sábado, 10 de outubro de 2026

2,6 milions d’èuros per las minoritats lingüisticas istoricas en Itàlia

L’occitan fa partida de las dotze lengas protegidas per aquel fons, dont la dotacion demesís annada après annada 


Escrich per Jòrdi Ràfols 

Itàlia destinarà 2,6 milions d’èuros al fons nacional de proteccion de las minoritats lingüisticas istoricas. Los fonzes seràn destinats als oficis lingüistics, a la formacion de foncionaris e d’ensenhaires, a las activitats culturalas e la toponimia. La lei protegís dotze minoritats dichas istoricas: los albaneses, los catalans, los croats, los franceses, los arpitans, los friolans, los germanics, los grècs, los ladins, los sardes, los eslovèns e los occitans.

Aquelas ajudas s’inscrivon dins l’encastre de la Lei 482/1999, adoptada fa mai de vint e cinc ans per desvolopar l’article 6 de la Constitucion italiana, que prevei la proteccion de las minoritats lingüisticas. Lo fons finança de projèctes portats per las administracions e los organismes dels territòris ont vivon aquelas comunautats, sustot dins los domenis de l’ensenhament, dels servicis publics, de la cultura e la toponimia.

La dotacion prevista per 2026 s’auça a 2 622 506 èuros, çò es un montant inferior al dels dos exercicis precedents. En 2025, lo fons dispausava de 2 760 533 èuros, e 2 905 823 èuros en 2024. En dos ans, las ressorsas previstas an donc desmesit de près d’un 10%.

L’occitan es una de las dotze lengas susceptiblas de beneficiar d’aquel fons. En Itàlia, la màger part de la comunautat occitana viu dins las Valadas, en Piemont e Ligúria. Existís tanben la comunautat occitana de La Gàrdia, en Calàbria. La demanda supèra pasmens la moneda disponibla. En 2024, los projèctes presentats per l’occitan despassèron d’efièch lo montant que li èra atribuit dins la reparticion iniciala, e lo montant final foguèt reduch a solament 91 475 èuros. Aquel an, las comunautats albanesa, francesa, arpitana, friolana e grèga avián tanben presentat de projèctes per un montant superior a las ressorsas que lor èran atribuidas

 

[Imatge: Prèmi Ostana - sorsa: www.jornalet.com]

¿Qué ganó Bolsonaro sin ganar (todavía) la presidencia de Brasil?

 


Escrito por Natalia Rivera Hoyos 

Antes del 4 de octubre lo veíamos como una hipótesis estadística o una posibilidad estocástica. Creíamos en las encuestas y pensábamos que una victoria de Bolsonaro no se vería con contundencia en la primera vuelta, que la batalla se daría hasta la segunda y el equilibrio precario entre izquierdas y derechas se definiría, tal vez por un suspiro, a fines de mes. Y claro, pensábamos que sería a favor de Lula.

Pero Flávio Bolsonaro venció la primera ronda de la elección presidencial, y su partido, el Partido Liberal (PL), ganó el Legislativo -ambas cámaras- y varias gubernaturas. La perspectiva del 25 de octubre ahora se ve distinta, incluso si Bolsonaro pierde la elección presidencial. Sería histórico, pues desde la redemocratización en Brasil, ningún candidato presidencial que ha perdido la primera vuelta ha logrado vencer en la segunda. Flávio Bolsonaro puede perder, pero el bolsonarismo ya ganó. ¿Qué ganó Bolsonaro sin ganar (todavía) la presidencia de Brasil?

Me arriesgo a decir que ganó las condiciones de la gobernabilidad nacional por, al menos, los siguientes 4 años. Ganó una fuerza electoral que sostendrá un movimiento de derecha de largo aliento, ganó el poder en 5 estados que gobiernan 32 millones de habitantes y donde se gesta y crece la industria, las finanzas y el agronegocio en Brasil. En mi perspectiva, el bolsonarismo ganó las condiciones para transformar un cambio de partido en un cambio de régimen.

Gubernaturas

La primera vuelta de las elecciones en Brasil terminó con al menos 20 gubernaturas electas. Cinco estados y el Distrito Federal tendrán segunda vuelta. De esas 20 gubernaturas, el PL ganó 5: Paraná, Rio Grande do Sul, Santa Catarina, Rondônia y Roraima. Su aliado, el partido Republicanos, ganó nuevamente São Paulo y venció en Minas Gerais y Mato Grosso. Río de Janeiro está a la espera de una decisión judicial sobre la candidatura de Anthony Garotinho; si se confirma su inelegibilidad, Douglas Ruas (del PL) podría ganar en primera vuelta; de lo contrario, habrá una segunda vuelta contra Eduardo Paes.

Estos resultados confirman un corredor del sur gobernado por la derecha, con los estados más poblados y más ricos bajo su control, con poder de decisión sobre los centros financieros e industriales del país y buena parte del agronegocio brasileño bajo su bandera política.

Cámara de Diputados

Con los resultados del 4 de octubre, el PL ganó la Cámara de Diputados. Tendrá 121 de 513 diputados federales. Rompió récord. Ningún partido había sumado una bancada de ese tamaño desde 1986, en la primera elección tras el fin de la dictadura, cuando la oposición, reunida bajo el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB), logró 260 escaños a su favor.

Esta vez, si sumamos los aliados de derecha (el Partido Progresista y Republicanos), el bolsonarismo puede sumar 303 diputados, el 59 % de la Cámara.

Cámara de Senadores

En esta elección, se votaron dos terceras partes de la Cámara de Senadores, 54 de 81 escaños. De esos 54, el PL ganó 19, que, sumados a los 9 que ya tenía, alcanza 28 senadores. También un récord. Además de los 19 electos del PL, 11 senadores de otros partidos fueron electos con el apoyo de Bolsonaro, de modo que entre senadores recién electos y senadores a la mitad de su mandato, la bancada bolsonarista puede sumar 39 escaños. El PT de Lula, la segunda fuerza en el Senado, apenas pudo sumar 9 espacios.

