terça-feira, 4 de abril de 2017

Armando Tejada Gómez, alumbrador de palabras

Escritor autodidacta, canillita, lustrabotas, poeta, letrista, locutor radiofónico, diputado provincial, creador junto a Manuel Matus y Mercedes Sosa del Movimiento del Nuevo Cancionero, es considerado uno de los máximos autores del folclore nacional.

Armando nace el 21 de abril de 1929 en la confluencia del Zanjón Frías y el Canal Cacique Guaymallén (Barrio de El Infiernillo). De ascendencia huarpe, nunca dejó de sentirse orgulloso por su herencia de canto y piel.


Su familia se traslada a la Media Luna cuando Armando era un niño. Allí la pobreza lo inicia en los oficios del oprobio: niño lustrador, niño canillita, niño jornalero, niño changarín.

Tenía seis años cuando empecé a trabajar vendiendo diarios, una de las tantas tareas que hacen los niños desposeídos, los chicos de la intemperie.

Descubre en su trajín de niño hombre el canto de su tierra. Se nutre de tonadas, la cueca, el gato de la voz de los peones, braseros, cosechadores.

No tiene trayectoria en la enseñanza escolar, pero cuando le tomó el gusto a la lectura se largó a leer con prepotencia, eran invasores sus ojos ávidos.

Comenzó a agrandar la cultura que había recibido del pueblo con la lectura de libros.

¿Cuáles? Todos los que tuviera a vista.


A los cinco años, una tía vieja, doña Fidela Pavón, me enseñó a leer con un catecismo para que yo, en las novenas vespertinas, hiciera la lectura de los Salmos… …Un día mi madre me había dado 30 centavos para ir al cine, pero yo enfilé derechito al kiosco y compré ese libro (El Martín Fierro), que después llegué a conocer de memoria y me signó para toda la vida.

Fueron esos amigos los primeros en descubrir su talento incomparable. Los amigos de la infancia y los que se iban sumando, sin saber que el destino les tenía reservado un lugar especial en la trascendencia.


En el trabajo de la calle había conocido a Oscar Matus, también de origen huarpe, y él empezó a silbar las cosas que yo iba queriendo decir. Poco a poco juntamos el idioma de la música con el de la palabra… El fabuloso país de la creación reclama sus primeros cantos y algunos se hacen trascendentes (“Zamba del riego”, “La Pancha Alfaro”). Las voces y guitarras de Mendoza comienzan a alimentarse de un pan horneado por el pueblo. Mientras tanto, Armando leía y leía con voracidad, agrandaba las horas para que cupieran más palabras.

Entendí entonces por qué con cada canción nueva nace un Gutenberg nuevo en América, por qué la canción es la nueva imprenta.

A más de su escritura Armando tenía un decir cautivante.
Fluían de él las palabras a modo de caricias o golpeaban como un puño de ese boxeador que no quiso ser.


Hablaba Armando y hasta el viento se paraba para escucharlo.

Fue locutor improvisado (muy bien improvisado) en la antigua Feria de Guaymallén.

Tal vez esta actividad lo emparentó con la radio y dio con ella. LV10 lo recibió como uno de sus locutores. Entonces su voz empezó a entrar como aluvión en los receptores del pueblo. De entonces data su contacto con otros músicos, Tito Francia, el Chalo Sedero, el Mamadera Aragón. El Tordo Nieto, bailarín de alas en los pies, ya venía con él desde el barrio, junto a Matus y a Ramón Ábalo. Comenzaba a gestarse un grupo que iba a escribir una página grande de la historia de la cultura popular mendocina. La canción, el canto, el canto pueblo comenzó a abrazar ese abrazo.


La canción es, pues, un fenómeno nuevo y por tal motivo se la considera subversiva.

Según sus amigos, con Matus protestaban contra la invasión folklórica de las provincias del norte (Salta, Tucumán) con sus chacareras, zambas y escondidos. Decidieron hacerles la contra. Viajaron a Tucumán para mostrar, difundir, hacer querer a la música cuyana. Fueron dos, volvieron tres: Tejada Gómez, Matus y una morochita linda y de voz cautivante: Mercedes Sosa. Entonces comienza a formar su cuerpo el Nuevo Cancionero.

