segunda-feira, 31 de julho de 2017

RUBÉN BLADES: El patriota en la encrucijada

Documento Rockdelux. Rubén Blades es el mito por excelencia de la música latina concienciada y moderna de las últimas décadas. También vivió su momento político, como le avanzaba a Diego A. Manrique en esta entrevista de 1991. Entonces, a los 43 años, Rubén tenía motivos para sentirse satisfecho. Tras un cuarto de siglo en el negocio de la música, había conseguido una impensable autonomía artística y había acumulado una obra considerable, como solista (cerca de 20 elepés) y como compositor. Además, Blades había liderado varias revoluciones en un campo tan inmovilista como el de la música afrocubana –las canciones sobre la realidad latina, los discos conceptuales, la modernización de arreglos, la salida del gueto– y la guinda era una sólida carrera como actor en Hollywood. Sin embargo, estaba dispuesto a echarlo todo por la borda para entrar en la política en su Panamá natal. Lean lo que nos decía entonces. 

El Rubén Blades estrella y personaje.

Escrito por Diego A. Manrique

Fue la experiencia más bochornosa en toda mi carrera de entrevistador. Enero de 1981, unas horas antes del debut de Fania All Stars (apabullante, ni comparación con la actual) en el Palacio de Deportes barcelonés. En el hall del Hotel Majestic, tengo cita con Rubén Blades y procuro disimular mi nerviosismo, estoy ante el principal insurrecto de la salsa, el hombre que ha introducido crónicas de malestar social y conflictos políticos en el sonriente escenario de la cosa afrocubana. Y cuando comienza la conversación, resulta que la cinta no graba. Es más, se rebela y salta el magnetofón cada pocos segundos. Aprieto fuertemente la máquina con las dos manos y la jodida casete sigue brincando. Rubén, vestido con el floreado uniforme de la orquesta, ignora mis apuros y contesta con cortesía mis deslavazadas preguntas.

Diez años después me lo encuentro en la habitación de un hotel madrileño. Ya no es el soldado-infantería de la Fania: estoy con el músico tropical más respetado en España –lo de Juan Luis Guerra es caso aparte– y abajo le espera una jauría de cámaras de televisión, grabadoras profesionales y cuadernos de notas, varias decenas de periodistas y curiosos. Rubén tiene el detalle de no recordarme nuestra desastrosa primera entrevista.

Es obvio que ha crecido. El chavalito panameño que parecía acomplejado, fuera de lugar entre la estruendosa pandilla de baqueteados gigantes de la salsa, domina ahora la situación. Acaba de aterrizar, anda preocupado por la grave enfermedad de su madre, le rodean los ejecutivos del Quinto Centenario, pero se lanza a la entrevista con ganas y una imparable locuacidad. Una hora más tarde, dará una lección de cómo comportarse en una multitudinaria rueda de prensa. Chistoso, ágil, contundente, toreará absurdas preguntas de novatos, comprometidos sablazos de un cubano exiliado, oscuras cuestiones lanzadas por coleccionistas de discos calientes. Magistral, oiga.

EL CALOR DE LOS FOCOS (CINEMATOGRÁFICOS)