Entre los nuevos integrantes de la Cámara alta, ya se posicionó el apellido Bolsonaro. Michelle Bolsonaro, esposa de Jair y madrastra de Flávio, fue electa por el Distrito Federal (Brasília) como la candidata más votada, y Carlos Bolsonaro, hermano de Flávio, fue electo por Santa Catarina.

Del Legislativo al Judicial

El control del Senado era clave para el proyecto bolsonarista, pues es la cámara que aprueba las propuestas de la Presidencia de la República para los ministros del Supremo Tribunal Federal (el equivalente a la Suprema Corte de Justicia en México), y la única instancia que puede iniciar y juzgar su destitución.

Por un lado, el Senado tendrá poder sobre el nombramiento de al menos 3 nuevos ministros: una posición que se liberó en 2025 y que sigue vacante, una que deberá renovarse en 2028 y otra en 2029. Además, uno de los ministros actuales tiene prevista su jubilación el penúltimo día del próximo mandato presidencial, el 30 de diciembre de 2030, y quien gane la elección presidencial este año podría sumar esa cuarta vacante a su lista de posiciones por ocupar. De ser así, el bolsonarismo habrá nombrado 6 de 11 ministros del Supremo Tribunal Federal (STF), y tendría mayoría también en ese poder.

Por otro lado, este Senado bolsonarista podría finalmente iniciar el proceso de destitución del ministro Alexandre de Moraes que Jair Bolsonaro ha querido concretar desde 2021 por investigaciones judiciales en su contra. Tras los sucesos de 2022, por los que Jair Bolsonaro fue juzgado y sentenciado, Moraes fue nombrado como el relator responsable de su caso y es quien todavía puede decidir sobre las medidas cautelares y las restricciones en su comunicación.

Para destituirlo, el bolsonarismo necesita 54 votos que el PL no tiene por sí solo, pero que podría alcanzar con sus aliados de derecha y mediante negociaciones con el llamado “Centrão” (el bloque de partidos de centro-derecha). Febrero de 2027 será fundamental para eso, pues el Senado elegirá a su presidente, el cargo que decide qué denuncias se tramitan, incluidas las solicitudes de destitución de los jueces del Supremo.

La composición del STF importa también para el Tribunal Superior Electoral, pues 3 de sus 7 ministros deben ser, obligatoriamente, miembros del STF. Así, quien juzga en la cúpula del Poder Judicial federal también lo puede hacer en la cúpula del máximo órgano electoral de ese país.

Queda claro que al bolsonarismo le interesa y le favorece un STF debilitado y bajo su control, sin fuerza para investigar y castigar la corrupción política, que no interfiera en los excesos presidenciales, que no bloquee reformas constitucionales y que pueda defender los intereses electorales de la derecha. El bolsonarismo necesita un Poder Judicial a modo, que respalde las nuevas reglas del juego y que se someta él mismo a nuevas directrices. Y claro, que le dé amnistía a Jair Bolsonaro y lo libere de la prisión domiciliaria.

En uno de sus discursos tras la victoria del primer turno, Bolsonaro declaró sus planes legislativos, y celebró que “Brasil ya me dio un Congreso mucho más a la derecha de lo que es hoy. Con mayoría en el Senado para elegir al presidente del Senado, con mayoría en la Cámara para elegir al presidente de la Cámara. Para que cambiemos la Constitución, para que redemocraticemos este país, para que las instituciones vuelvan a respetar la Constitución.”

No veo un aviso más claro. El bolsonarismo ya llegó. Con Flávio o sin Flávio, cambiarán las reglas del juego.

Natalia Rivera Hoyos es politóloga por El Colegio de México y maestra en Sociología por la Universidad de São Paulo, en Brasil

 

[Fuente: www.nexos.com.mx]

A xurista que acusou Israel de xenocidio, Navi Pillay, elixida Premio Nobel da Paz

O Comité noruegués salienta que é "unha persoa cuxa excepcional valentía e integridade encabezaron o camiño cara a unha orde legal internacional máis exhaustiva”.

A xurista e xuíza surafricana Navi Pillay

O Comité noruegués do Nobel recoñeceu onte co premio Nobel da Paz a xurista surafricana e antiga alta comisionada de Nacións Unidas para os Dereitos Humanos Navanethem Pillay, coñecida como Navi Pillay, quen foi, ademais, xuíza do Tribunal Penal Internacional (TPI). “O Premio Nobel da Paz 2026 é para unha persoa cuxa excepcional valentía e integridade encabezaron o camiño cara a unha orde legal internacional máis exhaustiva”, dixo o presidente do comité, Jorgen Watne Frydnes, antes de destacar o seu labor á hora de avanzar para que os responsábeis de “crimes de guerra, crimes contra a humanidade e xenocidio” sexan levados ante os tribunais.    

“O compromiso de Pillay cos principios legais universais e o seu firme compás moral son constantes na súa longa carreira”, destacou, antes de lembrar que foi avogada e “pioneira legal” durante o apartheid en Suráfrica, “facendo fronte a unha discriminación estrutural profunda, segregación e exclusión”. Frydnes enxalzou o “fío” que conecta o seu labor inicial en defensa do líder contra o apartheid, Nelson Mandela, co seu papel “como xuíza nalgúns casos xudiciais internacionais chave” nos últimos anos, sendo xuíza do Tribunal Supremo de Suráfrica, do Tribunal Penal Internacional para Ruanda e xuíza do TPI, alén de ocupar o cargo na ONU entre 2008 e 2014.  

O xenocidio de Israel  

Pillay foi, entre 2021 e 2025, presidenta dunha comisión de Nacións Unidas encargada de investigar os abusos dos dereitos humanos en Israel e os Territorios Palestinos Ocupados. Daquela, a Comisión Internacional Independente de Investigación da ONU concluíu que “Israel cometeu xenocidio contra os palestinos en Gaza desde o 7 de outubro de 2023”. Desde o Goberno israelí acusaron onte o Comité do Nobel de "lexitimar os prexuízos e o odio".   

