay una especie de dulce fatalidad que sobrevuela (un verbo a medida de este artículo) todo el escrito. Está la muerte que acecha y el piloto que la desafía, más el jefe que le exige la temeridad o, a cambio, el despido. La vida importa poco, ni siquiera el correo; lo importante al parecer es el sistema, la maquinaria que trabaja en base a quemar vidas humanas. El jefe se sabe injusto pero es su trabajo, el piloto suicida pero es su trabajo, y todo se anota en clave de ese registro amargo y existencialista.

Piloto y radioperador, únicos miembros de la exigua tripulación, se verán rodeados por la tormenta en medio de la noche y emergerán ya perdidos en busca de la única luz que entrevén en un jirón de la tempestad: una estrella que los conducirá a la belleza sobrenatural de un cielo alumbrado por la luna sobre un apacible campo de nubes. Belleza, poesía, Fabien divaga sobre el privilegio de ese premio inútil que ya de nada sirve mientras se les agota el combustible y debajo de ellos ruje el ciclón y duermen los campos en ominosa oscuridad. 

Por último anotaremos algo sobre Tierra de hombres (1926), que en su comienzo transcurre también en Argentina. Pero pronto el escenario se muda a España, África y todos los exóticos destinos donde Saint Exupery fue destinado como aviador. El tema: nuevamente los vuelos aeropostales y las aventuras de los pilotos, pioneros para abrir rutas seguras que en el caso de la cordillera de los Andes, con sus montañas de siete mil metros de altura, o el Sahara de dunas interminables y árabes amenazantes, exigirán todo el esfuerzo y el coraje de estos aventureros que volaban sobre endebles engendros de madera y tela.

La aventura, pero también la poesía, sobresalen en este libro. Como en la escena en que Saint Exupéry, aterrizando en una meseta en pleno desierto africano, encuentra un aerolito llegado de las estrellas que parecen tan cercanas en el cielo nocturno. La descripción de sus sensaciones al despertar sobre “la curva espalda del planeta”, su hallazgo, la conciencia de que el mundo no es más que una nave, un vehículo análogo al suyo con el que la humanidad atraviesa el espacio, anticipa aquellos otros planetas del Principito, diminutos y habitados en solitario por estrambóticos personajes.

Novelista y poeta, cuando Saint Exupéry describe la grandiosidad del desierto, la belleza de cambiar la perspectiva del mundo a la del punto de vista del aviador, la poesía de los vuelos nocturnos constelados de estrellas o la alegría de los encuentros fortuitos con sus camaradas en cualquier aeródromo del mundo, el escritor logra transmitir la original filosofía personal que fue elaborando en su corta y agitada vida, de la que el Principito solo es una pequeña muestra. 

Tres libros que se pueden leer en cualquier orden y que siempre serán un viaje estimulante por un mundo visto desde arriba por un piloto y desde adentro por un poeta.



[Fuente: www.culturamas.es]

sábado, 11 de julho de 2020

Écrivain, fêtard et baroudeur

Jeff : on appelait ainsi Joseph Kessel. Ça sonne bref, ça claque. Jeff aimait la nuit, la fête, la dépense, et le monde, les autres. Reporter et romancier, il voulait donner à voir et à sentir par les mots. Homme engagé, il n’hésite pas en 1940 ; dès 1932, en Allemagne, il a compris ce qui arrivait à l’Europe. Les deux tomes de la Pléiade, l’album conçu par Gilles Heuré qui les accompagne et quelques autres livres donnent à connaître ou à redécouvrir un homme en mouvement dont la devise dit tout : « Plus long le chemin, plus riches ses promesses ».


Joseph Kessel, Romans et récits. Édition publiée sous la direction de Serge Linkès. Gallimard, coll. « Bibliothèque de la Pléiade », 2 vol., 1 968 et 1 808 p., 68 et 67 €
Gilles Heuré, Album Kessel. Gallimard, 256 p.
Joseph Kessel, Hollywood, ville mirage. Éditions du Sonneur, 128 p., 15,50 €
Écrit par Norbert Czarny

Jeff, qui traine des nuits entières dans les boites de Montmartre, qui fait la fête avec ses amis tsiganes, déplaira à certains messieurs quand il entrera à l’Académie française, qui plus est pour prendre le fauteuil vacant du duc de La Force. Mauriac, amusé, apprécie l’entrée du lion dans la bergerie. On lira dans l’album de la Pléiade le superbe discours du nouvel entrant, évoquant les « lumières de la France ».

