En su primera novela, El rascacielos rojo, Darko Cvijetić realiza una exhumación de la tragedia que sufrió Bosnia-Herzegovina en la guerra de los años 90.
El escritor Darko Cvijetić (Ljubija Rudnik, 1968)
nos ha citado en Le Pont, un popular restaurante de su ciudad, Prijedor
(Bosnia-Herzegovina). El establecimiento recibe ese nombre porque está en uno
de los extremos de un puente sobre el río Sana. Mientras mantenemos esta
conversación con el autor, a sus espaldas el sol poniente y su reflejo en las
aguas del río conforman una estampa de placidez. Es justo lo contrario de lo
que propone la narrativa de Cvijetić, una implacable exhumación de la tragedia
que sufrió Bosnia-Herzegovina en la guerra de los años 90. Su primera
novela, El rascacielos rojo (Báltica, 2026), cuenta
las historias del edificio donde vive Cvijetić desde que era pequeño para
recrear un microcosmos de un dramatismo conmovedor.
Aunque
lleva 50 años viviendo en el rascacielos rojo, su primera infancia la pasó en
el pueblo minero de Ljubija. ¿Cómo la recuerda?
Ahora Ljubija es un pueblo semiabandonado donde no
vive su población de antes, sino desplazados de la guerra procedentes de Bosnia
Central, al norte de Sarajevo. Pero cuando yo era pequeño era un sitio
precioso. Hay una ciudad en Eslovenia que se llama Velenje y es conocida por su
hermosura. Pues bien, a Ljubija la llamaban “la Velenje bosnia”. Crecí en los
años 70, cuando Yugoslavia vivía una época dorada, así que los trabajadores
gozaban de un buen sueldo y cada año íbamos todos de vacaciones a la costa. En
el sistema socialista, los trabajadores eran respetados. Pero, por encima de
todo, Ljubija era mi abuela. Mis padres trabajaban para la mina, mi padre como
cilindrador y mi madre como asistente de laboratorio, así que era mi abuela
materna quien me cuidaba de pequeño. Me contaba historias maravillosas de las
que no creo que ni una décima parte fueran verdad, pero estoy convencido de que
esa fuerza narrativa suya plantó en mí una semilla que, al crecer, se
transformaría en mi amor por contar historias y por el arte.
Mi padre trabajaba en el taller, mientras que mi madre iba y venía a
diario con el resto de trabajadores hasta el laboratorio de Ljubija en un
autobús contratado por la mina. Yo estoy convencido de que la mina me hizo ser
quien soy
¿Cuáles
fueron sus primeras impresiones del rascacielos rojo?
Recuerdo el día en que mi padre me dijo: “Hijo, nos
mudaremos a un edificio muy muy alto”. Probablemente, ni siquiera tuviera en su
vocabulario la palabra “rascacielos”, ni ningún otro término capaz de describir
ese tipo de construcción. Yo trataba de imaginarme cómo sería. Aún recuerdo mi
sobrecogimiento cuando lo vi por primera vez, tan alto y hecho de ladrillo.
Todavía hoy, 50 años después, continúa siendo el edificio más alto de la
ciudad. Tiene 13 plantas, pero como el 13 da mala suerte, decidieron llamar a
la primera planta “galería” y pasó a tener 12. Sin embargo, incluso así ha sido
escenario de numerosas tragedias, tal como cuento en el libro. Es como si quien
lo diseñó con trece plantas hubiera intuido algo de lo que iba a ocurrir en él,
como si alguien hubiera enterrado un mal augurio en sus cimientos.
La convivencia tan estrecha se convirtió en un arma mortal, porque
durante la guerra una información que tenías sobre tu vecino de otra
nacionalidad podía costarle la vida
Al igual
que sus padres, usted trabajó para la mina, en su caso en la de Omarska, que,
tal como usted mismo ha explicado antes, luego sería un campo de concentración.
Mi padre estaba convencido de que trabajar en la
mina era lo mejor que podía haber en el mundo, que una vez lograbas ser minero
ya no podías aspirar a más. Terminé la Escuela Electrotécnica antes de cumplir
los 18 años. Era verano, y los chicos nos bañábamos felices en el río Sana,
pero un día mi padre llegó y me anunció, henchido de orgullo: “Tienes trabajo”.