El éxito suele producir metamorfosis. Y Rubén ha disfrutado de algunas dulces victorias durante la pasada década. Abandonó Fania justo antes de que el buque insignia de la salsa comenzara a hacer agua; todavía dedica mordaces frases a su antigua compañía, que ahora recurre a su hermano Roberto para que figure un Blades en las últimas formaciones de la Fania All Stars. Fichó por Elektra, en un contrato ciertamente insólito: los gigantes discográficos norteamericanos no acostumbran a trabajar con artistas que se expresen en español. Aunque, todo hay que contarlo, su única aventura en inglés –“Nothing But The Truth”, 1988– fue un pinchazo considerable y Rubén no conquistó el mercado internacional; ahora ha pasado a CBS, que promete tenerle presente en ambos mercados, el anglo y el hispano.
Además, aquí estamos hablando de cuestiones simbólicas. Aunque los elepés de Rubén en WEA no vendieran enormes cantidades, le convierten en el salsero más visible, uno de los pocos artistas del género cuya producción está disponible en casi todos los países del mundo. Y su imagen de rebelde lúcido, con un cierto programa político y una no menos cierta ambición de renovación, le hacen un personaje vendible en Estados Unidos, donde los héroes latinos suelen ser deportistas de reducida educación. De ahí, (relativamente) fácil entrada de Blades en Hollywood y en los círculos del rock. Una aceptación que él insiste en recordar mediante anécdotas oportunas (“estaba terminando mi participación en el rodaje de ‘The Two Jakes’, la continuación de ‘Chinatown’, y como no iba a llegar a tiempo para coger el avión e irme de gira, Jack Nicholson me llevó en su helicóptero particular hasta el aeropuerto”). El reiterar que ha colaborado con Elvis Costello, Joe Jackson, Lou Reed, Sting o Dylan (“pero nos pusimos a hacer pendejadas y no terminamos la canción”) le sirve para señalar que no es un cualquiera en los salones de la alta sociedad del rock. Bueno, a todos nos encanta presumir de contactos…
“El año pasado trabajé en cinco películas, lo cual es bastante anormal, las ofertas para hacer cine son algo irregular, te llegan con cuentagotas. Es bien difícil encontrar papeles ya que no se da una corriente hispánica o latina dentro del cine, como ocurre con la comunidad negra, que tienen libretistas, directores, actores de moda. Lo que ocurrió es que no tuve acceso a la comunidad latina como músico, no grabé, apenas hice actuaciones. En 1991, para evitar dar la impresión de que he huido, he vuelto a la música”.
El Rubén Blades salsero y concienciado.

UN SALSERO EN HOLLYWOOD
¿Temes que te acusen de abandonar la salsa por el cine? Desde luego, ésa es una connotación que quiero evitar. También es desafortunado que el cine cree la impresión de que te has olvidado de tu público, te difunde a unos niveles que terminas pareciendo inaccesible, sobre todo en el caso de los hispanos, que no están acostumbrados a que sus personajes entren en el mundo del espectáculo anglosajón. Al volver a la música, sientes un respiro colectivo, la comunidad se da cuenta de que el cine no implica una pérdida de afecto, de acceso. Te vuelven a ver sudando, echando chistes, hablando con la orquesta: “¡ah, bueno, todavía está Rubén aquí, no se ha ido!”.
Roberto, tu hermano, me comentaba que no tenía sentido económico para ti el salir de gira, ya que cobrabas medio millón de dólares por aparición en una película. ¡Roberto siempre exagera! Exagera en mujeres, exagera en la importancia de su hermano. Al contrario, los salarios cinematográficos van subiendo muy, muy lentamente. Por ejemplo, yo hice “Depredador II” sin muchas esperanzas artísticas. Cuando se estrenó, la vi y no me gustó. Volví a verla una segunda vez ¡y me horrorizó aún más! Pero sabía que no me iba a perjudicar, aunque sí me subía en el escalafón de Hollywood. Además, estaba Danny Glover, un gran amigo, muy involucrado con los asuntos de su comunidad.
¿Existe un tipo de cine que te interesa creativamente, frente al que simplemente da de comer? En el cine, rápidamente dejas de hacerte ilusiones. En música, tú controlas todo… ¡o casi todo! El cine depende de muchas personas. Además, en estos tiempos se apuesta por las imitaciones, por las fórmulas que se pueden repetir hasta el infinito, el público se ha acostumbrado a los platos precocinados y puede ocurrir que cuando coma arroz de verdad lo encuentre… raro, con un sabor desacostumbrado. Eso es lo que pasó con “The Two Jakes”. No es una mera continuación de “Chinatown”, es… más densa, más inquietante. Y ocurrieron tantos líos antes de comenzar el rodaje.
¿Qué papel haces en “The Two Jakes”? ¡El de un gángster judío! (risas) Tenía problemas de fechas pero Nicholson se encontró conmigo y me dijo que me necesitaba, que organizaría el rodaje alrededor de mis días libres. Acepté, no tienes muchas oportunidades de trabajar con una leyenda viva como él. No es justo tener ideas preconcebidas respecto a una persona, pero lo cierto es que Nicholson coincidió con lo que yo esperaba de él: un individuo libre, muy enterado, que no se deja manipular. Nos vemos, comemos, hablamos, mantenemos una relación. Y antes de conocerme, él tenía mi música: subes a su coche y descubres que lleva casetes míos con señales de haberlas usado mucho.

