Escrito por Jan-Werner Müller
Aunque el partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD) lleva dos años subiendo en las encuestas, la negativa de otras fuerzas a incluirlo en una coalición de gobierno le ha impedido llegar al poder. Pero este «cortafuegos» depende de que AfD nunca consiga mayoría absoluta, de modo que las elecciones que se celebran este fin de semana en el estado de Sajonia‑Anhalt pueden darle un golpe mortal.Es verdad que incluso si consigue formar gobierno en Sajonia‑Anhalt, AfD no podrá hacer mucho en relación con su tema favorito actual: la política de inmigración y la legislación sobre refugiados. Pero los dieciséis estados federados (Länder) de Alemania tienen amplias competencias en materia de política cultural y educativa, y es aquí donde el programa de AfD es más elocuente (y repulsivo).
Los populistas de ultraderecha siempre libran guerras culturales. Aunque a veces intentan aprovechar las crisis de costo de vida y otros problemas económicos, su mayor compromiso lo tienen con promover la idea de que son los únicos representantes de aquello que denominan «pueblo real». Insisten en que esa categoría solo incluye a ciudadanos que reúnan ciertas características «adecuadas», y nunca pierden oportunidad de impulsar la «remigración», no solo de los refugiados, sino también de ciudadanos «irreales» o «falsos», es decir, los de origen étnico «incorrecto» (o incluso los partidarios de posiciones políticas «erradas»).
La obsesión por las cuestiones identitarias permite a los partidos de ultraderecha modificar todo el tiempo su agenda económica (yendo del neoliberalismo a apoyar un sólido estado de bienestar) sin dejar de ser de ultraderecha. Lo único que los convertiría en una entidad política diferente sería cambiar la cantilena de los refugiados e inmigrantes.
Lo que nos trae de nuevo al programa de AfD para Sajonia‑Anhalt. AfD acusa astutamente a lo que denomina «partidos del establishment» (Altparteien), no de corrupción o malicia, sino de tener una voluntad débil como resultado del «masoquismo nacional» y de la poca «autoconfianza». Estos defectos supuestamente tienen raíces «culturales», en concreto, una «tradición de destruir la tradición» que ha dejado al país indefenso frente a las «ideologías del arcoíris».
Si se sale con la suya, AfD intentará convertir Sajonia‑Anhalt en un modelo de «políticas culturales patrióticas» para los otros estados federados. Promueve un «pensamiento alemán» (#deutschdenken), que implica oponerse a la campaña del actual gobierno regional en favor de la libertad artística y las ideas modernas, inspirada en la Bauhaus.
La escuela de arte, diseño y arquitectura Bauhaus se fundó en Weimar, pero después se trasladó a Dessau en Sajonia‑Anhalt, donde dejó una agradable impronta en edificios notables como los que diseñó Walter Gropius a mediados de la década de 1920. Pero según AfD, la Bauhaus representa el «arte antialemán», es decir, «el arte alemán que no quiere ser alemán». Si AfD llega al poder, exigirá que todo edificio nuevo que se construya con apoyo financiero estatal refleje aquello que AfD considera una tradición reconociblemente alemana (categoría que, al parecer, no incluye a la escuela de arquitectura más influyente del estado).
Pero los ataques contra la arquitectura moderna no son exclusividad de la ultraderecha alemana. Desde el ex primer ministro húngaro Viktor Orbán hasta el presidente estadounidense Donald Trump (que emitió varias órdenes ejecutivas para convertir el clasicismo en estilo preferido de los nuevos edificios federales), los líderes de ultraderecha llevan mucho tiempo tratando de transformar el entorno edilicio de modo tal que refleje lo que en su opinión es la tradición nacional correcta.
Sus motivaciones son variadas. Para empezar, la arquitectura (desde las enormes mezquitas erigidas en Turquía durante la presidencia de Recep Tayyip Erdoğan hasta los prominentes templos hindúes encargados por el primer ministro indio Narendra Modi) ofrece pistas tangibles y muy visibles sobre quiénes se supone que son el «pueblo real». Cuando hablan de «belleza» (una de las consignas de Trump, pero que también promueven figuras más sofisticadas como el líder ultraderechista neerlandés Thierry Baudet, mezcla de intelectual y dandy), en realidad están hablando de defender las jerarquías tradicionales en todos los ámbitos, desde el hogar hasta la economía y la política. AfD pretende que todos los edificios públicos nuevos sean considerados «bellos» por la mayoría (de modo que, al parecer, cada diseño tendría que someterse a referéndum popular).
Apoyan esta visión numerosas organizaciones y cuentas de redes sociales abiertamente tradicionalistas, que a diferencia de los políticos profesionales, son más propensas a delatarse. Muchas de estas figuras plantean una oposición explícita entre la arquitectura clásica y el «globalismo» (término que a menudo es el primer paso en una deriva al antisemitismo) o retoman las descripciones de tiempos de entreguerras (es decir, nazis) del modernismo como «arte degenerado». Por mucho que hable de particularidades, el antimodernismo es en sí mismo un fenómeno mundial tristemente homogéneo.
La descripción que hace AfD de la Bauhaus como símbolo de «desarraigo» ya recibió respuesta mediante un nuevo «Manifiesto de la Bauhaus» impulsado por el ministerio federal de Cultura de Alemania. Pero por muy loable que sea este documento en cuanto declaración política, simplifica en exceso la historia de la arquitectura del siglo XX. Contra la afirmación central del manifiesto, dista de ser obvio que todos los protagonistas de la Bauhaus defendieran una «sociedad abierta». De hecho, algunos estuvieron más que dispuestos a colaborar con los nazis (que prohibieron oficialmente la escuela). En el diseño de Auschwitz participó un arquitecto formado en la Bauhaus.
No estamos diciendo
que si a uno le gusta la arquitectura tradicional, ha de ser necesariamente un
ultraderechista encubierto, sino más bien que la agenda cultural de la
ultraderecha está muy vinculada a su agenda política excluyente. Y como el
entorno edilicio siempre es un modo de hacer visibles los valores (como señaló la filósofa Susan Neiman), sería
un error pensar que la controversia sobre la arquitectura moderna es un asunto
secundario.
Jan-Werner Mueller, Profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Princeton, es autor del próximo libro Street, Palace, Square: The Architecture of Democratic Spaces (Penguin Books, 2026).
[Fuente: www.project-syndicate.org]

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