segunda-feira, 23 de fevereiro de 2026

El Thyssen propone habitar el silencio y la calma de Hammershøi

El Museo Nacional Thyssen-Bornemisza acaba de abrir ‘El ojo que escucha’, la primera gran retrospectiva en España dedicada a Vilhelm Hammershøi, pintor danés que desarrolló su trabajo a lo largo del último tercio del siglo XIX y el primer quindenio del XX, cuya extensa obra fue ampliamente reconocida en vida, pero que se vio abocada al ostracismo tras la Primera Gran Guerra y que solo ha vuelto a recuperarse desde hace algunos años relacionando su trabajo con otros maestros del pasado, como los holandeses del siglo XVII y las grandes figuras de las vanguardias históricas europeas. Es el silencio el elemento alrededor del que se articula y estructura, dotándola de coherencia, la obra de este artista escandinavo, silencio que llena los espacios vacíos, los interiores domésticos, las ciudades y los paisajes. Y esta propuesta del Thyssen sí que es inmersiva de verdad: nos propone alejarnos de tanto ruido y espectáculo hueco, y habitar el silencio y la calma de Hammershøi. 

Vilhelm Hammershøi. ‘Una habitación en la casa del artista en Strandgade, Copenhague, con su mujer’, 1902. National Gallery of Denmark, Copenhague.

Escrito por Javier (los díez)

Con una paleta cromática reducida (grises, cremas, negros y ocres) y un limitado repertorio de temas (interiores, espacios urbanos, paisajes y algunos retratos), Hammershøi fue capaz de crear un mundo propio y reconocible; tal vez sean sus habitaciones, comunicadas unas veces, acotadas otras por puertas, abiertas o cerradas, o dotadas de ventanas que más que incitar a mirar por ellas funcionan como tamices que filtran la luz que llega desde el exterior, su sello de identidad más reconocible. Como anécdota, comentar que tanto puertas como ventanas están siempre pintadas en un blanco roto que muy bien podría coincidir con el que la empresa Pantone ha designado como color del año 2026, el Cloud Dancer, describiéndolo como “un blanco elevado que se lee como un soplo de aire fresco y está impregnado de una sensación de serenidad”, o bien como “un susurro de tranquilidad y paz en un mundo ruidoso”.

El desconocimiento general que de su obra se tiene en nuestro país, paliado solo en parte gracias a la exposición Hammershøi i Dreyer celebrada en el CCCB de Barcelona en 2006 y en la que se vinculaba la obra del pintor danés con la de su compatriota el director y guionista Carl Theodor Dreyer –cineasta que indagó en el misterio íntimo de la existencia, el silencio y la duda–, contrasta con la profusa presencia que tienen sus pinturas en escaparates y mesas de novedades de nuestras librerías. Son sus interiores motivo recurrente en multitud de portadas, como si esos espacios domésticos, habitados por el vacío y el misterio, funcionasen, por la atracción que emanan, como una invitación a ser ocupados y transitados, convirtiendo las puertas y ventanas en ellas representadas en los umbrales que se nos invita a atravesar para llegar al interior del libro que anuncian.

Al título de la exposición, El ojo que escucha, yo le añadiría un anexo, el silencio que se oye, que resume, en mi opinión, la esencia del trabajo de Hammershøi, de tal modo que al efecto sinestésico del título original, que vincula los sentidos de la vista y el oído, se añade el de la contradicción que enfrenta la ausencia de sonido alguno con la capacidad de este de ser percibido, poniendo de manifiesto la afirmación de Miles Davis según la cual “el silencio es el ruido más fuerte, quizá el más fuerte de todos los ruidos”.

Es el silencio, creo, el elemento alrededor del que se articula y estructura, dotándola de coherencia, la obra de este artista escandinavo, silencio que llena los espacios vacíos, los interiores domésticos, las ciudades y los paisajes campestres en los que la ausencia de la figura humana, salvo la ocasional de su esposa Ida, crea escenarios enigmáticos, pero no inquietantes, sigilosos pero no amenazantes, ambientes que con su quietud y mutismo incitan al espectador a ocuparlos.

