sexta-feira, 10 de março de 2017

La autoestima y su reverso tenebroso

Fotografía: Unsplash (CC0)




Escrito por Eduardo A. Reguera Nieto

Uno de los conceptos centrales en la era del yo es el de la autoestima. Como muchos términos científicos del ámbito psico, experimentó una gran difusión en la cultura popular. Por todos lados parece que se apuesta a favor de nuestra autoestima. Aunque uno se lo proponga, resulta muy difícil esquivar los mensajes que nos empujan a querernos más y mejor. ¿Y cómo quejarse de eso sin parecer un amargado o un rencoroso? ¿Quién puede estar en contra de reforzar la autoestima de los demás? Estos enunciados hiperpositivos esconden una trampa, como cualquier proposición que no admita réplica por ser totalmente positiva.
Durante mi residencia de psiquiatría una de mis maestras me dio un consejo que no pude apreciar completamente en su momento, pero que cada vez me ha parecido más sensato. Ante mis ansias polemistas y guerreras a nivel teórico, me aconsejó «intentar encontrar siempre la intención positiva del concepto, incluso rechazándolo». Desde entonces, siempre que mi mente repudia categóricamente algo, intento ponerme en el lugar de las personas que lo pensaron. Ningún concepto o teoría es un completo despropósito, sino que generalmente surgen con una cierta intención de mejora y progreso. Pero, claro, por múltiples motivos algunos conceptos o constructos se convierten en auténticos agujeros negros de consecuencias no previstas, muchas de ellas negativas. Algo de esto ha sucedido con la autoestima. Nació con una pretensión de otorgar un estatus científico al amor propio, pero se ha convertido en un gigantesco coladero con el que poder justificar ante los demás actitudes de aprobación incondicional o bien de independencia extrema. La AE ha evolucionado —en gran medida contra las pretensiones iniciales de quienes la definieron— como un pretexto para no sentirnos mal rechazando al otro. Ha ido soltando el lastre de cualquier limitación o negatividad para convertirse en una agrupación de cualidades positivas que permitan una alta competencia social.
Parte de esta evolución es debida a la propia estructura del término. Se suele decir que la AE es el componente valorativo del autoconcepto. Este último es definido en el ámbito de la psicología cognitiva como el conocimiento y las creencias que el sujeto tiene de sí mismo en todas las dimensiones y aspectos que lo configuran como persona. Se trataría de este modo de una descripción supuestamente objetiva de la persona sobre sí misma  —mentira, ya que todos hacemos trampas al solitario— que daría lugar posteriormente a una valoración emocional o etiqueta evaluativa, la AE.
Entrar en las razones por las cuales la AE colonizó todo Occidente nos llevaría demasiado lejos. Sí que es importante observar cómo en la historia de las ideas psicológicas tenemos que dar la razón a Marx cuando decía a quien quisiera escuchar que los grandes sucesos históricos aparecían primero como tragedias y después como farsas. El psicoanálisis freudiano es profundamente trágico, hijo de una época en la que el imperialismo de la razón daba sus últimos coletazos. Definió un sujeto-héroe clásico rehén de un destino inconsciente. A caballo entre Edipo y Narciso. Freud nunca pretendió otra cosa que ser un científico natural, aunque a veces pueda parecer lo contrario. La tragedia fue iluminar los aspectos inconscientes de la mente y la resistencia feroz que ello generó en cuanto que supuestamente devaluaba la ratio y al ser humano. Hubo enfrentamientos teóricos fabulosos, traiciones, herejías. Pero la polémica acabó amainando y la sociedad hizo un pacto de silencio con los descubrimientos psicoanalíticos. Se pasó del rechazo furibundo de lo reprimido inconsciente a asumir que el nuevo sujeto occidental debía ser un sujeto liberado, emancipado, empoderado. He aquí la farsa, no en el sentido de engaño sino en el de comedia. Este proceso de conversión fue fantásticamente descrito por Adam Curtis en su documental El siglo del Yo.
