Desde el 7 de octubre de 2023, las instituciones académicas vienen
ejerciendo presiones abiertas y encubiertas para desalentar a los estudiosos
del Holocausto y del genocidio de criticar las acciones de Israel en Gaza. Aun
así, muchos académicos están organizando nuevas redes para defender la libertad
de investigación.
Escrito por Grant Morgan
Traducción: Pedro Perucca
Desde el ataque
de Hamás a Israel el 7 de octubre de 2023 y la consiguiente guerra de Israel
contra Gaza, pocos campos académicos estadounidenses han experimentado una
convulsión interna mayor que los especializados en estudios del Holocausto y el
genocidio. Académicos que en su momento compartían un amplio consenso
institucional se encuentran ahora divididos sobre si Gaza constituye un
genocidio, si el antisemitismo y la memoria del Holocausto están siendo
instrumentalizados políticamente, y si puede decirse que las universidades aún
permiten el debate abierto sobre cuestiones críticas y controvertidas.
Efectos amplios y
a menudo sutiles han comenzado a transformar estructuralmente la manera en que
se procesan y legitiman la investigación, el compromiso intelectual y el debate
dentro de estos campos. Los empleos son cada vez más precarios, el
financiamiento para la investigación es más difícil de obtener, y los
académicos enfrentan una microgestión y un hostigamiento provenientes tanto de
fuerzas internas como externas. Estas tendencias más amplias se entrelazan con
el clima político para crear una atmósfera de aprensión especialmente densa en
los estudios del Holocausto y el genocidio.
En un esfuerzo
por comprender cómo estos campos están atravesando la coyuntura actual, Jacobin conversó
con un conjunto diverso de académicos y expertos. A pesar de las presiones
crecientes, encontré que muchos de ellos son optimistas. Han surgido nuevas
organizaciones dedicadas al debate y la libertad académica, así como nuevas
conversaciones y paradigmas que hace años habrían sido considerados irreales o
problemáticos. El momento actual es ciertamente grave, pero también ofrece
destellos de potencial para quienes estén dispuestos a mirar más allá de los
titulares sensacionalistas.
El gran
enfriamiento
En el entorno
actual de controversia en torno a Gaza e Israel, muchos han observado un efecto
de disuasión, en el que cualquier desviación de un apoyo irrestricto a Israel
es recibida con reprobación y censura oficial. Desde 2023, grupos proisraelíes
han expuesto públicamente de manera rutinaria los datos personales de
profesores y estudiantes. Profesores fueron sido despedidos, suspendidos o
degradados por declaraciones u obras. Ponentes fueron cancelados o duramente
criticados por sus acciones durante discursos de graduación o eventos
relacionados con cursos. La Fundación para los Derechos Individuales y la
Expresión (FIRE) incluso encontró que en el año posterior al 7 de octubre,
«estudiantes, profesores e invitados enfrentaron represalias prácticamente cada
día» por expresiones políticas relacionadas con la controversia. Si bien un
puñado de casos involucraron discurso pro-Israel, la aplastante mayoría tuvo
como objetivo el discurso pro-Palestina.
Este fenómeno ha
sido ampliamente documentado. Lo que no se ha abordado de manera adecuada es
cómo este efecto de disuasión ha evolucionado en los años transcurridos desde
los ataques del 7 de octubre de 2023. Desde los primeros días de cancelaciones
y despidos de alto perfil, la represión se ha vuelto más sutil, aplicada a
través de los diversos obstáculos y trámites institucionales internos que
caracterizan a la academia contemporánea.
El financiamiento
de la investigación y la capacidad de publicar ensayos, capítulos y libros
completos son extremadamente importantes para la seguridad profesional. Los
cargos de carrera académica con posibilidad de titularidad vienen con este tipo
de condiciones y a menudo requieren que los profesores realicen investigaciones
originales que amplíen el conocimiento en su campo. Cumplir con estos
requisitos no es algo que un académico pueda hacer en el vacío, ya que siempre
hay muchos actores involucrados, desde administradores hasta editores, pasando
por juntas y comités.
