Alimentación. A pesar de la cultura gastronómica circundante y del valor que tuvo el pasar de lo crudo a lo cocido, se cocina cada vez menos en el hogar.
![]() |
| Procesos. En los últimos 25 años nuestro país ingresó en la moda
gourmet. Sin embargo, ese placer no trajo mayor reflexión sobre lo ingerido. |
Por Carolina Reymundez
La televisión muestra más shows culinarios que nunca, la alta
cocina se sofistica y los chefs son estrellas mediáticas, todos con su
libro bajo el brazo. Sin embargo en los últimos años la cocina de cada
día se simplificó: se come rápido y se cocina menos. “Comemos como
vivimos. Pobres y ricos, todos comemos mal. Hoy, las condiciones de vida
conspiran contra el consumo de lo fresco”, señala la antropóloga
alimentaria Patricia Aguirre en el Aula Magna de la Facultad de Medicina
de la UBA donde presenta el libro Cocinar y comer en Argentina hoy, del que es coautora junto a Diego Díaz Córdova y Gabriela Polischer.
La escuchan alumnos de nutrición, de medicina; estudiantes interesados
en la alimentación. Gente preocupada por la alimentación.
El
libro es una investigación exhaustiva sobre el comer cotidiano en la
actualidad y en la Argentina en particular: a qué se llama comida,
cuáles son las formas de preparación, cómo es la comensalidad. Para
realizarlo se trabajó con una selección de mujeres y hombres de
diferentes sectores de ingresos que cocinan en los hogares en distintas
regiones del país.
Uno de los principales cambios que los autores
observaron a partir de las entrevistas es el empobrecimiento de las
preparaciones cotidianas, en las que domina el calentar sobre el
cocinar. “Este empobrecimiento deriva de las relaciones sociales que
restan importancia al evento alimentario, haciendo que el tiempo
dedicado a la cocina sea socialmente percibido como menos importante que
el dedicado, por ejemplo, a ver televisión”, destacan los autores entre
las conclusiones principales. Atravesamos una época dominada por el
picoteo, los desarreglos alimentarios, la obesidad y enfermedades
ligadas a la nutrición, y es la misma época del discurso salubrista en
los medios, la especificación extrema de la comida (carnívoros,
vegetarianos, pecetarianos, veganos), los “alicamentos” (alimentos
vistos como medicina, como el yogur con calcio) y la expansión de los
ultraprocesados, cada vez más baratos.
“Obviamente, el fenómeno
de la falta de cocina casera cada vez es más global, y más aún en los
países desarrollados. Está íntimamente relacionado con el rol de las
mujeres, el hecho de que salgamos a trabajar fuera del hogar, etc. Por
eso, en Europa comenzó hacia los años 50 y aquí hacia los 70”, sostiene
la antropóloga Gabriela Polischer. En el trabajo de campo para realizar
el libro se encontraron con que muchas mujeres no soportan la cocina
rutinaria. “La cocina de varias comidas al día es la que desgasta.
Entonces, terminan haciendo minutas. Ya no preparan una salsa, abren una
lata”, agrega.
En ese punto, el mercado les facilita lo que
necesitan. Lo marcó el antropólogo alimentario Marvin Harris hace
treinta años: “En grado cada vez mayor, lo que es bueno para comer es lo
que es bueno para vender”. La alimentación también preocupa a Vandana
Shiva, filósofa y física india –famosa por combatir a Monsanto– que
estuvo en la Argentina en el 3º Festival Internacional de Cine
Ambiental. Afirmó que no toda la comida rápida es comida basura. Para
ella, la cocina comunitaria es la llave para comer bien. “Las mujeres
que no trabajan están libres para apoyar a las que tienen trabajo. Así,
la cocina comunitaria, igual que las huertas comunitarias, tienen que
ser la solución para afrontar las carencias de tiempo, de recursos, de
no saber cómo se cocina”.
Comer en solitario
Cuenta
Michael Pollan que en cierto momento de la madurez descubrió que la
respuesta a muchas cuestiones que lo inquietaban era siempre la misma:
cocinar. Esas cuestiones podían ser tan variadas como de qué forma
conectarse con su hijo adolescente, cómo adquirir mayor conocimiento del
mundo natural, cómo convertir el sistema alimentario en algo más
saludable y sostenible. El periodista y best séller estadounidense es un
referente del movimiento gastronómico hacia una cocina consciente. En
su libro Cocinar (Debate) habla de la cocina como transformación y de recuperarla para restaurar el balance en nuestra vida.
La palabra cocina
es polisémica: designa a la vez el espacio físico donde se prepara la
comida, el artefacto donde se cuece y el modelo que sintetiza consumos y
conductas. En Cocinar , Pollan aborda los tres sentidos. Escribe
sobre la transformación de los alimentos a través del fuego, el agua,
el aire y la tierra y prepara cuatro recetas, tal como lo hace también
en la serie documental Cooked, de Netflix, donde se lo ve con
las manos en la masa. Asa un cerdo entero, hace pan, recorre su país en
busca de los maestros y visita Australia, Marruecos y México para
conocer tradiciones culinarias; sale al campo a ver los cultivos y
muestra el producto en su forma original. Al final de cada capítulo de Cooked, el periodista comparte la receta hecha plato con amigos. El
televidente ve que la pasan bien, ríen, charlan, disfrutan mientras
comen. No es raro que lo vea en solitario, comiendo frente a la tele.
