Isac Nunes da Luz Cordeiro
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Tradutor Público e
Intérprete do Comércio
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Idiomas: francês, espanhol, catalão e galego ***
Matriculado na Junta Comercial do Estado do Paraná
*** Curitiba ***
República Federativa do Brasil
L’occitan fa partida
de las dotze lengas protegidas per aquel fons, dont la dotacion demesís annada
après annada
Escrich per Jòrdi Ràfols
Itàlia
destinarà 2,6 milions d’èuros
al fons nacional de proteccion de las minoritats lingüisticas istoricas. Los
fonzes seràn destinats als oficis lingüistics, a la formacion de foncionaris e
d’ensenhaires, a las activitats culturalas e la toponimia. La lei protegís
dotze minoritats dichas istoricas: los albaneses, los catalans, los croats, los
franceses, los arpitans, los friolans, los germanics, los grècs, los ladins,
los sardes, los eslovèns e los occitans.
Aquelas ajudas
s’inscrivon dins l’encastre de la Lei 482/1999,
adoptada fa mai de vint e cinc ans per desvolopar l’article 6 de la
Constitucion italiana, que prevei la proteccion de las minoritats lingüisticas.
Lo fons finança de projèctes portats per las administracions e los organismes
dels territòris ont vivon aquelas comunautats, sustot dins los domenis de
l’ensenhament, dels servicis publics, de la cultura e la toponimia.
La dotacion prevista
per 2026 s’auça a 2 622 506 èuros, çò es un montant inferior al dels dos
exercicis precedents. En 2025, lo fons dispausava de 2 760 533 èuros, e 2 905
823 èuros en 2024. En dos ans, las ressorsas previstas an donc desmesit de près
d’un 10%.
L’occitan es una de
las dotze lengas susceptiblas de beneficiar d’aquel fons. En Itàlia, la màger
part de la comunautat occitana viu dins las Valadas, en Piemont e Ligúria.
Existís tanben la comunautat occitana de La Gàrdia, en Calàbria. La demanda
supèra pasmens la moneda disponibla. En 2024, los projèctes presentats per
l’occitan despassèron d’efièch lo montant que li èra atribuit dins la
reparticion iniciala, e lo montant final foguèt reduch a solament 91 475
èuros. Aquel an, las comunautats albanesa, francesa, arpitana, friolana e grèga
avián tanben presentat de projèctes per un montant superior a las ressorsas que
lor èran atribuidas
Antes del 4 de
octubre lo veíamos como una hipótesis estadística o una posibilidad
estocástica. Creíamos en las encuestas y pensábamos que una victoria de
Bolsonaro no se vería con contundencia en la primera vuelta, que la batalla se
daría hasta la segunda y el equilibrio precario entre izquierdas y derechas se
definiría, tal vez por un suspiro, a fines de mes. Y claro, pensábamos que
sería a favor de Lula.
Pero Flávio Bolsonaro venció la primera ronda de la
elección presidencial, y su partido, el Partido Liberal (PL), ganó el
Legislativo -ambas cámaras- y varias gubernaturas. La perspectiva del 25 de
octubre ahora se ve distinta, incluso si Bolsonaro pierde la elección
presidencial. Sería histórico, pues desde la redemocratización en Brasil,
ningún candidato presidencial que ha perdido la primera vuelta ha logrado
vencer en la segunda. Flávio Bolsonaro puede perder, pero el bolsonarismo ya
ganó. ¿Qué ganó Bolsonaro sin ganar (todavía) la presidencia de Brasil?
Me arriesgo a decir que ganó las condiciones de la
gobernabilidad nacional por, al menos, los siguientes 4 años. Ganó una fuerza
electoral que sostendrá un movimiento de derecha de largo aliento, ganó el
poder en 5 estados que gobiernan 32 millones de habitantes y donde se gesta y
crece la industria, las finanzas y el agronegocio en Brasil. En mi perspectiva,
el bolsonarismo ganó las condiciones para transformar un cambio de partido en
un cambio de régimen.
Gubernaturas
La primera vuelta de las elecciones en Brasil terminó con
al menos 20 gubernaturas electas. Cinco estados y el Distrito Federal tendrán
segunda vuelta. De esas 20 gubernaturas, el PL ganó 5: Paraná, Rio Grande do
Sul, Santa Catarina, Rondônia y Roraima. Su aliado, el partido Republicanos,
ganó nuevamente São Paulo y venció en Minas Gerais y Mato Grosso. Río de
Janeiro está a la espera de una decisión judicial sobre la candidatura de
Anthony Garotinho; si se confirma su inelegibilidad, Douglas Ruas (del PL)
podría ganar en primera vuelta; de lo contrario, habrá una segunda vuelta
contra Eduardo Paes.
Estos resultados confirman un corredor del sur gobernado
por la derecha, con los estados más poblados y más ricos bajo su control, con
poder de decisión sobre los centros financieros e industriales del país y buena
parte del agronegocio brasileño bajo su bandera política.
Cámara de Diputados
Con los resultados del 4 de octubre, el PL ganó la Cámara
de Diputados. Tendrá 121 de 513 diputados federales. Rompió récord. Ningún
partido había sumado una bancada de ese tamaño desde 1986, en la primera
elección tras el fin de la dictadura, cuando la oposición, reunida bajo el
Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), logró 260 escaños a su
favor.
Esta vez, si sumamos los aliados de derecha (el Partido
Progresista y Republicanos), el bolsonarismo puede sumar 303 diputados, el 59 %
de la Cámara.
Cámara de
Senadores
En esta elección, se votaron dos terceras partes de la
Cámara de Senadores, 54 de 81 escaños. De esos 54, el PL ganó 19, que, sumados
a los 9 que ya tenía, alcanza 28 senadores. También un récord. Además de los 19
electos del PL, 11 senadores de otros partidos fueron electos con el apoyo de
Bolsonaro, de modo que entre senadores recién electos y senadores a la mitad de
su mandato, la bancada bolsonarista puede sumar 39 escaños. El PT de Lula, la
segunda fuerza en el Senado, apenas pudo sumar 9 espacios.
