La prosa del escritor recientemente fallecido fue llevada en numerosas ocasiones a la gran pantalla, pero ninguna estuvo a la altura
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Escrito por Francesc Miró
En el cuarto episodio de la temporada con la que dijimos adiós a Mad Men,
una de las series más influyentes del siglo XXI, el eterno Don Draper
interpretado por Jon Hamm se recostaba en su sofá para leer El lamento de Portnoy de
Philip Roth. Sabido es que en aquella serie no había absolutamente nada
casual y que cualquier elemento de puesta en escena o minúsculo atrezzo
tenía un alcance simbólico. Esta lectura también: era el reflejo
freudiano de un personaje buscando consuelo de su situación profesional
y sentimental en la historia de un obseso sexual.
Se trata solo de un pequeño ejemplom pues la influencia de Philip Roth
en la ficción audiovisual es extensísima y difícilmente rastreable, en
tanto que su literatura lo ha sido para la psique norteamericana. Son
muchos los creadores en los que Roth plantó una semilla que llega hasta
nuestros días. El último en sumarse a reivindicar su herencia fue David
Simon: el creador de The Wire confirmaba en enero estar preparando una miniserie de seis episodios basada en La conjura contra América,
novela en la que Roth narraba la historia de su familia a la par que
analizaba la huella de las políticas antisemitas de Charles Lindbergh en
su camino hacia la Casa Blanca en 1940.
Tal vez sea Simon la primera persona en romper la maldición que pesa
sobre la obra de Roth en el audiovisual. El cine también se ha asomado
en múltiples ocasiones a la literatura del ganador del Pulitzer y eterno
candidato al Nobel, que fallecía este martes 22 de mayo. Pero casi
nunca lo ha hecho con buen atino. Philip Roth parece haberse ido dejando
una estela de autor cuya habilidad literaria respiraba un aliento
inadaptable.
Battle of Blood Island
En 1960, un realizador prácticamente desconocido llamado Joel Rapp
estrenó una película bélica de bajo presupuesto que pasaría a la
historia como la primera adaptación de un texto de Philip Roth. Se
trataba de un relato corto inédito llamado Expect the Vandals, que
narraba la historia de dos soldados estadounidenses condenados a
entenderse tras convertirse en los únicos supervivientes de su
escuadrón, arrasado en una isla japonesa en plena Segunda Guerra
Mundial.
Aquella primera aproximación entre la obra del futuro Pulitzer y el
séptimo arte resultó ser una película de aire propagandístico sin
ambages en su discurso sobre la necesidad de limar asperezas para hacer
frente a un enemigo común. Filmgroup la estrenó como parte de un
programa de doble sesión junto con otra película bélica de bajo fuste
llamada Ski Troop Attack, dirigida por Roger Corman –el mítico
productor y director estadounidense de serie B-. Corman, de hecho,
aparecía en un pequeño papel la película basada en la historia de Roth.
Complicidad sexual
Adaptación de la novela corta Goodbye, Columbus, y primer
libro del autor publicado en 1960 que le valió el National Book Award,
amén de cierta controversia entre la comunidad judía. Narraba la
historia de Neil Klugman, un joven de clase obrera que trabaja en una
biblioteca pública y vivía con su tía. Un día conocía a Brenda Patimkin,
una joven de adinerada familia judía por la que sentiría una fuerte
atracción. Juntos mantendrían una relación lastrada por el clasismo y la
limitada libertad sexual de su entorno.
La película, una comedia dramática sin demasiadas aspiraciones,
abandonaba la sátira de la primera persona utilizada por Roth, para
narrar un desencuentro amoroso que conectase con el público adolescente.
Cierto es que existía una voluntad de limar, cuando no desestimar, la
ácida visión del texto sobre la juventud judía norteamericana y sus
contradicciones, pues trasladaba su acción al Bronx y reducía las
asperezas entre sus protagonistas a una diferencia de clase. Aunque Roth
rehuía de ella, esta película dirigida por Larry Peerce estuvo nominada
al Oscar a Mejor guion adaptado, y sería el debut de Ali McGraw, que
poco después saltaría a la fama como la Jenny de Love Story.
Portnoy’s Complaint
Adaptación de la novela homónima, El lamento de Portnoy -esa
novela que le daba por leer a Don Draper-, nos mete de lleno en los
recuerdos de Alexander Portnoy durante sus visitas al psicoanalista. En
ellas, el protagonista desvelaba con total sinceridad sus filias
sexuales, problemas con el género femenino, la cara oculta de su propia
masculinidad y cómo todo ello estaba influenciado por la tradición y
psicología judías.
El propio Roth renegaba de las películas hasta ahora mencionadas por
menospreciar su narrativa afilada en pos de un acercamiento al gran
público. Esta no es la excepción. “Los monólogos de los antihéroes
narcisistas de Roth se preocupan por el desorden del deseo sexual
masculino, la competitividad intelectual, el envejecimiento del cuerpo y
la reflexión sobre la figura del autor. Y ninguno de estos constituye
el material dramático habitual de sus películas en Hollywood”, decía el
crítico Akiva Gottlieb en un interesante artículo en Los Angeles Times.
Mucho menos esta comedia, que quiso emular a películas como Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo y nunca se atrevió a preguntar de Woody Allen o ¿Qué me pasa, doctor? de Peter Bogdanovich, sin conseguirlo.