De alguna manera en la sociedad se convirtió la tragedia íntima de la represión psicosexual en la comedia de la liberación. El sujeto tenía que estar liberado de todo tipo de cadenas, pudores, vergüenzas y limitaciones. Estaba naciendo el sujeto total, que únicamente goza. Es verdad que ciertas corrientes del psicoanálisis —generalmente norteamericanas— contribuyeron alegremente a este proceso, mientras que otras lo combatieron de forma activa. Pero la sociedad aceptó en gran medida lo inconsciente al precio de convertir el proyecto psicoanalítico de liberación en una farsa. Y en esas estamos cuando hoy en día aparecen imágenes en TV de una pareja haciendo el amor en el metro a la vista de todos y dicha acción es considerada por cierta izquierda como un acto de liberación, como una respuesta a la opresión. Pero, al mismo tiempo, se ha producido una privatización a la fuerza del espacio y la mirada pública, un avasallamiento del otro. ¿Cómo denunciar ciertos actos profundamente agresivos y realizados en nombre de la autonomía y el empoderamiento sin caer en un ánimo represor? He ahí el problema en el que cae frecuentemente el ciudadano que se pretende ilustrado. Y, por cierto, he ahí una de las trampas de la socialdemocracia. Falta en la sociedad andamiaje teórico que sostenga la importancia del vínculo con los demás. El sujeto político de las democracias liberales ha caducado. Desgraciadamente, están siendo los partidos políticos populistas quienes lo han recuperado a su manera disparatada. En este tipo de escenas se produce la pinza perfecta entre represores y liberados, en tanto ambos vienen a evacuar cualquier consideración hacia los otros. Los primeros, en nombre de la ley y las tradiciones; los segundos, en nombre del sujeto y el progreso. El problema es que la libertad, como sostiene Byung-Chul Han, es una palabra relacional; uno se siente libre en una relación lograda, en una coexistencia satisfactoria.
Todo lo anterior no es más que uno de los factores que dan cuenta de esta transformación del sujeto, de la represión a la liberación prácticamente sin solución de continuidad. Maslow y su simplista jerarquización de las necesidades humanas dio el espaldarazo definitivo a la autoestima. La situó del lado de la autorrealización y siempre por encima de la necesidad de aceptación social, de seguridad y de las necesidades fisiológicas. A día de hoy ya se ha rechazado esta visión teocrática y cartesiana de las necesidades humanas, pero no es menos cierto que sigue marcando la mentalidad actual. Maslow y Rogers comenzaron a difundir la aceptación incondicional del cliente-paciente. Se asumía que los problemas psicológicos se derivaban del sentimiento de autodesprecio e indignidad, lo cual habría que erradicar mediante respeto, estimación y amor hacia el cliente. Imposible oponerse a esto, ¿verdad?
Fotografía: CC0
De este modo se sentaron las bases para la explosión de la autoestima, que tuvo lugar en los años ochenta. De forma muy progresiva, los otros significativos en la vida de cada uno fueron desalojados. Mejor dicho, podían permanecer mientras fueran meros espectadores que estuvieran de acuerdo con la valoración que el sujeto hacía de sí mismo. Si la valoración de los otros significativos no encajaba con la del sujeto, dichas personas eran expulsadas porque entorpecían el desarrollo de una alta autoestima. Se dejó atrás un ideal de salud en el que la persona se acepta tal y como es, la verdadera autoestima. Y se evolucionó a un ideal de persona-compendio de cualidades positivas, que excluía cualquier negatividad o limitación. El empresario de sí mismo. Es por esto que Han comenta que hoy mucha gente ya no busca en sí mismo pecados sino pensamientos negativos. La valoración de sí mismo perdió todo rigor para convertirse en un cajón de sastre donde meter todo aquello que supuestamente impulsa al sujeto. Nada de autoaceptación, ¿qué tienen que ver mis relaciones con si yo me quiero o no? Había que jugar a la ruleta. O tienes una alta autoestima o eres un perdedor. Uno de los personajes que mejor ha encarnado esta lógica endiablada es el de Jake Gyllenhaal en Nightcrawler, quien navegaba continuamente entre esos dos extremos, pero siempre desde el rechazo frontal al otro-competidor-enemigo.