Entre los nuevos integrantes de la Cámara
alta, ya se posicionó el apellido Bolsonaro. Michelle Bolsonaro, esposa de Jair
y madrastra de Flávio, fue electa por el Distrito Federal (Brasília) como la
candidata más votada, y Carlos Bolsonaro, hermano de Flávio, fue electo por
Santa Catarina.
Del Legislativo al Judicial
El control del Senado era clave para el
proyecto bolsonarista, pues es la cámara que aprueba las propuestas de la
Presidencia de la República para los ministros del Supremo Tribunal Federal (el
equivalente a la Suprema Corte de Justicia en México), y la única instancia que
puede iniciar y juzgar su destitución.
Por un lado, el Senado tendrá poder sobre
el nombramiento de al menos 3 nuevos ministros: una posición que se liberó en
2025 y que sigue vacante, una que deberá renovarse en 2028 y otra en 2029. Además,
uno de los ministros actuales tiene prevista su jubilación el penúltimo día del
próximo mandato presidencial, el 30 de diciembre de 2030, y quien gane la
elección presidencial este año podría sumar esa cuarta vacante a su lista de
posiciones por ocupar. De ser así, el bolsonarismo habrá nombrado 6 de 11
ministros del Supremo Tribunal Federal (STF), y tendría mayoría también en ese
poder.
Por otro lado, este Senado bolsonarista
podría finalmente iniciar el proceso de destitución del ministro Alexandre de
Moraes que Jair Bolsonaro ha querido concretar desde 2021 por investigaciones
judiciales en su contra. Tras los sucesos de 2022, por los que Jair Bolsonaro
fue juzgado y sentenciado, Moraes fue nombrado como el relator responsable de
su caso y es quien todavía puede decidir sobre las medidas cautelares y las
restricciones en su comunicación.
Para destituirlo, el bolsonarismo necesita
54 votos que el PL no tiene por sí solo, pero que podría alcanzar con sus
aliados de derecha y mediante negociaciones con el llamado “Centrão” (el bloque
de partidos de centro-derecha). Febrero de 2027 será fundamental para eso, pues
el Senado elegirá a su presidente, el cargo que decide qué denuncias se
tramitan, incluidas las solicitudes de destitución de los jueces del Supremo.
La composición del STF importa también para
el Tribunal Superior Electoral, pues 3 de sus 7 ministros deben ser,
obligatoriamente, miembros del STF. Así, quien juzga en la cúpula del Poder
Judicial federal también lo puede hacer en la cúpula del máximo órgano
electoral de ese país.
Queda claro que al bolsonarismo le interesa
y le favorece un STF debilitado y bajo su control, sin fuerza para investigar y
castigar la corrupción política, que no interfiera en los excesos
presidenciales, que no bloquee reformas constitucionales y que pueda defender
los intereses electorales de la derecha. El bolsonarismo necesita un Poder
Judicial a modo, que respalde las nuevas reglas del juego y que se someta él
mismo a nuevas directrices. Y claro, que le dé amnistía a Jair Bolsonaro y lo
libere de la prisión domiciliaria.
En uno de sus discursos tras la victoria
del primer turno, Bolsonaro declaró sus planes legislativos, y celebró que
“Brasil ya me dio un Congreso mucho más a la derecha de lo que es hoy. Con
mayoría en el Senado para elegir al presidente del Senado, con mayoría en la
Cámara para elegir al presidente de la Cámara. Para que cambiemos la
Constitución, para que redemocraticemos este país, para que las instituciones
vuelvan a respetar la Constitución.”
No veo un aviso más claro. El bolsonarismo
ya llegó. Con Flávio o sin Flávio, cambiarán las reglas del juego.
Natalia Rivera Hoyos es politóloga por El Colegio de México y
maestra en Sociología por la Universidad de São Paulo, en Brasil
O Comité noruegués salienta que é "unha
persoa cuxa excepcional valentía e integridade encabezaron o camiño cara a unha
orde legal internacional máis exhaustiva”.
A xurista
e xuíza surafricana Navi Pillay
O Comité noruegués do
Nobel recoñeceu onte co premio Nobel da
Paz a xurista surafricana e antiga alta comisionada
de Nacións Unidas para os Dereitos Humanos Navanethem Pillay, coñecida como Navi
Pillay, quen foi, ademais, xuíza do Tribunal
Penal Internacional (TPI). “O Premio Nobel da Paz 2026 é para unha persoa
cuxa excepcional valentía e integridade encabezaron o camiño cara a unha orde
legal internacional máis exhaustiva”, dixo o presidente do comité, Jorgen
Watne Frydnes, antes de destacar o seu labor á hora de avanzar
para que os responsábeis de “crimes de guerra, crimes contra a humanidade e
xenocidio” sexan levados ante os tribunais.
“O compromiso de
Pillay cos principios legais universais e o seu firme compás moral son
constantes na súa longa carreira”, destacou, antes de lembrar que foi avogada e
“pioneira legal” durante o apartheid en Suráfrica, “facendo fronte a unha
discriminación estrutural profunda, segregación e exclusión”. Frydnes enxalzou
o “fío” que conecta o seu labor inicial en defensa do líder contra o apartheid,
Nelson Mandela,
co seu papel “como xuíza nalgúns casos xudiciais internacionais chave” nos
últimos anos, sendo xuíza do Tribunal Supremo de Suráfrica, do Tribunal Penal
Internacional para Ruanda e xuíza do TPI, alén de ocupar o cargo na ONU entre
2008 e 2014.
O xenocidio de Israel
Pillay
foi, entre 2021 e 2025, presidenta dunha comisión de Nacións Unidas encargada
de investigar os abusos dos dereitos humanos en Israel e os
Territorios Palestinos Ocupados. Daquela, a Comisión Internacional
Independente de Investigación da ONU concluíu que “Israel
cometeu xenocidio contra os palestinos en Gaza desde o 7 de outubro de 2023”. Desde
o Goberno israelí acusaron onte o Comité do Nobel de
"lexitimar os prexuízos e o odio".