No seu informe destaca a existencia de catro dos cinco criterios de xenocidio: “Asasinatos, causar danos corporais e mentais graves, inflixir deliberadamente condicións de vida calculadas para provocar a destrución e a imposición de medidas destinadas a impedir nacementos”. Así, no informe enumera os ataques contra civís, persoas e bens protexidos, os malos tratos severos contra detidos palestinos, a imposición deliberada de condicións de vida que provocaron mortes, torturas, violacións e agresións sexuais, entre outros.  

Na actualidade está a desenvolver o seu traballo como xuíza responsábel de xulgar Birmania polas acusacións de xenocidio contra a minoría musulmá rohingya no estado de Rajine.

 

 

[Foto: Eric Vidal / BELGA MAG / Belga via AFP / Europa Press - fonte: www.nosdiario.gal]

«Les belles promeses», de Pierre Lemaitre: el final perfecte d’una saga

La novel·la va des de setembre de 1963 fins a març de 1968, a les portes del maig del 1968, que va representar tot un canvi de paradigma en els àmbits polític, econòmic, cultural, intel·lectual… 

Pierre Lemaitre

Traducció de Núria Busquet Molist 

Escrit per Daniel P. Grau 

Llegida de manera independent o com a culminació de la tetralogia Els anys gloriosos, aquesta novel·la ofereix una lectura absorbent, intel·ligent i plena de matisos, en una obra que combina intriga, reconstrucció històrica i una arquitectura narrativa d’una precisió admirable.

Amb Les belles promeses, Pierre Lemaitre tanca la tetralogia iniciada amb El gran món i continuada amb El silenci i la ràbia i Un futur radiant. La qualitat de totes quatre novel·les és tan alta que fa fins i tot una mica de pena que no n’hi hagi més. 

Estic convençut que la família Pelletier podria haver servit com a rerefons per a moltes altres històries, però també és cert que una retirada a temps sempre és una gran victòria, també en l’àmbit literari, i estirar massa el xiclet pot arribar a fer que es trenqui. És millor que el lector es quedi amb ganes que no que se n’afarti.

La gran virtut d’aquesta saga és, sobretot, la capacitat que Lemaitre demostra per a lligar realitat i ficció. Sobre la plataforma d’una vida familiar complexa, la de la família Pelletier, va incorporant fets històrics que abasten les dues dècades posteriors a la Segona Guerra Mundial, des de 1948 fins a 1968.

En particular, Les belles promeses va des de setembre de 1963 fins a març de 1968, a les portes del maig del 1968, que va representar tot un canvi de paradigma en els àmbits polític, econòmic, cultural, intel·lectual…

Tret d’una derivada a la guerra d’Algèria, la narració se centra en la França contemporània, principalment en el París que s’està transformant físicament, amb la construcció de la ronda de circumval·lació, una de les obres titàniques de la capital francesa, envoltada de suborns i corrupció política i administrativa, que constitueix una de les trames de la novel·la.

Pierre Lemaitre, Les belles promeses, Bromera (2026)

Perquè, com sempre, Lemaitre construeix les seves obres a partir de trames que semblen independents però que, finalment, conflueixen, de manera sobtada i magistral, en una de sola.

D’una banda, dins la família Pelletier, Lemaitre decanta la narració cap a determinats personatges i d’altres que havien estat capitals en les novel·les anteriors tenen ara una incidència molt més secundària. D’altra banda, en la mateixa línia que les germanes grans, Les belles promeses es pot llegir com una novel·la independent, però també és cert que potser és, de les quatre, la que s’entén molt millor si hem llegit les prèvies. Podríem dir que Els anys gloriosos és una obra unitària que no renuncia a l’autonomia de cadascun dels volums.

La investigació periodística, quasi policial, que emprèn François Pelletier a partir de les sospites que el seu germà Jean pot estar involucrat en una sèrie d’assassinats de dones joves resulta cabdal en la novel·la i el lector que conegui les altres tres sap com ha actuat Jean. 

Així mateix, l’esposa de Jean, Geneviève, sens dubte el personatge més odiós de la saga, hi té un pes fonamental, especialment a partir de l’acció heroica de Jean en salvar un nadó en un incendi, que constitueix l’inici de la novel·la —totes dues trames permeten la incorporació, amb tota naturalitat, de fingits articles periodístics, que aporten encara més tonalitats a la narració. Hi representen un contrapunt tendre les figures de la germana de Geneviève, Thérèse, i dels fills del matrimoni, Colette i Philippe, que entren en l’adolescència, amb tot el que aquest despertar representa.

Com fa habitualment, Lemaitre incorpora personatges i trames que inicialment sembla que no tenen res a veure amb la família Pelletier, amb un ritme narratiu impecable i una gran capacitat per a crear tensió, que converteixen la lectura en una experiència addictiva. En aquest cas, es tracta d’una família d’immigrants espanyols, els Ramos, que viuen en una granja llogada, on tenen cura del bestiar, i es veuen afectats per la concentració parcel·lària que s’hi porta a terme. 

La resposta de Manuel Ramos, el fill, és crear una cooperativa amb la voluntat de vendre directament els seus productes. Després de grans esforços per posar-la en marxa, ha de lluitar contra la Federació Lletera, una entitat que controla el mercat, no sempre de manera ètica, per dir-ho suau.

Permeteu-me tancar aquest text amb uns mots de reconeixement a la tasca que fa Bromera amb l’obra de Pierre Lemaitre. No sols ha publicat diferents obres de l’autor, sinó que, pel que fa a Els anys gloriosos, ho ha fet de manera gairebé simultània a l’aparició de l’original en francès. 

És una aposta per un dels narradors europeus més reconeguts, tant pel públic com per la crítica, que no deu ser gaire fàcil de gestionar. Sembla, per la visita que l’autor francès ens va fer la primavera passada, en què va mantenir, amb motiu de la presentació d’aquesta darrera novel·la, una trobada amb el seu públic, que hi està ben agraït. 

