sexta-feira, 14 de agosto de 2026

Judith Butler, filósofa: «El ataque contra las personas trans apunta a un proyecto potencialmente genocida»

 

Judith Butler durante una entrevista reciente con El Periódico.

Publicado por Nathan J. Robinson (Current Affairs) 

Judith Butler es una de las académicas y filósofas más destacadas del mundo en cuestiones de género, sexualidad y los fenómenos culturales que los rodean. Es autora del emblemático libro de 1990 Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity y, más recientemente, de la obra que le siguió en 2024, Who’s Afraid of Gender? Butler se reunió con el redactor jefe de Current Affairs, Nathan J. Robinson, para hablar de cómo personas de todo el mundo –en su mayoría conservadoras, aunque también algunas que se consideran de izquierdas– han llegado a sentir miedo y enfado ante lo que denominan “ideología de género”, por qué están equivocadas y qué se podría hacer al respecto. 

Quiero empezar con una cita de su último libro, ¿Quién teme al género?, en la que dice:

“Al menos en Estados Unidos, el género ya no es una casilla trivial que hay que marcar en los formularios oficiales, y desde luego no es una de esas disciplinas académicas oscuras sin repercusión en el mundo en general. Al contrario: se ha convertido en un fantasma con poderes destructivos, una forma de aglutinar y avivar multitud de pánicos modernos”.

¿Podría explicar con más detalle a qué se refiere con eso?

En primer lugar, tengo que decir que no me considero la principal filósofa del género, ni me considero a mí misma ni a mi obra responsable de lo que el discurso popular denomina “ideología de género”. Mi impresión es que la ideología de género no existe. Es una forma de resumir un campo complejo, un conjunto de políticas sociales y decisiones jurídicas. Es una forma abreviada que no logra explicar realmente lo que está en juego, pero que además crea algo así como un enemigo imaginario, o una especie de unidad ficticia que genera mucha ansiedad y miedo –además de cierta fascinación y confusión–. Y si analizo la forma en que se hace referencia al género en los medios de comunicación y en el discurso público, parece abarcar toda una serie de cuestiones, entre ellas los derechos reproductivos, la igualdad de las personas transgénero o de las mujeres, cómo abordar el deporte, cuestiones de igualdad, diversidad e inclusión, y las interpretaciones psicológicas de lo que les ocurre a los niños y a las niñas a medida que crecen y llegan a comprenderse a sí mismos.

Hay tantos temas diferentes que se agrupan bajo un mismo término, y supongo que la palabra “fantasma” sugiere que existe una especie de imagen onírica o una construcción fantasmática que se ha arraigado en la mente de las personas, y que se denomina género. Pero, en realidad, el género es muy complejo. La gente lleva mucho tiempo estudiándolo y existen puntos de vista contradictorios. Y si adoptáramos un enfoque más sobrio e intelectual –un enfoque académico– respecto a este tema, encontraríamos allí muchas corrientes diferentes, conflictos y aspectos interesantes.

Estoy seguro de que conoce el caso que se produjo recientemente tras la publicación de su libro, el del profesor [Martin Peterson, de la Universidad Texas A&M, al que se le prohibió impartir una parte de El banquete de Platón porque infringía la norma de Texas que prohíbe enseñar la “ideología de género”. Y creo que es un ejemplo muy interesante de cómo la derecha parece tener muy claro lo que significa prohibir la “ideología de género”, pero luego, a la hora de aplicarlo realmente, no estoy seguro de que muchos de ellos sepan, en realidad, qué entienden exactamente por “ideología de género”. Cuando escribió este libro, ¿llegó a comprender mejor qué se entiende por prohibir la “ideología de género”?