No seu informe destaca a
existencia de catro dos cinco criterios de xenocidio: “Asasinatos, causar danos
corporais e mentais graves, inflixir deliberadamente condicións de vida
calculadas para provocar a destrución e a imposición de medidas destinadas a impedir
nacementos”. Así, no informe enumera os ataques contra civís, persoas e bens
protexidos, os malos tratos severos contra detidos palestinos, a imposición
deliberada de condicións de vida que provocaron mortes, torturas, violacións e
agresións sexuais, entre outros.
Na actualidade está a
desenvolver o seu traballo como xuíza responsábel de xulgar Birmania
polas acusacións de xenocidio contra a minoría musulmá rohingya no estado de
Rajine.
[Foto: Eric Vidal / BELGA MAG / Belga via AFP /
Europa Press - fonte: www.nosdiario.gal]
La novel·la va des de
setembre de 1963 fins a març de 1968, a les portes del maig del 1968, que va
representar tot un canvi de paradigma en els àmbits polític, econòmic,
cultural, intel·lectual…
Pierre Lemaitre
Traducció de Núria Busquet Molist
Escrit per Daniel
P. Grau
Llegida de manera
independent o com a culminació de la tetralogia Els anys gloriosos,
aquesta novel·la ofereix una lectura absorbent, intel·ligent i plena de
matisos, en una obra que combina intriga, reconstrucció històrica i una
arquitectura narrativa d’una precisió admirable.
Amb Les belles promeses, Pierre Lemaitre tanca la tetralogia
iniciada amb El gran món i continuada amb El silenci i la ràbia i
Un futur radiant. La qualitat de totes quatre novel·les és tan alta que
fa fins i tot una mica de pena que no n’hi hagi més.
Estic convençut que la família
Pelletier podria haver servit com a rerefons per a moltes altres històries,
però també és cert que una retirada a temps sempre és una gran victòria, també
en l’àmbit literari, i estirar massa el xiclet pot arribar a fer que es
trenqui. És millor que el lector es
quedi amb ganes que no que se n’afarti.
La gran virtut d’aquesta saga és, sobretot, la capacitat que Lemaitre
demostra per a lligar realitat i ficció. Sobre la plataforma d’una vida
familiar complexa, la de la família Pelletier, va incorporant fets històrics
que abasten les dues dècades posteriors a la Segona Guerra Mundial, des de 1948
fins a 1968.
En particular, Les belles promeses va des de setembre de 1963
fins a març de 1968, a les portes del maig del 1968, que va representar tot un
canvi de paradigma en els àmbits polític, econòmic, cultural, intel·lectual…
Tret d’una derivada a la guerra d’Algèria, la narració se centra en la
França contemporània, principalment en el París que s’està transformant
físicament, amb la construcció de la ronda de circumval·lació, una de les obres
titàniques de la capital francesa, envoltada de suborns i corrupció política i
administrativa, que constitueix una de les trames de la novel·la.
Pierre Lemaitre, Les belles promeses,
Bromera (2026)
Perquè, com sempre, Lemaitre construeix les seves obres a partir de
trames que semblen independents però que, finalment, conflueixen, de manera
sobtada i magistral, en una de sola.
D’una banda, dins la família Pelletier, Lemaitre decanta la narració cap a
determinats personatges i d’altres que havien estat capitals en les novel·les
anteriors tenen ara una incidència molt més secundària. D’altra banda, en la mateixa
línia que les germanes grans, Les belles promeseses pot llegir com
una novel·la independent, però també és cert que potser és, de les quatre, la
que s’entén molt millor si hem llegit les prèvies.Podríem dir que Els anys gloriosos és una
obra unitària que no renuncia a l’autonomia de cadascun dels volums.
La investigació periodística, quasi policial, que emprèn François Pelletier
a partir de les sospites que el seu germà Jean pot estar involucrat en una
sèrie d’assassinats de dones joves resulta cabdal en la novel·la i el lector
que conegui les altres tres sap com ha actuat Jean.
Així mateix, l’esposa de Jean, Geneviève, sens dubte el personatge més
odiós de la saga, hi té un pes fonamental, especialment a partir de l’acció
heroica de Jean en salvar un nadó en un incendi, que constitueix l’inici de la
novel·la —totes dues trames permeten la incorporació, amb tota naturalitat, de
fingits articles periodístics, que aporten encara més tonalitats a la narració.
Hi representen un contrapunt tendre les figures de la germana de Geneviève,
Thérèse, i dels fills del matrimoni, Colette i Philippe, que entren en
l’adolescència, amb tot el que aquest despertar representa.
Com fa habitualment, Lemaitre
incorpora personatges i trames que inicialment sembla que no tenen res a veure
amb la família Pelletier, amb un ritme narratiu impecable i una gran capacitat
per a crear tensió, que converteixen la lectura en una experiència addictiva. En aquest cas, es tracta d’una família
d’immigrants espanyols, els Ramos, que viuen en una granja llogada, on tenen
cura del bestiar, i es veuen afectats per la concentració parcel·lària que s’hi
porta a terme.
La resposta de Manuel Ramos, el fill, és crear una cooperativa amb la
voluntat de vendre directament els seus productes. Després de grans esforços
per posar-la en marxa, ha de lluitar contra la Federació Lletera, una entitat
que controla el mercat, no sempre de manera ètica, per dir-ho suau.
Permeteu-me tancar aquest text amb uns mots de reconeixement a la tasca que
fa Bromera amb l’obra de Pierre Lemaitre. No sols ha publicat diferents obres
de l’autor, sinó que, pel que fa a Els anys gloriosos, ho ha fet de
manera gairebé simultània a l’aparició de l’original en francès.
És una aposta per un dels narradors europeus més reconeguts, tant pel
públic com per la crítica, que no deu ser gaire fàcil de gestionar. Sembla, per
la visita que l’autor francès ens va fer la primavera passada, en què va
mantenir, amb motiu de la presentació d’aquesta darrera novel·la, una trobada
amb el seu públic, que hi està ben agraït.