 

 

[Font: www.diarilaveu.cat]

 

sexta-feira, 9 de outubro de 2026

Brésil : le monde ancien est mort, et le nouveau ne peut pas naître


Lula dans son bureau de vote, le 4 octobre 2026. Nelson Almeida/AFP

Écrit par Guilherme Casarões

Professeur agrégé d'études brésiliennes, Université internationale de Floride  

Le dimanche 4 octobre 2026, en plaçant Flavio Bolsonaro en tête au premier tour de l’élection présidentielle, les Brésiliens n’ont pas seulement infligé un camouflet au président sortant Luiz Inácio Lula da Silva. Ils ont, de fait, planté le dernier clou dans le cercueil d’un projet politique qui, depuis près d’une décennie, ne survivait plus que sous perfusion : celui de la Nova República, la « Nouvelle République », née au milieu des années 1980, sur les ruines de vingt et un ans de dictature militaire, avant d’être consacrée par la Constitution de 1988. Pendant une génération, les Brésiliens l’ont considérée comme un pacte démocratique fondé sur trois engagements. 

Le premier était social. La Nouvelle République faisait du pluralisme un principe et de la diversité de la population une composante de l’identité nationale plutôt qu’un problème à gérer. 

Le deuxième était institutionnel. Dans un système multipartite fragmenté, personne ne peut gouverner seul : le consensus était donc le moteur de l’action publique. Ce consensus reposait sur des élections libres et régulières, mais aussi sur des coalitions permettant aux gouvernements fédéral, régionaux et municipaux de mettre en œuvre des politiques communes, ainsi que sur un équilibre fonctionnel entre le président, le Congrès et la Cour suprême. 

Le troisième avait trait à la politique de l’État. Celle-ci devait préserver la stabilité économique, réduire les profondes inégalités sociales via la redistribution et élargir la participation des citoyens à la vie publique. 

Pendant près de trente ans, jusqu’au milieu des années 2010, le pacte a tenu, tant bien que mal. Ses résultats ont été inégaux, mais bien réels : l’hyperinflation a été maîtrisée, des dizaines de millions de Brésiliens sont sortis de la pauvreté, et les alternances se sont déroulées pacifiquement entre les deux principaux partis de l’époque, à savoir le Parti des travailleurs (PT, gauche) et le Parti social-démocratique (PSDB, droite).

Le bureau de la Chambre des députés, présidé par le légendaire député Ulysses Guimarães, lors de la signature de la Constitution nationale brésilienne de 1988. Ce document a posé les fondements de la gouvernance politique, sociale et économique du Brésil pendant plus de trente ans. Archives du Congrès national.

La première offensive 

À gauche, beaucoup estiment que la Nouvelle République a commencé à se fissurer avec la destitution de la présidente Dilma Rousseff (PT) en 2016. Selon cette lecture, cette destitution aurait été orchestrée pour préserver les structures élitistes et corrompues que le nouveau pacte n’était pas parvenu à réformer. 

Mais c’est surtout la victoire à l’élection de 2018 de Jair Bolsonaro, alors à la tête du Parti socia-libéral (parti centriste qu’il oriente vers la droite radicale) qui a constitué une offensive frontale contre chacun des engagements démocratiques du Brésil. Bolsonaro s’était alors présenté comme un outsider, alors qu’il avait passé vingt-huit ans au Congrès brésilien. Il a placé le nationalisme chrétien au cœur de son projet, aux dépens du pluralisme ; il a présenté la recherche du consensus comme une forme de corruption des élites et les coalitions qui avaient permis au Brésil d’être gouvernable comme la source même de sa décadence ; et il promettait de redresser l’économie en débarrassant les entreprises et les individus des contraintes de l’État, au nom de la liberté. 

Bolsonaro n’a pas obtenu les résultats promis. Une fois au pouvoir, il a découvert qu’il devait gouverner dans le cadre du pacte contre lequel il avait fait campagne. Il lui fallait négocier avec le Congrès, respecter les décisions des tribunaux et composer avec des gouverneurs disposant de leurs propres fiefs. Ces contraintes permettent en partie de comprendre pourquoi tant de ses électeurs ont eu le sentiment d’avoir été déçus. Elles expliquent aussi pourquoi, après sa défaite face à Lula en 2022, il a cherché à organiser un coup d’État pour se maintenir au pouvoir, ce qui lui a valu, quelques années plus tard, d’être condamné à vingt-sept ans de prison, une peine qu’il purge actuellement à son domicile pour raisons de santé. Lorsqu’un dirigeant ne parvient pas à plier les règles à sa volonté, il peut finir par penser qu’il doit les briser. 

La restauration qui n’a pas eu lieu 

Après avoir gouverné le Brésil pendant deux mandats, de 2003 à 2010, Lula est revenu au pouvoir en 2023 en promettant de sauver la démocratie brésilienne. Son troisième mandat est, au contraire, devenu la démonstration la plus éclatante que la Nouvelle République ne pouvait plus être sauvée.

L’équilibre institutionnel qui avait permis au système de tenir s’était évanoui. Le Congrès, qui contrôle désormais une part considérable du budget fédéral à travers les crédits qu’il attribue directement, a pris la présidence en otage, tandis que la Cour suprême a progressivement occupé le vide laissé par le pouvoir politique en intervenant de plus en plus directement dans la production des normes. 

Les tentatives de Lula visant à mettre en œuvre son programme se sont heurtées, les unes après les autres, à des blocages. Son bilan économique est honorable, mais son mandat n’a pas transformé la vie des Brésiliens : une croissance correcte et un faible taux de chômage ne se sont pas traduits par une amélioration significative des conditions de vie de la majorité de la population. 

La sécurité, qui figure régulièrement parmi les principales préoccupations des électeurs, ne s’est pas améliorée sous Lula. Il faut toutefois rappeler qu’au Brésil, en vertu de la répartition des compétences, l’essentiel des forces de police relève des États fédérés et que le gouvernement fédéral ne peut agir que dans certaines limites. Mais les électeurs ne se préoccupent généralement ni de la lettre ni de l’esprit de la Constitution. Ils veulent des résultats. 

