quarta-feira, 2 de agosto de 2017

La ciudad de la eterna primavera ya no reside aquí


 “Les blancs débarquent. Le canon! 
   Il faut se soumettre au bapteme, s’habiller, travailler.” 
(Arthur Rimbaud, Un saison en enfer)

Escrito por MAURIZIO BAGATIN                                                                                                                            
Según Tolstoi la historia moderna es parecida a un sordo que contesta a preguntas que nadie le hace; todos los acontecimientos valen un relato, como merece una biografía cada vida humana: lo real niega lo verdadero y lo absurdo fortalece lo surreal.                                                                                   

Solo así nos podemos emborrachar de virtudes literarias, más allá de que hoy deberíamos dedicarnos a los clásicos: esta discutida y discutible posmodernidad ofrece horizontes desérticos, aunque sigamos sembrando esperanza. Toda palabra busca su eternidad, toda cosa dicha reclama una hermenéutica. George Orwell, en su lucha por la palabra, imaginaba la posibilidad que sea el hombre, desnudándose de todo poder, en hacerse verbo de libertad: un Rimbaud colorado de vocales en búsqueda de lo imposible y de la libertad.                                                                                        

Al principio fue como en una fábula, todos ebrios de mitos y mártires autoinfligidos, seguimos el curso de la farsa; algunos, resentidos, no querían oír que existiera la posibilidad de un llamado proceso de cambio. El realismo sin magia se fue adueñando de la realidad, Alicia siempre conoció estas latitudes, siempre se acostumbró a estas altitudes: la hoja increíble se hizo creíble gracias a su productor estrella: nada de incompatible en esta inverosimilitud.                

Y verosímilmente se trata de un capítulo ausente del popular 000 de Roberto Saviano: quien me lo recordó fue mi compadre, creía que en democracia un cargo público no permita un cargo privado…. ¡y qué cargo! Pericles sigue lejos de aquí.                                                                      

Mientras. La Ciudad jardín y la capital gastronómica, el granero y la campiña: en la Llajta los adjetivos cumplían la razón de una historia que fue: "el pequeño mundo que uno encuentra al nacer es el mismo en cualquier parte que nazca; solo se amplía si uno logra irse a tiempo de donde tiene que irse, físicamente o con la imaginación”, decía Augusto Monterroso, y al volver o al despertarse, un adefesio ha hecho desaparecer el Cristo de la Concordia, un bodrio ha sentenciado a la sombra el parral de tu jardín, otra aberración colado cemento encima del verde acuarela de Cochabamba. Un ecuatoriano de visita preguntó que habíamos hecho, los cochabambinos, con el verde de los Andes…ladrillos y tejas, canchas de fútbol sintéticas y puentes colgantes, estaciones de servicios y gimnasios… Francisco Viedma y Alcide d’Orbigny estrangulados, el Topadora y el Bombón guillotinadores.                                                                     

El chicharrón del domingo, el fideo uchu del jueves y la sajra hora siguen existiendo; el San Lunes está perdiendo fieles, el albañil, su adepto máximo, ahora cruza las calles con bajo el brazo Coca-Cola y pan blanco también los días lunes y las autobetonieras no paran ni siquiera las noches: la Avenida Beijing y su esqueleto de calles paralelas y perpendiculares son dignas del Proceso de cambio, hasta hace veinte años era zona de maizales y de alfalfa, hoy refugio nocturno de empleados de un terciario feroz y desculturalizado. La K’oa del calendario agrícola se ha vuelto urbana y se challa la Pachamama sobre lozas de cemento plúmbeas, de cerámicas ordinarias o de mármoles importados, con cervezas elaboradas con arroz (las brasileras son elaboradas con maíz transgénico…), en tiendas de barrio, en oficinas del centro, en los gazebos de los nuevos ricos, en bares y centros culturales underground, pidiendo buenos negocios: una realidad cínica y esquizofrénica, edulcorada con aspartame y sazonada con glutamato monosódico. Nos estamos pareciendo al hermoso árbol del tajibo, floreciendo en invierno buscamos ofrecer color a la triste mortalidad del invierno, pero ya no somos primavera todo el año: “Cochabamba nunca fue urbe sino gran aldea de adobe. Asociada a huertos, manzanos y durazneros, va derribando todo lo que antaño significó y le prestó rostro. Hoy semeja un monstruo de mal gusto que cambia lo bucólico por lo kitsch, lo pintoresco por lo inmundo”. (Claudio Ferrufino-Coqueugniot).                                                                                                                            