Lula dans son bureau de vote, le 4 octobre
2026. Nelson Almeida/AFP
Écrit par Guilherme Casarões
Professeur
agrégé d'études brésiliennes, Université internationale de Floride
Le
dimanche 4 octobre 2026, en plaçant Flavio Bolsonaro en tête au premier
tour de l’élection présidentielle, les Brésiliens n’ont pas seulement infligé
un camouflet au président sortant Luiz Inácio Lula da Silva. Ils ont, de fait,
planté le dernier clou dans le cercueil d’un projet politique qui, depuis près
d’une décennie, ne survivait plus que sous perfusion : celui de la Nova
República, la « Nouvelle République », née au milieu
des années 1980, sur les ruines de vingt et un ans de dictature militaire,
avant d’être consacrée par la Constitution de 1988. Pendant une
génération, les Brésiliens l’ont considérée comme un pacte démocratique fondé sur trois
engagements.
Le
premier était social. La Nouvelle République faisait du pluralisme un principe
et de la diversité de la population une composante de l’identité nationale
plutôt qu’un problème à gérer.
Le
deuxième était institutionnel. Dans un système multipartite fragmenté, personne
ne peut gouverner seul : le consensus était donc le moteur de l’action
publique. Ce consensus reposait sur des élections libres et régulières, mais
aussi sur des coalitions permettant aux gouvernements fédéral, régionaux et
municipaux de mettre en œuvre des politiques communes, ainsi que sur un
équilibre fonctionnel entre le président, le Congrès et la Cour suprême.
Le
troisième avait trait à la politique de l’État. Celle-ci devait préserver la
stabilité économique, réduire les profondes inégalités sociales via la
redistribution et élargir la participation des citoyens à la vie publique.
Pendant
près de trente ans, jusqu’au milieu des années 2010, le pacte a tenu, tant
bien que mal. Ses résultats ont été inégaux, mais bien réels :
l’hyperinflation a été maîtrisée, des dizaines de millions de Brésiliens sont sortis de
la pauvreté, et les alternances se sont déroulées
pacifiquement entre les deux principaux partis de l’époque, à savoir le Parti
des travailleurs (PT, gauche) et le Parti social-démocratique (PSDB, droite).
Le bureau de la Chambre des députés, présidé
par le légendaire député Ulysses Guimarães, lors de la signature de la
Constitution nationale brésilienne de 1988. Ce document a posé les fondements
de la gouvernance politique, sociale et économique du Brésil pendant plus de
trente ans.Archives du Congrès national.
La
première offensive
À
gauche, beaucoup estiment que la Nouvelle République a commencé à se fissurer
avec la destitution de la présidente Dilma
Rousseff (PT) en 2016. Selon cette lecture, cette destitution aurait
été orchestrée pour préserver les structures élitistes et corrompues que le
nouveau pacte n’était pas parvenu à réformer.
Mais
c’est surtout la victoire à l’élection de 2018 de Jair Bolsonaro, alors à la
tête du Parti socia-libéral (parti centriste qu’il oriente vers la droite
radicale) qui a constitué une offensive frontale contre chacun des engagements
démocratiques du Brésil. Bolsonaro s’était alors présenté comme un outsider,
alors qu’il avait passé vingt-huit ans au Congrès brésilien. Il a placé le
nationalisme chrétien au cœur de son
projet, aux dépens du pluralisme ; il a
présenté la recherche du consensus comme une forme de corruption des élites et
les coalitions qui avaient permis au Brésil d’être gouvernable comme la source
même de sa décadence ; et il promettait de redresser l’économie en
débarrassant les entreprises et les individus des contraintes de l’État, au nom de la liberté.
Bolsonaro
n’a pas obtenu les résultats promis. Une fois au pouvoir, il a découvert qu’il
devait gouverner dans le cadre du pacte contre lequel il avait fait campagne.
Il lui fallait négocier avec le Congrès, respecter les décisions des tribunaux
et composer avec des gouverneurs disposant de leurs propres fiefs. Ces
contraintes permettent en partie de comprendre pourquoi tant de ses électeurs
ont eu le sentiment d’avoir été déçus. Elles expliquent aussi pourquoi, après
sa défaite face à Lula en 2022, il a cherché à organiser un coup d’État pour se
maintenir au pouvoir, ce qui lui a valu, quelques années plus tard,
d’être condamné à vingt-sept ans de prison, une peine qu’il
purge actuellement à son domicile pour raisons de santé. Lorsqu’un dirigeant ne
parvient pas à plier les règles à sa volonté, il peut finir par penser qu’il
doit les briser.
La
restauration qui n’a pas eu lieu
Après
avoir gouverné le Brésil pendant deux mandats, de 2003 à 2010, Lula est revenu
au pouvoir en 2023 en promettant de sauver la démocratie brésilienne. Son troisième
mandat est, au contraire, devenu la démonstration la plus éclatante que la
Nouvelle République ne pouvait plus être sauvée.
L’équilibre institutionnel qui avait
permis au système de tenir s’était évanoui. Le Congrès, qui
contrôle désormais une part considérable du budget fédéral à travers les
crédits qu’il attribue directement, a pris la présidence en otage, tandis que
la Cour suprême a progressivement occupé le vide laissé par le pouvoir
politique en intervenant de plus en plus directement dans la production des
normes.
La
sécurité, qui figure régulièrement parmi les principales préoccupations des
électeurs, ne s’est pas améliorée sous Lula. Il faut
toutefois rappeler qu’au Brésil, en vertu de la répartition des compétences,
l’essentiel des forces de police relève des États fédérés et que le
gouvernement fédéral ne peut agir que dans certaines limites. Mais les
électeurs ne se préoccupent généralement ni de la lettre ni de l’esprit de la
Constitution. Ils veulent des résultats.