Il y a enfin Lula lui-même. À 80 ans et après quatre décennies de vie publique, il était devenu le visage le plus reconnaissable de la Nouvelle République. Cela faisait de lui une cible idéale. Pour de nombreux Brésiliens, leur exaspération à l’égard du système politique s’est matérialisée par un profond rejet de Lula et, pour certains, avec une profonde haine à son endroit. 

Le chant du cygne ? 

Si la défaite de Lula se confirme au second tour, le 25 octobre, il ne s’agira pas seulement d’une défaite personnelle ou d’un revers pour le Parti des travailleurs, qui a gouverné le Brésil pendant près de dix-huit des vingt-quatre dernières années. Ce sera le chant du cygne d’un projet politique qui promettait de reconstruire un pays sur les ruines de l’autoritarisme et qui n’est jamais parvenu à tenir pleinement ses promesses : stabilité politique, prospérité économique et justice sociale. 

Tout cela ne signifie pas que les 56 millions de Brésiliens qui ont voté pour Flavio Bolsonaro, l’un des fils de Jair Bolsonaro, rejettent la démocratie. Certains le font. Ils sont nostalgiques d’un passé largement fantasmé : une époque où la classe moyenne était plus forte – et beaucoup moins nombreuse –, où les valeurs familiales chrétiennes étaient dominantes et où l’ordre comptait davantage que l’État de droit. 

Mais la véritable leçon du 4 octobre est ailleurs. Des millions de Brésiliens veulent une autre forme de démocratie : moins pluraliste, fondée sur une conception différente de ce que la démocratie doit permettre. Surtout, ils ne croient plus que la Nouvelle République soit capable de répondre aux défis du monde dans lequel ils vivent. 

L’ancien monde se meurt 

Le philosophe marxiste italien Antonio Gramsci (1891-1937) avait formulé une observation devenue célèbre : une crise survient lorsque « l’ancien monde se meurt et que le nouveau ne parvient pas à naître ». Le Brésil se trouve aujourd’hui à ce carrefour. 

Contrairement à son père, Flavio Bolsonaro accéderait au pouvoir en bénéficiant d’un alignement exceptionnel des forces politiques. Les résultats des législatives tenues ce dimanche simultanément avec la présidentielle laissent penser que ses alliés détiendront près d’un quart des sièges de la Chambre des députés, la chambre basse du Congrès brésilien, et du Sénat : une base solide dans un Congrès où les coalitions s’achètent davantage qu’elles ne se construisent. Il pourrait également nommer quatre des onze juges de la Cour suprême au cours de son mandat. 

Jair Bolsonaro a passé quatre ans à combattre les institutions. Son fils pourrait avoir les moyens de les remodeler. 

Pour autant, Flávio n’incarne pas ce « nouveau monde » que Gramsci attendait. C’est un professionnel de la politique, visé par plusieurs accusations de corruption, et l’héritier d’une dynastie familiale. Il représente davantage la continuité de la réaction politique de la dernière décennie qu’une véritable rupture avec celle-ci. 

S’y ajoute la volonté de Flávio de devenir l’allié privilégié de Donald Trump en Amérique du Sud.

Flavio Bolsonaro (cravate jaune) reçu par Donald Trump à la Maison-Blanche, en compagnie de son frère Eduardo Bolsonaro et du blogueur brésilien Paulo Figueiredo, 26 mai 2026. Photo publiée sur le compte Truth Social de Donald Trump, avec ce commentaire : « C’était vraiment un plaisir d’accueillir Flávio Bolsonaro dans le bureau Ovale de la Maison-Blanche – un jeune homme brillant qui aime profondément son pays, le Brésil ! » Donald Trump/Truth Social 

Le Brésil pourrait ainsi consentir d’importantes concessions aux États-Unis dans les années à venir, en renonçant à une partie de ses richesses – pétrole ou terres rares, par exemple – afin d’obtenir une place privilégiée dans le nouvel ordre continental promu par Washington. Reste à savoir ce que ce rang de premier allié de la Maison-Blanche signifierait réellement. Et les événements récents dans la région laissent à penser que ce statut n’aurait rien de particulièrement honorable. 

Quoi qu’il en soit, la victoire de Flavio Bolsonaro bouleverserait le paysage politique brésilien. Les Brésiliens qui s’opposent à son programme – qu’ils soient de gauche, du centre ou de la droite démocratique – ne pourront plus compter sur l’ancien pacte pour les protéger ou leur permettre de revenir au pouvoir et devront apprendre à évoluer dans ce nouveau jeu, sur le plan intérieur comme sur la scène internationale. 

La Nouvelle République appartient au passé. La question qui se pose désormais au Brésil – et à tous ceux qui ont observé le pays comme un révélateur de l’état de la démocratie dans le Sud global – est de savoir ce qui la remplacera, et si les nouvelles règles permettront enfin au Brésil d’entrer dans l’avenir. 

Si les Brésiliens ne veulent pas que cet avenir ressemble à un passé sombre et lointain, ils doivent comprendre que le combat n’est pas terminé.

 

[Source : www.theconversation.com]



El dolor de los verdugos

El caso de ‘Naza’ y el borrado de las voces palestinas 

Una imagen del tráiler de 'Naza' (Abraham y Szor, 2026).

Escrito por Vicente Monroy  

El entusiasmo con que el Festival de Venecia ha acogido Naza, la película de Yuval Abraham y Rachel Szor ganadora del Premio Especial del Jurado, viene acompañado de una denuncia ya recurrente entre cineastas y activistas propalestinos: una vez más se ensalza la mirada israelí en detrimento de la palestina, incluso cuando el tema es la violencia sufrida por los gazatíes. Antes de que la instrumentalización política y el ruido mediático desvirtúen la polémica, conviene aprovechar la ocasión para reflexionar sobre las prácticas deshonestas de los festivales, sobre el relato negligente que construye la crítica, y sobre nuestro propio sesgo a la hora de otorgar credibilidad a la información según proceda de fuentes israelíes o palestinas.