Me había encontrado un empleo en la mina de Omarska. Empecé allí como operario
de una bomba de agua potable perdida en mitad del bosque. Pasaba el día solo en
una cabaña junto a la bomba, que extraía el agua de una profundidad de 20 o 30
metros. Mi función era estar sentado oyéndola funcionar y, en caso de avería,
llamar por teléfono a la central para que enviaran a alguien a repararla. No
había nadie en cuatro o cinco kilómetros a la redonda, así que pasaba bastante
miedo, pero me llevaba bolsas llenas de libros y me dedicaba a leer durante
horas mientras la bomba rugía. Puedo decir que leí todo Dostoievski con 18 años
en el turno de noche como operario de bomba en Omarska.
Luego
también hizo de electricista.
Era algo que únicamente había estudiado porque mi
padre me apuntó para que consiguiera un trabajo en la mina. Cuando yo le
insistía en que quería ser escritor, me contestaba que no dijera sandeces, que
pudiendo trabajar en la mina cómo iba a querer ser otra cosa. Luego estudié
teatro en las academias de Banja Luka y Zagreb, pero a mi padre todo eso le
parecían minucias en comparación con la posibilidad de ser minero: “Niño, tenlo
presente: la mina es Dios”. Empecé a trabajar como electricista en unas
oficinas, pero los ingenieros solo tardaron dos o tres días en darse cuenta de
que no tenía la más mínima idea de electricidad y me mandaron a un rincón a
dibujar esquemas. Uno incluso me aconsejó: “Darko, ni se te ocurra trabajar de
verdad como electricista, porque te electrocutarás o le prenderás fuego a la
mina”. Así que dibujaba los esquemas de marras y les llevaba café. Como sabían
mucho sobre su especialidad, pero solo sobre eso, empezaron a preguntarme sobre
literatura y filosofía, y empecé a hablarles de Sartre, Dostoievski y Tolstói.
Eran un serbio, un bosniaco y un croata, pero jamás noté entre ellos la más
mínima tensión nacional. Cuando la mina de Omarska fue transformada en campo de
concentración, en el hangar sobre el que estaban esas oficinas fueron
encerrados cientos de prisioneros.
¿Cuándo
comprendió que la clase obrera había traicionado al socialismo y a Yugoslavia?
No me di cuenta hasta que sonó el primer disparo.
En febrero de 1992 mi hermano tuvo que ir a hacer el servicio militar a
Sarajevo. Mi padre le aconsejó que fuera, y eso que ya había guerra en Croacia
a la que iban como voluntarios muchos jóvenes de Prijedor. Cuando le sugerían
la posibilidad de que estallara la guerra también en Bosnia, mi padre
contestaba: “Aquí eso es imposible”. Total, que cuando mi hermano se marchó a
Sarajevo lo fue a despedir todo el rascacielos rojo: serbios, croatas y
bosniacos. En abril de 1992, las tropas serbias depusieron a las autoridades de
Prijedor y tomaron el poder. De repente los bosniacos y los croatas del
rascacielos tenían que enseñar el documento de identidad para entrar en su
propio edificio. Luego, una pequeña unidad bosniaca de un centenar de hombres
trató de hacerse con el control de la ciudad y, al fracasar en el intento, el
Ejército serbio inició una limpieza étnica sistemática. Un día vi cómo fusilaban
a gente frente al rascacielos rojo y perdí los papeles. Corrí hacia mi padre
increpándolo: “Pero ¿que estáis haciendo los serbios?”. Mi padre me dio una
bofetada no porque estuviera ofendido, sino para que me calmara, para que me
diera cuenta de que mi madre era croata y eso nos ponía en riesgo; de que la
situación era grave y de que había que mantener la serenidad.
¿Cuáles
fueron sus experiencias durante la guerra?
Mi padre y yo, como el resto de serbios, fuimos
movilizados, pero como él ya era mayor no lo enviaron al frente, sino a vigilar
puntos de control en la ciudad, y a mí con él. Hasta que un día nos recogieron
en autobús y nos dijeron que nos llevaban a un punto de control a hacer una
guardia. Pero lo que ocurrió fue que, cuando salí del bus, me encontré un campo
de concentración para no serbios donde, entre otros, estaban presos amigos míos
de la escuela. Comprendí al instante que la historia se repetía, porque en la
Segunda Guerra Mundial mi abuelo y mi tío paternos habían sido asesinados en un
campo de concentración. Pero yo ahora estaba en el otro lado del alambre de
espino, con los guardias. Luego unos soldados borrachos me ordenaron que
buscara a alguien que supiera degollar un cordero porque lo querían asar.
Pregunté entre los cautivos y se ofreció un joven, hijo de un carnicero. Yo lo
conduje hasta los soldados y me fui a casa. Al día siguiente, cuando nos
volvieron a llevar al campo, lo encontré degollado en un maizal. En ese
instante todo mi mundo se desmoronó y sufrí una crisis nerviosa. Me fui del
ejército y, todavía no sé por qué, los militares no me buscaron. Me volvieron a
admitir en el teatro donde trabajaba como actor antes de la guerra, y en ese
teatro he estado hasta hoy.