Il
y a enfin Lula lui-même. À 80 ans et après quatre décennies de vie
publique, il était devenu le visage le plus reconnaissable de la Nouvelle
République. Cela faisait de lui une cible idéale. Pour de nombreux Brésiliens,
leur exaspération à l’égard du système politique s’est matérialisée par un
profond rejet de Lula et, pour certains, avec une profonde haine à son endroit.
Le
chant du cygne ?
Si
la défaite de Lula se confirme au second tour, le 25 octobre, il ne
s’agira pas seulement d’une défaite personnelle ou d’un revers pour le Parti
des travailleurs, qui a gouverné le Brésil pendant près de dix-huit des
vingt-quatre dernières années. Ce sera le chant du cygne d’un projet politique
qui promettait de reconstruire un pays sur les ruines de l’autoritarisme et qui
n’est jamais parvenu à tenir pleinement ses promesses : stabilité
politique, prospérité économique et justice sociale.
Tout
cela ne signifie pas que les 56 millions de Brésiliens qui ont voté pour
Flavio Bolsonaro, l’un des fils de Jair Bolsonaro, rejettent la démocratie.
Certains le font. Ils sont nostalgiques d’un passé largement
fantasmé : une époque où la classe moyenne était plus
forte – et beaucoup moins nombreuse –, où les valeurs familiales
chrétiennes étaient dominantes et où l’ordre comptait davantage que l’État de
droit.
Mais
la véritable leçon du 4 octobre est ailleurs. Des millions de Brésiliens
veulent une autre forme de démocratie : moins pluraliste, fondée sur une
conception différente de ce que la démocratie doit permettre. Surtout, ils ne
croient plus que la Nouvelle République soit capable de répondre aux défis du
monde dans lequel ils vivent.
L’ancien monde se
meurt
Le
philosophe marxiste italien Antonio Gramsci (1891-1937) avait formulé une
observation devenue célèbre : une crise survient lorsque « l’ancien
monde se meurt et que le nouveau ne parvient pas à naître ». Le Brésil se
trouve aujourd’hui à ce carrefour.
Contrairement
à son père, Flavio Bolsonaro accéderait au pouvoir en bénéficiant d’un alignement exceptionnel des forces
politiques. Les résultats des législatives tenues ce dimanche
simultanément avec la présidentielle laissent penser que ses alliés détiendront
près d’un quart des sièges de la Chambre des députés, la chambre basse du
Congrès brésilien, et du Sénat : une base solide dans un Congrès où les
coalitions s’achètent davantage qu’elles ne se construisent. Il pourrait
également nommer quatre des onze juges de la
Cour suprême au cours de son mandat.
Jair
Bolsonaro a passé quatre ans à combattre les institutions. Son fils
pourrait avoir les moyens de les remodeler.
Pour
autant, Flávio n’incarne pas ce « nouveau monde » que Gramsci
attendait. C’est un professionnel de la politique, visé par plusieurs accusations
de corruption, et l’héritier d’une dynastie familiale. Il représente davantage
la continuité de la réaction politique de la dernière décennie qu’une véritable rupture avec celle-ci.
S’y
ajoute la volonté de Flávio de devenir l’allié privilégié de Donald Trump en
Amérique du Sud.
Flavio Bolsonaro (cravate
jaune) reçu par Donald Trump à la Maison-Blanche, en compagnie de son frère
Eduardo Bolsonaro et du blogueur brésilien Paulo Figueiredo, 26 mai 2026.
Photo publiée sur le compte Truth Social de Donald Trump, avec ce
commentaire : « C’était vraiment un plaisir d’accueillir Flávio
Bolsonaro dans le bureau Ovale de la Maison-Blanche – un jeune homme
brillant qui aime profondément son pays, le Brésil ! » Donald
Trump/Truth Social
Le Brésil pourrait ainsi consentir
d’importantes concessions aux États-Unis dans les années à
venir, en renonçant à une partie de ses richesses – pétrole ou terres rares, par exemple – afin d’obtenir une place
privilégiée dans le nouvel ordre continental promu par Washington. Reste à
savoir ce que ce rang de premier allié de la Maison-Blanche signifierait
réellement. Et les événements récents dans la région laissent à penser
que ce statut n’aurait rien de particulièrement honorable.
Quoi
qu’il en soit, la victoire de Flavio Bolsonaro bouleverserait le paysage
politique brésilien. Les Brésiliens qui s’opposent à son programme
– qu’ils soient de gauche, du centre ou de la droite démocratique –
ne pourront plus compter sur l’ancien pacte pour les protéger ou leur permettre
de revenir au pouvoir et devront apprendre à évoluer dans ce nouveau jeu, sur
le plan intérieur comme sur la scène internationale.
La
Nouvelle République appartient au passé. La question qui se pose désormais au
Brésil – et à tous ceux qui ont observé le pays comme un révélateur de
l’état de la démocratie dans le Sud global – est de savoir ce qui la
remplacera, et si les nouvelles règles permettront enfin au Brésil d’entrer
dans l’avenir.
Si
les Brésiliens ne veulent pas que cet avenir ressemble à un passé sombre et lointain,
ils doivent comprendre que le combat n’est pas terminé.
El caso de ‘Naza’ y el borrado de las voces palestinas
Una
imagen del tráiler de 'Naza' (Abraham y Szor, 2026).
Escrito por Vicente Monroy
El entusiasmo con que el Festival de Venecia ha acogido Naza, la
película de Yuval Abraham y Rachel Szor ganadora del Premio Especial del
Jurado, viene acompañado de una denuncia ya recurrente entre cineastas y
activistas propalestinos: una vez más se ensalza la mirada israelí en
detrimento de la palestina, incluso cuando el tema es la violencia sufrida por
los gazatíes. Antes de que la instrumentalización política y el ruido mediático
desvirtúen la polémica, conviene aprovechar la ocasión para reflexionar sobre
las prácticas deshonestas de los festivales, sobre el relato negligente que
construye la crítica, y sobre nuestro propio sesgo a la hora de otorgar credibilidad a la información según proceda de fuentes israelíes o palestinas.