Las Kollkas de Cotapachi abandonadas en territorio de los antiguos golpistas: para ellos rasguñar sueños y cultivar ilusiones sigue siendo el hábito de cada día, el pequeño burgués nunca les ofrecerá ninguna oportunidad de elegancia campesina, de orgullosa pertenencia a la tierra… Misicuni, un huequito desde donde saldrá y será controlado el líquido vital de un millón de seres humanos: un asicuni que nos sepultará sin lágrimas… los puentes colgando al hilo de una ruleta rusa, con material chino y diseños de un Escher con Parkinson… una universidad estatal que es autónoma pero sigue recibiendo la paguita de su papá: se burla de sí mismo el condenado clown, el burócrata sedentario, el efímero que cambia de camisa, su epiqueya resiste como la hoja atada al árbol: un viento fuera de estación o la niña, o el niño pueden sublevar: triste poder humano que queda en la claustrofóbica eternidad.…el Río Rocha es un eufemismo de aguas podridas, una letrina que a luces apagadas, simplemente gracias a su fetidez nos puede guiar… las lagunas, un marasmo de putrefacciones (“mierdas suspendidas”, dijo un malhumorado y desafortunado vecino a la tele)… en K’ara K’ara ni los pepenadores de Santa Catarina entrarían… La Maica queda como último distrito verde, sus vacas no tienen otras que tomar el agua mefítica del Río Rocha (en todas las villas que la rodean se aconseja tomar gaseosas en lugar que el agua del lugar…) y entregar la leche a una multinacional controlada por la Nestlé. El próximo año la Llajta será sede de los juegos de Odesur, por tal fin se expropió (dejando sin canchas de fútbol adonde entrenar a más de 300 niños y niñas) el Club Hípico para construir un estadio de fútbol: el Batán, nombre infausto para un centro deportivo que depositará solo hormigón, fierro y plástico en un escenario que no dará pie con bola. Los diccionarios de la redrosaca, estériles como el suelo afligidos de monotonía vegetativa, divagan como ausentes de espíritu, a falta de imaginación y de cultura, conjugan ausencias, venden gatos por liebres… a cazadores de sueños. Hace dos años festejamos el aniversario de la ciudad de la eterna primavera con un incendio apocalíptico al Parque Tunari, loteadores embrutecidos, autoridades corruptas y nuestra eterna apatía les soplaron unas velitas bochornosas… tenemos dos asociaciones de fútbol: una legítima y descuerada y una apoyada por una federación de ladrones que su única esperanza y maña es la altura de La Paz.                   

Hubo un reciclaje para nada ecológico: en la olla del dominio entraron los gérmenes de toda la violencia, de toda las contradicciones y de todo los bodrios políticos: vivos y sonsos juntos… pero mezclando bien los naipes, mandan los ases de siempre. El norte parece estar soñando, el sur tiene algo del sueño: estas son las antípodas de quienes se han transformado en sátrapas y déspotas de una increíble coyuntura… aunque los intelectuales remeden… el diccionario de la primera revolución democrática es digno de una introducción. Casi como una Serendipity suspendida, una Cacania entre lo nunca sucedido y una iniciativa nunca emprendida. La ciudad que fue de la eterna primavera quiere volver a ser también la más transparente.

“La science, la nouvelle noblesse! Le progrès. 
Le monde marche! Pourquoi ne tournerait-il pas?” 
(Arthur Rimbaud, Un saison en enfer)


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[Foto: Chillijchi (ceibo), Pairumani, Cochabamba - fuente: sugieroleer.blogspot.com]

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