El intelectual-influencer chileno ha encandilado al presidente argentino, Javier Milei, con su estilo combativo y su virulencia retórica. En sus libros, Kaiser sostiene que el progresismo es una pandemia, llama a combatir el «nazi-comunismo» y busca proyectarse como un experto en «batalla cultural» reaccionaria.
Axel Kaiser en la Conferencia de Acción Política Conservadora (CPAC), México, 2024
Escrito por Soledad
Vallejos
La fotografía circuló en 2025 y la difundió, orgullosa, la
propia Fundación Faro. Axel Kaiser sonríe sentado a la derecha del ministro de
Economía argentino, Luis Caputo, en una sala del propio ministerio, rodeado de
figuras claves del equipo económico de Javier Milei: Pablo Quirno –entonces
secretario de Finanzas y hoy canciller–, Santiago Bausili, presidente del Banco
Central, y otros funcionarios y asesores. Kaiser no es argentino ni es
funcionario: es un intelectual-influencer chileno de derecha radical que
encontró en Milei a uno de sus lectores y admiradores. Hasta tal punto que el
presidente argentino lo avaló para capacitar «en batalla cultural» a los
principales encargados de la economía argentina; Milei, lo repitió varias veces
públicamente, cree que con la economía no alcanza, que es fundamental la
batalla cultural. Se trató de una instancia de alfabetización ideológica dentro
del propio Estado que apenas llamó la atención.
Antes de
convertirse en uno de los inspiradores ideológicos de Javier Milei, Kaiser fue
el producto más visible de una genealogía familiar y política. Nació en
Santiago de Chile a comienzos de los años 80, pero su historia remite también
al sur chileno: su abuelo Friedrich Kaiser llegó desde Alemania en 1936 y llegó
a ser alcalde de Villarrica; su padre, Juan Cristián Kaiser Wagner, militó en
el viejo Partido Nacional y fue dirigente de sus juventudes. En
esa familia de seis hermanos, Axel no es una excepción, sino una
pieza de un ecosistema. Su hermano mayor, Johannes Kaiser, se hizo famoso como youtuber,
fue diputado por Santiago entre 2022 y 2026, y fundó el Partido Nacional
Libertario por el que se postuló como candidato presidencial en 2025. Tradujo
así a la competencia electoral un registro parecido al que Axel había ensayado
durante años en libros, columnas y conferencias. Consiguió un no despreciable
14% de los votos con un discurso a la derecha del de José Antonio
Kast.
Axel Kaiser
estudió Derecho en la Universidad Diego Portales y se recibió de abogado en
2007. Después pasó por la Universidad de Heidelberg, donde sumó una maestría en
Inversiones, Comercio y Arbitraje, una maestría en Artes y un doctorado en
Filosofía que desde entonces funciona como una de sus principales credenciales
públicas. Paralelamente, el entonces joven de naturaleza inquieta se hizo un
nombre con columnas de tono provocador en la prensa chilena –El Líbero, El
Diario Financiero, El Mercurio– y, siendo todavía un
veinteañero, ingresó en el mundo de los think tanks liberales.
En aquel momento, y según esos mismos think tanks, Kaiser era un
«potencial emprendedor intelectual», fuerte ante las cámaras, aunque flojo para
liderar. En 2005 pisó por primera vez Buenos Aires, una ciudad en la que
encontraría un buen marco para difundir sus ideas. Tenía 24 años y había sido
invitado al Círculo Atlas -un grupo de estudios liberal-, donde lo recibió
Rosita Peltz, fundadora de Grito Sagrado, el pequeño sello editorial que
tradujo y difundió la obra de la filósofa ruso-estadounidense Ayn Rand. Su
primer libro, El Chile que viene, se publicó en 2007.