Kessel, comme Romain Gary, comme bien des « métèques », est de ceux qui ont aimé la France sans compter, et ont pour certains rejoint De Gaulle en 1940, quand personne ne pensait Résistance. Il a rédigé Le chant des partisans avec son neveu Maurice Druon, écrit L’armée des ombres, l’un des romans les plus justes sur l’expérience de la clandestinité, du combat secret et anonyme, transfiguré par le film de Jean-Pierre Melville, et Le bataillon du ciel, d’abord un scénario de film, puis un roman.

Kessel est né en Argentine dans une famille de Juifs russes. Sa vraie terre natale est cependant la Russie, celle des cosaques, de Tolstoï et Dostoïevski. Ces deux écrivains sont ses modèles : il a, pour schématiser, l’humanisme de l’un, le goût des monstres de l’autre. Sa Russie est la petite ville d’Orenbourg où il passe son enfance. L’album conçu par Gilles Heuré la montre en photos. Il la quitte pour Paris, puis Nice ; elle ne le quitte jamais. Son anticommunisme (ou plutôt son hostilité au totalitarisme) est essentiellement lié à ce qu’il perçoit d’emblée : le nouveau pouvoir s’incarne très vite dans la puissante Tchéka, la police politique. Comme l’écrit Francis Lacassin, il en veut au « serpent qui a pris possession du paradis de son enfance et qui a détruit sa Russie ».


Joseph Kessel à Londres (1942-1943). Au mur, un portrait du général de Gaulle.
Collection particulière. Photo : Frédéric Hanoteau - Éditions Gallimard

Les convictions de Kessel s’expriment très tôt dans ses écrits de jeunesse. Avant d’être publié chez Gallimard, il écrit pour le vénérable Journal des débats. Puis paraissent La steppe rouge, Makhno et sa juive, longue nouvelle qu’on trouvera dans le premier tome de la Pléiade. C’est un récit qui fait et fera encore débat ou polémique, parce que l’anarchiste ukrainien y apparait comme une brute sanguinaire antisémite et sous son vrai nom. Retenons le talent du conteur, qui se manifeste déjà pleinement. « Conteur » : le mot sonne comme un reproche chez certains critiques du temps. C’est plutôt un compliment, et, pour situer Kessel sur le plan mondial qui lui convient, on peut songer à Isaac Babel, celui de Cavalerie rouge par exemple, ou bien à Twain ou à Conrad. Reporter et conteur, Babel et lui auraient pu se rencontrer. Le 11 novembre 1918, Kessel part pour la Sibérie, tour du monde passant par les États-Unis. En ces années de guerre civile, il rencontre quelques monstres qui le fascineront toujours.

Mais l’expérience fondatrice, pour lui comme pour beaucoup d’autres, a eu lieu : c’est la guerre de 14. Comme Blaise Cendrars, Moïse Kisling ou Guillaume Apollinaire, nés ailleurs, il s’engage très tôt. À tout juste seize ans, il est d’abord infirmier à Nice. Puis il risque sa vie comme observateur à bord d’un avion. De cette expérience naitra en 1923 L’équipage, roman de la fraternité entre les aviateurs, dont on trouvera l’écho dans les trois films qui en sont tirés, comme dans La grande illusion, de Renoir, parce que le lien entre Boieldieu et Rauffenstein nait de cette chevalerie-là, la dernière qui existe, au milieu des carnages des tranchées. Et puis, hasard amusant, il se lie avec Roland Toutain, l’aviateur de La règle du jeu.

L’aviation, donc. Kessel écrit Vent de sable, quand Saint-Exupéry relate l’épopée de l’Aéropostale. Tous deux sont amis de Mermoz, dont Kessel écrit la première biographie. L’avion fait partie de ces promesses de l’époque. Il symbolise l’aventure, modifie la perception que nous avons de la distance, de l’espace, et il incarne bien sûr la puissance de la technique.

Les épreuves personnelles que connait l’écrivain le forment et le forgent. Kessel n’est pas seulement un fêtard et un baroudeur. C’est un homme complexe dont les contradictions s’expriment grâce à la transposition romanesque. Ainsi lira-t-on Belle de jour, roman ambigu que Buñuel métamorphose sur l’écran, ou La passante du Sans-Souci, inspiré par son voyage dans l’Allemagne pré-hitlérienne, également adapté au cinéma, dernier film d’une Romy Schneider au bout du rouleau. Kessel entretient des relations très fortes avec ses frères, et le suicide de Lazare au début des années 1920 le marque. Puis Sandi, sa première épouse, est enfermée dans un sanatorium où elle meurt de la tuberculose. Un roman relatera cette expérience, Les captifs.