Sin pretenderlo seguramente, la autoestima se ha convertido en una ruta que muchas veces acaba en el aislamiento. Parte del desastre se debe a la extirpación académica de lo inconsciente y la erogeneidad, lo que nunca va a encajar del todo en nuestra vida. Afortunadamente, las últimas teorías científicas y disciplinas como el neuropsicoanálisis lo han recuperado para el debate. Cuando se equipara vida psíquica a conciencia y voluntad, se tensionan las relaciones de forma insoportable. De este modo, o uno se ata a las valoraciones que hacen los demás de nosotros o impone sus propias valoraciones de sí mismo a los demás. Cara o cruz, actividad o pasividad. La autoestima como lucha supone una reactualización moderna de la parábola hegeliana del amo y el esclavo. Ambos luchan a muerte por ver quién somete a quién. Como se diría hoy, quién tiene baja y alta autoestima. No hay mejor ejemplo de ello que un anuncio en TV de estos días de una conocida marca de automóviles, según el cual la gente se divide solamente —para qué otras consideraciones— en «dos clases de personas, los pilotos y los copilotos, los que llevan las riendas y los que no». Amo y esclavo en toda su crudeza, para que luego digan que la filosofía no sirve de referente. El inconsciente no es una oculta caja de mierda —crítica pertinente al psicoanálisis clásico que se le ha hecho en otras épocas— sino precisamente aquello que no encaja, aquello que nos vincula con otros sin saber muy bien por qué, aquello que se resiste a ser atrapado por el yo. El psicoanálisis moderno ha pasado de entender lo inconsciente como lo malo debajo de la alfombra a algo más vivo, algo que nos une a los otros o al pasado de forma autónoma, algo que ya no está solamente en la mente de uno.
La autoestima llevaba en sí misma el potencial desarrollo negativo que aquí tratamos. Es uno de los constructos que más ha contribuido al surgimiento del individuo que se explota a sí mismo, en aras de la positividad total. En los manuales de educación se considera en gran medida que la identidad se basa en el autoconocimiento. Sin ánimo de querer cargar excesivamente contra ellos, es fácil comprender que eso es falso a todas luces. La identidad es un proceso que tiene lugar tras la incorporación de otras personas significativas, que actúan como modelos identificatorios, muchas veces de forma inesperada para el sujeto. ¿En serio alguien fanático del Barça cree que su identidad tiene que ver con un autoconocimiento total de las razones por las que se siente culé? De ninguna manera, es algo que sale de las tripas, de lo afectivo-inconsciente, de experiencias interpersonales tempranas que le marcaron.
Evidentemente hay una intención positiva en tales manuales y pautas pedagógicas. Pero esa forma de ver la realidad puede llegar a suponer una auténtica cárcel mental en tanto que «la respuesta que una persona da en las diferentes situaciones de su vida depende de lo que piense de sí misma […] nuestra manera de relacionarnos, el modo en que nos enfrentamos a las nuevas situaciones y estímulos, incluso nuestra apariencia externa… todo llevará el sello de ese juicio». ¡Vaya presión hacia el sujeto! Tú eres el responsable de tu suerte, porque tú eres el responsable de tu autoestima y si te va mal en la vida, es que tú no te quieres lo suficiente. Mensaje repetido de forma compulsiva en los últimos años como todo el mundo sabe, especialmente en los manuales de autoayuda más chuscos. He ahí los efectos de extirpar el vínculo inconsciente con los otros y asimilar sujeto=conciencia. En otro manual para educadores se considera que «la autoestima es una experiencia íntima que habita en mi interior: es lo que yo pienso y siento respecto a mí mismo, no lo que otra persona siente y piensa respecto a mí». De ahí a la consideración del otro como enemigo y amenaza a mi autoestima hay solamente un paso. Para ser honesto, en estos manuales se intenta siempre considerar la dignidad de las personas, pero no es menos cierto que se abusa de fomentar la adquisición de identidad a toda costa, lo cual siempre tiene lugar por exclusión de los demás. No hay nunca definición e identidad sin descarte de otros elementos. ¿Por qué hay que tener tan claro quién es uno? ¿Alguien me puede decir qué aporta eso?