Un episodio similar tuvo lugar el pasado mes de junio, cuando el colectivo Palestina Salvará al Cine llamó al boicot del festival FID Marseille, que iba a dedicar una parte importante de su programación a Palestina y al mundo árabe y, al mismo tiempo, invitaba al director israelí Nadav Lapid a presidir el jurado internacional, a proyectar sus películas y a ofrecer una masterclass: una política cultural reflejo de la tentación, muy propia de las instituciones occidentales, de construir simetrías entre “un lado y otro” y ponerlos en diálogo, como si el festival fuera un espacio utópico, ajeno a la opresión y a la violencia, capaz de hermanar a israelíes y palestinos gracias a la fuerza universal del cine. 

Pero programar cine no es yuxtaponer miradas diversas. Cuando un festival sienta a cineastas israelíes junto a palestinos en un contexto marcado por el genocidio en Gaza, la expansión de asentamientos, la devastación del Líbano y la ocupación de territorios sirios, está construyendo una narrativa que no tiene nada de inocente, convirtiendo una situación colonial en una mera confrontación de posturas opuestas, una violencia asimétrica y jerarquizada en una tragedia donde ambas partes parecen comparables. Palestina es bienvenida como contenido, como imagen, testimonio, herida o memoria, pero al equipararla con su opresor se le niega la oportunidad de construir un relato propio. 

El colectivo no atacaba las películas de Lapid, ni lo demonizaba por su origen, ni lo culpaba por las políticas de su país. El boicot se dirigía contra una decisión institucional: su papel como presidente del jurado e invitado de honor, en un festival con películas palestinas, libanesas y sirias, era políticamente significativo. Esta posición era meridianamente clara, y si se malinterpretó fue por ignorancia o por mala fe. Se pretendía recordar, simplemente, que el cine no son solo las películas, sino también a las instituciones que las hacen posibles, las narrativas que las rodean, los premios que reciben y los usos políticos que se hagan de ellas. 

Todas esas explicaciones resultaron inútiles. Como es habitual en estos casos, no tardaron en alzarse los gritos de “¡censura!”. Lo que se planteaba como un debate sobre la responsabilidad de la industria cinematográfica se convirtió, rápidamente, en una disputa sobre el dogmatismo de la izquierda y la libertad de expresión. La figura de Lapid –sus buenas intenciones, sus cicatrices, su heroísmo– monopolizó la polémica. Se le dedicaron centenares de entrevistas, columnas, programas de televisión, manifiestos y defensas encendidas en redes sociales, mientras las voces propalestinas eran acalladas, tachadas de censoras e histéricas, y expulsadas de la conversación. 

Nuestra visión de las guerras de Vietnam o Irak está formada por películas de Hollywood que dejan a las víctimas en un segundo plano 

Se nos recordó, insistentemente y como prueba irrefutable de su legitimidad, que sus películas son críticas con Israel, un argumento que revela la simpleza de una mirada occidental que, tras décadas de eficaz manipulación ejercida sobre todo por el cine estadounidense, ha acabado equiparando sin más el contenido de una película con su valor moral, al margen de las condiciones en las que se produce y circula. Condiciones que una crítica negligente y autocomplaciente es hoy incapaz de examinar. Lapid, que ha construido su carrera con dinero público israelí, es un caso ejemplar de un tipo de disidencia ensimismada, muy propia del cine de autor contemporáneo. Su última película, Yes, recibió 2,2 millones de shekels del Israel Film Fund, y en los créditos de Ahed's Knee –ganadora del Premio del Jurado en Cannes en 2021–, concebida como un feroz ataque al Ministerio de Cultura israelí, figura el sello de ese mismo ministerio, junto a otras fuentes de financiación pública israelíes. 

Ser crítico con un gobierno, o incluso vivir en un exilio autoimpuesto en Francia, no exime a un cineasta de responder por quién sostiene sus películas y qué espacios las consagran. Esto importa especialmente en el caso de un cineasta cuya crítica se reduce a señalar la neurosis, el trauma y la culpa de la sociedad israelí, protagonista absoluta de sus películas, mientras los palestinos permanecen deliberadamente fuera de plano. Él mismo reconoce su desconocimiento del “otro bando” (sic) y su interés exclusivo por “su país” (sic). Se inscribe así en una tradición cinematográfica de raíces coloniales que saca de cuadro, estratégicamente, el dolor de las víctimas para centrarse en el de los verdugos. 

Los estadounidenses han empleado esta fórmula a lo largo de la historia del cine de forma sistemática y con éxito notable, hasta el punto de que la hemos naturalizado como la forma más común de representar la barbarie. Nuestra visión de las guerras de Vietnam, el Golfo o Irak está formada por películas hollywoodienses que narran el dolor de quien fue a hacer la guerra, su conciencia culpable, dejando a las víctimas en un segundo plano. En El cazador, Apocalypse Now, Platoon, Nacido el cuatro de julio o En el valle de Elah el drama que importa es el del soldado traumatizado, nunca el del país arrasado, cuyos habitantes quedan reducidos a fantasmas que perturban la mente del americano traicionado por un ideal. 

La misma estrategia opera en las películas más celebradas sobre la tragedia palestina, casi todas israelíes, como la paradigmática e infame Vals con Bashir (Ari Folman, 2008), que reconstruye la memoria reprimida de un soldado israelí que participó en la masacre de Sabra y Shatila. Durante hora y media, la historia se recrea en la crisis interior de ese soldado, en sus traumas, y los cuerpos libaneses y palestinos apenas aparecen al final, en unas pocas imágenes de archivo, figuras sin alma que funcionan como una sacudida tardía, una vez que la conciencia culpable del verdugo –el verdadero protagonista– ha agotado su recorrido y nos ha llevado, paso a paso, a compadecernos de él. Así procesan su propia violencia las cinematografías opresoras: convirtiendo al agresor en la víctima de su propio dolor. 

