La primera noticia que tuve de
este hotel de París no fue una dirección, sino una historia. Me la
contó Joana Bonet, que un día me habló de un hotel en el corazón
de Saint-Germain-des-Prés donde Miles Davis y Juliette
Gréco habían vivido una de esas historias de amor que parecen inventadas por el jazz y que
suelen requerir de noches largas, humo y música. En una época dominada por
hoteles idénticos en todas las ciudades del mundo, sigue siendo un lugar irrepetible, símbolo de resistencia. Un hotel que resiste a la uniformidad, a la
especulación inmobiliaria y a la amnesia cultural. Resistencia económica
también; una habitación individual puede salir por 80 euros. Albert Camus, Arthur Rimbaud, Duke Ellington,
Jim Morrison, Keith Haring o Quentin Tarantino se alojaron en sus habitaciones. Entramos en el hotel La Louisiane, que está a
punto de cumplir 200 años.
Entrada del hotel La Louisiane en París; discreta y sin ostentaciones, norma de la casa. Foto: Mario Ghabali
Escrito por
Busqué la dirección
por simple curiosidad y descubrí algo que debería avergonzarme un poco: el
hotel estaba a dos calles de la universidad donde trabajo desde hace 15 años.
Durante todo ese tiempo había pasado cerca sin saberlo, como si algunas
historias esperaran a ser descubiertas solo cuando uno está preparado para
escucharlas.
La segunda noticia me llegó en forma de literatura. Era
una columna de Manuel Vicent publicada en El País que empezaba así:
“En la rue de Seine, casi esquina al bulevar
Saint-Germain, estaba el hotel La Louisiane. Sabía que allí solían hospedarse
músicos del jazz: Miles Davis, John Coltrane, Charlie Parker; también allí
habían vivido varios años Sartre y Simone de Beauvoir en una habitación con
cocina y allí Albert Camus se veía con su amante Juliette Gréco, una de las
huéspedes estables. Era un hotel costroso, viejo y lleno de glamour, en cuyo
ascensor diminuto podías cruzarte con profesores alemanes y modelos de alta
costura norteamericanas”.
La columna terminaba evocando la melancolía de los días
en que el autor aún creía “que la libertad y la vida solo estaban en los libros
y que no había nada en el mundo como ser joven en París”.
Después de leer aquello no quedaba más remedio que ir.
Pedí cita y, el primer día que entré en La Louisiane,
hace algo más de un año, ocurrió una de esas casualidades que parecen
preparadas por la ciudad. Mientras hablaba con Charlotte Saliou en el
vestíbulo, se abrió la puerta y entró Frédéric Beigbeder. Para sorpresa de
Charlotte, se acercó, me dio un abrazo a mí y otro a ella, como si diera por
hecho que ella y yo debíamos de conocernos. Ella preguntó de qué nos conocíamos
y le dije que ya le contaría la historia otro día.
El hotel está a punto de cumplir 200 años. En el
mapa de París es una anomalía: un pequeño territorio que parece sobrevivir al
tiempo y a las reformas urbanísticas. No es exactamente un hotel, al menos no
en el sentido moderno del término. Es más bien un refugio para espíritus
errantes, una casa para viajeros que todavía creen en la conversación, y una
cápsula de memoria donde siguen resonando las discusiones filosóficas, las
improvisaciones de jazz y las noches interminables de varias generaciones de
artistas.
Beigbeder lo explicaba en el prólogo del libro Le Refuge des
étoiles, escrito
por Charlotte Saliou, que durante años fue recepcionista del hotel y hoy,
casada con Xavier Blanchot, miembro de la familia propietaria, se encarga de su
comunicación. Decía Frederic que desde que en 2017 se instaló en Géthary,
La Louisiane se ha convertido en su domicilio parisino. Aquí halla algo
parecido a una familia improvisada: poetas insomnes, artistas que todavía creen
en la bohemia, conversaciones que se prolongan hasta la madrugada y esa
sensación rara de que el tiempo puede suspenderse durante unas horas.
A esa cartografía sentimental del hotel se suma también
el libro Hotel
Louisiane, de Julie Duchatel,
otra exploración de este edificio que, más que un establecimiento hotelero,
parece un organismo vivo.
Porque La Louisiane es, en muchos sentidos, un hotel
de resistencia.
Resistencia arquitectónica, en primer lugar. El edificio
parece obedecer a una lógica propia. Las habitaciones se numeran de manera
caprichosa —la 81 está en el cuarto piso, aunque por encima haya
todavía más plantas— y los pasillos, cubiertos de alfombras gastadas, tienen
algo de laberinto doméstico. Uno baja las escaleras con la ligera sospecha de
que el edificio entero se mantiene en pie gracias a la memoria de quienes lo
han habitado.
Resistencia cultural, también. El nombre del hotel no es
casual. Desde el siglo XIX evocaba la conexión con Louisiana, el
territorio norteamericano donde el jazz encontró una de sus cunas más
fértiles. Cuando aquella música cruzó el Atlántico y llegó a París, La
Louisiane se convirtió en uno de sus refugios naturales. Desde entonces el
hotel funciona como un pequeño puerto cultural donde atracan músicos,
escritores, pintores y cineastas.