El espaldarazo
más importante para Kaiser llegó desde afuera. En 2008 ganó un concurso de ensayos del Cato Institute de Washington, la
usina del libertarismo global, y se volvió una firma habitual de
su página web. En 2012, el centro HACER, ligado a la red Atlas, auspició la edición
en inglés de uno de sus libros, que en castellano había publicado Unión
Editorial –un sello español nacido para difundir las ideas de la Escuela
Austríaca y cuyo par argentino, Grupo Unión, ha publicado a los argentinos
Agustín Laje y Nicolás Márquez– con prólogo de Jesús Huerta de Soto, el
catedrático español y principal difusor de la Escuela Austríaca en lengua
castellana, a quien Milei considera uno de sus maestros.
Por esos años,
Kaiser encontró su plataforma. La fortuna de Nicolás Ibáñez Scott la hizo posible. Heredero de los
supermercados Líder, que su familia le vendió a Walmart en 2009 por una cifra
cercana a los 3.000 millones de dólares, y admirador declarado del orden
económico de la dictadura de Augusto Pinochet, Ibáñez Scott quedó deslumbrado,
dice la leyenda, por La fatal ignorancia (2009), el
libro de Kaiser cuyo título remitía a La fatal arrogancia de
Friedrich Hayek. En 2012 creó la Fundación para el Progreso y puso a Kaiser a
dirigirla cuando el abogado todavía no había terminado el doctorado en
Heidelberg. El apellido del empresario mecenas carga con historia. Su tío, el senador
Pedro Ibáñez Ojeda, fue uno de los arquitectos del neoliberalismo chileno:
fundó la escuela de negocios que más tarde sería la Universidad Adolfo Ibáñez y
organizó, en 1981, la primera reunión de la Sociedad Mont Pelerin celebrada
bajo una dictadura latinoamericana. Décadas después, también Kaiser sería parte
de la Mont Pelerin.
***
Una mañana de
mayo de 2026, a tres cuadras de la Casa Rosada, la sede del gobierno argentino,
Kaiser preside una mesa de unas 20 personas, entre las que se encuentra uno de
los principales dirigentes de la Fundación Faro. Mira a un lado y otro, como si
midiera al auditorio antes de avanzar. Finalmente, lanza una frase: «la gente
que tiende a estar más sola es la de izquierda». Espera la risa cómplice.
Recién entonces, ganada la sala, menciona el estudio que supuestamente respalda
sus dichos. El orden no es casual: primero la complicidad, después una serie de
pronósticos catastrofistas sobre el mundo occidental; muchos de esos
pronósticos serán repetidos luego por Milei.
El repertorio de
Kaiser es visiblemente estable. Su tesis estrella, la que da título a su libro
de 2026, Nazicomunismo, sostiene que marxismo y nazismo son
«gemelos ideológicos»: dos variantes del colectivismo, esa doctrina que, para
él, niega los derechos individuales, «como decir que el dedo no tiene derechos
independientemente del brazo, porque el cuerpo es más importante».
Kaiser va más
allá y, frente al auditorio, habla del «luciferismo» y asegura que «testigos de
la época dicen que Marx era como si hubiese estado poseído por demonios».
Luego, se refiere al fanatismo que Benito Mussolini profesaba en su juventud
por Karl Marx (recuerda que «llevaba una medalla de Marx como amuleto») y
agrega que «los nazis y los comunistas competían por el mismo público». Su
conclusión es evidente: «las críticas al liberalismo son las mismas [por parte]
del marxismo y el nazismo». La tesis no es original pero para muchos lo parece.
Para Kaiser, ese
colectivismo está lejos de ser una antigüedad asociada al siglo XX. Sigue vivo,
sostiene, pero cambió de formas y de nombres: hoy se llama progresismo o, en la
tradicional jerga derechista, wokismo, y venía ganando -hasta
ahora- la batalla cultural. Sus triunfos se verificarían en su dominio de las
universidades, los medios e incluso, para Kaiser, las grandes empresas, algo
que habría llevado a los occidentales a mirar con desprecio su propia
civilización. De ahí se desprende el pronóstico. Occidente se juega la
supervivencia y solo el cristianismo que le dio origen puede salvarlo. En lo
que es una verdadera cruzada ideológica, Kaiser anuncia que «Europa va a desaparecer»,
que Estados Unidos puede terminar en guerra civil y que «Argentina es un país
en proceso de extinción» por la caída de la natalidad. El diagnóstico económico
de la Escuela Austríaca cede el paso a una escatología: la batalla ya no es
entre el mercado y el Estado sino entre la civilización y una nueva barbarie.
