El autor de “Un mundo para Julius”, irónico retrato de la frivolidad y las contradicciones de la clase alta limeña, fue una especie de “oveja negra” de la literatura latinoamericana.
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| Bryce Echenique vivió buena parte de su vida entre Francia y España. |
Escrito por Silvina Friera
“Yo escribo con humor para que duela menos”. Alfredo Bryce Echenique repetía su lema existencial con su tonada peruana en estado de reposo, sin ademán de tristeza, pero quizá con un dejo de melancolía. El autor de esa obra maestra que es Un mundo para Julius, sarcástico retrato de la frivolidad y las contradicciones de la clase alta limeña, que murió el martes a los 87 años, descendía del último virrey del Perú y era nieto de un expresidente.
El humor de Bryce, adorable “oveja negra” de la familia en la que nació y de la literatura latinoamericana también, estaba basado más en la observación que en la producción automática de la risa. Como él afirmaba (y pedía disculpas por la falta de modestia), era un humor inteligente que no se mofa de las flaquezas, torpezas o ambigüedades de los otros. Basta con recorrer su obra para comprobar que nunca se burló de los personajes, que no ve la paja en el ojo ajeno sino la viga en el propio, como postula el refrán bíblico. No le gustaba la carcajada fácil, le parecía violenta y decía, con esa sutil agudeza que lo caracterizaba, que al reírse fuertemente se le cierran los ojos y termina no viendo nada.
El humor y la ironía, modesto patrimonio de un puñado de escritores periféricos o reticentes a la canonización como lo fue Bryce, empieza por casa: “Primero hay que reírse de uno mismo”. A pesar de que las fotos lo muestran mortalmente serio –tal vez fuera cierta timidez congénita, una pátina de tristeza o fastidio hacia la exhibición, como quien busca esconderse en el gesto adusto hasta que lo peor haya pasado–, nunca estuvo incluido en el pelotón solemne del boom de la literatura latinoamericana, encabezado por Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa. Era demasiado insolente; un escritor de frontera que se movía entre un mundo judío y católico. “Siempre he estado, como dicen los franceses, entre dos sillas y con el culo en el suelo. Yo era muy incómodo, no me dejaba incluir o clasificar fácilmente”, dijo en una entrevista con Página/12. Por sensibilidad, Bryce no soportaba el machismo y nunca se integró a los machos de la sociedad peruana.
Nació en Lima el 19 de febrero de 1939, en el seno de una familia de banqueros. El padre de Bryce hizo todo lo posible para su hijo no fuera escritor; imaginaba un destino irrevocable en las finanzas o una carrera como abogado. Su madre, en cambio, lo apoyó y acompañó en esa tarea compleja que fue escribir contra la voluntad del padre. Estudió Derecho en la Universidad Nacional de San Marcos, donde luego cursó la carrera de Letras. En 1968 obtuvo una mención en el certamen Casa de las Américas de Cuba por su primer libro de cuentos Huerto cerrado, una docena de relatos en los que explora las experiencias vitales de un personaje llamado Manolo, atravesadas por el amor, la soledad y los contrastes sociales. En esos primeros cuentos despliega el embrión del universo temático que luego cristalizará en sus novelas.
Dos años después publicó Un mundo para Julius, que lo convirtió en un autor central de la literatura latinoamericana y a la vez periférico respecto del boom. La perplejidad del niño Julius y la construcción de la mirada y la voz se distinguen en esta trama donde Julius anda metido entre la servidumbre, conversando con el jardinero o el chofer, con cualquiera menos con los miembros de su familia y de su clase social. Julius, hacia el final de la novela, será expulsado del paraíso de la infancia de manera dolorosa y quedará “llenecito de preguntas”.
En la narrativa de Bryce no hay “ganadores”; más bien explora los personajes desclasados, marginales, antiheroicos, solitarios y desarraigados; sujetos que observan el mundo que los rodea desde la periferia. Pedro Balbuena, el protagonista de su segunda novela, Tantas veces Pedro (1977), “un rematado loco de amor y de la amistad hasta sus últimas consecuencias”, según Bryce, representa el paradigma de una peruanidad extraviada, un personaje arquetípico que deambula por la vida sin un sentido real de pertenencia. Muchos críticos y lectores establecen un parentesco entre Pedro y Martín Romaña, el protagonista de La vida exagerada de Martín Romaña (1981), una novela de corte autobiográfica en la que narra las aventuras y desventuras de Martín Romaña en el París bohemio y revolucionario de mayo del 68. Entre viejos mitos que no se corresponden con la realidad, el personaje se da cuenta de que “a la Ciudad Luz se le han quemado los plomos”. La capital francesa le resulta provinciana y mezquina. “Claro, el pelotudo de Hemingway se lo trae a uno de las narices a París con frasecitas tipo éramos tan pobres y tan felices, gringo cojudo, cómo no se te ocurre poner una nota a pie de página destinada a los latinoamericanos, a los peruanos en todo caso, una cosa es ser pobre en París con dólares y otra cosa es con soles peruanos”, se lee en esta magnífica observación. Sabía, por experiencia propia, lo que significa no encajar en ninguna parte como limeño perdido en París o como limeño que se siente sapo de otro pozo en su ciudad natal. Como sucede también con Max Gutiérrez, el hipocondríaco protagonista de Reo de nocturnidad, un profesor peruano de literatura en el sur de Francia que padece mal de amores y un severo insomnio.
“El más grande narrador humorístico peruano”, como lo definió Julio Ramón Ribeyro, otro gigante de la narrativa peruana, vivió buena parte de su vida entre Francia y España, un “exilio voluntario” que se extendió durante 34 años. Se doctoró en la Sorbona de París y ejerció la docencia en las universidades de Vincennes, Nanterre, La Soborna y Montpellier. Recibió numerosos premios, entre los que se destacan el Premio Nacional de Literatura de Perú en 1972 por Un mundo para Julius, el Premio Nacional de Narrativa en España por Reo de nocturnidad en 1998, el Premio Planeta por El huerto de mi amada en 2002 y el Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances que otorga la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2012. El autor de La amigdalitis de Tarzán (1997), la historia de amor entre un cantautor peruano residente en París y una salvadoreña de clase alta, anunció que su obra estaba cerrada y se despedía de los lectores en 2019, cuando publicó el tercer tomo de Permiso para retirarme. Antimemorias, volumen en el que recuerda sus años como profesor en París; las idas y vueltas con las mujeres de su vida; el encuentro con Joaquín Sabina en Lima, una noche en la que casi “nos matamos a botellazos” y su amistad con Julio Ramón Ribeyro. Antes había publicado Permiso para vivir (1993) y Permiso para sentir (2005).
Una denuncia de plagio en 2006 afectó la reputación de este narrador extraordinario. En 2009, un tribunal peruano lo condenó a pagar una multa de 53.000 dólares por el plagio de 16 artículos. El escritor buscó demostrar que esos textos habían sido publicados sin su autorización y argumentó que la intención era desprestigiarlo por su férrea oposición al expresidente peruano Alberto Fujimori. Finalmente, fue absuelto en 2019. El iluso activo que andaba por la vida “ligero de equipaje”, pero “pesado de ilusiones”, como confesó en sus antimemorias, fue uno de los pocos escritores latinoamericanos que supo tomarse el pelo a sí mismo para digerir la crudeza de la vida o para iluminar el lado absurdo y cómico de lo dramático. Todo duele menos cuando se lo lee a Bryce, un escritor que narraba como los dioses. Que escribía con el oído y con el corazón.
[Foto: EFE - fuente: www.pagina12.com.ar]

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