Por ello, invitaría al posible visitante de esta exposición a que no se conforme con verla, recorrerla o contemplarla, a que se olvide de las cartelas, a que ignore el título de las obras, su técnica, propiedad y procedencia, a que se olvide incluso de la autoría de los cuadros que tiene delante, y por lo que más quiera, a que no los fotografíe y mucho menos a que se haga un selfie con ellos –máximo desprecio que puede hacerse a una obra de arte precisamente al darle la espalda–. Invitaría a penetrar en ella hasta llegar a habitarla, a traspasar sus umbrales, transitar sus pasillos y a mirar a través de sus ventanas, a recorrer sus calles y arquitecturas y a caminar por sus campos. Invitaría al posible visitante, frente a un hábitat hostil en el que el ruido, el griterío y el escándalo inundan nuestras vidas, y en el que las consignas, los bulos y los eslóganes, difundidos –no desde ubicuos altavoces como sucedía en las novelas de Milan Kundera–, sino desde los que paradójicamente se hacen llamar dispositivos personales de comunicación, invaden nuestra misma privacidad, a refugiarse en este oasis de quietud, calma y sosiego. Invitaría a enfrentarse al vacío, a la soledad que habita sus estancias, convirtiendo esta exposición no meramente en una experiencia perceptiva, sino sobre todo vivencial, haciendo de la misma una travesía por la cartografía más íntima de la existencia humana.

Vilhelm Hammershøi. ‘Puertas abiertas’, 1905. The David Collection, Copenhague

Vilhelm Hammershøi. ‘Interior, mujer vista de espaldas’, hacia 1904. Kunstmuseum, Randers

Solo habría una objeción o simplemente un aspecto que podría haber hecho de la visita a esta retrospectiva una experiencia plena; siendo como es habitual en las exposiciones que presenta el Thyssen, el cuidado de todos y cada uno de los detalles de su montaje, tal vez haya pasado desapercibido para sus organizadores un factor que en otras circunstancias resultaría secundario, por no decir irrelevante; mientras que para su contemplación es suficiente mantener una mirada concentrada y atenta en la obra que tengamos delante para así abstraernos del entorno visual circundante, del ruido, o simplemente incluso del murmullo atenuado que el propio público genera, dicho aislamiento es imposible, al menos de manera voluntaria. Para esta exposición hubiese sido interesante y conveniente haber proporcionado a los visitantes que así lo hubiesen solicitado unos auriculares que en esta ocasión no funcionasen como audioguías, sino que contasen con un canal que permitiese la audición de un ruido blanco, de un silencio que, aislándonos del entorno sonoro, nos proporcionase una comunión íntima con la obra observada, convirtiendo la visita en una verdadera experiencia inmersiva, y todo ello sin necesidad de recurrir al casi olvidado y ya obsoleto metaverso o de la ubicua IA, simple y llanamente dejándonos guiar por los dos sentidos que mayor cantidad de información nos suministran, la vista y el oído, aunque en esta ocasión, este último, por omisión. Otra posibilidad –que yo ya he puesto en práctica– es la de acudir a esta muestra provistos de unos simples tapones antirruidos.

Sea como sea, no pierdan la oportunidad de contemplar la obra de  Hammershøi en directo, más allá de las portadas de los libros, y recuerden, si pueden, habitándola.

La exposición ‘El ojo que escucha’, de Vilhelm Hammershøi, organizada por el Museo Thyssen  en cooperación con la Kunsthaus Zürich, estará abierta hasta el 31 de mayo en Madrid. A partir de julio podrá verse en Zúrich. Comisariado de Clara Marcellán, conservadora de Pintura Moderna del Thyssen.


[Fuente: www.elasombrario.publico.es]

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