La provocación es deliberada, y la frecuencia con que publica es parte del
cálculo: cada libro nuevo –el anterior, Parásitos mentales, le
valió hasta una acusación de plagio– genera conversación, entrevistas, mesas
como esta. El contenido puede no ser original; el ruido siempre lo es. Tener al
presidente de al lado como su gran lector sin duda es un buen megáfono.
***
Aunque Kaiser
exhibe credenciales académicas entre las que suele destacar su doctorado en
Alemania, su partida principal no se juega en el terreno donde esas
credenciales suelen ponerse a prueba. No publica en revistas con referato, no
escribe papers, no pisa congresos científicos. Su autoridad pública
se valida, sobre todo, según las reglas más laxas del mundo de las fundaciones
liberales y conservadoras. «Tengo la cita acá», dice, y agita el libro; «esto
está muy documentado». Kaiser trabaja, según asegura él mismo, «con fuentes
primarias, en las que hablan los protagonistas». El gesto letrado hace las
veces de argumento. Y funciona, porque su autoridad no se dirige a los expertos
que podrían examinarla, sino a quien no va a pedirle notas al pie, pero sí argumentos
para la batalla cultural que ya está dando.
Los auditorios
son apenas el punto de partida de Kaiser. Lo que mide su influencia es, en
rigor, el destino y el efecto de lo que dice en ellos. En 2025, Kaiser paseó
por oficinas y clubes de estudio porteños las tesis de Parásitos
mentales. El libro sostiene que Occidente sufre una «pandemia ideológica»:
una serie de «ideas patógenas» que nacen en las universidades, los medios y la
cultura y enferman a quien las adopta. Entre ellas, Kaiser incluye la justicia
social, los derechos sociales, la diversidad y la inclusión. El libro se ofrece
como la vacuna. El progresismo, en suma, como una enfermedad a curar.
Unas pocas
semanas después de que Kaiser presentara el libro, igualando el progresismo a
una enfermedad mental, las mismas ideas asomaron en un discurso de Milei en la Casa
Rosada y, poco
tiempo más tarde, en la inauguración de la Exposición Rural, uno de los actos más
tradicionales de la elite argentina. El ministro de Economía, Luis Caputo, también las repitió. La alfabetización en batalla cultural
mostraba sus resultados.
Para que una idea
viaje del seminario cerrado al discurso presidencial hace falta una
infraestructura, y Kaiser la tiene de ambos lados de la cordillera. Vive entre
Santiago y Buenos Aires –también frecuenta México, Colombia, Perú y, dice, cada
vez más Bolivia–, y su paso por la capital argentina es una gira permanente:
entre abril y mayo de 2026 presentó libro con otro intelectual-influencer,
el presidente de la Fundación Faro Agustín Laje, donde el propio Kaiser funge como subdirector
ejecutivo.
Kaiser habló
sobre inmigración y «el futuro de Europa», fue a la cena de gala de la Fundación
Libertad –donde Nicolás Ibáñez Scott, su principal mecenas chileno, compró una
mesa–, concedió cerca de diez entrevistas y respondió también a mis consultas para
este perfil. Si bien tiene redes sociales -con 400.000 seguidores en Instagram
y 375.000 en X-, su apuesta fundamental es el campo mediático, una elección que
él mismo teorizó alguna vez en una lista de consejos para «conquistar el mainstream».
Kaiser pretende hacer del liberalismo algo sexy, «mostrar que no es
una ideología de elite», reforzar el mensaje que le llega a la «gente común»,
«divulgar sin perder el nivel» y no avergonzarse de ser acusado de «poco serio»
por ir a determinados medios.
El verdadero
centro de operaciones, sin embargo, es la Fundación Faro, que Kaiser perfiló
junto a Laje –el mismo que en 2025 puso voz y cara al video con que la Casa Rosada relativizó el
terrorismo de Estado, cuestionó la cifra de desaparecidos y reivindicó la
«teoría de los dos demonios», difundido el Día de la Memoria–. Faro ocupa tres
pisos de un edificio del microcentro porteño, a 50 metros de la Casa Rosada.