Estas onerosas
áreas de procedimiento crean un entorno propicio para la represión silenciosa a
nivel granular. Sandra Babcock, profesora de derechos humanos internacionales
en la Universidad de Cornell, recordó haber tenido que superar varios
obstáculos para una entrevista en vivo relacionada con un informe sobre el
apartheid en Israel. Antes de la entrevista, fue instruida para que dejara en
claro que sus opiniones no estaban vinculadas a Cornell. Luego la universidad
le prohibió usar el tradicional fondo digital que muestra una vista aérea del
campus, dijo Babcock, que aparece en prácticamente todos los videos filmados en
el estudio. El director del estudio, señaló: «Tuvo que fotografiar su propio
apartamento porque no tenía ningún otro fondo porque esto nunca había ocurrido
antes (…). Tuvimos que usar fotos de las persianas venecianas de su
apartamento».
Los trabajos
relacionados con Palestina, Israel o áreas afines implican una posibilidad
singular de represalias o presiones, lo que lleva a los académicos a evitarlos
por completo cuando no son centrales en su área de especialización. En
conversación con Jacobin, muchos académicos describieron haber
tenido que cubrir ciertos cursos porque el profesor a cargo dudaba de abordar
temas controvertidos.
Las disputas
políticas también hicieron que el panorama del financiamiento para la
investigación sea notablemente más difícil de navegar. «Imagínense en el lugar
de un académico joven que estudia genocidio comparado», dijo Eric Kurlander,
profesor de historia y estudios judíos en la Universidad de Stetson. «Dicen:
voy a analizar el Holocausto, el genocidio armenio y el genocidio en Camboya. Y
de repente se encuentran con que hacer ese trabajo en determinada escuela o instituto
de financiamiento significa que eres antisemita porque estás comparando el
Holocausto con otros genocidios».
Kurlander agregó
que estas acusaciones ahora incluso se han aplicado a simples afirmaciones de
hechos o, como mínimo, a puntos de vista empíricamente defendibles dentro del
debate académico. «Digamos que estudias Medio Oriente y estás dando
conferencias sobre lo que Israel puede haber hecho que sea opresivo o
colonialista [hacia los palestinos], ahora eso se ve como antisemitismo», dijo.
«Entonces, en esos casos, ha habido problemas, a menudo de las administraciones
universitarias, a veces de los programas de estudios judíos, que intentan
mantener cierto tipo de narrativa».
Las preguntas de
investigación, incluso las que están muy alejadas de las áreas de controversia
pública, han enfrentado una presión creciente. Al mismo tiempo, los académicos
se han visto obligados a adaptarse a las tendencias políticas —y a situaciones
en las que las narrativas departamentales contradicen directamente su propia
investigación—. ¿Querés obtener la titularidad? Asegurate de jugar según las
reglas de tu departamento. ¿Querés tener más facilidad para encontrar
financiamiento? Usá un lenguaje que eluda ciertas frases o ideas.
Hoy debe
monitorearse de manera constante el debate y el uso de la terminología
controvertida para solicitar financiamiento para franjas enteras de
investigación y todo exige ahora mucha más cautela. Solo en 2025, la
administración Trump retuvo miles de millones en fondos para diversas escuelas
a las que se acusaba de tener problemas de antisemitismo en sus campus.
Varios de mis
interlocutores encontraban que era cada vez más difícil realizar sus
investigaciones, y aún más entrevistados expresaron su preocupación por el
declive de los debates reales y honestos dentro de su campo. Respecto de las
divisiones recientes, la profesora Debórah Dwork, historiadora del Holocausto y
directora fundadora del Centro para el Estudio del Holocausto, el Genocidio y
los Crímenes contra la Humanidad de la Universidad de la Ciudad de Nueva York,
me dijo:
«El
campo de la historia del Holocausto está dividido, con algunos de mis colegas
negando que un genocidio haya ocurrido y esté ocurriendo en Gaza. Basan sus
argumentos en la afirmación de que un Estado sucesor del Holocausto no podría
en modo alguno ser el perpetrador. Y lo que encuentro notable es que es como si
Auschwitz y la historia de Auschwitz operaran como una lente que distorsiona su
visión. No es una lente que les ofrezca una visión matizada. Por el contrario:
al aplicar la lente de Auschwitz, personas perfectamente racionales se vuelven
irracionales sobre este tema.»