L’escadrille S39 posant devant un Salmson 2A2, en 1918. Kessel est debout,
le troisième à partir de la gauche. Service historique de la Défense, Vincennes.
Mettons sur le compte de cette complexité ou ambiguïté quelques fréquentations que nous ne pourrions comprendre autrement, en nos temps simplificateurs, réducteurs, volontiers anachroniques. Ses premiers reportages dans l’Irlande traversée par la guerre civile, en 1920, il les fait avec Henri Béraud. Dans les années 1930, il fonde avec Horace de Carbuccia et Georges Suarez le journal pamphlétaire et très droitier Gringoire. Il fréquente le préfet Chiappe et Stavisky, rencontré en 1932 : il explique comment ils se sont connus dans « L’empire d’Alexandre », paru dans Marianne, le journal dirigé par Emmanuel Berl. Toutes ces fréquentations, il les assume de façon innocente. Mais il rompra avec Béraud, Carbuccia et Suarez, qui seront collabos dès 1940 et dont les journaux ont viré à l’extrême droite dès le milieu des années 1930.

Kessel ne s’intéresse guère au contexte politique français. Son échelle est autre. Il ne se trompe pas quand la guerre civile éclate en Espagne et pas davantage, on l’a dit, quand les nazis envahissent la France et quand Pétain collabore. Après la guerre, il écrira, pour l’essentiel, dans le France-Soir de Pierre Lazareff, et contribuera à sa collection « L’air du temps » aux éditions Gallimard, pour La piste fauve, La vallée des rubis et trois autres « reportages littéraires ».

Faut-il ranger Kessel sur une étagère en particulier ? Surtout pas ! Romancier, reporter, conteur, il est tout cela à la fois, et tout le temps. Guitton et Rostand, autres opposants à son entrée à l’Académie française, disaient de lui : « il n’est qu’un journaliste, un reporter ». Outre que la restriction est des plus méprisantes, elle fait bien peu de cas de son talent de romancier, de son intention qui s’exprime par exemple dans Fortune carrée ou Les cavaliers. L’échec critique du premier livre l’affecte ; le second, longuement mûri, est sans doute son ultime chef-d’œuvre, en 1967.

Kessel passe sans cesse du reportage au roman, selon un principe de réemploi que Serge Linkès, maitre d’œuvre de cette belle édition, résume en deux termes : stylisation et fictionnalisation. Si le reportage doit pour le journaliste « informer, convaincre, émouvoir », l’œuvre romanesque exige un autre travail, davantage porté sur le style. On a qualifié Vent de sable de « roman d’aventures réel ». L’expression vaut pour bien des ouvrages.


Joseph Kessel lors d’une séance de dédicace dans une librairie Flammarion (années 1920).
Photographie d’Henri Manuel - Éditions Flammarion

Le récit Hong-Kong et Macao illustre bien la manière de Kessel. C’est d’abord un grand reportage auquel se mêle le reportage social, l’investigation, sans oublier une dimension poétique puisque rêve et réalité sont étroitement imbriqués. Kessel ou plutôt son narrateur (les deux se ressemblent souvent) voyage dans les deux villes au milieu des années 1950. Il découvre un univers dantesque, une sorte d’enfer au milieu duquel émergent quelques figures singulières. Harry Ling, son guide à Hong Kong, et Manoel, qui le mène dans Macao, lui racontent, l’un la vie de Jardine ou de Aw Boon Haw, l’inventeur du baume du tigre, l’autre celle de Monsieur Fu, qui tous ont fait fortune dans ces cités désormais chinoises. Une femme fait fortune en développant, par anticipation, la gestation pour autrui. Une autre se perdra d’amour pour un certain Enrico. Kessel joue du récit dans le récit ; l’art du conteur y est souverain. Si le lecteur joue le jeu du romanesque, il est conquis. Quant aux fameux casinos de Macao, qu’on aille voir ce qu’il en est. Après tout, c’est bien là l’art du feuilletonnage.

