Escrito por Jose Oliva
La escritora Susana Frouchtmann evoca en su libro "El hombre de las checas" la historia de Alfonso Laurencic, un oscuro personaje con el que la autora compartió algo en el pasado y a quien se atribuyen gran parte de los horrores de las checas de Barcelona.
Frouchtmann estaba acabando en 2015 el manuscrito de su anterior libro, "La pasión de ser mujer", coescrito con Eugenia Tusquets, en el que detalla la biografía de doce mujeres, españolas, europeas y americanas, un texto que, según ha explicado a Efe en una entrevista, le hizo "cruzar la Guerra Civil española varias veces" y una vez topó "con un artículo sobre Laurencic, que lo presentaba como un monstruo".
Aquel nombre le retrotraía a su infancia: "Laurencic había sido el marido de la institutriz que teníamos en casa, frau Preschern, que trabajaba en casa con su nombre de soltera", explica la autora.
Aquella mujer estuvo en casa de los Frouchtmann durante treinta años, y lo único que les había explicado su madre era que se trataba de "una viuda de guerra, cuyo marido era dibujante arquitecto que el régimen había fusilado por republicano".
Susana Frouchtmann pensó entonces extrañada: "Cómo nuestros padres, que eran tan exigentes, que tenían unos valores y pensaban que la vida no es regalada, pusieron a nuestro cuidado a una persona con un pasado un poco extraño y poco conveniente".
La autora inició entonces una investigación y encontró noticias en diarios sobre Laurencic, un hombre que dominaba cuatro o cinco lenguas, que se movía por "cobardía, supervivencia y falta de escrúpulos", que llegó a Barcelona en 1933, sin que huyera aparentemente de nada.
"Se habla a veces de que se trata de un delincuente internacional, pero no lo reclamaba nadie ni por robo ni por asesinato", apunta la autora de "El hombre de las checas" (Espasa).
El padre de Laurencic era esloveno, nacido en Hungría, que con 25 años era director de varias revistas y de ahí pasó a Alemania hasta que en 1900 decidió ir a la meca de la cultura, París, donde continuó su carrera de éxito como editor, hasta que en 1914 la familia fue expulsada de Francia.
Tras instalarse en San Sebastián, cuando el joven Alfonso Laurencic tiene 12 años, se trasladan a Barcelona, donde el padre continúa editando la revista "Las Maravillas de España", por la que en 1917 le concedieron la Orden de Isabel la Católica.
En 1921, el joven Laurencic se alista en la Legión extranjera, pero los padres no querían y lo convencen para que vuelva, y entonces lo envían a Graz (Austria), donde vivía una tía suya. Allí estuvo en el ejército de Zagreb durante nueve meses, y a la vuelta a Graz conoció a la que sería su mujer.
En 1921, el padre se traspasa la empresa, dos años antes de su muerte, que motiva un regreso fugaz de Laurencic a Barcelona y en el posterior regreso a Graz se casa con Meri Laurencic. Juntos se van a Berlín en 1926, y allí entró en contacto con la cultura de la Bauhaus con el arte de Malevich, Kandinski, y se gana la vida como director de orquesta de jazz y como decorador.
"La buena vida se interrumpe en 1933, cuando las libertades quedan restringidas, el jazz está mal visto por los nazis. Intenta sin éxito encontrar trabajo en Luxemburgo y en Bélgica, y al final decide volver a España, donde funda la orquesta Los Dieciséis Artistas Reunidos, las cosas le iban bien, hasta que estalló la Guerra Civil española y se quedó sin trabajo", cuenta Frouchtmann.
Fue entonces cuando se presentó en la jefatura de orden público y consiguió trabajar como intérprete para la CNT, mientras en paralelo hacía pasaportes falsos con los que conseguía un dinero extra.
La investigación periodística de la autora ha permitido reconstruir la verdad sobre un personaje sobre el que se habían difundido falsedades copiadas del libro de Rafael López Chacón "Por qué hice las checas de Barcelona: Laurencic ante el consejo de guerra" (1939).
Frouchtmann asegura que "Laurencic no tenía ideología política ni era un espía y de hecho el SIM (Servicio de Información Militar de la República) lo detuvo porque "distraía fondos" y lo encarcelaron junto a su mujer y su hermano.
Posteriormente, los llevaron a Valencia, de ahí al campo de trabajo de Segorbe e hizo lo posible para volver a Barcelona, a la checa de Valmajor, donde "se hizo ver ante el jefe para ofrecerle sus servicios".
Frouchtmann asegura que sus indagaciones le permiten concluir que "Laurencic, por supervivencia, se ofreció para colaborar en la construcción de las celdas de castigo haciéndose pasar por arquitecto, y aunque no se le puede exculpar de todo, en realidad no participó en las torturas".
Cuando las tropas franquistas entraban en Barcelona los presos de las checas huyeron al monasterio de El Collell, cerca de Figueres (Girona), pero "Laurencic no se fue, porque no se consideraba del SIM".
Laurencic intentó venderse a los franquistas asegurando que tenía información muy valiosa, pero el régimen lo detuvo, le abrió una causa y le acabó fusilando en el Campo de la Bota, "expiando los pecados cometidos por otros que habían huido". EFE
[Fuente: www.lavanguardia.com]

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