Un episodio similar tuvo lugar el pasado mes de junio, cuando el colectivo
Palestina Salvará al Cine llamó al boicot del festival FID Marseille, que iba a
dedicar una parte importante de su programación a Palestina y al mundo árabe y,
al mismo tiempo, invitaba al director israelí Nadav Lapid a presidir el jurado
internacional, a proyectar sus películas y a ofrecer una masterclass:
una política cultural reflejo de la tentación, muy propia de las instituciones
occidentales, de construir simetrías entre “un lado y otro” y ponerlos en
diálogo, como si el festival fuera un espacio utópico, ajeno a la opresión y a
la violencia, capaz de hermanar a israelíes y palestinos gracias a la fuerza
universal del cine.
Pero programar cine no es yuxtaponer miradas diversas. Cuando un festival
sienta a cineastas israelíes junto a palestinos en un contexto marcado por el
genocidio en Gaza, la expansión de asentamientos, la devastación del Líbano y
la ocupación de territorios sirios, está construyendo una narrativa que no
tiene nada de inocente, convirtiendo una situación colonial en una mera
confrontación de posturas opuestas, una violencia asimétrica y jerarquizada en
una tragedia donde ambas partes parecen comparables. Palestina es bienvenida
como contenido, como imagen, testimonio, herida o memoria, pero al equipararla
con su opresor se le niega la oportunidad de construir un relato propio.
El colectivo no atacaba las películas de Lapid, ni lo demonizaba por su
origen, ni lo culpaba por las políticas de su país. El boicot se dirigía contra
una decisión institucional: su papel como presidente del jurado e invitado de
honor, en un festival con películas palestinas, libanesas y sirias, era
políticamente significativo. Esta posición era meridianamente clara, y si se
malinterpretó fue por ignorancia o por mala fe. Se pretendía recordar,
simplemente, que el cine no son solo las películas, sino también a las
instituciones que las hacen posibles, las narrativas que las rodean, los
premios que reciben y los usos políticos que se hagan de ellas.
Todas esas explicaciones resultaron inútiles. Como es habitual en estos
casos, no tardaron en alzarse los gritos de “¡censura!”. Lo que se planteaba
como un debate sobre la responsabilidad de la industria cinematográfica se
convirtió, rápidamente, en una disputa sobre el dogmatismo de la izquierda y la
libertad de expresión. La figura de Lapid –sus buenas intenciones, sus
cicatrices, su heroísmo– monopolizó la polémica. Se le dedicaron centenares de
entrevistas, columnas, programas de televisión, manifiestos y defensas
encendidas en redes sociales, mientras las voces propalestinas eran acalladas,
tachadas de censoras e histéricas, y expulsadas de la conversación.
Nuestra visión de las guerras de Vietnam o Irak está formada por películas
de Hollywood que dejan a las víctimas en un segundo plano
Se nos recordó, insistentemente y como prueba irrefutable de su
legitimidad, que sus películas son críticas con Israel, un argumento que revela
la simpleza de una mirada occidental que, tras décadas de eficaz manipulación
ejercida sobre todo por el cine estadounidense, ha acabado equiparando sin más
el contenido de una película con su valor moral, al margen de las condiciones
en las que se produce y circula. Condiciones que una crítica negligente y
autocomplaciente es hoy incapaz de examinar. Lapid, que ha construido su
carrera con dinero público israelí, es un caso ejemplar de un tipo de
disidencia ensimismada, muy propia del cine de autor contemporáneo. Su última
película, Yes, recibió 2,2 millones de shekels del Israel Film Fund, y
en los créditos de Ahed's Knee –ganadora del Premio del Jurado en Cannes
en 2021–, concebida como un feroz ataque al Ministerio de Cultura israelí,
figura el sello de ese mismo ministerio, junto a otras fuentes de financiación
pública israelíes.
Ser crítico con un gobierno, o incluso vivir en un exilio autoimpuesto en
Francia, no exime a un cineasta de responder por quién sostiene sus películas y
qué espacios las consagran. Esto importa especialmente en el caso de un
cineasta cuya crítica se reduce a señalar la neurosis, el trauma y la culpa de
la sociedad israelí, protagonista absoluta de sus películas, mientras los
palestinos permanecen deliberadamente fuera de plano. Él mismo reconoce su desconocimiento del “otro bando” (sic) y su
interés exclusivo por “su país” (sic). Se inscribe así en una tradición
cinematográfica de raíces coloniales que saca de cuadro, estratégicamente, el
dolor de las víctimas para centrarse en el de los verdugos.
Los estadounidenses han empleado esta fórmula a lo largo de la historia del
cine de forma sistemática y con éxito notable, hasta el punto de que la hemos
naturalizado como la forma más común de representar la barbarie. Nuestra visión
de las guerras de Vietnam, el Golfo o Irak está formada por películas
hollywoodienses que narran el dolor de quien fue a hacer la guerra, su
conciencia culpable, dejando a las víctimas en un segundo plano. En El
cazador, Apocalypse Now, Platoon, Nacido el cuatro de julio
o En el valle de Elah el drama que importa es el del soldado
traumatizado, nunca el del país arrasado, cuyos habitantes quedan reducidos a
fantasmas que perturban la mente del americano traicionado por un ideal.
La misma estrategia opera en las películas más celebradas sobre la tragedia
palestina, casi todas israelíes, como la paradigmática e infame Vals con
Bashir (Ari Folman, 2008), que reconstruye la memoria reprimida de un
soldado israelí que participó en la masacre de Sabra y Shatila. Durante hora y
media, la historia se recrea en la crisis interior de ese soldado, en sus
traumas, y los cuerpos libaneses y palestinos apenas aparecen al final, en unas
pocas imágenes de archivo, figuras sin alma que funcionan como una sacudida
tardía, una vez que la conciencia culpable del verdugo –el verdadero
protagonista– ha agotado su recorrido y nos ha llevado, paso a paso, a
compadecernos de él. Así procesan su propia violencia las cinematografías
opresoras: convirtiendo al agresor en la víctima de su propio dolor.