Kessel appartient pleinement à cet art de la « littérature industrielle » né au XIXe siècle, qui atteint son apogée dans l’entre-deux-guerres. Il vit de sa plume et gagne très bien sa vie. Il qualifie ses notes de frais d’« appui financier et moral nécessaire ». Il bénéficie de gros tirages et la mise en page de ses articles joue beaucoup sur le sensationnel, avec gros titres attirants ou aguicheurs, goût de l’exotisme ou du stéréotype parfois discutable ou douteux. Son style journalistique n’est pas celui qui prévaut aujourd’hui : il use de phrases souvent longues, multiplie les adjectifs, apprécie les images, les métaphores poétiques.

Cette presse populaire pratique ce que Theodor Adorno et Walter Benjamin appellent de façon péjorative « le pacte sériel », cette technique du « à suivre », qui privilégie l’émotion, les effets d’attente, négligeant donc la réflexion. « Le style, c’est un organisme à crémaillère » : la phrase est de Kessel, et Hitchcock dialoguant avec Truffaut l’emploiera pour ses films. Chaque paragraphe, comme chaque plan, apporte sa « dose » de tension, chaque chapitre – ou séquence – ajoute au précédent. Une autre formule pourrait résumer la vision du métier ou l’éthique de Kessel : « Tu as de la chance de voir ce qui n’est pas donné à tant d’autres. Tu es là à cause d’eux et pour eux. Tu dois leur rendre choses, décors et gens, comme tu les as toi-même reçus. » Précisons : à travers un regard sur les plus humbles, comme chez son maitre Tolstoï.


Manuscrit du « Chant des partisans ».
Musée de la Légion d’honneur et des ordres de chevalerie, Paris
Mais Kessel ne se réduit pas aux stratégies de ses patrons. Il a un modèle, Albert Londres, il est le contemporain du Gide du Voyage au Congo, qui dénonce l’exploitation coloniale ; Marchés d’esclaves met en lumière ce qui se passe dans cette zone encore méconnue, entre l’Afrique et l’Asie qu’Henry de Monfreid ne cesse d’arpenter. La piste fauve, en 1955, n’est pas plus tendre avec les occupants anglais du Kenya, lors de la révolte des Mau-Maus. De là à dénoncer les crimes qu’elle commet…

Son art du réemploi fait parfois de lui un précurseur. Ainsi, entre La passe du diable en 1955 et Les cavaliers en 1967, il passe du film au roman. Le film annonce un mouvement qui se développera dans les années 1960. Pierre Schoendoerffer, futur réalisateur de La 317e section, et Raoul Coutard, le chef opérateur de Godard, l’accompagnent. Quant au roman, il sera adapté pour l’écran par John Frankenheimer. Le réemploi vaut plutôt dans un autre sens : reportage chez les Unterwelt de l’Allemagne pré-nazie puis Passante du Sans-Souci ou Marchés d’esclaves évoquant Henry de Monfreid, qui devient Mordhom dans Fortune carrée. Les ressemblances sont nombreuses, voire les reprises de passages ou de chapitres, le style fait le reste, et donc l’essentiel.

En exergue à sa préface, Serge Linkès cite un extrait d’entretien avec un journaliste de L’Express, en 1969 : « Qui êtes-vous Monsieur Kessel ? Un journaliste ? Un romancier ? Un académicien ? Un aventurier ?  Ou un mythe ? – Je ne sais pas », répond Kessel.

Quel Kessel privilégier ou préférer ? On pourrait dire tous. J’ose m’engager, en excluant le Kessel pour la classe de collège. Je n’ai jamais été attiré par « Le petit âne blanc », que l’on trouvera dans Au Grand Socco, ou par Le lion. En revanche, je recommande vivement Une balle perdue que l’on trouvait en édition jeunesse et qui nous éclaire sur la Catalogne des années 1930 (et d’aujourd’hui). J’apprécie l’auteur de Belle de jour mais peut-être pour Catherine Deneuve et Michel Piccoli. La passante du Sans-Souci rappelle l’atmosphère des romans durs de Simenon et c’est un gage de qualité. Makhno et sa juive, nouvelle éminemment polémique, est une réécriture moderne du récit biblique mettant en scène Esther et le roi Assuérus. Hollywood ville miracle, que rééditent les éditions du Sonneur, démonte le mythe hollywoodien. Mais si je ne conservais qu’un seul texte de Kessel, ce serait son éloquent pied de nez à monsieur Pierre Gaxotte, dans son discours de réception à l’Académie française. C’est le Kessel qu’on peut chanter, parmi bien des « étrangers ».


[Source : www.en-attendant-nadeau.fr]