Varios de los
expertos en el Holocausto con quienes hablé describieron una fricción creciente
con colegas, narrativas departamentales y, especialmente, con instituciones
vitales que han sido pilares de la investigación y el debate durante décadas.
Entre las mencionadas estaban el Museo Memorial del Holocausto de los Estados
Unidos en Washington DC, el Centro de Historia Judía en la ciudad de Nueva York
y otros archivos y museos más pequeños.
Durante mucho
tiempo, estas instituciones proporcionaron un apoyo fundamental a
investigadores jóvenes y académicos consagrados, ayudándolos a examinar de
manera crítica preguntas y preocupaciones dentro de sus campos. Pero hoy
algunos especialistas comenzaron a adoptar posturas más críticas frente a lo
que describen como un comportamiento institucional cada vez más hipócrita,
acusando a estas organizaciones y a otras de no haber abordado de manera
adecuada el genocidio en Gaza (e incluso formas anteriores de limpieza étnica y
violencia ocurridas desde la Nakba).
La académica del
genocidio Marianne Hirsch, profesora emérita de la Universidad de Columbia que
ha suspendido su docencia como protesta por la adopción por parte de la
universidad de una definición amplia de antisemitismo que incluye el discurso
anti-Israel, planteó esta cuestión de manera bastante concisa. «Creo que todas
estas instituciones básicamente nos han fallado porque están difundiendo muchas
mentiras hipócritas», le dijo a Jacobin. «Hay mucha negación. Hay
mucha falta de voluntad para mirar la realidad de lo que está ocurriendo sobre
el terreno».
Estos desacuerdos
con instituciones, departamentos y administradores universitarios han
erosionado la confianza, generando una crisis de legitimidad. Los académicos
enfatizaron que el antisemitismo estaba siendo instrumentalizado de manera
rutinaria contra quienes criticaban a Israel, especialmente contra profesores
que se alinean con la izquierda. Muchos expresaron su sorpresa ante la
disposición a condenar como antisemitas incluso a profesores judíos.
Las personas con
quienes hablé describieron que la represión impacta directamente en los
departamentos y su producción. La presión creciente tanto del gobierno como de
grupos privados llevó a las universidades a restringir y regular sus planes de
estudio. Términos y temas controvertidos, como la Nakba o la guerra en Gaza,
pasaron a ser cuestiones de política universitaria y de repente se volvieron
inadecuados para la enseñanza debido a su capacidad para generar protestas y
represalias. Lo más importante es que los fondos y subsidios federales fueron
suspendidos y amenazados como forma de censura suave (a veces no tan suave).
A medida que esta
nueva realidad se afianzó, muchas clínicas y cursos fundamentales han sufrido
al ver limitado su ámbito de trabajo y vigiladas sus actividades. Las
salvaguardas institucionales centrales han recibido golpes serios, incluyendo
los cargos de carrera con posibilidad de titularidad, las protecciones a la
libertad de expresión, las protecciones contra el acoso y el acceso al financiamiento.
Si las tendencias actuales continúan, la presión política y los incentivos
institucionales amenazan con remodelar gradualmente las agendas de
investigación a medida que las nuevas generaciones compiten por financiamiento,
seguridad laboral y seguridad personal en un mundo posterior al 7 de octubre.
La Red de
Crisis de Estudios del Genocidio y el Holocausto
Lo que más me
sorprendió al explorar el terreno de estas disciplinas fue el optimismo que
mantenían todas las personas con quienes hablé, a pesar de las numerosas
razones existentes para la desmoralización. En lugar de ceder, una sólida
mayoría incluso ha creado y participado en organizaciones dedicadas a
fortalecer la libertad de expresión, a proteger a los académicos y a preservar
la legitimidad institucional. La más importante de las que encontré fue la Red
de Crisis de Estudios del Genocidio y el Holocausto (GHSCN, por sus siglas en
inglés), integrada por cientos de académicos que intentan salvar a sus campos
de la represión y la degradación estructural.