A menudo me pregunto hasta cuándo escribiré sobre la guerra, pero es que
en Bosnia es imposible escribir sin que la guerra o sus consecuencias aparezcan
de una forma u otra
Vuelve
una y otra vez al tema de la guerra. ¿Por qué y hasta cuándo?
Mi madre tiene Alzheimer, y a veces me pregunto si
nace de su conciencia, que se defiende y trata de olvidar lo que ocurrió. En
cualquier caso, yo he cogido el camino opuesto: lo escribo todo, porque no sé
si algún día lo olvidaré y no quiero. Cuando mi familia se marchó a los Estados
Unidos, es decir, se puso a salvo, y tras casarme y convertirme en padre,
decidí que había llegado el momento de afrontar todo lo sucedido y contar esas
historias. No se trata tanto de contarlas todas, porque es imposible, pero sí
de plantear algunos temas cruciales para que, dentro de 20 o 30 años se pueda
hablar con franqueza sobre ciertas cuestiones. A menudo me pregunto hasta
cuándo escribiré sobre la guerra, pero es que en Bosnia es imposible escribir
sin que la guerra o sus consecuencias aparezcan de una forma u otra. Después de
la Primera Guerra Mundial tuvimos la Segunda, y luego la de los 90. No hay
ninguna generación cuya vida haya transcurrido sin verse afectada por la
guerra. Por eso, de Ivo Andrić en adelante, el tema de la guerra está presente
en todos los autores balcánicos, incluido yo.
Hay un señor ya mayor de lo más agradable que siempre saluda: “¿Cómo
está, vecino? Que le vaya bien el día”. Y yo en la guerra lo recuerdo como un
monstruo con rifle que causaba verdadero terror
En
Prijedor ocurre a menudo que perpetradores y víctimas se cruzan por la calle.
¿Hay antiguos perpetradores en su edificio?
Sí, y es asombroso ver cómo los humanos pasan de
ser conejitos inofensivos a monstruos y luego vuelven a ser conejitos
inofensivos. Hay un señor ya mayor de lo más agradable que siempre saluda:
“¿Cómo está, vecino? Que le vaya bien el día”. Y yo en la guerra lo recuerdo
como un monstruo con rifle que causaba verdadero terror. También está un
personaje del libro, el operario de excavadora en la mina que se dedicaba a
derruir las casas musulmanas de Prijedor. Un día subimos juntos en el ascensor,
justo cuando acababa de publicarse la novela. Teníamos que ir hasta el noveno
piso y, mientras subíamos, me dijo: “He leído lo que has escrito”. Yo pensaba
que iba a apretar el stop para darme una
paliza, pero solo añadió: “Es muy bueno. Y has hecho bien en mencionar a varios
vecinos que ya no están”. No sé si le hacía ilusión formar parte de algo o es
que estaba intentando que lo metiera también en mi siguiente libro [se ríe].
Usted
es de padre serbio y madre croata, tuvo la experiencia que ha relatado en el
campo de concentración, escribe desde un lugar mayoritariamente serbio acerca
de crímenes perpetrados por el bando serbio... Por otra parte, ha contado que
algunos bosniacos, incluso amigos suyos, le han acusado de haberse hecho famoso
a partir de su tragedia. ¿Cómo definiría su posición en la Bosnia actual?
En las guerras civiles a veces te encuentras en la
posición de víctima y otras, en la de verdugo. Ambas son intercambiables: en el
mismo año puedes pasar varias veces de una a la otra. Lo que yo quería hacer
en El rascacielos rojo era escribir sobre la tragedia
de unas personas no porque fuesen bosniacos, sino porque eran mis vecinos. A
los serbios de aquí no les gusto porque les recuerdo lo que ocurrió, y me
ignoran por completo. En Croacia tampoco me aprecian porque, aunque mi madre es
croata, mi padre es serbio. En Serbia ocurre lo mismo, porque al escribir uso
la variante croata de la lengua. En la entrega del premio polaco Angelus, el
resto de finalistas tenían una embajada que les había pagado el viaje, los
gastos, etc., y su embajador asistía al acto. Yo estaba allí, con la bandera
bosnia detrás, solo. Así que, al final, te encuentras con que no estás en
ningún lugar, ni eres de nadie. Pero para un escritor esta es una buena posición,
e incluso diría que es una posición ética.
[Foto: Ana Bogišić.- fuente: www.elsaltodiario.com ]

Sem comentários:
Enviar um comentário