Por desgracia, cuando la derecha utiliza el término “ideología”, tiende a pensar en una postura dogmática impuesta por algunas personas en posiciones de poder, por profesores o mediante políticas sociales, y atribuye al género una función ideológica, con lo que se refieren tanto a algo dogmático como a algo manipulado, falseado. Así pues, frente a lo dogmático, dicen que deberíamos mantener un debate abierto y libre –que incluya los puntos de vista conservadores– sobre la familia y el género. Frente a la falsificación, piensan que deberíamos basar todas nuestras opiniones en hechos biológicos, aunque a veces afirman que deberíamos basarnos en la doctrina cristiana. Por lo tanto, existe cierta tensión en este sentido. Y hay diferentes variantes del movimiento contra la ideología de género en todo el mundo. Así pues, lo que encontramos en Taiwán no es lo mismo que lo que encontramos en Uganda, por ejemplo. Sin embargo, en el caso de la censura a Platón, lo que realmente están haciendo es tomar una decisión doctrinaria. Están imponiendo una doctrina que dice que no se debe mantener un debate abierto sobre el amor y la homosexualidad, lo cual es una característica de la relación de Sócrates con algunos de sus interlocutores, y no una representación explícitamente sexual, pero sin duda es una representación del amor entre hombres. Ahora bien, en la Grecia clásica, aceptamos que eso formaba parte de lo que ocurría. No necesitamos negarlo. No hace falta negarlo. Y si lo negamos o lo rechazamos, somos nosotros, o son ellos, quienes actuamos de forma dogmática y doctrinaria. Así pues, la ironía radica en que el género se entiende como una doctrina dogmática, y la forma en que se prohíbe sugiere sin duda que quienes imponen la prohibición actúan de manera dogmática y doctrinaria.

Ahora bien, gran parte de su libro se centra en desentrañar o intentar comprender las razones por las que el género, o la “ideología de género”, ha llegado a cobrar tanta importancia para estas personas y el motivo de su miedo. Pero creo que muchos de ellos, si se les preguntara, empezarían diciendo: “Bueno, antes de plantear esa pregunta, tienes que demostrar que estamos equivocados y que nuestros argumentos son falsos”. Y, desde luego, estaba leyendo la reseña muy crítica de Kathleen Stock sobre su libro, y lo que ella decía era, en esencia: “¿Cómo te atreves a psicoanalizarnos en lugar de refutarnos?”. Si intentáramos articular cuál sería su postura, ellos dirían: “Defendemos que existe una visión del género como algo subjetivo que conduce a todo tipo de perjuicios y a la creencia de que cualquiera puede cambiar de género a su antojo”. Citó casos de niños a los que se les administran bloqueadores de la pubertad, de mujeres trans que compiten en deportes femeninos y de mujeres trans a las que se les permite compartir celdas con mujeres cisgénero, etc., todo ello como resultado de una visión que, en esencia, considera el género como algo subjetivo, una visión que es errónea y una negación de la realidad. Entonces, ¿cómo respondería, en primer lugar, a esa afirmación?

“El género no es subjetivo, es un factor que actúa en la distribución de la riqueza o en la división del trabajo”

En primer lugar, el género no es subjetivo, por lo que esa afirmación es incorrecta. Ahora bien, si tuviera que responder a esa pregunta, tendría que dar por cierto que su afirmación es cierta, pero no puedo hacerlo sin falsear mi postura. Así pues, en primer lugar, el género es un marco conceptual que se ha desarrollado a través de las ciencias sociales. Un marco conceptual no es subjetivo. Un marco es una forma de estructurar el conocimiento y un modo de investigación. En la medida en que hablamos de las normas de género en el mundo, nos preguntamos cómo se divide el trabajo según el género: ¿qué producen las mujeres, en contraposición a lo que producen los hombres? Estamos hablando del género como una diferencia de poder. Y creo que podemos decir que sí, hay muchos buenos análisis sociológicos y económicos que sugieren que el género es un factor en la distribución de la riqueza o en la división del trabajo. Esas no son dimensiones subjetivas del género. A veces se confunde el género, que es un concepto mucho más amplio, con la identidad de género, que es la forma en que se identifican las diferentes personas. Pero también se comete un error adicional, que es afirmar que identificarse con un género específico es un acto meramente subjetivo o volitivo, elegido libremente, como: “Oh, creo que hoy seré de este género; creo que hoy seré de aquel otro”.

La razón por la que el psicoanálisis sigue resultándonos interesante en 2026 es que a menudo creemos que estamos eligiendo las cosas deliberadamente, cuando en realidad nos mueven otros tipos de motivos; creemos que hablamos de forma racional, pero en realidad quizá estemos presa del pánico o tengamos algunos deseos que queremos satisfacer. Y Freud fue uno de esos pensadores que nos invitó a reflexionar sobre el hecho de que gran parte de lo que creemos que hacemos de forma voluntaria se ve afectado por otro tipo de pasiones, ansiedades o incluso elementos inconscientes que influyen en la motivación humana.