Para Claude Flischler, sociólogo del Instituto Nacional de Investigaciones de Francia y autor de El omnívoro
(Anagrama), la cocina se trivializó. Está en todos lados, no necesita
preparación ni ceremonia. Fischler contrapone la gastronomía a la
gastro-anomia de hoy: comer sin sentido. “Comer no es otra forma de
consumo como comprar ropa o un auto, es algo que se hace socialmente,
por eso hablamos de comensalidad, se comparte la mesa y la comida. La
mesa familiar tiene, además, una dimensión educacional. La comida es la
ocasión en la que se les enseña a los chicos algunas reglas básicas de
convivencia, solidaridad, comportamiento, prioridades”, sostuvo en el
marco de “La paradoja del apetito”, una conferencia sobre comida, en
EE.UU.
Algunos recordarán su mesa de niños, quizás sin poder
levantarse hasta que el padre, sentado en la cabecera, lo ordenara o
teniendo que comer hasta el último bocado de una comida que quizás no
les gustaba. Otros evocarán las historias que se contaban en la mesa, el
sabor del guiso de la abuela, las recetas transmitidas de boca en boca,
las bromas, las peleas. Incluso la grieta forma parte de la
comensalidad. Una comensalidad que, según los expertos, está en
retirada. Primero se redujo de cinco comidas a tres (además, el almuerzo
va perdiendo importancia) y hoy predomina la comida en solitario.
Cocinar nos hace humanos
Hace dos millones de años, los primates que nos precedieron dedicaban
gran parte de su día y energía a masticar alimentos crudos, con cáscara,
hojas duras. Según la teoría del antropólogo y primatólogo de la
Universidad de Harvard Richard Wrangham, el control del fuego y la
cocción de los alimentos están asociados a los cambios fisiológicos en
el Homo erectus : mandíbulas, dientes y aparato digestivo más
chicos y cerebro más grande. “Cocinar nos hace humanos, alrededor del
fuego nos volvimos más dóciles”, afirma Wrangham.
No se sabe con
exactitud cuánto tiempo pasó desde que se controló el fuego hasta que se
cocinó por primera vez. “Puede haber sido una semana o diez
generaciones, pero es probable que haya ocurrido hace 1,9 millones de
años con el descubrimiento del fuego. Obviamente no hay un paso
cognitivo muy grande de controlar el fuego a cocinar”, sostiene. En la
película La guerra del fuego (Jean Jacques Annaud, 1981), que
muestra la lucha de los humanos primitivos por el fuego, la idea de
cocinar el alimento comienza con un trozo de carne que se cae
accidentalmente al fuego.
El primero que cocinó no era del todo
humano –prehomínido–, vivía en África y lo que cocinó fue algo muy
simple y parecido a la manera en que se cocina cuando uno está de
camping: en el fuego. Se asaban raíces y tubérculos que se volvían más
tiernos y apetecibles. “Al cocinar, los homínidos saltaron del medio
animal al medio social propio del hombre”, señaló el biólogo español
Faustino Cordón, autor de Cocinar hizo al hombre (Tusquets). En 1964, con Lo crudo y lo cocido
Claude Lévi-Strauss tomó los estados culinarios como metáfora de la
transformación humana a partir de la naturaleza cruda –no elaborada– en
cultura cocida. Y con el fuego llegó la fabricación de herramientas, las
anécdotas de caza, el lenguaje, el nombre, el significado.
En
esta era estamos separados del fuego. El estado culinario dominante es
una abstracción: la comida preparada, lista para comer, que se relaciona
con la naturaleza por medio de las imágenes que se ven en el paquete.
En este contexto, las corporaciones hacen su negocio –hoy se comen
básicamente tres cereales (arroz, maíz y trigo) que provienen de
semillas genéticamente modificadas–, y el gusto y la nutrición quedan en
último lugar.
Cómo se come
“La alimentación está en
crisis. La producción está en crisis (no es sustentable), igual que la
distribución (hay hambre) y también el consumo (se está rompiendo la
comensalidad)”, continúa Patricia Aguirre en la presentación de su
libro, en el horario de la Cátedra Libre de Soberanía Alimentaria que se
dicta hace cuatro años en la Facultad de Medicina.
En el libro Cocinar y comer en Argentina hoy
se determina, por ejemplo, el fondo de especias característico de
nuestro país: sal, pimienta, orégano, pimentón, ají molido y limón, que
por su magnitud de uso también se incluyó como saborizante. Es lo que
usaban las abuelas para cocinar; sin embargo las nietas lo desconocen y
resumen en sobrecitos de “condimentos preparados”. Así, el condimento
para pizza se usa en las lentejas, la carne al horno o el puchero.
El Mofad –Museo de la Comida y la Bebida de Brooklyn– exhibe por estos días un recorrido por el sabor artificial ( Flavor: Making It and Faking It
), una industria de 25 billones de dólares que experimentamos casi
siempre que comemos. Para Gabriela Polischer estamos ante una época de
confusión y bombardeo de discursos. “Por un lado me dicen que hay que
comer frutas, verduras y yogur y por otro me venden el alfajor doble
grandote. Hoy hay contradicciones acerca de lo que es comida. Alguien
puede comer un sándwich al mediodía y volver a la noche al hogar y decir
que no comió. Porque para ser percibido como comida debe poseer una
elaboración, una consistencia, algo que remita a lo casero”, señala.
Los entrevistados en Comer y cocinar en Argentina hoy
coinciden en que “la madre de todas las comidas es la hecha en casa”.
Sin embargo, la fábrica avanza sobre la cocina y se olvidan de los
sabores que generan pertenencia. Salvo, por lo menos en la Argentina, el
asado. Los domingos al mediodía todavía huele a asado. Los amigos y la
familia se reúnen alrededor del fuego y, en esa instancia, la
comensalidad no está perdida.
[Fuente: www.revistaenie.clarin.com]

Sem comentários:
Enviar um comentário