Legitimada por festivales y críticos, esta narrativa ensalza la valentía
del verdugo que se señala como culpable pero también se erige en voz crítica,
eclipsando las voces que deberíamos escuchar de verdad: las de los propios
palestinos. Basta leer las críticas de Naza en Venecia para comprobar
que, una vez más, la mirada occidental se fascina más con la peripecia de la
pareja de directores disidentes israelíes que con la propia película. Es un
caso perfecto para el morbo mediático y, en cierto modo, propicio incluso para
el propio gobierno israelí, que se ha lanzado casi con euforia a criticar y
amenazar a Abraham y Szor. En esa guerra dialéctica entre el gobierno y sus
artistas, Palestina vuelve a quedar fuera de campo, reducida a motivo de
disputa, nunca sujeto, mientras se refuerza la centralidad de los relatos
israelíes.
No debería sorprendernos que películas como esta obtengan reconocimiento
incluso en contextos tan abiertamente sionistas como el de la Academia
estadounidense, un hecho que solo los más ingenuos podrían confundir con un
milagro o con un motivo de esperanza; en realidad, revela hasta qué punto
ciertos posicionamientos eclipsan una disidencia verdaderamente efectiva, capaz
de cuestionar los relatos hegemónicos. Como símbolo elocuente, la bandera
israelí –y no la palestina– ondeó sobre el Palazzo del Cinema del Lido en la
reciente edición del Festival de Venecia, orgullosamente hermanada con la del
resto de países que competían en la sección oficial. Una estampa indecente y
dolorosa, exhibida en nombre de la supuesta justicia de Naza.
Más allá de las buenas intenciones, el caso de Abraham y Szor vuelve a
recordarnos que, después de todo lo ocurrido, y de lo que sin duda está por
ocurrir, es previsible que sean los intelectuales israelíes quienes, en última
instancia, escriban el relato de la humillación palestina. Poco a poco toman
control del discurso sobre el conflicto, mientras se robustece la imagen de los
palestinos como víctimas silenciosas o, peor, sospechosas de fanatismo e incultura:
una nueva forma de violencia simbólica.
Hasta que no situemos en el centro las voces ignoradas que llevan
documentando la barbarie desde el primer día sin ovaciones récord en los
festivales, sin el apoyo entusiasta de la crítica, y muchas veces sin vida para
ver su obra estrenada; hasta que no dejemos de fabricar simetrías falsas entre
discursos que nacen de situaciones antagónicas, la del opresor y la del
oprimido; hasta que no empecemos a escuchar a los palestinos en lugar de a
quienes hablan en su nombre, el debate seguirá girando en el vacío.
Ho
visto ieri sera il film “Naza”. In realtà si tratta di un documentario dove
parlano, naturalmente in incognito e senza mostrare il volto, alcuni dei
protagonisti del genocidio in corso da anni a Gaza. Sono per lo più tecnici
specializzati (soprattutto informatici) e anche alcuni membri delle unità di
elite dell’esercito israeliano che hanno deciso, non so per quale ragione –
soltanto uno per un autentico pentimento, tutti gli altri forse per un non
ancora consapevole bisogno inconscio di portare alla luce l’immane massacro di
cui anch’essi sono stati protagonisti e di cui sono responsabili per la loro
parte – di rispondere alle domande che venivano loro poste.
Ciò
che emerge è ciò che quelli come noi, più informati sui fatti e soprattutto
sulla natura dello stato israeliano, sapevano già, ma un film è potenzialmente
destinato ad un pubblico enormemente più vasto e meno informato sulla
carneficina tuttora in corso e destinata a non finire se non con
l’annientamento dei palestinesi di Gaza (e poi della Cisgiordania).
Sono
diversi gli aspetti che vengono alla luce.
Il
primo. Non c’è dubbio che quanto sta accadendo a Gaza è ciò che, storicamente
parlando, si avvicina di più a quanto ideato e poi messo in pratica dai nazisti
durante la seconda guerra mondiale sia nei confronti degli ebrei che delle
popolazioni slave e russe.
Il
secondo. Il documentario mostra e dimostra la vera finalità di ciò che sta
accadendo che non è la distruzione di Hamas e delle altre organizzazioni della
resistenza palestinese ma il vero e proprio annientamento del popolo
palestinese. La soluzione finale. Né più e né meno di quello che i nazisti
posero in essere a suo tempo nei confronti degli ebrei.
Per
eliminare un qualsiasi militante di Hamas, anche dei ranghi più bassi, si
eliminano decine o anche centinaia di civili sparando un missile contro un
intero palazzo o bombardando un intero quartiere. I militanti di Hamas sono
decine di migliaia quindi è facile immaginare le proporzioni. E’ quindi evidente
il rovesciamento del paradigma. L’eliminazione di un singolo militante è
l’alibi per eliminare centinaia di civili.
Gli
intervistati lo hanno confermato con estrema chiarezza e con una glacialità che
è molto difficile decodificare dal punto di vista psicologico. Stanno per
crollare? Sono sull’orlo di una crisi di nervi? Sono già morti dentro? Oppure
sono semplicemente dei mostri (la famosa “banalità del male”…)? Difficile da
stabilire. Quello che hanno spiegato è che per loro era del tutto normale
premere un pulsante e massacrare centinaia di civili e subito dopo andare in
discoteca o al pub, come se nulla fosse. “Quello che facciamo è ciò che vuole
la società israeliana” – hanno raccontato – noi dobbiamo abbandonarci
completamente al “sistema” che si fonda, appunto, sull’eliminazione scientifica
del nemico (cioè il popolo palestinese), senza preoccuparci di niente e senza
pensare a null’altro che ad eseguire gli ordini”.