Así que no soy voluntarista. No creo que la gente se levante por la mañana y decida de qué género va a ser ese día, pero sí creo que hemos sido ingenuos respecto a lo arraigadas que están ciertas nociones de género. 

“Se comete un error al creer que la identificación con un género es un acto volitivo, una elección libre”

Por ejemplo, cuando un hombre me dice, como ya me han dicho: “Mira, mi género forma parte de quién soy. Esto es fundamental para mí. No me digas que esto es cambiante. Esto es, sin lugar a dudas, quien soy”, lo último que voy a decirle a esa persona es que puede cambiar eso si quiere. No. Respeto lo que me dice. Me está contando algo que está profundamente arraigado. No conoce todas las razones por las que es así, pero esa es su visión apasionada y firme de sí mismo. Por tanto, lo único que le voy a decir es: “Adelante. Está bien. Sabes quién eres y estás viviendo en el mundo”. Pero también las personas trans dicen: “Esto está profundamente arraigado. Y no conozco todas las razones que lo explican, pero esto es lo que soy”. Y yo voy a decir: “Te respeto. Sigue adelante”.

Esto está relacionado con lo que quizá sea el malentendido más común sobre su propio trabajo, porque se le ha asociado mucho con el término “performativo”. La gente a veces interpreta que eso significa que, si el género se crea mediante una serie de acciones, mañana yo podría realizar acciones diferentes y mi género cambiaría de inmediato. En el libro habla mucho de J. K. Rowling, y ella plantea el siguiente argumento: “¿Y si un hombre se hubiera sentido hombre durante cuarenta años y, de repente, mañana decidiera que en realidad ha sido mujer todo ese tiempo?”. Esto se basa, en cierto modo, en una interpretación errónea de su propio trabajo, pero usted afirma que simplemente no funciona así.

Quizá se pueda en Hollywood; se puede si eres un artista performativo. Pero lo performativo no es una libre elección radical. No es como si pudiera ser lo que quisiera en cualquier momento. Ni mucho menos.

Estoy moldeada por la cultura, la familia y la religión. Vaya si lo estoy, pero no estoy totalmente determinada. Sí, provengo de esta familia y de este entorno; esto es lo que me enseñaron, así es como he vivido, y estoy profundamente moldeada y formada por las normas sociales, las circunstancias históricas y todo tipo de material psíquico que no pude elegir. Al mismo tiempo, vivo esta vida, tomo decisiones sobre ella y decido cómo debería ser mi existencia basándome en mi comprensión más profunda de quién soy o cómo quiero estar en el mundo. Así que no creo que seamos totalmente voluntaristas, en el sentido de que pueda ser cualquier cosa, ni tampoco creo que estemos totalmente determinados. Y la performatividad es una forma de nombrar ese espacio entre el determinismo filosófico y el voluntarismo. En otras palabras, la cultura te afecta y, sin embargo, también la estás rehaciendo. Estás introduciendo algunos cambios en ella, y es difícil, porque hay corrientes contrarias, y lo que llamamos “elección” no es radicalmente libre. Es una lucha contra una formación existente. Y las personas luchan de diferentes maneras para revisar su historia –no para inventarse una nueva, sino para encontrar nuevas formas de vivir en medio de lo que ya les ha moldeado. Eso es la performatividad.

¿Detecta en el movimiento antigénero una especie de frustración ante –o una renuencia a afrontar– la posibilidad de que la realidad sea complicada y de que las categorías del sentido común y el lenguaje sencillo no nos proporcionen una descripción fiel de la realidad? Hay un documental de hace un par de años, realizado por una de estas personas antigénero, Matt Walsh, titulado ¿Qué es una mujer? Toda su frustración radicaba en que la gente no acepta la respuesta sencilla a “¿Qué es una mujer?”. Él afirma tener una respuesta sencilla: “Es una hembra humana adulta”. Va por ahí planteando esta pregunta y, si no se le da una respuesta sencilla, da a entender que formas parte de esa terrible y destructiva ideología de género. Así que, la pregunta “¿qué es una mujer?” debería tener, o necesita tener, una respuesta sencilla y basada en el sentido común?