De este modo se dio vía libre al refuerzo de la autoestima, que saltó desde la psicología a la pedagogía y de ahí a la calle. Si hay problemas, son de falta de amor propio y demasiada sumisión a la valoración de los demás. Independencia a toda costa. O el vínculo con los amigos y demás familiares ayuda a construir una alta autoestima o debe ser erradicado porque lastra al niño. ¿Y dónde encaja el humor en todo eso? O el humor es solamente positivo o también sobra. Todos los compañeros del colegio nos poníamos motes, nos reíamos un poco del profesor que se atoraba con la informática, calentábamos la punta del boli Bic rayándolo a saco contra la mesa para después quemar al compañero de al lado, dibujábamos barbaridades sexuales en el libro del compañero que se tenía que levantar a escribir en la pizarra… Yo no sé si eso fomentaba mi autoestima… pero desde luego me hacía sentirme vivo y conectado, amén de descojonarme. «La autoestima es de nosotros, reside en nosotros y se refiere a nosotros». ¡Toma ya!  Básicamente los demás no pintan nada, excepto para ver el espectáculo. El lazo con los demás se convierte en irrelevante porque nunca es utilitarista, si es genuino. El puro placer de sentirte conectado con otra persona, de conversar por conversar, de reírte con y de alguien, de hacer el payaso, de soltar una maldad, de disfrutar haciendo el amor, de lograr quedarte en silencio con un amigo sin comerte la cabeza, de olvidarte de ti un rato cuando se está en grupo… todo se puede llegar a convertir en amenazas a la autoestima. ¿Por qué? Porque son actividades que nos vinculan, que nos amarran al otro en el buen sentido y que… nos ponen a su merced. Alta autoestima ha sido convertido en sinónimo de no estar a merced de nadie. A esto se refería Houellebecq con la Ampliación del campo de batalla.
Bajo el paraguas del refuerzo de la autoestima se han legitimado socialmente relaciones tremendamente asfixiantes. ¿Si estoy reforzando el amor propio del niño… por qué debería tener algún límite? Pensamiento que, por cierto, hace muy complicado frustrarle, no vaya a ser que se lesione su autoestima. Se ha exacerbado la expresión de los sentimientos amorosos hasta la náusea, hasta convertir el amor en muchos casos en una auténtica parodia. En psicoanálisis es bien sabido que una de las rebeliones más exitosas no es la lucha sino precisamente la parodia, la farsa, lo grotesco. Ahí tenemos a los rebeldes idiotas de la película de Lars Von Trier como uno de los ejemplos más bellos. No hay más que pensar en un conocido programa de radio que se ha convertido en una auténtica fábrica de psicopatología, de sufrimiento futuro tapizado con emocionalidad pornográfica. En dicho programa, el locutor —que pasó de instigar frikis a la ñoñería más ordinaria, no es casualidad— llama por ejemplo a una niña pequeña y le pasa el mensaje de su padre, quien le dice entre llantos e hipos a la niña cosas del pelaje de no sé qué haría en mi vida sin ti, eres el centro de mi vida, me levanto todos los días por ti, me has salvado la vida, etc. Esto supone una crueldad extrema en toda regla y un acto de egoísmo salvaje en tanto extirpa a los niños uno de sus derechos más fundamentales, el de vivir despreocupados de las cosas de los adultos. Como haríamos todos, la pobre niña se creerá que efectivamente es el centro de la vida de su padre y otras patrañas semejantes, llenando su pequeña vida de prematuras angustias, tristezas y tensiones. ¡Todo sea por el amor! ¡No puede haber nada malo en el afecto!
