sábado, 13 de janeiro de 2024

Al leer Biblioteca bizarra pensé en una posible genealogía donde estaría el Jorge Luis Borges de El Hacedor o el de Siete noches, por supuesto el Monterroso de La letra E o el de Viaje al centro de la fábula, pero también el Julio Ramón Ribeyro de las Prosas apátridas, el Raymond Carver de La vida de mi padre, maestros de la brevedad que dice mucho con poco.

Escrito por Ernesto Lumbreras

El adjetivo “bizarro” en castellano significa gallardía, bravura o valentía, mientras en francés “bizarre” alude a la extrañeza y la excentricidad. ¿Por cuál acepción se decanta esta Biblioteca bizarra de Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971)? Es verdad que el título proviene del primero de los textos el cual refiere con perplejidad cómplice muy singulares bibliotecas —varias extravagantes, mismo calificativo que se puede conceder a sus propietarios—, ubicadas en diversos rumbos del planeta; pero denominar así a esta compilación no resta posibles acepciones castellanas del vocablo, puesto que hay algunos relatos del libro, “Los desechables” y “Mejor no andar hablando demasiado” para no ir muy lejos, donde el sentido de valentía y bravura —agrego por mi cuenta el de templanza—  califica con todas sus letras vía el testimonio de malestar social y denuncia política sobre experiencias particulares, por ejemplo su encuentro en una gira literaria en las afueras de Bogotá con un grupo de jóvenes de un centro de rehabilitación o el acoso de “fuerzas extrañas” en su país natal que lo obligaría a instalarse en Estados Unidos.

Asimismo, desde una lectura panorámica, el adjetivo “bizarro” sí califica cierta extrañeza y particularidad. Para empezar, esta colección de prosas se deslinda de cualquier clasificación genérica. Son en su conjunto un cajón de sastre o una mesa de alquimista. Ensayos, notas autobiográficas, cuentos, crónicas, apuntes de viaje, álbum de fotos con sus respectivas notas. Es igual de relevante la anécdota vital que la referencia literaria. Leer y escribir son para Halfon estaciones de confluencia. Uno y otro se reclama como estímulo, contexto o profecía de próximas reuniones.

Otro rasgo de singularidad está en el rigor y la concreción que crea y ordena cada una de las piezas prosísticas, una poética que manifiesta, a veces de manera explícita, la literatura en general de Eduardo Halfon: el escritor que se edita y reedita su obra, pero también el autor que circula, se confunde y desaparece en sus propias historias. Es común toparse con ciertos personajes y anécdotas, apenas esbozados en ciertos libros, que volverán a resurgir con mayor ímpetu y definición en otros.

Hay también un estilo literario que gusta del elogio a la goma de borrar o la tecla de suprimir. El guatemalteco reúne varios requisitos para formar parte de la compañía de Bartleby que reclutó Enrique Vila-Matas. El silencio como punto de partida y piedra de toque. La predilección por el repliegue de la espiral y por la frase contundente escrita con sintaxis de telégrafo versus el avance de la línea recta hacia un horizonte ilimitado o el monólogo catártico de un paciente recostado en el diván.

Al leer Biblioteca bizarra pensé en una posible genealogía donde estaría el Jorge Luis Borges de El Hacedor o el de Siete noches, por supuesto el Augusto Monterroso de La letra E o el de Viaje al centro de la fábula, pero también el Julio Ramón Ribeyro de las Prosas apátridas, el Raymond Carverde La vida de mi padre, maestros de la brevedad que dice mucho con poco, ejemplos supremos de la intensidad vía la austeridad verbal.

Una temática vertebral de los libros de Halfon es el de la paternidad que revisa en su genealogía familiar y en su historia personal y que está fielmente representada en el relato “Halfon, boy” donde entrecruza un perfil de William Carlos Williams, poeta y pediatra a quien traduce durante el periodo de gestación y nacimiento de su hijo. ¿Conocerá a José de la Colina o a Alejandro Rossi? ¿O a Luis Ignacio Helguera, un autor más próximo generacionalmente? En estos tres autores mexicanos se registra una feliz y propiciatoria confluencia entre literatura y autobiografía, eje de varios de los libros del escritor guatemalteco, coordenadas que desde luego se reflejan a cabalidad en su Biblioteca bizarra, obra que por cierto ha circulado en pequeñas editoriales de Argentina y España.

Leyendo sus inventarios de bibliotecas excéntricas, pensé en la de Genaro García despachada por sus deudos en varios vagones de ferrocarril, en 1921, con destino a la Universidad de Texas en Austin, uno de los patrimonios bibliográficos más valiosos sobre la historia y la cultura de México; también me pasaron por la cabeza la biblioteca de Una soledad demasiado ruidosa de Bohumil Hrabal, transportada del mismo modo en vagones de carga descubiertos y destruida por las lluvias y el sol en los día funestos de la Segunda Guerra Mundial; y, por último, en la biblioteca de Julio Torri quien apartó una colección de autores franceses para empastarlos con la tela de seda del vestido de novia de su madre.

El encuentro con la escritura —tema central de uno de sus libros, El ángel literario— también se da cita en estas páginas para relatar su particular cambio de vías, culturales, lingüísticas y profesionales, que lo llevaron a la literatura como lector enfebrecido para decidirse, poco después, en bosquejar y gestar gradualmente una escritura personal. Asimismo aparece en este breve volumen la Guatemala siniestra, el Estado-Saturno devorador de sus hijos a través de un relato autobiográfico que narra con crudeza la censura, el acoso y la amenaza tácita, circunstancias de pesadilla —que no pensaría superadas tras el fin de la Guerra Fría— pero que desafortunadamente siguen presentes en nuestros países.

Este septeto de piezas narrativas que la Universidad Veracruzana presenta al lector mexicano posee intenciones y acentos diversos, obras de un autor de inteligencia sutil y prodigiosa. Estos textos, antes de integrarse al volumen, se ventilaron en revistas y compilaciones. Es decir, estuvieron en el aire de la actualidad por una temporada. Dieron la cara a partir de cierta coyuntura sociopolítica, encargos editoriales tal vez o a la exigencia inexcusable de la realidad. Reunidas ahora en un libro, no renuncian ciertamente a sus demandas o apremios originales, incluso los ratifican, pero agregan en su reunión algo más complejo y estimulante: un paisaje físico y anímico, un sistema de correspondencias, la voluntad de una poética que se cumple de diversas formas con ingenio y talento.

• Eduardo Halfon. Biblioteca bizarra, Xalapa, Universidad Veracruzana, Colección Ficción, 2023, 105 pp. 


Ernesto Lumbreras
Poeta, ensayista y crítico de arte, ganó el Premio Mazatlán 2020 y el Iberoamericano Ramón López Velarde 2021 por Un acueducto infinitesimal. Ramón López Velarde en la Ciudad de México 1912-1921. 

 

[Fuente: www.nexos.com.mx]

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