“‘¿Qué es una mujer?’ es una gran pregunta, pero yo la dejaría abierta”

Voy a responder a la pregunta, pero no puedo evitar señalar primero que las personas que dan golpes en la mesa diciendo “¡Es un hecho sencillo; deberíamos tener una respuesta sencilla!” están enfadadas, son insistentes y se sienten frustradas. Basta con fijarse en cuál es el aura emocional de la afirmación de que necesitamos una verdad sencilla. ¿Por qué nos enfada tanto eso? ¿Por qué necesitamos una verdad sencilla? Bueno, la complejidad da miedo. Fíjate en la endocrinología humana. Fíjate en cómo se distribuye la testosterona entre las personas a las que se asignó el sexo femenino o masculino al nacer. Si observas las complejas interacciones –como hace la biología del desarrollo– entre los factores genéticos y epigenéticos y las diferentes formas de masculinidad y feminidad que surgen, y luego las diferencias culturales… ¡Ay, Dios mío! Las personas que son claramente mujeres en una cultura no lo son en absoluto en otra. ¿Por qué tenemos marcos culturales diferentes para entender eso? O bien, ¿por qué los profesionales médicos también tienen que pensar en cómo denominar a las personas con atributos sexuales mixtos, las personas intersexuales, que constituyen un porcentaje pequeño pero significativo de la población?

Nos interesa esa complejidad porque resulta interesante: damos por sentadas ciertas ideas, mientras que otras personas dan por sentadas otras totalmente diferentes. ¿Cómo traducimos entre unos y otros o llegamos a una comprensión más integral? ¿Cómo abordamos la biología del desarrollo en relación con la antropología cultural y las humanidades? No lo sé; a mí me parece interesante. A mí no me asusta, pero hay gente que no quiere ninguna complejidad. Sin embargo, la vida humana es compleja, y somos una complejidad de factores que se combinan para conformar quiénes somos.

“Las personas que son claramente mujeres en una cultura no lo son en absoluto en otra”

Así que, aunque seamos inequívocamente un hombre o una mujer, la forma en que vivimos ese género, cómo lo experimentamos, cómo lo mostramos y cómo lo entendemos será compleja. Por eso a veces no nos entendemos unos a otros o nos creamos expectativas mutuas. Es como decir: “Pero si eres hombre; pensaba que te gustaría X”. Y es como: “Bueno, pues no me gusta X”. 

Si un provocador de derechas como Walsh plantea la pregunta: “¿Qué es una mujer?”, ¿cree que la respuesta adecuada es rebatir la pregunta, o hay una respuesta satisfactoria?

Yo me hice la misma pregunta: ¿qué es una mujer? Freud se preguntó: “¿Qué quiere una mujer?”. Pero también se podría decir: “¿Qué es una mujer?”. Mi propia sensibilidad me dice que es una gran pregunta. Es maravillosa. Dejemos esa pregunta abierta, porque habrá muchas formas diferentes de responderla, y esas respuestas nos darán acceso a la complejidad humana. Querremos saber más sobre el mundo y podremos afirmar lo humano en toda su complejidad, en lugar de encasillarlo en categorías fijas y clavar esos clavos. Así que, para mí, “¿Qué es una mujer?” es una gran pregunta, pero yo la dejaría abierta.

“Aunque seamos inequívocamente un hombre o una mujer, la forma en que vivimos y entendemos nuestro género siempre será compleja”

Cuando vi el título del documental, pensé: “Si de verdad quieres investigar esa pregunta, deberías empezar por Simone de Beauvoir, a quien le fascinaba esta cuestión de cómo se llega a ser mujer y qué significa ser mujer”. Pero una de las cosas que señalas aquí es que existe una renuencia muy agresiva a leer entre muchos de estos críticos, una verdadera hostilidad. De hecho, usted cuenta una anécdota sobre alguien a quien conoció y se le acercó después de una charla a decirle que rezaba por usted. Pero al preguntarle si había leído su obra, ella respondió: “No, nunca leería un libro así”.