La red ha
redactado y firmado cartas que cuestionan las prácticas universitarias que
consideran perjudiciales para la expresión académica y la investigación. Una
preocupación central pasa por la adopción creciente de la definición de antisemitismo
de la Alianza Internacional de Memoria del Holocausto (IHRA), que equipara el
antisemitismo con la crítica a Israel (la misma definición que la profesora
Hirsch cuestionó en Columbia).
«Escribimos una
carta que fue firmada por algo así como 1.200 académicos de estudios del
Holocausto y el genocidio», le dijo a Jacobin Brett Ashley
Kaplan, de la Universidad de Illinois, «que decía que esta definición tiene un
efecto de disuasión sobre la libertad de expresión y que las personas deberían
poder expresarse libremente».
La red también se
ocupa de las difíciles preguntas académicas y morales que enfrentan actualmente
estos campos. Especialmente dentro de los estudios del Holocausto, dos
profesores con quienes hablé destacaron la creciente necesidad de reconciliar
los horrores del Holocausto con la realidad de que los oprimidos pueden
convertirse en opresores y con el hecho de que esto justifica un mayor grado de
discusión en torno a la memoria del Holocausto y lo que significa el «Nunca
Más» en el contexto de Gaza.
Otros destacaron
la instrumentalización no solo del antisemitismo en términos generales sino
también de la memoria específica del Holocausto. Enfatizaron la necesidad de
recordar los horrores y las lecciones del Holocausto sin justificar ni trivializar
la violencia etnonacionalista, la limpieza étnica y el genocidio
contemporáneos. Lo más importante dentro de estas críticas fue un llamado
creciente a ver el lugar del Holocausto en la historia de manera diferente,
como una historia que no trata solo sobre un episodio particular sino sobre la
trayectoria última de corrientes políticas que mantienen su influencia hoy.
Dwork describió estas críticas en curso de manera bastante concisa, diciéndole
a Jacobin:
«Hay
otros, demasiados otros, que ven el Holocausto como si se tratara únicamente
del asesinato de los judíos de Europa. Y si fuera un evento único, ¿cuál sería
el punto de estudiarlo? No sería relevante para nada, así que creo que ese es
un argumento sin salida.»
Algunos
académicos han comenzado a construir y defender nuevos paradigmas para sus
departamentos. El profesor Barry Trachtenberg, de la Universidad Wake Forest,
por ejemplo, me llamó la atención sobre la Red de Estudios Judíos Liberadores,
compuesta por estudiantes y profesores que han comenzado a imaginar cómo puede
ser el campo de los estudios judíos fuera del sionismo y otros paradigmas
largamente establecidos.
Es importante
destacar que, durante mis numerosas conversaciones, nadie describió los
supuestos y orientaciones largamente dominantes dentro de los estudios del
Holocausto y el genocidio como malvados, ni los describió en términos
exagerados. En cambio, estos académicos alentaron la emergencia del debate y la
apertura a otras áreas de pensamiento. Los términos no sionista, postsionista y
antisionista surgieron con frecuencia, al igual que formas de pensar que
reclaman atención a genocidios anteriores y sistemas de opresión que a menudo
se malinterpretan o nunca se discuten en absoluto. Nuevas líneas de indagación,
debate y enfoque están en desarrollo a medida que las redes disidentes intentan
crear un sólido bastión institucional contra el declive democrático y la
erosión de la legitimidad académica.
Todas las
personas con quienes hablé señalaron el profundo efecto de disuasión, su
impacto negativo en los colegas y los enormes obstáculos sistémicos que están
surgiendo para los académicos más jóvenes dispuestos a desafiar la ortodoxia.
Pero también expresaron una nota de esperanza sobre el futuro de este campo de
estudios y las perspectivas para el debate abierto. Hablaron de proteger el
derecho de todos los académicos, independientemente de su convicción política,
a perseguir sus áreas de interés sin presión ni censura y de la creciente
necesidad de estudiar preguntas espinosas sin temor a represalias. Su mensaje
fue el de una resistencia democrática mediante el rigor académico y la libre
indagación, ofreciendo una sugerencia optimista sobre cómo estos campos pueden
sobrevivir y prosperar.
[Foto: Selcuk Acar / Anadolu via Getty Images - fuente: www.jacobinlat.com]

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