LA ETIQUETA DE “ATRACCIÓN TROPICAL”

¿Cómo es tu relación con artistas de orígenes culturales tan diferentes? ¡Tenemos muchas cosas en común! Por ejemplo, yo crecí con el rock and roll de finales de los cincuenta. De vez en cuando, Lou Reed y yo nos juntamos a cantar temas de doo wop. Ese tipo de amistad es muy normal en Nueva York. Cuando Lou está en Nueva York, se queda en un apartamento del Upper West Side que está a tres cuadras del mío. Paul Simon vive un poco más lejos pero, vamos, no hay necesidad de tomar un taxi. Christopher Walken es vecino, voy a tomar café a su casa. Lo mismo con Raúl Juliá… te lo encuentras por la calle, en el supermercado, en un bar. En los Ángeles, eso es imposible, las distancias son enormes, tienes que usar el coche ¡y yo no sé manejar!
¿Por qué interesa tanto el recalcar tus contactos? Creo que en España me sitúan en un sector –la música– y con un público determinado –los latinos– y eso no le hace justicia al trabajo que desarrollo. Nosotros tenemos una base afrocubana, eso es cierto, pero con una proyección universal gracias a los arreglos, las letras, nuestro comportamiento. Es una actitud con la que cualquier músico del rock se puede identificar. Cuando Jerry Garcia, de los Grateful Dead, se pone a tocar la guitarra con nosotros, no lo hace como si estuviera en una jam session con músicos primitivos. Lo mismo con Branford Marsalis, Pat Metheny… colaboran porque adoran a nuestra banda. Si cuento esto es para que no me ubiquen en un género exótico, como cuando dices “vamos a ver al Ballet Nacional del Senegal”. Eso es ponernos una camisa de fuerza folclórica que nos infravalora, cuando nuestro enfoque es urbano y universal, más allá de las limitaciones que impone la ignorancia cultural de tantas personas.

CUBA Y OTRAS BOMBAS DE RELOJERIA

Las fuerzas vivas de la salsa se escandalizaron cuando Rubén prescindió de la sección de viento, reemplazada en Son del Solar por los sintetizadores; ahora, son frecuentes los salseros que exploran tímidamente las posibilidades de las máquinas digitales. Sin embargo, otros sectores latinos no han sido tan tolerantes con las declaraciones políticas de Rubén. En Miami, donde si no eres rabiosamente anticastrista se te considera un peligroso comunista, Rubén fue declarado persona non grata. Y eso no es una broma: miembros de organizaciones que preconizaban el diálogo entre La Habana y el exilio cubano fueron asesinados despiadadamente. En el caso de Rubén, las represalias se limitaron a la no radiación de sus discos y la imposibilidad de actuar en Florida (cuando Roberto Blades se lanzó como solista, tuvo que distanciarse explícitamente de la ideología de su hermano y editar “Se va a caer”, un agresivo anuncio del próximo hundimiento del régimen castrista).
El Rubén Blades político y reflexivo.

