sábado, 21 de março de 2026

El hotel en el corazón de París que te hace sentir un personaje

La primera noticia que tuve de este hotel de París no fue una dirección, sino una historia. Me la contó Joana Bonet, que un día me habló de un hotel en el corazón de Saint-Germain-des-Prés donde Miles Davis y Juliette Gréco habían vivido una de esas historias de amor que parecen inventadas por el jazz y que suelen requerir de noches largas, humo y música. En una época dominada por hoteles idénticos en todas las ciudades del mundo, sigue siendo un lugar irrepetible, símbolo de resistencia. Un hotel que resiste a la uniformidad, a la especulación inmobiliaria y a la amnesia cultural. Resistencia económica también; una habitación individual puede salir por 80 euros. Albert Camus, Arthur Rimbaud, Duke Ellington, Jim Morrison, Keith Haring o Quentin Tarantino se alojaron en sus habitaciones. Entramos en el hotel La Louisiane, que está a punto de cumplir 200 años. 

Entrada del hotel La Louisiane en París; discreta y sin ostentaciones, norma de la casa. Foto: Mario Ghabali

Escrito por Use Lahoz

Busqué la dirección por simple curiosidad y descubrí algo que debería avergonzarme un poco: el hotel estaba a dos calles de la universidad donde trabajo desde hace 15 años. Durante todo ese tiempo había pasado cerca sin saberlo, como si algunas historias esperaran a ser descubiertas solo cuando uno está preparado para escucharlas.

La segunda noticia me llegó en forma de literatura. Era una columna de Manuel Vicent publicada en El País que empezaba así:

En la rue de Seine, casi esquina al bulevar Saint-Germain, estaba el hotel La Louisiane. Sabía que allí solían hospedarse músicos del jazz: Miles Davis, John Coltrane, Charlie Parker; también allí habían vivido varios años Sartre y Simone de Beauvoir en una habitación con cocina y allí Albert Camus se veía con su amante Juliette Gréco, una de las huéspedes estables. Era un hotel costroso, viejo y lleno de glamour, en cuyo ascensor diminuto podías cruzarte con profesores alemanes y modelos de alta costura norteamericanas”.

La columna terminaba evocando la melancolía de los días en que el autor aún creía “que la libertad y la vida solo estaban en los libros y que no había nada en el mundo como ser joven en París”.

Después de leer aquello no quedaba más remedio que ir.

Pedí cita y, el primer día que entré en La Louisiane, hace algo más de un año, ocurrió una de esas casualidades que parecen preparadas por la ciudad. Mientras hablaba con Charlotte Saliou en el vestíbulo, se abrió la puerta y entró Frédéric Beigbeder. Para sorpresa de Charlotte, se acercó, me dio un abrazo a mí y otro a ella, como si diera por hecho que ella y yo debíamos de conocernos. Ella preguntó de qué nos conocíamos y le dije que ya le contaría la historia otro día.

El hotel está a punto de cumplir 200 años. En el mapa de París es una anomalía: un pequeño territorio que parece sobrevivir al tiempo y a las reformas urbanísticas. No es exactamente un hotel, al menos no en el sentido moderno del término. Es más bien un refugio para espíritus errantes, una casa para viajeros que todavía creen en la conversación, y una cápsula de memoria donde siguen resonando las discusiones filosóficas, las improvisaciones de jazz y las noches interminables de varias generaciones de artistas.

Beigbeder lo explicaba en el prólogo del libro Le Refuge des étoiles, escrito por Charlotte Saliou, que durante años fue recepcionista del hotel y hoy, casada con Xavier Blanchot, miembro de la familia propietaria, se encarga de su comunicación. Decía Frederic que desde que en 2017 se instaló en Géthary, La Louisiane se ha convertido en su domicilio parisino. Aquí halla algo parecido a una familia improvisada: poetas insomnes, artistas que todavía creen en la bohemia, conversaciones que se prolongan hasta la madrugada y esa sensación rara de que el tiempo puede suspenderse durante unas horas.

A esa cartografía sentimental del hotel se suma también el libro Hotel Louisiane, de Julie Duchatel, otra exploración de este edificio que, más que un establecimiento hotelero, parece un organismo vivo.

Porque La Louisiane es, en muchos sentidos, un hotel de resistencia.

Resistencia arquitectónica, en primer lugar. El edificio parece obedecer a una lógica propia. Las habitaciones se numeran de manera caprichosa —la 81 está en el cuarto piso, aunque por encima haya todavía más plantas— y los pasillos, cubiertos de alfombras gastadas, tienen algo de laberinto doméstico. Uno baja las escaleras con la ligera sospecha de que el edificio entero se mantiene en pie gracias a la memoria de quienes lo han habitado.

Resistencia cultural, también. El nombre del hotel no es casual. Desde el siglo XIX evocaba la conexión con Louisiana, el territorio norteamericano donde el jazz encontró una de sus cunas más fértiles. Cuando aquella música cruzó el Atlántico y llegó a París, La Louisiane se convirtió en uno de sus refugios naturales. Desde entonces el hotel funciona como un pequeño puerto cultural donde atracan músicos, escritores, pintores y cineastas.