Legitimada por festivales y críticos, esta narrativa ensalza la valentía del verdugo que se señala como culpable pero también se erige en voz crítica, eclipsando las voces que deberíamos escuchar de verdad: las de los propios palestinos. Basta leer las críticas de Naza en Venecia para comprobar que, una vez más, la mirada occidental se fascina más con la peripecia de la pareja de directores disidentes israelíes que con la propia película. Es un caso perfecto para el morbo mediático y, en cierto modo, propicio incluso para el propio gobierno israelí, que se ha lanzado casi con euforia a criticar y amenazar a Abraham y Szor. En esa guerra dialéctica entre el gobierno y sus artistas, Palestina vuelve a quedar fuera de campo, reducida a motivo de disputa, nunca sujeto, mientras se refuerza la centralidad de los relatos israelíes. 

No debería sorprendernos que películas como esta obtengan reconocimiento incluso en contextos tan abiertamente sionistas como el de la Academia estadounidense, un hecho que solo los más ingenuos podrían confundir con un milagro o con un motivo de esperanza; en realidad, revela hasta qué punto ciertos posicionamientos eclipsan una disidencia verdaderamente efectiva, capaz de cuestionar los relatos hegemónicos. Como símbolo elocuente, la bandera israelí –y no la palestina– ondeó sobre el Palazzo del Cinema del Lido en la reciente edición del Festival de Venecia, orgullosamente hermanada con la del resto de países que competían en la sección oficial. Una estampa indecente y dolorosa, exhibida en nombre de la supuesta justicia de Naza. 

Más allá de las buenas intenciones, el caso de Abraham y Szor vuelve a recordarnos que, después de todo lo ocurrido, y de lo que sin duda está por ocurrir, es previsible que sean los intelectuales israelíes quienes, en última instancia, escriban el relato de la humillación palestina. Poco a poco toman control del discurso sobre el conflicto, mientras se robustece la imagen de los palestinos como víctimas silenciosas o, peor, sospechosas de fanatismo e incultura: una nueva forma de violencia simbólica. 

Hasta que no situemos en el centro las voces ignoradas que llevan documentando la barbarie desde el primer día sin ovaciones récord en los festivales, sin el apoyo entusiasta de la crítica, y muchas veces sin vida para ver su obra estrenada; hasta que no dejemos de fabricar simetrías falsas entre discursos que nacen de situaciones antagónicas, la del opresor y la del oprimido; hasta que no empecemos a escuchar a los palestinos en lugar de a quienes hablan en su nombre, el debate seguirá girando en el vacío.

 

[Fuente: www.ctxt.es]

«Naza». Quando il genocidio diventa sistema

 

Di Fabrizio Marchi  

Ho visto ieri sera il film “Naza”. In realtà si tratta di un documentario dove parlano, naturalmente in incognito e senza mostrare il volto, alcuni dei protagonisti del genocidio in corso da anni a Gaza. Sono per lo più tecnici specializzati (soprattutto informatici) e anche alcuni membri delle unità di elite dell’esercito israeliano che hanno deciso, non so per quale ragione – soltanto uno per un autentico pentimento, tutti gli altri forse per un non ancora consapevole bisogno inconscio di portare alla luce l’immane massacro di cui anch’essi sono stati protagonisti e di cui sono responsabili per la loro parte – di rispondere alle domande che venivano loro poste. 

Ciò che emerge è ciò che quelli come noi, più informati sui fatti e soprattutto sulla natura dello stato israeliano, sapevano già, ma un film è potenzialmente destinato ad un pubblico enormemente più vasto e meno informato sulla carneficina tuttora in corso e destinata a non finire se non con l’annientamento dei palestinesi di Gaza (e poi della Cisgiordania). 

Sono diversi gli aspetti che vengono alla luce. 

Il primo. Non c’è dubbio che quanto sta accadendo a Gaza è ciò che, storicamente parlando, si avvicina di più a quanto ideato e poi messo in pratica dai nazisti durante la seconda guerra mondiale sia nei confronti degli ebrei che delle popolazioni slave e russe. 

Il secondo. Il documentario mostra e dimostra la vera finalità di ciò che sta accadendo che non è la distruzione di Hamas e delle altre organizzazioni della resistenza palestinese ma il vero e proprio annientamento del popolo palestinese. La soluzione finale. Né più e né meno di quello che i nazisti posero in essere a suo tempo nei confronti degli ebrei. 

Per eliminare un qualsiasi militante di Hamas, anche dei ranghi più bassi, si eliminano decine o anche centinaia di civili sparando un missile contro un intero palazzo o bombardando un intero quartiere. I militanti di Hamas sono decine di migliaia quindi è facile immaginare le proporzioni. E’ quindi evidente il rovesciamento del paradigma. L’eliminazione di un singolo militante è l’alibi per eliminare centinaia di civili. 

Gli intervistati lo hanno confermato con estrema chiarezza e con una glacialità che è molto difficile decodificare dal punto di vista psicologico. Stanno per crollare? Sono sull’orlo di una crisi di nervi? Sono già morti dentro? Oppure sono semplicemente dei mostri (la famosa “banalità del male”…)? Difficile da stabilire. Quello che hanno spiegato è che per loro era del tutto normale premere un pulsante e massacrare centinaia di civili e subito dopo andare in discoteca o al pub, come se nulla fosse. “Quello che facciamo è ciò che vuole la società israeliana” – hanno raccontato – noi dobbiamo abbandonarci completamente al “sistema” che si fonda, appunto, sull’eliminazione scientifica del nemico (cioè il popolo palestinese), senza preoccuparci di niente e senza pensare a null’altro che ad eseguire gli ordini”. 