Fotografía: Edward Zulawski (CC)
Hay que prestar especial atención al hecho de que los teóricos de la autoestima la consideran una respuesta afectiva a los pensamientos relacionados con el autoconcepto. Nuevamente una falacia científica —la idea falsa de que la corteza cerebral controla arriba-abajo los afectos y los procesos corporales— que ha sido refutada hace tiempo desde diferentes disciplinas.  O sea, los afectos de la persona son producto y nada más de los pensamientos que ella tenga de sí misma. Pero la verdad es bastante diferente, de modo que los afectos están muy relacionados con las expectativas y las pretensiones que tenemos hacia alguien. Pero nuevamente esto no ha llegado a los reforzadores de la autoestima… si el niño está triste, es que no se quiere lo suficiente, ergo hay que insistir en la autoestima y apartar relaciones tóxicas que perturben este proceso.
Volviendo a la carga negativa de la AE, es fácil ver los efectos destructivos que está teniendo en las familias. Como decíamos antes, se ha convertido en uno de los principales legitimadores de las relaciones de exclusividad total. Se puede dar la matraca al niño o niña sin freno porque lo hacemos por su autoestima, ahora los padres pueden presentarse ante los hijos como todo amor. Contra lo que se pueda pensar y los diagnósticos apocalípticos tertuliano-cuñadistas, la familia nunca ha tenido antes el poder casi ilimitado del que goza hoy en día. En otras épocas los padres se veían obligados a compartir la crianza con otras instituciones: club social, otros padres, ateneo, iglesia, bar del pueblo, club deportivo, etc. Esto no quiere decir que en aquellos lugares todas las opiniones fueran acertadas, pero implicaban de facto un elemento más con derecho a opinión. Un freno ante el atosigamiento familiar. De igual manera que una pareja a veces se desangra en discusiones infinitas precisamente porque falta un tercer elemento que pueda hacer de mediador y freno. Siempre nos cortamos un poco cuando hay otro ojo mirando. Gran parte de las cansinas polémicas educativas tienen que ver con que precisamente no se acepta la influencia emocional que puede tener un profesor, al que se trata de reducir a un paria suministrador de pura información cognitiva. Aceptar que el niño desarrolla un vínculo afectivo con él implica la idea de compartir crianza y tolerar la no exclusividad, tolerar la presencia de un tercer foco. Hoy en día esto se acepta… malamente. La AE ha propagado la idea de que nuestros hijos deben ser extensiones nuestras, y punto. No deben tener otras identidades, nadie más debe influir. El hecho de que el poder de la familia actual prácticamente sea ilimitado en ese sentido —líbreme Dios de decir algo en contra del sacrosanto derecho de las familias a la crianza completa— es uno de los factores que más daño está haciendo en los vínculos familiares. No hay paradoja aquí. La asfixia —la sobreprotección no existe, como me dijo otro maestro— es de tal calibre a veces que ello dinamita los sanos vínculos familiares.
Además de la familia, la explosión de la AE ha dado lugar a relaciones infumables, o tóxicas según se dice ahora. Esta es una de las razones por las que el humor —lo negativo homeopático— se proscribe y por las cuales la indignación generalizada llega a ser estomagante. El amor propio acaba siendo tan exagerado que cualquier maldad, chorrada, tontería se convierte en blanco de la ira. O el humor me hace quererme más y mejor, o debe ser acallado. Pero lo malo es que muchas veces nos reímos de aquello que va claramente en contra de nuestra moralidad, de nuestras convicciones o de nuestra tan preciada identidad. No se trata de tener la piel fina sino de la resistencia fanática a asumir cierta carga de negatividad inconsciente en uno. Ello equivaldría a tener baja autoestima. ¡No puede ser! En la explanada de lapidación virtual en que se ha convertido Twitter todo ello se lleva al paroxismo, a la épica. Aparecen como setas sujetos que se dedican laboriosamente a buscar causas para indignarse. Cuando uno se identifica con el amor, con lo bueno, lo positivo o con la gente, se da vía libre a crucificar al otro. Lo que implica que todo lo negativo está fuera, claro. Ningún trol tuitero piensa en sí mismo como indigno, equivocado o fanático. Y los efectos de esto se pueden ver en la calle, en los trabajos, en las amistades, etc.