“En Miami, ya está volviendo la cordura, aunque sólo sea en grupos minoritarios. En general, los exiliados cubanos ya no son tan recalcitrantes, se han dado cuenta de que sus posiciones –financiación del terrorismo, apoyo a cualquier dictador anticomunista– no beneficiaban a sus objetivos a largo plazo. No creo que haya existido un exilio más solitario que el de los cubanos: se hicieron con el poder económico y casi diría que político en Florida, pero se aislaron del mundo; el único dictador que existía para ellos era Fidel Castro. Eso les hizo parias políticos: tú no puedes atacar a Fidel y defender a Somoza. Ahora que todo ha cambiado, cuando el fantasma del comunismo ya no sirve para justificar golpes militares, cuando dentro de Cuba se oyen rumores de cambio, ellos necesitan nuevos argumentos. Por lo menos, hoy se oyen otras voces en Miami. Tanto en Miami como en La Habana están examinando sus propios errores”.
¿De dónde salió esa percepción de Rubén Blades como artista comunista? Allí, si no gritas lo que ellos gritan, ya eres sospechoso. El comunismo nunca me interesó políticamente: como artista, me pongo en guardia en cuanto alguien habla de límites, de desarrollar trabajos siguiendo directivas políticas. El dogma me aterra, prefiero que me llamen contrarrevolucionario a subordinar mi arte a un concepto de partido. El punto clave en Miami es que tenías que decir “Castro es malo mientras que Pinochet es un tremendo tipo”. Ahí empezaron mis choques. Yo no puedo decir que Estados Unidos sea un país perfecto, no puedo decir chévere a la invasión de Panamá. Si se te ocurre señalar el respaldo norteamericano a la China comunista mientras se hacía una guerra secreta contra un régimen mucho más tolerante como era el sandinista, ya te miraban mal. Independientemente de que tú te manifiestes a favor de la libertad en Cuba, del cambio de estructuras… te buscabas un problema con los cubanos, que controlan Florida. Yo y otros artistas somos invisibles, somos inmencionables en las radios de Miami. Pero yo lo acepto, que conste, igual que entendí que haya gente que prefiera los discos que grabé con Willie Colón más que los que hago yo ahora.
Sin embargo, las amenazas fueron serias. Llegaste a actuar con chaleco antibalas… Bueno, bueno, eso se exageró. Eran medidas de precaución mínimas: acababan de matar a John Lennon. Eso nos sacudió a todos, Lennon era vecino mío y su asesinato fue tan absurdo, un fan que dispara, que te hace ver que todo es posible, uno no sabe…
Te tenían enfilado. Hasta Guillermo Cabrera Infante escribió un artículo desde Londres donde afirmaba que “Pedro Navaja” era la cumbre de la salsa pero que te había conocido y que eras un “tonto útil” de los castristas. Ya. La misma situación ocurrió en Panamá, todavía hay mucha gente que no me perdona que yo no me uniera a la coalición de partidos contrarios a Noriega. Bueno, hay gente con la que yo no puedo ir de la mano a una manifestación, aunque sea contra un enemigo de mi familia como Noriega.
¿“Enemigo de la familia Blades”? Sí, mi padre tenía gran amistad con Omar Torrijos. Cuando Noriega empezó a hacerse con el poder, procuró sacarse de en medio a los leales de Torrijos. Así que los Blades tuvimos que exiliarnos en el 73 y, desde entonces, nadie puede afirmar que recibiéramos un real, un trabajo, un beneficio por parte de Noriega. Lo que yo no puedo es unirme a políticos panameños que reciben órdenes y dinero de la CIA.

EL DETECTIVE BLADES Y NORIEGA

Curiosa familia la de los Blades, un cóctel de sangres y orígenes que sólo es explicable en el Caribe. De hecho, la biografía familiar parece sacada de una novela de García Márquez (amigo y colaborador de Rubén), con personajes tan fascinantes como la abuela Emma, una creyente profunda en las bondades de la comida vegetariana, la necesidad del feminismo, las ventajas del yoga, el sentido de la justicia de los rosacruces. Para que no falten los ingredientes literarios, la madre de Rubén fue pianista y cantante de boleros; el padre, una estrella del baloncesto que fichó por motivos deportivos por el equipo de la Policía Secreta panameña (“¿puedes imaginártelo? Unos policías secretos que salían todas las semanas a jugar a una cancha ante centenares de personas”).
Inevitablemente, el Rubén Blades musical se queda arrinconado en la conversación por el Rubén Blades político. La perspectiva de verle un día al frente de Panamá levanta muchos interrogantes. Y no pocos temores: pienso en aquel líder revolucionario africano que convocaba multitudes en sus mítines, reemplazando los discursos con canciones que desarrollaba a golpes de guitarra eléctrica (una popularidad que no le libró de la muerte cuando unos compañeros militares dieron el siguiente golpe de estado). Lo de el-salsero-al-asalto-del-poder suena tan fabulosamente quimérico que se hace preciso delimitar la situación.
No sé de qué se sorprenden ustedes. Llevo anunciando mi vocación política desde hace muchos años, he estudiado derecho en Harvard, me estoy preparando intelectualmente para sacar a mi país de la miseria y el desencanto. ¿Mi motivación? A lo largo de mi vida, siempre he escuchado, siempre, las mismas excusas para explicar el desastre que es Panamá. Primera, que no ha habido alternativas, lo cual te libera de participar en política. La segunda, que el poder corrompe siempre. Ante esto, yo pienso que ‘quiero comprobar si esas afirmaciones son ciertas’. Es verdad que Panamá es un país inventado, que dependemos de los norteamericanos, que hemos perdido la voluntad de convertirnos en un pueblo. Así nos hacemos egoístas, tacaños con nuestras fuerzas…”.
El Rubén Blades brillante y carismático.