La mancha humana
La mancha humana es la tercera parte de la llamada Trilogía estadounidense. Contaba
la historia de Coleman Silk, un profesor universitario que se enamoraba
de Faunia, una mujer maltratada por su exmarido. Cuando el ex en
cuestión reaparecía, el alcance del triángulo de relaciones empezaba a
explorar la psique norteamericana en torno las heridas de Vietnam, el
prejuicio racial y el trauma no superado.
Tres décadas después de la desastrosa adaptación de El lamento de Portnoy, el séptimo arte se volvió a asomar a la literatura de Philip Roth de la mano de Robert Benton –el director de Kramer contra Kramer-,
en una película protagonizada por Anthony Hopkins, Nicole Kidman y Ed
Harris. Sin embargo, lo que era una reflexión política sobre el papel,
se convertía en un thriller de celos y traiciones en pantalla. Amén de
dejar de lado su lectura racial: Coleman Silk era un hombre negro,
grande y exboxeador de ascendencia judía, que un poco de whitewashing convirtió en Anthony Hopkins. Alguien que obviamente, no parece no cuadrar con la descripción.
Elegy
Basada en la novela El animal moribundo, que recuperaba al
personaje de David Kepesh 25 años después su última aparición, narraba
el romance entre un sexagenario crítico televisivo y una cubana hija de
un matrimonio de ricos exiliados cubanos. Habíamos conocido a Kepesh en
1972 con El pecho, un homenaje alucinado a Kafka que convertía
al protagonista en un seno femenino de 70 kilos, y volvimos a
encontrarnos con él en El profesor del deseo, una novela que ya exploraba las filias sexuales que seguiría explotando en esta historia.
Esta vez, la encargada de adaptar la obra de Roth era Isabel Coixet,
que conseguía traducir hábilmente en imágenes ciertas reflexiones de El animal moribundo en
torno al sexo en la vejez y la intelectualización de lo carnal. Sin
embargo, se embarraba en un desarrollo lastrado por su omisión del
trasfondo de todos sus personajes. Aquello hacía que la química entre
Penélope Cruz y Ben Kingsley brillase por su ausencia, y que los
problemas de este último con Peter Sarsgaard –su hijo en la ficción-,
resultasen del todo incomprensibles. Otra prueba de que la narrativa
trufada de digresiones sobre el carácter y la psicología social de
Philip Roth sigue sin haber encontrado nadie que las encarne.
La sombra del actor
Esto último volvió a intentarlo Al Pacino interpretando a Simon Axler en La sombra del actor, adaptación de La humillación de
Philip Roth que narra la depresión de un consagrado actor al perder su
capacidad de actuar, y cómo empieza a superarla gracias a su relación
con una joven lesbiana interpretada por Greta Gerwig. Una película
absolutamente irregular que conseguía captar la atmósfera decadente de
Roth e incluso convertir a Pacino en un trasunto del autor, pero reducía
todo aquello en una broma intrascendente.
Tras las cámaras estaba Barry Levinson, el responsable de títulos como Good Morning Vietnam, Rain Man o Sleepers, cuyo
cine no ha sido capaz de remontar el siglo XXI, a pesar de haber
estrenado nada menos que diez largometrajes durante los últimos años. Su
último trabajo, Paterno, volvía a unirle con Al Pacino.
Indignación
Adaptación de la novela homónima de Roth ambientada en el Ohio de los
cincuenta con la guerra de Corea como trasfondo. Narra el viaje
emocional de Marcus Messner, un joven judío que ha llegado a la
universidad gracias al esfuerzo de su padre, un carnicero de barrio
obrero obsesionado con los peligros del mundo. Una vez emprenda el
curso, empezará a tener que lidiar con el antisemitismo y la falta de
oportunidades de su entorno.
La culpa, en esta ocasión, parece recaer en James Schamus, autor de
muchos de los guiones de las películas de Ang Lee, que debutaba tras las
cámaras adaptando una aparentemente sencilla novela. Sin embargo, según
Leo Robson, “la película se desarrolla como sucesión de diálogos tensos y
socarronamente cómicos”. Para el periodista del The New Yorker:
“Schamus abandona la propuesta central de la novela: Marcus cuenta su
historia a partir de una neblina de morfina que confunde con el más allá,
y eso dota a sus experiencias de cierta reflexión en torno al
funcionamiento del destino”. Algo que sustituyendo por una excesivamente
presente voz en off, convertía la película en una propuesta mucho más vacua que su precedente literario.
Pastoral Americana
La última de las adaptaciones al cine de las novela del gran autor
norteamericano suponía el debut tras las cámaras del siempre correcto
Ewan McGregor. Pero la responsabilidad era demasiado grande: Pastoral
Americana era la primera novela de la llamada Trilogía estadounidense,
también la que le valió el Pulitzer y una novela de culto que mucho
consideran como el mejor retrato de la decadencia de los valores
nacionales norteamericanos antes del 11-S.
Sin embargo, lo que era un brutal retrato social de los Estados
Unidos de los setenta y sus problemas económicos, políticos y raciales,
se convirtió en un confuso drama familiar a medio gas. Bien es cierto
que McGregor supo captar la lectura entre líneas sobre la destrucción de
la idea de self-made man, pero no consiguió crear una película que acariciase siquiera el alcance de una de las más celebradas novelas de Roth.
[Fuente: www.eldiario.es]

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