Allí Kaiser coordina reuniones privadas con funcionarios; una academia llamada
Libres del Mundo, pensada para formar cuadros libertarios jóvenes y no tan
jóvenes; y hasta el proyecto «Acelerá tu negocio», una incubadora de startups armada
con Endeavor, la red que reúne a empresarios como Martín Migoya, CEO de
Globant, Marcos Galperín, CEO de Mercadolibre, y al embajador argentino en
Washington, Alec Oxenford. Fue a través de este último que Milei conoció a
Peter Thiel, cofundador de PayPal y Palantir, quien dejó trascender que podría
mudarse a Buenos Aires, donde vivió 70 días con su familia entre abril y junio
de 2026.
Muchos de estos
nombres resuenan cuando se habla del dinero que mueve Faro. La fundación
recauda a través de cenas de gala en las que el orador principal es el propio
Milei, celebradas en el Yacht Club, propiedad de los Neuss, una familia
empresaria cercana al poderoso asesor presidencial Santiago Caputo. Por estos
días, la institución está en la mira de la justicia por las cuantiosas donaciones
recibidas.
***
Con Milei en su
tercer año de gobierno y José Antonio Kast ya instalado en el Palacio de La
Moneda, Axel Kaiser ambiciona conseguir una escala mayor. De hecho, afirma que,
dentro de diez años, desea ser reconocido como «un referente más consolidado a
nivel global, sobre todo en Estados Unidos» y sueña con una «síntesis» entre
liberalismo y conservadurismo porque, afirma, tienen «el mismo enemigo
común».
La escena chilena
le da a esa ambición una segunda vía: Johannes Kaiser terminó cuarto en las
elecciones presidenciales de 2025 y dejó instalado un Partido Nacional
Libertario que empuja a la derecha hacia un registro más mileísta. Axel lo mira
como una continuidad de su discurso: trabajó durante años en la «revolución
cultural», aunque es su hermano, y no él, quien empezó a capitalizarla
políticamente. El reparto de tareas quedó a la vista en 2026: José Antonio Kast
en La Moneda, el Partido Nacional Libertario ya convertido en la segunda fuerza
en cantidad de afiliados de Chile y una derecha regional que habla el idioma
que Kaiser llevaba una década escribiendo.
No sería su
primer salto de escala. Entre 2015 y la pandemia de covid-19, Kaiser formó, con
la guatemalteca Gloria Álvarez, un dúo juvenil que recorrió el continente
vendiendo el ideal libertario. Juntos escribieron El engaño populista,
un bestseller regional que les permitió convertir el antipopulismo
en producto de gira, auditorio y redes. A ella la carrera se le cortó cuando
defendió el derecho al aborto -su libertarismo más tradicional la llevó a ser
descalificada como liberprogre por Laje y sus seguidores-; a
él nunca lo frenó algo parecido.
Sin embargo, su
camino también se encontró, en algunos momentos, con piedras que podían hacerlo
tambalear. En 2018, cuando su fundación invitó a debatir a Mario Vargas Llosa,
Kaiser ensayó una de sus provocaciones y preguntó al Premio Nobel peruano si no
había, después de todo, dictaduras «menos malas», ¿o acaso -aventuró- no
preferiría cualquiera de los presentes el Chile de Pinochet a la Venezuela de
Maduro? Vargas Llosa lo cortó en seco. «Esa pregunta yo no te la acepto»,
advirtió, mientras la sala aplaudía y él insistía en que las dictaduras son
todas malas, sin grados ni atenuantes. Kaiser se quedó un instante descolocado.
«¿No?», alcanzó a decir y enseguida se recompuso con una sonrisa: «Está muy bueno, esto es lo que yo quería». Su oficio no es ganar el debate, sino
«instalar» la conversación. Eso, lo sabe, ya es ganarla un poco.
[Imagen:
AP/Ginnette Riquelme - fuente: www.nuso.org]

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