Il
racconto degli intervistati diventa agghiacciante quando a parlare sono i
cecchini, quelli che sparano sulle persone, bambini, donne, uomini, anziani,
che vanno ad ammassarsi per cercare di procurarsi del cibo e dell’acqua nei
punti di distribuzione, di fatto anche questi delle trappole finalizzate
all’eliminazione sistematica della popolazione civile. “Loro correvano e noi
gli sparavamo da lunga distanza”, hanno spiegato con una disinvoltura e una
calma che definire sconcertante è un eufemismo, descrivendo anche come cade una
persona colpita da un proiettile alle spalle o davanti. “In questo modo anche
in un’ora ne ammazzavamo qualche decina”, hanno raccontato. Uno fra loro ha
anche descritto con una certa dovizia di particolari come in realtà tutto ciò
fosse un divertimento (ha detto proprio così…) che si trasforma in una sorta di
esaltazione e a sua volta in un sentimento di onnipotenza, dato dal disporre
della vita degli altri a proprio piacimento.
Mi
fermo, il racconto degli orrori che diventano “sistema” è ovviamente ancora più
lungo. Vi rimando al film. Andatelo a vedere.
Ultimissima
considerazione. L’orrore di Gaza – come reso evidente dal documentario – non è
il risultato dell’azione di un pugno di fanatici sionisti e integralisti
religiosi di ultradestra rimossi i quali il problema è risolto, ma la logica e
inevitabile conseguenza di un vero e proprio “sistema”, cioè di uno stato
(definire stato un’entità politico-militare che non ha confini definiti e che
li ridefinisce costantemente con l’aggressione sistematica ad altri stati e con
la pulizia etnica e il genocidio delle popolazioni limitrofe, è un eufemismo)
scientemente nato e strutturato per fare ciò che sta facendo e sostenuto da una
“società civile” che con rarissime e pur encomiabili eccezioni è
sostanzialmente complice del genocidio in atto.
Anche
in questo caso – se non vogliamo essere ipocriti e intellettualmente e
moralmente disonesti – il parallelismo con la Germania nazista è reso evidente
dai fatti.
[Foto da Instagram - fonte: www.linterferenza.info]
El festival Sant Miquel de les Lletres premiarà la trajectòria de la novel·lista Maria Barbal i del fundador de l'editorial
Comanegra, Joan Sala
Joan
Sala i Maria Barbal, premi II Premi Rosa Fabregat
No tot passa a Barcelona. Del dilluns 5 al dissabte 10 d'octubre, Lleida es
convertirà en el gran escenari del llibre en català. La quarta edició de Sant Miquel de les Lletres, el festival impulsat
per la Fundació Horitzons 2050, repartirà més d'una cinquantena d'activitats per
tota la ciutat. Hi haurà des de les "Cantonades de poesia", en
què poetes lleidatans recitaran versos al carrer, fins a un mercat del
llibre perquè puguem comprar-nos i regalar-nos poemaris, contes, assajos,
novel·les.
La directora del festival, Mertxe París, ho descriu
així: "L’essència de Sant Miquel de les Lletres és posar els llibres
i la literatura en català a l’abast de tothom a través d’una programació
d’activitats per a tots els gustos. Ho fem des de Lleida amb la voluntat
que arribi a tot el país". I de totes les activitats que fan, ens
destaca les sessions de narració oral per a escoles, instituts i
residències de gent gran. "És una bona dinàmica per sumar lectors".
Us expliquem les activitats que us hi esperen:
Dilluns 5, a les 19:00 h, a l’Institut d'Estudis llerdencs hi haurà "La mort i els llibres", un diàleg amb
la historiadora i escriptora Teresa Ibars i el novel·lista i poeta Pol Guasch,
que estarà moderat per la terapeuta en dol i trauma Remei Capitán.
Dimarts 6, a les 18.30 h i també a l'Aula Magna de l'IEI,
“Preparant la República” recuperarà la memòria de la revista Vida Lleidatana,
que enguany celebra el seu centenari. La taula, que comptarà amb la
participació de l'historiador Josep Maria Solé i Sabaté, el periodista Enric
Calpena i la historiadora i professora d'història Antonieta Jarne, estarà
moderada per la filòloga i periodista Anna Sàez, directora del diari Segre.
Dimecres 7, a les 19.00 h, la Sala Alfred Perenya (La Casa
dels Gegants) ens preguntarem "Cap a on va el món?", una conversa
sobre l'actualitat internacional amb els periodistes Lluís Foix i Lluís
Caelles, i moderada per la periodista Sira Cusiné.
Dijous 8, a les 18.30 h i al mateix espai, l'escriptora i traductora Carlota
Gurt i la periodista, escriptora i activista Núria Cadenes conversaran sobre
"La literatura més enllà dels premis", en un acte moderat per la
periodista i antropòloga Joana Soto.
Divendres 9, a les 19.00 h, el cicle tornarà a l'Aula Magna
de l'IEI amb "Què són les editorials i les llibreries independents?",
una reflexió sobre l'ofici d'editar i vendre llibres amb Marta Farré (Llibreria
La Singratalla), Maria Sempere (Editorial Les Hores) i Matilde Martínez (Godall
Edicions), moderades pel llibreter de La Irreductible, Joan Roure.
Dissabte 10, el Sant Miquel de les Lletres viurà la seva
jornada més intensa. D'11.00 a 13.00 h, l'Aula Magna de l'IEI acollirà
l'emissió en directe d'"El divan", de Sílvia Cóppulo. A la
mateixa hora, la plaça de les Comèdies serà l'escenari d'un Matinal de narració
oral per a públic familiar amb l'actriu Patrícia McGill i El Genet Blau. A les
18.00 h, el pati de l'IEI acollirà el lliurament del II Premi Rosa Fabregat,
que enguany rebrà la novel·lista Maria Barbal i l'editor i fundador de
Comanegra, Joan Sala. El festival tancarà a les 20:30 h al Cafè del
Teatre amb l'espectacle "L'arbre de l'alliberament", un
homenatge a Maria-Mercè Marçal amb música creada pel compositor David Pradas, i
amb versos recitats per la poetessa Núria Miret i cantats per la soprano Maria
Altadill.