Il racconto degli intervistati diventa agghiacciante quando a parlare sono i cecchini, quelli che sparano sulle persone, bambini, donne, uomini, anziani, che vanno ad ammassarsi per cercare di procurarsi del cibo e dell’acqua nei punti di distribuzione, di fatto anche questi delle trappole finalizzate all’eliminazione sistematica della popolazione civile. “Loro correvano e noi gli sparavamo da lunga distanza”, hanno spiegato con una disinvoltura e una calma che definire sconcertante è un eufemismo, descrivendo anche come cade una persona colpita da un proiettile alle spalle o davanti. “In questo modo anche in un’ora ne ammazzavamo qualche decina”, hanno raccontato. Uno fra loro ha anche descritto con una certa dovizia di particolari come in realtà tutto ciò fosse un divertimento (ha detto proprio così…) che si trasforma in una sorta di esaltazione e a sua volta in un sentimento di onnipotenza, dato dal disporre della vita degli altri a proprio piacimento.   

Mi fermo, il racconto degli orrori che diventano “sistema” è ovviamente ancora più lungo. Vi rimando al film. Andatelo a vedere. 

Ultimissima considerazione. L’orrore di Gaza – come reso evidente dal documentario – non è il risultato dell’azione di un pugno di fanatici sionisti e integralisti religiosi di ultradestra rimossi i quali il problema è risolto, ma la logica e inevitabile conseguenza di un vero e proprio “sistema”, cioè di uno stato (definire stato un’entità politico-militare che non ha confini definiti e che li ridefinisce costantemente con l’aggressione sistematica ad altri stati e con la pulizia etnica e il genocidio delle popolazioni limitrofe, è un eufemismo) scientemente nato e strutturato per fare ciò che sta facendo e sostenuto da una “società civile” che con rarissime e pur encomiabili eccezioni è sostanzialmente complice del genocidio in atto. 

Anche in questo caso – se non vogliamo essere ipocriti e intellettualmente e moralmente disonesti – il parallelismo con la Germania nazista è reso evidente dai fatti. 

 

[Foto da Instagram - fonte: www.linterferenza.info]

Lleida, la ciutat del llibre en català

El festival Sant Miquel de les Lletres premiarà la trajectòria de la novel·lista Maria Barbal i del fundador de l'editorial Comanegra, Joan Sala

Joan Sala i Maria Barbal, premi II Premi Rosa Fabregat

No tot passa a Barcelona. Del dilluns 5 al dissabte 10 d'octubre, Lleida es convertirà en el gran escenari del llibre en català. La quarta edició de Sant Miquel de les Lletres, el festival impulsat per la Fundació Horitzons 2050, repartirà més d'una cinquantena d'activitats per tota la ciutat. Hi haurà des de les "Cantonades de poesia", en què poetes lleidatans recitaran versos al carrer, fins a un mercat del llibre perquè puguem comprar-nos i regalar-nos poemaris, contes, assajos, novel·les.  

La directora del festival, Mertxe París, ho descriu així: "L’essència de Sant Miquel de les Lletres és posar els llibres i la literatura en català a l’abast de tothom a través d’una programació d’activitats per a tots els gustos. Ho fem des de Lleida amb la voluntat que arribi a tot el país". I de totes les activitats que fan, ens destaca les sessions de narració oral per a escoles, instituts i residències de gent gran. "És una bona dinàmica per sumar lectors". Us expliquem les activitats que us hi esperen: 

Dilluns 5, a les 19:00 h, a l’Institut d'Estudis llerdencs hi haurà "La mort i els llibres", un diàleg amb la historiadora i escriptora Teresa Ibars i el novel·lista i poeta Pol Guasch, que estarà moderat per la terapeuta en dol i trauma Remei Capitán.

Dimarts 6, a les 18.30 h i també a l'Aula Magna de l'IEI, “Preparant la República” recuperarà la memòria de la revista Vida Lleidatana, que enguany celebra el seu centenari. La taula, que comptarà amb la participació de l'historiador Josep Maria Solé i Sabaté, el periodista Enric Calpena i la historiadora i professora d'història Antonieta Jarne, estarà moderada per la filòloga i periodista Anna Sàez, directora del diari Segre.

Dimecres 7, a les 19.00 h, la Sala Alfred Perenya (La Casa dels Gegants) ens preguntarem "Cap a on va el món?", una conversa sobre l'actualitat internacional amb els periodistes Lluís Foix i Lluís Caelles, i moderada per la periodista Sira Cusiné.

Dijous 8, a les 18.30 h i al mateix espai, l'escriptora i traductora Carlota Gurt i la periodista, escriptora i activista Núria Cadenes conversaran sobre "La literatura més enllà dels premis", en un acte moderat per la periodista i antropòloga Joana Soto.

Divendres 9, a les 19.00 h, el cicle tornarà a l'Aula Magna de l'IEI amb "Què són les editorials i les llibreries independents?", una reflexió sobre l'ofici d'editar i vendre llibres amb Marta Farré (Llibreria La Singratalla), Maria Sempere (Editorial Les Hores) i Matilde Martínez (Godall Edicions), moderades pel llibreter de La Irreductible, Joan Roure.

Dissabte 10, el Sant Miquel de les Lletres viurà la seva jornada més intensa. D'11.00 a 13.00 h, l'Aula Magna de l'IEI acollirà l'emissió en directe d'"El divan", de Sílvia Cóppulo. A la mateixa hora, la plaça de les Comèdies serà l'escenari d'un Matinal de narració oral per a públic familiar amb l'actriu Patrícia McGill i El Genet Blau. A les 18.00 h, el pati de l'IEI acollirà el lliurament del II Premi Rosa Fabregat, que enguany rebrà la novel·lista Maria Barbal i l'editor i fundador de Comanegra, Joan Sala. El festival tancarà a les 20:30 h al Cafè del Teatre amb l'espectacle "L'arbre de l'alliberament", un homenatge a Maria-Mercè Marçal amb música creada pel compositor David Pradas, i amb versos recitats per la poetessa Núria Miret i cantats per la soprano Maria Altadill. 

El cartell de "Sant Miquel de les Lletres"

[Font: www.catorze.cat]