El 11 de febrero de 1963 presentan en el Círculo de Periodistas de Mendoza, en la calle Godoy Cruz, el “Manifiesto del Nuevo Cancionero”, que engloba a todos los movimientos de rescate del hombre en la canción que comenzaba a surgir en toda América.

“La búsqueda de una música nacional de contenido popular, ha sido y es uno de los más caros objetivos del pueblo argentino.

Hay país para todo el cancionero.



Solo falta integrar un cancionero para todo el país.


El nuevo cancionero luchará por convertir la presente adhesión del pueblo argentino hacia su canto nacional, en un valor cultural inalienable. Afirma que el arte, como la vida, debe estar en permanente transformación y por eso, busca integrar el cancionero popular al desarrollo creador del pueblo todo para acompañarlo en su destino, expresando sus sueños, sus alegrías, sus luchas y sus esperanzas”.


La política era un ingrediente vital en la vida de ellos, de Armando sobre todo. Llega a ser diputado provincial por la Unión Cívica Radical Intransigente, aunque en su fibra más íntima nunca dejó de ser comunista. Este trabajo no tiene espacio para incluir sus discursos en la legislatura. Para aquel que quiera sorprenderse de su claridad ideológica están los diarios de sesiones de la Cámara de aquella época como testimonio de su decir magistral.

Buenos Aires, el lugar de la trascendencia los llama. Allá van con Matus y Mercedes, a abrir un sendero para ese canto recién nacido, pero que ya caminaba.

Ellos se encargan de difundir sus trabajos. Encuentran amigos que estaban habitando el mismo paisaje: Hamlet Lima Quintana, Horacio Guaraní, entre ellos. El movimiento adquiere trascendencia en toda Latinoamérica, es que en toda Latinoamérica brotaba el mismo reclamo hecho canción.


Comienza a desparramar sus poesías que caen en manos de músicos de talento exacerbado: Cuchi Leguizamón, César Isella, Ariel Ramírez, Horacio Guaraní, Cacho Ritrobato, Eduardo Gómez, Damián Sánchez, entre otros.

Solistas y grupos de toda Argentina incorporan las canciones de Armando a su repertorio.

Sube hasta la cima. Se desparraman sobre el aire argentino: Fuego en Animaná, Zamba del laurel, Canción para un niño en la calle, La de los humildes, Volveré siempre a San Juan, Zamba del nuevo día, Regreso a la tonada, Paloma y laurel, Canción de la ternura, Canción de lejos, Triunfo agrario, Canción de las simples cosas, Resurrección de la alegría. Se hace himno de América Canción con todos.


Sus recitales de poesía o sus espectáculos, llenan teatros, se comentan, se hacen país.

Sus libros comienzan a tener estantes propios en las bibliotecas y en el alma de los argentinos comprometidos con su tiempo.

En las librerías se agotan las ediciones de “Libros del Armando”.

Después el exilio, provocado por aquellos que entendían que la belleza era subversiva. Su larga añoranza en España, ese subsistir con la nostalgia encima.
Tomar distancia para salvar el canto.

Y por fin el retorno. En plenitud, habiendo cumplido con la sentencia del “Che”: “Es posible”.

Fue posible y lo hicieron.


Ellos también derrotaron sin armas al ejército de los asesinos.

Su legado de sangre, los hijos: Gloriana, Paula y Gustavo.

Un mal día para la poesía, uno de sus peores días, Armando muere en Buenos Aires.

Su cuerpo fue enterrado en el cementerio Parque de Descanso de Mendoza. Su poesía y su canto jamás serán enterrados.

Marcelo Algarbe Calamante sobre textos varios.

Diario Castellanos 

Armando Tejada Gómez (Mendoza, 21 de abril de 1929 - Buenos Aires, 3 de noviembre de 1992).


[Fuente: www.latinoamericaexuberante.org]

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