Creo que tenemos que reflexionar sobre la prohibición de libros. Tenemos que pensar en la censura, en las nuevas restricciones que se imponen a las universidades, en la retirada de fondos o el cambio de denominación de los estudios de género, los estudios sobre sexualidad, los estudios feministas, los estudios étnicos, los estudios africanos y afroamericanos… Toda esta censura y la creciente incursión autoritaria en los sistemas educativos, desde la educación primaria hasta el bachillerato y la educación superior. Esto forma parte del movimiento contra la ideología de género. Se trata de un movimiento que busca controlar el conocimiento, suprimir el conocimiento, impedir que cuestionemos y atacar a Sócrates, quien nos enseñó la importancia absoluta de la indagación abierta. Podríamos decir que toda la educación superior está dedicada a Sócrates y a su forma de plantear preguntas y pedir a las personas que reexaminen sus supuestos sobre qué es la justicia, qué es la belleza y qué es la verdad –no para convertirnos en relativistas radicales, sino para permitir una comprensión compleja y, francamente, un mejor conjunto de juicios basados en el conocimiento–. Pero el movimiento de la ideología antigénero es un ataque al conocimiento y un ataque a la indagación abierta.

“El movimiento de la ideología antigénero es un ataque al conocimiento y a la indagación abierta”

En este libro se menciona repetidamente que no se pueden separar los ataques al género del auge del autoritarismo y el fascismo. En su conclusión, cita al comentarista de derechas Michael Knowles, quien dijo: “El transgénero es falso y, por lo tanto, debe ser erradicado de la vida pública”. Y usted se centra en ese lenguaje de la erradicación, en que si no se acepta nuestra definición de sentido común, ni se habla en nuestro lenguaje sencillo y definido, ni se aceptan las verdades bíblicas o biológicas tal y como las definimos, entonces no hay lugar para uno en la vida pública.

El Instituto Lemkin, dedicado al estudio del genocidio, ha publicado recientemente una declaración en la que afirma que el ataque contra las personas transgénero –sus derechos legales, su propia existencia– apunta a un proyecto potencialmente genocida. No están diciendo que se esté cometiendo un genocidio contra las personas trans, sino que, en el momento en que se niega la condición jurídica de una minoría y se rechaza reconocer su existencia en el discurso jurídico y público, se anula su existencia jurídica y pública y se les retira el reconocimiento social. Caen en una especie de irrealidad jurídica, o de inexistencia, que permite que se les priven de sus derechos, incluido el derecho a la vida. Así que sí creo que hay quienes eliminarían por completo la categoría de “transgénero”, lo que, por supuesto, condena a todas las personas transgénero a llevar vidas insoportables y a no ser reconocidas según el lenguaje y las categorías jurídicas que les permiten tener derechos en este mundo en relación con su género. Por eso, para mí, es algo muy aterrador. Privar a las personas de la salud, de los derechos de tránsito de un país a otro y del reconocimiento legal es privarlas de todos los derechos que se derivan de ser reconocidas legalmente como la persona que son.

Ahora me gustaría preguntar sobre la categoría de críticas a las que a menudo se denomina “feministas radicales transexcluyentes”. Personas como Germaine Greer, por ejemplo, dirían: “Soy de izquierdas. No soy fascista. Soy alguien que simpatiza con los movimientos de liberación, y mi argumento contra las personas trans es que niegan la verdadera naturaleza de la feminidad. Socavan el movimiento por los derechos de las mujeres al reforzar una noción estereotipada de lo que significa ser de un determinado género”. Y argumentarían que se trata de una crítica de buena fe y feminista; no es una crítica al estilo de Viktor Orbán o Vladimir Putin. Usted ha sido, obviamente, muy crítica y ha sugerido que ese movimiento, esa postura, acaba alineándose con esos autoritarios más radicales. ¿Cómo responde a sus críticas?

