sexta-feira, 6 de julho de 2018

Elogio de la palta o aguacate


 
 
JOSÉ CRESPO ARTEAGA

Ponerle azúcar es un crimen. No entiendo a la gente que coge la mitad de una palta, la espolvorea con azúcar y continuación se la come con cucharilla, sin más, sin guarnición, como si se comiera la mitad de una toronja. Han oído bien: toronja. Suena igual de apetitoso que “naranja”, y uno piensa automáticamente en colores brillantes y sensaciones agridulces llegan a la boca. A ver, ¿quién me dice que se antoja un pomelo, aunque sea a altas horas de la noche? Ni los malpensantes.
 
El domingo es el mejor día para el desayuno, siempre y cuando no nos hayamos pasado de copas la noche anterior. Con todo el tiempo del mundo, con apenas ruido en el ambiente, es imperativo empezar el día como Dios manda. De otra manera, para qué preocuparse en abrir la ventana o acudir a la terraza si lo que vamos a hacer es llenar un cuenco con leche y hojuelas.

Una mañana, con solo contemplar una mesa llena de frutas, jugos, tazas, platillos y otras cosas se me hace agua la boca. Soy capaz de sonreír y perdonar a todo el mundo. Y si se cuela el sol por algún lado, ya es el colmo de la dicha. Perdonen la ridiculez.


Un domingo cualquiera: café tinto, marraquetas, queso curado y trozos de aguacate. De ser posible, salame o chorizo seco. Olvídense de los huevos refritos, de los panqueques o de cualquier tortilla. Y olvídense del periódico, que últimamente solo desinforma. Además, la lectura tiene el inconveniente de distraer a la mente para que esta se concentre en las papilas gustativas.

El aguacate es mantequilla de árbol. Por decir algo, según apariencia y textura, porque nada se le parece. Su sabor impreciso es lo que me tiene atrapado desde siempre. Como los champiñones, los palmitos, las nueces y otros manjares sobrios de esta vida. Sabrán los puercos entrenados y los ricos a qué saben las trufas para que valgan tanto.

He probado paltas de todos los tamaños y formas. Las más pequeñas, de cáscara negra y aroma intenso que de chico devoraba como si fueran cualquier fruta. Siempre me ha parecido extraño que el aguacate sea una fruta, no siendo dulce o que las sandías fueran calabazas. La niñez es una etapa misteriosa, la vida nos tiene engañados durante esos años.


Como tal me ha enseñado que este fruto sirve para ensaladas (tomando las funciones de hortaliza), acompañando cualquier comida seca o mitigando el hambre con un sándwich de mortadela y palta a media tarde.

Batirlo es un crimen. Su consistencia pastosa me hace pensar en las mascarillas de belleza y así no se me antoja. Yo soy muy de imágenes a la hora de comer. Ni con nachos picantes había podido desterrar el fastidio. Pero siempre hay una excepción: mezclado con unos toques de cilantro es la combinación más extraordinaria para acompañar una tortilla mexicana con carne molida. Un gozo para el paladar y un redoble festivo para el espíritu.

Degustarlo en cubitos marca la diferencia, y trinchándolo con el tenedor, aparte de elegante, acrecienta el gusto. No me sabe bien que haya que hacerlo con cucharilla -cogiendo una mitad-, como si fuera un helado de crema. Al deshacerse en la boca, su consistencia suave y delicada multiplica las variables de su sabor. Como los chocolates que se deshacen con la lengua. No es lo mismo el chocolate casi líquido que uno casi sólido. La sutil diferencia en aspecto es inmensa cuando se trata de sensaciones.


La vida se trata de eso, de apreciar detalles por mínimos que sean. Perdonen otra vez el cliché o la inocencia. La comida me hace retornar a la infancia, qué le vamos a hacer.

Y así, me alegra que pueda disfrutar de esta delicia prácticamente todo el año. Me importa un comino que digan que se debe comer con moderación por su supuesta tendencia engordante. Vicios todos tenemos. Este el mío: paltas o aguacates, según la región como se denominen. Cremosos, acuosos, fibrosos, olorosos o menos, verdosos o amarillentos, siempre estarán en mi mesa acompañando el arroz, los espaguetis o las papas fritas de vez en cuando.

Ofreciendo indescriptible contraste a la carne asada, cuando esta sala la boca más de la cuenta y se requiere algo que ofrezca mayor frescura. Una vez más, en el momento insoslayable del desayuno, con ese café humeante, no hay mejor alimento para el alma junto al pan recién horneado y crocante. La sensación lo es todo.
 


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[De LA CEBRA QUE HABLA (blog del autor) - fotos del autor - fuente: sugieroleer.blogspot.com]
 

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