Hablemos en términos políticos. ¿Cuál es vuestro calendario? 
Queremos crear una alternativa, estamos construyendo la estructura de una organización. De hecho, de momento pretendemos educar antes que pensar en ganar elecciones. Ni siquiera se puede hablar de rehabilitar la conciencia nacional de los panameños: hay que “habilitar” esa conciencia. Ese es un trabajo de años, nada de relajo. Hay que dinamizar la situación, plantear a los interesados la posibilidad de hacer algo por el país.
Rubén Blades es muy impreciso en sus planes. Y evasivo: ni siquiera revela el nombre de su partido/organización/movimiento/lo-que-sea. Así que no es posible adscribirle color político ni hacerle reconocer posibles modelos o programas de acción, aparte de una arremetida contra la concentración urbana, “estamos casi en el siglo XXI y las ideologías no sirven en unas ciudades que disminuyen el sentido cívico y la responsabilidad personal, a la vez que aumentan la marginación, la masa de ciudadanos que ni siquiera saben lo que son”.

EL SALSERO EN EL AVISPERO

“Hay motivos para la esperanza. Panamá tiene poca densidad de población, somos 2.200.000 habitantes. Y la edad: el 40% de la población son niños y adolescentes, que pueden ser educados, recuperados, acostumbrados a vivir en unos núcleos urbanos que les permitan ejercer sus derechos y resolver sus problemas”.
Insisto en lo del calendario: ¿cuándo saldrás a la palestra política? Llevamos dos años preparando infraestructura, ya tenemos núcleos en todas las provincias. Y símbolo y nombre registrado y todo lo necesario para hacer la presentación política, tal vez a principios del 92. El proceso de inscripción será selectivo, no queremos grandes números sin calidad humana. Queremos filtros muy rigurosos. Es muy fácil tener un partido con quince mil afiliados; luego, cuando suena el primer cañonazo, quedan tres.
¿Cómo te va en Panamá? Me refiero a tu condición de cantante. Mira, a veces pienso que los políticos son artistas frustrados. Hay gente que no sabe actuar, que no puede cantar, y se mete en política para tener carro gratis, vivienda protegida y salir en la televisión. Pero no creo que la política sea una carrera muy sólida, sobre todo en Panamá. Durante un período de la historia de nuestro país hubo cinco presidentes, mientras no cambió el pianista que tocaba en el bar del Holiday Inn. Así que si quieres estabilidad y sueldo fijo, en Panamá es mejor ser pianista del Holiday Inn que presidente…
Esto suena a periodista incordiante, pero, entonces, ¿qué te motiva a entrar en una actividad tan ingrata y tan segura? Yo no soy ningún idiota, sé lo que me voy a encontrar cuando yo regrese allá. Esto, cantar y hacer promoción, es mucho más fácil para mí. Me va bien en el cine, cada año hago más y mejores películas… pero llega el momento de ser consecuente, de poner en práctica lo que has predicado en tus canciones. No puedes llegar a los cincuenta años y seguir con tu maraquita, cantando la de “Pablo Pueblo”, engañado por lides politiqueras. Muchos artistas llegan a ese punto, cuando descubres tus contradicciones: tienes casa grande y mucha plata, vives bien y no sufres los mismos problemas que ahogan a la gente que te escucha. Entonces todo se desvirtúa. Y actúas, en una forma u otra, pero actúas.
Rubén habla del dilema que ha acojonado a muchos otros artistas carismáticos y revoltosos. Bob Dylan resolvió el conflicto volviendo al ámbito íntimo, tras chocar con la vieja izquierda al saltar de las denuncias ortodoxas con guitarra de palo al desparrame eléctrico. John Lennon intentó poner su música al servicio de las causas en las que creía durante los primeros años setenta, hasta que el panfletarismo y la presión de la administración Nixon le agotaron. Billy Bragg, Joe Strummer, Sting, Jerry Dammers y otros muchos más han hecho equilibrios sobre el tembloroso cable que une la música con el activismo.
Rubén se la juega en el terreno más sucio y peligroso. Se ha instalado en el barrio panameño que le vio crecer, está preparado para renunciar a la música durante largos períodos, ha dejado libertad a su grupo para que funcione por su cuenta. Y uno no sabe si desearle suerte en su nueva actividad o confía en que una derrota electoral, a lo Vargas Llosa, le devuelva a las canciones. De todas formas, con todas las prevenciones propias de temperamentos escépticos, no puedo dejar de manifestar admiración y respeto ante un corazón generoso. 

[Fuente: www.rockdelux.com]


 

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