No me cabe ninguna duda de que Germaine Greer ha sido una gran izquierdista y una gran feminista. Nunca me oirías objetar eso. Lo que me desconcierta es por qué las feministas de izquierdas, en parte –no en su totalidad–, han adoptado posturas que se alían con el autoritarismo de derechas, las mismas formas de autoritarismo que han negado la libertad reproductiva y las protecciones legales a las mujeres. Las mujeres trans siempre han formado parte del movimiento feminista. La mayoría de las mujeres trans que conozco también son feministas, y la categoría de “mujer” ha sido siempre amplia. Una pregunta que me surge, especialmente en lo que respecta a las feministas de la segunda ola, es: ¿no aprendimos que las definiciones de lo que es una mujer han sido demasiado estrechas y, a veces, biológicamente reduccionistas? Por ejemplo: “Las mujeres se reproducen”. Bueno, no todas las mujeres se reproducen. No todas pueden hacerlo. No todas quieren hacerlo. O bien: “Las mujeres tienen este tipo de valores”. Bueno, no todas las mujeres tienen esos valores. O bien: “Las mujeres pertenecen a la esfera privada”.  

“Me desconcierta por qué algunas feministas de izquierdas han adoptado posturas que se alían con el autoritarismo de derechas”

Así que existen todas estas definiciones restrictivas de lo que es una mujer. Y mi impresión es que lo más estimulante del feminismo es que fue y sigue siendo un movimiento por la libertad. Es decir, las mujeres pueden ser de todo tipo, y debemos permitir que la categoría de “mujer” sea amplia. Ahora bien, eso no significa que pueda incluirlo todo. No quiero parecer frívola al decir esto, pero las personas trans –y, en términos más amplios, las personas no binarias– son objeto de acoso, discriminación y restricción de derechos, lo que las convierte en aliadas políticas potenciales y reales de las feministas. Y siempre hemos sido aliadas. Siempre hemos estado a favor de la igualdad, en contra de la discriminación, intentando averiguar cómo vivir libremente y cómo vivir y respirar en la calle, en el lugar de trabajo y en el hogar sin miedo a la violencia. Eso es lo que nos une a todes. ¿Por qué no iba a ser esa la afiliación y la alianza más convincente? Conocemos demasiadas historias de personas trans que sufren agresiones en la calle. Conocemos demasiadas historias de mujeres que sufren agresiones en la calle. Son las mismas personas las que cometen esas agresiones. Tenemos que unirnos para oponernos al feminicidio y al asesinato de personas trans, no binarias o que no se ajustan a las normas de género. Y en toda América Latina, los movimientos feministas cuentan con esas alianzas. Y me ha sorprendido mucho, especialmente en el contexto británico, ver que esas alianzas se han roto. No hay ninguna razón válida para ello.

Hace un par de años tuvimos a Shon Faye en el programa y hablamos de lo notable que es, concretamente, la tendencia antitrans en el feminismo británico. En su libro hay un capítulo dedicado a Gran Bretaña.

Así es. Y estoy de acuerdo con Shon Faye. De hecho, hemos hablado de esto: que el movimiento antitrans británico dentro del feminismo es único. No conozco ningún país en el que sea tan feroz como allí.

Estoy seguro de que esta es una pregunta cuya respuesta podría llenar un libro entero, pero me intriga que en su libro hable de su propio trabajo anterior en teoría de género y diga que ahora lo considera “cuestionable en varios aspectos, especialmente a la luz de las críticas trans y materialistas”. Me pregunto si podría contarnos brevemente cómo han evolucionado sus propios puntos de vista a lo largo de las décadas.

Hace 37 años, cuando estaba escribiendo Gender Trouble, me sentía profundamente influenciada por el posestructuralismo francés y la teoría feminista. Estaba un poco perdida en ese mundo académico. Y sigue siendo un material muy interesante, lo enseño y escribo sobre él, y todo está bien, pero es un marco estrecho. Curiosamente, cuando el libro empezó a traducirse a otros idiomas, empecé a darme cuenta de lo que estaba sucediendo en otras partes del mundo. Así que la traducción de Gender Trouble me hizo mucho más cosmopolita y me expuso a diferentes tipos de trabajos académicos, feministas y también activistas. Eso me permitió comprender cómo había que concebir el género en términos de economía y de relaciones de poder geopolíticas –por qué el término a veces funciona en ciertas partes del mundo y otras veces es imposible que funcione en otras–. Así que creo que ahora tengo una perspectiva mucho más transnacional. Creo que necesitaba reflexionar con mayor claridad sobre la biología del desarrollo y las cuestiones relacionadas con el materialismo. Algunas de esas críticas iniciales sí que me incitaron a replantearme mi postura. Creo que el tema del drag fue un momento clave en Gender Trouble. Mucha gente partió de ahí, pero no es lo mismo que lo trans. Hay que dejarlo claro. Hay muchos trabajos en los estudios trans que me han resultado sumamente interesantes, también en el ámbito del derecho y la medicina. Así que sí, he aprendido mucho. Creo que soy una pensadora más interdisciplinaria y transnacional de lo que era hace 37 años.

