El cantautor uruguayo, que presenta mañana 'Salvavidas de hielo' en el Palau de les Arts, asegura que disfruta con «el frenesí de las giras»
Escrito por ÁLVARO G. DEVÍS
Jorge Drexler vuelve a Valencia con nuevo disco. El uruguayo, una de las voces imprescindibles de la canción de autor iberoamericana, acaba de publicar 'Salvavidas de hielo' (Warner Music, 2017), un disco compuesto solo con sonidos de guitarras, a excepción de las voces. Todo un ejercicio de destreza musical que presentará mañana en el Palau de les Arts.
-Contaba la última vez que visitó Valencia que fue justo en esta ciudad donde dio su primer concierto formalmente, ¿cómo fue?
- Sí, fue en el Café Berlín, en el barrio del Carmen. Era invierno del 89. Yo llevaba viajando por Europa varios meses y había tocado mucha la guitarra por la calle. Pero Valencia fue la primera vez que conseguí un trabajo de pago. Me dieron 5.000 pesetas y a mi me parecía una barbaridad.
-¿Cómo ha cambiado la ciudad que conoció?
-Ha llovido mucho debajo de los puentes desde entonces. Y sobre todo, he vuelto muchas veces desde aquella vez. Me gusta sobre todo la relación que tiene Valencia con la música, y a nivel personal, he trabajado mucho con músicos como Huma, que me ha acompañado en muchos proyectos.
-Lleva desde octubre girando por Latinoamérica y está acabando la presentación de 'Salvavidas de hielo' en España, ¿qué tal lleva un artista transatlántico este frenesí?
--El frenesí de las giras me gusta. En España acabo las fechas por este año, pero nos queda un 2018 en el que viajaré mucho por las Américas.
-Con un disco compuesto únicamente de sonidos de guitarra, parece que en un mundo en el que se siente que la tecnología empieza a dominar al hombre, tiene la capacidad de poner a la tecnología al servicio de sus historias y lo humano...
-Lo humano y la tecnología son lo mismo, somos una especie tecnológica, es lo que nos diferencia de los otros primates. La tecnología es una entidad neutra creada por nosotros y la responsabilidad de lo que hacemos o dejamos de hacer es nuestra desde el fraccionamiento de piedras para hacer lanzas hace 60.000 años.
-¿Qué tiene que decir entonces a ese miedo global creciente a las nuevas tecnologías? En 'Telefonía', por ejemplo, rompe una lanza por la comunicación a través del móvil
- Sí, y en 'Silencio' hablo de la importancia de cerrarse ante el bombardeo de estímulos y de comunicaciones que tenemos todos los días. Yo no soy muy de romper lanzas ni tampoco de conspiranoias. A mí lo que me gusta es mirar lo que hay a mi alrededor y ser honesto con las cosas que siento. Nadie que hable de lo malo de la tecnología podrá negar que alguna vez ha estado pendiente del teléfono por una buena noticia.
-En 'Pongamos que hable de Martínez' agradece a Joaquín Sabina su amistad. Desde que llegó a España, se ha sabido rodear de Escohotados, Watlings, Truebas... ¿Uno es uno mismo y sus compañías?
- No, aunque el ser humano es una especie gregaria y el ecosistema humano es muy importante. He tenido mucha suerte y he sabido elegir moverme con personas que me han interesado y me han aportado mucho. En esa canción hago el importante acto de agradecerlo.
- El disco está repleto de colaboraciones con artistas mexicanos y sonidos del folk de allí, ¿necesita España un poco de esa Latinoamérica?
-Sí, los necesita, y Latinoamérica también necesita a España. Me encanta el concepto de Iberoamérica, que también incluye a Portugal y Brasil. Es un dato a valorar que en toda Europa, después del 'Brexit', solo quede un país con un vínculo idiomático, cultural e histórico con 600 millones de personas: España.
-¿Qué tienen que aportarse una parte del charco al otro?
-Muchísimo. Basta con viajar por Latinoamérica para darse cuenta de que grandes tesoros de la cultura española como la guitarra, la décima o los octasílabos siguen más vivos allí que en España.
-Muchas veces defiende en sus canciones un mundo sin fronteras, ¿cómo ve el panorama político actual a nivel global?
-Estoy a favor de la empatía, de considerar al otro 'yo' y de que el otro me considere a mi 'él', de fijarme más en lo que une a las personas. Esto tiene una aplicación política: no me cae simpática ninguna medida que recorte empatías y establezca un «esto me pertenece a mí y no a ti». Mis ciudades favoritas son los puertos, porque la gente va y viene y se mezclan las culturas. Me resulta anacrónico en el siglo XXI restringir los espacios de identificación grupal, ya sea por motivos nacionales, religiosos o políticos. Nunca fui amigo de ninguna bandera.
[Foto: LP - fuente: www.lasprovincias.es]

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