sexta-feira, 26 de maio de 2017

Fervor de Buenos Aires/ECLÉCTICA


Escrito por Claudio Ferrufino-Coqueugniot

Alberto Arenas canta Sentimiento gaucho, de Francisco Canaro. Nada mejor para ponerle espíritu al texto que tiene a la ciudad del Plata como personaje. Continúa el tanguero con Tiempos viejos para arreciar el vaho de nostalgia que en sí misma carga la Gran Aldea. Y es que el tango, igual que sus calles, edificaciones y veleidosa idiosincrasia, acuna las penas de muchos pueblos. En su letra sufre el paisano, castellano e indio mixto, con raíces que el tiempo ha borrado, dejando solo, por encima, melancolía tanto por lo nuevo como por lo ido; llora el itálico ante la inerte pampa recordando el vergel natural de la tierra que no volverá a ver, lamento que no rompe el ávido impulso de riqueza que le produce el yermo. Rara y única paradoja de Buenos Aires, a quien se ha comparado a París sin serlo. Afrancesada sin duda, con los elementos que la cultura francesa, en boga entonces y por largos períodos, impronta en la arquitectura y las letras bonaerenses. Pero ahí están, tiesos ante el empuje extranjero, el gaucho Martín Fierro, de José Hernández, los textos de Echeverría, las excursiones a los pampas con un ya indudable acento propio.

No se puede negar a la capital argentina ser síntesis de Europa y América, y síntesis de la diversidad americana también. Nacida del deseo de poblar, visto que no había tesoros como en el Perú o el Alto Perú, la villa crece al impulso del trabajo, se transforma desde inicio en una semblanza de la madre patria. Su apertura al océano Atlántico, la única hispánica de importancia, ya que el resto pertenecía al reino luso, le permite afianzarse como centro importante hasta que con el tiempo se le diera la estatura de virreinato, igual a la Lima imperial.

Tomo a Mujica Lainez como un glosario del Buenos Aires antiguo. Su libro Misteriosa Buenos Aires, aparte de un dechado de virtud literaria, ficcionaliza aspectos íntimos de su historia, desde el hambre de 1536, donde los ibéricos sitiados devoraban las piernas colgantes de los ahorcados mientras los indios afuera, hambrientos también, aguardaban. A través de las décadas, de los siglos, este autor retoma relatos platenses cuya veracidad ni interesa. Puede que a raíz de una leyenda popular, Manuel Mujica Lainez cree todo un argumento nuevo, o que simplemente invente lo sucedido. Así narra -entre 1816 y 1852- los avatares de un volumen de Pablo y Virginia, primera traducción castellana, con un inicio en una tienda de Perpignan pasando por oficiales ingleses, salteadores de caminos, marinos, negras, mulatas, el sabio Bonpland, amigo de Bolívar y causa -casi- de que el Libertador invadiese los territorios del dictador paraguayo Francia, de quien era cautivo el científico. Sus textos pintan un Buenos Aires viviente, no son retablos tristes del pasado ni augures futuristas. En las calles del escritor la vida tiene sentido porque hay cotidianeidad. Mujica Lainez no desmerece en sus páginas las huellas de Hugo ni tampoco las de Poe, autores ambos de textos urbanos, buscantes e indagantes de las vísceras de la ciudad.

Cómo mencionar Buenos Aires sin hablar de Borges, para quien, en 1934, y como guía del trágico Drieu La Rochelle, la búsqueda terminaba, comenzaba- al hallar los dos poetas un arroyuelo misterioso que corría entre la urbe, incólume con su presencia colonial. La Gran Aldea se perfila en nadie como en Borges, muchas veces no como elemento concreto sino como ambiente. Porque Borges se nutre en esa aristocracia aldeana plena de fantasmagorías y tintes épicos.

Roberto Arlt, sus sociedades secretas, puteríos que se inmortalizan en sus páginas y en el tango, apellidos criollos sumados a la ambigüedad del viejo mundo. La ciudad que bulle tratando de alcanzar alguna forma, mientras el trasfondo de carretas deja paso a las altas edificaciones, cuando Gardel interpreta mil canciones y la política prevé la sangre que va a caer como torrente en la nación argentina.

Claveles rojos sobre la tumba de Scarfó; Discepolín que se confiesa a Eva Perón y teme por su mortalidad porque inmortal ya era. Cafés que esconden a Witold Gombrowicz. Churrascos que humaredan la Costanera; el equipo de River Plate; Racing con Basile y Perfumo. Trenes que de Retiro suben al norte, camino de Catamarca, camino de Bolivia, donde al otro lado de la línea horada el vacío andino.

Vamos por el subterráneo de Buenos Aires, con asientos aún de madera, igual que Borges el 34, cuando todavía por Palermo bailaban los cuchillos. Fervor, fervor de Buenos Aires.

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[Publicado en Lecturas (Los Tiempos/Cochabamba), julio, 2005 - imagen: Buenos Aires entre 1820 y 1840 - fuente: lecoqenfer.blogspot.com]

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