domingo, 9 de abril de 2017

La última locura de Damien Hirst

El artista muestra el tesoro de un coleccionista de hace 2.000 años rescatado del mar

Imagen de la exposición de Tesoros del naufragio del Increíble en Venecia ANDREA MEROLAEFE

Escrito por IRENE HDEZ. VELASCO

En la época del Imperio Romano, a caballo entre mediados del siglo I e inicios del siglo II, cuentan que vivió el legendario Cif Amotan II, un hombre cuya historia ha cautivado a miles de personas a lo largo de los siglos. Era un esclavo de Antioquía que después de convertirse en hombre libre amasó una gigantesca fortuna y que gastó ingentes cantidades de dinero en reunir una fastuosa colección de arte compuesta por esculturas monumentales, joyas, monedas y objetos preciosos procedentes de todos los rincones del mundo.
Los cronistas de la época cuentan que gran parte de ese fabuloso tesoro fue cargado a bordo de la nave más enorme que hasta entonces había surcado los mares -un barco llamado Apistos, increíble en griego- con destino a un lugar de Asia Menor donde Amotan había levantado un templo dedicado al dios Sol. Pero por causas desconocidas -hay quien habla de peso excesivo, quien culpa a las adversas condiciones del mar y quien opina que simplemente se cumplió la voluntad de los dioses- la nave naufragó y se hundió, sepultando en el fondo del Océano Índico su preciosa carga.
Con el pasar de los siglos la historia de ese naufragio ha seguido viva, enriqueciéndose con tantos detalles que hoy es casi imposible distinguir los elementos auténticos de aquellos fantásticos. Pero en 2008, después de casi 2.000 años desaparecido, el tesoro de Amotan fue localizado en la costa oriental de África. Se puso en marcha entonces una larga y laboriosa tarea de recuperación submarina que ha permitido sacar del lecho marino numerosas de las obras de arte atesoradas por Amotan, recubiertas de anémonas, de algas y de corales petrificados.
Magníficas esculturas griegas en mármol, imponentes conjuntos en bronce de dimensiones colosales, bustos de faraones esculpidos en oro puro y decenas y decenas de otras obras de arte de la colección de Amotan se pueden contemplar ahora en Venecia, a lo largo de los 5.000 metros cuadrados expositivos del Palacio Grassi y el Museo de la Punta de la Dogana, propiedad ambos del millonario francés François Pinault. Se trata de una impresionante muestra que abrirá oficialmente sus puertas al público el domingo bajo el título Tesoros del naufragio del Increíble y que reúne casi 200 piezas alucinantes. Como esa escultura de 18 metros de altura (sí, ha leído bien) que muestra a un demonio descabezado con un cuenco en las manos y que preside el salón central del Palacio Grassi. O ese conjunto en bronce de 7,13 metros de un guerrero encaramado sobre un oso con que se abre la muestra de la Punta de la Dogana.
¿Que nunca antes había oído hablar de Cif Amotan II y de su fabuloso tesoro? Es normal. Porque en realidad estamos ante la última travesura de Damien Hirst, el niño malo del arte contemporáneo. El artista británico, con su audacia habitual, ha decidido poner en pie en Venecia un proyecto tan desmesurado como excéntrico, tan grandioso que no se le puede calificar de simple juego sino que entra directamente en la categoría de locura. Hirst se ha inventado la historia de Amotan y durante los últimos 10 años se ha dedicado a crear ese tesoro ficticio que ahora se exhibe en Venecia.
Pero lo alucinante es que el artista estrella del Britpop se ha aplicado a conciencia en la realización de este proyecto. Las piezas que presenta son realmente excepcionales, recreaciones de aquellas obras que según su fantasía componían ese tesoro imaginario de Amotan, piezas que se ajustan con precisión al canon estético clásico aunque tengan un toque Hirst. Muchas de ellas no solo son de dimensiones titánicas, tan gigantescas que dejan boquiabierto al espectador, sino que todas tienen un acabado impecable y están elaboradas realmente con los materiales que uno supone con que estarían hechos los objetos de la colección de Amotan: mármol blanco, mármol rosado, lapislázuli, bronce, oro, granito azul, plata, ágatas, jade...
Ante tamaña desmesura, es natural preguntarse cuánto habrá costado hacer realidad este sueño excéntrico y quién lo habrá pagado. "Es un proyecto ambicioso, muy ambicioso", es todo lo que dice Martin Bethenod, director del Palacio Grassi y del Museo de la Punta de la Dogana, poniendo los ojos en blanco.
El caso es que la carísima chifladura de Hirst funciona. El espectador no puede evitar sentirse sobrecogido ante esas obras fantásticas, no puede evitar preguntarse si son auténticas o si son falsas. Porque las dos exposiciones están montadas como si realmente los objetos expuestos fueran parte del legendario tesoro de Amotan, empezando por el gigantesco panel que a la entrada relata su historia y continuando con los vídeos que muestran a buceadores rescatando del fondo del mar las obras de arte que iban a bordo del Apistos y que ahora componen la muestra, muchas de ellas con restos de corales y conchas. El nombre de Damien Hirst está ausente, excepto en los carteles que a la entrada de ambos museos anuncian la exposición, como si él no tuviera nada que ver con las piezas que se exhiben. Y en el catálogo de la muestra ocurre otro tanto: hasta el reputado Franck Goddio, presidente del Instituto Europeo de Arqueología Submarina, se ha prestado al juego de Hirst, escribiendo un texto en el que da por sentada la existencia de la nave Apistos y califica su carga de "piedra milenaria cultural de la máxima importancia".
También las cartelas de las obras que componen la exposición tratan de arrastrar al visitante a creer que todas las maravillas que se despliegan ante sus ojos formaban parte del tesoro de Amotan. Como por ejemplo en esa calavera de unicornio en cristal de roca y ágata blanca: "El unicornio, o monoceronte, se representa en varias formas desde hace 5.000 años. Copas realizadas en un material como el marfil de unicornio -al que se atribuían extraordinarias propiedades como antídoto- se encontraban entre los objetos que poseían las élites desde finales del siglo II a.C. Obsérvese que el cuerno en espiral en este cráneo de cristal presenta una fuerte semejanza con el diente de un narval macho".
Pero, en medio de ese mundo de fantasía, Hirst también hace de las suyas. Entre bustos de faraones, esfinges, esculturas griegas y budas de jade mete por ejemplo un par de esculturas de Mickey Mouse (recubiertas de restos de algas) y otra de Goofy. Y se queda tan ancho. "Estas obras han estado durante 20 siglos en el fondo del mar y ahora se exponen por primera vez", asegura muy seria Elena Geuna, comisaria de la exposición, decidida a mantener la fantasía de que todo aquello es real. Hay que apretarla un poco para conseguir sonsacarle: "Lo que Hirst quiere con todo esto es que cada uno se haga sus propias preguntas. Vivimos en un mundo en el que conviven la realidad y la ficción, en el que las noticias falsas se confunden con las verdaderas. Esta exposición invita a reflexionar sobre ello".

[Fuente: www.elmundo.es]

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