Quizá a los lectores les sorprenda, al abrir este libro, que no se centre única o principalmente en el Partido Republicano de Estados Unidos. El primer capítulo se titula “El panorama global”. Habla de Hungría, Taiwán, Uganda y el Vaticano. Quiero concluir aquí yendo más allá del género, porque usted afirma que uno de los problemas de este movimiento antigénero es que el excesivo énfasis en el género por parte de la derecha desvía la atención de las diversas fuerzas sociales y políticas que están destruyendo el mundo tal y como lo conocemos. Y en su conclusión aborda la importancia de la lucha anticapitalista y de los movimientos por la libertad más amplios en todo el mundo. Usted ha participado en el activismo propalestino, y ya he mencionado su implicación en el movimiento Occupy con su labor anticapitalista. ¿Podría hablar de cómo ese enfoque exclusivo en el género nos aleja de algunas de estas otras áreas cruciales de lucha?

Uno de los argumentos del movimiento contra la ideología de género ha sido que el género es una fuerza destructiva y que acabará con la familia, el medio ambiente, la civilización, el hombre y todo tipo de valores que apreciamos. Y creo que ese argumento atrae a personas que viven con bastante miedo ante lo que les depara el futuro, ante la incertidumbre de si podrán seguir adelante con sus vidas. Son conscientes de cómo sus vidas se ven destrozadas o de cómo su bienestar económico se ha visto amenazado, si no destruido. Se dice que el “género”, o el “woke”, o la “DEI” (diversidad, equidad e inclusión) son las cosas que están destruyendo nuestras vidas. Pero lo que nos está destruyendo es la devastación del medio ambiente y la catástrofe ecológica que acompaña a la destrucción climática. Y lo que está destruyendo nuestras vidas es la destrucción de la democracia, de los bienes públicos básicos que permiten a las personas sentir que van a tener vivienda, asistencia sanitaria y educación. Sin esos bienes básicos y sin la sensación de que lo que necesitan en la vida es asequible, vivirán con mucha ansiedad y miedo.

Ahora bien, se podría decir: vale, ¿cómo estamos organizando la asistencia sanitaria? ¿Qué estamos haciendo para salvar el planeta? ¿Qué estamos haciendo para crear más igualdad social y económica y mayor asequibilidad? Podríamos plantearnos esas preguntas más amplias –que, en mi opinión, se plantean desde las perspectivas socialdemócratas y socialistas– e intentar abordar así los temores fundamentales de la gente. Pero, en lugar de eso, la derecha está practicando una forma de hipercapitalismo, la mercantilización total y la destrucción de la democracia. Estamos asistiendo al auge de regímenes autoritarios. Estamos viendo cómo aumenta el número de personas pobres en el mundo y cómo se concentra cada vez más la riqueza en manos de los más ricos. Estos son los temas sobre los que deberíamos reflexionar de manera sistemática para poder vivir en un mundo en el que las personas sean libres de trabajar y vivir con cierta sensación de seguridad y esperanza. Sabemos que el antisemitismo funciona así. El racismo funciona así. Encontramos un chivo expiatorio; creamos en la mente de la gente ese monstruo que es la fuerza destructiva que hace que sus vidas se sientan tan inseguras, pero en realidad hay razones estructurales que hacen que mucha gente sienta que sus vidas son inmanejablemente precarias. Por eso deberíamos abordar esas razones y, tal vez, reorientarnos y recuperar nuestra humanidad de alguna manera.

–----------------

Esta entrevista se publicó originalmente en inglés en Current Affairs.

Nota de la redacción: Judith Butler se identifica como persona de género no binario y emplea los pronombres elle (they) y ella (she). Únicamente en aras de simplificar el trabajo de traducción, hemos decidido mantener el tratamiento en femenino. 

[Reproducido en www.ctxt.es]

Sem comentários:

Enviar um comentário