Y, finalmente, resistencia económica. En el sexto distrito de París, probablemente el más caro de Francia, una habitación individual puede costar 80 euros. No hay televisores, ni lujo, ni voluntad de competir con las grandes cadenas hoteleras. Lo que ofrece La Louisiane es algo más difícil de encontrar: una cama, un escritorio, un silencio relativo y la sensación de estar dentro de una historia.

Volví al hotel el mes pasado y me senté con Xavier Blanchot, representante de la cuarta generación de la familia que lo gestiona desde 1926. Abrimos una botella de vino blanco y dejamos sonar jazz mientras me hablaba de los huéspedes que habían pasado por allí.

— McQueen vino con James Coburn. Eran muy amigos. Picasso vino durante la Segunda Guerra Mundial para ensayar aquí una obra de teatro que montaba con Cocteau…

Luego habló de la otra resistencia, la más literal.

Los bomberos, la policía, el ayuntamiento… me han pedido mil veces destruir el edificio. Dicen que estos pasillos no cumplen las normas modernas. Quieren que venga un fondo de inversión, lo tire todo y construya un cinco estrellas con pasillos de dos metros. Pero no. La ley no puede ser retroactiva. La Louisiane es más antigua que las leyes.

En el fondo, todo el hotel funciona según esa lógica. Aquí todavía se trabaja à l’ancienne. Les costó, por ejemplo, entrar en Booking.

Retratos de algunos de los clientes ilustres en el hall del hotel. Foto: Mario Ghabali 

Las plataformas venden noches. Tú entras, aprietas una tecla y pagas, pero no conoces a nadie. Al hotel le das igual. Aquí es al revés: cada cliente es una historia. Hablamos, preguntamos, leen la historia del lugar. Entienden por qué estamos medio escondidos, sin grandes luces de neón. Hacemos un poco la guerrilla. Hay huéspedes que llevan 50 años regresando.

Por estos pasillos han transitado Albert Camus, Arthur Rimbaud, Duke Ellington, Jim Morrison, Keith Haring o Quentin Tarantino. Y cuando París era la capital europea del jazz, músicos como Miles Davis, John Coltrane o Charlie Parker encontraban aquí un refugio natural.

En sus habitaciones se discutía de filosofía, se escribían poemas, se improvisaban conciertos y se vivían amores que el tiempo terminaría transformando en leyenda. Una de las habitaciones más célebres es la número 10, donde vivió Juliette Gréco, musa del existencialismo. Antes había dormido allí Jean-Paul Sartre, y después la habitación se convirtió en un pequeño epicentro de la vida intelectual parisina.

Gréco llegó tras la Liberación, cuando París intentaba reconstruirse. Vestía con frecuencia trajes masculinos, cantaba con una voz grave y parecía encarnar la rebeldía de una ciudad que volvía a respirar.

Fue Sartre quien la animó a cantar escribiéndole La rue des Blancs-Manteaux, mientras Raymond Queneau le ofrecía Si tu t’imagines. Ambas canciones acabarían sonando en la mítica sala Le Bœuf sur le Toit.

En sus memorias, Je suis faite comme ça, Gréco recordó los casi dos años que pasó en esa habitación. Allí vivió su intensa historia de amor con Miles Davis. Se conocieron en 1949 y el vínculo entre ambos se prolongó durante años. Davis diría más tarde que nunca se casaron porque la amaba demasiado: temía que su condición de hombre negro en la América segregada pudiera perjudicarla.

En París viví con la ilusión de la posibilidad”, recordaría él.

Ella lo evocó con otra frase:

Vi un hombre de perfil, vi un dios. Entendí lo que llaman belleza, lo que llaman genio”.

En el vestíbulo, entre fotografías de Sartre, Simone de Beauvoir o Albert Cossery, todavía se percibe esa mezcla de intimidad y leyenda. Cossery, el escritor egipcio apodado el dandi del Nilo, vivió tantos años en el hotel que terminó muriendo en su habitación, la 77. Decía que escribía dos frases al día y publicaba un libro cada diez años. Nadie en La Louisiane parecía tener prisa por contradecirlo.

El edificio conserva ese glamour gastado que solo poseen los lugares donde la historia se ha sedimentado lentamente. En la habitación 36, por ejemplo, se rodaron escenas de More (1969), de Barbet Schroeder, cuya banda sonora compuso Pink Floyd. La cama sigue siendo fucsia, como si el rodaje hubiese terminado ayer. Rogers Waters, David Gilmur, Frank Zappa, Dexter Gordon o Saint Exupéry también pasaron por aquí. 

Fachada de La Louisiane, en los años 40

En una época dominada por hoteles idénticos en todas las ciudades del mundo, La Louisiane sigue siendo un lugar irrepetible. Un hotel que resiste a la uniformidad, a la especulación inmobiliaria y a la amnesia cultural.

A veces, de madrugada, algunos turistas japoneses bajan a la recepción inquietos. Dicen que han oído ruidos en los pasillos y preguntan si el hotel está encantado. La respuesta nunca es demasiado clara. Pero cualquiera que haya pasado una noche allí lo sospecha: los fantasmas existen. Son los fantasmas del jazz, de la literatura, del deseo, de las conversaciones interminables y de todas las vidas que alguna vez encontraron refugio entre esas paredes, fantasmas que no descansan en paz

[Fuente: www.elasombrario.publico.es]

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