Los vínculos humanos se resisten a ser clasificados como únicamente positivos, pero lo cierto es que, como animales sociales, necesitamos vínculos. Fomentar el ideal del sujeto charltonhestoniano que solo confía en sí mismo, que ve todo vínculo como sospechoso, que cree no necesitar nada de nadie es una barbarie, además de ser anticientífico. Denigrar los vínculos humanos no es aislar al sujeto, es amputar al sujeto. Que no nos extrañe entonces cuando el sujeto amputado, alienado, desvinculado, escoja opciones políticas extremas. Son las únicas desgraciadamente que han puesto la cuestión del vínculo en primer plano. De hecho, es la pura esencia del proyecto populista. Como ya dijo Freud, se trata del hombre fuerte que dará amor a toda su gente por igual, el que nos permitirá sentirnos hermanos otra vez. ¿Nos suena de algo últimamente? Por supuesto son patrañas. Pero, como estamos viendo por la fuerza de los hechos, las fantasías no dejan de tener fuerza. El resto de opciones políticas, desde la socialdemocracia clásica hasta el liberalismo contemporáneo, han dejado desierto este campo de juego, han escamoteado el debate convirtiendo al sujeto político en una pura abstracción, un ente etéreo —perdón por la cacofonía— que sobrevuela las relaciones humanas sin mojarse con nadie.
No existen cerebros ni mentes aislados, ni en la infancia ni en la edad adulta. Las perturbaciones graves de los vínculos de apego en la infancia pueden llegar a alterar el desarrollo estructural del cerebro. Hasta ese punto llega la importancia del vínculo. Es fácil reconocer la motivación positiva que albergaban los teóricos de la AE, pero lo cierto es que el omnipresente refuerzo de la AE ha degenerado en una parodia de alta autoestima, capacitación y positividad. El desarrollo de una alta autoestima —de un individuo que lo va a petar— se ha convertido en un fabuloso pretexto para dar carta blanca a relaciones irrespirables en las que un tercero externo se convierte sistemáticamente en el que viene a joder. ¿Cómo destacar la importancia del vínculo, cómo salir de la dictadura de la positividad sin caer en el cinismo?
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Para saber más:
  • MGonzález Martínez, «Algo sobre la autoestima. Qué es y cómo se expresa,» Aula, vol. 11, pp. 217-232, 1999.
  • «La Auotoestima,» de Colección Servicios Sociales. Serie Didáctica n.º 4, Logroño, Gobierno de La Rioja, 2002.
  • A. CurtisThe Century of the Self, 2002.
  • B. C. HanPsicopolítica, Barcelona: Herder, 2014.
  • F. Castillejo y V. Arias, «Autoconcepto y autoestima», de Elijo ser educador: trabajando la motivación, Valencia, Fundación Amigó, 2008.
  • M. HouellebecqAmpliación del campo de batalla, Anagrama, 1994.
  • S. Freud, «Psicología de las masas y análisis del yo», Obras Completas, Buenos Aires, Amorrortu, 1921.
  • GClerici y M. García, «Autoconcepto y percepción de pautas de crianza en niños escolares. Aproximaciones teóricas», Anu Investig, vol. 17, Ene/Dic 2010.
  • P. Ortega RuizR. Mínguez Vallejos y M. Rodes Bravo, «Autoestima, un nuevo concepto y su medida,» Teor Educ, vol. 12, pp. 45-66, 2000.


[Fuente: www.jotdown.es]

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