Y, finalmente, resistencia económica. En el sexto
distrito de París, probablemente el más caro de Francia, una habitación
individual puede costar 80 euros. No hay televisores, ni lujo, ni voluntad
de competir con las grandes cadenas hoteleras. Lo que ofrece La Louisiane es
algo más difícil de encontrar: una cama, un escritorio, un silencio relativo y
la sensación de estar dentro de una historia.
Volví al hotel el mes pasado y me senté con Xavier
Blanchot, representante de la cuarta generación de la familia que lo gestiona
desde 1926. Abrimos una botella de vino blanco y dejamos sonar jazz mientras me
hablaba de los huéspedes que habían pasado por allí.
— McQueen
vino con James Coburn. Eran muy amigos. Picasso vino durante la
Segunda Guerra Mundial para ensayar aquí una obra de teatro que montaba con
Cocteau…
Luego habló de la otra resistencia, la más literal.
—Los bomberos,
la policía, el ayuntamiento… me han pedido mil veces destruir el edificio.
Dicen que estos pasillos no cumplen las normas modernas. Quieren que venga un
fondo de inversión, lo tire todo y construya un cinco estrellas con pasillos de
dos metros. Pero no. La ley no puede ser retroactiva. La Louisiane es más
antigua que las leyes.
En el fondo, todo el hotel funciona según esa lógica.
Aquí todavía se trabaja à l’ancienne.
Les costó, por ejemplo, entrar en Booking.
Retratos de algunos de los clientes ilustres en el hall del hotel. Foto: Mario Ghabali
—Las plataformas venden noches. Tú entras, aprietas
una tecla y pagas, pero no conoces a nadie. Al hotel le das igual. Aquí es al
revés: cada cliente es una historia. Hablamos, preguntamos, leen la historia
del lugar. Entienden por qué estamos medio escondidos, sin grandes luces de
neón. Hacemos un poco la guerrilla. Hay huéspedes que llevan 50
años regresando.
Por estos pasillos han transitado Albert Camus,
Arthur Rimbaud, Duke Ellington, Jim Morrison, Keith Haring o Quentin Tarantino.
Y cuando París era la capital europea del jazz, músicos como Miles Davis,
John Coltrane o Charlie Parker encontraban aquí un refugio natural.
En sus habitaciones se discutía de filosofía, se
escribían poemas, se improvisaban conciertos y se vivían amores que el tiempo
terminaría transformando en leyenda. Una de las habitaciones más célebres es
la número 10, donde vivió Juliette Gréco, musa del existencialismo.
Antes había dormido allí Jean-Paul Sartre, y después la habitación se convirtió
en un pequeño epicentro de la vida intelectual parisina.
Gréco llegó tras la Liberación, cuando París intentaba
reconstruirse. Vestía con frecuencia trajes masculinos, cantaba con una voz
grave y parecía encarnar la rebeldía de una ciudad que volvía a respirar.
Fue Sartre quien la animó a cantar
escribiéndole La rue des Blancs-Manteaux, mientras Raymond Queneau le ofrecía Si tu t’imagines. Ambas canciones acabarían sonando en la mítica
sala Le Bœuf sur le Toit.
En sus memorias, Je suis faite comme ça, Gréco recordó los casi dos años que pasó en esa
habitación. Allí vivió su intensa historia de amor con Miles Davis. Se
conocieron en 1949 y el vínculo entre ambos se prolongó durante años. Davis
diría más tarde que nunca se casaron porque la amaba demasiado: temía que su
condición de hombre negro en la América segregada pudiera perjudicarla.
“En París viví
con la ilusión de la posibilidad”, recordaría él.
Ella lo evocó con otra frase:
“Vi un hombre de
perfil, vi un dios. Entendí lo que llaman belleza, lo que llaman genio”.
En el vestíbulo, entre fotografías
de Sartre, Simone de Beauvoir o Albert Cossery, todavía se
percibe esa mezcla de intimidad y leyenda. Cossery, el escritor egipcio apodado el
dandi del Nilo, vivió tantos años en el hotel que terminó muriendo en su
habitación, la 77. Decía que escribía dos frases al día y publicaba un
libro cada diez años. Nadie en La Louisiane parecía tener prisa por
contradecirlo.
El edificio conserva ese glamour gastado que solo poseen los lugares donde la historia se ha sedimentado lentamente. En la habitación 36, por ejemplo, se rodaron escenas de More (1969), de Barbet Schroeder, cuya banda sonora compuso Pink Floyd. La cama sigue siendo fucsia, como si el rodaje hubiese terminado ayer. Rogers Waters, David Gilmur, Frank Zappa, Dexter Gordon o Saint Exupéry también pasaron por aquí.
Fachada de La Louisiane, en los años 40
En una época dominada
por hoteles idénticos en todas las ciudades del mundo, La
Louisiane sigue siendo un lugar irrepetible. Un hotel que resiste a la
uniformidad, a la especulación inmobiliaria y a la amnesia cultural.
A veces, de madrugada, algunos turistas japoneses bajan a
la recepción inquietos. Dicen que han oído ruidos en los pasillos y preguntan
si el hotel está encantado. La respuesta nunca es demasiado clara. Pero
cualquiera que haya pasado una noche allí lo sospecha: los fantasmas existen.
Son los fantasmas del jazz, de la literatura, del deseo, de las conversaciones
interminables y de todas las vidas que alguna vez encontraron refugio entre
esas paredes, fantasmas que no descansan en paz
[Fuente: www.elasombrario.publico.es]



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